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ORANGE IS THE NEW BLACK – TEMPORADA 6

Neflix | 2018
Drama, comedia | 13 ep. de 50-85 min.
Productores ejecutivos: Jenji Kohan.
Intérpretes: Taylor Schilling, Laura Prepon, Yael Stone, Natasha Lyonne, Kate Mulgrew, Dale Soules, Danielle Brooks, Uzo Aduba, Adrienne C. Moore, Elizabeth Rodriguez, Selenis Leyva, Jessica Pimentel, Dascha Polanco, Jackie Cruz, Laura Gómez, Daniella De Jesús, Nick Sandow, Beth Dover, Matt Peters, James McMenamin, Emily Tarver, Mike Houston, Taryn Manning, Amanda Fuller, Susan Heyward, Lori Petty, Nicholas Webber, Laverne Cox, Shawna Hamic, Alysia Reiner, Mackenzie Phillips, Vicci Martinez, Henny Russell.
Valoración:

Cabía pensar que la renovación por tres años de golpe allá en la cuarta temporada daba a Jenji Kohan y su equipo de guionistas tiempo más que de sobra para planificar bien las historias a largo plazo y tener claro cómo abordar el tramo final, pero la sexta y penúltima etapa parece haber sido improvisada más de la cuenta. Ha dejado cierta decepción en el ambiente, pues Orange is the New Black ha pasado de copar las listas de lo mejor del año a un segundo plano. Continúa siendo una serie superior a la media, un entretenimiento de primera a la vez que un análisis sociológico magistral, pero el listón estaba alto y se esperaba que siguiera subiendo. El motín puso la expectación por las nubes. Muchos frentes, muchos problemas, y todo sobre un grandísimo trabajo con los personajes y la crítica social subyacente, nos dejaron en vilo y esperando ver más. Pero prácticamente hacemos un borrón y cuenta nueva y tenemos una temporada de relleno. Adictiva, espectacular a veces; encantadora, hasta el punto de hacerte vibrar con la mayor parte de sus numerosos personajes; didáctica y a la vez conmovedora, porque muestra la realidad con una visión compleja y delicada; pero, en el fondo, de relleno.

Las reclutas son repartidas en distintos pabellones de máxima seguridad. Muchos personajes desaparecen y conocemos otros nuevos, por sí solos interesantes (en especial los guardias y su jueguecito), pero puede mosquear que a estas alturas den la espalda a los que tenían un vínculo emocional ya establecido con el espectador y con los que se esperaba que abordaran sus arcos finales para irse por las ramas con novedades. La niñata pelota y las dos hermanas en guerra constante por liderar a las presas y mostrar su odio mutuo ofrecen aventurillas bastante moviditas, pero carentes del recorrido emocional tan trabajado y el contenido intelectual crítico al que nos tenían acostumbrados. Es decir, valdrían como tramas secundarias, de esas que salpican el día a día en la cárcel, pero me temo que toman protagonismo total a costa de dejar las secciones principales, las que esperábamos ver desarrolladas, en un plano inferior.

Las secuelas del motín se tratan con cuentagotas a través de unas pocas historias deshilvanadas y sin la garra y lecturas de antaño. La feroz crítica a las carencias del capitalismo y cómo promueve la corrupción (el sistema penitenciario, la justicia, los políticos…) solo se retoma en dos parejas de personajes. Por un lado tenemos el esperado juicio por el motín, que recae en Taystee y Caputo. Este resulta simplemente correcto y está extendido más de la cuenta para que abarque todo el año, dejando la sensación de que sabe a poco, de que cumplen con ello por obligación. Mejor funciona la odisea de Dayanara y su madre, ambas empujadas por el sistema a hundirse más y más: la primera ve que la cárcel es su futuro, y por consecuencia trata de hacerse fuerte con los grupos más violentos; la otra, se encuentra con que todo está diseñado para que vuelva al mundo del crimen. Pero fuera de ello apenas tenemos unos repetitivos amagos de traiciones entre las presas implicadas en el motín para salvar sus propios cuellos y un par de escenas dedicadas al estrés de los guardias. Todas las historias subyacentes (pobreza, racismo y demás injusticias sociales) que llevaron a las presas a la cárcel, en muchos casos injustamente, y fueron creciendo hasta acabar provocando la rebelión, se dejan de lado y nos vamos a un sinfín de historias secundarias.

