Archivo mensual: diciembre 2016

WESTWORLD – TEMPORADA 1.

HBO | 2016
Drama, ciencia-ficción | 10 ep. de 55 min.
Productores ejecutivos: Jonathan Nolan, Lisa Joy, J. J. Abrams, Bryan Burk.
Intérpretes: Evan Rachel Wood, Thandie Newton, Jeffrey Wright, Ed Harris, Anthony Hopkins, Jimmi Simpson, Ben Barnes, Angela Sarafyan, Sidse Babett Knudsen, Luke Hemsworth, Shannon Woodward, Rodrigo Santoro, Leonardo Nam, Ptolemy Slocum.
Valoración:

Alerta de spoilers: Apenas presento la premisa y algunos personajes, no desvelo nada.–

Michael Crichton, aparte de un novelista bastante prolífico y del que se han adaptado al cine cantidad de trabajos, también ha dedicado parte de su carrera a la televisión, sea escribiendo capítulos sueltos o creando series (la mítica Urgencias salió en parte de su pluma), e incluso al cine, donde además de firmar varios guiones también se ha atrevido a dirigir unas pocas películas, como El primer gran asalto al tren o, la que nos importa aquí, Westworld (conocida en España también como Almas de metal). En ella se narra cómo un parque temático del lejano oeste con robots de aspecto humano acaba patas arriba cuando estos se vuelven contra los hombres. Sin embargo, a pesar de ser una cinta de culto, lo cierto es que no me pareció gran cosa. Tras una buena presentación echa todo por tierra con un arco final que se dedica a aburridos tiroteos, sin sacar nada del potencial latente de la temática sobre inteligencias artificiales y consciencia y la ética subyacente. Su relativo éxito propició una secuela que no llamó mucho la atención (Mundo FuturoFutureworld– en 1976) y una serie que duró medio asalto (1980).

Cuando se anunció una nueva serie le apliqué un sesgo influido por la película, pues pensé que no había material de donde conseguir una historia larga, y también me pareció que era un remake innecesario en una época donde lo que destaca es la búsqueda de nuevas ideas. Además la presencia de productores de Perdidos (J. J. Abrams, Bryan Burk) me predispuso más en su contra, por mucho que también estuviera entre sus principales artífices Jonathan Nolan (coguionista de El Caballero Oscuro, El truco final, Interstellar). Si la vi fue en parte por el sello HBO y en parte porque mucha gente la estaba siguiendo y no quería quedarme sin temas de conversación.

El episodio piloto me ganó enseguida. Su elegancia y sutileza resultan cautivadoras y te introducen en un mundo muy prometedor donde se intuyen tramas ocultas a desarrollar poco a poco detrás de la presentación de los jugosos temas principales. Se habla sobre cómo la gente usa el parque, unos por diversión, otros para encontrarse a sí mismos, y otros para descargar sus vicios ocultos, porque ahí se permite matar y violar robots sin repercusiones de ningún tipo. Así, se plantean no pocos dilemas morales y se habla de la condición humana. Pero la cosa se complica porque el realismo de los androides es asombroso en lo físico pero sobre todo en el campo psicológico y emocional. ¿Y si en el fondo se dan cuenta de que son esclavos en una prisión? ¿Y si despertaran? ¿Cuáles son los límites de la consciencia? ¿Debemos ponernos restricciones en la creación de inteligencias artificiales sintientes y cómo las trataríamos?

