LOVE, DEATH & ROBOTS – TEMPORADA 2

Netflix | 2021
Ciencia-ficción | 8 ep. de 7-18 min.
Productores ejecutivos: Tim Miller, David Fincher, Victoria L. Howard, Joshua Donen, Jennifer Miller.
Intérpretes: Nancy Linari, Archie Madekwe, Sebastian Croft, Beatriz Godinho, Nolan North, Elodie Yung, Peter Franzén, Zita Hanrot, Alaïs Lawson, Joe Dempsie, Steven Pacey, Divi Mittal, Sami Amber, Michael B. Jordan, Steven Pacey.
Valoración:

Llega la segunda temporada de la serie de cortos apadrinada por David Fincher, producida por Tim Miller y escrita principalmente por Philip Gelatt, adaptando relatos o ideas de otros y llevándose a imágenes a través de distintos estudios de animación en cada episodio.

La primera llamó bastante la atención por concepto y posibilidades, pero el estreno ofreció una serie irregular, los cortos eran bastante insípidos en su mayor parte, pocos salvables y desde luego no espectaculares. Sin embargo, eso no bastó para enfríar el interés en la propuesta, y la nueva se ha estrenado también con bastante expectación. Pero esta vez sí se ha encontrado con una recepción muy, muy tibia. Tenemos menos de la mitad de episodios, con lo que podría esperarse que se concentrara la calidad media, pero el resultado es el mismo, y el hechizo se ha roto, así que esta vez el autoengaño al que indujo la burbuja de “estás viendo algo bueno” y el entusiasmo por la novedad y el interés de las historias con más pegada no logra disimular sus graves carencias.

Además, ya queda claro que están apostando por un público generalista de corte adolescente, esto es, poco exigente, amigo de historias de fantasía épica sin contenido. Así, se potencia los de acción básica y animación de videojuego, y también han reducido la violencia y la sangre considerablemente y el poco erotismo que había ha desaparecido por completo.

Esto implica también que a la hora de las críticas que se suelen ver por internet los capítulos menos valorados son los únicos con algo de imaginación y sustancia, y los que se llevan mejores notas resultan idioteces anodinas con estilo de videojuegos. Este año sólo se salvan Hielo, que mezcla un elaborado y apasionante futuro con una historia cercana sobre la familia, todo ello con un envoltorio precioso, y Servicio automatizado al cliente, ingeniosa y divertida parodia de la dependencia de las nuevas tecnologías. El resto, entre anodinos e insoportables.

Tras el salto encontraréis el análisis por capítulos.
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LOVE, DEATH & ROBOTS – TEMPORADA 1

Netflix | 2019
Ciencia-fícción | 18 ep. de 5-17 min.
Productores ejecutivos: Tim Miller, David Fincher, Victoria L. Howard, Joshua Donen, Jennifer Miller.
Intérpretes: Josh Brenner, Maurice Lamarche, Kevin Michael Richardson, Samira Wiley, Mary Elizabeth Winstead, Topher Grace, Gary Cole…
Valoración:

Love, Death & Robots (Amor, muerte y robots) ha sido creada por dos nombres tan conocidos como Tim Miller (Deadpool -2016-) y David Fincher (Seven -1995-). Este último pondría el proyecto en marcha y poco más, porque el aspecto creativo lo dirige el primero con la colaboración de Joshua Donen, Victoria L. Howard, Jennifer Miller y sobre todo el guionista Philip Gellat (autor de la horrenda Europa Report -2013-). Inspirándose en Heavy Metal (Gerald Potterton, 2000), una cinta que reunía varios cortometrajes de fantasía y ciencia-ficción de distinto estilo y tono adulto, nos ofrecen dieciocho cortos de entre cinco y diecisiete minutos, animados cada uno por una compañía distinta.

Se generaron muchas expectativas antes del estreno, y deberían haberse diluido rápidamente con el visionado, pero ha sido uno de estos casos en que Netflix infla muy bien la burbuja y genera una corriente mediática contra la que no puedes ir para no quedar de rarito. Antes del lanzamiento aparecieron muchas críticas poniéndola por las nubes, todas con el tufillo a notas de prensa adornadas con demasiados halagos para algo que no habían visto entero. Luego se sumaron al carro todos los medios y blogs que viven del clicbait, de los cebos sin contenido de calidad, así que contribuyeron a crear un aura de producto de alto nivel. Imbuido por ese ambiente y por el formato de aspecto novedoso, la recepción del público generalista fue bastante entusiasta. Pocas voces disintieron, o lograron hacerse oir entre tanta inflación mediática, y mostraron con más fidelidad la poca calidad del producto final. Tan poca, que no ha podido manter la burbuja hasta la segunda temporada, donde aun ofreciendo lo mismo (pero en menos cantidad, con lo que debería aburrir menos), ya el consenso se inclina más hacia al de obra con potencial pero bastante fallida.

De un buen corto se espera que impacte con una historia original, inesperada o incluso rompedora, y si el argumento no exige un acabado más tradicional y permite dejar volar la imaginación, también que deslumbre en lo visual. En Love, Death & Roots sólo destacaría unos pocos que alcanzan las mínimas exigencias, es decir, de catalogar como buenos, pero no son como para dejarte marcado de por vida. El resto, unos pocos entretenidos pero olvidables, mucha morralla completamente insustancial, y algunos que pese a su brevedad se hacen cargantes.

Es una serie que apunta al público adolescente más fácil de complacer: ofrece historias básicas y trilladas de héroes, robots, alienígenas y batallas apocalípticas, con algo de erotismo y sangre en cantidad (en cambio, de amor no hay nada). Se caracteriza por una importante falta de trascendencia e inteligencia, habiendo poco que rescatar entre un sinfín de historias repetitivas y predecibles. La anunciada violencia y el erotismo van de irreverentes y adultos, pero resultan bastante gratuitos, porque prácticamente no hay historias, escenarios o atmósferas que los justifiquen: aventuras con calado dramático serio, romances que necesiten sensualidad, situaciones que requieran sensaciones fuertes (terror, asco). Todo el esfuerzo se va al acabado, que cumple por lo general con nota en la animación, pero esto sólo expone los avances de la técnica, no una visión inspirada, siendo casi todos los capítulos bastante parcos en diseño artístico y dirección.

Muchas veces parece que estamos viendo un resumen de los animes más conocidos (“mechas” y peleas épicas a lo Evangelion y demás), otras que nos han colado una partida de un videojuego de tiros y fantasía. Las influencias de Matrix, la saga Alien, de imitaciones de estas, como Horizonte final, o de referentes modernos, como Gravity, son demasiado evidentes. Pocas veces se salen de este ámbito, dando la sensación de que la mitad de los capítulos se basan en la misma premisa: matar bichos con muchos tiros y sangre.

Tres robots, La testigo, Buena caza y Zima Blue son los únicos que entran en la categoría de cortos auténticos, de relatos breves pero capaces de sorprender por su inventiva en argumento y en lo visual. La ventaja de Sonnie, El vertedero, Cuando el yogur toma el poder y Punto ciego son bastante entretenidos, más por ritmo y simpatía que por imaginación e inteligencia, por lo que se ven bien pero no calan lo más mínimo. El resto son vulgares, aburridos o directamente tiempo perdido.

Coges cinco minutos al azar de Rick y Morty (Justin Roiland, Dan Harmon, 2013) o Futurama (Matt Groening, 1999) y encontrarás mucha más inteligencia y buen hacer. Y en cuanto a cortometrajes, en cualquier festival (Notodofilmest), en muchos canales de YouTube profesionales o amateurs, como Oats Studios, Dust, y en cualquier recopilatorio hallado en Google, los puedes encontrar mucho mejores.

Nota: Por alguna razón, Netflix España decidió inventarse su propio orden de episodios, y parece que además ofrece varias versiones. Yo listo el que estimaron oportuno sus creadores.

Tras el salto encontraréis el análisis por capítulos.
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FALCON Y EL SOLDADO DE INVIERNO – MINISERIE

Falcon and The Winter Soldier
Disney | 2021
Superhéroes, acción, drama | 6 ep. de 47-57 min.
Productores ejecutivos: Malcolm Spellman, Kari Skogland, Victoria Alonso, Nate Moore, Kevin Feige, Louis D’Esposito.
Intérpretes: Anthony Mackie, Sebastian Stan, Daniel Brühl, Erin Kellyman, Wyat Russell, Adepero Oduye, Emily VanCamp, Clé Bennett, Carl Lumby, Georges St-Pierre, Amy Aquino.
Valoración:

Falcon y El Soldado de Invierno no es una miniserie que deslumbre, pero es exactamente lo que esperaba del paso de la saga a la pequeña pantalla, algo sencillo, convencional, que vaya al grano y sirva como ejercicio de práctica para asentar el formato, probando sus peculiaridades y necesidades narrativas, y materializar la conexión con el público sin jugársela con riesgos innecesarios. Empezar con un experimento tan salido de madre como WandaVision, en un mundo lógico debería haberse considerado un gran fallo y haber supuesto un lastre para las expectativas y quizá las audiencias de las siguientes entregas, pero asombrosamente el público la recibió con los brazos abiertos. Ahora que tenemos algo medianamente sólido y acorde al género, a la saga y a sus personajes, la recepción es bastante más tibia. Yo no entiendo nada.

