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BETTER CALL SAUL – TEMPORADA 2.

AMC | 2016
Productores ejecutivos: Vince Gilligan, Peter Gould, Melissa Bernstein, Mark Johnson.
Intérpretes: Bob Odenkirk, Jonathan Banks, Rhea Seehorn, Michael McKean, Patrick Fabian, Michael Mando, Ed Begley Jr., Mark Margolis.
Valoración:

Alerta de spoilers: De haber alguno, son detalles nimios de la trama.–

Se ha visto enturbiado el entusiasmo con que empecé la serie en su notable presentación, porque esta segunda etapa se ha estancado en una dinámica que anula ligeramente algunas de sus virtudes. Por resumirlo en una frase, tras diez nuevos capítulos seguimos exactamente igual que en el final de la primera temporada. Jimmy McGill quiere trabajar desde la honradez y el esfuerzo pero el sistema le pone muchas zancadillas y su forma de ser le impide saber sortearlas si no es con triquiñuelas que bordean la ilegalidad. Tras unas cuantas aventuras poco trascendentales si no fuera por la calidad de los personajes y del acabado visual, terminamos con avances muy tibios en la posición del abogado en cuanto a espectro moral e independencia laboral. Ojo, no espero que veamos a Saul Goodman tan pronto, pero sí que la odisea de Jimmy deje un poso más claro en su evolución. Bob Odenkirk sigue captando muy bien al personaje, eso sí.

Con ese estancamiento aparece el inevitable desgaste. Entre que ya no hay factor sorpresa y el viaje de Jimmy no tiene episodios muy llamativos, a lo que hay que sumar que las apariciones de Mike Ehrmantraut son descaradamente para que no nos olvidemos de él, pues interés y relevancia no tiene, la temporada en su conjunto no impresiona lo más mínimo, no deja huella. Por suerte, la combinación de varios factores realza el producto, ofreciendo con un año que resulta durante su visionado más sólido y entretenido de lo que parece en una análisis posterior del conjunto. Y es que los guionistas, aunque hayan perdido inspiración, son hábiles e inteligentes, y sobre todo, los realizadores le otorgan una fuerza a la narración que se hace imprescindible para disimular la lentitud y escasez de historias dignas de mención. O dicho de otra forma, tenemos una temporada parca en contenido y con un ritmo más apagado de la cuenta (los capítulos cuarto, quinto y sexto se hacen algo largos y poco sustanciosos), pero su narrativa aguda y su acabado formal impecable no han desaparecido y consigue resultar por lo general entretenida y sugerente, y en momentos puntuales bastante ingeniosa.

Por ejemplo, uno de los líos de Jimmy en el nuevo bufete se podría haber resuelto en dos minutos, pero le dedican una sucesión de escenas con tono de humor ligero hasta lograr un tramo bastante divertido: el tema de los trajes, la gaita y demás. Y así en todos los capítulos. A veces no funciona tan bien, con lo que parecen transiciones o rellenos malogrados, como cuando para un autobús de ancianos y se tira ahí minutos y minutos hablando, o uno de los anuncios que graba (¿de verdad eran necesarias esas largas escenas ante el avión y en el colegio?), o el camión cruzando la frontera… Pero otras muchas valen para ir pasando el rato aunque no haya un destino claro.

Otro punto fuerte es que algunos los secundarios ganan en presencia e interés, con lo que no se agota tanto a Jimmy y dan más vidilla a su entorno. Sobre todo me ganó Kim Wexler, que no acababa de despuntar en la primera sesión. Aquí tiene una trayectoria personal que, por eso de ser nueva, pues la de Jimmy es repetición, resulta muy interesante. Sus esfuerzos por levantar cabeza, la indecisión sobre su futuro y alguna escena de compañerismo estupenda con Jimmy (los dos timos en bares) aportan correctas historias del día a día con las que conectar con intensidad. Por no decir que Rhea Seehorn hace un papel bastante bueno y espero que consiga relanzar su hasta ahora nada vistosa carrera.

