DOCTOR WHO (2005)- TEMPORADA 11


BBC One | 2018
Ciencia-ficción, aventuras, drama | 11 ep. de 50-60 min.
Productores ejecutivos: Chris Chibnall.
Intérpretes: Jodie Whittaker, Bradley Walsh, Tosin Cole, Mandip Gill, Sharon D. Clarke.
Valoración:

Doctor Who es una serie que sin resultar extraordinaria, de hecho es muy irregular, tiene una personalidad que engancha. La sigo desde su versión iniciada en el año 2005, pero es una de esas que no termino de comentar con continuidad por falta de tiempo. Pero en esta ocasión he hecho el esfuerzo, porque ha llegado el cambio más importante de esta ya larga etapa. El showrunner Steven Moffat deja la serie tras haber tomado el relevo a Russell T. Davies en 2015 sin que se notara un gran cambio de estilo y calidad, seguramente porque hasta entonces era un colaborador habitual. Ahora el encargado es Chris Chibnall, que también escribió algunos guiones anteriormente, pero no tenía una participación activa en el desarrollo global. Se lo conoce por Broadchurch (2013), un melodrama ramplón pero de gran éxito, y por la fallida Camelot (2011).

Con la renovación del guionista jefe se esperaba una renovación de historias, que llevaban dos años con un desgaste en aumento. La fase del Doctor encarnado por Peter Capaldi no empezó mal en su entrada en la octava temporada, pero fue decayendo poco a poco. Su acompañante Clara (Jenna Coleman) era muy simpática, pero a la hora de la verdad sacaron poco partido de ella, y aunque es cierto que lo mismo ocurrió con Amy Pond (Karen Gillan) , en este caso se ha ido notando más conforme crecía la pérdida de inspiración y calidad, que en la novena ya se hizo muy evidente. Del relevo Bill Potts (Pearl Mackie) en la décima sesión ya casi nadie se acuerda, de lo aburrido que fue el personaje y la falta de savia de las aventuras. El gran carisma de Capaldi no bastaba para mantener el nivel, así que el anuncio del cambio de rumbo se recibió bien…

Hasta que la BBC y los productores cometieron lo que algunos llamaron una osadía imperdonable: en su nueva reencarnación el inmortal Doctor tendría un cuerpo femenino. Las hordas machistas llenaron internet con rabietas, aspavientos y soflamas ridículas, pues el estreno quedaba lejos y no había manera de prever el resultado. No se quejaron cuando el Amo (The Master) cambió a mujer varios años atrás, de hecho, Michelle Gomez fue una gran mejora respecto al sobreactuado John Simm y el personaje se trabajó mejor, pero ahora el asunto está candente y los ofendiditos saltan a la mínima.

Pero me temo que a la hora de la verdad, en un requiebro inesperado de acontecimientos, algunas quejas se han cumplido. Hablo de la sensación de que los productores se han vendido a la moda feminista por cumplir, no porque la serie lo necesitara o porque saliera de forma orgánica de su propia evolución. Y es que esta undécima temporada ha resultado ser un escaparate no sólo del feminismo, sino también de la conciencia racial, y en ambos casos resulta demasiado evidente y machacón.

Doctor Who siempre ha sido una obra con algo de carga ética. Con una perspectiva sensible y sutil han tocado muchos temas entre aventuras de todo tipo, y en algunos casos el Doctor ha enfrentado dilemas de gran calado. Pero precisamente esa sutileza y armonía falta en los guiones de Chris Chibnall. Aparte del cambio a mujer del rol central, los acompañantes, ahora más numerosos que nunca, parecen obedecer al cupo racial y sexual más políticamente correcto de lo últimos años en cine o televisión. Y en vez de que la moraleja o los conflictos éticos surjan de situaciones concretas con naturalidad se insiste demasiado, rozando el panfleto en algunos capítulos en los que ya desde la premisa se proclama sin disimulo una trama dirigida hacia esas temáticas.

Tenemos al chico negro, la chica india, el matrimonio interracial y la mujer líder, y sus vivencias hablan del racismo y el machismo insistentemente. Por si no tenías bastante con los apuntes aquí y allá nos plantan Rosa (1103), con la sobada crónica de Rosa Parks y Martin Luther King narrada con desgana, y Demonios del Punjab (1106), donde con la Partición de la India como base construyen un relato simplón y manipulador. Por si las referencias múltiples en cada episodio no bastaban para reincidir en los derechos y libertades de la mujer, toma capítulo de brujas (Los hechiceros, 1108) dando vueltas todo el rato sobre lo mismo; al menos este último, dejando de lado las pesadas reivindicaciones, está bien escrito y es de los mejores del año (atención a la aparición de Alan Cumming).

Polémicas aparte, el trabajo de Chibnall no trae la espera renovación de ideas y la recuperación cualitativa. Se mantiene la falta de ingenio, ritmo, y conexión con los protagonistas que se ha ido gestando en las últimas temporadas, a lo que se suma un desmejorado acabado visual.

La ampliación en el número de acompañantes no convence. Hasta ahora las inclusiones de las familias del acompañante de turno no han terminado de funcionar, sobre todo las parejas románticas, salvo la madre de Rose y el abuelo de Donna, que eran muy agradables. Lo cierto es que en la presentación (La mujer que cayó a la Tierra, 1101) el grupo actual apuntaba maneras. Todos son introducidos de forma que su vida normal no aburre, el choque con la Doctora es atractivo, y el drama que estaban viviendo encaja bien en el relato inicial. Pero en adelante quedan estancados, en cada nueva aventura cumplen con el cliché del que partía su descripción inicial y poco más, y a la hora de contar algo con ellos lo único que encontramos es un dramón paterno filial manido, previsible y sensiblero hasta resultar cargante, y para colmo rematado con aún más sensacionalismo barato en el lastimero especial navideño (Solución, 1111).

