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ORANGE IS THE NEW BLACK – TEMPORADA 4.

Netflix | 2016
Drama, comedia | 13 ep. de 55-60 min.
Productores ejecutivos: Jenji Kohan.
Intérpretes: Taylor Schilling, Laura Prepon, Michael Harney, Yael Stone, Natasha Lyonne, Kate Mulgrew, Danielle Brooks, Annie Golden, Elizabeth Rodriguez, Nick Sandow, Lea DeLaria, Laverne Cox, Uzo Aduba, Selenis Leyva, Jessica Pimentel, Dascha Polanco, Matt Peters, Samira Wiley, Jackie Cruz, Kimiko Glenn, Diane Guerrero, Emma Myles, Beth Fowler, Abigail Savage, Alan Aisenberg, Blair Brown, Beth Dover, Laura Gómez, Brad William Henke, James McMenamin, Jolene Purdy, Constance Shulman, Julie Lake, Lori Petty, Mike Birbiglia.
Valoración:

Alerta de spoilers: Presento las tramas del año, pero sin revelar giros clave ni finales.–

Casi todas las críticas señalaban un poco de desgaste en la tercera temporada, que dejaba un tanto de lado el drama serio en pos de una comedia más ligera y tenía algunas secciones secundarias poco sustanciosas en comparación con lo que venía ofreciendo. El bajón no apartó a Orange is the New Black del podio de las mejores series de los últimos años, pero sí apenaba un poco, dado el nivel logrado y el potencial todavía por explotar. Pero está claro que su autora Jenji Kohan y su excelso grupo de guionistas han tomado nota y se han esforzado más en este nuevo año, pues ofrece una maduración clara: todas las historias crecen en complejidad y alcance como se esperaba, llegando a tener tramos magistrales.

Empezamos con el último vuelco que sufre Alex Vausse, esta vez debido el intento de asesinato que acaba con el sicario muerto a manos de Lolly, la loca. Haberse salvado no implica alivio, porque deben deshacerse del cadáver, vivir con miedo a ser descubiertas, cargar con la culpa de un homicidio… Vausse entra en una espiral de estrés, pavor y remordimiento, y Lolly recae en su demencia. Healy trata de ayudar a esta última, en otro intento de encontrar algo por lo que dar sentido a su existencia y su trabajo. Pero las vueltas que da la vida son inesperadas y duras, y en principio ninguno de los tres parece estar capacitado para sobreponerse.

El momento idílico del lago, roto por la entrada de una nueva remesa de reclusas, nos dejó a las puertas de una nueva etapa en Litchfield, una nueva trama global. La compra de la prisión por una empresa privada empieza a notarse, sobre todo en la parte crítica de la serie, que pone patas arriba el capitalismo desbocado de EE.UU., cebado especialmente en el sistema carcelario. Se desarrolla con el toque irónico tan inteligente del que suelen hacer gala, pero esta vez el drama que se va gestando resulta más duro y sobre todo llega a alcanzar una complejidad asombrosa. La dinámica miserable de esta empresa, que sólo busca beneficios rápidos (más presas implica más dinero del gobierno), afecta en cascada a toda la prisión de formas muy variadas, pero no sólo a las internas, sino también a los trabajadores, tanto administración como guardias.

Caputo creía haber tocado el cielo al ascender, pero la maraña administrativa que lo engullía se convierte en un verdadero infierno ahora que está en manos privadas. Las reuniones surrealistas con la junta, la guerra sucia entre cada jefe, el poco margen que consigue para tratar de mejorar las condiciones en la penitenciaría… Y por supuesto, los fallos del sistema magnifican los fallos humanos: los guardias anteriores dimitieron por las malas condiciones y los nuevos no son mejores. Algunos son unos niñatos sin experiencia, pero la mayor parte son exsoldados con traumas de guerra que los vuelven inestables y violentos (atención al momento del ratoncito). En concreto, el capitán Piscatella pone los pelos de punta.

