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DARK – TEMPORADA 3

Netflix | 2020
Drama, suspense, fantasía | 8 ep. de 57-73 min.
Productores ejecutivos: Baran bo Odar, Jantje Friese.
Intérpretes: Louis Hofmann, Oliver Masucci, Jördis Triebel, Maja Schöne, Karoline Elchhorn, Deborah Kaufmann, Lisa Vicari, Moritz Jhan, Daan Lennard Liebrenz, Paul Lux, Gina Alice Stiebitz, Stephan Kampwirth, Andreas Pietschmann, Hermann Beyer, Ludger Bökelmann, Nele Trebs, Ella Lee, Peter Benedict, Tatja Seibt, Walter Kreye, Julika Jenkins, Anne Ratte-Polle, Lydia Makrides, Peter Schneider, Carlotta von Falkenhayn, Angela Winlker, Christian Pätzold, Mark Waschke, Sylvester Groth, Sebastian Hülk.
Valoración:

Llega la temporada final de Dark. No tenía esperanzas en que remontara, pero que aumentara la sensación de timo, de engaño, de desastre en manos de unos guionistas iluminados e incompetentes, pues tampoco. Ni una pizca de dignidad y talento queda en Baran bo Odar y Jantje Friese, y la hecatombe resultante hay que tomársela con humor. Pero es difícil hacerlo cuando esta parida ha sido aplaudida por millones de seguidores fanáticos que han visto respuestas y genialidad donde sólo hay chapuzas y absurdeces. Eso sí, a muchos otros fieles se les cayó el velo nada más empezar el año.

La mitad de la temporada es puro relleno. De ocho episodios, los cuatro primeros (todos de una insoportable hora o más de duración) son una salida por la tangente, añaden más capas y capas que no son más que una variante rebuscada de las anteriores (y ya llevaban de más). Tanto que contar, tanto que reconducir tras una segunda temporada dispersa y que deja de lado personajes y tramas principales, y en vez de eso nos vamos más aún por las ramas.

Por un lado, tenemos una aventura de supervivencia postapocalíptica en la década de 2050, con conflictos típicos del género (recelos entre grupos, peleas por recursos, violaciones…). Por el otro, en el presente del mundo paralelo volvemos a pasearnos por los institutos y otros escenarios clave en la primera temporada, pero no para retomar las tramas y los personajes originales, sino para una nueva historia que no sólo carece de un arco claro, sino que se pierde en sandeces. Estamos ante la destrucción de Winden y del universo entero en ciernes, y Jonas, el personaje más consciente e implicado en el tema, deja esos quehaceres y se dedica a ir a clase como si nada, y volvemos a tener líos adolescentes, peleas entre adultos, amoríos de distinto tipo… con la única diferencia de que esta vez son personajes del universo paralelo.

Por si no fuera poco, también llegan roles nuevos, pero de los crípticos y estrafalarios: el del labio leporino que va con sus distintas versiones por ahí, la Martha paralela y la Martha anciana. Y ganan presencia otros secundarios presentados brevemente con anterioridad (la generación los años 20, Claudia Tiedemann de anciana). Así que sumamos más caos al repertorio de gente rara que balbucea los discursos esotéricos y pseudo filosóficos.

Mientras tanto, los protagonistas iniciales son una sombra de lo que eran. Han sido absorbidos y deformados por completo por los líos temporales, quedando irreconocibles. Ulrich, Jonas, Claudia, Charlotte, Katharina… son peleles de las rebuscadas tramas en que los guionistas quieran meterlos, ya no poseen autonomía y motivaciones propias. Algunos que parecían importantes desaparecen sin más (Franziska, Hannah), y otros que eran meros secundarios ganan mucha presencia pero sin aportar nada concreto (Bartosz, Peter Doppler).

En resumen, el pueblo de Winden y sus gentes que conocíamos, la serie que vimos en la primera temporada, no asoma por ninguna parte. ¿Cómo demonios esperas que me interese por una historia que en su tramo final deja de lado a los protagonistas y las tramas, se saca de la manga una versión de ellos y se inventa varias líneas argumentales nuevas?

El resto del año abarca el desenlace. Como todo lo que había planteado la serie en su temporada inicial se ha olvidado por completo, desaparecido en pos de esta delirante fantasía que no da pie con bola, ya cualquier esperanza en tener un cierre digno se ha desvanecido, pero claro, acabas de verla por no dejarla a medias.

La obtusa y patética pedantería en el discurso filosófico y metafísico termina, como era de esperar, esfumándose en el aire. La verborrea de la secta de viajeros en el tiempo no lleva a nada y se cambia todo por una trama que se limita a una vaga lucha de egos entre Adam y las ancianas Martha y Claudia. Así, incluso dejan de tener sentido los otros personajillos raros que entraban y salían de escena sin ton ni son soltando sus chorradas: Noah, los de los años veinte, Jonas adulto… todos acaban como meros artificios… aunque claro, era algo que se intuía de lejos.

Quitando la morralla inane que queda en el diluido discurso pseudo intelectual, sólo restan dos justificaciones tontorronas para mantener el tinglado en marcha: “Yo soy tu yo del futuro que ha sufrido mucho, y ya te llegará tu momento de sufrir”, y “Tú eres el elegido para romper/garantizar el bucle”.

Es decir, como se veía venir, ocurre exactamente igual que en Perdidos (J. J. Abrams, Jeffrey Lieber, Damon Lindelof, 2004), los guionistas se han encontrado con el agua al cuello con tanto misterio sobre misterio sobre misterio sobre misterio y terminan acudiendo al recurso más fácil y cutre: lo hizo un mago. No esperes que expliquen la tecnología de los viajes en el tiempo, los diversos artefactos y experimentos (el búnker) que hemos visto a lo largo de la serie, las paradojas temporales, los cruces entre personajes que necesitaban una resolución (dramática o simplemente explicativa), cada pregunta se elude diciendo que lo hizo uno de esos individuos siguiendo un plan superior o el destino.

Todo está tan mal hilado, que a pesar de las capas de artificios se ve que realmente no hay nada, no hay una gran historia, un gran plan, un complejo entramado que se dirija hacia una resolución que ate todo bien atado. Básicamente, solo ocurren cosas por que sí. El desarrollo de los últimos pasos de la trama principal se limita a cada personaje deambulando por los restos de su historia haciendo como que aporta algo al conjunto o que lucha contra los designios de alguno de los dos bandos de la secta, pero en realidad se ve que no hay más que un simple y vulgar un sálvese quien pueda. Así que cuando llega el final, los autores tienen que ejecutarlo a través de una serie de deus ex machina vergonzosos.

La odisea de Jonas era la de hallar respuestas sobre su padre y el destino de Mikkel, pero en el cambio de género se convirtió en una especie de mesías destinado a deshacer el embrollo temporal para salvar a Winden o mantenerlo por la estabilidad del universo (o eso creo, pero qué más da). Pero aquí parece que eso no basta, y nos meten con calzador también un intento de romance épico con Martha. Cierto es que había líos de falda de adolescentes en la primera temporada, pero como una parte más de sus vidas. Que acabara con una u otra pareja pues daría más o menos igual, en ningún momento parecía que esas aventuras amorosas fueran cruciales como las de los adultos, de hecho, en la segunda temporada ese romance, como otros tantos, dejó de tener relevancia. Pero ahora los autores deciden recuperarlo no sólo como algo esencial en sus vidas, sino como eje central en la solución de la paradoja del tiempo y los multiuniversos. En un remedo cutre e infantil de Interestellar (Christopher Nolan, 2014), el amor todo lo puede, los lleva a luchar contra viento y marea en cada década y universo contra los designios de Adam y las abuelas chungas, y su poder es tan fuerte que cierra el bucle con un psicodélico viaje astral, una interacción con sus pasados metida con calzador y rematadamente cursi, y un beso final de telefilme romántico.

Y al resto de historias que les den. De los dramas personales, las relaciones entre protagonistas, las investigaciones criminales, el destino de muchos personajes perdidos en otras épocas, etc., prácticamente no quedaba nada, y sólo algún detalle deja la sensación de tener lógica, de unir alguna pieza secundaria. Pero de qué me sirve que me enlaces la historia del colgante, que un personaje se cruce con otro o consigo mismo referenciando a una escena de la primera temporada, si en realidad no aporta nada crucial a su personalidad y trayectoria y mucho menos a la trama global. Si alguna sección e historia personal se cierra con dignidad, desde luego lo olvidé a los pocos días, aturullado y asombrado por tanto desatino, tanto fuego artificial absurdo.

