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THE WITCHER – TEMPORADA 1


Netflix | 2019
Aventuras | 8 ep. de 47-67 min.
Productores ejecutivos: Lauren Schmidt, Alik Sakharov, varios.
Intérpretes: Henry Cavill, Freya Allan, Anya Chalotra, MyAnna Buring, Joey Batey, Mimi Ndiweni, Eamon Farren, Adam Levy, Royce Pierreson, Jodhi May, Björn Hlynur Haraldsson.
Valoración:

Alerta de spoilers: Presento con bastante detalle las tramas principales; no revelo nada serio ni sorpresas, pero si quieres ir en blanco es mejor no leer. —

The Witcher ha sido desarrollada en el seno de Netflix, que pone dinero y distribución, pero relega el proyecto en varias productoras pequeñas. Su productora ejecutiva principal es Lauren Schmidt Hissrich, quien inició su carrera como guionista secundaria en El Ala Oeste de la Casa Blanca (1999) y llegó a guionista principal y productora en Sin cita previa (2007). Tras otras pocas series fue una de las muchas manos que tejieron la saga The Defenders (2017). Mientras desarrollaba la presente estuvo colaborando en otro éxito de Netflix, The Umbrella Academy (2019). Aunque como es obvio se unieron más productores ejecutivos y guionistas, si destaca un nombre es Alik Sakharov, principal artífice del aspecto visual. Este empezó como director de fotografía, dejando huella en Roma (2005) y Los Soprano (1999), lo que le permitió dar el salto a la dirección en series de primer nivel, Boardwalk Empire (2010), Juego de tronos (2011), Black Sails (2014)… Se ha rodado principalmente en Hungría y las Islas Canarias.

No sé si fue idea de Netflix o de los productores, pero tenían una saga literaria con un estilo propio muy marcado y de indudable éxito (potenciado por los videojuegos, eso sí), y resulta que se intentan montar una imitación a Juego de tronos (David Benioff, D. B. Weiss, 2008). Este concepto ni encaja en el formato de la historia original ni el guion en general está a la altura. Y a eso hemos de sumar problemas con el casting y el acabado. Como resultado, esta temporada ofrece una serie de aventuras con un gran potencial que se deja vislumbrar aquí y allá pero que en general hace aguas.

En los libros entramos en el universo imaginario con aventuras sencillas, y en cada nueva entrega se va abriendo el horizonte poco a poco. Seguimos las andanzas del brujo Geralt de Rivia, que deambula por todas partes ofreciendo sus servicios como cazador de criaturas mágicas. Así, vamos conociendo las reglas de esta fantasía (qué seres y poderes hay), los reinos y lugares principales, las formas de ser de las gentes pobres y nobles, y detalles de la historia pasada antes de meternos en tramas de largo recorrido, que son principalmente las disputas entre distintas facciones, sean reinos, culturas, razas…

En la serie han pretendido una fantasía épica de intriga política a lo Juego de tronos, porque ya se sabe, muchos intentan vivir del éxito de otros en vez de buscar su propio camino. Comenzamos directamente con reinos en guerra y añadiendo pronto a la mezcla más bandos con mayor o menor implicación, como magos y elfos. Al lector lo traicionas, pues esperaba ver las historias iniciales de Geralt, sumergirse en el ambiente de la primera novela. Al no lector lo vuelves loco. ¿Pero qué está pasando? ¿Cuál es el estado político, a qué se debe la confrontación? ¿Quiénes son esos reyes y nobles, qué ideales y planes tiene cada uno, cuáles son sus motivaciones personales? ¿Cómo esperas que me implique en los hechos y los dramas? Me da igual si la reina es vencida o no, no sé nada de ella.

Paralelamente seguimos a Geralt lidiando con algún noble o rey menor, cazando algún ente. Esta parte funciona bastante mejor precisamente por ir entrando en materia gradualmente, y además mantiene el tono ligero y melancólico original. Vamos viendo la fauna de criaturas y habitantes de distintos lugares, cada cual con sus peculiaridades, en unas aventuras que combinan bien la intriga y fascinación por lo desconocido, ligeros toques de humor, y cierto fatalismo. Geralt es un tipo hosco y reservado, pero porque el mundo lo mantiene aparte como una rareza que temer, pues es un mutante con poderes. Él mismo es consciente de ello, y también lo ve en los seres mágicos que persigue: a veces son temidos sin razón y no quiere hacerles daño. El mundo es complicado y cada situación depara unas sorpresas y consecuencias distintas, pero lo que conoce se trastocará cuando se encuentra con algunas personas que logran sacar algo de humanidad de él, el bardo Jaskier y la maga Yennefer, con quienes establece una dinámica muy interesante.

Cuando el reino de Cintra cae, la joven heredera Ciri acaba huyendo por su cuenta, sorteando peligros mientras esperas que el destino que tanto mencionan se cumpla: que encuentre a Geralt, se explique su lugar en la historia y los poderes incipientes que muestra. Su odisea es menos trascendente y más irregular que la del mago. Hay escenas de huidas y matones anodinas, que no aportan nada, y parece que los autores lo saben, porque intentan realzar los peligros con sensacionalismo; el ser que es capaz de adoptar formas es puro relleno, por ejemplo. Pero algún tramo tiene más enjundia, como el del campamento que termina siendo atacado por los enemigos, lo que sirve para dar un poco de contenido y verosimilitud a la perspectiva global. Pero a la larga su viaje se estira demasiado sin concretar nada. El joven elfo no se sabe qué pinta aquí, las amazonas del bosque luminoso tampoco. Y el desarrollo emocional de la chiquilla no se mueve hacia ninguna parte, con lo que pide a gritos el encuentro y pasar a otra parte de la historia… Sin embargo, este se retrasa de mala manera hasta los minutos finales de la temporada, y entonces lo fuerzan sin tacto alguno, sin trabajarse la escena lo más mínimo. Otra de muchas decepciones.

No tarda en aparecer también el gremio de los magos. Una joven deforme llamada Yennefer es tomada por la rectora de la escuela de magos, Tissaia. Allí encontrará razones por las que vivir, un conveniente truco de magia que la vuelve hermosa, se despierta en ella una ambición desmedida, e inicia un arco de ascenso y posible caída muy interesante. ¿Adónde llegará en su viaje personal y como maga? En cierto momento se encuentra con Geralt, y su interés aumenta con una relación en tensión por ahora bien desarrollada.

La sección más fallida es la de los enemigos que atacan Cintra y persiguen a Ciri, el reino de Nilfgaard. Quedan como el mal etéreo de la fantasía más básica, gente chunga que viste de negro y no se cansa de conquistar, matar y perseguir sin tener un propósito y justificación más allá de “es que somos malos”. Si quieres una intriga política de altos vuelos, no puedes tener un bando así de limitado. Los personajes que lo representan no podían ser más vulgares y aburridos. Un tipo, que no se sabe si es rey, caballero o vete tú a saber qué, está empeñado en capturar a Ciri vete tú a saber por qué. Tan poco interés despierta que he tenido que buscar su nombre: Cahir. Lo acompaña una maga que entrenó con Yennefer y se pasa al otro bando deslumbrada por el poder, Fringilla. Esta también decepciona, porque parecía que iba a tener un recorrido más trabajado y una rivalidad llamativa, pero una vez en la posición de villana se limita a ser la bruja mala de toda la vida.

El resto de secundarios no logra captar la atención. Magos, reyezuelos, pueblo llano… En Juego de tronos casi todo personaje dejaba huella, tenía características llamativas. Aquí, incluso lo más relevantes, el mago que tiene un conato de romance con Yennefer y otros relevantes entre sus compañeros de gremio no causan impresión alguna. La única excepción es el vejete que busca los dragones, bastante agradable.

