ORANGE IS THE NEW BLACK – TEMPORADA 4.

Netflix | 2016
Drama, comedia | 13 ep. de 55-60 min.
Productores ejecutivos: Jenji Kohan.
Intérpretes: Taylor Schilling, Laura Prepon, Michael Harney, Yael Stone, Natasha Lyonne, Kate Mulgrew, Danielle Brooks, Annie Golden, Elizabeth Rodriguez, Nick Sandow, Lea DeLaria, Laverne Cox, Uzo Aduba, Selenis Leyva, Jessica Pimentel, Dascha Polanco, Matt Peters, Samira Wiley, Jackie Cruz, Kimiko Glenn, Diane Guerrero, Emma Myles, Beth Fowler, Abigail Savage, Alan Aisenberg, Blair Brown, Beth Dover, Laura Gómez, Brad William Henke, James McMenamin, Jolene Purdy, Constance Shulman, Julie Lake, Lori Petty, Mike Birbiglia.
Valoración:

Alerta de spoilers: Presento las tramas del año, pero sin revelar giros clave ni finales.–

Casi todas las críticas señalaban un poco de desgaste en la tercera temporada, que dejaba un tanto de lado el drama serio en pos de una comedia más ligera y tenía algunas secciones secundarias poco sustanciosas en comparación con lo que venía ofreciendo. El bajón no apartó a Orange is the New Black del podio de las mejores series de los últimos años, pero sí apenaba un poco, dado el nivel logrado y el potencial todavía por explotar. Pero está claro que su autora Jenji Kohan y su excelso grupo de guionistas han tomado nota y se han esforzado más en este nuevo año, pues ofrece una maduración clara: todas las historias crecen en complejidad y alcance como se esperaba, llegando a tener tramos magistrales.

Empezamos con el último vuelco que sufre Alex Vausse, esta vez debido el intento de asesinato que acaba con el sicario muerto a manos de Lolly, la loca. Haberse salvado no implica alivio, porque deben desahacerse del cadáver, vivir con miedo a ser descubiertas, cargar con la culpa de un homicidio… Vausse entra en una espiral de estrés, pavor y remordimiento, y Lolly recae en su demencia. Healy trata de ayudar a esta última, en otro intento de encontrar algo por lo que dar sentido a su existencia y su trabajo. Pero las vueltas que da la vida son inesperadas y duras, y en principio ninguno de los tres parece estar capacitado para sobreponerse.

El momento idílico del lago, roto por la entrada de una nueva remesa de reclusas, nos dejó a las puertas de una nueva etapa en Litchfield, una nueva trama global. La compra de la prisión por una empresa privada empieza a notarse, sobre todo en la parte crítica de la serie, que pone patas arriba el capitalismo desbocado de EE.UU., cebado especialmente en el sistema carcelario. Se desarrolla con el toque irónico tan inteligente del que suelen hacer gala, pero esta vez el drama que se va gestando resulta más duro y sobre todo llega a alcanzar una complejidad asombrosa. La dinámica miserable de esta empresa, que sólo busca beneficios rápidos (más presas implica más dinero del gobierno), afecta en cascada a toda la prisión de formas muy variadas, pero no sólo a las internas, sino también a los trabajadores, tanto administración como guardias.

Caputo creía haber tocado el cielo al ascender, pero la maraña administrativa que lo engullía se convierte en un verdadero infierno ahora que está en manos privadas. Las reuniones surrealistas con la junta, la guerra sucia entre cada jefe, el poco margen que consigue para tratar de mejorar las condiciones en la penitenciaría… Y por supuesto, los fallos del sistema magnifican los fallos humanos: los guardias anteriores dimitieron por las malas condiciones y los nuevos no son mejores. Algunos son unos niñatos sin experiencia, pero la mayor parte son exsoldados con traumas de guerra que los vuelven inestables y violentos (atención al momento del ratoncito). En concreto, el capitán Piscatella pone los pelos de punta.

Todo junto va creando un malestar creciente en la situación de las reclusas, que ya era difícil de por sí. Cabe destacar que Piper Chapman recibe un golpe en su ego cuando su chanchullo con las bragas usadas se sale de madre, pues sin pretenderlo da aires a las supremacistas blancas en su obsesión de tomar el control, con lo que se caldea el ambiente aún más. Pero como siempre, tenemos entre treinta y cuarenta personajes con vivencias propias. El continuo viaje con las drogas de Nicky, el suplicio de Sophia en aislamiento, las locuras de Lorna tratando de montarse otra vida de ensueño, la inesperada salida en libertad de una de las latinas, la lucha incansable de Red por mantener su dominio y a su familia, la presencia de la famosa Judy King, Soso y Poussey encontrando la felicidad, Pennsatucky lidiando con la violación… La lista de pequeñas historias es interminable, todas resultan deliciosas, sean divertidas o dramáticas, y están entrelazadas con tanta habilidad y sutileza que parece que estamos ante la realidad misma. Además estas nos empujan a reflexionar sobre lo que nos hace humanos, nuestros errores e intentos de mejorar, y cómo el entorno nos influye muchísimo más de lo que queramos creer. Porque Orange is the New Black a lo tonto está construyendo un ensayo sobre el ser humano de un calibre monumental y una inteligencia y profundidad extraordinarias, en la estela de Oz y The Wire, aunque obviamente en un estilo propio.

