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MR. ROBOT – TEMPORADA 2.

USA Network | 2016
Suspense, drama | 12 ep. de 45-65 min.
Productores ejecutivos: Sam Esmail, Steve Golin, Chad Hamilton.
Intérpretes: Rami Malek, Christian Slater, Portia Doubleday, Carly Chaikin, Michael Cristofer, Grace Summer, Azhar Khan, Sunita Mani, Martin Wallström, BD Wong, Stephanie Corneliussen,Gloria Reuben, Ron Cephas Jones, Michael Drayer, Omar Metwally, Joey Bada$$, Craig Robinson.
Valoración:

No compartí, ni entendí, el desmedido entusiasmo con que se recibió a la primera temporada de Mr. Robot, que fue la más hablada y laureada del verano de 2015, hasta el punto de llegar a los Globos de Oro como mejor drama a pesar de venir de fuera del circuito comercial estándar. Es cierto que tenía algunas buenas virtudes, pero el conjunto andaba bastante desequilibrado. El magnético personaje central, encarnado con entusiasmo por el entonces desconocido Rami Malek, cautiva desde el principio, los secundarios tenían bastante tirón también, y la estética vanguardista funcionaba, dándole a la serie un aire moderno y valiente que en su interior en realidad no tiene. Y es que su autor, Sam Esmail, abraza desde el principio la grandilocuencia, la pretenciosidad, el vanguardismo impostado. La crítica al sistema, tan prometedora, no parecía llevar a nada, salvo a la típica conspiración imposible. Los dramas personales se iban viendo demasiado rebuscados unas veces y simplones otras, minando bastante la proyección de unos protagonistas inicialmente muy atractivos. En otras palabras, los malabares no ocultaban lo obvio, que la trama no se ha estudiado bien, que van escribiéndola improvisadamente, como suele ocurrir más de la cuenta.

Es cierto que la serie podía haber madurado, que los guionistas podían haber pulido los errores y encontrado un mejor equilibrio… Pero servidor ya tiene experiencia, se ve venir cuándo hay posibilidades de remontada y cuándo es todo humo. Por lo general, serie que empieza con tanta improvisación y artificio, serie que se estrella pronto. Para los que no supieron verlo en ese momento, la segunda temporada fue una decepción, hasta el punto de que la serie ha pasado al olvido en un visto y no visto. La audiencia media cayó a la mitad, y en internet la pasión se esfumó desde los primeros capítulos para no volver. Eso sí, no sé cómo cosechó buenas críticas todavía, aunque dejó de copar el top ten de los medios (¡la mayoría le dieron el primer puesto a la temporada inicial!), y con la inercia arañó de nuevo nominaciones en lo Globos de Oro, aunque sólo para los actores.

Desde el primer capítulo de esta nueva etapa se ven los torpes requiebros que hace Esmail para disimular que no navegamos hacia ninguna parte. Como los débiles pilares van quedando expuestos, se empeña en soltar más humo y desviós de atención, a ver si así no nos damos cuenta de las carencias. Todos los misterios que dejó abiertos en el final de la primera temporada son estirados sin vergüenza alguna, apartados, mareados, retorcidos para, supuestamente, lograr que nos enganchemos sin poder apartar la mirada. Hasta los últimos episodios no sabemos quién llamó a la puerta de Elliot, cuál era la relación con Tyrell Wellick, dónde ha estado ocultándose este, quién llamaba y enviaba presentes a su esposa, hacia dónde va a dirigirse ahora el ataque contra Evil Corp, cuáles son los planes del CEO de la compañía y el misterioso chino llamado Whiterose por un lado y los del Dark Army por el otro.

Como es esperable en este panorama, no va a haber muchas respuestas efectivas, o al menos concluyentes. Algunas son obvias, la mayoría exageraciones, y unas pocas se vuelven a dejar en el aire. Por supuesto, la conspiración ofrece una nueva cara cada vez más improbable, el plan tiene una nueva fase supuestamente épica, y los personajes quedan en punto de inflexión muy forzado. En los spoilers me extiendo.

