LOS TUDOR – TEMPORADA 2.

The Tudors
Showtime | 2008
Productores ejecutivos: Michael Hirst.
Intérpretes: Jonathan Rhys Meyers, Henry Cavil, Natalie Dormer, Nick Dunning, James Frain, Maria Doyle Kennedy, Jeremy Northam, David Alpay, Peter O’Toole, Jamie Thomas King, Hans Matheson, Sarah Bolger, Anita Brien, Max Brown, Anthony Brophy, Padraic Delaney.
Valoración:

La segunda temporada de Los Tudor llega con una mala noticia: la inesperada desaparición de tres actores, y por obvia extensión de tres personajes. Uno fue Henry Czerny, el duque de Norfolk, conspirador aliado de los Bolena. El intérprete no estaba de acuerdo en cómo manejaban su personaje (no se sabe por qué concretamente) y se largó, dejando jugosas tramas en el aire: terminaría poniéndose en contra de los Bolena (para salvar su pellejo), incluso dirigiendo el juicio contra ellos, y luego atacaría a Cromwell y jugaría un papel crucial en la realización del matrimonio de Enrique con Catalina Howard. Vamos, que jodió media serie. Muy profesional el tipo, sí señor. Dada su importancia me pregunto si no hubiera sido mejor buscar un actor que lo sustituyera. Otro fue Joe Van Moyland, que encarnaba al músico Thomas Tallis. Los rumores decían que se fue para centrarse en su banda musical (algo bastante irónico). Los rumores también daban vueltas a un pensamiento interesante: que viendo el protagonismo que Hirst le daba probablemente Tallis asumiría el rol del bardo Smeaton, y quizá por suerte su ausencia obligó a no dejar de lado a dicho personaje, crucial en la caída de Ana Bolena. El tercer fugado no es tan importante, pues el noble Anthony Knivert (Callum Blue) no terminaba de ganar protagonismo y de hecho ni lo tenía, porque era un rol inventado.

A este vacío hemos de sumar la muerte de un protagonista principal que copaba muchos minutos y resultaba una presencia imponente: Wolsey. Por ello da la sensación de que a la serie le faltan personajes en los primeros capítulos de esta temporada. Sobre todo se siente el vacío que Norfolk deja: Thomas Bolena está muy solo en sus maquinaciones, y pierde algo de fuerza. Por suerte pronto cambia el panorama. Llega el obispo Cranmer a dar guerra, aunque no sea ni la mitad de interesante que Wolsey, y nos olvidamos definitivamente de la falta de nobles relevantes cuando la trama se centra en la caída en desgracia de Tomás Moro y los Bolena, esta última con el protagonismo creciente de otros personajes, como los músicos Smeaton y Wyatt.

La temporada se inicia enlazando directamente con la anterior, sin cambio de rumbo ni salto temporal porque seguimos inmersos en momentos clave. Enrique presiona a la Iglesia local para que le concedan su divorcio. A pesar de la reticencia de los cardenales y obispos y las amenazas del Papa desde Italia (Peter O’Toole en unas pocas pero intensas apariciones) se rodea de fieles en el consejo, encabezados por Thomas Cromwell como Secretario del reino y el recién llegado obispo luterano Thomas Cranmer (otro Thomas más, la hostia), y no sin esfuerzo consigue convertirse en la cabeza de la Iglesia de Inglaterra. La anulación del matrimonio con Catalina no se hace esperar, y enseguida se casa con Ana y la felicidad embarga la vida del rey y de los Bolena durante un tiempo.

La reforma de la Iglesia avanza con paso firme en manos de Cromwell (un de nuevo magistral James Frain). Los monasterios avariciosos son eliminados, los nobles deben firmar un juramento en favor de Enrique y de la descendencia que tenga con Ana, empezando por su hija Isabel, lo que deja a María la hija de Catalina sin nada. Pero Tomás Moro es un quebradero de cabeza. Su firmeza en no dejar entrever qué piensa, su negación a firmar parte del tratado pero sin negar lo más importante (aunque reniegue de ello por dentro), pone a Enrique en un brete: no puede ejecutar a su mentor y amigo. El conflicto interno de Moro es complejo y difícil de interpretar, porque piensa una cosa y dice otra, lo cual Jeremy Northam refleja con el gesto y la mirada de forma totalmente verosímil. Sumando la intensidad abrumadora que imprime al apesadumbrado Moro, logra la interpretación de la temporada y una de las grandes del año televisivo, a pesar del nulo reconomiento a la serie. Con el toque final de la manipulación de Ana, la situación termina con Moro decapitado. Se llega a sentir pena por el hombre, pues por muy fanático que fuera los otros no lo eran menos.