Y no me malentendáis. Como indicaba, estas son de nuevo variadas y muy atractivas, y ofrecen un muestrario de vivencias y problemas realistas con una naturalidad asombrosa. Pero como llegan a costa de olvidar todo lo andado se pierde gran parte del interés, de la pasión con que seguíamos la serie. Además, no todas las historias funcionan, con algunas estamos dando vueltas en círculos todo el año: Frieda y sus miedos y Suzanne y su confusión terminan agotando. También debo quejarme de que continúan desaprovechando el grandísimo talento de Taylor Schilling al no darle al personaje historias más intensas con las que la actriz pueda lucirse como en las primeras temporadas; prácticamente lo único que ofrece es la rivalidad con la matona, que se hace cansina.

Así que esperemos que para la traca final vuelvan a la senda y deslumbren como antaño.

Ver también:
Temporada 1 (2013)
Temporada 2 (2014)
Temporada 3 (2015)
Temporada 4 (2016)
Temporada 5 (2017)
-> Temporada 6 (2018)
Temporada 7 y final (2019)

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ORANGE IS THE NEW BLACK – TEMPORADA 5

Netflix | 2017
Drama, comedia | 13 ep. de 55-60 min.
Productores ejecutivos: Jenji Kohan.
Intérpretes: Taylor Schilling, Laura Prepon, Yael Stone, Natasha Lyonne, Kate Mulgrew, Lea DeLaria, Annie Golden, Kimiko Glenn, Lin Tucci, Dale Soules, Abigail Savage, Danielle Brooks, Uzo Aduba, Amanda Stephen, Vicky Jeudy, Laverne Cox, Adrienne C. Moore, Elizabeth Rodriguez, Selenis Leyva, Jessica Pimentel, Dascha Polanco, Jackie Cruz, Diane Guerrero, Laura Gómez, Rosal Colon, Daniella De Jesús, Miriam Morales, Nick Sandow, Beth Dover, Matt Peters, Alan Aisenberg, Brad William Henke, James McMenamin, Emily Tarver, Michael Torpey, Mike Houston, Taryn Manning, Emma Myles, Julie Lake, Blair Brown, Constance Shulman, Francesca Curran, Asia Kate Dillon, Kelly Karbacz.
Valoración:

Alerta de spoilers: Obviamente recomiendo haber visto las temporadas previas. De la presente no hay nada revelador hasta el siguiente aviso.–

Por si no estaba claro que Orange is the New Black es la serie que mejor ejemplifica el modelo de visionado en maratón, eso de devorar la temporada en muy pocos días con voracidad, llega esta cuarta temporada que prácticamente lo exige: más que nunca estamos ante un episodio dividido en trece horas. La idea de tener más de treinta personajes con sus historias propias que se cruzan con las demás según se desarrolla una o varias tramas más largas necesita una gran cantidad de metraje para que ninguna sección quede descolgada, y obviamente a la hora de abordar tamaño conjunto no se puede tratar de concentrar en episodios sueltos, hay que narrar mirando a largo plazo. Tienes que ver una o más temporadas enteras para reconstruir la vida de cada protagonista, y dar un paso atrás para abarcar el cuadro completo y poder vislumbrar el movimiento global. Esto ya lo hacían Oz y The Wire, pero aquí vamos a un nuevo nivel. En este año hemos llegado a un punto álgido explosivo en el que, para poder mostrar a todos los personajes en juego (ya vamos por unos cincuenta, con la inclusión de las nazis y nuevas latinas) y todas las caras de la historia en proceso, exige ampliar aún más la perspectiva. En el motín pasan tantas cosas, hay tantas ramificaciones, que en toda la temporada vemos únicamente cuatro días de tiempo de los personajes. Y en cada capítulo te quedas a cuadros diciendo: “¿Ya? ¡Quiero ver más, quiero saber más!”. Saca tiempo libre, porque una vez caes en la prisión de Litchfield no podrás salir.