Chuck con su locura y la también correcta interpretación de Michael McKean resulta entrañable y lastimero a la vez, y el conflicto con su hermano va creciendo adecuadamente, formando en el tramo final por fin una trama centrada en algo concreto. Sin embargo está a punto de patinar al tornarse muy previsible en sus giros clave, y es aquí donde más se nota como los guionistas no han encontrado una historia llamativa pero sí han sabido exprimir lo que tienen, es decir, el soso capítulo final se salva por lo bien que manejan los detalles y lo mundano para construir con sutileza situaciones y personajes. Así, el flashback a la muerte de la madre define, resume y matiza muy bien la trayectoria de los dos hermanos, resaltando con habilidad el punto álgido del conflicto actual. Vemos a ambos en la esencia de lo que son: Jimmy impaciente, incapaz de centrarse en la vida que tiene delante, Chuck celoso y con complejo de inferioridad, incapaz de ver sus propios puntos fuertes y apoyar a su hermano cuando tropieza. Así comprendemos plenamente sus acciones y casi sentimos formar parte de sus vidas, con lo que esta resolución poco densa en contenido resulta bastante potente en cuanto a emociones. Pero hay otras tanta sutilezas muy logradas, como Jimmy incapaz de sentirse a gusto en el coche de lujo por tonterías como el posavasos, que en realidad es su subconsciente diciéndole que en esa vida no encaja

Pero con otros personajes secundarios también encontramos irregularidades y fallos, pues como decía no han sabido mantener a Mike con algo más sustancioso (por mucho que jueguen a enlazar con personajes de Breaking Bad) y para colmo su sección no acaba con un cambio digno de mención en su evolución, mientras que Howard Hamlin, a pesar de aparecer bastante, no logra quitarse de encima la sensación de ser un mero objeto alrededor del que hacer girar a los verdaderos protagonistas.

El único aspecto que no ha perdido ni una pizca de fuelle es el gran nivel de la puesta en escena, que ensalza bastante este relato por dentro irregular, desaprovechado. La fotografía e iluminación son espectaculares, la composición de cada escena muy cuidada, y hay muchas partes donde se combina magistralmente con el sutil guion y resulta crucial para describir situaciones, o mejor dicho, sensaciones. Por ejemplo, la recaída de Chuck en el tramo final se hace durísima gracias a lo bien que nos sumergen en su estado de ánimo..

Pero claro, esas virtudes que quedan no son suficientes para mantener el nivel, y menos para hablar del esperable y exigible crecimiento de la serie. Los desvíos innecesarios y los tramos faltos de garra, sumados a la sensación de caminar hacia ninguna parte, muestran que el potencial que prometía con su primera temporada, donde parecía que la maduración de sus autores con lo andado en Breaking Bad iba a dar sus frutos en una obra mucho más equilibrada e inteligente, se ha visto mermado, los temores de que hubiera improvisación, experimentación y rellenos como en la serie madre han vuelto a hacerse notar bastante. Eso no significa que Better Call Saul se haya estrellado, pero sí que puede hacerlo si no vuelve a remontar, si sus autores no consiguen encarrilar y enfocar sus grandes aptitudes.

PD: Las iniciales de los capítulos forman el anagrama “Fring’s Back”, anunciando el retorno del gran villano de la saga, Gus Fring. Lo cual ha sido un gran engaño, porque ni siquiera llega a aparecer…

Ver también:
Temporada 1.

BETTER CALL SAUL – TEMPORADA 1.


Better Call Saul
AMC | 2015
Productores ejecutivos: Vince Gilligan, Peter Gould.
Intérpretes: Bob Odenkirk, Jonathan Banks, Rhea Seehorn, Patrick Fabian, Michael Mando, Michael McKean.
Valoración:

En la creación de Breaking Bad sus autores, con Vince Gilligan a la cabeza, experimentaron mucho con las fórmulas narrativas y los personajes. De ahí la evidente irregularidad en ritmo e interés que arrastraron los tres primeros años. La serie tardó en madurar, en encontrar el equilibrio entre los excesos de Walter White y los recesos para posicionar las tramas y los demás caracteres. Pero a medida que lo fue haciendo halló gran coherencia entre los momentos más brutales y el desarrollo más pausado y velado, de forma que cada vez manejaban mejor los arcos (tanto emocionales como argumentales) más largos y se desvanecía la improvisación. Además se convirtió en una de las series que mejor ha manejado los golpes de efecto, los giros que cambian completamente la vida de los personajes: los guionistas se atrevían a todo pero sin dejar atrás la coherencia ni la esencia del relato. Con este crecimiento terminó regalándonos una de las mejores temporadas finales de series de la historia y un cierre memorable.

