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THE DEUCE (LAS CRÓNICAS DE TIME SQUARE) – TEMPORADA 2

The Deuce
HBO | 2018
Drama | 9 ep. de 63-75 min.
Productores ejecutivos: David Simon, George Pelecanos, James Franco, Nina Kostroff-Noble.
Intérpretes: James Franco, Maggie Gyllenhaal, Gbenga Akinnagbe, Gary Carr, Dominique Fishback, Lawrence Gilliard, Margarita Levieva, Emily Meade, Chris Bauer, Criss Coy, Jamie Neumann, David Krumholtz, Kim Director, Don Harvey, Daniel Sauli, Michael Rispoli.
Valoración:

Alerta de spoilers: Resumo por encima los eventos de la temporada. —

Dejamos la primera temporada con el inminente nacimiento de la industria de la pornografía a principios de los años setenta, y saltamos a 1977 para ver sus primeros pasos.

Algunas prostitutas, como Lori Madison, se van adaptando a los nuevos tiempos, haciéndose actriz, otras los empujan, como Candy, ahora metida a realizadora de cine porno, otros chocan contra el cambio, como los chulos, que ven peligrar su trabajo. El porno está pasando de negocio turbio a legal y exitoso, sus artífices de trabajar en la sombra a triunfar con fama y premios.

La percepción de la sociedad también madura, con la prostitución en la calle vista cada vez más como una lacra. Esto llega también a los clubs, sean normales o de alterne, y otros establecimientos relacionados con el sexo. Con el boom hay más competencia, y también llegan nuevas leyes y políticos con ideas de limpiar la zona. Por el otro lado, pesa también el control de las mafias italianas, que quieran o no los empresarios, han metido la zarpa en todas partes.

Todos los personajes evolucionan muy bien, tejiendo en conjunto historias con la complejidad y verosimilitud habituales de David Simon y George Pelecanos. El barrio The Deuce cobra de nuevo vida ante nuestros ojos, haciendo que formemos parte de ese ambiente y época como si estuviéramos allí. Encontramos infinidad de grandes momentos, sean detalles sueltos o conclusiones de alguna historia. El miedo de C.C. al cambio es muy realista, gracioso y a la vez triste, y por el lado contrario, Larry le echa coraje, planteándose ser actor como sus putas. El dúo que han formado Candy y Harvey Wasserman, su productor, nos deja multitud de peleillas geniales. La creciente implicación de Abby para salvar prostitutas es muy emotiva. El robo de uno de los chulos secundarios en una farmacia tiene giros muy locos para unos guionistas tan serios. Y el salto de Paul, el camarero gay, a sus propias movidas, puede quedar un tanto descolgado, como los problemas de Bobby con el puticlub, pero como en la primera temporada, son mis dos secundarios favoritos.

El único punto gris, salvo si queremos hilar fino y decir que no es una serie con la ambición y alcance de The Wire (2002) ni tampoco Treme (2010), es que la parte de los mafiosos está un poco limitada. Parece que sólo existen el jefe y el chófer/matón principal, con lo que no muestran todo el poder ni dan todo el miedo que deberían. Por una vez, a los guionistas les ha faltado ahondar en un aspecto de una de las tramas, aportar personajes secundarios que dieran más entidad a este grupo. Pero huelga decir que la huella de su presencia y acciones se sienten en los demás protagonistas en todo momento. Por ejemplo, el lío que monta Frankie pidiéndoles dinero para una de las películas de Candy es memorable.

Ver también:
Temporada 1 (2017)
-> Temporada 2 (2018)

EL TERROR – MINISERIE

The Terror
AMC | 2018
Drama, aventuras, suspense, histórico | 10 ep. de 42-56 min.
Productores ejecutivos: David Kajganich, Soo Hugh, varios.
Intérpretes: Jared Harris, Tobias Menzies, Ciarán Hinds, Ian Hart, Paul Ready, Adam Nagaitis, Nive Nielsen, David Walmsley, Ronan Raftery, Greta Scacchi, Alistair Petrie, Liam Garrigan.
Valoración:

LA HISTORIA

En el siglo XIX todavía había rincones del mundo por explorar, fronteras que reclamar, rutas y tesoros que descubrir para tu nación y, sobre todo, atraía el honor y la gloria de ser el primero en lograr tamañas aventuras. El Paso del Noroeste fue una deuda pendiente de Reino Unido durante décadas. Esperaban abrir una ruta comercial hacia Asia que les diera ventaja estratégica y económica, y exploradores como John Franklin querían rematar sus carreras con ese hito. Pero las frías tierras entre Groenlandia, el polo Norte y Canadá se les resistían a los intentos en barco y a pie. El mismo Franklin salió por los pelos de su intento más serio en 1819, donde acabaron comiendo el cuero de sus botas y el musgo de las rocas, y con habladurías de que hubo canibalismo entre algunos de sus hombres. Otros como James Ross y Francis Crozier también lo tantearon en varias ocasiones.

En 1945, la Marina Real puso en marcha la expedición considerada definitiva. Dos navíos veteranos en estos viajes, el HSM Erebus y el HMS Terror, fueron equipados como nunca antes para superar el hostil clima, con la proa reforzada, un motor de locomotora a carbón para mover la hélice con fuerza suficiente para romper hielo ligero, y víveres para tres años por si el año previsto se alargaba si tenían que pasar algún invierno atrapados en inhóspitos lugares. La tripulación era de 134 hombres, aunque con las primeras bajas médicas encararon el ártico 129. John Franklin estaba al mando y capitaneaba el Erebus, y otro experto de los polos, Francis Crozier, era su segundo al mando del Terror. Partieron en mayo, y en su ruta fueron avistados por última vez en agosto por un par de navíos balleneros entre las costas de Groenlandia y la isla de Baffin. No se los volvió a ver, y costó 170 años y numerosas expediciones desvelar el destino de ambos barcos y sus tripulantes.

Alerta de spoilers: Si no quieres conocer cómo se desarrolló la historia real antes de ver la serie, salta al apartado de la novela.–

EL ACIAGO DESTINO

Los primeros viajes de rescate se dieron a partir de 1848 tanto por tierra (por ríos de los Territorios del Noroeste que podrían haber tomado como refugio y camino hacia el sur) como por mar, por la rutas que se suponía iban a seguir, pero debido a las condiciones meteorológicas se quedaron lejos. Tras varios intentos, incluidos los capitaneados por James Ross, fue en 1854 cuando por fin se acercaron más y encontraron pistas e inuits (esquimales) que testificaron lo ocurrido, pero ya era tarde, tras años de agonía habían muerto todos los tripulantes. En las siguientes dos décadas hubo otros pocos viajes para buscar diarios y notas, pero no se volvió a tomar en serio hasta la era moderna, a finales de 1980, y desde entonces ha habido investigaciones cada pocos años según esta apasionante historia despertaba el interés en alguna organización o persona. Los relatos de los inuits de la época y los restos que han ido hallándose desde entonces componen una odisea espeluznante.