Hasta entonces entramos de lleno en el juego de marear la perdiz, abundan las trampas argumentales, las subtramas repetitivas, los giros sensacionalistas, los rellenos absurdos (esos prólogos y recesos a lo Breaking Bad, pero sin su gracia y espectacularidad). Y como el factor sorpresa ya no existe y la conexión con unos personajes estancados se diluye a marchas forzadas, los trucos cantan, el interés cae y el aburrimiento aflora. Tenemos más capítulos que en la primera temporada, algunos de una injustificable hora de duración. Si ves que no tienes material, agiliza la narración, haz episodios de cuarenta y cinco minutos, que entren rápido y destaquen los momentos clave. Pero, sobre todo, para conseguir sensación de intriga, para ganar nuestro interés por ir viendo cómo se llega a desentrañar el misterio, debes mostrar a los personajes trabajando en una dirección clara, soltar pistas que tengan lógica y sean creíbles. Relegando con engaños y trucos argumentales baratos sólo se genera frustración.

Los seguidores que quedan a estas alturas son los que alaban estos fuegos artificiales superficiales, los enredos visuales y técnicos sin coherencia real ni contenido. Sirva de ejemplo el tiroteo en una cafetería. Me resultó tan teatralizado en estilo e incoherente en el fondo que me puse a leer comentarios… Y encontré a gente flipando por el plano fijo y que la cuenta atrás del semáforo de los peatones marcaba también el inicio de los disparos. Yo en cambio puse mala cara al ver a unos tipos andando en moto con metralletas en plena ciudad a pesar de la histeria terrorista, me preguntaba de qué va este Dark Army tan poco creíble, por qué pretendían de repente matar a estos personajes, cómo dan con ellos, por qué la agente del FBI tan supuestamente lista no espera refuerzos…

La temporada está formada por infinidad de escenas de este tipo, descuidando de mala manera la progresión global de trama y personajes. Se retuerce tanto la historia que al final ni quedan claras las motivaciones, ni siquiera las acciones, de la mayor parte de los protagonistas. ¿Qué objetivos persiguen, cuál es el curso de acción que planean? A veces hacen movimientos contradictorios, sobre todo Angela, que da unos bandazos alucinantes. Lo único que saco en claro es que la pandilla se ha dado de bruces con la realidad y se ha acojonado, se ha dado cuenta de que sus ideas no tienen mucho sustento ni recorrido. Lo de tumbar el sistema económico capitalista, sustentado sobre todo por la todopoderosa Evil Corp, les estalla en la cara. El dinero sería un valor virtual gestionado por una élite, y la especulación y otros males reprobables, pero sin dinero las familias pasan hambre, sin poner una alternativa de sistema económico la sociedad colapsa. Es decir, luchar contra el capitalismo desenfrenado está muy bien, pero destruirlo sin más y esperar que en la anarquía resultante todo se arregle solo es de niñatos imbéciles. Al final los protagonistas parecen ir dándose cuenta de eso y de que han sido peones de la conspiración, esa liderada por algunos poderosos que quieren manejar a los gobiernos a su antojo. Así pues, de cara a la próxima temporada cabría esperar el despertar y la revolución de los protagonistas ante el nuevo orden mundial en que ellos mismos han colaborado, y quizá incluso se dé la paradoja de que luchen por volver a lo que tenían.

Este es el único atisbo de inteligencia y la única sensación de dirección, de contenido, que se puede extraer de la temporada. Esmail, aparte de censurar el capitalismo ahora también acusa con contundencia a las críticas inertes o dañinas. Con el Dark Army, los fanáticos protagonistas y los idiotas que los siguen se ataca muy bien a Anonymous y la turba de inmaduros que lloriquean en internet sin tener ni idea de nada ni proponer alternativas viables. Es un giro valiente y muy divertido, porque esta fauna es precisamente la que más se enganchó a la serie. Por el lado contrario, la crítica al capitalismo, donde señala que las mega corporaciones son las que mandan cada vez más en los países, se va desdibujando, ahogada en esa conspiración que resulta tan inverosímil y pasada de rosca que, cada vez que toma presencia, y por suerte son pocas ocasiones, por eso de avanzar lo mínimo y con misterios impostados, me daba la risa.