Todo junto va creando un malestar creciente en la situación de las reclusas, que ya era difícil de por sí. Cabe destacar que Piper Chapman recibe un golpe en su ego cuando su chanchullo con las bragas usadas se sale de madre, pues sin pretenderlo da aires a las supremacistas blancas en su obsesión de tomar el control, con lo que se caldea el ambiente aún más. Pero como siempre, tenemos entre treinta y cuarenta personajes con vivencias propias. El continuo viaje con las drogas de Nicky, el suplicio de Sophia en aislamiento, las locuras de Lorna tratando de montarse otra vida de ensueño, la inesperada salida en libertad de una de las latinas, la lucha incansable de Red por mantener su dominio y a su familia, la presencia de la famosa Judy King, Soso y Poussey encontrando la felicidad, Pennsatucky lidiando con la violación… La lista de pequeñas historias es interminable, todas resultan deliciosas, sean divertidas o dramáticas, y están entrelazadas con tanta habilidad y sutileza que parece que estamos ante la realidad misma. Además estas nos empujan a reflexionar sobre lo que nos hace humanos, nuestros errores e intentos de mejorar, y cómo el entorno nos influye muchísimo más de lo que queramos creer. Porque Orange is the New Black a lo tonto está construyendo un ensayo sobre el ser humano de un calibre monumental y una inteligencia y profundidad extraordinarias, en la estela de Oz y The Wire, aunque obviamente en un estilo propio.

Al final todo explota en un clímax dramático de impresión que dejó a sus muchos espectadores con el corazón encogido. No es sólo la tragedia que cae injustamente sobre una de las protagonistas, ni la dura revelación de la razón por la que Ojos Locos acabó encarcelada, sino en general por el ambiente que construyen los guionistas y directores en los últimos capítulos: la tensión latente, la sensación de que todo acabará mal y la gradual caída en el abismo de varios personajes (los destinos Healy y Lolly son demoledores) te van dejando mal cuerpo, para luego hacerte pedazos con el fatídico desenlace. Así, Orange is the New Black nos ofrece su año más maduro y emocionante, pero también el más doloroso.

Ver también:
Temporada 3.
Temporada 2.
Temporada 1.

ORANGE IS THE NEW BLACK – TEMPORADA 3.

Netflix | 2015
Drama, comedia | 13 ep. de 55-60 min.
Productores ejecutivos: Jenji Kohan.
Intérpretes: Taylor Schilling, Laura Prepon, Michael Harney, Yael Stone, Natasha Lyonne, Kate Mulgrew, Danielle Brooks, Annie Golden, Elizabeth Rodriguez, Nick Sandow, Lea DeLaria, Laverne Cox, Uzo Aduba, Selenis Leyva, Matt McGorry, Jessica Pimentel, Dascha Polanco, Matt Peters, Samira Wiley, Jackie Cruz, Maria Dizzia, Kimiko Glenn, Diane Guerrero, Emma Myles, Beth Fowler, Abigail Savage, Ruby Rose.
Valoración:

La vida en la cárcel de mínima seguridad para mujeres continúa. Piper Chapman se ha hecho a su nueva situación bastante bien, sobre todo ahora que ha vuelto Alex Vause y han formalizado su relación. Es tal el grado de confianza que ha ganado que toma las limitaciones de su cautiverio y les da la vuelta en cierta manera: cuando entra a trabajar en el grupo de costura usa el material sobrante para hacer bragas y vendérselas a los fetichistas como “bragas usadas por presas”, un negocio que promete ser próspero. Pero llega a caerse por el otro extremo: el poder lleva a la ambición y tomará algunas decisiones arriesgadas muy criticables. El jaleo que tiene con las latinas da mucho juego porque es emocionante ver su maduración y lo que dan de sí las disputas, pero el destino que fuerza para su nueva amiga, Stella, es inquietante, mostrando una cara de Piper que duele ver. Mientras, Alex choca con esta postura y a la vez lidia con sus miedos: está convencida de que el narcotraficante para el que trabajaba enviará a alguien a la cárcel para ajustar cuentas.

Pero como indiqué en la segunda etapa, Piper dejó de ser la protagonista principal para convertirse en una más entre unos treinta personajes habituales, un número que sólo alcanza Juego de tronos y supera The Wire. Y el mosaico sigue siendo fascinante y encantador, ninguna figura se presenta fallida o acusa desinterés, y además con los flashbacks que desgranan su pasado van ganando más todavía. El año anterior el grupo de negras se llevaba bastante protagonismo, pero esta vez les toca a las latinas. El dominio de la cocina (donde por cierto la rusa Red consigue volver en momentos difíciles), el embarazo de Dayanara, los líos de esta con su novio y los roces con su madre, los problemas de ambas en casa… Pero esto no implica que las demás se descuiden. Conocemos incluso los orígenes de la extraña Chang, dándole una vuelta de tuerca genial a quien parecía una simple figurante de receso humorístico.