Al final todo explota en un clímax dramático de impresión que dejó a sus muchos espectadores con el corazón encogido. No es sólo la tragedia que cae injustamente sobre una de las protagonistas, ni la dura revelación de la razón por la que Ojos Locos acabó encarcelada, sino en general por el ambiente que construyen los guionistas y directores en los últimos capítulos: la tensión latente, la sensación de que todo acabará mal y la gradual caída en el abismo de varios personajes (los destinos Healy y Lolly son demoledores) te van dejando mal cuerpo, para luego hacerte pedazos con el fatídico desenlace. Así, Orange is the New Black nos ofrece su año más maduro y emocionante, pero también el más doloroso.

Ver también:
Temporada 3.
Temporada 2.
Temporada 1.

FALLECE RON GLASS, DE FIREFLY.

El 25 de noviembre fallació el actor Ron Glass a los 71 años de edad. Inició su carrera en los setenta, pasando por infinidad de telecomedias, entre las que destaca Vida y milagros del Capitán Miller (Barney Miller, 1974-1982). También puso voz en algunas obras de animación. Pero seguramente será recordado por su aparición en Firefly, efímera pero de gran éxito. En los últimos años tuvo apariciones esporádicas en varios prodecimentales policíacos.

Fuente: New York Times

NARCOS – TEMPORADA 2.

Netflix | 2016
Thriller, historia | 10 ep. de 50 min.
Productores ejecutivos: Carlo Bernard, Chris Brancato, Doug Miro, José Padilha…
Intérpretes: Wagner Moura, Boyd Holbrook, Pedro Pascal, Tata Escobar, Maurice Compte, Raúl Méndez, Jorge Monterrosa, Paulia García, Diego Castaño, Julían Díaz, Joanna Christie, Alberto Amman, Bruno Bichir, Leynar Gomez, Mauricio Cujar, Cristina Umana, Damian Alcazar.
Valoración:

En esta segunda temporada se nota cierto desgaste, una sensación de que le falta algo de savia al guion, de garra en el desarrollo de tramas y personajes, cuando en su año inicial tenía más ritmo y fuerza y prometía ir creciendo. Sigue siendo una serie correcta y un buen entretenimiento si te engancha su peculiar estilo, pero falla en el aspecto que diferencia las obras buenas de las notables: cautivar, impactar, quedarse en la memoria.

En los primeros capítulos los autores se atascan con la dinámica elegida, eso de combinar la narración histórica (voz en off, resúmenes, recopilación de datos) con el drama y la acción. Las imágenes ofrecen bastante información pero no parece ocurrir nada relevante. No se logra el ritmo adictivo de su primera etapa, donde pasaba de todo y cada cosa estaba relacionada de una forma u otra con las demás y el conjunto avanzaba con determinación. En otras palabras, parecen ir con el piloto automático puesto. No logran dotar de la pegada necesaria a la historia hasta que lo tienen muy fácil, o sea, cuando llegan acontecimientos muy llamativos. Conforme todos los bandos empiezan a tomarse en serio la necesidad de deshacerse de Escobar el interés sube bastante, ya que las distintas secciones quedan más definidas y hacen avanzar el conjunto en una dirección concreta. Además cobran más presencia las escenas “en directo”, o sea, los personajes actuando, que las situaciones narradas. Estas se van supeditando cada vez más hacia el apoyo: recordar cosas necesarias, resumir otras que no necesitaban estirarse.

Murphy y Peña están asqueados de sus esfuerzos inútiles, y en la cadena de mando colombiana también se nota el callejón sin salida: el presidente César Gaviria y los mandos principales no ven soluciones efectivas por más que le dan vueltas al complicado tema. Pero no por ello desisten en su persecución del cártel de Escobar. La ayuda de EE.UU., el recurso tan polémico de Carillo, la recuperación del coronel Martínez, un líder con paciencia y experiencia, van cerrando el cerco, sin llegar a capturar a Escobar pero forzando que tenga que huir y estar en alerta constantemente. Con el acoso, Pablo pierde la visión global que otrora lo llevó a controlar mejor la situación, pues combinaba cuidadosamente sobornos, atentados y estrategias de narcotráfico eficaces. Ahora se aferra al trono, crece su ego y empieza a tener una perspectiva más cerrada: soy el puto amo y voy a usar la fuerza bruta contra quien se me oponga. En esta espiral de violencia descontrolada termina con pocos amigos. Hasta los otros cárteles importantes, que intentaban mantenerse aparte cediendo lo justo para que no hubiera guerra, se ponen las pilas para tratar de acabar de él.

Y aun así no logran su objetivo. Pero al contrario que los ligeramente desganados primeros capítulos, este punto muerto está bien aprovechado, explotando el factor intriga y sacando gran partido de la situación que se va gestando. Todas las cartas están sobre la mesa y Pablo sigue sin ser capturado. ¿Qué más opciones hay? Las distintas facciones empiezan a tantear ideas y estrategias extremas que antes ni se planteaban, pues estaban lejos de su visión del mundo o porque suponen remover avisperos con consecuencias impredecibles. La entrada en el tablero de la guerrilla revolucionaria, el coqueteo de algunos agentes con las acciones fuera de la ley y nuevos pactos antes inverosímiles entre los cárteles terminan de acorralar a Escobar, llevándolo hacia el abismo a marchas forzadas. Una de las consecuencias más inesperadas de la cada vez más caótica situación es la presencia del nuevo fiscal, empeñado en que la persecución de Pablo y su familia debe atenerse a la ley. Pero los mejores momentos los ocupan el agente Peña con su juego a dos bandas y la sección del cártel de Cali, que para la serie supone arreglar un error que mencionaba en el primer año, la falta de relevancia que se les daba a los otros narcotraficantes.

