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DESENCANTO – TEMPORADA 1


Disenchantment
Netflix | 2018
Comedia, aventuras | 10 ep. de 28-36 min.
Productores ejecutivos: Matt Groening, Josh Weinstein
Intérpretes: Abbi Jacobson, Eric André, Nat Faxon, John Dimaggio, Billy West, Maurice Lamarche.
Valoración:

Cuando se anunció Desencanto (paso de los paréntesis absurdos inventados por la distribuidora española), el retorno de Matt Groening con una serie nueva tras la (ya larguísima) decadencia de Los Simpson (1989) y el final de Futurama (1999), se generaron muchas expectativas sin motivos claros, principalmente porque la elaboración de ambas se llevó a cabo por muchos escritores. En la presente igual: actúa más de creador e ideólogo que de guionista.

Los aburridos primeros capítulos (¿era necesario pasar de la media hora de duración?) han segado rápidamente ese entusiasmo, presentando una serie poco inspirada y de narrativa aletargada. Por suerte mejora poco a poco, hasta desembocar en un buen final, y los protagonistas se hacen querer, pero es difícil perdonar un comienzo tan pobre más otro par de episodios flojitos en una temporada tan corta.

La premisa es sencilla: una chica rebelde, un padre conservador, unos secundarios graciosetes, y un entorno de fantasía medieval donde jugar con elfos, cíclopes y demás. Bean es la hija mayor del rey, una joven irresponsable, respondona y alcohólica que rechaza cualquier intento de los miembros de la corte para hacer algo con su vida. También es cierto que algunas circunstancias, como el matrimonio obligado, no ayudan a apaciguarla. Y es que el pobre rey Zog tiene muchas cosas con las que lidiar, pero todos parecen tomarlo por memo o por tirano: su querida esposa falleció, la actual es de una raza anfibia y fría y distante, el hijo con ella idiota perdido, los reinos vecinos traen mil problemas, etc. Bean se hace amiga de Elfo, un elfo desterrado, cursi e inocente que se topa con un mundo lleno de egoísmo y crueldad, y de Luci, un demonio enviado por una facción rival para desestabilizar el reino, pero que pasa un poco de todo y se va de juerga con ella.

No sé por qué, como más o menos todo el mundo, esperaba algo más elaborado. Viendo los avances parecía que versaría sobre aventuras fantásticas, pero al principio el escenario parece irrelevante, todo es un dramón adolescente que bien podía haberse ambientado en cualquier otra época, y la poca fantasía que encontramos es una decepcionante parodia tonta tipo Shrek (Andrew Adamson, Vicky Jenson, 2001). En Futurama era al revés: ciencia-ficción con vetas bien equilibradas de historias sobre amistad, maduración y romance. Pero una vez pasado el flojo inicio empieza a equilibrarse y madurar poco a poco, dejando entrever sus virtudes: en contra de lo bajo que apuntaba, veremos que no se queda en los estereotipos de ambos géneros, fantasía y adolescencia.

Entre las locas aventuras de la familia real de Utopía (Dreamland), como la parodia de Hansel y Gretel, el exorcismo, la fiesta loca en el castillo, etc., hay un trasfondo más serio que combina hábilmente la brutalidad inherente a la animación actual (Bean es borracha y malhablada) con una sorprendente delicadeza con que tratan los temas dramáticos. Con Bean se habla de la responsabilidad, de no ser capaz de encontrar algo que llene tu vida; el padre no es un cutre villano, sino un pobre desgraciado que no sabe cómo tratarla; tanto el demonio como sobre todo el elfo van mostrando aristas poco a poco… Y prácticamente todos los episodios tratan de alguna forma temas paterno filiales, de responsabilidad, de amistad…

Hay más dejes de Futurama que de Los Simpson, pero también poco a poco va formando su propia idiosincrasia. Los personajes secundarios ganan presencia (atención a los consejeros del rey), los reinos vecinos adquieren complejidad (hay rencillas familiares y políticas, conflictos culturales), algunas historias en apariencia secundarias cobran protagonismo (la sangre de elfo como elixir de la vida), y el sentido humor es más ingenioso y loco cada vez. Todavía le falta inteligencia y mordacidad, pero ya va teniendo más imaginación y gracia.

Y así llegamos a un tramo final rozando el notable, con momentos emotivos, giros inesperados muy logrados, humor cada vez mejor combinado con unos personajes que van creciendo a ojos vista y un universo cada vez más rico. Así que, después del gran desencanto inicial, he terminado esperando con interés la próxima temporada.

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HAPPY! – TEMPORADA 1

Syfy | 2018
Acción, comedia | 8 ep. de 42 min.
Productores ejecutivos: Brian Taylor, Christopher Meloni, varios.
Intérpretes: Christopher Meloni, Lili Mirojnick, Patton Oswalt, Richie Coster, Bryce Lorenzo, Medina Senghore, Patrick Fischler, Joseph D. Reitman, Gus Halper, Bedi Mazar.
Valoración:

Basándose en el cómic escrito por Grant Morrison e ilustrado por Darick Robertson, Happy! llega al canal Syfy de la mano de Brian Taylor, guionista y director, entre otros pocos trabajos, de las dos entregas de Crank (2006 y 2009), cintas de acción protagonizadas por Jaston Statham.

Nick Sax (Christopher Meloni) es un exdetective que vive prácticamente en la indigencia tras su expulsión del cuerpo por agresivo. Los fantasmas de su trabajo lo acosan y trata de atajarlos con alcohol, pero de repente le vuelven a caer encima a lo grande: en un encuentro con los matones de un mafioso acaba con información valiosa para este y entra en una espiral de violencia que no parece acabar nunca. Pero esta toma un giro extraño cuando se le aparece el amigo imaginario de su supuesta hija, un pequeño unicornio azul con alas. Este, llamado Happy (voz de Patton Oswalt), le intenta hacer ver que realmente tiene una hija y ha sido secuestrada, y lo ha enviado en busca de su padre, al que no conoce pero tiene como un héroe.

Mientras intenta entender qué es real y qué fruto de sus delirios, Nick descubre que el mafioso es Scaramucci (Ritchie Coster), un viejo conocido de sus tiempos como detective, cuyos sus brazos todavía alcanzan a su antigua compañera, Meredith (Lili Mirojnick): sus acciones pueden ponerla en peligro a ella y a su madre enferma. De hecho, el torturador favorito de Scaramucci, Smoothie (Patrick Fischler), amenaza a la pobre mujer para que Meredith encuentre a Nick y su información.

