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STAR TREK: LA NUEVA GENERACIÓN – LA SERIE

La estética que le otorgaron a Star Trek: La nueva generación (1987-1994) se debe a lo que en los años ochenta entendían por moderno, decorados de colores ocre llenos de curvas para los interiores de la nave y vestuario imitando licra. Pero por suerte optaron por un estilo minimalista, con diseños sencillos y elegantes que han envejecido muy bien comparando con otras horteradas de la época. Sólo el vestuario falló un poco inicialmente, con unos trajes de una piza y muy ajustados que parecen chándales de mercadillo y que resultaban muy incómodos para los actores, pues les tiraban de los hombros, daban calor, olían mal… Hasta que estos empezaron a sufrir serios problemas de espalda no se decidieron a cambiarlos por unos de dos piezas y enteramente de algodón mucho más bonitos y versátiles, fórmula que han seguido en todas las series posteriores con pocos cambios.

En la recreación de la tecnología futura fueron, como en la original, unos visionarios en el uso y capacidades de los aparatos y ordenadores, pues se han ido haciendo realidad de forma muy parecida: pantallas planas táctiles, tabletas y móviles, diseño de menús… En cuanto a las naves, exprimieron los diseños rompedores de la serie original, ofreciendo un sinfín de navíos asombrosos y con cada raza teniendo su propio estilo muy diferenciado. En lo personal, diré que llegué a esta serie después de las películas de la tripulación original, y el Enterprise me pareció bastante feo en un principio… pero tras unos cuantos capítulos acabé encariñándome, sobre todo porque las maquetas son tan detalladas que parece real.

Aunque rodaron en 4:3, el formato cuadrado de televisión en la época, lo hicieron con un estándar de calidad cinematográfica, exceptuando una iluminación un tanto fallida en las dos primeras temporadas. El habitual primer plano y contra plano simplón de la mayor parte de series ha hecho que estas envejezcan muy rápido y mal, pero Star Trek: La nueva generación tiene un aspecto moderno y virtuoso. La estupenda fotografía de planos medios y la dirección muy cuidada permite que las escenas respiren con naturalidad, con varios personajes interactuando a la vez, y a partir del tercer año se pusieron las pilas también con la iluminación, sacando todo el partido a los interiores del Enterprise. Hay que destacar también un aspecto que suele pasar desapercibido para muchos, una banda sonora orquestal de gran calidad y versatilidad.

Pero si por algo dejó huella Star Trek (1966-1969) y mantuvo La nueva generación es por sus historias tan originales e inteligentes, adelantadas a su tiempo y bastante profundas en temática. Cada capítulo ofrece elaborados dilemas éticos, conflictos sociales y culturales complejos y fascinantes, intrigas políticas y retos científicos muy variados a pesar de su tono fantasioso (incluyendo la famosa tecnojerga).

Gene Roddenberry y su equipo de guionistas exploran más a fondo la utopía soñada en la serie original. Tras siglos de desigualdades y guerras la humanidad dio un giro y ansía una sociedad pacífica dedicada al progreso en todo ámbito, no a la despiadada búsqueda de éxito personal y económico y la imposición sobre otras culturas. El dinero deja de existir, todos trabajan por el bien común y el estado, y la realización personal no se basa en pisotear a otros. (Curiosamente, en EE.UU. nunca ha arrastrado acusaciones de comunista). Así surge la Federación, un sistema de gobierno con una gran flota estelar que funciona más como organización científica que política y militar, pero que obviamente tiene que cuidar mucho las relaciones con otros pueblos.

La tripulación protagonista, a bordo del navío insignia, el Enterprise NCC-1701-D, viaja por la galaxia buscando nuevas formas de vida y adquiriendo conocimientos, siempre enarbolando los principios de la Federación. Los retos que van enfrentando los ponen a prueba en lo personal, en la ética y las normas por las que se rigen. Hay encuentros con razas alienígenas tan extrañas que se producen peligros inesperados. En el estudio de especies más atrasadas la norma es no intervenir en su evolución, algo que más veces de las que querrían genera grandes dilemas. Otras razas son hostiles, como los klingon y los romulanos, con los que hubo guerras recientes y todavía hay un ambiente explosivo, sobre todo con los últimos, con quienes se mantiene una tensa guerra fría.

