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STAR TREK: LA NUEVA GENERACIÓN – TEMPORADA 1

Star Trek: The Next Generation
Sindicación | 1987
Ciencia-ficción, suspense, drama | 25 ep. de 45-92 min.
Productores ejecutivos: Gene Roddenberry.
Intérpretes: Patrick Stewart, Jonathan Frakes, LeVar Burton, Brent Spiner, Desine Crosby, Michael Dorm, Marina Sirtis, Gates McFadden, Will Wheaton.
Valoración:

Hay bastante consenso entre la mayoría de seguidores de Star Trek (o trekkies) en que la primera temporada de La nueva generación es la más floja junto a la séptima, que la serie no encontró realmente su camino hasta la tercera. Yo no lo comparto del todo. Aunque hay diferencias estilísticas y argumentales a partir de la tercera y en calidad media se puede considerar la mejor, la presente me parece superior a otras (segunda, séptima) y no puedo decir que sea claramente inferior a las restantes. A veces me da la impresión de que los fans miden la calidad según tengan algún gran episodio o no. ¿Y los otros veintitantos qué? Precisamente esta etapa tiene bastantes capítulos muy infravalorados.

Es cierto que hasta el tercer año no se adentran más a fondo en historias políticas y culturales de mayor recorrido y en episodios atípicos, temas y estilos aquí apenas presentados, pero en la línea de exploración y conflicto con lo desconocido (tanto ciencia como cultura), generalmente con subtextos de corte intelectual y ético, sienta unas bases estupendas que luego se repetirán mucho, rara vez aportando algo novedoso. Y en cuanto a los protagonistas, el carisma de estos brilla desde el primer momento, con unas personalidades y relaciones muy llamativas que te enganchan incluso en las aventuras menos logradas, pero salvo por un par de cambios de puestos apenas se moverán de su descripción inicial en los años venideros.

Se hizo evidente que la posición de algunos no fue la más acertada e hicieron algunos cambios en cuanto enfocaron la segunda temporada. Geordi es presentado aquí como timonel, pero el puente de mando está sobrecargado mientras en ingeniería tiran de personajes extras y excusas para que otros bajen allí, así que aparecerá como jefe de ingenieros sin más rodeos. Worf empieza como el alienígena de turno, pero su situación no queda clara, no es el tipo raro que debe adaptarse, lugar que ocupa Data, sino que empieza como segundo de Tasha Yar, la jefa de seguridad y encargada de la consola de combate, lo que es redundante y por ello estaba quedando relegado. Por suerte para él, la actriz abandona la serie al final de esta etapa y Worf toma su cargo y poco a poco adquiere mayor protagonismo, llegando a ser el personaje que más evoluciona o al menos el que más experiencias fuera del trabajo tiene.

En el acabado sí habrá modificaciones más llamativas. En cuestión de dirección es perdonable porque, como es de esperar, en el primer año falta práctica y dinero, y realmente sólo unos pocos capítulos acusan deficiencias dignas de mención, el resto ofrece un acabado muy bueno y no tardará en ir mejorando hasta ofrecer un estándar de calidad excepcional para una serie. Donde sí falla ostensiblemente es en una fotografía que acusa una iluminación que se quedaba vieja en esa época, pues era muy de la línea de la original, con focos puestos de mala manera de forma que hay sombras por todas partes, incluyendo los rostros de los actores. Tampoco en el vestuario empezaron con muy bien pie. La caracterización de personajes secundarios no ha envejecido bien, y para los principales diseñaron unos trajes elásticos un tanto cutres, que parecen pijamas, y que resultaban muy incómodos a los actores. En la tercera temporada, cuando Rick Berman toma el control de la producción, cambian ambas cosas muy para mejor.

La banda sonora se puede decir que tampoco se modernizó, optándose por una orquesta clásica, pero con el nivel de la composición de los dos músicos principales, Dennis McCarthy y Ron Jones, y la estupenda orquestación lograda, resulta por lo general muy versátil y tiene momentos estupendos. También hay capítulos o tramos donde está menos conseguida por las prisas, pero nunca como para lastrar el relato seriamente.

Como comenté en el apartado de la introducción, la producción fue un caos, los guionistas, productores menores y otros puestos técnicos seleccionados por el propio Gene Roddenberry entre amigos y colaboradores de la serie original (destacando a David Gerrold y D. C. Fontana, que trabajaron en la creación del concepto de la serie y el universo imaginario) acabaron todos enemistados con él por sus abusos laborales y personales, acrecentados por sus excesos con las drogas y su mal carácter, y fueron dejando la serie, y los relevos tampoco duraban. Sólo un escritor independiente, Tracy Tormé, también conocido de Roddenberry, se salvó o fue capaz de aguantar, y eso que sus ideas eran las más atrevidas y eran constantemente rechazadas o alteradas, primero por Roddenberry, luego por Maurice Hurley. Hurley, otro amigo cercano del creador, llegó poco antes de la mitad de temporada para tomar las riendas de la sala de guionistas, aunque no caía bien en el set y pronto empezó también a chocar con las formas de trabajar de Roddenberry.

Heredado de la serie clásica, la mayor parte de los episodios comienzan con una introducción narrada señalando donde está el Enterprise y cuál es su misión, y enseguida se presenta el conflicto, entrando así de lleno en materia sin necesitar varias escenas para situarnos. También hay narración a modo de resumen tras los fundidos en negro donde iban las pausas publicitarias, simulados como entradas del diario de abordo por parte del oficial al mando. Si bien denotan la estructura narrativa obligada para la televisión, no suelen resultar muy cargantes ni parecer algo demasiado viejo, pues son frases breves o aportan información y planes nuevos.

Aunque por el caos de los inicios de la producción algunos de los primeros capítulos quedaron algo cutres (Código de honor, Puerto) y otros vieron algo limitado su potencial (El último baluarte, Soledad en compañía), la maduración respecto a la serie madre se nota pronto, las bases del universo imaginario están mejor establecidas y son evidentes las mejoras presupuestarias y por tanto visuales. En el rango de historias empieza muy cerca de aquella, casi podemos decir que no se atreven a correr muchos riesgos, de hecho, el guion de El presente inexorable es una especie de continuación/remake de Horas desesperadas (107), y Un periodo de tiempo demasiado corto bebe mucho de los capítulos tipo Un lugar jamás visitado por el hombre (101). Pero pronto empieza a buscar sus propias historias de exploración (Donde nadie ha podido llegar), de choques culturales (Soledad en compañía, Ángel Uno), retos científicos y éticos inesperados (Números binarios, Suelo habitado) y conflictos con entes asombrosos y peligrosos (Datalore, La piel del mal).

Paulatinamente presentan las nuevas ideas que expandirán el universo. Las tramas iniciales de la holocubierta (El gran adiós) y Data (Datalore) no son redondas pero sientan unos precedentes para que en próximas temporadas las traten más a fondo. Las razas secundarias importantes van haciendo acto de presencia, siendo algunas nuevas y otras que apenas tuvieron desarrollo en la original: Los Klingon (Corazón de gloria), los Ferengi (El último baluarte, La batalla) y los romulanos (La zona neutral). Y hay unas pocas ideas de ciencia-ficción bastante complejas para la época: Números binarios trata informática avanzada cuando prácticamente nadie tenía ordenadores en casa, La zona neutral y Simbiosis parecen sacados de novelas del género.

