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STAR TREK: DISCOVERY – TEMPORADA 1


CBS All Access | 2017
Ciencia-ficción, acción | 15 ep. de 38-50 min.
Productores ejecutivos: Bryan Fuller, Alex Kurtzman, Akiva Goldsman, varios.
Intérpretes: Sonequa Martin-Green, Doug Jones, Shazad Latif, Anthony Rapp, Mary Wiseman, Jason Isaacs, Michelle Yeoh, Jayne Brook, Mary Chieffo, James Frain.
Valoración:

Alerta de spoilers: Presento la historia y los personajes. Sin datos reveladores hasta el último apartado. —

HACÍA FALTA RENOVACIÓN… PERO BIEN HECHA

La saga Star Trek necesita desde hace bastante tiempo algo de renovación, pues Voyager (1995-2001) había estirado demasiado la temática de exploración científica y Enterprise (2001-2005) no convenció casi nada a los fans en su intento de tirar más por la acción directa. El agotamiento de ideas, que ya se extendía también a las películas, pues Némesis (2002) fue bastante floja, las dejaba por debajo del ingenio de la original Star Trek (1966-1969) y de la calidad de las más aclamadas, La nueva generación (1987-1994) y Espacio profundo 9 (1993-1999). Esta última sí buscó innovar mediante historias de mayor recorrido, y logró causar muy buenas impresiones entre los seguidores. Por ello es una pena que las nuevas películas creadas por J. J. Abrams (2009, 2013 y 2016 -esta última dirigida por Justin Lin-) fueran producciones de acción de usar y tirar. La verdad, ni me sentó bien que esta mediocre reinvención, indistinguible de toda la retahíla de remakes y adaptaciones sin alma que saturan el mercado, resultara un éxito de público.

El nacimiento de Discovery dio mala espina, pues cabía pensar que seguiría la estela de esa trilogía moderna. Además, el título señalaba más exploración (aunque al final fuera todo intriga política), y el ubicarla otra vez (como Enterprise y esas películas) en un marco temporal ya superado prometía más de una falta a la línea temporal cuando no reescrituras descaradas de la misma.

Viendo los réditos económicos de la reciente versión cinematográfica, la CBS tiró la casa por la ventana con un presupuesto de entre seis y siete millones de dólares por capítulo, toda una superproducción televisiva. Pero la pareja de creadores elegida fue un tanto extraña por sus estilos opuestos, en especial en sus aportaciones previas en Star Trek.

Por un lado tenemos a Bryan Fuller, que escribió algunos episodios en Espacio profundo 9 y Voyager, aunque es más conocido por sus creaciones propias, Criando malvas (Pushing Daisies, 2007), Wonderfalls (2004), Hannibal (2013) y American Gods (2017). En ellas se ve un artista inclasificable, un vanguardista capaz de imaginar universos únicos y darles forma con una dedicación y detallismo obsesivos… hasta el punto de que se convertían en series muy difíciles de llevar a cabo y también de digerir por el público, lo que ha llevado a la cancelación prematura de varias de ellas o a su despido.

Por el otro lado encontramos a un autor de la hornada de J. J. Abrams, de esos tan temidos entre los cinéfilos y seriéfilos por ser amigos de los golpes de efectos y la improvisación por encima de la coherencia de la narrativa global. Alex Kurtzman maduró en Alias (empezó su carrera antes… en Hércules -1997- y Xena, la princesa guerrera -2000-), y aunque no pasó por la incubadora de este grupo, Perdidos (2004), y desde luego Alias (2001) fue buena serie, con un bajón acuciado conforme avanzaba pero no hasta caer al abismo como Perdidos, ahí ya se veía bastante de ese mal hacer. Luego fue el artífice de Fringe (2008), un remedo pobretón de Expediente X pero con bastantes fans, y, lo que terminó de sembrar más dudas, el guionista de dos entregas de la nueva visión de Abrams.

Conforme llegaban las noticias durante su puesta en marcha no se avivaban las esperanzas, sino más bien lo contrario. La visión de sus creadores y la de la productora (más concretamente la sección recién creada de video bajo demanda, CBS All Access) parecían estar enfrentadas, aunque como siempre se dijera que no. Finalmente se confirmó el conflicto con Bryan Fuller, que acabó despedido. Sin duda él tiene gran parte de la culpa, pues siguió en su tónica, alargando la escritura y el rodaje de forma que tuvieron que retrasar el estreno y poner más y más dinero, pero entre líneas también se podían leer las desavenencias creativas. Da la impresión de que él quería una obra muy seriada y compleja y el canal algo más directo, más acción en la línea de las recientes películas. Kurtzman se mantuvo brevemente al frente, pero no parece que confiaran del todo en él, porque trajeron a Akiva Goldsman (quien también pasó por Fringe) para compartir el mando. Este es conocido por sus producciones de baja calidad (con basuras legendarias como Batman y Robin -1997-), y lo único decente que ha escrito es Soy leyenda (2007) y Yo, robot (2004), que no eran precisamente fieles a las obras originales.

Hay que decir que, cercano al estreno y confirmándolo con el argumento de los primeros capítulos, se levantó un poco la expectación al ver que anunciaban una historia larga muy sugerente, la guerra de la Federación contra los Klingon. Pero esas tibias promesas nunca han llegado a despegar en una temporada que no está a la altura del estándar exigible para la saga, tanto en fidelidad como en calidad, y eso que Voyager y Enterprise al parecer iban muy justas en lo último (las tengo pendientes a la hora de escribir esto). Como entretenimiento de acción tiene un pase, pero a nada que le hagas un análisis serio se cae a pedazos. Ofrece una narrativa caótica, notándose mucho el lío en la producción y la reescritura de guiones, y predominan artificios y golpes de efecto que no logran enmascarar su falta de profundidad e inteligencia. Pero está claro que el renombre de Star Trek tiene suficiente tirón para enganchar a bastante público, pues ha logrado buen seguimiento y la segunda temporada está ya confirmada. También habrá ayudado que Netflix pagara bien por emitirla fuera de EE.UU. y Canadá, permitiendo que empiecen a amortizarla rápido.

NULA FIDELIDAD A LA SAGA

Nada más empezar el visionado se observa que se inclina demasiado hacia la estela de las nuevas y fallidas películas: no se ve la esencia de Star Trek por ningún lado. ¿Para qué demonios haces una entrega de la saga si no vas a respetarla? ¿Cómo esperas ganarte a sus fans si vas pisoteándolo todo? El primer golpe es duro: ¿cómo pudo ocurrírseles cambiar de arriba abajo el aspecto de los klingon? Veintiocho temporadas y diez películas después mandas todo lo establecido a la mierda sin vergüenza alguna. Tenemos unos engendros cabezones cuyas motivaciones y cultura apenas llegan a identificarse con lo que sabemos de ellos. No se ve un pueblo donde el honor y las tradiciones rigen sus vidas, sino unos animales impredecibles y traicioneros, recordando a los originales únicamente en su inherente belicismo.

Pero hay mucho más, en lo visual tanto como en lo argumental, que deja malas sensaciones, por mucho que intenten encubrirlo colando referencias en segundo plano aquí y allá.

En la estética van directamente a romper con todo, sin la más mínima consideración por la saga. Las naves eran bonitas, habitables y cómodas, no fríos zulos de metal donde sólo hay color en las sobresaturadas consolas. En la puesta en escena abusan del efectismo inmediato, con enredos visuales por doquier sin motivos claros, cuando siempre ha primado la sobriedad y la elegancia y el dejar que la historia hable por sí sola. Luego me extiendo sobre su malogrado acabado visual, destacando los pésimos efectos especiales, que se quedan muy por debajo incluso de La nueva generación, con treinta años a cuestas ya.

Y, sobre todo, el ambiente no recuerda a la serie, salvo en el inesperado capítulo de la paradoja temporal que hace repetir la misma situación, donde aportan una perspectiva bien trabajada a la premisa, aunque a cambio anda muy falto de ritmo. En la Federación que yo conozco los protagonistas no serían recelosos unos de otros constantemente ni actuarían por puro egoísmo, sino que sería gente muy entregada a sus ideales, pues han llegado a lo más alto del escalafón social: la flota estelar. En la presente han optado por seguir un modelo muy de moda, el de las series oscuras llenas de protagonistas ambiguos cuando no malvados y que pueden morir en cualquier momento, en una saga que siempre iba a su bola, adelantada a su tiempo con una idiosincrasia propia.

En ese aspecto destaca que fue un referente en cuanto a avances morales y temáticos en televisión, no sólo por romper unos pocos tabúes raciales y machistas, sino sobre todo porque tocaban muchos temas filosóficos, éticos y antropológicos con gran amplitud de miras, imaginación e inteligencia. Aquí, el repertorio de capitanas y almirantas chungas porque sí y la sobreexposición gay parece no tener justificación, no se desarrolla de forma orgánica. Acabarás harto de ver a la parejita homosexual lavándose los dientes frente al espejo y diciéndose cosas cuquis mientras esperas que pase algo trascendente. En cuanto a temática, las pocas veces que se abordan aspectos habituales, como los otrora elaborados y certeros análisis sobre la ética y el ser humano, la rigidez de las normas puestas a prueba en situaciones desconocidas, la capacidad moral de la Federación en conjunto y de sus habitantes por separado, resultan discursos flojos y repetitivos. La supuesta superioridad ética de la Federación se cita mucho pero no se ve, y salvo la inocente (hasta resultar empalagosa) Tilly son todos unos cabrones de cuidado que solo miran por sí mismos. No veo a la Federación por ninguna parte, así que no se entiende que tengan que recurrir al universo espejo, a los malvados terranos, para justificar que se dejen de lado sus supuestos límites éticos para sobrevivir a la guerra.

Si es que la parodia The Orville (2017), de Seth MacFarlane, está mucho más cerca del estilo de la serie, y el capítulo USS Callister de la cuarta temporada de Black Mirror también lo capta de bastante bien.

HISTORIA Y PERSONAJES CERCANOS AL DESASTRE

La falta de calado y personalidad se extiende a las tramas y protagonistas. Se mezclan las fallidas intenciones de Fuller con la apresurada llegada de Goldsman, y siempre está presente la nula capacidad de Kurtzman para dibujar personajes y tramas que tengan un mínimo de profundidad y un desarrollo atractivo. Los diálogos son simplones, poco naturales, buscando siempre una épica y trascendencia que no se transmite en ningún momento. Se acumulan situaciones predecibles, otras forzadas (la nave sellada, pero la prota paseándose por todas partes por los conductos de mantenimiento, menuda seguridad), y hay demasiados intentos de causar impresión a base de golpes de efecto y sorpresas poco meditados.

El comienzo de la temporada, con la introducción de los klingon y el origen de la guerra, se hace pesado, incapaz de ir al grano y exprimir el potencial latente. Hablan demasiado para decir poco, y encima lo hacen en klingon, un vacile innecesario, para que la anunciada batalla que provoca el conflicto bélico sea un bluff total, porque ni en lo argumental ni en lo visual está a la altura de lo que se anunciaba. En la Discovery no se consigue materializar una historia concreta, manteniendo el interés únicamente gracias al proceso de adaptación de la protagonista principal a su nuevo e inesperado destino, y no es que sea muy imaginativo.

