Archivo mensual: noviembre 2015

DARK MATTER – TEMPORADA 1.

Space | 2015
Ciencia-ficción, acción, suspense | 13 ep. de 45 min.
Productores ejecutivos: Joseph Mallozzi, Paul Mullie, varios.
Intérpretes: Marc Bendavid, Melissa O’Neil, Anthony Lemke, Alex Mallari Jr., Jodelle Ferland, Roger R. Cross, Zoie Palmer.
Valoración:

Seis tripulantes despiertan de la estasis en una nave que no reconocen… de hecho no recuerdan ni quiénes son, no tienen memoria de sus vidas. En seguida se ponen nombres según fueron apareciendo (Uno, Dos… hasta Seis) y descubren que sí mantienen memoria automática de sus habilidades: pilotaje, armas, lucha cuerpo a cuerpo, etc. Su objetivo inmediato es, aparte de sobrevivir a los recelos y discrepancias entre ellos, descubrir quiénes son y qué los llevó a acabar sin recuerdos. Pronto se les une la Androide de abordo, que también tiene fallas de personalidad pero será vital para mantener la nave, llamada la Raza, en pie ante un universo que no ha olvidado las pasadas acciones de la tripulación.

Creada por dos productores de la franquicia Stargate, Joseph Mallozzi y Paul Mullie, Dark Matter es una combinación de aventura espacial y thriller. Eso sí, primero plasmaron sus ideas en un cómic, hasta que consiguieron más tarde que un canal de televisión los financiara. No aspira a ser una gran serie, o al menos eso parece en esta temporada, pues predomina la acción y el misterio sobre la construcción de un universo y una trama de mayores proporciones y alcance. Pero conocen sus bazas y limitaciones y las exprimen francamente bien, sin intentar aparentar más de lo que es. Las andanzas de los tripulantes tienen muy buen ritmo y numerosos giros que mantienen el interés alto, y cada capítulo añade poco a poco sustrato a la evolución de los mismos.

En la dinámica entre protagonistas reina una atmósfera que recuerda en seguida a Farscape (las peleas a bordo de la nave, la desconfianza, los intentos de aliarse unos contra otros) y Firefly (los roles de mercenarios tan marcados: el matón, la chica rara, el capitán rígido pero sensato), y sin embargo, aunque no sea ni novedoso ni deslumbrante, este grupo engancha rápido. Sus formas de ser son claras, los roces dan mucho juego, y la evolución como digo es dinámica y bastante efectiva. Aun así no se libra de algún patinazo, como la historia del asiático. Primero asusta el topicazo de tener un asiático con espadas; segundo, cuando le dan una explicación, su pasado resulta el único momento en que la serie patina apuntando más alto de lo que debería: esa intriga familiar resulta un cliché muy sobado y a la vez exagerado. También puedo decir que hay algún instante donde cae más bajo de la cuenta, como unos conatos de romance y sexo que resultan bastante infantiles. Pero aun con estos dos deslices notables este carismático grupo protagonista supone la mejor baza de la serie. Con unos diálogos por lo general muy ágiles, llenos de humor y puyas constantes, se consigue sacar bastante juego de cualquier situación. Además sus problemas y relaciones se mantienen siempre en primer plano, con lo que hasta la historia más secundaria gana fuerza. En esto juega a su favor que con trece capítulos no hay lugar a rellenos insulsos, de esos que hasta las más grandes del género, Farscape y Babylon 5, tenían en gran cantidad.

El universo planteado no es especialmente novedoso (corporaciones con más poder que los gobiernos, experimentos secretos, mercenarios, colonias pobres…), pero se va explicando poco a poco, sin saturar y conforme las tramas lo requieren. Además tiene un buen factor de admiración por lo desconocido, algo esencial en el género: ansiamos conocer más de ese futuro ficticio. Así, tenemos una base lo suficientemente sólida y atractiva donde desarrollar las distintas aventuras de la tripulación: casos antiguos que los acosan, empleadores que les exigen resultados, conflictos con las peligrosas corporaciones…

Y sorpresas, muchas sorpresas, porque los guionistas apuestan por ir hacia adelante sin miedo, revelando poco a poco los misterios, no dejándolos para el final de temporada. ¿Quién es cada uno? ¿Qué harán cuando desentrañen su oscuro pasado? ¿Cómo cambiará la relación entre ellos cuando los secretos vayan saliendo a la luz? Pero sus creadores también se obstinan un poco más de la cuenta con la idea de meter más y más revelaciones que llevan a nuevos misterios, de forma que a veces fuerzan un poco las cosas. Aquí juega en su contra que el canal canadiense para el que se ha producido (Space; para EEUU emite Syfy) obliga a un esquema televisivo realmente anticuado: el de poner ante cada corte de publicidad y final de capítulo un giro que supuestamente deje con ganas de más. Pero soportar tantas veces la musiquita intrigante tan evidente y los primeros planos a personajes con cara de pez, pues termina cansando.

