Archivo mensual: agosto 2019

PEAKY BLINDERS – TEMPORADA 3

BBC Two | 2016
Drama, suspense | 6 ep. de 54-58 min.
Productores ejecutivos: Steven Knight, Jamie Glazerbook, Frith Tiplady, varios.
Intérpretes:Cillian Murphy, Helen McCrory, Paul Anderson, Annabelle Wallis, Sophie Rundle, Finn Cole, Joe Cole, Aimee-Ffion Edwards, Harry Kirton, Natasha O’Keeffe, Kate Phillips, Paddy Considine, Packy Lee, Ned Dennehy, Gaite Jansen, Tom Hardy, Jan Bijvoet.
Valoración:

No sé si el creciente éxito de la serie tuvo algo que ver ni si se encarrila en las siguientes temporadas, pero su productor y prácticamente único guionista Steven Knight apunta demasiado alto en esta etapa partiendo de unas bases que no permiten tanta ambición, y termina sufriendo un gran tropiezo.

Con seis capítulos por temporada, un presupuesto ajustado y pocos personajes dio forma en sus dos primeras temporadas a un sencillo y entretenido relato sobre las intrigas criminales de una mafia de barrio. Pero la maduración a la que apuntaba en la segunda, con los personajes secundarios ganando profundidad y ofreciendo en general historias más variadas que las predecibles aventuras con que había empezado, no ha seguido su buen curso.

Manteniendo el número de episodios, con ocho personajes mal contados y tres escenarios y medio (la casa de apuestas, la mansión, la calle, una fábrica) no da para sostener semejante coloso, así que se la temporada se cae a pedazos, resulta artificial, descabellada, caótica… Saltamos entre dramas personales inestables, con giros sensacionalistas que salen de la nada y cuyas consecuencias se despachan con trazos mal dados, e intrigas rebuscadas sin que nada llegue a desarrollarse por completo, sin que calen los hechos en la situación criminal y psicológica de los protagonistas, y desde luego sin que resulte creíble de cara al espectador.

Los Peaky Blinders han pasado de luchar a mamporros con otras bandas locales por unos pocos pubs y fábricas y las apuestas de la zona, a controlar Birminghan sobre todos los rivales italianos, judíos, gitanos y demás, y a tener todo negocio bajo su control. Han pasado de tener en nómina a unos pocos policías de la zona a subyugar comisarías y meter mano en la política. Y no me lo creo. No se ha visto cómo han logrado tales hazañas ni cómo las mantienen en pie, no resulta verosímil en ningún momento. Son una pequeña familia con un puñado escaso de matones a sus órdenes, no se ve un entramado criminal de grandes proporciones que haga posible tal dominio. Lo mismo se aplica a los nuevos enemigos y el plan criminal principal de este año, donde Knight se ha flipado cosa mala y termina haciendo bastante el ridículo.

Thomas Shelby se encuentra entre la espada y la pared cuando una organización secreta afín al gobierno le exige ejecutar un complot de grandes proporciones. Este entramado supuestamente temible y de largos tentáculos lo representa un solo personaje, un cura interpretado por Paddy Considine. Ni el actor ni el rol dan la talla como genio del mal, ni mucho menos hacen tangible la supuesta fuerza de esa organización. Nos hemos de creer porque sí sus amenazas de que controla el país a su antojo y la rebuscada combinación de planes anticomunismo, lazos rusos, confabulaciones para desestabilizar gobiernos extranjeros… Nada de esto se ve realmente, sólo se oye en boca de Tommy. Si yo fuera uno de sus hermanos pensaría que está loco, porque sólo él ve esas cosas.

En cada capítulo parece que va a ocurrir algo grande y espectacular, pero casi todo se resuelve fuera de pantalla, en plan “He ordenado que corten las calles y detengan a los soldados de la banda enemiga, así que hemos ganado”, “Para ejecutar este robo imposible hemos convencido a todas las fábricas de ir a la huelga”, etc. Muchas veces vemos solamente cosas triviales, como a Tommy mirando a la nada con temores y dudas o la enésima disputa con los hermanos, y en la escena siguiente aparece con esa frase que resuelve todo. La guerra con los italianos, la organización secreta manejando los hilos, los rusos que unas veces parecen unos muertos de hambre y otras se supone que tienen gran poder, diversas fases de los planes de enviar armas y robar joyas… Todo son vaguedades que no llegan a concretarse.

El carisma de los personajes no sirve esta vez para tapar huecos, porque estos son muy grandes y a veces los engullen. Tommy pasa por mil fases sin que se terminen de desarrollar los eventos y tratar las consecuencias adecuadamente. Otrora un personaje con motivos claros, un rumbo de acción determinado y un esfuerzo personal visible en todo momento, ahora es un ente hueco dando bandazos según le viene al escritor. La relación con Grace sigue siendo un desastre, no hay química entre los actores ni trabajo desde el guion que le otorgue forma, y el giro que cambia las cosas es de un ridículo que espanta. Entre los momentos más fallidos cabe destacar esa parte en la que Tommy está medio muerto de una paliza (cráneo fracturado y todo) y, tras señalarnos que ha estado meses hospitalizado, vuelve al juego sin que el paso del tiempo haya perjudicado a su poder ni cambiado nada. Entonces, ¿para qué tanto enredo?