Una característica esencial del acompañante del Doctor era que funcionaba como nexo con la humanidad, la ética, la realidad… porque sin una brújula moral y terrenal que lo sostenga es proclive a perder el norte. Además, también sirven como conexión con el espectador, haciendo del punto de vista que nos lleva a lugares y situaciones extraños. Aquí ese puesto lo ocupa Graham (Bradley Walsh), el abuelo responsable, preguntando, cuestionando, discutiendo las opciones y poniendo límites morales cuando cree que son necesarios. Por ello, es el acompañante con mejor recorrido y más unido a las historias y a la propia Doctora, y en general, el único que merece destacar y recordar del grupo. Yasmin Khan, o Yaz (Mandip Gill), la india y agente de policía novata (esto último no aporta nada), queda tan relegada en todos los capítulos (incluso en el de la India y Pakistán es poco menos que una excusa para la trama) que te preguntarás qué hace ahí, aparte de justificar la cuota racial. Ryan Sinclair (Tosin Cole), el joven negro, tiene más presencia, pero entre lo tonto que lo ponen, que es el actor menos competente, y el forzado drama familiar (madre fallecida, padre ausente, y encima tiene una enfermedad absurda que aparece y desaparece -la dispraxia, una alteración psicomotriz-), termina siendo irritante bien pronto.

Termina ocurriendo como en la etapa de Capaldi: el carisma del rol central mantiene la serie a flote. Si bien en cada reencarnación han aportado al personaje distintos matices entre guionistas y actores, siempre se han mantenido dentro de un margen reconocible. Y la Doctora es el mismo personaje de siempre, no el desastre anunciado por los quejicas (el ridículo berrinche llega al punto de que en muchos subtítulos hechos por aficionados todo diálogo con ella lo ponen en masculino). Vemos su esencia en todo momento: el ánimo resolutivo inquebrantable, la rígida ética, la pasión por vivir y conocer lugares, gentes y culturas… En este caso, recuerda a la fase de Matt Smith, más jovial y alocada, sobre todo porque Jodie Whittaker rebosa una simpatía y energía contagiosas. Por ello es una pena que no se muestre por ahora ninguna evolución dramática concreta y que falte imaginación en las aventuras. Por lo general la Doctora pasa casi sin despeinarse por historias poco llamativas donde hay más tecnojerga (demasiado, de hecho) que conflictos dramáticos serios y retos tangibles con los que poder emocionarse. Y el villano principal del año es insípido, no supone una némesis tangible, pero esta carencia viene de lejos en la serie; al menos no han construido a su alrededor una expectación artificial como han hecho muchas veces.

Chibnall exigió diez episodios en vez de doce (más el especial navideño en ambos casos) porque decía que con tantos se agota la creatividad y no da tiempo a rodar tan bien, pero precisamente esta temporada ha sabido a poco, le falta lo que hacía destacable a la serie en sus mejores tramos (los encarnados por David Tennanty Matt Smith), más de vitalidad y personalidad, y sobre todo dos, tres o cuatro episodios notables y uno o dos extraordinarios. Este año, como en el anterior, sólo tenemos los correctos y entretenidos pero que no se quedan en tu memoria durante mucho tiempo, los flojos que olvidas al día siguiente, y los malos que cuesta ver enteros.

El más llamativo ha sido Kerblam! (1107), que muestra que se puede hablar de un conflicto social sin parecer el discurso de un político: el tratamiento de la explotación laboral acrecentada por las nuevas tecnologías (robótica, internet) es muy interesante y bastante completo. El que más se acerca a la esencia de la serie sería Te lleva lejos (1109) mezclando drama y surrealismo hábilmente con el conflicto con el alienígena peligroso de la semana. Los más simpáticos y moviditos me han parecido el loco El enigma de Tsuranga (1105) y Arácnidos en Reino Unido (1104), trepidantes y bastante divertidos pero que incomprensiblemente se han llevado las peores críticas.

Entrando en los flojos, el supuesto final de temporada, La batalla de Ranskoor Av Kolos (1110), no ofrece nada llamativo, es tan insípido que en seguida se olvida. Es Solución (1111) el que cierra los pocos frentes abiertos, pero es muy flojo, cuando del especial navideño se espera algo más ambicioso, algo que no cumple ni con daleks de por medio; por cierto, lo han pasado a Año Nuevo porque ya no quedan cuentos de Navidad que tratar. Y lo peor llegó en el segundo capítulo, El monumento fantasma (1102), que no sé cómo no provocó una estampida de espectadores: es de los más cutres e insoportables de toda la serie.

Pero si bien Chibnall se ha quedado corto y la crispación ha aumentado la sensación de desgaste, para mí es el acabado visual el factor más importante a la hora de perder otro poco de calidad y parecer menos Doctor Who que antes. En este período se anunciaba también una actualización visual. Con cámaras modernas y un cambio en estilo de la fotografía nos vendían un aspecto cinematográfico, pero a la hora de la verdad no se ha visto por ninguna parte, sino que más bien tenemos un retroceso muy llamativo. La fotografía es pésima. El ratio 2.1, más amplio que el 16:9, debería lucir por ejemplo como en Marco Polo (John Fusco, 2014), que era floja pero impresionante en lo visual. Sin embargo, con tanto plano cerrado a rostros y la pésima labor de dirección y montaje que arrastran todos los capítulos parece una serie más antigua y cutre que el inicio de esa etapa en 2005, y era de muy bajo nivel por la falta de presupuesto. Para rematar, la música orquestal tan dinámica de Murray Gold se echa rápido de menos, porque Segun Akinola compone un galimatías electrónico del que los realizadores abusan demasiado para adornar escenas aunque no venga a cuento.

En audiencias, la polémica como siempre es rentable, pues su estreno ha sido uno de los capítulos más vistos de toda la serie y de media ha superado ligeramente a los últimos tres años. Y en general las críticas especializadas no han sido malas, a pesar de que el público fiel la pone bastante a caldo, así que es de suponer que mantendrán el estilo aquí aplicado. Si por mi fuera me quedaba con Whittaker y Walsh (el abuelo Graham), y despachaba a todo el resto del equipo, empezando por Chibnall.