Para rematar la sensación de que las secciones están mal conectadas, a partir de cierto momento empiezas a notar que algo no encaja. Yo tuve la suerte de leer por internet que las historias están en distintos marcos temporales, pero si no, te puede chocar bastante cuando de repente reaparecen personajes como si nada de lo contado hasta ahora hubiera pasado. No sé si pretendían alguna sorpresa, generar tensión o qué, pero queda fatal, ni se explica bien ni aporta nada, sino que confunde tanto que te deja la sensación de que te han engañado de mala manera con una chapuza narrativa. ¿De verdad los guionistas no pensaron que el tono tan diferenciado entre las distintas secciones dejaría un desequilibrio formal y de interés enorme, y que jugar con las líneas temporales era poner más trabas al espectador?

También cabe destacar que no ponen énfasis en delimitar las capacidades de los magos. Yennefer tiene la habilidad de tele transportarse, pero para buscar el dragón se tira días ascendiendo por peligrosas montañas. Otros magos parecen ser los más poderosos del lugar, pero uno sólo sabe invocar espadas (y atacar una y otra vez como un idiota) y otra enredaderas, y con un rato haciendo eso se quedan sin fuerzas. Por extensión, la batalla final con unos cuantos hechiceros implicados es lamentable, pues sin saber qué poderes y limitaciones tienen parece un despliegue de efectos especiales absurdos hasta que el guionista decide quién gana.

En cuanto a adaptación, solo puedo hablar de lo que llevo leído, el primer libro. También presenta aciertos y fallos. El tono está bien logrado, como he explicado al describir a Geralt, pero algunas veces no hacía falta hacer cambios y en cambio desaprovechan relatos con bastante gracia. El del erizo y el “Derecho de la sorpresa” me encantó en la novela, una mezcla de líos de la corte, leyes medievales aderezadas con mitología, y mucho juego del tira y afloja, mucho reto intelectual. Pero aquí acaba convertido en una pantomima de frases chorras y espadazos sin garra. La otra parte relevante, el conflicto político de Cintra y Nilfgaard, no sé qué tal lo han captado, pero no es difícil intuir que en el original tendrá un recorrido más cuidado.

El reparto no está a la altura de una serie de primera división. Parecen haberse contentado con enganchar a una estrella mediana de cine, Henry Cavill, para Geralt, conseguir una buena Ciri, Freya Allan, y al resto lo han buscado en castings de saldo, que hay que ahorrar, pues Cavill se lleva según rumores 400.000 dólares por episodio… lo que las estrellas de Juego de tronos en las temporadas medias, cuando era un pedazo de éxito. Con estos dos han acertado. Cavill tiene carisma y pone entusiasmo en el personaje, y la joven Freya muestra un buen registro dramático que ensalza un personaje por ahora bastante limitado. Pero en los secundarios algunos salen medianamente bien parados y otros son un desastre muy llamativo.

El bardo en manos de Joey Batey resulta muy simpático, Myanna Buring tiene experiencia de sobra (The Descent -2005-, Riper Street -2012-, Dowton Abbey -2010-…) y lo demuestra, y Anya Chalotra como Yennefer es un buen descubrimiento también, es relativamente joven, sólo ha estado en tres series menores, y tiene bastante talento además de belleza. Pero los reyes de distintos bandos son actores bastante mediocres. Jodhi May se dio a conocer como la hermana de la protagonista en El último mohicano (1992), pero desde entonces se quedó atascada en papeles secundarios en series que no ha visto nadie. Para la reina Calanthe nos tortura con una interpretación muy sobreactuada, parece que está siempre a punto de llorar o de cagarse encima. El islandés Björn Hlynur Haraldsson ha sido visto en Los Borgia (2011) y Fortitude (2015), pero tampoco da la talla como el rey Eist, aparte de soso, está mal caracterizado y parece estar en otra serie. Eamon Farren (la nueva Twin Peaks -2017-, unas pocas películas televisivas) como Cahir intenta poner caras de malo pero provoca risa, aunque en su defensa hay que decir que son semejante rol poco se puede hacer. Los demás secundarios con menor presencia son bastante flojos, encontrando pocas excepciones.

En el aspecto visual también hay irregularidades notorias. Sin duda ha sido una serie cara, pero quizá por el caos habitual de las primeras temporadas, más siendo una superproducción, no ha lucido como debiera.

La fotografía es muy buena, aprovecha al máximo un género muy versátil. Hay incontables planos que quitan la respiración, la naturaleza es hermosa, los interiores de distintos castillos muy bien exprimidos… Las labores de dirección son bastante buenas, por lo general intentan huir del plano contra plano con cabeza de por medio y buscar algo más cinematográfico. De esta forma, es una obra que entra muy bien por los ojos… hasta que viene un bajón y te quedas pensando que se ha colado una escena de otra serie.

Las localizaciones en castillos reales son imponentes, pero cuando pasamos a un decorado propio el cartón piedra canta tanto que parece que estamos en Hércules (Christian Williams, 1995) y Xena (Sam Raimi, 1995). La coreografías en luchas cuerpo a cuerpo se las curran mucho y son espectaculares. En lo personal diré que, aunque por ser fantasía se puede perdonar lo rebuscadas y exageradas que son, yo hubiera preferido algo más realista, más sucio e imprevisible: hartito estoy de que los combatientes se pongan a dar vueltas mostrando la espalda a su contrincante, ¡menuda gilipollez y menudo suicidio! Pero el problema es cuando entran en juego batallas más grandes. No puedes ambicionar más de lo que tu presupuesto y tiempo permite si no quieres fastidiar las expectativas. Mucho ejército digital a lo lejos, pero en primer plano sólo ataca un puñado de soldados, y además sin planificar la escena lo más mínimo, parecen peleas de borrachos. Los efectos digitales ofrecen unos cuantos buenos monstruos, y otros que se quedan algo cortos, como los dragones. En el vestuario exprimen también el género, deleitándonos con un repertorio muy original y variado, pero de vez en cuando aparece un actor mal elegido, mal maquillado y con ropas demasiado limpias, de forma que parece un tipo cualquiera en un carnaval medieval. La música es otro aspecto que tiene muchas posibilidades en este tipo de producción, pero lo cierto es la banda sonora es muy parca y poco inspirada.

Con la combinación de pros y contras, The Witcher se escora peligrosamente hacia el fracaso. A pesar del atractivo de la propuesta, sobre todo si te llama el género, del carisma de Geralt y el potencial de algunos secundarios, casi todos los episodios terminan haciéndose bastante largos y dejando la sensación de desaprovechar un buen material. Si no querían tener un par de temporadas con solo Geralt de protagonista principal, al menos que hubieran separado por episodios, uno para cada sección, permitiendo así un ritmo ágil y una duración más comedida. Esperemos que el equivocado formato elegido no lastre también las siguientes temporadas.

LOST IN SPACE – TEMPORADA 2


Netflix | 2019
Ciencia-ficción, aventuras, drama | 10 ep. de 39-54 min.
Productores ejecutivos: Matt Sazama, Burk Sharpless.
Intérpretes: Molly Parker, Toby Stephens, Maxwell Jenkins, Taylor Russell, Mina Sundwall, Ignacio Serricchio, Parker Posey, Raza Jaffrey, Ajay Friese, JJ Feild, Sakina Jaffrey, Douglas Hodge.
Valoración:

Aunque en el baremo global se mantiene como un entretenimiento muy placentero si no buscas algo con grandes pretensiones, la segunda temporada de Lost in Space resulta algo más irregular que la primera, con dos tramos con diferencias argumentales y cualitativas importantes. Por ello aumenta la sensación de que sus autores, Matt Sazama y Burk Sharpless, siguen desaprovechando un gran potencial.

Como se veía venir, el final tan sensacionalista de la primera etapa era un gancho a lo Perdidos (J. J. Abrams, Jeffrey Lieber, Damon Lindelof, 2004) y Battlestar Galactica (Ronald D. Moore, 2003) y aquí empezamos con una vuelta descarada al statu quo. Tanto por explorar en historias, y volvemos a encontrarnos con la familia varada en otro planeta intentando sobrevivir contra la hostil naturaleza, las peleíllas internas entre ellos, y las artimañas de la Doctora Smith.

