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WESTWORLD – TEMPORADA 2

HBO | 2018
Drama, suspense, ciencia-ficción | 10 ep. de 55-90 min.
Productores ejecutivos: Jonathan Nolan, Lisa Joy, J. J. Abrams.
Intérpretes: Evan Rachel Wood, Thandie Newton, Jeffrey Wright, Ed Harris, Anthony Hopkins, James Marsden, Tessa Thompson, Simon Quaterman, Shannon Woodward, Rodrigo Santoro, Ben Barnes, Peter Mullan, Jimmi Simpson, Clifton Collins, Katja Herber, Zahn McClarnon.
Valoración:

Alerta de spoilers: Solo menciono un par de cosas del argumento que no me parecen cruciales. Tras el siguiente aviso sí entro a fondo en el final.–

Lo veía venir pero ya lo tengo claro: Westworld es la nueva Perdidos (J. J. Abrams, Damon Lindelof, 2004). Tiene en vilo a medio mundo seriéfilo con humo y sensacionalismo, con promesas que llevan a nuevas promesas, con amagos y requiebros que te dejan con la miel en los labios, pero casi nada de contenido real se vislumbra por ahora, y todo apunta a que así seguirá siendo, porque hemos llegado a puntos de inflexión clave en las tramas y no se ha avanzado casi nada con ellas y con los personajes. Los malabares que hacen los guionistas Lisa Joy y Jonathan Nolan para tratar de ocultar el escaso material que han sido capaces de explorar en un argumento con mucho potencial me han resultado exasperantes, incluso ofensivos a veces.

La primera artimaña es la narrativa fragmentada en el tiempo para ralentizar el avance de los hechos y para ocultar información al espectador y así tratar de generar intriga y expectación alrededor de la pobre trama sin que, en teoría, se note demasiado. Si los saltos temporales implicaran nuevas lecturas de la situación, si lograran una atmósfera de suspense efectiva, pero pronto se ve que son desvíos de atención y un intento de dificultar la comprensión del relato para que parezca más complejo. Llega a resultar bochornoso como usan la memoria de Bernard, que va recordando según conviene a los escritores, pero por lo general ni ponen excusas, tenemos línea temporal sobre línea temporal de forma que tienes que estar toda la temporada haciendo grandes esfuerzos para ponerlo todo en orden, un esfuerzo infructuoso porque al final la serie es bien simple, la mayor parte de lo que vemos no es nada más que viajar de un lugar a otro y descubrir alguna pista.

Para alargar la duración lo lógico hubiera sido hacerlo mediante aventuras secundarias de relleno, siempre y cuando estuvieran mínimamente relacionadas con la premisa principal y los personajes no decayeran en el proceso. Y lo cierto es que lo intentan con los episodios centrados en la parte japonesa del parque y con los indios, pero dejan mucho que desear, no hacen sino mostrar las carencias de los escritores, su incapacidad para coger una idea sencilla y desarrollarla bien. El lío japonés se ahoga en estereotipos vulgares y un ritmo plomizo. Qué forma de desaprovechar el dinero (decorados, puesta en escena) y los actores tan llamativos (Rinko Kikuchi, Hiroyuki Sanada). El de los indios sale mejor parado (destacando la sólida interpretación de Zahn McClarnon), pero aun así esa torpeza limita demasiado una historia de amor que prometía ser épica y hermosa y termina siendo previsible y repetitiva. Así, el efecto conseguido es el contrario: en vez de estar entretenido en espera de que vuelva a pasar algo importante tienes la sensación de que te han estafado con un añadido estéril y tedioso.

El segundo ardid son las falsas promesas y el sensacionalismo. El esqueleto de la trama es lo ya conocido, el despertar de los robots y la rebelión contra el hombre, pero en vez de ahondar en la temática y darle un recorrido más trabajado a los protagonistas los autores están empeñados en basarse únicamente en el artificio superficial, y terminan abusando demasiado de recursos que ya de por sí serían bastante cuestionables en pequeñas dosis. Todo forma parte del gran plan de Ford, pero como en Battlestar Galactica (Ronald D. Moore, 2004), no hay otro plan que la improvisación de los guionistas. Da igual lo que ocurra, lo que se enmarañen las cosas (como digo, no mucho en el fondo, sólo en la narrativa), todo se justifica y explica como parte del imposible plan de Ford, quien muestra una anticipación a los eventos que ni Hari Seldon (el de La Fundación de Asimov). Pero hay más, mucho más…

Acabarás harto de menciones al Valle del Más Allá, la Cuna, la Forja, la clave en la mente de Abernathy padre… todo ello rodeado siempre de un halo de “va a pasar algo grande que te va a dejar flipado”, para luego ser lo que se veía venir, cosas mundanas muy exageradas: un servidor de datos, una clave de acceso, otra entrada y habitación secreta de las miles que parece haber por el parque. Esto último ejemplifica el agotamiento de las pocas ideas que hay, pero por ahora parece que los espectadores siguen cayendo en estas burdas ilusiones. El dichoso Valle ya lo teníamos en la primera etapa en la forma del Laberinto, que no es sino una excusa para mover a la gente, porque si los dejan quietos se ve con mayor claridad que no está pasando nada; cada dos por tres sacan un nuevo enclave secreto con secretos de Ford que no son sino una extensión de lo mismo (¡el PLAN!); y ya he citado la memoria selectiva de Bernard y las idas y venidas en el tiempo que repiten lo mismo en pequeñas dosis (al final parece que ha habido como quince ataques al complejo de oficinas desde donde se dirige el parque).

Las vaguedades de la historia se contagian también al contenido de índole intelectual. Al empezar la serie todo parecía apuntar a que estábamos ante una obra trascendental e inteligente donde se abordarían cuestiones de diversa índole, pero todo se queda en cuatro flojos apuntes que están lejos de cumplir con las expectativas. El parque donde el ser humano puede dar rienda suelta a sus vicios ocultos o encontrarse a sí mismo daba para adentrarse en la psique humana, pero no encontramos ni una sola reflexión relacionada. Los apuntes sobre la conciencia y el libre albedrío, lo más relacionado con la premisa, se quedan en prácticamente nada, unos pocos diálogos pobretones. Las implicaciones éticas de la tecnología de los anfitriones tienen algo más de recorrido, sobre todo con pasajes como el centrado en Delos, pero teniendo infinidad de robots despertando daba para exponer distintas perspectivas y en cambio los protagonistas están atascados en un bucle sin salida donde no se llega a contar nada con enjundia.

Ese el otro gran problema que se veía venir desde sus inicios y termina por explotar en esta etapa: los personajes tenían un potencial que no llegaron a aprovechar del todo, y aquí empeora la cosa, pues van perdiendo profundidad hasta quedarse en un esbozo inane. En los inicios de la serie al menos Dolores y Maeve resultaban bastante sugerentes, la temporada se sostenía e invitaba a seguir casi exclusivamente por ver su despertar, su lucha por tomar las riendas de sus vidas, pero una vez toman consciencia se ahogan en historias repetitivas que no permiten seguir explorando sus personalidades, y me temo que los poquísimos cambios que llegamos a ver resultan incluso incongruentes.