Pero la propuesta se desinfla muy rápido, se atasca en una dinámica donde los guionistas pierden el foco. Les han sobrado la mitad de los capítulos (y mira que diez son pocos), no han sabido canalizar cada historia personal y la relación creciente entre todas. Las líneas narrativas del parque (diarias o semanales), las intrigas de cada invididuo, los problemas del presente y los flashbacks al pasado se mezclan caóticamente en episodios lentos, mal hilvanados, cada vez más aburridos. Da la sensación de que se pisan unas secciones a otras, de que no cuadran las cosas. Un robot parece morir todos los días, siendo reparado y devuelto al juego… cuando en este hay varias tramas largas desarrollándose en las que ya no puede encajar, y aun así está por ahí pululando. Y en cada capítulo esta situación se va montando sobre sí misma una y otra vez, hasta que no sabes dónde está cada personaje, en qué historia, lugar y época. Una cosa es jugar con que Dolores y Maeve mezclan recuerdos, otra ir contando todo a mogollón sin preocuparse por hallar un correcto equilibrio en coherencia y ritmo, refiriéndome con esto último tanto a conseguir atrapar con inmediatez como también despertar interés por el futuro, es decir, una progresión creciente en contenido e interés.

Como resultado, se repiten demasiado algunas situaciones e incluso tramas completas. He acabado harto de ver los mismos tiroteos, de los personajes, sean huéspedes (ciudadanos participando en el parque) o anfitriones (androides) dando vueltas en círculos sin avanzar hasta que se acerca el fin de temporada. La odisea de William y Logan se me ha hecho eterna. La de los pistoleros encabezados por Hector incomprensible. El viaje del tipo enigmático (Ed Harris en un rol más complejo que el de Yul Brynner) ha tenido demasiados achaques, pasos en falso e incógnitas forzadas. Y marean la perdiz cosa mala con Teddy, que pasa por todas las líneas narrativas sin quedar clara su posición.

También le pesa una impostada aura de inteligencia y trascendencia. Las conversaciones son demasiado rebuscadas, pedantes en muchos momentos, como si la falta de contenido se tratara de disimular con artificios. Esto se magnifica con el estilo Perdidos: mucho secreto, mucho humo. Cada dos por tres te están diciendo que hay un misterio enorme aquí y otro allá. Y después de todo resulta que cuando llegan a avanzar en ellos hay varios donde lo hacen recalcando de forma demasiado evidente el giro o la respuesta, como si pensaran que el espectador es tonto. No hacía falta un efecto sonoro para señalar el momento “¿Qué puerta?”, era obvio y efectivo sin él. ¿De verdad tienen que enlazar el pasado y presente de un personaje con un plano descarado intercambiando los rostros de las distintas edades… y luego para colmo repetir su nombre por si no te has enterado? ¡Que la situación se veía venir en todo el capítulo y estaba quedando genial así medio velada! El contraste de con el sutil episodio piloto es muy grande, y entristecedor. Igualmente, hay personajes demasiado crípticos (Ford, el invisible Arnold y el hombre de negro a la cabeza), con lo que parece que están escondiendo de mala manera sus planes y motivaciones para generar intriga.

La débil credibilidad del mundo planteado tampoco ayuda. En vez de tanta conversación pseudoprofunda podrían haber expuesto mejor el funcionamiento del parque. No resulta creíble que haya cientos y cientos de anfitriones para los tres o cuatro huéspedes que parecen llegar cada semana. ¿Cómo ganan dinero? ¿Cuántos empleados hay recogiendo y arreglando robots? ¿Ningún cliente se tropieza con ellos, es que de noche hay toque de queda? ¿Nadie se pregunta por qué el tipo que mató ayer está ahí de nuevo? ¿Todos los animales son falsos, cómo sobrevive el ecosistema? Hay que hacer saltos de fe muy grandes para entrar en este particular universo. Y cuanto más importante se vuelven estos interrogantes menos esfuerzo parecen poner en que tengan sentido. Esos jefes de departamento que de repente dejan todo y se van a buscar un androide descarriado sin llevar a ningún currito o herramienta para trabajar con ellos si están muy dañados, o los técnicos que se ponen a follar o a alterar robots (esto último sin razones claras) en plenas oficinas a pesar de que nos dicen cada dos por tres que hay mucha seguridad. Estas vaguedades se usan demasiado para mover algunos personajes e interrogantes.

