THE CROWN – TEMPORADA 4

Netflix | 2020
Drama, histórico | 10 ep. de 50-60 min.
Productores ejecutivos: Peter Morgan, Stephen Daldry, varios.
Intérpretes: Olivia Colman, Josh O’Connor, Emma Corrin, Tobias Menzies, Helena Bonham Carter, Gillian Anderson, Erin Doherty Marion Bailey, Emerald Fennell, Charles Edwards, Charles Dance, Richard Goulding, Angus Imrie, Stephen Boxer, Rebecca Humphries.
Valoración:

La cuarta temporada de The Crown muestra por fin la maduración que se esperaba en la serie, ha sido la más redonda y equilibrada a la hora de unir distintas historias, la más decidida en el drama y valiente en contenido, y eso que venía de la que menos lograda resultó.

Ya no veo el problema que arrastraba desde el principio su principal guionista, Peter Morgan: lo narrado en cada episodio rara vez dejaba huella en el siguiente, y en concreto había saltos muy bruscos entre el día a día de la familia real y la política. Al cambiar el foco de forma abrupta dejaba la sensación de que se generaban grandes huecos, que no se explicaba como acababa una crisis o el destino de un primer ministro antes de saltar a otra aventura independiente de la corona y generalmente de menor relevancia histórica.

Llevaba estos tres años entusiasmado por la serie pero un poco apenado por esa inestabilidad narrativa que le impide alcanzar un potencial mayor. Me preguntaba si tenía sentido echar vistazos fuera del palacio para que al final no desarrollaran esas historias a fondo. La gran calidad de los episodios en sí mismos, indistintamente de donde pusieran el objetivo, disimulaba bastante esta carencia, pero es innegable que ha pesado más de la cuenta.

En esta etapa, que abarca los años ochenta, la cohesión entre historias y perspectivas es impecable. Lo que ocurre en un capítulo influye y se siente en el siguiente. Los problemas del gobierno y la crisis económica de cada momento se desarrollan de forma que se entiende todo muy bien, no sólo porque no se deja nada a medias, sino porque se le dedica más tiempo y a la vez se forja una unión más natural con la corona. Ninguna sección se impone a la otra, cuando una debe pasar a primer plano lo hace pero sin provocar la sensación de que hemos dejado atrás otras cosas.

La primera ministra actual, Margaret Thatcher, tiene más presencia en lo personal, conocemos bastante de su vida y familia, nos exponen sus motivaciones e ideales, entendiendo así como se embarcó en una carrera política tan polémica. Los roces con la reina no se limitan a escenas sueltas, sino que se construye paulatinamente una relación cuasi simbiótica: el destino del país depende en gran medida de la fortaleza y del entendimiento entre ambas.

Los conflictos entre miembros de la familia real se materializan con mayor dedicación, la evolución de cada rol está más trabajada a largo plazo. Por ejemplo, anteriormente Margaret entraba y salía del relato caóticamente, de manera que incluso podías perder el hilo sobre su vida, pero ahora está siempre presente. Aunque sea con un diálogo o un gesto en historias donde es casi una extra, se va detallando su caída hacia el abismo: la soledad, las fiestas y las drogas van marcando su personalidad hasta que la enfermedad física y psicológica (depresión) hacen acto de presencia.

Pero este es el año de Anne, Charles y sobre todo Diana. Estos dos últimos copan tanto protagonismo que casi dejan a la reina Elizabeth como secundaria. Sin embargo, como cabeza de familia tiene todavía mucho que decir, marcando el ritmo en la vida de todos, y en política ha crecido bastante, siendo capaz de plantar cara a Thatcher. La tormenta de Diana Spencer arrastra a la familia real hacia nuevos escándalos que intentan tapar como bien pueden. Todavía no explotan, eso en la próxima temporada, cuando traten los años 90, pero la tensión y degradación se siente en cada momento.

La tragedia que rodea a Diana es de altos vuelos. El clásico cuento de la princesa rota, pero hecho realidad con toda su crueldad. La joven y sus ilusiones chocan con un mundo de apariencias, de frialdad y sentimientos escondidos, de secretos que se tapan con más secretos. Morgan no se anda con rodeos y muestra el viaje al infierno de Diana con todo detalle. Del éxtasis de vivir un sueño a la depresión y la bulimia.

Pero la familia real también sufre las consecuencias de sus propios actos. Charles es infeliz y mantiene a su amante, Camilla, el matrimonio de Anne se resquebraja también. Pero la corona, su apariencia de infalible, está por encima de los deseos personales, las relaciones se supeditan a ella. Y actos atroces como la ocultación de las primas retrasadas mentales (durísimo el episodio) lo ejemplifican muy bien. Los que saben, callan, los que lo descubren… deben callar también, porque forman parte del juego.