Pero ni con esas esperaba que Better Call Saul diera buenos resultados. Me costaba creer que pudiera salir una buena historia de una figura de Breaking Bad que más que secundaria parecía complementaria y además casi era un receso cómico entre tanta miseria y maldades. ¿Cómo esperaban que este mindundi aguantara una comparación con un protagonista tan fascinante y ya mítico como Walter White? Me parecía innecesario también extender una serie tan original y que alcanzó picos de calidad muy altos. Lo mirase por donde lo mirase, sólo veía un intento de exprimir el éxito. Muy difícilmente aferrarse a la fórmula hubiera funcionado, por desgaste, por transmitir la sensación de engaño comercial. De hecho el propio Gilligan constató sus miedos al fracaso del producto, y algunos retrasos en la producción parecían señalar cierta improvisación.

Sólo había dos puntos clave que, combinados, podrían apartar a la serie de la imitación innecesaria. El primero es que la experiencia adquirida por sus autores, si sabían dirigirla bien, podría permitir que en calidad y equilibrio narrativo tuviera un inicio más sólido y potente. Segundo, como extensión de esa madurez, sus creadores también podían optar por buscar un estilo propio para la serie en vez de montarse un clon. Pero, ¿serían capaces de hacerlo, lo intentarían siquiera, les permitiría la cadena tanta libertad? Por suerte basta ver un par de episodios para observar que tiene su estilo propio bien definido, de forma que no sabe a repetición de la jugada, y bien delimitado, por eso de que la práctica evita experimentos narrativos. Obviamente tiene un aire a su madre, por el entorno (Albuquerque, desiertos) y el estilo visual, pero en el argumento y la narrativa es una serie muy distinta. En cuanto a la madurez, ésta se nota bastante en algunos aspectos, pero no llega al punto de dar una temporada redonda, porque también tiene algunas limitaciones.

Las virtudes fruto de la experiencia saltan rápido a la vista. Es tan sutil y detallista como Breaking Bad en sus mejores momentos, y comienza con un ritmo más contenido y cohesionado que sus primeros años, es decir, prácticamente no hay altibajos tan marcados y carece de excesos salidos de madre. Pero no se alcanza un equilibrio perfecto, primero porque sí hay un bajón digno de citar, y segundo porque hay que admitir que se echa de menos alguno de los excesos más controlados, esos giros inesperados y espectaculares que te dejaban a cuadros y sobre los que en seguida se veía que los guionistas trabajaban bien sus secuelas. Así, Better Call Saul no es una tormenta de emociones ni una montaña rusa en ritmo, lo que tiene su parte buena (armonía, sensación de ir hacia un sitio concreto), pero también su parte mala, porque carece de los golpes de efecto que hicieron destacar con fuerza a Breaking Bad. Pero claro, con esa idea de ir con más control, quizá los giros, cuando lleguen, sean incluso más espectaculares. Habrá que esperar a ver el desarrollo de largo recorrido para hacer una comparación más completa. Y además hay que señalar que si digo que es una serie muy diferente no es coherente buscar exactamente las mismas virtudes. Better Call Saul no persigue el impacto directo, no experimenta con los límites (de narrativa, de emociones, de la moral), se marca otras metas y las persigue con determinación y sabiduría. Así, como decía destaca por su desarrollo más meditado y controlado. Esto ve se en un aspecto que promete muchísimo: se adivina un proceso de crecimiento del personaje más planificado y cuidado y menos dejado a la lluvia de ideas.

