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BLACK MIRROR – ESPECIAL: BANDERSNATCH


Black Mirror: Bandersnatch
Netflix | 2018
Drama, suspense | Duración variable
Guion: Charlie Brooker.
Dirección: David Slade.
Intérpretes: Fionn Whitehead, Craig Parkinson, Alice Lowe, Asim Chaudrhy, Will Poulter.
Valoración:

Alerta de spoilers: No hay datos reveladores de ningún tipo.–

Desde que se vaticinó la emisión de series y películas por internet se plantearon también algunas de las ventajas que traería, como la más lógica, ver lo que quieras cuando quieras sin necesidad de tener la obra almacenada en un soporte físico. Pero la posibilidad de tener emisiones con las que el espectador pudiera interactuar más allá del elegir idiomas parece que tardó en surgir, o al menos en empezar a calar. Hablo del concepto “elige tu propia aventura” que existe desde hace décadas en novelas, donde puedes escoger entre distintas posibilidades el curso de acción que sigue el protagonista. Para el que no le suene, se trata de que llegas a varios puntos de la lectura donde te ofrecen al menos dos alternativas (no suelen ser más), y según la que prefieras te manda a una página u otra con distintos progresos de los hechos y nuevas elecciones que finalmente llevan a distintos desenlaces.

Sin embargo, la llegada de las plataformas online no fue suficiente para trasladar este modelo narrativo a series o películas. Evidentemente hace falta un software que permita esa interacción entre el espectador, el aparato reproductor y el flujo de datos que llega a través de internet, y es probable que nadie quisiera hacer la inversión y esfuerzo de desarrollarlo para que sólo cuatro gatos tuvieran acceso a ello. En los últimos años, con plataformas como Netflix, Amazon, Hulu y otras en las televisiones, ordenadores y móviles de medio mundo, finalmente se ha allanado el terreno para probar este concepto, y Netflix se ha puesto las pilas para ser la primera compañía en hacerlo, tanto que parece que ninguna otra se lo había planteado hasta el momento.

Probaron inicialmente en algunos episodios de series infantiles, donde los niños podían elegir entre unas pocas opciones, aunque no parece que causara mucho impacto entre el público, ni la cadena lo aprovechó para anunciarlo como una revolución. Pero es evidente que se lo estaban tomando en serio, porque lo han lanzado a lo grande a través de una serie adulta y de mayor éxito, la original y tétrica Black Mirror de Charlie Brooker.

En su obra Brooker ha castigado mucho a la humanidad y a sus personajes por los excesos con las nuevas tecnologías, siendo San Junípero el único capítulo con desenlace medio feliz, y en este Bandersnatch no ha desaprovechado la posibilidad de señalar también al espectador. La implicación del televidente no sólo se basa en seleccionar qué camino ha de seguir el protagonista, sino que además te devuelve la pelota en algunas elecciones, haciendo que el personaje termine siendo víctima tuya. Hay finales macabros si nos va la violencia y finales delirantes si nos pasamos de la raya machacando al protagonista, para dejarte claro que tú lo has destruido poco a poco. Y si no, también intenta dejarte mal cuerpo: sus traumas en la infancia ponen trabas a nuestros intentos de ir por el camino responsable.

Otro punto fuerte es la ambientación ochentera. Brooker nos traslada al punto álgido de las novelas de “elige tu propia aventura” y el inicio de los videojuegos con trama en la que podías involucrarte con cierta libertad de elección, la década de los ochenta. En el capítulo San Junípero iba a lo más reconocible de la época, una idea que se me antojó facilona y comercial, pero aquí la inmersión cultural es más profunda, detallista y friki. Música, juegos, tecnología y ambientes varios nos sumergen plenamente en aquellos tiempos, y te implicas más gracias a la posibilidad de seleccionar entre lo que hace el personaje: la música que escucha, los cereales que desayuna…

Pero también hay carencias notables que limitan bastante el alcance de un argumento e ideas con un potencial mucho mayor. El primer punto oscuro es grave: es imposible conectar con el protagonista y menos aún con los secundarios. Sus autores han puesto todo el esfuerzo en el puzle de líneas argumentales (hay cinco horas de metraje en total para poder dar cabida a todas las elecciones) y se han dejado en el tintero algo tan esencial como es la personalidad y el progreso dramático: ningún habitante del relato tiene un dibujo llamativo y un desarrollo elaborado. El protagonista es inestable mentalmente desde el principio al final, su evolución es la misma elijas lo que elijas. No hay manera de interesarse por él, ni da pena, ni tiene carisma, ni su viaje deja grandes diálogos o escenas que te conmuevan, toda su historia está puesta al servicio del golpe de efecto de turno. Y los secundarios son un cliché tras otro usados como apoyo de la figura central: la psiquiatra sólo sirve para presentarnos sus problemas mentales, el informático rarito está para lanzar su pasión, el jefe estresado para ponerle limitaciones, el padre agobiante para disparar sus picos de inestabilidad, y la madre ausente para justificar su desconexión con el mundo. El elenco es bueno pero no como para sobreponerse a las limitaciones de sus roles y dejar huella.