Dolores sólo quiere vengarse de los humanos por su cautiverio, para lo cual va reuniendo un ejército de anfitriones. Pero su objetivo no podía ser más vago, tanto que al mínimo análisis se cae a pedazos. Busca con ahínco el Valle del Más Allá, esa débil promesa de libertad y respuestas que ni se para a investigar cuando asalta las oficinas, donde sí tenía de información en cantidad al alcance de la mano… y también la salida al mundo real, con la estación de tren. Y para rematar lo que queda de personaje, a mitad del camino se carga a todos los anfitriones y sigue sola, e incluso altera los parámetros de personalidad de su amado Teddy para controlarlo mejor. ¿Por que? No se explica, simplemente se ha vuelto chunga porque sí. Maeve lo único que quiere es encontrar a su antigua hija. La idea de por sí es bastante ridícula: la anfitriona más despierta y capaz no se entera de que las vidas pasadas son constructos del hombre, guiones, y arriesga su vida y libertad y la de todos los que la rodean por sueños absurdos, cuando, de nuevo, lo lógico es ir al centro de mando y estudiar y arreglar la situación desde ahí. Tanta penuria con la niña resulta un drama cansino y otro objetivo que nunca parece llegar porque siempre ofrece un giro que lo aleja un poco más en el último momento. Bernard, que fue el tapado de la primera temporada, cobrando protagonismo poco a poco, es engullido por el mal desarrollo de las tramas: toda su historia se limita a intentar recomponer sus recuerdos, pero ningún avance aporta algo tangible a su forma de ser, a sus motivaciones para seguir adonde quiera que vaya, porque pasa por todos los escenarios pero no como personaje, sino como objeto dosificador de la intriga. Supongo que por presencia se podría citar a Charlotte Hale como personaje principal también, pero esta es incluso peor, sólo sirve para canalizar la lucha de la empresa contra la rebelión, no tiene una forma de ser concreta con la que conectar, su existencia es otro macguffin de baratillo: “¡atención, atento, que trama algo!”. Después de unos pocos capítulos forzando ese misterio acabas deseando que deje de aparecer.

Como extensión de estos problemas los actores ven limitadas sus posibilidades. Tanto repetir las mismas situaciones en cada capítulo (paseo por el desierto, tiroteo de Dolores, llanto de Maeve, confusión de Bernard, soy mala y oculto algo de Charlotte) significa también una interpretación encorsetada: todo el rato con las mismas caras. El gran talento que mostraron en la primera temporada, sobre todo Thandie Newton y Evan Rachel Wood, se ha desperdiciado por completo, ahora incluso empiezan a resultar cargantes.

En un segundo plano tenemos al hombre de negro, o William de anciano, la esperada aparición de Delos (Peter Mullan), y las crípticas intervenciones de Ford. Estos aportan algo de información sobre el nacimiento del parque y su propósito, pero también terminan sobre utilizados como expositores de las tramas y artificios, perdiendo entereza como personajes y acercándose demasiado a convertirse en objetos inanimados. La aparición de la hija de William, Emily, intenta humanizarlo un poco, pero también resulta muy forzada: los encuentros imposibles, el drama familiar remarcadamente lacrimógeno… Sólo el buen hacer de Katja Herbers (Manhattan, Sam Shaw, 2014) y Ed Harris les da algo de vida.

Ninguno de los secundarios se trabaja lo suficiente como para interesarte por sus vivencias y destinos. Hay bastantes con nombre (la banda de forajidos y los técnicos que llevan como rehenes), pero me importan un bledo sus desventuras, son entes que van andando por el desierto sin añadir nada claro a las historias o a los demás personajes. ¿Para qué incluir tantos roles si no tienen nada que aportar con ellos? Apenas logran despertar algo de simpatía con Hector, Elsie y Lee, pero porque sus intérpretes Rodrigo Santoro, Shannon Woodward y Simon Quarterman respectivamente están muy bien. El resto podrían desaparecer, que ni te darías cuenta, y con algunos de hecho acabarás deseándolo, como el cansino de Teddy y el no menos insufrible mejicano que se encuentra William cada dos por tres.

Ya la primera temporada era lenta y cabía en la mitad de capítulos, pero esta está completamente estancada, había material para dos o tres episodios como mucho. Terminamos dando apenas un tímido paso desde el final de aquella, porque en vez de avanzar hemos estado dando vueltas en círculos desde entonces. Unos anfitriones salen del parque hacia el mundo real, otros mueren en el intento, y en el proceso tanto estos como los humanos que los controlaban descubren cosas sobre sí mimos y el mundo que antes no conocían.

Como en aquella ocasión, tenemos un episodio final de hora y media que al contrario que los demás sí consigue ser bastante entretenido gracias a una buena dirección y una música efectiva que le confieren un ritmo bastante enérgico, pero claro, no es suficiente para esquivar la mala sensación de que estamos donde teníamos que estar hace diez horas, y para rematar, en el contenido los guionistas se quedan cortos después de tanto anunciar algo grandioso, porque siguen tirando de sensacionalismo más que en centrarse en ejecutar bien los pocos frentes abiertos. Es que ni si quiera se trabajan la coherencia: algunos personajes se han tirado estos diez capítulos viajando al valle para que ahora en el último momento otros se recorran el parque de lado a lado varias veces en minutos.

Alerta de spoilers: Salta al siguiente párrafo si no quieres destriparte el final.–

El dichoso valle no es más que otra ilusión virtual, el proyecto secreto de almacenar la personalidad de los visitantes se queda en el limbo para próximas temporadas, los que salen del parque no hacen nada concreto todavía, Williams al final no se sabe qué busca pero sigue buscándolo, el maldito plan de Ford sigue siendo una entelequia, etc., etc. Y los embustes cantan a distancia. Para qué tanta muerte con planos lentos para forzar el drama si sabemos que nadie está realmente muerto, que todos pueden ser resucitados, que cualquier humano puede ser un robot o convertirse en uno. Sin ir más lejos, la resurrección de Dolores no podía ser más tramposa, tras tanto dramón con Maeve pronto apuntan a su retorno también, y el epílogo con Williams en un futuro ya me diréis para que sirve salvo para sacar un “oh” al espectador facilón y permitir que los blogs que viven del clicbait ganen visitas anunciando explicaciones para quien no haya sido capaz de entender un giro tan efectista e innecesario; ojo también a la trampa de Dolores con la bala usada, que evidentemente no cabe de ninguna manera en el tambor del revólver, de hecho, no pueden mostrarnos cómo lo hace así que no lo vemos, así de manipuladores son… pero hay más, porque resulta que es tan estúpida que no la pone la primera, sino tres balas más allá, sencillamente porque los escritores necesitan extender el clímax.

Una vez unidos todos los grupos y personajes no hay una catarsis, una revelación, una suma que dé algo más grande, sino que cada uno sigue su camino por separado y ninguna de estas direcciones sorprende, la mayor parte sabe a poco o decepciona bastante. No puedes crear tanta expectación si no tienes nada que contar, el esfuerzo debería ir en contarlo bien. Así que no queda otra conclusión: Westworld es la nueva Perdidos, la nueva Battlestar Galactica… bueno, en realidad es peor, porque ni siquiera tiene un ritmo adictivo, un aspecto visual deslumbrante (más allá de alguna buena panorámica del desierto, sigo preguntándome cómo pudo costar tanto) y unos personajes que enganchen con los que pueda entender la admiración que despierta.