Cuando esperas que se profundice de una vez en la guerra llega el cambio de guionistas y el despiporre: a partir de entonces parece que desarrollan la serie sacando de un bote ideas locas escritas en trozos de papel. Nada se asienta, saltamos de una trama pretendidamente grandiosa y trepidante pero poco coherente y apresurada a otra. Así que uno no sabe a qué atenerse, no puedes conectar con nada porque en cualquier momento te lo quitan y te lanzan hacia otra idea improvisada metida a la fuerza, y así hasta acabar en un final lamentable.

Los protagonistas, con un dibujo inicial bastante básico, no terminen de ofrecer nada llamativo, pues sus personalidades no evolucionan de forma gradual, sino según deban adecuarse a los virajes del guion. La figura central, Michael Burnham, tiene un montón de dudas y sufrimiento, y nos taladran con flashback varios, pero no llega a vislumbrarse una forma de ser clara, unas motivaciones y deseos que hagan inteligible su determinación. Es un robot que traga con todo y sigue adelante sin pestañear… literalmente, porque la actriz Sonequa Martin-Green (The Walking Dead), que es competente de sobras, lo único que hace es poner miradas intensas, no tiene más margen.

Ash Tyler, el rescatado de la prisión klingon, está todo el día puteado hasta resultar cansino, porque no se avanza hacia ninguna parte, salvo en el predecible y tonto conato de romance con Michael, porque no puede faltar una relación en tensión. Cuando parece que va en buen camino, resulta que todo era para justificar uno de los giros más demenciales. Además, el actor Shazad Latif lo hace fatal, sacándome de muchas de sus escenas. Sylvia Tilly es la cadete que quiere encajar pero se ve frenada por su torpeza y timidez. Es tan poco original y la actriz Mary Wisemantan está tan sobreactuada que resulta cargante desde sus primeras escenas. El ingeniero Paul Stamets no se sabe muy bien de qué va, es otro con una determinación obsesiva que ni se matiza ni evoluciona, y el intérprete Anthony Rapp intenta darle un toque serio que resulta también sobreactuado. Georgiou es seca y aburrida en los dos universos, y Michelle Yeoh no convence.

Los únicos interesantes son el segundo oficial Saru y el capitán Gabriel Lorca. El gran Jason Isaacs da forma a un líder sombrío y exigente con un toque de mala baba y misterio que resulta muy atractivo. Con lo de la misión secreta de la Discovery y la guerra se puede aceptar que se salga de la tónica de la Federación, de hecho parecía que se iba a aprovechar para tener roces éticos con Michael. Pero me temo que no llega a dar nada de sí, pronto es engullido por esos desvíos argumentales sensacionalistas y termina muy disminuido, hasta el punto de que en el segmento final acabé cabreado con la proyección de su historia y desinteresándome por completo por su porvenir. Saru es el único que no sólo mantiene el tipo sino que crece. Sus convicciones morales quedan claras, sus conflictos con Michael dan algo de juego, y conforme se tuercen las situaciones aprende y cambia su conducta. Doug Jones es capaz de lograr una buena interpretación (y peculiar, con los movimientos alienígenas que hace) a pesar de tener mucho maquillaje encima.

EL ASPECTO VISUAL TAMBIÉN FALLA

Desde las primeras escenas quedé asombrado por su escasa calidad en el aspecto visual. ¿Adónde ha ido el abultadísimo presupuesto? Se habrá desperdiciado la mitad en el aparatoso rodaje, porque lucir solo lucen el vestuario y el maquillaje, y un poco el interior de la naves, pero no como para decir que es una superproducción al nivel de Juego de tronos.

El trabajo con ordenador, para los tiempos que corren y el dineral invertido, es incomprensible que tenga un nivel tan bajo, tirando a cutre. Los pocos planos del espacio y las naves son propios de una serie de bajo presupuesto de hace veinte años, no tienen mejor aspecto que los de Farscape (1999), y el único ser vivo digital, el “tardígrado”, es espantoso. Enterprise dejó claro que el ordenador no aguanta bien el tipo contra las maquetas, saliendo perdiendo en la comparación con La nueva generación, Espacio profundo 9 y Voyager, pero aun así tenía un nivel más que decente y soporta el paso de los años aceptablemente bien. Hasta producciones menores como Dark Matter tienen mejores efectos digitales, no digamos ya alguna con más ambición, como The Expanse.

La decepción se agrava porque apenas salimos unas pocas veces de la nave, es decir, falta la renovación de escenarios, el factor asombro al conocer nuevos lugares y especies. El diseño de la cultura klingon no está mal, pero, como indicaba, no resulta nada fiel: el aspecto de la especie es irreconocible, y su entorno tiene demasiado brillo dorado cuando se espera un estilo más animal, con cueros, pieles, cuernos… El ambiente humano es demasiado gélido y oscuro, que aparte de fallar también en fidelidad resulta poco vistoso: la Discovery no tiene una personalidad propia, se puede cambiar por cualquier diseño estándar de interiores de la ciencia-ficción.

La banda sonora, muy destacable anteriormente, sobre todo en La nueva generación y la mayor parte de las películas, aquí resulta un relleno poco esforzado, y eso que Jeff Russo (Fargo, Legión) me parece buen compositor. Los títulos créditos tampoco me entusiasman, aunque nunca fue una saga deslumbrante en este aspecto.

No sorprende que en la puesta en escena sigan la fórmula de Abrams en las nuevas películas, que usó la técnica más habitual en el cine de acción de baja calidad de estos tiempos: mucha saturación de trucos baratos para impactar fácil y rápido sin tener que trabajarse bien la narrativa. Así, como decía, no tenemos el acabado sobrio pero elegante que se veía desde La nueva generación, cuando la saga maduró y había dinero para aspirar a algo más serio. Aquella destacó con un acabado de calidad impropio de la televisión: estupendos planos medios, gran cuidado en manejar muchos personajes en cada escena de forma que todo fluyera bien, y puntos álgidos emocionales (tenía poca acción) muy bien exprimidos. Aquí encontramos un abuso indiscriminado de reflejos, lucecitas, movimientos y ángulos estrafalarios que pretenden ofrecer dinamismo y vitalidad pero lo que consiguen es un acabado sobrecargado y agobiante pero sin sustancia. Para rematar, se busca una obra de acción pero las pocas peleas que encontramos son bastante chapuceras, sobre todo el enfrentamiento final con los terranos.

AHONDANDO EN DETALLES Y EN EL FINAL

Alerta de spoilers: En adelante destripo los giros más importantes y el desenlace.–

Entre los peores momentos que no podía citar antes para no revelar demasiado entraría la disparatada trayectoria de Tyler. Inicialmente me parecía sugerente el tratamiento de preso fugado que tiene secuelas del cautiverio y la tortura, pero tras demasiadas escenas repetitivas adornadas con el dichoso romance se fue disipando el interés en él, para acabar por tierra con esa situación donde, estando claramente no apto para el trabajo, lo ponen a hacer algo esencial en una lanzadera, con la de tripulantes que hay disponibles. Y lo poco que queda lo terminan de hundir con lo de que se ha convertido, pero no mediante la tortura, sino con una transformación biológica: ¡ahora resulta ser un klingon con fachada física humana! Por supuesto, la poca intriga supuestamente renovada con esta parida se diluye rápido, porque pronto se ve que lo hecho con ciencimagia mediante ciencimagia lo resolverán en un tris. Después de tanto enredo absurdo (ahora es klingon ahora no… ¡decidíos!) no hay secuelas reales, más allá de la muerte nada impactante de un secundario (que incluso se agradece, porque el médico era de los molestos) y de extender de mala manera el manido romance.

Entre los apuntes innecesarios y que faltan a la línea temporal sin venir a cuento destaca la sandez de que Michael Burnham sea hermana adoptiva de Spock. Aparte de justificar apariciones esporádicas de Sarek que luego no aportan nada, no sirve para ahondar en la protagonista, para definir sus motivaciones y acciones, y el intento de darle un toque exótico por su educación vulcana se olvida por completo a los pocos episodios.

La idea de las esporas y sus saltos instantáneos a cualquier parte también me parece enredar innecesariamente con la continuidad. Cada vez que toma protagonismo, y lo hace en cada capítulo, no podía dejar de pensar en que no pueden sustentar toda la serie con ello, porque supone una ventaja descomunal para la Federación que no existe en el resto de la línea temporal conocida, así que tarde o temprano tendrán que currarse una forma creíble de deshacerse de esta tecnología sin dejar rastro. Sin ir más lejos, en el tramo final, cuando más falta hace, por supuesto el sistema falla hasta que los guionistas quieren.

En cuanto a tramas globales, dejar de lado la guerra klingon sin llegar a profundizar nada en ella para irse a enredos en el universo paralelo me parece una cagada monumental, tanto por abandonar bruscamente la historia presentada como porque la nueva premisa ofrece una línea de acción aparatosa pero poco llamativa. Me dan igual los terranos, son unos enemigos desechables; todo el sufrimiento de la tripulación y sus misiones suicidas parecen demasiado teatrales y por extensión poco verosímiles y emocionantes; y los encuentros entre dobles son demasiado predecibles y forzados. Atención también a la exagerada nave de la emperatriz y su destrucción digna de un poco imaginativo videojuego. El final de Lorca es lamentable, tanto como prometía y acaba convertido en un villano del montón. La emperatriz es otro enemigo de manual, y al final todo acaba como se veía venir, incluso su paso a nuestro universo.

Para rematar la floja temporada, en el tramo final recuperan la guerra klingon de mala manera, metiendo con calzador un salto temporal que nos pone ante otra dificultad artificial, pues ahora repentinamente los klingon están a punto de ganar. Nos hemos perdido todo lo que se anunciaba, el desarrollo de una guerra muy relevante en la saga, para pasar al desenlace… y este es ridículo en proporciones grotescas.

La voz en off de Burnham trata de poner énfasis en sentimientos que el episodio final no es capaz de despertar, porque todo resulta apresurado, anticlimático e inverosímil. Qué conveniente el renacimiento instantáneo de las esporas, qué poco creíble que llegen al planeta klingon, incluso se teletrasporten, sin ser detectados, y que la nave tenga ahora capacidad atmosférica; qué anodina la misión de buscar información, qué poco empeño parecen ponerle; y sobre todo, qué lastimero el final de la guerra, con la klingon sosteniendo en alto un mando y todos postrándose ante ella sin que haya explicado qué es. Y aunque lo explicara, la idea es absurda y difícilmente sostenible: resulta ridículo lo fácil que es invadir y destruir un planeta, y muy poco creíble que pueda mantener así el liderazgo, pues más que obtener sumisión sin rechistar lo lógico es que todos se pongan en su contra.

En todo este lío la conexión con los personajes es nula, no han conseguido ganarme a lo largo de la temporada, así que ahora no me importa nada el nuevo peligro exagerado en que los sumergen. Termina Burnham con otro discursito, intuyo que para tratar de mostrar algún cambio o madurez en la tripulación y la Federación que en realidad no hemos visto, así que queda artificial y relamido pero insustancial.

