HA FALLECIDO DIANA RIGG

La actriz británica Diana Rigg (1938, Doncaster), compaginando su actividad en teatro en la afamada Royal Shakespeare Company, participó en numerosas películas, pero el éxito popular le llegó en el género de espionaje y acción, principalmente en televisión, con el rol de Emma Peel en la serie Los Vengadores (1961-1969), pero también en cine, con su aparición en James Bond en 007: Al servicio secreto de su majestad (1969).

El exigente calendario de rodaje de Los Vengadores, el abrumador éxito, el machismo imperante en el gremio (peleó duro por un sueldo y trato igual al de los actores) y la denominación de la mujer más sexy de la televisión no le sentó bien y decidió abandonarla tras dos temporadas para centrarse más en teatro y cine, aunque al final se recordó como uno de los personajes más queridos de la serie.

Nunca dejó de trabajar, de hecho, aceptando incluso numerosas miniseries, pero sí pasó un poco al olvido, hasta que en 2013 fue elegida para la popular Juego de tronos, donde arrasó con toda su experiencia y talento en el papel de Olenna Tyrell, la manipuladora abuela de una de las casas más importantes del reino.

Le diagnosticaron cáncer en marzo. Según ha informado su familia, ha fallecido este jueves en su casa con los 82 años de edad. Deja un par de producciones pendientes de estreno.

Filmografía: IMDb, Biografía: Wikipedia.

LA CONJURA CONTRA AMÉRICA – MINISERIE


The Plot Against America
HBO | 2020
Drama | 6 ep. de 58-70 min.
Productores ejecutivos: David Simon, Ed Burns.
Intérpretes: Morgan Spector, Zoe Kazan, Winona Ryder, Anthony Boyle, Azhy Robertson, Caleb Malis, John Turturro, Michael Krostoff, David Krumholtz, Ben Cole, Jacob Laval, Steven Maier, Caroline Kaplan.
Valoración:

El escritor David Simon (en la siguiente foto) y su colaborador puntual Ed Burns no deberían necesitar una presentación a estas alturas, pero por si acaso, os remito a la que les hice al hablar de The Wire (Bajo escucha, 2002). Esa serie, considerada por cualquier seriéfilo como una de las mejores de la historia, si no la mejor, muestra muy bien el talento y el talante de ambos, su gran habilidad para volcar experiencias propias en vívidos retratos de épocas y sociedades concretas y hacer que emerja de ellos una crítica muy inteligente de los problemas que las han asolado. Simon siguió por el mismo camino en otra obra monumental, Treme (2010), centrada en New Orleans tras el huracán Katrina y en cómo en vez de levantar la ciudad aprendiendo de los fallos todo siguió igual, y otra con un potencial algo desaprovechado, Show Me a Hero (2015) y su ensayo sobre las revueltas sociales de Yonkers.

El novelista Philip Roth, comprometido también con la idea de mostrar los males de Estados Unidos por si llega a servir de algo, tiene algunos libros bastante conocidos, como Pastoral americana (1997), que le valió un premio Pulitzer. En 2004, viendo la deriva del país y del mundo tras los atentados del 11 de septiembre, publicó La conjura contra América, una distopía a modo de historia paralela donde ante la llegada de la Segunda Guerra Mundial EE.UU. se vuelca hacia la ola de fascismo generada por Hitler.

Volviendo al mundo real, las crisis económicas y sociales que nos han azotado en este milenio, en vez de hacernos aprender han azuzado de nuevo el fantasma del fascismo de forma inquietante. Estados Unidos, otrora adalid de las libertades, ha caído de lleno en las primeras fases de su implantación con la llegada de presidente Donal Trump, de quien nos reíamos en la campaña electoral por su estilo estrafalario y sus paridas y ahora nos tiene acojonados.

Que Simon y Burns abordaran la adaptación de esta novela justo en estos momentos no parece una coincidencia. Todo parecía apuntar a que dos autores otrora elegantes y comedidos en el aspecto crítico iban a ir a por todas a la hora de señalar desde la ficción los problemas actuales. Pero el estreno de la miniserie ha dejado muy frío a todo el mundo. A sus seguidores, acosumbrados a un nivel de excelencia al alcance de muy pocos, a los medios e intelectuales, que podrían haberla aprovechado para avivar sus críticas, e incluso a grupos políticos de tendencias oscuras: me sorprende que no agitara el avispero de fanáticos políticos y conspiranoicos, pues tenían a tiro decir que es una producción de propaganda sionista o una campaña de difamación contra Trump. Que no alterara a colectivos tan irascibles muestra muy bien el poco calado y capacidad de provocar que han logrado.

Da la impresión de que han ido con prisas para llegar a tiempo en plena ola Trump, que no han meditado sobre el proyecto y trabajado en su desarrollo como es debido. Es la obra de Simon más aburrida desde el coñazo que resultó Generation Kill (en la que participó Burns también), apenas queda un poco por encima en interés por temática y personajes. Hasta Show Me a Hero, que no emocionaba mucho como serie dramática, tenía al menos algo que le permitió dejar una tenue huella, un retrato social y una visión crítica bastante efectivos. Incluso su obra más reciente, The Deuce, Las crónicas de Time Square (2017), donde no pretendía un análisis exhaustivo de los condicionantes políticos que mueven los tiempos mostrados, ha acabado teniendo una perspectiva mucho más compleja. La conjura contra América es muy parca en contenido y sentimientos tanto en la odisea de sus personajes, como en el drama social, como sobre todo en la visión política tan prometedora en principio.

El drama familiar es lo que mejor parado sale, pero no como para enganchar con fuerza y hacer olvidar las carencias generales. Los Levin son unos judíos que viven felices en su barrio de Newark (New Jersey), lleno de compatriotas, sobre todo porque la situación económica va mejorando tras el crack del 29 en EE.UU. y los coletazos de la Gran Guerra en Europa, de forma que aspiran a mejores trabajos, empiezan a buscar una casa más grande… Pero la nueva situación los zarandea, los pone en el foco de la tormenta, hace mella en las relaciones personales, deja su futuro en vilo. Sin embargo, a pesar de narrar eventos tan jugosos, a la hora de la verdad no llegamos a encontrar un gran drama. Tenemos las vivencias justas para interesarnos por su día a día y esperar qué les deparará el futuro, pero nunca llega a alcanzar un buen nivel de incertidumbre y desasosiego, ni en los momentos más graves se sufre con ellos.

Herman, el cabeza de familia, está todo el día cabreado, pero poco hace; al acercarse el desenlace por fin se implica algo más… pero no camina en ninguna dirección llamativa ni llega a un final recordable. Eso sí, Phil Spector está estupendo y levanta mucho el interés. Parece que Simon quería a Oscar Isaac, protagonista de Show Me a Hero; o eso deduzco de esta entrevista, undécima pregunta, donde habla de dinero y actores. Pero con el caché de cine que tiene se salía de presupuesto y optaron por un rostro menos conocido. Yo me alegro, así se dan oportunidades a actores desaprovechados. La esposa, Elizabeth, representa a la ama de casa que empieza pareciendo poca cosa y va endureciéndose, pero también es un arco facilón y previsible. Zoe Kazan ha mostrado en La balada de Buster Scruggs (2018) y The Deuce ser un valor seguro, y también ensalza bastante un personaje que no termina de deslumbrar.

Alvin, el hermano acoplado, viene a representar el tipo que parecía perdido y sin futuro pero encuentra nueva determinación en tiempos duros. Sin embargo, acaba resultando un comodín para mostrar otros aspectos de aquellos tiempos (los problemas laborales, la breve parte bélica) sin terminar de encajar en nada; la escueta aventura bélica parece incluso un engaño, no vemos nada útil y llamativo después de anunciar tanto. Anthony Boyle apenas está empezando su carrera y tiene bastante potencial. Evelyn (Winona Ryder) es la hermana de la esposa, quien ve que pasa el tiempo y no encuentra marido. Se acaba enamorando del rabino Lionel Bengelsdorf (John Turturro)… y de su mundo deslumbrante lleno de poder y fiestas. Estos representan al típico sector que se alía con sus opresores, obsesionados por mantener su posición aun a costa de negar la realidad. Pero si esperabas que su historia terminara de apuntalar las tragedias latentes, tampoco da mucho de sí, un par de peleas con la familia y la consabida lección que les estalla en la cara al final.