La nueva generación resulta una actualización bastante buena, aprovechó las bases tan originales de la serie madre pero aportó su propia esencia. Llenó un hueco que tras la original y Galáctica, estrella de combate (Glen A. Larson, 1978) ninguna otra consiguió llenar, y lo hizo de forma que dejó poco margen a la competencia: la combinación de exploración y retos científicos (algunos como digo de nivel literario) con dramas y dilemas éticos de gran calado es fascinante, y todo se pone sobre los hombros de unos personajes con enorme magnetismo. Por ello es una obra muy perdurable en el tiempo, es decir, envejece bastante bien si exceptuamos los cutrecillos primeros episodios.

El estreno fue un éxito, con audiencias notables, más tratándose de un género minoritario, y gran rentabilidad gracias a emitir directamente en sindicación y a las ventas de derechos al resto del mundo. El fervor trekkie se mantenía vivo gracias a las películas de la tripulación original, pero La nueva generación lo llevó a donde nunca antes una serie había conseguido llegar.

Tras el salto incluyo el análisis por capítulos.
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STAR TREK: LA NUEVA GENERACIÓN – LOS ACTORES

Uno de los aspectos clave para que Star Trek: La nueva generación (1987-1994) fuera un éxito, mantenga un buen recuerdo y sea capaz de atraer nuevos espectadores es su poco numeroso pero carismático repertorio de personajes y el gran talento, cohesión y química que mostró el reparto. Sólo algunos roces con productores de mala calaña empañaron este campo en las primeras temporadas, pero ya entonces todo el reparto se había encariñado con sus roles y la serie. La mayor parte de ellos ha afirmado que esta ha sido la mejor etapa de sus carreras.

Tres actores fueron anunciados con bastante antelación, LeVar Burton, Patrick Stewart y Jonathan Frakes, pues llamaron la atención de los productores por algunos de sus papeles. Luego fueron llegando los demás, con algunos cambios de última hora bastante habituales en cine y series pero no por ello menos curiosos; por ejemplo, a Denise Crosby y Marina Sirtis les intercambiaron los papeles tiempo después de haber hecho las audiciones.

Patrick Stewart (el capitán Jean Luc Picard), nació en 1940 en un pueblecito de Yorkshire, Reino Unido. Desde pequeño le apasionó la interpretación, y pronto se labró una buena carrera en teatro con la famosa Royal Shakespeare Company, aunque tuvo también esporádicas apariciones en series británicas, como Yo, Claudio (1976). En una visita a la Universidad de California, en alguna conferencia sobre Shakespeare, un productor menor de La nueva generación se fijó en él y se lo propuso a sus compañeros. A pesar de la anécdota de que Roddenberry se plantó diciendo “No podemos poner un capitán calvo”, se quedaron prendados de su porte regio que encajaba en la descripción del serio capitán francés (aunque lo cierto es que mantuvo un levísimo acento inglés).

Por el lado de los productores, sorprende que no les inquietara que en EE.UU. fuera un completo desconocido, y por el suyo, extraña que aceptara, porque suponía romper con toda su vida personal y laboral cuando hasta entonces no se había movido de un registro muy clásico, incluso había rechazado géneros como la ciencia-ficción. Más tarde declaró que en la primera temporada lo pasó bastante mal, sintiéndose desubicado con las formas de trabajar en la televisión estadounidense y con actores con un estilo y experiencias muy distintos. Pero en adelante se adaptó, surgió una gran amistad con los demás y se enamoró del personaje y de la valentía de la obra en temas trascendentales. Ha declarado en ocasiones que su papel favorito y la experiencia de su vida ha sido Picard y La nueva generación. De ahí que aceptara con entusiasmo volver al personaje en la nueva serie, Picard (2020).

Jonathan Frakes (el comandante y segundo oficial William Riker), nació en 1952 en Pensilvania, EE.UU. Estudiaba psicología cuando empezó a interesarse por el teatro, y terminó cambiando de ramo. Tenía una buena carrera en televisión, incluyendo algún culebrón pero también miniseries de prestigio, como Norte y Sur (1985). Al contrario que otros del reparto, no lo tenían en mente los productores, sino que pasó por las audiciones de rigor hasta conseguir el puesto.

LeVar Burton (el ingeniero Geordie La Forge, que empieza como teniente junior y pronto asciente a teniente comandante), nació en 1957 en un cuartel militar de EE.UU. en Alemania del Oeste. Estudió interpretación en California y lanzó su carrera en televisión con la famosa miniserie Raíces (1977), interpretando a la versión joven de Kunta Kinte. A esta le siguieron numerosos telefilmes y un programa educativo que presentó y produjo ganando bastantes premios, Reading Rainbow (1983). Inspirados por un fan enfermo, los productores hicieron que el personaje fuera ciego y tomara su nombre.

Brent Spiner (el teniente comandante Data), nació en 1949 en Houston, Texas. No llegó a acabar sus estudios de interpretación, y vivió como taxista hasta que fue encontrando trabajos como actor a finales de los setenta. También tenía bastante experiencia en televisión cuando fue contratado, y no ha tenido una mala carrera posteriormente, con algún papel tan prominente como el del científico de las dos entregas de Independence Day (1996, 2016).

Michael Dorn (el klingon Worf, teniente junior al principio y luego ascendiendo), nació en 1952 en Texas pero se crio en Pasadena, California, donde realizó un curso de radio y televisión en una universidad comunitaria (algo así como la formación profesional de España). Empezó como intérprete siendo extra en Rocky (1976), donde un agente se fijó en él. No tenía un currículo tan largo como los demás cuando llegó a La nueva generación, pero sí ha mantenido un buen ritmo de trabajo desde entonces, sobre todo poniendo su voz en muchas obras de animación. Además, entró a formar parte del elenco de Star Trek: Espacio Profundo Nueve a partir de su cuarta temporada. Con el sueldo de la serie consiguió realizar su gran sueño: ser piloto de aviación. Se sacó la licencia y llegó a volar con escuadrones de exhibición de renombre y a comprar varios aviones a reacción usados en este campo.

Marina Sirtis (la consejera Deanna Troi, teniente comandante), nacida en Londres, 1955, se apasionó por el teatro desde el instituto, y alternó teatro y televisión británica hasta que en 1986, con 31 años de edad, se fue a Estados Unidos buscando mejores oportunidades. La aceptaron en La nueva generación justo cuando se le acababa la visa y estaba a punto de volver a Reino Unido. Se quejó de que en las primeras temporadas era más bien una mujer florero, con escote y tramas románticas tontas, y tardaron en ponerle uniforme y meterla en acción más seria. Su carrera tras la serie tiene bastantes papeles secundarios.

Gates McFadden (la comandante y jefa médica Beverly Crusher), Ohio, 1949, se graduó en artes escénicas con matrícula en una universidad privada en Massachusetts y luego siguió estudiando en París. Empezó trabajando como especialista en coreografías y movimientos de los muñecos de la compañía de Jim Henson, en películas como Laberinto (1986), y antes de La nueva generación apenas tenía cuatro papeles breves ante la cámara. En la segunda temporada no apareció porque se quejaba del machismo de los principales guionistas y productores ejecutivos, Gene Roddenberry y Maurice Hurley, y en cuanto este último ganó algo de poder la despidió. Pero a la larga ambos productores acabaron enemistados con todo el mundo y terminaron perdiendo autoridad o fuera de la serie, y así pudo volver en la tercera temporada. Después de Star Trek ha conseguido muy pocos papeles, pero ha trabajado bastante enseñando teatro en universidades varias. Fue la única del reparto que se mantuvo alejada de las convenciones, debido a un incidente con un acosador, pero volvió a ellas en 2014.

