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TREME – TEMPORADA 3.

HBO | 2012-2013
Drama | 10 ep. de 55-70 min.
Productores ejecutivos: David Simon, Eric Overmyer, Nina Krostoff-Noble, Carolyn Strauss.
Intérpretes: Melissa Leo, Kim Dickens, Steve Zahn, Wendell Pierce, Khandi Alexander, Rob Brown, Michiel Huisman, Lucia Micarelli, Clarke Peters, India Ennenga, David Morse, Jon Seda, Phyllis Montana LeBlanc, Chris Coy, Sam Robards, Michael Cerveris, Ntare Guma Mbaho Mwine, Lance E. Nichols.
Valoración:

Alerta de spoilers: Sólo presento las historias principales, aunque obviamente será revelador si no has visto las temporadas anteriores.–

Nueva etapa en la vida de las gentes de New Orleans. Dos años han pasado desde que el Katrina arrasara la ciudad y dejara una huella más profunda de lo esperado por culpa de la incompetencia y corrupción del gobierno, y no parece haber cambiado la cosa, el renacer no ha servido para dejar atrás todo lo malo y aprender de los errores. Sus habitantes se resignan poco a poco, pues están batallando día a día para sacar adelante el trabajo y la familia, y salvo excepciones no parece haber una conciencia global que ayude a levantar la urbe como es debido.

McAlary explora nuevos proyectos que aparte de darle un sustento sirvan para aportar algo a la sociedad y la cultura, o al menos para no olvidar. Su ruta turística medio improvisada es un cachondeo y no da mucho de sí, pero tanto hablar de viejas glorias de la música lo empuja a tratar de recuperarlas en un álbum destinado, según él, a marcar una época y darles un justo beneficio a esos músicos dejados de lado. Janette, a pesar de su éxito como chef, no termina de encontrarse a gusto lejos de su hogar. Cuando recibe una oferta para llevar una cocina en New Orleans bajo la batuta de un magnate de la restauración recela del aspecto de empresario ambicioso de este tipo, pero las condiciones son demasiado buenas para dejarlas pasar. La llegada de un reportero, L. P. Everett (Chris Coy), a la ciudad agita el avispero de corrupción policíaca, pues parece obstinado en escarbar en casos como el de Abreu o Seals que llevaba Toni Bernette, de hecho no tardan en trabajar juntos y empezar a conseguir resultados poco a poco. ¿Conseguirán sacar a la luz toda esta inmundicia y que se haga algo al respecto? Colson intenta hacer lo mismo desde la comisaría, pero ni los jefes están de su lado. Y los tres sufrirán represalias constantes, lo que para Toni es cruel porque su hija es una víctima inocente. Sophia por su parte está en el proceso de maduración, con sus propios problemas.

Sonny parece haberse establecido bien con los vietnamitas, pero aún tiene que convencer al padre de su novia de que es un tipo responsable. Annie sigue por el camino al éxito como músico: apoyada por un mánager que ve en ella talento y posibilidades forma una banda con la que promocionar sus composiciones. Batiste le está cogiendo el gusto a la educación musical de los jóvenes, hasta el punto de implicarse emocionalmente en los conflictos de varios chavales. Nelson Hidalgo vuelve cuando se calman las aguas tras el último escándalo político, pero no parece haber un nuevo pastel al que hincar el diente y va tirando con chanchullos inmobiliarios menores, aunque con su gran visión tiene ideas para remontar el vuelo, de hecho pronto entra en juego un gran centro de jazz que hay proyectado. Delmond acaba como consejero en el proceso… ¿olerá la mierda que hay detrás y que la música les importa poco a estos tiburones? Mientras, su carrera musical sigue alternando entre la modernidad de New York y la tradición cerrada de New Orleans, sobre todo porque no quiere dejar a su padre, Albert, solo con tanto agobio. Este sigue tratando de terminar de arreglar su casa y salir a desfilar a tiempo con “Los guardianes de la llama” mientras lidia con el trabajo, pero tanta responsabilidad continua afectando a su estado de ánimo y su físico… aunque la degradación de esto último obtiene una respuesta inesperada: un cáncer amenaza con destruir todas sus esperanzas. Ladonna intenta sacar el bar adelante a pesar de la injusta política sobre el ruido y el acoso de algunos vecinos, a lo que se suma que el juicio por el asalto y violación se acerca, y los amigos de los culpables tratan de amedrentarla para que no testifique.