La dinámica con los hermanos es totalmente volátil, un día son una banda de fidelidad inquebrantable, al siguiente todo recelos y peleas. La disputa con el cura maligno es delirante, bastaba con pegarle un tiro a la primera de cambio. Tras resultarme muy atractivo en su presentación, me ha sentado muy mal que Michael esté desaprovechado casi todo el tiempo y al final salte a primer plano con uno de esos virajes tan poco meditados: “pues ahora me acuerdo de que ese cura abusó de mí cuando era un crío”, y ahora de repente quiere formar parte de las acciones criminales y matarlo. Polly tiene un romance cansino con un tipo anodino que no lleva a ninguna parte, y eso que Alexander Siddig es un gran actor. Al final, de la familia de Tommy sólo Arthur mantiene cierto nivel, porque a John siguen sin desarrollarlo y las mujeres son de adorno. Pero al principio descoloca un montón, porque aparece casado con una católica irredenta que intenta controlarlo… ¿Cómo se ha enamorado y atado a alguien así? Por ello, su arco de buscar redención y dejar de pecar parece muy forzado.

Lo único rescatable, aparte del magnetismo de Cillian Murhpy y el cada vez mejor papel de Paul Anderson como Arthur, es Gaite Jansen y su alocada y seductora princesa rusa. También destaca el estilo audiovisual cada vez más. Aunque la dirección es mejorable en muchas ocasiones, la fotografía es un deleite, y la música con temas rock modernos muy bien fusionados con las imágenes ya es un sello inconfundible.

Peaky Blinders venía siendo bastante interesante a pesar de su escaso alcance, pero la tercera temporada pega tantos tiros al aire que no termina de formar una historia coherente y amena. Se me ha hecho muy pesada y decepcionante, no entiendo que la crítica se volcara tanto con ella y el público encontrara una serie supuestamente asombrosa y adictiva.

Ver también:
Temporada 1 (2013)
Temporada 2 (2014)
-> Temporada 3 (2016)

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MINDHUNTER – TEMPORADA 2


Netflix | 2019
Suspense, drama | 9 ep. de 48-63 min.
Productores ejecutivos: David Fincher, Charlize Theron, Jennifer Erwin.
Intérpretes: Jonathan Groff, Holt, McCallany, Anna Torv, Stacey Roca, Joe Tuttle, Albert Jones, Lauren Glazier, Gareth Williams, Nate Corddry, Dohn Norwood.
Valoración:

Alerta de spoilers: Sólo presento las líneas principales de la temporada. —

A la hora de publicar esto no he encontrado declaraciones oficiales ni artículos que especulen con lo que ha pasado, pero está bastante claro que el creador de la serie, Joe Penhall, ha abandonado el barco. En los créditos aparece como “creador”, una cita obligatoria, y más escondido como “consultor”, a pesar de que se sabe que al menos hasta enero estuvo trabajando en la segunda temporada, lo que le habría valido un cargo de “productor” o de “guionista” (“story by” en algún episodio, al menos), mientras que “consultor” viene a ser un puesto honorífico con sueldo que suele darse cuanto te despiden y no quieren que armes jaleo. Estoy convencido de que se debe a que Fincher, que se fue imponiendo en todo aspecto creativo el primer año, ha terminado haciéndose con el control total y Penhall se ha largado o ha sido despedido. Los nuevos guionistas principales son Joshua Donen y Courtenay Miles, colaboradores habituales de Fincher, aunque hasta ahora más en el aspecto de la producción que de la escritura.

El desenlace de la primera temporada cayó en el único traspiés notable que tuvieron los autores en la presentación de la serie: dejamos a los personajes en un final bastante sensacionalista que no encaja en el tono tan serio y realista que habían planteado. Por suerte, ha sido un desliz breve. La segunda etapa vuelve a encarrilarse abordando las consecuencias de aquellos hechos con la narrativa sobria y sutil tan característica.

Lo que parecía el bache más importante y peliagudo durante el proyecto de los protagonistas se toma como otra anécdota en la dinámica y la política del trabajo: la alteración de unas declaraciones y el chivatazo del nuevo miembro del equipo se despachan muy rápido, con lo que cabe pensar que no deberían haberle dado más relevancia que a otros conflictos. Las dudas de lealtad, los roces personales y sobre todo la lucha por sacar adelante su investigación en una cadena de mando llena de intereses (la mayor parte conservadores) ya estaban ahí y siguen trayendo nuevos problemas la mar de interesantes.

Al ataque de pánico de Ford se le dio demasiado dramatismo para que al final no tome tanto protagonismo y sea sólo otra característica más de su personalidad, y las hay más importantes, como su ambición superior a su experiencia y su nulo tacto político propiciado por sus ganas de quedar como un héroe. ¿Madurará o seguirá chocando contra sí mismo una y otra vez? La ruptura sentimental de Wendy parecía muy mundana para una obra tan inteligente, pero por suerte la nueva pareja da mucho más juego, pues se abordan mejores análisis sobre el comportamiento humano, que es de lo que va la serie. Se ve obligada a separar su vida personal de la laboral, pues ve que ni en ese ambiente tan progresista abunda la tolerancia a otras formas de entender la vida. Los líos familiares de Bill se relacionan mejor con la parte policíaca, pues confiere a las investigaciones una perspectiva más humana, más dramática. Enfrenta en sus carnes lo que está estudiando cuando su hijo acaba implicado en la muerte de otro niño: ¿y si es como esos asesinos en serie?, ¿cómo puede evitarse que una persona crezca siendo así?