En todos los conflictos la solución se busca a través de la razón, la ciencia y la negociación, por lo que es una serie de diálogos, pausas tensas y giros inesperados más que de acción. Batallas hay muy pocas, los capítulos de ritmo trepidante escasean. Pero es adictiva, porque siempre está narrando algo con calado a través de personajes con gran carisma.

Jean Luc Picard (Patrick Stewart) es un capitán serio, muy rígido a veces, pero de los que dan todo por su tripulación e ideales. Su segundo, William Riker (Jonathan Frakes), es el contrapunto perfecto para el mando, porque es la cara cercana y amable de los altos mandos, lo cual también parece frenar su carrera, pero como él dice, está a gusto en el Enterprise. El androide Data (Brent Spiner) es la nueva versión de Spock , el personaje críptico que trata de aprender cómo se comportan los humanos. Junto al ingeniero Geordi La Forge (LeVar Burton) forma un dúo memorable, siempre apasionados por su trabajo y ser mejores personas. Deanna Troi (Marina Sirtis), mitad humana mitad betazoide, una raza de telépatas, tiene capacidades empáticas, lo que la hace la perfecta consejera y psicóloga de abordo. Worf (Michael Dorn) es un klingon criado por humanos; su beligerancia y sus problemas familiares y culturales le traen constantes problemas, pero su posición en la nave nunca queda en entredicho. La doctora Beverly Crusher (Gates McFadden) aporta su madurez y férrea moral, además de una cercana amistad con Picard y un pasado en común. Su hijo, el joven Weasley (Wil Wheaton), supuso el único conflicto con los fans, porque pronto fue odiado por la representación del adolescente sabihondo y metomentodo que hacen, así que a las pocas temporadas optaron por apartarlo.

Hay unos pocos secundarios recurrentes, algunos tan interesantes que querrías que hubieran aparecido más, como la teniente Tasha Yar (Denise Crosby), el técnico O’Brien (Colm Meaney) y su novia la botánica Keiko (Rosalind Chao), pareja que acabaría en Espacio Profundo Nueve), la enfermera Ogawa (Patti Yasutake), la camarera Guinan (Whoopi Goldberg), siempre dipuesta a escuchar problemas, el enigmático Q (John de Lancie), experto en generarlos para su diversión, Alexander (Brian Bonsall), el hijo de Worf, el gemelo malvado de Data, Lore, y mis favoritos, la ruda teniente Ro Laren (Michelle Forbes) y el patoso teniente Barclay (Dwight Schultz). En el lado malo están la pesada madre de Troi, Lwaxana (Majel Barrett), que se llevó los capítulos más tontos y plomizos, y la doctora Pulaski (Diana Muldaur), quien sustituyó a Beverly Crusher en la segunda temporada por imposición de un productor y no sentó bien a los seguidores, lo que empeoró por su personalidad arisca tan forzada.

El reparto fue elegido con tino, todos mostraron gran química desde el principio, haciendo de cada reunión y disputa algo digno de ver. Sólo Jonathan Frakes estuvo algo perdido el primer año, pero fue cogiendo confianza poco a poco, amén de que la barba le dio un porte más digno. En cambio, Patrick Stewart deslumbró instantáneamente y tuvo intervenciones inolvidables en cantidad.

Pero Star Trek: La nueva generación arrastró carencias importantes que frenaron su potencial. Roddenberry concibió una serie muy constreñida en unas directrices concretas, lo que limitaba demasiado el rango de historias a contar. Su utopía iba demasiado lejos, eliminando cualquier conflicto entre tripulantes y entre especies. Los otros productores principales, Rick Berman y Michael Piller, tomaron las riendas en la tercera temporada anunciando que acabarían con esas barreras, pero a la hora de la verdad apenas hubo evolución.

