OZ – TEMPORADA 4.

Oz
HBO | 2000
Productores ejecutivos: Tom Fontana, Barry Levinson.
Intérpretes: Terry Kinney, Harold Perrineau, Ernie Hudson, Edie Falco, J. K. Simmons, Dean Winters, Lee Tergesen, George Morfogen, Rita Moreno, Eamonn Walker, Craig muMs Grant, Lauren Vélez, Granville Adams, Kirk Acevedo, BD Wong, Adewale Akinnouye-Adbaje, Chuck Zito, Christopher Meloni.
Valoración:

Alerta spoilers: Resumo muchos acontecimientos importantes, con lo que no debes leer el artículo si se quieres ver la temporada sin conocer nada.–

La cuarta temporada de Oz es doble (dieciseis episodios en vez de ocho), pues debido al calendario de grabación de series de ese año la HBO se encontró con dinero extra que invirtió aquí. Se nota que la producción estaba empezada y la temporada regular escrita, pues hay una clara división de estructura de tramas entre los ocho primeros episodios y los ocho siguientes, de hecho una tanda fue emitida en julio y agosto y la otra a partir de enero.

En la primera parte de la sesión vemos como Clayton, el sobrino del alcaide, descontento con su despido y asqueado de todo, deja un arma al alcande de los presos. Entre el catastrófico tiroteo que se desata y otras recientes muertes, Tim McManus se ve obligado a renunciar como administrador de Ciudad Esmeralda. Su sustituto, un afroamericano, pronto muestra una clara tendencia racial con favoritismo hacia los suyos, moviendo tanto presos como guardias desde Ciudad Esmeralda a los pabellones normales o viceversa según el color de la piel. Así, Adebisi, que se quitó a Nappa de en medio y había afianzado su posición, ahora tiene el dominio absoluto a pesar de que algunos de sus hombres, como Kenny, fueron asesinados en el tiroteo.

Pero el dominio de Adebisi se descontrola, y Said termina aliándose con McManus para acabar con dicho reinado y devolver Ciudad Esmeralda a manos de Tim. Lo consiguen gracias a que Adebisi tenía grabadas algunas de sus fiestas y fechorías, pero en la venganza contra Said acaba muriendo a manos del musulmán. La caída de un grande como Adebisi es espectacular, tanto por la trayectoria como por el desenlace, pero también por la lectura que se puede hacer. La vida de Adebisi se había limitado durante años a la guerra por el poder, y cuando alcanzó la cima vio que no había nada más que llenara su miserable existencia, con lo que se embarcó en una espiral de autodestrucción suicida. Y las secuelas en Said serán enormes.

Un nuevo negro llega a prisión, Desmond Mobay. Es en realidad un agente de narcóticos infiltrado que busca atacar desde dentro a quienes manejan el contrabando de droga en la cárcel, un problema que siempre ha sido de difícil contención. Sin embargo, las pruebas de lealtad que le exigen para entrar en la banda chocan con la ley y la moral… hasta que son vencidadas por el ansia de ofrecer resultados, de quedar como un héroe en el cuerpo de policía. Las secuelas de tales actos llegan pronto, y las drogas no las mitigan, sino todo lo contrario. Al final, la drogodependencia y el descontrol le llevan definitivamente al lado oscuro (asesinato incluído) y termina siendo encarcelado por sus crímenes. Esta trama no por previsible me resultó menos lograda, amén de que ya se iba echando de menos una historia de este estilo.

Said ha perdido el liderato frente a Arif, aunque no por ello deja de luchar por lo que cree justo. Álvarez, con la mente prácticamente destrozada, descubre otro plan de Busmalis para fugarse, y no desaprovecha la situación. Busmalis es cazado pronto, pero con él tardan más. Diane deja de aparecer y se despide por teléfono, pues la actriz Edie Falco se largó a hacer una obra de teatro en Inglaterra y luego se decantó por Los Soprano (un acierto enorme, la verdad, pues aquí salía poco y en aquélla hace el papel de su vida).

Aunque Beecher y Keller se han ido acercando hasta convertirse en amantes, la vida de Beecher sigue siendo un infierno gracias a Schillinger. La escadala de violencia con el nazi como represalia por haber matado a uno de sus hijos acaba con el secuestro de los niños de Beecher y el asesinato de uno de ellos. Beecher pretende seguir la espiral matando al otro hijo de Schillinger, pero cuando consigue entrar en razón y darse cuenta de que todo esto no lleva a nada no puede hacer llegar la contra orden al asesino y el otro hijo de Schillinger muere también. No sé si porque esta rivalidad había alcanzado ya cotas durísimas y tragedias enormes o porque no se trata con la perfección de otras partes, pero todo esto me resultó excesivamente rebuscado y exagerado, y además no vi en los personajes tantas secuelas como debería. Beecher sin embargo sigue resultando un rol fascinante y mi eterno favorito.