Al encarar el ártico, los dos navíos no pudieron adentrarse suficiente y pasaron el invierno de 1945-1946 en la isla de Beechy, consumiendo víveres y teniendo las tres primeras bajas por tuberculosis. Lo poco que avanzaron ese verano los dejó atrapados en una sólida placa de hielo cerca de la Isla del Rey Guillermo (por aquel entonces se pensaba que era una península) durante un año y medio. Viendo que un segundo verano se avecinaba sin señales de deshielo, decidieron abandonar los barcos y huir a pie hacia Canadá en abril de 1948. Entrando por el río Back hasta el primer asentamiento del hombre blanco conocido había más de mil kilómetros arrastrando botes (por si se abría el hielo), víveres y enfermos, pero la otra opción era esperar la muerte. También llevaban un montón de objetos personales inútiles, se ve que todavía tenían grandes esperanzas de sobrevivir.

Sin embargo, la decisión de huir llegó tarde, porque estaban muy debilitados por enfermedades y la pobre dieta, la caza escaseó en esos fríos años, y además no sabían atrapar animales habituales como las focas. Los que no tenían la suerte de haber muerto en ese periodo (24 tripulantes, incluyendo al capitán Franklin en junio de 1947) fueron sucumbiendo en una lenta agonía a las inclemencias del tiempo, las enfermedades comunes (escorbuto, tuberculosis, neumonía) y otras desconocidas que los tenían al borde de la muerte constantemente (pudo haber envenenamiento por plomo de las latas de conservas y los tanques de agua), y sobre todo actuó la desnutrición, hasta el punto de que recurrieron al canibalismo. Un grupo amplio, de 35-40 miembros, pudo sobrevivir quizá hasta 1950 en la boca del río Back, y otros pocos deambularon por zonas cercanas, pero los cientos de kilómetros que había hasta la civilización les minaría las últimas fuerzas, y ahí agonizaron, algunos comiéndose a otros, hasta que no quedó nadie. Hay tenues indicios que podrían apuntar a que Crozier, quizá con un acompañante, sobrevivió y llegó más al sur que nadie.

Los dos navíos fueron empujados por el hielo hasta que naufragaron. El Erebus fue hallado en 2014 y el Terror en 2016.

Para apoyar y complementar la lectura de la novela y el visionado de la serie basta un buen mapa, como este, que indica los hallazgos de las distintas expediciones, y para ampliar información creo que es suficiente con ir a la Wikipedia (mejor en inglés, como siempre más completa).

LA NOVELA

La lectura de El Terror (2007) de Dan Simmons (al que ya conocía por la obra maestra de Los cantos de Hyperion -1989-) me apasionó como pocas novelas lo han hecho. Hizo una reconstrucción histórica minuciosa para retratar con verosimilitud una época, un ambiente extremo, y una aventura cuyo misterio tenía por entonces todavía muchas incógnitas. Son ochocientas páginas de puro sufrimiento, así que no es apto para todos los lectores. El frío te cala los huesos y pasarás hambre, las miserias que sufre cada protagonista se hace muy tangibles. Ahora bien, le falta algo para la obra maestra que podía haber conseguido. Le sobran al menos cien o doscientas páginas de saltos hacia Inglaterra (menciones a las esposas de los capitanes y a las siguientes expediciones), que rompen el ritmo sin necesidad, y sobre todo, le sobra un monstruo que mete de por medio y lastra sobre todo el tramo final. Con tanta vivencia real como había para contar, no hacía falta un giro hacia el terror fantástico.

LA MINISERIE

Cuando se anunció una adaptación de tan fascinante odisea me entusiasmó la idea. Es un relato muy cinematográfico, y bien hecho puede ser espectacular. El temor a que no tuvieran medios suficientes, no fueran fieles o intentaran algo demasiado comercial se desvaneció en su estreno. Han conseguido una miniserie muy fiel a la novela y a los hechos, muy bien escrita y rodada con talento. El esfuerzo se ha saldado con un notable éxito, hasta el punto de que han anunciado nuevas temporadas en plan antología, esto es, nuevos personajes e historias. La segunda será en un campo de prisioneros japonés, con otro ente maligno acosando a los ya de por sí desesperados presos.

Se gestó entre la cadena AMC y la productora de Ridley Scott, con David Kajganich y Soo Hugh al mando, aunque hay otros pocos guionistas y productores. El primero sólo tenía un par de dramas menores en su currículo, y el segundo ha participado en Invisibles (2015) y La cúpula (2013), entre otras series. En los directores, el más conocido es Sergio Mimica-Gezzan, de Battlestar Galactica (2003), Los pilares de la Tierra (2010) y otras.

Lo primero que saltó a la vista fue la elección de un reparto de estrellas y veteranos de la televisión británica. Ciarán Hinds (Roma -2005-) encarna a Franklin, Jared Harris (Mad Men -2007-, The Expanse -2015-) a Crozier, Tobias Menzies (Roma también) es James Fitzjames, tercero en rango, Paul Ready (Utopia -2013-) es el cirujano Henry Goodsir, Ian Hart (El último reino -2015-) es el experto en hielo Thomas Blanky. Y encontramos un sinfín de secundarios muy competentes, destacando a Adam Nagaitis (Happy Valley -2014-) como Cornelius Hickey y Alistair Petrie (El infiltrado -2016-) como el doctor Stanley.

Tenemos el acabado visual que necesitaba esta propuesta. Con una sólida direccción y una estupenda fotografía que exprime el magnífico diseño artístico, el ártico resulta gélido y hostil, tan bello como terrorífico, y la vida en los barcos es tremendamente realista. La recreación de los navíos es brutal, a escala real y cuidando hasta el más mínimo detalle, algo que extendieron al vestuario, basado en los restos hallados, es decir, los personajes llevan ropas y objetos como los que llevaron los tripulantes. El rodaje tuvo lugar en decorados en Hungría, con los barcos y escenarios que emulan el hielo sobre pantallas verdes para recrear el ártico, y en la isla Pag de Croacia para las partes en la Isla del Rey Guillermo, cuyo parecido es impresionante. Lo único que se queda corto es la criatura hecha por ordenador y una banda sonora correcta pero no impactante.

La narración lleva muy buen ritmo, los autores no se amilanan ante la dificultad de tener tantos personajes y pasar muchos capítulos atascados en el hielo y otros tantos en una isla yerma. Hay tantas historias cruzadas que te llama para revisionarla de vez en cuando y sacarle más partido, aunque por el otro lado, también he encontrado espectadores que se agobian con tanto nombre y personaje secundario y no conectan con ella.

Entramos en la historia con los roces entre un capitán (Franklin) pagado de sí mismo y uno que carece de autoestima (Crozier). Sus personalidades quedan muy bien definidas en el primer capítulo, pero sus motivaciones y demonios internos se matizan con flashbacks a Inglaterra. Estos destacan porque retratan muy bien la época: la escalera social, con la fama y los matrimonios como eje, dirige sus vidas. Los oficiales también tienen su propia forma de ser y su momento de valía o bajeza: Fitzjames, Little, Irving… Los marineros sufren vivencias de todo tipo, manteniendo ese realismo histórico: la ignorancia y los miedos de la época, los problemas laborales, los motines… En esto último destaca el insidioso y ladino Hickey, un individuo al que cogerás un asco tremendo, pues es uno de los personajes más repelentes de los últimos años. Por el otro lado, los que se llevarán sin duda el agrado de cualquier espectador son Crozier, con su gradual despertar y dedicación contra viento y marea, contra motines y traiciones, y Goodsir, el científico moderno y de inquebrantable moral.

