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JACK RYAN – TEMPORADA 1


Amazon Video | 2018
Suspense, drama, acción | 8 ep. de 44-64 min.
Productores ejecutivos: Carlton Cuse, Graham Roland.
Intérpretes: John Krasinski, Wendell Pierce, Ali Suliman, Abbie Cornish, Dina Shinabi, Karim Zein, Nadia Affolter, Arpy Ayvazian.
Valoración:

La serie de novelas de Tom Clancy sobre el personaje Jack Ryan ha corrido desigual suerte en sus varios intentos de convertirla en una saga de películas rentable. Se inició con un thriller de alta calidad y bastante éxito, La caza del Octubre Rojo (John McTiernan, 1990), donde Ryan estaba encarnado por Alec Baldwin y secundado por un sinfín de grandes actores. En las dos siguientes entregas cambió de rostro a Harrison Ford, y si bien la inicial era un producto de acción más convencional (Juego de patriotasPhillip Noyce, 1992-), la segunda volvió a levantar el listón bastante: Peligro inminente (Phillip Noyce, 1994) fue una cinta ejemplar de acción y suspense y un éxito de taquilla. A pesar de ello la serie quedó en el limbo, supongo que por líos entre productores. No lograron sacar adelante más títulos hasta el intento de reinicio en 2002 con Pánico nuclear (Phil Alden Robinson), con Ben Affleck como protagonista. El estreno pasó muy desapercibido y la saga volvió a aparcarse hasta 2014, donde con la infame Jack Ryan: Operación sombra (Kenneth Brannagh) parecía que iba a morir definitivamente. Sin embargo, los poseedores de los derechos, el productor Mace Neufeld y la Paramount Pictures, probaron otras pocas intentonas infructuosas antes de poner el ojo en el formato de serie de televisión.

Esta llega de la mano de Carlton Cuse (Perdidos, 2004) y Graham Roland (Almost Human, 2013, y coincidieron en The Returned, 2015) en la parte creativa, con productores como Michael Bay, John Krasinski (además de actor también escribe, produce y dirige, por ejemplo, Un lugar tranquilo -2018-) y Mace Neufeld entre otros, bajo los sellos de Paramount Television y Amazon Studios, principalmente.

En los primeros capítulos, y más con el cambio de escenario a Francia, casi parece que Jack Ryan podría ser la heredera de Homeland (Alex Gansa, Howard Gordon, 2011), aunque sea empezando desde abajo y creciendo poco a poco, porque partimos de algunos conceptos muy básicos y previsibles pero se ve potencial para bastante más.

Los autores tratan de mantener la premisa de Tom Clancy, esto es, un exmarine que por lesiones acaba en un despacho como analista, pero vuelve a entrar en acción poco a poco al despuntar como un talento nato tanto en el escritorio como en el terreno. Sin embargo, en temática han decidido actualizarla a nuestros tiempos, pues los temas habituales de las novelas están algo obsoletos (guerra fría, terrorismo irlandés) o muy vistos (guerra contra las drogas en Sudamérica), hoy los principales problemas políticos vienen del terrorismo islamista y las guerras en oriente medio. Ahí surgen sus principales virtudes: la cercanía a la situación real que vive el mundo y la verosimilitud con que inicialmente tratan estos conflictos, tratamiento que extienden a un villano bien trabajado.

Nos presentan una perspectiva compleja del asunto, con las crisis políticas que generan guerras en oriente medio, las consecuentes migraciones hacia Europa, la posterior desigualdad y otros problemas culturales, y surgiendo entre todo ello, nuevos potenciales terroristas. El villano, Mousa Bin Suleiman, nace en este caldo de cultivo, y si bien los flashbacks que muestran etapas previas de su vida quedan quizá demasiado resumidos, valen para redondear un personaje con bastante fuerza, algo que en parte se debe también a la certera interpretación de Ali Suliman. La odisea de la esposa (Dina Shihabi) y las hijas no sorprende pero como drama funciona, tanto a la hora de dotar de mayor realismo a la situación como para entretenernos.

Por el lado de la CIA, la intriga de despachos tiene un punto de partida muy típico, pero también apuntan a una perspectiva más amplia, con los superiores que solo piensan en ascender y las injerencias políticas. Los personajes parten de varios estereotipos, pero tienen las aristas justas y las motivaciones claras como para resultar simpáticos y generarte ganas de seguir sus aventuras. La dinámica entre Ryan y su nuevo jefe, Greer, es bastante interesante, y cuando entran en juego los franceses mejora: los roces entre formas de entender el mundo son interesantes y van añadiendo poso a cada protagonista. Aquí también hacen bastante los actores. John Krasinski (The Office -2005-, 13 horas: Los soldados secretos de Bengasi -2016-) aporta muy bien dimensión interna, es decir, su interpretación transmite más de lo que el personaje deja entrever a sus compañeros, sobre todo en dilemas éticos y traumas. Wendell Pierce (The Wire -2002-, Treme -2010-) compone un agente venido a menos, con miedos, y muestra bien un cambio gradual, sobre todo en cuanto a la relación con Ryan. Un poco más atrás se queda Abbie Cornish (Robocop -2014-, Geostorm -2017-), que parece relegada a la chica del héroe y para unos pocos giros finales.

Sin embargo, me temo que en vez de crecer el guion se va diluyendo. Ese tratamiento más serio del drama y el suspense que prometía acaba dejándose de lado por la acción más básica y los derroteros más predecibles. Esperaba que la intriga de despachos ahondara más en los personajes secundarios y trataran más a fondo temas de espionaje, política, enchufes, incompetencia etc., y que el conflicto político y social siguiera ampliando miras con los temas de migraciones, problemas de adaptación cultural, xenofobia, etc., pero todo se va relegando a anécdotas, o a justificaciones para tener escenarios de drama y acción sencillos. Aparte, en tierra de nadie queda la subtrama del piloto de drones, que es por sí sola amena pero no termina de cobrar sentido en la historia global y acusa los mismos problemas: promete un drama realista pero acaba tan resumido que resulta una historia simplona.

De esta forma, el villano cada vez es más malo cabezón, los buenos más infalibles, el romance más trillado, y la complejidad del panorama geopolítico se olvida en detrimento de la típica misión exagerada de película de acción del montón. El terrorista tiene un plan supremo digno de archienemigo de James Bond, y este toma forma con todos los tópicos, sensacionalismo y agujeros de guion más tontos. Los personajes pasan por todos esos giros para cumplir con ellos, dejando el progreso dramático de lado, si acaso lo contrario, hay varias situaciones forzadas que rozan la vergüenza ajena, como la doctora metida en todo con calzador, o los terroristas más buscados del mundo paseándose por el hospital donde está el presidente de EE.UU.

