DOWNTON ABBEY – UNA NUEVA ERA

Estrenada en cines | 2022
Drama | 1 ep. de 124 min.
Guion: Julian Fellowes.
Dirección: Simon Curtis.
Intérpretes: Hugh Bonneville, Laura Carmichel, Brendan Coyle, Michelle Dockery, Joanne Froggatt, Robb James-Collier, Elizabeth McGovern, Maggie Smith, Allen Leech, Jim Carter, Phyllis Logan, Sophie McShera, Lesley Nicol, Penelope Wilton, Douglas Reith,. Kevin Doyle, Harry Hadden-Paton, Raquel Cassidy, Michael Fox, Imelda Staunton, Tuppence Middleton, Dominic West, Laura Haddock, Hugh Dancy, Nathalie Baye, Jonathan Zaccaï.
Valoración:

Alerta de spoilers: Presento las historias principales pero no revelo nada importante.–

Con el rotundo éxito de la primera película estrenada en cines de la popular serie Downton Abbey estaba claro que veríamos más entregas. Eso sí, esta tiene mucho sabor a final definitivo, así que no sé si harán más.

Una nueva era es un título que parece anunciar por fin grandes cambios sociopolíticos, algo que se tenía mucho en cuenta en las historias en las primeras temporadas pero luego se fue dejando de lado, según la visión conservadora de su autor, Julian Fellowes, y su enamoramiento con los personajes se iban imponiendo. Pero la realidad es que pocos cambios hay, y la mayor parte resultan anecdóticos o ajenos a la mansión y sus habitantes.

El motor o macguffin en esta ocasión es bastante más apasionante y fluye mejor en verosimilitud (con algunos peros pequeños) y conexión con los personajes que la exagerada visita de los reyes del anterior capítulo. Un equipo de rodaje de Hollywood con actores famosos solicita utilizar Downton Abbey como localización en algunas escenas, y la familia acepta porque pagan bien y cada vez les cuesta más hacer dinero sin dar el callo.

Hugh Dancy (Hannibal, 2013) como el director, y Laura Haddock (Transformers: El último caballero, 2017) y Dominic West (The Wire, 2002) como los intérpretes, llegan para revolucionar la dinámica de la hacienda, mostrando tanto a nobles como al servicio visos de los nuevos tiempos, de otras formas de vida, y de la realidad del cine y los famosos. La producción choca con el repentino e inesperado nacimiento del cine sonoro, que deja a quien no se adapte en la estacada, pero en un par de requiebros bastante rebuscados pero graciosos algunos habitantes de la mansión terminan colaborando e incluso logrando que la producción salga adelante.

En el proceso han aprendido mucho sobre sí mismos y otros valores. La entrega de Lady Mary por abrir frentes y probar cosas para sacar adelante la hacienda sigue asentando su posición como relevo al frente de la familia, y su entereza y responsabilidad también se ven cuando enfrenta las dudas sobre su matrimonio. Daisy y Andy por un lado y Mrs. Patmore con el granjero por otro afianzan sus situaciones amorosas con intrigas tragicómicas sencillas pero entrañables. Mr. Molesley pone a prueba su educación y talento al meter las narices en el rodaje, lo que le abre puertas inesperadas.

Vuelve a haber algunos personajes esenciales muy dejados de lado. Si bien acepto que no hay tiempo para todo, se echa de menos a Mrs. Hughes y los Bates. Pero el único punto débil destacable es Thomas Barrow de nuevo. El mayordomo estirado y homosexual reprimido ve nuevas posibilidades de abrirse y tener más libertad gracias a la conexión que establece con el actor y la promesa de una nueva vida; sin embargo, como viene siendo habitual, Fellowes no se atreve a entrar de lleno en el asunto, apenas ofrece unas sutilezas que quedan lejos de ser suficientes para dar un cierre como merece el personaje: ¿dónde está la pasión y el romance que sí le permite a las relaciones de otros? Así que de nuevo cabe preguntarse por qué le dio por navegar por senderos que luego ha querido evitar.

La odisea de la producción cinematográfica ha sido una buena trama por sí sola y una idea muy buena para agitar Downton Abbey, para, como es habitual, ofrecer infinidad de historias cruzadas de personajes encantadores y actores muy compenetrados. Contando solamente esa parte, habría resultado un episodio más entretenido y mejor hilado que el anterior. El problema es que hay otra historia paralela que supone un lastre importante, que desequilibra bastante el conjunto.

A la condesa Violet le cae encima una inesperada herencia, una mansión en la costa francesa. Aquí entramos en uno de los momentos más culebronescos de la serie: que si la abuela tuvo una aventura, que si se pone en duda la pureza del nombre de la familia, y encima paralelamente se juega con una forzada intriga sobre una posible enfermedad de Cora. Pero tras el sensacionalismo de la premisa no hay nada que despierte mucho interés, Fellowes lo narra todo con una desgana bastante decepcionante. En la parte de la herencia, los personajes son muy, muy, muy lentos deduciendo cosas, así que todo llega con cuentagotas, con requiebros cansinos; y cuando por fin deducen el asunto no muestran ninguna emoción concreta, no se genera ninguna controversia, sólo el cabeza de familia tiene alguna tribulación, y nada llamativo. En la de la enfermedad, los indicios y secretos son muy forzados y tramposos, y la supuesta tragedia en ciernes resulta más cargante que tensa. Para el desenlace, como ha hecho el autor en otros líos semejantes, barre todo debajo de la alfombra, aquí no ha pasado nada, ni siquiera quedan lecturas, consecuencias ni cambios de ningún tipo.

Si al menos esta sección moviera a los personajes implicados, pero me temo que todos se ven embargados por la desidia. Llega a parecer una excusa para sacar a los que sobraban de la mansión a la hora del tema del rodaje. Los Branson no hacen nada de nada, él ya dejó cualquier atisbo de inquietante rojo revolucionario y es un pijo estirado más, aplaudiendo que les vaya a tocar una casa en la playa; su esposa es un florero, desperdiciando a la siempre deliciosa Tuppence Middleton; Lady Edith tiene un par de diálogos de relleno para recordarnos que es periodista, pero nada útil para aportar algo a su personalidad, y menos aporta su marido. Maud Magshaw (Imelda Staunton) no sé qué pinta aquí, es un remanente de la anterior película; apenas algunas gracias con Carson sobre el contraste entre lugares tienen algo de sustancia, pero no mucha. Es que ni siquiera se ha esforzado en dotar de vida a los franceses que protagonizan el conflicto, los Montmirail (Nathalie Baye y Jonathan Zaccaï).

Danzando por las dos tramas están Violet e Isobel, pero desde que su enemistad eterna quedó apaciguada la relación perdió mucho fuelle. Al menos, los chistes sobre el choque entre ancianos y jóvenes son divertidos. El problema es cuando nos centramos en Violet, en una historia esperada desde hace tiempo, y Fellowes arrastra esa falta de energía, ahogando un momento muy relevante del personaje, de toda la serie, en la indiferencia, en un mero trámite a cumplir, cuando tenía que emocionar y conmover con intensidad.

No falla otro de los sellos de la serie, el acabado impecable. Los productores siempre han buscado un ritmo más que ágil trepidante y a la vez una imagen preciosista, algo nada fácil dado el ingente número de personajes en acción y los cambios de escenario constante. Sus numerosos directores y directores de fotografía han salido siempre airosos con un acabado deslumbrante, y los aquí seleccionados mantienen el tipo. Difícil cansarse de los grandes angulares por las estancias de la mansión, de los planos generales de los jardines, del juego de protagonistas danzando por las habitaciones, banquetes y veladas con una precisión y a la vez sensación naturalidad hipnóticas… Lo único que acusa desgaste es la banda sonora, también deliciosa por lo general, pero John Lunn lleva tiempo acomodado, por no decir estancado, y no encandila como antes.