Estamos ante un relato clásico del hombre enfrentado a la naturaleza y a la muerte, empujado así a sacar lo peor y lo mejor de sí mismo, como poca veces hemos visto en el cine o televisión recientemente. No en vano los referentes más mencionados son Master and Commander (Peter Weir, 2003) y La cosa de John Carpenter (1982). La crudeza del clima, la lucha constante por salir adelante en tierras yermas y los problemas logísticos de todo tipo se mezclan con los conflictos personales, sean dilemas internos, riñas laborales, o la locura y violencia que emergen en las situaciones supervivencia extrema. Siempre está pasando algo, siempre hay un reto para los numerosos protagonistas. La combinación de aventura, suspense, y drama es impecable. La serie te absorbe y zarandea, te deja helado y sobrecogido.

Cambios respecto al libro hay pocos. La relación de la inuit era con Crozier, no con Goodsir, pero es un acierto, porque el primero tiene líos de sobras con el mando y así el segundo gana protagonismo en partes donde de otra forma tendrían que haberse inventado otra cosa. Me alegro de que incluyan tramas muy secundarias que podrían haber sacrificado, como la relación del marinero anciano y culto, Bridgens, con el joven Peglar, que lo admira y ama, o un capítulo bastante complicado, el loco carnaval, que está muy bien ejecutado. También hay que señalar que los saltos a Inglaterra están mucho mejor aprovechados, pues en el libro resultaban más bien tediosos e irrelevantes.

Sólo se le pueden poner un par pegas que arrastra de la novela: el monstruo no parece necesario y el final es un tanto anticlimático. Había desventuras de sobra con la historia real, añadir un elemento externo tan artificial resulta un tanto forzado. Aunque es innegable que la criatura tiene muchos buenos momentos (el aguardo, Blanky, la irrupción en el campamento entre la niebla), no se libra de la sensación de que por lo general entra y sale en el relato según los guionistas quieran matar gente. El clímax final no me convence del todo, tanto por el monstruo como porque Hickey pasa de superviviente cruel a iluminado; me hubiera gustado que se centraran más en el conflicto humano. Y el epílogo con los esquimales se hace un poco largo y falto de garra.

BETTER CALL SAUL – TEMPORADA 4


AMC | 2018
Drama, suspense | 10 ep. de 42-61 min.
Productores ejecutivos: Vince Gilligan, Peter Gould.
Intérpretes: Bob Odenkirk, Jonathan Banks, Rhea Seehorn, Michael McKean, Patrick Fabian, Michael Mando, Giancarlo Esposito, Mark Margolis, Rainer Bock.
Valoración:

Alerta de spoilers: Analizo la temporada bastante a fondo. —

Better Call Saul remonta por fin, pero no como para dar la gran serie que había latente. Con cuatro años a cuestas va siendo hora de admitir que ya no tiene sentido esperarla, más que nada porque sus principales carencias provienen de su concepción inicial. Pero al menos empieza a dejar atrás el estancamiento en que estaba enquistada.

En cierta manera, mis plegarias se han escuchado. Decía en la etapa anterior que Vince Gilligan y Peter Gould seguían empeñados en tener a Jimmy dando vueltas alrededor de la abogacía legal a través de personajes y tramas bien gastados, hasta el punto de que la temporada era una prácticamente repetición de la segunda. Señalaba también que era una pena que no exploraran más el lado ilegal de Jimmy, que tenía mayor potencial de historias que el gremio de los abogados. Y en esta ocasión se mueven un poco en ese sentido.

Incapacitado durante un año, a Jimmy McGill no le queda otra que buscar otros trabajos, y la dificultad de la situación, sumada al aburrimiento de algunos de los puestos que encuentra, lo llevan a trapichear y estafar de nuevo, a acercarse a su alter ego, Saul Goodman. La diversidad de escenarios, los timos y enredos en que se mete, son muy amenos y van cimentado una evolución más clara que antes: la relación con Kim se resiente, se aleja cada vez más de los bufetes normales, su ya de por sí débil brújula moral se va resquebrajando…

Pero el lastre que tenemos desde la primera temporada sigue ahí: hay otra serie paralela de mucho menor interés. Las intrigas de Mike Ehrmantraut, Gustavo Fring, Héctor Salamanca y Nacho Varga no tienen sentido, no enlazan lo más mínimo con las vivencias de Jimmy, no aportan nada a lo visto en Breaking Bad (2008). Es muy absurdo coger unos personajes secundarios con historias ya terminadas y que al acabar aquella serie ya empezabas a olvidar, y contar con ellos aventurillas irrelevantes que ocupan más o menos la mitad de todos los capítulos. Se salva porque Mike es una figura bastante magnética, pero también da tumbos sin dirección clara.

Hacia el final, una de estas historias es más entretenida. El lío de Mike, Fring y los alemanes para construir el laboratorio que usarían luego en Breaking Bad es más movidito y se ve una relación más clara con dicha serie… pero estamos en las mismas, pretenden darle una relevancia muy artificial a un detalle menor y ya superado: todo lo que había que contar de ese lugar y los implicados ya se ha hecho. Y claro, en esas circunstancias no sorprende que tiren de artificios para tratar de que impacte más. El conflicto con el jefe de la obra es muy predecible, y se remata con la forzada inclusión de un tipo de la banda de los Salamanca, que por bien que lo haga el actor, sabe a truco barato para potenciar peligros que en realidad no llegan a transmitir nada.

Me temo también que la parte de Jimmy no llega a cumplir del todo, que al final pierde bastante fuelle. Parece que por fin va a salir expulsado del ambiente legal después de tantas vueltas, que acabará en los márgenes de la ley como Saul Goodman, pero llegamos a ese esperadísimo punto de inflexión de una forma muy anticlimática y confusa, no quedando claro del todo si ha pasado lo que tanto esperábamos pero han fallado al narrarlo o si ha sido una especie de introducción torpe y luego lo desarrollarán más. Tras varios amagos cutres (qué cansinas y predecibles han sido las audiencias para devolverle la licencia) aparece por fin Saul, así sin más. Viendo cómo ocurre, podía haberlo hecho en cualquier otro momento de lo que llevamos de serie. Sabemos de sobra que Jimmy siempre juega en la frontera de la ética y la ley, pero por inercia y empuje social trataba de mantenerse en una vida considerada normal, así que lo más lógico y esperable es que hubiera una catarsis que lo expulsara por la fuerza de una vez por todas. Con Fring y demás narcotraficantes presentes, con sus propios líos personales y con sus puntuales movidas ilegales, había margen de sobra para desarrollar el ansiado momento cumbre de su vida. Pero ninguno de los grandes reveses que ha sufrido lo ha provocado, la conexión con el mundo del crimen ni amaga con realizarse, y cuando parece recuperar la compostura, la estabilidad y la licencia de abogado, de repente elige ser Saul Goodman sin motivo alguno. Cuatro temporadas esperando un clímax y han pasado de él. Más les vale que hayan ideado una transición más elaborada, porque desde luego por ahora la decepción es importante.