En todos sus aspectos, Falcon y El Soldado de Invierno funciona aceptablemente bien. No tiene un equilibrio perfecto entre sus virtudes y fallos, pero aun así en conjunto resulta un entreteniendo muy agradable que se puede revisionar sin problemas. En sus puntos fuertes destaca el buen partido que saca de los protagonistas principales, la seguridad con que abordan los preceptos básicos del género (aventuras épicas con carga moral), y el notable acabado visual. Donde se queda algo corta es en varios de los roles secundarios, en algunos momentos donde le cuesta mantener la fluidez y coherencia del relato, y en algunos instantes donde señalan los mensajes más de la cuenta u optan por recursos muy facilones.

Sam y Bucky son dos versiones bastante clásicas del concepto del héroe, por lo que tienen un arco dramático previsible. Pero este está bien trabajado, de forma que como personajes quedan lejos de resultar estereotipos aburridos. Entre el cuidado que ponen en humanizarlos y los ingeniosos diálogos y los carismáticos actores tenemos dos protagonistas muy atractivos. Falcon es el héroe íntegro que el mundo necesita en el fondo pero rechaza en la forma por arraigados problemas ideológicos y raciales. Así que, al ver que tendría que luchar contra esos eternos conflictos además de contra los villanos de turno, tira la toalla ante el relevo que Steve Rogers le dio como el Capitán América. Bucky se enfrenta a las pesadillas de su vida pasada, donde era un asesino programado, el Soldado de Invierno. Aceptar lo que hizo es una cosa, pero asimilar las secuelas y más aún enfrentarse cara a cara con sus víctimas es un paso que no es capaz de dar por remordimientos y falta de confianza.

Juntos se ven ante a un reto que pone a prueba sus capacidades físicas, pero sobre todo choca contra esos dilemas internos. La situación global tras el Lapso, los cinco años con la mitad de la población desaparecida por intervención de Thanos, ha recordado y hecho más visibles los problemas que había antes, la desigualdad entre quienes manejan el mundo desde sus altos edificios gubernamentales o corporativos y los pobres que son usados como moneda de cambio en las intrigas políticas y económicas. De ahí surgen los Sin Banderas, una organización de refugiados que presiona para que se tomen acciones con mayor rapidez y teniendo en cuenta sus problemas reales. Pero el tira y afloja entre gobiernos y revolucionarios tiene todas las de ir calentándose hasta estallar en una guerra sucia de terrorismo y mercenarios.

Sam, como miembro de una minoría de la que han abusado durante siglos, no puede evitar verse cerca de la posición de este grupo y su carismática líder, Karli Morgenthau, lo que añade más dudas sobre su posición como posible heredero del Capitán América. Bucky ve en ellos su espejo: soldados que son empujados a convertirse en asesinos sin escrúpulos. La cosa se complica cuando descubren que los líderes del grupo han encontrado y usado viales del suero para convertirse en supersoldados como Steve Rogers y Bucky. ¿Podrán llegar a ellos y encontrar soluciones pacíficas antes de que la situación se caliente?

Anthony Mackie no es un actor especialmente dotado, pero como indicaba, tiene suficiente carisma para mantenerse a flote sin problemas. Sebastian Stan le gana por goleada con una interpretación contenida estupenda; espero este actor que no quede encasillado en papeles secundarios. Erin Kellyman, descubierta en Han Solo (2018) y repitiendo prácticamente el mismo personaje, muestra un talento nato para la interpretación y se le augura un gran futuro.

A partir de cierto momento se les une el Barón Zemo. Si la pareja protagonista tenía química, con este extra sembrando la cizaña se garantizan unas aventuras muy amenas, llenas de roces y buen sentido del humor. Sin embargo, el requiebro para abordar esta premisa típica de los héroes trabajando con los villanos es de los que requieren un salto de fe muy grande: la fuga de la cárcel de alta seguridad es un despropósito. Bucky le pregunta a Zemo qué lee… y pum, dentro del libro aparece una llave-tarjeta mágica que abre todas las puertas de la cárcel, incluso en una situación de encierro propiciada por una pelea que crea también por arte de magia.

Pero lo cierto es que una vez en juego se olvida bastante semejante agujero de guion. Se agradece que den más vida a Zemo, quien en su entrada en acción en Capitán América: Guerra civil resultó lo más endeble de la película, y permite que Daniel Brühl muestre su soltura con el humor negro. No es un villano malvado sin más, sino más bien un agente del caos, como Loki, que se divierte haciendo la puñeta mientras persigue sus objetivos, así que resulta bastante impredecible y cruelmente divertido.

Más se tuerce el panorama cuando el gobierno de Estados Unidos se saca de la manga su propia versión del nuevo Capitán América, un héroe tradicional lleno de medallas… y de secuelas psicológicas de la guerra. John Walker pondrá en más apuros a Sam y Bucky al interceder con la agenda política muy marcada… y pronto dejando ver sus limitaciones personales y heroicas. Wyatt Russell es un actor muy cortito, pero precisamente eso permite que cumpla bien como panoli sobrepasado. Lo acompaña Lemar Hoskins (Clé Bennett) como Battlestar, que apunta maneras como secundario pero no termina de adquirir protagonismo como para destacar.

Esta temática es heredera directa de Capitán América: El Soldado de Invierno y Capitán América: Guerra civil, con sus tramas de intrigas políticas con una línea medianamente ambigua, más de lo esperado en una saga que iba siendo bastante blanda, limitada a héroes contra villanos fantasiosos sin gran calado. Gobiernos y corporaciones con intereses de dudosa moral, refugiados, revolucionarios, terrorismo, racismo… Se tocan muchas zonas grises con bastante buen hacer, llevando a los personajes bastante al límite, y sin dar respuestas demasiado facilonas: tras el épico discurso final de Falcon consagrado como el nuevo y negro Capitán América no se garantiza un mundo feliz, sólo es un tímido primer paso.

Pero esta línea no se salva de algunos deslices. El racismo tiene algunos momentos muy remarcados, con alguno que resulta hasta ridículo, como el extra anciano y negro del final repitiendo la cantinela del Falcon Negro por enésima vez. Y lo más importante, el grupo de los Sin Banderas no está bien trabajado. Se sustenta únicamente en Karli, y hay muchos momentos en que se nota que faltan secundarios que no sean extras sin nombre para poder conectar mejor con ellos y tener distintos puntos de vista de la situación. No puedes pretender hablar de problemas globales de gran trascendencia y complejidad y dejar que todo el peso recaiga en la limitada trayectoria de un único personaje.

Como indicaba, no tengo nada en contra de que en este género el destino de cada rol esté escrito, es el viaje lo que cuenta, y aquí se desarrolla bastante bien. Pero eso no quita que haya margen de mejora aparte del grupo de Karli. Los recesos familiares de Sam, aunque entendibles para ahondar en sus vida y motivaciones, resultan muy trillados, y conforme vuelven a reincidir sobre ello, los autores dejan claro que no han sido capaces de idear algo más original e impredecible. El momento a lo Qué bello es vivir (Frank Capra, 1946), con todos los pueblerinos ayudando, da bastante vergüenza ajena… y todo para que al final ni veamos el barco navegando; y tampoco cuela que la hermana (Adepero Oduye) esté en la ruina y hasta arriba de trabajo pero pueda hacer de comer para todo el barrio (y luego se va hacer recados y se deja la comida en la camioneta a pleno sol). Con Bucky también se quedan algo cortos. Su relación con el anciano vietnamita iba bien encaminada, pero se remata muy precipitadamente, con un feo fundido en negro. No puedes cerrar así el arco principal de un protagonista, y es inevitable pensar en que tener algún otro momento redentor con otros de la lista de la libreta habría sido bastante enriquecedor.

En los secundarios hay más problemas. Funcionan como elementos de apoyo para los protagonistas, y poco más. Las Dora Milaje aparecen y desaparecen muy a conveniencia. Sharon Carter (la sosa Emily VanCamp) igual, pero además lleva escrito en la frente un típico giro final que no podía creerme que se atrevieran a hacerlo, porque no resulta nada verosímil, pero sí que se lanzan a por él sin vergüenza. El veterano negro incapaz de perdonar apenas es salvado por el buen papel de Karl Lumby (conocido sobre todo por Alias -2001-), pues es un cliché con patas, un objeto para el progreso del héroe. Hay un matón que sale de vez en cuando, que resulta venir de Capitán América: El Soldado de Invierno, Georges Batroc (Georges St-Pierre), pero sería tan intrascendente allí como aquí, porque no recuerdo nada de su presencia tras acabar ambos títulos, sólo sirve para tener alguna escena de acción de relleno. Sólo la psicóloga (la veterana Amy Aquino) resulta simpática, pero tampoco parece imprescindible, es otro elemento de apoyo. Y el peor de todos es el sargento Joaquin Torres (Danny Ramírez), el típico comodín de los guionistas vagos para hacer que le lleguen avances de la trama a los personajes sin tener que currarse una buena historia. No se sabe quién es, para quién trabaja, cómo está metido en todos los líos en distintos países cuando claramente se habla sobre problemas de jurisdicciones… pero siempre tiene la llamada lista para cuando hay que mover las tramas.