Para el tramo final los autores prescinden del estilo documental y abrazan el drama personal por completo, llegando incluso a tener capítulos muy introspectivos. En uno seguimos las penurias de la familia de Escobar por encontrar un sitio donde vivir, en el otro tenemos al propio Escobar en sus últimos días de vida, refugiándose con su padre. Ambos son muy clásicos en la fórmula de explotar al máximo los últimos instantes de la odisea de los protagonistas, de hecho lo del individuo aislado enfrentado a su pasado y a su yo interno no podía ser más predecible… Pero aunque sea ir sobre seguro la cosa funciona, juegan bien con el tono melancólico y la tensión latente. Además en el cierre del año, dedicado obviamente a mostrar los últimos pasos en la caza del capo de la droga más grande de todos los tiempos, vuelve a subir la intensidad, llevando la contención previa a un clímax de intriga y acción muy efectivo donde cabe destacar el gran nivel de la puesta en escena, pues no sabes si estás viendo una película tipo Jason Bourne o una serie.

Ahora queda por ver si este ligero bajón es solventado en la forzada extensión que se han montado, pues habrás nuevas temporadas centradas en el cártel de Cali; se nota que lo tenían en mente, viendo el aumento de su presencia, pero yo tengo muchas dudas de que despierte la misma pasión sin su magnético protagonista principal.

Ver también:
Temporada 1.

FALLECE RON THORNTON, CREADOR DE LOS EFECTOS DIGITALES DE BABYLON 5.

Ron Thornton no será conocido por el gran público, pero ha sido una figura esencial en el mundo de las series de televisión, ya que fue un pionero en la introducción a gran escala de los efectos digitales con su gran trabajo en Babylon 5 y Star Trek Voyager, principalmente. De hecho fue crucial para que Warner Bros. aprobara un proyecto tan arriesgado como Babylon 5, llamando su atención con un pequeño video que mostraba el potencial del ordenador y lo que pretendían conseguir en la serie.

Fuente: Hollywood Reporter

DARK MATTER – TEMPORADA 2.

Space | 2016
Ciencia-ficción, drama | 13 ep. de 43 min.
Productores ejecutivos: Joseph Mallozzi, Paul Mullie
Intérpretes: Melissa O’Neil, Anthony Lemke, Alex Mallari Jr., Jodelle Ferland, Zoie Palmer, Roger Cross, Marc Bendavid, Melanie Liburd, Shaun Sipos, Torri Higginson, Kris Holden-Ried, Inga Cadranel.
Valoración:

Alerta de spoilers: Sólo menciono por encima las tramas principales.–

No me convence el inicio de la temporada, es un receso un tanto forzado y predecible. De hecho da la impresión de que los guionistas intentan terminar rápido con la estancia de los protagonistas en la cárcel, a sabiendas de que es una transición que paraliza las tramas conocidas y nos ubica en un escenario poco seductor. Pero acelerar las cosas no funciona, porque al reducir la longitud de esta historia que sabes que pasará a mejor vida sin dejar mucha huella, como consecuencia todo ocurre muy rápido y las cosas les salen muy fácil a los personajes. Quizá podrían haber ideado una trama donde escaparan por los pelos en el transporte que los lleva allí, pero se embarcaron en esto y deben cumplir.

Por otro lado, en estos primeros capítulos surge otro punto gris: la muerte un personaje principal resulta un tanto fallida. Dicen los realizadores que lo planearon así, pero esta desaparición repentina parece la clásica solución a la salida precipitada del actor (sea por peleas o porque se larga tras un papel mejor), pues cuando en una serie matan a un protagonista siempre maximizan el golpe, incluso muchas veces tirando más de la cuenta de sentimentalismo. Pero aquí lo fulminan de mala manera, dejándote una sensación amarga, de improvisación poco meditada. También sobre la marcha parece la búsqueda de un sustituto, donde utilizan el truco de meter varios personajes secundarios y ver cuál funciona mejor. Eso sí, esta jugada les sale bien. Primero, porque la presencia de nuevos caracteres da más juego con su variedad de historias, y segundo, porque el rol elegido para quedarse es muy atractivo (sí, empezando por el físico, pero ya sabemos que el sexo vende).