Hay que alabar el papel de los tres protagonistas principales, Jonathan Groff, Holt McCallany y Anna Torv, que están impresionantes en el difícil tono de la serie, la contención, los suspiros, las miradas… Son capaces de reflejar cualquier estado de ánimo con gestos velados y silencios.

Secundarios hay pocos pero tan interesantes que deseas que aparezcan más. Gregg Smith (Joe Tuttle) intenta superar sus problemas para integrarse saltando a realizar entrevistas, pero verá que tiene mucho que aprender. El nuevo jefe (Michael Cerveris) parece simpático y dedicado… pero pronto se ve que es más bien ladino y que la dedicación va encaminada a su carrera profesional. El agente Jim Barney (Albert Jones), que era el candidato perfecto para el puesto que tomó Smith por enchufe, acaba colaborando con ellos; su profesionalidad y dedicación darían mejores frutos… si no fuera negro. La mujer de Bill, Nancy (Stacey Roca), representa muy bien el lado civil, los que no son capaces de entender y soportar la violencia y crueldad de la que hacen gala algunas personas… sobre todo si son conocidas. Y hay que destacar de nuevo el gran trabajo de caracterización que han hecho con los asesinos reales que aparecen. Todos están fielmente representados, resultan fascinantes a la par que inquietantes, y con ellos los autores canalizan muy bien los temas que quieren tratar. Eso sí, al final, el menos llamativo ha sido el más hablado estos días, Charles Manson.

Sigue habiendo unas pocas entrevistas a convictos que mantienen la línea compleja e instrospectiva habitual. Cada una aporta vivencias a los personajes, los lleva a conocerse mejor, y también deja sesudas reflexiones sobre el ser humano. Pero sabiamente los autores evitan el desgaste o la sensación de estancamiento saltando pronto a un caso que servirá de arco central esta temporada. No rompe las formas, pues se trata con el mismo estilo metódico y profundo, pero nos lleva a nuevos escenarios y a aplicar lo que los protagonistas han ido estudiando.

El FBI va modernizándose poco a poco, y llegan mejores tiempos para la Unidad de Ciencias del Comportamiento. No será un camino de rosas, pero sus esfuerzos empiezan a dar frutos: son respetados por sus compañeros y poco a poco su labor influye en otros cuerpos de la ley y en la política. En esta nueva fase enfrentan un paso crucial: pondrán en práctica lo aprendido con el perturbador asesino de niños de Atlanta, que se cree que dejó un reguero de treinta adolescentes, sembrando el pánico en la región.

Entramos en una investigación en la onda de The Wire (David Simon, 2002), pero con una perspectiva más sórdida y psicológica. Hay análisis social y político con gran visión global y obsesión por el detalle, pero se mantiene por encima de ello el sombrío e intimista acercamiento a la mente humana. Los condicionantes sociales y familiares, los traumas durante el crecimiento y los análisis éticos se dejan entrever en todo momento con una verosimilitud y sensibilidad insólitas.

El ritmo mantiene el tono sosegado pero hipnótico del primer año. Hasta la conversación más larga y tranquila cautiva por su sugestivo trasfondo y la fantástica puesta en escena con el toque Fincher, capaz de sacar una belleza inquietante hasta de la habitación más anodina. De nuevo Mindhunter te engancha y no te suelta, y te llama para volver a verla y buscar detalles que se te hayan escapado. Por ello me sorprende y apena ver a algunos espectadores decir “no pasa nada, es muy lenta”, cuando en cada plano, frase y gesto hay algún matiz que aporta esencia al conjunto. Un suspiro o mirada en una de las entrevistas refleja la reacción y maduración de los personajes, y esto tendrá consecuencias más adelante. Desde luego, no está hecha para quienes esperan hechos simples y directos, como un flashback que te dé mascadita la escena del crimen y una persecución molona.

El tener una investigación policíaca más clásica, por bien ejecutada que esté, limita un poco el factor originalidad con que asombró tanto en la primera temporada, pero pegas reales encuentro pocas. La historia de Wendy vuelve a quedar un poco descolgada en la parte final, no son capaces de mantener al personaje en el foco con algo más interesante que un nuevo conflicto amoroso, pero al menos no faltan a la historia real metiéndola por la fuerza en el caso. Hay un giro al final que, sin más explicaciones, hay que considerarlo poco meditado o un agujero de guion; lo comento más abajo. No me ha gustado que en una obra siempre tan arriesgada opten por incluir el típico epílogo de reposicionamiento de personajes mediante un montaje de escenas cotidianas y musiquita facilona. Me molestan algunas traducciones que hace Netflix en España: los detectives son convertidos en inspectores y los comisarios en directores, y ni por asomo es lo mismo. Y, sobre todo, pesa el miedo a que la cancelen porque es demasiado exquisita y exclusiva y la vemos muy pocos espectadores.