Si hubiera tenido un tramo final más sólido y original seguramente hubiera quedado una buena serie. El producto resultante es un digno entretenimiento, sobre todo porque su caída de calidad no afecta al ritmo y el sentido del espectáculo (atención a como exprimen los escenarios naturales con grandes panorámicas), pero en nada que le exijas un mínimo, el que creo que cualquiera exigirá en el rico panorama televisivo actual, queda en el limbo de series prescindibles. Veremos si hay suerte y madura en próximas temporadas, pero lo cierto es que viendo lo bajo que ha terminado apuntando yo tengo pocas esperanzas.

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LOST IN SPACE – TEMPORADA 1


Netflix | 2018
Drama, aventuras, ciencia-ficción | 10 ep. de 47-65 min.
Productores ejecutivos: Matt Sazama, Burk Sharpless, Neil Marshall, Marc Helwig, Jon Jashni, Zack Estrin.
Intérpretes: Molly Parker, Toby Stephens, Maxwell Jenkins, Taylor Russell, Mina Sundwall, Parker Posey, Ignacio Serricchio, Raza Jaffrey.
Valoración:

La serie original, creada por Irwin Allen en 1965, fue un producto familiar sencillo (hoy en día nos parecerá ingenuo, quizá incluso cutre) con bastante éxito popular, hasta el punto de que ha propiciado numerosas referencias en distintas películas y series (Los Simpson como siempre a la cabeza). El argumento parte del clásico drama familiar (conflictos paternos, educación de los hijos), pero el giro de tener aventuras en el espacio le daba un aire nuevo en aquellos tiempos; por ejemplo, el robot causó sensación.

En 1998 fue llevaba al cine como superproducción cinematográfica escrita por Akiva Goldsman (El cliente -1994-, Batman Forever -1995-, Batman y Robin -1997-) y dirigida por Stephen Hopkins (Depredador 2 -1990-, Los demonios de la noche -1996-), aunque de calidad anduvo tan escasa que el boca a boca la hundió rápido; ni con la estupenda música de Bruce Broughton y la presencia del insigne Gary Oldman se podía salvar. Hubo un intento de resucitarla como serie en 2004 bajo el título de The Robinsons: Lost in Space. A pesar de estar producida por grandes empresas (Warner Bros. y la cadena Fox) no salió nada bueno y se quedó en el episodio piloto. Puedes echarle un vistazo en Youtube si te atreves. En argumento y tono parece sacada de los años setenta, con lo que renovación poca, y pesar de estar dirigido por John Woo, con varias películas de acción a cuestas (Cara a cara -1997-, Acantilado rojo -2008-), el paupérrimo aspecto visual también empeora las malas sensaciones.

La nueva versión llega de la mano de varias productoras pequeñas y Netflix con dos guionistas que, viendo su corto y débil currículo, tiran un poco para atrás: Matt Sazama y Burk Sharpless tienen en su haber paridas como Drácula: La leyenda jamás contada (2014), El último cazador de brujas (2015), Dioses de Egipto (201) y Power Rangers (2017). Quizá si me hubiera fijado antes en sus nombres ni me habría acercado, pero llegué por el reparto y por el género, no puedo resistirme al espacio y las naves.

Por suerte, esta aproximación es bastante ambiciosa, tanto en lo visual, con un presupuesto sin duda descomunal muy bien aprovechado, como para mi sorpresa también en la escritura. Mantienen el tono para toda la familia, pero no es una cursilada llena de argumentos bobos, tópicos y moralina barata, sino que toman al espectador por inteligente, los autores son capaces de ofrecer aventuras emocionantes para los jóvenes y un envoltorio más complejo y serio para los adultos. Por comparar con otras del género recientes, me estoy acordando de los infumables dramones llenos de personajes estereotipados de Terra Nova (Kelly Marcel, Craig Silverstein, 2011) y Falling Skies (Robert Rodat, 2011), y no hay color.

Las aventuras son variadas y por lo general bastante completas. Se combina supervivencia en la naturaleza y contra el propio ser humano con ciencia-ficción bastante realista, habiendo poca tecnojerga y ciencimagia y más empeño en mostrar el esfuerzo físico pero también intelectual de los personajes de forma verosímil aunque los escenarios sean fantasiosos. Cabe señalar que se ven pronto las intenciones de describir la ciencia, el progreso y la pasión por descubrir cosas como algo que puede traer algún peligro pero siempre recompensas mayores. Un drama familiar tan progresista viniendo de EE.UU. hoy en día es algo atípico y muy valioso.

Los hechos calan en los personajes, no es una vuelta al statu quo tras cada resolución. Hay situaciones traumáticas en casi todos los episodios, con algunas disyuntivas de nivel, como cuando se presenta la elección de salvar a una persona arriesgando a muchas o dejarla morir ante sus narices. Los protagonistas son inesperadamente grises y falibles, incluso la villana crece muy bien tras una presentación que no apuntaba maneras. La perspectiva que esta tiene del mundo se trabaja bien para que su empeño en sobrevivir a costa de todos (por cobardía, incapacidad para ver el cuadro completo, etc.) no la convierta en un cliché con patas sino en un ser miserable muy atractivo. Esto permite otros dilemas interesantes: cómo tratar la justicia y el perdón en el nuevo mundo.

Es cierto que la familia responde inicialmente también a unos cuantos estereotipos. El matrimonio a punto de romperse por las ausencias del hombre por su trabajo, la madre perfecta, el niñito empollón, las adolescentes, una la bohemia y otra la chica de carrera… Pero tienen dimensión suficiente para resultar simpáticos, aunque, al menos todavía, no entrañables, y ocurren tantas cosas que no da tiempo a que se atasquen en sus descripciones iniciales, siempre hay movimiento en las historias y problemas en lo personal y lo ético que los exprimen adecuadamente. Pronto llega el robot, que aporta el toque de misterio. El diseño es espectacular y produce asombro e inquietud a la vez. Y no tardan en aparecer también nuevos grupos de supervivientes, todos bastante interesantes y aportando más historias y conflictos.