Ver también:
Temporada 1 (2016)

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HOMELAND – TEMPORADA 7

Showtime | 2018
Suspense, drama | 12 ep. de 47-62 min.
Productores ejecutivos: Alex Gansa, Lesli Linka Glatter, Howard Gordon, Claire Danes, varios.
Intérpretes: Claire Danes, Mandy Patinkin, Elizabeth Marvel, Linus Roache, Maury Starling, Morgan Spector, Dylan Baker, Beau Bridges, James D’Arcy, Catherine Curtin, Sandrine Holt, Costa Ronin, Amy Hargreaves.
Valoración:

Alerta de spoilers: Describo bastante las tramas del año.–

Nos quedamos en jugoso e inquietante punto y aparte en la temporada anterior con el endurecimiento de la política de la presidenta Elizabeth Keane tras sobrevivir al intento de golpe de estado de sus propias fuerzas de seguridad. Carrie vio rápido el emergente totalitarismo de su otrora amiga y desde entonces vive con el dolor de ver su patria desgajada desde dentro. Pero sin trabajo y acogida por su hermana, todo lo que puede hacer es tragarse su resquemor. Saul sin embargo parece resignado, o pasando del tema, viendo que no hay mucho que hacer. Pero en el primer intento de limar asperezas la presidenta, presionada por su consejero David Wellington, promete empezar a liberar a presos políticos y darle a Saul el puesto asesor de la seguridad nacional. Su primera misión será dar caza al último disidente fugado, el locutor de radio Brett O’Keefe, pero la cosa no pinta nada bien, porque los paletos sureños están muy agitados y él lo exprime incitando una posible rebelión ciudadana. Otro de los principales artífices de esta situación, el general que lideró el atentado, McClendon, está entre rejas, pero Keane no tiene descanso tanto por el envite constante de O’Keefe por el lado mediático como el del senador Sam Paley por el político y legal. Y la cosa se complica cuando el general muere en extrañas circunstancias…

La intriga política empieza, como suele ser habitual en Homeland, con unos primeros capítulos más que pausados lentos, pero lo cierto es que aquí lo son bastante y cuesta perdonarlo porque las tramas ya estaban bien asentadas y venían con carrerilla, ergo no había la necesidad de pararse a exponer con detenimiento una historia nueva. Además, Carrie da bastantes tumbos en un drama muy visto: que si estoy loca, que si la hija, que si las peleas con la hermana… A estas alturas deberían haber buscado algo más original. El enérgico papel de Jake Weber como el locutor miserable que escupe bilis y conspiraciones cada día y la tensión con que los ultraconservadores amantes de las armas se alcen contra el gobierno es lo más llamativo del primer tercio del año. Sin embargo, me temo que el subidón gradual de esta sección no llega tan alto como se esperaba, porque prometía un episodio de acción espectacular de los que dejan todo patas arriba como venía siendo habitual en las temporadas previas, pero es un poco decepcionante al no ofrecer una gran batalla y dejar luego a O’Keefe muy de lado a pesar de su relevancia.

De todas formas, la lectura crítica que se expone no se puede pasar por alto, porque en estos dos últimos años de sutil tiene bien poco. Homeland siempre ha sido una producción dada a mostrar las malas artes del gobierno de Estados Unidos y que trataba de ofrecer una visión compleja y verosímil del panorama político de todo el mundo (centrado terrorista y espionaje), pero no se notaba tanto en sus dos primeros años, más centrada en la familia, lo militar y el miedo al musulmán, así que conforme fue abriendo el objetivo fue perdiendo el beneplácito aquellos que no habían se dado cuenta de que no era tan de derechas como pensaban. Porque por lo visto muchos no se enteraron de que Brody no se había convertido en islamista radical, sino que había conocido la miseria que deja su país por el mundo y quería ponerle fin acabando con sus dirigentes, pero ya en futuras etapas, cuando ponían musulmanes buenos (¡qué osadía!) y políticos corruptos e incompetentes más evidentes, se preguntaron qué hacían viendo una serie realista y volvieron a 24 (2001), la orgía fascista protagonizada por Kiefer Sutherland.

Pero ahora, estando Homeland tan bien asentada a estas alturas, su artífices principales, Howard Gordon y Alex Gansa, no tienen miedo de poner en la mira a la población civil también. El primer foco me parece muy correcto, de hecho logran que resulte perturbador: describen y machacan a lo grande a los O’Keefe del mundo, esos ultraconservadores cuando no fachas que viven en una burbuja inventada por ellos mismos sin conocer los problemas reales de la gente (sobre todo las clases bajas) y se alimentan de soltar mierda y conspiraciones contra enemigos imaginarios, o sea, contra todo el que no comulgue con su paranoia; la principal referencia de esta figura parece ser el locutor y productor de documentales conspiranoicos Alex Jones; en España su equivalente serían Jiménez Losantos o Eduardo Inda (ni los voy dignificar poniéndolos en negritas). También van a saco a por el clásico “obrero de derechas”, en EE.UU. conocidos como “rednecks”, poniéndolos de ignorantes que no entienden el mundo y violentos contra todo lo que no piense como ellos. Pero en esto último deberían haber mostrado más perspectivas, creo yo que había tiempo para dibujar un cuadro más completo que abarcara distintas visiones del conflicto, o al menos haberlo hecho con más elegancia para que no pareciera una simplona generalización del estereotipo. Es decir, aquí sí habría razones para señalar un torpe giro hacia una torpe izquierda.

Después de este punto de inflexión nos vamos a otra historia que puede parecer un poco metida de golpe inicialmente, pero no tarda en coger carrerilla y enganchar. Cabe destacar que el escenario planteado resulta tan plausible que Homeland de nuevo acierta de lleno prediciendo historias reales de la política mundial. La injerencia rusa (aquí en concreto en EE.UU.), tanto mediante espías como sobre todo a través de las redes sociales, es un tanto turbador como espejo de la realidad, pues la campaña de Hillary y Trump y la presidencia de este se ha visto salpicada de escándalos parecidos. En principio los productores tenían pensado otro arco distinto para las temporadas siete y ocho, pero la inesperada llegada de Trump al poder les pareció más relevante y lo extendieron a la presente.

Como trama de espionaje e intrigas políticas recuperamos pronto un nivel más acorde al estándar en la serie, con numerosos giros imprevisibles e infinidad de retos para Carrie, Saul y Keane. Tras volver Carrie al juego con una escena estupenda, esa en que vence a un hacker pervertido y vuelve a sentirse viva, recuperamos a la gran espía y todo parece unirse de nuevo y encaminarse a explotar a fondo la trama global. Pero me temo que vuelven a llevar a la protagonista hacia un dramón de cuidado, otra disputa por la dichosa niña y la cansina enfermedad. Sí, está bien escrito y como drama funciona, pero hay que ponerse en situación: a estas alturas está bastante agotado, tenían que haberlo cerrado hace tiempo. Por suerte, parece que todo apunta a ello en un tramo final bien trabajado y bastante emotivo, aunque entenderé que a alguno se le haga largo esperando el colofón de la historia principal.

Otra mejora posible es que se echa de menos algún agente secundario con más peso, pues sólo cabría mencionar a Thomas Anson (James D’Arcy), y está muy lejos de llegar al nivel de Peter Quinn. Tampoco termina de entusiasmar el nuevo amigo/amante de Carrie, Dante Allen (Morgan Spector), cuyas acciones requerían unas motivaciones más contundentes para resultar creíbles. También cabe decir que Max sigue resultando muy interesante, pero tras tanto tiempo no han ahondando casi nada en él; al menos está están bien acompañado por otros secundarios nuevos interesantes, la analista y el joven hacker. Por el lado de la presidenta el resultado es mejor: David Wellington y el senador Paley tienen mucho peso en la trama y son unos personajes estupendos muy bien interpretados por Linus Roache (visto en Vikingos) y Dylan Baker (secundario en incontables series, como The Good Wife). De hecho, sus problemas y los conflictos políticos entre ellos acaban siendo más interesantes que el esperado desenlace…

Después de tanto prometer, los guionistas han fallado un poco también en los clímax principales; nada desastroso, pero Homeland nos tenía acostumbrados a un gran nivel y la cosa va algo justa. La ansiada visita Rusia resulta poco aprovechada y las escenas de tensión y acción son más artificiales que efectivas. El asalto a la casa segura donde se esconde la espía, los duelos entre embajadores y asesores de seguridad y el lío en la embajada (atención a los mediocres efectos especiales de la subida por la fachada) están lejos de alcanzar el listón de otros años. Y me temo que como epílogo tenemos dos giros forzados malogrados, uno con la presidenta, que no tiene razón de ser, y otro con Carrie donde se desanda lo andado con sus crisis emocionales y no promete nada bueno.

No sé qué deparará la octava y última temporada, porque casi todo está muy cerrado y será una historia nueva. Lo que sí deseo, viendo la irregularidad de esta etapa, es que se pongan las pilas y nos regalen un gran cierre.