Por lo demás, los otros pilares de la serie están en el límite. Los personajes siguen manteniendo cierto tirón, sobre todo gracias al buen trabajo actoral, en especial Elliot y Rami Malek. La historia de hackers enfrentados al sistema, quitando toda la maraña de enredos narrativos, tiene atractivo y potencial todavía. Y la notable factura visual consigue hacer digeribles hasta a los episodios más aburridos… que ciertamente son la mayoría. Lo que queda es un mínimo aceptable si se pone bastante esfuerzo de tu parte: paciencia por la lentitud y hacer un poco la vista gorda a tanta gilipollez para quedarte con los pocos buenos momentos y los pocos avances. Pero, volviendo a hablar de la experiencia en series, esta que me dice que, salvo un inesperado milagro, es muy dudoso que Mr. Robot consiga remontar.

Alerta de spoilers: A partir de aquí analizo la temporada a fondo.

Es demencial cómo nos tienen siete capítulos, largos y aburridos todos, forzando la situación de Elliot, manteniendo ese limbo absurdo y cansino. Desde las primeras escenas de la temporada está claro que los dos nuevos personajes salidos de la nada sin una presentación natural tienen algo raro. Atendiendo a la premisa, está claro que estarían en la mente de Elliot o distorsionados por ella. Pero entre las órdenes de la cadena de alargar la serie y el plan narrativo de Esmail, los guionistas las pasan putas para no revelar el truco hasta el tramo final. Mientras tanto tragamos una y otra vez con la escena de la cancha de baloncesto, el acercamiento al negro grandote (Ray, Craig Robinson), la comida con el negro simpático (Leon, Joey Bada$$ -¡!-), todo ello mostrado con infinidad de conversaciones pretenciosas pero huecas, y con trampas, muchas trampas: cada vez que alguien habla con Leon la cámara lo enfoca de forma que parezca estar hablando con Elliot, para que nos creamos que es otra doble personalidad. Lo único llamativo que se puede sacar queda muy diluido: la batalla de Elliot contra Mr. Robot, la representación mental de su padre que controla muchos momentos de su vida, es muy repetitiva y rebuscada también. Trucos surrealistas, como el viaje en plan comedia setentera, con aparición de Alf incluida, no hacen sino seguir cavando la tumba de la serie, cada vez más manipuladora y rebuscada por fuera pero más insustancial y aburrida por dentro. Y, atención, porque en el octavo episodio no aparece Elliot, se reservan las respuestas del largo engaño para el noveno. Y por si fuera poco en él te lo dan todo bien mascado, reincidiendo demasiado en cosas obvias. Así, la sensación de que toman por tonto al espectador se hace cada vez más grande.

El resto de protagonistas están también atascados o deambulando sin rumbo. Darlene y los compañeros hackers no hacen nada, absolutamente nada, hasta el lío en la mansión que han ocupado (208). Sólo entonces surgen problemas reales, lidian por tomar decisiones difíciles, se ve en ellos esfuerzo, sufrimiento, y tememos por su futuro inmediato. Pero, por desgracia, esa intriga que se pone sobre sus hombros dura poco, de nuevo caemos en la más absoluta indiferencia con tramas muy trilladas, muy simples y adornadas malamente. Que caiga uno u otro en manos del FBI no causa congoja, porque sabemos que se librarán, que tengan que dejar todo para huir no duele, porque no conocemos nada de sus vidas, a quiénes aman, qué rutina abandonan.

En un mundo aparte está la mujer de Tyrell. Copa muchísimas escenas sin aportar nada tangible la serie, y el giro final donde resulta que quien la llamaba y enviaba regalos era el currante de E Corp al que Tyrell mató a su esposa en uno de sus arrebatos, no podía ser menos interesante. ¿Qué pinta aquí este culebrón? Supongo que forma parte del intento de mantener la expectación por el retorno de Tyrell, pero vaya chapuza. También quedan muy infrautilizados Cisco y la psiquiatra, que parecen más importantes de lo que luego llegan a dar de sí.