La vuelta a las bases es total, entrando por momentos en el drama familiar tontorrón y empalagoso que la serie bordeaba peligrosamente en su presentación y esperaba que dejara atrás del todo. Los líos de adolescencia, unión familiar, superación personal, etc. no aportan novedades ni en las tramas ni en los obvios mensajes. Los dos primeros capítulos se hacen largos y por momentos pesados, siendo salvados por la fastuosa puesta en escena, que aprovecha un presupuesto generoso que da pie a localizaciones, decorados, vestuario y efectos especiales que quitan la respiración.

Por suerte, las virtudes de la serie vuelven a ir apareciendo en los siguientes episodios. La salida del planeta acuoso y el reencuentro con la Resolute (la nave nodriza) trae nuevos escenarios y recupera los otros grupos de personajes, sacándonos de golpe del estancamiento. Aunque todavía arrastra achaques y un bajón severo, pues el quinto se atasca en un dramón bastante cargante, va subiendo el nivel hasta que a partir del sexto entramos en una dinámica mucho más compleja y atractiva, mostrando tímidamente la esperada maduración de la serie.

La determinación por ofrecer multitud de escenarios, situaciones, problemas y frentes es loable, no hay un minuto de descanso, casi siempre se integra bastante bien el drama familiar con la acción y hay una clara evolución en los protagonistas y sus aventuras. Los conflictos en las distintas formas de ver las cosas entre tripulaciones y los problemas de adaptación a distintos medios (la nave varada, el planeta desértico) son muy variados y amenos. El misterio con los líderes de la misión y lo que se traen con los robots aporta algo de oscuridad. Los protagonistas tienen más margen de movimiento, sobre todo la Doctora Smith, que va dejando ver más aristas, intentos de cambio y redención y nuevos baches muy bien desarrollados. Hay algunos tramos impresionantes, que suben el listón en complejidad y también en el tono adulto: los conatos de rebeldía y motines generan mucha tensión e incertidumbre. El único problema es que la familia Robinson tiene que ser siempre el centro de cada evento, no pueden ser víctimas tangenciales o aportar a una parte del todo, siempre está en sus manos el destino de todos.

El reparto mantiene su cohesión e implicación. Todos los intérpretes de la familia están entregados a sus personajes, destacando al Will encarnado por Maxwell Jenkins con un registro muy completo para su edad, y a ambos padres, Molly Parker, capaz de hacer de madre obstinada sin resultar pesada, y Toby Stephens, un actor que debería haber sido famoso. Parker Posey sigue siendo una maestra de la sobreactuación muy bien controlada, pues la serie es para todos los públicos y los críos deben entender lo que trama mientras dice otra cosa. Y un secundario gana protagonismo y no lo desaprovecha: JJ Feild como el ladino Ben Adler me ha dejado a cuadros, menudo papelón se marca.

Con la ampliación de escenarios el presupuesto también luce más y más, con decorados de interiores imponentes, nuevos paisajes asombrosos mejorados con un impecable trabajo de efectos especiales, y unas labores de dirección muy buenas que le sacan gran partido. Sólo me quejaría de que las criaturas carnívoras del planeta son una imitación evidente de los velocirraptores de la saga Parque Jurásico.

Pero hay carencias, o más bien excesos, que siguen ahí, y ni siquiera parece que sus autores los vean. A veces pecan de forzar demasiado este modelo narrativo de estar siempre pasando lo más difícil y trascendental. En cada situación hay un nuevo peligro de muerte, nadie sufre crisis ni estrés postraumático (sólo unas pocas escenas con Smith y el profesor), no hay espacio para problemas más mundanos, cualquier conflicto dramático (una riña entre tripulantes, lo que sea) se aborda con una crisis que tiene a la humanidad en vilo. Y sí, como decía, de la resolución de la situación suele emerger bien el aprendizaje, la aceptación de limitaciones, en resumen, el mensaje y las consecuencias, pero hay tramos tan forzados que hacen torcer el gesto, y tenemos un par de momentos donde se sobrepasa el límite de lo exagerado y se cae en el ridículo y la vergüenza ajena: van a una localización del planeta desértico volando en una de las Jupiter… ¡pero resulta que esta deja a la expedición a dos días de viaje en caballo!, una nave auxiliar queda varada, y no es suficiente peligro, tiene que aparecer una criatura espacial y darle un coletazo que la manda más allá.

Para el desenlace tenemos acción digna de cine en un capítulo bastante más gratificante que el compendio de escenas rebuscadas a lo Gravity (Alfonso Cuarón, 2013) del año pasado, aunque claro, con todas las piezas ya posicionadas en el tablero resulta un tanto predecible. El giro final esta vez es una buena sorpresa, tira más por lo inesperado dentro de un margen realista y que tendrá efectos que por lo rebuscado que sabes que se quitarán de encima rápidamente.

Ver también:
Temporada 1 (2018)
-> Temporada 2 (2019)

THE EXPANSE – TEMPORADA 4

Amazon Prime Video | 2019
Ciencia-ficción, drama,
suspense, acción | 10 ep. de 44-52 min.
Productores ejecutivos: Mark Fergus, Hawk Ostby, Naren Shankar, varios.
Intérpretes: Steven Strait, Cas Anvar, Dominique Tipper, Wes Catham, Shohreh Aghdashloo, Frankie Adams, David Strathairn, Cara Gee, Thomas Jane, Burn Gorman, Rosa Gilmore, Lyndie Greenwood, Jess Salgueiro, Paul Schulze, Dayle McLeod.
Valoración:

Alerta de spoilers: Describo bastante de las tramas del año, aunque una vez presentadas se intuye todo y no avanzan nada, así que no te destriparás mucho si lees la crítica.–

Abordé The Expanse como a toda serie de ciencia-ficción, con recelo, porque a pesar de ser mi género favorito muy pocas han resultado realmente buenas. Pero me enganchó desde el primer capítulo dejando claro en pocos minutos la ambición y el buen hacer de sus autores, Mark Fergus y Hawk Ostby, adaptando las novelas de Daniel Abraham y Ty Franck. Varios frentes abiertos, dispares pero muy atractivos, intriga política de gran complejidad y un misterio fantasioso latente generando más incertidumbre ofrecían una temporada emocionante y magnífica. La segunda perdió un poco de fuelle, sobre todo en su tramo final, pues en vez de avanzar y crecer como prometía se frenó un poco y se tornó repetitiva. Parecía que la protomolécula iba a quedar como el argumento recurrente improvisado, en plan Expediente X (Chris Carter, 1993) con los esquivos extraterrestres, y los personajes habían llegado a su tope. Con todo, resultó una buena etapa.

Pero en la tercera sí dieron el salto argumental y cualitativo esperado. Es inevitable pensar que los guionistas se vieron venir la cancelación y se propusieron cerrar las tramas principales en desarrollo, pues parece haber dos temporadas en una, pero lejos de parecer precipitada resultó espectacular, una de las mejores temporadas de los últimos años. Pero entonces se confirmaron los temores de cancelación…

La pequeña empresa Alcon como productora y SyFy Channel como distribuidor apuntaron demasiado alto, pronto quedó claro que no podían mantener una producción tan cara (se estima en unos cuatro millones de dólares por episodio). Con Battlestar Galactica (Ronald D. Moore, 2003) tuvieron más vista y mejor suerte, pues compartieron el esfuerzo con el canal inglés Sky One, desde el primer episodio las audiencias fueron notables y se vendió rápidamente al resto del mundo, mientras que The Expanse tenía entusiastas críticas y gran proyección en internet pero pocos espectadores reales en su emisión. Por suerte, estamos en la mejor época para las series, con plataformas como Netflix o Amazon Prime Video que permiten mejor retorno monetario al tener una proyección internacional sin necesidad de negociar con otras compañías. Estaba claro que acabaría distribuida en una las dos, salvo que en las negociaciones alguno de los productores se pusiera tonto.