Los Levin tienen dos hijos. El joven Philip (Azhy Robertson) absorbe todo el estrés sin que los adultos lo noten, y parece que podría acabar mal parado… pero los guionistas se empeñan en resaltar demasiado su drama (cuántas miradas de sufrimiento forzado) para en conjunto tampoco llegar a conformar una evolución emotiva y recordable. El adolescente Sandy (Caleb Malis) sale mejor parado, aunque tampoco sorprenda. Su incipiente rebeldía choca con el proteccionismo de sus padres, lo cual es la historia de siempre, pero tiene naturalidad suficiente para funcionar bien, y aquí logran lo contrario que con el otro, ser más sutiles: la mirada de entendimiento cuando padre e hijo se perdonan y aceptan por fin es el desenlace más concreto y efectivo.

A través de ellos los autores pretenden mostrar cambios sociales muy complejos, y no llegan. Para empezar, salta a la vista que falta una representación más amplia de ciudadanos y políticos. Del gobierno sólo tenemos un par de aportaciones de la primera dama, porque el presidente sólo aparece brevemente en los noticieros, y la vida a pie de calle se limita a la experiencia de la familia y a unos pocos secundarios poco trascendentales (un par de amigos de Herman y Alvin). Apenas salimos de limitada burbuja familiar, donde además mucha información es adquirida a través de la radio, lo que será realista, pero contraproducente a la hora de dar emoción y ritmo. Las manifestaciones de problemas sociales (los mítines saboteados, el viaje a tierras sureñas dominadas por el Ku Klux Klan) llegan tarde y no impresionan mucho.

La visión política es desde luego valiente, una temática que pocos se atreverían a abordar, pero ni esta es tan provocadora como se esperaba ni la combinación con el drama social ofrece una perspectiva realista y crítica compleja y con calado.

El aviador Charles Lindberg se considera, ya desde cuando vivía, un héroe nacional a pesar de sus declaraciones con un escalofriante tono fascista. El tomar una figura tan endiosada y convertirla en el villano de la función no resulta muy adecuado ni respetuoso. ¿Por qué coger una persona real, y más una tan reciente, y jugar con su vida como te da la gana, en vez de partir de un personaje inventado? Pero esto no parece haber generado polémica, de lo desapercibido que ha pasado la serie.

La evidente comparación de la trama con la deriva política de Trump tampoco ha generado muchas conversaciones y controversias. El fascismo, la xenofobia, los desmanes de los poderosos amparados por el control de los medios, el daño social, sobre todo en las minorías… El material es potente, pero la narración sigue un camino demasiado sencillo y predecible que no permite generar una historia sobrecogedora y que empuje a la reflexión. Da la sensación de que lo mismo nos los han contado muchas veces (en V, los visitantesKenneth Johnson, 1983-, ya lo hicieron mucho mejor) y no te lleva a pensar y comparar con sucesos de actualidad. Además, sabiendo que Simon y la HBO apuntan a un público más culto e implicado, el que se pusieran el listón tan bajo sorprende y decepciona.

Por el lado contrario, en acabado visual tenemos una obra algo más ambiciosa que de costumbre en Simon, quien siempre ha preferido una profesionalidad disimulada en vez de una ostentación descarada. La dirección de los seis episodios se la reparten uno de los grandes de la televisión, Thomas Schlamme (artífice del aspecto visual revolucionario de El Ala Oeste -1999-) y una de las mejores directoras emergentes, Minkie Spiro. Estos buscan una puesta en escena más elaborada, con una fotografía e iluminación versátil que saca buen partido de la notable recreación de la época. Y esta ambientación tiende a ser incluso a veces más lujosa de lo que el sencillo relato requería: hay exteriores espectaculares, con calles atestadas de coches y gente, que a la hora de la verdad no parecen necesarios. Quizá la HBO tenía más confianza en un posible éxito y soltó más dinero, pero está claro que la miniserie no ha funcionado para nadie como se esperaba.

Es inevitable comparar con otra distopía reciente que sí ha resultado tan inquietante como el género permite. El cuento de la criada (Bruce Miller, 2017) destaca en todo en lo que La conjura contra América se queda corta: es espeluznante en la visión política y social, muy sensible en el drama, e hipnótica en el acabado visual.

DEVS – MINISERIE


FX/Hulu | 2020
Drama, suspense, ciencia-ficción | 8 ep. de 43-55 min.
Productores ejecutivos: Alex Garland.
Intérpretes: Sonoya Mizuno, Nick Offerman, Alison Pill, Jin Ha, Zach Grenier, Karl Glusman, Cailee Spaeny, Stephen McKinley Henderson.
Valoración:

Alerta de spoilers: Sólo presento por encima argumento y temática. —

El escritor Alex Garland entró en el mundo del cine cuando adaptaron en el año 2000 su novela La playa (publicada en 1996). Ahí conoció al director Danny Boyle, con quien colaboró en dos títulos más, 28 días después (2002) y Sunshine (2007), bastante exitosos pero que no mostraban por ninguna parte el talento que se empezó a ver en ellos más tarde, pues eran unos torpes compendios de todos los clichés de los géneros zombi y ciencia-ficción. Dredd (2012) no valía para deducir si Garland estaba creciendo como escritor, por ser una serie b sin ambición, pero luego dio el salto a dirigir sus propios guiones y llamó bastante la atención. Aunque disten de ser redondas, Ex Machina (2014) y Aniquilación (2018) son obras de ciencia-ficción muy sugerentes y están rodadas con talento y pasión, lo que hace perdonar bastante sus limitaciones y fallos.

Cuando se anunció que iba a escribir y rodar una miniserie, los fans del género que lo teníamos en la mira la esperamos con interés. Con más tiempo y libertad para desarrollar las historias, ¿veríamos su potencial desplegado en su máximo esplendor? Pero en vez de observarse maduración y mayor amplitud de miras se ve un acomodamiento a fórmulas facilonas combinado torpemente con un tono pretencioso que acaba resultando más bien en unos lastimeros delirios de grandeza.

Cuando un relato de misterio va construyendo la trama sobre premisas, giros y detalles vagos y muy artificiales ya se puede ir intuyendo que no dará respuestas concretas. Uno bueno desgrana la información de forma que la suma de datos permite hacerse una idea del destino, da pie a que puedas ir reconstruyendo el enigma central. Uno muy bueno además será capaz de lograr un giro final que desmonte tus esquemas, pero llega ahí habiendo puesto sutilmente la semilla que lo hace verosímil, o sea, de forma que no parezca un giro salido de la nada, una farsa cutre. Un gran ejemplo es Blade Runner 2049 (Denis Villeneuve, 2017); en series, Black Sails (Robert Levine, Jonathan E. Steinberg, 2014) tiene una temporada final con sorpresas de ese tipo muy bien ejecutadas. Un escritor mediocre y vago elude los datos consistentes, porque no los tiene, así que cuando parece acercarse hacia algo salta con una salida por la tangente, con fuegos artificiales para desviar la atención. Pero hay otra clase de autores que van más allá, que se creen buenos pero acaban patinando con una grandilocuencia que puede ser entre cargante e hilarante. Lo peor es que suelen tener éxito: ahí están Mr. Robot (Sam Esmail, 2015) y Dark (Baran bo Odar, Jantje Friese, 2017) como buena muestra de ello. Devs cumple todos estos nefastos puntos con nota… incluído el aspecto de engatusar a numerosos espectadores y medios, que están obsesionados con ella como si fuera un gran hito de la ciencia-ficción.