Ver también:
Temporada 1 (2010)
Temporada 2 (2011)
Temporada 3 (2012)
Temporada 4 (2013)
Temporada 5 (2014)
Temporada 6 y final (2015)
La película (2019)
-> Una nueva era (2022)

BETTER CALL SAUL – TEMPORADA 6, PARTE 1


AMC | 2022
Drama, suspense | 7 ep. de 44-61 min.
Productores ejecutivos: Vince Gilligan, Peter Gould.
Intérpretes: Bob Odenkirk, Rhea Seehorn, Jonathan Banks, Michael Mando, Giancarlo Esposito, Patrick Fabian, Tony Dalton, Mark Margolis, Ray Campbell, Javier Grajeda, Ed Begley.
Valoración:

Alerta de spoilers: Entro bastante a fondo.–

Poco puedo añadir que no haya dicho ya en las temporadas anteriores, porque Better Call Saul lleva seis años dando vueltas en círculos. Vueltas muy cuidadas y bastante emocionantes, pero sin progresar ni ofrecer sorpresas. Los autores, Vince Gilligan y Peter Gould, son inteligentes y meticulosos a la hora de cuidar los personajes, los escenarios, el detalle, las transiciones…, pero a la vez el conjunto se siente vacío, casi sin contenido, sin avances tangibles en las vidas de los protagonistas y las tramas en que se ven envueltos.

Dije en temporadas anteriores que se estaban atascando en las mismas historias de abogados una y otra vez, cuando podían dedicar algún tiempo a navegar por los timos de Jimmy McGill, aportando así alguna aventura nueva mientras postergan la evolución del personaje. Pero no se les ha ocurrido hacerlo hasta ahora, en el momento en que deberían encarar el arco final. Hemos llegado al punto de inflexión de la serie, de las vidas de Jimmy y Kim Wexler, del choque entre cárteles de la droga… y nos vamos a un intrascendental receso de siete episodios. Como ocurrió con Breaking Bad, los productores han estirado la temporada final para emitirla en dos partes y tener así más audiencias, y los autores, que ya venían con problemas para mantener la premisa, no dan la talla.

El estancamiento de los protagonistas venía siendo grave, pero aquí se ha convertido incluso en un retroceso. Por fin habíamos visto el nacimiento de Saul Goodman, Kim había cobrado tanta presencia y con una personalidad tan magnética que se hizo indispensable. Pero nos vamos a una rebuscada broma contra su antiguo empleador, Howard Hamlin. ¿De dónde sale esa inquina a Howard, sobre todo cuando ya han salido de su órbita? Saul está viendo prosperar su negocio en los márgenes de la ley, ha asumido que un trabajo normal no es para él, y Kim se encuentra a gusto ayudando a gente indefensa en vez quemando su energía por ser una abogada corporativa. Pero cada dos por tres dejan sus quehaceres, traicionan unas vidas en las que después de tantos tormentos se sienten felices y realizados para liarse a hacer gamberradas propias de tiempos pasados. Es decir, toda la temporada gira alrededor de un argumento que no está mínimamente justificado, así que están completamente fuera de lugar en la trayectoria de los protagonistas.

Con los cárteles de la droga, si ya de por sí era una sección demasiado ajena a la Better Call Saul, un anexo poco trascendente sobre cosas ya cerradas en Breaking Bad, cuando estamos llegando a momentos clave cada vez se entiende menos lo que ocurre y menos interesante resulta.

Nacho llega al final de su viaje sin que haya aportado algo que parezca útil en el entramado. Al menos, desde que terminó de cobrar protagonismo ha sido bastante simpático, y su odisea de supervivencia es intrigante. Pero su desenlace deja ese vacío, ese pensamiento de «Y todo esto, ¿para qué?». En dirección contraria ha ido Mike Ehrmantraut, un secundario que al ganar presencia en la serie madre terminó llegando a ser un rol fascinante, un asesino a sueldo capaz y frío cuando debe serlo, pero también un ser humano cercano y fiel a los suyos. Por ello resulta chocante como ha quedado tan infrautilizado. Dos breves y predecibles disputas con sus colegas de profesión (con Gus sobre el destino de Nacho y con Tyrus -el otro asesino- sobre cómo hacer las cosas) es todo lo que da de sí en esta etapa. La llamada telefónica a su hijastra y su nieta no hace sino recalcar el error en el planteamiento: cuando más vínculos familiares había forjado, lo lanzan en la otra dirección sin trabajarse unas razones concretas.

De Gus Fring y demás roles absurdos y anodinos de los cárteles ya lo he dicho todo también: desde el comienzo de la serie quedó claro que no tenía sentido abordar historias ya terminadas, y más sin trabajarse una trama que esté bien conectada al tema de los abogados y se sienta trascendental y viva. Todas las rivalidades y escenas de supuesta tensión son tan triviales y repetitivas que ni el esmero en el detalle y la forma consigue otorgarles atractivo suficiente como para permitir recordar cada situación y escenario una vez pasamos a los siguientes.

Es más, conforme se agota la poca inspiración que había, ha ido llegando la brocha gorda y los agujeros de guion, tanto en el otrora cuidado al detalle (que en una serie supuestamente seria y de primera división aparezcan los silenciadores mágicos de las pistolas propios del cine de acción cutre…), como en el esfuerzo por la construcción metódica de escenarios y giros: la batalla con que acabó la temporada anterior fue puro humo, y sus consecuencias dan lugar a un caos de situaciones sin pies ni cabeza. A estas alturas no sé qué motiva a Gus y los Salamanca, qué rencilla arcaica los tiene siempre buscándose las cosquillas, por qué se suceden la mitad de sus encuentros y algunos acaban bien y otros en desavenencias, por qué desarrollan tal o cual plan…

Lalo Salamanca es el culmen de este sindiós, un tipo supuestamente temible que parece una parodia del género de los cárteles mejicanos, un rol que sin duda incluyeron en la etapa anterior porque veían que ya no les quedaba carnaza que dar al espectador. Ni siquiera se pararon a establecer de dónde viene y cuáles son sus motivaciones, entró directamente como un villano secundario que mate el tiempo hasta la confrontación final. Deja momentos de auténtica vergüenza ajena, como eso de que pase de estar medio muerto y desamparado en el desierto a estar viajando no sé con qué recursos a Alemania porque no sé cómo ha encontrado una vaga pista que no sé por qué deduce que es un punto débil por donde atacar a Gus, uno forzadísimo por los guionistas para consolidar a última hora la conexión con Breaking Bad.

Acabamos la temporada con el pretendido pero en realidad muy previsible golpe de efecto en que Lalo vuelve a la vida de Saul y Kim, donde para rematar, ya queda del todo patente que los enredos con Howard Hamlin han sido tiempo perdido que barrer bajo la alfombra.

En la puesta en escena también se echa en falta la valentía de antaño. La fotografía y el tempo que imponen los directores es de alta calidad, pero no se ve esa pasión por ir más allá, por darle una vuelta de tuerca tanto a las escenas más importantes, para que resulten asombrosas, como a otras en apariencia irrelevantes, para que puedan destacar. En concreto, las introducciones y transiciones tan características son cada vez más autoimpuestas y fallidas.

Donde no hay pegas de nuevo es en la labor de los actores. Bob Odenkirk quedó consagrado ya en la primera temporada y su implicación no se ha visto mermada con los vaivenes del rol. Rhea Seehorn mostraba maneras, y deslumbró cuando el protagonismo creciente se lo permitió. Y los secundarios mantienen el tipo, destacando a un brillante Patrick Fabian en los momentos más bajos de Howard.

Better Call Saul encara su final con la fórmula cada vez más agotada, y si bien queda todavía el suficiente buen hacer como para que resulten un entretenimiento agradable y con bastante personalidad, el desgaste se hace tan evidente que hay bastantes tramos y episodios que se hacen largos. Queda claro que esta mitad de temporada es una extensión innecesaria, y esperemos que para el final se estén guardando algo bueno.

Ver también:
Breaking Bad (2008)
Temporada 1 (2015)
Temporada 2 (2016)
Temporada 3 (2017)
Temporada 4 (2018)
Temporada 5 (2020)
-> Temporada 6, parte 1 (2022)
Temporada 6, parte 2 y final (2022)

TOKYO VICE – TEMPORADA 1

HBO Max | 2022
Suspense | 8 ep. de 54-64 min.
Productores ejecutivos: J. T. Rogers, Michael Mann, Destin Daniel Cretton, Alan Poul, Kayo Washio, John Lesher, Josef Kubota Wladyka.
Intérpretes: Ansel Elgort, Ken Watanabe, Shô Kasamatsu, Rachel Keller, Rinko Kikuchi, Hideaki Itô, Shun Sugata, Ayumi Tanida, Takaki Uda, Kôsuke Tanaka, Nobushige Suematsu, Ella Rumpf.
Valoración:

Jake Adelstein, nacido en Missouri, EE.UU., en 1969, se mudó a Japón con 19 años y estudió literatura japonesa en la universidad Sophia, una de las privadas más importantes del país. En 1993 consiguió ser contratado en uno de los periódicos de mayor tirada, el Yomiuri Shimbun, donde trabajó durante 12 años. No sólo fue el primer periodista no japonés en entrar en un puesto tan codiciado, sino que además se especializó en la yakuza. Tras ese periodo se volvió a Estados Unidos, donde siguió investigando las implicaciones internacionales de la yakuza para el Departamento de Estado y publicó dos libros sobre sus experiencias. Uno de ellos, Tokyo Vice: Un periodista estadounidense en la policía japonesa (2009), estuvo a punto de ser una película protagonizada por Daniel Radcliffe en 2013, pero terminó en suspenso hasta que decidieron seguir adelante como serie de televisión.