La puesta en escena es básica pero cumple, en especial a la hora de dar ritmo a la narración. Se podrían mejorar bastante las peleas, que siempre acaban a puñetazos a pesar de la cantidad de armas que llevan todos, pero está claro que es una producción de bajo presupuesto, y planificar combates de calidad es complicado porque requiere tiempo y dinero. También se ven limitaciones en los escasos escenarios secundarios (los que sólo aparecen en un capítulo), pero el interior de la nave está bastante trabajado, fallando solo en las consolas de controles, bastante parcas. Los efectos en el espacio (naves, planetas) dan el pego muy bien, pero sus apariciones son muy breves, lo que me apena, pues soy un enamorado de las naves espaciales. El diseño de la Raza no es muy original pero cumple de sobras, pero el de la lanzadera en cambio es muy raro, porque es calcadísimo a las de Farscape.

El reparto funciona sin carencias notables. Obviamente no estamos ante un casting de alto nivel, y se ve claramente que han buscado gente guapa para atraer al público joven, pero todos captan bien la esencia de sus personajes. Marc Bendavid (Uno) es el único un poco más seco en su registro, ese tipo de rol requería a alguien más carismático. Y de primeras me rechinó Anthony Lemke como Tres, el matón, pero luego le coge el punto cabrón muy bien. La mejor me ha parecido la joven Jodelle Ferland (Cinco), pues precisamente es la que más experiencia tiene. Melissa O’Neil (Dos) no está mal tampoco, y eso que parece demasiado atractiva y algo bajita para cumplir como líder nata… y más te asustas si miras su currículo: es su primer papel relevante tras darse a conocer en Canadian Idol (el Operación triunfo de turno). Roger R. Cross (Seis) como el reflexivo y afable y Alex Mallari Jr. (Cuatro) como el tipo silencioso y críptico están más que correctos. Y no me olvido de Zoie Palmer con su peculiar interpretación para la Androide, quien gana presencia poco a poco.

Comparado con las últimas mierdas que hemos sufrido (Falling Skies, Helix, Defiance, Terra Nova…), es una pequeña esperanza para los amantes de la ciencia-ficción. Tiene su gracia, es muy entretenida, y sobre todo guarda bastante potencial. Eso sí, también hace recordar con nostalgia a Firefly, de la que parece una imitación realizada con mucho menos talento.

PD: El misterio más grande es el título de la serie, que no tiene nada que ver con lo que se ha visto en esta temporada.

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FEAR THE WALKING DEAD – TEMPORADA 1.

Fear the Walking Dead
AMC | 2015
Drama de supervivencia | 6 ep. de 45 min.
Productores ejecutivos: Dave Erickson, Robert Kirkman, David Alpert,
Intérpretes: Kim Dickens, Cliff Curtis, Frank Dillane, Mercedes Mason, Lorenzo James Henrie, Rubén Blades, Alycia Debnam-Carey, Elizabeth Rodriguez, Patricia Reyes Spíndola, Sandrine Holt, Shawn Hatosy, Colman Domingo.
Valoración:

The Walking Dead se ha convertido en la serie más vista de la historia de la televisión por cable (mantiene 14 millones de espectadores de media) a pesar de su calidad irregular. ¿Cómo no iba a AMC a explotar su gallina de los huevos de oro? Además no sólo el universo planteado permite generar fácilmente historias paralelas, sino que también el propio guionista de los cómics, Robert Kirckman, estaba entusiasmado por colaborar.

Alguno dirá que con sólo seis capítulos no es difícil hacer una temporada de buen nivel, pero recordemos que las de The Walking Dead se dividen en tandas de ocho y ninguna sale realmente redonda, siempre tienen altibajos y fallos importantes. Pero con Fear the Walking Dead se nota un gran esfuerzo por lograr una serie más sólida, tanto en el guion como en la puesta en escena, obteniendo una temporada que supera a cualquiera vista de la serie madre, aunque no sea por mucho y quede por ver si se mantiene a lo largo del tiempo.

Ya el piloto llama la atención a pesar de tirar más hacia un pausado melodrama con toques de intriga que hacia la aventura gore, precisamente porque se toma su tiempo en poner unos pilares sólidos desde los que sustentar la odisea de los protagonistas. La presentación gradual de estos pasa de puntillas sobre algunos clichés necesarios, pues como se busca un drama humano han de tirar por historias realistas (matrimonios rotos, familias peleadas, hijo drogadicto…), y la llegada del holocausto difícilmente puede sorprender porque lo hemos visto mil veces, pero como digo, el esfuerzo de los realizadores se nota en todo momento. Se inclinan acertadamente por ponerte ante personas que parezcan verosímiles, tangibles, y las van introduciendo poco a poco en la situación de desconcierto previa al fin del mundo, para finalmente lanzarlas de lleno hacia la caída de la civilización. El clima de tensión y agobio creciente está muy logrado, y el destino de los personajes llega con intensidad.