En la puesta en escena sigue siendo una serie de muy buena factura, pero también se nota que llevan tiempo sin la pasión que mostraban en sus inicios y en Breaking Bad. De nuevo hay muchas transiciones con montajes elaborados que parecen incluir porque es el sello de la saga, no porque transmitan algo esencial, y en cuestión de fotografía no se lo trabajan tanto como antes. Hay un momento crucial que me dejó muy malas sensaciones: la principal pelea entre Kim y Jimmy, cerca del final, en un aparcamiento elevado, tiene una puesta en escena lamentable.

Ver también:
Temporada 1 (2015)
Temporada 2 (2016)
Temporada 3 (2017)
-> Temporada 4 (2018)

DAREDEVIL – TEMPORADA 3 Y FINAL


Netflix | 2018
Drama, suspense, superhéroes | 13 ep. de 45-55 min.
Productores ejecutivos: Erik Oleson, varios.
Intérpretes: Charlie Cox, Deborah Ann Woll, Elden Henson, Vincent D’Onofrio, Joanne Whalley, Jay Ali, Wilson Bethel, Stephen Rider, Ayelet Zurer, Peter McRobbie.
Valoración:

Las imposiciones de los directivos de Marvel/Disney, ABC Studios y Netflix y el movimiento de guionistas afectó bastante a la segunda temporada, que perdió calidad e interés en grandes cantidades. La obligación de incluir las historias de la Mano y Elektra, además dejando el final para la miniserie The Defenders, no cuajó con el estilo inicial y los escritores de entonces, Doug Petrie y Marco Ramirez, no estuvieron inspirados. No se puede usar una serie como escaparate de otra si no se planifica mejor la trama y se desarrollan más a fondo los personajes, y no fue el caso a pesar de que ambos guionistas precisamente desarrollaron The Defenders.

El relevo en Daredevil lo toma Erik Oleson. No es muy conocido, pero ha sido co-productor ejecutivo de varias series (Arrow -2012-, Imborrable -2011-…) y showrunner de El hombre en el castillo (2016). Aquí ha tenido que lidiar con una serie ya en marcha y en la que infinidad de productores y directivos meten mano, y a pesar de todo ello él y el resto del equipo han conseguido encarrilar las cosas. La pena es que por culpa de la todopoderosa Disney se ha cancelado, pues van a montarse su propia plataforma online y están recuperando los derechos de muchas obras (Marvel es propiedad suya) para que no haya nada suyo fuera. ¿Veremos más temporadas de este grupo superhéroes o un reinicio cuando pongan en marcha su canal? No se sabe por ahora, pero en Netflix aseguran que estas temporadas seguirán siempre en su plataforma.

El esperado retorno de Wilson Fisk cumple muy bien con las expectativas. Tenemos un personaje fascinante y perturbador a partes iguales que Vincent D’Onofrio hace suyo de nuevo con una interpretación escalofriante. Cada escena en que aparece deja mal cuerpo, sobre todo aquellas en las que trata de manipular o herir a alguien con su retorcido intelecto. En estos casos también cuenta, como es obvio, el buen desarrollo de los otros personajes. Los agentes del FBI Ray Nadeem y Benjamin Poindexter tienen una trayectoria magistral. En todo momento sabemos qué los motiva y qué problemas tienen, de forma que resulta verosímil el condicionamiento al que son sometidos. Los dos intérpretes, Jay Ali y Wilson Bethel respectivamente, muestran muy bien su caída al infierno. La reaparición de Vanessa y su sensual actriz Ayelet Zurer también está a la altura, sobre todo cuando elige bando.

Matt, Karen y Foggy tienen un viaje más convencional, pero el esfuerzo por desarrollarlo bien se agradece. Con Matt enfrentamos los dilemas del héroe en una de las perspectivas más oscuras que ha dado el género. Deber, moral, pecado, redención, realización personal… Tiene un lío mental enorme y un alma atormentada, pero ninguno de sus amigos parece poder llegar a él. El renacimiento de Fisk como Kingpin sucede precisamente en estos momentos críticos, así que no hay paz para él. Foggy mantiene su simpatía, y su lucha contra Fisk desde el lado de la ley muestra bien la otra cara del juego. Karen queda un poco en el limbo durante la contienda, porque una vez derrotada en el marco del sistema (atacar desde el periódico) da unos pocos de tumbos hasta que vuelve a ganar interés con el flashback a su pasado, que aunque parezca una historia tangencial aporta mucho al personaje. Charlie Cox y Elden Henson están de nuevo muy entregados, pero con el torrente de emociones que ofrece, Deborah Ann Woll queda algo por encima.

El conflicto entre ambas facciones es bastante impredecible, mantiene muy bien la sensación de desasosiego y fatalismo. Episodio tras episodio las cosas se van torciendo para nuestros héroes mientras Kingpin hace y deshace a su gusto, de forma que la espiral de derrotas y la atmósfera opresiva son muy intensas, desagradables en ocasiones. Cuando Fisk consigue poner a Daredevil como el enemigo público número uno parece no haber salida.

En el lado del espectáculo también tenemos un año impresionante. El retorno de Daredevil en el cuarto capítulo, con el glorioso plano secuencia de la cárcel, es memorable. Tuvo que costar mucho tiempo y sudor planificar y rodar semejante hito cinematográfico, porque hablar de televisivo no le hace justicia. Pero ese punto álgido no es un momento aislado, toda la temporada recupera para la saga el nivel visual que se había perdido en las fallidas Luke Cage, Iron Fist y The Defenders. La estupenda fotografía, con unos fantásticos juegos de luces y sombras, y las coreografías tan bien ejecutadas disimulan muy bien que no es una producción de alto presupuesto y los escenarios son pocos y parcos.

Pero, como en el primer año, falta algo para lograr la gran serie que hay latente. Algo de equilibrio, de visión global y de ritmo. Lo primero que salta a la vista es que le pesan los obligados trece episodios. Con ocho o diez nos habríamos librado de rellenos, pausas y estiramiento de tramas. La parte inicial en la iglesia es la más afectada, sobre todo porque alargan algo predecible en vez de darle carpetazo y pasar a otra cosa más relevante. Sabemos de sobra que Matt vive y Daredevil volverá, son responsabilidades y un destino que no puede esquivar, más que nada porque no habría serie. Así que tenerlo tres largos capítulos mareando la perdiz con su recuperación física y mental es bastante contraproducente. En el primer acto de la temporada el héroe termina siendo un secundario, con Nadeem y el retorno gradual de Fisk robando el protagonismo; por la intriga de ver la trayectorias de estos dos mantiene el interés, si no, quizá muchos espectadores hubieran abandonado antes del pelotazo del cuarto episodio.