Tokyo Vice se gestó en el seno de HBO Max con J. T. Rogers, Destin Daniel Cretton y Michael Mann como principales productores ejecutivos en una larga lista, y cada uno de ellos lleva un aspecto clave. Rogers, con una larga y respetada carrera como guionista en teatro y saltando de medio con la cinta que adapta una de sus obras, Oslo (2021), es el principal escritor; Daniel Cretton (Shang-Chi, 2021) es el artífice del aspecto visual, aunque al final delegó en varios directores, destacando Michael Mann (El último mohicano -1992-, Heat -1995-), quien no olvidemos que lleva colaborando en series desde Corrupción en Miami (1984).

Me alegro de que haya acabado como serie, porque recuerdo el caso de La sombra del poder (Paul Abbott, David Yates, 2003), una de las mejores miniseries que he visto, con una historia sobre periodismo y corrupción en las altas esferas de la ley y la política intrincada y fascinante, que acabó injustamente resumida en un básico thriller de acción en se conversión al cine en 2009 (Tony Gilroy, Kevin Macdonald). En el formato largo hay más tiempo para entrar a fondo en las complejidades de la novela, en la cultura e historia que trata.

En su primer acto va asentando muy bien a los personajes principales, cuidando con esmero el entorno y generando intriga por las historias presentadas. La idiosincrasia de la vida en Japón queda muy bien retratada. El idioma, la comida, el trabajo, las gentes y barrios por donde nos movemos se sienten muy vívidos y cohesionados con el relato, es decir, la materialización de estos aspectos culturales no tira de farragosos recesos expositivos que perjudiquen al ritmo, sino que llegan de forma natural conforme vamos introduciéndonos en los protagonistas y sus vivencias.

El ambicioso Jake Adelstein (Ansel Elgort, dado a conocer en la saga Divergente -2014-) está obsesionado con Japón y la Yakuza, y se mata a estudiar para enfrentar retos que ningún extranjero se ha planteado: conseguir trabajo en un gran periódico, codearse con la policía, infiltrarse en el crimen organizado… Y a pesar de las trabas culturales, idiomáticas y otras extra (el racismo imperante en el país), su tesón, inteligencia, carisma y valentía lo van acercando a su meta. Sin embargo, no tardamos en vez que no es un ser perfecto: la razón principal de su estancia en Japón es evitar enfrentar los problemas que arrastra con su familia en Missouri.

En el cuerpo policía, Hiroto Katagiri (el gran Ken Watanabe) es un oficial incorruptible, pero también conocedor de los huecos grises del ley y los pactos secretos con la yakuza que mantienen la paz. Jake y él harán equipo para desentrañar los crímenes con los que se topan. Sato (Shô Kasamatsu) ha crecido en el seno de la yakuza, y debe ir ascendiendo entre toda la violencia e intrigas o acabará humillado, o peor, ejecutado. Su falta de apego a este mundo le permite acercarse a Adelstein, con quien empieza a hacer buenas migas. Samantha (Rachel Keller, dada a conocer en la segunda de Fargo), es una de las chica de compañía que trabaja en el club favorito de Sato y otros criminales. Es otra extranjera que acaba enamorada del país, pero atada a un trabajo que la acerca a demasiados peligros. ¿Conseguirá salir de ahí?

Hay unos pocos secundarios que terminan de redondear una visión del periodismo, la policía, el hampa y los clubes muy completa y que muestra distintas perspectivas. En el periódico tenemos una fauna desde simpática (los compañeros de promoción) a incómoda (los jefes conservadores), pero destaca la inmediata superiora, la coreana Eimi (Rinko Kikuchi), en el típico puesto medio indispensable pero volátil: congenia con Jake, pero cualquier paso en falso con los superiores acabaría con el despido de ambos. En la policía, Jin Miyamoto (Hideaki Itô) representa al jeta que se aprovecha de la corrupción metiendo mano en todos los trapicheos. En la yakuza, tenemos a los inquietantes capos, el estricto Tozawa (Ayumi Tanida) y el más abierto Ishida (Shun Sugata). En los clubs, otras chicas desgraciadas, como la rusa Polina (Ella Rumpf), la fauna local, como el aprovechado de Akira (Tomohisa Yamashita), etc.

Todos los actores están muy bien, destacando la sorpresa de Ansel Elgort, quien me pareció encorsetado en papeles de soso o rarito, como en la sobrevalorada Baby Driver (2017), y Rachel Keller, que en Fargo no dejó huella alguna. Los dos están estupendos a la hora de reflejar su coraje y dejar entrever sus conflictos internos. Un aplauso también por la difícil tarea de aprender suficiente japonés como para no desentonar entre actores oriundos. Aquí no memorizan diálogos sin más, como se ha visto de forma tan cutre en muchas otras series: recuerdo el infame castellano de Catalina en Los Tudor o el de Gus Fring en Better Call Saul

Y esto lo enlazo con el sinsentido del doblaje: la mitad de la serie es en inglés, la otra mitad en japonés. ¿Qué lógica tiene doblar a castellano uno de ellos, y por qué uno y no otro?

El acabado es bueno, con un pulso firme en la dirección y una buena fotografía, y un presupuesto holgado que permite muchas localizaciones por las calles y locales de Tokyo, de manera que la ciudad luce de maravilla. Pero cabe señalar que del trabajo de Michael Mann en el primer episodio a los siguientes directores se nota una diferencia estilística y de calidad llamativa. Es como si no intentaran seguir el tono marcado por él, sea porque está a un nivel inalcanzable o porque la pandemia paralizó el rodaje al poco de empezar y cuando se resumió tuvieron que ir con prisas porque perdían dinero con el retraso. De ser la primera posibilidad, sería una cagada estilística importante, así que apuesto por la segunda.

Con buena letra y buen ritmo, personajes muy atractivos y la apasionante descripción de Japón, Tokyo Vice empieza fuerte. Se puede decir que resulta es una serie como fuera de su tiempo. Hace veinte o treinta años habría causado más impacto, en la onda de la citada La sombra del poder, pero hoy en día, sin novedades visuales y argumentales, no resulta nada original y por lo tanto tiene difícil hacerse un hueco entre el rico y valiente panorama actual. Pero como siempre digo, algo sencillo y clásico puede tener su valor si se hace bien. Y la consideraría una buena recomendación para amantes e los thrillers de los años setenta a noventa… si no fuera porque en su segunda mitad se desinfla rápido.

Donde antes había suspense en las intrigas, pasión por estas historias sobre Japón, y una férrea conexión con los personajes, conforme avanza va apareciendo desgana, desapego e incluso momentos chocantes. En vez de ser los autores conscientes de ello y tratar de arreglarlo, la escritura se va descuidando, recurriendo a la brocha gorda y el efectismo, cayendo en escenarios poco trabajados, soluciones muy dirigidas y sin garra, o incluso con pérdida importante de credibilidad. Hay alguna escena, como la del inteligente Katagiri yendo al almacén a pesar de que es obvio que es una trampa, que rozan la vergüenza ajena.

Tokyo Vice parecía apuntar bastante alto, pero este bajón de calidad te deja un poco descolocado y frustrado. Sólo cabe desear que tomen nota de ello para las siguientes temporadas.

