CSI LAS VEGAS. La primera de una nueva generación de series.

Hasta la llegada de CSI (o C.S.I. Las Vegas) las series policíacas y de investigaciones criminales en general (porque el personaje de la incansable Angela Lansbury tenía poco de agente de la ley) se dividían en dos vertientes, las que, fueran de acción o no, no tenían más ambición y cometido que el entretenimiento (Miami Vice, Martial Law, Colombo…), y las que aportaban algo de drama realista y gozaban de un tratamiento más profundo y detallado en las historias y personajes, estilo donde casi ni hace falta citar los clásicos ejemplos de Hill Street Blues y NYPD (Canción triste de Hill Street y Policías de Nueva York, respectivamente). La mayoría funcionaba de forma muy serializada, con un caso por capítulos que en algunas producciones (las más televisivas) se desarrolla siguiendo un esquema bastante semejante (haciendo de series como Colombo o Diagnóstico asesinato algo cansino cuyo éxito nunca he entendido), de hecho, incluso hoy día se sigue empleando este formato (la también cansina Monk es el mejor ejemplo). En el año 2000 (ufff, qué rápido pasa el tiempo) CSI dio un nuevo vuelco al género, tanto al policíaco como al subgénero o estilo del caso del día (que ha terminado llamándose procedimental, pues siempre se sigue el mismo procedimiento), aportando un estilo que sería copiado una y otra vez hasta la saciedad: la mezcla de tecnología y ciencia, la reconstrucción de hechos y la ejemplificación de datos de forma visual, con montajes, flashes y efectos especiales muy bien utilizados, y la presencia de técnicos e investigadores científicos por encima de agentes y detectives.

La estructura de CSI, como procedimental que es, resulta bastante simple, presentación del caso (normalmente son dos), frase impactante (normalmente en boca de Grissom), recopilación de pruebas, teorías y flashbacks, interrogatorios, descifrado o revelación de la prueba final y captura del criminal. Todo esto se aborda con algunos elementos que podrían haber sido mejor cuidados y a través de numerosos clichés que socavan la credibilidad de las historias y a veces incluso terminan creando incongruencias dentro del propio universo de la serie. Lo más fácil de criticar es la manía que tienen (y esto se ha propagado a través de los clones) de mostrarnos a los protagonistas, que son técnicos y científicos, haciendo de todo, incluso de detectives. Así ven casos absurdos como que uno de los CSI entre en conflicto con un detective por un interrogatorio, o que Brass, un capitán, parezca más el chico de los recados que lo que debería ser: el superior del equipo de Grissom, el que debería llevar el caso. Y es que los guionistas confunden protagonismo con realidad y prefieren meter a los personajes en el centro de cualquier historia más que dotar de credibilidad al conjunto. Otro aspecto negativo muy evidente (al menos para el espectador mínimamente inteligente, en EE.UU. seguro que se creen todo lo que ven) es que la ciencia y la tecnología de la que hacen gala estas producciones (es otra mala práctica que se ha propagado de serie en serie) está más cerca de la ciencia-ficción y la fantasía que de una ficción policíaca creíble. Siempre tienen a su disposición un programa informático que en unos segundos resuelve todas sus necesidades (empezando por el clásico zoom imposible en fotografías), siempre hay algún artefacto o producto químico que puede obtener resultados tan improbables como sacar un residuo de olor de colonia de un váter o una muestra de ADN de una marca de carmín en una camiseta. Y hablando de manías poco creíbles, en cada capítulo me pregunto por qué nunca encienden la luz y van siempre con linternas. Por dios, hasta en la morgue, con lámparas llenas de focos al alcance de la mano, tiran de linternita. Por tanto, para ver CSI hay que dejarse llevar, hacer un acto de fe y pensar que todo vale en el universo que los guionistas han creado. Si buscan realismo pásense a NYPD o a la reciente The Wire (Bajo escucha), por poner dos ejemplos muy representativos.