Hasta los dos capítulos finales, que avanzan por fin con todas las secciones, hemos estado atascados en una repetición de lo que se cuenta en los dos primeros. Podrían haber sorteado mejor el largo interludio con aventuras secundarias, pero parece que en esta época está feo meter rellenos e interesa más estirar como puedas la trama para decir “es una historia seriada”. Así, Westworld en su primer año ya acusa un bajón de ritmo que hace palidecer a los de Juego de tronos. Este tramo central se ha sustentado por el atractivo de unos pocos personajes, aunque a todos los limite mucho estar en letargo. Los tejemanejes en las oficinas, con la guerra entre jefes, las ambiciones personales, los deseos sobre el parque y los planes ocultos, han mantenido cierta expectación. No ha sido espectacular, pero sí suficiente para ir tirando con la inercia, esperando que todo llegara a alguna parte. No me ha ocurrido así con la dinámica del parque, que sólo se han hecho digeribles por el potencial latente en el destino de sólo dos de sus numerosos habitantes: Dolores y Maeve. Su inminente despertar casi se convierte en eterno despertar, pero, en plan Perdidos, me aferraba a que tendríamos respuestas tarde o temprano. Y sobre todo, el reparto realza muchísimo los personajes, dotándolos de interés incluso cuando sus andanzas estaban completamente estancadas. Jeffrey Wright, Ed Harris, Anthony Hopkins y Sidse Babett Knudsen (deslumbró en el panorama internacional con Borgen) están estupendos, pero Evan Rachel Wood y Thandie Newton se marcan unos papeles espléndidos. Sin ellas dos estoy bastante seguro de que la parte del parque se habría venido abajo por completo.

Pero en el arco final vuelven a sorprenderme para bien. El desenlace recupera el nivel prometido en el episodio piloto, disipa algunas dudas (la reminiscencia de Perdidos: que nunca habría soluciones sino nuevos interrogantes), casi hace desaparecer muchas quejas y en general deja sensaciones bastante buenas que eclipsan un poco el mal trago que me estaba dando la temporada.

Se desvelan los planes ocultos de los amos de títeres, o dioses, Ford y Arnold, así como la esquiva identidad de este último. En ambos casos los giros están muy bien planteados y ejecutados, ofreciendo sorpresas muy efectivas: unas porque están construidas con cuidado y se pueden intuir, otras por estar hábilmente ocultas y llegar de improviso. Incluso el etéreo e inquietante (en el sentido de que olía a timo) “centro del laberinto” tiene su exposición final inesperadamente inteligente, tanto que algunos no han pillado de qué se habla, que no es sino de qué habla la propia serie. Como extensión de eso, se da sentido al fantasmagórico hombre de negro en un giro magnífico, de los que cambian el sentido de muchas cosas previas (aunque como indicaba más atrás, la conexión se recalca demasiado). Se avanza, aunque aún les cueste ir al grano, en la determinación de Maeve y Dolores por encontrar un sentido a lo que viven y recuerdan, una lógica al mundo. Y dejan jugosas dudas para explorar en el futuro: ¿alcanzarán la consciencia con estas revelaciones o no son más que otra fase en el juego de esos dioses?

Todo ello se materializa en dos capítulos (sobre todo el último, de hora y media además) muy bien desarrollados, sobre todo a nivel de puesta en escena. La combinación de dirección, montaje, música (sencilla pero efectiva partitura de Ramin Djawadi) e interpretaciones exprime al máximo un guion al que todavía le cuesta sacar todo el partido del material: es obvio que al desenlace le sobra esa media hora extra, que hay demasiado paseo por las oficinas, que se estira más de la cuenta todavía el llegar a las conclusiones justo cuando había que ir más con más vigor. Pero sí, gracias a la puesta en escena enérgica la finale ofrece una atmósfera intensa, casi subyugante, donde el repertorio de revelaciones y emociones (los personajes en puntos álgidos de sus vidas, los actores transmitiéndolo con mucha energía) te mantienen entre la tensión por el porvenir de todos y el asombro por cómo va saliendo la cosa.