La muerte de una de las reclusas más inocentes y queridas fue la gota que colmó el vaso en las injusticias habituales de la prisión, que habían alcanzado nuevas cotas de inmoralidad con la gestión privada de la empresa MCC (Gerencia y Correccionales en castellano). Al empeoramiento de las condiciones de vida (comida, sanidad -ni tampones tienen-) se sumó el aumento de los abusos por parte de unos guardias muy mal seleccionados. Gente sin preparación, exsoldados con traumas, tiranos, corruptos, incompetentes… Se juntó una tropa de cuidado que mantenía a las internas en un suplicio constante. Joe Caputo lidió como pudo contra los abusos corporativos y el desfalco de la anterior alcaide, pero el sistema capitalista promociona más la corrupción que la justicia social y económica, y esta compañía está dispuesta a explotar a las reclusas al máximo.

Todo esto es algo que ya denunciaba Oz a su manera tan sórdida y cruel, y Orange is the New Black retoma su legado con un estilo propio que oscila entre la comedia irónica y el drama ligero (aunque todavía tiene golpes muy duros). Y mientras que aquella era más directa y contundente, la presente hace gala de una sutileza e inteligencia asombrosas. Pero también amplía miras, por eso de contar con tantísimos personajes con vivencias propias, y obviamente ofrece una actualización del análisis. El tema racial está que arde en Estados Unidos: parece haber un retroceso en derechos sociales de las minorías, sobre todo negros, y aquí abordamos esta temática con determinación. Y con el motín también muestran la situación decadente del sistema carcelario, referenciando constantemente otros motines y tiroteos famosos. En otras palabras, es una serie valiente y comprometida, un reflejo de la sociedad que es capaz de llevarte a la reflexión cautivándote y entreteniéndote.

Una escena que probablemente a muchos les pareció un detalle trivial la veo como un ejemplo muy certero de la sutileza y naturalidad con que exponen los problemas de estas cárceles que sólo sirven para almacenar mano de obra barata, porque lo de reconducir y reconciliar ciudadanos para que vuelvan a ser aptos para vivir en sociedad es algo que si llegó a existir en Estados Unidos se perdió hace mucho. Hablo del momento en que una protagonista, con acceso a internet gracias a la rebelión, dice algo como “es imposible ponerse al día de todo lo que ocurre”. El aislamiento y la falta de actualización en las capacidades de las presas es tal que si algún día consiguen salir al mundo real estarán fuera de él igualmente. Aleida, a la que seguimos tras ser liberada, sufre eso en sus carnes: aparte de que por ser expresidiaria no la querrán contratar si no es para abusar de ella, no ha tenido preparación de ningún tipo que la ayude a encontrar trabajo. Y es que explotarlas en talleres de costura o de albañilería sale más barato que darles educación… pero además así tienen más posibilidades de acabar en la cárcel de nuevo y seguir siendo rentables.