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BLACK MIRROR – ESPECIAL: BANDERSNATCH


Black Mirror: Bandersnatch
Netflix | 2018
Drama, suspense | Duración variable
Guion: Charlie Brooker.
Dirección: David Slade.
Intérpretes: Fionn Whitehead, Craig Parkinson, Alice Lowe, Asim Chaudrhy, Will Poulter.
Valoración:

Alerta de spoilers: No hay datos reveladores de ningún tipo.–

Desde que se vaticinó la emisión de series y películas por internet se plantearon también algunas de las ventajas que traería, como la más lógica, ver lo que quieras cuando quieras sin necesidad de tener la obra almacenada en un soporte físico. Pero la posibilidad de tener emisiones con las que el espectador pudiera interactuar más allá del elegir idiomas parece que tardó en surgir, o al menos en empezar a calar. Hablo del concepto “elige tu propia aventura” que existe desde hace décadas en novelas, donde puedes escoger entre distintas posibilidades el curso de acción que sigue el protagonista. Para el que no le suene, se trata de que llegas a varios puntos de la lectura donde te ofrecen al menos dos alternativas (no suelen ser más), y según la que prefieras te manda a una página u otra con distintos progresos de los hechos y nuevas elecciones que finalmente llevan a distintos desenlaces.

Sin embargo, la llegada de las plataformas online no fue suficiente para trasladar este modelo narrativo a series o películas. Evidentemente hace falta un software que permita esa interacción entre el espectador, el aparato reproductor y el flujo de datos que llega a través de internet, y es probable que nadie quisiera hacer la inversión y esfuerzo de desarrollarlo para que sólo cuatro gatos tuvieran acceso a ello. En los últimos años, con plataformas como Netflix, Amazon, Hulu y otras en las televisiones, ordenadores y móviles de medio mundo, finalmente se ha allanado el terreno para probar este concepto, y Netflix se ha puesto las pilas para ser la primera compañía en hacerlo, tanto que parece que ninguna otra se lo había planteado hasta el momento.

Probaron inicialmente en algunos episodios de series infantiles, donde los niños podían elegir entre unas pocas opciones, aunque no parece que causara mucho impacto entre el público, ni la cadena lo aprovechó para anunciarlo como una revolución. Pero es evidente que se lo estaban tomando en serio, porque lo han lanzado a lo grande a través de una serie adulta y de mayor éxito, la original y tétrica Black Mirror de Charlie Brooker.

En su obra Brooker ha castigado mucho a la humanidad y a sus personajes por los excesos con las nuevas tecnologías, siendo San Junípero el único capítulo con desenlace medio feliz, y en este Bandersnatch no ha desaprovechado la posibilidad de señalar también al espectador. La implicación del televidente no sólo se basa en seleccionar qué camino ha de seguir el protagonista, sino que además te devuelve la pelota en algunas elecciones, haciendo que el personaje termine siendo víctima tuya. Hay finales macabros si nos va la violencia y finales delirantes si nos pasamos de la raya machacando al protagonista, para dejarte claro que tú lo has destruido poco a poco. Y si no, también intenta dejarte mal cuerpo: sus traumas en la infancia ponen trabas a nuestros intentos de ir por el camino responsable.

Otro punto fuerte es la ambientación ochentera. Brooker nos traslada al punto álgido de las novelas de “elige tu propia aventura” y el inicio de los videojuegos con trama en la que podías involucrarte con cierta libertad de elección, la década de los ochenta. En el capítulo San Junípero iba a lo más reconocible de la época, una idea que se me antojó facilona y comercial, pero aquí la inmersión cultural es más profunda, detallista y friki. Música, juegos, tecnología y ambientes varios nos sumergen plenamente en aquellos tiempos, y te implicas más gracias a la posibilidad de seleccionar entre lo que hace el personaje: la música que escucha, los cereales que desayuna…

Pero también hay carencias notables que limitan bastante el alcance de un argumento e ideas con un potencial mucho mayor. El primer punto oscuro es grave: es imposible conectar con el protagonista y menos aún con los secundarios. Sus autores han puesto todo el esfuerzo en el puzle de líneas argumentales (hay cinco horas de metraje en total para poder dar cabida a todas las elecciones) y se han dejado en el tintero algo tan esencial como es la personalidad y el progreso dramático: ningún habitante del relato tiene un dibujo llamativo y un desarrollo elaborado. El protagonista es inestable mentalmente desde el principio al final, su evolución es la misma elijas lo que elijas. No hay manera de interesarse por él, ni da pena, ni tiene carisma, ni su viaje deja grandes diálogos o escenas que te conmuevan, toda su historia está puesta al servicio del golpe de efecto de turno. Y los secundarios son un cliché tras otro usados como apoyo de la figura central: la psiquiatra sólo sirve para presentarnos sus problemas mentales, el informático rarito está para lanzar su pasión, el jefe estresado para ponerle limitaciones, el padre agobiante para disparar sus picos de inestabilidad, y la madre ausente para justificar su desconexión con el mundo. El elenco es bueno pero no como para sobreponerse a las limitaciones de sus roles y dejar huella.

El segundo problema es que a la hora de la verdad tampoco termina de deslumbrar como narración de “Elige tu propia aventura”. Hay muchas elecciones intrascendentes, sin duda pensadas para que aprendamos a manejarnos y para reforzar la inmersión, pero a la larga parece que tocas mucho el teclado o el mando para nada. Pero lo que pesa más es que las importantes no impresionan. Brooker se empeña en un solo mensaje, y con él te machaca hagas lo que hagas, hasta el punto de que hay callejones sin salida que te obligan a volver atrás y elegir lo que él quiere (al menos no empiezas desde el principio, sino que vuelves a la última disyuntiva). Resultan opciones muy parcas en lo emocional y en la intriga, de forma que te implicas poco a la hora de analizar el posible recorrido y sus consecuencias. A las pocas preguntas dejas de preocuparte por si merece la pena el riesgo o si quieres ser prudente, pues todas las alternativas abren caminos bastante evidentes y que progresan de forma predecible.

Así pues, en el apartado de originalidad, después de tanto haber dado a lo largo de la serie y de tanto prometer en esta premisa con tantas posibilidades, decepciona mucho. Para colmo, una de las líneas recuerda demasiado a la cinta de culto Donnie Darko (Richard Kelly, 2001). Sólo me sorprendieron para bien un par de instantes más trabajados, aquel donde aparece el perro para desbaratar tus planes, por eso de darte en la cara con un factor que deberías haber tenido en cuenta para ayudar al personaje a salirse con la suya, lo que supone la única vez que entran en juego variables inteligentes y la sensación de imprevisibilidad, y el desenlace donde se rompe a lo bruto la cuarta pared, con la pelea en plan artes marciales de videojuego.

