EL PRISIONERO – PRESENTACIÓN.

Patrick McGoohan, aunque nació y falleció en Estados Unidos (1928-2009), era un irlandés que triunfó como actor en la televisión británica en la década de los sesenta con dos series con considerable reconocimiento. Una fue Danger Man (ITV, 1960-1968, conocida como Secret Agent en EE.UU. y Cita con la muerte en Latinoamérica), aventura de espionaje que no tuvo mucho éxito inicialmente pero luego el tirón de James Bond la relanzó a lo grande, triunfando en ambos lados del Atlántico. Dando vida al espía John Drake se labró una buena posición en el gremio, de hecho en plena fiebre del género y gracias a su porte de gentleman inglés fue candidato para interpretar al propio James Bond, aunque rechazó el papel porque, según se dice, tenía un ideal moral que chocaba con el personaje (asesino y mujeriego, opuesto a Drake). Pero la serie por la que se le recordará eternamente es una producción nacida de su mano: El prisionero (The Prisoner, 1967). Después alternó televisión y cine, siendo sus interpretaciones más relevantes el memorable y despreciable rey de Inglaterra en Braveheart (Mel Gibson, 1995) y el recto alcaide de la prisión en Fuga de alcatraz (Escape from Alcatraz, Don Siegel, 1979). Sus últimos trabajos fueron poniendo voz en un par de obras de animación, destacando la parodia de El prisionero vista en Los Simpson en el episodio The Computer Wore Menace Shoes de la duodécima temporada (emitido en el año 2000, y conocido aquí como El ordenador que acabó con Homer).

En pleno éxito de las andanzas de John Drake y siendo McGoohan una estrella internacional pudo lograr sin problemas el visto bueno para rodar su personal idea que supondría una fascinante versión alternativa del género. El prisionero rompía con todos los estereotipos de los espías: dejaba atrás las aventuras con malos y buenos muy marcados y las tramas simples de salvar a occidente de ideales o países opuestos, evitaba los objetos y escenarios cotidianos (pistolas, bombas, bases secretas, el ligue) y los mil y un clichés repetidos en cada capítulo o película. Críptica, endiabladamente enrevesada, llena de juegos mentales y torturas psicológicas de lo más originales, no se parecía entonces ni se parece en nada ahora a cualquier otra obra de espionaje y por extensión también de ciencia-ficción. Y no olvidemos los cientos de dobles lecturas, los análisis sobre aspectos sociales y políticos diversos: la Guerra Fría, la fobia comunista y el McCarthismo vigentes en la época están muy presentes, siendo palpable en cada episodio la lucha del individuo y su libertad contra el Estado que quiere controlar todo milimétricamente; y solo el más erudito podrá ubicar las mil referencias a obras literarias, cinematográficas y estudios sobre psicología, sociedad y medios de comunicación (control de masas) que impregnan la serie. Hay capítulos que son un auténtico festín para quien disfruta teorizando sobre influencias y mensajes y señalando referencias.

Si bien hubo no problemas para iniciar su producción, sí los hubo para acabarla. Por un lado los productores (encabezados por Lew Grade, uno de los hombres más importantes de la televisión del país en la época, creador de ITV, el canal que dio cobijo a la serie) querían aprovechar el tirón de John Drake en EE.UU. para exportarla allí (a la CBS), para lo cual exigían dos temporadas de trece capítulos, mientras que McGoohan planeó la obra para siete episodios, pues una serie corta es lo habitual en la televisión británica. Por el otro, la pugna fue también creativa. George Markstein, quien ayudó a esbozar las primeras ideas y además iba a ser su segundo guionista, quería una serie que se abriera más a los cánones de la época, con historias más convencionales, pero McGoohan pretendía tirar por la alegoría y el surrealismo. El resultado fue un rodaje muy movido, lleno de problemas y peleas. Markstein fue engullido por el ego y el poder de McGoohan, estrella del momento y con más fuerza en la producción, y terminó largándose en el decimotercer episodio y con el nombre casi borrado en la historia. En ese punto de inflexión los mandamases dieron un paso al frente antes de que McGoohan se largara también, y finalmente se llegó a un término medio de acabar en diecisiete episodios en vez de los veintiséis esperados.