Tenemos un nuevo personaje, la agente del FBI Dominique DiPierro, pero me dice bien poco. Es el típico individuo obsesivo cuya vida se define únicamente por su trabajo. Como punto de partida no tiene por qué ser malo, de hecho para dirigir una investigación de gran calibre y como oponente de Elliot hace falta alguien así de dedicado. El problema es que no es un rol verosímil ni atractivo. Una actriz tan joven no pega como agente veterana, y esa posición de hecho no tiene sentido: no es nadie, es una más entre los miles que nos dicen que trabajan en el caso, pero por alguna razón aparece siempre metida en todo como si liderada la investigación… y no lo hace, tiene un jefe, pero este parece también un agente del montón, otro don nadie con un despacho pequeño y sin poder. Da la sensación de que la intentan mostrar como una agente la hostia de efectiva que lucha contra la cadena de mando para realizar lo imposible, pero a la hora de la verdad se ve claramente que no hay investigación ninguna, que se mueve de acá para allá y habla con algunos personajes, pero no hay trabajo real ni retos verosímiles. Menudo desastre de representación del FBI. Finalmente, al contrario que el resto del reparto, la actriz Grace Gummer no da la talla; quizá ella misma no se cree al personaje.

Angela ya patinaba en el primer año, y aquí vaga como un zombi. Su sección está demasiado separada del resto, y su viaje laboral y emocional es incompresible. Unas veces parece querer trabajar desde dentro para desmontar a los directivos de E Corp que se libraron de pagar por el vertido en que murió su madre, otras que sólo acepta trabajar para ellos por dinero, unas veces parece darle asco su jefe, otras caerle bien, en ocasiones pasa de todo para luego jugarse el pellejo… Resulta un galimatías total donde pone la puntilla la demencial conspiración. El secuestro en el tramo final, en el que la interroga una niña mediante un juego de ordenador arcaico con preguntas abstractas ridículas, es el último estertor de la serie, el “salto del tiburón” que deja claro que esto no es más que otro Perdidos que engatusa con su estética y sus misterios pero que en el fondo es una parida sin pies ni cabeza.

Y eso que ya había elementos muy salidos de madre. La conspiración apuntaba bajo, pero conforme se desgrana se va convirtiendo en una comedia involuntaria. Ese ministro chino travesti (Whiterose) que tiene tiempo para pasarse días fuera del país organizando una oscura agenda secreta sin que nadie se dé cuenta, el Dark Army o Ejército Oscuro que se pasea con ametralladoras por pleno Estados Unidos y que se suicidan en cuanto los pillan…

Para rematar, acabamos con Elliot con un tiro en el estómago a manos de Tyrell, a pesar de que lo necesita sí o sí para sus planes. Sabemos que es otro tipo inestable, pero joder, dale un par de hostias, no te lo cargues. Y sabemos que el protagonista no va a morir, así que el golpe de efecto no podía ser más cutre. El resto más o menos igual. Darlene en el FBI a pesar de que sabemos que saldrá airosa. El plano absurdo donde la agente del FBI muestra el tablero con los nombres y datos de Elliot y todos los demás del grupo, cuando durante toda la temporada nos han ido diciendo que no tienen nada, y en las pocas veces que encontraban una pista no les servía de mucho. Trenton y Mobley apuntaban a un final realista, huyendo por patas y tratando de rehacer sus vidas… pero la escena post créditos que pretende sorprender con ellos no hay quien la entienda. Aparte de larguísima, ¿por qué la aparición del negro simpático que conoció Elliot en la cárcel (Leon) se supone que ha de ser una gran revelación? No pinta nada en las tramas, no sabe nada de este grupo de hackers, ni de informática.

PD: A pesar de ser una serie muy cuidadosa en temas informáticos, con evidente asesoramiento y cuidado, hay una cagada incomprensible. Cuando Elliot localiza un número de teléfono haciéndose pasar por policía, le sale la ubicación en un mapa, con una flechita señalando la dirección, y con la propia dirección escrita en un globo. Pero va y abre una página que pone “localizador inverso de direcciones” (ya me dirás qué es eso), la escribe ahí… y le da la misma dirección pero en otro mapa, y es entonces cuando dice “Lo tengo”.
PD2: Hablando de Globos de Oro, no se entienden las nominaciones, en las dos temporadas, de Malek como mejor a actor de serie mientras a Christian Slater lo nominan a actor secundario de miniserie o película televisiva, como si fueran dos producciones distintas. Por no decir que Slater en esta temporada no destaca lo más mínimo.

Ver también:
Temporada 1.

MR. ROBOT – TEMPORADA 1.