Un punto de partida interesante y un acabado que trata de ser hipnótico pueden llamar la atención de primeras. El amago de ofrecer una historia con varias ramificaciones parece asentar unas buenas bases en los tres primeros capítulos. En San Francisco, el centro mundial de las nuevas tecnologías, tenemos una empresa ambiciosa y un directivo endiosado, se presenta una intriga de espionaje industrial, y de fondo, se siembra la semilla de la fascinación por lo desconocido: ¿qué están desarrollando en la parte secreta de la compañía?

Pero nada llega a tomar forma, sino todo lo contrario, la escasa consistencia inicial se desinfla rápidamente. Para empezar, el punto de partida es exactamente el mismo que en Ex Machina. Jóvenes entusiastas y adoradores de esa figura mitificada logran acercarse a ella e ir descubriendo su investigación que promete cambiar el curso de la historia. En aquella cinta entrábamos en un sugerente análisis sobre las inteligencias artificiales, la frontera entre humano y máquina, la ética en el tratamiento de estas creaciones… Aquí vamos por otro camino en argumento pero también en calidad y alcance: la tecnología en que trabajan es pura fantasía, la intriga todo clichés que no llevan a ninguna parte, el conjunto acaba arrastrado hacia un dramón muy básico, y todo ello está adornado con infinidad de enredos narrativos de mala calidad… y de dudoso respeto de cara al espectador, porque son engaños descarados.

Tenemos personajes extremos, marcados por una sola característica forzada e inverosímil. El equipo de Devs, el proyecto secreto, es un despiporre sin pies ni cabeza. Un viejo muy viejo y un joven muy joven de sexo indeterminado. ¿Qué se nos quiere decir con eso? El realizador sabrá. Un jefe que parece a punto de llorar a todas horas, porque sólo lo mueve el drama familiar que vivió, nada más se tiene en cuenta para tratar de elaborar alguna personalidad. Una subdirectora o lo que sea que lo acompaña y que no se sabe qué hace, pues aquí no se explica nada, se limita a poner cara de sobrada, de “sé cosas que tú no”. Parece que nadie más trabaja realmente ahí salvo el viejo y el niño/niña, eso sí, con tecnojerga y pantallitas llenas de enredos, nada que sea verosímil y venga de un esfuerzo real; los directivos sólo dan algunas órdenes, en plan “sigue trabajando”, y echan broncas cuando consiguen un gran avance porque… yo qué sé, nada tiene sentido; bueno, en realidad hay algunos extras que entran y salen de escena sin que quede claro qué pasa: trabajan ahí a tiempo parcial o qué. Aparte está el jefe de seguridad, que sí hace de todo él solito a pesar de estar a punto de morirse de viejo, así que el típico intento de mostrar un matón inquietante resulta más bien gracioso, porque parece estar en todas partes a la vez aunque le cuesta llegar a la puerta del despacho sin asfixiarse.

La anodina protagonista principal, recién introducida en este mundo, se sustenta en unos pocos amigos y novios que mueven su historia según se requiera, pues tras decidir que investigará lo que ocurre no vuelve a tener autonomía, no hace prácticamente nada nada concreto por sí misma. Lo gracioso es que algún personaje llega a decir que admira su determinación, cuando sólo va de un lado a otro empujada por los demás sin mostrar motivación alguna. Y tampoco que estos secundarios que la ordean vengan a salvar al situación, pues son meros motores de la trama, sólo sirven para ponerle encima las nuevas pistas o misterios, tampoco tienen dimensión alguna.

Sumando el nefasto reparto, no podía resultar un grupo de personajes menos conmovedor y más aburrido. Viendo sus trabajos anteriores, está claro que las mujeres niña andróginas, cual robots asexuados, son un fetiche de Garland, pero al menos podía tener en cuenta un poco las dotes interpretativas: Sonoya Mizuno está horrible. Y sus novios igual, Jin Ha y Karl Glusman cada cual da más vergüenza ajena y provoca más rechazo. Aunque habría que ver si el problema es el director, porque tenemos actores de gran talento probado, como Nick Oferman (Parks and Recreations, 2009) y Alison Pill (En terapia, 2008) como los directivos de Devs, de los que si por esta serie fuera diríamos que son intérpretes muy limitados.

Una vez entrados en materia, las pocas maneras a las que apuntaba el estereotipado entramado de historias se viene abajo rápido, a partir del cuarto episodio damos tumbos sin rumbo, y si Garland apuntaba bajo, en adelante acaba quedándose por completo sin ideas, rellena como puede un par de capítulos enteros para poder acabar con ocho, y se estrella a lo grande en un final para el que por suerte ya llegaba sin expectación ni esperanzas de ningún tipo.

Lo de que en Devs se está cociendo algo muy gordo no tarda en intuirse como un artificio manipulador sin nada detrás. Resulta que en un cubículo estrafalario donde curran cuatro mataos está el destino del mundo. Con una máquina hecha de tubitos de cobre, tan ridícula como la de Dark, se redefinirá el conocimiento humano del universo en un proyecto con repercusiones científicas, sociales y tecnológicas increíbles. Y de todo lo que se podría tratar, de la infinidad de análisis antropológicos, filosóficos y científicos que se podían hacer, sólo se habla de que el pobrecito jefe sufre una pérdida de seres queridos, lo que lleva a un improvisado e infantil ensayo sobre determinismo y libre albedrío… y, lo peor de todo, con unos ramalazos religiosos vulgares y esperpénticos. Para ser pretencioso al menos debes mostrar inteligencia tras la verborrea, así que sólo encontramos sensacionalismo y paridas, vaguedades y embustes. Como en Perdidos, se eluden las respuestas con más preguntas y desvíos de atención. Como en Mr. Robot, meten momentos chocantes por la fuerza para intentar provocar, como innecesarias peleas a tortas y muertes sangrientas, y otros numeritos visuales mal encajados.

En el final el despiporre es ya demencial: rompe las propias reglas establecidas, como para intentar provocar un shock por sorpresa, pero da igual, por arte de magia (aquí ciencia ninguna) acaba todo como se veía venir muy de lejos (si es que hasta detalles secundarios, como el mendigo, resultan obvios desde el segundo o tercer capítulo).

La línea de misterio con indagaciones de la protagonista nunca da sensación de peligro. Cómo va a darlo, si puede estar encerrada en un sitio de gran seguridad y salir andando por la ventana, si el matón sólo mata a personajes que el guionista considera que ya no son útiles y deja convenientemente al resto con vida… y al final Garland incluso logra superarse con una escena de las de enmarcar entre las más estúpidas del año: la protagonista llega a ir a casa de los asesinos que la persiguen a pedir explicaciones de por qué lo hacen… y estos se las dan.

En la puesta en escena Garland también intenta apuntar alto con pretensiones más que con visión y conocimiento. El ambiente hipnótico de Ex Machina y Aniquilación se generaba por el buen nivel del acabado visual y porque la necesaria unión con la historia funcionaba. Es decir, el estado de ánimo de los personajes se reforzada por las imágenes y estas eran coherentes con lo narrado además de hermosas. Aquí da igual lo que pase, todo se rueda con la misma iluminación naranja, la cámara andando lentamente de acá para allá en un ballet que lejos de resultar hipónico como dicen se hace cargarte ya desde el primer episodio. Sólo nos salimos de la tónica para tratar de epatar los sentidos con enredos absurdos: las lámparas del bosque, las columnas de oro (¿qué gilipollez es esta?) y el sobrecargado interior del edificio no impresionan, y menos sin en cada capítulo los enfoca veinte veces como diciendo “mira qué maravilla”. La música también sigue la estela de Mr. Robot, rarita sin venir a cuento. Los efectos especiales no dan la talla, el edificio de Devs y la estatua gigante cantan demasiado, y los coches (¿¡por qué hacen los coches por ordenador!?) parecen sacados de un videojuego de hace años. El escaso presupuesto también se nota en los escenarios y decorados, que son cuatro mal contados; se dejaron todo el dinero en el interior de Devs, con mucho enredo pero poco sentido.

