Archivo de la etiqueta: Alex Kurtzman

STAR TREK: PICARD – TEMPORADA 1

Amazon Prime Video | 2020
Ciencia-ficción, suspense, aventuras | 10 ep. de 42-58 min.
Productores ejecutivos: Alex Kurtzman, Akiva Goldsman, Kirsten Beyer, Michael Chabon.
Intérpretes: Patrick Stewart, Alison Pill, Isa Briones, Santiago Cabrera, Michelle Hurd, Harry Treadaway, Peyton List, Evan Evagora, Jery Ryan, Jonathan Frakes, Brent Spinner, Martina Sirtis, Jonathan del Arco, Orla Brady, Jamie McShane, Tamlyn Tomita, John Ales.
Valoración:

Alerta de spoilers: Hay bastante datos reveladores, incluso del final, pero toda trama y giro es tan previsible y estúpido que no importa mucho.–

EL CAÓTICO Y FALLIDO INTENTO DE RESICUTAR STAR TREK

A pesar de que Star Trek: Discovery (2007) deja muchísimo que desear en cuanto a calidad en las dos temporadas emitidas y las audiencias y la repercusión mediática no fueron espectaculares, se han juntado varios factores que han propiciado que siga adelante y además haya otras series proyectadas, como esta Star Trek: Picard y quizá otra con Michelle Yeoh, una de las protagonistas de la anterior.

La productora de televisión CBS/Paramount sabe que la marca Star Trek es muy valiosa y rentable a largo plazo, no en vano se estima que ha sido el producto más provechoso a lo largo de su historia. A eso se ha sumado que los nuevos modelos de negocio ofrecen resultados con rapidez, así que tienen más ventajas. El lanzamiento en Estados Unidos de su canal bajo demanda, CBS All Access, se publicitó con la resurrección de la saga en televisión, lo que atrajo bastantes suscriptores, y la emisión fuera de sus fronteras de Discovery en Netflix y Picard en Amazon Prime Video (la loca guerra de pujas es lo que tiene) permiten recuperar la inversión de sus presupuestos al instante. Así, a pesar del tropiezo inicial están empeñados en lograr una nueva época para la saga… o en llenar sus bolsillos con una franquicia de valor seguro sin esforzarse mucho, como más bien parece.

Veremos a largo plazo cómo funciona la cosa, porque por ahora es indiscutible que en lo artístico ambas series agonizan, mientras que en recepción sólo la crítica especializada inexplicablemente las defiende, porque los trekkies desesperan por la aberración continuada en calidad y fidelidad y el resto del público está bastante dividido. Hay un sector que disfruta esta línea de acción espacial sin guion ni tan siquiera alma, porque al fin y al cabo vale como entretenimiento pasajero, pero volvemos al tema del respeto: si no vas a hacer algo fiel a Star Trek no uses su nombre.

A Alex Kurtzman (derecha en la foto) y Akiva Goldsman (izquierda), ya presentados en la primera temporada de Discovery, se les unen aquí dos colaboradores. Michael Chabon entró en el cine gracias a que adaptaron su novela Jóvenes prodigiosos (1995) con bastante éxito (Curtis Hanson, 2000), pero su breve currículo sólo incluye el fracaso de John Carter (2012) y una miniserie con muy buenas críticas pero que no parece haber causado gran impacto, Creedme (2019). Kirsten Beyer se ha formado en la mesa de guionistas de Discovery, así que es de suponer que habrá cogido todo lo malo de la nefasta forma de trabajar del equipo.

DÉBILES MEJORAS, PERO NO ES SUFICIENTE

El anuncio de Star Trek: Picard auguraba una traición mayor que la trilogía para cines y Discovery a tan querida saga. Coger a protagonistas clásicos y meterlos en esta actualización tan mal entendida tenía todas las de hacer más notoria la sangría de ideas y la falta de tacto que acusan el estudio y los productores y escritores elegidos (resulta que Kurtzman tiene un contrato de cinco años…).

Como ocurre en casi todas las obras de los implicados, desarrollan los guiones con una lluvia de ideas vagas cuando no estúpidas que intentan unir y dar sentido sobre la marcha utilizando recursos narrativos muy básicos y abusando de sensacionalismo. Pero parece que esta vez se han esforzado más, y encontramos algunas tibias mejoras…

La temporada comienza justa en interés y solidez, se sostiene a duras penas porque por suerte no han deformado a los viejos personajes como me temía, aunque con los nuevos es otro cantar, pues quedan muy por debajo, y en la aventura en que acaban sumergidos hay mayor sensación de dirección que en las paridas vistas en Discovery. De esta forma, tenemos figuras con las que conectar y sentir algo, y da la impresión de que no estamos perdiendo el tiempo, que el relato va hacia alguna parte y llegará a una conclusión.

Pero esas débiles esperanzas no llegan a fortalecerse conforme entramos en materia, sino que se van generando cada vez más dudas. Quieres creer que los errores iniciales se irán puliendo y el listón irá subiendo conforme avance y le cojan el tono. La añoranza te atrapa y sigues adelante esperando que resurja de una vez una serie a la altura de Star Trek… Pero no llega a ocurrir. Unos pocos capítulos correctos, la mayor parte muy justitos y algunos de llevarse las manos a la cabeza nos zarandean por media galaxia mientras una nada llamativa trama de misterio se expone con torpeza y nos saturan con enredos vacuos pero incapaces de dejar huella alguna. Los personajes clásicos no terminan de desplegar su potencial, y los secundarios acaban siendo un desastre.

HISTORIA ARTIFICIAL PERO ABURRIDA

De nuevo estos infames guionistas empiezan a construir la casa por el tejado, tratando de impactar con eventos de supuestas grandes proporciones y graves repercusiones, sin darse cuenta de que así no se hacen las cosas. No puedes entrar en el momento en que el universo planteado y los protagonistas sufren el cambio, tienes que presentarlos y asentarlos adecuadamente para que podamos entender el trasfondo histórico, la amenaza, lo que hay que defender y el valor de lo que se podría sacrificar.

El misterio que alcanza a Jean-Luc Picard es muy indeterminado y genera más humo que contenido. Un complot vago y sin garra, un pasado que resulta demasiado trágico y exagerado, y nostalgia para intentar que todo cale en el espectador se exponen caóticamente entre dramas forzados (¿cómo voy a llorar por el destino de personajes secundarios que no conozco?) y ciencimagia que incluso en esta saga parece excesiva (la reconstrucción de la escena del crimen en el piso es surrealista).

Cuando se abre un poco el horizonte, algunos aspectos empiezan a atraer con timidez: la aparición del cubo borg, el suspense con qué planean los romulanos con dicho artefacto y con lo que investiga Picard. Pero en esta parte también se atascan con intrigas con poca savia y muy estiradas (todos ocultan cosas, pero a la larga resultan no cruciales o poco impactantes) o que cantan a truco barato (los típicos juegos de señales misterioras que gustan a estos autores), y la información verdaderamente útil se dosifica sin disimulo (recuerdos, sueños y otras revelaciones).

El intento de Picard de buscar soluciones y colaboración mantiene la sensación de avance por los pelos, pero van pesando cada vez más los tropiezos y los parones aburridos y la sensación de que saltan al meollo de las cosas sin haberlas asentado como es debido. Las pausas para introducir nuevos personajes son lamentables, rompen el ritmo con explicaciones mal apañadas. Los giros que te lanzan hacia otra cosa pretendidamente más relevante y asombrosa mientras con la otra mano esconden los cebos que habían presentado antes son insultantes. El ejemplo más sangrante quizá sea spoiler, pero también conviene avisar para que no acabes cabreado: los borg no pintan nada, toda su presencia es un burdo engaño.

Cuando la trama logra tomar forma entre los vaivenes y golpes de efecto fallidos no adquiere un nuevo nivel de trascendencia, sino lo contrario, los autores demuestran de nuevo sus limitaciones y malas artes y todo resulta desalentador: otra vez un apocalipsis del universo en ciernes, un ente indefinido que quiere acabar con todo porque sí.

PERSONAJES DESAPROVECHADOS Y ABUSO DE NOSTALGIA

Como señalaba, la introducción de los protagonistas no está mal y logran transmitir simpatía, y algunos secundarios guardan potencial, aunque otros son bastante decepcionantes. Pero a la larga se ve la inepta mano de Kurtzman y colaboradores. Las motivaciones y las relaciones chocan con esa narrativa de brochazos improvisados y la idea de cumplir con factores como nostalgia y estereotipos comerciales, de forma que lo poco prometedor que hay se va viniendo abajo en vez de ir creciendo.

Empezamos con un Picard anciano, retirado. Pronto descubrimos que la a fuerza, por una crisis que no fue capaz de solucionar y en la que la Federación no estuvo a la altura. Cuando ve renacer el conflicto y posibilidades de arreglar las cosas vuelve al juego, contagiándonos parte de su entusiasmo, de su determinación por solucionar injusticias, sobre todo las cometidas contra quienes no pueden defenderse solos. Además, vemos al Picard que conocemos desde La nueva generación: incansable en su lucha y de moral inquebrantable, un individuo serio y frío (algo menos que antes, se ha suavizado con los años) pero capaz de ganarse la fidelidad de sus hombres por demostrar en cada paso estar por encima de todos en ética y coraje. Patrick Stewart está muy entregado, aunque desde luego se le nota la edad.