Llegados a este punto el autoritarismo de Enrique se ha convertido en un círculo vicioso que se expone muy bien en la corte, en la política internacional y en su lucha interna, pues se halla cada vez más afligido porque por mucho que se imponga nada le sale como quiere. Los reyes europeos le dan largas en todo intento de pacto y matrimonio, porque no se fían de que pueda darle la vuelta a todo en un arrebato. Paralelamente Ana es incapaz de darle un hijo varón, y la paciencia de Enrique se agota. La caída de Moro termina por romper la barrera de distanciamiento con la realidad: se da cuenta de que ha ido demasiado lejos y se lamenta profundamente. Ve en Ana la culpa de todo, esa bruja manipuladora.

Sabiamente Michael Hirst siembra a lo largo del año las pistas o más bien excusas que se usarán para enjuiciar a los Bolena, detalles aquí y allá como las miradas de sorpresa y rechazo de las damas de Ana ante sus confianzas con Smeaton. Y el juicio es espeluznante, con las acusaciones salidas de madre como el incesto con su hermano. La interpretación de Natalie Dormer llega a su cumbre: la conocíamos vivaz y manipuladora, y ahora muestra con gran intensidad miedo, paranoia y desesperanza ante un futuro cada vez más negro. Nick Dunning impresiona también: cuando acosa a Ana da miedo, y en la caída de la familia cambia de registro de forma increíble. ¿Cómo un actor de este calibre no es mundialmente famoso? La decapitación de Ana y el exilio de su padre se toman su tiempo, mostrándonos cada paso con parsimonia. La entrada de Ana en la Torre de Londres es un plano secuencia fantástico, la estancia en la celda se hace eterna, con momento duros como cuando ha aceptado su destino y está preparada para morir pero la ejecución se retrasa por la falta de verdugo.

Apenas se ha librado de Ana y ya está Enrique encaprichado de una nueva chica, Jane Seymour. La ausencia de los Bolena recupera algo de la amistad del Duque de Suffolk, Charles Brandon, quien no veía bien el intransigente rechazo del rey hacia Catalina y María, lo que puso otra vez algo de distancia entre ambos. Catalina se sumerge en una depresión enorme, sin fuerzas para luchar. Termina muriendo con el corazón podrido, aunque hoy sabemos que era seguramente cáncer lo que le dio ese último golpe, y no la falta de ganas de vivir. María, enclaustrada también, aparece poco pero ya no es un extra, sino un personaje más, y la intérprete es todo un hallazgo. La joven Sarah Bolger logra que nos encariñemos rápido con María, aunque a veces da un poco de repelús: sus expresivos ojos y la facilidad con que muestra la aflicción hacen de ella una pequeña Catalina, es decir, una pobre desgraciada que conmueve, pero con tanto maltrato de rebote sale como fanática católica de cuidado. Lo malo es que le pasa lo mismo que a Jonathan Rhys Meyers: con su rostro juvenil parece que el personaje no envejece nunca. A este respecto el aspecto de Enrique siguen sin captarlo bien. El peinado que parece engominado y la perilla pretendían darle edad pero resultan un tanto anacrónicos.

Algunas consideraciones menores que me parecen relevantes citar son las siguientes. No me queda claro por qué Brereton cambia de idea: primero es firme partidario de asesinar a Ana, luego la sigue fielmente. También me pregunto por qué Cranmer sale en los créditos si aparece muy poco. Alguna trama secundaria, como el hermano Bolena de parranda homosexual mientras se casa para disimular, no son esenciales pero aportan vidilla al conjunto, y es un puntazo ver la frustración de la esposa.

La temporada resulta tan magnífica como la anterior. Narra varios años con gran velocidad pero sin dejar huecos: en un par de capítulos Ana tiene dos embarazos y abortos, y no da sensación de ir a saltos, sino que fluye consistentemente. La excelente conjunción de intereses personales, con cada protagonista tirando de los hilos a su manera, mueve los acontecimientos manteniendo el interés y la expectación altos, jugando con la intriga muy bien, de forma que no importa que sepamos cómo va a acabar todo, pues el relato resulta absorbente y el destino de cada protagonista se vive con muchísima intensidad.

Ver también:
Temporada 1.

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