De ahí en adelante la serie evoluciona de maravilla, exponiendo tramas sobre supervivencia al límite muy llamativas. Como en The Walking Dead, aquí el peligro mayor es el propio ser humano, pues enfrentado a situaciones extremas es capaz de lo peor. El caos en la ciudad, las revueltas, el gobierno desbordado, el dominio del más fuerte, los conatos de recuperar la sociedad… Constantemente vemos discusiones sobre moral, justicia, venganza, democracia contra anarquía y demás dilemas que sacaría a relucir un ambiente así, Y lo mejor, todas estas historias muestran muy bien ese afán por buscar un relato más consistente. Así, hay numerosas escenas estupendas que transmiten muchísimo mediante silencios (la visita al colegio que abre los ojos a la protagonista ante lo que está pasando realmente), a través de detalles (esta misma mujer pintando la casa como si nada pasara, en un vano intento de volver a la vida normal) y que tiran de lo sencillo pero emotivo (el destino del vecino). Y todo ello se desarrolla en una atmósfera de suspense de muy buen nivel: el peligro acecha en todo momento, tanto por la amenaza zombi como por el hombre, y los personajes están siempre al borde de la locura o desesperación.

Hay que matirzar que queda claro que es una obra sobre cómo la humanidad enfrenta el final de la civilización, porque parece mentira que después de tantas temporadas de la serie madre abordando estos temas todavía haya espectadores que lloran porque no es acción zombi básica sin nada detrás. Casi ningún caminante se ve en el piloto, y claro, ya echaron pestes para todo el año. Pues ellos se pierden una temporada notable llena de drama de buen nivel, intriga constante y lecturas muy atractivas sobre el ser humano.

Otra virtud relevante es la puesta en escena, pues aunque sigue siendo algo convencional y limitada, empieza algo por encima de un listón que The Walking Dead tardó unos cuatro años en alcanzar. Se exponen bien las situaciones más complicadas (atención a la huída entre el caos del tercer episodio), la atmósfera opresiva es muy efectiva, se manejan bien las escenas con muchos personajes en escenarios reducidos (pasan muchas cosas en la casa y nunca da la sensación de ser una serie pobre en recursos narrativos)… Finalmente el otro elemento crucial es el reparto, donde también se nota el cuidado por superar las notables cagadas anteriores, pues por The Walking Dead han pasado actores mediocres y también malos, de hecho pocos han dado la talla realmente. Los veteranos Kim Dickens (Deadwood, Treme) y Cliff Curtis (Trauma, numerosas películas) están excelentes como cabía esperar, y los jóvenes sorprenden con interpretaciones muy sólidas: Frank Dillane (hijo del gran actor inglés Stephen Dillane) consigue un rol entre miserable y lastimero, y Alycia Debnam-Carey saca bastante de la típica adolescente pasota. El resto mantiene el tipo, en especial Rubén Blades como el mejicano sin escrúpulos, aunque merece una mención especial el carismático rol secundario que logra Colman Domingo, aquel vendedor adinerado tan elocuente e inteligente.

Pegas pocas, aparte de que me parece un poco cobarde empezar con tan pocos episodios. Puedo señalar que el quinto pierde algo de fuelle, y que en el final la horda zombi desaparece cuando les resulta conveniente a los guionistas, pero nada más empaña una temporada que ofrece todo lo que debería haber sido The Walking Dead desde un principio pero tanto le costó conseguir y tanto le cuesta mantener. Así pues, démosle la bienvenida y esperemos que no sea un espejismo y siga por buen camino.

PD: Me parece surrealista que hayan contratado y dado crédito a un compositor ya de cierto renombre, Atticus Ross (La red social, Perdida, Millenium 1), para los pocos segundos de música, o más bien de efecto sonoro, que acompañan al cartel de la serie, porque títulos de crédito no tiene. Y seguro que no ha cobrado poco.

EN DEFENSA DE THE WALKING DEAD. La polémica del capítulo “Here’s Not Here” merece un tratamiento más objetivo.

Alerta de spoilers: Está escrito sin datos reveladores, sólo con vaguedades, sin soltar nombres y hechos concretos, para que los que no lo han visto puedan leer sobre la polémica que sacude internet estos días.–

Me parece sorprendente lo que ha ocurrido con el último capítulo de The Walking Dead, Here’s Not Here (604)… o quizá no debería serlo tanto, porque hay dos motivos que ayudan a entenderlo un poco. Uno es que esto es lo que ocurre cuando algo se populariza tanto: que lo sigue una gran masa de espectadores, y ya sabemos que en esa situación surgen los extremismos. Así, es triste ver como hay gente que todavía se atreve a defender con vehemencia la infame segunda temporada mientras otros tantos echan pestes de las últimas etapas, cuando mejor está la serie.