Pero los guionistas tienen un as bajo la manga para intentar tapar tanto agujero. Si la ejecución del deus ex resulta ridícula y vergonzosa hasta límites indescriptibles, esto es para flipar, para liarse a hostias con la pantalla y cagarse en sus muertos. Después de todas las tomaduras de pelo, llega la más gorda de todas: como no puedo dar un final, te doy un principio. En vez de dar una conclusión a la línea temporal con la que empieza la serie, donde cada personaje comenzaba su arco y nos presentaban la trama global y sus ramificaciones, nos clavan una nueva historia, un nuevo universo, de forma que convenientemente no hay que cerrar, explicar ni justificar nada, porque es un nuevo comienzo de otra historia. ¡A tomar por culo los años que has dedicado a seguir la serie!

Comparando la temporada inicial con el cambio de tono creciente en las dos siguientes, mi impresión es que plantearon la serie como un drama que se liaba en tres décadas con lo de los viajes en el tiempo, pero nada más. Ahí terminarían de desarrollar los líos familiares con los nuevos cruces (genéticos, de influencia entre futuro y pasado, etc.), y llevarían el caso, los dramas personales y amorosos, a un desenlace concreto. Pero ante el retraso entre la primera y la segunda temporada es difícil no pensar que vieron el éxito del lado fantasioso y decidieron potenciarlo, pero se les fue la pinza hasta que su criatura se les escapó de las manos. Porque de verdad, me cuesta creer que escriban voluntariamente una serie de tres temporadas con un arco cerrado en el que una temporada es desechada por completo para en el resto irse hacia otra parte totalmente distinta. Si perder el control y acabar patinando a lo grande denota pocas cualidades como escritores, haber planteado la serie así desde el principio implicaría una incompetencia y falta de tacto alucinantes.

La excelente puesta en escena y el magnífico reparto quedan tan por encima del guion que parecen formar parte de otra serie. Las escenas de desolación del futuro y los pocos efectos especiales de la singularidad son espectaculares, y los actores consiguen sacar emociones de roles cada vez más desdibujados. Qué pena que el talento estuviera tan desequilibrado.

Ver también:
Temporada 1 (2017)
Temporada 2 (2019)
-> Temporada 3 (2020)

DARK – TEMPORADA 2

Netflix | 2019
Drama, suspense, fantasía | 8 ep. de 53-60 min.
Productores ejecutivos: Baran bo Odar, Jantje Friese.
Intérpretes: Louis Hofmann, Oliver Masucci, Jördis Triebel, Maja Schöne, Karoline Elchhorn, Deborah Kaufmann, Lisa Vicari, Moritz Jhan, Daan Lennard Liebrenz, Paul Lux, Gina Alice Stiebitz, Stephan Kampwirth, Andreas Pietschmann, Hermann Beyer, Ludger Bökelmann, Nele Trebs, Ella Lee, Peter Benedict, Tatja Seibt, Walter Kreye, Julika Jenkins, Anne Ratte-Polle, Lydia Makrides, Peter Schneider, Carlotta von Falkenhayn, Angela Winlker, Christian Pätzold, Mark Waschke, Sylvester Groth, Sebastian Hülk.
Valoración:

Mi experiencia con las series de televisión me había predispuesto a creer que Dark iba a ser puro humo, que como Twin Peaks (Mark Frost, David Lynch, 1990), Expediente X (Chris Carter, 1993), Perdidos (J. J. Abrams, Jeffrey Lieber, Damon Lindelof, 2004) y todos sus clones, la fachada de seriedad no escondía otra cosa que la enésima producción de fantasía o ciencia-ficción en las que los autores improvisan un argumento enrevesado y una mitología cambiante y llena de artificios pero sin tener en realidad una idea global del contenido, el mensaje y las conclusiones.

Y hay que recalcar que una cosa es enfrentarse a la televisión de la época de Expediente X e incluso de Perdidos (que nació en los últimos coletazos de la tele pública, a merced de las mismas normas que aquella), con temporadas larguísimas y sin final a la vista, con el consecuente desgaste de ideas y calidad aunque empezaran prometiendo mucho, y otra empezar a flojear a los pocos capítulos en una temporada de diez y caerse con todo el equipo en la siguiente tanda, esta ya de ocho, y más aún habiendo anunciado la cadena por entonces que sería una serie cerrada de tres tandas.

En resumen, en Dark nos tomaron el pelo. Y a muchos no les molestó. El embrujo de estas series con un mundo de fantasía tan abierto (sinónimo de “sin normas claras”) y muchos misterios liados sobre sí mismos continúa engatusando a millones de espectadores a los que les importa menos la coherencia y el destino que el ser zarandeados por un torrente de emociones y propuestas rocambolescas. Los dos años que separaron los estrenos de la primera y segunda etapa convirtieron las redes en un hervidero de teorías, los fans se curraban árboles genealógicos (muy de agradecer para seguir el quién es quién con tanto personaje en distintas décadas), se imaginaban posibles relaciones entre protagonistas, y también buscaban significados ocultos tras el discurso metafísico y filosófico y la mitología que se iba gestando. Por desgracia, aquí se termina confirmando que esos temas más que abiertos a interpretación sólo proponen estupideces sin ton ni son, y mientras se refuerza esa parte se va descuidando cada vez más la coherencia del drama.

Ya olía la tostada en la presentación, pero al terminar de cambiar el foco del pueblo de Winden y sus gentes hacia la misteriosa cueva y la central y los personajillos estrafalarios, todo se viene abajo. Lo que era una serie dramática y de suspense criminal de apariencia sólida y sugerente, con un desarrollo de personajes muy prometedor (potenciado por un reparto enorme, en número y en talento) y una puesta en escena muy efectiva, va abandonando las formas, decantándose por un argumento de fantasía de viajes el tiempo (¡ahora el futuro también!) cada vez más indefinido y a la vez más pedante y embarullado.

El drama en el pueblo con las desapariciones de niños, los traumas personales, las relaciones de diverso tipo, destacando las amorosas, la investigación policíaca… todo el factor humano, todo el argumento de corte realista, todo el atractivo de su numerosos protagonistas, cada vez se toma menos en serio. Quizá queda suficiente como para mantener el tinglado a flote, y hay algunos momentos que rescatar, como la paliza del detective al niño que podría ser el asesino cuando crezca. Pero no son suficientes como para tapar del todo las malas sensaciones crecientes, la impresión clara que de esto no va a volver a remontar.

La dichosa cueva atrae a todo el mundo porque sí, que dejan de la sus vidas, sus trabajos y familias para pasearse por ahí por habladurías locas o pistas débiles que les han caído encima, y poco a poco los guionistas olvidan sus historias personales y su trayectoria original y acaban metiéndolos por la fuerza a través del bucle temporal sin terminar de llevarlos hacia nada concreto. El ejemplo más sangrante es uno de los nexos principales de toda la trama y los personajes: qué triste que todo el esfuerzo de Ulrich (el detective y padre del crío desaparecido que desencadena la historia), y todo el tiempo y la conexión emocional que hemos echado los espectadores en él, sean tiempo perdido, porque acaba convertido en una víctima tragicómica del bucle temporal y se deja de lado. Y los demás, uno por uno, parecen ir cayendo en el mismo letargo.

Mientras tanto, los personajes crípticos y extravagantes van ganado presencia, el discurso sobre el destino, el determinismo, el libre albedrío, el sentido del universo y lo que se le ocurra en el momento a los guionistas empieza a emborronar todo sin objetivo claro y con una pedantería descarada y ridícula, y la mitología empieza a amontonar símbolos, agrupaciones secretas y motivaciones ocultas sin conformar nada tangible. Y para rematar, añadimos el último giro demencial a la ecuación: ahora también hay viajes multiuniverso. Mañana habrá una invasión alienígena.

A medida que vamos entrando y saliendo de las distintas décadas todo se vuelve más lioso, pero no hace falta escarbar mucho para ver que es simple apariencia, que todo es rizar el rizo porque sí, lo que único que hacen es añadir una nueva capa en realidad igual que la anterior pero con detalles cambiados para engañar al espectador fácil. Como en Perdidos al pasar de los flashbacks a los flashforwards: todo es extender la agonía y tratar de disimular la falta de imaginación. Y como es esperable con la caída de calidad e ideas, los recursos narrativos más básicos van multiplicándose. Los numeritos musicales de reposicionamiento aparecen por todas partes, pero ahora además se añaden los forzados momentos trascendentales, anexos con voz en off intentando potenciar las numerosas escenas de relleno y transición y justificar con el discurso pretencioso el entramado de historias cada vez más absurdo.