Amazon fue quien ganó la puja, y desde entonces era obvio pensar que habría menos restricciones, como de número duración de episodios, de censura (temática, lenguaje, sexo, violencia), y quizá un mayor aporte de dinero también. Pero la cuarta temporada ha estado muy lejos de cumplir las expectativas, ofreciendo un retroceso brutal en ambición y calidad.

Cruzamos el anillo creado por la protomolécula para ir a otros sistemas solares. Pero el siguiente paso de la expansión de la humanidad arrastra los problemas mal cerrados de la etapa anterior. La débil paz entre la Tierra, Marte y el cinturón (divididos entre simpatizantes de la OPA y quienes quieren dejar el terrorismo atrás) no es sino una fachada tras la que se cuecen nuevos intereses.

Lo vive Chrisjen Avarasala en la campaña política, con una oponente populista ciega a los problemas reales. Lo descubre Bobbie en Marte, donde el gobierno militarista se desmorona y facciones criminales quieren hacerse ricas con las migajas. Lo intuyen Camina Drummer y Klaes Ashford intentando atajar a los cinturianos rebeldes y terroristas que quedan tratando de poner a todos en guerra otra vez. Y sobre todo lo enfrenta la tripulación de la Rocinante en Ilus, el planeta recién colonizado, donde refugiados del cinturón esperan formar una nueva vida mientras los mercenarios del gobierno llegan para disputar las nuevas riquezas.

Las maravillas del universo al alcance de la mano no bastan para cambiar al ser humano. La ambición egoísta, el rechazo cuando no odio a las distintas formas de pensar y vivir la vida, y los intereses políticos y económicos crean facciones que difícilmente pueden convivir. La serie mantiene así su estilo verosímil no sólo en ciencia espacial, sino sobre todo como reflejo de la realidad. Pero las tramas en las que subyace esta temática no tienen el ritmo, profundidad y fuerza de antaño.

Son muchas las carencias que van sumándose entre sí y limitando el demostrado potencial que puede alcanzar, y aparecen muy pronto, tanto que la decepción me envolvió en el primer episodio y no se desvaneció en adelante, sino que fue creciendo hasta que vi los últimos con gran desgana, cuando las temporadas anteriores las engullí y volví a ver en poco tiempo. Esta la quiero olvidar y esperar que la quinta remonte y la deje como un mal sueño.

Pensaba que volver a diez episodios contra los trece anteriores me iban a parecer poca cosa, pero se me ha hecho bastante larga. Avanza migajas en las tramas globales, los personajes no se mueven lo más mínimo, es todo una sucesión de aburridas vueltas en círculos con clímax forzados para intentar levantar el interés. La naturalidad e imprevisibilidad con que desarrollaban los hechos en las etapas anteriores no vuelve a verse. El ritmo trepidante, los múltiples frentes intrigantes, los personajes principales y secundarios en constante evolución tampoco están al mismo nivel. Y la fascinación por lo desconocido que se esperaba al abordar la exploración del universo no llega a aparecer en ningún momento.

Todo se cambia por historias predecibles, estancadas en nimiedades que se repiten episodio tras episodio. Una vez presentada, cada sección se mueve muy poco y en direcciones muy fáciles de ver venir. Desde el primer capítulo se sabe con certeza que Bobbie no encajará en Marte y volverá con Avasarala, que los cinturianos buscan gresca, que los gobiernos de Marte y la Tierra se quedan atrás mientras grupos misteriosos varios pasan al frente, que Holden y sus compañeros tratarán de arreglar el lío en la colonia, y que todo junto forma de nuevo un polvorín a punto de explotar.

Sólo algunos tramos de las aventuras de Camina y Klaes son llamativos, pero aparecen poquísimo. Sólo breves instantes de las elecciones en la Tierra resultan mínimamente intrigantes, y no es que sea una historia de altos vuelos comparada con las vivencias anteriores de Avasarala. Y sólo Bobbie aporta algo de emoción en la parte dramática, de forma que es el único personaje que recorre un camino demasiado evidente aportando al menos un conflicto interno llamativo. Por el otro lado, por desgracia la tripulación de la Rocinante no se mueve un ápice, cada uno se queda atascado en su característica más destacable de forma que en cada nuevo capítulo tienen su aportación obligada y ya está. Holden empeñado en salvar a todos, Amos bruto como él sólo, Alex buenazo sin enterarse de casi nada, Naomi idealista y apenada por tanto problema…

Y para rematar, una serie estupenda en cuanto a personajes secundarios, sin miedo a que entren y salgan constantemente de la acción, también patina un montón en este aspecto. Ninguno de los nuevos logra despertar el más mínimo interés, ni la banda de Marte, ni las familias, la doctora y la soldado de Ilus, ni mucho menos el líder mercenario enviado allí por la Tierra. Este villano, interpretado por el siempre sobreactuado Burn Gorman, empieza siendo cargante, pero pronto se torna ridículo por culpa un dibujo tan simple y a la vez excesivo que resulta impropio de esta producción incluso contando con el bajón generalizado.

La fascinación por lo desconocido, el factor descubrimiento tan esencial para que una obra de ciencia-ficción te maraville, no va más allá de las expectativas que te hayas generado en la espera por ver cómo empiezan a explorar el universo. La historia de supervivencia en un planeta desconocido es muy ramplona, y parece que los guionistas lo saben, porque tiran de sensacionalismo, de giros rebuscados y suspense barato cada dos por tres. Los problemas con la protomolécula y el conflicto entre los colonos y mercenarios resultan demasiado artificiales, puestos a designio de los escritores según necesiten una pausa, acelerar los hechos, intriga o drama. En todos los capítulos ese villano de pacotilla pasa de amenazar con matar a todos a trabajar en grupo, de estar cabreadísimo a pasearse entre colonos, la visión de Miller aparece y desaparece a conveniencia, la protomolécula amenaza con algún nuevo enredo absurdo, y los protagonistas se pasean sin terminar de hacer nada concreto para no acabar con las tramas antes de tiempo. Y a pesar de todo, aun tiene momentos en que sorprende para mal: la subtrama de la ceguera es patética, vergonzosa.

Si para el final esperabas una gran revelación con la protomolécula y que el polvorín de todo el sistema solar estalle en nuevas apasionantes historias, puedes darte con un canto en los dientes. El misterio con la protomolética tiene una resolución lastimera, lo demás queda todo en suspenso, sólo hay resoluciones secundarias, todas flojar cuando no penosas, como el cutre duelo final entre Holden y el villano.

La inteligente visión de la humanidad, la simpatía que todavía queda en los protagonistas, y el excelente acabado visual, que otorga ritmo y empaque a historias anodinas (atención a cómo en el planeta cambian el formato de imagen a panorámico), logran mantener a flote una temporada con más fallos que logros, con tramos bastante aburridos y una parte final sin savia alguna.

He pasado de pensar que a The Expanse le vino muy bien acelerar y concentrar las historias en el tercer año debido la sombra de la cancelación a temer que hayan optado por una narrativa a lo The Walking Dead y Vikingos ahora que pueden tener muchas temporadas por delante, esto es, estirar el chicle hasta que pierda toda sustancia. Lo que han contado en diez episodios cabía en uno, dos a lo sumo. Es la presentación de lo que deberían haber desarrollado en el resto, pero nos marean con tonterías y engaños y lo dejan para el siguiente año… y veremos cuánto avanzan ahí y cuánto se resiente la serie si mantienen este estilo. Por ahora me queda el consuelo de que difícilmente pueda seguir el nefasto rumbo de Battlestar Galactica, porque esa dejó claro la improvisación de sus tramas y personajes en el irregular primer año, con lo que no sorprendió que perdiera calidad rápidamente, mientras que The Expanse tiene unas bases muy sólidas, tanto por las novelas como por las tres buenas temporadas que llevamos.

