THE WIRE (BAJO ESCUCHA) – TEMPORADA 1.

The Wire
HBO | 2002
Productores ejecutivos: David Simon, Robert F. Colesberry, Nina Kostroff-Noble, Ed Burns.
Intérpretes: Dominic West, John Doman, Idris Elba, Frankie Faison, Lawrence Gilliard Jr., Wood Harris, Deirdre Lovejoy, Wendell Pierce, Lance Reddick, Sonja Sohn, Andre Royo, Seth Gilliam, Domenick Lombardozzi, Clarke Peters, Michael Kenneth Williams, Jim True-Frost, Corey Parker Robinson, Delaney Williams, J.D. Williams, Michael B. Jordan, Michael Kostroff, Hassan Johnson, Tray Chaney.
Valoración:

Alerta de spoilers: No hay datos reveladores, sólo describo el argumento y los personajes.–

El inicio de The Wire nos introduce de lleno en el mosaico de habitantes e historias de Baltimore sin hacer concesión alguna de cara al espectador, pues aparecen de golpe casi todas las personas y lugares que serán cruciales en el relato. Apáñatelas como puedas para quedarte con el nombre y la posición de cada uno, que no son pocos y vamos saltando de uno a otro constantemente. David Simon apunta directamente al espectador inteligente, atento y paciente. La temporada entera es una gran historia, un solo capítulo, y huye del episodio piloto comercial, es decir, de la presentación gradual que remarca las cosas mediante trucos estándares (ni banda sonora tiene) y abusando de clichés muy sobados para llegar con facilidad y engatusar (como el cansino final que deja a un personaje al borde de la muerte, por citar un ejemplo claro de lo que quiero señalar). Dice a las claras: esto va a ser la serie, lo tomas o lo dejas. Coral, compleja, profunda, sin simplificaciones ni sensacionalismos narrativos. Va a navegar como la vida misma, con mil ramificaciones y consecuencias variadas que no siempre llegan rápido y con claridad.

Pero está muy lejos de resultar innecesariamente exigente, de caer en lo farragoso. El ritmo es pausado y la descripción de los caracteres y su lugar en la trama se desarrolla tanto con precisión como con naturalidad, de forma que la única dificultad radica en su número, en quedarse con sus nombres. Pero los bandos, rangos y rasgos principales calan rápido, y no se debería necesitar más de tres o cuatro capítulos para tener dudas sólo con algún secundario que se limita a aparecer de vez en cuando, como esos altos mandos policiales tan lejanos al grupo principal. Y pausado no significa lento, nunca han estado esos términos más alejados que aquí. La narración es sosegada pero a la vez intensa en un estilo único: te engancha desde el principio con su retrato tan verosímil y atractivo de personas e historias, te atrapa irremediablemente con su aparente fluidez pero su sustrato tan jugoso y sugerente. Es difícil de describir, porque rompe cualquier esquema conocido de narración cinematográfica, sólo Babylon 5 se le acerca, pues como aquella, es una serie con muchos protagonistas y facciones y con una trama que se desarrolla lentamente, pero eso sí, The Wire tiene un tamaño y calado inifnitamente más grande, sobre todo en el número de personajes, de hecho hasta la fecha es con toda seguridad la serie con el repertorio más grande que se ha visto.

Es más fácil compararla con la literatura. Su visionado transmite la sensación de estar leyendo una novela de miles de páginas pero que lejos de amedrentarte o darte pereza te resulta fascinante en cada párrafo y capítulo y siempre quieres más y más. El guión es tan brillante y preciso que no se encuentra ni un diálogo o escena que no tenga un sentido y objetivo claro, ni que carezca de la capacidad de resultar como poco interesante por sí solo. Es decir, todo lo que está ocurriendo, toda frase y escena, influye en el devenir de aconcecimientos y la evolución de los caracteres. Como digo, no hay palabras para describir tanta genialidad, hay que verla y punto. No hay serie mejor narrada y más equilibrada. The Wire consigue que cada largo capítulo (casi todos de 58 minutos, alguno incluso más) se haga cortísimo y esperes con ansia el siguiente. Es complicado resistir la tentación de tragarse varios seguidos, y de verla una y otra vez.