STAR TREK: PICARD – TEMPORADA 2

Paramount+ | 2022
Ciencia-ficción, suspense, aventuras, drama
10 ep. de 39-56 min.
Productores ejecutivos: Alex Kurtzman, Akiva Goldsman, Kirsten Beyer, Michael Chabon.
Intérpretes: Patrick Stewart, Alison Pill, Santiago Cabrera, Michelle Hurd, Jery Ryan, Isa Briones, Brent Spinner, Orla Brady, Whoopi Goldberg, John de Lancie, Penelope Mitchell, Evan Evagora, Sol Rodriguez, Steve Gutierrez, Ito Aghayere, James Callis, Madeline Wise.
Valoración:

Alerta de spoilers: Describo bastante a fondo las tramas.–

ASESINANDO LA SAGA A CONCIENCIA

Está claro que en esta nueva versión de la saga de Star Trek avalada por algún directivo de Paramount ambicioso pero con pocas luces y algunos de los peores guionistas de nuestros tiempos, Alex Kurtzman y Akiva Goldsman, pasan completamente de corregir errores, van ciegos hacia adelante repitiendo el mismo patrón temporada tras temporada. Cuatro de Discovery en caída libre y dos de Picard, más otra anunciada, no son suficientes para que vean todo lo que está haciendo mal, todavía se lanzan a más series que tienen todas las de seguir el mismo patrón: la recién estrenada Extraños nuevos mundos y otras que mantienen en espera, como Sección 31. No entiendo cómo pueden funcionarles los datos de audiencia, porque la imagen está por los suelos: todo el mundo las pone a parir, y los trekkies están escandalizados por el continuado insulto a tan admirada saga. Está claro que siguen intentando tirar de un nombre popular para afianzar el lanzamiento de su canal de streaming (CBS All Access, ahora llamado Paramount+) y se aferran de alguna forma a la incomprensible buena valoración que se llevan en las críticas de medios, que puntúan mejor conforme la temporada es más vapuleada por los espectadores. No me sorprendería que hubieran regalado suscripciones a diestro y siniestro entre los críticos…

La primera temporada de Picard se podía salvar por los pelos haciendo la vista gorda a sus carencias y abrazando el factor nostalgia, pero en esta entran de lleno en esta fatídica dinámica, en la narrativa de brocha gorda con premisas absurdas (otra vez el universo a punto de ser destruido), personajes definidos con cuatro trazos mal dados (unos aburridos, otros irritantes), tramas improvisadas y con nulo calado intelectual y ético, y acabado de pena a pesar del abultado presupuesto. Sigue sin recordar mínimamente al espíritu de Star Trek, pero si la considerásemos una serie de ciencia-ficción de acción y suspense independiente tampoco tiene personalidad, calidad y sustancia suficientes como para salvarla del suspenso estrepitoso.

LOS MISMAS POBRES Y CAÓTICAS PREMISAS

La premisa es la misma amenaza vaga de siempre en todas las obras de Alex Kurtzman: la inminente destrucción del mundo conocido. Este tipo no es capaz de concebir otra situación que ponga en movimiento a los personajes. Y esta vez además la ambienta en los dos peores escenarios recurrentes que ha dado la saga, y de los que ya venían abusado demasiado en Discovery: tenemos otra versión del universo paralelo de los terranos y nos embarcamos en los cansinos viajes temporales.

Tras estos marcos de acción, Kurtzman y sus secuaces (Akiva Goldsman, Michael Chabon, Kirsten Beyer) improvisan distintas historias que no llegan a cobrar interés, ni tan siquiera forma, y que en conjunto no combinan en un todo de mayor trascendencia. Cada dos o tres capítulos el objetivo cambia y los personajes corretean hacia una nueva dirección teniendo aventuras dispares. Empezamos con la llegada de la anomalía destructora y los borg, que dejan a la Federación y la galaxia al borde de la aniquilación. Pero en un habitual requiebro de tecnojerga todo queda en suspenso mientras los personajes son lanzados a un universo paralelo. O sea, que ha sido una excusa para intentar generar sensación de peligro y premura y lanzar a la acción a los protagonistas.

Ahora tienen que escapar de un malvado imperio donde Picard es un general genocida. Como indicaba, es la misma parida de los terranos: un pretexto para mostrar el lado malo de la Federación y poder hacer un reset al final que no deje secuelas en el mundo real. Estos son los capítulos mejor valorados del año, y aunque a mí ya me parecían puro humo, desde luego son más amenos y cohesionados que todo el sinsentido que viene después.

A partir del tercero tienen que resolver por qué en su huida han acabado en el pasado (Los Ángeles, 2024), qué pinta el enigmático Q en todo ello y cómo hacer que colabore la reina Borg con la que han escapado, que puede ser la única baza para saltar entre univeros y tiempos. El misterio y su solución parecen recaer en un personaje nuevo: la astronauta Renée Picard (Penelope Mitchell), antepasada de los Picard, de la que nos dicen que su existencia y un viaje espacial en el que participa se supone que es un momento clave que si no sucede daría pie al tamible Imperio. Pero es tan anodina e incomprensible como el resto del reparto: ¿cómo esta cría inestable ha pasado las pruebas para el puesto? Y este lío tarda bien poco en quedar relegado cuando pasa a primer plano otra línea de misterio metido con calzador, y su desenlace es tan flojo (qué triste el clímax con los drones) que al rato ya no recuerdas qué ha pasado y qué supuestas secuelas deja.

La nueva línea estaba latente, y si de primeras se sentía fuera de lugar, tampoco logra adquirir sentido cuando nos centramos en ella. Es tan artificial, chapucera y con un desenlace tan lamentable como las anteriores. Un científico loco, Adam Soong, interfiere en los planes de los protagonistas con aviesas intenciones. El tipo toca todos los palos de la maldad de cine y series cutres: hace clones que desecha de mala manera, vive en una guarida llena de tecnología, acepta cualquier plan maquiavélico que le cae encima (Q, la reina borg), pone muecas varias y tiene arrebatos violentos…

No termina de quedar claro qué ha aportado cada una de estas historias a los protagonistas, de qué se supone que querían hablarnos, qué contribuyen a la trama global, y qué subtexto se buscaba. Lo único que tienen en común son incontables momentos de vergüenza ajena: diálogos sonrojantes, retos ridículos, conflictos dramáticos sobre expuestos y sin garra, escenarios cada cual más forzado o chapucero…

Si la temporada venía apuntando bajo, el tramo final es espantoso. Las tropas que atacan la mansión Picard disparando en formación de círculo por capas, es decir, que deberían matarse a sí mismos, pero por suerte son de esos enemigos que no atinan una, esos túneles que salen de la nada, los melodramáticos flashbacks de Picard dosificados hasta la extenuación, el villano de dibujos animados para críos, los surrealistas giros finales con los borg…

PERSONAJES VACÍOS Y MALEABLES

Todo ello está protagonizado por los personajes huecos y cambiantes propios de estos guionistas, que ya venían siendo bastante justitos en la primera temporada y aquí se acercan más al esperpéntico repertorio con el que nos torturan en Discovery. Son meras comparsas de las improvisadas historias, apenas consiguen asentar una característica concreta en ellos, y esta puede cambiar si así lo necesitan. Lo único que se puede rescatar de algunos es lo que poco que logren aportar sus actores.

Se amaga con desarrollar un proceso de humanización en Picard. El oficial ejemplar con un gran sentido del deber y la moral pero pocas aptitudes sociales enfrenta en la vejez heridas del pasado que no ha tenido la valentía de abordar: una familia rota, maltrato, secretos oscuros. Cabe destacar que fue el propio Patrick Stewart quien sugirió estas ideas, basándose en su propia infancia. Pero pronto se ve todo supeditado a los vaivenes de la trama, se siente como un elemento ajeno al personaje, puesto sobre él por la fuerza. Cada mínimo avance se debe únicamente al momento de tensión o revelación que necesiten los autores en su caótica escritura. Es verdaderamente decepcionante el tratamiento que hacen los autores de la soledad, los traumas familiares, los pasos no dados por cobardía… Todos estos temas se quedan en nada, en burdos trucos dramáticos y de suspense con los que sazonar la estulta premisa de correr por distintos escenarios para salvar el universo. Así que Picard es un ente vacío: Stewart deambula de acá para allá sin coherencia emocional y narrativa alguna, soltando diálogos lastimeros mientras apenas puede mantenerse en pie por su avanzada edad. La redención del mítico capitán Picard llega tarde y muy mal.

Con Q pasa lo mismo: parece buscarse un personaje más cercano que nunca, con un viaje que lo redima, pero termina siendo un macguffin de baratillo. No he llegado a entender por qué se supone que se está muriendo, ni cómo pretende buscar redención, ni por qué unas veces tiene poderes y otras no, ni por qué se mete en el lío con los antepasados de Data y Picard… El talento de John de Lancie apenas salva al rol de la irrelevancia total.