Pero estos guionistas no saben escribir sin recurrir a su retahíla de recursos baratos, y por ello no son capaces de embarcar a Picard en una nueva aventura que aborde inteligentes dilemas éticos y soluciones logradas con su ingenio y perseverancia, sino que le tiran encima lo que ellos entienden por drama y épica de altos vuelos. Cierto es que hay discurso sobre el sentido de la vida y la fuerza de la amistad, pero es muy previsible y tontorrón, y en vez de adecentarlo se empeñan en centrarse en un reto de acción aparatoso y un clímax dramático de baratillo. En cuanto mencionan la chorrada de la anomalía en el cerebro que puede matarlo se ve venir manipulación emocional conveniente y tramposa en el final… y ahí lo tenemos, Picard estará a punto de morir justo cuando los guionistas quieren, intentarán que sufras y llores, y luego a golpe de ciencimagia aquí no ha pasado nada.

Sin llegar a deslumbrar, Soji resulta encantadora y acaba teniendo una trayectoria más lograda. Inicialmente parece que va a quedar como un objeto de la trama, el macguffin o excusa para moverlo todo, pero en general se ve que se esfuerzan por darle vida, que resulte un rol trágico que intenta levantar cabeza en un mundo demasiado complejo. Y la desconocida Isa Briones muestra muy bien sus conflictos internos, así que compartimos sus temores y esfuerzos en una evolución sencilla y predecible pero efectiva. Entre ella y Picard podría haberse logrado un buen clímax dramático, pero se obcecan con perseguir el típico final de acción y lo estropean todo.

La doctora Agnes Jurati parece que va a servir para adentrarnos más aún en la temática planteada, pero aparte de un par de explicaciones básicas y unas pocas escenas interesantes del choque con la nueva situación no llega a ofrecer nada que sorprenda, que ponga sobre ella dificultades tangibles y la mueva en alguna dirección. Va perdiendo protagonismo y sentido conforme nos adentramos en la galaxia, y a pesar de que tiene un giro que debería cambiarlo todo, estos hechos tan serios se olvidan como si nada en adelante, y el personaje se diluye hasta una pequeña intervención en el desenlace. Hubiera sido totalmente olvidable de no ser por la magnífica interpretación de Alison Pill, un talento nato que descubrí en En terapia (2008), aunque llevaba desde el 97 actuando en numerosos telefilmes, y desde entonces pienso que debería tener la fama de actrices multi premiadas como Jennifer Lawrence.

En la hacienda de Picard tenemos un par de colegas y ayudantes bastante atractivos, Laris (Orla Brady) y Zhaban (Jamie McShane)… pero por alguna razón se olvidan de ellos al iniciarse el viaje y nos meten con calzador otros que ni prometen tanto ni llegar a dar nada de sí. ¿Pero quién es esa Raffi? ¿Como una figura tan importante en su vida tiene una presentación tan simplona? ¿No había un rol clásico que hiciera su parte, como Geordi o Worf? Y que me expliquen por qué unas veces es una mujer capaz y decidida y otras se encierra a llorar como una niña. Si no fuera por la energía de la actriz Michelle Hurd sería un cero a la izquierda, porque, ¿qué aporta? Las únicas cosas que resuelve las logra con ordenadores, así que las podía haber realizado cualquier otro.

El romulano-samurai con pintas de elfo y nombre de elfo (Elnor) es el colmo. Otro receso dramático cutre (horrible el capítulo de la aldea romulana) nos trae a este muñeco sin vida, una especie de excusa para enganchar al público joven, porque por alguna razón se piensa que una obra actual de acción sin artes marciales no vende tanto. El personajillo es bien limitado y el actor Evan Evagora más aún, y sus aventuras de lealtad y sacrificio me han provocado arcadas

La historia del capitán Ríos también llega tarde y mal. Es carismático en cierta manera, pero no parece tener una personalidad concreta ni termina de ganarse su hueco en la odisea, sólo es un taxista. Pero de repente, en los últimos episodios, se acuerdan de dar forma a su vida, y cómo no, con dramones forzados. Después de ver a un tipo resuelto y lleno de vida pasamos a tener un alma en pena irreconocible, y para rematar, lo hacemos con la casualidad más increíble: ¡su historia tiene relación directa con los eventos que están transformando la galaxia! Por supuesto, tras este disparatado intervalo se recupera y sigue como si nada. Terminamos la temporada sin que quede claro de qué va, qué espera del mundo y de los demás, ni se aprecia cambio alguno en el proceso. La sensación es que el actor Santiago Cabrera vale para mucho más.

Por cierto, sus locos hologramas dan para hacer un inciso y hablar de lo pésimo que es el sentido del humor de la serie. Nulo tacto para saber cuándo es el momento de incluir un chiste, y por su puesto, ni gracia ni ingenio alguno.

Los romulanos, tan sugerentes en principio (y en el resto de la saga), pronto se vuelven muy cargantes. Son chungos y misteriosos porque ponen caras de serlo, y malos porque visten de negro y tienen naves negras. ¿Qué fue de los romulanos tan inteligentes y ladinos, de sus naves verde impresionantes y el vestuario tan característico? Ni fidelidad, ni interés. Apenas Harry Treadaway es capaz de salvar con su buen papel a Narek, porque Peyton List como Naryssa es cansina.

Los otros personajes de la saga también prometían en principio, pero a la larga se ve que los meten por la fuerza para chantajearnos con nostalgia, que no tenían una historia concreta para ninguno. Las entradas y salidas de escena de Siete de Nueve no tienen ni pies ni cabeza, y en general todo el tema borg está muy desaprovechado, pero al menos Jeri Ryan está espectacular (en talento y físico). Lo que no tiene perdón son los giros tan mal meditados con secundarios míticos como Maddox (nuevo intérprete respecto a La nueva generación, John Ales) y Hugh (este mantiene el actor, Jonathan Del Arco), otra muestra de que todo está mal planteado y desarrollado, otro insulto a los trekkies. ¿Qué costaba que Maddox fuera el centro de los episodios finales en vez del rebuscado personaje que se sacan de la manga, qué problema había con mantener a Hugh como un rol relevante en vez de la gilipollez del elfo? Para apartarlos en los momentos clave mejor ni los hubieras metido en la serie. Por otro lado, Data (Brent Spinner) debería haber tenido más presencia, pero su aparición al final es muy bonita.

El capítulo de Riker y Deanna parecía apuntar mejores maneras. Es el mejor escrito del año, con un ritmo pausado pero lleno de emoción en diálogos y situaciones, con historias secundarias entrañables (la hija, las relaciones entre amigos)… Este sí estaba resultando un descanso acertado para reposicionarse, tomar fuerzas, asentar las vivencias en los protagonistas, en especial la confianza de Soji en sí misma y sus nuevos amigos. Y el encanto contagioso de Jonathan Frakes y Marina Sirtis sigue presente. Pero llega el final, apañan una salida de mala manera (“He contratado un piloto, nos vamos”), y ale, aquí no ha pasado nada, ha sido añoranza engañosa, todo lo visto no vuelve a tener peso en la historia. Bueno, es un decir, porque todavía son capaces de cagarla más: de repente, justo cuando se lo necesita, Riker aparece al mando de una flota de la Federación… ¿Qué demonios hace un don nadie retirado dirigiendo una campaña de tal calibre? Ridículo.

EL FRÁGIL RELATO SE CAE A PEDAZOS

Avanzamos entre golpes de efectos y pausas explicativas encadenados sin mucho tacto, con la constante sensación de que se acuerdan de dar sentido a la lluvia de ideas que han planteado después de haber lanzado los fuegos artificiales, así que llegamos al final de la temporada sin que haya habido una historia bien desarrollada y unos personajes que evolucionen, y acabamos sin una conclusión digna para nada de lo que se ha presentado.

El desenlace es un patético y típico final de película de acción, fantasía y superhéroes: un villano monocromático en plan mal supremo, un artefacto desencadenante, una batalla, héroes dispuesto a todo… Lo hemos visto ya mil veces, de hecho, casi todas las obras Kurtzman son clónicas, está reutilizando la cutre premisa de Transformers (2007, 2009) y las nuevas películas de Star Trek… qué cojones, es prácticamente la misma historia que la de la segunda temporada de Discovery.

Así, las pocas cosas buenas que iban viéndose asomar de vez en cuando se acaban dejando de lado. Los personajes desandan lo poquísimo que se habían movido, se olvidan sin vergüenza alguna la poca intriga, ambigüedad y dilemas morales y personales que iba dejando entrever la trama global.

El monstruo final es propio de un videojuego simplón. Viene con una luz roja, es negro y hace ruidos inquietantes, para dejar claro que es el mal supremo a vencer. Ni siquiera cuidan la consistencia argumental: tenemos que creernos que estos seres tan avanzados no han detectado de dónde viene la señal, es decir, que es imposible no pensar en que volverán y los personajes deberían tenerlo en consideración, pero aquí todo acaba como si hubiera sido una victoria total, cuando lo único que han hecho es asustar a una avanzadilla. Es más, se supone que la señal es para que vayan a visitar a sus congéneres, así que, ¿por qué de repente parecen llegar en plan invasión?

Incluso apuntando tan bajo los autores son capaces de decepcionar: la “esperada” contienda final es un lastimero rifirrafe a puños y tiros entre los personajes, la gran batalla espacial no llega a ocurrir, dejándote con cara de gilipollas al que han timado, flipado porque ni en el limitado registro en que se mueven son capaces de cumplir con lo prometido.