En la primera temporada ya quedan claro los fallos, y apenas logran tibias mejoras conforme avanzan: el inmovilismo lastra sus siete años. La progresión del drama personal es mínima, y casi todas las tramas de largo recorrido se quedan en el aire después de tantísimos capítulos como tuvieron para tratarlas con mejor tacto. Las relaciones interpersonales y laborales se basan en unos mínimos que exprimen bien… pero sin moverse de ahí, con miedo a cambiar mínimamente de dirección, a avanzar hacia algo nuevo. Los romances en tensión no evolucionan un ápice (Troi y Riker, Beverly y Picard), las historias que dejen secuelas son escasas y se retoman en raras ocasiones. Prácticamente solo Worf tiene avances en lo personal, con las puntuales incursiones en su lado familiar, y solo los klingon sufren cambios políticos que afectan en siguientes episodios. Los romulanos, los borg, los cardasianos, las intrigas en el mando de la Federación… tantos frentes prometedores abiertos, y no se atrevieron a desarrollarlos. En Espacio Profundo Nueve (1993-1999) tomaron nota de esos fallos y cambiaron muy acertadamente de estilo.

Incluso en sus puntos fuertes se produce pronto un estancamiento, se abusa de la misma fórmula más de la cuenta. Sí, de vez en cuando consiguen aportar nuevas perspectivas, pero por lo general hay demasiados capítulos repetitivos y poco inspirados donde se reincide en algunos patrones demasiado: el conflicto con un ente alienígena desconocido que pone en peligro al Enterprise y se soluciona con palabrería tecno científica; la eminencia en negociaciones que tiene secretos que ponen en peligro las relaciones entre pueblos; la sociedad idílica que esconde algo; el bucle temporal que permite a los guionistas hacer cosas que en condiciones normales no se atreverían, pues al final harán un reset; el roce con los romulanos que no llevará a nada; etc.

Con todo, las virtudes obviamente se imponen en un conjunto con gran personalidad y que aguanta el paso del tiempo muy bien, pues Star Trek: La nueva generación sigue no sólo recordándose con agrado, sino ganando nuevos adeptos año tras año.

STAR TREK: LA NUEVA GENERACIÓN – LA PRODUCCIÓN

En 1986, a diecisiete años de su cancelación, Star Trek (1966-1969) era la serie más popular en las reposiciones de Estados Unidos, y por tanto un producto muy rentable para Paramount Pictures. Y las películas con su tripulación iban ya por la cuarta entrega (1986), dando cada vez mejores resultados también. Pero los ejecutivos estaban pensando que los salarios de las estrellas principales seguirían subiendo mientras la popularidad de la serie original en sus reposiciones no decaía, y pusieron en marcha una serie con nuevos protagonistas, La nueva generación (1987-1994). Eso sí, al final hicieron dos películas más antes de aprovechar el éxito de esta serie para cambiar de reparto en el cine.

El creador de la saga, Gene Roddenberry, fue reticente en principio. El trabajo que le dio la serie original fue exhaustivo y afectó a la relación con su familia. Y Paramount también dudó bastante de la viabilidad del proyecto. Primero, porque la relación con Roddenberry era tensa, pues no era alguien fácil de tratar, y al contrario que en las películas, donde fue apartado, en la serie tendría mayor control y libertad, tanto por imperativo legal, porque los derechos como creador de la original se extienden a las secuelas, como por necesidades creativas, pues si querían mantener sus cualidades y el respeto inicial del público debían tenerlo a él al frente. Segundo, porque las principales cadenas (ABC, CBS, NCB y la recién nacida Fox) ponían exigencias para su producción que podrían salirles caras si el estreno no funcionaba como esperaban. Unas querían una miniserie y otras una temporada inicial de 13 episodios para ver si les gustaba y entonces extenderla. Era lo habitual, y sigue siéndolo en general, aunque no tanto en las recientes plataformas online. Pero la inversión que se necesitaba para ponerla en marcha era muy grande, y si la cadena no la adquiría sería una ruina.