Con estos secundarios fallidos y los recesos de reposicionamiento tan cursis se generan algunos bajones de ritmo, sobre todo en un penúltimo capítulo un tanto anticlimático. Con un poco más de trabajo en esos puntos débiles podría haber quedado una obra bastante redonda. Pero como digo, parece que los autores sabían que era el momento de ir a lo básico, asentar los pilares principales, antes de meterse en cosas más complicadas. Además, es evidente que ponen gran parte del esfuerzo en el aspecto que sería lo primero que se analizara y que daría mala imagen si no cumpliera: la puesta en escena no podía parecer de serie normalita.

Kari Skogland lleva dirigiendo desde mediados de los noventa, pasando por numerosas series, telefilmes y alguna película menor, destacando Los Borgia (2011) y El cuento de la criada (2017). No se amilana ante el peso de una superproducción colosal, de unos 150 millones de dólares, ¡25 por episodio! El correcto vestuario, los excelentes efectos especiales, las variadas localizaciones y la eficaz música de Henry Jackman lucen muy bien bajo su dirección, logrando una estupenda combinación de drama y acción de altos vuelos. A esto último se le aplica el “nunca mejor dicho”, porque las complicadas escenas de peleas con saltos y gente volando están muy bien resueltas.

Con todo, algún desliz sí podemos encontrar. Hay algunos momentos donde el montaje se precipita para forzar el ritmo y quedan huecos, por ejemplo, en la primera pelea, en el avión, donde entre puñetazo y puñetazo, a los enemigos les da tiempo a ponerse complicados trajes. También podría decirse que para la batalla final podrían haber buscado un escenario y unas situaciones algo más originales, pero lo cierto es que es difícil sorprender a estas alturas en el género y además están atados a cerrar tramas y cumplir con situaciones concretas, como el pueblo aceptando al nuevo Capitán América.

Como era esperable también, el final deja abierto frentes de varios personajes de cara a próximas películas y miniseries. Concretamente, ya está anunciada Capitán América 4.

Ver también:
WandaVision (2021)
-> Falcon y El Soldado de Invierno (2021)
Loki (2021)

SPACE FORCE – TEMPORADA 1

Netflix | 2020
Comedia | 10 ep. de 26-36 min.
Productores ejecutivos: Greg Daniels, Steve Carell, Brent Forrester, Howard Klein, Paul Lieberstein.
Intérpretes: Steve Carell, John Malkovich, Ben Schwartz, Diana Silvers, Tawny Newsome, Dan Bakkedahl, Lisa Kudrow, Jessica St. Clair, Jimmy O. Yang, Dan Bakkedahl, Jane Lynch, Don Lake, Noah Emmerich, Larry Joe Campbell, Spencer House.
Valoración:

Mucho han tardado Greg Daniels, principal guionista de The Office (2005), y Steve Carrell, el protagonista que inicialmente era el rostro más famoso, en volver a unirse tras el éxito abrumador de la serie. El pastel se lo ha llevado Netflix, que además ha fichado a otras figuras conocidas de dentro y fuera del mundo de la comedia. Y como es obvio, ha generado bastante expectativa.

Pero da la impresión de que esta es una serie de directivos y no de autores. Como si algún ejecutivo hubiera dicho: “Tengo apalabradas a las estrellas más famosas y rentables del mundo de la comedia, corred, hagamos una serie antes de que los contraten en otro lado”. Y se lanzaron a producir sin que Daniels y su equipo tuvieran todavía el guion acabado, o tan siquiera una dirección bien clara. Esta primera temporada es un quiero y no puedo, una amalgama inestable de ideas que parecen improvisadas y sin tiempo para desarrollarlas, y sobre todo, da esa sensación de que han juntado un grupo de actores destacados del género esperando que su presencia logre por arte de magia una serie y unos personajes icónicos.

Steve Carrell se une a Daniels en el aspecto creativo, y son secundados por otros colaboradores de The Office y de otras series de Daniels, Brent Forrester y Howard Klein. En el reparto, Carrell interpreta al General Mark R. Naird; John Malkovich, un actor bastante reconocible en cine (Con Air -1997-, En la línea de fuego -1993-, Cómo ser John Malkovich -1999-) que empezó a cogerle el gustillo a la televisión en Billions (2016), se encarga del Dr. Adrian Mallory, líder científico del proyecto; Ben Schwartz, con una larguísima carrera en comedias de todo pelaje, incluyendo muchas series animadas, aunque las que le han dado fama han sido Parks and Recreation (2009) y House of Lies (2012), es el enlace con los medios de comunicación y encargado de la imagen; Jimmy O. Yang, que en Silicon Valley (2014) se encasilló en el típico secundario que resulta extraño e incómodo, da vida a otro científico del equipo, el Dr. Chan Kaifang; Lisa Kudrow, de la mítica Friends (1994), es la esposa del general… y está en la cárcel; Dan Bakkedahl, de Veep (2012) y The Mindy Project (2012), es el secretario de defensa John Blandsmith; Tawny Newsome, con muchos papeles secundarios (Brockmire -2017-, Bajillion Dollar Propertie$ -2016-, etc.), es la capitana Angela Ali, candidata a astronauta. La joven Diana Silvers, apenas empezando su carrera, es la hija del general, perdida en una base llena de militares obtusos; Jessica St. Clair (La boda de mi mejor amiga -2011- y muchos títulos poco conocidos) es una ingeniera civil que hace buenas migas con el general.

Aparte de los autores, la premisa me llamó muchísimo, porque a mí cualquier cosa que verse sobre el espacio me tiene ganado. Los protagonistas trabajan en la recién creada Fuerza Espacial, destinada a defender los intereses militares de Estados Unidos en la órbita y la Luna, y en el futuro más allá. Hay una cómica situación que dio algo publicidad gratuita a la serie: en su presidencia, Donald Trump anunció la creación de la Space Force, pero la serie se adelantó registrando el nombre… y parodiando sus excesos, pues la figura del presidente incompetente e inmaduro flota en todas las decisiones políticas que afectan a los protagonistas.

Pero los chistes sobre política, aunque suelen ser los mejores de la temporada, son algo secundario. El grueso de historias y el sentido del humor se centran en las vivencias de los personajes sacando adelante su trabajo y sorteando sus conflictos personales. A la cabeza están el general Naird y el Doctor Mallory, dos mentes opuestas que deben encontrar puntos en común para poder colaborar. El general es un militar de carrera, conservador, sin imaginación, con los sentimientos escondidos hasta que explotan de mala manera, y los problemas con su familia lo tienen siempre al límite. El científico es muy abierto, un homosexual estrafalario, incapaz de asimilar la rigidez del ejército y las intrigas de la política.

Podemos decir que The Office y Parks and Recreation tardaron temporada y media en encontrar el tono, en forjar la química entre los actores y sus roles y que los guionistas los aprovecharan al máximo. Así que debería decir lo mismo: habrá que esperar un poco. Pero lo cierto es que empieza algo más abajo, y está lejos de apuntar siquiera a un buen equilibrio entre sus componentes. Aquellas mostraban una coherencia, una simpatía y un potencial mayor en sus inicios. Esta se presenta dispersa y con un tempo desganado. No cuajan la mitad de los personajes, no hay historias apasionantes, y deja la impresión de que llega tarde en cada chiste. Está siempre bordeando el límite entre la simpatía justa para seguir viéndola y el pensar “voy a dejarlo aquí y ponerme con otra cosa”.

Naird y Mallory son los únicos que ofrecen algo donde agarrarse, los que sustentan la temporada. En su odisea por sacar adelante sus vidas y el proyecto hay partes bastante atractivas y que sacan buen partido de sus marcadas formas de ser, como los líos con la base para entrenar largas estancias aislados en la Luna. Del resto del plantel poco hay que resulte digno, y varios son incluso un lastre.

Desde el principio queda claro que Ben Schwartz y Jimmy O. Yang están por su fama, que no había personajes planteados para ellos. Los meten con calzador en cada capítulo, y se los ve tan incómodos que contagian esa sensación: están fuera de lugar, molestan. La capitana que opta a astronauta tiene un arco un poco más trabajado, pero ni la actriz ni el personaje conmueven. La hija del general es interesante y muy maja, pero parece un poco fuera de lugar cuando no interacciona con él. Al final, tras la pareja principal, los más graciosos son los secundarios absurdos recurrentes. Los políticos y militares de la junta, con sus diálogos y decisiones loquísimos, y el asistente repetitivo del general logran que esperes sus intervenciones con cierto interés.

El asombroso nivel de producción ayuda bastante a impedir que aparezca el aburrimiento, porque te mantiene con los ojos abiertos de par en par en todo momento. El presupuesto que dio Netflix hace pensar en que creían tener entre manos la comedia de la década. Cada episodio hace ostentación de una serie de escenarios interiores y exteriores asombrosos, unos decorados y atrezo de bases, trajes y vehículos que parecen sacados de una superproducción para cine. Y con una labor de dirección estupenda todo luce de maravilla.