PD: Hasta ahora la había visto con subtítulos de aficionados, y estos eran fieles al original (y cuando se confundían con las armadas marcianas lo podía arreglar sin problemas), pero cuando la serie la adquirió para España Netflix y luego Amazon resulta que estos cambian las iniciales de todas las organizaciones, haciéndolo muy confuso. ¿Te imaginas que en vez de FBI y CIA pusieran AFI y ACI o algo así? Cuando en pantalla ves OPA, MCRN y demás pero te subtitulan con unas letras que parecen elegidas al azar lo único que consiguen es marear al espectador. Ya sé que una es la armada de Marte y la otra la alianza de planetas exteriores, no me compliques las cosas. Y la traducción “cinturionianos” en vez de la natural y lógica “cinturianos” es horrible. No sé cómo habrán apañado la jerga de los planetas exteriores, algo desde luego complicado. El doblaje en sí no sé qué tal estará, como siempre, recomiendo la versión original.

Ver también:
Temporada 1 (2015)
Temporada 2 (2017)
Temporada 3 (2018)
-> Temporada 4 (2019)

THE CROWN – TEMPORADA 3

Netflix | 2019
Drama, histórico | 10 ep. de 47-60 min.
Productores ejecutivos: Peter Morgan, Stephen Daldry, varios.
Intérpretes: Olivia Colman, Tobias Menzies, Helena Bonham Carter, Ben Daniels, David Rintoul, Charles Edwards, Charles Dance, Marion Bailey, Josh O’Connor, Erin Doherty, Jason Watkins.
Valoración:

La tercera temporada de The Crown vuelve a ofrecer un entretenimiento la mar de gratificante, pero lo cierto es que en vez de madurar se nota un estancamiento, no termina de explotar el potencial latente en la historia que abarca y el estilo narrativo con que lo hace. Ya hay que asumir que su autor, Peter Morgan, no pretende salirse de una fórmula que funciona bastante bien de cara al público. Y quizá tampoco lo hiciera si las cosas no fueran tan bien, pues es como ha elegido construir la serie. Aun así, sigo teniendo esperanzas en que en el futuro aproveche mejor las posibilidades que todavía guarda.

El relato del reinado de Elizabeth II (salvo que veas el doblaje español, donde hacen el ridículo castellanizando los nombres) continúa combinando el drama personal de la reina y su familia con saltos a la política, a crisis puntuales, y en general a lo que parezca interesante a Morgan. Pero de nuevo el equilibrio es imperfecto. La elegancia y brillantez de muchos tramos no cuaja del todo con el sensacionalismo o letargo en que caen otros. A veces atina al cambiar el punto de vista a una historia tangencial de gran relevancia o al menos atractivo, en otras deja de lado cosas muy importantes y pone el foco en detalles innecesarios.

El caso más grave viene por partida doble. No puede ser es que estemos con la crisis económica y política en que está sumida el país en primer plano y la solución se omita por completo para dar más presencia a líos de la corona con la prensa y la imagen pública. Ocurre en el inicio de temporada, donde giramos de la devaluación de la moneda y el gobierno apunto de caer a las aventuras de Margaret y Lord Snowdon, y en el final, donde pasamos sin disimulo de la crisis energética y las huelgas de mineros a otra etapa de esa tormentosa relación.

Pero la sensación de irregularidad en tono, alcance y calidad pesa todo el año. Se puede decir que tiene cierta ventaja, porque hay espectadores que se enganchan más a unos tramos e historias y otros se decantan por otros distintos, es decir, la serie resulta atractiva para distintos sectores del público. Pero en la valoración global y en un análisis más objetivo que emocional hay que señalar esa falta de estabilidad, los cambios forzados de foco y tono, el material desaprovechado…

El aclamado Aberfan me sacó varias veces de una historia muy potente porque tiran de sensacionalismo más de la cuenta, mientras que tanto Olding como El golpe me absorbieron por completo con unos eventos desconocidos (el espía en la corte, el plan de golpe de estado) contados con gran manejo de la tensión e incertidumbre. Los problemillas de la adolescencia del príncipe Charles me parecieron muy maniqueos, mientras que las aventuras de Margaret en Margaretología fueron más amenas y más originales, aunque fuera a costa de ningunear aspectos más trascendentales.

En lo que sí suele coincidir la mayoría es que la parte final se atasca más de la cuenta en dramas personales, sin conseguir ni el ritmo ni la profundidad necesarios. El intento de redención del Duque de Windsor (ahora encarnado por el gran Derek Jacobi), paralelo al romance de Charles con Camila Shand en El hombre en suspenso se hace pesado. En tierra de nadie quedan algunos capítulos extraños: las crisis de Phillip (con el alunizaje y el nuevo cura) se tratan con mayor elegancia e inteligencia… pero terminan haciéndose episodios muy largos, hubieran ido mejor como historias secundarias. Lo mismo se aplica a la crisis matrimonial de Margaret, un arco un tanto simplón para acabar el año que quizá hubiera ido mejor disgregado poco a poco, alternando con otras tramas. Morgan se ha atado a su idea de centrar cada episodio una cosa, pero también es justo es decir que la cronología histórica limita bastante el movimiento.

Con el excelente nivel de producción la serie sigue manteniendo un aspecto superior a primera vista y engañando bastante los sentidos a sus carencias durante el visionado. Decorados rematados con un correcto trabajo digital cuando es indispensable (aunque alguna pantalla de fondo canta, por ejemplo en los desembarques de varios aviones), vestuario fastuoso y bellas localizaciones exteriores son captadas por una fotografía magistral y unas labores de dirección muy notables. La música ha cambiado. No sé por qué ficharon a Lorne Balfe, de la factoría Hans Zimmer, para una serie tan inglesa: sus sintetizadores creaban atmósferas efectivas pero sin complejidad musical alguna, mientras que el actual compositor, Martin Phipps, aunque obligado a mantener las bases sintetizadas, aporta instrumentación tradicional (aun sin grandes despliegues orquestales) y ofrece un trabajo más versátil y refinado.

En cuanto a interpretaciones, creo que desde el principio tenían pensado cambiar de actores para cada etapa histórica, lo cual estaba claro que iba a garantizar bastantes comentarios y alguna polémica.

Para la década de 1964 a 1974 contamos con otros cuantos talentos más o menos conocidos en televisión. La reina, encarnada entonces por Claire Foy, está ahora en manos de Olivia Colman, quien causó sensación con Broadchurch (2013) y La favorita (2018), y está espléndida. A pesar de que no aguantó las lentillas y los efectos por ordenador no convencieron a los productores y la dejaron con su color de ojos oscuros en vez de los claros de la figura real, desde el principio se ve al mismo personaje. Tobias Menzies, de Roma (2005) y Juego de tronos (2011), también está impecable como como Phillip. Cabe destacar que inicialmente eligieron a Paul Bettany (Los Vengadores -2012-, Master and Commander -2003-), pero se cayó por problemas de agenda. Margaret choca un poco más, pues de la atlética y elegante Vanessa Kirby hemos pasado de golpe a una bajita y rechoncha Helena Bonham Carter (no necesita presentación), aunque desde luego lo hace bien. En cambio, Ben Daniels (La reina virgen -2006-, Rogue One -2016-) como Lord Snowdon mantiene el porte carismático de Matthew Goode de maravilla.

Pero en los secundarios entra juego el problema de que tienes que haberte quedado bien con el nombre y posición de cada uno para no perderte con el nuevo rostro. Yo me hice un buen lío con los mayordomos Michael Adeane (de Will Keen a David Rintoul) y Martin Charteris (de Harry Hadden-Paton a Charles Edwards), donde podían haber dejado a los mismos actores y ponerles canas, pues a fin de cuentas a partir de cierta edad el físico no cambia tanto y sería verosímil, y también me despistó un poco al principio la reina madre (de Victoria Hamilton a Marion Bailey). Al Lord Mountbatten inicial, Greg Wise, ni lo recordaba ni lo haré, porque Charles Dance (Juego de tronos, entre otras muchas) está inmenso y se hace con el personaje para él solo.