También van adquiriendo presencia otros guardias y los problemas de estos, aunque es cierto que son canalizados sobre todo a través de Caputo. La administración de la prisión parece que le viene grande, porque son tantos los conflictos y dificultades que se van acumulando que no ve salida. Su evolución guarda algunas sorpresas muy llamativas, sobre todo ante la absorción de la cárcel por una empresa privada (con política de ahorros escalofriante) y el amago de formar un sindicato que hacen los guardias. Quien no parece crecer es Healy, anclado en los mismos patrones de conducta que lo llevan a actuar, aunque sea por culpa de un sentido de la preservación muy inmaduro, de forma bastante injusta hacia los demás, sean presos o guardias (la nueva consejera se le atraganta bien pronto).

Son tantas historias que no voy a citarlas todas. Norma, Poussey, Tasha, Soso, Lorna (delirante su juego buscando novio), Sophia (la disputa con Gloria), la cada vez más molona Big Boo, Suzanne (demencial la parodia de Cincuenta sombras de Grey)… Y como es esperable y obvio a estas alturas, todas las aventuras, sean las más largas o las más anecdóticas, muestran una serie de virtudes encomiables: la agilidad con que las narran sin por ello perder trascendencia, pues todas tratan sobre el ser humano, sobre las limitaciones, problemas y luchas personales de cada individuo, lo que surge desde el realismo, naturalidad y cercanía que logran sacar de todos los protagonistas. Casi no te das cuenta de que la serie ha perdido algo de fuerza, podrías estar viendo capítulos y capítulos sobre la rutina de las vidas de estas mujeres y guardias eternamente.

Pero sí, si buscas algo más, pronto se ve que a la temporada le falta algo para llegar al nivel de las dos primeras. Y no hay que indagar mucho, es más, todas las críticas repiten la misma pequeña queja: hay mucha más comedia ligera y menos drama profundo. Eso no quiere decir que desaparezca la crítica al sistema, que sigue siendo completísima, ni que algunos problemas no sean trágicos (las violaciones que sufre Pennsatucky es lo más duro), pero es una lástima que no ofrezcan la visión más sórdida de la cárcel, porque si por algo causó impacto la llegada de la serie era por esa combinación magistral de ambos estilos, comedia y drama, que te hacía vibrar y sufrir con las tragedias pero también te mostraba perspectivas más luminosas y alegres, resultando una montaña rusa de sensaciones que te enganchaba y agitaba con fuerza. Además, huelga decir que con un viaje emocional más contenido, Taylor Schilling no tiene tanto margen para lucirse, desaprovechándose su grandísimo talento como actriz.

También puedo señalar que hay unas pocas historias que podrían haberse resumido. El tema del culto alrededor de Norma da varias vueltas sobre sí mismo avanzando con cierta de lentitud, las negras copan demasiadas tramas tontorronas (aunque sean atractivas, eso sí), no me gustó nada el final abierto con Alex después de jugar tanto con la intriga de si la atacarán, y me fastidió bastante la extraña salida de Nicky, porque no parece ser necesaria y es de mis favoritas; me quitan a Lorna Morello y ya dimito.

Ver también:
Temporada 2.
Temporada 1.

ORANGE IS THE NEW BLACK – TEMPORADA 2.

Netflix | 2014
Drama, comedia | 13 ep. de 55 min.
Productores ejecutivos: Jenji Kohan.
Intérpretes: Taylor Schilling, Laura Prepon, Michael Harney, Yael Stone, Natasha Lyonne, Kate Mulgrew, Danielle Brooks, Jason Biggs, Annie Golden, Elizabeth Rodriguez, Nick Sandow, Lea DeLaria, Laverne Cox, Uzo Aduba, Selenis Leyva, Matt McGorry, Alysia Reiner, Jessica Pimentel, Dascha Polanco, Matt Peters, Samira Wiley, Jackie Cruz, Maria Dizzia, Kimiko Glenn, Diane Guerrero, Emma Myles, Beth Fowler, Barbara Rosenblat, Lorraine Toussaint.
Valoración:

Después de la arrolladora y memorable primera temporada Orange is the New Black vuelve a lo grande marcándose otro capítulo inicial de infarto, de los de contar entre los mejores del año. Como el ingreso en la cárcel, el misterioso traslado sin previo aviso que sufre Piper Chapman es una auténtica pesadilla que se contagia magistralmente al espectador. Minuto a minuto sufrimos la indefensión de la mujer, el temor por su destino (todo apunta a una cárcel de máxima seguridad, por la agresión a la loca religiosa) y las penurias que sufre por el camino (guardias hostiles, ninguna información, situaciones incómodas e injustas -se le niega algo tan básico como hacer sus necesidades -). La creadora y guionista Jenji Kohan nos ofrece otro turbador viaje a través de la inmundicia del sistema penitenciario estadounidense desde la perspectiva de un personaje muy humano e interpretado con enorme intensidad por Taylor Schilling.

El destino no es el que esperábamos, pero tampoco es agradable. Testificar en el juicio del narcotraficante para el que trabajaron ella y Alex Vause mina la relación entre ellas porque el peligro de que puedan tomar represalias según lo que digan las pone en una situación muy delicada. Alex saldrá de la cárcel, pero fuera estará peor que dentro, temiendo día a día que vayan a por ella. Piper vuelve a su encierro de mínima seguridad, lo que supone a estas alturas una vuelta a la normalidad muy de agradecer. Sí, allí las cosas no son fáciles, pero podría ser peor y ya está bastante adaptada. La serie rebaja mucho el tono tras el demoledor inicio, dejando atrás el drama e inclinándose cada vez más por la aventura distendida y la comedia. No hay pérdida de calidad, pero a mí me ha apenado un poco, porque es impresionante lo que puede escribir Kohan cuando se pone dura.

También Piper pasa bastante a un segundo plano, pues el protagonismo está cada vez más repartido. Esto también me fastidia porque es un personaje que me trae loco, pero tampoco hay pérdida de calidad, el repertorio de habitantes de la cárcel mantiene el nivel e incluso mejora al conocerlos más a fondo. Los flashbacks que narran la situación que llevó a las mujeres a cumplir condena son cada vez más importantes, y algunos resultan muy impactantes al dar nuevas lecturas a protagonistas muy queridas, como el de Lorna Morello, que resulta espectacular y algo triste. No me voy a parar a describir cada historia con detalle porque no acabaría nunca con tantos personajes (entre veinte y treinta, todos imprescindibles en el conjunto y maravillosos individualmente), pero es ineludible decir que sus vidas cruzadas se narran con una habilidad pasmosa. El ritmo es siempre activo y atractivo, no hay un solo momento en que haya metraje que no aporte algo esencial, de hecho muchos capítulos rozan la hora de duración, de tantas cosas que hay para contar. Hasta los detalles cotidianos (humorísticos muchos de ellos) y las tramas más secundarias (por ejemplo el campeonato de ver quién folla más) aportan capas poco a poco.

Solo un fallo tiene la temporada, y queda pronto equilibrado: Vee. Esta veterana de las cárceles, narcotraficante de poca monta con aires de grandeza y afán de controlar el cotarro resulta algo cargante, arquetípica también, y su lucha por ser la más fuerte y poderosa se aleja un poco del tono verosímil habitual. Pero a cambio sirve como nexo alrededor del que hacer evolucionar un montón de caracteres. El grupo de afroamericanas se ve muy beneficiado al ganar protagonismo y poner puntos de conflictos importantes, y Red mantiene el tipo en una guerra que a veces peca de sensacionalista.

Mis partes favoritas del año, aparte de todo lo que atañe a Piper, serían las siguientes. Los intentos de Healy por servir para algo y superar sus limitaciones. Joe Caputo ganando a la corrupta Figueroa. El viaje loco de Lorna a la casa de su ex. El previsible pero efectivo romance entre el novio de Piper y su mejor amiga. Los viajes a quimioterapia de Rosa. El concurso de prepararse para entrevistas de trabajo. El drama que supone ser anciana en un sistema penitenciario y sanitario de risa. Y destaco también que nunca había visto tanta franqueza y naturalidad a la hora de hablar de sexo y relaciones femeninas.

Como la primera temporada, se presta a visionado maratoniano porque cada capítulo es solo parte de un todo y con su ritmo trepidante, sus personajes adorables y las historias tan humanas contadas con un tono de humor negro muy conseguido se hacen cortos y dejan siempre con ganas de ver más. Orange is the New Black es una orgía de emociones, capaz de hacerte pasar del lagrimón a la risa descontrolada, manteniéndote siempre inmerso codo con codo en las vivencias de las protagonistas. Es la serie más adictiva y que mejor recuerdo deja del momento (no solo te diviertes, te hace vibrar y también pensar), y obviamente de nuevo se alza como una de las mejores del año.