Los secundarios ya conocidos siguen en la misma tónica: aburridos peleles que sueltan mucha cháchara vacía y tienen diversas vivencias que no aportan nada concreto a sus formas de ser, y los pocos amagos con ir hacia alguna parte son pronto desechados según las necesidades de los nuevos escenarios. La doctora Agnes Jurati, cuyo único rasgo de personalidad es el viejo cliché de ser inteligente y antisocial, tiene un amago con poner a prueba su lado oscuro y dilemas básicos del bien y del mal cuando se enfrenta a la reina Borg, pero nada, se desecha todo en pos de una sucesión de escenas cómicas, de acción y drama de lo más vulgares. La incursión en la fiesta acumula una serie de despropósitos alucinantes. En adelante, no queda nada que rascar, se ve completamente relegada a elemento de la trama. La actriz Alison Pill, la más competente del reparto, ni sabe qué hacer con semejante destroce de personaje.

La reina borg (Annie Wersching) es sugerente de primeras, pero otra vez desaprovechan por completo el potencial de esta espeluznante especie. Se limita a ser la tipa chunga, y en comunión con Jurati no termina de trascender hacia algo más, estando destinada a la tarea incordiar con cutres amenazas en la nave y poco más. El giro final donde forma otro colectivo y enlaza con esa supuesta destrucción del universo es penoso. Primero, porque rompe las normas de la saga, donde los viajes temporales rehacían las líneas temporales según los protagonistas producían cambios, y ahora repentinamente optan por los bucles cerrados. Este trae paradojas absurdas y agujeros de guion importantes: la nueva versión de la reina ya está ahí antes de que los personajes hayan viajado al pasado, y este nuevo colectivo benigno, ¿dónde ha estado estos cuatrocientos años, por qué no ha parado los pies a los otros borg, por qué no ha tratado antes con la Federación? El desenlace en sí es penoso, no tiene ni pies ni cabeza: la reina quiere colaborar con la Federación, y lo demuestra atacando. A pesar de la supuesta tensión máxima de la situación, todo se arregla con un par de diálogos tontos, y todos felices y a comer perdices.

En lo de desaprovechar a los borg está también Siete de Nueve. ¿Para qué la incluyen si no van a profundizar en su relación con ellos, en su conflicto interno? En toda la temporada solo tiene una escena en que se aborde el tema, pero es un sufrimiento casual y breve, se levanta, dice estar bien, y a seguir con sus aventuras. Estas las comparte con Rafi, uno de los personajes más planos y cansinos que he visto… y que por desgracia se ve superado aquí con su extraño amigo el elfo/romulano Elnor, que aporta lo mismo que en la primera temporada, sopor extremo. Rafi y Siete hacen de todo, pero no hacen nada. Se patean medio Los Ángeles en pos de esos objetivos aleatorios y cambiantes, con problemas y peligros improvisados, anecdóticos y sin emoción ni por lo general sentido. La química que hay entre Jery Ryan y Michelle Hurd, con un royo lésbico incipiente, no basta para salvar lo insulsas que resultan.

El capitán Ríos es bastante carismático gracias al actor Santiago Cabrera, pero es otro que da tumbos sin ton ni son. La odisea con los inmigrantes supongo que es el intento de meter drama con calado social propio de Star Trek, pero vaya desastre. La saga se caracterizaba por desarrollar desde una perspectiva de ciencia-ficción de gran imaginación incontables temas inteligentes y delicados que tuvieran reflejo en la actualidad. Aquí nos meten con calzador una historia mundana con una visión convencional, con cuatro golpes de efecto de acción y drama vulgares. El romance con la latina Teresa Ramírez (Sol Rodríguez) termina de hundir al personaje: qué cosa más cansina.

Si estos deambulan sin rumbo, no digamos ya los secundarios que mantienen para cumplir con los contratos de los actores o los homenajes a las series previas. Orla Brady era Laris, la asistente de Picard en el presente, con la que tiene una relación amorosa en tensión; pero en el pasado también aparece, no esperes que se explique por qué, convertida en una especie de observadora temporal. Adam Soong es la versión maligna de Data, más concretamente un antepasado de su creador Noonien Soong; los autores nos deleitan con un villano tan arquetípico, pueril y disparatado que resulta hilarante, y Brent Spinner, que en La nueva generación estuvo estupendo en Lore, el hermano perverso, aquí se encuentra con una imitación tan pasada de rosca que no sabe cómo abordarla, y no convence nada en el papel. La androide Soji de la primera temporada es ahora Kore, una clon creada por ese pirado; su historia de liberación pinta bien poco aquí, es un anexo incomprensible, y la interpretación de Isa Briones totalmente desganada. Guinam (tanto Whoopie Goldberg como, en una versión rejuvenecida, Ito Aghayere) es un torpe comodín de misterio: habla pero no dice nada ni aporta nada, cuando la original era intrigante pero se sabía perfectamente lo que decía, se entendía cómo te guiaba o aconsejaba sutilmente. Y rematamos todo con la aparición de Wesley Crusher (Wil Wheaton) convertido en viajero y observador temporal, pues en La nueva generación le dieron un final surrealista, y aquí en vez de seguir barriéndolo bajo la alfombra como se hacía hasta ahora deciden otorgarle un homenaje desibucado y sin garra.

ASPECTO VISUAL ESPERPÉNTICO

Otro problema incomprensible es que para las series de cabecera de Paramount Television Studios ofrecieran tantísimo dinero (8-10 millones de dólares por episodio) y estas tenga una puesta en escena tan pobre. La comparación de Picard y Discovery con otras del género como The Expanse (Mark Fergus y Hawk Ostby, 2015) y Raised by Wolves (Aaron Guzikowski, 2020) te deja alucinado por lo mal que han gestionado los recursos, las malas decisiones sobre el estilo, y el paupérrimo acabado visual.

Las labores de dirección, fotografía y montaje intentan seguir una línea artística innecesariamente sobrecargada, faltando así a la sobriedad y calidad que ha caracterizado siempre a la saga. Los efectos digitales son de mediocres, siempre disimulados en oscuridad y nieblas; ¡lucen mucho peor que los de Espacio Profundo Nueve, cuando empezaron a incluir el ordenador! Y los decorados fríos, inhóspitos, y llenos de luces y hologamas absurdos. Acabarás hartito de los planos inclinados y sin luz ni color pero muchos reflejos y brillos, del montaje caótico que no deja termina ni una frase a los personajes ni asentar sus emociones, de las escenas de acción con peleas y tiroteos penosos donde no se entiende nada, etc. Es una pena que Jonathan Frakes siga aceptando trabajar aquí.

Como resultado, Star Trek: Picard es una serie histriónica por fuera pero aburrida por dentro. Caótica, fallida y cargante hasta resultar un despropósito y un insulto descomunal a la saga y al espectador. Y según se anuncia, prácticamente todo el reparto de La nueva generación ha aceptado aparecer en la tercera temporada, rodándose ya antes de estrenar esta. ¿No han visto estas temporadas? ¿No son conscientes de que van a mancillar su propio legado?

Ver también:
Guía de episodios y películas
Temporada 1 (2020)
-> Temporada 2 (2022)

CABALLERO LUNA – MINISERIE

Moon Knight
Disney+ | 2022
Superhéroes, fantasía, aventuras | 6 ep. de 42-50 min.
Productores ejecutivos: Jeremy Slater, Doug Moench, Louis D’Esposito, Kevin Feige.
Intérpretes: Oscar Isaac, Ethan Hawke, F. Murray Abraham, May Calamawy.
Valoración:

Moon Knight o Caballero Luna fue creado por el escritor Doug Moench y por el dibujante Don Perlin en 1975. Aunque llegó a tener su propia tirada de cómics, nunca ha pasado de ser un personaje muy secundario, casi olvidado, hasta que lo han recuperado en la lluvia de adaptaciones de Disney/Marvel. La miniserie ha corrido a cargo de los guionistas Jeremy Slater y Doug Moench. El primero se presentó con dos títulos infames, Cuatro fantásticos (2015) y Death Note (2017), pero fue asentándose en series como El exorcista (2016) y The Umbrella Academy (2019). El segundo pone su experiencia en el género ganada en numerosas series de animación de Marvel y DC. La llevan a imágenes tres directores igual de poco conocidos: Mohamed Diab, Justin Benson, Aaron Moorhead.