Uno de los alicientes que me llevaron a verla a pesar de las reticencias iniciales con que fuera una obra muy infantil es el reparto. Con dos grandes actores como Toby Stephens (Black Sails, 2014) y Molly Parker (Deadwood, 2004) me tenían medio ganado. Pero los chavales también están muy bien elegidos, sobre todo el más difícil, el jovencísimo Maxwell Jenkins, que logra una interpretación muy natural. Y Parker Posey (Superman Returns, 2006) como la malvada doctora Smith también está estupenda en un papel muy complicado: es capaz de mentir hablando pero mostrar su cobardía y sus planes con la mirada.

Lo único que se le puede achacar es que algunas historias personales se ven venir muy de lejos y que a veces pecan de buscar el escenario más grande y exagerado, saliéndose de la tónica realista para forzar algunos finales de episodio de infarto. Las disputas matrimoniales siguen todos los pasos esperables sin un atisbo de buscar novedades, de hecho, ocurre lo contrario, deciden que llega el momento de tener tal situación y la fuerzan, por ejemplo montando a los dos padres en el coche y haciendo que se queden varados por ahí para que tengan que trabajar juntos y acercarse otro poco. En cuanto a efectismo innecesario, hay varios momentos aquí y allá que hacen torcer el gesto un poco, pero la palma se la lleva la salida final al espacio, un despiporre de exageraciones y salvaciones en el último momento, para acabar en un giro tipo Perdidos (J. J. Abrams, Jeffrey Lieber, Damon Lindelof, 2004). Entiendo que había que tener un clímax apasionante, pero es tan artificial que resulta contraproducente, hay momentos en que da más bien vergüenza ajena.

En lo visual no hay ni una pega, tiene el nivel de superproducción de cine, tipo Prometheus (Ridley Scott, 2012) o El marciano (ídem, 2015). El vestuario es impresionante, pero los decorados, vehículos y efectos especiales son realmente asombrosos, y el rodaje en espectaculares exteriores garantiza un aspecto visual arrebatador. Es incluso decepcionante si se mira en el sentido de que hay un montón de grandes de obras ciencia-ficción que se quedaron cortas (o incluso canceladas) por falta de dinero, y esta serie menor y algo tontorrona consigue tal despliegue. Directores de talento como Neil Marshall (The Descent -2005-, Centurión -2010-), Vincenzo Natali (Hannibal -2013-) y David Nutter (desde Expediente X -1993- a Juego de tronos -2011-) exprimen las posibilidades al máximo. Ya con las fastuosas panorámicas de hielo y montañas de los primeros capítulos me engancharon, pero partes como la del valle de tierra (donde hay otra nave estrellada a punto de caer por un acantilado) son alucinantes.

Si logran quitarse de encima las pocas limitaciones argumentales y consiguen mantener un interés constante sin inclinarse demasiado por artificios huecos, la serie puede crecer muy bien. Netflix no suelta datos sobre sus audiencias, pero parece que ha tenido buen recibimiento, así que tendremos segunda temporada para comprobar si madura adecuadamente.

PD: Netflix España está optando por no traducir ni un título. Me da rabia, teniendo muchos una traducción tan fácil y resultona.

BLACK MIRROR – TEMPORADA 4


Netflix | 2017
Drama, ciencia-ficción | 6 ep. de 41-76 min.
Productores ejecutivos: Charlie Brooker.
Intérpretes: Jesse Plemons, Cristin Milioti, Jimmi Simpson, Rosemarie DeWitt, Brenna Harding, Andrea Riseborough, Kiran Sonia Sawar, Maxine Peake, Douglas Hodge, Letitia Wright, Daniel Lapaine, Aldis Hodge.
Valoración:

En esta cuarta temporada, aparte de la irregularidad habitual, se observa algo de desgaste, pues Charlie Brooker vuelve sobre ideas ya exploradas y no consigue deslumbrar como en otras ocasiones. Pero también se ven intentos de seguir experimentando con historias y estilos distintos, lo que disimula un tanto la reutilización de algunos pensamientos. Y el esfuerzo en buscar un acabado visual de calidad también se agradece. Pero claro, de quien nos ha regalado joyas como El himno nacional, Blanca Navidad y En picado se espera mucho más, sobre todo teniendo en cuenta que las temporadas son muy cortas y es difícil perdonar los bajones.

Tras el salto encontraréis el análisis por capítulos:
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WESTWORLD – TEMPORADA 2

HBO | 2018
Drama, suspense, ciencia-ficción | 10 ep. de 55-90 min.
Productores ejecutivos: Jonathan Nolan, Lisa Joy, J. J. Abrams.
Intérpretes: Evan Rachel Wood, Thandie Newton, Jeffrey Wright, Ed Harris, Anthony Hopkins, James Marsden, Tessa Thompson, Simon Quaterman, Shannon Woodward, Rodrigo Santoro, Ben Barnes, Peter Mullan, Jimmi Simpson, Clifton Collins, Katja Herber, Zahn McClarnon.
Valoración:

Alerta de spoilers: Solo menciono un par de cosas del argumento que no me parecen cruciales. Tras el siguiente aviso sí entro a fondo en el final.–

Lo veía venir pero ya lo tengo claro: Westworld es la nueva Perdidos (J. J. Abrams, Damon Lindelof, 2004). Tiene en vilo a medio mundo seriéfilo con humo y sensacionalismo, con promesas que llevan a nuevas promesas, con amagos y requiebros que te dejan con la miel en los labios, pero casi nada de contenido real se vislumbra por ahora, y todo apunta a que así seguirá siendo, porque hemos llegado a puntos de inflexión clave en las tramas y no se ha avanzado casi nada con ellas y con los personajes. Los malabares que hacen los guionistas Lisa Joy y Jonathan Nolan para tratar de ocultar el escaso material que han sido capaces de explorar en un argumento con mucho potencial me han resultado exasperantes, incluso ofensivos a veces.

La primera artimaña es la narrativa fragmentada en el tiempo para ralentizar el avance de los hechos y para ocultar información al espectador y así tratar de generar intriga y expectación alrededor de la pobre trama sin que, en teoría, se note demasiado. Si los saltos temporales implicaran nuevas lecturas de la situación, si lograran una atmósfera de suspense efectiva, pero pronto se ve que son desvíos de atención y un intento de dificultar la comprensión del relato para que parezca más complejo. Llega a resultar bochornoso como usan la memoria de Bernard, que va recordando según conviene a los escritores, pero por lo general ni ponen excusas, tenemos línea temporal sobre línea temporal de forma que tienes que estar toda la temporada haciendo grandes esfuerzos para ponerlo todo en orden, un esfuerzo infructuoso porque al final la serie es bien simple, la mayor parte de lo que vemos no es nada más que viajar de un lugar a otro y descubrir alguna pista.