Como es habitual, todos los personajes resultan más o menos encantadores, tan vívidos y cercanos que sus historias se siguen con pasión. Además estas dejan grandes lecciones sobre la vida, y por supuesto infinidad de grandes momentos. Me encantó cuando Albert se sorprende porque Nelson conoce los locales de culto, como el Gigi, que no es solo un empresario sin escrúpulos, sino que se ha implicado en la vida local. El bajón de Sonny ante el miedo a la responsabilidad es algo típico, pero resulta bastante duro. Aunque para trágico, las represalias contra Toni y Sophia, que dejan unas pocas escenas muy inquietantes; y Colson también tiene momentos muy chungos, pero me encanta cómo levanta la cabeza y sigue adelante sin pestañear. Por el contrario, Annie como siempre ofrece el lado más luminoso, con su creciente éxito, y Batiste con los críos trae también muchos momentos de esperanza entre la miseria (la chica que no sabe leer pero puede tener un futuro porque le apasiona la música). Y su mujer Desiree gana presencia con su lucha contra el mangoneo que hay tras las reparaciones de las casas, mostrando eso de que se debe plantar cara o al menos hacer ruido, pues la injusticia no se va a ir sola. De nuevo, los que menos me han llenado han sido Ladonna y Albert, pues me resultan un poco cargantes con tantas penurias… aunque su acercamiento sentimental desde luego les da nueva vida. Y los que más adoro son McAlary y Janette, que contagian su entereza y entusiasmo. También cabe destacar el peculiar periodista, Everett, que engancha rápido.

Pero a la temporada le falta algo para llegar al nivel de las primeras, le pesa la sensación de que va con la inercia. Sí, seguimos adelante con buenas historias, pero sin aportar giros que sorprendan, sin abordar una nueva perspectiva sobre la situación de New Orleans. La única novedad digna de mención es que la odisea de McAlary sirve para homenajear a músicos veteranos que a pesar de su fama no han tenido el apoyo merecido, pues muchos trabajaron sin contrato o explotados y no tienen una jubilación digna. También está claro que la pasión de Batiste con las bandas infantiles es un homenaje y apoyo a la música, pero tampoco es una historia impactante, rompedora. Así pues, aunque tenemos otro año notable de este gran drama que ofrece un cuadro delicado y verosímil pero fascinante de una ciudad tan peculiar, lo cierto es que le falta una pizca para ser perfecto.

Ver también:
Temporada 2.
Temporada 1.

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TREME – TEMPORADA 2.

HBO | 2011
Drama | 11 ep. de 58-90 min.
Productores ejecutivos: David Simon, Eric Overmyer, Nina Krostoff-Noble, Carolyn Strauss.
Intérpretes: Melissa Leo, Kim Dickens, Steve Zahn, Wendell Pierce, Khandi Alexander, Rob Brown, Michiel Huisman, Lucia Micarelli, Clarke Peters, India Ennenga, David Morse, Jon Seda, Phyllis Montana LeBlanc.
Valoración:

Alerta de spoilers: Sólo presento el punto de partida de cada trama y protagonista. —

En el salto a la segunda temporada de Treme no cambiamos abruptamente de escenario y grupo de personajes como ocurrió en The Wire, pero también se amplía el horizonte para abarcar nuevas perspectivas del embriagador retrato que David Simon nos está ofreciendo de New Orleans. En la primera etapa nos sumergíamos a fondo el ambiente social y cultural. La gastronomía, protagonizada por Janette y sus sueños rotos, las tradiciones únicas, como los indios de Albert Lambreaux, y sobre todo la música en todo su rango: los intérpretes callejeros (Annie, Sonny), los que han logrado ascender un poco y viven de las sesiones en locales (Batiste), los veteranos más o menos famosos (Delmond, los numerosos músicos reales que aparecen en cada capítulo), y los que están en su propio mundo, como McAlary y sus locuras. Ahora también conoceremos más detalladamente cómo funcionan el gobierno y las fuerzas de la ley, adentrándonos en el ayuntamiento y el cuerpo de policía.