Estos autores se atascan sobre una premisa muy básica, dando vueltas sin saber cómo desarrollarla en ninguno de sus aspectos: el tono, el arco dramático de los protagonistas, la trama y su alcance, el aspecto visual… Como resultado, Caballero Luna es un despropósito bastante cargante durante el visionado, pero por suerte también se olvida muy rápido.

El primer episodio presenta lo esencial sin sorpresas, pero con suficiente gracia y ritmo. Un protagonista desconcertado intentando encontrar su lugar en el mundo, el nacimiento del superhéroe, la presentación del villano… Oscar Isaac está como siempre espléndido, Ethan Hawke es lo justo de inquietante. El conflicto de múltiples personalidades promete dar giros inesperados al viaje del héroe, la intriga egipcia es sugerente. La narrativa es ágil y el humor también, e inesperadamente parece más oscura y violenta de lo habitual. El flojo acabado de las escenas de acción y los efectos especiales serían el punto más débil.

Como es obvio, se puede partir de lugares comunes (el parecido con el cómic y las películas de Venom es excesivo), pero yendo con inteligencia y paciencia se puede llegar a destinos inesperados. Pero no es el caso…

Los dos siguientes capítulos siguen atascados en el punto de partida, sin aportar nada sustancial a lo ya presentado. Los intentos de incluir peligros secundarios para tapar huecos no funcionan: las peleas a puños por las calles de El Cairo o la reunión con un supuestamente inquietante rico son forzados y sin emoción alguna. Seguimos de paseo con las dobles personalidades, atascados una y otra vez en los mismos escenarios y conflictos. E inesperadamente el estilo oscuro se deja de lado por uno cada vez más distendido y humorístico.

No hay personajes secundarios más allá de la chica de turno, Scarlet Scarab o Layla El-Faouly. «La de los rizos» la llamé yo, por la falta total de interés que despierta y lo difícil que es acordarse de quién es y qué pinta aquí. Al paupérrimo dibujo del rol se le suma el también el nulo interés y carisma que aporta la actriz May Calamawy. El villano, Arthur Harrow, tampoco logra que comprendamos sus planes y resultar temible o fascinante, y entre él y sus secuaces de adorno se ofrece tan poco que aburre hasta generar rechazo; Ethan Hawke consigue al menos darle un toque sobrio, impidiendo que resulte el típico malo sobreactuado hasta el ridículo.

La sugerente intriga egipcia acaba siendo un sinsentido con unas formas infantiles cada vez más incómodas. Está claro que intentan darle un toque de humor para intentar que un argumento tan surrealista entre mejor, pero está muy lejos de funcionar, suma puntos al tono cargante.

Khonsu (voz de F. Murray Abraham, un mítico secundario –Homeland, 2011-) no tarda en pasar de ente misterioso a secundario cómico tontorrón. Y en general el aquelarre de dioses y avatares egipcios es un caos y un disparate alucinante. No se expone bien el universo que nos plantean, las motivaciones y poderes de estos seres. Todo queda en un grupo de magos/dioses de parranda que hacen y deshacer a voluntad de los guionistas, según quieran poner un peligro, chiste o conflicto dramático e intelectual. Estos dos últimos aspectos andan bien ramplones: todo el arco dramático se limita a si las personalidades se llevarán bien y si vencerán a los malos. No hay más sustancia, nada más que rascar. Ni siquiera mensajes clásicos de superación personal, lucha contra las injusticias o el entendimiento entre culturas hacen acto de presencia, todo es un escaparate de criaturas mágicas supuestamente tenebrosas, graciosas o espectaculares.

El cuarto episodio parecía encarrilar las cosas hacia lo único que podría salvar la serie: la aventura de exploración y arqueología. Es el más entretenido y vistoso, con un aire añejo a clásicos del género, como La momia (Karl Freund, 1932; Terence Fisher, 1959) e Indiana Jones (Steven Spielberg, 1981), con una pizca de asombro por lo desconocido y fascinación por la historia y la mitología. Hasta la de los rizos parece cobrar un mínimo de relevancia.

Pero era un espejismo. Los dos capítulos que quedan caen a plomo, todo lo que iba mal explota y tenemos un festín de idioteces y cutreces exasperante. El receso en el asilo es incomprensible: cuando parecía lanzarse de una vez a desarrollar la trama, se paran de nuevo y ponen la marcha atrás: otra vez dando la paliza con las dos personalidades sin aportar nada más que sensacionalismo de baratillo y rellenos inútiles y pesados.

Y a estas alturas, a pesar de tanto reincidir sobre la dinámica entre sus personalidades, aparte de un trauma infantil obvio y demasiado melodramático y remarcado hasta la saciedad, todavía no sé quién es el protagonista: de dónde viene, cómo ha llegado a donde está, qué lo mueve. Acaba siendo un arquetipo cansino de la pareja cómica de opuestos exprimida en incontables series y películas: el tipo decidido pero con un pie en el mal y el buenazo demasiado blando que deben entenderse y dar lo mejor de cada uno para salir adelante. En la versión Marc Spector, los breves apuntes a su pasado como mercenario son intrigantes, pero no llevan a nada; y la torpeza de Steven Grant es cansina, las mismas situaciones vistas una y otra vez desde su presentación en el museo. Apenas se menciona otra personalidad, así que todo el prometedor micro-universo planteado dentro de su cabeza no da nada de sí. La conexión con la de los rizos es igual de trillada: complicidad, roces y romance de manual, sin química alguna ni momentos que rescatar.

Con un solo episodio para terminar de asentarlo todo y lanzar el desenlace es evidente que ya no hay manera de arreglar los serios problemas que se arrastran. Y menos cuando tras el pesado receso ya me he olvidado del todo de qué hacen y qué quieren los distintos personajes, y sigue sin entenderse nada del juego entre dioses. Los viajes entre planos astrales, las peleas de personalidades, los colosos que parecen peluches gigantes zurrándose… nada consigue un mínimo no ya de seriedad y coherencia, sino de dignidad. Y en esta parte pesa más que nunca el paupérrimo aspecto visual.

La dirección es caótica, con un montaje precipitado infame (hay gazapos cantosos en las posturas de los personajes). Quizá la idea era darle un ritmo trepidante a un guion escueto y repetitivo, pero hace falta un talento que estos directores están lejos de mostrar. En las escenas de acción es aún peor, todo un galimatías de movimientos frenéticos donde no se entiende nada. Empeora todo con unos efectos especiales de risa: cómo cantan las pantallas de fondo (menudos esperpentos la escena de la azotea en El Cairo y la persecución del primer episodio), qué justito el diseño y texturas de los dioses. El cartón piedra de los decorados no deslumbra, pero aguanta mejor el tipo. Algunos vistosos parajes naturales del desierto o distintas zonas de El Cairo apenas valen para dar la sensación de superproducción televisiva, y desde luego queda muy por detrás de las series que llevamos, en especial Loki y Falcon y El Soldado de Invierno. Lo único salvable es la versátil banda sonora de Hesham Nazih, que combina muy bien la épica de superhéroes, lo étnico, los vaivenes tragicómicos…

No puedo evitar señalar que películas de este estilo que fueron muy denostadas, Dioses de Egipto (Alex Proyas, 2016) y La momia (Alex Kurtzman, 2017), me han parecido bastante mejores, conseguían muy bien la fórmula de entretenimiento desenfadado y un acabado bastante espectacular. A Caballero Luna mejor la enterremos bajo las arenas del desierto.