Will Wheaton (el joven Wesley Crusher, hijo de la doctora Beverly, que pronto toma el rango de cadete en funciones), Mississippi, 1972, entró en la serie con 14 años, pero ya tenía unos cuantos papeles a cuestas, destacando el protagonista de Cuenta conmigo (1986), que fue bastante aclamada y llamó la atención de varios productores. Pero Wesley pronto resultó un crío sabelotodo que muchos espectadores tenían por insoportable, y su protagonismo se vio reducido hasta tener apariciones muy esporádicas. Como los demás, tuvo una carrera larga pero en papeles secundarios y voces en series animadas. Cabe destacar su aparición en Big Bang Theory (2007) haciendo de sí mismo durante bastantes capítulos. Siempre ha sido un referente de la cultura friki, algo que él mismo ha fomentado en convenciones, blogs y apariciones como la citada serie.

Denise Crosby (teniente y jefa de seguridad en la primera temporada), nacida en Los Ángeles, 1957, alternaba papeles secundarios en televisión y cine antes de hacerse con el rol de Tasha Yar, aunque, como he señalado, audicionó para la consejera Troi. Pronto se sintió decepcionada con el nulo progreso de su personaje y decidió abandonar la serie para buscarse una carrera mejor. Logró algún buen trabajo (70 minutos para huir -1988-, El cementerio viviente -1989-), pero nada que le diera más empuje, y se fue encasillando en papeles breves en series hasta que hace pocos años consiguió alguno más recurrente. Sin embargo, al poco de dejar La nueva generación se arrepintió, fuera por el éxito de la serie o por el cariño que los demás actores cogieron a sus personajes, y mantuvo una buena relación con la saga, asistiendo a convenciones y consiguiendo apariciones en unos pocos capítulos que trataban de viajes en el tiempo y realidades alternativas.

Al reparto le pasó lo mismo que al de la serie original, quedaron encasillados en estos personajes y salvo Patrick Stewart, que tuvo el exitazo de la saga X-Men (año 2000 en adelante), ninguno consiguió volver a tener papeles protagonistas llamativos. Es algo que no entiendo, todos eran actores de primer nivel y la notable fama que les dio la serie debería haberles abierto puertas. No me extrañaría que vivan principalmente de las rentas de Star Trek, de las convenciones y poner voces en videojuegos de la saga. Muchos también aparecen en parodias varias, como The Orville (Seth MacFarlane, 2017).

Al menos Frakes se labró una buena carrera como director de multitud de series, incluyendo importantes participaciones en cada entregas de la franquicia, los largometrajes Primer contacto (1996) e Insurrección (1998) y las recientes Discovery (2017) y Picard (2020), así como en The Orville. LeVar Burton también ha dirigido, pero fuera de Star Trek su carrera no es tan extensa como la de aquel.

Siendo una serie de pocos personajes y escasa continuidad, los roles secundarios fueron poco numerosos y menos aún tuvieron bastante presencia, pero algunos que cité en el apartado de Star Trek: La nueva generación – La serie lograron dejar huella también en gran parte gracias al buen hacer de sus intérpretes.

Colm Meaney, quien desde entonces ha aparecido en infinidad de series y películas, aunque rara vez como protagonista, entró como extra sin nombre, gustaría lo suficiente para repetir ya con nombre, Miles O’Brien, y cuando los escritores pensaron que necesitaban un oficial secundario se dieron cuenta que de que ya lo tenían. Y a este le pusieron una mujer, la botánica Keiko, en manos de una encantadora Rosalind Chao. Aunque no caló entre el público por ser sustituir forzosamente a Beverly Crusher y parecer una imitación del doctor McCoy, la doctora Pulaski estaba muy bien encarnada por Diana Muldaur, una veterana de la televisión que había aparecido en casi toda serie de renombre de la época, incluyendo dos papeles secundarios en Star Trek La serie original. Majel Barrett, esposa de Roddenberry, puso voz a todos los ordenadores de la saga hasta su fallecimiento, pero también estuvo frente a la cámara en la presente como la madre de Troi, Lwaxana, otro rol cargante pero al que dio vida con energía. Aparte de la saga tuvo trabajos muy secundarios en televisión, hasta que se metió a productora de La Tierra: conflicto final (1997) y Andrómeda (2000).

En un grado inferior tenemos otros recurrentes muy interesantes. El oficial torpe y antisocial Barclay fue captado a la perfección por Dwight Shulze. Whoopi Golrdberg, gran fan de la saga, consiguió tener un papel bastante interesante, la enigmática pero simpática camarera Guinam. Es conocida por comedias y dramas de gran éxito como Sister Act (1990) y Ghost (1992). Michelle Forbes deslumbró con la alférez Ro Laren, una bajorana respondona, y ampliaron su papel hasta el punto de pensar en ella para Espacio Profundo Nueve… pero quiso buscar suerte en el cine y optaron por llevar allí a O’Brian y Keiko. Forbes tardó en tener éxito, y fue precisamente en televisión, con True Blood (2008), En terapia (2008), The Killing (2011)… John de Lancie dio rienda suelta al alocado y misterioso Q, que también apareció en otras secuelas. Y por afinidad, citaré a Andreas Katsulas, el mítico G’Kar de Babylon 5, que aquí apareció unas pocas veces como un alto mando Romulano que parecía que iba a convertirse en el archienemigo de Picard, aunque finalmente la rivalidad con esta raza no llegó a desarrollarse a fondo.

También es interesante practicar el juego del pillacaras. Numerosos actores bastante conocidos luego en televisión e incluso cine tuvieron algunos de sus primeros papeles aquí. Famke Janssen, Billy Campbell, Ashley Judd, Kelsey Grammer, Kirsten Dunst, Teri Hatcher

HA MUERTO RENÉ AUBERJONOIS

René Auberjonois nació en New York en 1940, de padre suizo y madre francesa. Como curiosidad, ella tenía un título de princesa y era descendiente del rey de Nápoles, Joachim-Napoléon Murat, cuñado de Napoleón Bonaparte.

Cuando era joven, la familia se mudó a París y luego a Londres, sitios donde él fue estudiando para actor. Cuando volvió a Estados Unidos mantuvo el exótico apellido francés. Su carrera despegó en teatro, logrando éxito y premios en la escena de Broadway, y donde acabó también dirigiendo alguna obra. En cine y televisión fue enlazando incontables papeles secundarios, con alguno llamativo, como en MASH (1970, luego sería una serie sin su participación) y King Kong (1976), aunque hasta la serie Benson (1979) no logró algo más de estabilidad.

Pero desde entonces su carrera parecía ir en declive, trabajando más como voz en series animadas y audiolibros, hasta que tuvo otra gran oportunidad en Star Trek: Espacio Profundo Nueve (1993). Su papel más recordado es el de Odo, el jefe de seguridad de la estación, donde incluso con bastante maquillaje logró una interpretación memorable. Posteriormente destacan sus apariciones recurrentes en Boston Legal (2004) y Madame Secretary (2014).