El otro es que el capítulo no llega en un buen momento. El clímax construido en este inicio de la sexta temporada acababa con el espectacular y memorable Thank You (603), sin duda uno de los mejores de la serie. Y claro, lo que cualquiera esperaba es que siguiéramos con esa intensa trama, no que nos llevaran a un receso. Es una jugada equivocada, y bastante irrespetuosa, la que han hecho los guionistas. No puedes romper un momento álgido que tiene a varios personajes al borde de la muerte para irte a una historia paralela, es una forma muy rastrera de intentar aumentar la tensión que lo único que consigue es que el espectador se sienta engañado. Y si le sumamos la marabunta de quejicas que quieren que la serie sea otra cosa (acción zombi, correr y matar, sin nada más), pues tienes el caldo de cultivo perfecto para que internet arda.

Porque sí, resulta que hay gente que tras seis años todavía no entiende de qué va The Walking Dead y espera otra cosa, y se rebota cuando no satisface sus esperanzas, en vez de disfrutar de lo que hay. Una vez asimilado que el capítulo ha saltado a otra línea de acción, no queda otra que abrirse a él, pues los productores pueden haberse equivocado (sin duda lo han hecho) a la hora de ubicar esta historia, pero lo mismo la historia merece la pena… Y vaya si la merece, joder. Superado el rechazo inicial, encontramos una joya en bruto que me veo obligado a defender ante tanta ceguera y falta de objetividad.

El episodio también ha sido de los mejores de la serie, uno de los más hábiles a la hora de acercarnos a la mente de un personaje y que ha expuesto con una profundidad y emotividad digna de elogio los temas habituales: los dilemas éticos de la supervivencia en situaciones extremas, las responsabilidades morales del hombre, la fina línea entre justicia y venganza, la democracia contra el salvajismo…

E porte

Qué grandísimo ha sido el personaje secundario recién presentado, cuánto da de sí el viaje interior del viejo conocido al que abordamos en este largo flashback. Y sobre todo, cuán magnífico ha sido ese tratamiento de las capacidades, virtudes y fallas del ser humano. Ha habido no pocos instantes de humedecer los ojos (al espectador que entendiera lo que estaba viendo, claro), de hacerte vibrar con detalles sencillos, de llevarte a reflexionar con conversaciones profundas. La historia del psicópata es de diez, uno de los grandes momentos televisivos del año. La cabra como nexo para que el personaje recupere su humanidad es otro recurso maravilloso. La relación interpersonal, el conflicto entre dos psiques tan distintas, la maduración paulatina… ¡Y atención a la revelación final! Todo se ha llevado con una inteligencia, sensibilidad y contención impropios de una serie que siempre ha ido algo coja en inteligencia y alcance a pesar de tratar constantemente esta temática tan sugerente y llena de posibilidades.

Here’s Not Here ha sido un capítulo de notable alto, y quien no lo haya disfrutado sencillamente se ha equivocado de serie. Ahora bien, los productores también la han cagado bastante, su falta de tacto ha estado a punto de hundir un guion valiente y fascinante. El saber cuándo contar las cosas es casi tan importante como el cómo contarlas. Colocado en otro segmento de la temporada, donde dejáramos la acción para ir hacia la introspección, seguramente no hubiera generado tanto rechazo en el sector menos paciente de los espectadores.

THE WIRE (BAJO ESCUCHA) – TEMPORADA 1.

The Wire
HBO | 2002
Drama, policíaco | 13 cap. de 58-66 min.
Productores ejecutivos: David Simon, Robert F. Colesberry, Nina Kostroff-Noble, Ed Burns.
Intérpretes: Dominic West, John Doman, Idris Elba, Frankie Faison, Lawrence Gilliard Jr., Wood Harris, Deirdre Lovejoy, Wendell Pierce, Lance Reddick, Sonja Sohn, Andre Royo, Seth Gilliam, Domenick Lombardozzi, Clarke Peters, Michael Kenneth Williams, Jim True-Frost, Corey Parker Robinson, Delaney Williams, J.D. Williams, Michael B. Jordan, Michael Kostroff, Hassan Johnson, Tray Chaney.
Valoración:

Alerta de spoilers: No hay datos reveladores, sólo describo el argumento y los personajes.–

El inicio de The Wire nos introduce de lleno en el mosaico de habitantes e historias de Baltimore sin hacer concesión alguna de cara al espectador, pues aparecen de golpe casi todas las personas y lugares que serán cruciales en el relato. Apáñatelas como puedas para quedarte con el nombre y la posición de cada uno, que no son pocos y vamos saltando de uno a otro constantemente. David Simon apunta directamente al espectador inteligente, atento y paciente. La temporada entera es una gran historia, un solo capítulo, y huye del episodio piloto comercial, es decir, de la presentación gradual que remarca las cosas mediante trucos estándares (ni banda sonora tiene) y abusando de clichés muy sobados para llegar con facilidad y engatusar (como el cansino final que deja a un personaje al borde de la muerte, por citar un ejemplo claro de lo que quiero señalar). Dice a las claras: esto va a ser la serie, lo tomas o lo dejas. Coral, compleja, profunda, sin simplificaciones ni sensacionalismos narrativos. Va a navegar como la vida misma, con mil ramificaciones y consecuencias variadas que no siempre llegan rápido y con claridad.

