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THE EXPANSE – TEMPORADA 4

Amazon Prime Video | 2019
Ciencia-ficción, drama,
suspense, acción | 10 ep. de 44-52 min.
Productores ejecutivos: Mark Fergus, Hawk Ostby, Naren Shankar, varios.
Intérpretes: Steven Strait, Cas Anvar, Dominique Tipper, Wes Catham, Shohreh Aghdashloo, Frankie Adams, David Strathairn, Cara Gee, Thomas Jane, Burn Gorman, Rosa Gilmore, Lyndie Greenwood, Jess Salgueiro, Paul Schulze, Dayle McLeod.
Valoración:

Alerta de spoilers: Describo bastante de las tramas del año, aunque una vez presentadas se intuye todo y no avanzan nada, así que no te destriparás mucho si lees la crítica.–

Abordé The Expanse como a toda serie de ciencia-ficción, con recelo, porque a pesar de ser mi género favorito muy pocas han resultado realmente buenas. Pero me enganchó desde el primer capítulo dejando claro en pocos minutos la ambición y el buen hacer de sus autores, Mark Fergus y Hawk Ostby, adaptando las novelas de Daniel Abraham y Ty Franck. Varios frentes abiertos, dispares pero muy atractivos, intriga política de gran complejidad y un misterio fantasioso latente generando más incertidumbre ofrecían una temporada emocionante y magnífica. La segunda perdió un poco de fuelle, sobre todo en su tramo final, pues en vez de avanzar y crecer como prometía se frenó un poco y se tornó repetitiva. Parecía que la protomolécula iba a quedar como el argumento recurrente improvisado, en plan Expediente X (Chris Carter, 1993) con los esquivos extraterrestres, y los personajes habían llegado a su tope. Con todo, resultó una buena etapa.

Pero en la tercera sí dieron el salto argumental y cualitativo esperado. Es inevitable pensar que los guionistas se vieron venir la cancelación y se propusieron cerrar las tramas principales en desarrollo, pues parece haber dos temporadas en una, pero lejos de parecer precipitada resultó espectacular, una de las mejores temporadas de los últimos años. Pero entonces se confirmaron los temores de cancelación…

La pequeña empresa Alcon como productora y SyFy Channel como distribuidor apuntaron demasiado alto, pronto quedó claro que no podían mantener una producción tan cara (se estima en unos cuatro millones de dólares por episodio). Con Battlestar Galactica (Ronald D. Moore, 2003) tuvieron más vista y mejor suerte, pues compartieron el esfuerzo con el canal inglés Sky One, desde el primer episodio las audiencias fueron notables y se vendió rápidamente al resto del mundo, mientras que The Expanse tenía entusiastas críticas y gran proyección en internet pero pocos espectadores reales en su emisión. Por suerte, estamos en la mejor época para las series, con plataformas como Netflix o Amazon Prime Video que permiten mejor retorno monetario al tener una proyección internacional sin necesidad de negociar con otras compañías. Estaba claro que acabaría distribuida en una las dos, salvo que en las negociaciones alguno de los productores se pusiera tonto.

Amazon fue quien ganó la puja, y desde entonces era obvio pensar que habría menos restricciones, como de número duración de episodios, de censura (temática, lenguaje, sexo, violencia), y quizá un mayor aporte de dinero también. Pero la cuarta temporada ha estado muy lejos de cumplir las expectativas, ofreciendo un retroceso brutal en ambición y calidad.

Cruzamos el anillo creado por la protomolécula para ir a otros sistemas solares. Pero el siguiente paso de la expansión de la humanidad arrastra los problemas mal cerrados de la etapa anterior. La débil paz entre la Tierra, Marte y el cinturón (divididos entre simpatizantes de la OPA y quienes quieren dejar el terrorismo atrás) no es sino una fachada tras la que se cuecen nuevos intereses.

Lo vive Chrisjen Avarasala en la campaña política, con una oponente populista ciega a los problemas reales. Lo descubre Bobbie en Marte, donde el gobierno militarista se desmorona y facciones criminales quieren hacerse ricas con las migajas. Lo intuyen Camina Drummer y Klaes Ashford intentando atajar a los cinturianos rebeldes y terroristas que quedan tratando de poner a todos en guerra otra vez. Y sobre todo lo enfrenta la tripulación de la Rocinante en Ilus, el planeta recién colonizado, donde refugiados del cinturón esperan formar una nueva vida mientras los mercenarios del gobierno llegan para disputar las nuevas riquezas.

Las maravillas del universo al alcance de la mano no bastan para cambiar al ser humano. La ambición egoísta, el rechazo cuando no odio a las distintas formas de pensar y vivir la vida, y los intereses políticos y económicos crean facciones que difícilmente pueden convivir. La serie mantiene así su estilo verosímil no sólo en ciencia espacial, sino sobre todo como reflejo de la realidad. Pero las tramas en las que subyace esta temática no tienen el ritmo, profundidad y fuerza de antaño.

Son muchas las carencias que van sumándose entre sí y limitando el demostrado potencial que puede alcanzar, y aparecen muy pronto, tanto que la decepción me envolvió en el primer episodio y no se desvaneció en adelante, sino que fue creciendo hasta que vi los últimos con gran desgana, cuando las temporadas anteriores las engullí y volví a ver en poco tiempo. Esta la quiero olvidar y esperar que la quinta remonte y la deje como un mal sueño.

Pensaba que volver a diez episodios contra los trece anteriores me iban a parecer poca cosa, pero se me ha hecho bastante larga. Avanza migajas en las tramas globales, los personajes no se mueven lo más mínimo, es todo una sucesión de aburridas vueltas en círculos con clímax forzados para intentar levantar el interés. La naturalidad e imprevisibilidad con que desarrollaban los hechos en las etapas anteriores no vuelve a verse. El ritmo trepidante, los múltiples frentes intrigantes, los personajes principales y secundarios en constante evolución tampoco están al mismo nivel. Y la fascinación por lo desconocido que se esperaba al abordar la exploración del universo no llega a aparecer en ningún momento.

Todo se cambia por historias predecibles, estancadas en nimiedades que se repiten episodio tras episodio. Una vez presentada, cada sección se mueve muy poco y en direcciones muy fáciles de ver venir. Desde el primer capítulo se sabe con certeza que Bobbie no encajará en Marte y volverá con Avasarala, que los cinturianos buscan gresca, que los gobiernos de Marte y la Tierra se quedan atrás mientras grupos misteriosos varios pasan al frente, que Holden y sus compañeros tratarán de arreglar el lío en la colonia, y que todo junto forma de nuevo un polvorín a punto de explotar.

Sólo algunos tramos de las aventuras de Camina y Klaes son llamativos, pero aparecen poquísimo. Sólo breves instantes de las elecciones en la Tierra resultan mínimamente intrigantes, y no es que sea una historia de altos vuelos comparada con las vivencias anteriores de Avasarala. Y sólo Bobbie aporta algo de emoción en la parte dramática, de forma que es el único personaje que recorre un camino demasiado evidente aportando al menos un conflicto interno llamativo. Por el otro lado, por desgracia la tripulación de la Rocinante no se mueve un ápice, cada uno se queda atascado en su característica más destacable de forma que en cada nuevo capítulo tienen su aportación obligada y ya está. Holden empeñado en salvar a todos, Amos bruto como él sólo, Alex buenazo sin enterarse de casi nada, Naomi idealista y apenada por tanto problema…

Y para rematar, una serie estupenda en cuanto a personajes secundarios, sin miedo a que entren y salgan constantemente de la acción, también patina un montón en este aspecto. Ninguno de los nuevos logra despertar el más mínimo interés, ni la banda de Marte, ni las familias, la doctora y la soldado de Ilus, ni mucho menos el líder mercenario enviado allí por la Tierra. Este villano, interpretado por el siempre sobreactuado Burn Gorman, empieza siendo cargante, pero pronto se torna ridículo por culpa un dibujo tan simple y a la vez excesivo que resulta impropio de esta producción incluso contando con el bajón generalizado.