Ver también:
Temporada 1.

ORANGE IS THE NEW BLACK – TEMPORADA 1.

Netflix | 2013
Drama, comedia | 13 ep. de 55 min.
Productores ejecutivos: Jenji Kohan.
Intérpretes: Taylor Schilling, Laura Prepon, Michael Harney, Yael Stone, Natasha Lyonne, Kate Mulgrew, Michelle Hurst, Danielle Brooks, Jason Biggs, Annie Golden, Elizabeth Rodriguez, Nick Sandow.
Valoración:

A sus treinta y pocos años Piper Kerman (en la foto) parecía una mujer normal. Blanca de clase media-alta, familia llena de titulados en la universidad, prometida a su novio… Pero resulta que años antes, decidida a disfrutar de la vida al acabar los estudios, tuvo un romance con una mujer que se dedicaba al narcotráfico. Cuando aquella fue detenida acabó arrastrada a la cárcel también, por colaborar llevando dinero, con una condena de 15 meses. Como no es un viaje muy habitual dado su estatus social, sus amigos y familiares se interesaron mucho por sus vivencias, con lo que acabó escribiendo un libro: Orange Is the New Black: My Year in a Women’s Prison (Naranja es el nuevo negro: mi año en una prisión para mujeres). Fue un gran éxito y le llevó a dar charlas sobre los derechos de las mujeres encarceladas, y pronto su historia también acabó en televisión. Jenji Kohan tomó las riendas de un proyecto que se ajustaba mucho a su experiencia, pues Weeds era otra dramedia centrada en una mujer en apariencia normal que se dedicó a las drogas. La serie se produjo para Netflix, y resultó un éxito inmediato: fue la más vista en la por ahora corta historia de este canal de video bajo demanda (te suscribes y ves lo que quieres cuando quieres por internet), superando a House of Cards a pesar de no tener publicidad ni un reparto famoso ni inicialmente el beneplácito de la crítica, que suele inclinarse demasiado por las modas.

Hasta Orange Is the New Black no me había parado a pensar que no hemos visto ni en cine ni en televisión producciones llamativas que muestren la vida en las cárceles de mujeres. Es un género dominado por hombres, con las míticas Cadena perpetua (The Shawshank Redemption, Frank Darabont, 1994) y Oz (Tom Fontana, 1997) a la cabeza. Pero cuando ha llegado esta serie de repente me he dado cuenta de cuánto se echaba en falta el punto de vista femenino, vacío que llena de forma que será difícil encontrar otra producción que le haga sombra, porque apunta muy alto. Esta perspectiva expone tanto la forma en que las mujeres ven el mundo como los problemas relacionados con el género (abusos desde la parte masculina, principalmente) a través de historias muy realistas y llenas de detalles cotidianos. No falla tampoco en el análisis social y la crítica al sistema, pues saca a relucir la inmundicia de las cárceles estadounidenses y las carencias enormes del Estado y la sociedad a la hora de reconducir a los delincuentes. Como en Oz, queda claro que las prisiones son un almacén para olvidar a gente descarriada, que el gobierno no pone esfuerzo monetario y humano para arreglar las cosas y el pueblo está adormecido y no mueve un dedo para cambiar la situación. Sobre la influencia de Oz es difícil saber cuánto debe a ella y cuánto es casualidad por temática; tienen en común el tono realista, la crítica al sistema y mostrar mediante flashbacks qué hicieron las presas, entre otras cosas.

La serie ha acertado de pleno en dos formas de narración muy populares en esta era dorada de la televisión. La dramedia, es decir, comedia más drama, permite ofrecer una perspectiva de drama real pero con un tono de aventura distendida. La sonrisa es constante en cada episodio y da para carcajadas en no pocas ocasiones, y el drama es ligero pero no por ello superficial, de hecho la complejidad y profundad de todas las historias narradas es enorme, pero nunca llega a resultar un relato oscuro o duro, siempre tiene un punto socarrón y prima la aventura realista y pragmática sobre la tragedia humana.