Ahora bien, mientras que la labor de dirección es buena por lo general y soberbia en el primer y el último capítulos, la de fotografía se ha quedado bastante corta, resulta un tanto convencional a pesar de lo fácil que lo tenían con los bellos paisajes. Entre eso y que los decorados de las oficinas son muy parcos, nada llamativos si no fuera por los planos de creación de robots, Westworld queda lejos de la impronta visual de obras como Deadwood, Boardwalk Empire o Carnivàle. Por no decir que ha costado unos cien millones de dólares, algo que Juego de tronos no alcanzó hasta la sexta temporada, y está muy lejos de lucir a ese nivel. Lo mismo le pasó a Vinyl, por ejemplo. ¿A dónde ha ido el dinero? Porque Anthony Hopkins y Ed Harris no han cobrado más que Lena Heady y Sean Bean.

Volviendo a ese notable final, cabe presuntarse si está ahí por fin la gran serie que nos prometían. Pero como es lógico todavía queda por ver el resto de temporadas. Si superan los importantes errores narrativos de esta primera bien podría ser. Eso sí, en próximos años la dificultad aumenta por la notable expectación despertada: ha sido la temporada más vista en la historia de la HBO hasta el momento y en internet todo el mundo estaba medio loco con ella. Y me temo que es una obra que debe lidiar mucho con la frustración, lo que se magnifica en esta era de internet. Los fans hacen teorías, leen a fondo cada capítulo y deducen cosas antes de que ocurran, lo que puede decepcionar, sea porque si aciertan les resulta predecible o porque si no aciertan no les encaja o satisface. Pero además el género es muy abierto, ofrece muchas posibles ramificaciones: que los robots salgan y conquisten el mundo o que se queden dentro buscándose a sí mismos son dos caras muy opuestas pero con un rango amplísimo entre ellas. Por ejemplo, entendería que la no salida del parque de uno de los androides en el último momento eche para atrás a muchos espectadores que esperaban ampliar fronteras. En resumen, mientras que el éxito ha lanzado esta primera temporada mucho más allá de donde su calidad debería haberla llevado, la segunda etapa lo tendrá difícil para sobrevivir a tantas expectativas.

THE WALKING DEAD – TEMPORADA 7, PARTE 1.

AMC | 2016
Drama, zombis | 8 ep. de 45-60 min.
Productores ejecutivos: David Alpert, Scott M. Gimple, Gale Anne Hurd, Greg Nicotero, Robert Kirkman.
Intérpretes: Andrew Lincoln, Chandler Riggs, Norman Reedus, Melissa McBride, Lauren Cohan, Danai Gurira, Sonequa Martin-Green, Lennie James, Josh McDermitt, Seth Gilliam, Alanna Masterson, Ross Marquand, Christian Serratos, Austin Nichols, Tom Payne, Austin Amelio, Xander Berkeley, Jeffrey Dean Morgan.
Valoración:

Alerta de spoilers: Resumo la trama global sin spoilers gordos. Al final comento la anunciada muerte del primer capítulo.–

La primera parte de la séptima temporada empieza como se esperaba, pues sus autores se habían atado a ello. Como dije en el pasado final, un clímax funciona si su cierre funciona. Pero tuvieron la cutre idea de dejarlo en el aire y ahora tienen que hacer malabares para volver a montar algo que se le parezca, para generar el ambiente necesario en una escena que tenía que haber terminado hace seis meses. Pero ahora van con prisas, así que recurren a un repertorio de recursos baratuchos, de flashbacks ñoños y sensacionalismo facilón que se supone que deben ponernos con los nervios a flor de piel por saber quién será el elegido para morir apaleado por el cruel Negan. ¿El resultado? Puro humo, puro relleno. Medio episodio gastado en repetir lo que ya conocemos, en estirar la solución que sin vergüenza alguna omitieron pensando que eso genera más expectación. Había visto finales abiertos y retornos chapuceros (Battlestar Galactica a la cabeza), pero esto va más allá de lo ridículo, resulta verdaderamente ofensivo. Y el resto del metraje… pues los llantos y lamentaciones también esperables. Cuarenta y cinco minutos para algo que debería haber sido despachado en su prólogo y así pasar a la historia de esta etapa…