La fascinación por lo desconocido, el factor descubrimiento tan esencial para que una obra de ciencia-ficción te maraville, no va más allá de las expectativas que te hayas generado en la espera por ver cómo empiezan a explorar el universo. La historia de supervivencia en un planeta desconocido es muy ramplona, y parece que los guionistas lo saben, porque tiran de sensacionalismo, de giros rebuscados y suspense barato cada dos por tres. Los problemas con la protomolécula y el conflicto entre los colonos y mercenarios resultan demasiado artificiales, puestos a designio de los escritores según necesiten una pausa, acelerar los hechos, intriga o drama. En todos los capítulos ese villano de pacotilla pasa de amenazar con matar a todos a trabajar en grupo, de estar cabreadísimo a pasearse entre colonos, la visión de Miller aparece y desaparece a conveniencia, la protomolécula amenaza con algún nuevo enredo absurdo, y los protagonistas se pasean sin terminar de hacer nada concreto para no acabar con las tramas antes de tiempo. Y a pesar de todo, aun tiene momentos en que sorprende para mal: la subtrama de la ceguera es patética, vergonzosa.

Si para el final esperabas una gran revelación con la protomolécula y que el polvorín de todo el sistema solar estalle en nuevas apasionantes historias, puedes darte con un canto en los dientes. El misterio con la protomolética tiene una resolución lastimera, lo demás queda todo queda en suspenso, sólo hay resoluciones secundarias, todas flojar cuando no penosas, como el cutre duelo final entre Holden y el villano.

La inteligente visión de la humanidad, la simpatía que todavía queda en los protagonistas, y el excelente acabado visual, que otorga ritmo y empaque a historias anodinas (atención a cómo en el planeta cambian el formato de imagen a panorámico), logran mantener a flote una temporada con más fallos que logros, con tramos bastante aburridos y una parte final sin savia alguna.

He pasado de pensar que a The Expanse le vino muy bien acelerar y concentrar las historias en el tercer año debido la sombra de la cancelación a temer que hayan optado por una narrativa a lo The Walking Dead y Vikingos ahora que pueden tener muchas temporadas por delante, esto es, estirar el chicle hasta que pierda toda sustancia. Lo que han contado en diez episodios cabía en uno, dos a lo sumo. Es la presentación de lo que deberían haber desarrollado en el resto, pero nos marean con tonterías y engaños y lo dejan para el siguiente año… y veremos cuánto avanzan ahí y cuánto se resiente la serie si mantienen este estilo. Por ahora me queda el consuelo de que difícilmente pueda seguir el nefasto rumbo de Battlestar Galactica, porque esa dejó claro la improvisación de sus tramas y personajes en el irregular primer año y no sorprendió que perdiera calidad rápidamente, mientras que The Expanse tiene unas bases muy sólidas, tanto por las novelas como por las tres buenas temporadas que llevamos.

PD: Hasta ahora la había visto con subtítulos de aficionados, y estos eran fieles al original (y cuando se confundían con las armadas marcianas lo podía arreglar sin problemas), pero cuando llegaron a España Netflix y Amazon resulta que estos cambian las iniciales de todas las organizaciones, haciéndolo muy confuso. ¿Te imaginas que en vez de FBI y CIA pusieran AFI y ACI o algo así? Cuando en pantalla ves OPA, MCRN y demás pero te subtitulan con unas letras que parecen elegidas al azar lo único que consiguen es marear al espectador. Ya sé que una es la armada de Marte y la otra la alianza de planetas exteriores, no me compliques las cosas. Y la traducción “cinturionianos” en vez de la natural y lógica “cinturianos” es horrible. No sé cómo habrán apañado la jerga de los planetas exteriores, algo desde luego complicado. El doblaje en sí no sé qué tal estará, como siempre, recomiendo la versión original.

Ver también:
Temporada 1 (2015)
Temporada 2 (2017)
Temporada 3 (2018)
Temporada 4 (2019)

THE CROWN – TEMPORADA 3

Netflix | 2019
Drama, histórico | 10 ep. de 47-60 min.
Productores ejecutivos: Peter Morgan, Stephen Daldry, varios.
Intérpretes: Olivia Colman, Tobias Menzies, Helena Bonham Carter, Ben Daniels, David Rintoul, Charles Edwards, Charles Dance, Marion Bailey, Josh O’Connor, Erin Doherty, Jason Watkins.
Valoración:

La tercera temporada de The Crown vuelve a ofrecer un entretenimiento la mar de gratificante, pero lo cierto es que en vez de madurar se nota un estancamiento, no termina de explotar el potencial latente en la historia que abarca y el estilo narrativo con que lo hace. Ya hay que asumir que su autor, Peter Morgan, no pretende salirse de una fórmula que funciona bastante bien de cara al público. Y quizá tampoco lo hiciera si las cosas no fueran tan bien, pues es como ha elegido construir la serie. Aun así, sigo teniendo esperanzas en que en el futuro aproveche mejor las posibilidades que todavía guarda.

El relato del reinado de Elizabeth II (salvo que veas el doblaje español, donde hacen el ridículo castellanizando los nombres) continúa combinando el drama personal de la reina y su familia con saltos a la política, a crisis puntuales, y en general a lo que parezca interesante a Morgan. Pero de nuevo el equilibrio es imperfecto. La elegancia y brillantez de muchos tramos no cuaja del todo con el sensacionalismo o letargo en que caen otros. A veces atina al cambiar el punto de vista a una historia tangencial de gran relevancia o al menos atractivo, en otras deja de lado cosas muy importantes y pone el foco en detalles innecesarios.

El caso más grave viene por partida doble. No puede ser es que estemos con la crisis económica y política en que está sumida el país en primer plano y la solución se omita por completo para dar más presencia a líos de la corona con la prensa y la imagen pública. Ocurre en el inicio de temporada, donde giramos de la devaluación de la moneda y el gobierno apunto de caer a las aventuras de Margaret y Lord Snowdon, y en el final, donde pasamos sin disimulo de la crisis energética y las huelgas de mineros a otra etapa de esa tormentosa relación.

Pero la sensación de irregularidad en tono, alcance y calidad pesa todo el año. Se puede decir que tiene cierta ventaja, porque hay espectadores que se enganchan más a unos tramos e historias y otros se decantan por otros distintos, es decir, la serie resulta atractiva para distintos sectores del público. Pero en la valoración global y en un análisis más objetivo que emocional hay que señalar esa falta de estabilidad, los cambios forzados de foco y tono, el material desaprovechado…

El aclamado Aberfan me sacó varias veces de una historia muy potente porque tiran de sensacionalismo más de la cuenta, mientras que tanto Olding como El golpe me absorbieron por completo con unos eventos desconocidos (el espía en la corte, el plan de golpe de estado) contados con gran manejo de la tensión e incertidumbre. Los problemillas de la adolescencia del príncipe Charles me parecieron muy maniqueos, mientras que las aventuras de Margaret en Margaretología fueron más amenas y más originales, aunque fuera a costa de ningunear aspectos más trascendentales.