Como es de esperar, un guion tan pobre acusa descuidos y huecos, cuando no negligencias flagrantes en cantidad. Por citar un par muy chocantes: qué fácil es colarse en un cubo borg fuertemente protegido por los otrora hábiles romulanos, y con dos pasos todo el mundo llega a donde quiere y encuentra a quien busca; la infiltrada romulana en las oficinas del cuarterl de la Federación al final es también almirante suprema de la flota, está pluriempleada; el artefacto mágico que usan para enfrentar la flota es completamente inverosímil, ¿tan fácil es engañar los sensores de naves tan avanzadas con un truco tan simplón?, y además, tan poderoso como es, ¿no podían utilizarlo contra la baliza o el portal?

ACABADO GRANDILOCUENTE PERO FALLIDO

En consonancia con lo establecido en esta reinvención de la saga, el aspecto visual también intenta deslumbrar con equivocadas y facilonas florituras y moderneces absurdas en vez de mantener una coherencia estilística y cualitativa con las obras previas. En las anteriores series se buscaba una sobriedad formal que permitiera que los personajes y la historia respiraran, al contrario de la construcción de atmósferas que tratan de transmitir algo con trucos audiovisuales como hacen aquí, y además muy mal. La nueva generación tiene cuarenta (¡cuarenta!) años a cuestas y (sobre todo a partir de su tercera temporada) cuenta con una puesta en escena de primer nivel que supera con creces las chapuzas que hacen ahora con muchos más medios.

Para empezar, se creen que por rodar en formato cine (2.39) van a conseguir sin más mayor categoría. No tiene sentido, pues vas emitir directamente en televisión (1.78/16:9). ¿Por qué tenemos que perder media pantalla con franjas negras? Y todo para que luego parezca que se les atraganta esta fórmula, pues tienen que cortar frentes y cuerpos para mostrar de cerca los rostros. En planos amplios usan mejor la fotografía, pero qué más da, porque la planificación y el montaje de cada escena son bastante chapuceros. No puede ser que intentes forjar un aspecto y un ritmo de obra de acción a situaciones con personajes sentados dialogando, usando un montaje frenético, brillos, reflejos y demás filigranas excesivas. Acabas mareado en muchas escenas.

Para colmo, cuando llega la acción ni siquiera son capaces de estar a la altura de sus torpes pretensiones. Las luchas cuerpo a cuerpo son penosas, la falta de buenas coreografías y el mediocre montaje ni se acercan al mínimo exigible para una serie de primera división. En la misma línea están los pocos enfrentamientos de naves, que son anodinos, sin tensión ni sentido del asombro alguno, y para rematar, como señalaba, la anunciada batalla final es puro humo.

Cabe señalar que Jonathan Frakes dirige un par de episodios, siendo el único nombre conocido aparte de Akiva Goldsman, pero este estilo sigue atragantándosele, de hecho, ha dado los dos peores de la temporada (cuarto y quinto, el de la aldea romulana y el del bar donde encuentran a un personaje crucial), aunque cierto es que el guion es el principal problema.

Tampoco ayuda la floja música, una tonadilla hecha con ritmos de drama y tensión prefabricados. Qué bajo ha caído Jeff Russo después de las buenas impresiones que causó en Fargo (2014). Por extensión, los títulos de crédito son un coñazo, aunque en esto nunca ha destacado la saga.

Tenemos más localizaciones, tanto exteriores como interiores, que en Discovery, es decir, vemos más lugares de la galaxia… pero ninguno resulta especialmente llamativo. El cubo borg, y para de contar, porque el resto son desiertos, oficinas y bares, nada que nos recuerde que estamos en distintas y exóticas ubicaciones futuras y alienígenas. Ni la aldea romulana ni el planeta del final ofrecen algo imaginativo. La nave de Ríos por dentro es poco verosímil, un montón de espacio desaprovechado y una forma de pilotar muy cutre; qué obsesión con los hologramas y lucecitas.

El trabajo con lo digital ofrece también mejoras respecto a aquella, pero casi que da igual, porque sigue quedándose muy corta tanto en diseño artístico como en el resultado. Sólo salvo la nave de Ríos, bastante llamativa en su aspecto exterior, pero las romulanas son feísimas, y la flota de estos y de la federación parecen un corta pega de una sola nave. Pero lo peor es que las escenas en el espacio se ven como borrosas, escondidas en reflejos y planos rápidos, para que no cante la falta de calidad de las texturas. Es comparar esta y Discovery con The Expanse (Mark Fergus, Hawk Ostby, 2015), Lost in Space (Matt Sazama, Burk Sharpless, 2018) o Battlestar Galactica (Ronald D. Moore, 2004), que ya tiene unos años, y da vergüenza ajena, es incomprensible cómo series tan caras lucen tan mal.

DESTROZANDO EL ESPÍRITU DE LA SAGA

La idea de que esto no fuera una extensión de La nueva generación es más que aceptable. Ya ha habido muchas entregas muy parecidas. Hay que aportar algo, mirar hacia adelante. El propio Patrick Stewart pidió no repetir lo ya conocido sin cambios si querían contar con su participación. Pero de ahí a traicionar el espíritu por completo para vender otra cosa totalmente distinta hay un salto imperdonable. Como he dicho, si no vas a hacer algo en consonancia con Star Trek, invéntate una serie nueva. Como no se parece en nada sólo tendrían que cambiar nombres. Pero intentar vivir de la fama de la saga y las esperanzas de los seguidores es deleznable.

Lo peor es que parece dar resultados. Se pasaron la fidelidad por el forro en la trilogía para cines de J. J. Abrams y Kurtzman, y como dio toneladas de dinero han mantenido el mismo estilo en televisión. Pero una cosa es vender un producto de consumo rápido en las salas gracias a una apariencia vistosa, estereotipos facilones y actores con tirón, y otra afianzar una serie de series de largo recorrido en televisión. Insultando a los fans y apuntando tan bajo difícilmente puedan conseguirlo…

A duras penas recuerda a Star Trek cuando se juntan varios protagonistas principales. Pero las incontables referencias y la aparición de secundarios no son suficientes, el universo construido es una amalgama que no tiene esencia alguna de la saga.

Como comenté en Discovery, la humanidad pasa de ser una sociedad avanzada, con modelos de comportamiento e ideales muy depurados, a ser un nido de incompetencia y corrupción. Los personajes dejan de representar esa moral superior, esa lucha constante por mejorar y tener gran respeto por lo logrado, a ser anárquicos, egoístas, de lealtades, intereses y moral demasiado volátiles. Incluso en el detalle patinan lo grande: en la Federación que conocemos no hay drogas, aquí todos fuman, se emborrachan, se meten de todo; los crímenes, sobre todo los capitales, se han superado, aquí hay un asesinato brutal que no deja secuela alguna.

Y en general en todas las series y películas se trataban temas de gran calado con delicadeza e inteligencia. Sin duda en muchos capítulos no estuvieron atinados, pero incluso en esos al menos lo intentaban. Aquí tenemos una chorrada de acción sin trasfondo, sin lecturas intelectuales y éticas. Esa lucidez y ambición garantizaba también relatos pioneros o como poco muy originales en ideas e historias… Aquí sólo se mira por el recurso fácil y directo para tratar de epatar con ruido. Nada te hace reflexionar, nada cala, nada sorprende.

NO HAGÁIS MÁS, POR FAVOR

Me encanta la ciencia-ficción. Me encanta Star Trek. Quería que me gustaran las nuevas películas, deseaba que Discovery abriera una nueva era en televisión. Pero menuda basura de acción comercial nos siguen intentando encasquetar. Picard aplica un extra de nostalgia para intentar tapar las carencias y conseguir enganchar al tercer intento a los trekkies, pero también se estrella estrepitosamente. He disfrutado bastantes momentos con los personajes, y desde luego tiene mejor tono y ritmo que Discovery y las películas, pero este universo es un desastre por culpa de unos productores y guionistas sin visión ni talento alguno. Para seguir por este camino de agonía mejor que dejen a la saga morir.

STAR TREK – LARGA Y PRÓSPERA VIDA

La tripulación de la nave estelar Enterprise recorre la galaxia en busca de nuevas formas de vida, avances científicos y maneras de mantener la paz entre especies.

La originalidad y profundidad de las historias, la fascinante relación entre los tres protagonistas principales, Spock, Kirk y McCoy, los carismáticos secundarios y la fidelidad incansable de sus seguidores, convirtieron a Star Trek en un fenómeno mundial que aún tiene muchísimo tirón.

Cuando Gene Rodenberry creó la serie original en 1966 ya había en televisión varias de ciencia-ficción, algunas bastante exitosas y que aún hoy en día se recuerdan, como Perdidos en el espacio (Irwin Allen, 1965) y La dimensión desconocida (The Twilight Zone, Rod Serling, 1959), y venían otras de gran calado, como El prisionero (Patrick McGoohan, 1967). Pero su propuesta fue rompedora y tenía mucha personalidad, de forma que caló hondo… eso sí, con el tiempo. Quizá estuvo muy adelantada a su época y era demasiado peculiar para el público generalista, porque no tuvo una gran audiencia inicial y fue decayendo rápidamente, de forma que no pasó de las tres temporadas que habían firmado una pequeña productora y el canal NBC con demasiado entusiasmo. De hecho, iban a cancelarla al acabar la segunda, pero ya tenía fans que iniciaron una campaña de cartas y consiguieron una temporada más. Para hacerla rentable redujeron aún más su escaso presupuesto, y aun así no pudieron mantenerla en antena. Tras la cancelación vendieron la serie a la major Paramount Pictures, y estos inesperadamente se toparon con un filón en la venta de los derechos a otros canales menores para reposiciones (lo que se conoce como sindicación): entonces fue enganchando a numerosos espectadores, muchos de los cuales formaron un culto que hoy en día todavía se mantiene muy vivo.