Happy! no es apta para todos los públicos, no ya por su extremada violencia, sino por su estilo de humor negro rayano el surrealismo. La puesta en escena desenfrenada, las situaciones disparatadas, las salidas de tono inesperadas, los personajes excesivos se agolpan en una parida caótica, a ratos deslumbrante y por momentos un tanto desequilibrada. Lo cierto es que sorprende que un producto tan violento, macabro y original acabara en un canal tan juvenil, pega más en Showtime o Cimemax.

En el lado bueno, como entretenimiento es bastante recomendable si te va lo bruto y el gore. Aun con sus bajones el ritmo resulta un visionado muy placentero, con partes impresionantes. A base de peleas espectaculares (la puesta en escena es notable) y cambios constantes de escenarios hay buena sensación de avance, y su sentido del humor alocado es inagotable, con picos geniales. Smoothie y su clase se niños secuestrados, el encuentro de amigos invisibles desechados, la tortura que acaba con el dildo roto “ahí dentro”, y la pelea en la cochera de Scaramucci son para darle al pause y poder llorar de risa durante un rato, pero por lo general todo episodio tiene varias escenas de reírte a pierna suelta.

Pero su gran baza es que el protagonista es irresistible. Su patetismo rozando la demencia y el cambio gradual hacia la determinación de salvar lo poco bueno que ha traído al mundo enganchan con fuerza, sobre todo porque tenemos al gran Christopher Meloni dándolo todo en un registro muy lejos de su seriedad habitual (Oz -1997-, Ley y Orden: Unidad de víctimas especiales -1999-). El contraste de este borracho malhablado con el cursi de Happy, representación del mundo inocente de los niños, es brillante, y la maduración por las malas de la criatura es desternillante. También destacable es Smoothie, un villano caricaturesco pero que consigue resultar inquietante y fascinante a partes iguales.

En el lado malo, el resto de personajes no consiguen librarse del estereotipo y emerger como la parida gamberra que se espera de ellos. Unos se quedan algo desaprovechados, como Meredith, con la que los guionistas tenían en sus manos lograr una gran pareja de opuestos, pues ella vive en el serio mundo real en contraste con la locura por la que navega Nick, pero aunque resulta simpática no la exprimen como podrían. Peor está la exmujer de Nick, Amanda (Medina Senghore), cuyo drama no termina de calar como se pretende pero a la vez se echa de menos más presencia dada su relevancia. Otros resultan cargantes: la familia de Scaramucci está metida con calzador y solo aporta metraje inerte. Y tenemos también un fallo importante: Scaramucci no da la talla como villano principal. No provoca el más mínimo miedo, y eso que la frase “Calla al perro o acaba también en la chimenea” fue una buena introducción. Su dibujo como mafioso es demasiado rígido, le falta el punto de locura de los demás. Eso sí, se arregla un poco con el giro final donde aparece el auténtico enemigo, muy bien hilado y mejor aprovechado.

En la historia, los guionistas tampoco consiguen un buen equilibrio. Dos líneas principales con una conexión endeble se desarrollan de forma caótica, y además saltamos a subtramas muy mal planteadas, lo que provoca un ritmo bastante irregular. La información que obtiene Nick ni consigues entender bien qué es ni llega a ofrecer un cierre llamativo, queda como una burda excusa para poner en marchas las cosas. Podían haber empleado ese tiempo en desarrollar una investigación del secuestro más sólida, pues entre las diversas hostias y peleas hay poca intriga detectivesca, dando la sensación de que desaprovechan el género. También tenemos algunos recesos poco justificados y anticlimáticos, todos centrados en la prescindible familia de Scaramucci: el hijo que vuelve como zombi y los líos de la madre con el reality y con la abuela vidente son muy aburridos.

Así pues, Happy! es valiente y bruta hasta resultar espectacular, al estilo Banshee (David Schickler, Jonathan Tropper, 2013) pero en una línea cómica disparatada, y el personaje central es tan potente que probablemente al ver el primer capítulo te lances a por la temporada entera. Pero una vez dentro encontrarás tramos con subtramas anodinas donde baja mucho el nivel y es muy probable que sientas que han perdido la oportunidad de lograr una serie de culto.

Ha sido renovada por una segunda temporada, pero supongo que ya no seguirá la historia del cómic, puesto que consta tan solo de cuatro números.

JACK RYAN – TEMPORADA 1


Amazon Video | 2018
Suspense, drama, acción | 8 ep. de 44-64 min.
Productores ejecutivos: Carlton Cuse, Graham Roland.
Intérpretes: John Krasinski, Wendell Pierce, Ali Suliman, Abbie Cornish, Dina Shinabi, Karim Zein, Nadia Affolter, Arpy Ayvazian.
Valoración:

La serie de novelas de Tom Clancy sobre el personaje Jack Ryan ha corrido desigual suerte en sus varios intentos de convertirla en una saga de películas rentable. Se inició con un thriller de alta calidad y bastante éxito, La caza del Octubre Rojo (John McTiernan, 1990), donde Ryan estaba encarnado por Alec Baldwin y secundado por un sinfín de grandes actores. En las dos siguientes entregas cambió de rostro a Harrison Ford, y si bien la inicial era un producto de acción más convencional (Juego de patriotasPhillip Noyce, 1992-), la segunda volvió a levantar el listón bastante: Peligro inminente (Phillip Noyce, 1994) fue una cinta ejemplar de acción y suspense y un éxito de taquilla. A pesar de ello la serie quedó en el limbo, supongo que por líos entre productores. No lograron sacar adelante más títulos hasta el intento de reinicio en 2002 con Pánico nuclear (Phil Alden Robinson), con Ben Affleck como protagonista. El estreno pasó muy desapercibido y la saga volvió a aparcarse hasta 2014, donde con la infame Jack Ryan: Operación sombra (Kenneth Brannagh) parecía que iba a morir definitivamente. Sin embargo, los poseedores de los derechos, el productor Mace Neufeld y la Paramount Pictures, probaron otras pocas intentonas infructuosas antes de poner el ojo en el formato de serie de televisión.

Esta llega de la mano de Carlton Cuse (Perdidos, 2004) y Graham Roland (Almost Human, 2013, y coincidieron en The Returned, 2015) en la parte creativa, con productores como Michael Bay, John Krasinski (además de actor también escribe, produce y dirige, por ejemplo, Un lugar tranquilo -2018-) y Mace Neufeld entre otros, bajo los sellos de Paramount Television y Amazon Studios, principalmente.