En lo que sí suele coincidir la mayoría es que la parte final se atasca más de la cuenta en dramas personales, sin conseguir ni el ritmo ni la profundidad necesarios. El intento de redención del Duque de Windsor (ahora encarnado por el gran Derek Jacobi), paralelo al romance de Charles con Camila Shand en El hombre en suspenso se hace pesado. En tierra de nadie quedan algunos capítulos extraños: las crisis de Phillip (con el alunizaje y el nuevo cura) se tratan con mayor elegancia e inteligencia… pero terminan haciéndose episodios muy largos, hubieran ido mejor como historias secundarias. Lo mismo se aplica a la crisis matrimonial de Margaret, un arco un tanto simplón para acabar el año que quizá hubiera ido mejor disgregado poco a poco, alternando con otras tramas. Morgan se ha atado a su idea de centrar cada episodio una cosa, pero también es justo es decir que la cronología histórica limita bastante el movimiento.

Con el excelente nivel de producción la serie sigue manteniendo un aspecto superior a primera vista y engañando bastante los sentidos a sus carencias durante el visionado. Decorados rematados con un correcto trabajo digital cuando es indispensable (aunque alguna pantalla de fondo canta, por ejemplo en los desembarques de varios aviones), vestuario fastuoso y bellas localizaciones exteriores son captadas por una fotografía magistral y unas labores de dirección muy notables. La música ha cambiado. No sé por qué ficharon a Lorne Balfe, de la factoría Hans Zimmer, para una serie tan inglesa: sus sintetizadores creaban atmósferas efectivas pero sin complejidad musical alguna, mientras que el actual compositor, Martin Phipps, aunque obligado a mantener las bases sintetizadas, aporta instrumentación tradicional (aun sin grandes despliegues orquestales) y ofrece un trabajo más versátil y refinado.

En cuanto a interpretaciones, creo que desde el principio tenían pensado cambiar de actores para cada etapa histórica, lo cual estaba claro que iba a garantizar bastantes comentarios y alguna polémica.

Para la década de 1964 a 1974 contamos con otros cuantos talentos más o menos conocidos en televisión. La reina, encarnada entonces por Claire Foy, está ahora en manos de Olivia Colman, quien causó sensación con Broadchurch (2013) y La favorita (2018), y está espléndida. A pesar de que no aguantó las lentillas y los efectos por ordenador no convencieron a los productores y la dejaron con su color de ojos oscuros en vez de los claros de la figura real, desde el principio se ve al mismo personaje. Tobias Menzies, de Roma (2005) y Juego de tronos (2011), también está impecable como como Phillip. Cabe destacar que inicialmente eligieron a Paul Bettany (Los Vengadores -2012-, Master and Commander -2003-), pero se cayó por problemas de agenda. Margaret choca un poco más, pues de la atlética y elegante Vanessa Kirby hemos pasado de golpe a una bajita y rechoncha Helena Bonham Carter (no necesita presentación), aunque desde luego lo hace bien. En cambio, Ben Daniels (La reina virgen -2006-, Rogue One -2016-) como Lord Snowdon mantiene el porte carismático de Matthew Goode de maravilla.

Pero en los secundarios entra juego el problema de que tienes que haberte quedado bien con el nombre y posición de cada uno para no perderte con el nuevo rostro. Yo me hice un buen lío con los mayordomos Michael Adeane (de Will Keen a David Rintoul) y Martin Charteris (de Harry Hadden-Paton a Charles Edwards), donde podían haber dejado a los mismos actores y ponerles canas, pues a fin de cuentas a partir de cierta edad el físico no cambia tanto y sería verosímil, y también me despistó un poco al principio la reina madre (de Victoria Hamilton a Marion Bailey). Al Lord Mountbatten inicial, Greg Wise, ni lo recordaba ni lo haré, porque Charles Dance (Juego de tronos, entre otras muchas) está inmenso y se hace con el personaje para él solo.

Los nuevos son todo un acierto. Josh Connor (Peaky Blinders -2013-, Ripper Street -2012-) se mimetiza de lleno en el príncipe Charles; es increíble cómo han encontrado a alguien tan parecido en el físico y que sea buen actor. Erin Doherty (en su primer papel destacable) como la princesa Anne es capaz de dejar huella desde la primera aparición en un plano secundario, y luego aprovecha de maravilla el protagonismo creciente.

Entre los mejores papeles, tras Dance y Colman me quedaría con Jason Watkins (Taboo -2017-, Being Human -2008-) como el primer ministro Harold Wilson, pues resulta un maestro de las miradas y los silencios contenidos que lo dicen todo. Sus encuentros con la reina ofrecen algunas de las mejores escenas del año.

Ver también:
Temporada 1 (2016)
Temporada 2 (2017)
-> Temporada 3 (2019)

EL CAMINO: UNA PELÍCULA DE BREAKING BAD

El Camino: A Breaking Bad Movie
Netflix | 2019
Drama, suspense | 1 ep. de 122 min.
Productores ejecutivos: Vince Gilligan, Diane Mercer.
Intérpretes: Aaron Paul, Matt Jones, Charles Baker, Jesse Plemons, Scott Macarthur, Scott Shepherd, Jonathan Banks, Krystin Ritter, Bryan Cranston.
Valoración:

Alerta de spoilers: Diría que señalo algunos aspectos del final, pero realmente no cuenta nada nuevo respecto a la serie y no revelo detalles concretos.–

Con Breaking Bad terminada por todo lo alto y una secuela que explora otras opciones (Better Call Saul) en marcha, ¿qué necesidad había de ofrecer un tardío epílogo? Cierto es que se puede pensar que siempre puede haber otra etapa en la vida de los personajes que relatar (hasta la muerte, obviamente), pero si no era relevante para desarrollarla durante la serie, y no hay una clara sensación de que se quedaron cosas en el tintero por falta de tiempo o recursos, ¿por qué andar mendigando resquicios por donde tirar seis años después? Viendo el resultado, está claro que en vez de trabajarse un homenaje que fluya con naturalidad mientras desarrollan una historia con novedades y bien trabajada que pueda despertar nuevo interés, Netflix y Vince Gilligan han buscado únicamente exprimir a los seguidores más fieles.

Ver a Jesse Pinkman en libertad era un buen final, no dejaba cabos sueltos, pues los enemigos estaban eliminados y la poderosa órbita de Walter White desaparecida, y tuvo el toque justo y necesario de emotividad: el calvario del joven ha terminado y puede intentar rehacer su vida. Volver atrás y tratar de aportar novedades a historias ya cerradas tiene todas las decepcionar, y más después de tanto tiempo, con la serie tan idealizada. Cada espectador se habrá imaginado un destino distinto para Jesse… y el que nos ofrecen no convence lo más mínimo. No aporta a su arco dramático nada que no estuviera claro o al menos se intuyera en aquel desenlace, y hasta llegar de nuevo a la conclusión hemos tenido dos horas perdidas en una lucha por la supervivencia muy floja en interés y calado.