Alerta de spoilers: Entro en un aspecto importante del final.–
Que la mujer de Bill se largue con el niño está muy cogido por los pelos. Estando en plena evaluación de los servicios sociales, si se ha escapado sin avisar de la separación y si se ha ido a otra ciudad, como decía poco antes que le gustaría, la pondría prácticamente en busca y captura por la justicia y podría perder la custodia. Bastaba incluir una escena con ella explicando que su marido genera un ambiente inadecuado para el niño y los servicios sociales aceptaran un divorcio exprés; espero que empiece así la siguiente temporada y tape el agujero, si no, será un giro sensacionalista que genera graves incongruencias.

Ver también:
Temporada 1 (2017)
-> Temporada 2 (2019)

ORANGE IS THE NEW BLACK – TEMPORADA 7 Y FINAL

Netflix | 2019
Drama, comedia | 13 ep. de 55-90 min.
Productores ejecutivos: Jenji Kohan.
Intérpretes: Taylor Schilling, Laura Prepon, Yael Stone, Natasha Lyonne, Kate Mulgrew, Dale Soules, Danielle Brooks, Uzo Aduba, Adrienne C. Moore, Elizabeth Rodriguez, Selenis Leyva, Jessica Pimentel, Dascha Polanco, Jackie Cruz, Laura Gómez, Daniella De Jesús, Nick Sandow, Beth Dover, Matt Peters, Emily Tarver, Mike Houston, Taryn Manning, Susan Heyward, Lori Petty, Nicholas Webber, Laverne Cox, Shawna Hamic, Alysia Reiner, Berto Colon, Natalie Carter, Karina Arroyave, Jason Biggs, Catherine Curtin, Hunter Emery, Bill Hoag, Mike Houston, Vicci Martinez, Greg Vrotsos, Alicia Witt, Marie-Lou Nahhas.
Valoración:

Alerta de spoilers: Solo describo las historias principales por encima, sin desverlar finales. —

Esperaba que al tener confirmado el final de la serie con tanta antelación (desde la quinta temporada) Jenji Kohan tendría más fácil hilar el arco argumental de cada personaje e historia y preparar bien los desenlaces, pero lo cierto es que la sexta etapa dejó entrever cierto desgaste y también un alejamiento de la fórmula y las historias que hasta entonces íbamos viendo, y aunque gracias a la calidad de los personajes y las tramas secundarias que seguían tocando temas trascendentales con tanta sensibilidad mantuvo muy buen nivel, quedaba algo por debajo de lo esperado en la serie. ¿Logra remontar en la temporada final? Desde mi punto de vista, un poco, pero no suficiente como para terminar tocando el cielo como en otros años.

Vuelve a centrarse en algo que habían dejado demasiado en suspenso, el motín, sus secuelas y la parte de la crítica social y política que surgía de él. Y también arregla un aspecto que no convenció a los seguidores: Malison es despachada bien rápido y aquí no ha ocurrido nada. Taystee vuelve a primer plano con fuerza después de que anduviera muy infrautilizada tras el punto álgido en el que quedó su trayectoria personal al terminar el motín. Las dudas sobre si se sobrepondrá o si se suicidará y la crítica a cómo el sistema etiqueta y abandona a los criminales sin darles la rehabilitación y la segunda oportunidad que tanto vende te mantienen en vilo, y con la simpatía y energía de la actriz Danielle Brooks termina de llegarte muy hondo. Pero, salvo por un par de escenas donde Luschek y McCullough muestran brevemente los traumas que la situación dejó en ellos, las secuelas no van más allá de Taystee, todo el análisis que se fue desarrollando sobre los malos tratos por parte de los guardias, la dejadez y abusos de la administración, los males del capitalismo, la indiferencia de la sociedad, etc., se han dejado muy de lado. Hasta Linda Ferguson y Natalia Figueroa se blanquean con un tono más ligero, y los directivos de la compañía que compró la prisión no vuelven a aparecer.

Da la impresión de que Kohan decidió a última hora cambiar el foco hacia otro tema de actualidad que ha traído la era Donald Trump: el trato cada vez más inhumano a los inmigrantes irregulares. Lo introdujo en los últimos minutos del final de temporada anterior y aquí lo lleva como trama global. Y no me malentendáis, trata el asunto con gran detallismo y verosimilitud, con la habitual cercanía que consigue que cada historia y personaje parezcan totalmente reales. El problema es que parece una trama impuesta en momentos en que todo seguidor esperaba que continuara ahondando en lo que ya estaba en marcha. La mitad del reparto ha desaparecido con el cambio de prisión, las vidas de muchas secundarias son relleno tonto (Suzanne), parecen un poco forzadas (Red, Pennsatucky), precipitadas (el giro que inicia la trayectoria final de Lorna), o desaprovechadas (la vida de Piper fuera no sorprende nunca, aunque sea muy amena).

En otras palabras, falta un poco de la visión global y también de la fuerza arrolladora que ha tenido en sus mejores tramos. Pero sólo un poco, porque sigue siendo una serie muy buena, el problema es que prometía llegar a ser una obra maestra al nivel de Oz (Tom Fontana, 1997) y The Wire (David Simon, 2002) y se ha quedado a las puertas.