Por si el interés del espectador andaba ya por los suelos, nos tratan de ganar para el próximo año con el típico gancho tramposo a lo Perdidos, con el Enterprise clásico (NCC-1701) apareciendo repentinamente. Pero, para terminar de joder a los fans, ¡nos clavan el rediseño moderno de Abrams! Eso sí, está capitaneado por Pike, pero es de suponer que Spock anda por ahí, así que vuelven a jugar a la reescritura de la continuidad peligrosamente.

Por lo que veo por la red, con esta última falta de respeto los trekkies que aguantaron hasta el final por inercia y curiosidad morbosa (entre los que me incluyo) han tirado la toalla. Pero también parece haber enganchado a bastante espectadores nuevos, amigos de los seriales de acción de baratillo. En un mundo más objetivo la temporada ni habría llegado al final, pero lo mismo dura unos cuantos años.

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THE CROWN – TEMPORADA 2

Netflix | 2017
Drama, histórico | 10 ep. de 55-60 min.
Productores ejecutivos: Peter Morgan, Stephen Daldry, varios.
Intérpretes: Claire Foy, Matt Smith, Vanessa Kirby, Jeremy Northam, Anton Lesser, Victoria Hamilton, Will Keen, Pip Torrents, Harry Hadden-Patton.
Valoración:

Casi podría copiar el comentario de la primera temporada, porque la tónica y la calidad es la misma. Seguimos las andanzas del reinado de Elizabeth II, la corte, y a veces el gobierno, tratando de formar con ello una visión global de la historia reciente de Reino Unido. Pero, como en la primera etapa, parece que sus autores (Peter Morgan a la cabeza) siguieran sin un consenso claro sobre qué contar, si la historia del país o la vida personal de la reina.

Esta vez han abierto un poco más el foco, cambiando el punto de vista en algunos capítulos de la monarca a otros personajes principales (los dos primeros ministros -Eden y MacMillan-, Margaret, Philip y el duque de Windsor), pero todavía da la sensación de que no basta, de que el cuadro completo de Reino Unido sigue dejándose de lado para centrarse en historias menos trascendentales de la corte. Así, la crisis del canal de Suez parece un tanto ajena al resto de la serie, y la aproximación al matrimonio de MacMillan no digamos. La perspectiva también falla a la hora de mostrar al pueblo llano, del que no sabemos nada hasta que aparece el periodista que saca los colores a la rancia corona y los obliga a modernizarse un poco. En estos casos es como pasar de cero a cien, pues el resto se centra demasiado en los dramas personales de la reina y sus allegados y en anécdotas en principio poco prometedoras. La unión de las dos vertientes se puede hacer bien, como demuestran otros momentos donde la relación de la política nacional y mundial con las vivencias de Elizabeth se gestiona mucho mejor: la visita de los Kennedy, la siguiente crisis africana y algunos tramos de las caídas en desgracia de los ministros.

Este problema de foco se disimula un tanto porque, como en la primera temporada, todas las aventuras las narran con un cuidado extremo en la confección de escenas y diálogos, en la situación emocional de los implicados, y, sobre todo, en el aspecto visual e interpretativo, que resulta sublime. La fotografía es un portento de cuidado, los decorados y efectos especiales magníficos, y la labor de los diversos directores excelsa, conformando una serie más que hermosa arrebatadora, tanto que bordea ser empalagosa. El guion es inteligente, sutil, detallista… tanto que se acerca demasiado a un tono pretencioso, tal es el esfuerzo por dotar de relevancia a cada acontecimiento. Pero en ambos casos eluden esa sensación con elegancia, resultando un entretenimiento deslumbrante y adictivo. En algunos capítulos puedes terminar pensando en que no te han contado nada realmente importante, pero el viaje resulta la mar de emocionante. Por ejemplo, la odisea de Margaret con el fotógrafo bien podría haberse narrado en quince minutos, pero sus autores logran una película romántica notable. Sólo en los dos últimos episodios fallan, pues en ellos se atascan en clichés muy vistos (el niño inadaptado, con topicazos cargantes como el dichoso muro), sin ser capaces de darle una perspectiva más ingeniosa y atractiva como sí consiguen en el resto del año.

El notable reparto tiene algunas nuevas presencias de calidad, como Mathew Goode, pero por lo demás se mantiene en la tónica del año previo: Claire Foy está impecable como la reina, con un trabajo lleno de sutilezas y gestos contenidos realmente complicado, y Matt Smith como su marido sigue siendo el eslabón más débil, saliendo airoso sólo porque tiene cierto carisma. El resto de grandes actores, sean conocidos o no, están de nuevo impecables.

A pesar de su ligera irregularidad, tanto en objetivos como en calidad, The Crown es la mejor muestra actual, sea cine o serie (también es otro caso donde esta frontera se difumina casi por completo), de que se puede contar más o menos lo mismo de siempre y salir no sólo airoso, sino logrando una obra de gran nivel. Una vez sumergida en ella es fácil olvidarse de sus carencias y enamorarse de su factura impecable, sus personajes deliciosos, los certeros diálogos, la épica que son capaces de conferir a historias a veces mundanas, pero otras también bastante jugosas. Además, van cogiéndole el punto a la crítica ligera y al humor, que da pie a algunos momentos irónicos bien conseguidos, en plan “sí, sabemos que la corona y todo lo que le rodea son costumbres anticuadas, algunas un tanto ridículas, y sin duda muchos de la corte también lo sabían”. En el tramo final de hecho esta última noción pasa a primer plano: la reina aceptaría que Philip haya tenido aventuras, porque su matrimonio es imagen política. Con ello la serie sigue mitigando la impresión inicial de que era un tanto conservadora. Ahora falta que se centren un poco más en el rango de historias elegidas, porque sigue habiendo latente una obra de sobresaliente.

En próximas temporadas, para adaptarse a la edad de los personajes, habrá cambio de reparto. Olivia Coleman (Broadchurch, El infiltrado) encarnará a la reina (con lentillas para aclarar sus ojos, supongo), y, conociéndola, me parece una buena elección. Más llamativos resultan Helena Bonham Carter (Harry Potter, El club de la lucha) como Margaret y Paul Bettany (Master and Commander) el duque de Edimburgo, sobre todo este último, un actor muy intrautilizado. El resto del reparto está pendiente a la hora de escribir esto.

Ver también:
Temporada 1.

DARK MATTER – TEMPORADA 3 Y FINAL

Space, Syfy | 2017
Ciencia-ficción, suspense | 13 ep. de 43 min.
Productores ejecutivos: Joseph Mallozzi, Paul Mullie.
Intérpretes: Melissa O’Neil, Anthony Lemke, Alex Mallari Jr., Jodelle Ferland, Zoie Palmer, Torri Higginson, Andrew Moodie, Ellen Wong, Ennis Esmer, Ayisha Issa, Mishka Thébaud.
Valoración:

La tercera temporada de Dark Matter es la última, pues Syfy la ha cancelado debido a su continuada bajada de audiencias, dejando en el aire todas las historias personales y las tramas globales. Nunca ha sido una gran serie, ni aspiraba a ello, pero prometía varios años de buen entretenimiento de género. Sus problemas ya estaban ahí en sus inicios, pero sus virtudes y la percepción de que iba madurando en buena dirección los eclipsaban bastante. Pero esta etapa me ha resultado larga y dispersa, con más achaques que aciertos. En vez de madurar y centrarse va atascándose en algunos vicios, mostrando una deriva general que empieza a pesar más de la cuenta.

El punto oscuro más vistoso y creciente es la sensación de improvisación, de que las líneas narrativas no se han planeado con dedicación y visión sino que las apañan mediante lluvias de ideas en la sala de guionistas, en plan Perdidos. La más relevante, la guerra entre las grandes corporaciones, no está mal, pero no terminan de cogerle el punto y la relegan más de la cuenta.

El sistema político, social y económico vigente era injusto, pero el conflicto y el resultado más previsible pondrán las cosas peor, así que nuestros protagonistas planean implicarse para tratar de inclinar la balanza hacia algo mejor. Se siente la gravedad de la crisis y se sigue su desarrollo de fondo en cada capítulo, aunque estos se dediquen a otras aventuras. Pero a la hora de la verdad tenemos pocos episodios centrados por completo en este asunto (las colonias en huelga es lo más relevante), dando la impresión de que se deja de lado el hilo principal para inventarse rellenos sobre la marcha. De hecho, es lamentable cómo intentan sacar de mala manera de la ecuación el Impulsor Instantáneo, una de las muchas cosas improvisadas, que ahora no saben cómo mantener porque les da a los protagonistas una ventaja total, así que siempre hay una excusa, que no lo tienen o que está estropeado… ¡Tanto jaleo con el chisme para esto!

La otra sección que más ocupa es la de las intrigas palaciegas de ese imperio pseudojaponés donde meten a Cuatro cuando recupera su personalidad de Ryo Ishida, el heredero del trono. A pesar de ser la parte que peor resultado dio en los primeros años se empeñan en extenderla con más tópicos rancios y cargantes. El emperador Ryo es cabezota e infantil, la corte un nido de víboras, el maestro sabio y paciente, y su guerra aburre un montón. Además, resultan aventuras con un tono y un recorrido tan ajeno al resto de la serie que no sé en qué pensaban al incluirlas y encima ir dándoles más protagonismo. Y no me paro a listar todos los puntos poco trabajados o los agujeros de guion: que todos vayan por la corte con katanas a pesar de los recelos en seguridad, los diálogos chapuceros… Cada vez que aparece este grupo de personajes el interés cae al mínimo y el tedio hace mella.

Los capítulos del día son desiguales, aunque nunca malos o pesados. Tenemos aproximaciones a la ciencia-ficción más dura, con paradojas temporales clásicas a lo Star Trek pero bastante entretenidas, y otras más originales que dejan aún mejor impresión. El manido viaje a la Tierra en nuestro presente sorprendentemente funciona, el lío con los interrogatorios en realidades virtuales es bastante ingenioso, y el bucle temporal de Tres es muy movidito y divertido, por ejemplo. Pero también saltamos a aventuras de mercenarios muy trilladas, en plan Firefly de baratillo, con secuestros, tiroteos y demás enredos predecibles. El problema es que en vez de perfilar la combinación de géneros e ir arreglando los desequilibrios han seguido añadiendo capas al tuntún, es decir, acabamos el año sin haber terminado de encaminar ninguna de las líneas abiertas pero lanzando nuevas más rebuscadas. El momento en que una versión futura de Cinco anuncia lo mucho que les queda por vivir, tratando de poner intriga sobre las tramas por venir, dio bastante vergüenza ajena, y cuando empieza a materializarse esa nueva lluvia de ideas desde luego apunta bajo: ahora tenemos alienígenas que vienen de otra dimensión.