Las carencia de intelecto e ideas de los guionistas nos llevan a momentos de auténtica vergüenza ajena. Lo de la máquina para viajar por el tiempo es el colmo: un cacharro con decenas de ruedecitas de cobre dentadas dando vueltas y combustible nuclear (tanto misterio con la central, y sólo sirve para esto) no sólo permite el viaje en el tiempo, sino que hasta tiene conexión bluetooth para el móvil. Y luego llega la bolita con la que pasan entre mundos creando un flash de luz. Todo digno de un serial cutre de los setenta. Por eso hay que considerarl a Dark fantasía y no ciencia-ficción: por mucha mención a la central nuclear que se haga, aquí ciencia no hay.

Con tanto plano de tensión forzada a la entrada de la cueva, a la central, o las caras de tensión y desconcierto de los personajes mientras deambulan sin rumbo, acabarás hartito y gritando: “¡Que ocurra algo ya y tenga sentido, por favor!”. Eso claro está, si no eres del otro grupo de espectadores: “¡En la cueva hay un túnel con el mismo símbolo que se ve en la guarida de Adam! ¡Increíble, buaaaa!”.

Dark no tendría que haber pasado de una producción serie b olvidable, pero con ese panorama tan receptivo arrasó en todo el mundo.

Ver también:
Temporada 1 (2017)
-> Temporada 2 (2019)
Temporada 3 (2020)

DARK – TEMPORADA 1

Netflix | 2017
Drama, suspense, fantasía | 10 ep. de 44-57 min.
Productores ejecutivos: Baran bo Odar, Jantje Friese.
Intérpretes: Louis Hofmann, Oliver Masucci, Jördis Triebel, Maja Schöne, Karoline Elchhorn, Deborah Kaufmann, Lisa Vicari, Moritz Jhan, Daan Lennard Liebrenz, Paul Lux, Gina Alice Stiebitz, Stephan Kampwirth, Andreas Pietschmann, Hermann Beyer, Ludger Bökelmann, Nele Trebs, Ella Lee, Peter Benedict, Tatja Seibt, Walter Kreye, Julika Jenkins, Anne Ratte-Polle, Lydia Makrides, Peter Schneider, Carlotta von Falkenhayn, Angela Winlker, Christian Pätzold, Mark Waschke, Sylvester Groth, Sebastian Hülk.
Valoración:

En su expansión mundial, Netflix empezó a realizar también producciones en los países donde se asentaba. En algunos casos es por imperativo legal, pues algunos estados han obligado que los canales de streaming dediquen un porcentaje de su presupuesto a financiar obras de origen en el país, otras veces es decisión propia, para atraer a los espectadores del lugar. Dark ha sido la primera serie producida por el canal en Alemania, y el éxito ha roto esquemas en todo el globo. Ha sido una de las más vistas de los últimos años, y probablemente la más analizada y diseccionada desde Perdidos (J. J. Abrams, Jeffrey Lieber, Damon Lindelof, 2004).

Jantje Friese trabajaba en una productora antes de dar el paso a producir y escribir de forma independiente con su pareja, el director de origen suizo Baran bo Odar. Con tan solo cuatro películas a cuestas, Netflix se fijó en dos de ellas: Who Am I: Ningún sistema es seguro (2014), una comedia de acción que tuvo muy buenas críticas e incluso algún premio en Alemania, y Noche de venganza (2017), rodada en Estados Unidos y protagonizada por Jamie Foxx y Michelle Monaghan, lo que hizo que sus nombres sonaran aunque fuera un poco internacionalmente. Pero si bien los contrataron para hacer una serie basada en la primera cinta, ellos defendieron una idea nueva. En las tres temporadas de Dark ambos escriben conjuntamente y son los principales productores ejecutivos, y Bo Odar dirige todos los episodios.

Un pueblecito (ficticio) llamado Winden pasaría por uno más perdido en los grandes bosques de Alemania si no fuera por dos factores. Uno, la gran central nuclear en las cercanías llama mucho la atención. Dos, varias desapariciones de niños a lo largo de su historia traen de cabeza a la población. Al ser una comunidad tan pequeña, prácticamente todos se conocen, y los dramas y las sospechas están a la orden del día.

Empezamos en el presente, en 2017, siguiendo la rutina de unas pocas familias con varias generaciones que han vivido de cerca esas desapariciones: los Nielsen, los Kahnwald, los Tiedemann y los Doppler. Los nexos que los unen inicialmente van desde las amistades a los romances extra matrimoniales, pero la trama en que se ven envueltos los acercará mucho más de maneras insospechadas.

Son muchos los personajes, y si bien inicialmente la temporada va tejiendo la personalidad y posición de cada uno y la relación con los demás poco a poco, conforme empiezan a cruzarse historias de décadas pasadas (los ochenta y los cincuenta), con cada rol con una edad distinta y encarnado por otro actor, acabarás necesitando sí o sí un árbol genealógico para tener claro quién es quién en cada época y con quién interacciona de una forma u otra.

La reciente desaparición del hijo de una de estas familias deja claro que las heridas de los anteriores casos no se han curado, que el pueblo está lleno de secretos, recelos y líos personales diversos. La comisaría se ve desbordada emocional y laboralmente. El instituto está lleno de silencios y miradas incómodos, las reuniones de padres y profesores no ayudan. La central atrae sospechas, la mayor parte infundadas, pero algunas que llevan a otras confusas pistas. Una cueva en las inmediaciones pasa de ser un lugar de reunión entre adolescentes a un sitio a evitar. Los caminos entre árboles resultan cada vez más sombríos. Y algunos sucesos inexplicables (lluvias de pájaros muertos) empiezan a suceder.

La puesta en escena combina una fotografía notable, sobre todo en las escenas oscuras, que son muy numerosas (y es lo único que justifica el título), una sencilla pero certera música original de Ben Frost y unas canciones muy bien elegidas (empezando por la de Apparat para los créditos), y la labor de dirección remata todo con un pulso tan sólido y sugestivo que creerás estar entre los habitantes de Winden. Pero lo mejor es el colosal reparto. Veteranos de la televisión alemana y una serie de actores jóvenes muy bien elegidos conforman un repertorio de interpretaciones de quitarse el sombrero. Cabe destacar que el doblaje español es impecable, una sorpresa hoy en día, más viniendo de un idioma minoritario, que suele tener pocos traductores y actores dedicados a ello. Hay incontables intérpretes, y en castellano ninguno se siente fuera de lugar o forzado.

Por todo ello, la entrada en la serie capta bastante la atención, resulta tan tétrica como sugerente, quieres saber más de las investigaciones, de los dramas personales, de los conflictos familiares, de cómo las tres líneas temporales darán juntas las respuestas… Sin embargo, sus carencias también son importantes, algo que en una temporada tan corta se hace más notorio y difícilmente perdonable. De sosegada pronto empieza a parecer muy lenta (qué pesado se hace el tramo central), de dramática acaba resultando demasiado subrayada, casi pagada de sí misma, y a veces te sacan del acabado metódico algunos recursos un tanto burdos: los montajes con música al final de casi todo episodio a modo de reposicionamiento de personajes y creación de expectación para el siguiente chocan con la seriedad del resto de la serie y pronto se hacen cansinos.

Pero el punto de inflexión importante se va gestando en la sombra poco a poco. A partir de cierto momento se añade otro género, la fantasía o ciencia-ficción. Las líneas temporales se cruzan, porque la cueva o la central parecen albergar un agujero temporal y algunos protagonistas empiezan a viajar al pasado, con lo que las desapariciones e investigaciones toman un rumbo nuevo, los hechos en los años ochenta y cincuenta afectan de nuevas formas a la historia del presente, las relaciones se complican a un nuevo nivel, el parentesco genético se mezcla de maneras imprevisibles…

De esta manera, se va formando una barrera de expectación y desconfianza. Un drama realista que gira hacia la fantasía tiene que ir con mucho tacto para no perder el foco. Así que Dark fue calando de dos formas diferentes en los espectadores ya desde la primera temporada, y se fue separando hacia los extremos en las siguientes. Unos acabaron decepcionados con las debilidades y excesos que el salto trae, otros se mantuvieron atrapados por su fantasía rebuscada y su tono metafísico abierto a numerosas interpretaciones. Si hubiera sido una serie cualquiera, los primeros habríamos tirado la toalla pronto, pero el ruido mediático atrajo a más y más gente, y al final se convirtió en una de esas que tienes que ver para estar al día.