La corrupción del gobierno local y federal y su especulación urbanística las vislumbramos previamente porque los personajes las sufren en sus carnes, pero ahora veremos con más detalle cómo se gesta en manos privadas y cómo se permite e incluso fomenta desde los supuestos servidores públicos. Por supuesto, Simon se basa escrupulosamente en los hechos reales, relacionando las acciones de los protagonistas con eventos relevantes para la vida de la ciudad, destacando la infame gestión del alcalde Nagin y la planificación urbana de tintes racistas. Nelson Hidalgo (un carismático Jon Seda) es joven pero tiene experiencia en los entresijos del mundillo, y viene dispuesto a hacerse rico. Se acerca al empresario con visión (Ligouri), se reúne con los políticos que haga falta, pide y da favores y dinero con un entusiasmo y una visión que parecen llevarlo directo a la cima. Con Sofia, la hija de Toni Bernette, trabajando como becaria para un concejal, relacionamos esta temática un poco más con los viejos conocidos, porque Nelson va bastante por libre.

En la policía teníamos un enlace gracias también a Toni y sus constantes investigaciones, pero aunque el gran David Morse (uno de esos secundarios de lujo allá por donde aparece) encarnara al Teniente Colson, este tenía muy poca presencia y no dejó gran huella. Sin embargo su historia se amplía aquí desde el principio. Asqueado de la corrupción e incompetencia de los demás policías y detectives, parece decidido a plantar cara, y más ahora que el crimen está desbocándose de nuevo tras la pausa que supuso el éxodo forzado por el Katrina. Pero ha de ir con pies de plomo, porque un paso en falso pondría a todo el cuerpo en su contra. Por su parte, Toni acepta un caso que nos acompañará durante mucho tiempo, canalizando estos temas de corrupción y ocultación de delitos: la muerte de un joven llamado Abreu apunta al departamento de policía. El rastro, tras tanto tiempo, está frío, pero cada piedrecita que levanta parece mostrar más inmundicia.

Por supuesto, todos nuestros queridos personajes están embarcados en nuevas etapas de sus vidas, lo que nos permite tanto disfrutar de sus deliciosas como vivencias adentrarnos más en New Orleans, en la vida y las gentes de tan peculiar y encantadora urbe. Davis McAlary se lanza tras en inumerables proyectos musicales con gran entusiasmo pero sin grandes resultados. Batiste necesita un trabajo fijo, y trata de formar un grupo a la vez que tantea la posibilidad de ser profesor en la banda de un instituto. Annie, saliendo ahora con McAlary y no con el destartalado Sonny, parece estar empezando a exprimir su potencial como músico, sobre todo gracias al apoyo de su amigo Harley (Steve Earle también es músico en la vida real). Delmon Lambreaux continúa saltando entre New York y New Orleans, tratando de conciliar el jazz moderno y la tradición, y sacar algo de dinero de este género tan poco vendido. Y entre una odisea y otra, aunque tiene relación sobre todo con la de Davis, vemos el resurgir de un género musical, o más bien el de un movimiento social: el bounce, una mezcla de dance, hip hop y vetas de jazz local cuya energía y letras críticas sirven para alzar la cabeza y gritar contra las injusticias y la incompetencia de los gobiernos.

Fuera de los músicos tenemos otros muchos relatos entrañables. Albert Lambreaux no parece encontrar nada que le traiga felicidad, por mucho que Delmond trate de ayudar; el documental sobre los indios y la idea de Delmond de combinar géneros jazzísticos parecen mantenerlo ocupado, pero su humor es intratable, y va siempre alicaído. Janette renunció a su restaurante y se ha atado a New York, donde hay trabajo de sobra para una chef de su nivel, pero no encuentra un lugar en el que sentirse a gusto. Sonny parece incapaz por sí sólo de salir adelante, pero el empujón de un colega de la banda de Batiste, donde es aceptado porque no había más candidatos, podría encarrilarlo: le encuentra un trabajo de pescador para mantenerlo lejos de fiestas y drogas y con un flujo de dinero estable. Laddona apenas sobrelleva la pérdida de su hermano cuando un asalto en su bar la embarcará en otro drama que la perseguirá constantemente.