La parte más llamativa y eficaz hasta ahora, los protagonistas, sus secretos y relaciones, empieza a dar algunos tumbos en vez de ir aumentando el nivel de interés y complejidad. Algunos misterios dan pasos en buena dirección, como los orígenes de Dos, que ofrecen buenas sorpresas, o algo que promete bastante, la rebelión de los robots, donde nuestra Androide tiene su protagonismo, aunque se afea con esa cutre forma mostrar sus recuerdos con cuentagotas. Hay revelaciones que me dejaron un poco frío, como el pasado de la joven Cinco, bastante insustancial… y que se torna delirante cuando empiezan a añadir giros de culebrón para intentar darle enjundia: ¿una hermana perdida cuya madre adoptiva es la jefaza de otra corporación? Y otros están dando vueltas en círculos: Seis y sus deseos de mejorar el mundo no terminan de cobrar forma (de hecho lo aparcan un par de capítulos, donde deja de aparecer), y cuando se mueve un poco no emociona: su drama familiar es muy simplón; y Tres y su romance con su novia virtual tampoco consigue dejar huella a pesar del tiempo que ocupa, y aunque en el final por fin parecían darle vida, literalmente, no me llamó mucho la atención.

Con los secundarios hemos tenido el mismo problema que en la etapa anterior: no han sido capaces de mantener a algunos actores, y han buscado sustitutos con desigual resultado. La que llegó para intentar llenar el hueco de Uno, Nix, fue despachada también de mala manera, y es descarado cómo se buscan otro personaje parecido y una actriz calcada, pero con tanto empeño en la imitación o sustitución los escritores no se esfuerzan en su personalidad y no termina de ganarse su hueco. El mafiosillo que los contrataba también se esfuma, pero por suerte el sustituto es un actor con buenas aptitudes (Mishka Thébaud), y esta vez sí dibujan un rol muy llamativo. Del resto de recurrentes sólo destacan el mercenario de la tripulación de la Raza paralela (esa que surgió en algún cruce entre universos), el que siempre lleva un palillo en la boca, y la comandante Truffault; los demás son más bien cargantes (el jefazo de la otra corporación, Nieman, y la citada corte del emperador) o se trabajan tan poco que de una aparición a otra ni me acordaba de quiénes eran, como esos agentes de la Autoridad Galáctica que salen de vez en cuando.

Otro lastre es el perfil bajo de la producción. No me quejaría de la falta de dinero y recursos si con imaginación y buen hacer mantienen cierta dignidad, pero la puesta en escena es bastante malilla, sobre todo en las escenas de acción, y he acabado hasta las narices de los cortes para publicidad con momentos de tensión forzada (con unas cuantas falsas muertes lastimeras) y caras de asombro en los actores. Aun así, debo decir algo en su favor: hay más y mejores escenas de naves y batallas espaciales que en Star Trek: Discovery, a pesar de que su presupuesto será como diez veces menor.

Al final, lo único que sostiene la serie a estas alturas, aparte de los capítulos independientes más amenos, esos centrados más en la ciencia-ficción que en la política, son las relaciones entre personajes, donde los actores, sin deslumbrar, mantienen buena química, y el guion, aunque empieza a mostrar desgaste, aún ofrece frases y situaciones con cierta gracia. Pero apenas llega para sostener un conjunto caótico, sin previsión de mejora sino todo lo contrario. Han tenido tres años para encarrilar una serie con bastante potencial y no han sabido hacerlo, así que la cancelación es entendible.

Ver también:
Temporada 2.
Temporada 1.

ORPHAN BLACK – TEMPORADA 5 Y FINAL

BBC America / Space | 2017
Drama, suspense, ciencia-ficción | 10 ep. de 44 min.
Productores ejecutivos: John Fawcett, Graeme Manson, David Fortier, Kerry Appleyard, Ivan Schneeberg.
Intérpretes: Tatiana Maslany, Jordan Gavaris, Kevin Hanchard, Maria Doyle Kennedy, Kristian Bruun, Ari Millen, Josh Vokey, Evelyne Brochu, Skuler Wexler, Cynthia Galant, Lauren Hammersley, Stephen McHattie, Kyra Harper, Rosemary Dunsmore.
Valoración:

Alerta de spoilers: Describo bastante a fondo la temporada. —

Me alegré cuando anunciaron que la quinta sería la última temporada de Orphan Black, porque era evidente el desgaste creciente. Y si bien la pequeña remontada en la cuarta recuperó mi fe, siendo además alentada porque con el final a la vista era de esperar que se pusieran las pilas, el presente curso ha sido el más flojo, hasta el punto de resultarme una decepción donde ni si quiera el desenlace ha disminuido las malas sensaciones, de hecho las ha agravado.

El problema se empezó a hacer patente en la segunda sesión y más grave en la tercera. Es el virus de Expediente X, eso de que los guionistas se empeñan en alargar las tramas dándole giros sensacionalistas poco meditados, añadiendo una maraña de capas que no sirve para disimular la falta de ideas y esfuerzo. En este caos las virtudes iniciales se iban diluyendo. Las agradables y entretenidas aventuras de las clones sobrellevando sus vidas empezaban a quedar demasiado eclipsadas por la impostada seriedad y el farragoso entendimiento del thriller de conspiraciones. El cuarto año recuperó un poco las formas, y auguraba que el tramo final iría al grano intentando arreglar el entuerto… Pero me temo que este virus alcanzó una extensión fatal y los escritores no han sido capaces de encauzar las cosas.

Lo peor es que da la sensación de que se aferran a unos pocos malogrados puntos clave y no son capaces de ver más allá, ni sus errores ni las necesidades de la historia. Uno ya lo conocíamos y estaba bien gastado: la dichosa enfermedad de las clones, que mucho amenazar pero afectaba solo a Cosima, y aparecía y se ralentizaba según quisieran apremiar o reservar el drama, y por tanto hace mucho que no había quien se la creyera. La segunda es el intercambiable enemigo. Tras marear la perdiz con Ferdinand, Evie Cho, Susan Duncan, Rachel, Leekie, Coady, la junta de tal y cual nueva empresa (otra que cambiaba cada poco tiempo), uno ya no sabía de quién huían y contra quiénes luchaban. Para colmo introducen a un nuevo tipo raro y medio loco que se supone el cabecilla de todo, P. T. Westmorland, pero no causa misterio ni temor alguno, sobre todo cuando empiezan a reaparecer otros que ya creíamos superados (Susan, Coady, Ferdinand) y las agendas se entrecruzan sin que terminemos, ahora que era más necesario que nunca, sabiendo a quién debe lealtad y qué planea cada uno. La tercera base mal exprimida es la permanencia en la isla de Westmorland y su panda de seguidores en plan secta. Su uso como guarida final del enemigo es bastante penoso, primero, por la falta de credibilidad en que dirigiera grandes investigaciones desde ahí y de la gente absurda que lo sigue, segundo, porque nos tiramos todo el año ahí, relegando el necesario avance de las historias sin disimulo alguno.

Cuando por fin parece que todo se va a encaminar hacia algo más concreto encontramos meteduras de pata y puntos grises en cantidad, hasta el punto de que no se entiende la mitad de lo que ocurre. No me creo que las luchadoras de Sarah y S. vuelvan a casa sin más, se rindan y acepten peticiones tan exigentes como que experimenten con Kira. Sigue sin entenderse los cambios de bando y las apariciones aleatorias de algunos secundarios como Ferdinand, Susan Duncan y Delphine, y, más importante, nunca se llega a vislumbrar qué persigue Rachel. La parte del detective Art no tiene ni pies ni cabeza: acepta trabajar con la policía infestada de los malos sin más lucha, y sólo de vez en cuando parece tomarse en serio lo de ayudar a las “sestras”.

Así pues, no ha habido sensación de dirección, no ha surgido intriga por el porvenir de las clones, de si saldrán airosas y cuánto tendrán que sacrificar. Los villanos son más cansinos que nunca, no casuaban pavor alguno y como digo ni se llega a entender el plan y ambiciones de cada uno, más allá de terminar simplificando todo en un cutre concepto de cómic: Westmorland quiere ser inmortal a toda costa. Los secundarios, salvo Donnie, están cada vez más diluidos, incluso Scott, pero es que hasta las clones se atascan en un bucle eterno, con lo que se pierde aún más ese tono aventurero con toques de comedia que hizo destacar a la serie en sus inicios.

En esta situación se veía venir un final desastroso, y lo cumple bastante bien: los cierres a las tramas principales dan vergüenza ajena, y los personajes ya no tienen mucho que decir y no ofrecen nada sorprendente. Es delirante lo que hacen con Felix y su nueva hermana: desaparecen al poco y los usan como comodín externo para concluir una parte de la trama, mientras que la otra también llega sin más. Sí, tras cinco temporadas con las clones luchando incansablemente por conocer sus orígenes, librarse de sus enemigos, hallar la cura y poder vivir en paz, Cosima se tira todo el tiempo dando paseos por la isla con problemas irrelevantes y repetitivos, Sarah deja de ser ella y se apalanca en casa, lamentándose sin hacer nada, Alison apenas tiene un par de escenas para cumplir con su línea, Helena con su embarazo queda definitivamente como un macguffin dramático de baratillo, y finalmente la conspiración científica que las asfixiaba la resuelven Felix y Adele fuera de pantalla y la dichosa cura le cae a Cosima en las manos después de muchos amagos tramposos.

Para rematar, tenemos dos giros muy típicos y mal empleados: la muerte gratuita de un personaje para forzar un supuesto final trágico, pero que como es de esperar sabe a polvo por lo falsa que resulta, y el intento de recuperar los orígenes, de cerrar el círculo, a base de flashbacks, que no aporta nada necesario y se inclina también demasiado por la manipulación emocional. Y por si fuera poco el epílogo se apoya en otros clichés rancios: la reunión feliz en plan barbacoa en el patio trasero resulta tan pastelosa como insatisfactoria. El final parecía que iba a salvarse porque amagan con mostrar secuelas de todo en Sarah, pero no llega a dar nada llamativo y terminan por dejar esa y muchas otras cuestiones en el aire: ninguna tiene trabajo, ¿viven de Alison y Donnie todas?; ¿y qué fue del trabajo de estos?; la trama empresarial era enorme, pero por arte de magia se ha diluido por completo (¿y el control que tenía esta gente sobre la policía?), y además tras tanto ruido ningún país ni autoridad parece haberse enterado de nada; y no me he parado a analizar más a fondo para no sentirme peor.

Del año salvo bien poco. Una original y efectiva escena que recupera los líos con las clones, en esa fiesta que monta Felix donde las presenta poco a poco; el impactante cariz que toma el asunto del ojo Rachel, donde no se cortan un pelo a la hora de mostrarlo; la loca de Krystal seduciendo a un empresario para conseguir información. El resto, monotonía, vueltas en círculos, soluciones chapuceras para historias ya agotadas, y un insuficiente drama personal. Casi todos los capítulos se me hicieron larguísimos y pesados, y el final muy decepcionante. La personalidad de Tatiana Maslany imprime a todas las clones, incluso las que tienen breves apariciones, apenas sustenta una etapa errática, aburrida, que quizá aprobará por los pelos, pero como temporada de Orphan Black, más siendo la final, hay que considerarla fallida.