Es decir, El Camino es puro relleno para llegar a la misma situación. Con libertad y sin ataduras tiene la posibilidad de retomar su vida como quiera y pueda, pero esa historia no hay necesidad de contarla. Por eso no lo han hecho aquí. Y que fueran conscientes de ello no hace sino confirmar que sabían que era una película innecesaria, un reclamo para fans.

La sensación de que es un episodio menor, de transición entre cosas más importantes que están por llegar, es constante. La serie era terriblemente irregular, pero aun así este capítulo se siente por debajo de los más flojos en ritmo y en contenido. Ninguna acción parece generar secuelas ni allanar un viaje emocional concreto y novedoso para el protagonista, todo son anécdotas sin trascendencia ni algún atractivo extra. Salvo en la inicial escena de persecución, bastante tensa, no se teme por lo que le pueda ocurrir, no te asombras con situaciones imprevistas que descolocan cualquier intuición que tuvieras sobre el porvenir, elementos que hicieron destacar a la serie, y el final es anticlimático a más no poder. El último clímax depende exclusivamente de si un tipo llama a la policía o no, y ninguna de las dos opciones promete nada extraordinario ni llega a ofrecerlo. Con las aventuras tan espectaculares y originales que hemos tenido durante las temporadas, ahora pretenden captar nuestra atención con una simplona huida de las autoridades y una artificial venganza contra un villano de poca monta que se han sacado de la manga, porque como decía, todas las tramas estaban bien cerradas.

La inspiración de Vince Gilligan también brilla por su ausencia en el acabado, que luce como una película de cine de presupuesto menor porque hay talento y experiencia de sobra, pero la inventiva de la que hacía gala en cada episodio, y seguramente con menos dinero y tiempo, aquí no está presente. Intenta unas cuantas escenas con los reconocibles enredos visuales, pero estas no logran impresionar ni agilizar tramos de menor interés. Por ejemplo, la búsqueda de dinero en el piso se alarga hasta aburrir.

El Camino vive exclusivamente de la referencia, de jugar con la añoranza del espectador. Para los seguidores que tienen endiosada la serie, se la han visto mil veces y buscan cualquier detalle para seguir alimentando su idolatría, Gilligan hace malabares para citar detalles rebuscados y mostrar fugazmente personajes muy, muy, muy secundarios que sólo ellos puedan identificar y así saciar su apetito. Para los que vimos la serie y seguimos adelante con nuestra vida buscando otras obras originales y de gran calidad, porque por mucho que digan sus fanáticos Breaking Bad no fue la mejor de la historia ni entra en la categoría de obra maestra, tiene también su ración de gominolas, estás más baratas: mete con calzador otras figuras más reconocibles pero que ya habían dicho todo lo que tenían que decir. Mike, Walter White y Jane Margolis no aportan absolutamente nada, de lo que canta el intento de conmover obtiene lo contrario, molesta porque intenta engañarte con trucos manipuladores. Sólo con Badger y Skinny Pete consigue un homenaje bonito y bien hilado. Todd en cambio no funciona del todo: resulta simpático, pero su presencia es puro relleno, una trama secundaria para matar el tiempo.

Gracias a la conexión con Jesse y el excelente papel de Aaron Paul, que tiene pocos diálogos pero logra transmitir bien su desesperación y miedos, el visionado logra engancharte lo suficiente para que esperes que la historia llegue a concretar algo y explote de una vez. Pero ni las partes más intensas, como la persecución inicial, la aparición de los falsos policías y el duelo con estos, logran mitigar la sensación de que El Camino carece de inspiración y esfuerzo en su creación. Apenas vale para pasar el rato, y no da lo suficiente como para dejar huella y pensar en volver a verla.

PD: Robert Forster rodó su parte (interpretando al dependiente de la tienda de aspiradoras) a pesar de sufrir un cáncer de cerebro. Murió justo el día de estreno de la película, el viernes 11 de octubre.

Ver también:
Temporada 1 (2008)
Temporada 2 (2009)
Temporada 3 (2010)
Temporada 4 (2011)
Temporada 5, parte 1 (2012)
Temporada 5, parte 2 y final (2013)
-> El Camino: Una película de Breaking Bad (2019)

PEAKY BLINDERS – TEMPORADA 3

BBC Two | 2016
Drama, suspense | 6 ep. de 54-58 min.
Productores ejecutivos: Steven Knight, Jamie Glazerbook, Frith Tiplady, varios.
Intérpretes: Cillian Murphy, Helen McCrory, Paul Anderson, Annabelle Wallis, Sophie Rundle, Finn Cole, Joe Cole, Aimee-Ffion Edwards, Harry Kirton, Natasha O’Keeffe, Kate Phillips, Paddy Considine, Packy Lee, Ned Dennehy, Gaite Jansen, Tom Hardy, Jan Bijvoet.
Valoración:

No sé si el creciente éxito de la serie tuvo algo que ver ni si se encarrila en las siguientes temporadas, pero su productor y prácticamente único guionista Steven Knight apunta demasiado alto en esta etapa partiendo de unas bases que no permiten tanta ambición, y termina sufriendo un gran tropiezo.

Con seis capítulos por temporada, un presupuesto ajustado y pocos personajes dio forma en sus dos primeras temporadas a un sencillo y entretenido relato sobre las intrigas criminales de una mafia de barrio. Pero la maduración a la que apuntaba en la segunda, con los personajes secundarios ganando profundidad y ofreciendo en general historias más variadas que las predecibles aventuras con que había empezado, no ha seguido su buen curso.

Manteniendo el número de episodios, con ocho personajes mal contados y tres escenarios y medio (la casa de apuestas, la mansión, la calle, una fábrica) no da para sostener la épica intriga criminal pretendida, así que se la temporada se cae a pedazos, resulta artificial, descabellada, caótica… Saltamos entre dramas personales inestables, con giros sensacionalistas que salen de la nada y cuyas consecuencias se despachan con trazos mal dados, e intrigas rebuscadas sin que nada llegue a desarrollarse por completo, sin que calen los hechos en la situación criminal y psicológica de los protagonistas, y desde luego sin que resulte creíble de cara al espectador.

Los Peaky Blinders han pasado de luchar a mamporros con otras bandas locales por unos pocos pubs y fábricas y las apuestas de la zona, a controlar Birminghan sobre todos los rivales italianos, judíos, gitanos y demás, y a tener todo negocio bajo su control. Han pasado de tener en nómina a unos pocos policías de la zona a subyugar comisarías y meter mano en la política. Y no me lo creo. No se ha visto cómo han logrado tales hazañas ni cómo las mantienen en pie, no resulta verosímil en ningún momento. Son una pequeña familia con un puñado escaso de matones a sus órdenes, no se ve un entramado criminal de grandes proporciones que haga posible tal dominio. Lo mismo se aplica a los nuevos enemigos y el plan criminal principal de este año, donde Knight se ha flipado cosa mala y termina haciendo bastante el ridículo.

Thomas Shelby se encuentra entre la espada y la pared cuando una organización secreta afín al gobierno le exige ejecutar un complot de grandes proporciones. Este entramado supuestamente temible y de largos tentáculos lo representa un solo personaje, un cura interpretado por Paddy Considine. Ni el actor ni el rol dan la talla como genio del mal, ni mucho menos hacen tangible la supuesta fuerza de esa organización. Nos hemos de creer porque sí sus amenazas de que controla el país a su antojo y la rebuscada combinación de planes anticomunismo, lazos rusos, confabulaciones para desestabilizar gobiernos extranjeros… Nada de esto se ve realmente, sólo se oye en boca de Tommy. Si yo fuera uno de sus hermanos pensaría que está loco, porque sólo él ve esas cosas.