Ver también:
Temporada 1 (2011)
Temporada 2 (2012)
Temporada 3 (2013)
Temporada 4 (2014)
Temporada 5 (2015)
Temporada 6 (2017)

HOMELAND – TEMPORADA 6


Showtime | 2017
Suspense, drama, acción | 12 ep. de 45-55 min.
Productores ejecutivos: Alex Gansa, Howard Gordon, Gideon Raff, Avi NirLesli Linka Glatter.
Intérpretes: Claire Danes, Rupert Friend, Mandy Patinkin, Elizabeth Marvel, Maury Sterling, F. Murray Abraham, Hill Harper, Robert Knepper, Patrick Sabongui, Jake Weber, J. Mallory McCree, Nina Hoss, Dominic Fumusa.
Valoración:

Alerta de spoilers: Solo presento la trama del año.–

El cambio de escenario a Europa sorprendió de varias formas en la quinta temporada. Primero, por seguir explorando distintas historias relacionadas con el terrorismo con un realismo y originalidad como se ha visto pocas veces en cine o series. Segundo, por ofrecer un thriller de espionaje clásico complejo e inteligente, algo cada vez menos común en el género. Y tercero, por jugar muy bien con historias de actualidad, tan actuales que la trama vaticinó cosas que fueron ocurriendo de forma parecida. Viendo la premisa podría decir que en esta quinta etapa hay un giro conservador, volviendo a los inicios de la serie con el terrorismo en Estados Unidos, pero los guionistas mantienen su buen hacer persiguiendo de nuevo perspectivas originales y bien trabajadas y con muchas buenas sorpresas.

Empezamos con Carrie en Nueva York en otro trabajo sobre las relaciones culturales, esta vez ayudando a ciudadanos extranjeros que tienen problemas legales y políticos. Tiene entre manos un caso en apariencia típico, un joven que está siendo acusado (y acosado) por los cuerpos de la ley de ser un potencial terrorista.

Como suele pasar, encontramos unos capítulos iniciales sosegados, necesarios para asentar los cimientos de una buena historia, pero que pueden poner al límite la paciencia de algunos espectadores. Pesa un poco la apariencia de irrelevancia en las secciones principales, la Peter Quinn, la del chico y el trabajo de Carrie, pero como es habitual también, todo empieza a cobrar forma poco a poco y cuando menos te lo esperas estalla la tormenta en un giro brutal. A partir del espectacular y memorable episodio Casus Belli (605) todo lo que iba torcido acaba en un enredo en el que no se ve una salida fácil para nadie. Hay tantas ramificaciones, todas intrigantes y de futuro incierto, que no podemos apartar la mirada, y eso que este año las tramas son más cercanas e inquietantes que nunca.

Tiene lugar un atentado en la ciudad relacionado con el joven, pero Carrie sospecha que hay algo más detrás. La investigación empieza a destapar un complot que parece implicar a la CIA… Y es que la nueva presidenta, Elizabeth Keane, es un grano en el culo para los sectores más conservadores del país. En la radio, el infame Brett O’Keefe escupe insultos, mierda y bulos todos los días, pero en los altos estamentos del gobierno y la CIA se está cociendo algo más gordo. La conspiración que se abre ante nuestros ojos es espeluznante: esta vez el enemigo no se ha metido en tu casa, el enemigo es tu familia, tus amigos, tus vecinos y compañeros de trabajo.

Mantienen la apuesta por la verosimilitud, potenciando la proximidad de las tramas a temas de actualidad. Las campañas políticas saboteadas por miedo a que un candidato ajeno al sistema altere el statu quo, las agendas ocultas de políticos, la elaboración de enemigos fantasma para asustar y controlar a la población, los medios comprados y los periodistas sin ética son el pan de cada día en muchos países y destacaban especialmente en las fechas en que se estrenó la temporada, con la guerra política y mediática entre Hillary Clinton y Donald Trump. Lo cierto es que la ficticia presidenta Keane nada tiene que ver con Clinton, de hecho era opuesta en temas de intervención política y militar extranjera, ni tampoco con Trump, un titán económico metido a político ególatra, pero las historias con las que han rodeado al personaje sí resonaban mucho a realidad. Incluso podemos sacar muchos paralelismos con España, con el acoso contra Podemos desde los medios afines y desde las entrañas de un estado asustado ante quien anuncia que si llega al poder tendrá mano dura contra décadas de enquistamiento y corrupción.

Homeland nos ofrece otra temporada modélica en la trama de espionaje, valiente e inquietante en las implicaciones políticas, y muy movida en cuanto a la trayectoria de los protagonistas. Carrie, Peter y Elizabeth acaban inmersos en un berenjenal tan grotesco que ni Saul se lo puede creer, y quizá cuando lo haga sea tarde. Hay tramos que quitan la respiración, como el tiroteo con Peter en casa de Carrie, o el posterior en la cabaña, Max metiéndose en la sede secreta de manipulación mediática, las tendencias de Dar Adal, los envites del asqueroso de O’Keefe…

Pero también hay algún punto mejorable, aparte de la poca garra inicial. No convence el exagerado dramón en el que empezamos con Quinn, un personaje muy querido al que torturan demasiado y por momentos parecía que no sabían cómo mantener, pero también hay que decir que se olvida bastante a partir del tiroteo con una nueva y emocionante trayectoria. Otro dramón habitual es el de Carrie con su enfermedad y los líos con la niña. Se ve que como la serie empezó con gran parte de drama familiar se esfuerzan por mantenerlo, pero año tras año la recaída de turno de Carrie supone un pequeño lastre. Aquí se juega con que por sus problemas podría perder la custodia, lo cual no resulta muy atractivo hasta que uno de esos implicados en el complot amenaza con interceder en su contra si no deja de meter las narices donde no la llaman, pero claro, esto también tiene el problema de ser un recurso muy típico que no despierta mucho interés.

Por otro lado, nos encontramos con una nueva ventaja, pues los guionistas enfrentaron esta temporada sabiendo que tenían la serie renovada para otras dos más. Así, se han podido permitir una historia que continuará: la polémica presidencia de Elizabeth Keane todavía tiene mucho que dar de sí, las convicciones y lealtades de Carrie, Saul y Dar Adal han quedado muy trastocadas, y no sabemos dónde pueden acabar emocional y laboralmente.

Ver también:
Temporada 5.
Temporada 4.
Temporada 3.
Temporada 2.
Temporada 1.

MINDHUNTER – TEMPORADA 1


Netflix | 2017
Suspense, drama | 10 ep. de 34-60 min.
Productores ejecutivos: Joe Penhall, David Fincher, Charlize Theron, Jennifer Erwin, Ceán Chaffin.
Intérpretes: Jonathan Groff, Holt McCallany, Anna Torv, Hannah Gross, Cotter Smith, Joe Tuttle, Alex Morf, Sonny Valicenti.
Valoración:

Alerta de spoilers: Sólo presento trama y personajes. —

Tras casi cincuenta años en manos del ultraconservador J. Edgar Hoover, el FBI encara los años setenta muy alejado de una sociedad que a través de los agitados movimientos contraculturales (los hippies, la conciencia racial, rompedoras tendencias artísticas, etc.) ha cambiado y se ha modernizado mucho. John E. Douglas, un agente experto negociación con rehenes y con varios títulos de psicología y sociología, será un pilar fundamental en la actualización del cuerpo aportando una serie de estudios y libros que alterarán la forma de entender y perseguir a los criminales. Esta figura es tan relevante que sirvió de inspiración para el novelista Thomas Harris, pues basó en él su agente Jack Crawford, que además lo hemos visto en las distintas versiones cinematográficas y en la serie Hannibal (ahí encarnado por Laurence Fishburne).