Ver también:
Temporada 4.
Temporada 3.
Temporada 2.
Temporada 1.

ORANGE IS THE NEW BLACK – TEMPORADA 5

Netflix | 2017
Drama, comedia | 13 ep. de 55-60 min.
Productores ejecutivos: Jenji Kohan.
Intérpretes: Taylor Schilling, Laura Prepon, Yael Stone, Natasha Lyonne, Kate Mulgrew, Lea DeLaria, Annie Golden, Kimiko Glenn, Lin Tucci, Dale Soules, Abigail Savage, Danielle Brooks, Uzo Aduba, Amanda Stephen, Vicky Jeudy, Laverne Cox, Adrienne C. Moore, Elizabeth Rodriguez, Selenis Leyva, Jessica Pimentel, Dascha Polanco, Jackie Cruz, Diane Guerrero, Laura Gómez, Rosal Colon, Daniella De Jesús, Miriam Morales, Nick Sandow, Beth Dover, Matt Peters, Alan Aisenberg, Brad William Henke, James McMenamin, Emily Tarver, Michael Torpey, Mike Houston, Taryn Manning, Emma Myles, Julie Lake, Blair Brown, Constance Shulman, Francesca Curran, Asia Kate Dillon, Kelly Karbacz.
Valoración:

Alerta de spoilers: Obviamente recomiendo haber visto las temporadas previas. De la presente no hay nada revelador hasta el siguiente aviso.–

Por si no estaba claro que Orange is the New Black es la serie que mejor ejemplifica el modelo de visionado en maratón, eso de devorar la temporada en muy pocos días con voracidad, llega esta cuarta temporada que prácticamente lo exige: más que nunca estamos ante un episodio dividido en trece horas. La idea de tener más de treinta personajes con sus historias propias que se cruzan con las demás según se desarrolla una o varias tramas más largas necesita una gran cantidad de metraje para que ninguna sección quede descolgada, y obviamente a la hora de abordar tamaño conjunto no se puede tratar de concentrar en episodios sueltos, hay que narrar mirando a largo plazo. Tienes que ver una o más temporadas enteras para reconstruir la vida de cada protagonista, y dar un paso atrás para abarcar el cuadro completo y poder vislumbrar el movimiento global. Esto ya lo hacían Oz y The Wire, pero aquí vamos a un nuevo nivel. En este año hemos llegado a un punto álgido explosivo en el que, para poder mostrar a todos los personajes en juego (ya vamos por unos cincuenta, con la inclusión de las nazis y nuevas latinas) y todas las caras de la historia en proceso, exige ampliar aún más la perspectiva. En el motín pasan tantas cosas, hay tantas ramificaciones, que en toda la temporada vemos únicamente cuatro días de tiempo de los personajes. Y en cada capítulo te quedas a cuadros diciendo: “¿Ya? ¡Quiero ver más, quiero saber más!”. Saca tiempo libre, porque una vez caes en la prisión de Litchfield no podrás salir.

La muerte de una de las reclusas más inocentes y queridas fue la gota que colmó el vaso en las injusticias habituales de la prisión, que habían alcanzado nuevas cotas de inmoralidad con la gestión privada de la empresa MCC (Gerencia y Correccionales en castellano). Al empeoramiento de las condiciones de vida (comida, sanidad -ni tampones tienen-) se sumó el aumento de los abusos por parte de unos guardias muy mal seleccionados. Gente sin preparación, exsoldados con traumas, tiranos, corruptos, incompetentes… Se juntó una tropa de cuidado que mantenía a las internas en un suplicio constante. Joe Caputo lidió como pudo contra los abusos corporativos y el desfalco de la anterior alcaide, pero el sistema capitalista promociona más la corrupción que la justicia social y económica, y esta compañía está dispuesta a explotar a las reclusas al máximo.

Todo esto es algo que ya denunciaba Oz a su manera tan sórdida y cruel, y Orange is the New Black retoma su legado con un estilo propio que oscila entre la comedia irónica y el drama ligero (aunque todavía tiene golpes muy duros). Y mientras que aquella era más directa y contundente, la presente hace gala de una sutileza e inteligencia asombrosas. Pero también amplía miras, por eso de contar con tantísimos personajes con vivencias propias, y obviamente ofrece una actualización del análisis. El tema racial está que arde en Estados Unidos: parece haber un retroceso en derechos sociales de las minorías, sobre todo negros, y aquí abordamos esta temática con determinación. Y con el motín también muestran la situación decadente del sistema carcelario, referenciando constantemente otros motines y tiroteos famosos. En otras palabras, es una serie valiente y comprometida, un reflejo de la sociedad que es capaz de llevarte a la reflexión cautivándote y entreteniéndote.

Una escena que probablemente a muchos les pareció un detalle trivial la veo como un ejemplo muy certero de la sutileza y naturalidad con que exponen los problemas de estas cárceles que sólo sirven para almacenar mano de obra barata, porque lo de reconducir y reconciliar ciudadanos para que vuelvan a ser aptos para vivir en sociedad es algo que si llegó a existir en Estados Unidos se perdió hace mucho. Hablo del momento en que una protagonista, con acceso a internet gracias a la rebelión, dice algo como “es imposible ponerse al día de todo lo que ocurre”. El aislamiento y la falta de actualización en las capacidades de las presas es tal que si algún día consiguen salir al mundo real estarán fuera de él igualmente. Aleida, a la que seguimos tras ser liberada, sufre eso en sus carnes: aparte de que por ser expresidiaria no la querrán contratar si no es para abusar de ella, no ha tenido preparación de ningún tipo que la ayude a encontrar trabajo. Y es que explotarlas en talleres de costura o de albañilería sale más barato que darles educación… pero además así tienen más posibilidades de acabar en la cárcel de nuevo y seguir siendo rentables.

El sistema está tan corrupto y amañado que en la oficina gobernador, cuando por fin parece que el motín los salpica, no piensan en las presas, sino en cómo afectaría económicamente a la empresa que subcontrataron y cómo un efecto bola de nieve podría llegar también a las demás compañías que gestionan otras cárceles. Lo triste es que las internas, con Taystee como principal vocera, e incluso con el apoyo de Caputo a veces, sueltan a las claras obviedades económicas que contradicen la política infame que sufren. Con un consultorio médico decente se ahorrarían caros viajes a urgencias, por ejemplo. Pero la crítica no ataca sólo a la política, también ofrece una completa y hábil perspectiva más humana. Los guardias, ahora presos, viven en sus carnes lo que les hacían a las internas; de hecho Linda Ferguson, la fría economista de MCC, tiene que disfrazarse de presa para pasar desapercibida y ve este mundo incluso más de cerca. Los grupos de internas otrora enfrentados, como las nazis y las latinas, acaban trabajando juntas por el bien común. Y un largo etcétera, porque los guionistas, con Jenji Kohan a la cabeza, ofrecen de nuevo un mosaico de historias impresionante, abarcando un rango muy variado de situaciones personales, de formas de pensar y enfrentar la vida, de reflexiones, de enseñanzas, o de simpáticas anécdotas con las que divertirse. ¿Y qué decir de los actores? Es probablemente el mejor reparto de los últimos años, lo cual resulta más asombroso porque la mayoría de intérpretes son grandes desconocidos. Este año destacaría a Danielle Brooks (Taystee), quien tiene las escenas más intensas, pero nadie se queda atrás.

Unas internas se implican y tratan de lograr una situación mejor, otras se mantienen al margen, otras viven la vida sin pensar en nada, como han hecho hasta ahora. Pero todas se enfrentan a la miseria del mundo, a las acciones de los demás, y a sus propios demonios internos. La tentación de Gloria por ayudar a los guardias retenidos a escapar y obtener beneficios (visitar a su hijo en el hospital) choca contra la visión global de Taystee de conseguir mejoras para toda la prisión. Esta última también quiere justicia para Poussey, pero la serie tiene muy en cuenta que en el mundo real la frontera entre buenos y malos está muy dispersa: seguimos viendo que Bayley, el guardia que acabó con su vida, no es un ogro como Piscatella, sino un niño que estaba en el lugar equivocado auspiciado por un sistema podrido. Dasha se ve empujada por la presión social a disparar otro guardia muy despreciado, Humps, lo que la entierra aún más en la miseria. Y por el lado contrario, Piper parece seguir obnubilada en sí misma, algo que su intermitente amante Alex Vause ve como un impedimento para estar juntas. Algunas siguen haciendo lo único que saben para seguir adelante: Boo ligar con todas las que puede, Lona refugiarse en sus delirios, Angie y Leanne matar el tiempo buscando formas de evadirse (drogas principalmente). Otras aprovechan la situación para imponerse por la fuerza, como la mayor parte de las latinas, que son las que intimidan a los guardias. Unas muestran madurez después de dar muchos tumbos, como Nicky, y otras han soportado más de lo que podían y caen en una espiral oscura, como Red y su obsesión por cazar a Piscatella. No falta la mención a la eterna separación de ricos y pobres: Janae representa el camino difícil de quienes nacen en la miseria y el sistema deja de lado, y Judy King las facilidades que ofrece el dinero.

Hay tantos personajes, tantísimas historias fascinantes y anécdotas enriquecedoras, que parece imposible lo bien narrada que está la serie, donde nada queda descolgado o forzado, donde todo fluye con un ritmo adictivo. Pegas hay unas pocas (algún giro que puede no complacer las expectativas), pero ninguna especialmente grave, y el conjunto resulta de nuevo deslumbrante, en cuanto acabas tienes ganas de empezar la temporada y la serie otra vez, no digamos ya el ansia que deja por ver nuevos capítulos.

Alerta de spoilers: Apartir de aquí destripo a fondo, incluido el final.–

Quizá se podría criticar el poco riesgo que corren en algunas situaciones clave. Piscatella muerto en vez de seguir molestando parece un poco forzado, o al menos da la sensación de que han desaprovechado una línea a la que le quedaba mucha vida para exponer las miserias del sistema y de la sociedad. De hecho, cuando oye que Vause es la que asesinó al tipo enterrado en el jardín daba por sentado que se la llevaría por delante cuando consiguieran acusarlo de algo. Eso sí, no me disgusta en sí su caída, inesperada y con mucha mala baba: muere a manos de incompetencia y abusos como los que él mismo generaba. No me sorprendería tampoco que haya quien le ponga algún pero a su flashback: cuando abordamos su psique por fin, esperando entender su comportamiento, puede que las expectativas jueguen una mala pasada al ver una historia clásica de desamores. Pero como de costumbre está muy bien escrita para el poco tiempo del que se dispone y encaja de maravilla en la trayectoria del personaje, en su descripción de matón: se encierra en su superioridad física para no enfrentar sentimientos dolorosos y decisiones potencialmente dañinas.

Más mosqueante si cabe sería lo de dejar el destino de las protagonistas principales (las quedan encerradas en la vieja piscina) en el aire, intentando transmitir forzadamente la sensación de que están en gran peligro. No me convence que muchas de ellas no se rindieran rápido para evitar más violencia innecesaria, y más cuando la mayoría son pacifistas o inofensivas. Quedarse ahí atrincheradas es provocar, y no sé muy qué pretenden al final poniéndose en círculo, si resistir o rendirse; y Frieda, con una pistola en su poder, es más confuso todavía: si quiere usarla que desenfunde, pero si no, por qué se la juega llevándola encima. Así pues, el capítulo final, después de los grandes desenlaces que nos ha dejado la serie, está un poquito por debajo de lo esperado en cuanto a capacidad de sobrecoger.