Como es habitual, el fascinante despliegue de personajes e historia que nos regala Kohan pasa de la comedia al drama con una agilidad asombrosa, los personajes que aparecen ofrecen un sin fin de vivencias conmovedoras y con diversas lecturas y críticas muy inteligentes, y los ausentes se llevan un bonito homenaje al final, más otro en los créditos (aunque no entiendo por qué aparece Pornostacho y no Bennett y Donuts). Las propias Piper y Lorna siguen siendo encantadoras, aunque no deslumbren como antes. En cierta manera Figueroa casi que gana con el blanqueamiento, porque ya no resulta tan distante y caricaturesca. Caputo tiene un arco fantástico que además permite mover a otras, como a María Ruiz, y tocar brevemente otro asunto candente, el #metoo. Dayanara, Aleida, Cindy y otras muestran que la vida sigue, que el pasado pesa pero desde luego el no luchar para mejorar no ayuda. Nicky Nichols está estupenda en todo momento. Y algunas incluso se benefician del tema de la inmigración: Gloria y sus compañeras latinas brillan más que nunca al tener más protagonismo, y las nuevas que llegan en esta parte, Karla Córdova (Karina Arroyave) y Shani Abboud (Marie-Lou Nahhas), se hacen querer instantáneamente.

En cuando a la fidelidad a la vida real en que se ha basado la serie, la de Piper Kerman, aquí renombrada a Piper Chapman, hay que señalar que muchas veces ha tirado por su propio camino según iban creciendo los personajes (Suzanne iba a salir pocos episodios en principio, por ejemplo), y otras tantas se las habrán inventado de la nada. Pero en cuanto a la propia Kerman, cabe señalar que esta volvió con su marido al salir, pero en la serie quedó pronto claro que el casting de su versión (Jason Biggs) fue un desastre y había más química con Laura Pepron (Vause), así que han potenciado esa relación hasta el final, creando tensión con si la esperará o se irá con la nueva mujer tan atractiva que conocer, Zelda, interpretada por una encantadora Alicia Witt.

Aunque en estas dos últimas etapas haya perdido algo de fuelle y haya quedada eclipsada por otras nuevas grandes producciones, Orange is the New Black ha sido una de las mejores series de los últimos años, de esas que una vez caes en su embrujo volverás a ver una y otra vez y cuyo legado ya se empezó a notar en las primeras temporadas, pues hay versiones de sus personajes en muchas series y el número de producciones sobre cárceles de mujeres se ha disparado por todo el mundo.

Ver también:
Temporada 1 (2013)
Temporada 2 (2014)
Temporada 3 (2015)
Temporada 4 (2016)
Temporada 5 (2017)
Temporada 6 (2018)
-> Temporada 7 y final (2019)

STAR TREK – EL CREADOR, GENE RODDENBERRY

Eugene Roddenberry, más conocido como Gene, será recordado eternamente como el creador de Star Trek, y lo cierto es que para bien o para mal tanto su carrera como guionista como su vida personal estuvieron atadas a la saga.

Nacido en Texas en 1921, siguió los pasos de su padre y se preparó para ser policía. Pero su primer interés fue la aviación, y dada la época, lo más habitual era entrar como piloto en la armada. Tras casarse con su primera esposa, sirvió en la Segunda Guerra Mundial obteniendo varias distinciones.

Su afición por la lectura incluía algunos de los primeros referentes de la ciencia-ficción, como John Carter de Marte (Edgar Rice Burroughs, 1912), y pronto empezó a escribir relatos y poesía. Tras la guerra se lo tomó más en serio y comenzó a estudiar literatura mientras trabajaba como piloto de aerolíneas (1945). Pero si salió airoso de la guerra, la aviación civil acabó con sus ganas de volar. Tuvo un aparatoso accidente en 1947, donde a pesar de sus esfuerzos hubo quince fallecidos, y un año después dejó este trabajo para perseguir su sueño.

Cuando vio por primera vez la televisión pensó que había un gran futuro ahí. Así que tiró para Hollywood, donde es de suponer que malvivió con las pocas obras que vendía, porque acabó metiéndose a policía, siguiendo finalmente la estela de su padre. Eso sí, con su nivel cultural acabó ejerciendo como redactor en una unidad de información pública.

Poco a poco iba ganándose su hueco en el mundo de la televisión, con cada vez más guiones y colaboraciones, de forma que no pudo compaginar ambas labores y dejó el cuerpo en 1956 para continuar con su pasión. Su primer cargo superior fue como jefe de guionistas en The West Point Story (1956), que versaba sobre una academia militar. Participó en muchas otras producciones, principalmente sobre el Lejano Oeste, destacando la popular El pistolero de San Francisco (1957-1963), donde ganó un premio del gremio de guionistas. Mientras, intentaba vender alguna como creador y productor, donde tendría más libertad creativa, pero se las iban rechazando.