En cada capítulo parece que va a ocurrir algo grande y espectacular, pero casi todo se resuelve fuera de pantalla, en plan “He ordenado que corten las calles y detengan a los soldados de la banda enemiga, así que hemos ganado”, “Para ejecutar este robo imposible hemos convencido a todas las fábricas de ir a la huelga”, etc. Muchas veces vemos solamente cosas triviales, como a Tommy mirando a la nada con temores y dudas o la enésima disputa con los hermanos, y en la escena siguiente aparece con esa frase que resuelve todo. La guerra con los italianos, la organización secreta manejando los hilos, los rusos que unas veces parecen unos muertos de hambre y otras se supone que tienen gran poder, diversas fases de los planes de enviar armas y robar joyas… Todo son vaguedades que no llegan a concretarse.

El carisma de los personajes no sirve esta vez para tapar huecos, porque estos son muy grandes y a veces los engullen. Tommy pasa por mil fases sin que se terminen de desarrollar los eventos y tratar las consecuencias adecuadamente. Otrora un personaje con motivos claros, un rumbo de acción determinado y un esfuerzo personal visible en todo momento, ahora es un ente hueco dando bandazos según le viene al escritor. La relación con Grace sigue siendo un desastre, no hay química entre los actores ni trabajo desde el guion que le otorgue forma, y el giro que cambia las cosas es de un ridículo que espanta. Entre los momentos más fallidos cabe destacar esa parte en la que Tommy está medio muerto de una paliza (cráneo fracturado y todo) y, tras señalarnos que ha estado meses hospitalizado, vuelve al juego sin que el paso del tiempo haya perjudicado a su poder ni cambiado nada. Entonces, ¿para qué tanto enredo?

La dinámica con los hermanos es totalmente volátil, un día son una banda de fidelidad inquebrantable, al siguiente todo recelos y peleas. La disputa con el cura maligno es delirante, bastaba con pegarle un tiro a la primera de cambio. Tras resultarme muy atractivo en su presentación, me ha sentado muy mal que Michael esté desaprovechado casi todo el tiempo y al final salte a primer plano con uno de esos virajes tan poco meditados: “pues ahora me acuerdo de que ese cura abusó de mí cuando era un crío”, y ahora de repente quiere formar parte de las acciones criminales y matarlo. Polly tiene un romance cansino con un tipo anodino que no lleva a ninguna parte, y eso que Alexander Siddig es un gran actor. Al final, de la familia de Tommy sólo Arthur mantiene cierto nivel, porque a John siguen sin desarrollarlo y las mujeres son de adorno. Pero al principio descoloca un montón, porque aparece casado con una católica irredenta que intenta controlarlo… ¿Cómo se ha enamorado y atado a alguien así? Por ello, su arco de buscar redención y dejar de pecar parece muy forzado.

Lo único rescatable, aparte del magnetismo de Cillian Murhpy y el cada vez mejor papel de Paul Anderson como Arthur, es Gaite Jansen y su alocada y seductora princesa rusa. También destaca el estilo audiovisual cada vez más. Aunque la dirección es mejorable en muchas ocasiones, la fotografía es un deleite, y la música con temas rock modernos muy bien fusionados con las imágenes ya es un sello inconfundible.

Peaky Blinders venía siendo bastante interesante a pesar de su escaso alcance, pero la tercera temporada pega tantos tiros al aire que no termina de formar una historia coherente y amena. Se me ha hecho muy pesada y decepcionante, no entiendo que la crítica se volcara tanto con ella y el público encontrara una serie supuestamente asombrosa y adictiva.

Ver también:
Temporada 1 (2013)
Temporada 2 (2014)
-> Temporada 3 (2016)

MINDHUNTER – TEMPORADA 2


Netflix | 2019
Suspense, drama | 9 ep. de 48-63 min.
Productores ejecutivos: David Fincher, Charlize Theron, Jennifer Erwin.
Intérpretes: Jonathan Groff, Holt, McCallany, Anna Torv, Stacey Roca, Joe Tuttle, Albert Jones, Lauren Glazier, Gareth Williams, Nate Corddry, Dohn Norwood.
Valoración:

Alerta de spoilers: Sólo presento las líneas principales de la temporada. —

A la hora de publicar esto no he encontrado declaraciones oficiales ni artículos que especulen con lo que ha pasado, pero está bastante claro que el creador de la serie, Joe Penhall, ha abandonado el barco. En los créditos aparece como “creador”, una cita obligatoria, y más escondido como “consultor”, a pesar de que se sabe que al menos hasta enero estuvo trabajando en la segunda temporada, lo que le habría valido un cargo de “productor” o de “guionista” (“story by” en algún episodio, al menos), mientras que “consultor” viene a ser un puesto honorífico con sueldo que suele darse cuanto te despiden y no quieren que armes jaleo. Estoy convencido de que se debe a que Fincher, que se fue imponiendo en todo aspecto creativo el primer año, ha terminado haciéndose con el control total y Penhall se ha largado o ha sido despedido. Los nuevos guionistas principales son Joshua Donen y Courtenay Miles, colaboradores habituales de Fincher, aunque hasta ahora más en el aspecto de la producción que de la escritura.

El desenlace de la primera temporada cayó en el único traspiés notable que tuvieron los autores en la presentación de la serie: dejamos a los personajes en un final bastante sensacionalista que no encaja en el tono tan serio y realista que habían planteado. Por suerte, ha sido un desliz breve. La segunda etapa vuelve a encarrilarse abordando las consecuencias de aquellos hechos con la narrativa sobria y sutil tan característica.

Lo que parecía el bache más importante y peliagudo durante el proyecto de los protagonistas se toma como otra anécdota en la dinámica y la política del trabajo: la alteración de unas declaraciones y el chivatazo del nuevo miembro del equipo se despachan muy rápido, con lo que cabe pensar que no deberían haberle dado más relevancia que a otros conflictos. Las dudas de lealtad, los roces personales y sobre todo la lucha por sacar adelante su investigación en una cadena de mando llena de intereses (la mayor parte conservadores) ya estaban ahí y siguen trayendo nuevos problemas la mar de interesantes.

Al ataque de pánico de Ford se le dio demasiado dramatismo para que al final no tome tanto protagonismo y sea sólo otra característica más de su personalidad, y las hay más importantes, como su ambición superior a su experiencia y su nulo tacto político propiciado por sus ganas de quedar como un héroe. ¿Madurará o seguirá chocando contra sí mismo una y otra vez? La ruptura sentimental de Wendy parecía muy mundana para una obra tan inteligente, pero por suerte la nueva pareja da mucho más juego, pues se abordan mejores análisis sobre el comportamiento humano, que es de lo que va la serie. Se ve obligada a separar su vida personal de la laboral, pues ve que ni en ese ambiente tan progresista abunda la tolerancia a otras formas de entender la vida. Los líos familiares de Bill se relacionan mejor con la parte policíaca, pues confiere a las investigaciones una perspectiva más humana, más dramática. Enfrenta en sus carnes lo que está estudiando cuando su hijo acaba implicado en la muerte de otro niño: ¿y si es como esos asesinos en serie?, ¿cómo puede evitarse que una persona crezca siendo así?