Falleció el domingo 8 de diciembre, con 79 años, a causa de un cáncer de pulmón.

Filmografía, Biografía.

FALLECE LA GUIONISTA D. C. FONTANA

Dorothy Catherine Fontana nació en Sussex, New Jersey, en 1939. Entró en el mundo de la televisión como secretaria en la serie El teniente (1963), creada por Gene Rodenberry. Este, viendo su interés por escribir, la animó, y tras firmar casi una decena de guiones de capítulos en unas pocas series acabó con él en Star Trek (1969). Eso sí, dado el machismo impertante en la época, prefirió acotar su nombre a un neutro D. C. Fontana.

Aunque también escribió muchos guiones de episodios sueltos en otras series, principalmente del oeste, el género de moda, tuvo cargos más relevantes en la ciencia-ficción, como editora de guiones, productora asociada y otros en Star Trek: La serie animada (1973) y La fuga de Logan (1977). Parecía tener mejor futuro cuando entró en Star Trek: La nueva generación (1987), donde fue contratada con intenciones de que fuera guionista principal y si funcionaba la cosa productora también. Pero Roddenberry era un tipo de cuidado y el estrés del trabajo sacó su peor cara, se enemistó con todos, guionistas nuevos y colaboradores de toda la vida, y ella se largó con todo el equipo porque no había quien estuviera ahí; luego Rick Berman empezó a controlar el cotarro y la cosa cambió, pero pocos volvieron a tener ganas de colaborar en la saga, y ella sólo aportó algo en un capítulo de Espacio Profundo Nueve (1993) y algunos videojuegos. También escribió tres episodios de Babylon 5 (1993). Su ritmo de trabajo fue bajando hasta que se retiró en 2006.

Falleció el 2 de diciembre con 80 años.

Filmografía, Wikipedia.

STAR TREK: LA NUEVA GENERACIÓN – LA SERIE

La estética que le otorgaron a Star Trek: La nueva generación (1987-1994) se debe a lo que en los años ochenta entendían por moderno, decorados de colores ocre llenos de curvas para los interiores de la nave y vestuario imitando licra. Pero por suerte optaron por un estilo minimalista, con diseños sencillos y elegantes que han envejecido muy bien comparando con otras horteradas de la época. Sólo el vestuario falló un poco inicialmente, con unos trajes muy ajustados que parecen chándales de mercadillo y que resultaban muy incómodos para los actores, pues les tiraban de los hombros, daban calor, olían mal… Hasta que estos empezaron a sufrir serios problemas de espalda no se decidieron a cambiarlos por unos de dos piezas y enteramente de algodón mucho más bonitos y versátiles, fórmula que han seguido en todas las series posteriores con pocos cambios.

En la recreación de la tecnología futura fueron, como en la original, unos visionarios en el uso y capacidades de los aparatos y ordenadores, pues se han ido haciendo realidad de forma muy parecida: pantallas planas táctiles, tabletas y móviles, diseño de menús… En cuanto a las naves, exprimieron los diseños rompedores de la serie original, ofreciendo un sinfín de navíos asombrosos y con cada raza teniendo su propio estilo muy diferenciado. En lo personal, diré que llegué a esta serie después de las películas de la tripulación original, y el Enterprise me pareció bastante feo en un principio… pero tras unos cuantos capítulos acabé encariñándome, sobre todo porque las maquetas son tan detalladas que parece real.

Aunque rodaron en 4:3, el formato cuadrado de televisión en la época, lo hicieron con un estándar de calidad cinematográfica, exceptuando una iluminación un tanto fallida en las dos primeras temporadas. El habitual primer plano y contra plano simplón de la mayor parte de series ha hecho que estas envejezcan muy rápido y mal, pero Star Trek: La nueva generación tiene un aspecto moderno y virtuoso. La estupenda fotografía de planos medios y la dirección muy cuidada permite que las escenas respiren con naturalidad, con varios personajes interactuando a la vez, y a partir del tercer año se pusieron las pilas también con la iluminación, sacando todo el partido a los interiores del Enterprise. Hay que destacar también un aspecto que suele pasar desapercibido para muchos, una banda sonora orquestal de gran calidad y versatilidad, compuesta principalmente por Dennis McCarthy.

Pero si por algo dejó huella Star Trek (1966-1969) y mantuvo La nueva generación es por sus historias tan originales e inteligentes, adelantadas a su tiempo y bastante profundas en temática. Cada capítulo ofrece elaborados dilemas éticos, conflictos sociales y culturales complejos y fascinantes, intrigas políticas y retos científicos muy variados a pesar de su tono fantasioso (incluyendo la famosa tecnojerga).

Gene Roddenberry y su equipo de guionistas exploran más a fondo la utopía soñada en la serie original. Tras siglos de desigualdades y guerras la humanidad dio un giro y ansía una sociedad pacífica dedicada al progreso en todo ámbito, no a la despiadada búsqueda de éxito personal y económico y la imposición sobre otras culturas. El dinero deja de existir, todos trabajan por el bien común y el estado, y la realización personal no se basa en pisotear a otros. (Curiosamente, en EE.UU. nunca ha arrastrado acusaciones de comunista). Así surge la Federación, un sistema de gobierno con una gran flota estelar que funciona más como organización científica que política y militar, pero que obviamente tiene que cuidar mucho las relaciones con otros pueblos.

La tripulación protagonista, a bordo del navío insignia, el Enterprise NCC-1701-D, viaja por la galaxia buscando nuevas formas de vida y adquiriendo conocimientos, siempre enarbolando los principios de la Federación. Los retos que van enfrentando los ponen a prueba en lo personal, en la ética y las normas por las que se rigen. Hay encuentros con razas alienígenas tan extrañas que se producen peligros inesperados. En el estudio de especies más atrasadas la norma es no intervenir en su evolución, algo que más veces de las que querrían genera grandes dilemas. Otras razas son hostiles, como los klingon y los romulanos, con los que hubo guerras recientes y todavía hay un ambiente explosivo, sobre todo con los últimos, con quienes se mantiene una tensa guerra fría.

En todos los conflictos la solución se busca a través de la razón, la ciencia y la negociación, por lo que es una serie de diálogos, pausas tensas y giros inesperados más que de acción. Batallas hay muy pocas, los capítulos de ritmo trepidante escasean. Pero es adictiva, porque siempre está narrando algo con calado a través de personajes con gran carisma.

Jean Luc Picard (Patrick Stewart) es un capitán serio, muy rígido a veces, pero de los que dan todo por su tripulación e ideales. Su segundo, William Riker (Jonathan Frakes), es el contrapunto perfecto para el mando, porque es la cara cercana y amable de los altos mandos, lo cual también parece frenar su carrera, pero como él dice, está a gusto en el Enterprise. El androide Data (Brent Spiner) es la nueva versión de Spock , el personaje críptico que trata de aprender cómo se comportan los humanos. Junto al ingeniero Geordi La Forge (LeVar Burton) forma un dúo memorable, siempre apasionados por su trabajo y ser mejores personas. Deanna Troi (Marina Sirtis), mitad humana mitad betazoide, una raza de telépatas, tiene capacidades empáticas, lo que la hace la perfecta consejera y psicóloga de abordo. Worf (Michael Dorn) es un klingon criado por humanos; su beligerancia y sus problemas familiares y culturales le traen constantes problemas, pero su posición en la nave nunca queda en entredicho. La doctora Beverly Crusher (Gates McFadden) aporta su madurez y férrea moral, además de una cercana amistad con Picard y un pasado en común. Su hijo, el joven Weasley (Wil Wheaton), supuso el único conflicto con los fans, porque pronto fue odiado por la representación del adolescente sabihondo y metomentodo que hacen, así que a las pocas temporadas optaron por apartarlo.