Aunque con el creciente éxito póstumo tanto Rodenberry como la Paramount intentaron saltar a una película para cines, no terminaban de cuajar las ideas y sólo sacaron adelante una serie animada, llamada a secas Star Trek: The Animated Series (1973). Esta es más bien una anécdota, pues no tuvo mucho éxito, y ni siquiera Rodenberry la consideró canon en el universo de la saga. Pero finalmente fue tomando forma una serie, con la idea de estrenarla como cabecera del canal de televisión que planeaban los directivos de Paramount. Entre 1977 y 1978 estuvo a punto de rodarse Phase II (Segunda fase), un proyecto con Roddenberry al frente del reparto original (excepto Spock) en el que habían puesto bastante empeño: tenían ya escrita la primera parte de la temporada (13 episodios), creadas algunas maquetas y decorados… Pero, de repente, los directivos se echaron atrás con la costosa y difícil inversión del canal (que no vio la luz hasta diecisiete años más tarde, como UPN), y la producción fue cancelada. Pero la asombrosa popularidad de dos películas del género en esos años, La guerra de las galaxias (George Lucas) y Encuentros en la tercera fase (Steven Spielberg), los empujó definitivamente a moverse hacia el cine, mucho más rentable a corto plazo, y más con un panorama tan receptivo.

Star Trek: La película llegó en 1979 con Roddenberry al frente de la producción, un director veterano como Robert Wise (West Side Story -1965-, Sonrisas y lágrimas -1961-, El Yang-Tsé en llamas -1966-…) y un guion de Harold Livingston (Misión: Imposible -1966- y otras series) adaptando un libreto de Phase II, pues enlazaron un proyecto con el otro, tomando un guion y varios personajes secundarios nuevos escritos para la serie. No arrasó en taquilla ni críticas, pero tampoco apuntaba a un público amplio, y dio los réditos justos para que Paramount realizara una secuela, eso sí, apartando a Roddenberry del equipo y reduciendo el presupuesto para ver si cambiando un poco la fórmula mejoraban resultados. Así fue, porque La ira de Khan (1982) tuvo mejor recepción, y viendo su rentabilidad estrenaron una nueva entrega cada dos o tres años, hasta un total de seis, la última en 1991.

Con la fidelidad ganada por las reposiciones de la serie original y las nuevas películas, en 1987 la Paramount volvió a mirara a la televisión y dio luz verde a una serie con nueva nave y tripulación y con Roddenberry al mando de un grupo de guionistas y productores que fue creciendo y tomó el relevo cuando este falleció en 1991: Maurice Hurley, Rick Berman, Michael Piller, Jery Taylor, Ronald D. Moore, Brannon BragaLa nueva generación asentaría, más que las películas, la admiración por la saga, así como su estilo visual y narrativo y el universo imaginario.

El éxito de emisión, que en una hábil estrategia se llevó directamente a sindicación, fue tal que antes de acabar ya habían puesto en marcha otra producción, Espacio Profundo Nueve (Rick Berman, Michael Piller, Ira Steven Behr, 1993), y sin acabar esta, otra más, Voyager (Rick Berman, Michael Piller, Jeri Taylor, 1995), que ya se estrenó directamente en el recién creado canal UPN. También la tripulación de La nueva generación tuvo películas para cine, cuatro en total, desde 1994 a 2002.

Justo al acabar Voyager en 2001, enlazaron con otra, Enterprise (Rick Berman, Brannon Braga), pero aunque fueron al pasado de la línea temporal para intentar ofrecer algo distinto, la saga ya acusaba desgaste tanto en televisión como en cines y no tuvo tanto éxito, terminando con menos temporadas que las otras. Los siguientes intentos de crear una nueva producción no llegaron muy lejos.

Se considera que Star Trek es la franquicia más rentable de Paramount Pictures, pero seguramente sea también la saga más rentable de la pequeña pantalla. Desde luego es la más referenciada, citada y parodiada con diferencia, teniendo películas y series dedicadas exclusivamente a ello, como Galaxy Quest (Dean Parisot, Robert Gordon, David Howard, 1999) y The Orville (Seth MacFarlane, 2017).

En 2009, Paramount dio un giro inesperado lanzando un reinicio de la saga (en plan universo paralelo) de la mano de J. J. Abrams (Alias -2001-, Perdidos -2004-) con unas películas con un estilo comercial que nada se asemeja al original y de dudosa calidad, pero a cambio fueron un rotundo éxito de público: donde antes hacían entre 70 y 100 millones de dólares estas han logrado alrededor de 400. Posteriormente hicieron lo mismo con una serie, Discovery (Bryan Fuller, Alex Kurtzman, 2017), que también está dejando mucho que desear y es poco respetuosa con la saga, pero ha dado el suficiente rendimiento a la hora de empujar el nuevo canal online, CBS All Access, porque ya tienen en marcha otras, incluyendo una con Jean Luc Picard, el capitán de La nueva generación, volviendo como protagonista.

Y aparte de las producciones paralelas oficiales, incluyendo numerosas novelas y videojuegos y el merchandising variado, el entusiasta seguimiento de sus fans, conocidos como trekkers o trekkies, ha llevado a algunos a hacer sus propias series. Las más ambiciosas incluso han contado con apariciones de algunos actores de las originales.

De una forma u otra, Star Trek, citando una de las frases más célebres de Spock, tendrá una larga y próspera vida.

STAR TREK: DISCOVERY – TEMPORADA 2


CBS All Access | 2019
Ciencia-ficción | 14 ep. de 43-60 min.
Productores ejecutivos: Alex Kurtzman, varios.
Intérpretes: Sonequa Martin-Green, Doug Jones, Anson Mount, Shazad Latif, Anthony Rapp, Mary Wiseman, Michelle Yeoh, Jayne Brook, James Frain, Ethan Peck, Mia Kirshner.
Valoración:

Alerta de spoilers: Presento bastante de las tramas del año, y aunque estas son un misterio hasta bien entrada la temporada, no creo que tengan sorpresas suficientes como para echarlas a perder por saber de qué van. —

No se sabe cuáles fueron las audiencias de la primera temporada de Star Trek: Discovery, pues las cadenas implicadas no han dado datos. Tuvo críticas aceptables de los medios, muy malas de los seguidores de Star Trek, y los no fans parece que la recibieron mejor, aunque eso sí, lejos del gran resultado que dio la reinvención en cines de la por ahora trilogía iniciada en 2009. Sin embargo, la producción fue un caos muy grande y el presupuesto se disparó a límites inconcebibles (más de ocho millones de dólares por capítulo), y sin haber tenido una recepción unánime ni gran presencia en internet cabe pensar que las audiencias fueron débiles, así que en condiciones normales todo apuntaba a cancelación.

Pero ni las audiencias ni las críticas son vitales hoy en día, y para su continuidad hay que buscar otras razones. Discovery y The Good Fight (Robert King, Michelle King, 2017) fueron las series con las que anunciaron el estreno de la plataforma de emisión por internet de CBS, CBS All Access, y cancelar una de ellas nada más empezar daría muy mala imagen. Además, la venta de derechos a Netflix para emitirla en el resto del mundo les permitió recuperar el dinero invertido de golpe; y el propio Netflix sigue en proceso de crecimiento, acaparando todo lo que puede sin importar el coste y si las audiencias no son grandes, porque el que llega para ver esa serie y no le gusta, es posible que acabe probando otra y se quede. Así que, fuera como fuera tenían que aguantar.

Con esta inesperada segunda oportunidad había esperanzas en que los productores se pondrían las pilas y tratarían de dejar atrás los gravísimos errores de concepto y ejecución que convirtieron a la primera temporada en un desastre de los que hacen época, tanto en el lío de la producción como en la calidad final. Pero pensando en frío, ya a mediados de esa etapa los directivos eligieron el camino a seguir, y nada más anunciar la segunda quedó claro que se habían aferrado a él. Echaron a Bryan Fuller y su séquito para abandonar su estilo vanguardista y la narrativa de digestión lenta (aunque es justo decir que también su ostentación visual y la lentitud en rodar, en parte culpables de exceder el presupuesto), y se quedaron con la visión más comercial de Alex Kurtzman, pues los alrededor de 400 millones que hizo con J. J. Abrams en cada una de las tres entregas de la reinvención cinematográfica de 2009 a pesar de su escasísima calidad le han dado un buen blindaje.

Así que no han arreglado nada, sino que han dado carta blanca a la escritura a lo Perdidos (aunque Kurtzman no estuvo en ella, sí es de la misma cantera de guionistas) que ya fue emergiendo a mitad del primer año: basarse en el golpe de efecto y ya veremos luego cómo apañamos el resto, no asentar nada antes de meter con calzador otra historia, y personajes vacíos para poder encajarlos en cada cambio de rumbo. Lo único que han hecho es poner un poco de maquillaje mal dado. ¿Que la gente se quejaba del innecesario y horrendo rediseño de los klingon? Pues les añadimos pelo para que se parezcan algo más al estándar de la saga. Pero, ¿y el resto de traiciones a la serie? Y lo más importante, ¿y las carencias del guion? Ni un solo cambio.