Los nuevos son todo un acierto. Josh Connor (Peaky Blinders -2013-, Ripper Street -2012-) se mimetiza de lleno en el príncipe Charles; es increíble cómo han encontrado a alguien tan parecido en el físico y que sea buen actor. Erin Doherty (en su primer papel destacable) como la princesa Anne es capaz de dejar huella desde la primera aparición en un plano secundario, y luego aprovecha de maravilla el protagonismo creciente.

Entre los mejores papeles, tras Dance y Colman me quedaría con Jason Watkins (Taboo -2017-, Being Human -2008-) como el primer ministro Harold Wilson, pues resulta un maestro de las miradas y los silencios contenidos que lo dicen todo. Sus encuentros con la reina ofrecen algunas de las mejores escenas del año.

Ver también:
Temporada 1 (2016)
Temporada 2 (2017)
-> Temporada 3 (2019)

THE DEUCE (LAS CRÓNICAS DE TIMES SQUARE) – TEMPORADA 3 Y FINAL

The Deuce
HBO | 2019
Drama | 8 ep. de 58-75 min.
Productores ejecutivos: David Simon, George Pelecanos, James Franco, Nina Kostroff-Noble.
Intérpretes: James Franco, Maggie Gyllenhaal, Margarita Levieva, Emily Meade, Chris Bauer, Criss Coy, Lawrence Gilliard, David Krumholtz, Kim Director, Daniel Sauli, Michael Rispoli, Olivia Luccardi, Sepideh Moafi, Luke Kirby, Zoe Kazan, Aaron Dean Eisenberg, Mustafa Shakir, Corey Stoll.
Valoración:

Alerta de spoilers: Describo bastante a fondo las historias principales. —

Empezamos la serie en 1971, con el nacimiento de la industria del porno, donde el barrio The Deuce de New York, en los bajos fondos de Time Square, tuvo bastante relevancia. Esta etapa dio un vuelco al mundo de la prostitución y a la forma de ganar dinero con el sexo, y para finales de la década (en la segunda temporada) los negocios relacionados estaban en su mejor época. Eso sí, el glamour del cine no tardó en llevárselo Los Ángeles, y New York se quedó con las migajas de este y con los aspectos más truculentos o incluso fuera de la ley.

En la tercera temporada saltamos a 1985. La industria ha exprimido el modelo del cine profesional, con estrellas y estrenos en salas, pero llega un punto de inflexión que cambia todo: la aparición del vhs y las cámaras de video ponen el porno y su creación al alcance de cualquiera, dando paso a las publicaciones en videoclubs al por mayor y a producciones hechas por aficionados.

Pero otros negocios aledaños también sufren reveses con los cambios políticos y sociales. Las cabinas de mirar y los clubes de prostitución se ven afectados por las campañas de limpieza de la zona propuestas por políticos (y eso que el ayuntamiento a duras penas consigue promover la llegada de inversionistas y negocios mejor vistos) y asociaciones civiles. Se llevan otro gran varapalo cuando las prostitutas descubren que pueden ir a domicilio (sobre todo a hoteles) sin necesidad de chulos. Y el SIDA llega para dar una última estocada, sobre todo a los sectores homosexuales. Las exitosas saunas gays se vacían de un año para otro porque la ciudad está sumida en el terror, pues cualquier puede coger “el bicho”. En un epílogo en situado en 2019 se señalan los últimos cambios drásticos en el mundo del sexo: la llegada de internet.

La visión de David Simon y su colaborador David Pelecanos muestra con una naturalidad asombrosa una época, un lugar y sus gentes, logrando una inmersión total del espectador. Las calles de The Deuce, los trabajos, las formas de vivir y sobrevivir en tiempos difíciles cobran vida ante nuestros ojos. Pero resulta una obra algo menos compleja y detallada que Treme (2010) y sobre todo The Wire (2002), con historias más previsibles de la cuenta, un repertorio de personajes que queda bastante lejos de aquellas, aunque unos pocos son deliciosos, y arrastra algunas carencias dignas de mención, sobre todo en esta temporada final, que está un poco por debajo de las anteriores.

Candy y Vincent han sido desde el principio los personajes principales, pero Lori Madison ha crecido mucho y en esta etapa comparte protagonismo. Da la sensación de que los autores vieron el gran talento latente en la actriz Emily Meade y lo han querido explotar (Simon afirma que es de los mejores intérpetes con los que ha trabajado), y ella ha cumplido a lo grande, dando el mejor papel de la serie y uno de los mejores del año televisivo.

Lori pasó de prostituta con un halo especial, tanto por belleza como por carisma, a actriz porno que enamoró al gremio y a los espectadores de medio mundo, convirtiéndose en una gran estrella. En este año abordan otra etapa habitual de este tipo de vidas: la caída en desgracia. El exceso de éxito se acompaña de sensación de soledad y de no controlar su vida, y acaba pasándose con las drogas. Si situación empeora cuando empieza a perder tirón y tiene que lidiar con trabajos por debajo del respeto y la libertad de los que había estado gozando. Cierto es que una vez se entiende que van a abordar esta historia se pueden intuir algunos aspectos, pero la descripción que hacen los guionistas de la depresión es muy buena, su trayectoria tiene aventuras de todo tipo muy bien hiladas, y Meade exprime al personaje con una interpretación colosal, llena de altibajos emocionales, giros sutiles y un tramo final demoledor. Atención a la escena en que cree estar siendo acosada por un tipo que aporrea la puerta del hotel pero todo está en su cabeza, en un torrente descontrolado de recuerdos de un padre abusón: pone los pelos de punta.

La sección de Candy ha sido la más predecible de toda la serie. En cuanto se presentaba su nuevo arco quedaba claro qué iban a contar, y siempre ha dado la sensación de que nunca enfrenta problemas muy serios, que todo le va saliendo bien. Sin llegar a sorprender, este año las cosas se le tuercen un poco más y tiene un final agridulce, y además mantiene lo que mejor funcionaba, las buenas lecturas sobre el ser humano (destacando la relación con gente de fuera del porno) y el mensaje feminista. En esto último cabe destacar algo sorprendente en estos tiempos, aunque no tanto viniendo de David Simon, que siempre ha tenido la cabeza muy bien puesta: vemos un ensayo sobre feminismo serio y con distintos frentes que no da nada mascadito ni tira por lo fácil y la corrección política. Cada personaje tiene su punto de vista según sus vivencias, algunos cambian con los tiempos, y en la lucha de la mujer por salir de la sombra del hombre y de la explotación, el mundo de la prostitución y el porno tiene más historias sórdidas y trágicas que luminosas. Maggie Gyllenhaal ha estado estupenda en toda la serie, y sus discusiones con Harvey Wasserman han sido siempre divertidísimas.

Vincent es el nexo que une a todos los personajes, pues muchos están muy separados. Aunque al lado de otras historias parezca que sus anécdotas como camarero y su romance tumultuoso con Abby no puedan aportar demasiado, ha mantenido su carisma y ha ganado en humanidad con los problemas de su hermano gemelo, Frankie. Y todo ello a pesar de que James Franco es un actor muy limitado que queda muy por debajo del resto.

Abby representaba a la mujer culta e idealista que lucha por un mundo mejor. En esta etapa se encuentra con que el mundo resulta demasiado complejo incluso para ella, y no termina de encontrar su lugar. El punto de inflexión en que se da cuenta de que lleva años estancada y tirando su vida es sutil y brillante: cuando está defendiendo a la ex-puta que quiere ser enfermera, los del jurado de recursos humanos del hospital le preguntan a qué se dedica ella, y después de haber sermoneado con todo el proceso de superación de su amiga se da cuenta de que ella en cambio no está haciendo nada con su vida. Es un suspiro breve antes de decir “llevo un bar”, pero condiciona todo lo que hace después. La actriz de origen ruso Margarita Levieva, que por cierto tiene cuarenta años aunque aparente menos de treinta, es otro gran descubrimiento y tiene un gran futuro.

Pero fuera de estos, los secundarios apenas se sostienen por su simpatía. Algunos que aportaban detalle y globalidad a a este microuniverso en las primeras temporadas parece que ahora sobran, y a la vez se nota que les han faltado otros personajes para cumplir el rango de grupos sociales abarcados, porque los que fueron terminando sus historias no han sido sustituidos por otros que cobren el mismo protagonismo e interés.