En los primeros capítulos, y más con el cambio de escenario a Francia, casi parece que Jack Ryan podría ser la heredera de Homeland (Alex Gansa, Howard Gordon, 2011), aunque sea empezando desde abajo y creciendo poco a poco, porque partimos de algunos conceptos muy básicos y previsibles pero se ve potencial para bastante más.

Los autores tratan de mantener la premisa de Tom Clancy, esto es, un exmarine que por lesiones acaba en un despacho como analista, pero vuelve a entrar en acción poco a poco al despuntar como un talento nato tanto en el escritorio como en el terreno. Sin embargo, en temática han decidido actualizarla a nuestros tiempos, pues los temas habituales de las novelas están algo obsoletos (guerra fría, terrorismo irlandés) o muy vistos (guerra contra las drogas en Sudamérica), hoy los principales problemas políticos vienen del terrorismo islamista y las guerras en oriente medio. Ahí surgen sus principales virtudes: la cercanía a la situación real que vive el mundo y la verosimilitud con que inicialmente tratan estos conflictos, tratamiento que extienden a un villano bien trabajado.

Nos presentan una perspectiva compleja del asunto, con las crisis políticas que generan guerras en oriente medio, las consecuentes migraciones hacia Europa, la posterior desigualdad y otros problemas culturales, y surgiendo entre todo ello, nuevos potenciales terroristas. El villano, Mousa Bin Suleiman, nace en este caldo de cultivo, y si bien los flashbacks que muestran etapas previas de su vida quedan quizá demasiado resumidos, valen para redondear un personaje con bastante fuerza, algo que en parte se debe también a la certera interpretación de Ali Suliman. La odisea de la esposa (Dina Shihabi) y las hijas no sorprende pero como drama funciona, tanto a la hora de dotar de mayor realismo a la situación como para entretenernos.

Por el lado de la CIA, la intriga de despachos tiene un punto de partida muy típico, pero también apuntan a una perspectiva más amplia, con los superiores que solo piensan en ascender y las injerencias políticas. Los personajes parten de varios estereotipos, pero tienen las aristas justas y las motivaciones claras como para resultar simpáticos y generarte ganas de seguir sus aventuras. La dinámica entre Ryan y su nuevo jefe, Greer, es bastante interesante, y cuando entran en juego los franceses mejora: los roces entre formas de entender el mundo son interesantes y van añadiendo poso a cada protagonista. Aquí también hacen bastante los actores. John Krasinski (The Office -2005-, 13 horas: Los soldados secretos de Bengasi -2016-) aporta muy bien dimensión interna, es decir, su interpretación transmite más de lo que el personaje deja entrever a sus compañeros, sobre todo en dilemas éticos y traumas. Wendell Pierce (The Wire -2002-, Treme -2010-) compone un agente venido a menos, con miedos, y muestra bien un cambio gradual, sobre todo en cuanto a la relación con Ryan. Un poco más atrás se queda Abbie Cornish (Robocop -2014-, Geostorm -2017-), que parece relegada a la chica del héroe y para unos pocos giros finales.

Sin embargo, me temo que en vez de crecer el guion se va diluyendo. Ese tratamiento más serio del drama y el suspense que prometía acaba dejándose de lado por la acción más básica y los derroteros más predecibles. Esperaba que la intriga de despachos ahondara más en los personajes secundarios y trataran más a fondo temas de espionaje, política, enchufes, incompetencia etc., y que el conflicto político y social siguiera ampliando miras con los temas de migraciones, problemas de adaptación cultural, xenofobia, etc., pero todo se va relegando a anécdotas, o a justificaciones para tener escenarios de drama y acción sencillos. Aparte, en tierra de nadie queda la subtrama del piloto de drones, que es por sí sola amena pero no termina de cobrar sentido en la historia global y acusa los mismos problemas: promete un drama realista pero acaba tan resumido que resulta una historia simplona.

De esta forma, el villano cada vez es más malo cabezón, los buenos más infalibles, el romance más trillado, y la complejidad del panorama geopolítico se olvida en detrimento de la típica misión exagerada de película de acción del montón. El terrorista tiene un plan supremo digno de archienemigo de James Bond, y este toma forma con todos los tópicos, sensacionalismo y agujeros de guion más tontos. Los personajes pasan por todos esos giros para cumplir con ellos, dejando el progreso dramático de lado, si acaso lo contrario, hay varias situaciones forzadas que rozan la vergüenza ajena, como la doctora metida en todo con calzador, o los terroristas más buscados del mundo paseándose por el hospital donde está el presidente de EE.UU.

Si hubiera tenido un tramo final más sólido y original seguramente hubiera quedado una buena serie. El producto resultante es un digno entretenimiento, sobre todo porque su caída de calidad no afecta al ritmo y el sentido del espectáculo (atención a como exprimen los escenarios naturales con grandes panorámicas), pero en nada que le exijas un mínimo, el que creo que cualquiera exigirá en el rico panorama televisivo actual, queda en el limbo de series prescindibles. Veremos si hay suerte y madura en próximas temporadas, pero lo cierto es que viendo lo bajo que ha terminado apuntando yo tengo pocas esperanzas.

LOST IN SPACE – TEMPORADA 1


Netflix | 2018
Drama, aventuras, ciencia-ficción | 10 ep. de 47-65 min.
Productores ejecutivos: Matt Sazama, Burk Sharpless, Neil Marshall, Marc Helwig, Jon Jashni, Zack Estrin.
Intérpretes: Molly Parker, Toby Stephens, Maxwell Jenkins, Taylor Russell, Mina Sundwall, Parker Posey, Ignacio Serricchio, Raza Jaffrey.
Valoración:

La serie original, creada por Irwin Allen en 1965, fue un producto familiar sencillo (hoy en día nos parecerá ingenuo, quizá incluso cutre) con bastante éxito popular, hasta el punto de que ha propiciado numerosas referencias en distintas películas y series (Los Simpson como siempre a la cabeza). El argumento parte del clásico drama familiar (conflictos paternos, educación de los hijos), pero el giro de tener aventuras en el espacio le daba un aire nuevo en aquellos tiempos; por ejemplo, el robot causó sensación.