El sistema está tan corrupto y amañado que en la oficina gobernador, cuando por fin parece que el motín los salpica, no piensan en las presas, sino en cómo afectaría económicamente a la empresa que subcontrataron y cómo un efecto bola de nieve podría llegar también a las demás compañías que gestionan otras cárceles. Lo triste es que las internas, con Taystee como principal vocera, e incluso con el apoyo de Caputo a veces, sueltan a las claras obviedades económicas que contradicen la política infame que sufren. Con un consultorio médico decente se ahorrarían caros viajes a urgencias, por ejemplo. Pero la crítica no ataca sólo a la política, también ofrece una completa y hábil perspectiva más humana. Los guardias, ahora presos, viven en sus carnes lo que les hacían a las internas; de hecho Linda Ferguson, la fría economista de MCC, tiene que disfrazarse de presa para pasar desapercibida y ve este mundo incluso más de cerca. Los grupos de internas otrora enfrentados, como las nazis y las latinas, acaban trabajando juntas por el bien común. Y un largo etcétera, porque los guionistas, con Jenji Kohan a la cabeza, ofrecen de nuevo un mosaico de historias impresionante, abarcando un rango muy variado de situaciones personales, de formas de pensar y enfrentar la vida, de reflexiones, de enseñanzas, o de simpáticas anécdotas con las que divertirse. ¿Y qué decir de los actores? Es probablemente el mejor reparto de los últimos años, lo cual resulta más asombroso porque la mayoría de intérpretes son grandes desconocidos. Este año destacaría a Danielle Brooks (Taystee), quien tiene las escenas más intensas, pero nadie se queda atrás.

Unas internas se implican y tratan de lograr una situación mejor, otras se mantienen al margen, otras viven la vida sin pensar en nada, como han hecho hasta ahora. Pero todas se enfrentan a la miseria del mundo, a las acciones de los demás, y a sus propios demonios internos. La tentación de Gloria por ayudar a los guardias retenidos a escapar y obtener beneficios (visitar a su hijo en el hospital) choca contra la visión global de Taystee de conseguir mejoras para toda la prisión. Esta última también quiere justicia para Poussey, pero la serie tiene muy en cuenta que en el mundo real la frontera entre buenos y malos está muy dispersa: seguimos viendo que Bayley, el guardia que acabó con su vida, no es un ogro como Piscatella, sino un niño que estaba en el lugar equivocado auspiciado por un sistema podrido. Dasha se ve empujada por la presión social a disparar otro guardia muy despreciado, Humps, lo que la entierra aún más en la miseria. Y por el lado contrario, Piper parece seguir obnubilada en sí misma, algo que su intermitente amante Alex Vause ve como un impedimento para estar juntas. Algunas siguen haciendo lo único que saben para seguir adelante: Boo ligar con todas las que puede, Lona refugiarse en sus delirios, Angie y Leanne matar el tiempo buscando formas de evadirse (drogas principalmente). Otras aprovechan la situación para imponerse por la fuerza, como la mayor parte de las latinas, que son las que intimidan a los guardias. Unas muestran madurez después de dar muchos tumbos, como Nicky, y otras han soportado más de lo que podían y caen en una espiral oscura, como Red y su obsesión por cazar a Piscatella. No falta la mención a la eterna separación de ricos y pobres: Janae representa el camino difícil de quienes nacen en la miseria y el sistema deja de lado, y Judy King las facilidades que ofrece el dinero.

Hay tantos personajes, tantísimas historias fascinantes y anécdotas enriquecedoras, que parece imposible lo bien narrada que está la serie, donde nada queda descolgado o forzado, donde todo fluye con un ritmo adictivo. Pegas hay unas pocas (algún giro que puede no complacer las expectativas), pero ninguna especialmente grave, y el conjunto resulta de nuevo deslumbrante, en cuanto acabas tienes ganas de empezar la temporada y la serie otra vez, no digamos ya el ansia que deja por ver nuevos capítulos.