USA Network | 2015
Suspense, drama | 10 ep. de 45-60 min.
Productores ejecutivos: Sam Esmail, Steve Golin, Chad Hamilton.
Intérpretes: Rami Malek, Christian Slater, Portia Doubleday, Carly Chaikin, Martin Wallström, Michel Gill, Ben Rappaport, Frankie Shaw, Stephanie Corneliussen, Gloria Reuben, Ron Cephas Jones, Azhar Khan.
Valoración:

Hartísimo estoy de la parodia cutre de la informática que hacen en prácticamente todas las series y películas por dejadez, por incomprensión y por miedo a que el público no entienda cosas cuando precisamente convive a diario con muchas de ellas. Llevamos ya unos veinte años con internet y las nuevas tecnologías siendo parte de nuestras vidas, y todavía casi ningún guionista parece tener nociones mínimas de cómo funciona un ordenador, qué es la programación, de qué va el mundillo hacker, cuáles son las posibilidades y limitaciones reales de los diversos aparatos (móviles, etc.). Hasta ahora sólo The Wire y su fiel retrato de la labor policial se salvaba. Pero con Mr. Robot por fin tenemos una serie de informática y hackers realista, respetuosa con los temas tratados. Además sumergen la acción en un thriller de conspiraciones bastante clásico en líneas generales, pero al que también rodean de un halo de verosimilitud muy adecuado, pues se abordan temas de seguridad, privacidad y abusos gubernamentales y corporativos que estamos viendo a diario (CIA, Snowden, Facebook, Anonymous, etc.).

La gran empresa que domina el universo planteado, la Evil Corp, como la llama el protagonista, es un trasunto de Facebook, Apple y Google pero llevado más allá: su dominio del mercado tecnológico ha saltado a las finanzas (tiene bancos por todas partes), con lo que su poder es casi ilimitado. Elliot Alderson (Rami Malek) le tiene un odio visceral, no sólo por su control megalómano del mundo, sino sobre todo porque él y su amiga de la infancia, Angela Moss (Portia Doubleday), sufrieron trágicos fallecimientos familiares por un vertido tóxico de la compañía. Ahora ambos trabajan en una pequeña empresa de seguridad de redes y sistemas que tiene en el contrato con esa gran corporación su mejor cliente.

Cuando un enigmático antisistema, o más bien un anarquista irredento, aborda a Elliot con un plan para hundir a Evil Corp con ayuda de sus notables cualidades como hacker, empieza a colaborar con el dispar grupo que este le presenta. Se hace llamar Mr. Robot (Christian Slater), y si bien Elliot se relaciona poco con la banda, la joven Darlene (Carly Chaikin) coge bastante interés en él. Pero las convicciones, planes y sobre todo relaciones de Elliot son un desastre debido a sus problemas emocionales. El muchacho sufre un puñado de desórdenes: parece tener algún rango de Asperger (no entiende bien las emociones propias y ajenas), lucha contra la depresión, ataques de ansiedad, de alucinaciones, de violencia… La psiquiatra que lo cuida teme constantemente que recaiga.

El capítulo inicial es muy potente y muestra unas bazas claras que prometen una obra de gran nivel, pero para mi sorpresa, y a pesar de que muchos la han citado como la mejor serie del verano, ese potencial se diluye rápidamente en un relato que no es capaz de encontrar el tono y ritmo adecuados a pesar de desarrollarse en una temporada de sólo diez capítulos. Así, aun teniendo el enorme atractivo de los personajes y actores, la sugerente trama, el trasfondo crítico contra el sistema y el correcto aspecto visual, también arrastra un montón de fallas de ritmo, tiene conatos de patinazo, exageraciones y sensacionalismos innecesarios…

El enorme rol central es su principal acierto y sin duda ha sido el factor clave para ganarse rápidamente al espectador. Elliot es un chico antisocial y rarito de cuidado, pero los guionistas nos lo presentan de forma que sentimos tanto lástima como admiración por él. Deseamos que salga adelante, que abrace a Angela, que se porte mejor con el buenazo de jefe que tiene… en definitiva, que supere sus problemas mentales y consiga la vida feliz que merece. Para esta conexión es imprescindible el punto de vista: todo lo vemos a través de sus ojos, no en vano es el narrador de los hechos. Sus palabras nos acercan a sus sentimientos, generalmente de miedo e incomprensión, nos explica qué pretende y espera de sus planes, y nos facilita el entendimiento de tecnicismos informáticos (aquí estuvieron muy listos los escritores para no cerrarse a un público muy concreto). La puntilla a la fascinación que despierta es la fantástica, qué digo, soberbia e inolvidable interpretación del desconocido Rami Malek. La facilidad que tiene para expresar todo el rango de caóticos sentimientos y los saltos de un estado de ánimo a otro es impresionante.