Como ocurrió con Perdidos y Twin Peaks (Mark Frost, David Lynch, 1990), sus evidentes influencias, la notable construcción de personajes, el excelso reparto y la exquisita puesta en escena pronto chocan con esa intrusión del género fantástico, nace la sensación de que en la sala de guionistas había más lluvia de ideas alocadas que un planteamiento bien trabajado. El desequilibrio empieza a hacer aguas, a levantar grandes dudas, a dejarse entrever un fiasco en ciernes…

Tras tanto prometer, el drama empieza a descuidarse en pos del artificio narrativo inherente a los viajes temporales complejos, como si hubieran empezado escribiendo una serie y luego les viniera el capricho de hacer otra cosa. Algunos personajes de misteriosos pasan rápidamente a resultar forzadísimos por su pose tan marcada y sus apariciones aleatorias (el Fumador de Expediente X y varios roles de Perdidos y de Twin Peaks están todavía frescos en la memoria), los diálogos van dejando la naturalidad del drama por una filosofía rebuscada y pedante que cada vez resulta más impostada, las obsesiones de los guionistas con escenarios y misterios concretos (la cueva y la central, los personajes nexo) empieza a ser cargante…

Y así, la prometedora temporada inicial de Dark acaba en un limbo cada vez menos atractivo.

Ver también:
-> Temporada 1 (2017)
Temporada 2 (2019)
Temporada 3 (2020)

LA MALDICIÓN DE BLY MANOR – MINISERIE

The Haunting of Bly Manor
Netflix | 2020
Drama, suspense | 9 ep. de 45-66 min.
Productores ejecutivos: Mike Flanagan.
Intérpretes: Victoria Pedretti, T’Nia Miller, Rahul Kohli, Amelia Eve, Oliver Jackson-Cohen, Tehira Sharif, Amelie Bea Smith, Benjamin Evan Ainsworth, Henry Thomas, Carla Gugino.
Valoración:

Alerta de spoilers: Sólo presento la trama y los personajes. —

La obra de terror La maldición de Hill House (2018) fue un exitazo tan inesperado como abrumador, al menos de público y crítica, porque los premios importantes, en su habitual sinsentido, pasaron completamente de ella. Aunque nació como miniserie, no sorprende que Netflix anunciara una segunda parte. Pero si Mike Flanagan tuvo todo el tiempo del mundo para escribir y dirigir aquella entrega tranquila y metódicamente, ahora tendría que ir a contrarreloj para aprovechar el tirón. Y es de sobra sabido que las prisas no son buenas. El bajón de calidad entre las dos primeras temporadas de Fargo (2014), True Detective (2014) y El Terror (2018) así lo atestiguan, de hecho, en las dos primeras citadas las cadenas dejaron a sus autores más margen en la siguiente etapa. En este caso es cierto es que han pasado dos años entre estrenos y que las labores de dirección esta vez se reparten entre varios (Flanagan casi se deja el pellejo en aquella ocasión), pero está claro que no ha sido suficiente, hacía falta sangre nueva también en la escritura o dejar un lapso de cuatro o cinco años. La maldición de Bly Manor tiene dos partes muy diferenciadas, con una caída en picado de calidad brutal que hace pensar en que el tiempo se echó encima y pisaron el acelerador a fondo.

Los primeros cuatro episodios mantienen bastante de las buenas formas de La maldición de Hill House. La entrada en la mansión Bly Manor presenta el entorno y los protagonistas con dedicación y cariño. Sin miedo a ser tildado de un narrador lento, Flanagan pone las piezas cuidando el factor emocional y el amor por el detalle y lo sutil más que intentando impactar con prisas y golpes de efecto. La situación personal de cada protagonista se deja entrever lo justo para que deseemos saber más, los primeros fantasmas tensan el factor suspense y miedo con habilidad, las pistas sobre lo que se cuece en la casa se siembran por doquier de forma más o menos velada… Con todo, sí que pesa un desequilibrio en ritmo entre idas y venidas en las líneas temporales y las historias secundarias. Los habitantes de la mansión, vivos y muertos, no atraen todos de igual manera.

Victoria Pedretti, quien fuera la hermana menor de la familia en la anterior entrega, encarna ahora a Dany Clayton, una joven estadounidense que se refugia en Reino Unido huyendo de algún trauma. El rol resulta enternecedor desde las primeras escenas, y la actriz va desarrollando un registro dramático de impresión. Los niños huérfanos que cuidará en su nuevo trabajo, como siempre en el género, resultan bastante inquietantes. ¿Qué esconden tras sus extraños comportamientos? Amelie Bea Smith y Benjamin Evan Ainsworth están estupendos a pesar de su corta edad. El tío de estos (Henry Thomas) se desentiende de ellos por otros traumas que esperamos conocer. Y los demás cuidadores de la hacienda son el encantador cocinero Owen (Rahul Kohli, dado a conocer en iZombie -2015-), la seria pero competente ama de llaves Mrs. Grose (T’Nia Miller, que asentó su carrera con Year and Years -2019-), y la simpática jardinera Jamie (Amelia Eve en su primer papel importante). Cabe destacar que Flanagan no esconde mucho la situación de Mrs. Grose para jugar, en vez de con otro secreto más, con el cómo llegó ahí y cuándo será consciente de todo.

Pero conforme entramos en materia van llegando las prisas, y por tanto la brocha gorda, los deslices, y el estancamiento. Los episodios quinto, sexto y séptimo resultan repetitivos y cada vez más aburridos.

La historia de Mrs. Grose se pone a dar vueltas sobre sí misma sin avanzar, agotando la paciencia cada vez más. El cocinero y la jardinera son simpáticos, pero se quedan completamente paralizados, son meros complementos para Mrs. Grose y Dany. La entrada en acción de Peter (Oliver Jackson-Cohen, que también participó en la anterior entrega) y Miss Jessel (Tahirah Sharif -algunas series poco conocidas-) es horrible. Estos son el ayudante del tío y la anterior institutriz, e inician una relación amorosa muy mal escrita, forzada en credibilidad, con diálogos torpes y escenarios lastimeros: no hay quien se crea que esa mujer madura y culta se líe con semejante patán maltratador y ladrón de poca monta.

No tengo nada en contra de que se mezcle terror con romance. La anterior miniserie hablaba sobre la familia y los traumas no curados, esta hace lo propio con la relación amorosa de varias parejas. Pero tras una presentación tan prometedora el terror se abandona prácticamente por completo, casi ni misterio queda, y el drama romántico no da la talla. Ninguna historia cuaja, sino todo lo contrario, se van deshilachando, decepcionando cada vez más.

La gran fuerza de Dany y su actriz mantienen la serie a flote en este acto central, generando cierta esperanza con que remonte en su parte final. Pero su trayectoria tampoco crece adecuadamente tras deslumbrar en su introducción. El acercamiento a Jamie juega demasiado con las trampas de “vamos a dejarlo para luego, que se nos acaba la serie antes de tiempo”, con lo que en vez de crear incertidumbre y expectación generan frustración y distanciamiento.

El sexto episodio remonta un poco. Al adentrarse por fin en las revelaciones de los líos fantasmales y personales y asomarse al desenlace hay más movimiento, algunas sorpresas dignas, y sobre todo se ve que Flanagan ha planificado bien como justificar todo el entramado. El conflicto entre muertos y vivos por sacar cada uno adelante sus vidas, aun a costa de sacrificios personales y hacer daño a otros, mantiene bastante la tensión.

Ahí debería haber acabado la miniserie, ahí debería haber abordado el final en vez de postergarlo para luego. Porque es evidente que se queda sin ideas y tiempo, los dos capítulos restantes son relleno descarado donde introduce de mala manera los últimos pasos del desenlace, cuando ya se ha diluido toda fuerza en la intriga y el drama, cuando hemos perdido el hilo tras aburrirnos con morralla irrelevante.