Sin duda Brooker ha buscado llevarnos por la fuerza hacia mensajes concretos para mantener el estilo trágico y sórdido de Black Mirror, tanto la idea general de la serie, que sacamos lo peor de las nuevas tecnologías, como la concreta en este episodio, que no tenemos realmente libre albedrío, que nuestra vida está acotada por nuestras experiencias en la infancia y dirigida por fuerzas externas diversas (la familia, la sociedad, el trabajo, el ente misterioso o divino que representa el espectador). Pero esto juega en contra de las enormes posibilidades narrativas que tenía entre manos. Si en Blanca Navidad logró unir tres historias muy complejas y diferentes con un nexo y personajes en común, tres historias que llegan de distinta forma a cada espectador (romance, ciencia-ficción, redes sociales, familia…), ¿por qué aquí, que se exige que mantenga esa fórmula, que te pone en bandeja hacerlo, se muestra tan poco inspirado y esforzado? En otras palabras, Bandersnatch se hace reiterativo y frustrante, si pruebas distintos finales es por la novedad de poder hacerlo, pues a mitad del relato ya se intuye que no da más de sí.

Tampoco funciona del todo la puesta en escena de David Slade, un realizador por cuyo renombre también se generaron expectativas. Hannibal (2013), American Gods (2017), Hard Candy (2005)… toda su obra es arriesgada y espectacular en lo visual, pero aquí ofrece un trabajo muy convencional. Cabe destacar, para mal, la fotografía tan simplona, con un abuso de colores primarios. Lo que no es anodino blanco o azul claro parece forzado; por ejemplo, la habitación del chaval es verde y lleva un pijama verde a juego, para entrar bien por los ojos sin un esfuerzo real de composición del plano. Está muy lejos del nivel que ha ofrecido Black Mirror en sus mejores episodios.

Bandersnatch podría haber calado mucho más hondo, pero se está quedando en una anécdota y probablemente sea superado muy pronto. Sin ir más lejos, al terminar dan más ganas de revisionar otros buenos capítulos que de volver a este.

Por otro lado, se mantiene el innecesario e injustificado empeño en referenciar cada dos por tres otros episodios y tratar de entretejer un universo único, cuando si por algo deslumbró en sus orígenes Black Mirror era por abordar historias dispares e independientes. Es tan gratuito que sólo se me ocurre que sea una estrategia para alargar la vida útil de la serie en internet: multitud de páginas que viven de contenido morralla y titulares llamativos hacen su agosto con reportajes al respecto y la gente que los enlaza en las redes sociales, donde se lleva también más la curiosidad efímera que la discusión intelectual, y mira que la serie da para ello. Es paradójico, cuando no hipócrita, que Charlie Brooker sea tan crítico con el abuso de las nuevas tecnologías y a la vez se venda tanto a ellas.

Ver también:
Temporada 1 (2011)
Temporada 2 (2013)
Especial: Blanca Navidad (2014)
Temporada 3 (2016)
Temporada 4 (2017)
Especial: Bandersnatch (2018)

THE LAST KINGDOM – TEMPORADA 2

BBC Two, Netflix | 2017
Aventuras, histórico | 8 ep. de 56-59 min.
Productores ejecutivos: Stephen Butchard, Gareth Neame, David O’Donoghue.
Intérpretes: Alexander Dreymon, David Dawson, Ian Hart, Harry McEntire, Simon Kunz, Thure Lindhardt, Millie Brady, Eliza Butterworth, Cavan Clerkin, Arnas Fedaravicius, Christian Hillborg, Mark Rowley, Toby Regbo, Tobias Santelmann, Adrian Bouchet, Björn Begntsson, Perl Baumeister, Eva Birthsitle, Gerard Kearns, Erik Madsen, Magnus Samuelsson, Alexander Willaume, Ole Christoffer Ertvaag.
Valoración:

Tras su colaboración en la victoria del rey Alfred de Wessex contra los daneses, Uthred esperaba tener mejores posibilidades de recuperar su tierra natal, Bebbanburg, y hallar a su hermana, esclavizada por los vikingos Kjartan y su hijo Sven. Pero el destino le tiene preparado nuevos retos.

Los planes del soberano de aunar los distintos reinos en una utópica Inglaterra implican echar a los invasores nórdicos que campan en algunos de ellos y hacer alianzas con los estados libres. En lo bélico no puede dejar ir a un recurso tan valioso como Uthred, así que le exige mantenerse a su servicio. Pero las intrigas constantes de Alfred limitan su libertad, y para el rey, el impetuoso pagano roza la traición muchas veces, con lo que la relación nunca va del todo bien.

Tienen a los belicosos hermanos Erik y Sigefrid como inminentes rivales en la liberación de las tierras conquistadas, la nueva alianza con el torpe rey Guthred (Thure Lindhardt) y su pequeño estado de Cumberland que colinda con esos territorios, y la proyectada mediante el matrimonio de la princesa heredera, Aethelflaed (Millie Brady), con otro vecino noble, Aethelred (Toby Regbo).

Así pues, se amplían los frentes respecto a la primera temporada. Los planes de cada facción se entrecruzan, chocando o avanzando a la vez hasta que un nuevo obstáculo aparece, pero tampoco olvidemos a la omnipresente religión, que mete baza según sus intereses, y los conflictos personales, donde cada jugador del tablero piensa por sí mismo. Y en todo el meollo Uthred aguanta como puede, poniendo siempre su independencia y experiencia por delante aunque sea a costa de quedar mal con todos.

Pero también vivirá otras aventuras muy variadas, porque la temporada abarca de todo, pero todo con muy buen ritmo y coherencia. Nada se precipita, cada evento cala, incluso los saltos temporales y las historias que parecen secundarias, como el invierno que Uthred pasa esclavizado en Islandia o el romance del vikingo con la noble secuestrada, se trabajan con esmero, con secundarios potentes, y dejan secuelas. Y no todo son palos para el joven, porque mantiene amigos (el padre Beocca, la monja Hild), hace otros nuevos (los soldados Halig, Finan, el danés Sithric…), y encuentra un nuevo amor en la hija de Guthred, Gisela (Peri Baumeister). Y no me olvido de su hermano adoptivo, Ragnar, y su amiga en común, Brida, que tendrán también sus momentos.