Hay que alabar el papel de los tres protagonistas principales, Jonathan Groff, Holt McCallany y Anna Torv, que están impresionantes en el difícil tono de la serie, la contención, los suspiros, las miradas… Son capaces de reflejar cualquier estado de ánimo con gestos velados y silencios.

Secundarios hay pocos pero tan interesantes que deseas que aparezcan más. Gregg Smith (Joe Tuttle) intenta superar sus problemas para integrarse saltando a realizar entrevistas, pero verá que tiene mucho que aprender. El nuevo jefe (Michael Cerveris) parece simpático y dedicado… pero pronto se ve que es más bien ladino y que la dedicación va encaminada a su carrera profesional. El agente Jim Barney (Albert Jones), que era el candidato perfecto para el puesto que tomó Smith por enchufe, acaba colaborando con ellos; su profesionalidad y dedicación darían mejores frutos… si no fuera negro. La mujer de Bill, Nancy (Stacey Roca), representa muy bien el lado civil, los que no son capaces de entender y soportar la violencia y crueldad de la que hacen gala algunas personas… sobre todo si son conocidas. Y hay que destacar de nuevo el gran trabajo de caracterización que han hecho con los asesinos reales que aparecen. Todos están fielmente representados, resultan fascinantes a la par que inquietantes, y con ellos los autores canalizan muy bien los temas que quieren tratar. Eso sí, al final, el menos llamativo ha sido el más hablado estos días, Charles Manson.

Sigue habiendo unas pocas entrevistas a convictos que mantienen la línea compleja e instrospectiva habitual. Cada una aporta vivencias a los personajes, los lleva a conocerse mejor, y también deja sesudas reflexiones sobre el ser humano. Pero sabiamente los autores evitan el desgaste o la sensación de estancamiento saltando pronto a un caso que servirá de arco central esta temporada. No rompe las formas, pues se trata con el mismo estilo metódico y profundo, pero nos lleva a nuevos escenarios y a aplicar lo que los protagonistas han ido estudiando.

El FBI va modernizándose poco a poco, y llegan mejores tiempos para la Unidad de Ciencias del Comportamiento. No será un camino de rosas, pero sus esfuerzos empiezan a dar frutos: son respetados por sus compañeros y poco a poco su labor influye en otros cuerpos de la ley y en la política. En esta nueva fase enfrentan un paso crucial: pondrán en práctica lo aprendido con el perturbador asesino de niños de Atlanta, que se cree que dejó un reguero de treinta adolescentes, sembrando el pánico en la región.

Entramos en una investigación en la onda de The Wire (David Simon, 2002), pero con una perspectiva más sórdida y psicológica. Hay análisis social y político con gran visión global y obsesión por el detalle, pero se mantiene por encima de ello el sombrío e intimista acercamiento a la mente humana. Los condicionantes sociales y familiares, los traumas durante el crecimiento y los análisis éticos se dejan entrever en todo momento con una verosimilitud y sensibilidad insólitas.

El ritmo mantiene el tono sosegado pero hipnótico del primer año. Hasta la conversación más larga y tranquila cautiva por su sugestivo trasfondo y la fantástica puesta en escena con el toque Fincher, capaz de sacar una belleza inquietante hasta de la habitación más anodina. De nuevo Mindhunter te engancha y no te suelta, y te llama para volver a verla y buscar detalles que se te hayan escapado. Por ello me sorprende y apena ver a algunos espectadores decir “no pasa nada, es muy lenta”, cuando en cada plano, frase y gesto hay algún matiz que aporta esencia al conjunto. Un suspiro o mirada en una de las entrevistas refleja la reacción y maduración de los personajes, y esto tendrá consecuencias más adelante. Desde luego, no está hecha para quienes esperan hechos simples y directos, como un flashback que te dé mascadita la escena del crimen y una persecución molona.

El tener una investigación policíaca más clásica, por bien ejecutada que esté, limita un poco el factor originalidad con que asombró tanto en la primera temporada, pero pegas reales encuentro pocas. La historia de Wendy vuelve a quedar un poco descolgada en la parte final, no son capaces de mantener al personaje en el foco con algo más interesante que un nuevo conflicto amoroso, pero al menos no faltan a la historia real metiéndola por la fuerza en el caso. Hay un giro al final que, sin más explicaciones, hay que considerarlo poco meditado o un agujero de guion; lo comento más abajo. No me ha gustado que en una obra siempre tan arriesgada opten por incluir el típico epílogo de reposicionamiento de personajes mediante un montaje de escenas cotidianas y musiquita facilona. Me molestan algunas traducciones que hace Netflix en España: los detectives son convertidos en inspectores y los comisarios en directores, y ni por asomo es lo mismo. Y, sobre todo, pesa el miedo a que la cancelen porque es demasiado exquisita y exclusiva y la vemos muy pocos espectadores.

Alerta de spoilers: Entro en un aspecto importante del final.–
Que la mujer de Bill se largue con el niño está muy cogido por los pelos. Estando en plena evaluación de los servicios sociales, si se ha escapado sin avisar de la separación y si se ha ido a otra ciudad, como decía poco antes que le gustaría, la pondría prácticamente en busca y captura por la justicia y podría perder la custodia. Bastaba incluir una escena con ella explicando que su marido genera un ambiente inadecuado para el niño y los servicios sociales aceptaran un divorcio exprés; espero que empiece así la siguiente temporada y tape el agujero, si no, será un giro sensacionalista que genera graves incongruencias.

Ver también:
Temporada 1 (2017)
-> Temporada 2 (2019)

ORANGE IS THE NEW BLACK – TEMPORADA 7 Y FINAL

Netflix | 2019
Drama, comedia | 13 ep. de 55-90 min.
Productores ejecutivos: Jenji Kohan.
Intérpretes: Taylor Schilling, Laura Prepon, Yael Stone, Natasha Lyonne, Kate Mulgrew, Dale Soules, Danielle Brooks, Uzo Aduba, Adrienne C. Moore, Elizabeth Rodriguez, Selenis Leyva, Jessica Pimentel, Dascha Polanco, Jackie Cruz, Laura Gómez, Daniella De Jesús, Nick Sandow, Beth Dover, Matt Peters, Emily Tarver, Mike Houston, Taryn Manning, Susan Heyward, Lori Petty, Nicholas Webber, Laverne Cox, Shawna Hamic, Alysia Reiner, Berto Colon, Natalie Carter, Karina Arroyave, Jason Biggs, Catherine Curtin, Hunter Emery, Bill Hoag, Mike Houston, Vicci Martinez, Greg Vrotsos, Alicia Witt, Marie-Lou Nahhas.
Valoración:

Alerta de spoilers: Solo describo las historias principales por encima, sin desverlar finales. —

Esperaba que al tener confirmado el final de la serie con tanta antelación (desde la quinta temporada) Jenji Kohan tendría más fácil hilar el arco argumental de cada personaje e historia y preparar bien los desenlaces, pero lo cierto es que la sexta etapa dejó entrever cierto desgaste y también un alejamiento de la fórmula y las historias que hasta entonces íbamos viendo, y aunque gracias a la calidad de los personajes y las tramas secundarias que seguían tocando temas trascendentales con tanta sensibilidad mantuvo muy buen nivel, quedaba algo por debajo de lo esperado en la serie. ¿Logra remontar en la temporada final? Desde mi punto de vista, un poco, pero no suficiente como para terminar tocando el cielo como en otros años.