Hay unos pocos secundarios recurrentes, algunos tan interesantes que querrías que hubieran aparecido más, como la teniente Tasha Yar (Denise Crosby), el técnico O’Brien (Colm Meaney) y su novia la botánica Keiko (Rosalind Chao), pareja que acabaría en Espacio Profundo Nueve, la enfermera Ogawa (Patti Yasutake), la camarera Guinan (Whoopi Goldberg), siempre dipuesta a escuchar problemas, el enigmático Q (John de Lancie), experto en generarlos para su diversión, el hijo de Worf, Alexander (Brian Bonsall), el gemelo malvado de Data, Lore, y mis favoritos, la ruda teniente Ro Laren (Michelle Forbes) y el patoso teniente Barclay (Dwight Schultz). En el lado malo están la pesada madre de Troi, Lwaxana (Majel Barrett), que se llevó los capítulos más tontos y plomizos, y la doctora Pulaski (Diana Muldaur), quien sustituyó a Beverly Crusher en la segunda temporada por imposición de un productor y no sentó bien a los seguidores, lo que empeoró por su personalidad arisca tan forzada, una burda imitación a McCoy.

El reparto fue elegido con tino, todos mostraron gran química desde el principio, haciendo de cada reunión y disputa algo digno de ver. Sólo Jonathan Frakes estuvo algo perdido el primer año, pero fue cogiendo confianza poco a poco, amén de que la barba le dio un porte más digno. En cambio, Patrick Stewart deslumbró instantáneamente y tuvo intervenciones inolvidables en cantidad.

Pero Star Trek: La nueva generación arrastró carencias importantes que frenaron su potencial. Roddenberry concibió una serie muy constreñida en unas directrices concretas, lo que limitaba demasiado el rango de historias a contar, y su utopía iba demasiado lejos, eliminando cualquier conflicto entre tripulantes. Los otros productores principales, Rick Berman y Michael Piller, tomaron las riendas en la tercera temporada anunciando que acabarían con esas barreras, pero a la hora de la verdad apenas hubo evolución: el inmovilismo lastra sus siete años.

La progresión del drama personal es mínima, y casi todas las tramas de largo recorrido se quedan en el aire después de tantísimos capítulos como tuvieron para tratarlas con mejor tacto. Las relaciones interpersonales y laborales se basan en unas bases que exprimen bien… pero sin moverse de ahí, con miedo a cambiar de dirección, de avanzar hacia algo nuevo. Los romances en tensión no evolucionan un ápice (Troi y Riker, Beverly y Picard), las historias que dejen secuelas son escasas y se retoman en raras ocasiones. Prácticamente solo Worf tiene avances en lo personal, con las puntuales incursiones en su lado familiar, y solo los klingon sufren cambios políticos que afectan en siguientes episodios. Los romulanos, los borg, los cardasianos, las intrigas en el mando de la Federación… tantos frentes prometedores abiertos, y no se atrevieron a desarrollarlos. En Espacio Profundo Nueve (1993-1999) tomaron nota de esos fallos y cambiaron muy acertadamente de estilo.

Incluso en sus puntos fuertes se produce pronto un estancamiento, se abusa de la misma fórmula más de la cuenta. Sí, de vez en cuando consiguen aportar nuevas perspectivas, pero por lo general hay demasiados capítulos repetitivos y poco inspirados donde se reincide en algunos patrones demasiado: el conflicto con un ente alienígena desconocido que pone en peligro al Enterprise y se soluciona con palabrería tecno científica; la eminencia en negociaciones que tiene secretos que ponen en peligro las relaciones entre pueblos; la sociedad idílica que esconde algo; el bucle temporal que permite a los guionistas hacer cosas que en condiciones normales no se arriesgarían, pues al final harán un reset; el roce con los romulanos que no llevará a nada; etc.

Con todo, las virtudes obviamente se imponen en un conjunto con gran personalidad y que aguanta el paso del tiempo muy bien, pues Star Trek: La nueva generación sigue no sólo recordándose con agrado, sino ganando nuevos adeptos año tras año.

STAR TREK: LA NUEVA GENERACIÓN – LA PRODUCCIÓN

En 1986, a diecisiete años de su cancelación, Star Trek (1966-1969) era la serie más popular en las reposiciones de Estados Unidos, y por tanto un producto muy rentable para Paramount Pictures. Y las películas con su tripulación iban ya por la cuarta entrega (1986), dando cada vez mejores resultados también. Pero los ejecutivos estaban pensando que los salarios de las estrellas principales seguirían subiendo en cada nuevo largomentraje mientras la popularidad de la serie original en sus reposiciones no decaía, y pusieron en marcha una serie con nuevos protagonistas, La nueva generación (1987-1994). Eso sí, al final hicieron dos películas más antes de aprovechar el éxito de esta serie para cambiar de reparto en el cine.

El creador de la saga, Gene Roddenberry, fue reticente en principio. El trabajo que le dio la serie original fue exhaustivo y afectó a la relación con su familia. Y Paramount también dudó bastante de la viabilidad del proyecto. Primero, porque la relación con Roddenberry era tensa, pues no era alguien fácil de tratar, y al contrario que en las películas, donde fue apartado, en la serie tendría mayor control y libertad, tanto por imperativo legal, porque los derechos como creador de la original se extienden a las secuelas, como por necesidades creativas, pues si querían mantener sus cualidades y el respeto inicial del público debían tenerlo a él al frente. Segundo, porque las principales cadenas (ABC, CBS, NCB y la recién nacida Fox) ponían exigencias para su producción que podrían salirles caras si el estreno no funcionaba como esperaban. Unas querían una miniserie y otras una temporada inicial de 13 episodios para ver si les gustaba y entonces extenderla. Era lo habitual, y sigue siéndolo en general, aunque no tanto en las recientes plataformas online. Pero la inversión que se necesitaba para ponerla en marcha era muy grande, y si la cadena no la adquiría sería una ruina.

Con el proyecto en el limbo, a algún directivo con visión se le ocurrió una idea revolucionara que les permitiría tener el control creativo frente a las cadenas de televisión y una proyección económica muy favorable. La producirían totalmente por su cuenta y ofrecerían emitirla directamente en sindicación, esto es, en vez de colaborar con una de las grandes y una vez alcanzado un buen número de temporadas venderla para las reposiciones a las cadenas pequeñas y locales, que en Estados Unidos ya eran cientos, la emitirían en todas las que quisieran aceptar la propuesta. Siendo una obra tan famosa y esperada, se unieron más de doscientas, de forma que llegó a todo el país de golpe. El acuerdo repartía los minutos de publicidad entre esas cadenas y Paramount, y al tener tantas emisiones en distintos horarios sacaron un rendimiento extraordinario en poco tiempo. Pero a la larga se vio como una estrategia aún más acertada, porque a medida que los costes de producción aumentaban, la rentabilidad también lo hacía porque ya había reposiciones de temporadas anteriores.