En 1998 fue llevaba al cine como superproducción cinematográfica escrita por Akiva Goldsman (El cliente -1994-, Batman Forever -1995-, Batman y Robin -1997-) y dirigida por Stephen Hopkins (Depredador 2 -1990-, Los demonios de la noche -1996-), aunque de calidad anduvo tan escasa que el boca a boca la hundió rápido; ni con la estupenda música de Bruce Broughton y la presencia del insigne Gary Oldman se podía salvar. Hubo un intento de resucitarla como serie en 2004 bajo el título de The Robinsons: Lost in Space. A pesar de estar producida por grandes empresas (Warner Bros. y la cadena Fox) no salió nada bueno y se quedó en el episodio piloto. Puedes echarle un vistazo en Youtube si te atreves. En argumento y tono parece sacada de los años setenta, con lo que renovación poca, y pesar de estar dirigido por John Woo, con varias películas de acción a cuestas (Cara a cara -1997-, Acantilado rojo -2008-), el paupérrimo aspecto visual también empeora las malas sensaciones.

La nueva versión llega de la mano de varias productoras pequeñas y Netflix con dos guionistas que, viendo su corto y débil currículo, tiran un poco para atrás: Matt Sazama y Burk Sharpless tienen en su haber paridas como Drácula: La leyenda jamás contada (2014), El último cazador de brujas (2015), Dioses de Egipto (201) y Power Rangers (2017). Quizá si me hubiera fijado antes en sus nombres ni me habría acercado, pero llegué por el reparto y por el género, no puedo resistirme al espacio y las naves.

Por suerte, esta aproximación es bastante ambiciosa, tanto en lo visual, con un presupuesto sin duda descomunal muy bien aprovechado, como para mi sorpresa también en la escritura. Mantienen el tono para toda la familia, pero no es una cursilada llena de argumentos bobos, tópicos y moralina barata, sino que toman al espectador por inteligente, los autores son capaces de ofrecer aventuras emocionantes para los jóvenes y un envoltorio más complejo y serio para los adultos. Por comparar con otras del género recientes, me estoy acordando de los infumables dramones llenos de personajes estereotipados de Terra Nova (Kelly Marcel, Craig Silverstein, 2011) y Falling Skies (Robert Rodat, 2011), y no hay color.

Las aventuras son variadas y por lo general bastante completas. Se combina supervivencia en la naturaleza y contra el propio ser humano con ciencia-ficción bastante realista, habiendo poca tecnojerga y ciencimagia y más empeño en mostrar el esfuerzo físico pero también intelectual de los personajes de forma verosímil aunque los escenarios sean fantasiosos. Cabe señalar que se ven pronto las intenciones de describir la ciencia, el progreso y la pasión por descubrir cosas como algo que puede traer algún peligro pero siempre recompensas mayores. Un drama familiar tan progresista viniendo de EE.UU. hoy en día es algo atípico y muy valioso.

Los hechos calan en los personajes, no es una vuelta al statu quo tras cada resolución. Hay situaciones traumáticas en casi todos los episodios, con algunas disyuntivas de nivel, como cuando se presenta la elección de salvar a una persona arriesgando a muchas o dejarla morir ante sus narices. Los protagonistas son inesperadamente grises y falibles, incluso la villana crece muy bien tras una presentación que no apuntaba maneras. La perspectiva que esta tiene del mundo se trabaja bien para que su empeño en sobrevivir a costa de todos (por cobardía, incapacidad para ver el cuadro completo, etc.) no la convierta en un cliché con patas sino en un ser miserable muy atractivo. Esto permite otros dilemas interesantes: cómo tratar la justicia y el perdón en el nuevo mundo.

Es cierto que la familia responde inicialmente también a unos cuantos estereotipos. El matrimonio a punto de romperse por las ausencias del hombre por su trabajo, la madre perfecta, el niñito empollón, las adolescentes, una la bohemia y otra la chica de carrera… Pero tienen dimensión suficiente para resultar simpáticos, aunque, al menos todavía, no entrañables, y ocurren tantas cosas que no da tiempo a que se atasquen en sus descripciones iniciales, siempre hay movimiento en las historias y problemas en lo personal y lo ético que los exprimen adecuadamente. Pronto llega el robot, que aporta el toque de misterio. El diseño es espectacular y produce asombro e inquietud a la vez. Y no tardan en aparecer también nuevos grupos de supervivientes, todos bastante interesantes y aportando más historias y conflictos.

Uno de los alicientes que me llevaron a verla a pesar de las reticencias iniciales con que fuera una obra muy infantil es el reparto. Con dos grandes actores como Toby Stephens (Black Sails, 2014) y Molly Parker (Deadwood, 2004) me tenían medio ganado. Pero los chavales también están muy bien elegidos, sobre todo el más difícil, el jovencísimo Maxwell Jenkins, que logra una interpretación muy natural. Y Parker Posey (Superman Returns, 2006) como la malvada doctora Smith también está estupenda en un papel muy complicado: es capaz de mentir hablando pero mostrar su cobardía y sus planes con la mirada.

Lo único que se le puede achacar es que algunas historias personales se ven venir muy de lejos y que a veces pecan de buscar el escenario más grande y exagerado, saliéndose de la tónica realista para forzar algunos finales de episodio de infarto. Las disputas matrimoniales siguen todos los pasos esperables sin un atisbo de buscar novedades, de hecho, ocurre lo contrario, deciden que llega el momento de tener tal situación y la fuerzan, por ejemplo montando a los dos padres en el coche y haciendo que se queden varados por ahí para que tengan que trabajar juntos y acercarse otro poco. En cuanto a efectismo innecesario, hay varios momentos aquí y allá que hacen torcer el gesto un poco, pero la palma se la lleva la salida final al espacio, un despiporre de exageraciones y salvaciones en el último momento, para acabar en un giro tipo Perdidos (J. J. Abrams, Jeffrey Lieber, Damon Lindelof, 2004). Entiendo que había que tener un clímax apasionante, pero es tan artificial que resulta contraproducente, hay momentos en que da más bien vergüenza ajena.