Ver también:
WandaVision (2021)
Falcon y el Soldado de Invierno (2021)
Loki (2021)
Ojo de halcón (2021)
-> Caballero Luna (2022)

EUPHORIA – TEMPORADA 2 (Y CAPÍTULOS ESPECIALES)

HBO | 2020, 2021 (especiales), 2022 (temporada)
Drama | 2 especiales de 49 y 64 min, 8 ep. de 54-61 min.
Productores ejecutivos: Sam Levinson, varios.
Intérpretes: Zendaya, Hunter Schafer, Sydney Sweeney, Alexa Demie, Angus Cloud, Jacob Elordi, Barbie Ferreira, Eric Dane, Maude Apatow, Nika King, Storm Reid, Colman Domingo, Javon Walton, Austin Abrams, Paula Marshall, Dominic Fike.
Valoración:

Alerta de spoilers: Apenas presento un esbozo de las tramas del año.–

La segunda temporada de Euphoria iba a rodarse en primavera de 2020, justo cuando se desató la pandemia de coronavirus. Con la fecha en el aire indefinidamente, la HBO no quería desaprovechar el éxito que tuvo la serie en su estreno, y consiguieron apañar dos episodios especiales rodados con lo mínimo y estrenados al terminar el año. Uno está centrado en Rue y Ali, con apenas una camarera con diálogo, y el siguiente, en Jules y su psicóloga, con breves apariciones de su padre y otros pocos personajes en flashbacks y pensamientos. Ambos tienen mala pinta de primeras, huelen a relleno improvisado, a treta comercial. Pero las dificultades agudizan el ingenio, y resultaron notables.

Los protagonistas reflexionan sobre incontables facetas de la vida: la amistad, la familia, la fe en uno mismo, la fe en la religión, las posibilidades que nos abrimos y cerramos, si el destino y futuro están escritos… La sensibilidad de Sam Levinson en el guion y las maravillosas interpretaciones de Zendaya y Hunter Schafer nos llevan por ideas que puede parecer muy sobadas, pero cuya extraordinaria sensibilidad logra conmover profundamente. Sin duda hubo bastante de improvisación en los diálogos, pues Schafer acabó acreditada como guionista. Levinson sorprende también en el acabado, donde por necesidad tuvo que tirar por un registro opuesto al de la serie: la falta total de recursos obliga a la contención, teniendo sólo dos escenarios, una cafetería y la consulta. El realizador no se amilana y consigue mantener muy bien la conexión emocional, sin dejar espacio a que aparezca el aburrimiento.

La temporada en sí pudo ponerse en marcha en primavera de 2021, estrenándose en febrero de 2022, con la tercera ya anunciada. Se asemeja mucho a la primera en su trayectoria algo caótica. Después de dejarnos con la mayor parte de los personajes en vilo (rupturas amorosas, peleas familiares, de todo), se para demasiado a asentarlos de nuevo en vez de seguir yendo a por todas. Luego se lanza en un tramo central memorable, donde hace gala de una visión e imaginación asombrosas, para de nuevo ir decayendo más de la cuenta en el desenlace.

Sam Levinson sigue mostrándose como un autor valiente y juguetón como pocos, pero todavía le falta una pizca de genialidad y talento para lograr una serie redonda. Me recuerda a Vince Gilligan, de Breaking Bad (2008), sobre todo porque este año hay historias secundarias semejantes: es capaz de explotar en delirios narrativos sin igual, pero no de mantener el tono a largo plazo, siempre pasa por alguna breve resaca.

Lo primero que salta a la vista es el notable cambio en la fotografía, donde han pasado del digital al celuloide. La intención de Levinson y del director de fotografía Marcell Rév es la de no repetirse, la de perseguir nuevos estilos y recursos. Pero no cabe duda de que también buscaban realzar la diferencia entre el idilio de Rue con las drogas en el primer año, donde todo eran colores fríos agradables, una atmósfera etérea, onírica, y la caída al abismo en este, marcada por un aspecto visual más basto, rojizo, descolorido. También se presta a otros experimentos muy llamativos, como la loca tragicomedia que mezcla de realidad y ficción en la obra de teatro del final de temporada.

Pero como digo, sigue sin alcanzar el equilibrio perfecto. La falta de garra del tramo inicial no se solventa con un extra de energía en el acabado, y por el lado contrario, en la parte final acusa de sensacionalismo, intentando forzar tensión y sentimientos a través de las imágenes en vez de potenciando el guion. La espera angustiosa sobre el destino de Fezco y Ash, de melodramática resulta un tanto molesta.

Como en la etapa anterior, el acto central es notoriamente superior al resto, con en punto álgido de la mayor parte de los personajes (sobre todo Rue estrellándose a lo grande) mostrado mediante una puesta en escena brillante que atrapa los sentidos y te zarandea por un por un viaje al infierno tan fascinante como incómodo. Sólo podría poner la pega de que Zendaya me pareció mucho más implicada en su episodio especial que en el centrado en cuando toca fondo, donde no logra estar tan trágica como se espera.

Pero en conjunto, a pesar de su irregularidad, Euphoria consigue resultar de nuevo un drama apasionante, un documental sobre la adolescencia descarnado y cruel pero muy verosímil, con lecturas sobre la vida desde inteligentes a desgarradoras. Hay partes que sorprenden, como el intento de Nate y su madre (Paula Marshall) de retomar sus vidas alejándose del tóxico cabeza de familia, Cal; el propio Cal tiene un viaje revelador la mar de interesante, aunque lo de redimirse está por ver; otras historias son explosivas, como el triángulo amoroso de Cassie, Maddy y Nate; otras muestran la peor cara de las drogas: Rue en sus momentos más bajos, la violencia que alcanza a Fezco; otras son más mundanas pero entrañables, como la relación entre Kat y Ethan Lewis (Austin Abrams); tenemos un nuevo personaje encantador, Elliot (Dominic Fike), crucial en la pasional relación de Rue y Jules; e inexplicablemente uno desaparece: McKay se esfuma sin más; y hay alguna situación cuestionable muy comentada: nadie puede creerse que las buenazas de Jules y Rue se pongan a robar de cerveza en una tienda.

Mención especial merece Lexi Howard, la chica tímida que de tapadillo acaba siendo el eje central de esta temporada. Es muy buen ejemplo de «persona normal» que se considera aburrida, que no se tiene en cuenta, como si no tuviera problemas ni nada que aportar. Pero ver que sus familiares y amigos se autodestruyen en vez de intentar hacer algo con sus vidas no es poco tormento: ¿los abandonas o intentas interceder? Ella lo hace de una manera inesperada, buscando su propia realización personal a través de una obra de teatro que muestra su perspectiva de las cosas. Levinson se mete en un berenjenal complicado en cuanto a puntos de vista, la autocrítica y la responsabilidad de cada uno, y si bien tiene muchos buenos momentos, no termina de explorarlo como podría, desviándose con el señalado sensacionalismo.

Otro problema del desenlace es que el nuevo intento de remontada de Rue se deja un tanto de lado, se minimiza demasiado. Su batacazo es bien grande, no se sale de ahí con la facilidad con que nos lo cuentan. Siendo consciente o no del problema, Levinson la aparca un poco para volver al retrato coral, y se nota un vacío.

Euphoria se marca otro año tan espectacular que se perdonan mucho sus deslices y bajones, y por extensión sigue dejando la sensación de que podría ser mucho más o podría estrellarse en cualquier momento.

Ver también:
Temporada 1 (2019)
-> Temporada 2 (y capítulos especiales) (2022)

EUPHORIA – TEMPORADA 1

HBO | 2019
Drama | 8 ep. de 53-64 min.
Productores ejecutivos: Sam Levinson, varios.
Intérpretes: Zendaya, Hunter Schafer, Sydney Sweeney, Alexa Demie, Angus Cloud, Jacob Elordi, Barbie Ferreira, Eric Dane, Maude Apatow, Nika King, Storm Reid, Auston Lewis, Algee Smith, Colman Domingo.
Valoración:

El género de drama adolescente o de instituto siempre ha pecado de ofrecer títulos ahogados en tópicos, simplones cuando no cursis, hasta que Buffy, La cazavampiros (Joss Whedon, 1997) le dio una perspectiva más original al ambientarlo en un mundo de fantasía y también inesperadamente un tono más inteligente y realista, cuidando más los personajes y sus vivencias. A pesar de su relevancia e influencia en la televisión, desde entonces hemos tenido un notable vacío en este ámbito que sólo han llenado dos obras de culto, es decir, que no lograron la popularidad merecida, Skins (Jamie Brittain, Bryan Elsley, 2007) y Veronica Mars (Rob Thomas, 2004). Pero en pocos años se han juntado otras dos que han traído aire fresco y apuntado a un nivel alto de ambición y calidad: Sex Education (Laurie Nunn, 2019) y Euphoria.

Estas no podían ser más opuestas en estilo. La primera es un drama en clave de comedia ligera que muestra siempre una cara amable, siendo capaz de hacerte ver la vida con renovada energía. La segunda es trágica y sórdida hasta resultar espeluznante, sólo apta para quien busque experiencias fuertes. Pero también tienen muchos puntos en común, pues ambas abordan sin tapujos los problemas de los adolescentes, en especial los relativos a la maduración afectiva y sexual, esenciales para entrar al mundo adulto y vivir en sociedad.