Se sigue cuidando muy bien el entorno histórico, tanto en la fidelidad a eventos y personajes como en la forma de actuar de las gentes. La influencia de religión, la forma de entender el mundo y expectativas de cada individuo según su clase y entorno, y el desarrollo de las invasiones son de nuevo mucho más fieles que en la exitosa Vikingos (Michael Hirst, 2013), donde la fidelidad se diluye o deforma en un espectáculo vacuo con personajes estrafalarios.

Con mayor número de escenarios tenemos también más decorados. Aquí se nota menos dinero que en Vikingos, pero dista de parecer una serie cutre. Sin embargo, es cierto también que le sigue faltando una puesta en escena de alta calidad que aproveche el potencial del género: todo son parajes naturales o decorados y el vestuario es estupendo, pero la forma de rodar es muy sencillita. Eso sí, hay un momento inesperadamente inspirado: el ataque al campamento donde secuestran a la princesa, narrado cámara en mano, es sobrecogedor. También cabe señalar que la música de John Lunn va ganando presencia, con mención especial para la voz de Eivør Pálsdóttir.

En cuanto a actores, destaco otra vez a David Dawson como Alfred, el estupendo idiota que consigue Thure Lindhardt en Guthred, el carisma de los vikingos Erik y Sigefrid, en manos de Christian Hillborg y Björn Bengtsson, y la veteranía de algunos secundarios como Ian Hart (Beocca) y Simon Kunz (Odda).

PD: Netflix se metió como coproductora junto a la BBC en esta segunda temporada, pero para la tercera ha adquirido la serie entera y sus derechos de emisión.

Ver también:
Temporada 1 (2015)

JESSICA JONES – TEMPORADA 2


Netflix | 2018
Drama, superhéroes | 13 ep. de 47-55 min.
Productores ejecutivos: Melissa Rosenberg, varios.
Intérpretes: Krysten Ritter, Rachael Taylor, Eka Darville, Carrie-Anne Moss, Janet McTeer, Terry Chen, John Ventimiglia, J. R. Ramírez, Callum Keith Rennie.
Valoración:

Después del extraordinario villano que fue Kilgrave, un reto imponente para la protagonista a la vez que sobrecogedor para el espectador, el listón estaba tan alto que prácticamente cualquier nuevo enemigo tenía todas las de decepcionar. Así veo que ha ocurrido un poco con la némesis de Jessica Jones este año: su madre. Quien esperara otra confrontación clásica de superhéroes se puede llevar un chasco al encontrarse una temporada más centrada en los problemas internos de la heroína, en su vida personal tan caótica, donde la presencia de su madre, por mucho superpoder que tenga también, sirve para canalizar esos temas más que para desarrollar una rivalidad creciente que acabe con el duelo final de rigor.

Jessica está hundida, y aunque sigue por inercia indagando sobre sus orígenes, bien le gustaría romper con todo el mundo, como si aislándose y bebiendo sin parar se fuera a arreglar su vida. Por otro lado, Malcom ha rehecho la suya y trata de apoyarla, pero sus posiciones están tan opuestas que los roces son constantes, y la paciencia de él puede agotarse ante la incapacidad de ella para sobreponerse. Trish por su parte lleva el camino que puso a Jessica donde está, la autodestrucción, aunque por otros motivos: va de heroína por el subidón de la droga, de la violencia, de sentirse realizada. Todo se complica con la aparición de la descentrada de la madre de Jessica, que siembra el caos allá por donde va, poniendo a todos en contra de ambas, con los consecuentes peligros, Además, en vez de traer respuestas y paz suma caos y variables que la investigadora no es capaz de poner en orden. Hay espacio también para la abogada, Teri, con sus propios problemas personales a pesar de su fachada de fría y dura, para el vecino simpático, que es un encanto, y para un nuevo contrincante en el gremio de los investigadores, el asiático tan pagado de sí mismo.

Con tantos buenos personajes en conflicto constante con ellos mismos, más los eventos que van desarrollando con sus acciones, Melissa Rosenberg y su equipo de guionistas logran un drama coral de buen nivel y bastante adictivo que se ve realzado por la buena labor de los actores. Sin duda es una temporada menos intensa que la primera, que tuvo tramos entre impresionantes y desgarradores, pero el equilibrio entre géneros es muy bueno y resulta igual de entretenida. El drama es emotivo, el noir intrigante, la parte de superhéroes mezcla los dos anteriores y consigue ser más profundo de lo habitual en el género, teniendo siempre dilemas éticos y problemas de todo tipo en juego. La única pega que le puedo poner es que en algunas ocasiones está claro que dan un par de rodeos o estiramientos para poder llegar a los trece episodios exigidos: en las investigaciones, en los enfrentamientos con la madre y en los vaivenes de Trish hay algunos bajones de ritmo y sensación de repetición.

En la puesta en escena encuentro algo de mejora, pues antes se dejaba un poco al simple pero efectivo truco de la cámara en mano, y ahora se esfuerzan algo más a la hora de buscar un estilo visual más concreto. Se cuida bastante la composición de cada plano, teniendo algunos muy llamativos, y en combinación con la música con toques jazz y el tono noir del argumento se consigue una serie con bastante personalidad.