Para alargar la duración lo lógico hubiera sido hacerlo mediante aventuras secundarias de relleno, siempre y cuando estuvieran mínimamente relacionadas con la premisa principal y los personajes no decayeran en el proceso. Y lo cierto es que lo intentan con los episodios centrados en la parte japonesa del parque y con los indios, pero dejan mucho que desear, no hacen sino mostrar las carencias de los escritores, su incapacidad para coger una idea sencilla y desarrollarla bien. El lío japonés se ahoga en estereotipos vulgares y un ritmo plomizo. Qué forma de desaprovechar el dinero (decorados, puesta en escena) y los actores tan llamativos (Rinko Kikuchi, Hiroyuki Sanada). El de los indios sale mejor parado (destacando la sólida interpretación de Zahn McClarnon), pero aun así esa torpeza limita demasiado una historia de amor que prometía ser épica y hermosa y termina siendo previsible y repetitiva. Así, el efecto conseguido es el contrario: en vez de estar entretenido en espera de que vuelva a pasar algo importante tienes la sensación de que te han estafado con un añadido estéril y tedioso.

El segundo ardid son las falsas promesas y el sensacionalismo. El esqueleto de la trama es lo ya conocido, el despertar de los robots y la rebelión contra el hombre, pero en vez de ahondar en la temática y darle un recorrido más trabajado a los protagonistas los autores están empeñados en basarse únicamente en el artificio superficial, y terminan abusando demasiado de recursos que ya de por sí serían bastante cuestionables en pequeñas dosis. Todo forma parte del gran plan de Ford, pero como en Battlestar Galactica (Ronald D. Moore, 2004), no hay otro plan que la improvisación de los guionistas. Da igual lo que ocurra, lo que se enmarañen las cosas (como digo, no mucho en el fondo, sólo en la narrativa), todo se justifica y explica como parte del imposible plan de Ford, quien muestra una anticipación a los eventos que ni Hari Seldon (el de La Fundación de Asimov). Pero hay más, mucho más…

Acabarás harto de menciones al Valle del Más Allá, la Cuna, la Forja, la clave en la mente de Abernathy padre… todo ello rodeado siempre de un halo de “va a pasar algo grande que te va a dejar flipado”, para luego ser lo que se veía venir, cosas mundanas muy exageradas: un servidor de datos, una clave de acceso, otra entrada y habitación secreta de las miles que parece haber por el parque. Esto ejemplifica el agotamiento de las pocas ideas que hay, pero por ahora parece que los espectadores siguen cayendo en estas burdas ilusiones. El dichoso Valle ya lo teníamos en la primera etapa en la forma del Laberinto, que no es sino una excusa para mover a la gente, porque si los dejan quietos se ve con mayor claridad que no está pasando nada; cada dos por tres sacan un nuevo enclave secreto con secretos de Ford que no son sino una extensión de lo mismo (¡el PLAN!); y ya he citado la memoria selectiva de Bernard y las idas y venidas en el tiempo que repiten lo mismo en pequeñas dosis (al final parece que ha habido como quince ataques al complejo de oficinas desde donde se dirige el parque).

Las vaguedades de la historia se contagian también al contenido de índole intelectual. Al empezar la serie todo parecía apuntar a que estábamos ante una obra trascendental e inteligente donde se abordarían cuestiones de diversa índole, pero todo se queda en cuatro flojos apuntes que están lejos de cumplir con las expectativas. El parque donde el ser humano puede dar rienda suelta a sus vicios ocultos o encontrarse a sí mismo daba para adentrarse en la psique humana, pero no encontramos ni una sola reflexión relacionada. Los apuntes sobre la conciencia y el libre albedrío, lo más relacionado con la premisa, se quedan en prácticamente nada, unos pocos diálogos pobretones. Las implicaciones éticas de la tecnología de los anfitriones tienen algo más de recorrido, sobre todo con pasajes como el centrado en Delos, pero teniendo infinidad de robots despertando daba para exponer distintas perspectivas, y en cambio los protagonistas están atascados en un bucle sin salida donde no se llega a contar nada con enjundia.

Ese el otro gran problema que se veía venir desde sus inicios y termina por explotar en esta etapa: los personajes tenían un potencial que no llegaron a aprovechar del todo, y aquí empeora la cosa, pues van perdiendo profundidad hasta quedarse en un esbozo inane. En los inicios de la serie al menos Dolores y Maeve resultaban bastante sugerentes, la temporada se sostenía e invitaba a seguir casi exclusivamente por ver su despertar, su lucha por tomar las riendas de sus vidas, pero una vez toman consciencia se ahogan en historias repetitivas que no permiten seguir explorando sus personalidades, y me temo que los poquísimos cambios que llegamos a ver resultan incluso incongruentes.

Dolores sólo quiere vengarse de los humanos por su cautiverio, para lo cual va reuniendo un ejército de anfitriones. Pero su objetivo no podía ser más vago, tanto que al mínimo análisis se cae a pedazos. Busca con ahínco el Valle del Más Allá, esa débil promesa de libertad y respuestas que ni se para a investigar cuando asalta las oficinas, donde sí tenía de información en cantidad al alcance de la mano… y también la salida al mundo real, con la estación de tren. Y para rematar lo que queda de personaje, a mitad del camino se carga a todos los anfitriones y sigue sola, e incluso altera los parámetros de personalidad de su amado Teddy para controlarlo mejor. ¿Por que? No se explica, simplemente se ha vuelto chunga porque sí. Maeve lo único que quiere es encontrar a su antigua hija. La idea de por sí es bastante ridícula: la anfitriona más despierta y capaz no se entera de que las vidas pasadas son constructos del hombre, guiones, y arriesga su vida y libertad y la de todos los que la rodean por sueños absurdos, cuando, de nuevo, lo lógico es ir al centro de mando y estudiar y arreglar la situación desde ahí. Además, tanta penuria con la niña resulta un drama cansino y otro objetivo que nunca parece llegar, porque siempre ofrece un giro que lo aleja un poco más en el último momento. Bernard, que fue el tapado de la primera temporada, cobrando protagonismo poco a poco, es engullido por el mal desarrollo de las tramas: toda su historia se limita a intentar recomponer sus recuerdos, pero ningún avance aporta algo tangible a su forma de ser, a sus motivaciones para seguir adonde quiera que vaya, porque pasa por todos los escenarios pero no como personaje, sino como objeto dosificador de la intriga. Supongo que por presencia se podría citar a Charlotte Hale como personaje principal también, pero esta es incluso peor, sólo sirve para canalizar la lucha de la empresa contra la rebelión, no tiene una forma de ser concreta con la que conectar, su existencia es otro macguffin de baratillo: “¡atención, atento, que trama algo!”. Después de unos pocos capítulos forzando ese misterio acabas deseando que deje de aparecer.