Tenemos otra trama que abarca toda la temporada, pero si el primer intento salió mal, este ha ido incluso peor. La guerra klingon al menos prometía abordar un tema interesante, y casi se podía perdonar que en la caótica producción no saliera nada bueno y trataran de dejarlo de lado disimuladamente. Pero en esta ocasión tenían tiempo para planificar y más estabilidad en la sala de guionistas como para desarrollar algo adecuadamente, y nos han traído una parida que parece elegida al azar en una loca lluvia de ideas entre los escritores. Señales en el espacio, un misterioso ángel que aparece de vez en cuando, Spock que se supone que sabe algo pero no se sabe dónde está él… Cada nuevo micro avance se basa únicamente en ofrecer un subidón final de sensacionalismo barato que muchas veces ni se acuerdan de desarrollar en el siguiente episodio, porque sólo es un cebo. Así que acabarás harto de anuncios de que hoy por fin verás a Spock, conoceremos la naturaleza del ángel, y pasará algo grave e importantísimo.

Y todo para acabar soportando un dramón familiar plomizo, con la protagonista, la comandante Burnham, echando de menos a su mamá, teniendo repetitivos flashbacks con Spock que no llevan a nada, y para que cuando este aparezca por fin no aporte absolutamente nada a la trama y los personajes, sino que sea otro macguffin que sólo suelta frases chocantes aquí y allá. Todo para que el anunciado misterio sea un villano de cómic, un arquetipo de ser destructor encarnado por una inteligencia artificial, del que también se olvidan un capítulo sí y otro no y, cuando por fin lanzan el enfrentamiento, sea con un estilo de serial ochentero, todo peleas simplonas y mal rodadas, exageraciones absurdas, mucho ruido y peligros inverosímiles. Todo ello dando vueltas sobre la vaga amenaza de la destrucción de toda la vida en el universo, porque los guionistas querían dejarte sin aliento con una historia épica, ¿y qué más épico que el final del universo?

Si ya sabemos que al final harán un truco de ciencimagia y todo se resolverá sin secuelas, ¿por qué intentas engañarme?, ¡cuéntame algo tangible, con contenido real! En la Star Trek de toda la vida podían resolverse así muchos retos, pero lo que importaba era el conflicto político, social y cultural, el cómo enfrentaban los protagonistas todos los pasos del desafío según sus personalidades. Pero aquí no hay esencia alguna de Star Trek, la mayor parte de los personajes son amalgamas sin pies ni cabeza que cambian según las necesidades del guion, y la trama son fuegos artificiales huecos.

¿Quién es Michael Burnham, qué piensa, qué la motiva para luchar con ahínco en cualquier situación? Tras dos temporadas, no lo sé. Sólo sé que dirá si a todo y se tirará de cabeza en cualquier misión de cualquier, a pesar de que es una oficial científica del puente de mando. Ciencia poca, todo lo resuelve a hostias y tiros. Que le den un traslado a seguridad o la despidan, pues abandona sus obligaciones cada dos por tres.

De vez en cuando nos dicen que cae bien a otros personajes. ¿Por qué? La interacción que tiene son escenas de acción. Diálogos que desarrollen un acercamiento, sentimientos mutuos y camaradería no hay. El serio Saru y el capitán Pike la admiran y respetan a pesar de su desobediencia e imprudencias constantes, y los compañeros a los que arrastra en misiones suicidas también. ¿Por qué? Porque los guionistas quieren un personaje principal comodín. Vale para todo y sufre por todo para intentar que el espectador conecte. La pobre Sonequa Martin-Green, competente de sobras, se pasa otra vez todo el tiempo poniendo caras de estar a punto de llorar.

Si he aguantado otra infame temporada es porque, aparte de que a la ciencia-ficción le doy más oportunidades que a otros géneros, Pike y Saru se sobreponen lo suficiente del resto de carencias de la serie como para tener algo a lo que aferrarse en la espera de vagas mejoras que, por desgracia, tampoco han llegado este año.

Saru vuelve a ser el comandante en el que se puede confiar porque no pierde los estribos, no falta a nadie, siempre tiene una respuesta inteligente y conciliadora. Su evolución es curiosa y efectiva. En uno de los pocos capítulos que tienen algo de contenido descubrimos que su especie está dominada por otra, impidiendo su desarrollo físico y emocional completo. Vamos, que están como castrados. Saru, fuera de ese dominio, se desarrolla plenamente, lo que significa ver acrecentados sus sentidos y ser más violento para defenderse de los depredadores. El tipo antes comedido y sobrio enfrenta emociones complejas, y tiene un buen periodo de aprendizaje para luego seguir siendo en el fondo él, pero más maduro. Es decir, que no cambia abruptamente para ajustarse a una nueva trama.

Christopher Pike está sacado de la serie original, pero apareciendo en un solo capítulo (el episodio piloto que fue rechazado y se recuperó décadas más tarde) no había temor a que mancillaran personajes principales como han hecho con Spock. Y lo cierto es que recuerda a él: es el capitán carismático al que todos querrían seguir porque es competente pero cercano, se gana a la gente escuchando y dando discursos de ánimo muy efectivos. Además, el actor Anson Mount (lo conocí en Hell on Wheels -2011-) está muy bien elegido, pues tiene un magnetismo arrollador. Cierto es que está metido con calzador, y quitan de en medio el Enterprise en gran parte del año con excusas poco trabajadas, pero su presencia y la dinámica con Saru y el resto de la tripulación es lo único salvable de la temporada.

¿No podían escribir a todos los protagonistas así de bien? ¿Es que los sortean entre los numerosos guionistas? Porque a Burnham y al resto del repertorio es para borrarlos y hacer como que no han existido. La cadete Tilly, otra que está metida a fondo en toda misión y labor a pesar de su nulo rango, es el estereotipo de gorda propio de una comedia tonta, es decir, aquí no pinta nada, pero además lo llevan al extremo más rancio y penoso que he visto. ¿Intentaron un rango bajo simpático y cercano, o insultar al espectador y sobre todo a la gente obesa? Lo segundo es lo que les ha salido. En cada una de sus apariciones resulta irritante, idiota, ofensiva. La pareja de científicos homosexuales sigue el mismo camino: son la representación del estereotipo y de la corrección política en su máxima expresión, con lo que resultan muy cargantes. Cada escena que tienen, sea en la misión que sea, se reserva un interludio para declarar su homosexualidad y su amor. Que estamos preparando un proyecto científico de vital importancia, pues paramos para que las almirantes alaben lo gays que son, para que quede claro que los superiores los respetan, o metemos una peleilla sin venir a cuento, para que los compañeros digan algo que a mí me sonó a un patético “pero si sois como las personas normales, pues os queréis y peleáis como los demás”. Y así episodio tras episodio. Hace más de veinte años desde que Urgencias (John Wells, 1994) y Buffy, la Cazavampiros (Joss Whedon, 1997), entre alguna otra, empezaron a incluir personajes homosexuales con una naturalidad asombrosa, sin dejar margen para que ni el más cavernícola sacara excusas para atacar, y a estas alturas cambiamos el chip al modo panfleto reivindicativo más torpe y contraproducente que puedas imaginar.

Entre los personajes vale para todo, con Ash Tyler ya rizaron el rizo de manera demencial el primer año, pero aquí siguen reutilizándolo. Ahora ya no es un medio humano medio klingon, sino un operativo de una agencia secreta de la Federación. Recuperan su lado klingon de sopetón en un episodio, como para darle un cierre, pero es un sindiós y además un coñazo. Y en adelante vuelve a ser otro que está en todo sin que se sepa por qué, y además vuelven a acordarse de vez en cuando de que había una especie de romance con Burnham, así que hablan y se besan un par de veces, y luego siguen como si nada. Señores guionistas, por favor, un poco de coherencia, aunque sea una pizca. La Georgiou terrana igual, no saben qué hacer con ella, pero la incluyen en toda historia sin esforzarse lo más mínimo en darle unas motivaciones; al menos esta resulta tan indiferente que no molesta.

Los otros tripulantes no tienen un dibujo concreto a pesar del tiempo que ocupan en pantalla. En The Orville (Seth MacFarlane, 2017), por hacer la comparación más obvia, tenemos un puñado de secundarios de los que rápidamente conocimos sus peculiaridades básicas, y algunos se hicieron entrañables. Aquí ponen caras de qué bien nos llevamos, pero apenas tienen un par de escenas útiles en todo el año. Y peor son esos que se acoplan de vez en cuando no se sabe por qué, como un par de almirantas. Luego intentan ponerlos en numerosos peligros, pero obviamente no funciona, salvo cuando de repente le dan más protagonismo a uno, porque aunque sabes que eso significa que morirá en breve al menos así cobra algo de interés por un rato. También hay otros momentos de vergüenza ajena, como los personajes corrompidos por la IA a los que les cambia el color de ojos o la voz para que sepamos que su lado malo los controla. No será tan inteligente la IA. O más bien los guionistas son unos cenutrios. Pero el colmo de los colmos es que en el tramo final hay un personaje que resulta crucial, la reina de un planeta… pero aparece sin más, como si llevara ahí varios capítulos. Tras mucho buscar resulta que la habían presentado en un corto promocional. ¡Con dos cojones!

Nada del sello de Star Trek encontramos otra vez, por mucho que metan personajes y naves de la serie original. Este pseudo Spock no recuerda en nada al vulcano que conocíamos, es un rarito insulso y el actor Ethan Peck anodino. ¿Qué necesidad había de meterlo aquí, y de forzar su historia conocida inventando que Burnham sea su hermana adoptiva? Sólo funciona la aventura secundaria que enlaza con el episodio La jaula (The Cage, 1966), y también está metida con calzador en las demás tramas de la serie. Como curiosidad, cabe indicar que Rebecca Romijn (X-Men) interpreta a la número uno del Enterprise que interpretó entonces Majel Barrett, y Melissa George a la mujer atrapada por los alienígenas telepáticos, papel que hizo en su momento Susan Oliver.