Aunque la lista de productores es larga, el principal artífice es Sam Levinson. Su corto currículo incluye sólo cuatro guiones, de los que dirigió dos, Otro día feliz (2011) y Nación salvaje (2018). Llevaba tiempo intentando escribir serie basada en su experiencia con las drogas en la juventud, y la HBO planeaba una adaptación de una serie israelí producida por Ron Leshem y Daphna Levin, los mismos de En terapia (2005, adaptada también por la HBO en 2008), así que la cadena se encontró con medio trabajo hecho y el autor con el mejor canal posible para dar rienda suelta a su creatividad.

Euphoria (manteniendo el mismo nombre de la original) nos presenta unos adolescentes marcados por tragedias familiares que los han empujado hacia diversos problemas, en especial el consumo de drogas, baja autoestima, acoso escolar, dificultades con el sexo… Partimos inevitablemente de algunos estereotipos para poder abarcar diversos ejemplos comunes, pero a partir de ahí, Levinson desarrolla unos individuos muy humanos, desde entrañables a despreciables, que navegan por las dificultades de la vida arrastrando sus propios conflictos personales.

Rue Bennet (Zendaya) es la chica alternativa, la que va un poco por su cuenta pero aun así querría encontrar un lugar donde encajar. Lexi Howard (Maude Apatow) es su mejor amiga, la tímida que pasa desapercibida. Fezco (Angus Cloud) el traficante local que inesperadamente tiene bastante corazón. Maddy Perez (Alexa Demie) la tía buena y superficial que sólo sabe usar su cuerpo para ascender en la escalera social. Nate Jacobs (Jacob Elordi), novio de aquella, es la versión masculina: el jugador de fútbol exitoso cuya rica familia le garantiza un futuro. El padre de este, Cal Jacobs (Eric Dane), es el poderoso empresario que maneja el pueblo a su antojo. Cassie Howard (Sydney Sweeney) es opuesta a Maddy: su belleza le trae más problemas que soluciones. La nueva en el instituto es la transexual Jules Vaughn (Hunter Schafer), cuya gran sensibilidad choca con un mundo que desprecia lo distinto. Kat Hernandez (Barbie Ferreira) es la gordita acomplejada que va encontrando vías para soltarse. Chris McKay (Algee Smith) está abrumado por ser el eterno segundón, incapaz de ver sus logros y virtudes. Entre los secundarios tenemos otros tantos alumnos, pero los más relevantes son la familia de Rue, su hermana pequeña Gia (Storm Reid) y su madre Leslie (Nika King), y también su padrino de drogadictos anónimos, el intrigante Ali (Colman Domingo).

Rue es la protagonista principal, y lleva el relato con su voz en off que va presentando distintas situaciones y personajes, pues los episodios van centrándose en uno u otro según les vaya tocando el punto álgido de sus historias.

Zendaya pegó un cambio de registro brutal al saltar del infantil Disney Channel a la adulta y descarnada HBO, y cayó de pie ganándose alabanzas en cantidad, de forma que puede hacer con su carrera lo que quiera, desde taquillazos seguros como Spider-Man (2017) a títulos más valientes como Dune (2021). Su delgadez y aspecto desgarbado van como anillo al dedo a la yonki depresiva de Rue, pero su papel también captura muy bien el infierno psicológico en que vive. En el resto, no se puede decir que estemos ante un reparto espectacular como acostumbra la cadena, pero tampoco hay carencias. Destacaría a Demie, muy creíble en la inmadura de Maddy, a Schafer como Jules, con una energía contagiosa, y a Sweeney, que no aporta sólo el imponente físico de la sensual Cassie, sino que también canaliza bien su dulzura y sus dilemas internos.

Euphoria es una serie muy de emociones, no sólo por los dramas que viven los personajes, sino porque Sam Levinson es muy hábil a la hora de jugar con la narrativa para introducir de lleno al espectador en la atmósfera deseada. Por ello, aparte de estar al frente de la sala de guionistas también dirige todos los episodios que puede: es difícil poner por escrito sus ideas visuales para que otros puedan rodarlas adecuadamente.

De primeras choqué con su estilo frenético, con una estética de videoclip y toques surrealistas a lo Trainspotting (Danny Boyle, 1996). Pero no tardé en caer bajo su embrujo y engullir la temporada con avidez, deleitándome con esta fórmula en apariencia tan caótica pero en realidad tan efectiva a la hora de sumergirte en el tortuoso y errático viaje de los protagonistas. Levinson se inclina por el subrayado y el exceso artístico (la música es constante, la fotografía sobrecargada en forma y color), le gusta jugar con cualquier enredo que se le ocurra. Destacan los montajes acelerados (dedicados generalmente a resumir la vida reciente de los protagonistas), escenas cuasi oníricas para enfatizar el uso de drogas y otros estados emocionales, e incluso la línea temporal se embarulla en ocasiones para sacar conexiones entre distintos eventos.

Así que Levinson deslumbra con una labor de dirección soberbia, llena de imaginación y talento, pero no se quedan atrás sus colaboradores: la virtuosa fotografía de Marcell Rév, la música tan original y versátil de Timothy Lee McKenzie (con su grupo Labrinth), que oscila entre el synthpop, el soul y el rythm & blues…

También es cierto que hay algunas canciones de pop, trap y reguetón entre cutres y machaconas (Drake, Beyoncé, Billie Eilish), pero se adecúa a lo que escuchan los jóvenes (en mi época soportábamos Spice Girls, Backstreet Boys, Bon Jovi…), y por suerte, todavía sacan tiempo para incluir alguna de soul o alternativas de más nivel, como Blood Orange, Agnes Obel, The Animals

Este peculiar método del realizador tiene su punto álgido en el memorable cuarto episodio, el de la feria, que se alza como uno de los mejores de los últimos años. Todo él es hipnótico, un videoclip musical propiamente dicho, pero de una hora de duración. La apasionante historia cruzada de los protagonista llega a giros clave, todos imbuidos por el tono opresivo y la sensación de que han perdido el control de sus vidas. El ritmo es enérgico, tan absorbente que hay tramos donde contienes la respiración, como en los fantásticos planos secuencia que marca aquí y allá.

Sin embargo, los excesos también traen empachera, tropiezos, bajones de interés… Hay partes donde el equilibrio entre forma y contenido no cuaja del todo, lo que a veces implica que la narrativa peca de sensacionalista, con el delirio visual imponiéndose hasta tener incluso algún momento cargante. En otras ocasiones se atasca un poco en contenido, frenándose la complejidad e interés de las historias de los protagonistas, con lo que aparece la impresión de que se acerca demasiado al tono convencional y predecible habitual del género. En esto último destaca el tramo final, el que a pesar apuntar al clímax de cada arco en la clásica fiesta de fin de curso, donde cabría esperar capítulos al nivel del de la feria, resulta que se estanca demasiado en los tópicos, no ofrece giros sorprendentes ni desenlaces o puntos y aparte que impacten. Así que el desenlace deja un regusto un tanto amargo depués de haber apuntado tan alto.

Euphoria resulta apasionante, o más bien inquietante, un visionado que no dejará indiferente a nadie, pero su patente irregularidad hace pensar también que tiene un estilo tan marcado que el desgaste puede romper el hechizo en cualquier momento, estando ya muy cerca de ello en esta primera temporada.

Desde su estreno ha generado muy buena impresión entre la crítica y el público, y también generó polémicas. No pocas voces y organizaciones conservadoras claman contra ella intentando censurarla simplemente por mostrar la vida con toda su crudeza, no una versión edulcorada que engañe a los espectadores. Es evidente que pocas obras dirigidas a público joven pueden enseñar y hacer reflexionar tanto como esta, pero los mojigatos los prefieren no enfrentar la realidad. Por suerte, la HBO no se amilana ante estas sandeces.

PD: Entre las temporadas 1 y 2 hay dos capítulos especiales. La pandemia iba retrasando el rodaje, y la cadena aprovecharía lo que pudieron adelantar para que no decayera el interés tras el éxito de su estreno. Yo los contaré como parte de la segunda temporada.

Ver también:
-> Temporada 1 (2019)
Temporada 2 (y capítulos especiales) (2022)