En lo visual no hay ni una pega, tiene el nivel de superproducción de cine, tipo Prometheus (Ridley Scott, 2012) o El marciano (ídem, 2015). El vestuario es impresionante, pero los decorados, vehículos y efectos especiales son realmente asombrosos, y el rodaje en espectaculares exteriores garantiza un aspecto visual arrebatador. Es incluso decepcionante si se mira en el sentido de que hay un montón de grandes de obras ciencia-ficción que se quedaron cortas (o incluso canceladas) por falta de dinero, y esta serie menor y algo tontorrona consigue tal despliegue. Directores de talento como Neil Marshall (The Descent -2005-, Centurión -2010-), Vincenzo Natali (Hannibal -2013-) y David Nutter (desde Expediente X -1993- a Juego de tronos -2011-) exprimen las posibilidades al máximo. Ya con las fastuosas panorámicas de hielo y montañas de los primeros capítulos me engancharon, pero partes como la del valle de tierra (donde hay otra nave estrellada a punto de caer por un acantilado) son alucinantes.

Si logran quitarse de encima las pocas limitaciones argumentales y consiguen mantener un interés constante sin inclinarse demasiado por artificios huecos, la serie puede crecer muy bien. Netflix no suelta datos sobre sus audiencias, pero parece que ha tenido buen recibimiento, así que tendremos segunda temporada para comprobar si madura adecuadamente.

PD: Netflix España está optando por no traducir ni un título. Me da rabia, teniendo muchos una traducción tan fácil y resultona.

BLACK MIRROR – TEMPORADA 4


Netflix | 2017
Drama, ciencia-ficción | 6 ep. de 41-76 min.
Productores ejecutivos: Charlie Brooker.
Intérpretes: Jesse Plemons, Cristin Milioti, Jimmi Simpson, Rosemarie DeWitt, Brenna Harding, Andrea Riseborough, Kiran Sonia Sawar, Maxine Peake, Douglas Hodge, Letitia Wright, Daniel Lapaine, Aldis Hodge.
Valoración:

En esta cuarta temporada, aparte de la irregularidad habitual, se observa algo de desgaste, pues Charlie Brooker vuelve sobre ideas ya exploradas y no consigue deslumbrar como en otras ocasiones. Pero también se ven intentos de seguir experimentando con historias y estilos distintos, lo que disimula un tanto la reutilización de algunos pensamientos. Y el esfuerzo en buscar un acabado visual de calidad también se agradece. Pero claro, de quien nos ha regalado joyas como El himno nacional, Blanca Navidad y En picado se espera mucho más, sobre todo teniendo en cuenta que las temporadas son muy cortas y es difícil perdonar los bajones.

Tras el salto encontraréis el análisis por capítulos:
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WESTWORLD – TEMPORADA 2

HBO | 2018
Drama, suspense, ciencia-ficción | 10 ep. de 55-90 min.
Productores ejecutivos: Jonathan Nolan, Lisa Joy, J. J. Abrams.
Intérpretes: Evan Rachel Wood, Thandie Newton, Jeffrey Wright, Ed Harris, Anthony Hopkins, James Marsden, Tessa Thompson, Simon Quaterman, Shannon Woodward, Rodrigo Santoro, Ben Barnes, Peter Mullan, Jimmi Simpson, Clifton Collins, Katja Herber, Zahn McClarnon.
Valoración:

Alerta de spoilers: Solo menciono un par de cosas del argumento que no me parecen cruciales. Tras el siguiente aviso sí entro a fondo en el final.–

Lo veía venir pero ya lo tengo claro: Westworld es la nueva Perdidos (J. J. Abrams, Damon Lindelof, 2004). Tiene en vilo a medio mundo seriéfilo con humo y sensacionalismo, con promesas que llevan a nuevas promesas, con amagos y requiebros que te dejan con la miel en los labios, pero casi nada de contenido real se vislumbra por ahora, y todo apunta a que así seguirá siendo, porque hemos llegado a puntos de inflexión clave en las tramas y no se ha avanzado casi nada con ellas y con los personajes. Los malabares que hacen los guionistas Lisa Joy y Jonathan Nolan para tratar de ocultar el escaso material que han sido capaces de explorar en un argumento con mucho potencial me han resultado exasperantes, incluso ofensivos a veces.

La primera artimaña es la narrativa fragmentada en el tiempo para ralentizar el avance de los hechos y para ocultar información al espectador y así tratar de generar intriga y expectación alrededor de la pobre trama sin que, en teoría, se note demasiado. Si los saltos temporales implicaran nuevas lecturas de la situación, si lograran una atmósfera de suspense efectiva, pero pronto se ve que son desvíos de atención y un intento de dificultar la comprensión del relato para que parezca más complejo. Llega a resultar bochornoso como usan la memoria de Bernard, que va recordando según conviene a los escritores, pero por lo general ni ponen excusas, tenemos línea temporal sobre línea temporal de forma que tienes que estar toda la temporada haciendo grandes esfuerzos para ponerlo todo en orden, un esfuerzo infructuoso porque al final la serie es bien simple, la mayor parte de lo que vemos no es nada más que viajar de un lugar a otro y descubrir alguna pista.

Para alargar la duración lo lógico hubiera sido hacerlo mediante aventuras secundarias de relleno, siempre y cuando estuvieran mínimamente relacionadas con la premisa principal y los personajes no decayeran en el proceso. Y lo cierto es que lo intentan con los episodios centrados en la parte japonesa del parque y con los indios, pero dejan mucho que desear, no hacen sino mostrar las carencias de los escritores, su incapacidad para coger una idea sencilla y desarrollarla bien. El lío japonés se ahoga en estereotipos vulgares y un ritmo plomizo. Qué forma de desaprovechar el dinero (decorados, puesta en escena) y los actores tan llamativos (Rinko Kikuchi, Hiroyuki Sanada). El de los indios sale mejor parado (destacando la sólida interpretación de Zahn McClarnon), pero aun así esa torpeza limita demasiado una historia de amor que prometía ser épica y hermosa y termina siendo previsible y repetitiva. Así, el efecto conseguido es el contrario: en vez de estar entretenido en espera de que vuelva a pasar algo importante tienes la sensación de que te han estafado con un añadido estéril y tedioso.