Lo primero que se observa, aparte de que es una aproximación casi documental a la realidad (de hecho en su mayor parte está inspirada en casos vividos por sus guionistas: David Simon como periodista, Ed Burns como detective), es su tono pesimista y desencantado sobre la situación de la ciudad de Baltimore, y por extensión de cualquier sociedad actual del primer mundo, pues su visión y análisis es válido para casi cualquier lugar, en especial obviamente Estados Unidos. El cuerpo de policía sale malparado desde los primeros minutos. La cadena de mando está podrida de arriba abajo por intereses, amiguismo, corrupción e incompetencia. El día a día de los altos mandos no es tratar de resolver casos, sino de trampear estadísticas y echarle el muerto (literalmente) a otro, porque es más fácil sobrevivir así en el fallido sistema que con su dejadez y cobardía matienen. El día a día de los detectives y agentes es hacer las horas y, si es veterano, pensar en la jubilación como una liberación, todo ello acompañado por numerosos casos de alcoholismo y nulidad bastante tolerados por el resto de compañeros, porque ven en esa forma de ser su propio futuro. Ni siquiera los detectives de calidad, como Bunk (Wendell Pierce) o Lester (Clarke Peters), se libran de sus propios demonios internos… y externos, porque hay que andar con pies de plomo para no molestar a quien no se debe, pues podrías acabar dirigiendo el tráfico. De hecho Lester lleva largos años castigado en un olvidado puesto administrativo hasta que el caso especial que se pone en marcha le permite emerger de nuevo como el gran detective que es, para sorpresa de todos, en especial del espectador, pues su renacimiento es uno de los grandes instantes del año.

En este panorama estancado que no ofrece soluciones para el crimen de la ciudad llegamos a McNulty (Dominic West). Es un investigador nato y un as a la hora de rematar casos, pero también un borracho que ha echado a perder su matrimonio y un tocapelotas que por cabezón y molesto ha caído en desgracia ante todos sus jefes y a veces también ante sus compañeros, pues no sabe cerrar el pico cuando debe ni trabajar el ángulo político, o sea, contentar a los superiores. En una de sus pataletas consigue, con su amigo el juez Phelan (Peter Gerety) y su amante intermitente Rhonda (Deirdre Lovejoy), la abogada enlace de la comisaría con el juzgado, iniciar una cadena de acontecimientos que pondrá en apuros a toda la comisaría. Al final logra lo que buscaba: que se organice un equipo especial para perseguir al capo de la droga del momento, que está dejando un reguero de muertos sin que ningún departamento haga nada al respecto. Pero lo más triste, o gracioso, según se mire, es que los superiores (el Subcomisario Burrell –Frankie Faison– y el Mayor Rawls –John Doman-) arman el grupo para aparentar que se hace algo, esperando que pase el temporal para volver a la rutina: seleccionan a despojos, rechazados y novatos varios y no les hacen ni caso, esperando que termine el plazo y se asuma que han hecho su trabajo como se pedía.

Esta llamada Unidad de Delitos Mayores es ofrecida al Teniente Cedric Daniels (Lance Reddick), quien estará bien controlado porque lo tienen amenazado con las cuchilladas habituales en la cadena de mando, es decir, el chantaje con sacar a la luz alguna corrupción o desliz del pasado. Mientras debe andar con pies de plomo con sus jefes lidia también con sus nuevos subordinados, entre los que se encuentran algunos de los citados casos de incompetencia y embriaguez. Pero son los que demuestran tener algo de valía nuestros protagonistas: a las habilidades de McNulty y Lester se suman los jóvenes pero prometedores detectives Kima (Sonja Sohn), Herc (Domenick Lombardozzi), Carver (Seth Gilliam), Sydnor (Corey Parker Robinson) y Prez (Jim True-Frost), cada uno con sus virtudes y limitaciones propias.

Uno de los momentos míticos de la temporada es la gran pregunta que se hacen en la comisaría: “¿Quién demonios es Avon Barksdale?” Nadie conoce a la figura que maneja la droga en el distrito Oeste, quien domina “Las torres” y “El foso”, un barrio de edificios y una urbanización de la zona pobre que están bajo el mando de un nombre que corre por las calles pero que no parece tener rostro. A partir de aquí empieza una investigación policial detallada hasta extremos alucinantes, de hecho el argumento global del año es ese: cómo se inicia y desarrolla un gran caso contra la droga. Los detectives trabajan con material obsoleto (¡máquinas de escribir!), se patean las calles, hacen mil horas de vigilancia, se sumergen en una maraña de luchas legales (para poner escuchas principalmente) y burocracia (búsqueda de locales y finanzas por donde atacar). Por supuesto no faltan las aptitudes personales, donde a realismo no le gana nadie a la serie: ningún personaje se libra de cagarla en algún momento o directamente de arrastrar importantes demonios internos, o sea, de ser humano. Y no digamos cuando el vicio se convierte en forma de vida. Por ejemplo Cedric suda de lo lindo luchando con la cadena de mando para poder sacar adelante sus peticiones sin quedar mal con nadie, porque prima la política y el amiguismo que hacer bien el trabajo. A este respecto destaca otro de los grandes escollos a los que se enfrenta: cuando siguen el dinero en vez de la droga los jefes tiemblan, ya que no se sabe adónde puede llevar el rastro, pues las conexiones con empresas (constructoras sobre todo) y políticos se huelen en el ambiente.