El segundo problema es que a la hora de la verdad tampoco termina de deslumbrar como narración de “Elige tu propia aventura”. Hay muchas elecciones intrascendentes, sin duda pensadas para que aprendamos a manejarnos y para reforzar la inmersión, pero a la larga parece que tocas mucho el teclado o el mando para nada. Pero lo que pesa más es que las importantes no impresionan. Brooker se empeña en un solo mensaje, y con él te machaca hagas lo que hagas, hasta el punto de que hay callejones sin salida que te obligan a volver atrás y elegir lo que él quiere (al menos no empiezas desde el principio, sino que vuelves a la última disyuntiva). Resultan opciones muy parcas en lo emocional y en la intriga, de forma que te implicas poco a la hora de analizar el posible recorrido y sus consecuencias. A las pocas preguntas dejas de preocuparte por si merece la pena el riesgo o si quieres ser prudente, pues todas las alternativas abren caminos bastante evidentes y que progresan de forma predecible.

Así pues, en el apartado de originalidad, después de tanto haber dado a lo largo de la serie y de tanto prometer en esta premisa con tantas posibilidades, decepciona mucho. Para colmo, una de las líneas recuerda demasiado a la cinta de culto Donnie Darko (Richard Kelly, 2001). Sólo me sorprendieron para bien un par de instantes más trabajados, aquel donde aparece el perro para desbaratar tus planes, por eso de darte en la cara con un factor que deberías haber tenido en cuenta para ayudar al personaje a salirse con la suya, lo que supone la única vez que entran en juego variables inteligentes y la sensación de imprevisibilidad, y el desenlace donde se rompe a lo bruto la cuarta pared, con la pelea en plan artes marciales de videojuego.

Sin duda Brooker ha buscado llevarnos por la fuerza hacia mensajes concretos para mantener el estilo trágico y sórdido de Black Mirror, tanto la idea general de la serie, que sacamos lo peor de las nuevas tecnologías, como la concreta en este episodio, que no tenemos realmente libre albedrío, que nuestra vida está acotada por nuestras experiencias en la infancia y dirigida por fuerzas externas diversas (la familia, la sociedad, el trabajo, el ente misterioso o divino que representa el espectador). Pero esto juega en contra de las enormes posibilidades narrativas que tenía entre manos. Si en Blanca Navidad logró unir tres historias muy complejas y diferentes con un nexo y personajes en común, tres historias que llegan de distinta forma a cada espectador (romance, ciencia-ficción, redes sociales, familia…), ¿por qué aquí, que se exige que mantenga esa fórmula, que te pone en bandeja hacerlo, se muestra tan poco inspirado y esforzado? En otras palabras, Bandersnatch se hace reiterativo y frustrante, si pruebas distintos finales es por la novedad de poder hacerlo, pues a mitad del relato ya se intuye que no da más de sí.

Tampoco funciona del todo la puesta en escena de David Slade, un realizador por cuyo renombre también se generaron expectativas. Hannibal (2013), American Gods (2017), Hard Candy (2005)… toda su obra es arriesgada y espectacular en lo visual, pero aquí ofrece un trabajo muy convencional. Cabe destacar, para mal, la fotografía tan simplona, con un abuso de colores primarios. Lo que no es anodino blanco o azul claro parece forzado; por ejemplo, la habitación del chaval es verde y lleva un pijama verde a juego, para entrar bien por los ojos sin un esfuerzo real de composición del plano. Está muy lejos del nivel que ha ofrecido Black Mirror en sus mejores episodios.

Bandersnatch podría haber calado mucho más hondo, pero se está quedando en una anécdota y probablemente sea superado muy pronto. Sin ir más lejos, al terminar dan más ganas de revisionar otros buenos capítulos que de volver a este.

Por otro lado, se mantiene el innecesario e injustificado empeño en referenciar cada dos por tres otros episodios y tratar de entretejer un universo único, cuando si por algo deslumbró en sus orígenes Black Mirror era por abordar historias dispares e independientes. Es tan gratuito que sólo se me ocurre que sea una estrategia para alargar la vida útil de la serie en internet: multitud de páginas que viven de contenido morralla y titulares llamativos hacen su agosto con reportajes al respecto y la gente que los enlaza en las redes sociales, donde se lleva también más la curiosidad efímera que la discusión intelectual, y mira que la serie da para ello. Es paradójico, cuando no hipócrita, que Charlie Brooker sea tan crítico con el abuso de las nuevas tecnologías y a la vez se venda tanto a ellas.

Ver también:
Temporada 1 (2011)
Temporada 2 (2013)
Especial: Blanca Navidad (2014)
Temporada 3 (2016)
Temporada 4 (2017)
Especial: Bandersnatch (2018)

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JESSICA JONES – TEMPORADA 2


Netflix | 2018
Drama, superhéroes | 13 ep. de 47-55 min.
Productores ejecutivos: Melissa Rosenberg, varios.
Intérpretes: Krysten Ritter, Rachael Taylor, Eka Darville, Carrie-Anne Moss, Janet McTeer, Terry Chen, John Ventimiglia, J. R. Ramírez, Callum Keith Rennie.
Valoración:

Después del extraordinario villano que fue Kilgrave, un reto imponente para la protagonista a la vez que sobrecogedor para el espectador, el listón estaba tan alto que prácticamente cualquier nuevo enemigo tenía todas las de decepcionar. Así veo que ha ocurrido un poco con la némesis de Jessica Jones este año: su madre. Quien esperara otra confrontación clásica de superhéroes se puede llevar un chasco al encontrarse una temporada más centrada en los problemas internos de la heroína, en su vida personal tan caótica, donde la presencia de su madre, por mucho superpoder que tenga también, sirve para canalizar esos temas más que para desarrollar una rivalidad creciente que acabe con el duelo final de rigor.