Ninguna trama, ningún conflicto personal, trata con seriedad temas de antropología, cultura, religión, política, ciencia… Sí, mencionan algunos de ellos, como la religión y la ciencia, pero es como si lo hicieran obligados, para decir “Veis, esto es Star Trek“, pero lo poco que abordan lo hacen superficialmente, con torpeza, sin visión alguna. Con el pueblo de los terrisanos, por ejemplo, parecía que iban a tomárselo más en serio, pero al final parece un capítulo del Equipo A (Stephen J. Cannell, Frank Lupo, 1983): una comunidad débil a la que defender, ningún conflicto complejo. La odisea del pueblo de Saru también prometía tratar temas culturales (la dominancia de una raza sobre otra ha dado muchos buenos dilemas éticos en las otras series), pero acaba a tortas sin más y metiendo el dichoso ángel, así que no llegan a profundizar en lo prometido. El choque con el mundo paralelo de las esporas parecía inclinarse por la línea de descubrimiento científico, pero termina siendo puro Discovery: caótico, forzado, aburrido.

En la perspectiva global y la trama larga tampoco hay rastros del espíritu original. La Federación parece un gobierno belicoso y lleno de traiciones y secretos, con excesos como esa oscura sección de espionaje. La investigación sobre el ángel y el conflicto con la IA no toca ningún tema interesante, todo es misterio y acción. Lo peor es cuando parece que los autores se dan cuenta de ello e incluyen una voz en off que parece improvisada a última hora para recalcar temas sobre sacrificio, deber, la ética de la Federación… cosas que luego realmente no se ven en el relato.

En los detalles, concretamente en la estética y la tecnología, estamos igual, parten de unas bases nada fieles y luego hacen chapuzas para parchear. Me sacó de quicio la gilipollez de decir que los hologramas no funcionan en el Enterprise por problemas técnicos y tienen que comunicarse a la antigua usanza. Si esto es como un universo paralelo con distinta tecnología, ve a saco con ello, no hagas lastimeros intentos de compaginar ambas series, porque entonces no me vengas desde el principio con un rediseño del Enterprise tan radical, tan en el estilo de las películas de Abrams y Kurtzman: una nave más grande y armada hasta los dientes (incluyendo como un centenar de cazas), unos interiores de paredes y mobiliario oscuros pero con luces chillonas y pantallas sobrecargadas por todos lados.

En lo visual encontramos el mismo estilo informe y sobresaturado del primer año. Da la sensación de que había algún productor metiendo baza en los rodajes: “Más ritmo”, “Pero qué hay del tempo de la escena, de mostrar el calado emocional en los personajes…”, “Ritmoo, mete ritmooo”. Un capítulo te marea con encuadres inclinados sin venir a cuento, otro abusa de los travellings, y todos te vuelven loco con un montaje frenético, reflejos, lucecitas… No sé qué hace Jonathan Frakes colaborando en este esperpento; supongo que le pagarán bien. La música tampoco destaca nada, cuando en la saga siempre ha tenido bastante prominencia y ha sido de bastante calidad.

El dinero luce un poco mejor porque tenemos algunos nuevos decorados de navíos y escenarios en planetas, pero no como para impresionar. Y los efectos digitales del espacio y las naves siguen siendo de muy, muy bajo nivel, y además parecen siempre acabados con prisas, sin planificar las batallas y movimientos: todo son borrones. Prometían un final legendario, y entre el guion estulto, las simplonas peleas a tortas y la batalla espacial tan fea, da más bien pena. Es comparar con The Orville o The Expanse (Mark Fergus, Hawk Ostby, 2015) y me pregunto cómo ha podido costar casi el doble que esas.

La primera temporada era muy floja y caótica, pero esta un galimatías alucinante. Por momentos te ríes de lo cutre que es, pero predomina el aburrimiento, el asco, e incluso el cabreo, porque llega a ser tan estúpida que parece un insulto deliberado o una broma de mal gusto. Y me inclino por lo primero, porque el penúltimo episodio es todo entero un anuncio de que van a pasar cosas en el último mientras en él no ocurre absolutamente nada, resultando un timo vergonzoso.

De nada sirve rezar para que la entierren y hagan como que no ha existido, pues siguen empeñados en tirar hacia adelante renovando esta y además aumentando el sacrilegio, pues tendremos otra serie de este estilo con Jean-Luc Picard de protagonista…

Ver también:
Temporada 1 (2017)
-> Temporada 2 (2019)

STAR TREK: DISCOVERY – TEMPORADA 1


CBS All Access | 2017
Ciencia-ficción, acción | 15 ep. de 38-50 min.
Productores ejecutivos: Bryan Fuller, Alex Kurtzman, Akiva Goldsman, varios.
Intérpretes: Sonequa Martin-Green, Doug Jones, Shazad Latif, Anthony Rapp, Mary Wiseman, Jason Isaacs, Michelle Yeoh, Jayne Brook, Mary Chieffo, James Frain.
Valoración:

Alerta de spoilers: Presento la historia y los personajes. Sin datos reveladores hasta el último apartado. —

HACÍA FALTA RENOVACIÓN… PERO BIEN HECHA

La saga Star Trek necesita desde hace bastante tiempo algo de renovación, pues Voyager (1995-2001) había estirado demasiado la temática de exploración científica y Enterprise (2001-2005) no convenció del todo a los fans en su intento de tirar más por la acción directa. El agotamiento de ideas, que ya se extendía también a las películas, pues Némesis (2002) fue bastante floja, las dejaba por debajo del ingenio de la original Star Trek (1966-1969) y de la calidad de las más aclamadas, La nueva generación (1987-1994) y Espacio profundo 9 (1993-1999). Esta última sí buscó innovar mediante historias de mayor recorrido, y logró causar muy buenas impresiones entre los seguidores. Por ello es una pena que las nuevas películas creadas por J. J. Abrams (2009, 2013 y 2016 -esta última dirigida por Justin Lin-) fueran producciones de acción de usar y tirar. La verdad, ni me sentó bien que esta mediocre reinvención, indistinguible de toda la retahíla de remakes y adaptaciones sin alma que saturan el mercado, resultara un éxito de público.

El nacimiento de Discovery dio mala espina, pues cabía pensar que seguiría la estela de esa trilogía moderna. Además, el título señalaba más exploración (aunque al final fuera todo intriga política), y el ubicarla otra vez (como Enterprise y esas películas) en un marco temporal ya superado prometía más de una falta a la línea temporal cuando no reescrituras descaradas de la misma.

Viendo los réditos económicos de la reciente versión cinematográfica, la CBS tiró la casa por la ventana con un presupuesto de entre seis y siete millones de dólares por capítulo, toda una superproducción televisiva. Pero la pareja de creadores elegida fue un tanto extraña por sus estilos opuestos, en especial en sus aportaciones previas en Star Trek.

Por un lado, tenemos a Bryan Fuller, que escribió algunos episodios en Espacio profundo 9 y Voyager, aunque es más conocido por sus creaciones propias, Criando malvas (Pushing Daisies, 2007), Wonderfalls (2004), Hannibal (2013) y American Gods (2017). En ellas se ve un artista inclasificable, un vanguardista capaz de imaginar universos únicos y darles forma con una dedicación y detallismo obsesivos… hasta el punto de que se convertían en series muy difíciles de llevar a cabo y también de digerir por el público, lo que ha llevado a la cancelación prematura de varias de ellas o a su despido.

Por el otro lado, encontramos a un autor de la hornada de J. J. Abrams, de esos tan temidos entre los cinéfilos y seriéfilos por ser amigos de los golpes de efectos y la improvisación por encima de la coherencia de la narrativa global. Alex Kurtzman empezó su carrera en Hércules (1997) y Xena, la princesa guerrera (2000) pero se formó en Alias, que como Perdidos (2004) empezó fuerte pero acabó con un tramo final vergonzoso. Luego fue el artífice de Fringe (2008), un remedo pobretón de Expediente X pero con bastantes fans, y, lo que terminó de sembrar más dudas, el guionista de dos entregas de la nueva visión de Abrams.

Conforme llegaban las noticias durante su puesta en marcha no se avivaban las esperanzas, sino más bien lo contrario. La visión de sus creadores y la de la productora (más concretamente la sección recién creada de video bajo demanda, CBS All Access) parecían estar enfrentadas, aunque como siempre se dijera que no. Finalmente se confirmó el conflicto con Bryan Fuller, que acabó despedido. Sin duda él tiene gran parte de la culpa, pues siguió en su tónica, alargando la escritura y el rodaje de forma que tuvieron que retrasar el estreno y poner más y más dinero (acabó rondando los nueve millones por episodio), pero entre líneas también se podían leer las desavenencias creativas. Da la impresión de que él quería una obra muy seriada y compleja y el canal algo más directo, más acción en la línea de las recientes películas. Kurtzman se mantuvo brevemente al frente, pero no parece que confiaran del todo en él, porque trajeron a Akiva Goldsman (quien también pasó por Fringe) para compartir el mando. Este es conocido por sus producciones de baja calidad (con basuras legendarias como Batman y Robin -1997-, Perdidos en el espacio -1998- o La Torre Oscura -2017-), y lo único decente que ha escrito es Soy leyenda (2007) y Yo, robot (2004), que no eran precisamente fieles a las obras originales, y dos dramas muy de Hollywood (prefabricados con estereotipos varios y con premios comprados) pero bastante dignos,Una mente maravillosa (2001) y Cinderella Man (2005).