Alex Garland ha patinado a lo grande en su paso a la televisión, cayéndose del pedestal en que lo teníamos los amantes de la ciencia-ficción. Estaba claro que era una adoración precipitada, pero desde luego apuntaba maneras y no se esperaba que cayera tan bajo repentinamente. Devs es una pérdida de tiempo total, de esas que te dejan cabreado por haberte dejado engañar.

EL ÚLTIMO REINO (THE LAST KINGDOM) – TEMPORADA 4

Netflix | 2020
Aventuras, drama, histórico | 10 ep. de 55 min.
Productores ejecutivos: Nigel Marchant, Gareth Neame.
Intérpretes: Alexander Dreymon, David Dawson, Eliza Butterworth, Millie Brady, Emily Cox, Ruby Hartley, Finn Elliot, Mark Rowley, Arnas Fedaravicius, James Northcote, Ewan Mitchell, Adrian Bouchet, Jeppe Beck Laursen, Toby Regbo, Timothy Innes, Cavan Clerkin, Adrian Schiller, Magnus Bruun, Amelia Clarkson, Jamie Blackley, Stefanie Martini, Eysteinn Sigurðarson, Dorian Lough, Richard Dillane.
Valoración:

Alerta de spoilers: Sólo presento las tramas principales. —

Después de la magnífica tercera temporada de El último reino, esta nueva etapa parece un postre ligero, una extensión casi innecesaria. No creo que sea casualidad que el bajón llegue con la ausencia del principal productor ejecutivo y guionista, Stephen Butchard. No encuentro información que explique su partida, al no ser una serie de gran popularidad no ha trascendido la noticia. Pero sí, ha desaparecido por completo de los créditos, han entrado nuevos escritores y el siguiente productor, Nigel Marchant, ha pasado a primer plano, tanto en los créditos como de cara a las entrevistas promocionales.

Es cierto que a estas alturas se han encontrado con problemas intrínsecos a la serie. El estilo narrativo se empieza a hacer repetitivo (intrigas políticas que atrapan a Uthred y sus amigos) y el relevo de reyes obliga a una especie de reinicio en las historias principales. Pero también tenían las armas para evitarlos, y no parece que ni lo intenten. La maduración de la serie era patente también, cada vez contamos con más frentes abiertos, más personajes y maquinaciones políticas más elaboradas, pero en vez de seguir aportando nuevas capas incomprensiblemente han dado varios pasos atrás, reduciendo el número de aventuras secundarias y simplificando las principales.

El joven sajón criado como danés siempre ha estado más metido de lo que debiera en los líos de la corte. Una cosa es que las decisiones políticas afecten a su vida como mercenario y aventurero independiente, otra que en cada confrontación se piense en él para los planes, se tome en cuenta su opinión y estuviera incluso al frente de batallas. Hasta ahora los guionistas conseguían evitar que chirriase demasiado, siempre quedaba como lo que es, un don nadie del que se aprovechan, y la historia conjunta se movía por los designios de los nobles. Pero en esta etapa entra demasiado de lleno en la corte, se mueve casi todo a su son de forma directa o indirecta, cual Tito Pullo en Roma (Bruno Heller, William J. MacDonald, John Milius, 2005), rozando las incongruencias no sólo históricas, sino de coherencia dentro de la misma propia obra. Que un pagano sin sangre noble sea elegido rey de Mercia por encima de la sangre real y de condes con poder es ridículo. Pero además, era previsible el apaño que harían los guionistas para que Aethelflaed tomara pronto el puesto, así que es inevitable pensar que semajante salida de tono está totalmente injustificada.

El grupo de amigos y los cambiantes enemigos han mantenido el tipo y se han ido renovando muy bien. Los veteranos tan carismáticos como Finan, Osferth y Sihtric se amplían con el cada vez mayor protagonismo de Pyrlig y la reaparición de los hijos de Uthred como adolescentes, Stiorra (Ruby Hartley) y Uthred (Finn Elliot). Pero las relaciones con los viejos colegas están muy apagadas y las que se presentan con los nuevos son algo tontorronas y predecibles, típicos dramas de padres e hijos. Tampoco las rivalidades con Cnut y Haesten ofrecen algo novedoso, y por el otro lado, el conde de Bebbanburg vuelve a tener una aparición fugaz que no deja huella y la historia de recuperar su hogar queda como siempre en suspenso.

Antes se justificaban bien las pasiones de Uthred, el encaprichamiento con damas y causas varias, y sus conflictos internos llegaban con intensidad, ahora me está empezando a parecer desdibujado, sin que estén sus movimientos y decisiones plenamente justificados. Sus aventuras se limitan a carreras de un lado para otro para arreglar entuertos generados por los nobles, de forma que según vayan tomando forma los planes de uno u otro sabremos justo cuándo intervendrán Uthred y su banda. Así pues, sus historias no emocionan como antaño, no tenemos vivencias variadas, son todas más o menos iguales, y no hay sensación de incertidumbre y peligro. Algunas situaciones de suspense son tan forzadas que se las podrían haber ahorrado, como cuando los dejan a morir colgados de un árbol.

La única novedad es que el breve acercamiento a su meta soñada, reconquistar Bebbanburg, deja secuelas en su personalidad: el fatal resultado del ataque lo vuelve más prudente, tiene en cuenta las dificultades y peligros en que mete a sus seres queridos y amigos… pero no termina de aportar nada llamativo, si acaso lo único que hace es postergar decisiones: sabemos que aunque dude acabará metido en todo fregado. Es decir, el único amago con hacer que el personaje siga creciendo se ve frenado por las limitaciones de las tramas.

Con cada vez más presencia, la parte política había alcanzado un nivel excelente, digno de Los Tudor (Michael Hirst, 2007) y Juego de tronos (David Benioff, D. B. Weiss, 2011). Las tretas entre nobles para medrar en la corte, los roces entre reinos, los daneses entrando cada dos por tres en tierras sajonas deshaciendo cualquier plan… Era de suponer que seguiríamos con todos estos frentes apasionantes abiertos… pero el relato se ralentiza y acaba dando vueltas en círculos.

Seguimos los primeros pasos en el reinado de Edward tras la larga sombra de Alfred, quien desde Wessex tratará de unir los reinos circundantes como soñó su padre, los problemas de Aethelflaed en Mercia, con un marido, Aethelred, ambicioso pero más engreído que inteligente, y las incursiones de turno de los nórdicos, lideradas por Cnut y Haesten, con Brida como amante del primero.

Edward está bien interpretado por Timothy Innes, quien muestra adecuadamente la inexperiencia del joven rey y los intentos por encontrar su valía entre tanta víbora. Su consejero principal, Aethelhelm, y su madre Aelswith tienen formas muy distinta de ver las cosas, y tratan de ganarse su oído con palabras muy medidas. Adrian Schiller y Eliza Butterworth vuelven a estar estupendos. Y el destino de Aethelflaed se presenta interesante en una historia que descrita en palabras parece muy típica (una joven con coraje pero ninguneada en un mundo de hombres) pero empieza bastante bien, y Millie Brady cada vez convence más.