Aquí entramos en el otro aspecto donde Morgan está sintiéndose más cómodo: es más contundente a la hora de mostrar los hechos, rozando la crítica, pero sin pecar de manipulador. En los primeros pasos de la serie dio la sensación de ir con demasiado cuidado, resultando una visión un tanto conservadora. Paulatinamente le fue cogiendo el tono a cierto humor negro que ironizaba con el sentido de la monarquía y sus aspectos oscuros. Pero ahora se lo ve muy decidido en mostrar sin ambages los males de esta y de la política, en destapar los secretos todavía no muy conocidos por el gran público o darle nueva vida a trapos sucios que se estaban olvidando. Y todo ello sin mostrar parcialidad, sin que parezca el juicio personal del autor, sino que los propios personajes ven sus fallos y sufrimientos y los de otros, y los eventos históricos se muestran con toda su crudeza pero sin dirigirte hacia una opinión, ya la sacarás tú según tu forma de ser y tu conocimiento de los hechos. La reconversión del país hacia un neoliberalismo extremo y la guerra de las Maldivas generaron varias tormentas políticas, crisis sociales y económicas de sobras conocidas y analizadas, una serie histórica no es lugar para emitir otro juicio más. Y Margaret Thatcher se muestra como una persona antes que como una política supuestamente despiadada o equivocada.

Por supuesto, habrá quien quiera buscarles las cosquillas, pero a pesar de la temática y la cercanía temporal, sorprendentemente no hay polémica alguna, prácticamente no se ven voces discrepantes. En fidelidad histórica sin duda hay numerosos cambios menores justificados por necesidades narrativas, como cambiar levemente la forma y el lugar en que se encuentran o conocen algunos personajes. En lo importante, el retrato de las personas y los hechos, no parece haber quejas incluso sobre las partes donde Morgan especula más porque no hay datos que confirmen una cosa u otra, como el cuándo conoció la familia real las aventuras de Charles y la bulimia de Diana, qué motivó al intruso que se coló en la habitación de la reina, que Margaret hallara a las primas ocultas antes que la prensa… Lo único que se le puede reprochar es que, para haber empezado fuerte con el IRA, con el atentado que acabó con Lord Mountbatten y otros miembros de su familia, Morgan no vuelve acercarse a ese conflicto que marcó durante décadas a Reino Unido, pero claro, se puede decir que una vez deja de tocar de cerca a la familia real no hay necesidad de abarcar todas las historias vividas en el país.

Los actores principales ya consagrados, Olivia Colman, Tobias Menzies y Helena Bonham Carter a la cabeza, siguen estando estupendos. Las buenas formas que apuntaban las nuevas elecciones se materializan mucho mejor de lo esperado. Erin Doherty como la princesa Anne está muy bien, pero Josh O’Connor como Charles ofrece un papel memorable, no ya por la mimetización en la figura real, donde el increíble parecido hace mucho, sino por su intensidad dramática a base de silencios y gestos contenidos. La incorporación de Gillian Anderson también es imponente, se mimetiza de maravilla en Margaret Thatcher. Pero incluso ante tanto talento, la joven elegida para encarnar a Diana arrasa de forma incontestable. Emma Corrin, apenas empezando su carrera, no sólo se parece también mucho a la Diana real, sino que nos regala un torrente interpretativo colosal: de la inicial sensualidad, encanto y gracia… a un cambio de registro brutal cuando las tragedias rompen su idilio y va cayendo hacia infierno.

El acabado visual es deslumbrante desde el primer episodio y continúa manteniendo un nivel con el que pocas series, y también películas, rivalizan. Sigue asombrando su capacidad para pasar de la grandilocuencia al intimismo de un plano a otro con una hipnótica elegancia. Las conversaciones en los salones del palacio combinan la magnificencia hortera con miradas y silencios sutiles, un trabajo exigente para unos directores que cumplen con nota. Y cuando saltamos a los grandes viajes por el mundo encontramos localizaciones espectaculares, aunque en muchos casos no sean las reales: las partes de Australia se rodaron en Málaga y Almería. La banda sonora definitivamente ha ganado con el cambio de compositor el año pasado. Martin Phipp, inglés veterano en el género, se ha adueñado del todo del aspecto musical de la serie, ofreciendo una partitura más adaptada en estilo y en registro dramático, un clasicismo sinfónico más versátil y elegante que la pseudo sinfonía electrónica de Rupert-Gregson Williams y Lorne Balfe, bastante efectiva pero más limitada. Hay mayor variedad temática, con motivos para distintos personajes, algunos de gran belleza, y que evolucionan gradualmente.

Morgan ya ha confirmado varias veces que acabará con seis temporadas, y las dos últimas volverán a contar con un cambio de reparto para adecuarse de nuevo a las edades.

Ver también:
Temporada 1 (2016)
Temporada 2 (2017)
Temporada 3 (2019)
-> Temporada 4 (2020)

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