Jessica está hundida, y aunque sigue por inercia indagando sobre sus orígenes, bien le gustaría romper con todo el mundo, como si aislándose y bebiendo sin parar se fuera a arreglar su vida. Por otro lado, Malcom ha rehecho la suya y trata de apoyarla, pero sus posiciones están tan opuestas que los roces son constantes, y la paciencia de él puede agotarse ante la incapacidad de ella para sobreponerse. Trish por su parte lleva el camino que puso a Jessica donde está, la autodestrucción, aunque por otros motivos: va de heroína por el subidón de la droga, de la violencia, de sentirse realizada. Todo se complica con la aparición de la descentrada de la madre de Jessica, que siembra el caos allá por donde va, poniendo a todos en contra de ambas, con los consecuentes peligros, Además, en vez de traer respuestas y paz suma caos y variables que la investigadora no es capaz de poner en orden. Hay espacio también para la abogada, Teri, con sus propios problemas personales a pesar de su fachada de fría y dura, para el vecino simpático, que es un encanto, y para un nuevo contrincante en el gremio de los investigadores, el asiático tan pagado de sí mismo.

Con tantos buenos personajes en conflicto constante con ellos mismos, más los eventos que van desarrollando con sus acciones, Melissa Rosenberg y su equipo de guionistas logran un drama coral de buen nivel y bastante adictivo que se ve realzado por la buena labor de los actores. Sin duda es una temporada menos intensa que la primera, que tuvo tramos entre impresionantes y desgarradores, pero el equilibrio entre géneros es muy bueno y resulta igual de entretenida. El drama es emotivo, el noir intrigante, la parte de superhéroes mezcla los dos anteriores y consigue ser más profundo de lo habitual en el género, teniendo siempre dilemas éticos y problemas de todo tipo en juego. La única pega que le puedo poner es que en algunas ocasiones está claro que dan un par de rodeos o estiramientos para poder llegar a los trece episodios exigidos: en las investigaciones, en los enfrentamientos con la madre y en los vaivenes de Trish hay algunos bajones de ritmo y sensación de repetición.

En la puesta en escena encuentro algo de mejora, pues antes se dejaba un poco al simple pero efectivo truco de la cámara en mano, y ahora se esfuerzan algo más a la hora de buscar un estilo visual más concreto. Se cuida bastante la composición de cada plano, teniendo algunos muy llamativos, y en combinación con la música con toques jazz y el tono noir del argumento se consigue una serie con bastante personalidad.

Saga The Defenders:
Daredevil – temporada 1 (2015)
Jessica Jones – temporada 1 (2015)
Daredevil – temporada 2 (2016)
Luke Cage – temporada 1 (2016)
Iron Fist – temporada 1 (2017)
The Defenders (2017)
The Punisher – temporada 1 (2017)
-> Jessica Jones – temporada 2 (2018)
Luke Cage – temporada 2 (2018)
Daredevil – temporada 3 (2018)
Iron Fist – temporada 2 (2019)
Jessica Jones – temporada 3 (2019

LA MALDICIÓN DE HILL HOUSE – MINISERIE

The Haunting of Hill House
Netflix | 2018
Drama, terror | 10 ep. de 43-70 min.
Productores ejecutivos: Mike Flanagan.
Intérpretes: Michael Huisman, Carla Gugino, Henry Thomas, Elizabeth Reaser, Oliver Jackson-Cohen, Kate Siegel, Victoria Pedretti, Lulu Wilson, McKenna Grace, Paxton Singleton, Julian Hilliard, Violet McGraw, Timothy Hutton, Anthony Hutton, Annabeth Gish, Robert Longstreet.
Valoración:

Alerta de spoilers: Sin datos reveladores de ningún tipo. —

Una familia compra una vieja mansión para reformarla y ganar un buen dinero vendiéndola. Viven de eso hasta que puedan permitirse “la casa para siempre”. Pero está encantada, y padre, madre y los cinco hijos empiezan a sufrir el acoso de diversos fantasmas hasta que algo grave ocurre y salen huyendo. Pero, ya de adultos, vemos que el crecimiento de los niños ha estado lastrado por esa infancia traumática, arrastrando todos alguna falla importante en su personalidad que los impide ser felices. Y las cosas se complican cuando la casa empieza a llamarlos de nuevo.

A nadie se le escapará que la premisa es bien vieja. No en vano, la novela homónima de Shirley Jackson en que se basa es de 1959, y desde entonces el género ha sido explotado de diversas formas en la literatura y el cine. No tanto en televisión, donde esta miniserie ha deslumbrado alzándose como una de las más exitosas y mejor valoradas del año. En el drama también he encontrado una influenia obvia, pues recuerda bastante a uno de los grandes referentes, A dos metros bajo tierra (Alan Ball, 2001): la vida alrededor de una gran casa y una funeraria y la descripción de personajes heridos de diversas formas la traen a la memoria en varias ocasiones. Entonces, ¿cómo ha podido causar tanta sensación? Pues mediante un truco viejo también: contar las cosas bien. Y en este caso hablamos de muy, muy bien. Pocas veces una serie ha logrado acojonar tanto, y más partiendo de algo tan poco original, pero en el drama es magnífica también.