Pero está muy lejos de resultar innecesariamente exigente, de caer en lo farragoso. El ritmo es pausado y la descripción de los caracteres y su lugar en la trama se desarrolla tanto con precisión como con naturalidad, de forma que la única dificultad radica en su número, en quedarse con sus nombres. Pero los bandos, rangos y rasgos principales calan rápido, y no se debería necesitar más de tres o cuatro capítulos para tener dudas sólo con algún secundario que se limita a aparecer de vez en cuando, como esos altos mandos policiales tan lejanos al grupo principal. Y pausado no significa lento, nunca han estado esos términos más alejados que aquí. La narración es sosegada pero a la vez intensa en un estilo único: te engancha desde el principio con su retrato tan verosímil y atractivo de personas e historias, y te atrapa irremediablemente con su sustrato tan jugoso y sugerente. Es difícil de describir, porque rompe cualquier esquema conocido de narración cinematográfica, sólo Babylon 5 se le acerca, pues como aquella, es una serie con muchos protagonistas y facciones y con una trama que se desarrolla lentamente, pero eso sí, The Wire tiene un tamaño y calado inifnitamente más grande, sobre todo en el número de personajes, de hecho hasta la fecha es con toda seguridad la serie con el repertorio más grande que se ha visto.

Es más fácil compararla con la literatura. Su visionado transmite la sensación de estar leyendo una novela de miles de páginas pero que lejos de amedrentarte o darte pereza te resulta fascinante en cada párrafo y capítulo y siempre quieres más y más. El guion es tan brillante y preciso que no se encuentra ni un diálogo o escena que no tenga un sentido y objetivo claro, ni que carezca de la capacidad de resultar como poco interesante por sí solo. Es decir, todo lo que está ocurriendo, toda frase y escena, influye en el devenir de aconcecimientos y la evolución de los caracteres. Como digo, no hay palabras para describir tanta genialidad, hay que verla y punto. No hay serie mejor narrada y más equilibrada. The Wire consigue que cada largo capítulo (casi todos de 58 minutos, alguno incluso más) se haga cortísimo y esperes con ansia el siguiente. Es complicado resistir la tentación de tragarse varios seguidos, y de verla una y otra vez.

Lo primero que se observa, aparte de que es una aproximación casi documental a la realidad (de hecho en su mayor parte está inspirada en casos vividos por sus guionistas: David Simon como periodista, Ed Burns como detective), es su tono pesimista y desencantado sobre la situación de la ciudad de Baltimore, y por extensión de cualquier sociedad actual del primer mundo, pues su visión y análisis es válido para casi cualquier lugar, en especial obviamente Estados Unidos. El cuerpo de policía sale malparado desde los primeros minutos. La cadena de mando está podrida de arriba abajo por intereses, amiguismo, corrupción e incompetencia. El día a día de los altos mandos no es tratar de resolver casos, sino de trampear estadísticas y echarle el muerto (literalmente) a otro, porque es más fácil sobrevivir así en el fallido sistema que con su dejadez y cobardía matienen. El día a día de los detectives y agentes es hacer las horas y, si es veterano, pensar en la jubilación como una liberación, todo ello acompañado por numerosos casos de alcoholismo y nulidad bastante tolerados por el resto de compañeros, porque ven en esa forma de ser su propio futuro. Ni siquiera los detectives de calidad, como Bunk (Wendell Pierce) o Lester (Clarke Peters), se libran de sus propios demonios internos… y externos, porque hay que andar con pies de plomo para no molestar a quien no se debe, pues podrías acabar dirigiendo el tráfico. De hecho Lester lleva largos años castigado en un olvidado puesto administrativo hasta que el caso especial que se pone en marcha le permite emerger de nuevo como el gran detective que es, para sorpresa de todos, en especial del espectador, pues su renacimiento es uno de los grandes instantes del año.

En este panorama estancado que no ofrece soluciones para el crimen de la ciudad llegamos a McNulty (Dominic West). Es un investigador nato y un as a la hora de rematar casos, pero también un borracho que ha echado a perder su matrimonio y un tocapelotas que por cabezón y molesto ha caído en desgracia ante todos sus jefes y a veces también ante sus compañeros, pues no sabe cerrar el pico cuando debe ni trabajar el ángulo político, o sea, contentar a los superiores. En una de sus pataletas consigue, con su amigo el juez Phelan (Peter Gerety) y su amante intermitente Rhonda (Deirdre Lovejoy), la abogada enlace de la comisaría con el juzgado, iniciar una cadena de acontecimientos que pondrá en apuros a toda la comisaría. Al final logra lo que buscaba: que se organice un equipo especial para perseguir al capo de la droga del momento, que está dejando un reguero de muertos sin que ningún departamento haga nada al respecto. Pero lo más triste, o gracioso, según se mire, es que los superiores (el Subcomisario Burrell –Frankie Faison– y el Mayor Rawls –John Doman-) arman el grupo para aparentar que se hace algo, esperando que pase el temporal para volver a la rutina: seleccionan a despojos, rechazados y novatos varios y no les hacen ni caso, esperando que termine el plazo y se asuma que han hecho su trabajo como se pedía.