Una vez a bordo de la Raza volvemos a la dinámica habitual, sin que esto signifique “la rutina de siempre”, porque las virtudes de la primera etapa siguen ahí y se amplían: la exposición gradual de un universo creciente, la evolución constante de unos personajes magnéticos. La búsqueda de pistas sobre sus pasados da pasos importantes, con algunas decisiones difíciles que cada uno tomará a su manera. Unos decidirán recuperar la memoria completamente, aunque sepan que eso destruirá las relaciones actuales, otros tratarán de buscar redención, otros de seguir adelante con lo que tienen ahora…

El resto del universo les pondrá las cosas más difíciles. Vamos conociendo mejor a las grandes corporaciones, su alcance, sus ambiciones, sus peleas entre sí… y cómo estas van tras nuestros amigos con un interés u otro. Y no me olvido de la Autoridad Galáctica, que también los tiene en el punto de mira; el agente encargado de su persecución es un rival duro de roer para la tripulación. La situación empeora cuando en la Raza se hacen con una tecnología avanzada que todos desean, pues promete cambiar el curso esperado de los próximos acontecimientos: una más que probable guerra. La banda deberá decidir qué hacer con ese poder tan grande, si defender al pueblo llano, que será el principal afectado, si atacar primero, si tomarla para beneficio propio… Así, por si no tenían bastantes roces entre ellos, esto tensa la situación muchísimo. Además hay que sumar que casi todo les cae encima de improviso, rompiendo sus ya de por sí caóticos planes. Es decir, cada capítulo cambia las cosas de forma inesperada y los pone ante encrucijadas con distintas posibilidades, manteniendo el interés y la intriga en niveles muy altos.

El factor ciencia-ficción también aumenta. Decía en el año anterior que la serie no parecía ambicionar mucho más allá de la aventura de supervivencia, pero aparte de la cada vez mayor complejidad del entramado sociopolítico tenemos también cada vez más elementos del género: las tecnologías y otros aspectos de la vida cobran importancia, como el sistema de transportes mediante clones, esencial en algunas misiones; la trama de la androide aumentando sus capacidades emocionales es fascinante (y qué bien lo hace Zoie Palmer); y un capítulo concreto se embarca en una historia de ciencia-ficción de nivel: aquel en que se presenta el tema de los analistas del futuro (sí, obviamente recuerda a Asimov) es para enmarcar.

Pero sigue faltándole algo. Está la sensación constante de que es una producción de “serie b”, o sea, una obra de género donde no terminan de explotar algunas de su buenas ideas porque no aparenta haber ni el dinero ni el talento suficientes. A veces parecen existir dos grupos de guionistas, porque no es normal lo salida de madre que resulta la trama del asiático, con delirantes golpes de estado y clichés de familias y traiciones muy tontos que contrastan demasiado con las demás líneas, donde se ve un drama más coherente y giros eficaces (y atención al casting, como si costara encontrar asiáticos en Canadá). También hay algún agujero de guion, como eso de que a Portia con sus mejoras físicas la electrocución no le afecte en un capítulo pero en el siguiente se olviden de ello. En cuanto al aspecto visual, el presupuesto del nuevo año se emplea bien en nuevos decorados, más escenas en el espacio y sobre todo mejoras llamativas de vestuario, pero en cambio a la hora de rodar sigue pareciendo de segunda división; concretamente las peleas cuerpo a cuerpo (por las que tienen predilección) son muy flojas, con coreografías que a veces dan vergüenza ajena (qué manía con dar vueltecitas delante del contrincante, mostrándole la espalda). Y hablando de divisiones, todavía le pesa un montón la estructura de televisión anticuada, donde fuerzan el momento de tensión de rigor antes de los cortes para publicidad; se hacen verdaderamente cargantes.

En resumen, parece que Joseph Mallozzi y Paul Mullie siguen explorando qué serie pueden ofrecer, teniendo aciertos, como el lanzarse continuamente hacia adelante sin temor y manteniendo el buen nivel de los protagonistas, y fallos, como la improvisación, los altibajos y excesos.

Ver también:
Temporada 1.

FEAR THE WALKING DEAD – TEMPORADA 2, PARTE 2.

AMC | 2016
Drama de supervivencia | 8 ep. de 45 min.
Productores ejecutivos: Dave Erickson, Robert Kirkman, David Alpert, Galen Anne Hurd, Greg Nicotero.
Intérpretes: Kim Dickens, Cliff Curtis, Frank Dillane, Mercedes Mason, Lorenzo James Henrie, Alycia Debnam-Carey, Colman Domingo, Karen Bethzabe, Paul Calderon, Danay García.
Valoración:

Alerta de spoilers: Describo a fondo la temporada, muertes incluidas.–

La segunda parte de la segunda temporada de Fear the Walking Dead no mejora las malas sensaciones que dejaba su primer segmento, de hecho las empeora, porque ningún tramo destacable nos deja. Para empezar, se hace patente definitivamente la elección de seguir los pasos de la serie madre en vez de buscar un estilo más diferenciado. La temporada inicial apuntaba a un drama humano de corte más realista, con un par de familias sumergidas en el inicio de un apocalipsis, una historia que The Walking Dead se saltó para abordar directamente la aventura de supervivencia post-apocalíptica. Pero aquí, sin exprimir lo que prometía, hemos pasado rápidamente a las mismas tramas de aquella: las típicas luchas contra tiranos, tarados y bandidos. Y el drama familiar remanente resulta por desgracia muy endeble, exasperante por momentos. Hay que decir que, comparando las temporadas enteras, la segunda de The Walking Dead me pareció algo peor, pero eso no hace buena a esta, y más teniendo en cuenta que los productores llevan seis años de experiencia a cuestas…