Mis secciones favoritas han sido de nuevo las de Jannete y McAlary, seguidas de las desventuras de Batiste, la lucha constante de Toni, ahora acompañada de Colson, y la entrada triunfal de Nelson. Pero la sorpresa la da Sofia, que parecía simplemente ser la hija de Toni, simpática pero un complemento de la tragedia familiar que supuso el destino de Cray, pero aquí gana protagonismo muy bien, llevándote hacia la parte más oscura: evidentemente arrastra una depresión… ¿acabará como el padre o logrará salir de ella? Y en cuanto a escenas sueltas que me hayan marcado, hay muchas, pero por poner las primeras que me vienen a la mente, me encantó cuando Annie ve la foto de Sonny rescatando a gente, así como el giro con su amigo Harley; muy emotivo fue el momento en que Davis encuentra a Sofia borracha; divertidísimo cómo Jannette cierra un capítulo de su vida: lanzando una copa de sazerac (un extraño cóctel típico de New Orleans) a un crítico famoso; los líos de la banda de Batiste son numerosos y todos la mar de emocionantes; etc.

Hay también algunos puntos oscuros, aunque no especialmente graves. La novia que se había echado Albert desaparece de golpe; supongo que la actriz se daría el piro, y claro, deja un hueco raro. Pero más notable es que el propio Albert es el único cuya historia no avanza con fluidez y un destino más o menos claro. Da vueltas en círculos, se pasa el día refunduñando sin concretarse nada; ni siquiera queda claro si sigue trabajando como carpintero o si deja de coser al final o no, pero aun así hace su espectacular aparición con “Los guardianes de la llama”.

Se podría decir que en lo visual es una serie es bastante sencilla, cuando una localización con tanto encanto podría deslumbrar más, sobre todo teniendo en cuenta de que disponían de un presupuesto más holgado que en The Wire, pero eso no quiere decir que el acabado sea de poca calidad. Como en la recreación de Baltimore, Simon busca un estilo natural, que deje respirar a los personajes. Donde más se nota la sutil pero eficaz labor de los directores es en los momentos de gran complejidad, como los conciertos en bares abarrotados y los desfiles: pese a su dificultad las ruedan con una naturalidad asombrosa, permitiendo que te parezca estar ahí dentro con los personajes.

Treme vuelve a ofrecer otro año redondo, inteligente y hábil como pocos, pues a pesar de su realismo y contención consigue entrener y emocionar con gran facilidad mientras a la vez también te lleva a la reflexión con delicadeza.

Ver también:
Temporada 1.

TREME – TEMPORADA 1.

HBO | 2010
Drama | 10 ep. de 58-80 min.
Productores ejecutivos: David Simon, Eric Overmyer, Nina Krostoff-Noble, Carolyn Strauss, David Mills.
Intérpretes: Melissa Leo, Kim Dickens, Steve Zahn, Wendell Pierce, John Goodman, Khandi Alexander, Rob Brown, Michiel Huisman, Lucia Micarelli, Clarke Peters, India Ennenga, Phyllis Montana LeBlanc.
Valoración:

“Tres meses después”, reza un lacónico texto en pantalla. No hace falta más información, si no sabes que estamos en New Orleans tras el Katrina, quedará claro en pocos minutos. Según nos cuentan en esta serie, basada con enorme fidelidad en los hechos reales, tres meses es más o menos el lapso que tardó la ciudad en empezar a levantarse tras la devastación no sólo del huracán, sino también de una rampante y escandalosa incompetencia gubernamental que empeoró mucho las cosas. Sus gentes vuelven a sus casas, muchas de las cuales tuvieron al menos un metro de agua, y la mayoría acabó sin techo por los vientos y lluvias. Pero no hay dinero para reconstruirlas, porque abandonaron sus vidas y trabajos para huir a ciudades y estados vecinos, y vuelven sin nada. Los negocios se intentan poner en marcha, pero hay pocos habitantes todavía, y menos con las vidas rehechas como para poder gastar.