Netflix apuntó muy alto con Space Force y ha estado a punto de estrellarse. El tirón de los actores dio bastante audiencia inicial, pero el impacto mediático fue nulo y el boca a boca y las tibias críticas sin duda ha hundido su proyección a largo plazo. Han optado por renovarla, pero es evidente que la confianza es escasa: le han reducido el presupuesto y se han llevado el rodaje a Vancouver para ahorrar otro poco. Mucho tendrá que remontar para recuperar el interés en ella.

EL CUENTO DE LA CRIADA – TEMPORADA 1

The Handmaid’s Tale
Hulu | 2017
Drama, suspense, ciencia-ficción | 10 ep. de 47-60 min.
Productores ejecutivos: Bruce Miller, Warren Littlefield, Sheila Hockin, Kira Snyder…
Intérpretes: Elizabeth Moss, Yvonne Strahovski, Madeline Brewer, Alexis Bledel, Max Minghella, Samira Wiley, O-T Fagbenle, Ann Dowd, Joseph Fiennes, Amanda Brugel, Nina Kiri, Bahia Watson, Stephen Kunken, Ever Carradine.
Valoración:

NOVELA DE CULTO MINORITARIO, SERIE DE ÉXITO MUNDIAL

Margaret Atwood, nacida en Ottawa, Canadá, en 1939, es una escritora bastante prolífica, con numerosas novelas, poesías, relatos y cuentos y algunas obras de teatro y guiones. También es una activista y pensadora que colabora con organismos importantes, como Amnistía Internacional y Birdlife.

Como autora, no tenía mucha fama más allá de sus fronteras hasta la llegada en 2017 de la serie que adapta una de sus novelas más aplaudidas, El cuento de la criada (The Handmaid’s Tale), que publicó en 1985. Es de esos casos en que el reconocimiento llega tarde, aunque en este caso, no tanto como para no aprovecharlo, pues en 2019 escribió una secuela narrando la situación de los personajes quince años después. Parece que a sus 80 años de edad todavía tiene mucho que decir.

La adaptación para televisión se gestó sin atraer miradas. No contaba con autores de renombre que generaran expectación. Aunque fue apadrinada por la MGM, se puso en marcha entre varias productoras menores, con un presupuesto bastante escaso. La adquirió una cadena también pequeña, Hulu. Aun así, inesperadamente la reverenciada HBO se hizo con la distribución mundial.

Lo cierto es que su creador, Bruce Miller, tiene una carrera bastante amplia, pero siempre como colaborador. Empezó en los 2000 en puestos de productor secundario en la veterana Urgencias (1994) y en Everwood (2002), fue ascendiendo hacia la producción ejecutiva (es decir, con influencia en el desarrollo creativo) en títulos como Los 4400 (2004), Al descubierto (2008), Eureka (2006) y Los 100 (2014). Esta última la abandonó en la segunda temporada, supongo que para centrarse en este proyecto personal.

El reparto sí tuvo algunos nombres medio conocidos (Elisabeth Moss y Joseph Fiennes), lo que permitió que algunos seriéfilos se fijaran en ella en un panorama televisivo muy rico y donde cada vez más la imagen de las cadenas y los rostros más visibles generan un efecto nicho que deja fuera a obras con posibilidades. Y con eso y su extraordinaria calidad, El cuento de la criada tuvo un boca a boca que la catapultó con tal rapidez que ya desde la primera temporada se convirtió en una de las series más aplaudidas e influyentes de los últimos años. En los siguientes carnavales, el disfraz estrella fue el de criada, con la capa roja y el tocado blanco, algunos políticos la han mencionado en sus discursos, series posteriores dejan ver su influencia, y millones de personas se han quedado embelesados con el viaje de la protagonista y han reflexionado con las profundas lecturas que está dejando.

Hulu la estrenó en EE.UU. en abril de 2017, y HBO distribuyó internacionalmente o revendió los derechos allí donde todavía no había llegado su plataforma streaming. En España sí la teníamos ya, pero aun así, la serie venía con tal tirón que otros aprovecharon que HBO es un canal minoritario todavía y pujaron por ella. Así, aunque tienen preferencia en el estreno de las temporadas y debe pasar un año hasta que otro pueda emitirla, muchos la han visto en Amazon Prime Video o, más sorprendente aún, en Antena 3. Eso sí, a pesar de sus buenas audiencias y del impacto en los medios, la cadena en abierto no ha pasado de la primera temporada por ahora; quizá los derechos se han encarecido demasiado.

A la hora de publicar esto, la serie tiene confirmada al menos cinco temporadas, y dada la naturaleza y complejidad del universo planteado podrían ser muchas más y contar con series paralelas. El propio Miller dijo que apuntaba alto, quizá hasta diez temporadas. Aparte, ya se están planeando series sobre otras novelas de Margaret Atwood.

DISTOPÍA ESPELUZNANTE

A través de los ojos de June, una treintañera que es tomada como sirvienta-esclava, vamos conociendo la vida una nueva nación, Gilead, que parece haber nacido de una guerra en Estados Unidos y funciona como una teocracia basada en el antiguo testamento. La ciencia y la tecnología están muy limitadas. La economía es de subsistencia controlada. La cultura ha sido aniquilada, sólo existe la Biblia, y las mujeres no pueden leer, bajo pena de amputar dedos. La libertad individual se anula, se conforman estratos sociales muy definidos, señalados por el color de sus ropas, donde destaca la familia tradicional y una cadena de mando y poder de corte feudal. Todo tiene un propósito: luchar contra los excesos del capitalismo y los problemas de la contaminación, oponerse a las libertades personales en todas sus formas (sexo, ocio, cultura, religión …), pero la excusa final que les permitió organizarse y alzarse fue poner freno a la crisis de natalidad sin precedentes que todo eso había generado.

Podría extenderme describiendo cada grupo social, la situación política y otras peculiaridades (como las numerosas frases hechas vacías que se usan en las conversaciones para evitar conectar o meterse en problemas), pero lo mejor es ir descubriéndolo por uno mismo siguiendo las andanzas de June, así que voy a centrarme en lo esencial.

Los episodios iniciales, centrados por completo en su punto de vista, nos van explicando el funcionamiento de esta cruel sociedad. Lo primero que conocemos es que por ser una de las pocas mujeres fértiles que quedan ha sido obligada a ejercer como Criada, o sea, para ser violada por las clases altas hasta que les dé hijos. Su nombre ha sido anulado, llamándose según el cabeza de familia con el que esté destinada: ahora es Offred (Defred en castellano). El matrimonio de Fred y Serena Joy Waterford es de los estrictos, y Offred debe aprender a sobrevivir entre ellos sin perder su voluntad y determinación: recuperar a la hija que tuvo antes de todo esto y fue tomada como propiedad de esta nueva república, encontrar a su marido Luke, desaparecido en el último intento de huida, y no perder a su mejor amiga, Moira, atrapada con ella en esta pesadilla. Conocemos a su vigilante, la metódica y cruel Tía Lydia, al misterioso chófer de los Waterford, Nick Blaine, a la afable sirvienta Rita, y a sus principales compañeras criadas afincadas en las familias prominentes de Boston, al norte del país: la irresponsable Janine, la inteligente Emily, la sagaz Alma, la dulce Brianna…

Este universo y sus habitantes están tan bien descritos, resultan tan verosímiles, que el relato es de los que más que conmoverte te atizan hasta dejarte con bastante mal cuerpo. El estado opresor, los personajes rotos o torturados constantemente, las escasas posibilidades no ya de que alcancen sus metas, sino simplemente de que sobrevivan un día más, conforman una serie sofocante, que mina la moral. No es apta para quien no le gusten las emociones fuertes, estar tenso en todo momento, pero para quien sí lo haga, es un festín, una obra apasionante como pocas. Es tal la humanidad que destila, que según el capítulo o momento que estés viendo puedes llegar incluso a entender y justificar el nacimiento de Gilead, las motivaciones de los Waterford, y ver mal los intentos de Offred de socavar sus actividades.

Por extensión, los paralelismos con la realidad son inquietantes, tanto porque hay países y lugares con sistemas parecidos (dentro de EE.UU. hay feudos ultra religiosos semejantes) como por la sensación de haber acertado de lleno en el declive que vivimos en los últimos tiempos en los países del primer mundo. El control de grupos conservadores sobre los medios, la educación, la política y su contraposición a las libertades y derechos que tanto nos ha costado ganar está a la orden del día, y da la sensación de que en cualquier momento puede saltar la chispa. El intento de golpe de estado de Donald Trump al perder las elecciones o la deriva que muestran en España los partidos equivalentes resultan escalofriantes. El feminismo, la homofobia y la inmigración son también temas que toca con sensibilidad y agudeza, dejando potentes reflexiones en cada episodio.