Saga The Defenders:
Daredevil – temporada 1 (2015)
Jessica Jones – temporada 1 (2015)
Daredevil – temporada 2 (2016)
Luke Cage – temporada 1 (2016)
Iron Fist – temporada 1 (2017)
The Defenders (2017)
The Punisher – temporada 1 (2017)
-> Jessica Jones – temporada 2 (2018)
Luke Cage – temporada 2 (2018)
Daredevil – temporada 3 (2018)
Iron Fist – temporada 2 (2019)
Jessica Jones – temporada 3 (2019

LA MALDICIÓN DE HILL HOUSE – MINISERIE

The Haunting of Hill House
Netflix | 2018
Drama, terror | 10 ep. de 43-70 min.
Productores ejecutivos: Mike Flanagan.
Intérpretes: Michael Huisman, Carla Gugino, Henry Thomas, Elizabeth Reaser, Oliver Jackson-Cohen, Kate Siegel, Victoria Pedretti, Lulu Wilson, McKenna Grace, Paxton Singleton, Julian Hilliard, Violet McGraw, Timothy Hutton, Anthony Hutton, Annabeth Gish, Robert Longstreet.
Valoración:

Alerta de spoilers: Sin datos reveladores de ningún tipo. —

Una familia compra una vieja mansión para reformarla y ganar un buen dinero vendiéndola. Viven de eso hasta que puedan permitirse “la casa para siempre”. Pero está encantada, y padre, madre y los cinco hijos empiezan a sufrir el acoso de diversos fantasmas hasta que algo grave ocurre y salen huyendo. Pero, ya de adultos, vemos que el crecimiento de los niños ha estado lastrado por esa infancia traumática, arrastrando todos alguna falla importante en su personalidad que los impide ser felices. Y las cosas se complican cuando la casa empieza a llamarlos de nuevo.

A nadie se le escapará que la premisa es bien vieja. No en vano, la novela homónima de Shirley Jackson en que se basa es de 1959, y desde entonces el género ha sido explotado de diversas formas en la literatura y el cine. No tanto en televisión, donde esta miniserie ha deslumbrado alzándose como una de las más exitosas y mejor valoradas del año. En el drama también he encontrado una influenia obvia, pues recuerda bastante a uno de los grandes referentes, A dos metros bajo tierra (Alan Ball, 2001): la vida alrededor de una gran casa y una funeraria y la descripción de personajes heridos de diversas formas la traen a la memoria en varias ocasiones. Entonces, ¿cómo ha podido causar tanta sensación? Pues mediante un truco viejo también: contar las cosas bien. Y en este caso hablamos de muy, muy bien. Pocas veces una serie ha logrado acojonar tanto, y más partiendo de algo tan poco original, pero en el drama es magnífica también.

Para dar miedo es esencial una narrativa muy cuidada. La historia debe ser coherente dentro de su fantasía para que podamos tener un marco de referencia al que aferrarnos, los personajes deben respirar vida propia para contagiarnos sus miedos, y la atmósferas han de primar sobre los sustos sonoros cutres. Por desgracia, en el cine por lo general no se trabajan debidamente los personajes, se abusa del efectismo barato en las historias y de los sustos forzados. El creador Mike Flanagan se ha curtido en este ámbito con algunos títulos menores pero de relativo éxito, porque por alguna razón el género es capaz de vender chorradas sin problemas. Sólo he visto la infame Oculus (2013), así que espero que Absentia (2011), Hush (2016), Ouija (2016) y El juego de Gerald (2017) sean algo mejores. Sea como sea, desde aquella a la presente muestra una maduración impresionante.

Rodeado de colaboradores habituales en el equipo técnico y el reparto (donde repite con varios actores), Flanagan hace gala de una narrativa inteligente y metódica. La fotografía de Michael Fimognari juega sabiamente con la oscuridad y las sombras, pero no forzando oscuridad, sino todo lo contrario, aprovechando al máximo la riqueza del escenario de la mansión. La música de los hermanos Newton es sencilla pero efectiva para darle la última puntilla a cada situación, aunque se mueven mejor en lo melancólico que en lo tenebroso.

Encontramos una armonía admirable entre la construcción de atmósferas inquietantes y la llegada de los sustos con el desarrollo de los personajes, todo ello además jugando con dos épocas distintas que se retroalimentan de maravilla. Porque los episodios combinan pasado y futuro (algo que el realizador ya probó brevemente en Oculus), desgranando las personalidad y los misterios con cuentagotas mientras, eso sí, sin abusar del “sigue mirando que luego te lo cuento”; sólo con la puerta roja se pasa un poco. Además, por lo general centra cada capítulo en un personaje, aunque como su relación es estrecha se avanza con todos y con el misterio en todo momento. Los intérpretes se dejan todo en personajes muy exigentes. Flanagan los muestra destrozados y abandonados, y poco a poco nos expone cómo han llegado ahí, y cómo son incapaces de superar sus problemas. Imposible destacar tan sólo un par de actores, hasta los chiquillos están impecables.

Con este buen trabajo delante y tras las cámaras la serie resulta conmovedora y sobrecogedora a partes iguales, sólo necesitan unas pocas escenas para contagiarnos la pesadumbre de los protagonistas y el ambiente malsano de la mansión, de forma que acabas ya desde el primer capítulo con mal cuerpo y unos cuantos sustos de los gordos. Y sí, hay muchas veces que sabes que viene una escena de fantasma… pero te acojona igual. Por cierto, atentos a la infinidad de espectros ocultos que salpican cualquier plano y a alguna estatua que cambia de postura sutilmente.

Ahora bien, el equilibrio de la fórmula se resiente un poco en el tramo final, de forma que es probable que a algunos espectadores les deje malas sensaciones. Flanagan deslumbra en los tres primeros episodios, cuando parece que va a aflojar el ritmo nos recupera en el quinto con el primer gran giro inesperado (La mujer del cuello torcido, aunque largo, efectivo) y a continuación nos deja anonadados con uno de los mejores capítulos de los últimos años, Dos tormentas. Este se compone de unos pocos planos secuencia de diez minutos o más donde se juntan todos los personajes, los dos escenarios principales (la funeraria y la mansión) y las dos líneas temporales en un colofón sin parangón. El rodaje fue una pesadilla, pero el resultado es un hito asombroso.

Sin embargo, desde esa altura caemos bastante. La confrontación final con la casa no sólo falla a la hora de dar el esperado subidón final de infarto, sino que en comparación con el resto de la miniserie queda un peldaño por debajo. Es buen final en concepto, pero a la hora de plasmarlo Flanagan y supongo que también los productores han cometido el error de alargarlo demasiado. Con ocho episodios y un cierre de aúpa podríamos estar hablando de una obra maestra. Pero el octavo baja la intensidad, y el noveno es descaradamente relleno para cumplir con los diez, todo el metraje son conversaciones que repiten lo ya conocido, además en escenarios muy parcos (coches sobre todo), como para descansar del esfuerzo del sexto capítulo. Así que abordamos el desenlace habiendo perdido esa atmósfera tan intrigante, y como optan por una solución blanda, emotiva, dejando el terror completamente de lado, puede decepcionar a más de uno. Lo cierto es que cierra bien la historia de cada personajes, tiene buenas sorpresas, y aunque algún giro se pueda intuir está bien ejecutado. Pero parece el epílogo tras un clímax que nunca llega.