El primer capítulo pone de manifiesto la falta de rumbo de los guionistas, tanto en historias como en personajes. El periplo de Nick es insulso, totalmente contraproducente al no mostrar una personalidad y motivaciones claras y ofrecer una odisea de lo más intrascendente. El muchacho abandona a su familia justo cuando parecía estar formando una unión sólida con ellos y encontrando razones por las que vivir y abandonar el camino autodestructivo que llevaba. ¿Explica todo un capítulo centrado en él por qué toma estas decisiones, este camino tan indeterminado y peligroso? Nada de nada. Ni si quiera el flojo y redundante flashback aporta algo claro, es más, es que asombrosamente carece de relación con lo que nos están mostrando. Sin un motivo personal, lo único que queda son las aventurillas que fuera sufriendo… y son vulgares y aburridas. Así pues, el episodio, aparte de resultar un coñazo, no resuelve ni asienta nada, si acaso deja más preguntas en el aire: ¿Quién es esa gente que sale al principio? ¿Por qué no va con ellos si tan bien se llevan? ¿Adónde demonios va, qué busca? ¿Por qué al final se alegra de ver una comunidad, es que no tenía lo mismo con su familia y los nuevos amigos que hicieron?

El tramo central sigue esta fórmula de tener a cada protagonista o grupo por separado. Esto no me parece una imitación innecesaria de The Walking Dead, sino algo enriquecedor, pues permite más tramas, más situaciones distintas. Pero claro, si el guion no da la talla, de nada sirve arriesgarse a mostrar varios frentes. Ninguno es especialmente llamativo, de hecho varios resultan cargantes, y desde luego los pocos temas serios que se tratan se quedan en la superficie o dan traspiés escandalosos. Voy de peor a mejor:

Con Chris los realizadores perdieron el norte en el segmento anterior, y cada vez resulta más irritante, hasta el punto de que muchos espectadores sin duda han abandonado la serie por no aguantarlo, pues el muchacho ocupa varios episodios con su absurda locura. Y mira que, en lo de unirse a unos niñatos en busca de aventuras en vez de soportar a una familia que te pone límites, podría haber tenido su miga, en especial en el clásico dilema de sobrevivir manteniendo la humanidad, la ética, o ir en plan salvaje. Pero esto se queda en la más absoluta nada debido a la pobre escritura del personaje. No se sabe por qué le entran ganas de matar, por qué de repente no siente nada por su familia. Actúa como si se hubiera criado en entorno de familia rota y con violencia, cuando no nos han mostrado nada parecido. Y me temo que este sinsentido sigue arrastrando a Travis, un rol otrora complejo, veraz, que pierde muchísimo al permitir que un puto niñato de dieciséis años decida que, en pleno fin de la humanidad, con su familia al borde de la muerte cada día, irse con unos matones inmaduros es molón. No hay quien se crea que desde el primer momento no le diera tres hostias y lo arrastrara de vuelta. Por supuesto, con este nivel no sorprende que las escenas con los adolescentes asalvajados se desarrollen con una notable simpleza y falta de inteligencia, con lo que también son cansinas y predecibles hasta agotar la paciencia de cualquiera.

Nick haciéndose un hueco en el campamento mejicano continúa dejando muchos interrogantes. ¿Qué demonios ve en estas gentes para abrazarlas con tanto entusiasmo? ¿Sentirse integrado? ¿Luchar junto a otros por un mundo mejor? ¿Pero es que eso no lo tenía con su familia, con sus seres queridos? Difícilmente podamos conectar con un personaje cuyas motivaciones y viaje personal carecen de verosimilitud y coherencia. Y para colmo la trama que le ponen encima es muy básica, con varios personajes secundarios estereotipados al extremo, y se va estirando de mala manera para reservar la conclusión evidente hasta el final del año. Insípidos líos de convivencia y unos matones que los acosan, no hay más. Lo único que lo salva es el buen trabajo del actor Frank Dillane. Era uno de mis favoritos en la primera temporada y se ha quedado en un cascarón vacío.

Ofelia… ¿Se han dado cuenta de que no saben qué hacer con ella y se la han quitado de encima? Porque desaparece sin más para volver con dos anécdotas ñoñas e irrelevantes. Eso sí, parece que estas no cierran su historia, porque vuelve en el final de temporada. Aparte, su camino da para otra queja: qué fácil es sobrevivir aquí, todos encuentran caminos despejados, gasolina, y con un poco de maquillaje-sangre pasan entre los zombis; los del grupo de Rick en la serie madre quedan como inútiles al lado de todos estos.

Con Victor indiqué en la tanda previa que casi se lo cargan con esa innecesaria forma de exponer de golpe y mal todo lo que lo hacía misterioso, pero bueno, algo de carisma sigue manteniendo y aporta algunas reflexiones interesantes a la situación que se va gestando en el hotel. Esta es la única trama con algo más de enjundia: es más atractiva y entretenida, y tiene algo más de profundidad, tanto en los temas a tratar como en los personajes y problemas que van surgiendo. Por ejemplo destaca la gerente del hotel, bien perfilada a través de un flashback intenso y algo inquietante, emociones que en el resto de la temporada brillan por su ausencia con la citada facilidad con que esquivan a los zombis. En este sentido también funciona la limpieza del hotel, con el miedo a qué encontrarán en cada habitación. Y en cuanto a temas más profundos, tenemos el intento de supervivencia que ofrece Madison contra el que imperaba en el hotel, ofreciendo esa dualidad del imperio del más fuerte contra la construcción de una sociedad con reglas. Conforme avanzan la vida trae nuevos dilemas, aunque en realidad son obviamente muy, muy viejos: la coexistencia de distintas formas de ver el mundo, la justicia (con penas como el exilio), la inmigración que amenaza el equilibrio social y económico, etc.