Pero los problemas narrativos también se vislumbran pronto y van creciendo. El romance de Uthred con Aethelflaed es poco verosímil en todos los sentidos: que ocurra, que nadie se entere, y en cuanto a química, pues no se transmite en ningún momento la supuesta pasión. Alexander Dreymon sigue siendo el eslabón más débil del reparto. En la corte de Wintanceaster funcionan los esfuerzos personales, pero no las intrigas tras ellos, que son muy facilonas. Que si entrar en la nueva campaña bélica o no, que si la madre ve peligrar su posición… hay poca sustancia real y un destino muy previsible. En Mercia y la campaña de Aethelred tampoco encontramos nada apasionante. Los dos nuevos personajes en su corte, los hermanos pelotas Eadith y Eardwulf, son roles muy arquetípicos, el trepa cobarde al que no le queda otra que seguir adelante para que las secuelas de sus artimañas no lo alcancen, y la más moralista, que empieza a tener dudas y remordimientos. Ella se redime un poco al ir cambiando, pero él está todo el rato urdiendo planes rastreros, donde aunque haya muertos de por medio parecen de nivel de peleas y celos de instituto. Tampoco ayudan los dos endebles intérpretes, Jamie Blackley y Stefanie Martini; en ella además se da un caso extraño: a pesar del estupendo maquillaje y peluquería de la serie, siempre parece demasiado limpia, con cejas depiladas y una peluca o tinte que canta mucho.

La conflagración de todos los frentes en una esperada batalla no hace remontar la temporada, sino todo lo contrario. No tenemos los acostumbrados giros que tuerzan las cosas cada dos por tres y lleven a situaciones impredecibles y nuevos e inesperados retos. Todo se va desarrollando paso por paso, y además con cada vez mayor lentitud. Las rivalidades y ambiciones de los nobles, las obsesiones del joven Edward, la pareja Uthred y Aethelflaed dando bandazos por medio, y los cansinos hermanos conspiradores repiten las mismas escenas durante un puñado de capítulos, llegando a resultar casi desesperante. Y la parte de Brida con los galeses queda demasiado descolgada y tampoco logra despertar mucho interés.

En las dos temporadas anteriores, cuando la serie encontró un mayor equilibrio, aparte de que las secciones de Uthred y la corte eran bastante más interesantes y moviditas, teníamos historias secundarias apasionantes y que reflejaban bien otros aspectos de la época, de forma que cuando había que hacer una pausa en las líneas principales estas tomaban protagonismo, impidiendo alargar tramas indebidamente y que apareciera el aburrimiento. La pena es que tenían a tiro dos historias que negligentemente dejan de lado. Una es una presentación más adecuada de Sigtryggr, el nuevo danés que pondrá en jaque a los reinos sajones durante unos años. Aparece de la nada, cuando podrían haberlo introducido poco a poco, si no en su reinado en Irlanda, sí deteniéndose más para presentar de dónde viene, sus nuevas motivaciones y objetivos. En vez de eso aparece siempre con un halo de “sé lo que hago, tengo planes” poco convincente, lo que empeora por la floja interpretación de Eysteinn Sigurðarson. La otra oportunidad perdida es la de ver a lady Aethelflaed afianzando su posición ante los otros nobles y en acción para asegurar sus fronteras. Después de tres temporadas siguiendo su arco personal y político es difícil perdonar que al llegar a la cumbre se deje de lado y sólo se mencione su destino por boca de otros personajes. La única sección paralela que tenemos es la de Brida en Wales, pero ni apasiona ni resulta una buena introducción de otros reinos que presumiblemente entrarán en juego pronto.

No sé si ha faltado dinero o coraje para abordar estas historias, pero cabe pensar las dos cosas, pues aparte de la falta de garra y profundidad en el guion da la sensación de que ha habido menos presupuesto, porque las batallas y los asedios importantes se representan por unas breves escaramuzas, cuando veníamos viendo escenas cada vez más espectaculares.

En vez de seguir creciendo, El último reino ha vuelto al nivel de la primera temporada, un buen entretenimiento y una obra histórica bastante recomendable, pero algo desequilibrada y predecible y que desaprovecha un potencial mayor, uno que ya estaba explotando en todo su esplendor. Esperemos que sea un bache temporal.

Ver también:
Temporada 1 (2015)
Temporada 2 (2017)
Temporada 3 (2018)
-> Temporada 4 (2020)

EL ÚLTIMO REINO (THE LAST KINGDOM) – TEMPORADA 3

Netflix | 2018
Aventuras, drama, histórico | 10 ep. de 55 min.
Productores ejecutivos: Stephen Butchard, Nigel Marchant, Gareth Neame, David O’Donoghue.
Intérpretes: Alexander Dreymon, David Dawson, Ian Hart, Eliza Butterworth, Millie Brady, Emily Cox, Mark Rowley, Arnas Fedaravicius, Harry McEntire, James Northcote, Ewan Mitchell, Adrian Bouchet, Jeppe Beck Laursen, Toby Regbo, Timothy Innes, Cavan Clerkin, Adrian Schiller, Eva Birthistle, Tobias Santelman, Julia Bache-Wiig, Magnus Bruun, Thea Sofie Loch Næss, Ola Rapace.
Valoración:

El mundo de El último reino sigue ganando en complejidad, abriendo el horizonte, dando cada vez más relevancia y alcance a las intrigas políticas, poniendo más facciones e intereses en liza. Y no por ello se descuidan las aventuras de Uthred y sus amigos.

Sin duda chirría un poco que este don nadie como Uthred esté tan metido en la corte, se tomen decisiones pensando en su valía como mercenario y como líder en batallas, pero por ahora los autores (tanto Stephen Butchard al frente de la adaptación como supongo que Bernard Cornwell en las novelas) juegan bien con esta pequeña fantasía introducida en una obra histórica muy fiel. No traspasan las líneas hacia la incongruencia, Uthred es lo que es, un peón del que se aprovechan los nobles. Y eso lo exprimen bien, sus lealtades son puestas a prueba y sus planes personales alterados constantemente por los designios de otros, dando mucho juego a su de por sí ajetreada vida.

Este año ocurre de todo y todo se hilvana muy bien. Numerosos frentes danzan a la par, de forma que siempre hay acción y tensión: no sé sabe cómo saldrá airoso Uthred, cómo y cuándo estallará la guerra política y si se transformará en guerra civil, cuándo las incursiones danesas darán un vuelco inesperado… Los cada vez más numerosos y atractivos protagonistas se mueven cada uno por su terreno como pueden, sobreviviendo, intrigando, traicionando…

La salud de Alfred se debilita. Se cree que tendría una dolencia crónica, como la enfermedad de Crohn, porque tuvo problemas gastrointestinales durante media vida. Pero su resolución no se ve afectada, sigue trabajando por su sueño de una Inglaterra unida que evite guerras constantes entre los reinos locales y se defienda mejor contra las interminables invasiones danesas. Sin embargo, las dudas sobre su salud tienen a todos tensos, y empiezan a mover ficha para posicionarse antes de su fallecimiento.

¿Está el joven heredero Edward preparado para el trono? Alfred quiere dejarlo en buenas manos, pero con tantos intereses personales y políticos cruzados no logra afianzar su posición y educación. El rey de Mercia, Aethelred, se encuentra en un lugar privilegiado tras el matrimonio con la hija de Alfred, Aethelflaed, pero su debilidades como político frenan su potencial. Sus frustraciones las paga con ella, quien debe encontrar formas de defenderse y fortalecerse como persona. El apoyo inesperado en Uthred resulta crucial.

El sobrino destronado de Alfred, Aethelwold, encuentra en esta situación nuevas ganas por vivir, una meta que lo centra, una ambición que lo empuja a sobreponerse a su cobardía: ganarse adeptos para recuperar el trono. Sus juegos a dos bandas y sus grandes traiciones son espectaculares. Pero en la corte también tienen gran presencia la esposa del rey, Aelswith, que siempre se esfuerza por ser tenida en cuenta, la omnipresente religión, con varios representantes, como Beocca y Pyrlig, y algunos nobles, destacando al anciano Aethelhelm, que demuestra gran experiencia y prudencia.

Los daneses destacados en esta nueva ola de incursiones son Haesten, Sigurd Pelo Sangriento, y Cnut. Los enfrentamientos entre ellos lejos de facilitar el trabajo a Alfred traen más desconcierto y problemas, sobre todo porque Haesten es inteligente y maneja a su antojo a los sajones con alianzas engañosas.