El segundo ardid son las falsas promesas y el sensacionalismo. El esqueleto de la trama es lo ya conocido, el despertar de los robots y la rebelión contra el hombre, pero en vez de ahondar en la temática y darle un recorrido más trabajado a los protagonistas los autores están empeñados en basarse únicamente en el artificio superficial, y terminan abusando demasiado de recursos que ya de por sí serían bastante cuestionables en pequeñas dosis. Todo forma parte del gran plan de Ford, pero como en Battlestar Galactica (Ronald D. Moore, 2004), no hay otro plan que la improvisación de los guionistas. Da igual lo que ocurra, lo que se enmarañen las cosas (como digo, no mucho en el fondo, sólo en la narrativa), todo se justifica y explica como parte del imposible plan de Ford, quien muestra una anticipación a los eventos que ni Hari Seldon (el de La Fundación de Asimov). Pero hay más, mucho más…

Acabarás harto de menciones al Valle del Más Allá, la Cuna, la Forja, la clave en la mente de Abernathy padre… todo ello rodeado siempre de un halo de “va a pasar algo grande que te va a dejar flipado”, para luego ser lo que se veía venir, cosas mundanas muy exageradas: un servidor de datos, una clave de acceso, otra entrada y habitación secreta de las miles que parece haber por el parque. Esto ejemplifica el agotamiento de las pocas ideas que hay, pero por ahora parece que los espectadores siguen cayendo en estas burdas ilusiones. El dichoso Valle ya lo teníamos en la primera etapa en la forma del Laberinto, que no es sino una excusa para mover a la gente, porque si los dejan quietos se ve con mayor claridad que no está pasando nada; cada dos por tres sacan un nuevo enclave secreto con secretos de Ford que no son sino una extensión de lo mismo (¡el PLAN!); y ya he citado la memoria selectiva de Bernard y las idas y venidas en el tiempo que repiten lo mismo en pequeñas dosis (al final parece que ha habido como quince ataques al complejo de oficinas desde donde se dirige el parque).

Las vaguedades de la historia se contagian también al contenido de índole intelectual. Al empezar la serie todo parecía apuntar a que estábamos ante una obra trascendental e inteligente donde se abordarían cuestiones de diversa índole, pero todo se queda en cuatro flojos apuntes que están lejos de cumplir con las expectativas. El parque donde el ser humano puede dar rienda suelta a sus vicios ocultos o encontrarse a sí mismo daba para adentrarse en la psique humana, pero no encontramos ni una sola reflexión relacionada. Los apuntes sobre la conciencia y el libre albedrío, lo más relacionado con la premisa, se quedan en prácticamente nada, unos pocos diálogos pobretones. Las implicaciones éticas de la tecnología de los anfitriones tienen algo más de recorrido, sobre todo con pasajes como el centrado en Delos, pero teniendo infinidad de robots despertando daba para exponer distintas perspectivas, y en cambio los protagonistas están atascados en un bucle sin salida donde no se llega a contar nada con enjundia.

Ese el otro gran problema que se veía venir desde sus inicios y termina por explotar en esta etapa: los personajes tenían un potencial que no llegaron a aprovechar del todo, y aquí empeora la cosa, pues van perdiendo profundidad hasta quedarse en un esbozo inane. En los inicios de la serie al menos Dolores y Maeve resultaban bastante sugerentes, la temporada se sostenía e invitaba a seguir casi exclusivamente por ver su despertar, su lucha por tomar las riendas de sus vidas, pero una vez toman consciencia se ahogan en historias repetitivas que no permiten seguir explorando sus personalidades, y me temo que los poquísimos cambios que llegamos a ver resultan incluso incongruentes.

Dolores sólo quiere vengarse de los humanos por su cautiverio, para lo cual va reuniendo un ejército de anfitriones. Pero su objetivo no podía ser más vago, tanto que al mínimo análisis se cae a pedazos. Busca con ahínco el Valle del Más Allá, esa débil promesa de libertad y respuestas que ni se para a investigar cuando asalta las oficinas, donde sí tenía de información en cantidad al alcance de la mano… y también la salida al mundo real, con la estación de tren. Y para rematar lo que queda de personaje, a mitad del camino se carga a todos los anfitriones y sigue sola, e incluso altera los parámetros de personalidad de su amado Teddy para controlarlo mejor. ¿Por que? No se explica, simplemente se ha vuelto chunga porque sí. Maeve lo único que quiere es encontrar a su antigua hija. La idea de por sí es bastante ridícula: la anfitriona más despierta y capaz no se entera de que las vidas pasadas son constructos del hombre, guiones, y arriesga su vida y libertad y la de todos los que la rodean por sueños absurdos, cuando, de nuevo, lo lógico es ir al centro de mando y estudiar y arreglar la situación desde ahí. Además, tanta penuria con la niña resulta un drama cansino y otro objetivo que nunca parece llegar, porque siempre ofrece un giro que lo aleja un poco más en el último momento. Bernard, que fue el tapado de la primera temporada, cobrando protagonismo poco a poco, es engullido por el mal desarrollo de las tramas: toda su historia se limita a intentar recomponer sus recuerdos, pero ningún avance aporta algo tangible a su forma de ser, a sus motivaciones para seguir adonde quiera que vaya, porque pasa por todos los escenarios pero no como personaje, sino como objeto dosificador de la intriga. Supongo que por presencia se podría citar a Charlotte Hale como personaje principal también, pero esta es incluso peor, sólo sirve para canalizar la lucha de la empresa contra la rebelión, no tiene una forma de ser concreta con la que conectar, su existencia es otro macguffin de baratillo: “¡atención, atento, que trama algo!”. Después de unos pocos capítulos forzando ese misterio acabas deseando que deje de aparecer.

Como extensión de estos problemas los actores ven limitadas sus posibilidades. Tanto repetir las mismas situaciones en cada capítulo (paseo por el desierto, tiroteo de Dolores, llanto de Maeve, confusión de Bernard, soy mala y oculto algo de Charlotte) significa también una interpretación encorsetada: todo el rato con las mismas caras. El gran talento que mostraron en la primera temporada, sobre todo Thandie Newton y Evan Rachel Wood, se ha desperdiciado por completo, ahora incluso empiezan a resultar cargantes.

En un segundo plano tenemos al hombre de negro, o William de anciano, la esperada aparición de Delos (Peter Mullan), y las crípticas intervenciones de Ford. Estos aportan algo de información sobre el nacimiento del parque y su propósito, pero también terminan sobre utilizados como expositores de las tramas y artificios, perdiendo entereza como personajes y acercándose demasiado a convertirse en objetos inanimados. La aparición de la hija de William, Emily, intenta humanizarlo un poco, pero también resulta muy forzada: los encuentros imposibles, el drama familiar remarcadamente lacrimógeno… Sólo el buen hacer de Katja Herbers (ManhattanSam Shaw, 2014-) y Ed Harris les da algo de vida.