Una vez vista la temporada entera no hay dudas sobre esa acertada dedicación a la evolución de la personalidad y vivencias de Saul. Estos diez capítulos narran un capítulo concreto de su vida, uno que ha sido planeado al detalle para que no haya huecos y narrado con gran inteligencia, mostrando una evoloción precisa y llamativa a través de un proceso complejo y sutil. Así, Saul resulta un protagonista tan profundo como magnético. Está lleno de interesantes aristas, sus sentimientos llegan claros al espectador, y nos hace partícipes en una fascinante lucha contra sus limitaciones y contra las zancadillas que le pone el mundo en una vida que resulta humana y verosímil incluso en los momentos más exagerados (el secuestro por parte de Nacho Varga, el plan con el anuncio gigante). Las aventuras que vive son muy variadas, pero aunque todas son bastante jugosas por ahora ninguna deja un gran recuerdo… porque el argumento es cómo se enfrenta Saul a diversas situaciones, y cómo estas lo llevan por un camino que precisamente pretendía evitar. De esta forma, hasta las tramas más secundarias no parecen de relleno porque aportan muchos matices a su personalidad. Por ejemplo, no importa qué es de los patinadores, sino qué pretende Saul, cómo le salen las cosas, cómo trata de resolverlo y qué aprende de todo ello.

Pero esa ausencia de una trama impactante implica que, en cuanto Saul no esté sumergido en alguna situación que accione con fuerza su trayectoria emocional, el ritmo e interés prometen resentirse… Y así ocurre. La temporada empieza muy fuerte, pero en el tramo final baja un pelín la intensidad. Llegados a cierto punto se ve venir que el viaje interno de Saul está acercándose a un momento clave evidente, y los guionistas no han encontrado una forma de disimularlo un poco y de convertir el cambio en su vida en una catarsis emocional que se transmita con la fuerza necesaria al espectador. Hay que recalcar que el bajón es ligero, no echa por tierra la fuerza y solidez de la temporada, simplemente se espera que haya un aumento paulatino del interés y el ritmo, pero se estanca en un receso que, comparado con otras de sus historias, parece poca cosa: el reencuentro con el amigo timador no da mucho de sí, la elección final de Saul, siendo tan importante, debería haber salido de una trama bastante más relevante y sobre todo más contundente.

El único punto débil que se repite respecto a Breaking Bad son los personajes secundarios, que por ahora sufren la misma ligera carencia en sus primeros pasos: ponen tanto empeño en la figura principal y su compinche (Mike Ehrmantraut) que estos terminan eclipsando al resto. No es que alguno llegue a acusar la sensación de ser inerte o un mero comodín de la trama, pero en algunos momentos se acercan bastante, y además viendo la calidad de los principales cabe pensar que podrían haberles dotado de una personalidad más compleja y con algo más de empaque. Por ejemplo, cualquier secundario de Los Soprano resultaba enormemente carismático. En Breaking Bad tardaron mucho en conseguir que Skyler, Junior y sobre todo Hank te llegaran tan hondo como Walter y Jesse. Aquí los secundarios empiezan incluso más abajo. Sólo Chuck apunta maneras, pero no termina de despuntar. La amiga, Kim, no deja huella alguna. El abogado contrincante, Howard, es un tanto monocromático. Villanos en la onda de Gus no hay todavía, esto es Saul contra el mundo.

También es ineludible alabar el acertado cambio de tono. Esta serie se inclina más hacia la comedia negra ligera, jugando bien con algunos chistes absurdos (el caso que abre el año es el mejor ejemplo: la trastada de insólito mal gusto de unos niñatos con un cadáver) pero sobre todo manejando con gran habilidad el patetismo de sus protagonistas y las delirantes situaciones en que se ven inmersos. Destaca también el punto irónico y gamberro, que oscila sin miedo entre lo desarrollado con tranquilidad y sutilezas (me parto de risa con cómo termina Saul trabajando para ancianos) y lo directo y casi surrealista (el hermano loco, la clienta cabezona que no quiere admitir su crimen). Además, a través de Saul se hace una ingeniosa parodia del timo que resulta el gran sueño americano, eso de que el sistema capitalista está hecho para que los que se esfuerzan triunfen. Entre las trabas administrativas (el chiste recurrente del vale del aparcamiento), la competencia feroz (el bufete del hermano), los que se conocen los agujeros y atajos del sistema (leyes principalmente) y las propias limitaciones personales (Saul es pequeño desastre), no hay manera de levantar cabeza, de encontrar trabajo, no digamos ya de triunfar. Saul quiere ser honrado, quiere ganar dinero como se supone que debe hacerse, con esfuerzo y tesón. Pero el sistema sólo permite crecer a unos pocos elementos, los más fuertes, los empresarios sin escrúpulos con vena de psicópata, los criminales que retuercen o rompen las normas a su favor.