NARRACIÓN EXQUISITA

Aunque Bruce Miller sea el principal artífice (o showrunner), para no perder el toque feminista se rodea de cantidad de mujeres en la escritura, la producción y la dirección. La mayoría, aunque no sean conocidas por no estar en primera línea en el gremio, tienen carreras bastante completas o muestran bastante potencial. Sheila Hockin (Vikingos -2013-, Los Tudor -2007-), Lynn Renee Maxcy (Eureka -2006-, Alphas -2011-), Nina Fiore (Crónicas vampíricas, 2009), Jacey Heldrich (Westworld -2016-, Persons of Interest -2011-), Kari Skogland (The Listener -2009-, Los Borgia -2011-, Falcon y el Soldado de Invierno -2021-), Daina Reid (City Homicide -2007-, Descubriendo a Nina -2010-)…

Miller ha demostrado que su experiencia previa ha calado muy bien, pues en El cuento de la criada desde los primeros minutos hace gala de un gran dominio narrativo, tanto en la técnica como en la imaginación. Juega con habilidad con marcados puntos de vista, largos clímax de tensión, giros inesperados que generan expectación por el siguiente episodio… Y en la visión a largo plazo también se observa pronto que, al contrario que series que han vivido del humo, como Perdidos (Alex Kurtzman, Damon Lindelof, 2004) y Galacticas (Ronald D. Moore, 2003), teje un mundo de gran complejidad con paciencia y cuidado por el detalle, dejando obviamente ver el origen literario, pero también sin amilanarse a la hora de ir asentando y dando coherencia a todo poco a poco en un formato que si no engancha desde los primeros capítulos puede perder muchos espectadores.

En lo que llevamos de serie, está claro que las dos primeras temporadas son la introducción y en la tercera empieza el nudo. Pero eso no implica que haya que soportar una larga presentación hasta entrar en materia. Los capítulos iniciales son sublimes, atrapan con un universo tan fascinante como demoledor, lleno de información que vamos asimilando con asombro y de retos para los protagonistas que van calando en ellos, moldeando su personalidad y sus planes, y dejando siempre con ganas de ver más.

Puedo entender a los que se le atraganta su temática y estilo tan oscuro y sofocante, pero me resulta increíble ver a gente diciendo que es lenta. Como ocurre con The Wire (David Simon, 2004) o Los Soprano (David Chase, 1999), por citar dos grandes obras donde se ha escuchado mucho el mismo sinsentido, está claro que estamos ante lo típico de que si no hay acción apabullante y sensacionalismo barato en cada minuto significa que “no pasa nada”. No se hizo la miel para la boca del asno, reza el dicho. En realidad cada escena tiene sentido por sí sola y un propósito futuro. Cada silencio posee un significado. Cada palabra y acción genera unas consecuencias. No hay nada al azar, ni un relleno, en esta completísima temporada.

Pero también encontramos algunos deslices menores. Dada la brillantez del conjunto pasan bastante desapercibidos, aunque cuando llegas a darte cuenta (probablemente en los revisionados) hay momentos en que rechinan. Lo más destacado son los monólogos finales de reposicionamiento. Donde en otras series usan cansinos videoclips musicales que te recuerdan dónde están o hacia dónde van los personajes, como si hiciera falta tener un resumen de vez en cuando para espectadores con escasa capacidad de atención, aquí, como esos numeritos no pegan nada, se apoyan en los discursos internos de June para resumir por qué estaba sufriendo recientemente y qué planea hacer. Resultan un tanto chocantes en una obra tan inteligente, y tenerlos en prácticamente todos los episodios acaba siendo un poco cargante. También me mosquean bastante las cutre conversaciones de walkie-talkie de los guardias, usadas como un efecto sonoro de tensión que a veces canta demasiado a improvisación fallida en postproducción, sobre sobre todo en algunas situaciones realmente absurdas, como esa donde se oye “La misión es coger a la criada” cuando están llegando a su habitación, ergo saben perfectamente cuál es el objetivo desde que se dirigieron a la casa.

PERSONAJES E INTERPRETACIONES INOLVIDABLES

Para adentrarnos en la vida y la mente de June tenemos muchos primeros planos que muestran sus emociones, pero estas se ven enriquecidas con la voz en off que nos adentra de lleno en sus pensamientos. Los episodios por lo general enlazan los hechos actuales con flashbacks a su vida anterior a Gilead, de forma que se realza el choque entre escenarios y se va exponiendo poco a poco cómo se gestó todo y cómo acabó siendo criada.

Pero inesperadamente, a mitad de la temporada el foco se abre a otros puntos de vista. A la que mejor le sienta el acercarnos más a su vida esa a Serena, que no tarda en pasar ante nuestros ojos de villana cruel a mujer desdichada sin salida en un mundo donde los propios Waterford parecen haber sido colaboradores en su creación. También veremos los periplos de Luke y Moira intentando huir de Gilead, los problemas diarios de Emily y Janine como criadas que, como June, no se dejan aplastar, y los orígenes de Nick.

Se da forma a un repertorio muy completo de roles muy humanos, llenos de aristas, que un día amas con locura, otros te decepcionan, otros odiarás con fuerza. Sus conflictos internos y los retos que enfrentan, así como la apasionante historia que se va gestando en general, cautivan, te atrapan con fuerza, incluso te zarandean con crueldad.

Esta posición era todo un reto para el casting, y salvo un importante desliz se salda con unas elecciones acertadísimas. Elisabeth Moss no tenía que demostrar nada a estas alturas, tras darse a conocer en El Ala Oeste (1999), arrasar en Mad Men (2007) y salvar numerosas producciones menores tanto en televisión (Top of the Lake, 2013) como en cine (El hombre invisible, 2020). Pero no podría haber soñado con un papel más hecho a su medida. Moss soporta el peso de gran parte de la serie, con la dificultad añadida de ser una obra de muchos planos al rostro, de silencios y miradas contenidas, y por supuesto con gran carga dramática. El torrente de emociones del que hace gala es magistral, encumbra un rol con gran potencial hasta conseguir que resulte inolvidable.

En el plantel de secundarios destacan Madeline Brewer como la alocada Janine, la intensidad escalofriante de Ann Dow como la Tía Lydia, la simpatía entrañable de Samira Wiley y O-T Fagbenle como Moira y Luke, la fuerza dramática de las miradas de Alexis Bledel como Emily y la pose distante e intrigante de Max Minghella como Nick. El único pero es importante: ¿en qué cabeza cabe que un patán inexpresivo como Joseph Fiennes siga encontrando trabajo? Fred Waterdord no impone ni muestra sus contradicciones como podría.

Aparte tenemos la sorpresa inesperada. La modelo Yvonne Strahovski, como otras del gremio, decidió probar suerte en la interpretación. Nadie le hizo mucho caso en sus papeles recurrentes en Chuck (2007) o Dexter (2006), y menos en otros de inferior trascendencia. Pero fue sumando experiencia y aquí ha podido mostrar su valía con creces. Conforme Serena adquiere relevancia, su papel se torna más complejo y delicado, adquiriendo un calado dramático de impresión. No tarda en estar tan espléndida como Moss.

Obviamente Bruce Miller parte de una novela que parece muy cuidada en la descripción del mundo y los personajes, pero hace cambios bien estudiados para adaptarse a una estructura televisiva y explorar el potencial latente. Por lo que he ido viendo, prácticamente todo el que ha leído el libro dice que sus modificaciones son muy adecuadas. Lo más destacable son los flashbacks y la ampliación del número de protagonistas. Con ellos nos abrimos rápidamente a otras historias que ayudan a describir mejor el universo imaginario y evitan el desgaste del rol principal; en el libro todo va de la mano de Offred, sus largos monólogos internos y su gradual viaje por Gilead. Otro cambio muy bien recibido es que al poner a Serena de la misma edad que June en vez de como una mujer bastante mayor se generan más puntos en común, permitiendo mejor interacción dramática entre ellas, y dada la química entre las actrices, sin duda los productores desarrollaron aún más su relación y sus conflictos.

ACABADO DESLUMBRANTE

Salta a la vista que nace como una producción menor, con poco dinero. También es evidente que el éxito le dio pronto el empujón que necesitaba para ir mostrando gradualmente más de la república de Gilead en las siguientes temporadas. En este primer año nos movemos por muy pocos escenarios y exteriores, no hay situaciones con grandes despliegues de recursos humanos y técnicos más allá de las reuniones de unas pocas decenas de criadas. Nos centramos principalmente en la mansión de los Waterford, el camino que siguen las criadas al supermercado, algún centro de las Tías y algunas calles y bosques, todo rodado en Ontario aunque se represente principalmente Boston, pues allí es más barato. Pero es de esos casos donde la falta de recursos se suple sobradamente con paciencia y una gran visión.

Bajo el mando de Miller, la estética de la serie la asientan en los primeros episodios las labores de dirección de la citada Reed Morano y de Mike Barker (Un plan perfecto -1999-, Outlander -2014-), con fotografía de Colin Watkinson (El séquito -2004-, Emerald City -2016-). Sumamos también la sencilla pero sutil y efectiva música de Adam Taylor y el vestuario que representa muy bien la sociedad imaginada.