Desde una perspectiva lógica el formato novedoso que ofrece CSI hubiera valido durante unos pocos años, hasta que el desgaste de las historias hiciera del producto algo repetitivo y sin interés. La llegada de secuelas y copias debería haber acelerado el que el atractivo decayera y la moda pasara, sin embargo no sólo la franquicia sigue con mucha vida tras ocho años (cuandoe escribo esto), sino que el estilo sigue siendo imitado en más y más series, la mayor parte de calidad menor a ésta. A la incomprensible fuerza que mueve las audiencias, siendo estas capaces de tragarse durante siglos atrocidades enfermizas como los culebrones, los Gran Hermano y diversas series totalmente insípidas, hay que añadir lo que realmente da valor y sentido a la salud de CSI Las Vegas: su asombrosa capacidad para, sin salirse completamente del formato cerrado, saber renovarse lo suficiente como para no perder energía. Mientras CSI Miami y CSI Nueva York (que también mantienen unas audiencias increíbles) van dando tumbos alrededor de unos personajes acartonados (¿quién no se descojona ante el semblante de Horatio?) y aburridos y unas historias con poca chispa, Las Vegas tiene un reparto bastante correcto donde surgen historias personales sencillas pero lo suficientemente interesantes como para mantener la expectación, y por si fuera poco no sé cómo tras casi una década en antena y con una media de dos casos por capítulo los guionistas consiguen crímenes y tramas entretenidas, dinámicas y originales que evitan ese desgaste y la pérdida de atractivo.

Debo destacar también que en Las Vegas se puede observar un tono de madurez muy superior al de sus hijas y bastardas. Los crímenes, aunque casi siempre se presentan como oscuros, sórdidos y perpetrados por personas sin remordimientos, suelen ser punto de partida para la presentación de una subcultura humana, de un colectivo, de una forma de vida o de una simple afición, y desde ahí se orquesta en pocos minutos y con un tacto y delicadeza sorprendentes una visión objetiva, una reflexión inteligente. Me viene a la memoria por ejemplo el magnífico capítulo de los enanos, donde se representaba desde lo más bonito a lo más trágico de su forma de vida, pero pasando también por un sin fin de detalles que exponían esa comunidad desde un punto de vista bastante educativo y sobre todo neutral. Hasta en los vicios más secretos como el sadomasoquismo o el peluchismo ( como se denominen a los que se disfrazan de osos de peluche para obtener placer), la mirada de CSI es tan precisa como prudente y educada.

El nivel de producción de CSI (y este aspecto es una de las pocas cosas buenas que heredan las pequeñas de la familia) es muy alto, todos los capítulos están realizados con gran profesionalidad desde el director al editor, pasando por la fotografía, la escenografía y cómo no los actores, destacando especialmente el críptico pero imponente William Petersen (también productor). No hay pues queja alguna en su factura técnica, donde no se puede hablar de grandes alardes artísticos pero se cumple a la perfección con un formato bastante exigente (la labor de edición o montaje, sobre todo a la hora de añadir efectos y flashes, debe de ser muy complicada).

CSI Las Vegas tiene sus fallos, desatinos y disparates y es una propuesta que requiere bastante fe o suspensión de la realidad (es decir, hay que creerse lo que te cuentan en su contexto ficticio, porque en la realidad la mitad de lo que se ve es imposible), pero como entretenimiento cumple con creces y además esconde algunas dosis de inteligencia, por lo que se puede considerar como una buena serie. Y como he ido comentando, no se puede decir lo mismo de CSI Miami y CSI Nueva York y los infinitos clones como Medical Investigation, Sin rastro (Without a Trace), Caso abierto (Cold Case) o House, que giran todas ellas más o menos cerca del suspenso o incluso del fracaso sonado. Sólo unas pocas han logrado ofrecer un nivel semejante, como las cada vez más exitosas Bones y Navy (NCIS).

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