Ninguno de los secundarios se trabaja lo suficiente como para interesarte por sus vivencias y destinos. Hay bastantes con nombre (la banda de forajidos y los técnicos que llevan como rehenes), pero me importan un bledo sus desventuras, son entes que van andando por el desierto sin añadir nada claro a las historias o a los demás personajes. ¿Para qué incluir tantos roles si no tienen nada que aportar con ellos? Apenas logran despertar algo de simpatía con Hector, Elsie y Lee, pero porque sus intérpretes Rodrigo Santoro, Shannon Woodward y Simon Quarterman respectivamente están muy bien. El resto podrían desaparecer, que ni te darías cuenta, y con algunos de hecho acabarás deseándolo, como el cansino de Teddy y el no menos insufrible mejicano que se encuentra William cada dos por tres.

Ya la primera temporada era lenta y cabía en la mitad de capítulos, pero esta está completamente estancada, había material para dos o tres episodios como mucho. Terminamos dando apenas un tímido paso desde el final de aquella, porque en vez de avanzar hemos estado dando vueltas en círculos desde entonces. Unos anfitriones salen del parque hacia el mundo real, otros mueren en el intento, y en el proceso tanto estos como los humanos que los controlaban descubren cosas sobre sí mimos y el mundo que antes no conocían.

Como en aquella ocasión, tenemos un episodio final de hora y media que al contrario que los demás sí consigue ser bastante entretenido gracias a una buena dirección y una música efectiva que le confieren un ritmo bastante enérgico, pero claro, no es suficiente para esquivar la mala sensación de que estamos donde teníamos que estar hace diez horas, y para rematar, en el contenido los guionistas se quedan cortos después de tanto anunciar algo grandioso, porque siguen tirando de sensacionalismo más que en centrarse en ejecutar bien los pocos frentes abiertos. Es que ni si quiera se trabajan la coherencia: algunos personajes se han tirado estos diez capítulos viajando al valle para que ahora en el último momento otros se recorran el parque de lado a lado varias veces en minutos.

Alerta de spoilers: Salta al siguiente párrafo si no quieres destriparte el final.–

El dichoso valle no es más que otra ilusión virtual, el proyecto secreto de almacenar la personalidad de los visitantes se queda en el limbo para próximas temporadas, los que salen del parque no hacen nada concreto todavía, Williams al final no se sabe qué busca pero sigue buscándolo, el maldito plan de Ford sigue siendo una entelequia, etc., etc. Y los embustes cantan a distancia. Para qué tanta muerte con planos lentos para forzar el drama si sabemos que nadie está realmente muerto, que todos pueden ser resucitados, que cualquier humano puede ser un robot o convertirse en uno. Sin ir más lejos, la resurrección de Dolores no podía ser más tramposa, tras tanto dramón con Maeve pronto apuntan a su retorno también, y el epílogo con Williams en un futuro ya me diréis para que sirve salvo para sacar un “oh” al espectador facilón y permitir que los blogs que viven del clicbait ganen visitas anunciando explicaciones para quien no haya sido capaz de entender un giro tan efectista e innecesario; ojo también a la trampa de Dolores con la bala usada, que evidentemente no cabe de ninguna manera en el tambor del revólver, de hecho, no pueden mostrarnos cómo lo hace así que no lo vemos, así de manipuladores son… pero hay más, porque resulta que es tan estúpida que no la pone la primera, sino tres balas más allá, sencillamente porque los escritores necesitan extender el clímax.

Una vez unidos todos los grupos y personajes no hay una catarsis, una revelación, una suma que dé algo más grande, sino que cada uno sigue su camino por separado y ninguna de estas direcciones sorprende, la mayor parte sabe a poco o decepciona bastante. No puedes crear tanta expectación si no tienes nada que contar, el esfuerzo debería ir en contarlo bien. Así que no queda otra conclusión: Westworld es la nueva Perdidos, la nueva Battlestar Galactica… bueno, en realidad es peor, porque ni siquiera tiene un ritmo adictivo, un aspecto visual deslumbrante (más allá de alguna buena panorámica del desierto, sigo preguntándome cómo pudo costar tanto) y unos personajes que enganchen con los que pueda entender la admiración que despierta.

Ver también:
Temporada 1 (2016)

SENSE8 – CAPÍTULO FINAL

Netflix | 2018
Acción, drama, ciencia-ficción | 1 ep. de 150 min.
Productores ejecutivos: Lana y Lilly Wachowski, J. Michael Straczynski, Grant Hill,
Intérpretes: Doona Bae, Jamie Clayton, Tina Desai, Tina Desai, Tuppence Middleton, Toby Onwumere, Max Riemelt, Miguel Ángel Silvestre, Brian J. Smith, Freema Agyeman, Naveen Andrews, Eréndira Ibarra, Alfonso Herrera, Max Mauff, Purab Kohli, Terrence Mann, Daryl Hannah, Valeria Bilello, Paul Ogola.
Valoración:

Alerta de spoilers: Hay algún dato revelador, pero muy general.–

Sense8 ha sido una de las series más ambiciosas de los últimos años, tanto en la puesta en escena como en lo argumental, con una premisa compleja y valiente muy complicada de llevar a cabo. Las hermanas Wachowski y J. Michael Straczynski lograron una primera temporada de ensueño, pero en la segunda el desgaste debido al esfuerzo creativo y de producción se hizo notar mucho. El presupuesto se disparó, llegando a nueve millones de dólares por episodio, y aun así no tuvieron fuerzas para mantener el nivel visual, principalmente porque Lilly Wachowki se bajó del carro. Pero el guion, aun contando con la ayuda de otros escritores, también había perdido bastante garra, diluyéndose muchísimo las grandes promesas iniciales. Viendo que la serie no iba a más y las audiencias tampoco, Netflix no se atrevió con otra temporada, siendo su segunda cancelación notable. La primera fue Marco Polo (2014), pero aquella no había conseguido un grupo de seguidores fieles que hicieran ruido por internet, y la campaña que estos montaron convenció a los directivos de darle un final que acallara las críticas. La imagen de ser el canal que no te deja colgado estaba muy en juego.

No llegué a este tardío desenlace con la pasión que mantenían otros fans, porque la segunda etapa me decepcionó mucho y pensaba que un capítulo doble (aunque ha terminado durando dos horas y media) no era suficiente para remontar y a la vez darle un cierre digno. Una vez visto, mi impresión es que sus autores también eran conscientes de que no podían cumplir con todo y han optado por un episodio superficial y complaciente para contentar lo justo a los fans menos exigentes. Pero para otros, en una serie que nació con tanta ambición y arrojo, acabar apuntando tan bajo nos ha supuesto que ver magnifica la decepción.