Esta llamada Unidad de Delitos Mayores es ofrecida al Teniente Cedric Daniels (Lance Reddick), quien estará bien controlado porque lo tienen amenazado con las cuchilladas habituales en la cadena de mando, es decir, el chantaje con sacar a la luz alguna corrupción o desliz del pasado. Mientras debe andar con pies de plomo con sus jefes lidia también con sus nuevos subordinados, entre los que se encuentran algunos de los citados casos de incompetencia y embriaguez. Pero son los que demuestran tener algo de valía nuestros protagonistas: a las habilidades de McNulty y Lester se suman los jóvenes pero prometedores detectives Kima (Sonja Sohn), Herc (Domenick Lombardozzi), Carver (Seth Gilliam), Sydnor (Corey Parker Robinson) y Prez (Jim True-Frost), cada uno con sus virtudes y limitaciones propias.

Uno de los momentos míticos de la temporada es la gran pregunta que se hacen en la comisaría: “¿Quién demonios es Avon Barksdale?” Nadie conoce a la figura que maneja la droga en el distrito Oeste, quien domina “Las torres” y “El foso”, un barrio de edificios y una urbanización de la zona pobre que están bajo el mando de un nombre que corre por las calles pero que no parece tener rostro. A partir de aquí empieza una investigación policial detallada hasta extremos alucinantes, de hecho el argumento global del año es ese: cómo se inicia y desarrolla un gran caso contra la droga. Los detectives trabajan con material obsoleto (¡máquinas de escribir!), se patean las calles, hacen mil horas de vigilancia, se sumergen en una maraña de luchas legales (para poner escuchas principalmente) y burocracia (búsqueda de locales y finanzas por donde atacar). Por supuesto no faltan las aptitudes personales, donde a realismo no le gana nadie a la serie: ningún personaje se libra de cagarla en algún momento o directamente de arrastrar importantes demonios internos, o sea, de ser humano. Y no digamos cuando el vicio se convierte en forma de vida. Por ejemplo Cedric suda de lo lindo luchando con la cadena de mando para poder sacar adelante sus peticiones sin quedar mal con nadie, porque prima la política y el amiguismo que hacer bien el trabajo. A este respecto destaca otro de los grandes escollos a los que se enfrenta: cuando siguen el dinero en vez de la droga los jefes tiemblan, ya que no se sabe adónde puede llevar el rastro, pues las conexiones con empresas (constructoras sobre todo) y políticos se huelen en el ambiente.

En las calles conocemos el mundo de la droga, la cadena de mando opuesta a la ley. Desde los peones, encargados de la venta en las esquinas y otros recados, al capo, un genio que se mantiene hábilmente en la sombra, pasando por un gran número de consejeros, matones, soldados… Las figuras principales son grandiosas, individuos tan atractivos y tan bien dibujados como los que pueblan las comisarías. El rey es un inteligente Avon Barksdale (Wood Harris), cuya paranoia con que le podrían estar vigilando y su eficaz forma de mantener la cadena de mando y quedarse alejado de todo crimen lo ha mantenido fuera del radar. Su mano derecha es incluso más inteligente que él: Stringer Bell (Idris Elba) pone todo su empeño en trabajar como si la droga fuera un negocio, pensando que los crímenes son innecesarios, que esto es mercado y punto. Es junto a McNulty y Omar uno de los grandes favoritos del público, y con razón, pues con su visión de las cosas y su forma de actuar posee un magnetismo irresistible. D’Angelo “D” Barksdale (Lawrence Gilliard Jr.) es el sobrino del jefe, y se le intenta educar para ser un líder, pero sus dudas y vacilaciones hacen tambalear su posición en ocasiones. Este dirige el grupo de venta callejera rodeado de otros tantos personajes encantadores: Bodie (J.D. Williams), Poot (Tray Chaney), Wallace (Michael B. Jordan)… El gran número de historias y los completos análisis que se hacen desde este ángulo también son brillantes, destacando clásicos problemas como que quien nace y crece en ese mundo no tendrá más salida. Las muestras de cómo viven los niños cuyo destino está sellado es muy triste; demencial el instante en que resuelven los deberes de matemáticas poniendo como ejemplo el reparto de droga: tantos frasquitos aquí, tanto dinero allá…

Por libre van otros protagonistas cruciales y muy queridos. Bubbles o Burbujas (Andre Royo) es el vagabundo encantador que sobrevive mirando sólo el día en que vive (es decir, la dosis de turno), cuya relación con McNulty y Kima como informante es divertidísima para el espectador y esencial para los casos. Omar Little (Michael Kenneth Williams) y su banda de asaltantes ponen en bandeja tramas también muy emocionantes. Curiosamente, siempre pensé que Omar era el menos realista, pero como otros tantos fue inspirado por figuras reales. Su actitud de estar al margen de todo pero guardar cierto código de honor, amén de su arrolladora personalidad, lograron que enseguida se convirtiera en uno de los roles más queridos.