En esta guerra con final caótico está claro que la producción se resintió. Salta a la vista que McGoohan rellenó con dos capítulos (14 y 15) completamente fuera del tono y la calidad habitual, pero lo que no está tan claro es cuánto de Markstein y cuánto de aquél hay en el conjunto de la serie. El doble final escrito por McGoohan resulta totalmente surrealista y parece indicar por dónde quería llevar él la obra. ¿Lo que vemos en los otros trece fue un equilibrio entre los dos? De ser así, la relación, por tumultuosa que fuera, resultó muy beneficiosa, porque los guiones huían por completo de convencionalismos pero a la vez no se iban de madre con el surrealismo, de forma que las dobles lecturas y referencias se pueden entrever aplicando más lógica que imaginación, al contrario que en ese demencial desenlace. Con este panorama es entendible que la leyenda de El prisionero esté rodeada de misterio, teorías y análisis diversos.

El punto de partida no se narra, sino que se expone en los créditos, jugando así con el misterio. Empezamos directamente en el tormento del protagonista, sin haber visto ni sabido nada de su vida. Lo poco que deducimos a través de esa presentación es que un tipo renuncia a su trabajo, deduciéndose fácilmente que relativo al espionaje, y como respuesta es secuestrado y despierta en un lugar inquietante donde no hay escapatoria: La Villa. El dichoso pueblecito se ve como una fachada desde el primer momento: todo en él está preparado para sacar información a personas indicadas, en este caso a nuestro protagonista sin nombre, al que le otorgan el identificativo de Número 6. McGoohan se reservó el papel principal, el único que es fijo en la serie. El enemigo está representado por el Número 2, líder visible de la organización en La Villa y cerebro de los planes para doblegar a Número 6, y que cambia de rostro en cada episodio. Tan solo vemos un par de roles recurrentes, un técnico (el de la sala de control) y un mayordomo (el enano), el resto de secundarios (habitantes y cómplices del enemigo) varían en cada aventura. Tampoco sabemos a qué bando pertenece esta gente, si son los superiores del héroe o una facción rival.

En cada capítulo Número 6 es sometido a escrutinios, pruebas, torturas y engaños de diversa índole, la mayoría tan originales y retorcidos que parece imposible que pudieran plantearse en esa época. Juegos mentales variados y muy duros (manipulación del sueño, hipnosis, drogas y tecnologías que inducen cambios de personalidad), escenarios planificados realmente complejos, engaños dentro de engaños… De aquí nacieron la mitad de tramas recurrentes en la ciencia-ficción televisiva, y la otra mitad de su coetánea Star Trek. ¿En cuántas series nos hemos tragado burdas imitaciones del tema clon o del intercambio de cuerpos?

Toda la isla donde se encuentra el pueblo está monitorizada, todos los pasos del personaje son seguidos minuciosamente y sus intentos de fuga neutralizados con rapidez. Lo único que puede hacer es luchar, no rendirse, plantar cara infatigablemente. Y lo hace con una fuerza y un desparpajo impresionantes. Número 6 es inteligente y hábil, y su clase y sentido del humor con gran cinismo desquician a sus captores a la vez que llega con gran fuerza al espectador, porque hacen de él un personaje con gran magnetismo. Ayuda también el carisma nato de McGoohan y su apasionada interpretación, que transmite muy bien el sufrimiento y el esfuerzo constante por salir adelante.

Nunca llegamos a saber qué buscan exactamente los captores, ni quién era realmente Número 6 o cuál su trabajo en concreto, más allá de ir deduciendo poco a poco alguna cosilla superficial. Pero es evidente que esos son datos irrelevantes y no aportar esa información no crucial ensalza el aura de misterio. La serie se centra en como la voluntad y libertad del protagonista es atacada de mil formas diferentes, sin tener un arco concreto, siendo cada episodio autoconclusivo. Aun así, la evolución en el proceso de quebrar a Número 6 obedece a un patrón bastante claro, con lo que hay cierta continuidad en el estilo de los capítulos: primero pretenden mostrar que no tiene escapatoria, luego atacan su identidad, luego su mente. De igual manera la actitud de Número 6 cambia sutilmente a medida que avanza la serie: primero se esfuerza por escapar, luego por resistir, luego por vencer. Por todo ello es recomendable seguir un orden concreto de episodios para disfrutarla mejor. Digo esto porque su emisión fue bastante desordenada y se tomó como oficial hasta que por fin la editaron en dvd buscando el orden más adecuado, que se obtuvo de los análisis de los fans en internet. Aunque me temo que las guías de episodios de casi todas las páginas siguen el orden de emisión todavía, con lo que te puedes liar bastante. En mi guía pondré el que se considera correcto.