En la trama principal no terminan de asentar bien las cosas, narrando lo más básico, el conflicto de los protagonistas con la maligna corporación que persigue a los sensates de todo el globo, sin lograr profundizar ni impactar mucho, pero también incluyendo de vez en cuando información paralela que enmaraña innecesariamente las cosas. La trama se presentaba como lo más débil en lo que hemos tenido de serie, la típica organización inquietante que gobierna (no sabe cómo) medio mundo desde las sombras (la BPO), el villano misterioso (Whispers o Susurros), y el acoso a los personajes, o sea, la misma premisa de ciencia-ficción y suspense que hemos visto en mil series, Expediente X (1993) a la cabeza. Por el otro lado, apenas estábamos conociendo la parte novedosa, la naturaleza sensate y la vida de otros grupos, con las posibles facciones y motivaciones que estos tuvieran. Esta parte prometía más, y si la conspiración se hubiera ido desarrollando adecuadamente podrían haberse enriquecido mutuamente. Pero con la cancelación hemos pasado de la presentación al desenlace sin llegar a encontrar una historia que enganche como para interesarnos especialmente por cómo se resuelve.

Hacía falta esclarecer los bandos e intenciones de los clústeres de sensates principales (los de Angelica y Lila), y no embarullarlo con la presencia de otros innecesarios (el tipo salido y sus amigos) y menos aún con otros que sueltan mucha verborrea pero nada que parezca afectar directamente al núcleo de la historia (las ancianas místicas parecen salidas de un serial de fantasía de baratillo; la escena de la catedral derruida es lastimera). Se tendrían que haber centrado en potenciar el villano ya presentado y el concepto inicial (dominar o cazar a los sensates), no intentar abarcar de todo un poco para mostrar las cosas que tenían pensadas para el futuro. Nos atiborran de planes y conspiraciones varias sin que cale nada, sin que se vean implicaciones inmediatas en las vidas de los protagonistas. Por ejemplo, el tema de los drones queda ininteligible, cuesta hacerse una idea de dónde sale, cómo averiguan como funciona y cómo pueden dominarlo al final. El peor fallo es añadir a última hora otro villano, el Presidente de la compañía, que lo anuncian con mucho misterio sensacionalista y malignidad forzada (deforme y con máscara para respirar) hasta resultar una parodia involuntaria, un malo de cómic infantil. Whispers era el enemigo que conocíamos, tangible y presente, y deberían haberse centrado en él. Pero con la falta de dedicación acaba también siendo un poco desastre: no termina de mostrar unas motivaciones verosímiles ni se ve que tenga realmente un gran poder, quedando en un simple estereotipo que provoca más indiferencia que miedo.

Entiendo la necesidad de cerrar la trama de la BPO, pero a costa de centrarse en ello dejan completamente de lado las vidas personales de los protagonistas, y sin ellas Sense8 pierde su esencia básica. Era una serie que hablaba sobre el qué nos hace humanos y qué nos une pese a las diferencias culturales. Un drama intimista y romántico pero narrado con una visión extraordinaria, porque apuntaban a un espectro muy amplio de formas de ver y entender el mundo y jugaba y rompía con tabúes con una audacia nunca vista. Todo ello se hacía a través de unos personajes exquisitos y encantadores inmersos en aventuras algo clásicas (para que pudiéramos conectar rápidamente) pero muy bien desarrolladas, cuidando muchísimo los aspectos culturales, el sentido del humor, el amor y la esperanza… Y para rematar, la belleza de sus imágenes te dejaba anonadado. Era una serie que hacía gala de una sensibilidad única, que llegaba directa al corazón.

Para mí, sin duda esta era la prioridad, y creo había tiempo de sobras para cerrar la historia de cada uno mientras fomentaban la unión, dejando para un clímax final apoteósico esa confrontación que ocupa dos estiradas horas con altibajos, salidas innecesarias y poca concreción. La odisea política de Capheus, las intrigas empresariales de Sun, la carrera como actor de Lito, el matrimonio tambaleante de Kala, los problemas de integración de Nomi, el drama familiar de Wolfgang, el misterio de los pasados de Riley y Will… Todo desaparece sin más explicación y nos quedamos con que se han juntado, se llevan bien, y resuelven todo unidos. Ni siquiera asuntos esenciales, como el trío Kala-Wolfgang-Rajan, tiene un proceso, ocurre sin más. Incluso hay relaciones que quedan malogradas después de tanto prometer: ¿cómo es posible que tras tanto lío Capheus y Sun no acaben juntos? Este queda relegado a secundario cómico, y a ella le encasquetan un romance con el detective coreano que no hay quien se lo crea.

A base de aturdir con infinidad escenas de acción, rodadas lejos del nivel de espectacularidad de las temporadas (las peleas cuerpo a cuerpo son flojitas, los tiroteos carecen de épica), consiguen que a pesar de su longitud sea un episodio bastante entretenido. En ello también es crucial el sentido del humor y el carisma y química de los actores, que salvan escenas que podían haber caído en la comedia involuntaria, como la del autobús turístico. Pero no es suficiente para enmascarar sus muchas carencias. Hay mucho movimiento para dar ritmo, pero poco contenido real. Ni siquiera hay tensión, sensación de peligro por el destino de los protagonistas, que parecen estar pasándose lo bien, que se paran en plena huida a charlar entre ellos… Nunca parece que pueda morir alguien, por más balas que lluevan. El final, con la destrucción del helicóptero donde van todos los malos, parece demasiado fácil tras tantas huida, persecución y secuestro.

Por todo ello este episodio final se puede considerar un engaño. Trata de contentar pero sin contar nada, sino con fuegos artificiales. De hecho, el eterno epílogo en la torre Eiffel con la boda, las reuniones, las escenas de sexo y fuegos artificiales (estos ya reales), me resultó tremendamente empalagoso y aburrido, cuando en la primera temporada y en partes de la segunda en situaciones semejantes me embargaba toda la pasión con que narraban las vidas de los protagonistas. Sense8 entró a lo grande en el mundo de las series, pero me temo que se va en silencio, agonizando.

PD: Netflix cuenta este final como el episodio 12 de la segunda temporada, en vez de como un especial.

Ver también:
Temporada 1 (2015)
Temporada 2 (2017)