Hay que decir que, cercano al estreno y confirmándolo con el argumento de los primeros capítulos, se levantó un poco la expectación al ver que anunciaban una historia larga muy sugerente, la guerra de la Federación contra los Klingon. Pero esas tibias promesas nunca han llegado a despegar en una temporada que no está a la altura del estándar exigible para la saga, tanto en fidelidad como en calidad, y eso que Voyager y Enterprise al parecer iban muy justas en lo último (las tengo pendientes a la hora de escribir esto). Como entretenimiento de acción tiene un pase, pero a nada que le hagas un análisis serio se cae a pedazos. Ofrece una narrativa caótica, notándose mucho el lío en la producción y la reescritura de guiones, y predominan artificios y golpes de efecto que no logran enmascarar su falta de profundidad e inteligencia. Pero está claro que el renombre de Star Trek tiene suficiente tirón para enganchar a bastante público, pues ha logrado buen seguimiento y la segunda temporada está ya confirmada. Aunque sin duda también ha ayudado que el trato con Netflix sea tan jugoso para la CBS: pagan la totalidad del presupuesto a cambio de emitirla fuera de EE.UU. y Canadá, con lo que está amortizada antes si quiera de emitirla.

NULA FIDELIDAD A LA SAGA

Nada más empezar el visionado se observa que se inclina demasiado hacia la estela de las nuevas y fallidas películas: no se ve la esencia de Star Trek por ningún lado. ¿Para qué demonios haces una entrega de la saga si no vas a respetarla? ¿Cómo esperas ganarte a sus fans si vas pisoteándolo todo? El primer golpe es duro: ¿cómo pudo ocurrírseles cambiar de arriba abajo el aspecto de los klingon? Veintiocho temporadas y diez películas después mandas todo lo establecido a la mierda sin vergüenza alguna. Tenemos unos engendros cabezones cuyas motivaciones y cultura apenas llegan a identificarse con lo que sabemos de ellos. No se ve un pueblo donde el honor y las tradiciones rigen sus vidas, sino unos animales impredecibles y traicioneros, recordando a los originales únicamente en su inherente belicismo.

Pero hay mucho más, en lo visual tanto como en lo argumental, que deja malas sensaciones, por mucho que intenten encubrirlo colando referencias en segundo plano aquí y allá.

En la estética van directamente a romper con todo, sin la más mínima consideración por la saga. Las naves eran bonitas, habitables y cómodas, no fríos zulos de metal donde sólo hay color en las sobresaturadas consolas. En la puesta en escena abusan del efectismo inmediato, con enredos visuales por doquier sin motivos claros, cuando siempre ha primado la sobriedad y la elegancia y el dejar que la historia hable por sí sola. Luego me extiendo sobre su malogrado acabado visual, destacando los pésimos efectos especiales, que se quedan muy por debajo incluso de La nueva generación, con treinta años a cuestas ya.

Y, sobre todo, el ambiente no recuerda a la serie, salvo en el inesperado capítulo de la paradoja temporal que hace repetir la misma situación, donde aportan una perspectiva bien trabajada a la premisa, aunque a cambio anda muy falto de ritmo. En la Federación que yo conozco los protagonistas no serían recelosos unos de otros constantemente ni actuarían por puro egoísmo, sino que sería gente muy entregada a sus ideales, pues han llegado a lo más alto del escalafón social: la flota estelar. Pero han optado por seguir un modelo muy de moda, el de las series oscuras llenas de protagonistas ambiguos cuando no malvados y que pueden morir en cualquier momento, en una saga que siempre iba a su bola, adelantada a su tiempo con una idiosincrasia propia.

En ese aspecto destaca que fue un referente en cuanto a avances morales y temáticos en televisión, no sólo por romper unos pocos tabúes raciales y machistas, sino sobre todo porque tocaba muchos temas filosóficos, éticos y antropológicos con gran amplitud de miras, imaginación e inteligencia. Aquí, el repertorio de capitanas y almirantas chungas porque sí y la sobreexposición gay parece no tener justificación, no se desarrolla de forma orgánica. Acabarás harto de ver a la parejita homosexual lavándose los dientes frente al espejo y diciéndose cosas cuquis mientras esperas que pase algo trascendente. En cuanto a temática, las pocas veces que se abordan aspectos habituales, como los otrora elaborados y certeros análisis sobre la ética y el ser humano, la rigidez de las normas puestas a prueba en situaciones desconocidas, la capacidad moral de la Federación en conjunto y de sus habitantes por separado, resultan discursos flojos y repetitivos. La supuesta superioridad ética de la Federación se cita mucho pero no se ve, y salvo la inocente (hasta resultar empalagosa) Tilly son todos unos cabrones de cuidado que solo miran por sí mismos. No veo a la Federación por ninguna parte, así que no se entiende que tengan que recurrir al universo espejo, a los malvados terranos, para justificar que se dejen de lado sus supuestos límites éticos para sobrevivir a la guerra.

Si es que la parodia The Orville (2017), de Seth MacFarlane, está mucho más cerca del estilo de la serie, y el capítulo USS Callister de la cuarta temporada de Black Mirror (Charlie Brooker, 2011) también lo capta de bastante bien.

HISTORIA Y PERSONAJES CERCANOS AL DESASTRE

La falta de calado y personalidad se extiende a las tramas y protagonistas. Se mezclan las fallidas intenciones de Fuller con la apresurada llegada de Goldsman, y siempre está presente la nula capacidad de Kurtzman para dibujar personajes y tramas que tengan un mínimo de profundidad y un desarrollo atractivo. Los diálogos son simplones, poco naturales, buscando siempre una épica y trascendencia que no se transmite en ningún momento. Se acumulan situaciones predecibles, otras forzadas (la nave sellada, pero la prota paseándose por todas partes por los conductos de mantenimiento, menuda seguridad), y hay demasiados intentos de causar impresión a base de golpes de efecto y sorpresas poco meditados.

El comienzo de la temporada, con la introducción de los klingon y el origen de la guerra, se hace pesado, incapaz de ir al grano y exprimir el potencial latente. Hablan demasiado para decir poco, y encima lo hacen en klingon, un vacile innecesario, para que la anunciada batalla que provoca el conflicto bélico sea un bluff total, porque ni en lo argumental ni en lo visual está a la altura de lo que se anunciaba. En la Discovery no se consigue materializar una historia concreta, manteniendo el interés únicamente gracias al proceso de adaptación de la protagonista principal a su nuevo e inesperado destino, y no es que sea muy imaginativo.

Cuando esperas que se profundice de una vez en la guerra llega el cambio de guionistas y el despiporre: a partir de entonces parece que desarrollan la serie sacando de un bote ideas locas escritas en trozos de papel. Nada se asienta, saltamos de una trama pretendidamente grandiosa y trepidante pero poco coherente y apresurada a otra. Así que uno no sabe a qué atenerse, no puedes conectar con nada porque en cualquier momento te lo quitan y te lanzan hacia otra idea improvisada metida a la fuerza, y así hasta acabar en un final lamentable.

Los protagonistas, con un dibujo inicial bastante básico, no terminen de ofrecer nada llamativo, pues sus personalidades no evolucionan de forma gradual, sino según deban adecuarse a los virajes del guion. La figura central, Michael Burnham, tiene un montón de dudas y sufrimiento, y nos taladran con flashback varios, pero no llega a vislumbrarse una forma de ser clara, unas motivaciones y deseos que hagan tangible su determinación. Es un robot que traga con todo y sigue adelante sin pestañear… literalmente, porque la actriz Sonequa Martin-Green (The Walking Dead -2010-), que es competente de sobras, lo único que hace es poner miradas intensas, no tiene más margen.

Ash Tyler, el rescatado de la prisión klingon, está todo el día puteado hasta resultar cansino, porque no se avanza hacia ninguna parte, salvo en el predecible y tonto conato de romance con Michael, porque no puede faltar una relación en tensión. Cuando parece que va en buen camino, resulta que todo era para justificar uno de los giros más demenciales. Además, el actor Shazad Latif lo hace fatal, sacándome de muchas de sus escenas. Sylvia Tilly es la cadete que quiere encajar pero se ve frenada por su torpeza y timidez. Es tan poco original y la actriz Mary Wisemantan está tan sobreactuada que resulta cargante desde sus primeras escenas. El ingeniero Paul Stamets no se sabe muy bien de qué va, es otro con una determinación obsesiva que ni se matiza ni evoluciona, y el intérprete Anthony Rapp intenta darle un toque serio que resulta también sobreactuado. Georgiou es seca y aburrida en los dos universos, y Michelle Yeoh no convence.

Los únicos interesantes son el segundo oficial Saru y el capitán Gabriel Lorca. El gran Jason Isaacs da forma a un líder sombrío y exigente con un toque de mala baba y misterio que resulta muy atractivo. Con lo de la misión secreta de la Discovery y la guerra se puede aceptar que se salga de la tónica de la Federación, de hecho, parecía que se iba a aprovechar para tener roces éticos con Michael. Pero me temo que no llega a dar nada de sí, pronto es engullido por esos desvíos argumentales sensacionalistas y termina muy disminuido, hasta el punto de que en el segmento final acabé cabreado con la proyección de su historia y desinteresándome por completo por su porvenir. Saru es el único que no sólo mantiene el tipo sino que crece. Sus convicciones morales quedan claras, sus conflictos con Michael dan algo de juego, y conforme se tuercen las situaciones aprende y cambia su conducta. Doug Jones es capaz de lograr una buena interpretación (y peculiar, con los movimientos alienígenas que hace) a pesar de tener mucho maquillaje encima.