Para dar miedo es esencial una narrativa muy cuidada. La historia debe ser coherente dentro de su fantasía para que podamos tener un marco de referencia al que aferrarnos, los personajes deben respirar vida propia para contagiarnos sus miedos, y la atmósferas han de primar sobre los sustos sonoros cutres. Por desgracia, en el cine por lo general no se trabajan debidamente los personajes, se abusa del efectismo barato en las historias y de los sustos forzados. El creador Mike Flanagan se ha curtido en este ámbito con algunos títulos menores pero de relativo éxito, porque por alguna razón el género es capaz de vender chorradas sin problemas. Sólo he visto la infame Oculus (2013), así que espero que Absentia (2011), Hush (2016), Ouija (2016) y El juego de Gerald (2017) sean algo mejores. Sea como sea, desde aquella a la presente muestra una maduración impresionante.

Rodeado de colaboradores habituales en el equipo técnico y el reparto (donde repite con varios actores), Flanagan hace gala de una narrativa inteligente y metódica. La fotografía de Michael Fimognari juega sabiamente con la oscuridad y las sombras, pero no forzando oscuridad, sino todo lo contrario, aprovechando al máximo la riqueza del escenario de la mansión. La música de los hermanos Newton es sencilla pero efectiva para darle la última puntilla a cada situación, aunque se mueven mejor en lo melancólico que en lo tenebroso.

Encontramos una armonía admirable entre la construcción de atmósferas inquietantes y la llegada de los sustos con el desarrollo de los personajes, todo ello además jugando con dos épocas distintas que se retroalimentan de maravilla. Porque los episodios combinan pasado y futuro (algo que el realizador ya probó brevemente en Oculus), desgranando las personalidad y los misterios con cuentagotas mientras, eso sí, sin abusar del “sigue mirando que luego te lo cuento”; sólo con la puerta roja se pasa un poco. Además, por lo general centra cada capítulo en un personaje, aunque como su relación es estrecha se avanza con todos y con el misterio en todo momento. Los intérpretes se dejan todo en personajes muy exigentes. Flanagan los muestra destrozados y abandonados, y poco a poco nos expone cómo han llegado ahí, y cómo son incapaces de superar sus problemas. Imposible destacar tan sólo un par de actores, hasta los chiquillos están impecables.

Con este buen trabajo delante y tras las cámaras la serie resulta conmovedora y sobrecogedora a partes iguales, sólo necesitan unas pocas escenas para contagiarnos la pesadumbre de los protagonistas y el ambiente malsano de la mansión, de forma que acabas ya desde el primer capítulo con mal cuerpo y unos cuantos sustos de los gordos. Y sí, hay muchas veces que sabes que viene una escena de fantasma… pero te acojona igual. Por cierto, atentos a la infinidad de espectros ocultos que salpican cualquier plano y a alguna estatua que cambia de postura sutilmente.

Ahora bien, el equilibrio de la fórmula se resiente un poco en el tramo final, de forma que es probable que a algunos espectadores les deje malas sensaciones. Flanagan deslumbra en los tres primeros episodios, cuando parece que va a aflojar el ritmo nos recupera en el quinto con el primer gran giro inesperado (La mujer del cuello torcido, aunque largo, efectivo) y a continuación nos deja anonadados con uno de los mejores capítulos de los últimos años, Dos tormentas. Este se compone de unos pocos planos secuencia de diez minutos o más donde se juntan todos los personajes, los dos escenarios principales (la funeraria y la mansión) y las dos líneas temporales en un colofón sin parangón. El rodaje fue una pesadilla, pero el resultado es un hito asombroso.

Sin embargo, desde esa altura caemos bastante. La confrontación final con la casa no sólo falla a la hora de dar el esperado subidón final de infarto, sino que en comparación con el resto de la miniserie queda un peldaño por debajo. Es buen final en concepto, pero a la hora de plasmarlo Flanagan y supongo que también los productores han cometido el error de alargarlo demasiado. Con ocho episodios y un cierre de aúpa podríamos estar hablando de una obra maestra. Pero el octavo baja la intensidad, y el noveno es descaradamente relleno para cumplir con los diez, todo el metraje son conversaciones que repiten lo ya conocido, además en escenarios muy parcos (coches sobre todo), como para descansar del esfuerzo del sexto capítulo. Así que abordamos el desenlace habiendo perdido esa atmósfera tan intrigante, y como optan por una solución blanda, emotiva, dejando el terror completamente de lado, puede decepcionar a más de uno. Lo cierto es que cierra bien la historia de cada personajes, tiene buenas sorpresas, y aunque algún giro se pueda intuir está bien ejecutado. Pero parece el epílogo tras un clímax que nunca llega.

Pero aun contando con ese bajón, La maldición de Hill House es una serie excelente, con picos extraordinarios, digna de citar como una de las grandes del año. Para los amantes del terror, desde luego es un visionado obligatorio.

ORANGE IS THE NEW BLACK – TEMPORADA 6

Neflix | 2018
Drama, comedia | 13 ep. de 50-85 min.
Productores ejecutivos: Jenji Kohan.
Intérpretes: Taylor Schilling, Laura Prepon, Yael Stone, Natasha Lyonne, Kate Mulgrew, Dale Soules, Danielle Brooks, Uzo Aduba, Adrienne C. Moore, Elizabeth Rodriguez, Selenis Leyva, Jessica Pimentel, Dascha Polanco, Jackie Cruz, Laura Gómez, Daniella De Jesús, Nick Sandow, Beth Dover, Matt Peters, James McMenamin, Emily Tarver, Mike Houston, Taryn Manning, Amanda Fuller, Susan Heyward, Lori Petty, Nicholas Webber, Laverne Cox, Shawna Hamic, Alysia Reiner, Mackenzie Phillips, Vicci Martinez, Henny Russell.
Valoración:

Cabía pensar que con la renovación por tres años de golpe allá en la cuarta temporada daba a Jenji Kohan y su equipo de guionistas tiempo más que de sobra para planificar bien las historias a largo plazo y tener claro cómo abordar el tramo final, pero la sexta y penúltima etapa parece haber sido improvisada más de la cuenta. Ha dejado cierta decepción en el ambiente, pues Orange is the New Black ha pasado de copar las listas de lo mejor del año a un segundo plano. Continúa siendo una serie superior a la media, un entretenimiento de primera a la vez que un análisis sociológico magistral, pero el listón estaba alto y se esperaba que siguiera subiendo. El motín puso la expectación por las nubes. Muchos frentes, muchos problemas, y todo sobre un grandísimo trabajo con los personajes y la crítica social subyacente, nos dejaron en vilo y esperando ver más. Pero prácticamente hacemos un borrón y cuenta nueva y tenemos una temporada de relleno. Adictiva, espectacular a veces; encantadora, hasta el punto de hacerte vibrar con la mayor parte de sus numerosos personajes; didáctica y a la vez conmovedora, porque muestra la realidad con una visión compleja y delicada; pero, en el fondo, de relleno.

Las reclutas son repartidas en distintos pabellones de máxima seguridad. Muchos personajes desaparecen y conocemos otros nuevos, por sí solos interesantes (en especial los guardias y su jueguecito), pero puede mosquear que a estas alturas den la espalda a los que tenían un vínculo emocional ya establecido con el espectador y con los que se esperaba que aboradaran sus arcos finales para irse por las ramas con novedades. La niñata pelota y las dos hermanas en guerra constante por liderar a las presas y mostrar su odio mutuo ofrecen aventurillas bastante moviditas, pero carentes del recorrido emocional tan trabajado y el contenido intelectual crítico al que nos tenían acostumbrados. Es decir, valdrían como tramas secundarias, de esas que salpican el día a día en la cárcel, pero me temo que toman protagonismo total a costa de dejar las secciones principales, las que esperábamos ver desarrolladas, en un plano inferior.

Las secuelas del motín se tratan con cuentagotas a través de unas pocas historias deshilvanadas y sin la garra y lecturas de antaño. La feroz crítica a las carencias del capitalismo y cómo promueve la corrupción (el sistema penitenciario, la justicia, los políticos…) solo se retoma en dos parejas de personajes. Por un lado tenemos el esperado juicio por el motín, que recae en Taystee y Caputo. Este resulta simplemente correcto y está extendido más de la cuenta para que abarque todo el año, dejando la sensación de que sabe a poco, de que cumplen con ello por obligación. Mejor funciona la odisea de Dayanara y su madre, ambas empujadas por el sistema a hundirse más y más: la primera ve que la cárcel es su futuro, y por consecuencia trata de hacerse fuerte con los grupos más violentos; la otra, se encuentra con que todo está diseñado para que vuelva al mundo del crimen. Pero fuera de ello apenas tenemos unos repetitivos amagos de traiciones entre las presas implicadas en el motín para salvar sus propios cuellos y un par de escenas dedicadas al estrés de los guardias. Todas las historias subyacentes (pobreza, racismo y demás injusticias sociales) que llevaron a las presas a la cárcel, en muchos casos injustamente, y fueron creciendo hasta acabar provocando la rebelión, se dejan de lado y nos vamos a un sinfín de historias secundarias.

Y no me malentendáis. Como indicaba, estas son de nuevo variadas y muy atractivas, y ofrecen un muestrario de vivencias y problemas realistas con una naturalidad asombrosa. Pero como llegan a costa de olvidar todo lo andado se pierde gran parte del interés, de la pasión con que seguíamos la serie. Además, no todas las historias funcionan, con algunas estamos dando vueltas en círculos todo el año: Frieda y sus miedos y Suzanne y su confusión terminan agotando. También debo quejarme de que continúan desaprovechando el grandísimo talento de Taylor Schilling al no darle al personaje historias más intensas con las que la actriz pueda lucirse como en las primeras temporadas; prácticamente lo único que ofrece es la rivalidad con la matona, que se hace cansina.

Así que esperemos que para la traca final vuelvan a la senda y deslumbren como antaño.

Ver también:
Temporada 1 (2013)
Temporada 2 (2014)
Temporada 3 (2015)
Temporada 4 (2016)
Temporada 5 (2017)
-> Temporada 6 (2018)
Temporada 7 y final (2019)

HERIDAS ABIERTAS – MINISERIE


Sharp Objects
HBO | 2018
Drama, suspense | 8 ep. de 50-65 min.
Productores ejecutivos: Marti Noxon, Jean-Marc Vallée, varios.
Intérpretes: Amy Adams, Patricia Clarkson, Chris Messina, Eliza Scanlen, Matt Craven, Henry Czerny, Taylon John Smith, Madison Davenport, Sophia Lillis, Elizabeth Perkins.
Valoración:

Un crimen macabro en un pueblecito. Una periodista criada allí que huyó en cuanto pudo de las maldades de su familia y del ambiente inmovilista, los secretos y las mentiras del resto de la población, es enviada por su jefe para que escriba artículos del caso porque conoce el lugar, pero también porque sabe que arrastra heridas abiertas y es buena ocasión para cerrarlas.