El resultado es un deleite visual sin parangón, y hablamos de una época en que encadenamos una serie impactante tras otra. No es que hayan inventado algo nuevo. Qué se puede inventar a estas alturas sobre dónde colocar la cámara. Como ha pasado en obras que han sorprendido por su aspecto visual en los últimos tiempos (como Hannibal -2013- y otras de Bryan Fuller), se basan el amor al detalle, la búsqueda de la belleza en lo cotidiano, el cuidado de las emociones que se desean transmitir… y la valentía de jugar con los extremos, de arriesgarse con combinaciones inesperadas.

El cuento de la criada está plagadas de postales cautivadoras. Esa trabajada iluminación en las habitaciones oscuras donde apenas entran rayos del sol. Esas calles frías y grises donde las criadas llaman la atención con su rojo brillante. La unión tan elegante de tonos apagados de verdes y marrones. Y todo ello se alterna con planos en apariencia aberrantes, llenos de elaborados encuadres inclinados y primerísimos planos bajo el tocado de las criadas. Lejos de formar un contraste anacrónico, consiguen captar muy bien que la vida en este mundo está llena de pesares, dramas y paranoia. De esta forma tenemos un aspecto visual hermoso y a la vez perturbador que realza con gran intensidad los estados emocionales de los protagonistas.

CONMOVEDORA Y ATEMPORAL

Mucho tendría que patinar El cuento de la criada en próximas temporadas (y al menos hasta la tercera aguanta el tipo) para deshacer el hito conseguido en esta presentación: poner patas arriba el ya de por sí rico mundo televisivo actual e incluso saltar de él y causar gran impacto social. Con una certera actualización de la novela, un guion brillante, unas interpretaciones memorables y un acabado visual sobrecogedor, se han marcado una serie conmovedora en el drama humano y muy inteligente en el calado social y político que tiene todas las dejar una marcada huella y resonar durante décadas.

STAR TREK: LA NUEVA GENERACIÓN – TEMPORADA 3

Star Trek: The Next Generation
Sindicación | 1989
Ciencia-ficción | 26 ep. de 45 min.
Productores ejecutivos: Rick Berman, Michael Piller.
Intérpretes: Patrick Stewart, Jonathan Frakes, LeVar Burton, Brent Spiner, Michael Dorm, Marina Sirtis, Gates McFadden, Will Wheaton, Colm Meaney, Whoopie Goldberg.
Valoración:

NUEVO RUMBO, IMPORTANTES MEJORAS

En la tercera temporada de Star Trek: La nueva generación (1989) llegaron tiempos de cambio que hicieron mucho bien a la serie y marcaron el porvenir de toda la saga.

Hasta ahora, los productores y guionistas venían encontrando muy inconvenientes las restricciones de Gene Roddenberry. Su visión sin igual había dado a luz el fenómeno de Star Trek, pero su obsesión por un futuro utópico estaba matando la creatividad del equipo y el potencial creativo. Él no deseaba ningún tipo de conflicto entre los tripulantes, todos debían ser impolutos, y aunque había otras razas con las que entrar en roces políticos y dramáticos, sus vetos constantes terminaban limitando el argumento al monstruo de la semana con el que el Enterprise acababa enfrentado. Hasta el relevo elegido por él, Michael Hurley, chocó frontalmente con este muro.

Además, Roddenberry y Hurley fallaron miserablemente como jefes y líderes, llevándose mal con casi todo el mundo, generando un ambiente lleno de malestar y peleas. Los directivos de Paramount y su productor elegido para controlar el cotarro, Rick Berman (en la siguiente foto), se mantenían demasiado al margen, sin duda esperando que todo se arreglara o al menos no saliera a la luz y dañara la imagen de la serie. Pero Roddenberry tenía mala salud, y empeoraba cada vez más por el abuso de drogas y el estrés, y si conforme avanzaba la primera temporada tuvo que apartarse del día a día de la producción y dejó la segunda en manos de Hurley, al encarar la tercera acabó postrado en silla de ruedas, quedando forzosamente como un simple asesor.

En el breve vacío de poder con el que se encaraba este año podría haber pasado de todo, pero por suerte, Hurley estaba sobrepasado por el trabajo y decidió irse, aunque quizá vio también que Berman estaba mejor situado ante los directivos. Con el cambio de liderazgo, el ambiente conflictivo que había tras las cámaras se relajó bastante. No desapareció del todo, todavía se mantuvo cierta tensión, la sensación de que había dos bandos (pro Hurley y pro Berman), pero parece bastante claro que Berman se esforzó para arreglar las cosas, trató de que los productores y escritores, tanto fijos como puntuales, trabajaran más a gusto, y estuvo siempre abierto a nuevas propuestas.

Como segundo al mando y para que llevara el aspecto creativo acertó de lleno dando espacio a Michael Piller, quien sería el otro pilar de la revolución. Este abrió las puertas de la sala de guionistas a sangre e ideas nuevas que exploraran y ampliaran la visión de Roddenberry. Se asentaron líneas narrativas que estaban latentes pero no terminaban de emerger y cobrar forma, y se buscaron nuevos caminos por donde discurrir. Tuvimos por fin más presencia de los romulanos y los borg, mayor proyección dramática en cuanto a personajes e historias más arriesgadas, incluso con giros ligeramente más oscuros.

El grupo de guionistas que se fue formando entre esta y la cuarta etapa dio tan buenos resultados tanto a nivel laboral como en lo artístico que estaría también al frente de las siguientes series, Espacio Profundo Nueve (1993-1999), Voyager (1995-2001) y Enterprise (2001-2005); el reinicio de la era Abrams-Kurtzman es otra historia.

ASENTANDO EL NUEVO EQUIPO CREATIVO

Michael Piller (izquierda en la siguiente foto) llevaba poco tiempo como escritor y productor y entró en la saga un poco de rebote. Llegó recomendado por Hurley para colaborar en los primeros guiones del año, algo que hizo ya bajo el mando del nuevo guionista jefe, Michael Wagner. Este último era un escritor de renombre, destacando su aportación a Canción triste del Hill Street (1981), pero no se encontró a gusto, y la colaboración terminó pronto pero sin jaleos. A pesar de su escaso tiempo a bordo, algo verían en Piller, porque Berman le fue poniendo encima todo el peso de la serie.

El contrato de Piller en La nueva generación era de un año, y dudó sobre si seguir en una posición tan absorbente o no, pero al parecer, hasta el propio Roddenberry le pidió que continuara. En la cuarta etapa volvió como productor ejecutivo principal y terminó de asentar su visión de la saga. Bajo su mando, Star Trek empezó a intentar dar una trayectoria dramática más trabajada a los personajes y asentar conflictos culturales y políticos de mayor recorrido, destacando a los klingon, los romulanos y los borg, y escribió algunos de los episodios más aplaudidos. Su trabajo fue tan impecable que cuando Paramount planteó nuevas entregas fue el primer candidato en que pensaron.

Ira Steven Behr (derecha en la foto) tenía algo más de experiencia cuando fue seleccionado como productor en esta etapa. Estuvo un año supervisando la sala de guionistas, pero se vio entre medio de los últimos roces entre los dos bandos de guionistas y lo dejó a pesar de que Piller lo recomendó como su sustituto ante su posible salida. Pero más adelante se implicó de lleno en Espacio Profundo Nueve y tuvo una carrera muy destacable en el género.

Ronald D. Moore (centro en la anterior foto) era básicamente era un fan que tenía un contacto con el que consiguió colar un guion, y este languideció ignorado hasta que Piller abrió la serie a esas nuevas ideas. El notable La unión abordaba un giro hacia el drama más realista y crudo, y en su siguiente oportunidad deslumbró con El desertor en la idea adentrarse por fin a fondo en el conflicto con los romulanos, lo que le garantizó la entrada en el equipo fijo.

René Echevarria venía del teatro y envió un guion por iniciativa propia. La historia tan potente de La descendencia, un capítulo memorable, le garantizó la entrada directa como analista de guiones. Su contribución en la serie fue notable, y cuando la presente acabó, entró en la tercera temporada de Espacio Profundo Nueve directamente como productor y uno de los guionistas principales.

Dos guionistas habituales, Hans Beimler y Richard Manning, fueron ascendidos a coproductores, encargados de analizar y revisar guiones. Estos nombres han pasado siempre un poco desapercibidos ante las caras más visibles (de hecho, de la vida de Manning nada se sabe, a pesar de ser también uno de los productores principales de Farscape -1999-), pero su contribución a la saga es muy importante tanto aquí, con algunos capítulos muy buenos, como sobre todo en Espacio Profundo Nueve, adonde se implicaron aún más.

Por el otro lado, Melinda M. Snodgrass no se llevó muy bien con Berman, y su colaboración tras el mítico La medida del hombre (209) no terminaba de cuajar, apartándose como analista y desarrollando solo un par guiones antes de terminar abandonando del todo al final del año. Manning y Beimler también tuvieron sus roces con Berman, pero arreglaron sus diferencias en favor de la serie.

En otra posición crucial tenemos a David Livingston. Estaba desde el episodio piloto como productor en labores secundarias del día a día, y fue ascendiendo hasta acabar aquí como productor supervisor, que viene a ser el encargado de recursos humanos, presupuesto… que todo funcione, vamos. Luego saltaría también a las secuelas, donde además dirigió bastantes episodios.