Su oportunidad llegó tras el éxito de El teniente (1963-1964), otra de temática militar. Ya con una posición más establecida, se lanzó hacia la ciencia-ficción. El género triunfaba en el cine y había empezaro a causar sensación en la pequeña pantalla con La dimensión desconocida (The Twilight Zone, Rod Serling, 1959). Desarrolló una premisa sobre una nave espacial que iría investigando distintos mundos, pero su visión iba mucho más allá que una de aventuras sin más, porque concebía un futuro sin problemas de la época, como los raciales y las guerras entre humanos, pues la humanidad se esforzaría constemente por ser mejor y aprender del universo.

En 1964 llevó la propuesta a una major, la MGM, pero no le hicieron ninguna oferta. Optó por una compañía más pequeña, Desilu Productions, donde le ofrecieron un contrato de tres años. El canal CBS pasó del tema, tenía entre manos su propia producción, Perdidos en el espacio (Irwin Allen, 1965). NBC en cambio mostró gran entusiasmo por el material que enseñó, y dieron luz verde a un episodio piloto.

Para este episodio, llamado La jaula (The Cage), Rodenberry se rodeó de actores y productores con lo que ya había trabajado antes. Caben destacar D. C. Fontana como asistenta de producción y los actores Leonard Nimoy y Majel Barrett. Los costes de producción se dividieron entre NBC y Desilu. Por desgracia, no convenció a los directivos, siendo considerado demasiado intelectual y farragoso. Pero, en un giro nada común en televisión, las partes implicadas aceptaron rodar otro capítulo de muestra, que se llamó Un lugar jamás visitado por el hombre (Where No Man Has Gone Before). En esta ocasión Roddenberry fue sin rodeos a atacar uno de los problemas que veía en el gremio, el racismo, y logró reunir una tripulación multicultural, manteniendo sólo a Nimoy del primer reparto.

Star Trek (luego conocida como Star Trek: La serie original para distinguirla entre las numerosas series y largometrajes) se estrenó en 1966 y duró tres temporadas sin causar un impacto inmediato. Si bien en pocos años empezó a calar y se generó alrededor de ella un culto que la convirtió en un fenómeno mundial que aún perdura, para su creador no fueron tan bien las cosas.

En lo personal, con la absorbente producción de Star Trek se distanció de su familia y esposa y fue teniendo aventuras con secretarias y actrices varias, incluyendo Nichelle Nichols y Majel Barrett, a las que enchufó en la serie por ello. En 1969 decidió divorciarse de su primera mujer y casarse con Majel, algo que iba aplazando por no lidiar con el trabajo y la separación a la vez. En lo económico, la cancelación de Star Trek y el divorcio lo dejaron en malas condiciones, lo cual se agravó porque en lo laboral fue dando un traspiés tras otro.

Entrando en los setenta, saltó al cine escribiendo y produciendo Querido profesor, protagonizada por Rock Hudson, Angie Dickinson y Telly Savalas. Pero no tuvo un buen recibimiento y se veía en la ruina, así que acabó explotando Star Trek de un modo nada común en esos tiempos, dando charlas y participando en convenciones sobre ella. Intentó embarcarse en otra serie de ciencia-ficción escribiendo algunos telefilmes que pudieran alargarse si tenían éxito, pero ni con Genesis II (1973), que tuvo bastante audiencia, llegó a conseguirlo. Mientras tanto, se dio el visto bueno a Star Trek: la serie animada (1973). En ella no puso mucho entusiasmo, relegando el trabajo en D. C. Fontana, y posteriormente afirmó que no debería considerarse canon en el universo de la saga.

Desde el 75 hubo intentos de poner en marcha una película de Star Trek, pero a Paramount no le convencían las propuestas de Roddenberry ni tampoco las de escritores famosos a los que tantearon, como Ray Bradbury y Harlan Ellison. Viendo que no eran capaces de sacar adelante un largometraje, volvieron a mirar a la televisión. La producción de Phase II en 1978 volvió a centrar a Roddenberry y a darle esperanzas. El desarrollo llegó casi a su conclusión, pero estando listos para el rodaje Paramount dio dos virajes repentinos, abandonando la idea de presentar un canal de televisión propio, donde se estrenaría la serie, y luego saltando de golpe de nuevo hacia la idea de una película para cines.

Roddenberry y el resto del equipo tuvieron que ajustar los guiones, escenarios y demás sobre la marcha con prisas, de forma que el proyecto fue un caos desde el principio. La cosa se agravó por sus disputas constantes con los demás productores y guionistas (Harold Livingston a la cabeza) sobre la autoría final de cada idea y línea de guion: a pesar de no tener el control total de la producción, él se intentaba imponer constantemente.

Star Trek: La película se estrenó en 1979, tuvo un rendimiento algo justo de taquilla, sobre todo porque el presupuesto se había disparado por el caótico rodaje, y recibió críticas bastante tibias. Entre eso y que Roddenberry era un grano en el culo (se había enzarzado continuamente en batallas legales sobre merchandising, dinero, autoría…), la Paramount decidió apartarlo del grueso de la producción de las siguientes entregas, pagándole un porcentaje de las ganancias a cambio de conservar únicamente el rol de consultor (sus notas podrían ser aceptadas o no) y que fuera la cara visible de la saga hacia el público. La fórmula funcionó, pues la taquilla y las críticas fueron mejores en los siguientes títulos. Pero Roddenberry no terminaba de aceptar que había sido dejado de lado, y no hacía más que escribir argumentos y guiones que nadie leía.