Por otro lado, también apena un poco que al haber tantos personajes a veces no quepan todos. El protagonismo de Piper está muy diluido otra vez; no pretendo que fuercen su presencia, ni menospreciar el fantástico trabajo de todo el reparto, pero es que cuando exprimen al personaje resulta una figura muy potente, en especial porque Taylor Shilling es una actriz espectacular que desaprovechan mucho. Mei Chang tiene una presencia anecdótica, la monja no vuelve a aparecer y Healy tampoco. Sophia Burset y Soso ven muy reducido su protagonismo conforme avanzamos. Maritza y Flaca por un lado y Angie y Leanne por el otro prácticamente quedan limitadas a receso cómico, pues aunque sufran un poco su viaje no se mueve nada. Y algunas quedan muy relegadas a secundarias, como Kukudio, Norma, Gina, DeMarco, la haitiana… Eso sí, se agradece que sigan formando parte de la serie, que lo normal es eliminar a secundarios que no parecen esenciales para las historias en progreso. Recordemos por ejemplo la de roles secundarios que se cargaron de mala manera en Juego de tronos para recortar dinero y esfuerzo… Aquí hay tanto personaje con vida propia, aunque en estos momentos no tengan una evolución llamativa, que parece que estamos ante la realidad misma, allí en Litchfield sufriendo con todas ellas.

Ver también:
Temporada 4.
Temporada 3.
Temporada 2.
Temporada 1.

BETTER CALL SAUL – TEMPORADA 3


AMC | 2017
Drama, suspense | 10 ep. de 55 min.
Productores ejecutivos: Vince Gilligan, Peter Gould, Melissa Bernstein.
Intérpretes: Bob Odenkirk, Jonathan Banks, Rhea Seehorn, Michael McKean, Patrick Fabian, Michael Mando, Giancarlo Esposito, Mark Margolis, Tina Parker.
Valoración:

Alerta de spoilers: Más o menos describo todo el argumento, pero sin entrar en detalles y sorpresas… y como realmente no hay novedades, no creo que se pueda considerarse muy revelador.–

Podría copiar el comentario de la segunda temporada enterito, porque el panorama es el mismo. Y obviamente, tras otros diez capítulos de estancamiento, la sensación de decepción pesa más. Lo que hemos avanzado desde el final de la primera sesión cabía en un par de episodios. Los guionistas hacen malabares para intentar disimular que no tienen material, con repetición de escenarios y vueltas en círculos que en realidad dejan ver demasiado sus costuras. Hay multitud de situaciones, incluso capítulos enteros, que los podríamos colar en medio del segundo año y no se notaría diferencia alguna.

Jimmy quiere ser un tío legal, trabajar desde una ética digna, caer bien. Pero el mundo, y más el sistema capitalista estadounidense (de nuevo la crítica que emerge del relato es bastante inteligente), le ponen mil trabas, a lo que se suma su torpeza para verlas venir y su inclinación por traicionar sus intenciones cuando las cosas se ponen difíciles. Pero todavía no vemos a Saul (sólo de dónde sale el nombre, un caramelo insuficiente), todavía Jimmy lucha incansablemente aunque todo se ponga en su contra, aunque sea incluso consciente de que muchas veces es él mismo quien termina de labrarse su tortuoso camino.

Y sus allegados sufren las consecuencias. Chuck es otro con debilidades concretas, y Kim se enfrenta también al capitalismo extremo. Sólo los más fuertes, los que no cometen ningún fallo, los que saben sortear las trampas del sistema y pisotear a los demás, logran salir adelante. Cayendo en la órbita de Jimmy, con sus deslices y desmanes, estos dos se vuelven aún más vulnerables. Chuck es obsesivo compulsivo, y cuando su mundo de adoración ciega a la ley se derrumba acaba refugiándose en una enfermedad mental. El rechazo hacia su hermano, siempre muy bien justificado, muy verosímil, es la gota que colma el vaso: con él cerca no parece que pueda librarse de su paranoia. Kim, por muy capaz y entregada que sea como abogada, no logra salir del bache laboral, y menos si cualquier problema externo te puede hundir el negocio (e incluso la vida) en un sistema económico, laboral y social propio del salvaje oeste. Y Jimmy la arrastra hacia unos cuantos baches.

Precisamente por ello la serie se sostiene: Jimmy es un protagonista enorme y está muy bien secundado. Nos adentramos a fondo en la psique de cada uno, resultando unos personajes muy reales y cercanos: conocemos sus sentimientos en todo momento, nos implicamos a fondo en su lucha diaria… Y el trabajo actoral termina de ganarte por completo: Bob Odenkirk, Rhea Seehorn y Michael McKean están fantásticos. Pero me temo que hay tan poco movimiento en sus historias que no basta. Los tibios avances, los poquísimos puntos clave, no justifican los veinte capítulos que llevamos atascados en bucle.

Otra vez nos encontramos con flashbacks de Jimmy recordando sus viejos tiempos de timador, donde no sentía remordimientos y vivía al día sin preocuparse por nada. Otra vez tenemos un amago con ir a un bar y empezar a estafar de nuevo… pero resulta que lo meten en el armario. O sea, que en vez de avanzar retrocedemos. Otra vez con trabajillos y pequeños chanchullos para intentar salir adelante, la mayor parte repetidos hasta el hartazgo. Los líos con los anuncios y con las ancianas son los puntos álgidos de su nueva caída e intento de levantar cabeza… ¡pero si es lo mismo que llevamos viendo desde la primera temporada! Sinceramente, por esto me han dado ganas de olvidar las virtudes que quedan en la serie y darle un suspenso. El único momento original es cuando va a mirar un problema con el seguro de abogado y se le ocurre una forma de putear al hermano, pero es un oasis de inspiración en un año bien seco.

La dinámica con Chuck está bloqueada en la misma escena, la misma disputa, con la que nos la presentaron. La única novedad es el juicio que parecía apuntalar el final de la relación, pero se alarga de mala manera a pesar de que se ve de lejos todo su recorrido. La autoparodia con que la solución llega en plan Perry Mason (y todos los procedimentales legales antiguos) no oculta lo obvio: que es Perry Mason y semejantes, un truco muy viejo, muy fácil, que muestra la falta de ideas, la incapacidad para progresar. Porque, después de todo, el dichoso juicio no ofrece un cierre concreto, todavía damos otras pocas vueltas a pesar de tener el destino bien claro desde que empezó la serie. Cuando por fin llegamos al punto de inflexión, este no supone una revelación, un shock impactante, porque ya hace mucho que teníamos asumido lo que ocurriría, ya es tarde para que pueda sorprender.

El viaje de Kim es exactamente el mismo que hemos ido viendo. Es la colega laboral y social de Jimmy. Como follamiga, se apoyan y consuelan entre ellos en los malos tiempos; la relación es bonita, creíble… pero no muestra ningún movimiento. En el trabajo lucha por sacar adelante un caso que le viene grande, por eso de que hay que darlo todo para poder triunfar. Pero el único cambio que hemos visto en tres años es, literalmente, una fachada: el nombre de la compañía para la que trabaje en cada momento. El resto de retos, problemas y dilemas son siempre los mismos. Y acabamos igual, con un receso que huele a reinicio poco disimulado por mucho que hayan querido exagerar el giro para hacerlo espectacular.

Con Jimmy estamos en la misma tónica. Empezó desde abajo en un gran bufete, el de su hermano, pasó a uno más que pequeño, y luego acabó montándose una oficina propia con Kim. ¿Tenemos que exprimir a fondo cada escenario del mundo de los abogados, aunque en el fondo las desventuras, los conflictos y el aprendizaje sean los mismos, para dejar claro que no es capaz de trabajar desde dentro del sistema? Y, como decía, para colmo finalizamos con otro intento redentor, otra vez con Jimmy asumiendo sus errores e intentando encarrilar su vida. De nuevo a la casilla de salida. ¿Qué ha cambiado en él en estas dos últimas temporadas? Nada. ¿Qué ha cambiado en la relación con sus seres cercanos? Más bien nada, porque se deja en el aire, y además no es nada que no esperáramos desde hace mucho. ¿Qué ha cambiado en su relación con el mundo? Nada.

La cosa se agrava con la fallida sección de Mike… bueno, ya en realidad ni es suya, está repartida entre Nacho Varga, Hector Salamanca y Gus Fring. Este grupo forma parte de una serie cada vez más apartada, y aunque está igual de estancada, resulta mucho peor en cuanto a interés: un cero en originalidad, un cero en desarrollo, y, como es esperable, cero atractivo por lo que vendrá. Todo lo que nos cuentan con ellos son anécdotas irrelevantes, escenas sueltas que no muestran ninguna dirección, y aunque lo hicieran, ¿cómo pretendes que me enganche a una historia que parte de subtramas de Breaking Bad ya cerradas? Recalco eso por si no ha quedado claro el error de concepto que supone intentar vivir de las rentas: son subtramas ya agotadas por completo en la serie madre, ¿qué sentido tiene recuperarlas aquí en su mínima expresión? Y encima el punto álgido se basa en un recurso muy usado allí: envenenamiento.

En el primer año Mike molaba y daba la impresión de que trataban de unir su destino y el de Jimmy. Pero a partir del segundo se han ido separando y su parte está cada vez más diluida, de forma que sus apariciones parecen cada vez menos justificadas. De nada sirven los montajes típicos de Breaking Bad (muchos ubicados como prólogos) que resumen situaciones con un estilo visual distintivo, o sea, en plan videoclip, porque ninguno deja huella, muestran acciones muy simples adornadas con demasiado enredo (la búsqueda de un localizador en el coche se hace eterna) o canta mucho que buscan el efectismo inmediato por encima de la verosimilitud (es imposible que la droga de las zapatillas colgadas cayera en el parachoques trasero del camión… de hecho tienen que evitar el plano general para intentar disimularlo).

Con este grupo enlazo también con la obsesión por el homenaje y la referencia a Breaking Bad. Parecen esforzarse más en incluir guiños y dar cabida a personajes de aquella, por muy intrascendentes que fueran (como la secretaria), que en desarrollar tramas originales. Eso sí, hace las delicias de los seguidores que tienen tiempo para buscar hasta el detalle más insignificante, como el logo de una empresa que sale aquí y allá. A mí no me convence. La unión de dos obras en un mismo universo debe ser orgánica, no tan forzada en aspectos relevantes (recuperar personajes con sus historias terminadas) y tan rebuscada en el detalle. Por no decir que no tengo ganas de volver a ver Breaking Bad para tenerlo todo fresco y poder pillarlo todo. Lejos de la sobrevaloración delirante a la que fue sometida por la explosión mediática alcanzada en sus últimas temporadas, fue una serie terriblemente irregular y caótica, y muy basada en la sorpresa, es decir, no tiene alicientes para echarle de nuevo tantas horas habiendo tantas series nuevas (muchas muy superiores) que ver. En resumen, me gustaría que Better Call Saul fuera una producción con entidad propia, como parecía que pretendían en su primera temporada. No quiero volver atrás para recordar aspectos de personajes que habían acabado su recorrido, ni me parece lógico tener que poner tanto esfuerzo en la atención al detalle cuando precisamente la perspectiva global se ha perdido.