Pero aun contando con ese bajón, La maldición de Hill House es una serie excelente, con picos extraordinarios, digna de citar como una de las grandes del año. Para los amantes del terror, desde luego es un visionado obligatorio.

ORANGE IS THE NEW BLACK – TEMPORADA 6

Neflix | 2018
Drama, comedia | 13 ep. de 50-85 min.
Productores ejecutivos: Jenji Kohan.
Intérpretes: Taylor Schilling, Laura Prepon, Yael Stone, Natasha Lyonne, Kate Mulgrew, Dale Soules, Danielle Brooks, Uzo Aduba, Adrienne C. Moore, Elizabeth Rodriguez, Selenis Leyva, Jessica Pimentel, Dascha Polanco, Jackie Cruz, Laura Gómez, Daniella De Jesús, Nick Sandow, Beth Dover, Matt Peters, James McMenamin, Emily Tarver, Mike Houston, Taryn Manning, Amanda Fuller, Susan Heyward, Lori Petty, Nicholas Webber, Laverne Cox, Shawna Hamic, Alysia Reiner, Mackenzie Phillips, Vicci Martinez, Henny Russell.
Valoración:

Cabía pensar que con la renovación por tres años de golpe allá en la cuarta temporada daba a Jenji Kohan y su equipo de guionistas tiempo más que de sobra para planificar bien las historias a largo plazo y tener claro cómo abordar el tramo final, pero la sexta y penúltima etapa parece haber sido improvisada más de la cuenta. Ha dejado cierta decepción en el ambiente, pues Orange is the New Black ha pasado de copar las listas de lo mejor del año a un segundo plano. Continúa siendo una serie superior a la media, un entretenimiento de primera a la vez que un análisis sociológico magistral, pero el listón estaba alto y se esperaba que siguiera subiendo. El motín puso la expectación por las nubes. Muchos frentes, muchos problemas, y todo sobre un grandísimo trabajo con los personajes y la crítica social subyacente, nos dejaron en vilo y esperando ver más. Pero prácticamente hacemos un borrón y cuenta nueva y tenemos una temporada de relleno. Adictiva, espectacular a veces; encantadora, hasta el punto de hacerte vibrar con la mayor parte de sus numerosos personajes; didáctica y a la vez conmovedora, porque muestra la realidad con una visión compleja y delicada; pero, en el fondo, de relleno.

Las reclutas son repartidas en distintos pabellones de máxima seguridad. Muchos personajes desaparecen y conocemos otros nuevos, por sí solos interesantes (en especial los guardias y su jueguecito), pero puede mosquear que a estas alturas den la espalda a los que tenían un vínculo emocional ya establecido con el espectador y con los que se esperaba que aboradaran sus arcos finales para irse por las ramas con novedades. La niñata pelota y las dos hermanas en guerra constante por liderar a las presas y mostrar su odio mutuo ofrecen aventurillas bastante moviditas, pero carentes del recorrido emocional tan trabajado y el contenido intelectual crítico al que nos tenían acostumbrados. Es decir, valdrían como tramas secundarias, de esas que salpican el día a día en la cárcel, pero me temo que toman protagonismo total a costa de dejar las secciones principales, las que esperábamos ver desarrolladas, en un plano inferior.

Las secuelas del motín se tratan con cuentagotas a través de unas pocas historias deshilvanadas y sin la garra y lecturas de antaño. La feroz crítica a las carencias del capitalismo y cómo promueve la corrupción (el sistema penitenciario, la justicia, los políticos…) solo se retoma en dos parejas de personajes. Por un lado tenemos el esperado juicio por el motín, que recae en Taystee y Caputo. Este resulta simplemente correcto y está extendido más de la cuenta para que abarque todo el año, dejando la sensación de que sabe a poco, de que cumplen con ello por obligación. Mejor funciona la odisea de Dayanara y su madre, ambas empujadas por el sistema a hundirse más y más: la primera ve que la cárcel es su futuro, y por consecuencia trata de hacerse fuerte con los grupos más violentos; la otra, se encuentra con que todo está diseñado para que vuelva al mundo del crimen. Pero fuera de ello apenas tenemos unos repetitivos amagos de traiciones entre las presas implicadas en el motín para salvar sus propios cuellos y un par de escenas dedicadas al estrés de los guardias. Todas las historias subyacentes (pobreza, racismo y demás injusticias sociales) que llevaron a las presas a la cárcel, en muchos casos injustamente, y fueron creciendo hasta acabar provocando la rebelión, se dejan de lado y nos vamos a un sinfín de historias secundarias.

Y no me malentendáis. Como indicaba, estas son de nuevo variadas y muy atractivas, y ofrecen un muestrario de vivencias y problemas realistas con una naturalidad asombrosa. Pero como llegan a costa de olvidar todo lo andado se pierde gran parte del interés, de la pasión con que seguíamos la serie. Además, no todas las historias funcionan, con algunas estamos dando vueltas en círculos todo el año: Frieda y sus miedos y Suzanne y su confusión terminan agotando. También debo quejarme de que continúan desaprovechando el grandísimo talento de Taylor Schilling al no darle al personaje historias más intensas con las que la actriz pueda lucirse como en las primeras temporadas; prácticamente lo único que ofrece es la rivalidad con la matona, que se hace cansina.

Así que esperemos que para la traca final vuelvan a la senda y deslumbren como antaño.