Liderando esta sección, Madison es la única que no sólo mantiene el dibujo inicial, sino que va creciendo, cambiando sutilmente según los acontecimientos. La fuerza que le impregna la gran Kim Dickens ayuda mucho también. En cambio, a Alicia los escritores no logran encajarla en este atractivo panorama, sino que resulta otro lastre al ser otra figura con la que no saben hacia dónde ir. Cuando por fin intentan darle un drama personal se limitan a un lío de relación madre-hija de lo más tonto y que no lleva a ninguna evolución tangible.

El final de temporada no me ha parecido realmente malo, pero es que resulta taaaaan predecible que no logra emoción ninguna. Y para cumplir con el cupo, tiene un par de momentos en los que dan ganas de abofetear a los guionistas. También voy de menos a más:

Aunque la trama que lo llevó a la situación actual es lastimera, Travis cobra algo de fuerza con los remordimientos, la sensación de pérdida y de no saber qué hacer. La paliza a los chavales con los que se fue Chris se veía venir, pero bueno, era una conclusión bastante lógica y realza los temas de justicia vs. venganza, democracia vs. salvajismo. El problema es que echan por tierra bastante de su fuerza con la gilipollez de que los demás se queden mirando durante quince minutos a través de puertas de madera endeble y cristal. Pero sobre todo falla la cagada de mostrar el destino de Chris a través de un flashback, o medio, porque en realidad es la reconstrucción mental que hace Travis de la situación. Es de un ridículo indescriptible, de una torpeza como pocas veces he visto en una narración. ¿Pero cómo puedes matar a un personaje principal fuera de pantalla y encima mediante “pensamiento en off”? Ni si quiera tomando la dudosa opción de que querían dejar dudas sobre si ocurre realmente como dicen los adolescentes se puede perdonar tan fallida escena. Y como se hayan atrevido a “hacer un Glenn” es para matarlos…

El cierre a la trama del campamento mejicano se veía venir muy de lejos, justo desde los primeros segundos en que conoces cada rol-cliché. El líder que se mantiene con la fe, la chica que, representando al resto del pueblo, lo sigue a ciegas, el matón que lidera una banda y amenaza con venir a romper el idilio. Estaba claro que la fe se desmoronaría justo cuando los bandidos llegaran, y que Nick encontraría una forma de salvar la situación. Nada sorprende lo más mínimo y hay situaciones pobremente ejecutadas. Los malos entran en el campamento sin problema alguno para sortear una horda concentrada de unos 100 “sombras”, pero una vez dentro, con más espacio de maniobra (calles, tejados, refugios en cantidad) sucumben rápido (y la horda ahora parece de 500…). Pero al menos Nick vuelve a ganar interés al estar centrado en una historia, al mostrar un destino más concreto. Seguimos sin saber qué lo llevó aquí y qué lo hizo quedarse, pero al menos ahora tiene una trama encima que disimula las carencias. Y la escena en que trae una nueva forma de mantener la fe entre los habitantes es previsible pero bastante efectiva. El desenlace, con un giro inesperado que trae un nuevo gran peligro, trata de jugar con el qué va a pasar ahora. Como es habitual, nos han mareado todo el año con una trama endeble y al final nos enganchan con un truco barato. Qué fáciles somos.

La tormenta que abre Travis en el hotel también es interesante, porque son los propios personajes los que traen el caos y rompen el equilibrio, obligándolos a salir otra vez a la jungla. Ahora bien, podrían haber puesto un giro más elaborado que el cutre y esperable encuentro con el agonizante que señala el camino en su último suspiro. Y aparte de todo tenemos a Ofelia, que también está embarcada en otro viaje a no se sabe dónde ni por qué, y donde también nos cuelan otro giro-trampa para tratar de despertar el interés. Y si lo consiguen es en parte por ver al actor Dayton Callie (Deadwood, Sons of Anarchy), en parte porque, en combinación con los paletos que apalea Travis y aparentemente también con el grupo con que tropieza Nick, los autores han puesto en marcha una dura y efectiva crítica a un tema también viejo pero muy candente estos meses con las elecciones en EE.UU.: la inmigración, la xenofobia, las barreras entre ricos y pobres.

Pero hay que señalar lo obvio: ¿amagas con embarcarte en un tema social complejo en los últimos minutos de la temporada, con todas las oportunidades desperdiciadas que has tenido antes? Pues entre eso y los giros sensacionalistas, la próxima temporada viene con más humo y malas sensaciones que con verdadero interés. Pero probablemente la vea, por curiosidad, por tener tema de conversación, y porque siempre queda un resquicio de esperanza, de que los protagonistas alcanzarán el nivel que prometen por fin. En The Walking Dead remontaron aceptablemente bien, ¿por qué no lo iban a hacer aquí también?

Ver también:
Temporada 2, parte 1.
Temporada 1.
The Walking Dead.

EL SÉQUITO – TEMPORADA 1.