Flanagan no da pie con bola, las secciones e historias se cruzan sin ton ni son, sin ritmo, sin emoción, sin coherencia, y pone en boca de los protagonistas frases explicativas sonrojantes que le faciliten el trabajo. En la parte dramática y romántica se atasca en estereotipos facilones y cursiladas, y para rematar, reincide demasiado en ello, lo estira y retuerce en añadidos y epílogos insulsos hasta que no queda nada que salvar. En los conflictos entre fantasmas, habiendo sido el terror dejado de lado tiempo atrás y la conclusión casi cerrada en el sexto episodio, no hay más que rascar, así que también reincide sobre lo mismo, pone puntadas que deberían haber ocupado escasos minutos en aquel momento pero ahora alarga como puede hasta llegar al cupo de episodios exigidos. En resumen, la épica romántica acaba en comedia involuntaria, el suspense y terror en telefilme dramático de baratillo.

En las prisas también se desluce un poco el acabado. La maldición de Hill House, aparte de tener una ejecución modélica, se atrevió con algunos episodios muy complicados de rodar (planos secuencia, líneas temporales cruzadas) y que resultaron espectaculares. En la presente, las formas son sólidas en general, tanto dirección como fotografía y música, pero el intento de mantener la línea experimental hace aguas, obviamente ya desde el guion, pero también por la falta de dedicación. En los capítulos donde intentan lucirse, las distintas épocas se mezclan de mala manera, los flashbacks y los juegos de la repetición con cambios graduales se hacen muy cargantes.

El pobre Flanagan termina perdiendo totalmente el control de su criatura, la temporada pasa de resultar muy atractiva a provocar rechazo y vergüenza ajena. Difícil otorgarle una nota media a una obra que empieza en notable y acaba en el típico dos que te ponían en el instituto por lástima y por premiar el esfuerzo cuando te inventabas el examen. La valoración subjetiva es clara: querría borrarla de mi memoria, es tiempo perdido.

Lo único a rescatar es el papelón de Victoria Pedretti, a quien le auguro un gran futuro. En cuanto al futuro de la saga… espero que no sigan mancillando el recuerdo de La maldición de Hill House. Una obra que nace como miniserie debería quedarse en miniserie.

Ver también:
La maldición de Hill House (2018)
-> La maldición de Bly Manor (2020)

DEVS – MINISERIE


FX/Hulu | 2020
Drama, suspense, ciencia-ficción | 8 ep. de 43-55 min.
Productores ejecutivos: Alex Garland.
Intérpretes: Sonoya Mizuno, Nick Offerman, Alison Pill, Jin Ha, Zach Grenier, Karl Glusman, Cailee Spaeny, Stephen McKinley Henderson.
Valoración:

Alerta de spoilers: Sólo presento por encima argumento y temática. —

El escritor Alex Garland entró en el mundo del cine cuando adaptaron en el año 2000 su novela La playa (publicada en 1996). Ahí conoció al director Danny Boyle, con quien colaboró en dos títulos más, 28 días después (2002) y Sunshine (2007), bastante exitosos pero que no mostraban por ninguna parte el talento que se empezó a ver en ellos más tarde, pues eran unos torpes compendios de todos los clichés de los géneros zombi y ciencia-ficción. Dredd (2012) no valía para deducir si Garland estaba creciendo como escritor, por ser una serie b sin ambición, pero luego dio el salto a dirigir sus propios guiones y llamó bastante la atención. Aunque disten de ser redondas, Ex Machina (2014) y Aniquilación (2018) son obras de ciencia-ficción muy sugerentes y están rodadas con talento y pasión, lo que hace perdonar bastante sus limitaciones y fallos.

Cuando se anunció que iba a escribir y rodar una miniserie, los fans del género que lo teníamos en la mira la esperamos con interés. Con más tiempo y libertad para desarrollar las historias, ¿veríamos su potencial desplegado en su máximo esplendor? Pero en vez de observarse maduración y mayor amplitud de miras se ve un acomodamiento a fórmulas facilonas combinado torpemente con un tono pretencioso que acaba resultando más bien en unos lastimeros delirios de grandeza.

Cuando un relato de misterio va construyendo la trama sobre premisas, giros y detalles vagos y muy artificiales ya se puede ir intuyendo que no dará respuestas concretas. Uno bueno desgrana la información de forma que la suma de datos permite hacerse una idea del destino, da pie a que puedas ir reconstruyendo el enigma central. Uno muy bueno además será capaz de lograr un giro final que desmonte tus esquemas, pero llega ahí habiendo puesto sutilmente la semilla que lo hace verosímil, o sea, de forma que no parezca un giro salido de la nada, una farsa cutre. Un gran ejemplo es Blade Runner 2049 (Denis Villeneuve, 2017); en series, Black Sails (Robert Levine, Jonathan E. Steinberg, 2014) tiene una temporada final con sorpresas de ese tipo muy bien ejecutadas. Un escritor mediocre y vago elude los datos consistentes, porque no los tiene, así que cuando parece acercarse hacia algo salta con una salida por la tangente, con fuegos artificiales para desviar la atención. Pero hay otra clase de autores que van más allá, que se creen buenos pero acaban patinando con una grandilocuencia que puede ser entre cargante e hilarante. Lo peor es que suelen tener éxito: ahí están Mr. Robot (Sam Esmail, 2015) y Dark (Baran bo Odar, Jantje Friese, 2017) como buena muestra de ello. Devs cumple todos estos nefastos puntos con nota… incluído el aspecto de engatusar a numerosos espectadores y medios, que están obsesionados con ella como si fuera un gran hito de la ciencia-ficción.

Un punto de partida interesante y un acabado que trata de ser hipnótico pueden llamar la atención de primeras. El amago de ofrecer una historia con varias ramificaciones parece asentar unas buenas bases en los tres primeros capítulos. En San Francisco, el centro mundial de las nuevas tecnologías, tenemos una empresa ambiciosa y un directivo endiosado, se presenta una intriga de espionaje industrial, y de fondo, se siembra la semilla de la fascinación por lo desconocido: ¿qué están desarrollando en la parte secreta de la compañía?

Pero nada llega a tomar forma, sino todo lo contrario, la escasa consistencia inicial se desinfla rápidamente. Para empezar, el punto de partida es exactamente el mismo que en Ex Machina. Jóvenes entusiastas y adoradores de esa figura mitificada logran acercarse a ella e ir descubriendo su investigación que promete cambiar el curso de la historia. En aquella cinta entrábamos en un sugerente análisis sobre las inteligencias artificiales, la frontera entre humano y máquina, la ética en el tratamiento de estas creaciones… Aquí vamos por otro camino en argumento pero también en calidad y alcance: la tecnología en que trabajan es pura fantasía, la intriga todo clichés que no llevan a ninguna parte, el conjunto acaba arrastrado hacia un dramón muy básico, y todo ello está adornado con infinidad de enredos narrativos de mala calidad… y de dudoso respeto de cara al espectador, porque son engaños descarados.

Tenemos personajes extremos, marcados por una sola característica forzada e inverosímil. El equipo de Devs, el proyecto secreto, es un despiporre sin pies ni cabeza. Un viejo muy viejo y un joven muy joven de sexo indeterminado. ¿Qué se nos quiere decir con eso? El realizador sabrá. Un jefe que parece a punto de llorar a todas horas, porque sólo lo mueve el drama familiar que vivió, nada más se tiene en cuenta para tratar de elaborar alguna personalidad. Una subdirectora o lo que sea que lo acompaña y que no se sabe qué hace, pues aquí no se explica nada, se limita a poner cara de sobrada, de “sé cosas que tú no”. Parece que nadie más trabaja realmente ahí salvo el viejo y el niño/niña, eso sí, con tecnojerga y pantallitas llenas de enredos, nada que sea verosímil y venga de un esfuerzo real; los directivos sólo dan algunas órdenes, en plan “sigue trabajando”, y echan broncas cuando consiguen un gran avance porque… yo qué sé, nada tiene sentido; bueno, en realidad hay algunos extras que entran y salen de escena sin que quede claro qué pasa: trabajan ahí a tiempo parcial o qué. Aparte está el jefe de seguridad, que sí hace de todo él solito a pesar de estar a punto de morirse de viejo, así que el típico intento de mostrar un matón inquietante resulta más bien gracioso, porque parece estar en todas partes a la vez aunque le cuesta llegar a la puerta del despacho sin asfixiarse.