LLAMATIVOS CAMBIOS VISUALES

El grupo de directores principal se mantuvo con los habituales Cliff Bole (en la foto), Les Landau y Winrich Kolbe, a los que se unirían David Carson, Robert Sheerer y Gabrielle Beaumont. Entre las incorporaciones puntuales destaca la primera aportación de Jonathan Frakes, que será el actor que más se implique en este campo en la saga seguido de LeVar Burton.

Estos siguen manteniendo las formas cinematográficas, con escenas muy trabajadas y planos amplios, lo que permite que la serie perdure mucho en el tiempo. Sin embargo, los productores eran conscientes de que el aspecto visual arrastraba algunas carencias importantes, y por fin hicieron algo al respecto.

La fotografía inicial de Edward R. Brown era virtuosa a la hora de huir de primeros planos típicos televisivos y dar un aspecto cinematográfico, pero a la vez mantenía una iluminación de corte muy anticuado, sin cuidado alguno por ocultar sombras incluso en pleno rostro de los actores, no digamos ya usar distintos grados de iluminación según la situación requiriera. La entrada de Marvin Rush dejó eso atrás y marcó el tono para el resto de la saga, donde se mantuvo casi siempre como el principal director de fotografía. Desde entonces la serie hizo gala de una iluminación más moderna y elaborada que evitaba sombras revoloteando por todas partes, y que además se atrevió a experimentar en capítulos que se ofrecían a ello. Este aspecto más luminoso y versátil evita también el grano en la imagen, con lo que al ver la remasterización parece una serie rodada hoy en día.

El vestuario con el que la serie inició su andadura resultaba tan viejo y cutre como el de Star Trek: la serie original, pero además algo más feo. Los tripulantes portaban unos monos elásticos que parecían pijamas, y esta tela provocaba malos olores y posturas incómodas, así que algunos actores acabaron con problemas de espalda cada vez más serios. Por ello ya no tenían excusas para cambiarlo por algo más bonito y útil. Robert Blackman entró como nuevo encargado de vestuario, y es otro que se quedó para el resto de series. Manteniendo fidelidad en los colores y formas, le dio un giro más elegante y útil con un material mucho más adecuado: la simple y conocida lana. En realidad hubo dos cambios, pues inicialmente repitieron la fórmula del mono completo, pero este empeoraba el problema de la movilidad al ser más rígido. Así que a media temporada probaron a dividirlo en dos piezas, con excepciones, pues con las mujeres siguieron probando distintas opciones.

Sin embargo, este diseño todavía tenía pequeños inconvenientes, y tanto en Espacio Profundo Nueve como en las películas de La nueva generación introdujeron nuevos trajes aún más elegantes y cómodos. Resultó que, al levantarse los actores, muchas veces la parte de arriba, apretada con una banda elástica a la cintura, se quedaba muy elevada y tenían que ajustárselo. Pero Jonathan Frakes y sobre todo Patrick Stewart lo convirtieron rápidamente en un tic de sus personajes (“la maniobra Picard”, lo llaman los fans jocosamente), así que no le dieron más vueltas. Por otro lado, si eres muy detallista te fijarás en que la cremallera queda oculta la espalda, lo que hace pensar en que para vestirse requerirían ayuda; en Espacio Profundo Nueve eliminan este problema haciéndolos más holgados, de cuello abierto con otra pieza interior de cuello alto.

También se modificaron cosas menos relevantes pero que en conjunto aportan al aspecto más cuidado y de calidad. Los títulos de crédito ahora ofrecen escenas del espacio más allá del sistema solar. El Enterprise tiene una nueva maqueta de cuatro pies (120cm), que venía a complementar a las dos existentes de 6 y 2 pies (180 y 60 cm respectivamente) con un tamaño intermedio más manejable, mayor cuidado al detalle, destacando el bar Ten Forward en la proa.

LA MEJOR TEMPORADA DE LA NUEVA GENERACIÓN

Difícilmente encuentres un trekkie que no tenga la tercera temporada como la mejor de La nueva generación. Es el año en que por fin madura, se atreven a explorar el potencial latente, a buscar historias más ambiguas, algunas incluso oscuras, tratan de dejar de lado el estancamiento en algunas premisas repetitivas, y se adentran algo más en la psique de los protagonistas, poniéndolos ante retos más humanos.

Nos embarcamos en historias largas apenas presentadas hasta entonces, los romulanos, los klingon y los borg. El beligerante y tozudo capitán Tomalak (Andreas Katsulas) hará sudar a Picard, tensando el conflicto político entre romulanos y Federación en episodios memorables como El enemigo y El desertor. Con Worf nos adentraremos de lleno en la cultura klingon con las intrigas de la corte en Los pecados del padre, que sentará las bases de las próximas historias con esta raza tanto aquí como en Espacio Profundo Nueve. Los borg llegan al cierre del año suponiendo tal amenaza al Enterprise y la Federación que nos dejó un episodio sobrecogedor, Lo mejor de ambos mundos, y más cuando dejó un final abierto que marcó un hito en la historia de la televisión.

Eso sí, debo señalar que por desgracia la sección romulana quedará bastante estancada en el resto de la serie, siendo este su punto álgido, y que los borg tendrán muy pocos episodios, eso sí, muy buenos, y se verán más desarrollados en la película Primer contacto (1996) y Voyager.

La exploración espacial y los problemas que surgen en los choques con razas desconocidas ya no son sólo atañen a problemas tecnológicos, culturales y morales que se resuelven con paciencia e inteligencia, algunos causan dramas serios y no tienen respuestas fáciles. Las señas del mando, La unión, ¿Quién vigila a los vigilantes?, Perseguido… hay muchos capítulos muy completos y fascinantes, llenos de lecturas éticas de altos vuelos que se cruzan con dilemas personales muy emotivos.

Los episodios digamos sin trascendencia especial son más ágiles, originales o simplemente tienen un acabado algo mejor en guion y aspecto visual, de forma que la media es más alta que en las dos temporadas anteriores. El precio, El factor venganza, Lealtad, Déjà Q y El juguete más preciado son bastante entretenidos y tienen puntos álgidos muy destacables. Incluso en uno en el que recuperan la cansina premisa de embajadores admirados que se encuentran en momentos bajos intentan darles algo más de enjundia: Sarek. En tierra de nadie, sin ser mediocres pero tampoco capaces de dejar huella, tenemos alguno como El hombre de latón y La trampa. Más flojos serían Evolución, Los supervivientes, Cuestión de perspectiva, Ménage à Troi… Y cierto es que todavía no nos libramos de algunos bastante reguleros, como Una causa noble o Transfiguraciones, y de uno infame: Las vacaciones del capitán.

Aparte está El Enterprise del ayer, de esos de realidades paralelas donde los autores se atreven a hacer cosas que en condiciones normales no harían, a sabiendas de que habrá un reset al final. Pero para mi sorpresa los fans adoran estos enredos sensacionalistas y llenos de trampas narrativas y emocionales, de hecho, lo tienen como uno de los mejores de la serie. A mí me parece tiempo perdido.

En todas estas aventuras los autores empiezan a sacar algo más de partido a los protagonistas, que enfrentan dificultades más humanas y tiene reacciones más variables, alejándose de la perspectiva inmovilista de Roddenberry. La unión, La descendencia y Recreaciones falsas ofrecen historias introspectivas y de gran sensibilidad. De esta forma, Picard, Riker, Data y sobre todo Worf ganan matices, se humanizan bastante. Los actores adquieren también confianza en sus personajes, sobre todo el que parecía el único eslabón débil: Jonathan Frakes ha madurado mucho y está estupendo. Como suele pasar, Deanna Troi y Beverly Crusher vuelven a salir perdiendo, no consiguiendo la relevancia que merecen.

Aparte cabe citar el celebrado retorno de Gates McFadden (la doctora), el ascenso de Geordi de teniente a teniente comandante y de Worf de teniente junior a teniente, el protagonismo creciente del simpático O’Brien, la presencia de la enigmática pero afable Guinan, la aparición estelar de Sarek (Mark Lenard), y la entrada en acción del antisocial teniente Barclay (Dwight Schultz).

Por otro lado, siguen recurriendo a personajes secundarios por lo general exasperantes, Q y Lwaxana Troi. La madre de Deanna tiene su historia cutre y repetitiva de rigor en Ménage à Troi, aunque por suerte es un episodio más divertido que de costumbre. Y Q sorprende inesperadamente con su mejor relato en solitario, Déjà Q, el único que aporta algo de recorrido y humanidad al rol y algo de sentimiento y trascendencia a los líos en que envuelve a la tripulación.