En las calles conocemos el mundo de la droga, la cadena de mando opuesta a la ley. Desde los peones, encargados de la venta en las esquinas y otros recados, al capo, un genio que se mantiene hábilmente en la sombra, pasando por un gran número de consejeros, matones, soldados… Las figuras principales son grandiosas, individuos tan atractivos y tan bien dibujados como los que pueblan las comisarías. El rey es un inteligente Avon Barksdale (Wood Harris), cuya paranoia con que le podrían estar vigilando y su eficaz forma de mantener la cadena de mando y quedarse alejado de todo crimen lo ha mantenido fuera del radar. Su mano derecha es incluso más inteligente que él: Stringer Bell (Idris Elba) pone todo su empeño en trabajar como si la droga fuera un negocio, pensando que los crímenes son innecesarios, que esto es mercado y punto. Es junto a McNulty y Omar uno de los grandes favoritos del público, y con razón, pues con su visión de las cosas y su forma de actuar posee un magnetismo irresistible. D’Angelo “D” Barksdale (Lawrence Gilliard Jr.) es el sobrino del jefe, y se le intenta educar para ser un líder, pero sus dudas y vacilaciones hacen tambalear su posición en ocasiones. Este dirige el grupo de venta callejera rodeado de otros tantos personajes encantadores: Bodie (J.D. Williams), Poot (Tray Chaney), Wallace (Michael B. Jordan)… El gran número de historias y los completos análisis que se hacen desde este ángulo también son brillantes, destacando clásicos problemas como que quien nace y crece en ese mundo no tendrá más salida. Las muestras de cómo viven los niños cuyo destino está sellado es muy triste; demencial el instante en que resuelven los deberes de matemáticas poniendo como ejemplo el reparto de droga: tantos frasquitos aquí, tanto dinero allá…

Por libre van otros protagonistas cruciales y muy queridos. Bubbles o Burbujas (Andre Royo) es el vagabundo encantador que sobrevive mirando sólo el día en que vive (es decir, la dosis de turno), cuya relación con McNulty y Kima como informante es divertidísima para el espectador y esencial para los casos. Omar Little (Michael Kenneth Williams) y su banda de asaltantes ponen en bandeja tramas también muy emocionantes. Curiosamente, siempre pensé que Omar era el menos realista, pero como otros tantos fue inspirado por personas reales. Su actitud de estar al margen de todo pero guardar cierto código de honor, amén de su arrolladora personalidad, lograron que enseguida se convirtiera en uno de los roles más queridos.

Las escenas para enmarcar son varias en cada capítulo, y muchas se quedan grabadas en la memoria para siempre. McNulty soltándole al juez la presencia de Barksdale y diciendo disimuladamente que nadie va tras él, lo que desenadena en el caso; la partida de ajedrez que define la cadena de mando del hampa; el estudio de un escenario de un crimen sin resolver realizado por McNulty y Bunk únicamente con el diálogo de “joder”; las primeras aportaciones de Lester, que dejan a todos alucinando; la ejecución de uno de los jóvenes negros por parte de sus compañeros; la valía de Prez investigando papeleo en contraposición con su gran torpeza como agente de campo; Cedric pateándose la cadena de mando de arriba abajo; la persecución que acaba con el tiroteo de un agente, y las consecuencias en sus compañeros (terribles las falsas condolencias de los altos mandos); cualquier conversación al azar de Herc y Carver; McNulty perdiendo a sus hijos en el supermercado mientras espía a Stringer, y flipando al ver a este estudiando economía…

Podría tirarme párrafos y párrafos alabando la larguísima lista de personajes, analizando a fondo los mil mensajes y críticas que se observan en este completísimo y cautivador ensayo, citando sus innumerables momentos y detalles geniales… pero lo mejor es descubrirlo por uno mismo: el visionado de The Wire es obligatorio para cualquiera que se llame amante de las series o del cine.

Ver también:
Presentación.

2 Respuestas a “THE WIRE (BAJO ESCUCHA) – TEMPORADA 1.

  1. Seriaza y temporadon, el unico pero es que al principio te pierdes un poco con los personajes pero como ya iba avisado me hice una chuleta y apunte ahi todos los nombres con su rol, hay un puñado de personajes encantadores y me gusta que el “bien” tenga sus claroscuros. La segunda tambien me gusto, a ver cuando me pongo con la tercera. Gracias por comentar en pleno 2015 esta serie.

  2. Llevaba años con el comentario pendiente, ya iba siendo hora de que lo terminara. Las otras temporadas las tengo escritas casi todas, no debería tardar en publicarlas si no me atasco o distraigo con otras cosas.

    Mis favoritas son la tercera, porque se juntan muchas cosas gordas, y la cuarta, porque con el colegio y la política muestra lo corrompido que está el sistema de forma tan clara que duele verlo.

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