Pero cuidado, que todavía va a más la estafa, porque resulta que toda esta tanda es relleno, que la trama de Negan estará en reposo hasta más ver, así que aparcan a casi todos los protagonistas, que no hacen absolutamente nada (y cuando lo hacen dan ganas de pasar hacia adelante, como con el tontísimo plan de Carl). Ocho capítulos con el engaño, ¡con dos cojones! ¿Cómo puedo aprobar una temporada así? Pues lo voy a hacer únicamente porque algunos personajes secundarios medio sustentan en este viaje a ninguna parte. Por lo demás, es tiempo perdido, basta leer quién muere para ahorrarte el lastimero primer episodio y pasar al último, que resume lo poquísimo que han llegado a narrar y tiene unos minutos finales bastante potentes, con una muerte mucho más lograda que la chapuza con la que empieza el año. Es que ni siquiera se esfuerzan en la parte de Carol, personaje principal y con una historia paralela que debería haber dado muchísimo más de sí para que no parezca una mera excusa para tener cerca gente con la que harán piña en la previsible rebelión contra Negan. Sí, esa trama que todos esperábamos para el segundo episodio pero que al final sólo se ha señalado para dejarlo de nuevo en el aire.

El suplicio de Daryl y los esfuerzos de Rosita, Spencer y Michonne por no rendirse ofrecen algo de chicha, aunque lo estiren cosa mala. Pero sobre todo destacaría a Dwight y Tara. Al encargado de gestionar el cautiverio de Daryl, Dwight, se han preocupado por darle una personalidad y unos compañeros con los que interactuar, con lo que no resulta un enemigo unidimensional. Con ello se consigue sembrar un poco de verosimilitud en la panda de Negan, porque esta figura es demasiado comiquera, un “soy malo porque sí” exagerado hasta límites cargantes, a lo que no ayuda la sobreactuada interpretación de Jeffrey Dean Morgan, que en vez de bate debería llevar bastón, pues siempre anda torcido; con lo imponente que resultó en The Salvation con una interpretación más sobria. Más o menos lo mismo se le puede aplicar al Rey Ezequiel, por mucho que intenten suavizarlo: es muy artificial y sólo funciona por otros caracteres. Parece que en el cómic ya no saben qué nuevos villanos y líderes escribir, y en la serie no logran superar el escollo. Los tiempos del Gobernador han quedado lejos.

En cuanto a Tara, la pequeña odisea que vive termina de perfilar uno de esos muchos roles que tienen en la reserva para explorar cuando se les antoje. La aventura es interesante y variada, y el grupo con el que se encuentra la mar de atractivo, con personajes bien dibujados en un corto espacio de tiempo. Aunque también es demasiado obvio que será otro grupo a unir en la lucha contra Negan, al menos han resultado más llamativos que la gente del Reino. Pero sorprendentemente, este capítulo es el menos valorado en las redes… y mientras, aplauden hasta con las orejas la burla del primero.