Como extensión de estos problemas los actores ven limitadas sus posibilidades. Tanto repetir las mismas situaciones en cada capítulo (paseo por el desierto, tiroteo de Dolores, llanto de Maeve, confusión de Bernard, soy mala y oculto algo de Charlotte) significa también una interpretación encorsetada: todo el rato con las mismas caras. El gran talento que mostraron en la primera temporada, sobre todo Thandie Newton y Evan Rachel Wood, se ha desperdiciado por completo, ahora incluso empiezan a resultar cargantes.

En un segundo plano tenemos al hombre de negro, o William de anciano, la esperada aparición de Delos (Peter Mullan), y las crípticas intervenciones de Ford. Estos aportan algo de información sobre el nacimiento del parque y su propósito, pero también terminan sobre utilizados como expositores de las tramas y artificios, perdiendo entereza como personajes y acercándose demasiado a convertirse en objetos inanimados. La aparición de la hija de William, Emily, intenta humanizarlo un poco, pero también resulta muy forzada: los encuentros imposibles, el drama familiar remarcadamente lacrimógeno… Sólo el buen hacer de Katja Herbers (ManhattanSam Shaw, 2014-) y Ed Harris les da algo de vida.

Ninguno de los secundarios se trabaja lo suficiente como para interesarte por sus vivencias y destinos. Hay bastantes con nombre (la banda de forajidos y los técnicos que llevan como rehenes), pero me importan un bledo sus desventuras, son entes que van andando por el desierto sin añadir nada claro a las historias o a los demás personajes. ¿Para qué incluir tantos roles si no tienen nada que aportar con ellos? Apenas logran despertar algo de simpatía con Hector, Elsie y Lee, pero porque sus intérpretes Rodrigo Santoro, Shannon Woodward y Simon Quarterman respectivamente están muy bien. El resto podrían desaparecer, que ni te darías cuenta, y con algunos de hecho acabarás deseándolo, como el cansino de Teddy y el no menos insufrible mejicano que se encuentra William cada dos por tres.

Ya la primera temporada era lenta y cabía en la mitad de capítulos, pero esta está completamente estancada, había material para dos o tres episodios como mucho. Terminamos dando apenas un tímido paso desde el final de aquella, porque en vez de avanzar hemos estado dando vueltas en círculos desde entonces. Unos anfitriones salen del parque hacia el mundo real, otros mueren en el intento, y en el proceso tanto estos como los humanos que los controlaban descubren cosas sobre sí mimos y el mundo que antes no conocían.

Como en aquella ocasión, tenemos un episodio final de hora y media que al contrario que los demás sí consigue ser bastante entretenido gracias a una buena dirección y una música efectiva que le confieren un ritmo bastante enérgico, pero claro, no es suficiente para esquivar la mala sensación de que estamos donde teníamos que estar hace diez horas, y para rematar, en el contenido los guionistas se quedan cortos después de tanto anunciar algo grandioso, porque siguen tirando de sensacionalismo más que en centrarse en ejecutar bien los pocos frentes abiertos. Es que ni si quiera se trabajan la coherencia: algunos personajes se han tirado estos diez capítulos viajando al valle para que ahora en el último momento otros se recorran el parque de lado a lado varias veces en minutos.

Alerta de spoilers: Salta al siguiente párrafo si no quieres destriparte el final.–

El dichoso valle no es más que otra ilusión virtual, el proyecto secreto de almacenar la personalidad de los visitantes se queda en el limbo para próximas temporadas, los que salen del parque no hacen nada concreto todavía, Williams al final no se sabe qué busca pero sigue buscándolo, el maldito plan de Ford sigue siendo una entelequia, etc., etc. Y los embustes cantan a distancia. Para qué tanta muerte con planos lentos para forzar el drama si sabemos que nadie está realmente muerto, que todos pueden ser resucitados, que cualquier humano puede ser un robot o convertirse en uno. Sin ir más lejos, la resurrección de Dolores no podía ser más tramposa, tras tanto dramón con Maeve pronto apuntan a su retorno también, y el epílogo con Williams en un futuro ya me diréis para que sirve salvo para sacar un “oh” al espectador facilón y permitir que los blogs que viven del clicbait ganen visitas anunciando explicaciones para quien no haya sido capaz de entender un giro tan efectista e innecesario; ojo también a la trampa de Dolores con la bala usada, que evidentemente no cabe de ninguna manera en el tambor del revólver, de hecho, no pueden mostrarnos cómo lo hace así que no lo vemos, así de manipuladores son… pero hay más, porque resulta que es tan estúpida que no la pone la primera, sino tres balas más allá, sencillamente porque los escritores necesitan extender el clímax.

Una vez unidos todos los grupos y personajes no hay una catarsis, una revelación, una suma que dé algo más grande, sino que cada uno sigue su camino por separado y ninguna de estas direcciones sorprende, la mayor parte sabe a poco o decepciona bastante. No puedes crear tanta expectación si no tienes nada que contar, el esfuerzo debería ir en contarlo bien. Así que no queda otra conclusión: Westworld es la nueva Perdidos, la nueva Battlestar Galactica… bueno, en realidad es peor, porque ni siquiera tiene un ritmo adictivo, un aspecto visual deslumbrante (más allá de alguna buena panorámica del desierto, sigo preguntándome cómo pudo costar tanto) y unos personajes que enganchen con los que pueda entender la admiración que despierta.