A pesar del nuevo tropiezo, las cosas volvieron a encauzarse porque con la buena acogida que iban teniendo las películas la productora encargó otra serie y, aunque inicialmente no querían a Roddenberry, al final claudicaron por la imagen de marca que generaba su nombre, porque nadie como él conocía el espíritu de la saga… y, sobre todo, porque a pesar de que hubiera sido apartado de las películas seguía teniendo el título de “creador” de la serie original, con lo que tenía base legal para vetar nuevas series.

Star Trek: La nueva generación llegó en 1987. Roddenberry obtuvo un salario muy abultado (tanto que lo celebró comprándose un Rolls Royce) y un control casi total. Se rodeó de guionistas y productores conocidos, y con mejores presupuesto y medios se permitió explorar más a fondo el futuro utópico que imaginaba en aspectos culturales y tecnológicos. Sumándole las primas de las películas y las cada vez más exitosas convenciones, estaba ganando una buena cantidad de dinero.

Pero el éxito y el sueño se empañaron pronto. Las dudas iniciales sobre si embarcarse en otro proyecto semejante, cuando la serie original fue muy estresante y afectó a su vida personal, se hicieron realidad pronto, sacando a relucir sus demonios internos hasta el punto de que por sus excesos y abusos la sala de guionistas estaba siempre con un ambiente tenso y turbulento. Pronto acabó enemistado con sus colaboradores de toda la vida, David Gerrold y D. C. Fontana, hasta el punto de azuzar a su duro abogado contra ellos como forma de atacarlos. Estos en consecuencia terminaron largándose de la serie el primer año, seguidos por una sangría de guionistas y productores en esa y la siguiente temporada. Se hizo evidente que llevaba años abusando de las drogas, era muy dado a montar numeritos y también a sembrar cizaña sutilmente (provocando con su abogado, cambiando guiones a escondidas…), y era inflexible con su concepto de la serie, lo que traía de cabeza a los demás escritores a la hora de desarrollar las historias. Todo esto se ocultó durante bastante tiempo, para no afectar a la imagen de la saga.

Su salud iba pagando el precio rápidamente: sufrió diabetes, problemas cardiovasculares y finalmente infartos que lo postraron en una silla de ruedas. Los productores principales, Rick Berman y Michael Piller, fueron tomando el control creativo ante el caos, y Roddenberry terminó apartado casi por completo al final de la segunda temporada. Falleció en 1991, no sin antes echar pestes y su última denuncia contra la última película de la tripulación original, Star Trek VI: Aquel país desconocido.

Pero su legado eclipsa su lado oscuro. El nombre de Gene Roddenberry sigue vivo en cada nueva serie de Star Trek y en cada revisionado de las antiguas. Esos personajes tan carismáticos, ese universo único, esas historias con calado atemporal perdurarán eternamente. Y otras de sus ideas vieron la luz póstumamente: su viuda Majel desempolvó varias en las que él estuvo trabajando y produjo dos series, La Tierra: conflicto final (1996) y Andromeda (2000). Ella falleció en 2008, tras numerosas apariciones en la saga.

STAR TREK – LARGA Y PRÓSPERA VIDA

La tripulación de la nave estelar Enterprise recorre la galaxia en busca de nuevas formas de vida, avances científicos y maneras de mantener la paz entre especies.

La originalidad y profundidad de las historias, la fascinante relación entre los tres protagonistas principales, Spock, Kirk y McCoy, los carismáticos secundarios y la fidelidad incansable de sus seguidores, convirtieron a Star Trek en un fenómeno mundial que aún tiene muchísimo tirón.

Cuando Gene Rodenberry creó la serie original en 1966 ya había en televisión varias de ciencia-ficción, algunas bastante exitosas y que aún hoy en día se recuerdan, como Perdidos en el espacio (Irwin Allen, 1965) y La dimensión desconocida (The Twilight Zone, Rod Serling, 1959), y venían otras de gran calado, como El prisionero (Patrick McGoohan, 1967). Pero su propuesta fue rompedora y tenía mucha personalidad, de forma que caló hondo… eso sí, con el tiempo. Quizá estuvo muy adelantada a su época y era demasiado peculiar para el público generalista, porque no tuvo una gran audiencia inicial y fue decayendo rápidamente, de forma que no pasó de las tres temporadas que habían firmado una pequeña productora y el canal NBC con demasiado entusiasmo. De hecho, iban a cancelarla al acabar la segunda, pero ya tenía fans que iniciaron una campaña de cartas y consiguieron una temporada más. Para hacerla rentable redujeron aún más su escaso presupuesto, y aun así no pudieron mantenerla en antena. Tras la cancelación vendieron la serie a la major Paramount Pictures, y estos inesperadamente se toparon con un filón en la venta de los derechos a otros canales menores para reposiciones (lo que se conoce como sindicación): entonces fue enganchando a numerosos espectadores, muchos de los cuales formaron un culto que hoy en día todavía se mantiene muy vivo.