Vuelve a centrarse en algo que habían dejado demasiado en suspenso, el motín, sus secuelas y la parte de la crítica social y política que surgía de él. Y empieza arreglando elecciones que no convencieron a los seguidores: Malison es despachada bien rápido y fingiremos que aquí no ha ocurrido nada, y Taystee vuelve a primer plano con fuerza después de que anduviera muy infrautilizada tras el punto álgido en el que quedó su trayectoria personal al terminar el motín. Las dudas sobre si se sobrepondrá o si se suicidará y la crítica a cómo el sistema etiqueta y abandona a los criminales sin darles la rehabilitación y la segunda oportunidad que tanto vende te mantienen en vilo, y con la simpatía y energía de la actriz Danielle Brooks termina de llegarte muy hondo. Pero, salvo por un par de escenas donde Luschek y McCullough muestran brevemente los traumas que la situación dejó en ellos, las secuelas no van más allá de Taystee, todo el análisis que se fue desarrollando sobre los malos tratos por parte de los guardias, la dejadez y abusos de la administración, los males del capitalismo, la indiferencia de la sociedad, etc., se han dejado muy de lado. Hasta Linda Ferguson y Natalia Figueroa se blanquean con un tono más ligero, y los directivos de la compañía que compró la prisión no vuelven a aparecer.

Da la impresión de que Kohan decidió a última hora cambiar el foco hacia otro tema de actualidad que ha traído la era Donald Trump: el trato cada vez más inhumano a los inmigrantes irregulares. Lo introdujo en los últimos minutos del final de temporada anterior y aquí lo lleva como trama global. Y no me malentendáis, trata el asunto con gran detallismo y verosimilitud, con la habitual cercanía que consigue que cada historia y personaje parezcan totalmente reales. El problema es que parece una trama impuesta en momentos en que todo seguidor esperaba que continuara ahondando en lo que ya estaba en marcha. La mitad del reparto ha desaparecido con el cambio de prisión, las vidas de muchas secundarias son relleno tonto (Suzanne), parecen un poco forzadas (Red, Pennsatucky), precipitadas (el giro que inicia la trayectoria final de Lorna), o desaprovechadas (la vida de Piper fuera no sorprende nunca, aunque sea muy amena).

En otras palabras, falta un poco de la visión global y también de la fuerza arrolladora que ha tenido en sus mejores tramos. Pero sólo un poco, porque sigue siendo una serie muy buena, el problema es que prometía llegar a ser una obra maestra al nivel de Oz (Tom Fontana, 1997) y The Wire (David Simon, 2002) y se ha quedado a las puertas.

Como es habitual, el fascinante despliegue de personajes e historia que nos regala Kohan pasa de la comedia al drama con una agilidad asombrosa, los personajes que aparecen ofrecen un sin fin de vivencias conmovedoras y con diversas lecturas y críticas muy inteligentes, y los ausentes se llevan un bonito homenaje al final, más otro en los créditos (aunque no entiendo por qué aparece Pornostacho y no Bennett y Donuts). Las propias Piper y Lorna siguen siendo encantadoras, aunque no deslumbren como antes. En cierta manera Figueroa casi que gana con el blanqueamiento, porque ya no resulta tan distante y caricaturesca. Caputo tiene un arco fantástico que además permite mover a otras, como a María Ruiz, y tocar brevemente otro asunto candente, el #metoo. Dayanara, Aleida, Cindy y otras muestran que la vida sigue, que el pasado pesa pero desde luego el no luchar para mejorar no ayuda. Nicky Nichols está estupenda en todo momento. Y algunas incluso se benefician del tema de la inmigración: Gloria y sus compañeras latinas brillan más que nunca al tener más protagonismo, y las nuevas que llegan en esta parte, Karla Córdova (Karina Arroyave) y Shani Abboud (Marie-Lou Nahhas), se hacen querer instantáneamente.

En cuando a la fidelidad a la vida real en que se ha basado la serie, la de Piper Kerman, aquí renombrada a Piper Chapman, hay que señalar que muchas veces ha tirado por su propio camino según iban creciendo los personajes (Suzanne iba a salir pocos episodios en principio, por ejemplo), y muchas historias se las habrán inventado de la nada. Sobre la propia Kerman, cabe señalar que esta volvió con su marido al salir, pero en la serie quedó pronto claro que el casting de su versión (Jason Biggs) fue un desastre y había más química con Laura Pepron (Vause), así que han potenciado esa relación hasta el final, creando tensión con si la esperará o se irá con la nueva mujer tan atractiva que conoce, Zelda, interpretada por una encantadora Alicia Witt.

Aunque en estas dos últimas etapas haya perdido algo de fuelle y haya quedada eclipsada por otras nuevas grandes producciones, Orange is the New Black ha sido una de las mejores series de los últimos años, de esas que una vez caes en su embrujo volverás a ver una y otra vez y cuyo legado ya se empezó a notar en las primeras temporadas, pues hay versiones de sus personajes en muchas series y el número de producciones sobre cárceles de mujeres se ha disparado por todo el mundo.

Ver también:
Temporada 1 (2013)
Temporada 2 (2014)
Temporada 3 (2015)
Temporada 4 (2016)
Temporada 5 (2017)
Temporada 6 (2018)
-> Temporada 7 y final (2019)

JESSICA JONES – TEMPORADA 3 Y FINAL


Netflix | 2019
Superhéroes, drama, suspense | 13 ep. de 55 min.
Productores ejecutivos: Melissa Rosenberg, varios.
Intérpretes: Krysten Ritter, Rachael Taylor, Eka Darville, Carrie-Anne Moss, Janet McTeer, John Ventimiglia, Benjamin Walker, Jeremy Bobb, Sarita Choudnhury, Aneesh Sheth.
Valoración:

Alerta de spoilers: Entro bastante a fondo. —

Al igual que Daredevil, y se suponía que también Iron Fist y Luke Cage, pero salieron muy malogradas, Jessica Jones nació con la intención de, potenciando el tono ya oscuro de los cómics, aportar una perspectiva más adulta y compleja a un género habitualmente muy luminoso y maniqueo, con la excepción de Batman y pocos más. Héroes impolutos o con problemas emocionales sencillos y conflictos con villanos arquetípicos basados en la fuerza o en un reto intelectual sin complicaciones serias son la tónica más habitual.

La premisa inicial es básica. Jessica Jones es superior físicamente y muy capaz en su trabajo y se dedica a hacer el bien. Pero en el fondo se habla sobre personas traumatizadas, familias rotas, una justicia muy falible y la frustración y dramas que eso conlleva, la fina frontera entre héroe, justiciero y villano… Por ello era lógico que en vez de ponerla ante el típico malo que vencer a tortas hubiera algo distinto. Y vaya si lo hubo.

En la primera temporada, Jones se enfrentó a probablemente el villano más temible que hemos visto en el género en cine y series, Kilgrave, un ser capaz de manipular las emociones de los que lo rodean. En la segunda, el enemigo era más cercano, su propia madre, con lo que el drama era de altos vuelos. En ambos casos la protagonista era puesta a prueba de las formas más crueles imaginables tanto en el lado emocional como en la responsabilidad del héroe. ¿Cómo enfrentar el reto sin destruirte como persona ni traicionar los límites morales?

Aunque fueron temporadas irregulares, más la segunda, los protagonistas estaban muy bien trabajados y cuando la confrontación alcanzó sus momentos álgidos el nivel fue muy alto. ¿Qué nos ofrece la tercera etapa? Repetición de ideas, vueltas en círculos y rellenos entre anodinos y cargantes.