Ver también:
Temporada 1 (2016)

SENSE8 – CAPÍTULO FINAL

Netflix | 2018
Acción, drama, ciencia-ficción | 1 ep. de 150 min.
Productores ejecutivos: Lana y Lilly Wachowski, J. Michael Straczynski, Grant Hill,
Intérpretes: Doona Bae, Jamie Clayton, Tina Desai, Tina Desai, Tuppence Middleton, Toby Onwumere, Max Riemelt, Miguel Ángel Silvestre, Brian J. Smith, Freema Agyeman, Naveen Andrews, Eréndira Ibarra, Alfonso Herrera, Max Mauff, Purab Kohli, Terrence Mann, Daryl Hannah, Valeria Bilello, Paul Ogola.
Valoración:

Alerta de spoilers: Hay algún dato revelador, pero muy general.–

Sense8 ha sido una de las series más ambiciosas de los últimos años, tanto en la puesta en escena como en lo argumental, con una premisa compleja y valiente muy complicada de llevar a cabo. Las hermanas Wachowski y J. Michael Straczynski lograron una primera temporada de ensueño, pero en la segunda el desgaste debido al esfuerzo creativo y de producción se hizo notar mucho. El presupuesto se disparó, llegando a nueve millones de dólares por episodio, y aun así no tuvieron fuerzas para mantener el nivel visual, principalmente porque Lilly Wachowki se bajó del carro. Pero el guion, aun contando con la ayuda de otros escritores, también había perdido bastante garra, diluyéndose muchísimo las grandes promesas iniciales. Viendo que la serie no iba a más y las audiencias tampoco, Netflix no se atrevió con otra temporada, siendo su segunda cancelación notable. La primera fue Marco Polo (2014), pero aquella no había conseguido un grupo de seguidores fieles que hicieran ruido por internet, y la campaña que estos montaron convenció a los directivos de darle un final que acallara las críticas. La imagen de ser el canal que no te deja colgado estaba muy en juego.

No llegué a este tardío desenlace con la pasión que mantenían otros fans, porque la segunda etapa me decepcionó mucho y pensaba que un capítulo doble (aunque ha terminado durando dos horas y media) no era suficiente para remontar y a la vez darle un cierre digno. Una vez visto, mi impresión es que sus autores también eran conscientes de que no podían cumplir con todo y han optado por un episodio superficial y complaciente para contentar lo justo a los fans menos exigentes. Pero para otros, en una serie que nació con tanta ambición y arrojo, acabar apuntando tan bajo nos ha supuesto que ver magnifica la decepción.

En la trama principal no terminan de asentar bien las cosas, narrando lo más básico, el conflicto de los protagonistas con la maligna corporación que persigue a los sensates de todo el globo, sin lograr profundizar ni impactar mucho, pero también incluyendo de vez en cuando información paralela que enmaraña innecesariamente las cosas. La trama se presentaba como lo más débil en lo que hemos tenido de serie, la típica organización inquietante que gobierna (no sabe cómo) medio mundo desde las sombras (la BPO), el villano misterioso (Whispers o Susurros), y el acoso a los personajes, o sea, la misma premisa de ciencia-ficción y suspense que hemos visto en mil series, Expediente X (1993) a la cabeza. Por el otro lado, apenas estábamos conociendo la parte novedosa, la naturaleza sensate y la vida de otros grupos, con las posibles facciones y motivaciones que estos tuvieran. Esta parte prometía más, y si la conspiración se hubiera ido desarrollando adecuadamente podrían haberse enriquecido mutuamente. Pero con la cancelación hemos pasado de la presentación al desenlace sin llegar a encontrar una historia que enganche como para interesarnos especialmente por cómo se resuelve.

Hacía falta esclarecer los bandos e intenciones de los clústeres de sensates principales (los de Angelica y Lila), y no embarullarlo con la presencia de otros innecesarios (el tipo salido y sus amigos) y menos aún con otros que sueltan mucha verborrea pero nada que parezca afectar directamente al núcleo de la historia (las ancianas místicas parecen salidas de un serial de fantasía de baratillo; la escena de la catedral derruida es lastimera). Se tendrían que haber centrado en potenciar el villano ya presentado y el concepto inicial (dominar o cazar a los sensates), no intentar abarcar de todo un poco para mostrar las cosas que tenían pensadas para el futuro. Nos atiborran de planes y conspiraciones varias sin que cale nada, sin que se vean implicaciones inmediatas en las vidas de los protagonistas. Por ejemplo, el tema de los drones queda ininteligible, cuesta hacerse una idea de dónde sale, cómo averiguan como funciona y cómo pueden dominarlo al final. El peor fallo es añadir a última hora otro villano, el Presidente de la compañía, que lo anuncian con mucho misterio sensacionalista y malignidad forzada (deforme y con máscara para respirar) hasta resultar una parodia involuntaria, un malo de cómic infantil. Whispers era el enemigo que conocíamos, tangible y presente, y deberían haberse centrado en él. Pero con la falta de dedicación acaba también siendo un poco desastre: no termina de mostrar unas motivaciones verosímiles ni se ve que tenga realmente un gran poder, quedando en un simple estereotipo que provoca más indiferencia que miedo.

Entiendo la necesidad de cerrar la trama de la BPO, pero a costa de centrarse en ello dejan completamente de lado las vidas personales de los protagonistas, y sin ellas Sense8 pierde su esencia básica. Era una serie que hablaba sobre el qué nos hace humanos y qué nos une pese a las diferencias culturales. Un drama intimista y romántico pero narrado con una visión extraordinaria, porque apuntaban a un espectro muy amplio de formas de ver y entender el mundo y jugaba y rompía con tabúes con una audacia nunca vista. Todo ello se hacía a través de unos personajes exquisitos y encantadores inmersos en aventuras algo clásicas (para que pudiéramos conectar rápidamente) pero muy bien desarrolladas, cuidando muchísimo los aspectos culturales, el sentido del humor, el amor y la esperanza… Y para rematar, la belleza de sus imágenes te dejaba anonadado. Era una serie que hacía gala de una sensibilidad única, que llegaba directa al corazón.

Para mí, sin duda esta era la prioridad, y creo había tiempo de sobras para cerrar la historia de cada uno mientras fomentaban la unión, dejando para un clímax final apoteósico esa confrontación que ocupa dos estiradas horas con altibajos, salidas innecesarias y poca concreción. La odisea política de Capheus, las intrigas empresariales de Sun, la carrera como actor de Lito, el matrimonio tambaleante de Kala, los problemas de integración de Nomi, el drama familiar de Wolfgang, el misterio de los pasados de Riley y Will… Todo desaparece sin más explicación y nos quedamos con que se han juntado, se llevan bien, y resuelven todo unidos. Ni siquiera asuntos esenciales, como el trío Kala-Wolfgang-Rajan, tiene un proceso, ocurre sin más. Incluso hay relaciones que quedan malogradas después de tanto prometer: ¿cómo es posible que tras tanto lío Capheus y Sun no acaben juntos? Este queda relegado a secundario cómico, y a ella le encasquetan un romance con el detective coreano que no hay quien se lo crea.