Con el proyecto en el aire, a algún directivo con visión se le ocurrió una idea revolucionara que les permitiría tener el control creativo frente a las cadenas de televisión y una proyección económica muy favorable. La producirían totalmente por su cuenta y ofrecerían emitirla directamente en sindicación, esto es, en vez de colaborar con una de las grandes y una vez alcanzado un buen número de temporadas venderla para las reposiciones a las cadenas pequeñas y locales, que en Estados Unidos ya eran cientos, la emitirían en todas las que quisieran aceptar la propuesta. Siendo una obra tan famosa y esperada, se unieron más de doscientas, de forma que llegó a todo el país de golpe. El acuerdo repartía los minutos de publicidad entre esas cadenas y Paramount, y al tener tantas emisiones en distintos horarios sacaron un rendimiento extraordinario en poco tiempo. Pero a la larga se vio como una estrategia aún más acertada, porque a medida que los costes de producción aumentaban, la rentabilidad también lo hacía porque ya había reposiciones de temporadas anteriores.

Ante el atractivo modelo de emisión, la promesa de tener libertad creativa y poder elegir los guionistas que trabajaran con él, Roddenberry aceptó. Se trajo a algunos colaboradores de la serie original, como los escritores D. C. Fontana y David Gerrold, y otros productores y puestos técnicos. Aun así, un ejecutivo de Paramount, Rick Berman, fue elegido como productor para controlar a Roddenberry. Este no era fan de la serie ni de la ciencia-ficción, pero fue hábil en la lucha de despachos y no tardó en ir tomando mayor control creativo ante los problemas que fueron surgiendo con Roddenberry, y tras el fallecimiento de este se convirtió en el productor principal de todas las series hasta Enterprise (2001-2005). Y por suerte, fue para bien.

Desde el principio hubo conflicto con Roddenberry, considerado por todos los productores y escritores el mayor lastre para la evolución de la serie. Su visión era demasiado dogmática, quería eliminar cualquier atisbo de violencia y oscuridad en el ser humano, pensando en que en el futuro se habrían superado estos problemas, lo cual limitaba enormemente el argumento de cada episodio y prácticamente neutralizaba cualquier conflicto dramático entre personajes. Aparte, su talante de voceras y el abuso de numerosas drogas provocaba un mal ambiente en el trabajo. Las quejas fueron en vano, porque inicialmente tenía el apoyo de la productora y él usó a su duro abogado para doblegar a sus propios compañeros. Así, todo el equipo que contrató fue tirando la toalla el primer año, a lo que se sumó una de las actrices principales, Denise Crosby, que interpretaba a la teniente Tasha Yar, quien con una sola temporada había dejado huella en los fans.

A media temporada, con el caos agobiando y empezando a enfermar, deció gran control y el puesto de guionista jefe en su amigo, Maurice Hurley, quien se suponía que mantendría su concepto de la serie a rajatabla, pero en la segunda etapa chocó también con las restrictivas ideas del creador, y tras varias peleas renunció al final de ese año. Además, este fue culpable de que Gates McFadden, la intérprete de la Doctora Beverly Crusher, fuera despedida porque no se llevaba bien con ella. Por suerte, arrepentidos de haber matado hace poco a un personaje principal, productores y guionistas estuvieron de acuerdo en apartarla con la excusa de tener otro destino, y pudieron traerla de vuelta en la tercera temporada.

En la lucha constante por el poder, Roddenberry perdió el control al terminar la segunda temporada, sobre todo porque su salud se deterioraba, agravada por el abuso de drogas. Desde entonces, Rick Berman y Michael Piller tomaron el control creativo y fueron probando nuevos guionistas, de los cuales algunos se quedaron fijos. Aunque Roddenberry fuera el autor original, Star Trek terminó de tomar forma por Berman, Piller, Ronald D. Moore, Brannon Braga y otros que fueron aportando distintas ideas al universo imaginario y al estilo de la saga.

Siendo planteada como serie de cabecera de la Paramount, el presupuesto fue generoso, al nivel de dramas famosos como Miami Vice (1984): 1,3 millones de dólares de la época por capítulo, que fue creciendo hasta 2 millones en las últimas temporadas (ajustando a la inflación, hoy en día serían de 3 a 3.5 millones, más o menos lo que cuesta The Expanse). Eso garantizó un aspecto visual de buen nivel, sobre todo comparado con la barata serie original (190.000 dólares -1,5 millones ajustando- y reduciéndose por temporadas). Sin embargo, la ciencia-ficción es cara, sobre todo cuanto más se ambicione, y tenían que hacer malabares para mostrar todo lo que querían, habiendo episodios para ahorrar (con toda la narración ocurriendo en los decorados de la nave y con pocos efectos especiales) y recortes de lujos en el set (incluso de comida: alguna vez el reparto tuvo que colarse en otros platós para comer). Estos problemas los sufren prácticamente todas las series: es difícil encontrar un equilibrio entre riesgo y ganancia; sin ir más lejos, una década antes, Battlestar Galactica (Glen A. Larson, 1978) salió tan cara que fue cancelada a pesar de su gran éxito de audiencias.