Otro de los puntos fuertes de Better Call Saul sigue presente, pero no en tan buena forma como antes. La labor de fotografía y dirección ofrece un acabado cinematográfico de primer orden… Pero se ve cierto acomodamiento, no hay escenas que quiten la respiración, e incluso se puede señalar que el tempo narrativo tan pausado se va convirtiendo en contraproducente, que requería un poco más de vidilla, porque sin contenido real la obra resultante va pasando de contenida pero fascinante a lenta y aburrida.

A estas alturas me parece más que claro que, a pesar de que la notable primera temporada parecía apuntar bastante alto, Vince Gilligan y Peter Gould se equivocaron con el planteamiento inicial, y más cuando es de esperar que la cadena les exigiría al menos cuatro o cinco temporadas si iban teniendo éxito. Han elegido una premisa muy básica y limitada y encima con la mitad del argumento ya conocido, y se están ahogando ahí. Desde un principio deberían haber puesto a Jimmy en otro escenario más elaborado y versátil (qué obsesión con mantenerlo dando vueltas en círculos en la abogacía), con más personajes y tramas latentes que permitieran temporadas con arcos largos más consistentes y entretenidos, de forma que el postergar la evolución hacia Saul Goodman se disimulara mejor. Tanto mencionar su pasado de timador, ¿por qué no haberse planteado esta etapa con él metido en alguna o varias estafas de largo recorrido? Quizá no sorprendiera, pero desde luego hubiera sido mejor que repetir con el intento de ser abogado, la más que previsible caída, y el proceso de levantarse otra vez mediante los mismos recursos (los ancianos y los anuncios). Y por supuesto, no debería tener una presencia tan grande la sección del narcotráfico, que a todas luces es irrelevante en la trayectoria de Jimmy, al menos en este punto. Quizá haya suerte y en la próxima temporada se unan las dos líneas, pero teniendo en cuenta que una está muy gastada y a la otra no le consiguen sacar sustancia, no sé yo sí podrán traer algo novedoso. Si quieren darle unos años más de vida necesita un cambio total de rumbo, algo difícil porque romper con el espíritu original a estas alturas puede ser incluso peor si no se hace muy bien.

Ver también:
Temporada 2.
Temporada 1.

SENSE8 – TEMPORADA 2

Netflix | 2017
Drama, aventuras, ciencia-ficción | 11 ep. de 55-120 min.
Productores ejecutivos: J. Michael Straczynski, Lilly Wachowski, Lana Wachowski, varios.
Intérpretes: Doona Bae, Jamie Clayton, Tina Desai, Tina Desai, Tuppence Middleton, Toby Onwumere, Max Riemelt, Miguel Ángel Silvestre, Brian J. Smith, Freema Agyeman, Naveen Andrews, Eréndira Ibarra, Alfonso Herrera, Max Mauff, Purab Kohli, Terrence Mann, Daryl Hannah, Ness Bautista, Paul Ogola, Anupam Kher.
Valoración:

Alerta de spoilers: Destripo bastante, aunque realmente no pasa gran cosa, nada que no se viera venir.–

La esperadísima segunda temporada de Sense8 me ha supuesto una decepción bastante grande. El primer año me cautivó sobremanera presentando una serie única, tanto por su originalidad como por su contagiosa energía y belleza: era emocionante y hermosa como poca series he visto. Es cierto que los episodios iniciales eran algo lentos, pero había sensación de dirección, de crecimiento, y mientras tanto las vivencias personales mantenían el interés alto. Y además pronto se vio que es mucho más de lo que parecía, que no es sólo una más de ciencia-ficción con conspiraciones y los protagonistas tratando de desentrañarlas, sino que es un drama que habla del ser humano en general, tratando con una delicadeza y profundidad insólitas los sentimientos, la sexualidad, las culturas… en otras palabras, el qué nos define, qué nos mueve, qué nos diferencia y qué nos une. Además, la historia global, el vínculo que surge entre ellos y la persecución a la que los someten misteriosos individuos, tenía su intriga y prometía unir a todos los personajes al final. Quizá el rescate de Gorski fue un tanto facilón, pero es evidente que era una excusa para presentar la trama, y lo importante era ver el florecimiento y la unión de los ocho sensates. Las situaciones en que trabajan juntos, explorando la conexión mental, y momentos puntuales memorables, como la escena de los partos y la revelación sobre Riley, nos regalaron un tramo final magnífico que dejaba enganchadísimo, porque como es obvio prometía seguir yendo más allá.

Pero en esta segunda etapa la sensación que se transmite, del primer episodio al último, es la de que sus autores han trabajado con desgana, sobre todo en el guion, pero también un poco en la puesta en escena, de que han perdido la pasión y la inspiración iniciales y van con la inercia, cumpliendo con los preceptos establecidos en la premisa y ya está. La narrativa resultante está estancada, es monótona en cuanto a las aventuras personales y de lejos insuficiente en la intriga, pero sobre todo se queda muy corta en su mejor virtud: es bastante superficial en lo relativo al aspecto humano. Aclaro aquí que la ausencia de Lilly Wachowski no sé si pudo influir ni cuánto. Dejó el trabajo indefinidamente por temas personales (estaba en plena transformación de género), pero parece que se ocupaba más del día a día de la producción y de la dirección que del guion, que es de donde vienen la mayoría de los problemas.

Los personajes se han quedado en su definición inicial, dando vueltas en círculos en la historia que sirvió para describirlos. Sí, todos los protagonistas resultaron encantadores y sus odiseas deliciosas. Pero no puedes quedarte ahí plantado durante toda la siguiente temporada. Algunos de hecho se hunden en un bucle total, sin dar si quiera un paso lateral que disimule un poco. Si al menos la parte de la conspiración hubiera emergido a primer plano y ofrecido algo llamativo… pero me temo que apenas avanza en un par de datos bastante elementales y narrados también con esa falta de garra.

Kala y su matrimonio están todo el año en el mismo punto de que si funciona y lo consuman o que si no. Sabemos de sobra que acabará con Wolfgang (a menos que algún giro lo impida), no puedes retrasarlo si no logras una historia que lo justifique bien y que resulte interesante. Y al final por arte de magia parece decidirse por fin en ir a buscarlo… ¡pero si en ella no ha cambiado nada, todas las dudas y baches son los mismos todo el rato! Y por supuesto el encuentro queda en el aire, después de todo un año posponiendo lo que se espera desde los primeros capítulos de la primera temporada. Por el lado contrario, el alemán es el mejor ejemplo de paso lateral, del relleno con el que ir matando el tiempo hasta que todo esté maduro para lanzar su arco… El problema es que nada madura, ni el resto de personajes ni la trama. El lío de mafias es eso, relleno intrascendente. No añade ninguna nueva capa al personaje, apenas vale como excusa para dar presencia a los otros grupos, clanes o clústeres de sensates, y por sí sólo no es especialmente atractivo o entretenido, de hecho ni me parece verosímil.

Gorski sirve para avanzar en la conspiración y exponer lo que va haciendo el clúster para huir y aprender de Whispers y la BPO, la Organización de Preservación Biológica que parece estar tratando de controlar a los sensates con algún oscuro propósito, presumiblemente la dominación mundial. Como buen agente, sabe investigar, deduce cosas… pero apenas veo una sombra de aquel joven capaz pero a la vez afligido por penas presentes y pasadas. Sufre un poco con las drogas y con el padre, todo bastante facilón además, y no hay más movimiento en su psique. Pero lo peor es que arrastra a Riley, antes mi favorita, pero aquí un cero total en interés. Sólo sirve para ponerle encima la investigación cuando él no puede salir de su escondite (el viaje a Chicago), y esto ocupa poco, es muy predecible, y tampoco aporta nada al personaje. La única escena donde se ve una persona realmente viva y en movimiento es cuando decide pinchar como DJ en una discoteca para tratar de localizar a otros sensates. Una sola escena en todo el año.

La intriga que nos van exponiendo se mueve tan poco que parece un engaño digno de Expediente X, donde mareaban la perdiz temporadas enteras con el tema ovni. Apenas llegan a mostrarnos un poco de información nueva, la mayor parte nada original y carente de suspense, y desde luego nada que nos haga esperar con ansia más revelaciones, porque no parece haber mucho donde rascar: los persigue la típica corporación poderosa con tipos chungos, y de ahí no salimos. La fascinante idea de que se conectan las mentes después de todo no se llega a explorar mucho, no hay tensión, giros que añadan sorpresas efectivas, ni soluciones ingeniosas. Gorski se esconde y se droga para que Whispers no lo vea, lo que parece más una excusa para ir con cuentagotas que para generar una atmósfera de inquietud constante.

El único momento que amagan con buscar un giro que obligue a replantearse las cosas son los recuerdos del clúster de Angelica y Jonas, pero tampoco hay nada que sorprenda: gente cobarde, gente que cambia de bando, la BPO acosándolos. Nada que no hayamos visto ya en cualquiera del género, con la reciente Orphan Black a la cabeza. En cuanto al desenlace, no es que sea flojo, es que resulta realmente chapucero. Cuando creía que el capítulo final iba a acabar sin avanzar nada de la conspiración, sino centrándose únicamente en la última historia personal que quedaba pendiente (para colmo, la cansina y exagerada de Sun), saltan de golpe a un giro demencial donde aparecen metidos todos en la guarida de Whispers por arte de magia para salvar a Wolfgang, que fue encontrado por Whispers repentinamente después de gastar toda la temporada sin lograr transmitir miedo alguno por si cogería a alguien. Cuándo ha planeado eso el grupo, cómo lo han ejecutado, cómo han entrado y salido… No se explica nada, resulta tan forzado y mal narrado que me dejó muy malas sensaciones. En vez de estar todo el año dando vueltas en círculos y soltar cuatro datos sin garra, ¿no podían haberse metido de lleno en las dificultades de ese plan? Se da más relevancia al lío de Sun en la fiesta que a esto.

Las historias de Sun y Capheus se centraban sobre todo en su solitaria batalla contra el mundo, donde descubrían que se tenían el uno al otro y establecían una relación muy bonita. Pero esa conexión parece haber desaparecido, si interactúan entre ellos y otros del clúster es para compartir habilidades, no para encontrar apoyo emocional. Y por separado no ofrecen tampoco nada llamativo. En cierta manera Capheus sí avanza, porque se hace famoso y cae en la política, lo que le podría poner en bandeja el tratar de hacer un mundo mejor, que es lo que parecía ir con él… Pero la aventura en sí es muy básica y previsible, y se narra sin la intensidad que transmitía antes. El entusiasmo del personaje era contagioso, el intérprete Aml Ameen reflejaba con un carisma nato a un joven que vivía en la miseria pero poniendo siempre buena cara y con un espíritu de esperanza inquebrantable, y así enfrentaba esta nueva situación: abrazándola con pasión y aprovechándola al máximo. Pero el nuevo actor*, Toby Onwumere, pega más en un rol de panoli, y encima eso es lo que parecen haber hecho con el personaje: le va cayendo de todo encima sin que nada cale en él, agacha la cabeza y sigue adelante aunque no parezca querer estar ahí. No veo al Capheus que yo conocía.