El tramo final vuelve a perder un poco de fuelle. Una vez están todas las cartas sobre la mesa no queda margen para la sorpresa, y ni los guionistas consiguen un giro que renueve el interés ni los directores están tan brillantes como en otras ocasiones. Parece que gastaron todas sus fuerzas a lo largo del año, porque en el desenlace está lejos de la espectacularidad necesaria para dejar huella. La esperada confrontación final entre Daredevil y Kingpin parece un trámite a cumplir en vez de un final épico; mucho más lograda está la carrera entre coches de penúltimo capítulo, por ejemplo. Por otro, lado la parte de Foggy acaba con un reset de serial barato, dejando muy malas impresiones.

Otro aspecto mejorable es que con Fisk se centran tanto en unos pocos personajes que, a pesar del extraordinario resultado con ellos, da la impresión de que se olvidan de cuidar mejor su supuesto gran entramado criminal. O quizá no podían aspirar a más por falta de dinero para más escenas y personajes secundarios. El caso es que Fisk maneja toda la ciudad a su antojo sin moverse de su habitación, y no parece que sea el abogado quien hace el trabajo por él, ni tiene fieles secundarios que se encarguen de ello más allá de las pocas misiones de Nadeem (Dex es sólo su matón). A veces se resuelven cosas importantes con un conveniente y simple “Fisk lo ha querido así”, como una parte de la carrera de Foggy a fiscal, y rechina un poco.

Aunque sus carencias frenan un poco su potencial, desde luego no impiden que tengamos un año notable, extraordinario en ocasiones, y con personajes inolvidables, que supone una de las mejores obras de superhéroes en cine o televisión. Pero por desgracia llega tarde para salvar la saga The Defenders, tanto por lo bajo que ha caído esta como por su cancelación.

Saga The Defenders:
Daredevil – temporada 1 (2015)
Jessica Jones – temporada 1 (2015)
Daredevil – temporada 2 (2016)
Luke Cage – temporada 1 (2016)
Iron Fist – temporada 1 (2017)
The Defenders (2017)
The Punisher – temporada 1 (2017)
Jessica Jones – temporada 2 (2018)
Luke Cage – temporada 2 y final (2018)
-> Daredevil – temporada 3 y final (2018)
Iron Fist – temporada 2 y final (2019)
Jessica Jones – temporada 3 (2019)

DOCTOR WHO (2005) – TEMPORADA 11


BBC One | 2018
Ciencia-ficción, aventuras, drama | 11 ep. de 50-60 min.
Productores ejecutivos: Chris Chibnall.
Intérpretes: Jodie Whittaker, Bradley Walsh, Tosin Cole, Mandip Gill, Sharon D. Clarke.
Valoración:

Doctor Who es una serie que sin resultar extraordinaria, de hecho es muy irregular, tiene una personalidad que engancha. La sigo desde su versión iniciada en el año 2005, pero es una de esas que no termino de comentar con continuidad por falta de tiempo. Pero en esta ocasión he hecho el esfuerzo, porque ha llegado el cambio más importante de esta ya larga etapa. El showrunner Steven Moffat deja la serie tras haber tomado el relevo a Russell T. Davies en 2015 sin que se notara un gran cambio de estilo y calidad, seguramente porque hasta entonces era un colaborador habitual. Ahora el encargado es Chris Chibnall, que también escribió algunos guiones anteriormente, pero no tenía una participación activa en el desarrollo global. Se lo conoce por Broadchurch (2013), un melodrama ramplón pero de gran éxito, y por la fallida Camelot (2011).

Con la renovación del guionista jefe se esperaba una renovación de historias, que llevaban dos años con un desgaste en aumento. La fase del Doctor encarnado por Peter Capaldi no empezó mal en su entrada en la octava temporada, pero fue decayendo poco a poco. Su acompañante Clara (Jenna Coleman) era muy simpática, pero a la hora de la verdad sacaron poco partido de ella, y aunque es cierto que lo mismo ocurrió con Amy Pond (Karen Gillan), en este caso se ha ido notando más conforme crecía la pérdida de inspiración y calidad, que en la novena ya se hizo muy evidente. Del relevo Bill Potts (Pearl Mackie) en la décima sesión ya casi nadie se acuerda, de lo aburrido que fue el personaje y la falta de savia de las aventuras. El gran carisma de Capaldi no bastaba para mantener el nivel, así que el anuncio del cambio de rumbo se recibió bien…

Hasta que la BBC y los productores cometieron lo que algunos llamaron una osadía imperdonable: en su nueva reencarnación el inmortal Doctor tendría un cuerpo femenino. Las hordas machistas llenaron internet con rabietas, aspavientos y soflamas ridículas, pues el estreno quedaba lejos y no había manera de prever el resultado. No se quejaron cuando el Amo (The Master) cambió a mujer varios años atrás, de hecho, Michelle Gomez fue una gran mejora respecto al sobreactuado John Simm y el personaje se trabajó mejor, pero ahora el asunto está candente y los ofendiditos saltan a la mínima.

Pero me temo que a la hora de la verdad, en un requiebro inesperado de acontecimientos, algunas quejas se han cumplido. Hablo de la sensación de que los productores se han vendido a la moda feminista por cumplir, no porque la serie lo necesitara o porque saliera de forma orgánica de su propia evolución. Y es que esta undécima temporada ha resultado ser un escaparate no sólo del feminismo, sino también de la conciencia racial, y en ambos casos resulta demasiado evidente y machacón.

Doctor Who siempre ha sido una obra con algo de carga ética. Con una perspectiva sensible y sutil han tocado muchos temas entre aventuras de todo tipo, y en algunos casos el Doctor ha enfrentado dilemas de gran calado. Pero precisamente esa sutileza y armonía falta en los guiones de Chris Chibnall. Aparte del cambio a mujer del rol central, los acompañantes, ahora más numerosos que nunca, parecen obedecer al cupo racial y sexual más políticamente correcto de lo últimos años en cine o televisión. Y en vez de que la moraleja o los conflictos éticos surjan de situaciones concretas con naturalidad se insiste demasiado, rozando el panfleto en algunos capítulos en los que ya desde la premisa se proclama sin disimulo una trama dirigida hacia esas temáticas.

Tenemos al chico negro, la chica india, el matrimonio interracial y la mujer líder, y sus vivencias hablan del racismo y el machismo insistentemente. Por si no tenías bastante con los apuntes aquí y allá nos plantan Rosa (1103), con la sobada crónica de Rosa Parks y Martin Luther King narrada con desgana, y Demonios del Punjab (1106), donde con la Partición de la India como base construyen un relato simplón y manipulador. Por si las referencias múltiples en cada episodio no bastaban para reincidir en los derechos y libertades de la mujer, toma capítulo de brujas (Los hechiceros, 1108) dando vueltas todo el rato sobre lo mismo; al menos este último, dejando de lado las pesadas reivindicaciones, está bien escrito y es de los mejores del año (atención a la aparición de Alan Cumming).