Paul está descolgadísimo del resto, se mantiene por el cupo gay y el SIDA, pero su historia personal y laboral llegó a su tope y los autores no son capaces de aportar nada llamativo, así que sólo queda un cascarón melodramático que aburre por momentos. El intento de pasar a primer plano a Big Mike no funciona, y su destino no interesa, también obedece al intento de reforzar del drama del SIDA, pero el giro está metido con calzador e intenta descaradamente ser emotivo. Las tres putas que quedan, aparte de haberlas cogido de extras de las que ni te acuerdas de un año para otro, son intrascendentes, puro relleno, no se cuenta nada útil con ellas. La chica joven huidiza con un padre que maltratador ya está representada por Lori y Candy, la parte de Melissa y la aparición de su padre, por mucho que esté en manos del gran David Morse, no aporta nada. La que trabaja de camarera con Abby no sé de dónde salió, sería tan insignificante que ni me fijé en ella, y su ligue con un tipo no entiendo qué pretende aportar. La yonki, Shay, es la única que tenía más presencia antes y cuya parte atrae más.

Bobby y Frankie El Negro quedan relegados a secundarios cómicos, sólo se mueven un poco cuando las putas empiezan a independizarse; el hijo del primero (interpretado por el hijo de James Gandolfini, Michael) no sé muy bien tampoco qué sentido tiene. Y seguimos con un problema importante: aunque ha mejorado la sección de los italianos, su poder sigue sin resultar del todo verosímil, son dos tipos que se supone que causan pavor a todos los demás personajes pero no se sabe por qué, porque no se muestra en ningún momento la fuerza y las ramificaciones de la mafia.

Un poco en tierra de nadie queda la parte política. Aporta algo esencial a la hora de conseguir la perspectiva tan amplia que siempre persigue Simon, pues sin mostrar la especulación inmobiliaria y los intentos del ayuntamiento por acabar con ella y limpiar los barrios céntricos no se pueden entender los cambios. Pero es otra sección demasiado separada del resto, y aunque amena y con personajes simpáticos, no veo que termine de conectar del todo, de influir realmente en la vida de los demás, quedando un poco como unos apuntes anecdóticos de la época. Eso sí, esta sección deja una de esas épicas frases marca Simon que definen media serie:

Nunca arreglamos a nadie. Nunca salvamos a nadie. Solo empujamos la mierda a otra esquina de la habitación.

Aparte, he echado mucho de menos a Gbenga Akinnagbe, el chulo Larry Brown que empezó a tantear ser actor porno. No he encontrado declaraciones o pistas de que el actor se fuera por voluntad propia o por problemas de algún tipo, simplemente ha desaparecido sin más. Quizá más adelante algún implicado suelte algo de información.

Añadiendo otros pequeños lastres, la narrativa no es todo lo fluida que debiera. Simon y Pelecanos, seguramente a sabiendas de que apuntaban otra vez a un público minoritario y podrían ser cancelados en cualquier momento dejando el relato a medias, optaron desde el principio por un estilo de miniserie, o sea, pocos capítulos y saltos temporales. Pero esto supone retos que a veces no sortean del todo.

En las dos primeras temporadas iba más suave la cosa, pero aquí hay demasiados saltos temporales que aceleran hechos más de la cuenta, requiriendo mucho esfuerzo por tu parte para enlazar cosas y aceptar cambios drásticos. A veces da la sensación de que se quedan sin recursos para dar forma a algunas elipsis (dos veces recurren al plano de una cama vacía para señalar un fallecimiento), y hay momentos que confunden al espectador (de repente aparecen en un entierro, y tienes que hacer malabares para saber de quién es). En la falta de soluciones más ingeniosas pesa mucho el epílogo, un giro demasiado sensacionalista y manipulador que desentona demasiado en esta serie y estos autores.

En la puesta en escena no tengo quejas. Como siempre, Simon opta por un estilo sobrio, que no sobresalga por buscar un virtuosismo deslumbrante, sino que deje hablar a los personajes y navegar a la historia. Y la ambientación de la época es estupenda, sobre todo en esta temporada, donde he notado más ambición en los exteriores, con más escenarios repletos de coches y extras.

En unos tiempos en que el cine y la televisión viven mucho de tratar de encandilar al espectador con la nostalgia por lo mejor y lo más idealizado de los años setenta y ochenta, The Deuce es una rara avis que muestra una realidad más sórdida y cruel. Como ensayo pseudo histórico ha sido estupendo. Como serie ha sido en general de notable, pero en el rico panorama actual eso ya no es suficiente para destacar, y menos si arrastras la incomprensible etiqueta de autor elitista que lleva David Simon desde The Wire.

Ver también:
Temporada 1 (2017)
Temporada 2 (2018)
-> Temporada 3 y final (2019)

EL CAMINO: UNA PELÍCULA DE BREAKING BAD

El Camino: A Breaking Bad Movie
Netflix | 2019
Drama, suspense | 1 ep. de 122 min.
Productores ejecutivos: Vince Gilligan, Diane Mercer.
Intérpretes: Aaron Paul, Matt Jones, Charles Baker, Jesse Plemons, Scott Macarthur, Scott Shepherd, Jonathan Banks, Krystin Ritter, Bryan Cranston.
Valoración:

Alerta de spoilers: Diría que señalo algunos aspectos del final, pero realmente no cuenta nada nuevo respecto a la serie y no revelo detalles concretos.–

Con Breaking Bad terminada por todo lo alto y una secuela que explora otras opciones (Better Call Saul) en marcha, ¿qué necesidad había de ofrecer un tardío epílogo? Cierto es que se puede pensar que siempre puede haber otra etapa en la vida de los personajes que relatar (hasta la muerte, obviamente), pero si no era relevante para desarrollarla durante la serie, y no hay una clara sensación de que se quedaron cosas en el tintero por falta de tiempo o recursos, ¿por qué andar mendigando resquicios por donde tirar seis años después? Viendo el resultado, está claro que en vez de trabajarse un homenaje que fluya con naturalidad mientras desarrollan una historia con novedades y bien trabajada que pueda despertar nuevo interés, Netflix y Vince Gilligan han buscado únicamente exprimir a los seguidores más fieles.

Ver a Jesse Pinkman en libertad era un buen final, no dejaba cabos sueltos, pues los enemigos estaban eliminados y la poderosa órbita de Walter White desaparecida, y tuvo el toque justo y necesario de emotividad: el calvario del joven ha terminado y puede intentar rehacer su vida. Volver atrás y tratar de aportar novedades a historias ya cerradas tiene todas las decepcionar, y más después de tanto tiempo, con la serie tan idealizada. Cada espectador se habrá imaginado un destino distinto para Jesse… y el que nos ofrecen no convence lo más mínimo. No aporta a su arco dramático nada que no estuviera claro o al menos se intuyera en aquel desenlace, y hasta llegar de nuevo a la conclusión hemos tenido dos horas perdidas en una lucha por la supervivencia muy floja en interés y calado.

Es decir, El Camino es puro relleno para llegar a la misma situación. Con libertad y sin ataduras tiene la posibilidad de retomar su vida como quiera y pueda, pero esa historia no hay necesidad de contarla. Por eso no lo han hecho aquí. Y que fueran conscientes de ello no hace sino confirmar que sabían que era una película innecesaria, un reclamo para fans.