Alerta de spoilers: Apartir de aquí destripo a fondo, incluido el final.–

Quizá se podría criticar el poco riesgo que corren en algunas situaciones clave. Piscatella muerto en vez de seguir molestando parece un poco forzado, o al menos da la sensación de que han desaprovechado una línea a la que le quedaba mucha vida para exponer las miserias del sistema y de la sociedad. De hecho, cuando oye que Vause es la que asesinó al tipo enterrado en el jardín daba por sentado que se la llevaría por delante cuando consiguieran acusarlo de algo. Eso sí, no me disgusta en sí su caída, inesperada y con mucha mala baba: muere a manos de incompetencia y abusos como los que él mismo generaba. No me sorprendería tampoco que haya quien le ponga algún pero a su flashback: cuando abordamos su psique por fin, esperando entender su comportamiento, puede que las expectativas jueguen una mala pasada al ver una historia clásica de desamores. Pero como de costumbre está muy bien escrita para el poco tiempo del que se dispone y encaja de maravilla en la trayectoria del personaje, en su descripción de matón: se encierra en su superioridad física para no enfrentar sentimientos dolorosos y decisiones potencialmente dañinas.

Más mosqueante si cabe sería lo de dejar el destino de las protagonistas principales (las quedan encerradas en la vieja piscina) en el aire, intentando transmitir forzadamente la sensación de que están en gran peligro. No me convence que muchas de ellas no se rindieran rápido para evitar más violencia innecesaria, y más cuando la mayoría son pacifistas o inofensivas. Quedarse ahí atrincheradas es provocar, y no sé muy qué pretenden al final poniéndose en círculo, si resistir o rendirse; y Frieda, con una pistola en su poder, es más confuso todavía: si quiere usarla que desenfunde, pero si no, por qué se la juega llevándola encima. Así pues, el capítulo final, después de los grandes desenlaces que nos ha dejado la serie, está un poquito por debajo de lo esperado en cuanto a capacidad de sobrecoger.

Por otro lado, también apena un poco que al haber tantos personajes a veces no quepan todos. El protagonismo de Piper está muy diluido otra vez; no pretendo que fuercen su presencia, ni menospreciar el fantástico trabajo de todo el reparto, pero es que cuando exprimen al personaje resulta una figura muy potente, en especial porque Taylor Shilling es una actriz espectacular que desaprovechan mucho. Mei Chang tiene una presencia anecdótica, la monja no vuelve a aparecer y Healy tampoco. Sophia Burset y Soso ven muy reducido su protagonismo conforme avanzamos. Maritza y Flaca por un lado y Angie y Leanne por el otro prácticamente quedan limitadas a receso cómico, pues aunque sufran un poco su viaje no se mueve nada. Y algunas quedan muy relegadas a secundarias, como Kukudio, Norma, Gina, DeMarco, la haitiana… Eso sí, se agradece que sigan formando parte de la serie, que lo normal es eliminar a secundarios que no parecen esenciales para las historias en progreso. Recordemos por ejemplo la de roles secundarios que se cargaron de mala manera en Juego de tronos para recortar dinero y esfuerzo… Aquí hay tanto personaje con vida propia, aunque en estos momentos no tengan una evolución llamativa, que parece que estamos ante la realidad misma, allí en Litchfield sufriendo con todas ellas.

Ver también:
Temporada 4.
Temporada 3.
Temporada 2.
Temporada 1.

ORANGE IS THE NEW BLACK – TEMPORADA 4

Netflix | 2016
Drama, comedia | 13 ep. de 55-75 min.
Productores ejecutivos: Jenji Kohan.
Intérpretes: Taylor Schilling, Laura Prepon, Yael Stone, Natasha Lyonne, Kate Mulgrew, Lea DeLaria, Annie Golden, Kimiko Glenn, Lin Tucci, Dale Soules, Abigail Savage, Lori Petty, Danielle Brooks, Uzo Aduba, Samira Wiley, Amanda Stephen, Vicky Jeudy, Laverne Cox, Adrienne C. Moore, Elizabeth Rodriguez, Selenis Leyva, Jessica Pimentel, Dascha Polanco, Jackie Cruz, Diane Guerrero, Laura Gómez, Rosal Colon, Daniella De Jesús, Miriam Morales, Nick Sandow, Michael Harney, Beth Dover, Matt Peters, Alan Aisenberg, Brad William Henke, James McMenamin, Emily Tarver, Michael Torpey, Mike Houston, Taryn Manning, Emma Myles, Julie Lake, Blair Brown, Constance Shulman, Francesca Curran, Asia Kate Dillon, Kelly Karbacz.
Valoración:

Alerta de spoilers: Presento las tramas del año, pero sin revelar giros clave ni finales.–

Casi todas las críticas señalaban un poco de desgaste en la tercera temporada, que dejaba un tanto de lado el drama serio en pos de una comedia más ligera y tenía algunas secciones secundarias poco sustanciosas en comparación con lo que venía ofreciendo. El bajón no apartó a Orange is the New Black del podio de las mejores series de los últimos años, pero sí apenaba un poco, dado el nivel logrado y el potencial todavía por explotar. Pero está claro que su autora Jenji Kohan y su excelso grupo de guionistas han tomado nota y se han esforzado más en este nuevo año, pues ofrece una maduración clara: todas las historias crecen en complejidad y alcance como se esperaba, llegando a tener tramos magistrales.

Empezamos con el último vuelco que sufre Alex Vausse, esta vez debido el intento de asesinato que acaba con el sicario muerto a manos de Lolly, la loca. Haberse salvado no implica alivio, porque deben deshacerse del cadáver, vivir con miedo a ser descubiertas, cargar con la culpa de un homicidio… Vausse entra en una espiral de estrés, pavor y remordimiento, y Lolly recae en su demencia. Healy trata de ayudar a esta última, en otro intento de encontrar algo por lo que dar sentido a su existencia y su trabajo. Pero las vueltas que da la vida son inesperadas y duras, y en principio ninguno de los tres parece estar capacitado para sobreponerse.

El momento idílico del lago, roto por la entrada de una nueva remesa de reclusas, nos dejó a las puertas de una nueva etapa en Litchfield, una nueva trama global. La compra de la prisión por una empresa privada empieza a notarse, sobre todo en la parte crítica de la serie, que pone patas arriba el capitalismo desbocado de EE.UU., cebado especialmente en el sistema carcelario. Se desarrolla con el toque irónico tan inteligente del que suelen hacer gala, pero esta vez el drama que se va gestando resulta más duro y sobre todo llega a alcanzar una complejidad asombrosa. La dinámica miserable de esta empresa, que sólo busca beneficios rápidos (más presas implica más dinero del gobierno), afecta en cascada a toda la prisión de formas muy variadas, pero no sólo a las internas, sino también a los trabajadores, tanto administración como guardias.

Caputo creía haber tocado el cielo al ascender, pero la maraña administrativa que lo engullía se convierte en un verdadero infierno ahora que está en manos privadas. Las reuniones surrealistas con la junta, la guerra sucia entre cada jefe, el poco margen que consigue para tratar de mejorar las condiciones en la penitenciaría… Y por supuesto, los fallos del sistema magnifican los fallos humanos: los guardias anteriores dimitieron por las malas condiciones y los nuevos no son mejores. Algunos son unos niñatos sin experiencia, pero la mayor parte son exsoldados con traumas de guerra que los vuelven inestables y violentos (atención al momento del ratoncito). En concreto, el capitán Piscatella pone los pelos de punta.