Si durante la catástrofe la respuesta del gobierno fue nefasta, con descoordinación entre agencias y un modus operandi desastroso e incluso salpicado de racismo, no creáis que se pusieron las pilas después. Las empresas de seguros hacen malabares para escaquearse, y tanto el gobierno local como el federal no parecen tratar de evitarlo… de hecho se suman al carro, poniendo ayudas que sólo son un nombre, escondiendo tras marañas de papeleo cualquier desembolso minúsculo. La población continúa sintiendo que los han abandonado, pero la realidad es peor que eso: los ciudadanos, sobre todo las clases bajas (encabezadas por los barrios negros), son un impedimento para la especulación, así que el hecho es que trabajan contra ellos. El ayuntamiento y las fuerzas de la ley estaban salpicados de corrupción antes de este gran incidente, y ahora ven nuevas oportunidades para llenarse los bolsillos u ocultar las fechorías previas. Si los barrios siguen vacíos un tiempo determinado, se categorizarán como abandonados y habrá vía libre para inventarse los proyectos urbanísticos que les den la gana. Así, se vallan urbanizaciones enteras para mantenerlas desocupadas y no se dan prisa en arreglar la distribución de agua y electricidad de zonas habitadas. Pero la gente quiere volver, porque es su hogar, pero también porque es una ciudad especial que no quieren dejar morir.

El escritor y guionista David Simon se marcó en su obra magna The Wire (Bajo escucha) un colosal ensayo sobre el fracaso del primer mundo como sociedad: tomando como base una ciudad muy característica (Baltimore, desbordada por el crimen) construyó un retrato universal de los principales males de los países supuestamente avanzados. Está claro que con la situación en New Orleans vio otra oportunidad de oro para recuperar estos temas, y se unió a un guionista que conocía bien la zona, Eric Overmyer, para elaborar otro gran estudio humanista. Es difícil describir su estilo y su calidad, hacer notar que una serie que en un primer vistazo puede parecer demasiado complicada, fría y lenta, sea tan profunda, apasionante y adictiva una vez te sumerges en ella.

Como The Wire y otras de la Edad de Oro de las series que inauguró principalmente la HBO (Los Soprano, A dos metros bajo tierra), Treme no es un drama que en cada episodio te cuenta una pequeña trama y quizá a la larga vaya desarrollando otra (que además probablemente estuviera improvisada según la respuesta del público). Incluso obras maestras como Urgencias han seguido este esquema. Aquí, para vislumbrar por dónde va un personaje tendrás que ver varios capítulos, y para abarcar por completo el viaje en que está embarcado hay que seguir la temporada o incluso la serie entera. Está claro que no es para impacientes… Pero aún hay más, porque aborda temáticas no tan populares como The Wire (el policíaco, aunque fuera en un estilo único), sino otras más cultas, pues la música protagonista está en las antípodas de lo comercial y la historia y la cultura de New Orleans son muy suyas también. La sutileza sí la mantiene, eso sí: la crítica emerge de las vivencias de los personajes, no de situaciones y discursos directos. El espectador común, el de seriales y procedimentales facilones, no aguantará ni un par de escenas. Incluso seriéfilos más curtidos han de tener al menos una pizca de interés y la mente muy abierta para lanzarse con entusiasmo a un relato de más de diez horas sobre las vidas corrientes de unos músicos y cocineros. Así pues, es indudable que esta obra tiene un público potencial minoritario, que es exigente y elitista como ella sola. Las floja audiencia de hecho lo confirmó. Y es una pena ese miedo, ese rechazo, porque si haces el esfuerzo te lo devuelve con creces, igual que pasó con The Wire: no es sólo una serie extraordinaria, sino también un relato atemporal y universal.

Simon pone las cámaras delante de los protagonistas y la ciudad, y estos son tan realistas, están tan vivos y tan bien interpretados, que uno no puede apartar la mirada del cuadro que van formando sus vidas. Es como un documental social que elige a los individuos e historias clave para que en conjunto formen un elaborado y agudo ensayo sobre cómo funciona una sociedad, cómo se vertebra, cómo respira, se ahoga, se levanta y se tropieza otra vez en un proceso complejo que se retroalimenta entre los muchos individuos que la forman. Pero esa complejidad aparente en realidad se desgrana poco a poco, con naturalidad, claridad y elegancia, formando una narrativa que parece pausada pero fluye sin una sola pausa o receso, siempre aportando algo estimulante, garantizando entretenimiento y emoción pero también ofreciendo infinidad de enseñanzas sobre la vida.