Entourage
HBO | 2004
Comedia | 8 ep. de 25-30 min.
Productores ejecutivos: Mark Wahlberg, Doug Ellin, Rob Weiss, Stephen Levinson, Eric Weinstein.
Intérpretes: Kevin Connolly, Adrian Grenier, Kevin Dillon, Jerry Ferrara, Jeremy Piven, Debi Mazar, Perrey Reeves.
Valoración:

El séquito fue concebida por Mark Wahlberg, un actor de sobras conocido que empezó aquí su andadura como productor. El entorno (colaboradores, amigos) le indujo la idea de narrar la emocionante vida del séquito de amigos que lo acompañaba en su viaje por el mundo del cine, aunque al final optó por una versión muy ficcionada, dejando de lado el tono biográfico, en parte porque buscaba una comedia y su pasado oscuro (donde un atraco con agresión lo llevó a la cárcel) no encajaba, pero supongo que principalmente para tener libertad total a la hora de crear las historias.

El proyecto fue desarrollado por Doug Ellin, creador y guionista principal, quien no tenía una carrera llamativa pero aquí logró una serie con mucha personalidad, y los directores Julian Farino y Mark Mylod, que imprimieron un estilo de falso documental (ligera cámara en mano, montaje veloz) que proporciona gran naturalidad y un ritmo trepidante, aunque otros muchos actuaron como productores ejecutivos, como Rob Weiss, Eric Weinstein y Stephen Levinson.

Seguimos las andanzas de un grupo de amigos de Queens, un barrio de Nueva York, que dejan todo lo que hacían (que en algunos casos era nada) para acoplarse a uno de ellos en su carrera como actor en Hollywood (Los Ángeles), pues el mundo de posibilidades que abre el dinero y la fama son muy atractivos. Como dice este cabecilla, No me metí a actor para trabajar.

Vincent Chase, Vince para los amigos, es el joven con el talento principal que necesita un actor: ser guapo y caer bien con gran facilidad. Mientras la taquilla mande, la interpretación está en segundo lugar. Y parece que el éxito empieza a alcanzarlo: el estreno de Head On, coprotagonizada por Jessica Alba, ha pegado bastante fuerte y esperan que le abra las puertas para poder elegir guiones a su gusto. Este rol sería la versión ficcionada de Wahlberg, eso sí, como indicaba, en plan luminoso. El tío es un buenazo, no parece que le pase nada malo, nunca se agobia ni enfada, no se esfuerza mucho y las cosas suelen salirle bien… Pero pronto veremos que hay más tras esa idílica fachada, pues el personaje es realista y tiene sus áreas grises: tras el éxito fácil se esconde lo habitual, una figura llena de miedos e inseguridades y que no sabe valerse por sí misma. De ahí que sus pandilla sea tan importante para él.

Eric Murphy, o E a secas (pronunciado “i” en inglés, en castellano juraría que omiten este apodo), es su amigo de la infancia y el pilar donde se sostiene. Él lo animó a meterse a actor porque veía cualidades y atractivo de estrella. En realidad tenía un trabajo como encargado en un restaurante italiano, pero aun así decidió seguir la aventura de Vince. Hace de mánager improvisado, leyendo los guiones, yendo a las reuniones con el agente y los productores. En seguida se ve también su posición en el grupo: es el más maduro, capaz y trabajador, y aunque Vince es el pegamento que los une, parece que sin él estarían muy perdidos. El personaje se inspira en dos de los productores de la serie, Eric Weinsten, amigo de toda la vida de Wahlberg, y Stephen Levinson, durante mucho tiempo su mánager.

Johnny Chase es el hermano mayor de Vince, apodado Drama por lo evidente: hace una montaña de todo. Tiene una pobre imagen de sí mismo y un humor cambiante, siendo por lo general muy pesimista. Vive a la sombra de la juventud y la prosperidad del otro, porque su carrera duró poco, un papel protagonista en la serie de culto Viking Quest y algunas apariciones esporádicas en procedimentales varios. Y ve que los años se le echan encima. La justificación para que siga viviendo bajo su techo es que se supone que es su entrenador y dietista, aunque el primero es un trabajo inexistente y en el segundo siempre acaba haciendo el desayuno para todos. Parece ser que no está basado en el hermano de Wahlberg, Donnie, con una carrera poco lustrosa, sino en un amigo de la familia al que Donnie encargó cuidar de Mark en su tumultuosa juventud.

Tortuga (Turtle en inglés, en español lo traducen o no según les dé), cuyo nombre real nadie recuerda ni a nadie le importa, es el chófer, recadero y conseguidor. Todos los pequeños amaños y tareas fuera del negocio del cine los aporta él: adquirir las drogas, montar las fiestas, llamar para que pongan el cable o arreglen la piscina… Con Drama forma una pareja de parias inseparables y eternas rémoras de Vince. Se basa en una figura semejante de la panda de Wahlberg, que falleció no mucho después de estrenarse la serie en un desafortunado ataque de asma. Como curiosidad, varios del séquito real llegaron a audicionar para la serie.

Ari Gold es el agente que negocia los guiones y aporta los contactos necesarios para medrar en la industria. Es un tiburón empresarial en toda regla: es famoso en el gremio por ser implacable y exigente, y en lo personal es considerado un tanto odioso (machista, homófobo y todo lo que le eches). Tanta dedicación mina su familia, de la que vemos poco por ahora pero nos hacemos una idea: el matrimonio está en el filo del precipicio. Está inspirado en el propio agente de Wahlberg y uno de los más importantes del mundillo, Ari Emanuel.

