TRUE DETECTIVE – TEMPORADA 3


HBO | 2019
Drama, suspense | 8 ep. de 58-75 min.
Productores ejecutivos: Nic Pizzolatto, varios.
Intérpretes: Mahershala Ali, Stephen Dorff, Carmen Ejogo, Scoot McNairy, Brett Cullen, Mamie Gummer, Ray Fisher, Sarah Gadon, Jon Tenney.
Valoración:

Alerta de spoilers: Sin datos reveladores de ningún tipo. —

Fui de los que consideró que el entusiasmo con la primera temporada de True Detective fue desmedido y se sobrevaloró más de la cuenta, lo que podía significar que a la segunda se le exigiera demasiado. Así ocurrió: se atacó incluso con malicia, cuando era una serie más que aceptable. Se ve que en esta tercera ya no hay tanto escrutinio, porque ha pasado bastante desapercibida. Y esta sí es para llevarse las manos a la cabeza por el desastre que nos han traído.

Con las críticas negativas que recibió la segunda etapa, no sorprende que en la tercera hayan dejado de lado la idea de probar con otra historia y un estilo algo distinto aunque con unas bases semejantes, y opten por hacer una versión más cercana. Pero de ahí al remake descarado que se han montado hay un trecho. Es un remedo barato, escrito y rodado con el mínimo esfuerzo.

La pareja de detectives, el entorno rural, el caso sórdido, las vidas desechas, los poderosos inalcanzables… No tardan mucho en notarse las excesivas similitudes, pero también que hay material para dos horas a lo sumo, no para ocho, así que el guionista Nic Pizzolatto trata de estirarlo todo lo que puede haciendo malabares muy evidentes y muy tramposos.

La narración en tres líneas temporales (los ochenta, los noventa, el 2015) es un engaño descarado, sólo enmaraña artificialmente una historia muy vista que pasa por muchos de los clichés del género. Tampoco tiene la profundidad esperada dado su tono serio y afectado, con lo que resulta predecible. Y a pesar de tanto enredo va muy justa de intriga. La primera temporada encontró un equilibrio muy llamativo, tanto que causó sensación, entre el drama personal y el suspense tan remarcados, de forma que resultaba una serie algo pagada de sí misma pero muy adictiva. Su densidad y sus trucos te incitaban a seguir viéndola. Prestabas atención al detalle, reunías pistas obsesionado con hallar la verdad, y compartías las miserias de los protagonistas. La presente es tan torpe en su soberbia que algunas veces me he reído, pero por lo general es más bien cargante a pesar de lo poco que llegar a contar.

Aunque no cae en el sensacionalismo burdo de Top of the Lake (Jane Campion, 2013) o Broadchurch (Chris Chibnall, 2013), el dramón del crimen es bastante impostado y tenemos que aguantar el trámite de pasar por algunos de los sospechosos habituales antes de entrar de una vez en la persecución de las pistas reales. Los padres con una vida caótica, el niñato chungo y el tipo raro al que acusan todos nos cuentan lo mismo de siempre, por mucho que lo intenten adornar. Pero una vez en marcha, el camino andado todavía parece muy trillado, y a la hora de forjar el aura de intriga todo es postizo, no emerge de la investigación, de lo que podamos pensar de un personaje u otros según la información que tenemos, sino que intentan atrapar con la estructura narrativa, con ganchos y trampas para forzar la expectación. Es decir, a lo Perdidos (J. J. Abrams, Damon Lindelof, 2004) y WestworldLisa Joy, Jonathan Nolan, 2016-). Cada dos por tres parece que vamos a avanzar en algo, pero saltamos a otra línea temporal dejándolo en el aire o, más cutre aún, los personajes dicen “luego llegaremos a eso”. Hay momentos bochornosos, como acabar un capítulo con un subidón de acción y empezar el siguiente con un relleno largo antes de volver a ese escenario; o la de veces que señalan que con las nuevas pruebas anularían la condena del primer juicio, pero por mucho que hablan, nadie dice quién es el condenado hasta bien entrada la serie.

