DOWNTON ABBEY –TEMPORADA 1.

ITV | 2010
Productores ejecutivos: Julian Fellowes, Gareth Neame, Rebecca Eaton.
Intérpretes: Hugh Bonneville, Jessica Brown-Findlay, Laura Carmichel, Brendan Coyle, Michelle Dockery, Joanne Froggatt, Robb James-Collier, Elizabeth McGovern, Maggie Smith, Dan Stevens, Allen Leech, Jim Carter, Thomas Howes, Phyllis Logan, Siobhan Finneran, Sophie McShera, Lesley Nicol, Penelope Wilton, Rose Leslie, Kevin Doyle.
Valoración:

Downton Abbey entra por los ojos con prontitud e intensidad a pesar de no ser una superproducción ampulosa. Sus decorados y localizaciones son pocos (la mansión y el pueblo), pero lo que hay se aprovecha con sabiduría, pues la puesta en escena los exprime de forma impecable: la dirección y fotografía siempre son controladas al milímetro buscando la expresión más hermosa, sacando el máximo de un vestuario y atrezo tampoco espectaculares pero sí perfectamente adecuados a la representación de la época. Todas las escenas ofrecen belleza y elegancia sin perder en ningún momento el ritmo narrativo, manejando con destreza guiones bastante complicados, pues los personajes que aparecen en cada secuencia son numerosos. Aunque si tengo que destacar un elemento del conjunto sería la música (de John Lunn), maravillosa en todo momento.

Tras el guión también se ve una mano profesional, hábil y sumamente detallista: Julian Fellowes, quien nos regalara hace unos años la magnífica Gosford Park, de este mismo estilo. Empezamos en 1912, con la tragedia del Titanic, y acabamos en 1914, con el inicio de la Primera Guerra Mundial. Observamos el día a día de la vida en una mansión, siguiendo detalladamente los quehaceres de los dos estratos sociales que allí conviven, la aristocracia y los sirvientes.

Los caracteres están definidos y desarrollados con maestría y arropados por un reparto quizá no sobresaliente pero sí muy correcto. Cada protagonista (y no son pocos) tiene su propia historia personal, sus conflictos internos y formas de ver las cosas, y entre todos tejen un entramado de relaciones y aventuras interconectadas hábilmente hiladas, en perfecto equilibrio narrativo. Las propias tramas son también variadas: hay rencillas personales de diversa índole, adaptación a los cambios históricos (liberación de la mujer, nuevas tecnologías –divertidísimos los choques culturales con el teléfono o la luz eléctrica-) y sobre todo conspiraciones sociales clásicas (matrimonios, luchas de poder, etc.). Las situaciones y diálogos siempre tienen un punto de inteligencia (a veces el humor te coge desprevenido) y aportan constantemente algo concreto al conjunto, pues no hay nada dejado al azar: un simple gesto de uno de los varios personajes que aparecen en un plano puede significar muchísimo. Las tramas avanzan con paso firme no perdiendo de vista el objetivo principal, que no es otro que entretener, y el guión se preocupa más de su coherencia que de buscar el impacto directo o la sorpresa facilona.

Puntos negativos se pueden citar pocos, y no son graves. Por el afán de tirar por el realismo se llega a subtramas que terminan siendo bastante predecibles, como el secreto del sirviente cojo. Y este ejemplo me lleva al otro punto criticable: las líneas entre el bien y el mal están muy marcadas en los protagonistas, pues o son hijos de puta o son buenazos en situaciones desfavorables. Así, me da la sensación de que le ha faltado algo de intensidad a los conflictos, de que no ha habido mucha sangre. Por poner los casos más notables, el citado misterio que envuelve al sirviente cojo como se veía venir lo convierte en un héroe silencioso, el padre de la familia es un cacho de pan que resuelve con diálogo y sonrisas toda pelea que se le presenta, y el agrio pique entre las abuelas acaba con un giro tan previsible como edulcorado. El golpe de efecto más notable y jugoso, por crudo y arriesgado, es el del embajador muerto en la cama y la correspondiente pérdida de inocencia de la hija implicada.

Así pues Downton Abbey es bastante ligera. No resulta compleja en exceso, no hay mucha carga adulta (violencia, sexo o conflictos sórdidos brillan por su ausencia) y en general es evidentemente una serie para emitir en abierto, para el gran público. Y aún así me sorprende que guste tanto y haya triunfado incluso en España, porque se aleja bastante en calidad y estilo (inteligente, pausada) de la mierda televisiva que se traga la masa. Es motivo para alegrarse, claro.

No hallamos nada nuevo en la aventura que propone Downton Abbey, que es la enésima incursión en un género muy sobado que alcanzó sus momentos cumbres con la mítica Arriba y abajo en televisión y con Gosford Park en el cine, pero el sólido equilibrio entre la modélica puesta en escena y el cuidadísimo guión ofrece una serie excelente y que además resulta notablemente entretenida. A veces, una idea clásica y muy utilizada puede resultar fascinante incluso cuando no se le busca una nueva vuelta de tuerca o una perspectiva diferente. A veces, un relato satisface plenamente aunque no se aparte lo más mínimo de los preceptos del género y las líneas narrativas tradicionales. A veces, lo viejo y sobado es bueno o incluso muy bueno. Sólo hay que hacerlo perfecto.

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