Polémicas aparte, el trabajo de Chibnall no trae la esperada renovación de ideas y la recuperación cualitativa. Se mantiene la falta de ingenio, ritmo, y conexión con los protagonistas que se ha ido gestando en las últimas temporadas, a lo que se suma un desmejorado acabado visual.

La ampliación en el número de acompañantes no convence. Hasta ahora, las inclusiones de las familias del acompañante de turno no han terminado de funcionar, sobre todo las parejas románticas, salvo la madre de Rose y el abuelo de Donna, que eran muy agradables. Lo cierto es que en la presentación (La mujer que cayó a la Tierra, 1101) el grupo actual apuntaba maneras. Todos son introducidos de forma que su vida normal no aburre, el choque con la Doctora es atractivo, y el drama que estaban viviendo encaja bien en el relato inicial. Pero en adelante quedan estancados, en cada nueva aventura cumplen con el cliché del que partía su descripción inicial y poco más, y a la hora de contar algo con ellos lo único que encontramos es un dramón paterno filial manido, previsible y sensiblero hasta resultar cargante, y para colmo, rematado con aún más sensacionalismo barato en el lastimero especial navideño (Solución, 1111).

Una característica esencial del acompañante del Doctor era que funcionaba como nexo con la humanidad, la ética, la realidad… porque sin una brújula moral y terrenal que lo sostenga es proclive a perder el norte. Además, también sirven como conexión con el espectador, haciendo del punto de vista que nos lleva a lugares y situaciones extraños. Aquí ese puesto lo ocupa Graham (Bradley Walsh), el abuelo responsable, preguntando, cuestionando, discutiendo las opciones y poniendo límites morales cuando cree que son necesarios. Por ello, es el acompañante con mejor recorrido y más unido a las historias y a la propia Doctora, y en general, el único que merece destacar y recordar del grupo. Yasmin Khan, o Yaz (Mandip Gill), la india y agente de policía novata (esto último no aporta nada), queda tan relegada en todos los capítulos (incluso en el de la India y Pakistán es poco menos que una excusa para la trama) que te preguntarás qué hace ahí, aparte de justificar la cuota racial. Ryan Sinclair (Tosin Cole), el joven negro, tiene más presencia, pero entre lo tonto que lo ponen, que es el actor menos competente, y el forzado drama familiar (madre fallecida, padre ausente, y encima tiene una enfermedad absurda que aparece y desaparece -la dispraxia, una alteración psicomotriz-), termina siendo irritante bien pronto.

Termina ocurriendo como en la etapa de Capaldi: el carisma del rol central mantiene la serie a flote. Si bien en cada reencarnación entre guionistas y actores han aportado al personaje distintos matices, siempre se han mantenido dentro de un margen reconocible. Y la Doctora es el mismo personaje de siempre, no el desastre anunciado por los ofendiditos (el ridículo berrinche llega al punto de que en muchos subtítulos hechos por aficionados todo diálogo con ella lo ponen en masculino). Vemos su esencia en todo momento: el ánimo resolutivo inquebrantable, la rígida ética, la pasión por vivir y conocer lugares, gentes y culturas… En este caso, recuerda a la fase de Matt Smith, más jovial y alocada, sobre todo porque Jodie Whittaker rebosa una simpatía y energía contagiosas. Por ello es una pena que no se muestre por ahora ninguna evolución dramática concreta y que falte imaginación en las aventuras. Por lo general la Doctora pasa casi sin despeinarse por historias poco llamativas donde hay más tecnojerga (demasiada, de hecho) que conflictos dramáticos serios y retos tangibles con los que poder emocionarse. Y el villano principal del año es insípido, no supone una némesis tangible, pero esta carencia viene de lejos en la serie; al menos no han construido a su alrededor una expectación artificial como han hecho muchas veces.

Chibnall exigió diez episodios en vez de doce (más el especial navideño en ambos casos) porque decía que con tantos se agota la creatividad y no da tiempo a rodar tan bien, pero precisamente esta temporada ha sabido a poco, le falta lo que hacía destacable a la serie en sus mejores tramos (los encarnados por David Tennant y Matt Smith), más vitalidad y personalidad y, sobre todo, dos, tres o cuatro episodios notables y uno o dos extraordinarios. Este año, como en el anterior, sólo tenemos los correctos y entretenidos pero que no se quedan en tu memoria durante mucho tiempo, los flojos que olvidas al día siguiente, y los malos que cuesta ver enteros.

El más llamativo ha sido Kerblam! (1107), que muestra que se puede hablar de un conflicto social sin parecer el discurso de un político: el tratamiento de la explotación laboral acrecentada por las nuevas tecnologías (robótica, internet) es muy interesante y bastante completo. Los más trepidantes y divertidos me han parecido el loco El enigma de Tsuranga (1105) y Arácnidos en Reino Unido (1104), pero incomprensiblemente se han llevado las peores críticas. El que más se acerca a la esencia de la serie sería Te lleva lejos (1109), mezclando drama y surrealismo hábilmente con el conflicto con el alienígena peligroso de la semana, pero no cala mucho. Y La mujer que cayó a la Tierra es correcto pero muy predecible.

Entrando en los mediocres, el supuesto final de temporada, La batalla de Ranskoor Av Kolos (1110), no ofrece nada llamativo, es tan insípido que en seguida se olvida. Es Solución (1111) el que cierra los pocos frentes abiertos, pero es muy flojo, cuando del especial navideño se espera algo más ambicioso, algo que no cumple ni con daleks de por medio; por cierto, lo han pasado a Año Nuevo porque ya no quedan cuentos de Navidad que tratar. Y lo peor llegó en el segundo capítulo, El monumento fantasma (1102), que no sé cómo no provocó una estampida de espectadores: es de los más cutres e insoportables de toda la serie.

Pero si bien Chibnall se ha quedado corto y la crispación ha aumentado la sensación de desgaste, para mí es el acabado visual el factor más importante a la hora de perder otro poco de calidad y parecer menos Doctor Who que antes. En este período se anunciaba también una actualización visual. Con cámaras modernas y un cambio en estilo de la fotografía nos vendían un aspecto cinematográfico, pero a la hora de la verdad no se ha visto por ninguna parte, sino que más bien tenemos un retroceso muy llamativo. La fotografía es pésima. El ratio 2.1, más amplio que el 16:9, debería lucir por ejemplo como en Marco Polo (John Fusco, 2014), que era floja pero impresionante en lo visual. Sin embargo, con tanto plano cerrado a rostros y la pésima labor de dirección y montaje que arrastran todos los capítulos parece una serie más antigua y cutre que el inicio de esa etapa en 2005, y era de muy bajo nivel por la falta de presupuesto. Para rematar, la música orquestal tan dinámica de Murray Gold se echa rápido de menos, porque Segun Akinola compone un galimatías electrónico del que los realizadores abusan demasiado para adornar escenas aunque no venga a cuento.