En este punto está claro que la diferencia con Breaking Bad se acentúa al comparar la trayectoria de los protagonistas. Walter se convirtió en monstruo porque su ego explotó y disfrutaba con lo que hacía. Saul es empujado por las circunstancias hacia una posición en que juega con un pie fuera de la ley, pero siempre trata de imponerse un tope moral y legal, conoce los límites y sabe que está mal traspasarlos. Ya vimos cómo su encuentro con Walter fue demasiado para él.

Y esto último me lleva a señalar la ventaja inicial más obvia con la que cuenta Better Call Saul: el universo ficticio que tiene detrás no es complejo, pero aun así le otorga un poso que parece que van a aprovechar muy bien. Es decir, hay referencias, guiños y conexiones con Breaking Bad en cantidad, y obviamente la intriga de cómo caerá Saul en la órbita de Walter (dentro de unas cuantas temporadas, a menos que las audiencias bajen y obliguen a acelerar las cosas) le da un punto extra de interés. La principal conexión, acertadísima además, es Mike Ehrmantraut, ese fascinante matón que terminó siendo uno de los mejores secundarios de Breaking Bad. Aquí aparece desde el principio, explicándose poco a poco su historia (se atreven a dedicarle un capítulo entero en plan trama paralela, y funciona muy bien) y su acercamiento a Saul, con quien sabemos que terminará trabajando.

En la puesta en escena destaca la riqueza de recursos de sus realizadores, el acertado empeño por buscar no sólo un aspecto visual de primerísimo nivel, sino uno que resulte virtuoso, deslumbrante, arrebatador, pero todo ello sin engullir al guión, sin ponerse por encima de él… aunque al final termina haciéndolo, porque el guión todavía no es perfecto, pero la labor de dirección es sublime. Bajo la batuta de Gilligan, que también dirige algún capítulo, la plantilla de directores (entre los que destacan Michelle MacLaren o Peter Gould) buscan una expresión artística más que refinada aparentemente excesiva, pero controlada con gran sabiduría, pues no hay un solo plano que deje la sensación de resultar innecesario o abusivo. La fotografía es de nuevo brillante, destacando porque en pocas series se cuida tanto la iluminación. El tempo narrativo es notable y además tira mucho de sutilezas: de nuevo juegan con los silencios, las transiciones y las formas visuales (tanto un encuadre concreto como un plano de un objeto pueden ser cruciales en la escena) para asegurarse de que la emoción del personaje o el peso de la situación que vive calen con intensidad. Con este excelente trabajo se realzan bastante los capítulos menos sustanciosos, los tramos más pausados, aunque no hasta el punto de lograr una temporada redonda.

Finalmente, se cumple con otro aspecto esencial para lograr que la serie empiece con fuerza y apuntando muy alto: el inmenso personaje central está rematado a lo grande con la fantástica interpretación de Bob Odenkirk, que capta a la primera un individuo fracasado, atormentado y que sufre vaivenes emocionales de todo tipo. Jonathan Banks como Mike en cambio no tiene tanta pegada, quizá porque el rol de tipo silencioso y frío no da mucho margen; se ve algo más de registro interpretativo en el tramo con su hija, pero no como para deja huella.

La temporada inicial de Better Call Saul no es tan impactante como la de Breaking Bad, pero es más sugerente, más de degustar con tranquilidad analizando y disfrutando su profundidad, detallismo y soberbio acabado. Es, en definitiva, una serie distinta, con sus propias virtudes y fallos.