O’Reily continua metiéndos en todos los fregados (el tema del teléfono móvil y los jaleos con los rusos son muy divertidos), pero su vida está dominada por la atracción que siente por la doctora Gloria. Poco después de discutir con la doctora y sufrir su claro rechazo ella resulta violada fuera del trabajo. No fue él, aunque ella piense así, y de hecho asesina al que lo hizo cuando éste llega a Oz.

Y como es habitual, infinitas y gloriosas tramas secundarias llenan Oz de la densidad y vitalidad habitual. Hay partes que me encantaron, como el anciano Rebadow asesinando (y sintiendo la necesidad de hacerlo de nuevo), o la sección de la loca en el corredor de la muerte, aumentada luego con otros en su misma situación. Muy interesante también ha sido el paso al lado oscuro de Clayton: su ira contra el sistema lo lleva a atentar contra el senador Devlin, y de haber sido oficial una vez pasa a reo.

En la segunda parte de la temporada las cosas siguen adelante, y si bien la mayoría lo hace con el nivelazo habitual, también hay partes que parecen poco trabajadas, otras mal acabadas y otras, quizá por la idea de meter golpes de efecto llamativos, terminan resultando demasiado exageradas. Seguramente ello se deba a que Tom Fontana tuvo que escribir a toda prisa. Así pues, hay cierto bajón, aunque debido a la calidad de los personajes y a las mil tramas que hay en marcha no llega a notarse demasiado. Sea como sea, la parte final final de la temporada patina y pierde algo de interés.

Como fruto de la caída del administrador de Ciudad Esmeralda y de Adebisi, Said recupera el grupo de musulmanes y McManus su puesto, aunque por supuesto ninguno de los se librará de los problemas de siempre. Para intentar recuperar algo de presencia, McManus reta a Vayhue, la estrella del baloncesto, a un torneo, pero no saldrá muy bien.

Con la banda de negros desmembrada parecería que los latinos, con nuevo líder, Morales, iban tomar el control… pero la llegada de un conocido líder negro, Burr Redding, vuelve a equilibrar las cosas. Mientras, Augustus se ve metido en medio de la lucha de liderazgo entre Burr, que es un viejo amigo suyo, y Supreme Alá, y su vida llega a estar en serio peligro.

O’Reilly, entre su insistencia y lo bien que se aprovecha de los problemas médicos de su hermano Cyril, consigue poco a poco acercarse a la doctora Nathan. Esta parte me resultó bastante forzada, pues no me pareció creíble que tras todo lo ocurrido ella pudiera perdonarle y aun más llegar a sentir algo por él. También encontramos aquí detalles impropios de esta serie, como la chorrada de envejecimiento de Cyril con las drogas experimentales.

Schillinger se topa con la novia de su hijo asesinado y con el nieto que ella trae. Quizá por ello acepta intentar terminar con las hostilidades entre él y Beecher. Mientras, Keller se despide de Beecher: cuando Schillinger está a punto de descubrir que Beecher planeó la muerte de su hijo, Keller se declara culpable. En espera del juicio es enviado a otra prisión, despidiéndose así uno de los personajes más complejos y difíciles (unas veces cae bien, otras es odioso). Después de todas estas tormentas, Beecher se topa con que le llega la posibilidad de libertad condicional. No cree en ella debido a su trayectoria de violencia, pero el proceso termina despertando esperanzas desaparecidas. Ve la libertad, se alegra de que Schillinger muere intentando evitar que salga… pero todo ha sido un sueño, y en realidad se la deniegan. Un sueño de hecho forzadísimo, tramposo y manipulador como nunca he visto, tan excesivo que resulta anacrónico en una serie de tanta calidad. La historia de la lucha por la libertad era bonita y trágica sin necesidad de sensacionalismos absurdos. De entre todas las historias vistas en Oz hasta ahora, ninguna me había parecido que perdía interés o desvariaba demasiado. Pero ésta sí, hasta el punto de resultarme completamente fallida.

La vuelta de Álvarez no ayuda a terminar con su locura, pues de nuevo los encierros en solitario minan su mente cada vez más, y los intentos de hacer de soplón para el alcaide mezclados con los intentos de acercarse de nuevo al grupo latino no salen bien. Otro loco de remate es Clayton, quien en su ingreso en la cárcel compartirá pabellón con Mobay. Pero mientras Mobay ha encontrado la paz, aquél cada vez está más desequilibrado, y en su constante rebelión termina causando su propia muerte.

O’Reily intenta hacerse amigo de un irlandés del IRA que espera ser trasladado a Inglaterra, terminando el asunto con una exagarada historia con bomba que no llega a explotar. El Padre Mukada, cura de la prisión, se topa con un rival difícil, un reverendo con el que tiene tiras y aflojas constantes. Entre medio tenemos también una poco sustanciosa aventura con unos refugiados asiáticos que son ubicados en la prisión a falta de otro lugar, parte que ni causa impacto ni se recuerda, con lo que no sé muy bien qué utilidad tuvo.

Ver también:
Temporada 3.
Temporada 2.
Temporada 1.

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