El punto de inflexión que poco a poco promovió un giro en la mentalidad del cuerpo fue probablemente la tremenda conmoción que provocó la matanza de Charles Manson y sus acólitos. Entonces se puso más atención a los asesinatos peculiares y los múltiples, creándose el departamento “Unidad de ciencias del comportamiento”. El término “asesino en serie” se dice que lo acuñó el agente Robert K. Ressler cuando se unió a Douglas y a finales de la década pusieron en marcha un estudio de la personalidad de estos peculiares homicidas, lo que permitió después hacer perfiles de potenciales delincuentes y sospechosos de nuevos casos, abriendo una nueva época en el FBI. Durante el proceso contaron también con la psicóloga Ann Wolbert Burgess, sobre todo en casos de índole sexual. Los tres han publicado numerosos ensayos y libros sobre la materia, aunque del que parte la serie, Mindhunter: Inside the FBI’s Elite Serial Crime Unit (Cazador de mentes: Dentro de la “Unidad de élite de asesinos en serie” del FBI), lo realizó Douglas con la colaboración del escritor Mark Olshaker.

El creador de la serie es Joe Penhall, un inglés criado en Australia con un currículo de cine y televisión bastante corto, donde solo cabría destacar el fantástico guion adaptado de La carretera de Cormac McCarthy; eso sí en teatro ha ido cosechando bastante reconocimiento y premios. Hay muchos productores implicados (incluyendo a Charlize Theron), pero la mano derecha creativa ha sido el gran David Fincher, que no debería necesitar presentación, pero por si acaso, cabe decir que fue el autor de una de las mejores películas de la historia, Seven (1995), más otros tantos títulos notables y de gran influencia. En esta adaptación han cambiado un tanto a los protagonistas principales (empezando por el nombre), dejando de lado el relato biográfico en la parte dramática y centrándose en su estudio, el retrato de la época, y los cambios que fueron trayendo. La representación de los criminales sí está muy cuidada y las entrevistas son fiel reflejo de las originales.

Un agente joven y ambicioso, Holden Ford (inspirado en Robert Ressler), ve que en el FBI se quedan atrás, tanto en la educación de los nuevos miembros, donde el sistema está obsoleto incluso en el vocabulario, que censura palabras malsonantes comunes entre la población, como en las técnicas de investigación. El veterano Bill Tench (basado en John E. Douglas) siente lo mismo cuando ejerce como asesor de otros cuerpos de la ley. Con estas inquietudes acaban juntos en la “Unidad de ciencias del comportamiento”, donde a finales de los setenta y principios de los ochenta, con la puntual colaboración de la psicóloga Wendy Carr (la versión de Ann Wolbert Burgess), ponen en marcha un proyecto de entrevistas a presos condenados por asesinatos múltiples especialmente violentos, esperando conocer la educación y problemas que tuvieron como para torcerse tanto, porque los tres tienen una visión más moderna que la de “el criminal nace así”. Con el posterior análisis psicológico y forense pretenden crear un manual de interpretación de sus personalidades y formas de cometer crímenes, pero para llegar a algo tienen que luchar contra la burocracia de un cuerpo de la ley muy conservador, contra todos los baches y problemas que surgen de unas propuestas tan novedosas, y por supuesto, contra sus propios conflictos personales.

Los dos cambian a ojos vista, todo lo que van viviendo los afecta de una manera u otra. Los pensamientos, los conflictos internos, las ideas que calan, el aprendizaje y la maduración se desarrollan con una fluidez y naturalidad asombrosas. Holden empieza como un joven entusiasta que lidera una lucha en apariencia fútil contra el sistema, pero sus primeras victorias lo envalentonan llevándolo hacia un peligroso camino: la arrogancia y las prisas. Bill es un veterano que encuentra en su nuevo puesto junto a Ford alicientes para seguir con un trabajo absorbente y duro, pero el fuego de aquel y los casos cada vez más truculentos empiezan a quemar sus reservas.

Estos dos tienen una presencia muy prominente, pero no por ello se descuidan los secundarios que orbitan a su alrededor, de forma que nunca parecen puestos al servicio de sus historias. El jefe no se queda en el tópico de figura conservadora repelente, y el nuevo agente que les encasquetan hacia el final no se limita a ser el enchufado y empanado, entendemos en todo momento sus dudas y conflictos, de hecho, más de una vez queremos que el superior le dé una bofetada a Ford para encarrilarlo. La psicóloga que termina colaborando con ellos tiene una personalidad arrolladora y es esencial para la investigación. Debbie Mitford, la joven hippie que se echa Ford de novia, es un encanto, muy relevante en su maduración; esta también hace las veces de conexión con el pueblo llano, pues aunque esté estudiando en la universidad las mismas ciencias implicadas en el proyecto, sirve para mostrar la distancia entre el encorsetado FBI y la sociedad. Y los asesinos en serie son retratos muy delicados de las figuras reales, resultando inquietantes y fascinantes a partes iguales, en especial Edmund Kemper, quien podría ser un amigo cualquiera tuyo.

La narrativa es metódica, sutil y profunda como ella sola. A más de un espectador se le atragantará tanta conversación larguísima y tan poca exposición visual. Cualquier otro autor se montaría unos flashbacks llenos de enredos visuales para exponer los homicidios mientras los reos los relatan a nuestros protagonistas, pero Penhall y Fincher huyen de artificios superficiales para centrarse en ahondar en la psique de los personajes, incluyendo los delincuentes. Así, tienes que estar siempre atento a cualquier frase, que puede transmitir más que las simples palabras, y a su respuesta visual, pues una mirada, un silencio o un suspiro puede definir las intenciones o el estado de ánimo.

También habrá a quien le cueste asimilar todo el subtexto que se va desgranando en el relato. Porque no estamos exactamente ante un policíaco, ni un thriller de asesinos en serie, ni un drama clásico. Aunque hay algunas investigaciones (intentos de poner en práctica sus teorías), no esperes ver lo típico, agentes del FBI persiguiendo sospechosos y resolviendo casos en cada episodio, es un drama documental que, como The Wire hizo en otros ámbitos relacionados, expone un todo muy complejo con una visión realista y reflexiva. Partimos del nacimiento de la ciencia criminal moderna, pero vamos mucho más allá, adentrándonos en un metódico y complejo ensayo sobre el ser humano. Se habla de la formación como personas, de la influencia materna y paterna, de las carencias en las relaciones sociales, del ego, de la pérdida de la brújula moral, de la conciencia de los actos y sus consecuencias… En definitiva, de los condicionantes que nos van formando como personas aptas para la sociedad o no.

Los capítulos no cuentan como unidades independientes, porque hay distintos arcos que abarcan varios de ellos. Primero tenemos los intentos de poner en marcha el sueño de cambio. Luego los pasos iniciales en el estudio, con salidas laterales hacia el asesoramiento de agentes de otros cuerpos de la ley (a pesar de todo, el FBI era el más moderno y capacitado). Seguimos con los primeros tímidos resultados (incluso ayudando en algún caso) y también algunas meteduras de pata. Y finalmente, aunque todavía no llegamos a conclusiones, pues se dejan para el futuro, también tenemos las primeras secuelas.

El primer acto es el mejor. Los capítulos iniciales son sublimes y el entusiasmo de Ford se contagia instantáneamente. Es imposible ver un episodio suelto, te dejan con enormes ganas de más. A pesar de la aparente lentitud, nunca hay sensación de que se estira o se rellena, pues hay tanta información y sensación de avance que no encontramos un minuto de descanso, tienes que estar, como indicaba, con los sentidos alerta en todo momento, y la recompensa es grata, pues hay capas y capas de contenido que desgranar y disfrutar.

Los otros dos actos son embriagadores también, pero hay que decir que no llegan a ser tan perfectos, pues caen en un par de pequeños bajones. El receso con Wendy y su lado privado (conocer a su pareja y su vida en casa) queda un poco anticlimático y descolgado, no está tan bien conectado con las distintas tramas como la trayectoria de los dos personajes principales. El otro fallo es que en el desenlace los autores olvidan las virtudes de la narrativa sosegada y con visión a largo plazo para intentar un clímax con un giro y un subidón que impacte y te deje en vilo, pero me temo que no consigue lo pretendido sino más bien pecar de rebuscado y forzado. Da la impresión de que conocer las primeras secuelas y problemas serios del proyecto y acabar con todo en suspenso en espera de ver cómo remontan era un buen punto y aparte dado el tono de la serie y no hacía falta tanto enredo.