La sensación de que es un episodio menor, de transición entre cosas más importantes que están por llegar, es constante. La serie era terriblemente irregular, pero aun así este capítulo se siente por debajo de los más flojos en ritmo y en contenido. Ninguna acción parece generar secuelas ni allanar un viaje emocional concreto y novedoso para el protagonista, todo son anécdotas sin trascendencia ni algún atractivo extra. Salvo en la inicial escena de persecución, bastante tensa, no se teme por lo que le pueda ocurrir, no te asombras con situaciones imprevistas que descolocan cualquier intuición que tuvieras sobre el porvenir, elementos que hicieron destacar a la serie, y el final es anticlimático a más no poder. El último clímax depende exclusivamente de si un tipo llama a la policía o no, y ninguna de las dos opciones promete nada extraordinario ni llega a ofrecerlo. Con las aventuras tan espectaculares y originales que hemos tenido durante las temporadas, ahora pretenden captar nuestra atención con una simplona huida de las autoridades y una artificial venganza contra un villano de poca monta que se han sacado de la manga, porque como decía, todas las tramas estaban bien cerradas.

La inspiración de Vince Gilligan también brilla por su ausencia en el acabado, que luce como una película de cine de presupuesto menor porque hay talento y experiencia de sobra, pero la inventiva de la que hacía gala en cada episodio, y seguramente con menos dinero y tiempo, aquí no está presente. Intenta unas cuantas escenas con los reconocibles enredos visuales, pero estas no logran impresionar ni agilizar tramos de menor interés. Por ejemplo, la búsqueda de dinero en el piso se alarga hasta aburrir.

El Camino vive exclusivamente de la referencia, de jugar con la añoranza del espectador. Para los seguidores que tienen endiosada la serie, se la han visto mil veces y buscan cualquier detalle para seguir alimentando su idolatría, Gilligan hace malabares para citar detalles rebuscados y mostrar fugazmente personajes muy, muy, muy secundarios que sólo ellos puedan identificar y así saciar su apetito. Para los que vimos la serie y seguimos adelante con nuestra vida buscando otras obras originales y de gran calidad, porque por mucho que digan sus fanáticos Breaking Bad no fue la mejor de la historia ni entra en la categoría de obra maestra, tiene también su ración de gominolas, estás más baratas: mete con calzador otras figuras más reconocibles pero que ya habían dicho todo lo que tenían que decir. Mike, Walter White y Jane Margolis no aportan absolutamente nada, de lo que canta el intento de conmover obtiene lo contrario, molesta porque intenta engañarte con trucos manipuladores. Sólo con Badger y Skinny Pete consigue un homenaje bonito y bien hilado. Todd en cambio no funciona del todo: resulta simpático, pero su presencia es puro relleno, una trama secundaria para matar el tiempo.

Gracias a la conexión con Jesse y el excelente papel de Aaron Paul, que tiene pocos diálogos pero logra transmitir bien su desesperación y miedos, el visionado logra engancharte lo suficiente para que esperes que la historia llegue a concretar algo y explote de una vez. Pero ni las partes más intensas, como la persecución inicial, la aparición de los falsos policías y el duelo con estos, logran mitigar la sensación de que El Camino carece de inspiración y esfuerzo en su creación. Apenas vale para pasar el rato, y no da lo suficiente como para dejar huella y pensar en volver a verla.

PD: Robert Forster rodó su parte (interpretando al dependiente de la tienda de aspiradoras) a pesar de sufrir un cáncer de cerebro. Murió justo el día de estreno de la película, el viernes 11 de octubre.

Ver también:
Temporada 1 (2008)
Temporada 2 (2009)
Temporada 3 (2010)
Temporada 4 (2011)
Temporada 5, parte 1 (2012)
Temporada 5, parte 2 y final (2013)
-> El Camino: Una película de Breaking Bad (2019)

DESENCANTO – TEMPORADA 1, PARTE 2

Disenchantment
Netflix | 2019
Aventuras, comedia | 10 ep. de 25-30 min.
Productores ejecutivos: Matt Groening, Josh Weinstein, Claudia Katz.
Intérpretes: Abbi Jacobson, Eric André, Nat Faxon, John Dimaggio, Billy West, Maurice Lamarche, Tress MacNeille, Sharon Horgan.
Valoración:

Antes que nada, no entiendo eso de llamar parte 1 y parte 2 de la temporada a tandas de capítulos estrenadas con un año de diferencia. Supongo que serán temas legales, pero a los fans lo único que hace es confundirnos. Con Futurama pasó lo mismo, hubo un tiempo durante el cual nadie sabía cuántas temporadas había realmente y a cuál correspondían los episodios.

La presentación de Desencanto hizo honor a su título resultando un desencanto bastante importante. ¿Dónde estaba el Matt Groening y colaboradores que nos regalaron genialidades como Los Simpson y Futurama? Las aventuras de Bean en Utopía (o Dreamland) carecían totalmente de la inventiva e inteligencia de aquellas, resultando una parodia bastante simple de la fantasía medieval clásica sazonada con unos pocos líos paternofiliales tampoco muy elaborados. Si no fuera porque los personajes mantuvieron cierta simpatía y por el notable subidón en los tres capítulos finales apostaría a que casi nadie habría seguido viéndola… Pero esta segunda parte es otra prueba de fuego, porque arrastra los mismos problemas. Netflix no da resultados de audiencias, pero a tenor del escaso y tibio recibimiento que se lleva en las redes no le veo mucho futuro.

Con Utopía patas arriba, el complot descubierto, la reina y madre de Bean resultando ser muy distinta a la figura tan idolatrada que tenían, nos dejaron en un clímax de infarto. En el primer episodio, los nuevos pasos en el asunto y sus posibles secuelas prometen bastante. A Bean se le abren los ojos a una nueva cultura y un conflicto tanto político como personal que la sobrepasan. La cantidad de situaciones y giros que traen las dificultades que enfrenta garantizan una historia muy movidita e impredecible. El segundo capítulo, con el viaje al infierno, sigue sumando puntos añadiendo un humor más ingenioso y loco, prometiendo que la temporada irá por caminos más arriesgados y originales.

Pero esa inspiración inicial tanto en historias como en la cantidad y la calidad de los chistes desaparece en los siguientes, que vuelven al tono sencillo, cuando no simplón, de la primera etapa. Tiene amagos en que parece que se va a poner seria, jugando con sutilezas (los orígenes de Elfo), abordando temas más complejos (los conflictos entre los elfos y el rey), deslumbrando con otros lugares (los ogros, Vaporlandia)… pero se desarrollan sin pena ni gloria. La sátira es tontorrona y a veces resulta forzada (el feminismo a la cabeza), el ingenio brilla por su ausencia, todo son entuertos sencillos, parodia básica con chistes muy blandos, pues ni con un demonio cabroncete como se supone que es Luci ni con los choques de Elfo con la realidad tenemos gracias subidas de tono.

Lo mejor que se puede decir es que si te caen bien los personajes querrás seguir viendo sus aventuras, pues por poco excitantes que sean la mayor parte, estos tienen sus momentos en cada episodio y, sobre todo, hay una continuidad en la evolución de sus relaciones y sus personalidades. Y esto se extiende a la fauna creciente de secundarios: todos van aportando detalles al conjunto, de forma que se nota una planificación global o al menos una intención de ir avanzando hacia alguna parte.

Pero ahí también se queda corta, porque al final del año pasan por completo de casi todo lo que han ido sembrando y lo dejan para más adelante. El misterio con la caja de música y las marcas por el castillo parece ser crucial, le dedican un par de capítulos con mucho esmero en sembrar intriga… y luego no lleva a nada, sólo se retoma unos segundos en un giro final muy forzado y sin garra. La parte de Vaporlandia, la asombrosa ciudad steampunk, te deja esperando un colofón que dé la vuelta a todo… pero el episodio final en cambio se centra en cosas que a su lado parecen totalmente intrascendentes, sobre todo con la falta de empaque con que las narran. Los últimos problemas de Bean, Luci, Elfo y por extensión Utopía están lejos de mantenernos en vilo como supongo que pretendían, saben a distracción temporal que no se han trabajado con ganas, resultando un capítulo final aburrido y anticlimático.

La esperanza nunca se pierde, se suele decir, y Desencanto todavía mantiene la sensación de que tiene un mundo enorme por explorar, pero por ahora sigue apuntando a unos mínimos decepcionantes.

Ver también:
Temporada 1, parte 1 (2018)
-> Temporada 1, parte 2 (2019)