Las escenas para enmarcar son varias en cada capítulo, y muchas se quedan grabadas en la memoria para siempre. McNulty soltándole al juez la presencia de Barksdale y diciendo disimuladamente que nadie va tras él, lo que desenadena en el caso; la partida de ajedrez que define la cadena de mando del hampa; el estudio de un escenario de un crimen sin resolver realizado por McNulty y Bunk únicamente con el diálogo de “joder”; las primeras aportaciones de Lester, que dejan a todos alucinando; la ejecución de uno de los jóvenes negros por parte de sus compañeros; la valía de Prez investigando papeleo en contraposición con su gran torpeza como agente de campo; Cedric pateándose la cadena de mando de arriba abajo; la persecución que acaba con el tiroteo de un agente, y las consecuencias en sus compañeros (terribles las falsas condolencias de los altos mandos); cualquier conversación al azar de Herc y Carver; McNulty perdiendo a sus hijos en el supermercado mientras espía a Stringer, y flipando al ver a este estudiando economía…

Podría tirarme párrafos y párrafos alabando la larguísima lista de personajes, analizando a fondo los mil mensajes y críticas que se observan en este completísimo y cautivador ensayo, citando sus innumerables momentos y detalles geniales… pero lo mejor es descubrirlo por uno mismo: el visionado de The Wire es obligatorio para cualquiera que se llame amante de las series o del cine.

Ver también:
Presentación.

MR. ROBOT – TEMPORADA 1.

USA Network | 2015
Suspense, drama | 10 ep. de 45-60 min.
Productores ejecutivos: Sam Esmail, Steve Golin, Chad Hamilton.
Intérpretes: Rami Malek, Christian Slater, Portia Doubleday, Carly Chaikin, Martin Wallström, Michel Gill, Ben Rappaport, Frankie Shaw, Stephanie Corneliussen, Gloria Reuben, Ron Cephas Jones, Azhar Khan.
Valoración:

Hartísimo estoy de la parodia cutre de la informática que hacen en prácticamente todas las series y películas por dejadez, por incomprensión y por miedo a que el público no entienda cosas cuando precisamente convive a diario con muchas de ellas. Llevamos ya unos veinte años con internet y las nuevas tecnologías siendo parte de nuestras vidas, y todavía casi ningún guionista parece tener nociones mínimas de cómo funciona un ordenador, qué es la programación, de qué va el mundillo hacker, cuáles son las posibilidades y limitaciones reales de los diversos aparatos (móviles, etc.). Hasta ahora sólo The Wire y su fiel retrato de la labor policial se salvaba. Pero con Mr. Robot por fin tenemos una serie de informática y hackers realista, respetuosa con los temas tratados. Además sumergen la acción en un thriller de conspiraciones bastante clásico en líneas generales, pero al que también rodean de un halo de verosimilitud muy adecuado, pues se abordan temas de seguridad, privacidad y abusos gubernamentales y corporativos que estamos viendo a diario (CIA, Snowden, Facebook, Anonymous, etc.).

La gran empresa que domina el universo planteado, la Evil Corp, como la llama el protagonista, es un trasunto de Facebook, Apple y Google pero llevado más allá: su dominio del mercado tecnológico ha saltado a las finanzas (tiene bancos por todas partes), con lo que su poder es casi ilimitado. Elliot Alderson (Rami Malek) le tiene un odio visceral, no sólo por su control megalómano del mundo, sino sobre todo porque él y su amiga de la infancia, Angela Moss (Portia Doubleday), sufrieron trágicos fallecimientos familiares por un vertido tóxico de la compañía. Ahora ambos trabajan en una pequeña empresa de seguridad de redes y sistemas que tiene en el contrato con esa gran corporación su mejor cliente.

Cuando un enigmático antisistema, o más bien un anarquista irredento, aborda a Elliot con un plan para hundir a Evil Corp con ayuda de sus notables cualidades como hacker, empieza a colaborar con el dispar grupo que este le presenta. Se hace llamar Mr. Robot (Christian Slater), y si bien Elliot se relaciona poco con la banda, la joven Darlene (Carly Chaikin) coge bastante interés en él. Pero las convicciones, planes y sobre todo relaciones de Elliot son un desastre debido a sus problemas emocionales. El muchacho sufre un puñado de desórdenes: parece tener algún rango de Asperger (no entiende bien las emociones propias y ajenas), lucha contra la depresión, ataques de ansiedad, de alucinaciones, de violencia… La psiquiatra que lo cuida teme constantemente que recaiga.