Ver también:
Temporada 1 (2013)
Temporada 2 (2014)
Temporada 3 (2015)
Temporada 4 (2016)
Temporada 5 (2017)
-> Temporada 6 (2018)
Temporada 7 y final (2019)

HERIDAS ABIERTAS – MINISERIE


Sharp Objects
HBO | 2018
Drama, suspense | 8 ep. de 50-65 min.
Productores ejecutivos: Marti Noxon, Jean-Marc Vallée, varios.
Intérpretes: Amy Adams, Patricia Clarkson, Chris Messina, Eliza Scanlen, Matt Craven, Henry Czerny, Taylon John Smith, Madison Davenport, Sophia Lillis, Elizabeth Perkins.
Valoración:

Un crimen macabro en un pueblecito. Una periodista criada allí que huyó en cuanto pudo de las maldades de su familia y del ambiente inmovilista, los secretos y las mentiras del resto de la población, es enviada por su jefe para que escriba artículos del caso porque conoce el lugar, pero también porque sabe que arrastra heridas abiertas y es buena ocasión para cerrarlas.

Con la sinopsis queda claro que la premisa está muy, muy vista, y la sensación se agrava al iniciar el visionado. El pueblo raro y lleno de misterios a lo Twin Peaks (David Lynch, Mark Frost, 1990), el dramón tratado por infinidad de telefilmes, el thriller policíaco de siempre. ¿Qué tiene para ofrecer esta nueva aproximación? No mucho, aunque al menos lo intenta con bastante ahínco. No sé si en la exitosa novela homónima en que se basa, publicada por Gillian Flynn en 2006 (autora también de Perdida -2012-, que tuvo versión en cines en 2014), funciona mejor, pero esta miniserie de la productora y guionista Marti Noxon (inició su carrera en Buffy, La cazavampiros -1997-) y el director Jean-Marc Vallée (pasó de cosechar premios en el cine –Dallas Buyers Clubs, 2013- a tenerlo en televisión –Big Little Lies, 2017-) es un quiero y no puedo. Según la paciencia y el corazón del espectador puede ser una obra dramática intensa con la que sufrir o una de misterio artificial y plomiza con la que aburrirse. Yo me he quedado en un término medio.

Sabiendo que los conflictos emocionales internos, las tragedias no superadas, los problemas de familias disfuncionales y demás aproximaciones al drama humano cotidiano han sido muy tratadas, los autores intentan realzarlas mostrándonos en primera persona la mente de la protagonista, Camille (Amy Adams), mediante una puesta en escena que materializa todas sus emociones, penas y anhelos. Las miradas o diálogos de Camille van acompañados de un plano que termina de enfatizar su estado de ánimo, o un breve plano a un detalle de su entorno nos lanza a un fugaz recuerdo que señala la conexión emocional entre etapas de su vida, es decir, qué ha influido en su infancia para que ahora se comporte y sienta de una forma u otra. Por ejemplo, un ventilador le trae a la memoria una vez que estuvo enferma y convalecía al lado de uno, y eso se asocia con la madre cuidándola, lo que nos lleva a la sobreprotección, y todo confluye en que la situación que esté viviendo ahora estará marcada los sentimientos que han emergido.

Esto implica mucha contemplación, mucha construcción metódica de las escenas, mucho flashback… Pero si bien el concepto narrativo es llamativo y prometedor, sus autores no son capaces de llevarlo a cabo con la armonía suficiente. Lo sugerente se convierte muchas veces en subrayado en exceso, y otras directamente cae en el sensacionalismo. El rimo metódico y detallista funciona menos de lo pretendido, y pronto se torna en un relato lento, sobresaturado por fuera pero inane por dentro. En otras palabras, las cosas no avanzan, damos vueltas en círculos, y el efectismo se impone a una historia que, después de tanto enredo sensitivo, termina siendo igual de predecible y vulgar que siempre. Incluso el alcance de las interesantes protagonistas principales se ve afectado: nos tiramos casi todos los capítulos atascados en los mismos recuerdos y lamentos (por ejemplo, pronto te preguntas por qué si Camille sufre tanto en casa de mamá no se va a un puñetero motel), y tras tanta fachada se olvidan de trabajar la progresión global, sobre todo a la hora de transmitir incertidumbre por el desarrollo de los acontecimientos, con lo que no hay realmente mucha intriga por el porvenir de ningún personaje.

Aun así, Camille y su madre Adora logran emerger por encima de los fallos enganchando con bastante intensidad. Son una versión cruel pero verosímil de traumas reales y llegan con mucha fuerza, en gran parte por las estupendas interpretaciones de Amy Adams y Patricia Clarkson. Pero el resto de habitantes del pueblo quedan en anodinos estereotipos puestos a su servicio. El detective rechazado, el sheriff conservador, la niña modosita en casa pero rebelde fuera, la amiga con secretos, la animadora tonta con ganas de fama rápida y los sospechosos de siempre componen un mosaico que apuntaba a una buena descripción de una sociedad incapaz de sobreponerse a sus heridas, de un pueblo ahogado en sus miserias, pero acaba siendo una repetición estéril de lo ya contado mil veces. La única que destaca es Amma, la hermana adolescente de Camille, pero por protagonismo e importancia (es el reflejo y repetición de lo ocurrido con otra hermana fallecida cuando ella era joven) y el también correcto papel de Eliza Scanlen, porque el rol resulta demasiado inestable a conveniencia del guion como para resultar verosímil, es decir, al final también es un complemento y no un personaje que respira con vida propia.

Como extensión de los problemas, el caso nunca llega a despertar el más mínimo interés. Es cierto que la serie versa más sobre la formación como personas y la influencia de los traumas en la infancia en el proceso, pero no puedes pretender que la investigación criminal sustente el viaje de los personajes si no la tratas con dedicación suficiente. No vemos una investigación consistente, sólo repetición de escenarios (las mismas conversaciones en el bar con el detective una y otra vez), intentos puntuales de reforzar el misterio muy artificiales (la cabaña metida con calzador a media temporada), y amagos con apuntar con la sombra de la sospecha temporal a uno u otro personaje que resultan trámites pesados. Al segundo episodio ya tenía en mente cómo se desarrollaría todo, y no hay ni un camino o giro que discurra distinto a lo más fácil y evidente.

El final, con el destino de las protagonistas en vilo, funciona más por el esfuerzo en la puesta en escena que por lo narrado en sí, que se ve venir de lejos. Pero entonces te das cuenta de que tenían un giro final más original y con posibilidades de resultar efectivo, pero no sabían cómo incluirlo y lo cuelan en flashes rápidos entre los títulos de crédito. Así que, si ya cuesta acabar el visionado, hacerlo con un ese mal trago puede empeorar las sensaciones.