El trabajo de los actores es notable. El joven Jonathan Groff (dado a conocer en la soberbia Boss -2011-) y el veterano Holt McCallany (secundario en muchas películas y series) aportan infinidad de matices a unos personajes sin rasgos especialmente marcados, pues son muy humanos. Anna Torv y Hannah Gross y demás secundarios cumplen de sobras. Pero si hay que destacar a alguien es a Cameron Britton como Edmund Kemper, el asesino más colaborador, sobre el que compone un ser inquietante y a la vez frágil que resulta simpático y repulsivo a partes iguales.

La puesta en escena es cien por cien Fincher, no en vano dirige varios episodios. Están todas sus virtudes, esa combinación de técnicas de fotografía y escenificación tan reconocibles. Consigue una impronta hipnótica en todas sus obras gracias a su esfuerzo porque la cámara siga a los personajes en una estudiada coreografía que atrapa la mirada y nos introduce en la escena como si estuviéramos allí. Por supuesto, eso no es todo: la iluminación, el montaje, la música y la ambientación de la época son magníficos también.

Cabe destacar una cosa curiosa: muchas imágenes tienen un importante tratamiento digital. En algunos casos es para pulir el detalle, como por ejemplo quitar elementos fuera de época de las calles, pero en otros parece bastante innecesario, como los casos en que añaden unos pocos árboles que no cambian en ningún sentido el cuadro. En otras muchas ocasiones es para ahorrar dinero, y lo hacen tan bien que no se nota: las escenas de viajes suelen tener mucha composición en postproducción para mostrar distintas ciudades y aeropuertos sin tener que tirar un dineral rodando en localizaciones. Esto es algo que lleva aplicando mucho Fincher desde Zodiac (2007), con la que la presente guarda también un obvio paralelismo en temática y estilo.

Mindhunter ha sido la serie tapada del año: pese a que cautiva a todo el que la ve, no la ha visto mucha gente. Extrañamente, no ha logrado aprovechar el tirón del renombre de David Fincher y su extraordinaria calidad, que la pone, junto la cuarta temporada de Black Sails, en la cima de esta etapa televisiva. Como extensión, al no copar portadas en los medios no ha llegado a los certámenes de premios habituales, pues los Emmy, Globos de oro y otros premian más la popularidad y las modas que la calidad. Pero a estas alturas no vamos a esperar que estos cambien, y centrémonos en propagar con nuestra palabra esta barbaridad de serie que, salvo batacazo o cancelación prematura en próximas temporadas, va camino de ser una de las grandes de estos años.

PD: Los títulos de crédito son un coñazo, para saltárselos siempre.

PEAKY BLINDERS – TEMPORADA 1

BBC Two | 2013
Suspense, crimen | 6 ep. de 55-60 min.
Productores ejecutivos: Steven Knight, Jamie Glazerbook, Frith Tiplady, varios.
Intérpretes: Cillian Murphy, Sam Neill, Helen McCrory, Paul Anderson, Annabelle Wallis, Iddo Goldberg, Sophie Rundle, Joe Cole, Alfie Evans-Meese.
Valoración:

El guionista inglés Steven Knight se ha ganado bastante renombre en el cine gracias a algunos éxitos como Aliados (2016), Un viaje de diez metros (2014), El caso Fisher (2014) y sobre todoPromesas del Este (2007). En televisión empezó a hacerse notar con Los detectives (1993-1997), pero pegó el pelotazo con Taboo (2017), que sin ser extraordinaria ha causado bastante impacto, quizá por el tirón de su protagonista, Tom Hardy. Antes de ella creó Peaky Blinders (2013), que ha ido ganando adeptos con el tiempo, más aún con la llegada de Taboo.

La serie se inspira en la mafia que le da título, los Peaky Blinders, que operaba en Birmingham, Reino Unido, desde finales del siglo XIX. Nos embarcamos en sus aventuras en su momento álgido, en el período de entreguerras, siguiendo las andanzas de una familia ficticia que la dirige, los Shelby. El joven Thomas vuelve de la Gran Guerra con fuerza y experiencia pero sobre todo con una gran ambición que lo empujarán a hacerse con el poder e ir expandiéndose. Su hermanos y su tía no conocen otra forma de vida, y darán todo por seguirlo en los negocios donde mejor florecen estos criminales, como las apuestas. Pero el hacerse notar también implica ganarse nuevos enemigos, sean otras familias o el gobierno, que envía a un duro detective contra ellos.

La premisa expuesta en los dos primeros capítulos no es muy alentadora. El dibujo de la familia mafiosa obedece a todos los clichés del género, recordando demasiado a Los Soprano y especialmente a Hijos de la anarquía. La pugna del joven con visión contra los veteranos obtusos, la matriarca que ha tomado las riendas ante un padre ausente (aquí recuerda muchísimo a las andanzas de los moteros), la riña con la familia contrincante, los negocios típicos, las peleas, las fuerzas de la ley intentando darles caza… Lo peor son el policía, con Sam Neill forzando acento irlandés en un rol demasiado arquetípico, y la chica infiltrada, que resulta muy aburrida, en especial por la pobre interpretación de Annabelle Wallis.

Así pues, no parecía una obra con aspiraciones y potencial suficiente para destacar. ¿Qué me hizo seguir? Principalmente las críticas que hablan de gran subidón en las siguientes temporadas, pero también que posee bastante personalidad. La sociedad de la época queda bien retratada, destacando la dura vida de los barrios bajos. La puesta en escena logra un buen un aspecto visual sin alardes (no hay mucho dinero): las pocas calles y locales que vemos están muy bien ambientados, la iluminación y la cámara en mano consiguen una inmersión muy efectiva, y aunque no llegue a ser deslumbrante sí tiene muchos buenos momentos y algunos planos excelentes. Pero lo mejor es que Thomas es un personaje central muy jugoso, y la interpretación de Cillian Murphy magnífica desde el primer momento. Los traumas de la guerra le dan un poso dramático muy interesante, su determinación e inteligencia resultan bastante atractivos, y su lado humano, aunque sea con el predecible enamoramiento con la infiltrada, termina de formar un rol complejo que evoluciona a ojos vista y promete mucho más.

El problema es que no terminan de desarrollar a los demás protagonistas, a pesar de centrar algunos episodios en varios de ellos. El dibujo de los hermanos es mejorable, incluso cuesta saber cuántos son. De hecho, la pandilla crece y decrece según se necesite gente para una historia u otra. Lo peor es que el policía y la chica resultan cansinos, y su desenlace es lo más predecible en un repertorio de historias nada novedosas.

En conjunto resulta un entretenimiento muy digno. Los capítulos son largos, de una hora todos, pero siempre hay movimiento y sensación de que cada intriga y plan tendrá repercusiones, de forma que, aunque estas se vean venir, no hay tiempo para que aparezca el aburrimiento. Y Thomas sostiene la serie con un magnetismo arrollador, siempre quieres saber más de él, si superará los traumas de la guerra, si levantará a la familia, si será capaz de mantener la trama criminal, si vencerá al insistente policía… Deja algunas escenas bastante potentes, como cuando pone a prueba a la prometida de su hermano u obliga a otro a casarse para unir familias. Estas recuerdan que hay bastante potencial por explotar e invitan a seguir viendo la próxima temporada.