El resto de figuras relevantes son presentadas poco a poco. La publicista Shauna y sus pezones, el director indie Billy Walsh (una versión loca de Robb Weiss) y la mujer de Ari serán bastante relevantes, pero otros como el agente Josh Weinstein (competencia de Ari y personaje sin relación con el famoso Harvey Weinstein, aunque este tendrá su propia parodia en la segunda temporada) aparecerán también de vez en cuando. Y es inevitable citar los cameos. Por la serie pasarán infinidad de actores haciendo de sí mismos (algunos de forma recurrente), lo que ayuda a mantener el tono de falso documental; incluso alguna vez vemos al propio séquito de Mark Wahlberg cruzarse con su versión ficticia. Este año nos encontraremos con Jessica Alba, Scarlett Johansson, Ali Larter, Jimmy Kimmel, Sarah Silverman, Larry David… Aunque la más destacada sería la aparición de Gary Busey explotando su lado más loco.

El séquito combina con habilidad dos temáticas, la amistad y el mundo del cine. Los ligues, las fiestas y demás vicios guían las vidas de la pandilla, y el trabajo es un medio para ese fin; como repite Vince algunas veces, si tienen que volver a Queens porque fracasa, volverá con la cabeza alta porque tiene a sus amigos. Obviamente esta vida está magnificada por los lujos que permite la incipiente fama: las fiestas en mansiones de famosos y los excesos de todo tipo (drogas, caprichos –a los coches de lujo los laman “juguetes”-) no se acaban nunca. Una vez presentada esta sección vamos introduciéndonos más a fondo en la otra, el funcionamiento de la industria cinematográfica. Entre una juerga y otra vemos las entrevistas, promociones y reuniones con las que debe cumplir Vince, a las que van con el mismo tono despreocupado y fiestero. Pero en la búsqueda del próximo guion de Vince vemos la parte más seria, siguiendo todas las fases de este proceso: lo que quiere el actor (algo que le motive), lo que necesita el agente (una película que dé fama y dinero rápido), lo que debe mediar el mánager (no dejar que ninguno de los anteriores pierda el juicio), las reuniones con los implicados en el proyecto, las peleas con las manías y exigencias de directores y productores, hacer concesiones y peticiones…

Y esto sólo es el principio, porque el universo paralelo al Hollywood real que va construyendo la serie conforme avanza cada vez resulta más complejo y atractivo. Veremos la larga y variada odisea de Vince, Ari y Eric por las principales fases que se viven en el mundo del cine en sus respectivos trabajos, llegando a tener una representación muy realista y detallada y sobre todo muy entretenida y divertida, porque aunque a veces cae en el drama siempre mantiene un tono de cuento de hadas gamberro muy seductor.

El ritmo es muy bueno, el humor ágil y sencillo pero nunca simplón, pues no es una comedia tontorrona para adolescentes, sino que busca un tono más inteligente, una perspectiva de la inmadurez y las relaciones entre jóvenes más elaborada. Las aventuras del grupo desbordan ingenio y simpatía, apoyándose sobre todo la dinámica que mantienen entre ellos (las bromas, los piques y las excentricidades de cada uno). Estos encantadores y magníficos personajes son el factor clave para que esta corta primera temporada, en sus primeros capítulos un tanto predecible y poco prometedora, crezca a ojos vista hasta resultar muy entretenida y emocionante y dejar la sensación de que todavía puede llegar a más (y de hecho lo hace). Y los actores son cruciales en el proceso, mostrando todos una excelente química y gran carisma.

Adrian Grenier como Vince sería el único algo limitado, pero tiene la espontaneidad y candidez justa para que quieras hacerte su amigo. Al parecer fue un casting difícil, porque buscaban un actor con porte de estrella pero que a la vez no tuviera fama, para que fuera más fácil conectar con el personaje; Grenier tenía pocos papeles, lo justo para haber cogido experiencia. Jerry Ferrara (que también venía de unos pocos trabajos irrelevantes) como Tortuga transmite muy bien la mezcla de gracia y pena por parecer el tontito de la panda. Kevin Dillon tenía un currículo más abultado, pero fue esta serie la que le dio más visibilidad: como Drama se hace rápidamente a un rol difícil, el de fracasado con la autoestima rota que finge que todo va bien pero de vez en cuando estalla en ataques de ansiedad o ira; y mejora conforme el personaje evoluciona. Kevin Connolly (Eric) llevaba actuando desde crío, destacando Infelices para siempre, y se nota su soltura: su papel es el más sólido, dotando de gran personalidad a un rol que a primera vista no ofrece características tan llamativas como los otros, pues es el tipo más normal y maduro del cuarteto; es decir, su forma de actuar te describe el personaje antes de conocerlo a fondo: la relación con los demás, en especial con Vince, se construye por sus miradas, gestos y emociones contenidas. La figura más reconocible antes y sobre todo después de la serie es Jeremy Piven, quien con una carrera larga y variada tenía cierto renombre como actor secundario de gran calidad, pero aquí deslumbró a lo grande… Bueno, en realidad en este corto año apenas deja entrever su potencial, pero los realizadores lo vieron y lo aprovecharon al máximo, dándole en adelante un papel mucho más exigente que explotara sus cualidades. Así, Piven cogió a Ari Gold, el agente hiperactivo, estresado y ambicioso, y lo hizo suyo de forma impresionante, llegando conseguir una de las interpretaciones y uno de los personajes más memorables de la historia de la televisión.