Para las escenas de naves y el espacio se plantearon seriamente usar imágenes generadas por ordenador, pues los productores pensaban que la tecnología ya estaba madura y abarataría considerablemente los costes. Hicieron pruebas y estuvieron contentos con el resultado, pero al final decidieron ir sobre seguro con lo que conocían, las maquetas, porque así no dependían de compañías externas que podían fallar en las fechas de entrega o sufrir cambios bruscos en media serie (problemas laborales o económicos) que afectaran a su producción. Así que las naves, sobre todo el detallado Enterprise, se diseñaron con costosas maquetas, mientras que los demás efectos visuales se realizaron en postproducción con fondos pintados (planetas y espacios naturales) y unas pocas creaciones digitales (animaciones de las pantallas de la nave, efectos del espacio y las armas).

Hay que recalcar que fue una suerte enorme que se decantaran por las maquetas, porque hasta bien entrada la primera década del 2000 no se ha alcanzado en lo digital un nivel que parezca totalmente real (y eso en superproducciones), y las obras previas no aguantan bien el paso del tiempo, no digamos si nos vamos a la época de la serie y con presupuesto limitado. Pero, sobre todo, permitió tanto en esta como en la serie original una remasterización en alta definición que otras producciones semejantes (las siguientes de Star Trek, Babylon 5) no pueden tener sin encarecerse demasiado. Porque lo habitual en series era trabajar la postproducción (montaje, efectos especiales) con el negativo reducido a la calidad de emisión en televisión, no sobre el original de 35mm, pues resultaba muchísimo más barato. Los planos de las maquetas se rodaron en 35mm, pudiendo ser restaurados sin problemas más allá de tener que conservar el formato cuadrado (4:3) sobre el estándar panorámico posterior (16:9), mientras que los pocos efectos de ordenador que había se rehicieron de forma muy respetuosa. En cambio, en Espacio Profundo 9 y Voyager y otras referentes del género como la citada Babylon 5, el uso de ordenador se hizo cada vez más habitual, y habría que rehacer gran cantidad de metraje con efectos digitales en alta definición, algo tan caro que es dudoso que vaya a ocurrir.

El estreno fue un éxito. Desde la primera temporada empezó a recibir numerosas nominaciones a premios (incluyendo uno de los más relevantes de la ciencia-ficción, los Hugo) y en general mantuvo una buena recepción de los críticos y una muy entusiasta por parte de los fans, a pesar de algunas quejas iniciales porque el reparto fuera nuevo. Las audiencias fueron altas durante la primera emisión de las siete temporadas, en unos 10-12 millones de televidentes de media, que la ponía entre las treinta más vistas, un buen resultado para una obra de ciencia-ficción; las más vistas en esa época rondaban los 20-25 millones: programas familiares y comedias como El show de Bing Crosby y Roseanne, o de reportajes, como 60 minutos. Se exportó muy bien al resto del mundo, y las reposiciones han conservado gran fidelidad a pesar de su antigüedad, de hecho sigue muy viva en la actualidad gracias a que Netflix le ha insuflado nueva vida a pesar de que los dvd y bluray han sido de los más vendidos en series de televisión.

Llegados a la séptima temporada, los directivos y los productores decidieron ponerle fin a pesar de los en apariencia buenos resultados. Las razones fueron principalmente monetarias, pues el aumento de costes iba disparándose y alcanzaría cifras astronómicas con la renovación de los contratos de los actores, y veían mucho más rentable empezar otras series desde cero y lanzar esta generación al cine. Pero también los productores y guionistas sentían que se había acabado la inspiración y tenían la nueva serie planteada, Espacio Profundo 9 (1993-1999), para explorar otras opciones, así que no presionaron para seguir.