Con la sinopsis queda claro que la premisa está muy, muy vista, y la sensación se agrava al iniciar el visionado. El pueblo raro y lleno de misterios a lo Twin Peaks (David Lynch, Mark Frost, 1990), el dramón tratado por infinidad de telefilmes, el thriller policíaco de siempre. ¿Qué tiene para ofrecer esta nueva aproximación? No mucho, aunque al menos lo intenta con bastante ahínco. No sé si en la exitosa novela homónima en que se basa, publicada por Gillian Flynn en 2006 (autora también de Perdida -2012-, que tuvo versión en cines en 2014), funciona mejor, pero esta miniserie de la productora y guionista Marti Noxon (inició su carrera en Buffy, La cazavampiros -1997-) y el director Jean-Marc Vallée (pasó de cosechar premios en el cine –Dallas Buyers Clubs, 2013- a tenerlo en televisión –Big Little Lies, 2017-) es un quiero y no puedo. Según la paciencia y el corazón del espectador puede ser una obra dramática intensa con la que sufrir o una de misterio artificial y plomiza con la que aburrirse. Yo me he quedado en un término medio.

Sabiendo que los conflictos emocionales internos, las tragedias no superadas, los problemas de familias disfuncionales y demás aproximaciones al drama humano cotidiano han sido muy tratadas, los autores intentan realzarlas mostrándonos en primera persona la mente de la protagonista, Camille (Amy Adams), mediante una puesta en escena que materializa todas sus emociones, penas y anhelos. Las miradas o diálogos de Camille van acompañados de un plano que termina de enfatizar su estado de ánimo, o un breve plano a un detalle de su entorno nos lanza a un fugaz recuerdo que señala la conexión emocional entre etapas de su vida, es decir, qué ha influido en su infancia para que ahora se comporte y sienta de una forma u otra. Por ejemplo, un ventilador le trae a la memoria una vez que estuvo enferma y convalecía al lado de uno, y eso se asocia con la madre cuidándola, lo que nos lleva a la sobreprotección, y todo confluye en que la situación que esté viviendo ahora estará marcada los sentimientos que han emergido.

Esto implica mucha contemplación, mucha construcción metódica de las escenas, mucho flashback… Pero si bien el concepto narrativo es llamativo y prometedor, sus autores no son capaces de llevarlo a cabo con la armonía suficiente. Lo sugerente se convierte muchas veces en subrayado en exceso, y otras directamente cae en el sensacionalismo. El rimo metódico y detallista funciona menos de lo pretendido, y pronto se torna en un relato lento, sobresaturado por fuera pero inane por dentro. En otras palabras, las cosas no avanzan, damos vueltas en círculos, y el efectismo se impone a una historia que, después de tanto enredo sensitivo, termina siendo igual de predecible y vulgar que siempre. Incluso el alcance de las interesantes protagonistas principales se ve afectado: nos tiramos casi todos los capítulos atascados en los mismos recuerdos y lamentos (por ejemplo, pronto te preguntas por qué si Camille sufre tanto en casa de mamá no se va a un puñetero motel), y tras tanta fachada se olvidan de trabajar la progresión global, sobre todo a la hora de transmitir incertidumbre por el desarrollo de los acontecimientos, con lo que no hay realmente mucha intriga por el porvenir de ningún personaje.

Aun así, Camille y su madre Adora logran emerger por encima de los fallos enganchando con bastante intensidad. Son una versión cruel pero verosímil de traumas reales y llegan con mucha fuerza, en gran parte por las estupendas interpretaciones de Amy Adams y Patricia Clarkson. Pero el resto de habitantes del pueblo quedan en anodinos estereotipos puestos a su servicio. El detective rechazado, el sheriff conservador, la niña modosita en casa pero rebelde fuera, la amiga con secretos, la animadora tonta con ganas de fama rápida y los sospechosos de siempre componen un mosaico que apuntaba a una buena descripción de una sociedad incapaz de sobreponerse a sus heridas, de un pueblo ahogado en sus miserias, pero acaba siendo una repetición estéril de lo ya contado mil veces. La única que destaca es Amma, la hermana adolescente de Camille, pero por protagonismo e importancia (es el reflejo y repetición de lo ocurrido con otra hermana fallecida cuando ella era joven) y el también correcto papel de Eliza Scanlen, porque el rol resulta demasiado inestable a conveniencia del guion como para resultar verosímil, es decir, al final también es un complemento y no un personaje que respira con vida propia.

Como extensión de los problemas, el caso nunca llega a despertar el más mínimo interés. Es cierto que la serie versa más sobre la formación como personas y la influencia de los traumas en la infancia en el proceso, pero no puedes pretender que la investigación criminal sustente el viaje de los personajes si no la tratas con dedicación suficiente. No vemos una investigación consistente, sólo repetición de escenarios (las mismas conversaciones en el bar con el detective una y otra vez), intentos puntuales de reforzar el misterio muy artificiales (la cabaña metida con calzador a media temporada), y amagos con apuntar con la sombra de la sospecha temporal a uno u otro personaje que resultan trámites pesados. Al segundo episodio ya tenía en mente cómo se desarrollaría todo, y no hay ni un camino o giro que discurra distinto a lo más fácil y evidente.

El final, con el destino de las protagonistas en vilo, funciona más por el esfuerzo en la puesta en escena que por lo narrado en sí, que se ve venir de lejos. Pero entonces te das cuenta de que tenían un giro final más original y con posibilidades de resultar efectivo, pero no sabían cómo incluirlo y lo cuelan en flashes rápidos entre los títulos de crédito. Así que, si ya cuesta acabar el visionado, hacerlo con un ese mal trago puede empeorar las sensaciones.