La ambientación al igual que la trama muestra un sinfín de recursos innovadores y sorprendentes. Tenemos teléfonos inalámbricos muy originales, ordenadores avanzados, tecnologías futurísticas variadas (aunque es obvio que han envejecido mucho) y alguna ida de olla impresionante, como el globo vigilante, un sello clásico de la serie que nació de la improvisación. Hablando del sello, el vestuario, decorados y localizaciones buscan un tono característico, y vaya si lo consiguen. Las gentes de La Villa visten de una forma peculiar, con colores muy vivos, y los cochecitos y detalles varios como las puertas automáticas (una curiosidad: el efecto de sonido es el mismo usado luego en Aliens) forman también parte de la marca de la serie. La sala de control y el despacho del Número 2 tienen un diseño espectacular (aunque la tontería del chisme dando vueltas es más un vacile que otra cosa), y el pueblo elegido como localización (Portmeirion, en Gales) resulta muy acertado: es bello, pequeño, atípico y aislado. Finalmente, el vestuario de Número 6 es ya mítico: las sencillas zapatillas y la americana de estilo deportivo derrochan personalidad.

Para rematarlo la puesta en escena es brillante. La dirección de todos los capítulos es de primerísimo nivel, deslumbrando en algunos con una técnica muy compleja donde destaca la excelente labor de fotografía y montaje. Además se nota, al contrario de lo que ocurría en Star Trek, que había dinero de sobra, de hecho era la producción más cara del momento. No escatiman en panorámicas dignas del cine y grandes escenas en exteriores. Sin embargo también hay alguna limitación propia de la época: las peleas a puñetazos son bastante malillas, con el típico sonido cutre de los golpes.

Se estrenó a finales de 1967 en el canal ITV y descolocó a los espectadores, pues la mayoría esperaba una secuela de las andanzas de John Drake y se encontró con un relato realmente excéntrico y complicado. De hecho su críptico y delirante final forzó un exilio temporal de McGoohan de su hogar en Londres, debido al acoso de periodistas y espectadores que buscaban explicaciones. La principal pregunta colea todavía: ¿es Número 6 John Drake o no tiene nada que ver con él? No fue un éxito de audiencias pero sin duda causó gran impacto en la historia de la televisión: su fórmula revolucionaria le hizo ganarse un estado de culto que fue creciendo con el tiempo, y tanto McGoohan como su inolvidable Número 6 son desde entonces toda una leyenda televisiva. La influencia llega hasta nuestros días y su culto sigue muy vivo después de casi cincuenta años porque gracias a internet la va conociendo más gente. Huellas claras de su legado se han visto en otras importantes series de ciencia-ficción: Babylon 5 referencia el saludo típico de La Villa (un Nos vemos acompañado de un gesto con la mano uniendo el índice y el pulgar) y retoma las filosóficas cuestiones iniciales: Quién es usted, qué quiere; el remake de Battlestar Galactica tiene su propio Número 6 en la cylón rubia protagonista; Perdidos y Fringe tienen en algún momento conceptos en común; y la literatura, el cómic y los videojuegos también han homenajeado a la serie en varias ocasiones.

Finalmente se intentó actualizar con un bien intencionado pero flojo remake en el año 2009 (que coincide además con la muerte de McGoohan). A pesar de partir de una premisa escrita tiempo atrás por McGoohan para una posible película no resultó muy llamativo. Como modernización estaba bien encaminada y mejoró al original en un aspecto, el de ofrecer más personajes con los que el espectador pudiera conectar y el protagonista interactuar, dejando una base desde donde se podría dotar de mayor solidez e interés a la odisea que vive. Pero en conjunto se ve que el guión se quedó en esa promesa, porque no supieron formar una trama original y absorbente, dejaron de lado la paranoia psicológica nueva en cada capítulo, el pueblo no tenía atractivo alguno y la trama era más confusa que intrigante.

Su antigüedad puede echar para atrás a muchos espectadores y su trama tampoco es apta para todos los públicos, pero es un título obligatorio para los amantes de la ciencia-ficción y para quien busque nuevas fronteras en la televisión, porque no solo en el presente hay joyas inclasificables. El prisionero rompe todos los esquemas de cualquier época, no hay nada comparable. Como mucho se puede decir que aunque sus incondicionales aceptan el galimatías de su tramo final, esta caída de calidad tan grande decepciona bastante y dificulta su visionado.

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