En audiencias, la polémica como siempre es rentable, pues su estreno ha sido uno de los capítulos más vistos de toda la serie y de media ha superado ligeramente a los últimos tres años. Y en general las críticas especializadas no han sido malas, a pesar de que el público fiel la pone bastante a caldo, así que es de suponer que mantendrán el estilo aquí aplicado. Si por mi fuera me quedaba con La Doctora (Whittaker) y el abuelo Graham (Walsh) y despachaba a todo el resto del equipo, empezando por Chibnall.

BLACK MIRROR – ESPECIAL: BANDERSNATCH


Black Mirror: Bandersnatch
Netflix | 2018
Drama, suspense | Duración variable
Guion: Charlie Brooker.
Dirección: David Slade.
Intérpretes: Fionn Whitehead, Craig Parkinson, Alice Lowe, Asim Chaudrhy, Will Poulter.
Valoración:

Alerta de spoilers: No hay datos reveladores de ningún tipo.–

Desde que se vaticinó la emisión de series y películas por internet se plantearon también algunas de las ventajas que traería, como la más lógica, ver lo que quieras cuando quieras sin necesidad de tener la obra almacenada en un soporte físico. Pero la posibilidad de tener emisiones con las que el espectador pudiera interactuar más allá del elegir idiomas parece que tardó en surgir, o al menos en empezar a calar. Hablo del concepto “elige tu propia aventura” que existe desde hace décadas en novelas, donde puedes escoger entre distintas posibilidades el curso de acción que sigue el protagonista. Para el que no le suene, se trata de que llegas a varios puntos de la lectura donde te ofrecen al menos dos alternativas (no suelen ser más), y según la que prefieras te manda a una página u otra con distintos progresos de los hechos y nuevas elecciones que finalmente llevan a distintos desenlaces.

Sin embargo, la llegada de las plataformas online no fue suficiente para trasladar este modelo narrativo a series o películas. Evidentemente hace falta un software que permita esa interacción entre el espectador, el aparato reproductor y el flujo de datos que llega a través de internet, y es probable que nadie quisiera hacer la inversión y esfuerzo de desarrollarlo para que sólo cuatro gatos tuvieran acceso a ello. En los últimos años, con plataformas como Netflix, Amazon, Hulu y otras en las televisiones, ordenadores y móviles de medio mundo, finalmente se ha allanado el terreno para probar este concepto, y Netflix se ha puesto las pilas para ser la primera compañía en hacerlo, tanto que parece que ninguna otra se lo había planteado hasta el momento.

Probaron inicialmente en algunos episodios de series infantiles, donde los niños podían elegir entre unas pocas opciones, aunque no parece que causara mucho impacto entre el público, ni la cadena lo aprovechó para anunciarlo como una revolución. Pero es evidente que se lo estaban tomando en serio, porque lo han lanzado a lo grande a través de una serie adulta y de mayor éxito, la original y tétrica Black Mirror de Charlie Brooker.

En su obra Brooker ha castigado mucho a la humanidad y a sus personajes por los excesos con las nuevas tecnologías, siendo San Junípero el único capítulo con desenlace medio feliz, y en este Bandersnatch no ha desaprovechado la posibilidad de señalar también al espectador. La implicación del televidente no sólo se basa en seleccionar qué camino ha de seguir el protagonista, sino que además te devuelve la pelota en algunas elecciones, haciendo que el personaje termine siendo víctima tuya. Hay finales macabros si nos va la violencia y finales delirantes si nos pasamos de la raya machacando al protagonista, para dejarte claro que tú lo has destruido poco a poco. Y si no, también intenta dejarte mal cuerpo: sus traumas en la infancia ponen trabas a nuestros intentos de ir por el camino responsable.

Otro punto fuerte es la ambientación ochentera. Brooker nos traslada al punto álgido de las novelas de “elige tu propia aventura” y el inicio de los videojuegos con trama en la que podías involucrarte con cierta libertad de elección, la década de los ochenta. En el capítulo San Junípero iba a lo más reconocible de la época, una idea que se me antojó facilona y comercial, pero aquí la inmersión cultural es más profunda, detallista y friki. Música, juegos, tecnología y ambientes varios nos sumergen plenamente en aquellos tiempos, y te implicas más gracias a la posibilidad de seleccionar entre lo que hace el personaje: la música que escucha, los cereales que desayuna…

Pero también hay carencias notables que limitan bastante el alcance de un argumento e ideas con un potencial mucho mayor. El primer punto oscuro es grave: es imposible conectar con el protagonista y menos aún con los secundarios. Sus autores han puesto todo el esfuerzo en el puzle de líneas argumentales (hay cinco horas de metraje en total para poder dar cabida a todas las elecciones) y se han dejado en el tintero algo tan esencial como es la personalidad y el progreso dramático: ningún habitante del relato tiene un dibujo llamativo y un desarrollo elaborado. El protagonista es inestable mentalmente desde el principio al final, su evolución es la misma elijas lo que elijas. No hay manera de interesarse por él, ni da pena, ni tiene carisma, ni su viaje deja grandes diálogos o escenas que te conmuevan, toda su historia está puesta al servicio del golpe de efecto de turno. Y los secundarios son un cliché tras otro usados como apoyo de la figura central: la psiquiatra sólo sirve para presentarnos sus problemas mentales, el informático rarito está para lanzar su pasión, el jefe estresado para ponerle limitaciones, el padre agobiante para disparar sus picos de inestabilidad, y la madre ausente para justificar su desconexión con el mundo. El elenco es bueno pero no como para sobreponerse a las limitaciones de sus roles y dejar huella.

El segundo problema es que a la hora de la verdad tampoco termina de deslumbrar como narración de “Elige tu propia aventura”. Hay muchas elecciones intrascendentes, sin duda pensadas para que aprendamos a manejarnos y para reforzar la inmersión, pero a la larga parece que tocas mucho el teclado o el mando para nada. Pero lo que pesa más es que las importantes no impresionan. Brooker se empeña en un solo mensaje, y con él te machaca hagas lo que hagas, hasta el punto de que hay callejones sin salida que te obligan a volver atrás y elegir lo que él quiere (al menos no empiezas desde el principio, sino que vuelves a la última disyuntiva). Resultan opciones muy parcas en lo emocional y en la intriga, de forma que te implicas poco a la hora de analizar el posible recorrido y sus consecuencias. A las pocas preguntas dejas de preocuparte por si merece la pena el riesgo o si quieres ser prudente, pues todas las alternativas abren caminos bastante evidentes y que progresan de forma predecible.

Así pues, en el apartado de originalidad, después de tanto haber dado a lo largo de la serie y de tanto prometer en esta premisa con tantas posibilidades, decepciona mucho. Para colmo, una de las líneas recuerda demasiado a la cinta de culto Donnie Darko (Richard Kelly, 2001). Sólo me sorprendieron para bien un par de instantes más trabajados, aquel donde aparece el perro para desbaratar tus planes, por eso de darte en la cara con un factor que deberías haber tenido en cuenta para ayudar al personaje a salirse con la suya, lo que supone la única vez que entran en juego variables inteligentes y la sensación de imprevisibilidad, y el desenlace donde se rompe a lo bruto la cuarta pared, con la pelea en plan artes marciales de videojuego.