EL ASPECTO VISUAL TAMBIÉN FALLA

Desde las primeras escenas quedé asombrado por su escasa calidad en el aspecto visual. ¿Adónde ha ido el abultadísimo presupuesto? Se habrá desperdiciado la mitad en el aparatoso rodaje, porque lucir solo lucen el vestuario y el maquillaje, y un poco el interior de la naves, pero no como para decir que es una superproducción al nivel de Juego de tronos (David Benioff, D. B. Weiss, 2011).

El trabajo con ordenador, para los tiempos que corren y el dineral invertido, es incomprensible que tenga un nivel tan bajo, tirando a cutre. Los pocos planos del espacio y las naves son propios de una serie de bajo presupuesto de hace veinte años, no tienen mejor aspecto que los de Farscape (Rockne S. O’Bannon, 1999), y el único ser vivo digital, el “tardígrado”, es espantoso. Enterprise dejó claro que el ordenador no aguanta bien el tipo contra las maquetas, saliendo perdiendo en la comparación con La nueva generación, Espacio profundo 9 y Voyager, pero aun así tenía un nivel más que decente y soporta el paso de los años aceptablemente bien. Hasta producciones menores como Dark Matter (Joseph Mallozzi, Paul Mullie, 2015) tienen mejores efectos digitales, no digamos ya alguna con más ambición, como The Expanse (Mark Fergus, Hawk Ostby, 2015).

La decepción se agrava porque apenas salimos unas pocas veces de la nave, es decir, falta la renovación de escenarios, el factor asombro al conocer nuevos lugares y especies. El diseño de la cultura klingon no está mal, pero, como indicaba, no resulta nada fiel: el aspecto de la especie es irreconocible, y su entorno tiene demasiado brillo dorado cuando se espera un estilo más animal, con cueros, pieles, cuernos… El ambiente humano es demasiado gélido y oscuro, que aparte de fallar también en fidelidad resulta poco vistoso: la Discovery no tiene una personalidad propia, se puede cambiar por cualquier diseño estándar de interiores de la ciencia-ficción.

La banda sonora, muy destacable anteriormente, sobre todo en La nueva generación y la mayor parte de las películas, aquí resulta un relleno poco esforzado, y eso que Jeff Russo (Fargo, Legión) me parece buen compositor. Los títulos créditos tampoco me entusiasman, aunque nunca fue una saga deslumbrante en este aspecto.

No sorprende que en la puesta en escena sigan la fórmula de Abrams en las nuevas películas, que usó la técnica más habitual en el cine de acción de baja calidad de estos tiempos: mucha saturación de trucos baratos para impactar fácil y rápido sin tener que trabajarse bien la narrativa. Así, como decía, no tenemos el acabado sobrio pero elegante que se veía desde La nueva generación, cuando la saga maduró y había dinero para aspirar a algo más serio. Aquella destacó con un acabado de calidad impropio de la televisión: estupendos planos medios, gran cuidado en manejar muchos personajes en cada escena de forma que todo fluyera bien, y puntos álgidos emocionales (tenía poca acción) muy bien exprimidos. Aquí encontramos un abuso indiscriminado de reflejos, lucecitas, movimientos y ángulos estrafalarios que pretenden ofrecer dinamismo y vitalidad pero lo que consiguen es un acabado sobrecargado y agobiante pero sin sustancia. Para rematar, se busca una obra de acción pero las pocas peleas que encontramos son bastante chapuceras, sobre todo el enfrentamiento final con los terranos.

AHONDANDO EN DETALLES Y EN EL FINAL

Alerta de spoilers: En adelante destripo los giros más importantes y el desenlace.–

Entre los peores momentos que no podía citar antes para no revelar demasiado entraría la disparatada trayectoria de Tyler. Inicialmente me parecía sugerente el tratamiento de preso fugado que tiene secuelas del cautiverio y la tortura, pero tras demasiadas escenas repetitivas adornadas con el dichoso romance se fue disipando el interés en él, para acabar por tierra con esa situación donde, estando claramente no apto para el trabajo, lo ponen a hacer algo esencial en una lanzadera a pesar de la de tripulantes que hay disponibles. Y lo poco que queda lo terminan de hundir con lo de que se ha convertido, pero no mediante la tortura, sino con una transformación biológica: ¡ahora resulta ser un klingon con fachada física humana! Por supuesto, la intriga supuestamente renovada con esta parida se diluye rápido, porque pronto se ve que lo hecho con ciencimagia mediante ciencimagia lo resolverán en un tris. Después de tanto enredo absurdo (ahora es klingon ahora no… ¡decidíos!) no hay secuelas reales, más allá de la muerte nada impactante de un secundario, el doctor, que incluso se agradece, porque el era de los más molestos, y de extender de mala manera el manido romance.

Entre los apuntes innecesarios y que faltan a la línea temporal sin venir a cuento destaca la sandez de que Michael Burnham sea hermana adoptiva de Spock. Aparte de justificar apariciones esporádicas de Sarek que luego no aportan nada, no sirve para ahondar en la protagonista, para definir sus motivaciones y acciones, y el intento de darle un toque exótico por su educación vulcana se olvida por completo a los pocos episodios.

La idea de las esporas y sus saltos instantáneos a cualquier parte también me parece enredar innecesariamente con la continuidad. Cada vez que toma protagonismo, y lo hace en cada capítulo, no podía dejar de pensar en que no pueden sustentar toda la serie con ello, porque supone una ventaja descomunal para la Federación que no existe en el resto de la línea temporal conocida, así que tarde o temprano tendrán que currarse una forma creíble de deshacerse de esta tecnología sin dejar rastro. Sin ir más lejos, en el tramo final, cuando más falta hace, por supuesto el sistema falla hasta que los guionistas quieren.

En cuanto a tramas globales, dejar de lado la guerra klingon sin llegar a profundizar nada en ella para irse a enredos en el universo paralelo me parece una cagada monumental, tanto por abandonar bruscamente la historia presentada como porque la nueva premisa ofrece una línea de acción aparatosa pero poco llamativa. Me dan igual los terranos, son unos enemigos desechables; todo el sufrimiento de la tripulación y sus misiones suicidas parecen demasiado teatrales y por extensión poco verosímiles y emocionantes; y los encuentros entre dobles son demasiado predecibles y forzados. Atención también a la exagerada nave de la emperatriz y su destrucción digna de un poco imaginativo videojuego. El final de Lorca es lamentable, tanto como prometía y acaba convertido en un villano del montón. La emperatriz es otro enemigo de manual, y al final todo acaba como se veía venir, incluso su paso a nuestro universo.

Para rematar la floja temporada, en el tramo final recuperan la guerra klingon de mala manera, metiendo con calzador un salto temporal que nos pone ante otra dificultad artificial, pues ahora repentinamente los klingon están a punto de ganar. Nos hemos perdido todo lo que se anunciaba, el desarrollo de una guerra muy relevante en la saga, para pasar al desenlace… y este es ridículo en proporciones grotescas.

La voz en off de Burnham trata de poner énfasis en sentimientos que el episodio final no es capaz de despertar, porque todo resulta apresurado, anticlimático e inverosímil. Qué conveniente el renacimiento instantáneo de las esporas, qué poco creíble que llegen al planeta klingon, incluso se teletrasporten, sin ser detectados, y que la nave tenga ahora capacidad atmosférica; qué anodina la misión de buscar información, qué poco empeño parecen ponerle; y sobre todo, qué lastimero el final de la guerra, con la klingon sosteniendo en alto un mando y todos postrándose ante ella sin que haya explicado qué es. Y aunque lo explicara, la idea es absurda y difícilmente sostenible: resulta ridículo lo fácil que es invadir y destruir un planeta, y muy poco creíble que pueda mantener así el liderazgo, pues más que obtener sumisión sin rechistar lo lógico es que todos se pongan en su contra.

En todo este lío la conexión con los personajes es nula, no han conseguido ganarme a lo largo de la temporada, así que ahora no me importa nada el nuevo peligro exagerado en que los sumergen. Termina Burnham con otro discursito, intuyo que para tratar de mostrar algún cambio o madurez en la tripulación y la Federación que en realidad no hemos visto, así que queda artificial y relamido pero insustancial.

Por si el interés del espectador andaba ya por los suelos, nos tratan de ganar para el próximo año con el típico gancho tramposo a lo Perdidos, con el Enterprise clásico (NCC-1701) apareciendo repentinamente. Pero, para terminar de joder a los fans, ¡nos clavan el rediseño moderno de Abrams! Eso sí, está capitaneado por Pike, pero es de suponer que Spock anda por ahí, así que vuelven a jugar a la reescritura de la continuidad peligrosamente.

Por lo que veo por la red, con esta última falta de respeto los trekkies que aguantaron hasta el final por inercia y curiosidad morbosa (entre los que me incluyo) han tirado la toalla. Pero también parece haber enganchado a bastante espectadores nuevos, amigos de los seriales de acción de baratillo. En un mundo más objetivo la temporada ni habría llegado al final, pero lo mismo dura unos cuantos años.

Ver también:
-> Temporada 1 (2017)
Temporada 2 (2019)