Los protagonistas se concentran en el barrio Tremé que da título a la serie. Tenemos perroflautas adorables como la dulce violinista Annie (Lucia Micarelli, que por cierto era músico y no actriz, pero está fantástica) o cansinos como su novio Sonny (Michiel Huisman), un matado de la vida que siente celos de las habilidades de ella. Encontramos gente con objetivos muy claros y dedicación plena, como Albert Lambreaux (interpretado por quien fue el gran Lester en The Wire: Clarke Peters) y su empeño por mantener las tradiciones; otros que luchan contra viento y marea tratando de no perder la sonrisa, como la chef Janette lidiando con el restaurante día a día (la actriz Kim Dickens me cae bien desde su participación en Deadwood), o Davis McAlary (Steve Zahn), un músico medio acabado que va tirando con trabajos que detesta. También hay quienes batallan contra los innumerables fallos del sistema, como la abogada Toni Bernette y su marido Creighton (Melissa Leo y John Goodman), o quienes avanzan más o menos torpemente (Antoine Batiste, en manos de Wendell Pierce, también aprovechado de las calles de Baltimore: era Bunk). Y no faltan quienes no parecen levantar cabeza, arrastrando heridas no cerradas, como Ladonna y la búsqueda de su hermano (Khandi Alexander, también conocida de Simon: The Corner), e incluso quienes dejaron la ciudad hace tiempo pero la familia, las raíces, lo arrastran de vuelta, como el trompetista de jazz Delmond Lambreaux (Rob Brown), el hijo de Albert.

Entre todas las deliciosas historias destacaría algunas, así como varios momentos concretos. Me abrumó la magnífica descripción de la depresión (evito dar el nombre del personaje), probablemente la mejor vista en una serie o película: está siempre ante tus ojos pero quizá no la veas hasta un punto de inflexión en el que todo se hace evidente. La salida de Albert como indio se hace esperar mucho, y si, como yo, no conocías esta pintoresca tradición, quedarás bastante impresionado. El final de la odisea de otro rol que me guardo es muy duro, con ese desgarrador plano a los camiones frigorífico llenos de cadáveres meses y meses después del huracán. La relación entre Janette y McAlary es encantadora, y la entereza de ambos a la hora de sobrellevar las zancadillas de la vida también; y atención al divertido lío de él en el hotel con un grupo de turistas. El encuentro de Sonny con un anciano que salvó durante la tormenta es muy emotivo (y más cuando parecía que era un fanfarrón). El juego que se trae Batiste con los taxistas es tronchante; y aparte, aunque por lo general resulta muy simpático, a veces dan ganas de abofetearlo por el desastre de vida familiar que lleva.

Pero también podría citar un par de fallos o partes que no parecen del todo bien resueltas. El Mardi Gras se hace de rogar y no decepciona, pues nos llevan dentro de la fiesta con habilidad, pero da la impresión de que al capítulo le han quitado media hora, dejando algunas transiciones un tanto bruscas: Delmond aparece sin más en un bar tocando con una banda a pesar de que estaba en una cita con su novia, Janette acaba borracha por ahí pero no se la ve participar en la fiesta a la que iba (y en cambio sí nos muestran todo el camino hasta allí), Davis y Annie decían de ir a comer con los vecinos del primero pero lo que se comen es la escena. Un fallo claro de montaje se ve en el penúltimo capítulo, cuando sabemos que Creighton está tomando un ferry pero de repente aparece momentáneamente en otro lado. Y la descripción de uno de los protagonistas cojea un poco: Albert Lambreaux es presentado inicialmente como si fuera un albañil o algo así, amagando con ir a reparar algunas casas, pero en seguida se olvidan de eso y el resto de la temporada sólo sale cosiendo y ensayando; de hecho en el principio de la segunda temporada me chocó mucho verlo currando, pensaba que estaba parado o jubilado… y ahí también se deja de lado ese supuesto trabajo y aparece siempre con otras cosas.

Como en The Wire (voy a gastar la expresión, pero me resulta inevitable usarla), la dedicación que David Simon pone en el desarrollo de la obra, heredada del periodismo de calidad*, queda bien patente en el resultado final. Logra introducirnos plenamente en el singular ambiente de la ciudad y su multiculturalidad, mostrando con una fidelidad asombrosa la vida y costumbres del lugar, captando el alma de los barrios, la forma de ser de la gente, cómo se vive la música y cómo se vive de ella. De hecho pasan ante nuestros ojos infinidad de músicos, sobre todo obviamente locales, y aunque la mayoría, admitámoslo, nos resultarán desconocidos a muchos, a la larga vas conociendo rostros, y si te gusta realmente la música acabarás escuchado a muchos de ellos; yo quedé prendado del gran Dr. John, referente ineludible en el rythm and blues y jazz oriundos.