DARK MATTER – TEMPORADA 3 Y FINAL

Space, Syfy | 2017
Ciencia-ficción, suspense | 13 ep. de 43 min.
Productores ejecutivos: Joseph Mallozzi, Paul Mullie.
Intérpretes: Melissa O’Neil, Anthony Lemke, Alex Mallari Jr., Jodelle Ferland, Zoie Palmer, Torri Higginson, Andrew Moodie, Ellen Wong, Ennis Esmer, Ayisha Issa, Mishka Thébaud.
Valoración:

La tercera temporada de Dark Matter es la última, pues Syfy la ha cancelado debido a su continuada bajada de audiencias, dejando en el aire todas las historias personales y las tramas globales. Nunca ha sido una gran serie, ni aspiraba a ello, pero prometía varios años de buen entretenimiento de género. Sus problemas ya estaban ahí en sus inicios, pero sus virtudes y la percepción de que iba madurando en buena dirección los eclipsaban bastante. Pero esta etapa me ha resultado larga y dispersa, con más achaques que aciertos. En vez de madurar y centrarse va atascándose en algunos vicios, mostrando una deriva general que empieza a pesar más de la cuenta.

El punto oscuro más vistoso y creciente es la sensación de improvisación, de que las líneas narrativas no se han planeado con dedicación y visión sino que las apañan mediante lluvias de ideas en la sala de guionistas, en plan Perdidos. La más relevante, la guerra entre las grandes corporaciones, no está mal, pero no terminan de cogerle el punto y la relegan más de la cuenta.

El sistema político, social y económico vigente era injusto, pero el conflicto y el resultado más previsible pondrán las cosas peor, así que nuestros protagonistas planean implicarse para tratar de inclinar la balanza hacia algo mejor. Se siente la gravedad de la crisis y se sigue su desarrollo de fondo en cada capítulo, aunque estos se dediquen a otras aventuras. Pero a la hora de la verdad tenemos pocos episodios centrados por completo en este asunto (las colonias en huelga es lo más relevante), dando la impresión de que se deja de lado el hilo principal para inventarse rellenos sobre la marcha. De hecho, es lamentable cómo intentan sacar de mala manera de la ecuación el Impulsor Instantáneo, una de las muchas cosas improvisadas, que ahora no saben cómo mantener porque les da a los protagonistas una ventaja total, así que siempre hay una excusa, que no lo tienen o que está estropeado… ¡Tanto jaleo con el chisme para esto!

La otra sección que más ocupa es la de las intrigas palaciegas de ese imperio pseudojaponés donde meten a Cuatro cuando recupera su personalidad de Ryo Ishida, el heredero del trono. A pesar de ser la parte que peor resultado dio en los primeros años se empeñan en extenderla con más tópicos rancios y cargantes. El emperador Ryo es cabezota e infantil, la corte un nido de víboras, el maestro sabio y paciente, y su guerra aburre un montón. Además, resultan aventuras con un tono y un recorrido tan ajeno al resto de la serie que no sé en qué pensaban al incluirlas y encima ir dándoles más protagonismo. Y no me paro a listar todos los puntos poco trabajados o los agujeros de guion: que todos vayan por la corte con katanas a pesar de los recelos en seguridad, los diálogos chapuceros… Cada vez que aparece este grupo de personajes el interés cae al mínimo y el tedio hace mella.

Los capítulos del día son desiguales, aunque nunca malos o pesados. Tenemos aproximaciones a la ciencia-ficción más dura, con paradojas temporales clásicas a lo Star Trek pero bastante entretenidas, y otras más originales que dejan aún mejor impresión. El manido viaje a la Tierra en nuestro presente sorprendentemente funciona, el lío con los interrogatorios en realidades virtuales es bastante ingenioso, y el bucle temporal de Tres es muy movidito y divertido, por ejemplo. Pero también saltamos a aventuras de mercenarios muy trilladas, en plan Firefly de baratillo, con secuestros, tiroteos y demás enredos predecibles. El problema es que en vez de perfilar la combinación de géneros e ir arreglando los desequilibrios han seguido añadiendo capas al tuntún, es decir, acabamos el año sin haber terminado de encaminar ninguna de las líneas abiertas pero lanzando nuevas más rebuscadas. El momento en que una versión futura de Cinco anuncia lo mucho que les queda por vivir, tratando de poner intriga sobre las tramas por venir, dio bastante vergüenza ajena, y cuando empieza a materializarse esa nueva lluvia de ideas desde luego apunta bajo: ahora tenemos alienígenas que vienen de otra dimensión.

La parte más llamativa y eficaz hasta ahora, los protagonistas, sus secretos y relaciones, empieza a dar algunos tumbos en vez de ir aumentando el nivel de interés y complejidad. Algunos misterios dan pasos en buena dirección, como los orígenes de Dos, que ofrecen buenas sorpresas, o algo que promete bastante, la rebelión de los robots, donde nuestra Androide tiene su protagonismo, aunque se afea con esa cutre forma mostrar sus recuerdos con cuentagotas. Hay revelaciones que me dejaron un poco frío, como el pasado de la joven Cinco, bastante insustancial… y que se torna delirante cuando empiezan a añadir giros de culebrón para intentar darle enjundia: ¿una hermana perdida cuya madre adoptiva es la jefaza de otra corporación? Y otros están dando vueltas en círculos: Seis y sus deseos de mejorar el mundo no terminan de cobrar forma (de hecho lo aparcan un par de capítulos, donde deja de aparecer), y cuando se mueve un poco no emociona: su drama familiar es muy simplón; y Tres y su romance con su novia virtual tampoco consigue dejar huella a pesar del tiempo que ocupa, y aunque en el final por fin parecían darle vida, literalmente, no me llamó mucho la atención.

Con los secundarios hemos tenido el mismo problema que en la etapa anterior: no han sido capaces de mantener a algunos actores, y han buscado sustitutos con desigual resultado. La que llegó para intentar llenar el hueco de Uno, Nix, fue despachada también de mala manera, y es descarado cómo se buscan otro personaje parecido y una actriz calcada, pero con tanto empeño en la imitación o sustitución los escritores no se esfuerzan en su personalidad y no termina de ganarse su hueco. El mafiosillo que los contrataba también se esfuma, pero por suerte el sustituto es un actor con buenas aptitudes (Mishka Thébaud), y esta vez sí dibujan un rol muy llamativo. Del resto de recurrentes sólo destacan el mercenario de la tripulación de la Raza paralela (esa que surgió en algún cruce entre universos), el que siempre lleva un palillo en la boca, y la comandante Truffault; los demás son más bien cargantes (el jefazo de la otra corporación, Nieman, y la citada corte del emperador) o se trabajan tan poco que de una aparición a otra ni me acordaba de quiénes eran, como esos agentes de la Autoridad Galáctica que salen de vez en cuando.

Otro lastre es el perfil bajo de la producción. No me quejaría de la falta de dinero y recursos si con imaginación y buen hacer mantienen cierta dignidad, pero la puesta en escena es bastante malilla, sobre todo en las escenas de acción, y he acabado hasta las narices de los cortes para publicidad con momentos de tensión forzada (con unas cuantas falsas muertes lastimeras) y caras de asombro en los actores. Aun así, debo decir algo en su favor: hay más y mejores escenas de naves y batallas espaciales que en Star Trek: Discovery, a pesar de que su presupuesto será como diez veces menor.

Al final, lo único que sostiene la serie a estas alturas, aparte de los capítulos independientes más amenos, esos centrados más en la ciencia-ficción que en la política, son las relaciones entre personajes, donde los actores, sin deslumbrar, mantienen buena química, y el guion, aunque empieza a mostrar desgaste, aún ofrece frases y situaciones con cierta gracia. Pero apenas llega para sostener un conjunto caótico, sin previsión de mejora sino todo lo contrario. Han tenido tres años para encarrilar una serie con bastante potencial y no han sabido hacerlo, así que la cancelación es entendible.

Ver también:
Temporada 2.
Temporada 1.