Uthred y su peculiar banda están más en peligro que nunca. La relación con Alfred se tensa y afloja según los acontecimientos, aumentando las ya existentes dudas en su posición entre los sajones. Pasan por infinidad de etapas, de fidelidad bien recompensada, de confrontación que deja sus futuros en vilo, de enfrentamiento directo que los llevan fuera de la ley, lo que podrían empujar a Uthred a aliarse de nuevo con los daneses, con su hermano adoptivo Ragnar y su amiga Brida. Osferth, Sihtric y Finan son perros fieles que lo seguirán a donde vayan, pero Hild y Beocca no pueden arriesgar tanto. Aun así, la tormenta alcanzará a este último de formas inesperadas.

La combinación entre las aventuras de Uthred y la parte política es muy equilibrada, se alimentan la una a la otra de forma que no hay huecos, todo avanza siempre con paso firme y ritmo trepidante, y sobre todo, con incertidumbre y sorpresas en cantidad, de un episodio a otro cambia todo el tablero de formas imprevistas. Los personajes han crecido un montón, su dibujo y desarrollo es magnífico. El carisma de algunos (Finan) es arrollador, la simpatía de otros (Beocca) encantadora, pero no hay ningún eslabón débil, todos aportan unas vivencias propias atractivas y algo relevante al conjunto.

El reparto es bastante sólido, destacando de nuevo los papelones de David Dawson y Eliza Butterworth como Alfred y Aelswith, lo cómodo que se encuentran Adrian Schiller (Aethelhelm) e Ian Hart (Beocca), la magnética personalidad de varios secundarios (Mark Rowley como Finan, Cavan Clerkin como Pyrlig), y la selección de actores nórdicos para los vikingos. Sólo Alexander Dreymon como Uthred se mantiene bastante por debajo, pero tiene simpatía suficiente como para que no rompa la conexión.

En cuanto a fidelidad histórica, sigue siendo una de las mejores series que he visto. Mantiene la cronología de los hechos importantes sin alteraciones gratuitas que canten a la vista. Tampoco he hecho un análisis a fondo, pero de lo que conozco de la época y los vikingos no me rechina nada, no como en la más famosa Vikingos (Michael Hirst, 2013), donde mezclan eventos y figuras históricas sin ton ni son. Pero donde más destaca es de nuevo en el cuidado al detalle. Las formas de ser de la gente, los estratos sociales y también el vestuario son muy realistas. Me han encantado algunas vivencias secundarias propias de aquellos tiempos muy bien insertadas entre las grandes intrigas, como el miedo que infiere la bruja Skade y los conflictos de integración entre daneses y sajones que vemos a través de Beocca y Thyra. Respecto a las novelas en que se basan, Sajones, vikingos y normandos (The Saxon Stories) de Cornwell, según veo comentado sí parece que se va distanciando cada vez más.

Sin duda no tiene un presupuesto de superproducción que permita decorados de lujo, recreaciones de ciudades muy elaboradas y grandes batallas, pero la ambientación a pie de calle es perfecta y como digo muy fiel a la realidad, cada vez tenemos más localizaciones en decorados y exteriores, y las escaramuzas y batallas son cada vez más épicas. Sin duda podría haber resultado mejor con una dirección, fotografía y música de mayor nivel, pero cumple sin fallas notorias en un género difícil.

La maduración de El último reino ha llegado a su punto álgido, dando una temporada redonda, espectacular, donde toda historia personal engancha y el todo resulta tan equilibrado como absorbente. Que la floja Vikingos tenga tanto éxito mientras esta pasa tan desapercibida es algo incomprensible. Y dije el primer año que tenía la impresión de que muchos espectadores llegaron esperando encontrar otro Juego de tronos (David Benioff, D. B. Weiss, 2011) y al ser una de aventuras sencillas podrían acabar decepcionados, pero ahora no tiene nada que envidiarle. Ya sólo falta que no patine como aquella…

Ver también:
Temporada 1 (2015)
Temporada 2 (2017)
-> Temporada 3 (2018)
Temporada 4 (2020)

HOMELAND – TEMPORADA 8 Y FINAL

Showtime | 2020
Drama, suspense, acción | 12 ep. de 50-66 min.
Productores ejecutivos: Alex Gansa, Howard Gordon, Lesli Linka Glatter, Claire Danes, varios.
Intérpretes: Claire Danes, Mandy Patinkin, Linus Roache, Costa Ronin, Maury Starling, Nimrat Kaur, Sam Trammell, Cliff Chamberlain, Andrea Deck, Numan Acar, Mohammad Bakri, Hugh Dancy, Elham Ehsas, Beau Bridges, Tim Guinee, Sitara Attaie.
Valoración:

Alerta de spoilers: Sólo presento la trama principal, sin datos reveladores de ningún tipo.–

Se va a echar bastante de menos a Homeland. El thriller de espionaje serio es un género que escasea desde el año 2000 en cine y televisión. Acción y más acción es casi lo único que hay, y los pocos títulos que podamos encontrar no tienen la complejidad y calidad de esta serie. Aun contando con algunos fallos que han ido arrastrando (siempre dejaban algún fleco suelto, había momentos un tanto forzados -sobre todo en los dramas familiares-, y podían haber sacado más de los secundarios), sus autores Howard Gordon y Alex Gansa han sido muy valientes en cuanto a temática, tocando temas de espionaje y terrorismo de actualidad y con una fuerte carga crítica (sobre todo contra los desmanes bélicos y políticos de Estados Unidos), y se han mantenido muy inspirados durante ocho estupendas temporadas.

Cierto es que los tres primeros años resultaron bastante irregulares, con tramos espléndidos y bajones notorios. Algunos de los protagonistas, el soldado Nicholas Brody y su familia, fueron quemados en la espectacular segunda etapa, algo que pesó bastante en la tercera, un tanto improvisada y caótica. Pero se arriesgaron a seguir sin ellos y a buscar nuevas historias y escenarios, y la serie ganó en equilibrio y en variedad. Y también en tranquilidad, pues por razones que todavía no comprendo, enganchó a un amplio y ruidoso grupo de fanáticos que no aguantaba ninguna queja sobre las carencias en la sección familiar (cuánto dramón cansino aguantamos con la hija) y luego pusieron un grito en el cielo cuando nos libramos de esas carencias, como si fuera una traición personal en vez de un esfuerzo por mejorar. Por suerte, parece que en el cambio de la tercera a cuarta temporadas se esfumaron a molestar a alguna otra serie.

Durante ese primer arco vimos las consecuencias dentro de los propios Estados Unidos de las guerras que mantienen en Oriente Medio con fines más políticos que de atajar realmente el terrorismo islámico, donde incluso cuando intentan tratarlo fallan estrepitosamente. Las familias rotas, los soldados traumatizados, la desafección hacia la clase política, la infiltración terrorista dentro de sus fronteras…

En la cuarta etapa terminaron de exprimir el tema trasladándonos a Afganistán y Paquistán para enfrentar directamente el nacimiento del terrorismo islámico y las meteduras de pata de EE.UU. en esos países. En la quinta saltamos a otro ángulo, abordando el conflicto desde Europa. La actualidad estuvo más presente que nunca, con ecos del caso Edward Snowden, el atentado contra la revisa Charlie Hebdo, la inmigración hacia la Unión Europea… Y la parte de espionaje empezó a acercarse a Rusia y la guerra fría constante entre ese país y Europa y Estados Unidos. La llegada de Donald Trump inquietó al mundo, y con su vena crítica, los guionistas no pudieron evitar hablar del tema, desarrollando otro arco largo, que abarcó las temporadas seis y siete, donde analizan a fondo qué podría pasar si la injerencia rusa y un candidato a la presidencia un tanto extremista agitara el avispero de corrupción e intrigas ocultas en el gobierno, la CIA, el ejército, los medios… No dejaron títere con cabeza en un relato de tintes espeluznantes por su verosimilitud.