Aunque con el creciente éxito póstumo tanto Rodenberry como la Paramount intentaron saltar a una película para cines, no terminaban de cuajar las ideas y sólo sacaron adelante una serie animada, llamada a secas Star Trek: The Animated Series (1973). Esta es más bien una anécdota, pues no tuvo mucho éxito, y ni siquiera Rodenberry la consideró canon en el universo de la saga. Pero finalmente fue tomando forma una serie, con la idea de estrenarla como cabecera del canal de televisión que planeaban los directivos de Paramount. Entre 1977 y 1978 estuvo a punto de rodarse Phase II (Segunda fase), un proyecto con Roddenberry al frente del reparto original (excepto Spock) en el que habían puesto bastante empeño: tenían ya escrita la primera parte de la temporada (13 episodios), creadas algunas maquetas y decorados… Pero, de repente, los directivos se echaron atrás con la costosa y difícil inversión del canal (que no vio la luz hasta diecisiete años más tarde, como UPN), y la producción fue cancelada. Pero la asombrosa popularidad de dos películas del género en esos años, La guerra de las galaxias (George Lucas) y Encuentros en la tercera fase (Steven Spielberg), los empujó definitivamente a moverse hacia el cine, mucho más rentable a corto plazo, y más con un panorama tan receptivo.

Star Trek: La película llegó en 1979 con Roddenberry al frente de la producción, un director veterano como Robert Wise (West Side Story -1965-, Sonrisas y lágrimas -1961-, El Yang-Tsé en llamas -1966-…) y un guion de Harold Livingston (Misión: Imposible -1966- y otras series) adaptando un libreto de Phase II, pues enlazaron un proyecto con el otro, tomando un guion y varios personajes secundarios nuevos escritos para la serie. No arrasó en taquilla ni críticas, pero tampoco apuntaba a un público amplio, y dio los réditos justos para que Paramount realizara una secuela, eso sí, apartando a Roddenberry del equipo y reduciendo el presupuesto para ver si cambiando un poco la fórmula mejoraban resultados. Así fue, porque La ira de Khan (1982) tuvo mejor recepción, y viendo su rentabilidad estrenaron una nueva entrega cada dos o tres años, hasta un total de seis, la última en 1991.

Con la fidelidad ganada por las reposiciones de la serie original y las nuevas películas, en 1987 la Paramount volvió a mirara a la televisión y dio luz verde a una serie con nueva nave y tripulación y con Roddenberry al mando de un grupo de guionistas y productores que fue creciendo y tomó el relevo cuando este falleció en 1991: Maurice Hurley, Rick Berman, Michael Piller, Jery Taylor, Ronald D. Moore, Brannon BragaLa nueva generación asentaría, más que las películas, la admiración por la saga, así como su estilo visual y narrativo y el universo imaginario.

El éxito de emisión, que en una hábil estrategia se llevó directamente a sindicación, fue tal que antes de acabar ya habían puesto en marcha otra producción, Espacio Profundo Nueve (Rick Berman, Michael Piller, Ira Steven Behr, 1993), y sin acabar esta, otra más, Voyager (Rick Berman, Michael Piller, Jeri Taylor, 1995), que ya se estrenó directamente en el recién creado canal UPN. También la tripulación de La nueva generación tuvo películas para cine, cuatro en total, desde 1994 a 2002.

Justo al acabar Voyager en 2001, enlazaron con otra, Enterprise (Rick Berman, Brannon Braga), pero aunque fueron al pasado de la línea temporal para intentar ofrecer algo distinto, la saga ya acusaba desgaste tanto en televisión como en cines y no tuvo tanto éxito, terminando con menos temporadas que las otras. Los siguientes intentos de crear una nueva producción no llegaron muy lejos.

Se considera que Star Trek es la franquicia más rentable de Paramount Pictures, pero seguramente sea también la saga más rentable de la pequeña pantalla. Desde luego es la más referenciada, citada y parodiada con diferencia, teniendo películas y series dedicadas exclusivamente a ello, como Galaxy Quest (Dean Parisot, Robert Gordon, David Howard, 1999) y The Orville (Seth MacFarlane, 2017).

En 2009, Paramount dio un giro inesperado lanzando un reinicio de la saga (en plan universo paralelo) de la mano de J. J. Abrams (Alias -2001-, Perdidos -2004-) con unas películas con un estilo comercial que nada se asemeja al original y de dudosa calidad, pero a cambio fueron un rotundo éxito de público: donde antes hacían entre 70 y 100 millones de dólares estas han logrado alrededor de 400. Posteriormente hicieron lo mismo con una serie, Discovery (Bryan Fuller, Alex Kurtzman, 2017), que también está dejando mucho que desear y es poco respetuosa con la saga, pero ha dado el suficiente rendimiento a la hora de empujar el nuevo canal online, CBS All Access, porque ya tienen marcha otras, incluyendo una con Jean Luc Picard, el capitán de La nueva generación, volviendo como protagonista.

Y aparte de las producciones paralelas oficiales, incluyendo numerosas novelas y videojuegos y el merchandising variado, el entusiasta seguimiento de sus fans, conocidos como trekkers o trekkies, ha llevado a algunos a hacer sus propias series. Las más ambiciosas incluso han contado con apariciones de algunos actores de las originales.

De una forma u otra, Star Trek, citando una de las frases más célebres de Spock, tendrá una larga y próspera vida.