La anodina protagonista principal, recién introducida en este mundo, se sustenta en unos pocos amigos y novios que mueven su historia según se requiera, pues tras decidir que investigará lo que ocurre no vuelve a tener autonomía, no hace prácticamente nada nada concreto por sí misma. Lo gracioso es que algún personaje llega a decir que admira su determinación, cuando sólo va de un lado a otro empujada por los demás sin mostrar motivación alguna. Y tampoco que estos secundarios que la ordean vengan a salvar al situación, pues son meros motores de la trama, sólo sirven para ponerle encima las nuevas pistas o misterios, tampoco tienen dimensión alguna.

Sumando el nefasto reparto, no podía resultar un grupo de personajes menos conmovedor y más aburrido. Viendo sus trabajos anteriores, está claro que las mujeres niña andróginas, cual robots asexuados, son un fetiche de Garland, pero al menos podía tener en cuenta un poco las dotes interpretativas: Sonoya Mizuno está horrible. Y sus novios igual, Jin Ha y Karl Glusman cada cual da más vergüenza ajena y provoca más rechazo. Aunque habría que ver si el problema es el director, porque tenemos actores de gran talento probado, como Nick Oferman (Parks and Recreations, 2009) y Alison Pill (En terapia, 2008) como los directivos de Devs, de los que si por esta serie fuera diríamos que son intérpretes muy limitados.

Una vez entrados en materia, las pocas maneras a las que apuntaba el estereotipado entramado de historias se viene abajo rápido, a partir del cuarto episodio damos tumbos sin rumbo, y si Garland apuntaba bajo, en adelante acaba quedándose por completo sin ideas, rellena como puede un par de capítulos enteros para poder acabar con ocho, y se estrella a lo grande en un final para el que por suerte ya llegaba sin expectación ni esperanzas de ningún tipo.

Lo de que en Devs se está cociendo algo muy gordo no tarda en intuirse como un artificio manipulador sin nada detrás. Resulta que en un cubículo estrafalario donde curran cuatro mataos está el destino del mundo. Con una máquina hecha de tubitos de cobre, tan ridícula como la de Dark, se redefinirá el conocimiento humano del universo en un proyecto con repercusiones científicas, sociales y tecnológicas increíbles. Y de todo lo que se podría tratar, de la infinidad de análisis antropológicos, filosóficos y científicos que se podían hacer, sólo se habla de que el pobrecito jefe sufre una pérdida de seres queridos, lo que lleva a un improvisado e infantil ensayo sobre determinismo y libre albedrío… y, lo peor de todo, con unos ramalazos religiosos vulgares y esperpénticos. Para ser pretencioso al menos debes mostrar inteligencia tras la verborrea, así que sólo encontramos sensacionalismo y paridas, vaguedades y embustes. Como en Perdidos, se eluden las respuestas con más preguntas y desvíos de atención. Como en Mr. Robot, meten momentos chocantes por la fuerza para intentar provocar, como innecesarias peleas a tortas y muertes sangrientas, y otros numeritos visuales mal encajados.

En el final el despiporre es ya demencial: rompe las propias reglas establecidas, como para intentar provocar un shock por sorpresa, pero da igual, por arte de magia (aquí ciencia ninguna) acaba todo como se veía venir muy de lejos (si es que hasta detalles secundarios, como el mendigo, resultan obvios desde el segundo o tercer capítulo).

La línea de misterio con indagaciones de la protagonista nunca da sensación de peligro. Cómo va a darlo, si puede estar encerrada en un sitio de gran seguridad y salir andando por la ventana, si el matón sólo mata a personajes que el guionista considera que ya no son útiles y deja convenientemente al resto con vida… y al final Garland incluso logra superarse con una escena de las de enmarcar entre las más estúpidas del año: la protagonista llega a ir a casa de los asesinos que la persiguen a pedir explicaciones de por qué lo hacen… y estos se las dan.

En la puesta en escena Garland también intenta apuntar alto con pretensiones más que con visión y conocimiento. El ambiente hipnótico de Ex Machina y Aniquilación se generaba por el buen nivel del acabado visual y porque la necesaria unión con la historia funcionaba. Es decir, el estado de ánimo de los personajes se reforzada por las imágenes y estas eran coherentes con lo narrado además de hermosas. Aquí da igual lo que pase, todo se rueda con la misma iluminación naranja, la cámara andando lentamente de acá para allá en un ballet que lejos de resultar hipónico como dicen se hace cargarte ya desde el primer episodio. Sólo nos salimos de la tónica para tratar de epatar los sentidos con enredos absurdos: las lámparas del bosque, las columnas de oro (¿qué gilipollez es esta?) y el sobrecargado interior del edificio no impresionan, y menos sin en cada capítulo los enfoca veinte veces como diciendo “mira qué maravilla”. La música también sigue la estela de Mr. Robot, rarita sin venir a cuento. Los efectos especiales no dan la talla, el edificio de Devs y la estatua gigante cantan demasiado, y los coches (¿¡por qué hacen los coches por ordenador!?) parecen sacados de un videojuego de hace años. El escaso presupuesto también se nota en los escenarios y decorados, que son cuatro mal contados; se dejaron todo el dinero en el interior de Devs, con mucho enredo pero poco sentido.

Alex Garland ha patinado a lo grande en su paso a la televisión, cayéndose del pedestal en que lo teníamos los amantes de la ciencia-ficción. Estaba claro que era una adoración precipitada, pero desde luego apuntaba maneras y no se esperaba que cayera tan bajo repentinamente. Devs es una pérdida de tiempo total, de esas que te dejan cabreado por haberte dejado engañar.

HOMELAND – TEMPORADA 8 Y FINAL

Showtime | 2020
Drama, suspense, acción | 12 ep. de 50-66 min.
Productores ejecutivos: Alex Gansa, Howard Gordon, Lesli Linka Glatter, Claire Danes, varios.
Intérpretes: Claire Danes, Mandy Patinkin, Linus Roache, Costa Ronin, Maury Starling, Nimrat Kaur, Sam Trammell, Cliff Chamberlain, Andrea Deck, Numan Acar, Mohammad Bakri, Hugh Dancy, Elham Ehsas, Beau Bridges, Tim Guinee, Sitara Attaie.
Valoración:

Alerta de spoilers: Sólo presento la trama principal, sin datos reveladores de ningún tipo.–

Se va a echar bastante de menos a Homeland. El thriller de espionaje serio es un género que escasea desde el año 2000 en cine y televisión. Acción y más acción es casi lo único que hay, y los pocos títulos que podamos encontrar no tienen la complejidad y calidad de esta serie. Aun contando con algunos fallos que han ido arrastrando (siempre dejaban algún fleco suelto, había momentos un tanto forzados -sobre todo en los dramas familiares-, y podían haber sacado más de los secundarios), sus autores Howard Gordon y Alex Gansa han sido muy valientes en cuanto a temática, tocando temas de espionaje y terrorismo de actualidad y con una fuerte carga crítica (sobre todo contra los desmanes bélicos y políticos de Estados Unidos), y se han mantenido muy inspirados durante ocho estupendas temporadas.

Cierto es que los tres primeros años resultaron bastante irregulares, con tramos espléndidos y bajones notorios. Algunos de los protagonistas, el soldado Nicholas Brody y su familia, fueron quemados en la espectacular segunda etapa, algo que pesó bastante en la tercera, un tanto improvisada y caótica. Pero se arriesgaron a seguir sin ellos y a buscar nuevas historias y escenarios, y la serie ganó en equilibrio y en variedad. Y también en tranquilidad, pues por razones que todavía no comprendo, enganchó a un amplio y ruidoso grupo de fanáticos que no aguantaba ninguna queja sobre las carencias en la sección familiar (cuánto dramón cansino aguantamos con la hija) y luego pusieron un grito en el cielo cuando nos libramos de esas carencias, como si fuera una traición personal en vez de un esfuerzo por mejorar. Por suerte, parece que en el cambio de la tercera a cuarta temporadas se esfumaron a molestar a alguna otra serie.