Todo junto va creando un malestar creciente en la situación de las reclusas, que ya era difícil de por sí. Cabe destacar que Piper Chapman recibe un golpe en su ego cuando su chanchullo con las bragas usadas se sale de madre, pues sin pretenderlo da aires a las supremacistas blancas en su obsesión de tomar el control, con lo que se caldea el ambiente aún más. Pero como siempre, tenemos entre treinta y cuarenta personajes con vivencias propias. El continuo viaje con las drogas de Nicky, el suplicio de Sophia en aislamiento, las locuras de Lorna tratando de montarse otra vida de ensueño, la inesperada salida en libertad de una de las latinas, la lucha incansable de Red por mantener su dominio y a su familia, la presencia de la famosa Judy King, Soso y Poussey encontrando la felicidad, Pennsatucky lidiando con la violación… La lista de pequeñas historias es interminable, todas resultan deliciosas, sean divertidas o dramáticas, y están entrelazadas con tanta habilidad y sutileza que parece que estamos ante la realidad misma. Además estas nos empujan a reflexionar sobre lo que nos hace humanos, nuestros errores e intentos de mejorar, y cómo el entorno nos influye muchísimo más de lo que queramos creer. Porque Orange is the New Black a lo tonto está construyendo un ensayo sobre el ser humano de un calibre monumental y una inteligencia y profundidad extraordinarias, en la estela de Oz y The Wire, aunque obviamente en un estilo propio.

Al final todo explota en un clímax dramático de impresión que dejó a sus muchos espectadores con el corazón encogido. No es sólo la tragedia que cae injustamente sobre una de las protagonistas, ni la dura revelación de la razón por la que Ojos Locos acabó encarcelada, sino en general por el ambiente que construyen los guionistas y directores en los últimos capítulos: la tensión latente, la sensación de que todo acabará mal y la gradual caída en el abismo de varios personajes (los destinos Healy y Lolly son demoledores) te van dejando mal cuerpo, para luego hacerte pedazos con el fatídico desenlace. Así, Orange is the New Black nos ofrece su año más maduro y emocionante, pero también el más doloroso.

Ver también:
Temporada 3.
Temporada 2.
Temporada 1.

ORANGE IS THE NEW BLACK – TEMPORADA 3

Netflix | 2015
Drama, comedia | 13 ep. de 55-90 min.
Productores ejecutivos: Jenji Kohan.
Intérpretes: Taylor Schilling, Uzo Abuda, Danielle Brooks, Michael Harney, Selenis Leyva, Natasha Lyone, Taryn Manning, Adrienne C. Moore, Dascha Polanco, Nick Sandow, Yael Stone, Samira Wiley, Kate Mulgrew, Laura Prepon, Marsha Stephanie Blake, Jackie Cruz, Catherine Curtin, Lea DeLaria, Lolita Foster, Beth Fowler, Joel Marsh Garland, Kimiko Glenn, Annie Golden, Diane Guerrero, Vicky Jeudy, Emma Myles, Matt Peters, Jessica Pimentel, Elizabeth Rodriguez, Abigail Savage, Constance Shulman, Dale Soules, Lori Tan Chinn, Laura Gómez, Lin Tucci, Ruby Rose, Alan Aisenberg.
Valoración:

La vida en la cárcel de mínima seguridad para mujeres continúa. Piper Chapman se ha hecho a su nueva situación bastante bien, sobre todo ahora que ha vuelto Alex Vause y han formalizado su relación. Es tal el grado de confianza que ha ganado que toma las limitaciones de su cautiverio y les da la vuelta en cierta manera: cuando entra a trabajar en el grupo de costura usa el material sobrante para hacer bragas y vendérselas a los fetichistas como “bragas usadas por presas”, un negocio que promete ser próspero. Pero llega a caerse por el otro extremo: el poder lleva a la ambición y tomará algunas decisiones arriesgadas muy criticables. El jaleo que tiene con las latinas da mucho juego porque es emocionante ver su maduración y lo que dan de sí las disputas, pero el destino que fuerza para su nueva amiga, Stella, es inquietante, mostrando una cara de Piper que duele ver. Mientras, Alex choca con esta postura y a la vez lidia con sus miedos: está convencida de que el narcotraficante para el que trabajaba enviará a alguien a la cárcel para ajustar cuentas.