La mayoría de los demás principales son bastante atractivos. Angela se hace querer, sobre todo cuando se le complican las cosas, y la nueva amiga de Elliot, Shayla (Frankie Shaw) y sus drogas, resulta muy simpática. Mr. Robot es misterioso, y el espectador avezado intuirá pronto qué pretenden los guionistas con esta figura. Darlene llama la atención rápidamente, aunque el resto del grupo de hackers son secundarios sin más, y debo decir que el negro de la marihuana no me pega como genio informático. Aparte tenemos al inquietante Tyrell Wellick (Martin Wallström), con el que muestran al tiburón empresarial, al psicópata dispuesto a todo por ascender en su trabajo en Evil Corp, cuyo destino y relación con algunos protagonistas también pone un punto de interés. El reparto es bastante consistente, pero destacaría el breve pero intenso papelón de Gloria Reuben (la psiquiatra), uno de esos grandes intérpretes (memorable su trabajo en Urgencias) que no consiguen la fama merecida.

El segundo punto llamativo es la crítica al sistema, desarrollada en una trama de intriga y conspiraciones con muchas posibilidades. A esto se le añade la tensión por saber cómo Elliot resolverá los retos que tiene adelante, y cómo afectarán a Angela, pues quiera o no está muy implicada en el meollo. La puesta en escena es de notable, con lo que entra muy bien por los ojos. Con una fotografía muy cuidada con numerosos encuadres rebuscados, más una banda sonora electrónica sugerente, se matiza muy bien tanto la intriga como el halo de irrealidad, esa sensación de que no sabes qué es un sueño o locura de Elliot y qué no.

Sin embargo, ya desde el segundo episodio empecé a dudar de que fuera a dar la gran serie prometida. Y finalmente no sólo no llega a explotar como podría, sino que se queda un quiero y no puedo constante. Lo peor es el ritmo. Se ve claramente que no consiguen material para los diez episodios, y estiran y rellenan con desigual resultado. La aventura con una chica secuestrada funciona porque saca mucho de Elliot, pero hay otras historias que no aportan casi nada, como la trama del chantaje, y transiciones alargadas que resultan cansinas, como el viaje con la desintoxicación del cuarto episodio, que es puro relleno sin savia alguna.

Tampoco funcionan todos los protagonistas. El novio de Angela, Ollie (Ben Rappaport), es un tanto monocromático y cargante, porque no consigue desligarse del topicazo de “novio tonto de la chica que debe ser del prota”. Y luego tenemos las exageraciones. La entrada de Elliot en un complejo es muy forzada, y el chino críptico parece salido de un cómic, pero quien se lleva la palma es Tyrell. Su dibujo de empresario sin alma termina resultando una imitación malograda de Patrick Bateman, el de American Psycho (papel que relanzó la carrera de Christian Bale), con sus arrebatos de locura, sus asesinatos surrealistas, su relación absurda con la novia y la tontería de hablar en sueco y danés (cada uno de ellos en un idioma, simplemente porque sí). Tampoco me convence lo que hacen con Mr. Robot, pues si bien empieza de forma acertada, lo intentan alargar mucho y termina notándose los malabares que hacen para mantener el truco.

Con ese ritmo tan irregular la evolución de los protagonistas tiene algún bajón y la trama se dispersa y diluye varias veces. Además, la inteligencia que parecía tener el relato inicialmente no llega a deslumbrar, pues la historia no termina de adentrarse en una conspiración de calidad ni madurando una buena crítica, y el año acaba en un desenlace aceptable pero a la vez demasiado sencillo y previsible. Por suerte, los desequilibrios no son tan grandes como para echar a perder una propuesta atractiva y con estilo, destacando su buena capacidad para no sólo entretener, sino también para conmover con sus buenos personajes y hacer reflexionar con sus planteamientos.