Durante ese primer arco vimos las consecuencias dentro de los propios Estados Unidos de las guerras que mantienen en Oriente Medio con fines más políticos que de atajar realmente el terrorismo islámico, donde incluso cuando intentan tratarlo fallan estrepitosamente. Las familias rotas, los soldados traumatizados, la desafección hacia la clase política, la infiltración terrorista dentro de sus fronteras…

En la cuarta etapa terminaron de exprimir el tema trasladándonos a Afganistán y Paquistán para enfrentar directamente el nacimiento del terrorismo islámico y las meteduras de pata de EE.UU. en esos países. En la quinta saltamos a otro ángulo, abordando el conflicto desde Europa. La actualidad estuvo más presente que nunca, con ecos del caso Edward Snowden, el atentado contra la revisa Charlie Hebdo, la inmigración hacia la Unión Europea… Y la parte de espionaje empezó a acercarse a Rusia y la guerra fría constante entre ese país y Europa y Estados Unidos. La llegada de Donald Trump inquietó al mundo, y con su vena crítica, los guionistas no pudieron evitar hablar del tema, desarrollando otro arco largo, que abarcó las temporadas seis y siete, donde analizan a fondo qué podría pasar si la injerencia rusa y un candidato a la presidencia un tanto extremista agitara el avispero de corrupción e intrigas ocultas en el gobierno, la CIA, el ejército, los medios… No dejaron títere con cabeza en un relato de tintes espeluznantes por su verosimilitud.

Parecía que esta gran historia de vuelta en casa serviría para finalizar la serie por todo lo alto, pero la renovaron por una octava temporada. Habiendo pasado por todas las perspectivas posibles, no cabía imaginarse qué podrían abordar para el tramo final, pero era difícil no pensar en que lo habitual en estos casos es intentar causar impresión forzando tramas y giros sensacionalistas. El retraso en la escritura y el rodaje nos dejó un año sin serie, teniendo que esperar al siguiente, lo que aumentó los nervios, al pensar que no tenían claro qué hacían y estaban improvisando, y la expectación por verla de una vez.

El estreno ha terminado con las dudas y temores. No se la juegan con algo nuevo en plan ricemos el rizo, pero tampoco tiran de lo mismo de siempre. Es una mezcla de todo lo anterior, es decir, combinando la historia política y personal previa y la experiencia adquirida por los escritores tenemos una historia más global que nunca. El polvorín que es Paquistán vuelve a agitarse con la política local, la intromisión de Estados Unidos, la pugna entre los que miran hacia adelante y buscan puntos en común y los sectores más conservadores que quieren imponer su visión; y para aderezarlo todo, los intereses rusos añaden más problemas. En todo ello Carrie Mathison y Saul Berenson y en menor medida Max Piotrowski enfrentan nuevos y difíciles dilemas, incluyendo la lealtad hacia agencias y gobiernos tan corruptos.

Tenemos como siempre una trama muy compleja desgranada con paciencia, de forma que los primeros capítulos parecen lentos y dispersos, pero cuando todo cuaja se presenta un panorama fascinante. Además, esta vez empezamos con un extra de suspense al quedar en entredicho la posición de Carrie tras las vivencias recientes con los rusos.

El plan de paz de Saul es polémico pero prometedor, sobre todo porque parece llegar en buenas circunstancias. El terrorista más buscado del mundo, Hassain Haqqani (Numan Acar), parece harto de la guerra, y entre Saul, el decidido presidente de EE.UU., Warner (Beau Bridges), su fiel consejero David Wellington (Linus Roache), y la tregua de Haqqani podrían empujar a Paquistán y EE.UU. y por extensión al mundo hacia el buen camino. Incluso la directora del ISI (la agencia de inteligencia paquistaní), Tasneem Qureishi (Nimrat Kaur), parece estar dispuesta a oír las condiciones de gente de la que tan poco se fía.

Pero la nueva sangre no muestra tanta experiencia y madurez y se aferra a lo único que conoce, la guerra y el miedo como medios para gobernar y sobresalir. El hijo de Haqqani (Elham Ehsas) y los vicepresidentes de ambos países, Haynes (Sam Trammell) y G’ulom (Mohammad Bakri), y sus asesores (destacando a un inmenso Hugh Dancy), siguen empeñados en el conflicto bélico como única solución posible. Y en tierra de nadie queda Yevgeny Gromov (Costa Ronin), el contacto ruso de Carrie cuya afiliación y planes son un misterio.

Como es habitual también, una vez asentado todo, los guionistas lo hacen saltar por los aires llegando al cuarto y quinto episodios, y nos embarcamos entonces en una intriga de política, espionaje y terrorismo impredecible y fascinante, llena de bandos, intereses e intenciones ocultas y problemas de todo tipo. Resulta la temporada más volátil y difícil de ver venir desde la segunda, cada pocos capítulos la situación cambia de formas inesperadas a peor y se pone cada vez más al límite a los protagonistas, llegando estos a estar ante dilemas laborales y personales que te mantienen en un nivel de tensión que te hará sudar y apretar los dientes.

Pero esto sigue siendo Homeland, y se mantienen los problemas de siempre también. Los personajes secundarios son irregulares, con algunos nuevos que apenas logran despertar el interés y otros veteranos desaprovechados. Max tiene sus momentos, pero está metido un poco por la fuerza en todo. Me sigue cayendo muy bien, pero no logra dejar huella este año. El jefe de la delegación de la CIA en Paquistán, Mike Dunne (Cliff Chamberlain), resulta demasiado tontito para ese cargo, y da la impresión de que deja su trabajo para incordiar a Carrie más veces de la cuenta. La agente novata Jenna Bragg (Andrea Deck) prometía más, tanto en su adaptación al trabajo como en la relación con Carrie, y si bien es bastante simpática, no llega ofrecer una trayectoria que atrape y sorprenda. Peor parada sale Samira (Sitara Attaie), la mujer paquistaní que perdió un marido y piensan que puede ayudar: en cada aparición esperas que aporte algo, pero no lleva a nada; no sé si con el drama que enfrenta querían mostrar la vida en la zona, pero es algo muy previsible y no llega a tener relevancia, se olvida y no vuelve a mencionarse.

Otro de los fallos recurrentes es que los guionistas se esmeran en que la amplia visión global resulte verosímil pero a veces descuidan el detalle, de forma que algunas soluciones de escenas secundarias o de transición no resultan creíbles, dejando unos cuantos instantes desperdigados aquí y allá que te hacen torcer un poco el gesto; por poner el ejemplo más destacable, que Carrie se presente con un camión conducido por un árabe en plena base militar estadounidense y se pasee por los hangares sin que haya pasado por ningún control es de un ridículo asombroso.

Tras ocho temporadas de serie, con historias tan apasionantes y llenas de sorpresas memorables, era bien complicado conservar el nivel en el final, cerrar todo adecuadamente y mantener la capacidad de sorprender sin parecer que tiran de artificios para tratar de complacer con facilidad las ansias del espectador. Y lo consiguen, unen cada línea con dedicación, sin miedo a pararse a asentar nuevos ángulos esenciales en los últimos capítulos. Pero además lo rematan todo con un epílogo fantástico que te deja con una grata sonrisa de satisfacción.

Ver también:
Temporada 1 (2011)
Temporada 2 (2012)
Temporada 3 (2013)
Temporada 4 (2014)
Temporada 5 (2015)
Temporada 6 (2017)
Temporada 7 (2018)
-> Temporada 8 y final (2020)

BETTER CALL SAUL – TEMPORADA 5


AMC | 2020
Drama, suspense | 10 ep. de 45-59 min.
Productores ejecutivos: Vince Gilligan, Peter Gould.
Intérpretes: Bob Odenkirk, Rhea Seehorn, Jonathan Banks, Michael Mando, Giancarlo Esposito, Patrick Fabian, Tony Dalton, Mark Margolis, Kerry Condon.
Valoración:

Alerta de spoilers: Sólo presento la situación inicial de cada personaje.–

Con el nacimiento de Saul Goodman desde las cenizas de Jimmy McGill y a falta de solo una temporada más para acabar, Better Call Saul debería haber pegado un subidón, haber empezado a andar con paso firme hacia adelante, dejando atrás el miedo, la timidez y otros lastres innecesarios, pero sigue atascada en los mismos problemas de las etapas anteriores. Las vueltas en círculos para ralentizar la progresión y tener otro año más y las dos secciones tan diferenciadas y mal unidas nos dejan otra vez con la miel en los labios.

Sí, sin duda Vince Gilligan, Peter Gould y colaboradores son muy inteligentes y metódicos, capaces de exprimir la psicología de los protagonistas principales, mantener bastante alto el interés con poco (el cuidado al detalle es muy destacable), y construir puntos álgidos emocionales o de acción con una paciencia y habilidad pasmosas. Pero también está claro que se equivocaron con el concepto de la serie, con algunas elecciones iniciales, y no han sabido arreglarlo conforme ha pasado el tiempo.