PEAKY BLINDERS – TEMPORADA 2


BBC Two | 2014
Drama, suspense | 6 ep. de 58 min.
Productores ejecutivos: Steven Knight, Jamie Glazerbook, Frith Tiplady, varios.
Intérpretes: Cillian Murphy, Joe Cole, Harry Kirton, Paul Anderson, Helen McCrory, Spophie Rundle, Sam Neill, Finn Cole, Tom Hardy, Charlotte Riley.
Valoración:

Se va materializando esa maduración de la que sus cada vez más numerosos seguidores anuncian, pero todavía me parece poco para hablar de una gran serie. Lo primero es que se observa es más esfuerzo en profundizar en la familia Shelby, pues en la primera etapa me quejaba de que los hermanos quedaban muy descolgados. Cada uno de ellos gana dimensión, vamos conociendo algo más allá de sus formas de ser, sus demonios internos, sus esperanzas sobre el futuro… Los problemas de Arthur para centrarse y su viaje con las drogas son muy interesantes, por ejemplo. Pero incluso con esas al final les roba protagonismo un nuevo personaje, un hermano dado en adopción tiempo atrás y que ahora quiere entrar en la familia. La historia del joven deslumbrado por el dinero y poder no es nueva, pero Michael, eficazmente interpretado por Finn Cole en su primer papel principal, es un rol que no deja la sensación de ser un estereotipo, sino que resulta atractivo y te interesas por su porvenir.

También hay mejora en las tramas, un tanto encorsetadas en la presentación de la serie, pero ahora algo más originales y elaboradas. Los planes de Thomas siguen siendo ambiciosos, de forma que los Shelby plantan cara a varios frentes y también se buscan otros nuevos, pero con su inteligencia y talante los va sacando adelante a pesar de los numerosos obstáculos. Entre ellos destacan los roces familiares, donde debe acallar voces y mantenerlos a todos cohesionados, en especial a su tía Polly.

La temporada es corta pero trepidante. Hay tantos planes, intrigas y giros inesperados (atención a la escena de un protagonista cavando su tumba) que engancha bastante y permite volver a verla, o incluso lo requiere, si te has perdido en alguna de las muchas maquinaciones cruzadas. Vuelve a destacar el papelón de Cillian Murphy, bien secundado por Helen McCrory, y la puesta en escena (cámara en mano, iluminación natural, escenarios sucios) que tan bien nos sumerge en el ambiente de la época. Momentos épicos hay unos cuantos, como la pugna entre Thomas y Alfie Solomons, encarnado por un imponente Tom Hardy, que ofrece un par de escenas inquietantes, la entrada gradual de Michael en la familia, la tensión creciente en el asalto al hipódromo…

Pero sigue habiendo aspectos mejorables y algunos giros un tanto pasados de rosca. Me ha dejado muy malas sensaciones el rival mafioso, el italiano. A pesar de contar con un buen actor como es Noah Taylor el personaje no impone, se queda en un villano de relleno dibujado con cuatro trazos, y palidece al lado del gran Alfie. Pero lo más grave es que incomprensiblemente nos traen de nuevo lo peor de la primera temporada cuando parecía que nos habíamos librado de ello. El pesado del detective Cambpell, ahora mayor, vuelve con el acento forzado de Sam Neill y su historia tan sensacionalista, con momentos de vergüenza ajena, como la violación. Y para rematar, también tenemos a Grace y la sosa Annabelle Wallis, con la relación amorosa en tensión más floja que recuerdo en años.

Así pues, Peaky Blinders todavía tiene mucho margen para mejorar.

Ver también:
Temporada 1 (2013)
-> Temporada 2 (2014)

JACK RYAN – TEMPORADA 1


Amazon Video | 2018
Suspense, drama, acción | 8 ep. de 44-64 min.
Productores ejecutivos: Carlton Cuse, Graham Roland.
Intérpretes: John Krasinski, Wendell Pierce, Ali Suliman, Abbie Cornish, Dina Shinabi, Karim Zein, Nadia Affolter, Arpy Ayvazian.
Valoración:

La serie de novelas de Tom Clancy sobre el personaje Jack Ryan ha corrido desigual suerte en sus varios intentos de convertirla en una saga de películas rentable. Se inició con un thriller de alta calidad y bastante éxito, La caza del Octubre Rojo (John McTiernan, 1990), donde Ryan estaba encarnado por Alec Baldwin y secundado por un sinfín de grandes actores. En las dos siguientes entregas cambió de rostro a Harrison Ford, y si bien la inicial era un producto de acción más convencional (Juego de patriotasPhillip Noyce, 1992-), la segunda volvió a levantar el listón bastante: Peligro inminente (Phillip Noyce, 1994) fue una cinta ejemplar de acción y suspense y un éxito de taquilla. A pesar de ello la serie quedó en el limbo, supongo que por líos entre productores. No lograron sacar adelante más títulos hasta el intento de reinicio en 2002 con Pánico nuclear (Phil Alden Robinson), con Ben Affleck como protagonista. El estreno pasó muy desapercibido y la saga volvió a aparcarse hasta 2014, donde con la infame Jack Ryan: Operación sombra (Kenneth Brannagh) parecía que iba a morir definitivamente. Sin embargo, los poseedores de los derechos, el productor Mace Neufeld y la Paramount Pictures, probaron otras pocas intentonas infructuosas antes de poner el ojo en el formato de serie de televisión.