A base de aturdir con infinidad escenas de acción, rodadas lejos del nivel de espectacularidad de las temporadas (las peleas cuerpo a cuerpo son flojitas, los tiroteos carecen de épica), consiguen que a pesar de su longitud sea un episodio bastante entretenido. En ello también es crucial el sentido del humor y el carisma y química de los actores, que salvan escenas que podían haber caído en la comedia involuntaria, como la del autobús turístico. Pero no es suficiente para enmascarar sus muchas carencias. Hay mucho movimiento para dar ritmo, pero poco contenido real. Ni siquiera hay tensión, sensación de peligro por el destino de los protagonistas, que parecen estar pasándose lo bien, que se paran en plena huida a charlar entre ellos… Nunca parece que pueda morir alguien, por más balas que lluevan. El final, con la destrucción del helicóptero donde van todos los malos, parece demasiado fácil tras tantas huida, persecución y secuestro.

Por todo ello este episodio final se puede considerar un engaño. Trata de contentar pero sin contar nada, sino con fuegos artificiales. De hecho, el eterno epílogo en la torre Eiffel con la boda, las reuniones, las escenas de sexo y fuegos artificiales (estos ya reales), me resultó tremendamente empalagoso y aburrido, cuando en la primera temporada y en partes de la segunda en situaciones semejantes me embargaba toda la pasión con que narraban las vidas de los protagonistas. Sense8 entró a lo grande en el mundo de las series, pero me temo que se va en silencio, agonizando.

PD: Netflix cuenta este final como el episodio 12 de la segunda temporada, en vez de como un especial.

Ver también:
Temporada 1 (2015)
Temporada 2 (2017)

HOMELAND – TEMPORADA 7

Showtime | 2018
Suspense, drama | 12 ep. de 47-62 min.
Productores ejecutivos: Alex Gansa, Lesli Linka Glatter, Howard Gordon, Claire Danes, varios.
Intérpretes: Claire Danes, Mandy Patinkin, Elizabeth Marvel, Linus Roache, Maury Starling, Morgan Spector, Dylan Baker, Beau Bridges, James D’Arcy, Catherine Curtin, Sandrine Holt, Costa Ronin, Amy Hargreaves.
Valoración:

Alerta de spoilers: Describo bastante las tramas del año.–

Nos quedamos en jugoso e inquietante punto y aparte en la temporada anterior con el endurecimiento de la política de la presidenta Elizabeth Keane tras sobrevivir al intento de golpe de estado de sus propias fuerzas de seguridad. Carrie vio rápido el emergente totalitarismo de su otrora amiga y desde entonces vive con el dolor de ver su patria desgajada desde dentro. Pero sin trabajo y acogida por su hermana, todo lo que puede hacer es tragarse su resquemor. Saul sin embargo parece resignado, o pasando del tema, viendo que no hay mucho que hacer. Pero en el primer intento de limar asperezas la presidenta, presionada por su consejero David Wellington, promete empezar a liberar a presos políticos y darle a Saul el puesto asesor de la seguridad nacional. Su primera misión será dar caza al último disidente fugado, el locutor de radio Brett O’Keefe, pero la cosa no pinta nada bien, porque los paletos sureños están muy agitados y él lo exprime incitando una posible rebelión ciudadana. Otro de los principales artífices de esta situación, el general que lideró el atentado, McClendon, está entre rejas, pero Keane no tiene descanso tanto por el envite constante de O’Keefe por el lado mediático como el del senador Sam Paley por el político y legal. Y la cosa se complica cuando el general muere en extrañas circunstancias…

La intriga política empieza, como suele ser habitual en Homeland, con unos primeros capítulos más que pausados lentos, pero lo cierto es que aquí lo son bastante y cuesta perdonarlo porque las tramas ya estaban bien asentadas y venían con carrerilla, ergo no había la necesidad de pararse a exponer con detenimiento una historia nueva. Además, Carrie da bastantes tumbos en un drama muy visto: que si estoy loca, que si la hija, que si las peleas con la hermana… A estas alturas deberían haber buscado algo más original. El enérgico papel de Jake Weber como el locutor miserable que escupe bilis y conspiraciones cada día y la tensión con que los ultraconservadores amantes de las armas se alcen contra el gobierno es lo más llamativo del primer tercio del año. Sin embargo, me temo que el subidón gradual de esta sección no llega tan alto como se esperaba, porque prometía un episodio de acción espectacular de los que dejan todo patas arriba como venía siendo habitual en las temporadas previas, pero es un poco decepcionante al no ofrecer una gran batalla y dejar luego a O’Keefe muy de lado a pesar de su relevancia.

De todas formas, la lectura crítica que se expone no se puede pasar por alto, porque en estos dos últimos años de sutil tiene bien poco. Homeland siempre ha sido una producción dada a mostrar las malas artes del gobierno de Estados Unidos y que trataba de ofrecer una visión compleja y verosímil del panorama político de todo el mundo (desde el punto de vista del terrorismo y el espionaje), pero no se notaba tanto en sus dos primeros años, más centrada en la familia, lo militar y el miedo al musulmán, así que conforme fue abriendo el objetivo fue perdiendo el beneplácito aquellos que no habían se dado cuenta de que no era tan de derechas como pensaban. Porque por lo visto muchos no se enteraron de que Brody no se había convertido en islamista radical, sino que había conocido la miseria que deja su país por el mundo y quería ponerle fin acabando con sus dirigentes, pero ya en futuras etapas, cuando ponían musulmanes buenos (¡qué osadía!) y políticos corruptos e incompetentes más evidentes, se preguntaron qué hacían viendo una serie realista y volvieron a 24 (2001), la orgía fascista protagonizada por Kiefer Sutherland.

Pero ahora, estando Homeland tan bien asentada a estas alturas, su artífices principales, Howard Gordon y Alex Gansa, no tienen miedo de poner en la mira a la población civil también. El primer objetivo me parece muy acertado, de hecho logran que resulte perturbador: describen y machacan a lo grande a los O’Keefe del mundo, esos ultraconservadores con poder (mediático principalmente) cuando no fachas que viven en una burbuja inventada por ellos mismos sin conocer los problemas reales de la gente (sobre todo de las clases bajas) y se alimentan de soltar mierda y conspiraciones contra enemigos imaginarios, o sea, contra todo el que no comulgue con su paranoia; la principal referencia de esta figura parece ser el locutor y productor de documentales conspiranoicos Alex Jones; en España su equivalente serían Jiménez Losantos o Eduardo Inda (ni los voy dignificar poniéndolos en negritas). También van a saco a por el clásico “obrero de derechas”, en EE.UU. conocidos como “rednecks”, poniéndolos de ignorantes que no entienden el mundo y violentos contra todo lo que no piense como ellos. Pero en esto último deberían haber mostrado más perspectivas, creo yo que había tiempo para dibujar un cuadro más completo que abarcara distintas visiones del conflicto, o al menos haberlo hecho con más elegancia para que no pareciera una simplona generalización del estereotipo. Es decir, aquí sí habría razones para señalar un torpe giro hacia una torpe izquierda, pero por suerte no parecen quedar espectadores reaccionarios viéndola y pasa como lo que es, un fallo menor en un loable intento de mostrar cosas complejas.