Para rematar la sensación de engaño, los sospechosos que darán forma por fin al caso no aparecen hasta los dos últimos episodios, y fugazmente, es decir, nos han mareado con información falsa durante casi toda la temporada. Y claro, dándoles tan poco tiempo, sin ahondar en sus vidas y motivaciones, no llegan a convencer lo más mínimo, sobre todo cuando la resolución del caso es tan rebuscada. Porque finalmente no hay sorpresas a pesar de que toda la temporada es un anuncio de que algo grande va a pasar. Los últimos pasos de la investigación son un trámite aburrido, pues a pesar de los embustes y faroles es todo bien evidente desde hace tiempo. Por si no fuera suficientemente decepcionante, los intentos de meter un giro sorprendente llegan tarde y resultan muy exagerados. Esa revelación con un pie en la fantasía y otro en el culebrón es demencial.

Si la aguanté entera es en parte porque no me gusta dejar las cosas a medias, pero echando la vista atrás me parece tiempo perdido. Con el tirón de los dos protagonistas principales y sus intérpretes y el interés en ver la solución del caso llegué al ecuador de la temporada, y ya que estaba me obligué a acabar, pero en adelante sus graves carencias terminan por echar abajo lo poco que tenía para ofrecer, va decayendo cada vez más hasta llegar a un final lamentable.

Sin ser grandes protagonistas (los de la primera temporada tenían más tirón), enganchan lo suficiente con sus esfuerzos y penas y el estupendo papel de los actores. Wayne Hays no termina de encontrarse a gusto con su vida, como si le faltara algo tras volver de la guerra de Vietnam, y por ello va pasando por trabajos y relaciones como por inercia. Mahershala Ali, con el éxito del Óscar por Moonlight (2016) y a punto de llevarse otro por El libro verde (2018), quizá debería haber llamado más la atención, pero se ve que la serie arrastra bastante desgaste. Su papel es muy bueno en un registro difícil, el de la contención: su sufrimiento silencioso se entiende en cada escena. Roland West es más avispado y sociable que su compañero, lo que le permite ascender en el cuerpo, pero a la larga la investigación también lo marca. Stephen Dorff es un secundario sin mucho reconocimiento, pero está estupendo también en su gradual caída al infierno. Por cierto, el maquillaje para hacerlos viejos es magnífico, muy verosímil, aunque las excelentes interpretaciones también cuentan mucho. Amelia Reardon es una profesora que quiere escribir un libro sobre el caso e inicia una relación con Hays. Carmen Ejogo hace otro buen papel, mostrando adecuadamente el cambio de los momentos afables a las peleas. Tom Purcell es el padre afectado por la desaparición de los dos niños; Scoot McNairy, otro secundario de valor, transmite muy bien su desesperación.

No hay más figuras llamativas, así que deberían haberles sacado más partido. Su trayectoria no termina de convencer del todo por culpa de esa narrativa entrecortada en tres épocas. Toda la serie está atascada en un bucle, empeñada en no mostrar nada concreto hasta el final, así que la dinámica entre los detectives se atasca y diluye y el lado familiar de Hays resulta repetitivo y vulgar. Además, en la última gran metedura de pata del guionista, cierran la historia de los protagonistas en varios epílogos largos y cansinos en vez de hacerlo paralelamente a la resolución del caso, con lo que si ya la trama acaba mal, tienes que aguantar otros veinte minutos de dramón previsible.

Con una puesta en escena conservadora pero usada con sabiduría, la primera temporada terminó de forjar su aura tétrica pero absorbente. Esta tiene un aspecto visual demasiado convencional, con muchas partes que parecen hechas con prisas. Esa poca imaginación, sumada a la repetición de escenarios por la narración fragmentada, hace del visionado algo pesado, como si estuvieras viendo en el mismo episodio una y otra vez; y son todos larguísimos. También se echa de menos algún clímax de gran nivel, sea de tensión o de acción, como los que tuvieron las dos etapas anteriores. Tampoco han elegido una canción para los créditos al nivel de la primera, así que son tan aburridos que me los he saltado siempre.

Espero que la HBO haya aprendido por fin la lección de no extender miniseries que funcionaron por sí solas y además parecían deberse a un momento único de inspiración y también de predisposición del público. A cinco años del estreno de la primera temporada han llegado tantas series de estilo noir o a lo Seven (David Fincher, 1995) que ofreciendo tan poco es difícil que puedan sorprender.

Ver también:
Temporada 1 (2014)
Temporada 2 (2015)

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