Ante el atractivo modelo de emisión, la promesa de tener libertad creativa y poder elegir los guionistas que trabajaran con él, Roddenberry aceptó. Se trajo a algunos colaboradores de la serie original, como los escritores D. C. Fontana y David Gerrold, y otros productores y puestos técnicos. Gerrold, un guionista con pocas pero importantes aportaciones (el famoso episodio Los tribbles y sus tribulaciones -213-) y autor de varios ensayos bastante aclamados por seguidores y respetados por los productores por sus acertadas críticas, fue contratado para desarrollar el concepto de la nueva serie y escribir la biblia. Esta viene a ser una descripción del universo imaginario y sus limitaciones, es decir, qué se puede hacer y qué hay que evitar; por ejemplo, él criticó que el capitán de la nave, Kirk, la abandonara cada dos por tres para meterse en peligros, así que en esta el capitán no dejaría el puente salvo extrema necesidad. Fontana empezó como secretaria de Roddenberry en la original pero pronto se hizo un hueco como escritora, y luego fue productora ejecutiva en La serie animada (1973). A esta llegó como una de las principales guionistas y se le prometió algún puesto en la producción.

Aun así, un ejecutivo de Paramount, Rick Berman, fue elegido como productor para controlar a Roddenberry. Este no era fan de la serie ni de la ciencia-ficción, pero fue hábil en la lucha de despachos y no tardó en ir tomando mayor control creativo ante los problemas que fueron surgiendo con Roddenberry, y tras el fallecimiento de este en 1991, antes de la quinta etapa, se convirtió en el productor principal de todas las series hasta Enterprise (2001-2005). Y por suerte, fue para bien.

Desde el principio hubo conflicto con Roddenberry, considerado por todos los productores y escritores el mayor lastre para la evolución de la serie. Su visión era demasiado dogmática, quería eliminar cualquier atisbo de violencia y oscuridad en el ser humano, pensando en que en el futuro se habrían superado estos problemas, lo cual limitaba enormemente el argumento de cada episodio y prácticamente neutralizaba cualquier conflicto dramático entre personajes. Aparte, su talante de voceras y el abuso de numerosas drogas provocaba un mal ambiente en el trabajo. Le negó a Gerrold crédito por su aportación, a Fontana la ninguneó y esta tuvo que pelear por el puesto prometido. Las quejas fueron en vano, porque inicialmente tenía el apoyo de la productora y usó a su duro abogado, Leonard Maizlish, para doblegar a sus propios compañeros. Este incluso terminó metiendo mano en los guiones y la contratación de escritores.

La sangría de productores y guionistas se empezó a notar en mitad de la producción, costaba hacer nuevos fichajes porque en el gremio ya se oían rumores del mal ambiente. A esto se sumó una de las actrices principales, Denise Crosby, que interpretaba a la teniente Tasha Yar, quien con una sola temporada había dejado huella en los fans. Mientras tanto, Rick Berman fue moviendo ficha hábilmente, de forma que no parecía un intruso, implicándose más en el día a día de la producción. Y a la vez, Roddenberry, ya empezando a enfermar, y Maizlish contrataron a un amigo, Maurice Hurley, para tomar las riendas como jefe de guionistas, confiando en que mantuviera las normas de estilo que tan de cabeza traían a los escritores. Mantuvo a flote la serie con sus aportaciones en muchos capítulos de la segunda mitad de temporada, pero también acabó peleado con otros guionistas, e incluso chocando con los actores. De hecho, en cuanto llegó a productor ejecutivo en la segunda temporada despidió a Gates McFadden, la doctora Crusher. Por suerte, arrepentidos de haber matado hace poco a un personaje principal, Tasha, productores y guionistas estuvieron de acuerdo en apartarla con la excusa de tener otro destino, y pudieron traerla de vuelta en la tercera temporada.

En la lucha constante por el poder, Roddenberry perdió el control al terminar la segunda temporada, sobre todo porque su salud se deterioraba, agravada por el abuso de drogas. Desde entonces, Rick Berman y otro guionista que estaba llamando bastante la atención, Michael Piller, tomaron el control creativo y fueron probando nuevos escritores, de los cuales algunos se quedaron fijos. Aunque Roddenberry fuera el autor original, Star Trek terminó de tomar forma por Berman, Piller, Ronald D. Moore, Brannon Braga y otros que fueron aportando distintas ideas al universo imaginario y al estilo de la saga.

Por otro lado, no he encontrado artículos o declaraciones que hablen de grandes conflictos con los numerosos directores, más allá del caos y las prisas de este tipo de trabajo. Algunos estuvieron en varios episodios e incluso volvieron en siguientes temporadas.

Corey Allen fue el artífice del episodio piloto y volvieron a contar con él unas pocas veces en esta y en Espacio Profundo Nueve. Empezó como actor en teatro, pero fue encontrándose más a gusto en la dirección, y no tardó en acabar en la televisión. Desde finales de los sesenta pasó por incontables series, incluyendo pesos pesados como Dallas (1978) o Canción triste de Hill Street (1981), siendo las de Star Trek sus últimos trabajos importantes antes de retirarse. Cliff Bole y Les Landau fueron los más prolíficos, con unos veinte capítulos cada uno sólo en La nueva generación. Bole comenzó su carrera con El hombre de los seis millones de dólares (1974), y pasó por muchas muy populares, desde MacGyver (1985) a Expediente X (1993). Landau comenzó aquí como asistente de producción y ascendió a supervisor y director. No llegó a tener mucho éxito fuera de Star Trek, destacando apenas unas participaciones en Sensación de vivir (1990), Una chica explosiva (1994), y otros pocos episodios sueltos aquí y allá. Rob Bowman, a pesar de su juventud (27 años) e inexperiencia, dirigió doce episodios en las dos primeras temporadas, pero sólo volvió una vez más, porque se buscó nuevos aires como productor, destacando una serie que le dio bastante fama: Expediente X (1993). Saltó al cine con El imperio del fuego (2002), donde dejó buenas impresiones, pero la infame Elektra (2004) hundió su futuro y se centró de nuevo en la televisión.

Siendo planteada como serie de cabecera de la Paramount, el presupuesto fue generoso, al nivel de dramas famosos como Miami Vice (1984): 1,3 millones de dólares de la época por capítulo, que fue creciendo hasta 2 millones en las últimas temporadas (ajustando a la inflación, hoy en día serían de 3 a 3.5 millones, más o menos lo que cuesta The Expanse). Eso garantizó un aspecto visual de buen nivel, sobre todo comparado con la barata serie original (190.000 dólares -1,5 millones ajustando- y reduciéndose por temporadas). Sin embargo, la ciencia-ficción es cara, sobre todo cuanto más se ambicione, y tenían que hacer malabares para mostrar todo lo que querían, habiendo episodios para ahorrar (con toda la narración ocurriendo en los decorados de la nave y con pocos efectos especiales) y recortes de lujos en el set (incluso de comida: alguna vez el reparto tuvo que colarse en otros platós para comer). Estos problemas los sufren prácticamente todas las series: es difícil encontrar un equilibrio entre riesgo y ganancia; sin ir más lejos, una década antes, Battlestar Galactica (Glen A. Larson, 1978) salió tan cara que fue cancelada a pesar de su gran éxito de audiencias.

