HOUSE OF CARDS – TEMPORADA 1.

House of Cards
Netflix | 2013
Productores ejecutivos: Beau Willimon, David Fincher, Eric Roth, Joshua Donen, Kevin Spacey, Dana Brunetti.
Intérpretes: Kevin Spacey, Robin Wright, Michael Kelly, Kristen Connolly, Kate Mara, Corey Stoll.
Valoración:

Netflix es un canal creado para emitir a través de internet, mediante suscripción. Cuando han dado el paso a crear producciones propias sus ejecutivos han sido inteligentes, lo han visto claro: si quieren llamar la atención en el panorama televisivo actual hay que entrar con fuerza, con una producción de peso y calidad que ponga el nombre del canal en boca de todos. Para ello ficharon a David Fincher, Kevin Spacey y Robin Wright, figuras del cine de gran fama, y apostaron a lo grande con ellos: cien millones de dólares para rodar dos temporadas de una serie destinada a pegar fuerte.

House of Cards narra la venganza que se orquesta el congresista de la Casa Blanca Francis Underwood (Kevin Spacey) después de que no le dieran el puesto que deseaba. Urde planes a largo plazo para acabar con sus contrincantes y afianzar su posición, y en el proceso no le importa usar y destruir vidas, de hecho lo disfruta. Paralelamente vemos cómo su esposa Claire (Robin Wright) trata de sacar adelante su trabajo con organizaciones para mejorar el mundo y cómo una joven periodista (Kate Mara) está dispuesta a todo con tal de ganarse su jornal, incluso dejarse follar por un viejales como Francis. La serie es creación de Beau Willimon, siendo su primer trabajo importante como guionista, y se basa en una novela de 1989 de Michael Dobbs que ya tuvo una adaptación en la BBC en 1990.

La producción funciona muy bien en el aspecto visual e interpretativo. La puesta en escena sigue el ritmo marcado por David Fincher en el episodio piloto, con su estilo templado y pausado que genera atmósferas densas e intrigantes. La pena es que rara vez son usadas, porque el guión no llega a generar contenido como para que esas atmósferas lleven a algo tangible e interesante.

Sólo hay tres personajes principales que poco dan de sí y que en cada capítulo hacen siempre exactamente lo mismo (cuántos cigarrillos en la ventana nos vamos a tragar). Los secundarios son pocos también, e igualmente no muy llamativos. La odisea del congresista aburre porque avanza a paso de tortuga y con historias simples pero adornadas de forma presuntusuosa (luego me extiendo sobre esto), y los líos de la mujer no ofrecen nada de interés (el punto álgido de su trama es que se pelea con una empleada). Más atractiva resulta la vida laboral de la joven periodista, por mostrar algo más creíble y humano, pero su sección también anda estancada hasta que los guionistas se ponen las pilas en el capítulo final para tratar de montar un desenlace impactante, que no funciona porque todo lo que cuenta es previsible y debería haberse desarrollado a mitad de la temporada. El único que me ha llamado la atención ha sido el congresista de bajo rango Peter Russo (Corey Stoll), cuya trayectoria de autodestrucción avanza con mayor intensidad.

La historia se expone sin ritmo ni interés y de forma tan rebuscada y sensacionalista que llega a resultar considerablemente inverosímil y cargante. Todos los capítulos son lentos y algunos incluso insoportables, desarrollando en cincuenta minutos tramas que caben en diez, inflándolos con una narrativa presuntuosa y un estilo arrogante que resulta molesto, porque en realidad detrás del tono pretencioso no hay inteligencia ni contenido real. El sensacionalismo retorcido de la sublime Boss funcionaba a la hora de conseguir una serie exagerada e intensa, pero lo que se ve aquí consigue el resultado contrario: todo resulta artifical, falso, teatralizado hasta perder la credibilidad. Los planes de Francis no hay quien se los trague, algunas de sus acciones no resultan verosímiles y muchas de ellas de hecho acaban siendo de un ridículo indescriptible: la fiesta organizada en el recinto privado de un hotel a base de amenazas cutres, la guerra política contra la huelga en las escuelas finalizada provocando un puñetazo… y sobre todo el asesinato que comete al final de temporada. El resto de juegos de lealtades, favores y presiones anda por el mismo camino: todo parte de una base predecible y aburrida pero se infla y retuerce hasta quedar grotescamente exagerado y presuntuoso.

Por si fuera poco, para intentar distinguirse del resto de series políticas y quizá incluso para hacer más digerible la pesada carrera de Francis, los guionistas idean una conexión con el espectador: el personaje habla a la cámara contando sus planes. Pero esto falla estrepitosamente también desde el primer capítulo al último: todo discurso explica lo que ya estamos viendo de forma obvia, subrayándolo en exceso sin aportar nada, y además juega en contra del personaje, haciéndolo más creído y cargante que cabrón listo. Vuelvo a comparar con Boss: el protagonista de aquélla resultaba un hijo de puta aterrador pero fascinante, mientras que Francis Underwood es cansino.

House of Cards no parece haber sido una pérdida de dinero, pues al menos esta primera temporada ha tenido bastante éxito, pero su visionado me parece una auténtica pérdida de tiempo.

Por cierto, como curiosidad, la temporada la pusieron completa en la plataforma online del canal, y cada abonado podía elegir cuándo ver un capítulo sin tener que esperar la semana de rigor en televisión. Este es un paso importante a la hora de demostrar que Internet es el futuro

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