Esta llega de la mano de Carlton Cuse (Perdidos, 2004) y Graham Roland (Almost Human, 2013, y coincidieron en The Returned, 2015) en la parte creativa, con productores como Michael Bay, John Krasinski (además de actor también escribe, produce y dirige, por ejemplo, Un lugar tranquilo -2018-) y Mace Neufeld entre otros, bajo los sellos de Paramount Television y Amazon Studios, principalmente.

En los primeros capítulos, y más con el cambio de escenario a Francia, casi parece que Jack Ryan podría ser la heredera de Homeland (Alex Gansa, Howard Gordon, 2011), aunque sea empezando desde abajo y creciendo poco a poco, porque partimos de algunos conceptos muy básicos y previsibles pero se ve potencial para bastante más.

Los autores tratan de mantener la premisa de Tom Clancy, esto es, un exmarine que por lesiones acaba en un despacho como analista, pero vuelve a entrar en acción poco a poco al despuntar como un talento nato tanto en el escritorio como en el terreno. Sin embargo, en temática han decidido actualizarla a nuestros tiempos, pues los temas habituales de las novelas están algo obsoletos (guerra fría, terrorismo irlandés) o muy vistos (guerra contra las drogas en Sudamérica), hoy los principales problemas políticos vienen del terrorismo islamista y las guerras en oriente medio. Ahí surgen sus principales virtudes: la cercanía a la situación real que vive el mundo y la verosimilitud con que inicialmente tratan estos conflictos, tratamiento que extienden a un villano bien trabajado.

Nos presentan una perspectiva compleja del asunto, con las crisis políticas que generan guerras en oriente medio, las consecuentes migraciones hacia Europa, la posterior desigualdad y otros problemas culturales, y surgiendo entre todo ello, nuevos potenciales terroristas. El villano, Mousa Bin Suleiman, nace en este caldo de cultivo, y si bien los flashbacks que muestran etapas previas de su vida quedan quizá demasiado resumidos, valen para redondear un personaje con bastante fuerza, algo que en parte se debe también a la certera interpretación de Ali Suliman. La odisea de la esposa (Dina Shihabi) y las hijas no sorprende pero como drama funciona, tanto a la hora de dotar de mayor realismo a la situación como para entretenernos.

Por el lado de la CIA, la intriga de despachos tiene un punto de partida muy típico, pero también apuntan a una perspectiva más amplia, con los superiores que solo piensan en ascender y las injerencias políticas. Los personajes parten de varios estereotipos, pero tienen las aristas justas y las motivaciones claras como para resultar simpáticos y generarte ganas de seguir sus aventuras. La dinámica entre Ryan y su nuevo jefe, Greer, es bastante interesante, y cuando entran en juego los franceses mejora: los roces entre formas de entender el mundo son interesantes y van añadiendo poso a cada protagonista. Aquí también hacen bastante los actores. John Krasinski (The Office -2005-, 13 horas: Los soldados secretos de Bengasi -2016-) aporta muy bien dimensión interna, es decir, su interpretación transmite más de lo que el personaje deja entrever a sus compañeros, sobre todo en dilemas éticos y traumas. Wendell Pierce (The Wire -2002-, Treme -2010-) compone un agente venido a menos, con miedos, y muestra bien un cambio gradual, sobre todo en cuanto a la relación con Ryan. Un poco más atrás se queda Abbie Cornish (Robocop -2014-, Geostorm -2017-), que parece relegada a la chica del héroe y para unos pocos giros finales.

Sin embargo, me temo que en vez de crecer el guion se va diluyendo. Ese tratamiento más serio del drama y el suspense que prometía acaba dejándose de lado por la acción más básica y los derroteros más predecibles. Esperaba que la intriga de despachos ahondara más en los personajes secundarios y trataran más a fondo temas de espionaje, política, enchufes, incompetencia etc., y que el conflicto político y social siguiera ampliando miras con los temas de migraciones, problemas de adaptación cultural, xenofobia, etc., pero todo se va relegando a anécdotas, o a justificaciones para tener escenarios de drama y acción sencillos. Aparte, en tierra de nadie queda la subtrama del piloto de drones, que es por sí sola amena pero no termina de cobrar sentido en la historia global y acusa los mismos problemas: promete un drama realista pero acaba tan resumido que resulta una historia simplona.

De esta forma, el villano cada vez es más malo cabezón, los buenos más infalibles, el romance más trillado, y la complejidad del panorama geopolítico se olvida en detrimento de la típica misión exagerada de película de acción del montón. El terrorista tiene un plan supremo digno de archienemigo de James Bond, y este toma forma con todos los tópicos, sensacionalismo y agujeros de guion más tontos. Los personajes pasan por todos esos giros para cumplir con ellos, dejando el progreso dramático de lado, si acaso lo contrario, hay varias situaciones forzadas que rozan la vergüenza ajena, como la doctora metida en todo con calzador, o los terroristas más buscados del mundo paseándose por el hospital donde está el presidente de EE.UU.

Si hubiera tenido un tramo final más sólido y original seguramente hubiera quedado una buena serie. El producto resultante es un digno entretenimiento, sobre todo porque su caída de calidad no afecta al ritmo y el sentido del espectáculo (atención a como exprimen los escenarios naturales con grandes panorámicas), pero en nada que le exijas un mínimo, el que creo que cualquiera exigirá en el rico panorama televisivo actual, queda en el limbo de series prescindibles. Veremos si hay suerte y madura en próximas temporadas, pero lo cierto es que viendo lo bajo que ha terminado apuntando yo tengo pocas esperanzas.