Tras el salto incluyo un análisis por capítulos.
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PARA TODA LA HUMANIDAD – TEMPORADA 2

For All Mankind
Apple TV+ | 2021
Drama, ciencia-ficción | 10 ep. de 60 min.
Productores ejecutivos: Ronald D. Moore, Ben Nedivi, Matt Wolpert, Maril Davis, Nichole Beattie, Bradley Thompson.
Intérpretes: Joel Kinnaman, Michael Dorman, Sarah Jones, Shantel VanSanten, Jodi Balfour, Wrenn Schmidt, Krys Marshall, Sonya Walger, Cynthy Wu, Coral Peña, Nate Corddry, Megan Leathers, Noah Harpster, John Marshall Jones, Michael Benz, Michaela Conlin, Casey W. Johnson, Piotr Adamczyk.
Valoración:

Alerta de spoilers: Solo presento las tramas de la temporada, hasta el último párrafo, donde hablo del final.–

Con la serie ya asentada, Ronald D. Moore puede permitirse ser más ambicioso, así que se ha rodeado de más productores ejecutivos, esto es, hay más gente implicada en el aspecto creativo y el día a día de la producción. Pasan al frente algunos que ya estaban ahí en segundo plano, como Nichole Beattie (guionista y productor menor en algunas series, como The Walking Dead -2010- o Rubicon -2010-) y Bradley Thompson, colaborador de Moore en Battlestar Galactica (2003) y uno de los principales artífices de The Strain (2014). Hay una baja llamativa, Naren Shankar; supongo que estaba bastante ocupado con The Expanse (2015). Pero lo sustituye otro veterano de la saga Star Trek: Joe Menosky.

Saltamos hacia adelante casi una década. En 1983 la base Jamestown ha crecido hasta convertirse en La Ciudad de las Estrellas. La aprobación pública y política de la carrea espacial sigue en auge. Pero los problemas aumentan a la par que la complejidad de esta gran gesta.

A los retos técnicos habituales, como las fallas mecánicas en tierra o en órbita, se le suman otros inesperados, como la fatídica tormenta solar que abre la temporada. La política afecta también al funcionamiento normal, pues el conflicto con la URSS tiene un frente importante en el espacio. La cercanía de su base y la desconfianza mutua en la naturaleza de cada misión mantienen la tensión muy alta. De cara al público ambos gobiernos intentan tímidos acercamientos para suavizar las cosas, pero la intervención militar en la NASA y en el proyecto ruso cada vez es mayor. En el aire resuena la posibilidad de armar la base lunar y las nuevas naves, como el flamante transbordador con motor nuclear, el Pathfinder. En cualquier momento puede saltar la chispa, y habrá algunos eventos que pongan en serios aprietos la carrera espacial… y el propio futuro de ambos países y de la humanidad.

Pero antes de las misiones, cada protagonista debe lidiar con sus problemas con los compañeros, con sus familias, o los que cargan en secreto. Porque Para toda la humanidad sigue siendo principalmente un drama humano y social.

Edward y Karen Baldwin superaron el trauma de perder a un hijo adoptando a una chica vietnamita, Kelly (Cynthy Wu). Ya adolescente, esta se implica en los problemas habituales de la familia: las misiones de Ed suponen largas ausencias y el miedo a que fallezca en cualquier momento. La escabrosa aventura amorosa de Karen puede parecer forzada, pero está bien justificada, surge de su necesidad de escapar de su zona de confort: los cambios que hizo en su vida, como comprar el bar de los astronautas, no han sido suficientes, porque sigue atada a un marido que es un héroe para el resto del mundo pero para ella es un tormento con esas ausencias y peligros, así que anhela sentirse viva, liberada. Ed por su parte toma el puesto de Deke como jefe de astronautas, eligiendo las tripulaciones de cada misión y entrenando los nuevos fichajes. El candidato Davey Kowalski (Alexander Neher) lo tiene como un jefe cruel, pues cree que está preparado para volar pero sigue dándole largas.

Danielle Poole se ha visto apartada del trabajo para cuidar a su marido, quien quedó muy afectado psicológicamente con la guerra de Vietnam. Cuando intenta volver a volar se encuentra con que la NASA pasa bastante de ella, porque la cuota de mujer negra ya no interesa, quieren héroes americanos como Molly, Ellen, Sarah y Gordo.

Sin embargo, Gordo nunca volvió a ser el mismo tras la crisis emocional en Jamestown. Con kilos y copas de más, vive de relatar batallitas a ancianos y en eventos varios, cayendo cada vez más en la depresión. Su situación empeora al ver que su ahora ex mujer Sarah triunfa en los medios como la cara visible de los astronautas y tiene nuevas parejas. Él no es consciente el desgaste que sufre ella, sólo piensa en su propio fracaso. Molly Cobb tiene su propia crisis. La posibilidad de verse mermada físicamente y no poder volar quiebra su espíritu y afecta a su matrimonio.

Margo Madison logró ascender a directora de proyectos y parece respetada por todos, pero las intrigas políticas ponen trabas constantemente a sus ambiciosos planes para ir a Marte. La heroína astronauta Ellen Wilson parece encontrarse a gusto en la posición de directiva que le han encasquetado, donde pronto ve que servirá mejor al propósito de alcanzar Marte, pero su amor secreto por una mujer, Pam, y su matrimonio falso con Larry Wilson (ahora trabajando en el sector privado) podrían echarlo todo al traste. Aleida Rosales está perdida en el sistema, ¿podrá Margo rescatarla y hacer de ella una ingeniera valiosa?

Thomas Paine, ahora director de la NASA, va ganando presencia, y al conocerlo mejor se entiende su postura en apariencia complaciente con los políticos: si te niegas a todo, perderás el puesto y pondrán a alguien más dócil, si aceptas algunas mierdas, te dejarán ir construyendo tu proyecto poco a poco. Con la implicación militar, en la agencia cargan con el general Nelson Bradford (John Marshall Jones), que es prudente y afable si todo va bien, pero inflexible si las órdenes dictan que se imponga a los científicos.

Algunos secundarios, como el técnico Bill Strausser (Noah Harpster), van adquiriendo protagonismo, y conocemos a otros nuevos, como los comandantes, científicos y soldados de La Ciudad de las Estrellas.

Esta segunda temporada mantiene el listón de drama de primer nivel y aventura de ciencia-ficción seria con grandes dosis de suspense. Aumenta el número de personajes y por tanto de frentes abiertos. Cada misión depende de que todos estén en forma física y mental, de que hayan puesto en orden sus vidas, y cada evento cala en ellos de una forma u otra. No hay un minuto de descanso, de relleno, siempre hay gran cantidad de cosas entrelazadas en marcha.

Se puede señalar que esta etapa se gesta más lentamente que la anterior, en parte porque necesita tiempo para asentar los cambios del salto temporal, pero también porque va cimentando un arco final de impresión. Si aquella mostraba el caos de los inicios de la carrera espacial, con diversos tramos pisándose unos a otros, esta apunta a un arco más largo: el conflicto con Rusia.

Sólo en algún breve momentos parece que va a perder el hilo de alguna historia. Se habla demasiado del Pathfinder, como si fueran a probarlo en breve, pero tarda un montón en entrar en juego. Por fin aparecen los rusos, con lo que parece que los autores van a abrir el objetivo un poco más, pero en un momento clave del proyecto de encuentro entre la Soyuz y el Apollo dan un paso atrás, de forma que volvemos a tener en primer plano únicamente las tribulaciones del lado estadounidense; ¿para qué presentan unos personajes si en el clímax van a ser dejados de lado? Y la trama de Aleida sigue un poco descolgada, con momentos en que entra en juego de manera algo forzada: no sé qué pinta en el centro de mando siendo una ingeniera júnior, y como realmente no hace nada, los guionistas le encasquetan una aportación crucial al final que desde luego podrían haber resuelto mejor.

Pero estas cuestiones no suponen problemas graves, sólo dejan la sensación de que hay algunas posibles mejoras que harían de Para toda la humanidad la serie extraordinaria que hay latente. También me hubiera gustado ver más retos científicos, que se hablara más del trabajo en naves, estaciones y la base lunar, de los diversos experimentos y sus repercusiones en la sociedad, los avances que supondrían. Si pretendes mostrar una visión global de la carrera espacial, no puedes dejar de lado aspectos tan relevantes.

Entre las mejores escenas, que son incontables, destacaría el largo proceso de redención de Gordo, la dura adaptación de Sarah a la Luna, el acercamiento de los antisociales Aleida y Bill, las relaciones de Danielle y Margo con sus análogos rusos, el agobiante clímax final en la Ciudad de las Estrellas y el hermoso canto a la unión de pueblos en manos de Danielle.

Alerta de spoilers: Comento el final con todo lujo de detalle.–

La heroicidad de Gordo y Sarah salvando el reactor nuclear (y la fantástica sorpresa del segundo reactor, el del ejército) es bastante exagerada, y se remata con un toque de sensacionalismo barato: vemos que se salvan por los pelos… y cuando volvemos a ellos resultan que están muertos. No se puede hacer una trampa así de sucia con unos personajes principales. Aparte, se los echará mucho de menos. Pero por suerte, el resto del desenlace mantiene la tensión en un nivel agobiante: el choque entre el Pathfinder y el Buran con Ed en sus momentos más bajos, los marines poco entrenados para el combate lunar abandonados a su suerte, el asalto ruso a La Ciudad de las Estrellas, y el monumetal clímax donde se junta todo.

Ver también:
Temporada 1 (2019)
-> Temporada 2 (2021)