Así pues, como Baltimore en su momento, New Orleans y el barrio Tremé se convierten en un protagonista más, en una urbe con vida propia, y cuando quieres darte cuenta eres un habitante más, sufres en tus carnes la angustia de ver el hogar destruido, el desarraigo ante una ciudad que no parece que pueda volver a ser la misma, la lucha constante por sobrevivir el día a día mientras el mañana parece negado por la corrupción y la incompetencia. Y con esto cabe señalar que nos ofrecen una historia rara vez contada: la vuelta a la vida tras una catástrofe. Los medios suelen olvidarse poco tiempo después de los desplazados y las infraestructuras derrumbadas, de las familias deshechas y el intento de volver a la normalidad, así que la serie ofrece un punto de vista muy atractivo y sobre todo lo hace desde una perspectiva muy intimista. Llegas a mitad de la temporada anhelando junto a los protagonistas que cuando llegue el Mardi Gras, el corazón y alma de la ciudad, lata con fuerza y entusiasmo para levantar las esperanzas y ánimos de todos, para señalar que, después de todo, a New Orleans todavía le queda aliento.

PD: El guionista y productor David Mills, que ya había trabajado con Simon en otras ocasiones, falleció poco antes del estreno de la serie.
*: Si leéis algunas opiniones y artículos suyos, como esta entrevista donde habla sobre el periodismo moderno, veréis que no lo digo por decir.

Entrada actualizada de la original publicada el 01/09/2010.

TREME – TEMPORADA 4 Y FINAL.

HBO | 2014
Drama | 4 ep. de 58-75 min.
Productores ejecutivos: David Simon, Eric Overmyer, George Pelecanos.
Intérpretes: Melissa Leo, Kim Dickens, Steve Zahn, Wendell Pierce, Khandi Alexander, Rob Brown, Michiel Huisman, Lucia Micarelli, Clarke Peters, India Ennenga, David Morse, Jon Seda, Phyllis Montana LeBlanc, Chris Coy, Sam Robards, Michael Cerveris, Ntare Guma Mbaho Mwine, Lance E. Nichols.
Valoración:

Alerta de spoilers: Describo al detalle el destino de los personajes.–

Era un milagro que Treme subsistiese. O más bien era la buena fe de la HBO, que la ha mantenido todo lo que ha podido a sabiendas de que tenía una gran serie entre manos. Pero al final las bajas audiencias mandan, y la última temporada se vio recortada a la mitad porque no había más dinero en los presupuestos de la cadena.

Para el tramo final David Simon y Eric Overmyer se centran en una época de nuevas esperanzas, de cambios: la llegada de Obama. Aunque en realidad la vida sigue siendo difícil y el sistema está lleno de agujeros, algunas cosas parecen cambiar para bien. O como poco, los personajes encuentran una paz interior que les permite seguir sorteando obstáculos.

Quienes más notan el cambio político son los que estaban desencantados con la ley y la justicia. Tony Bernette y Terry Colson estaban ya a punto de rendirse, de desfallecer en su lucha contra las injusticias, pero desde arriba llegan órdenes de hacer una buena limpieza, y el río cambia su curso. Terry ve oportunidad de testificar contra la inmundicia del cuerpo de policía, y se aferra a ello para limpiar su conciencia y barrer la casa antes de irse, porque su acción implica romper definitivamente con el cuerpo; la jubilación y pasar tiempo con sus hijos es algo que suena bien. Tony y su colega, el joven reportero Everett, se encuentran con que sus investigaciones por fin interesan al FBI: ¡el caso Abreu llega a buen puerto! Nos despedimos de Tony con una escena muy bonita que muestra que, a pesar de todo el camino recorrido por los personajes (su hija ya es prácticamente independiente), la tradición familiar sigue teniendo peso: madre e hija ponen la música a todo volumen y se largan al desfile, como hacen todos los años.