En la primera temporada pensaba lo contrario. Creía que la experiencia adquirida con Breaking Bad (Gilligan, 2008), una obra muy experimental, les habría permitido conocer los límites de la narrativa y aquí irían con mayor seguridad en lo que hacían, a lo que se sumaba que el destino de Jimmy McGill es conocido, con lo que tendrían el rumbo bien determinado. Es decir, la serie madre resultaba muy irregular debido a tanta improvisación, y parecía que aquí iban a manejar mejor la contención, a hallar un mayor equilibrio. Pero ya la segunda etapa empezaba a mostrar claramente una parte de acomodamiento y otra de no tener los objetivos claros, y conforme pasaba el tiempo se ha ido imponiendo el miedo a cambiar de aires, a arriesgarse a dejar la zona de confort e ir más allá.

Y en una serie que precisamente habla sobre ello, es imperdonable. La historia de Jimmy y su alter ego Saul Goodman es la de romper con el sistema, con lo establecido, con su vida, y lanzarse al mundo que el que siempre ha jugado, el del caradura, el los pequeños rodeos bordeando la ilegalidad… el del crimen. Hemos estado esperándolo cuatro años, con amagos varios y a veces también bucles cansinos, y cuando llegan, las mejoras se ven empañadas por el poco riesgo en la progresión y la acentuación de los fallos.

La aceptación de su destino aporta al personaje y a su fantástica relación con Kim Wexler más matices y nuevas experiencias muy atractivas, dejando bien patente el mimo y la dedicación de los guionistas, directores y actores. En cada suspiro y mirada entendemos qué piensan, qué ocultan, qué pretenden. Tras cada decisión, traspiés y victoria ha habido una progresión muy cuidada. De nuevo brilla ese amor por el detalle, por cosas en apariencia mundanas que sirven como detonante de grandes avances. Por ejemplo, ha sido muy efectivo que Jimmy quiera guardar su apreciado termo del café que lo ha acompañado en su tormentoso viaje laboral… y que Kim lo encuentre por casualidad y vea el agujero de bala que destapa sus últimas mentiras. Aunque hay que señalar que también tiene algún fallo notorio en este aspecto: el helado engullido por hormigas como símil de la corrupción es irrisorio.

Para redondear estos fascinantes roles, Bob Odenkirk vuelve a estar estupendo en un personaje con muchísimos matices y cambios emocionales, y Rhea Seehorn, que ya apuntaba muy buenas maneras, tiene cada vez más espacio para deslumbrar con un torrente interpretativo admirable, capaz de pasar de lo enérgico a lo sutil en solo parpadeo.

Pero después del buen trabajo hecho con la psicología de los protagonistas, los autores desaprovechan su enorme potencial con historias muy previsibles y guiadas. Prácticamente todo se ve venir en cuanto se presenta, tanto en los problemas personales y laborales como en la entrada en el mundo del crimen. De esta forma, se echan muchísimo de menos los giros a lo Breaking Bad que hacían saltar en pedazos cualquier cosa que dieras por hecho. La relación con Lalo, lo que más instantes inesperados podría traer, se queda en lo más facilón, sabes cuándo acabarán uno en la órbita del otro, qué conflictos habrá, cuándo Jimmy sufrirá consecuencias, e incluso supuestos momentos álgidos, como presentarse en su casa, no sólo se intuyen, sino que te imaginas mucho antes cómo se desarrollarán.

En ocasiones, la excelente puesta en escena, con el pulso templado de la dirección y la deslumbrante fotografía, salvan muy bien los trastes, como en la espectacular odisea por el desierto. Otras veces, no hay manera de levantar el poco contenido: los dos últimos capítulos son insípidos y decepcionantes, no hay incertidumbre ni tensión alguna.

A ello hay que sumar que Saul y Kim forman parte de una serie, y por el otro lado tenemos otra muy distinta: las aburridas e intrascendentes disputas entre los líderes de los cárteles.

La obsesión por depender tanto de Breaking Bad ha sido otro error del que siguen sin ser conscientes. Había tanto que contar en los juegos con la ilegalidad de Jimmy, que volver la vista atrás para contar nimiedades de una historia ya cerrada en aquella serie es a todas luces una decisión fallida, agravada notablemente por la falta de novedades y valentía. Lalo Salamanca puede ser carismático gracias al papel de Tony Dalton, pero su historia está tan vista, es tan previsible, que acaba siendo una verdadera molestia. En cada aparición esperaba que fuera la última y pasáramos a otra cosa. Pero al final daría igual también, porque el resto es ver a Gus Fring serio, críptico e inquietante hacer cosas que ya conocemos de sobras.

Porque no hay más. Sólo ellos y otro par de capos representan el entramado de los cárteles, restándoles bastante credibilidad. Ya Breaking Bad metió bastante la pata cuando se embarcó en este camino de poner jefazos cada vez más poderosos, cual videojuego, dejando de bastante lado la credibilidad. ¿Dónde están los capitanes y tenientes, los mensajeros, los asesinos? Lalo, Fring y los Salamanca siempre están sólos sobre un entramado criminal fantasma, y resuelven todo con llamadas: aparece un contacto, un equipo de matones o de mercenarios bien equipados o lo que sea, y les soluciona el trabajo o no según requiera la trama, mientras ellos no hacen mucho más allá de poner caras de villano de dibujos animados. Conflictos internos momentáneos como la estúpida escena de las freidoras sucias llegan tarde y mal. Si no hay novedades, al menos que hubiera solidez y verosimilitud.

El único consuelo era que Nacho Varga y Mike Ehrmantraut iban aportando un poco más de emoción y variedad, una historia más humana y tangible. Pero también ha ido quedando claro a lo largo de estos cinco años que son relleno, que no tienen para ellos una historia bien planificada, y que la unión con Saul es anecdótica, como para recordar que estamos en el mismo universo. Ha habido tramos bien hilados que daban más interés a su presencia, como la construcción del laboratorio de droga, pero una vez superadas sus secuelas, en esta etapa no encontramos nada llamativo.

Mike está completamente estacando, con capítulos que hubieran tenido algo de sentido en el primer o segundo año, pero ahora parecen pura morralla. Los recesos en que queda en pausa total para hacer tiempo hasta que puedan volver a acercarlo a Saul son vergonzosos: la historia de la herida curada en aislamiento y el drama recordando a su hijo son ideas tan trilladas y llenas de clichés que parecen escritas por otros guionistas y empalmadas por la fuerza.

Nacho va peor encaminado. Al menos con Mike tenemos una personalidad bien definida, unos intereses personales y laborales claros. Nacho está metido en todo sin que sepamos todavía, a estas alturas de serie, qué lo mueve, qué quiere del mundo. El drama con el padre también está demasiado visto, la impostada tensión al quedar entre Lalo y Fring no va a ninguna parte, la rivalidad entre estos se acrecienta u olvida como si fuera una riña entre niños.

No olvidemos tampoco la obsesión por incluir tanto referencias veladas como homenajes claros a Breaking Bad, tiempo perdido para quienes esperamos que vaya al grano y siga su propio camino pero que parece hacer las delicias de los fanáticos que dan más valor a encontrar un guiño oculto a su obra endiosada que una buena historia propia. En este año tenemos la aparición estelar de Hank y su compañero, otro enlace tan gratuito y forzado que rompe el ritmo de mala manera. Y Lydia pasaba por aquí para decir “Holiiiii” y ya está.

Para colmo, el arco de Saul y Kim acaba en el octavo episodio. Apenas tocan un poco las consecuencias y el inicio de la nueva etapa en los dos siguientes con micro escenas que diluyen negligentemente su impacto dramático. Resulta que los autores estiman oportuno dejarlos en segundo plano y darle relevancia a una artificial subtrama de intriga y acción con los cárteles. Por mucho tiroteo que metan, no pueden disimilar la falta de interés que despierta esa sección y lo mal que le sienta a la temporada acabar con una distracción tan descarada.

Así, la tímida mejora en equilibrio y sensación de dirección del cuarto año se vuelve a disipar, y pesa más que nunca porque es un paso atrás justo cuando parecía mirar hacia adelante por fin.

PD: Robert Forster falleció en octubre, con lo que no llegó a ver sus escenas en El Camino y el primer episodio de esta temporada.

Ver también:
Temporada 1 (2015)
Temporada 2 (2016)
Temporada 3 (2017)
Temporada 4 (2018)
-> Temporada 5 (2020)