Parecía que esta gran historia de vuelta en casa serviría para finalizar la serie por todo lo alto, pero la renovaron por una octava temporada. Habiendo pasado por todas las perspectivas posibles, no cabía imaginarse qué podrían abordar para el tramo final, pero era difícil no pensar en que lo habitual en estos casos es intentar causar impresión forzando tramas y giros sensacionalistas. El retraso en la escritura y el rodaje nos dejó un año sin serie, teniendo que esperar al siguiente, lo que aumentó los nervios, al pensar que no tenían claro qué hacían y estaban improvisando, y la expectación por verla de una vez.

El estreno ha terminado con las dudas y temores. No se la juegan con algo nuevo en plan ricemos el rizo, pero tampoco tiran de lo mismo de siempre. Es una mezcla de todo lo anterior, es decir, combinando la historia política y personal previa y la experiencia adquirida por los escritores tenemos una historia más global que nunca. El polvorín que es Paquistán vuelve a agitarse con la política local, la intromisión de Estados Unidos, la pugna entre los que miran hacia adelante y buscan puntos en común y los sectores más conservadores que quieren imponer su visión; y para aderezarlo todo, los intereses rusos añaden más problemas. En todo ello Carrie Mathison y Saul Berenson y en menor medida Max Piotrowski enfrentan nuevos y difíciles dilemas, incluyendo la lealtad hacia agencias y gobiernos tan corruptos.

Tenemos como siempre una trama muy compleja desgranada con paciencia, de forma que los primeros capítulos parecen lentos y dispersos, pero cuando todo cuaja se presenta un panorama fascinante. Además, esta vez empezamos con un extra de suspense al quedar en entredicho la posición de Carrie tras las vivencias recientes con los rusos.

El plan de paz de Saul es polémico pero prometedor, sobre todo porque parece llegar en buenas circunstancias. El terrorista más buscado del mundo, Hassain Haqqani (Numan Acar), parece harto de la guerra, y entre Saul, el decidido presidente de EE.UU., Warner (Beau Bridges), su fiel consejero David Wellington (Linus Roache), y la tregua de Haqqani podrían empujar a Paquistán y EE.UU. y por extensión al mundo hacia el buen camino. Incluso la directora del ISI (la agencia de inteligencia paquistaní), Tasneem Qureishi (Nimrat Kaur), parece estar dispuesta a oír las condiciones de gente de la que tan poco se fía.

Pero la nueva sangre no muestra tanta experiencia y madurez y se aferra a lo único que conoce, la guerra y el miedo como medios para gobernar y sobresalir. El hijo de Haqqani (Elham Ehsas) y los vicepresidentes de ambos países, Haynes (Sam Trammell) y G’ulom (Mohammad Bakri), y sus asesores (destacando a un inmenso Hugh Dancy), siguen empeñados en el conflicto bélico como única solución posible. Y en tierra de nadie queda Yevgeny Gromov (Costa Ronin), el contacto ruso de Carrie cuya afiliación y planes son un misterio.

Como es habitual también, una vez asentado todo, los guionistas lo hacen saltar por los aires llegando al cuarto y quinto episodios, y nos embarcamos entonces en una intriga de política, espionaje y terrorismo impredecible y fascinante, llena de bandos, intereses e intenciones ocultas y problemas de todo tipo. Resulta la temporada más volátil y difícil de ver venir desde la segunda, cada pocos capítulos la situación cambia de formas inesperadas a peor y se pone cada vez más al límite a los protagonistas, llegando estos a estar ante dilemas laborales y personales que te mantienen en un nivel de tensión que te hará sudar y apretar los dientes.

Pero esto sigue siendo Homeland, y se mantienen los problemas de siempre también. Los personajes secundarios son irregulares, con algunos nuevos que apenas logran despertar el interés y otros veteranos desaprovechados. Max tiene sus momentos, pero está metido un poco por la fuerza en todo. Me sigue cayendo muy bien, pero no logra dejar huella este año. El jefe de la delegación de la CIA en Paquistán, Mike Dunne (Cliff Chamberlain), resulta demasiado tontito para ese cargo, y da la impresión de que deja su trabajo para incordiar a Carrie más veces de la cuenta. La agente novata Jenna Bragg (Andrea Deck) prometía más, tanto en su adaptación al trabajo como en la relación con Carrie, y si bien es bastante simpática, no llega ofrecer una trayectoria que atrape y sorprenda. Peor parada sale Samira (Sitara Attaie), la mujer paquistaní que perdió un marido y piensan que puede ayudar: en cada aparición esperas que aporte algo, pero no lleva a nada; no sé si con el drama que enfrenta querían mostrar la vida en la zona, pero es algo muy previsible y no llegar a tener relevancia, se olvida y no vuelve a mencionarse.

Otro de los fallos recurrentes es que los guionistas se esmeran en que la amplia visión global resulte verosímil pero a veces descuidan el detalle, de forma que algunas soluciones de escenas secundarias o de transición no resultan creíbles, dejando unos cuantos instantes desperdigados aquí y allá que te hacen torcer un poco el gesto; por poner el ejemplo más destacable, que Carrie se presente con un camión conducido por un árabe en plena base militar estadounidense y se pasee por los hangares sin que haya pasado por ningún control es de un ridículo asombroso.

Tras ocho temporadas de serie, con historias tan apasionantes y llenas de sorpresas memorables, era bien complicado conservar el nivel en el final, cerrar todo adecuadamente y mantener la capacidad de sorprender sin parecer que tiran de artificios para tratar de complacer con facilidad las ansias del espectador. Y lo consiguen, unen cada línea con dedicación, sin miedo a pararse a asentar nuevos ángulos esenciales en los últimos capítulos. Pero además lo rematan todo con un epílogo fantástico que te deja con una grata sonrisa de satisfacción.

Ver también:
Temporada 1 (2011)
Temporada 2 (2012)
Temporada 3 (2013)
Temporada 4 (2014)
Temporada 5 (2015)
Temporada 6 (2017)
Temporada 7 (2018)
-> Temporada 8 y final (2020)

BETTER CALL SAUL – TEMPORADA 5


AMC | 2020
Drama, suspense | 10 ep. de 45-59 min.
Productores ejecutivos: Vince Gilligan, Peter Gould.
Intérpretes: Bob Odenkirk, Rhea Seehorn, Jonathan Banks, Michael Mando, Giancarlo Esposito, Patrick Fabian, Tony Dalton, Mark Margolis, Kerry Condon.
Valoración:

Alerta de spoilers: Sólo presento la situación inicial de cada personaje.–

Con el nacimiento de Saul Goodman desde las cenizas de Jimmy McGill y a falta de solo una temporada más para acabar, Better Call Saul debería haber pegado un subidón, haber empezado a andar con paso firme hacia adelante, dejando atrás el miedo, la timidez y otros lastres innecesarios, pero sigue atascada en los mismos problemas de las etapas anteriores. Las vueltas en círculos para ralentizar la progresión y tener otro año más y las dos secciones tan diferenciadas y mal unidas nos dejan otra vez con la miel en los labios.

Sí, sin duda Vince Gilligan, Peter Gould y colaboradores son muy inteligentes y metódicos, capaces de exprimir la psicología de los protagonistas principales, mantener bastante alto el interés con poco (el cuidado al detalle es muy destacable), y construir puntos álgidos emocionales o de acción con una paciencia y habilidad pasmosas. Pero también está claro que se equivocaron con el concepto de la serie, con algunas elecciones iniciales, y no han sabido arreglarlo conforme ha pasado el tiempo.

En la primera temporada pensaba lo contrario. Creía que la experiencia adquirida con Breaking Bad (Gilligan, 2008), una obra muy experimental, les habría permitido conocer los límites de la narrativa y aquí irían con mayor seguridad en lo que hacían, a lo que se sumaba que el destino de Jimmy McGill es conocido, con lo que tendrían el rumbo bien determinado. Es decir, la serie madre resultaba muy irregular debido a tanta improvisación, y parecía que aquí iban a manejar mejor la contención, a hallar un mayor equilibrio. Pero ya la segunda etapa empezaba a mostrar claramente una parte de acomodamiento y otra de no tener los objetivos claros, y conforme pasaba el tiempo se ha ido imponiendo el miedo a cambiar de aires, a arriesgarse a dejar la zona de confort e ir más allá.