Entre los que se enfrentan más a su yo interno que al mundo están los Lambreaux (Albert y Delmond) y Davis McAlary. Albert ha aceptado por fin que no puede hacerlo todo, que no es indestructible, que la muerte es inevitable e inminente. Todo lo que deja a medias (la casa, aunque la “bautiza” para darle un cierre y un propósito a su final, y el desfile) no es un fracaso, sino algo que deben continuar otros, en especial su hijo. Delmond era reticente a la vida en Tremé, donde aguanta por su padre, pero al final encuentra un punto intermedio: puede compaginar New York y el jazz moderno con la tradición de New Orleans, no hay que sacrificar nada, solo dar un pequeño paso atrás en ambos aspectos de su vida. McAlary, uno de mis eternos favoritos, sigue dando tumbos entre proyectos inacabados, sueños efímeros y depresiones que lo lanzan de golpe hacia otra carrera fugaz. Su especie de ruptura consigo mismo, forzándose a dejar atrás un pasado tormentoso y madurar (la relación con Janette es crucial en ello), parece que lo centra un poco: no importa qué hagas o si fracasas en el intento, hay que seguir siendo uno mismo y no venirse abajo.

Janette Desautel salió escarmentada del mundo empresarial, de la comida industrializada, por así decirlo, y vuelve a sus orígenes: un pequeño restaurante con su nombre y todo su amor. Los problemas legales son un quebradero de cabeza temporal, el último bache hacia la libertad. Junto a McAlary siempre ha sido de mis favoritas, y que acaben juntos de nuevo ha sido muy bonito. Annie en cierta manera sigue los pasos de Janette, pero en el mundo de la música y con el final opuesto. Su contrato discográfico puede ser un salto al último escalón de la pirámide o una forma de esclavizarse y perder el alma. Pero la chica sorprende mostrándose inflexible y doblando al mánager a su gusto, eso sí, no sin dudas y esfuerzos. Antoine Batiste estaba feliz enseñando música en el instituto, a pesar de las desgracias que puede traer New Orleans (el tiroteo que acaba con una alumna muerta), y casi ve tirado por tierra su sueño cuando cierran el programa musical escolar. Pero pronto descubre que siempre habrá lugar para la música en esta ciudad.

Menos intensas han sido otras historias. LaDonna ha seguido un camino más fácil y predecible: tras todo el asunto de la violación no le queda otra que seguir adelante. Reabre el bar, se separa del doctor y se lleva bien con Antoine en la crianza de los hijos en común. Lo más interesante ha sido su acercamiento a Albert, algo triste porque lo pilla en sus últimos días de vida. Sonny ya estaba prácticamente asentado con la vietnamita, y sale lo justo para que nos acordemos de él: el padre lo ha aceptado y no va a ser un tirano, y la reciente esposa sabe que de vez en cuando tiene que tocar música. Nelson Hidalgo, el tratante de bienes inmuebles, va donde huela el dinero, pero también ha aprendido en New Orleans a no dejar la cultura y el contacto humano atrás. Sus visitas a Desautel y su acercamiento a McAlary han sido muy divertidos.

Treme se despide como nació, como un documental social a modo de serie dramática centrado en la vida en una de las ciudades más características del planeta. La música y la comida son retratadas con tanto esmero como las fallas del sistema estadounidense, donde la ley y la educación, entre otras cosas, no se sabe cómo demonios se sustentan sobre pilares tan precarios, y donde tras el huracán Katrina todo se vino abajo para volver a levantarse igual de mal. La detallada y delicada descripción de la ciudad (un personaje más) y sus gentes ha hecho de Treme, como ocurrió con The Wire, un magnífico retrato de las sociedades humanas del primer mundo, de todo lo bueno y todo lo malo que pueden tener. Protagonistas muy humanos y entrañables, historias sencillas pero muy emotivas, un ritmo siempre perfecto, detalles y más detalles (el bache de la calle ha sido genial) hacen de estas historias y lugares algo enormemente tangible y cercano. Además, como enfrentamos el final, la despedida es dolorosa.

Treme ha sido una de las mejores series de los últimos años. Y como también pasó con The Wire, casi nadie la ha visto. Es cierto que tiene un estilo que la hace algo elitista (episodios sin trama auto conclusiva, tono pausado, música bastante culta), pero una vez saltada la barrera del rechazo por miedo a lo diferente me parece muy fácil de ver, porque los personajes son encantadores y enganchan rápido, y además deja muy buen poso, tanto por calidad como por conexión emocional. Espero que el tiempo y el boca a boca la vayan popularizando, aunque dado su estilo es difícil que llegue al estatus de The Wire. Pero llegue a donde llegue su fama y prestigio, tengo claro que Treme es un clásico instantáneo.