Después de este punto de inflexión nos vamos a otra historia que puede parecer un poco metida de golpe inicialmente, pero no tarda en coger carrerilla y enganchar. Cabe destacar que el escenario planteado resulta tan plausible que Homeland de nuevo acierta de lleno prediciendo historias reales de la política mundial. La injerencia rusa (en concreto en EE.UU.), tanto mediante espías como sobre todo a través de las redes sociales, es un tanto turbadora como espejo de la realidad, pues la campaña de Hillary y Trump y la presidencia de este se han visto salpicadas de escándalos parecidos. En principio los productores tenían pensado otro arco distinto para las temporadas siete y ocho, pero la inesperada llegada de Trump al poder les pareció más relevante y lo tuvieron en cuenta en la presente.

Como trama de espionaje e intrigas políticas recuperamos pronto un nivel más acorde al estándar en la serie, con numerosos giros imprevisibles e infinidad de retos para Carrie, Saul y Keane. Tras volver Carrie al juego con una escena estupenda, esa en que vence a un hacker pervertido y vuelve a sentirse viva, recuperamos a la gran espía y todo parece unirse de nuevo y encaminarse a explotar a fondo la trama global. Pero me temo que vuelven a llevar a la protagonista hacia un dramón de cuidado, otra disputa por la dichosa niña y la cansina enfermedad. Sí, está bien escrito y como drama funciona, pero hay que ponerse en situación: a estas alturas está bastante agotado, tenían que haberlo cerrado hace tiempo. Por suerte, parece que todo apunta a ello en un tramo final bien trabajado y bastante emotivo, aunque entenderé que a alguno se le haga largo esperando el colofón de la historia principal.

Otra mejora posible es que se echa de menos algún agente secundario con más peso, pues sólo cabría mencionar a Thomas Anson (James D’Arcy), y está muy lejos de llegar al nivel de Peter Quinn. Tampoco termina de entusiasmar el nuevo amigo/amante de Carrie, Dante Allen (Morgan Spector), cuyas acciones requerían unas motivaciones más contundentes para resultar creíbles. También cabe decir que Max sigue resultando muy interesante, pero tras tanto tiempo no han ahondando casi nada en él; al menos está bien acompañado por otros secundarios nuevos interesantes, la analista y el joven hacker. Por el lado de la presidenta el resultado es mejor: David Wellington y el senador Paley tienen mucho peso en la trama y son unos personajes estupendos muy bien interpretados por Linus Roache (visto en Vikingos) y Dylan Baker (secundario en incontables series, como The Good Wife). De hecho, sus problemas y los conflictos políticos entre ellos acaban siendo más interesantes que el esperado desenlace…

Después de tanto prometer, los guionistas han fallado un poco también en los clímax principales; nada desastroso, pero Homeland nos tenía acostumbrados a un gran nivel y la cosa va algo justa. La ansiada visita Rusia resulta poco aprovechada y las escenas de tensión y acción son más artificiales que efectivas. El asalto a la casa segura donde se esconde la espía, los duelos entre embajadores y asesores de seguridad y el lío en la embajada (atención a los mediocres efectos especiales de la subida por la fachada) están lejos de alcanzar el listón de otros años. Y me temo que como epílogo tenemos dos giros forzados malogrados, uno con la presidenta, que no tiene razón de ser, y otro con Carrie donde se desanda lo andado con sus crisis emocionales y no promete nada bueno.

No sé qué deparará la octava y última temporada, porque casi todo está muy cerrado y será una historia nueva. Lo que sí deseo, viendo la irregularidad de esta etapa, es que se pongan las pilas y nos regalen un gran cierre.

Ver también:
Temporada 1 (2011)
Temporada 2 (2012)
Temporada 3 (2013)
Temporada 4 (2014)
Temporada 5 (2015)
Temporada 6 (2017)

BLACK MIRROR – TEMPORADA 3

Netflix | 2016
Drama, ciencia-ficción | 6 ep. de 52-90 min.
Productores ejecutivos: Charlie Brooker, Annabel Jones.
Intérpretes: Bryce Dallas Howard, Alice Eve, Cherry Jones, James Norton, Wyatt Russell, Alex Lawther, Jerome Flynn, Gugu Mbatha-Raw, Mackenzie Davis, Sarah Snook, Kelly Macdonald, Faye Marsay, Benedict Wong.
Valoración:

A finales de 2015, Netflix se hizo con los derechos para producir nuevos capítulos de Black Mirror que tenía previamente la productora independiente Endemol Shine UK. Pero no quedó ahí la cosa, porque el canal que la emitía hasta entonces, Channel 4, también perdió pocos meses después la puja por los derechos de emisión. Eso sí, Netflix soltó la nada desdeñable cifra de 40 millones de dólares en esto último. No encuentro cuánto en lo primero ni cuál fue el presupuesto de la temporada, pero está claro que barata no ha salido la jugada, aunque viendo su éxito probablemente haya merecido la pena.

Desde el primer capítulo se nota el aumento de dinero, se ve que han intentado darle a la serie más categoría contratando a algunos directores bastante o muy conocidos y dejándoles algo de libertad creativa y un buen monto con el que imaginar los distintos futuros. Así, la estética (dirección, diseño artístico, fotografía) y la música (donde también fichan a varios talentos) cambian en cada episodio mucho más que antes y encontramos exteriores y escenarios más numerosos y mejor trabajados.

Lo que no hace Charlie Brooker es contratar guionistas que traigan nuevas ideas (no cuento los que han terminado bocetos suyos), amplificando el problema de las primeras temporadas: la irregularidad se hace más notable, pasando de un capítulo muy inpirado y cuidado a fondo a otro hecho con cuatro trazos mal dados sobre una idea basta. Si no fuera porque los aciertos resultan deslumbrantes está claro la serie no habría llegado tan lejos, pero aun así no se puede perdonar que en temporadas tan cortas haya episodios regulares o incluso malos.

Nota: En España han dejado sin traducir unos títulos y otros los han reinventado de mala manera. Yo he preferido seguir una traducción más fiel.

Tras el salto incluyo un análisis por capítulos.
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