Sin duda Brooker ha buscado llevarnos por la fuerza hacia mensajes concretos para mantener el estilo trágico y sórdido de Black Mirror, tanto la idea general de la serie, que sacamos lo peor de las nuevas tecnologías, como la concreta en este episodio, que no tenemos realmente libre albedrío, que nuestra vida está acotada por nuestras experiencias en la infancia y dirigida por fuerzas externas diversas (la familia, la sociedad, el trabajo, el ente misterioso o divino que representa el espectador). Pero esto juega en contra de las enormes posibilidades narrativas que tenía entre manos. Si en Blanca Navidad logró unir tres historias muy complejas y diferentes con un nexo y personajes en común, tres historias que llegan de distinta forma a cada espectador (romance, ciencia-ficción, redes sociales, familia…), ¿por qué aquí, que se exige que mantenga esa fórmula, que te pone en bandeja hacerlo, se muestra tan poco inspirado y esforzado? En otras palabras, Bandersnatch se hace reiterativo y frustrante, si pruebas distintos finales es por la novedad de poder hacerlo, pues a mitad del relato ya se intuye que no da más de sí.

Tampoco funciona del todo la puesta en escena de David Slade, un realizador por cuyo renombre también se generaron expectativas. Hannibal (2013), American Gods (2017), Hard Candy (2005)… toda su obra es arriesgada y espectacular en lo visual, pero aquí ofrece un trabajo muy convencional. Cabe destacar, para mal, la fotografía tan simplona, con un abuso de colores primarios. Lo que no es anodino blanco o azul claro parece forzado; por ejemplo, la habitación del chaval es verde y lleva un pijama verde a juego, para entrar bien por los ojos sin un esfuerzo real de composición del plano. Está muy lejos del nivel que ha ofrecido Black Mirror en sus mejores episodios.

Bandersnatch podría haber calado mucho más hondo, pero se está quedando en una anécdota y probablemente sea superado muy pronto. Sin ir más lejos, al terminar dan más ganas de revisionar otros buenos capítulos que de volver a este.

Por otro lado, se mantiene el innecesario e injustificado empeño en referenciar cada dos por tres otros episodios y tratar de entretejer un universo único, cuando si por algo deslumbró en sus orígenes Black Mirror era por abordar historias dispares e independientes. Es tan gratuito que sólo se me ocurre que sea una estrategia para alargar la vida útil de la serie en internet: multitud de páginas que viven de contenido morralla y titulares llamativos hacen su agosto con reportajes al respecto y la gente que los enlaza en las redes sociales, donde se lleva también más la curiosidad efímera que la discusión intelectual, y mira que la serie da para ello. Es paradójico, cuando no hipócrita, que Charlie Brooker sea tan crítico con el abuso de las nuevas tecnologías y a la vez se venda tanto a ellas.

Ver también:
Temporada 1 (2011)
Temporada 2 (2013)
Especial: Blanca Navidad (2014)
Temporada 3 (2016)
Temporada 4 (2017)
-> Especial: Bandersnatch (2018)

JESSICA JONES – TEMPORADA 2


Netflix | 2018
Drama, superhéroes | 13 ep. de 47-55 min.
Productores ejecutivos: Melissa Rosenberg, varios.
Intérpretes: Krysten Ritter, Rachael Taylor, Eka Darville, Carrie-Anne Moss, Janet McTeer, Terry Chen, John Ventimiglia, J. R. Ramírez, Callum Keith Rennie.
Valoración:

Después del extraordinario villano que fue Kilgrave, un reto imponente para la protagonista a la vez que sobrecogedor para el espectador, el listón estaba tan alto que prácticamente cualquier nuevo enemigo tenía todas las de decepcionar. Así veo que ha ocurrido un poco con la némesis de Jessica Jones este año: su madre. Quien esperara otra confrontación clásica de superhéroes se puede llevar un chasco al encontrarse una temporada más centrada en los problemas internos de la heroína, en su vida personal tan caótica, donde la presencia de su madre, por mucho superpoder que tenga también, sirve para canalizar esos temas más que para desarrollar una rivalidad creciente que acabe con el duelo final de rigor.

Jessica está hundida, y aunque sigue por inercia indagando sobre sus orígenes, bien le gustaría romper con todo el mundo, como si aislándose y bebiendo sin parar se fuera a arreglar su vida. Por otro lado, Malcom ha rehecho la suya y trata de apoyarla, pero sus posiciones están tan opuestas que los roces son constantes, y la paciencia de él puede agotarse ante la incapacidad de ella para sobreponerse. Trish por su parte lleva el camino que puso a Jessica donde está, la autodestrucción, aunque por otros motivos: va de heroína por el subidón de la droga, de la violencia, de sentirse realizada. Todo se complica con la aparición de la descentrada de la madre de Jessica, que siembra el caos allá por donde va, poniendo a todos en contra de ambas, con los consecuentes peligros, Además, en vez de traer respuestas y paz suma caos y variables que la investigadora no es capaz de poner en orden. Hay espacio también para la abogada, Jeri Hogarth, con sus propios problemas personales a pesar de su fachada de fría y dura, para el vecino simpático, que es un encanto, y para un nuevo contrincante en el gremio de los investigadores, el asiático tan pagado de sí mismo.

Con tantos buenos personajes en conflicto constante con ellos mismos, más los eventos que van desarrollando con sus acciones, Melissa Rosenberg y su equipo de guionistas logran un drama coral de buen nivel y bastante adictivo que se ve realzado por la buena labor de los actores. Sin duda es una temporada menos intensa que la primera, que tuvo tramos entre impresionantes y desgarradores, pero el equilibrio entre géneros es muy bueno y resulta igual de entretenida. El drama es emotivo, el noir intrigante, la parte de superhéroes mezcla los dos anteriores y consigue ser más profundo de lo habitual en el género, teniendo siempre dilemas éticos y problemas de todo tipo en juego. La única pega que le puedo poner es que en algunas ocasiones está claro que dan un par de rodeos o estiramientos para poder llegar a los trece episodios exigidos: en las investigaciones, en los enfrentamientos con la madre y en los vaivenes de Trish hay algunos bajones de ritmo y sensación de repetición.

En la puesta en escena encuentro algo de mejora, pues antes se dejaba un poco al simple pero efectivo truco de la cámara en mano, y ahora se esfuerzan algo más a la hora de buscar un estilo visual más concreto. Se cuida bastante la composición de cada plano, teniendo algunos muy llamativos, y en combinación con la música con toques jazz y el tono noir del argumento se consigue una serie con bastante personalidad.

Saga The Defenders:
Daredevil – temporada 1 (2015)
Jessica Jones – temporada 1 (2015)
Daredevil – temporada 2 (2016)
Luke Cage – temporada 1 (2016)
Iron Fist – temporada 1 (2017)
The Defenders (2017)
The Punisher – temporada 1 (2017)
-> Jessica Jones – temporada 2 (2018)
Luke Cage – temporada 2 y final (2018)
Daredevil – temporada 3 y final (2018)
Iron Fist – temporada 2 y final (2019)
Jessica Jones – temporada 3 y final (2019)