Y en una serie que precisamente habla sobre ello, es imperdonable. La historia de Jimmy y su alter ego Saul Goodman es la de romper con el sistema, con lo establecido, con su vida, y lanzarse al mundo que el que siempre ha jugado, el del caradura, el los pequeños rodeos bordeando la ilegalidad… el del crimen. Hemos estado esperándolo cuatro años, con amagos varios y a veces también bucles cansinos, y cuando llegan, las mejoras se ven empañadas por el poco riesgo en la progresión y la acentuación de los fallos.

La aceptación de su destino aporta al personaje y a su fantástica relación con Kim Wexler más matices y nuevas experiencias muy atractivas, dejando bien patente el mimo y la dedicación de los guionistas, directores y actores. En cada suspiro y mirada entendemos qué piensan, qué ocultan, qué pretenden. Tras cada decisión, traspiés y victoria ha habido una progresión muy cuidada. De nuevo brilla ese amor por el detalle, por cosas en apariencia mundanas que sirven como detonante de grandes avances. Por ejemplo, ha sido muy efectivo que Jimmy quiera guardar su apreciado termo del café que lo ha acompañado en su tormentoso viaje laboral… y que Kim lo encuentre por casualidad y vea el agujero de bala que destapa sus últimas mentiras. Aunque hay que señalar que también tiene algún fallo notorio en este aspecto: el helado engullido por hormigas como símil de la corrupción es irrisorio.

Para redondear estos fascinantes roles, Bob Odenkirk vuelve a estar estupendo en un personaje con muchísimos matices y cambios emocionales, y Rhea Seehorn, que ya apuntaba muy buenas maneras, tiene cada vez más espacio para deslumbrar con un torrente interpretativo admirable, capaz de pasar de lo enérgico a lo sutil en solo parpadeo.

Pero después del buen trabajo hecho con la psicología de los protagonistas, los autores desaprovechan su enorme potencial con historias muy previsibles y guiadas. Prácticamente todo se ve venir en cuanto se presenta, tanto en los problemas personales y laborales como en la entrada en el mundo del crimen. De esta forma, se echan muchísimo de menos los giros a lo Breaking Bad que hacían saltar en pedazos cualquier cosa que dieras por hecho. La relación con Lalo, lo que más instantes inesperados podría traer, se queda en lo más facilón, sabes cuándo acabarán uno en la órbita del otro, qué conflictos habrá, cuándo Jimmy sufrirá consecuencias, e incluso supuestos momentos álgidos, como presentarse en su casa, no sólo se intuyen, sino que te imaginas mucho antes cómo se desarrollarán.

En ocasiones, la excelente puesta en escena, con el pulso templado de la dirección y la deslumbrante fotografía, salvan muy bien los trastes, como en la espectacular odisea por el desierto. Otras veces, no hay manera de levantar el poco contenido: los dos últimos capítulos son insípidos y decepcionantes, no hay incertidumbre ni tensión alguna.

A ello hay que sumar que Saul y Kim forman parte de una serie, y por el otro lado tenemos otra muy distinta: las aburridas e intrascendentes disputas entre los líderes de los cárteles.

La obsesión por depender tanto de Breaking Bad ha sido otro error del que siguen sin ser conscientes. Había tanto que contar en los juegos con la ilegalidad de Jimmy, que volver la vista atrás para contar nimiedades de una historia ya cerrada en aquella serie es a todas luces una decisión fallida, agravada notablemente por la falta de novedades y valentía. Lalo Salamanca puede ser carismático gracias al papel de Tony Dalton, pero su historia está tan vista, es tan previsible, que acaba siendo una verdadera molestia. En cada aparición esperaba que fuera la última y pasáramos a otra cosa. Pero al final daría igual también, porque el resto es ver a Gus Fring serio, críptico e inquietante hacer cosas que ya conocemos de sobras.

Porque no hay más. Sólo ellos y otro par de capos representan el entramado de los cárteles, restándoles bastante credibilidad. Ya Breaking Bad metió bastante la pata cuando se embarcó en este camino de poner jefazos cada vez más poderosos, cual videojuego, dejando de bastante lado la credibilidad. ¿Dónde están los capitanes y tenientes, los mensajeros, los asesinos? Lalo, Fring y los Salamanca siempre están sólos sobre un entramado criminal fantasma, y resuelven todo con llamadas: aparece un contacto, un equipo de matones o de mercenarios bien equipados o lo que sea, y les soluciona el trabajo o no según requiera la trama, mientras ellos no hacen mucho más allá de poner caras de villano de dibujos animados. Conflictos internos momentáneos como la estúpida escena de las freidoras sucias llegan tarde y mal. Si no hay novedades, al menos que hubiera solidez y verosimilitud.

El único consuelo era que Nacho Varga y Mike Ehrmantraut iban aportando un poco más de emoción y variedad, una historia más humana y tangible. Pero también ha ido quedando claro a lo largo de estos cinco años que son relleno, que no tienen para ellos una historia bien planificada, y que la unión con Saul es anecdótica, como para recordar que estamos en el mismo universo. Ha habido tramos bien hilados que daban más interés a su presencia, como la construcción del laboratorio de droga, pero una vez superadas sus secuelas, en esta etapa no encontramos nada llamativo.

Mike está completamente estacando, con capítulos que hubieran tenido algo de sentido en el primer o segundo año, pero ahora parecen pura morralla. Los recesos en que queda en pausa total para hacer tiempo hasta que puedan volver a acercarlo a Saul son vergonzosos: la historia de la herida curada en aislamiento y el drama recordando a su hijo son ideas tan trilladas y llenas de clichés que parecen escritas por otros guionistas y empalmadas por la fuerza.

Nacho va peor encaminado. Al menos con Mike tenemos una personalidad bien definida, unos intereses personales y laborales claros. Nacho está metido en todo sin que sepamos todavía, a estas alturas de serie, qué lo mueve, qué quiere del mundo. El drama con el padre también está demasiado visto, la impostada tensión al quedar entre Lalo y Fring no va a ninguna parte, la rivalidad entre estos se acrecienta u olvida como si fuera una riña entre niños.

No olvidemos tampoco la obsesión por incluir tanto referencias veladas como homenajes claros a Breaking Bad, tiempo perdido para quienes esperamos que vaya al grano y siga su propio camino pero que parece hacer las delicias de los fanáticos que dan más valor a encontrar un guiño oculto a su obra endiosada que una buena historia propia. En este año tenemos la aparición estelar de Hank y su compañero, otro enlace tan gratuito y forzado que rompe el ritmo de mala manera. Y Lydia pasaba por aquí para decir “Holiiiii” y ya está.

Para colmo, el arco de Saul y Kim acaba en el octavo episodio. Apenas tocan un poco las consecuencias y el inicio de la nueva etapa en los dos siguientes con micro escenas que diluyen negligentemente su impacto dramático. Resulta que los autores estiman oportuno dejarlos en segundo plano y darle relevancia a una artificial subtrama de intriga y acción con los cárteles. Por mucho tiroteo que metan, no pueden disimilar la falta de interés que despierta esa sección y lo mal que le sienta a la temporada acabar con una distracción tan descarada.

Así, la tímida mejora en equilibrio y sensación de dirección del cuarto año se vuelve a disipar, y pesa más que nunca porque es un paso atrás justo cuando parecía mirar hacia adelante por fin.

PD: Robert Forster falleció en octubre, con lo que no llegó a ver sus escenas en El Camino y el primer episodio de esta temporada.

Ver también:
Temporada 1 (2015)
Temporada 2 (2016)
Temporada 3 (2017)
Temporada 4 (2018)
-> Temporada 5 (2020)