Es una lástima que una serie con tantas posibilidades, y donde se vislumbraba un gradual crecimiento y superación de los errores que la limitaban, llegue a caer tan bajo de nuevo. Si querían postergar el enfrentamiento había muchos temas y grupos enteros de personajes con los que jugar, pero la obsesión con Rick-Negan es muy contraproducente, y más a sabiendas de que Andrew Lincoln es un actor pésimo. Y se ve que todavía no han aprendido que con vaguedades y humo no se crea expectación, pues al final nos ponen a un tipo misterioso observando acompañado por música intrigante, como el famoso perro de mirada aviesa de Los Simpson, parodia que viene como anillo al dedo. Oooh, sí, esto me ha convencido para ver más, y no un guion esforzado en exprimir todo el potencial latente…

Nada más para rascar hay en la temporada, salvo hablar sobre el miembro del grupo que se cargó Negan.

Alerta de spoilers: Revelo a quién mató Negan.–

Viendo que sorprender era difícil después de tantos meses, optaron por otro giro sensacionalista: matar uno más por la cara. Injustificado, molesto, innecesario. Abraham era uno de los más fascinantes, en un punto álgido de su evolución, uno de mis favoritos, y su muerte una de las más gratuitas y absurdas que he visto en una serie. Casi se contrarresta porque por fin eliminan a Glenn, un rol cansino y muy gastado desde hace años, pero el golpe bajo es difícilmente perdonable.

Ver también:
Temporada 6, parte 2.
Temporada 6, parte 1.
Temporada 5, parte 2.
Temporada 5, parte 1.
Temporada 4, parte 2.
Temporada 4, parte 1.
Temporada 3, parte 2.
Temporada 3, parte 1.
Temporada 2, parte 2.
Temporada 2, parte 1.
Temporada 1.
Episodio piloto.

ORANGE IS THE NEW BLACK – TEMPORADA 4.

Netflix | 2016
Drama, comedia | 13 ep. de 55-75 min.
Productores ejecutivos: Jenji Kohan.
Intérpretes:
Taylor Schilling, Laura Prepon, Yael Stone, Natasha Lyonne, Kate Mulgrew, Lea DeLaria, Annie Golden, Kimiko Glenn, Lin Tucci, Dale Soules, Abigail Savage, Lori Petty, Danielle Brooks, Uzo Aduba, Samira Wiley, Amanda Stephen, Vicky Jeudy, Laverne Cox, Adrienne C. Moore, Elizabeth Rodriguez, Selenis Leyva, Jessica Pimentel, Dascha Polanco, Jackie Cruz, Diane Guerrero, Laura Gómez, Rosal Colon, Daniella De Jesús, Miriam Morales, Nick Sandow, Michael Harney, Beth Dover, Matt Peters, Alan Aisenberg, Brad William Henke, James McMenamin, Emily Tarver, Michael Torpey, Mike Houston, Taryn Manning, Emma Myles, Julie Lake, Blair Brown, Constance Shulman, Francesca Curran, Asia Kate Dillon, Kelly Karbacz.
Valoración:

Alerta de spoilers: Presento las tramas del año, pero sin revelar giros clave ni finales.–

Casi todas las críticas señalaban un poco de desgaste en la tercera temporada, que dejaba un tanto de lado el drama serio en pos de una comedia más ligera y tenía algunas secciones secundarias poco sustanciosas en comparación con lo que venía ofreciendo. El bajón no apartó a Orange is the New Black del podio de las mejores series de los últimos años, pero sí apenaba un poco, dado el nivel logrado y el potencial todavía por explotar. Pero está claro que su autora Jenji Kohan y su excelso grupo de guionistas han tomado nota y se han esforzado más en este nuevo año, pues ofrece una maduración clara: todas las historias crecen en complejidad y alcance como se esperaba, llegando a tener tramos magistrales.

Empezamos con el último vuelco que sufre Alex Vausse, esta vez debido el intento de asesinato que acaba con el sicario muerto a manos de Lolly, la loca. Haberse salvado no implica alivio, porque deben deshacerse del cadáver, vivir con miedo a ser descubiertas, cargar con la culpa de un homicidio… Vausse entra en una espiral de estrés, pavor y remordimiento, y Lolly recae en su demencia. Healy trata de ayudar a esta última, en otro intento de encontrar algo por lo que dar sentido a su existencia y su trabajo. Pero las vueltas que da la vida son inesperadas y duras, y en principio ninguno de los tres parece estar capacitado para sobreponerse.