El capítulo inicial es muy potente y muestra unas bazas claras que prometen una obra de gran nivel, pero para mi sorpresa, y a pesar de que muchos la han citado como la mejor serie del verano, ese potencial se diluye rápidamente en un relato que no es capaz de encontrar el tono y ritmo adecuados a pesar de desarrollarse en una temporada de sólo diez capítulos. Así, aun teniendo el enorme atractivo de los personajes y actores, la sugerente trama, el trasfondo crítico contra el sistema y el correcto aspecto visual, también arrastra un montón de fallas de ritmo, tiene conatos de patinazo, exageraciones y sensacionalismos innecesarios…

El enorme rol central es su principal acierto y sin duda ha sido el factor clave para ganarse rápidamente al espectador. Elliot es un chico antisocial y rarito de cuidado, pero los guionistas nos lo presentan de forma que sentimos tanto lástima como admiración por él. Deseamos que salga adelante, que abrace a Angela, que se porte mejor con el buenazo de jefe que tiene… en definitiva, que supere sus problemas mentales y consiga la vida feliz que merece. Para esta conexión es imprescindible el punto de vista: todo lo vemos a través de sus ojos, no en vano es el narrador de los hechos. Sus palabras nos acercan a sus sentimientos, generalmente de miedo e incomprensión, nos explica qué pretende y espera de sus planes, y nos facilita el entendimiento de tecnicismos informáticos (aquí estuvieron muy listos los escritores para no cerrarse a un público muy concreto). La puntilla a la fascinación que despierta es la fantástica, qué digo, soberbia e inolvidable interpretación del desconocido Rami Malek. La facilidad que tiene para expresar todo el rango de caóticos sentimientos y los saltos de un estado de ánimo a otro es impresionante.

La mayoría de los demás principales son bastante atractivos. Angela se hace querer, sobre todo cuando se le complican las cosas, y la nueva amiga de Elliot, Shayla (Frankie Shaw) y sus drogas, resulta muy simpática. Mr. Robot es misterioso, y el espectador avezado intuirá pronto qué pretenden los guionistas con esta figura. Darlene llama la atención rápidamente, aunque el resto del grupo de hackers son secundarios sin más, y debo decir que el negro de la marihuana no me pega como genio informático. Aparte tenemos al inquietante Tyrell Wellick (Martin Wallström), con el que muestran al tiburón empresarial, al psicópata dispuesto a todo por ascender en su trabajo en Evil Corp, cuyo destino y relación con algunos protagonistas también pone un punto de interés. El reparto es bastante consistente, pero destacaría el breve pero intenso papelón de Gloria Reuben (la psiquiatra), uno de esos grandes intérpretes (memorable su trabajo en Urgencias) que no consiguen la fama merecida.

El segundo punto llamativo es la crítica al sistema, desarrollada en una trama de intriga y conspiraciones con muchas posibilidades. A esto se le añade la tensión por saber cómo Elliot resolverá los retos que tiene adelante, y cómo afectarán a Angela, pues quiera o no está muy implicada en el meollo. La puesta en escena es de notable, con lo que entra muy bien por los ojos. Con una fotografía muy cuidada con numerosos encuadres rebuscados, más una banda sonora electrónica sugerente, se matiza muy bien tanto la intriga como el halo de irrealidad, esa sensación de que no sabes qué es un sueño o locura de Elliot y qué no.

Sin embargo, ya desde el segundo episodio empecé a dudar de que fuera a dar la gran serie prometida. Y finalmente no sólo no llega a explotar como podría, sino que se queda un quiero y no puedo constante. Lo peor es el ritmo. Se ve claramente que no consiguen material para los diez episodios, y estiran y rellenan con desigual resultado. La aventura con una chica secuestrada funciona porque saca mucho de Elliot, pero hay otras historias que no aportan casi nada, como la trama del chantaje, y transiciones alargadas que resultan cansinas, como el viaje con la desintoxicación del cuarto episodio, que es puro relleno sin savia alguna.

Tampoco funcionan todos los protagonistas. El novio de Angela, Ollie (Ben Rappaport), es un tanto monocromático y cargante, porque no consigue desligarse del topicazo de “novio tonto de la chica que debe ser del prota”. Y luego tenemos las exageraciones. La entrada de Elliot en un complejo es muy forzada, y el chino críptico parece salido de un cómic, pero quien se lleva la palma es Tyrell. Su dibujo de empresario sin alma termina resultando una imitación malograda de Patrick Bateman, el de American Psycho (papel que relanzó la carrera de Christian Bale), con sus arrebatos de locura, sus asesinatos surrealistas, su relación absurda con la novia y la tontería de hablar en sueco y danés (cada uno de ellos en un idioma, simplemente porque sí). Tampoco me convence lo que hacen con Mr. Robot, pues si bien empieza de forma acertada, lo intentan alargar mucho y termina notándose los malabares que hacen para mantener el truco.

Con ese ritmo tan irregular la evolución de los protagonistas tiene algún bajón y la trama se dispersa y diluye varias veces. Además, la inteligencia que parecía tener el relato inicialmente no llega a deslumbrar, pues la historia no termina de adentrarse en una conspiración de calidad ni madurando una buena crítica, y el año acaba en un desenlace aceptable pero a la vez demasiado sencillo y previsible. Por suerte, los desequilibrios no son tan grandes como para echar a perder una propuesta atractiva y con estilo, destacando su buena capacidad para no sólo entretener, sino también para conmover con sus buenos personajes y hacer reflexionar con sus planteamientos.