Pero como indiqué en la segunda etapa, Piper dejó de ser la protagonista principal para convertirse en una más entre unos treinta personajes habituales, un número que sólo alcanza Juego de tronos y supera The Wire. Y el mosaico sigue siendo fascinante y encantador, ninguna figura se presenta fallida o acusa desinterés, y además con los flashbacks que desgranan su pasado van ganando más todavía. El año anterior el grupo de negras se llevaba bastante protagonismo, pero esta vez les toca a las latinas. El dominio de la cocina (donde por cierto la rusa Red consigue volver en momentos difíciles), el embarazo de Dayanara, los líos de esta con su novio y los roces con su madre, los problemas de ambas en casa… Pero esto no implica que las demás se descuiden. Conocemos incluso los orígenes de la extraña Chang, dándole una vuelta de tuerca genial a quien parecía una simple figurante de receso humorístico.

También van adquiriendo presencia otros guardias y los problemas de estos, aunque es cierto que son canalizados sobre todo a través de Caputo. La administración de la prisión parece que le viene grande, porque son tantos los conflictos y dificultades que se van acumulando que no ve salida. Su evolución guarda algunas sorpresas muy llamativas, sobre todo ante la absorción de la cárcel por una empresa privada (con política de ahorros escalofriante) y el amago de formar un sindicato que hacen los guardias. Quien no parece crecer es Healy, anclado en los mismos patrones de conducta que lo llevan a actuar, aunque sea por culpa de un sentido de la preservación muy inmaduro, de forma bastante injusta hacia los demás, sean presos o guardias (la nueva consejera se le atraganta bien pronto).

Son tantas historias que no voy a citarlas todas. Norma, Poussey, Tasha, Soso, Lorna (delirante su juego buscando novio), Sophia (la disputa con Gloria), la cada vez más molona Big Boo, Suzanne (demencial la parodia de Cincuenta sombras de Grey)… Y como es esperable y obvio a estas alturas, todas las aventuras, sean las más largas o las más anecdóticas, muestran una serie de virtudes encomiables: la agilidad con que las narran sin por ello perder trascendencia, pues todas tratan sobre el ser humano, sobre las limitaciones, problemas y luchas personales de cada individuo, lo que surge desde el realismo, naturalidad y cercanía que logran sacar de todos los protagonistas. Casi no te das cuenta de que la serie ha perdido algo de fuerza, podrías estar viendo capítulos y capítulos sobre la rutina de las vidas de estas mujeres y guardias eternamente.

Pero sí, si buscas algo más, pronto se ve que a la temporada le falta algo para llegar al nivel de las dos primeras. Y no hay que indagar mucho, es más, todas las críticas repiten la misma pequeña queja: hay mucha más comedia ligera y menos drama profundo. Eso no quiere decir que desaparezca la crítica al sistema, que sigue siendo completísima, ni que algunos problemas no sean trágicos (las violaciones que sufre Pennsatucky es lo más duro), pero es una lástima que no ofrezcan la visión más sórdida de la cárcel, porque si por algo causó impacto la llegada de la serie era por esa combinación magistral de ambos estilos, comedia y drama, que te hacía vibrar y sufrir con las tragedias pero también te mostraba perspectivas más luminosas y alegres, resultando una montaña rusa de sensaciones que te enganchaba y agitaba con fuerza. Además, huelga decir que con un viaje emocional más contenido, Taylor Schilling no tiene tanto margen para lucirse, desaprovechándose su grandísimo talento como actriz.

También puedo señalar que hay unas pocas historias que podrían haberse resumido. El tema del culto alrededor de Norma da varias vueltas sobre sí mismo avanzando con cierta de lentitud, las negras copan demasiadas tramas tontorronas (aunque sean atractivas, eso sí), no me gustó nada el final abierto con Alex después de jugar tanto con la intriga de si la atacarán, y me fastidió bastante la extraña salida de Nicky, porque no parece ser necesaria y es de mis favoritas; me quitan a Lorna Morello y ya dimito.

Ver también:
Temporada 2.
Temporada 1.