El momento idílico del lago, roto por la entrada de una nueva remesa de reclusas, nos dejó a las puertas de una nueva etapa en Litchfield, una nueva trama global. La compra de la prisión por una empresa privada empieza a notarse, sobre todo en la parte crítica de la serie, que pone patas arriba el capitalismo desbocado de EE.UU., cebado especialmente en el sistema carcelario. Se desarrolla con el toque irónico tan inteligente del que suelen hacer gala, pero esta vez el drama que se va gestando resulta más duro y sobre todo llega a alcanzar una complejidad asombrosa. La dinámica miserable de esta empresa, que sólo busca beneficios rápidos (más presas implica más dinero del gobierno), afecta en cascada a toda la prisión de formas muy variadas, pero no sólo a las internas, sino también a los trabajadores, tanto administración como guardias.

Caputo creía haber tocado el cielo al ascender, pero la maraña administrativa que lo engullía se convierte en un verdadero infierno ahora que está en manos privadas. Las reuniones surrealistas con la junta, la guerra sucia entre cada jefe, el poco margen que consigue para tratar de mejorar las condiciones en la penitenciaría… Y por supuesto, los fallos del sistema magnifican los fallos humanos: los guardias anteriores dimitieron por las malas condiciones y los nuevos no son mejores. Algunos son unos niñatos sin experiencia, pero la mayor parte son exsoldados con traumas de guerra que los vuelven inestables y violentos (atención al momento del ratoncito). En concreto, el capitán Piscatella pone los pelos de punta.

Todo junto va creando un malestar creciente en la situación de las reclusas, que ya era difícil de por sí. Cabe destacar que Piper Chapman recibe un golpe en su ego cuando su chanchullo con las bragas usadas se sale de madre, pues sin pretenderlo da aires a las supremacistas blancas en su obsesión de tomar el control, con lo que se caldea el ambiente aún más. Pero como siempre, tenemos entre treinta y cuarenta personajes con vivencias propias. El continuo viaje con las drogas de Nicky, el suplicio de Sophia en aislamiento, las locuras de Lorna tratando de montarse otra vida de ensueño, la inesperada salida en libertad de una de las latinas, la lucha incansable de Red por mantener su dominio y a su familia, la presencia de la famosa Judy King, Soso y Poussey encontrando la felicidad, Pennsatucky lidiando con la violación… La lista de pequeñas historias es interminable, todas resultan deliciosas, sean divertidas o dramáticas, y están entrelazadas con tanta habilidad y sutileza que parece que estamos ante la realidad misma. Además estas nos empujan a reflexionar sobre lo que nos hace humanos, nuestros errores e intentos de mejorar, y cómo el entorno nos influye muchísimo más de lo que queramos creer. Porque Orange is the New Black a lo tonto está construyendo un ensayo sobre el ser humano de un calibre monumental y una inteligencia y profundidad extraordinarias, en la estela de Oz y The Wire, aunque obviamente en un estilo propio.

Al final todo explota en un clímax dramático de impresión que dejó a sus muchos espectadores con el corazón encogido. No es sólo la tragedia que cae injustamente sobre una de las protagonistas, ni la dura revelación de la razón por la que Ojos Locos acabó encarcelada, sino en general por el ambiente que construyen los guionistas y directores en los últimos capítulos: la tensión latente, la sensación de que todo acabará mal y la gradual caída en el abismo de varios personajes (los destinos Healy y Lolly son demoledores) te van dejando mal cuerpo, para luego hacerte pedazos con el fatídico desenlace. Así, Orange is the New Black nos ofrece su año más maduro y emocionante, pero también el más doloroso.

Ver también:
Temporada 3.
Temporada 2.
Temporada 1.