ORPHAN BLACK – TEMPORADA 5 Y FINAL

BBC America / Space | 2017
Drama, suspense, ciencia-ficción | 10 ep. de 44 min.
Productores ejecutivos: John Fawcett, Graeme Manson, David Fortier, Kerry Appleyard, Ivan Schneeberg.
Intérpretes: Tatiana Maslany, Jordan Gavaris, Kevin Hanchard, Maria Doyle Kennedy, Kristian Bruun, Ari Millen, Josh Vokey, Evelyne Brochu, Skuler Wexler, Cynthia Galant, Lauren Hammersley, Stephen McHattie, Kyra Harper, Rosemary Dunsmore.
Valoración:

Alerta de spoilers: Describo bastante a fondo la temporada. —

Me alegré cuando anunciaron que la quinta sería la última temporada de Orphan Black, porque era evidente el desgaste creciente. Y si bien la pequeña remontada en la cuarta recuperó mi fe, siendo además alentada porque con el final a la vista era de esperar que se pusieran las pilas, el presente curso ha sido el más flojo, hasta el punto de resultarme una decepción donde ni si quiera el desenlace ha disminuido las malas sensaciones, de hecho las ha agravado.

El problema se empezó a hacer patente en la segunda sesión y más grave en la tercera. Es el virus de Expediente X, eso de que los guionistas se empeñan en alargar las tramas dándole giros sensacionalistas poco meditados, añadiendo una maraña de capas que no sirve para disimular la falta de ideas y esfuerzo. En este caos las virtudes iniciales se iban diluyendo. Las agradables y entretenidas aventuras de las clones sobrellevando sus vidas empezaban a quedar demasiado eclipsadas por la impostada seriedad y el farragoso entendimiento del thriller de conspiraciones. El cuarto año recuperó un poco las formas, y auguraba que el tramo final iría al grano intentando arreglar el entuerto… Pero me temo que este virus alcanzó una extensión fatal y los escritores no han sido capaces de encauzar las cosas.

Lo peor es que da la sensación de que se aferran a unos pocos malogrados puntos clave y no son capaces de ver más allá, ni sus errores ni las necesidades de la historia. Uno ya lo conocíamos y estaba bien gastado: la dichosa enfermedad de las clones, que mucho amenazar pero afectaba solo a Cosima, y aparecía y se ralentizaba según quisieran apremiar o reservar el drama, y por tanto hace mucho que no había quien se la creyera. La segunda es el intercambiable enemigo. Tras marear la perdiz con Ferdinand, Evie Cho, Susan Duncan, Rachel, Leekie, Coady, la junta de tal y cual nueva empresa (otra que cambiaba cada poco tiempo), uno ya no sabía de quién huían y contra quiénes luchaban. Para colmo introducen a un nuevo tipo raro y medio loco que se supone el cabecilla de todo, P. T. Westmorland, pero no causa misterio ni temor alguno, sobre todo cuando empiezan a reaparecer otros que ya creíamos superados (Susan, Coady, Ferdinand) y las agendas se entrecruzan sin que terminemos, ahora que era más necesario que nunca, sabiendo a quién debe lealtad y qué planea cada uno. La tercera base mal exprimida es la permanencia en la isla de Westmorland y su panda de seguidores en plan secta. Su uso como guarida final del enemigo es bastante penoso, primero, por la falta de credibilidad en que dirigiera grandes investigaciones desde ahí y de la gente absurda que lo sigue, segundo, porque nos tiramos todo el año ahí, relegando el necesario avance de las historias sin disimulo alguno.

Cuando por fin parece que todo se va a encaminar hacia algo más concreto encontramos meteduras de pata y puntos grises en cantidad, hasta el punto de que no se entiende la mitad de lo que ocurre. No me creo que las luchadoras de Sarah y S. vuelvan a casa sin más, se rindan y acepten peticiones tan exigentes como que experimenten con Kira. Sigue sin entenderse los cambios de bando y las apariciones aleatorias de algunos secundarios como Ferdinand, Susan Duncan y Delphine, y, más importante, nunca se llega a vislumbrar qué persigue Rachel. La parte del detective Art no tiene ni pies ni cabeza: acepta trabajar con la policía infestada de los malos sin más lucha, y sólo de vez en cuando parece tomarse en serio lo de ayudar a las “sestras”.

Así pues, no ha habido sensación de dirección, no ha surgido intriga por el porvenir de las clones, de si saldrán airosas y cuánto tendrán que sacrificar. Los villanos son más cansinos que nunca, no casuaban pavor alguno y como digo ni se llega a entender el plan y ambiciones de cada uno, más allá de terminar simplificando todo en un cutre concepto de cómic: Westmorland quiere ser inmortal a toda costa. Los secundarios, salvo Donnie, están cada vez más diluidos, incluso Scott, pero es que hasta las clones se atascan en un bucle eterno, con lo que se pierde aún más ese tono aventurero con toques de comedia que hizo destacar a la serie en sus inicios.

En esta situación se veía venir un final desastroso, y lo cumple bastante bien: los cierres a las tramas principales dan vergüenza ajena, y los personajes ya no tienen mucho que decir y no ofrecen nada sorprendente. Es delirante lo que hacen con Felix y su nueva hermana: desaparecen al poco y los usan como comodín externo para concluir una parte de la trama, mientras que la otra también llega sin más. Sí, tras cinco temporadas con las clones luchando incansablemente por conocer sus orígenes, librarse de sus enemigos, hallar la cura y poder vivir en paz, Cosima se tira todo el tiempo dando paseos por la isla con problemas irrelevantes y repetitivos, Sarah deja de ser ella y se apalanca en casa, lamentándose sin hacer nada, Alison apenas tiene un par de escenas para cumplir con su línea, Helena con su embarazo queda definitivamente como un macguffin dramático de baratillo, y finalmente la conspiración científica que las asfixiaba la resuelven Felix y Adele fuera de pantalla y la dichosa cura le cae a Cosima en las manos después de muchos amagos tramposos.

Para rematar, tenemos dos giros muy típicos y mal empleados: la muerte gratuita de un personaje para forzar un supuesto final trágico, pero que como es de esperar sabe a polvo por lo falsa que resulta, y el intento de recuperar los orígenes, de cerrar el círculo, a base de flashbacks, que no aporta nada necesario y se inclina también demasiado por la manipulación emocional. Y por si fuera poco el epílogo se apoya en otros clichés rancios: la reunión feliz en plan barbacoa en el patio trasero resulta tan pastelosa como insatisfactoria. El final parecía que iba a salvarse porque amagan con mostrar secuelas de todo en Sarah, pero no llega a dar nada llamativo y terminan por dejar esa y muchas otras cuestiones en el aire: ninguna tiene trabajo, ¿viven de Alison y Donnie todas?; ¿y qué fue del trabajo de estos?; la trama empresarial era enorme, pero por arte de magia se ha diluido por completo (¿y el control que tenía esta gente sobre la policía?), y además tras tanto ruido ningún país ni autoridad parece haberse enterado de nada; y no me he parado a analizar más a fondo para no sentirme peor.

Del año salvo bien poco. Una original y efectiva escena que recupera los líos con las clones, en esa fiesta que monta Felix donde las presenta poco a poco; el impactante cariz que toma el asunto del ojo Rachel, donde no se cortan un pelo a la hora de mostrarlo; la loca de Krystal seduciendo a un empresario para conseguir información. El resto, monotonía, vueltas en círculos, soluciones chapuceras para historias ya agotadas, y un insuficiente drama personal. Casi todos los capítulos se me hicieron larguísimos y pesados, y el final muy decepcionante. La personalidad de Tatiana Maslany imprime a todas las clones, incluso las que tienen breves apariciones, apenas sustenta una etapa errática, aburrida, que quizá aprobará por los pelos, pero como temporada de Orphan Black, más siendo la final, hay que considerarla fallida.

Ver también:
Temporada 4.
Temporada 3.
Temporada 2.
Temporada 1.