THE KNICK – TEMPORADA 2.

The Knick
Cinemax | 2015
Productores ejecutivos: Jack Amiel, Michael Begler, Gregory Jacobs, Steven Soderbergh.
Intérpretes: Clive Owen, André Holland, Juliet Rylance, Eve Hewson, Cara Symour, Eric Johnson, Chris Sullivan, Michael Angarano, Jeremy Bobb, Grainger Hines, Charles Aitken.
Valoración:

Alerta de spoilers: Solo esbozo las tramas del año.–

La vida en el hospital Knickerbocker sigue adelante con cada protagonista enfrentándose a sus demonios internos y a las zancadillas de un mundo hostil: las exigencias del trabajo, los problemas sociales, los conflictos con otros (familias, compañeros)… A duras penas consiguen mantener control sobre sus vidas y mucho más complicado es perseguir la felicidad. Y los guiones de Jack Amiel y Michael Begler mantienen el tono trágico y oscuro y la determinación de no ser idealistas con el retrato de una época muy dura, con lo que a los personajes les cae de todo encima.

Algernon continúa luchando contra el racismo imperante que le niega un futuro a pesar de sus grandes habilidades como cirujano. Cornelia sufre el matrimonio de conveniencia para mantener a flote la familia, y queda a merced del exigente padre de su esposo, con lo que la vida como mujer independiente y trabajadora parece escapársele de las manos a pesar de sus esfuerzos. La joven enfermera Elkins aprende a hacerse un hueco en el mundo de los hombres abriéndose de piernas, desoyendo los consejos con los que podría evitar tropezar en los errores que cometen muchas (elegir hombres equivocados, jugártelo todo a la baza de la sensualidad, etc.). La hermana Harriet enfrenta otras imposiciones sociales dañinas: la prohibición del aborto trae muchas desgracias, en especial para ella al ser pillada practicándolos.

La ciencia médica está en pañales y tiene tanto aciertos como patinazos monumentales (horrible el periplo de la mujer de Gallinger con los psiquiatras), y los avances conllevan mucho esfuerzo y sacrificio, con fracasos que perseguirán como fantasmas a los cirujanos (las visiones de Thackery con la chica). Chickering trata de labrarse una carrera lejos del caos que genera Thackery, pero también echará de menos su energía y pasión. Gallinger cree que Algernon le está quitando oportunidades, y se reafirma en su racismo para tratar de luchar contra él, embarcándose en los ideales de la eugenesia. El viaje de Thackery con las drogas sigue causando estragos en su vida personal y laboral, con lo que su ambición y visión pende de un hilo constantemente: podrían pillarlo y echarlo, puede pasarse con la dosis y acabar muerto, o hacer locuras fruto de la enajenación mental.

Hay otras historias más secundarias y muchas veces ajenas al resto, pero nunca parecen descolgadas y siempre resultan muy entretenidas, por no decir que también exponen temas interesantes de la época. La aventurilla de Tom Cleary, el conductor de ambulancia, con la hermana Harriet, es divertida y emotiva, lo que sirve para aligerar este dramón, pero ya de paso muestran algunos problemas básicos de aquellos tiempos: las relaciones y las vida de las clases bajas. Barrow continúa tratando de llevar la administración del hospital de forma que pueda sacar tajada, y la construcción del nuevo edificio es una mina de oro de especulaciones y robos. También va cobrando protagonismo Henry Robertson, hermano de Cornelia, uno de los miembros del consejo del hospital.

Como en el primer año, el mosaico de personajes realistas y complejos resulta fascinante, lo que sumado a la notable recreación de la época conforman un drama magnífico… aunque no impecable. En el tramo final el nivel baja ligeramente, perdiendo algo de intensidad y acumulando algunos fallos y decisiones cuestionables (muy pocos, eso sí). Hay una escena bastante malograda, aunque la intención fuera buena: Gallinger cambiando el frasco de medicina para hacer que Algernon falle es un giro clásico pero que no habría desentonado si no se hubiera ejecutado tan mal, porque lo hace delante de decenas de testigos y tenemos que creernos que nadie se da cuenta. Otra trama muy convencional sirve para cerrar el arco de los Robertson: el secreto oscuro que parece señalar a un personaje y finalmente en un giro repentino recae sobre otro resulta demasiado forzado e impropio de una serie que normalmente desarrolla las tramas de forma más verosímil, aunque tenga giros un tanto brutos a veces (como la que lía Barrow con su mujer y la prostituta). También supone un tropiezo la aparición de la esposa de Algernon, metida con calzador de mala manera para luego no aportar nada; no sé qué pretendían con esta historia, y la cosa empeora porque ella es bastante cargante.

Donde no hay pegas en la espléndida labor de Steve Soderbergh, que se encarga él solito (como hace siempre) de la dirección, fotografía y montaje, un trabajo que debe de ser arduo porque son diez horas por año. La materialización de la época es excelente gracias al estupendo vestuario y las abundantes localizaciones bien maquilladas (ayuda que los edificios de muchos barrios sean del estilo de los años retratados, desde luego), pero lo que destaca es el aspecto visual experimental y vanguardista que lejos de descolocar o parecer artificial ayuda a crear una atmósfera deslumbrante sin perder autenticidad: cámara en mano, iluminación natural y un gran esfuerzo por realizar escenas complejas de forma que parezcan fluir con espontaneidad nos sumergen en la serie como si estuviéramos al lado de los personajes.

Esta cámara en mano es la mejor labor de este estilo que he visto hasta ahora. Muchos realizadores se estrellan pensando en que basta con llevar la cámara de acá para allá y agitarla en las escenas de acción. Pero no, la escena debe ser trabajada, debe materializarse a través de una combinación de elementos que traten de transmitir las emociones buscadas. Y Soderbergh le ha cogido el punto de forma impresionante: los planos amplios y el montaje moderado recuerdan al cine clásico, donde los personajes se mueven por la escena y el enfoque de la misma persigue transmitir tal o cual sensación. Pero la combinación con ángulos extraños, movimiento constante y mucha composición sutil le confieren un estilo único donde logra numerosas secuencias que son auténticos portentos de la narrativa. Un gran ejemplo es el discurso que recibe Cornelia de su suegro: ella sentada en el tocador, él de pie tras su espalda, una mano apoyada en su hombro; él es el único que habla, pero la cámara sólo la enfoca a ella bajo una sombra amenazante que la priva de libertad. Pero así las hay por docenas, incluso algunas que parecen directamente un vacile, como el largo plano secuencia en la feria. No me olvido tampoco de otro elemento en principio discordante: la música electrónica de Cliff Martinez le va como anillo al dedo, aunque me temo que no parece haber compuesto temas nuevos para este año. Y finalmente hay que alabar también la notable interpretación de todos sus intérpretes, aunque si hubiera que citar a alguno yo me quedaría con Clive Owen (Thackery) y Juliet Rulance (Cornelia).

Ver también:
Temporada 1.

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