Para las escenas de naves y el espacio se plantearon seriamente usar imágenes generadas por ordenador, pues los productores pensaban que la tecnología ya estaba madura y abarataría considerablemente los costes. Hicieron pruebas y estuvieron contentos con el resultado, pero al final decidieron ir sobre seguro con lo que conocían, las maquetas, porque así no dependían de compañías externas que podían fallar en las fechas de entrega o sufrir cambios bruscos en media serie (problemas laborales o económicos) que afectaran a su producción. Así que las naves, sobre todo el detallado Enterprise, se diseñaron con costosas maquetas, mientras que los demás efectos visuales se realizaron en postproducción con fondos pintados (planetas y espacios naturales) y unas pocas creaciones digitales (animaciones de las pantallas de la nave, efectos del espacio y las armas).

Hay que recalcar que fue una suerte enorme que se decantaran por las maquetas, porque hasta bien entrada la primera década del 2000 no se ha alcanzado en lo digital un nivel que parezca totalmente real (y eso en superproducciones), y las obras previas no aguantan bien el paso del tiempo, no digamos si nos vamos a la época de la serie y con presupuesto limitado. Pero, sobre todo, permitió tanto en esta como en la serie original una remasterización en alta definición que otras producciones semejantes (las siguientes de Star Trek, Babylon 5) no pueden tener sin encarecerse demasiado. Porque lo habitual en series era trabajar la postproducción (montaje, efectos especiales) con el negativo reducido a la calidad de emisión en televisión, no sobre el original de 35mm, pues resultaba muchísimo más barato. Los planos de las maquetas se rodaron en 35mm, pudiendo ser restaurados sin problemas más allá de tener que conservar el formato cuadrado (4:3) sobre el estándar panorámico posterior (16:9), mientras que los pocos efectos de ordenador que había se rehicieron de forma muy respetuosa. En cambio, en Espacio Profundo Nueve y Voyager y otras referentes del género como la citada Babylon 5, el uso de ordenador se hizo cada vez más habitual, y habría que rehacer gran cantidad de metraje con efectos digitales en alta definición, algo tan caro que es dudoso que vaya a ocurrir.

El estreno fue un éxito. Desde la primera temporada empezó a recibir numerosas nominaciones a premios (incluyendo uno de los más relevantes de la ciencia-ficción, los Hugo) y en general mantuvo una buena recepción de los críticos y una muy entusiasta por parte de los fans, a pesar de algunas quejas iniciales porque el reparto fuera nuevo. Las audiencias fueron altas durante la primera emisión de las siete temporadas, en unos 10-12 millones de televidentes de media, que la ponía entre las treinta más vistas, un buen resultado para una obra de ciencia-ficción; las más vistas en esa época rondaban los 20-25 millones: programas familiares y comedias como El show de Bing Crosby y Roseanne, o de reportajes, como 60 minutos. Se exportó muy bien al resto del mundo, y las reposiciones han conservado gran fidelidad a pesar de su antigüedad, de hecho sigue muy viva en la actualidad gracias a que Netflix le ha insuflado nueva vida a pesar de que los dvd y bluray han sido de los más vendidos en series de televisión.

Llegados a la séptima temporada, los directivos y los productores decidieron ponerle fin a pesar de los en apariencia buenos resultados. Las razones fueron principalmente monetarias, pues el aumento de costes iba disparándose y alcanzaría cifras astronómicas con la renovación de los contratos de los actores, y veían mucho más rentable empezar otras series desde cero y lanzar esta generación al cine. Pero también los productores y guionistas sentían que se había acabado la inspiración y tenían la nueva serie planteada, Espacio Profundo Nueve (1993-1999), para explorar otras opciones, así que no presionaron para seguir.

STAR TREK – EL CREADOR, GENE RODDENBERRY

Eugene Roddenberry, más conocido como Gene, será recordado eternamente como el creador de Star Trek, y lo cierto es que para bien o para mal tanto su carrera como guionista como su vida personal estuvieron atadas a la saga.

Nacido en Texas en 1921, siguió los pasos de su padre y se preparó para ser policía. Pero su primer interés fue la aviación, y dada la época, lo más habitual era entrar como piloto en la armada. Tras casarse con su primera esposa, sirvió en la Segunda Guerra Mundial obteniendo varias distinciones.

Su afición por la lectura incluía algunos de los primeros referentes de la ciencia-ficción, como John Carter de Marte (Edgar Rice Burroughs, 1912), y pronto empezó a escribir relatos y poesía. Tras la guerra se lo tomó más en serio y comenzó a estudiar literatura mientras trabajaba como piloto de aerolíneas (1945). Pero si salió airoso de la guerra, la aviación civil acabó con sus ganas de volar. Tuvo un aparatoso accidente en 1947, donde a pesar de sus esfuerzos hubo quince fallecidos, y un año después dejó este trabajo para perseguir su sueño.

Cuando vio por primera vez la televisión pensó que había un gran futuro ahí. Así que tiró para Hollywood, donde es de suponer que malvivió con las pocas obras que vendía, porque acabó metiéndose a policía, siguiendo finalmente la estela de su padre. Eso sí, con su nivel cultural acabó ejerciendo como redactor en una unidad de información pública.

Poco a poco iba ganándose su hueco en el mundo de la televisión, con cada vez más guiones y colaboraciones, de forma que no pudo compaginar ambas labores y dejó el cuerpo en 1956 para continuar con su pasión. Su primer cargo superior fue como jefe de guionistas en The West Point Story (1956), que versaba sobre una academia militar. Participó en muchas otras producciones, principalmente sobre el Lejano Oeste, destacando la popular El pistolero de San Francisco (1957-1963), donde ganó un premio del gremio de guionistas. Mientras, intentaba vender alguna como creador y productor, donde tendría más libertad creativa, pero se las iban rechazando.

Su oportunidad llegó tras el éxito de El teniente (1963-1964), otra de temática militar. Ya con una posición más establecida, se lanzó hacia la ciencia-ficción. El género triunfaba en el cine y había empezaro a causar sensación en la pequeña pantalla con La dimensión desconocida (The Twilight Zone, Rod Serling, 1959). Desarrolló una premisa sobre una nave espacial que iría investigando distintos mundos, pero su visión iba mucho más allá que una de aventuras sin más, porque concebía un futuro sin problemas de la época, como los raciales y las guerras entre humanos, pues la humanidad se esforzaría constemente por ser mejor y aprender del universo.

En 1964 llevó la propuesta a una major, la MGM, pero no le hicieron ninguna oferta. Optó por una compañía más pequeña, Desilu Productions, donde le ofrecieron un contrato de tres años. El canal CBS pasó del tema, tenía entre manos su propia producción, Perdidos en el espacio (Irwin Allen, 1965). NBC en cambio mostró gran entusiasmo por el material que enseñó, y dieron luz verde a un episodio piloto.