El otro punto destacable es no mostrar buenos y malos muy marcados, sino tener protagonistas grises que pueden tanto cometer atrocidades como dar lo mejor de sí mismos. Ni las internas más peligrosas ni los guardas más duros hacen la función de villanos, es decir, de enemigos para las protagonistas y roles que odiar por el espectador, sino que son otro ejemplo de cómo la sociedad y las circunstancias y nuestras limitaciones nos moldean y nos pueden llevar a actuar desviándonos de la ética. Así, los guardias no son puestos como hijos de puta sádicos sin más, sino como seres tan falibles como los demás personajes. Cuando Healy (el más representativo en esta etapa) manda a aislamiento o maltrata psicológicamente a Chapman no se siente asco y ganas de que se vengue de él, sino indignación porque el sistema permita esa situación y lástima porque él no ha sido capaz de manejar sus problemas mejor y lo ha pagado con alguien más o menos inocente.

También ha sido muy inteligente mantener un reparto coral, no centrar el protagonismo exclusivamente en Piper Chapman (álter ego de Piper Kerman), algo esperable dado el material de origen. Su punto de vista es el principal, y como personaje central resulta memorable, pero el repertorio de secundarios es delicioso y el protagonismo está muy repartido. Todas las presas, desde la más loca a la más tranquila, tienen una personalidad definida a la perfección desde su primera aparición, y aunque por ahora no haya habido una gran evolución de personajes (exceptuando a Piper), poco a poco las relaciones y formas de ser van respondiendo a todos los eventos que van sucediendo en las numerosas tramas principales y secundarias. Es imposible no implicarse con las simpáticas Lorna y Nicky, seguir con interés la fachada de dura de Red, flipar con los tropiezos de guardas como Pornomostacho o Healy y disfrutar con los líos entre grupos (latinas, negras, blancas rednecks -paletas sureñas-).

Es difícil destacar a alguna actriz secundaria, todas son bastante desconocidas pero cumplen de maravilla mimetizándose completamente en sus personajes. La más reconocible y relevante es quien interpreta a la exnovia de Chapman (la traficante de drogas Alex Vause), Laura Prepon, quien fuera la pelirroja de Aquellos maravillosos 70, una comedia sencilla pero con bastante buen reconocimiento. Los hombres, más escasos, también cumplen (Michael Harney como Healy está soberbio), pero en este lado está el único punto negativo de la serie: el novio de Piper supone el único actor mal elegido. De verdad no sé cómo se coló en tan cuidado casting un manta como Jason Biggs (saga American Pie…), quien desaprovecha un buen personaje con su nula expresividad (se supone que está sufriendo la situación, pero su interpretación no lo refleja) y la ausencia total de química con Taylor Schilling (Piper).

Pero incluso en este rico panorama el rol principal, Piper Chapman, destaca resultando un personaje que sin duda va a hacer época. Siendo blanca, rubia, con estudios universitarios y bastante culta (las referencias a la cultura pop abundan, por cierto) da mucho la nota incluso en una prisión de mínima seguridad, y pronto su personalidad narcisista y victimista le hará pasar por varios encontronazos. Pero esa propia inteligencia y educación completa le permitirá adaptarse rápidamente y contar con ciertas ventajas. El choque de culturas y la extraordinaria situación que vive se exponen magistralmente en el episodio piloto, un capítulo memorable que atrapa por completo para el resto de la temporada. El proceso de adaptación es riquísimo en vivencias e interés, y en el tramo final empieza a plantar cara, a volverse más dura.

La interpretación de Taylor Schilling (dada a conocer en el poco exitoso drama de hospital Mercy) es la que necesitaba este rol: está plenamente sumergida en Chapman, consiguiendo un personaje fascinante desde el primer instante. Sus miedos quedan expuestos con una sola mirada, y el proceso de adaptación y superación va mostrándolo con gran habilidad. Junto a la otra gran mujer del año, Tatiana Maslany (Orphan Black), supuso toda una revelación y uno de los mejores papeles de las últimas temporadas televisivas, llegando ambas a recibir nominaciones a los Globos de Oro a pesar de que la crítica pasó bastante de sus series en favor de las más cercanas a las academias de premios. Aunque luego hicieron el ridículo dándoselo a Robin Wright por House of Cards en vez de a uno de estos dos portentos. Es una vergüenza que poco a poco el boca a boca va poniendo en su sitio: Orange Is the New Black fue probablemente la mejor serie del año y Taylor Schilling merece todas las alabanzas que se te puedan ocurrir.