Como en todas estas series relacionadas, salta a la vista que obligar a tener trece episodios por año no les ha sentado bien. Hasta en Daredevil en sus mejores momentos hacen esfuerzos evidentes para cumplir con el número. Quizá con seis episodios a lo sumo, yendo al grano, esta nueva historia de Jessica Jones habría resultado más amena, aunque fallara en las novedades y la profundidad. Pero con trece se hace muy cuesta arriba.

Los cinco primeros te los puedes saltar, no perderás el hilo conductor y ganarás tiempo de vida. Jessica y Trish están tristes por la muerte de la madre biológica de Jess, y tratan de rehacer sus vidas, pero nada llamativo, y mucho menos novedoso, ocurre. Odian sus vidas y trabajos, van como zombis por el mundo. Así todo el rato. Casi pasamos más tiempo con los secundarios, pero no funciona. No puedes pasar a primer plano a figuras que eran un apoyo puntual para las protagonistas principales, y menos con dramas tan artificiales, y esperar que ganen nuestra atención a estas alturas. La abogada Jeri Hogarth de repente tiene una enfermedad mortal, uy pobrecita, y trata de recuperar a una vieja amada para no sentirse sola. Nos torturan con infinidad de cansinas y repetitivas escenas de romance y peleíllas que en realidad no aportan nada a la serie. El investigador Malcolm Ducasse quiere hacer algo de valía, tener un trabajo respetable, pero hacerlo con Jeri significa tener éxito y dinero a costa de sacrificar la ética. Y duda, y duda, y así hasta la eternidad. He acabado hartito de las mimas muecas del limitado intérprete Eka Darville. Y para colmo, el simpático vecino latino de Jess desaparece sin dejar rastro, sea porque el actor se largó o porque los guionistas querían forzar otra relación amorosa en tensión con un nuevo personaje y no sabían qué hacer con ese obstáculo. El nuevo es Erik Gelden, un tipo misterioso que dice poder sentir la maldad en las personas, pero cuya lealtad e intereses Jess no logra descifrar. El actor Benjamin Walker juega muy bien con el amplio rango de actitudes que finge o sufre el rol: carisma, patetismo, cercanía, falsedad, traumas… Eso sí, su hermana no pinta nada, es para darle más minutos de relleno a Malcolm, igual que la novia que este se echa en el bufete.

Podrían haber puesto unos cuantos casos del día, que viéramos a Jess trabajar mientras intenta levantar cabeza, potenciando así el noir (¿qué fue también del detective rival, el asiático chungo?) en vez de tanto dramón impostado, y mostrar de tanto en tanto indicios breves de la trama de largo recorrido, como se ha hecho siempre, en vez de dejar todo en suspenso a base de repetir lo mismo una y otra vez.

En el sexto y séptimo episodios, ¡a mitad de temporada!, parece que va a remontar la cosa. Por fin sacan del armario a Trish, como intentando sorprender a pesar de que eran evidentes sus intenciones desde la temporada anterior. Está obsesionada con convertirse es una superheroína, pero finge querer hacer el bien cuando lo único que busca es superar a Jessica y dar rienda suelta a su ira a base de golpear a los malos.

Paralelamente presentan, ¡ya iba siendo hora!, al villano que será el hilo conductor de la misión y responsabilidad del héroe en esta etapa. Gregory Sallinger (un inquietante Jeremy Bobb) es otro enemigo acorde al estilo de la serie: sus capacidades vienen por el lado intelectual, pues es más inteligente que Jess y Trish y sabe urdir planes que atacan su estado mental y la percepción de la sociedad sobre ellas. Promete ser otro enemigo imponente que pondrá las cosas cada vez más difíciles.

Pero nada cuaja. El amago del remontada no vuelve a darse, en adelante siguen con la inercia, con más bajones que subidones, hasta acabar en un tramo final que decepciona incluso en estas débiles condiciones, sobre todo porque el undécimo capítulo es uno de esos de relleno cutre que se hacían en seriales baratos de cincuenta años atrás, donde se resume toda la temporada recopilando escenas ya vistas y añadiendo como mucho una nueva frase en cada una. ¡Menudo robo de tiempo y menudo insulto al espectador!

En el resto, el ritmo es plomizo y la historia se queda en su armazón más simplón y predecible. Estaba bien claro lo que iba a ocurrir, y en ello se atascan sin ser capaces de lograr el ambiente de las temporadas anteriores, lleno de tensión por cómo saldrán airosas las protagonistas y cuánto sufrirán en el proceso. Sallinger pondría a la opinión pública en contra de Jess y Trish, enemistaría a estas dos y a Hogarth al empujar a Trish a convertirse en villana y por extensión a Jess a replantearse qué se puede hacer para detener a los criminales, tanto a los que son seres queridos como a lo contrario, los psicópatas sin límites. Vamos, lo que hemos visto ya. Trish ofrece un remedo pobretón de la confrontación con la madre, y Sallinger es remedo de Kilgrave. Al final no se sabe muy bien cuáles eran las intenciones de este último, si matar a las heroínas o derrotarlas de cara al público, y qué tenía que ver con ello los asesinatos en serie previos. Parece que los escritores tampoco tenían muy muy clara la posición de este, porque en el tramo final parece que intentan blanquearlo para justificar que Jess interceda por él (por un tipo que ha torturado y matado a unas diez personas, incluyendo un ser querido), cuando el conflicto ético y legal es claro: no dejar que Trish mate a su antojo.

El enfrentamiento pasa por las escenas más predecibles, los dramas más forzados, los giros más facilones, y todo con una desgana que se contagia capítulo tras capítulo, en especial en la anticlimática confrontación final y las relamidas despedidas. Y atención al penoso epílogo con Jess dudando si me voy o no me voy, abandono o sigo. ¿A quién queréis engañar? Y la desgana también lleva al descuido, pues hay algunos patinazos asombrosos, como las incursiones de Jessica en las comisarías: en la del pueblo, por lo ridículo que es todo, en la de las pruebas de Sallinger, igual, pero rematado con la parida de que el detective deje abandonada sin protección la única evidencia sólida contra él, un cabello: aunque no hubiera desaparecido por la intervención de Jessica, la cadena de custodia se habría roto.

Ni siquiera la correcta puesta en escena, que consigue una personalidad atractiva para la serie, ni un rol central tan potente como Jessica Jones y el papelón de Krysten Ritter levantan el nivel de una temporada muy aburrida y olvidable.

Al final tenemos que alegrarnos de que Marvel/Disney o Netflix hayan decidido poner fin a este ciclo de héroes, porque si en tan poco tiempo se les han agotado las ideas, extenderlo hubiera sido terminar de rematar el recuerdo de su breve momento de brillantez.

Saga The Defenders:
Daredevil – temporada 1 (2015)
Jessica Jones – temporada 1 (2015)
Daredevil – temporada 2 (2016)
Luke Cage – temporada 1 (2016)
Iron Fist – temporada 1 (2017)
The Defenders (2017)
The Punisher – temporada 1 (2017)
Jessica Jones – temporada 2 (2018)
Luke Cage – temporada 2 y final (2018)
Daredevil – temporada 3 y final (2018)
Iron Fist – temporada 2 y final (2019)
-> Jessica Jones – temporada 3 y final (2019)