Para este episodio, llamado La jaula (The Cage), Rodenberry se rodeó de actores y productores con lo que ya había trabajado antes. Caben destacar D. C. Fontana como asistenta de producción y los actores Leonard Nimoy y Majel Barrett. Los costes de producción se dividieron entre NBC y Desilu. Por desgracia, no convenció a los directivos, siendo considerado demasiado intelectual y farragoso. Pero, en un giro nada común en televisión, las partes implicadas aceptaron rodar otro capítulo de muestra, que se llamó Un lugar jamás visitado por el hombre (Where No Man Has Gone Before). En esta ocasión Roddenberry fue sin rodeos a atacar uno de los problemas que veía en el gremio, el racismo, y logró reunir una tripulación multicultural, manteniendo sólo a Nimoy del primer reparto.

Star Trek (luego conocida como Star Trek: La serie original para distinguirla entre las numerosas series y largometrajes) se estrenó en 1966 y duró tres temporadas sin causar un impacto inmediato. Si bien en pocos años empezó a calar y se generó alrededor de ella un culto que la convirtió en un fenómeno mundial que aún perdura, para su creador no fueron tan bien las cosas.

En lo personal, con la absorbente producción de Star Trek se distanció de su familia y esposa y fue teniendo aventuras con secretarias y actrices varias, incluyendo Nichelle Nichols y Majel Barrett, a las que enchufó en la serie por ello. En 1969 decidió divorciarse de su primera mujer y casarse con Majel, algo que iba aplazando por no lidiar con el trabajo y la separación a la vez. En lo económico, la cancelación de Star Trek y el divorcio lo dejaron en malas condiciones, lo cual se agravó porque en lo laboral fue dando un traspiés tras otro.

Entrando en los setenta, saltó al cine escribiendo y produciendo Querido profesor, protagonizada por Rock Hudson, Angie Dickinson y Telly Savalas. Pero no tuvo un buen recibimiento y se veía en la ruina, así que acabó explotando Star Trek de un modo nada común en esos tiempos, dando charlas y participando en convenciones sobre ella. Intentó embarcarse en otra serie de ciencia-ficción escribiendo algunos telefilmes que pudieran alargarse si tenían éxito, pero ni con Genesis II (1973), que tuvo bastante audiencia, llegó a conseguirlo. Mientras tanto, se dio el visto bueno a Star Trek: la serie animada (1973). En ella no puso mucho entusiasmo, relegando el trabajo en D. C. Fontana, y posteriormente afirmó que no debería considerarse canon en el universo de la saga.

Desde el 75 hubo intentos de poner en marcha una película de Star Trek, pero a Paramount no le convencían las propuestas de Roddenberry ni tampoco las de escritores famosos a los que tantearon, como Ray Bradbury y Harlan Ellison. Viendo que no eran capaces de sacar adelante un largometraje, volvieron a mirar a la televisión. La producción de Phase II en 1978 volvió a centrar a Roddenberry y a darle esperanzas. El desarrollo llegó casi a su conclusión, pero estando listos para el rodaje Paramount dio dos virajes repentinos, abandonando la idea de presentar un canal de televisión propio, donde se estrenaría la serie, y luego saltando de golpe de nuevo hacia la idea de una película para cines.

Roddenberry y el resto del equipo tuvieron que ajustar los guiones, escenarios y demás sobre la marcha con prisas, de forma que el proyecto fue un caos desde el principio. La cosa se agravó por sus disputas constantes con los demás productores y guionistas (Harold Livingston a la cabeza) sobre la autoría final de cada idea y línea de guion: a pesar de no tener el control total de la producción, él se intentaba imponer constantemente.

Star Trek: La película se estrenó en 1979, tuvo un rendimiento algo justo de taquilla, sobre todo porque el presupuesto se había disparado por el caótico rodaje, y recibió críticas bastante tibias. Entre eso y que Roddenberry era un grano en el culo (se había enzarzado continuamente en batallas legales sobre merchandising, dinero, autoría…), la Paramount decidió apartarlo del grueso de la producción de las siguientes entregas, pagándole un porcentaje de las ganancias a cambio de conservar únicamente el rol de consultor (sus notas podrían ser aceptadas o no) y que fuera la cara visible de la saga hacia el público. La fórmula funcionó, pues la taquilla y las críticas fueron mejores en los siguientes títulos. Pero Roddenberry no terminaba de aceptar que había sido dejado de lado, y no hacía más que escribir argumentos y guiones que nadie leía.

A pesar del nuevo tropiezo, las cosas volvieron a encauzarse porque con la buena acogida que iban teniendo las películas la productora encargó otra serie y, aunque inicialmente no querían a Roddenberry, al final claudicaron por la imagen de marca que generaba su nombre, porque nadie como él conocía el espíritu de la saga… y, sobre todo, porque a pesar de que hubiera sido apartado de las películas seguía teniendo el título de “creador” de la serie original, con lo que tenía base legal para vetar nuevas series.

Star Trek: La nueva generación llegó en 1987. Roddenberry obtuvo un salario muy abultado (tanto que lo celebró comprándose un Rolls Royce) y un control casi total. Se rodeó de guionistas y productores conocidos, y con mejores presupuesto y medios se permitió explorar más a fondo el futuro utópico que imaginaba en aspectos culturales y tecnológicos. Sumándole las primas de las películas y las cada vez más exitosas convenciones, estaba ganando una buena cantidad de dinero.

Pero el éxito y el sueño se empañaron pronto. Las dudas iniciales sobre si embarcarse en otro proyecto semejante, cuando la serie original fue muy estresante y afectó a su vida personal, se hicieron realidad pronto, sacando a relucir sus demonios internos hasta el punto de que por sus excesos y abusos la sala de guionistas estaba siempre con un ambiente tenso y turbulento. Pronto acabó enemistado con sus colaboradores, algunos conocidos desde hacía muchos años, como David Gerrold y D. C. Fontana, hasta el punto de azuzar a su duro abogado contra ellos como forma de atacarlos. Estos en consecuencia terminaron largándose de la serie el primer año, seguidos por una sangría de guionistas y productores en esa y la siguiente temporada. Se hizo evidente que llevaba años abusando de drogas varias, era muy dado a montar numeritos y también a sembrar cizaña sutilmente (provocando con su abogado, cambiando guiones a escondidas…), y era inflexible con su concepto de la serie, lo que traía de cabeza a los demás escritores a la hora de desarrollar las historias. Todo esto se ocultó durante bastante tiempo, para no afectar a la imagen de la saga.

Su salud iba pagando el precio rápidamente: sufrió diabetes, problemas cardiovasculares y finalmente infartos que lo postraron en una silla de ruedas. Los productores principales, Rick Berman y Michael Piller, fueron tomando el control creativo ante el caos, y Roddenberry terminó apartado casi por completo al final de la segunda temporada. Falleció en 1991, no sin antes echar pestes y su última denuncia contra la última película de la tripulación original, Star Trek VI: Aquel país desconocido.

Pero su legado eclipsa su lado oscuro. El nombre de Gene Roddenberry sigue vivo en cada nueva serie de Star Trek y en cada revisionado de las antiguas. Esos personajes tan carismáticos, ese universo único, esas historias con calado atemporal perdurarán eternamente. Y otras de sus ideas vieron la luz póstumamente: su viuda Majel desempolvó varias en las que él estuvo trabajando y produjo dos series, La Tierra: conflicto final (1996) y Andromeda (2000). Ella falleció en 2008, tras numerosas apariciones en la saga.