Sun sigue siendo Sun, pero si la intriga corporativo-familiar era predecible, con el agotamiento de ideas se hunde más el interés. Su estancia en la cárcel se limita a repetir varios intentos de asesinato, su fuga se salva porque el detective que la persigue es un personaje con cierta solidez y su relación aunque muy clásica resulta agradable, pero el tramo final no se sostiene por ninguna parte. Los guionistas se empeñan en que busque venganza contra su hermano mediante la violencia, y no cuela que ella sea tan tonta y cabezota, ni mucho menos que los otros siete no sean capaces de juntar una neurona para deducir que, en un país del primer mundo, atentar a lo bruto en público contra un millonario, cuando eres la principal sospechosa de matar al padre y te buscan por tu fuga, es una gilipollez monumental. En serio, teniendo al infalible trío Nomi-Amanita-Bug, capaces de infiltrarse en aparatos electrónicos que parece imposible que estén conectados a internet (desde semáforos a… atención, la máquina de tickets de un aparcamiento, que te deja incluso hablar por el micrófono desde tu casa), es increíble que no se planteen hackear al hermano y la compañía para buscar pruebas, y si no las encuentran, para tenderle una trampa. Así pues, la justificación de la entrada en la fiesta y la persecución final, más que endeble es lastimera, y encima acaba con la ridícula escena en que parece que va a matar al hermano (delante de un montón de policías y testigos) pero lo deja libre no sé por qué. Si es tan idiota como para haberse metido en ese lío, por qué no llega hasta el final.

Estos dos muestran otro de los problemas de la temporada. La puesta en escena no logra una serie tan embriagadora y asombrosa. En parte es culpa del guion, que no consigue buen ritmo ni incluye tantas escenas moviditas, sean de acción pura o de líos personales (el culebrón de Lito era la mar de ajetreado), pero también se nota cierto bajón, como una falta de interés o de capacidad para alcanzar ese aspecto visual arrebatador. Ojo, calidad hay de sobra, pero de ahí a dejarte alucinando hay un trecho, y las partes de acción, otrora dignas de superproducciones para cine, han decaído bastante. Las peleas de Sun no están bien editadas: ni la de la cárcel donde intentan ahorcarla ni la del cementerio con el detective pasan el corte exigible en comparación con lo visto previamente. Es ponerlas al lado de las peleas en que Sun se metía en Capheus para salvarlo de los matones, y se nota bastante la diferencia: la fluidez de la escena, la claridad de los golpes (muchos se notan falsos ahora), la agilidad con que cambian de personaje. Las persecuciones son escasas y muy inferiores. Lo de Corea parece un paseo si recordamos los jaleos de Capheus que acabaron en una colosal persecución por las carreteras de Nairobi. Con Wolfgang, el otro que copaba elaboradas secuencias de acción, ocurre igual: se limita a algún tiroteo trivial. Sólo destacaría la pelea en el restaurante donde Lila trata de atentar contra su vida, porque tiene más gracia al jugar con cómo se reparten las hostias entre los distintos sensates.

Al menos la idea de incluir algún gran evento relacionado con las temáticas tratadas se mantiene: la fiesta del Orgullo Gay de São Paulo se aprovecha bien en unas pocas escenas espectaculares. Pero en líneas generales, Sense8 es una serie que rompió esquemas con su arrebatador nivel visual en una época con gran competencia, mientras que este año no ha dejado huella alguna. Se nota incluso en el apartado musical: en la primera temporada las canciones formaban parte intrínseca de los sentimientos y vivencias de los personajes, y las pocas veces en que había un “momento videoclip” te dejaban anonadado con la fuerza de las imágenes. Pero ahora me encuentro con lo de siempre: se usan como apaño narrativo de adorno o para sintetizar escenas de forma facilona. Hay demasiadas canciones, varias por capítulo, con sus cámaras lentas y su posicionamiento de personajes, pero sólo dos o tres del total establecen cierta conexión, y únicamente por la letra.

Lito y Nomi, acompañados por los adorables Amanita, Hernando y Daniela, eran los principales catalizadores de la parte más reivindicativa, porque Sense8 nunca ha disimulado nacer como homenaje y a la vez cruzada de la diversidad sexual y también de paso de la diversidad cultural en general. Pero Nomi está en modo Gorski, sólo sirve como comodín para resolver cosas por el ordenador, y de su vida y la de Amanita vemos poco material con gancho. Antes la pareja estaba todo el día peleando por hacerse un hueco en un mundo intolerante, empezando por los padres de Nomi, y para poner las cosas más difíciles le caía la persecución de Whispers encima, con lo que estábamos sudando en cada capítulo con si saldrían adelante y si podrían ser felices. Ahora se supone que están en una situación semejante, pero no se transmite en ningún momento el esfuerzo y las penas. El acoso del agente del FBI es anecdótico, lo de esconderse de Whispers y a la vez buscarlo se olvida por completo en largos tramos de la temporada, hasta el punto de que parecen estar viviendo una vida normal y pasándoselo bien como si nada las afectara. Y la boda de la hermana va directa a cumplir con los dos tópicos, el de la intolerancia y el de sale todo bien en un giro bonito. El camino de Lito es aún más predecible, paso a paso sabemos lo que ocurrirá, no es como en la primera temporada, donde le daban la vuelta a cada cliché con ingenio y sentido del humor de forma que incluso aunque pareciera la sección más intrascendente solía resultar la más divertida. En cuanto se empieza a ver que la industria de Méjico no lo quiere estaba cantado que acabaría en Hollywood. Al menos su viaje interno es muy completo, el más trabajado de los ocho de hecho: en todo momentos sabemos lo que está sufriendo, y conocemos al personaje lo suficiente para seguirlo con cierto interés aunque la historia en sí sea de lo más trillada.

Con ellos llegamos al último elemento en el que ha perdido mucho fuelle. Donde antes lograban una hermosa oda a la tolerancia, a las distintas formas de ver y entender el mundo, que nunca parecía forzada incluso en los momentos más excesivos, fueran los visuales (escenas de sexo gay sin tabúes) o argumentales (exprimiendo a lo grande algunos tópicos), ni farragosa a pesar de meterse en muchos ambientes y ángulos (nos sumergíamos en la espiritualidad hinduista de Kala y también en los conflictos religiosos y sociales de la India), ahora veo una serie más bien del montón, que trata estos temas como si tuviera que cumplir con ellos, quedándose en la superficie, ahogada en unos pocos clichés de los que no es capaz de sacar algo más natural, más conmovedor, quedando lejos de la originalidad y profundidad que mostró en la primera temporada, con tantas capas de historias y personajes ofreciendo innumerables perspectivas de los sentimientos, relaciones, sexualidad, cultura, religión… y luego abordando con tanta delicadeza cómo en todo hay algo que nos une.

Volviendo a los nuevos sensates, estaba claro que aparecerían nuevos clústeres, pero sólo vemos a dos personajes, bastante atractivos por sí solos inicialmente, pero son promesas que no llevan a nada. El vejete simpático explica un poco cómo funciona el mundo sensate, pero son todo obviedades: la unión que deben mantener en la sombra y muchas veces incluso aislados para que los malos no los alcancen. La sensual alemana, Lila (Valeria Bilello), sirve para… para… incluir algo de erotismo y sexo, nada más. En realidad vemos a muchos, a demasiados sensates nuevos, hasta parecerme excesivo: ahora resulta que medio planeta son sensates, o que da la casualidad de que tienen una relación de uno o dos grados con nuestros protagonistas. El traficante de poca monta que le vende drogas a Riley, la novia del mafioso con el que trata Wolfgang (Lila), ¡el novio de la hermana de Nomi! (¿será gratuito o tenían algo planeado?)… Incluso el simpático anciano es presentado de mala manera: ¿qué pinta este pueblerino escocés en una rave electrónica? Pero para rematar, ¿qué hace el camello de Riley paseando en moto por Seúl y cayendo justo donde Sun lo necesita en el momento clave? El momento me produjo muchísima vergüenza ajena.

Los episodios iniciales (empezando por las dos eternas horas del primero) se me hicieron bastante pesados, deseaba que acabaran de una vez para ver si en el siguiente empezaban a contar algo de una vez. En el tramo central mejora un poco y casi recupero la esperanza, pero para el final va disipándose, hasta acabar sin haber dado ningún avance relevante y estimulante. Así pues, la decepción que me ha dejado Sense8 después de apuntar tan alto es bastante grande. Se sostiene por el sólido lazo emocional establecido con los maravillosos personajes, y es justo decir que desarrollar tantas líneas narrativas distintas, cada una en un lugar y con sus personajes secundarios propios, sin caer en el caos o parecer que no hay vinculación argumental entre ellas, parece realmente difícil de escribir y de rodar, y han salido bastante airosos. Pero antes deslumbraron a lo grande y ahora han dado varios pasos atrás, no logran transmitir la misma emoción contagiosa.

Y nos quedaremos sin saber si remontaría, porque Netflix la ha cancelado. Aunque haya cierto culto alrededor la serie, no es lo que se dice un éxito para lo cara que resulta y el grandísimo esfuerzo que cuesta rodarla, y la compañía ha decidido no continuar. Esto rompe un poco la impresión de que Netflix sólo iba a cancelar producciones realmente fallidas, y a plantear la cuestión de si, teniendo tanto dinero y anunciándose como la cadena que no cancela, no sería lo más lógico y respetable darle un cierre digno, con unos pocos capítulos, o incluso uno solo de hora y media o dos horas. Es la esperanza a la que nos agarramos sus seguidores. Yo incluso agradecería también que resumieran esta temporada en dos o tres episodios a lo sumo…

Actualización 30/06/17: Netflix ha dado el visto bueno a un capítulo doble que sirva como final.

PD: El primer episodio lo adelantaron a fechas navideñas, cuando el estreno de la temporada ha sido en mayo, supongo que para crear expectación, porque entre una etapa y otra han pasado dos años, fruto del complicado rodaje que supone un proyecto tan ambicioso.
PD2: Como nombre del grupo de ocho sensates juraría que en la traducción española usan “clan”, que suena a grupo cultural o de amigos más que a una unión más bien biológica, donde para mí encaja mejor “clúster”. Aunque es cierto que la RAE no la acepta todavía, supongo que todo el mundo conoce su significado.
PD3: No sé por qué ese empeño en sacar a Doona Bae en ropa interior en todos los capítulos, a veces con excusas bastante cutres.
*Todo parece apuntar a que echaron a Aml Ameen por homófobo, ¿es que no sabía dónde se metía?

Ver también:
Temporada 1.