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THE LAST KINGDOM – TEMPORADA 2

BBC Two, Netflix | 2017
Aventuras, histórico | 8 ep. de 56-59 min.
Productores ejecutivos: Stephen Butchard, Gareth Neame, David O’Donoghue.
Intérpretes: Alexander Dreymon, David Dawson, Ian Hart, Harry McEntire, Simon Kunz, Thure Lindhardt, Millie Brady, Eliza Butterworth, Cavan Clerkin, Arnas Fedaravicius, Christian Hillborg, Mark Rowley, Toby Regbo, Tobias Santelmann, Adrian Bouchet, Björn Begntsson, Perl Baumeister, Eva Birthsitle, Gerard Kearns, Erik Madsen, Magnus Samuelsson, Alexander Willaume, Ole Christoffer Ertvaag.
Valoración:

Tras su colaboración en la victoria del rey Alfred de Wessex contra los daneses, Uthred esperaba tener mejores posibilidades de recuperar su tierra natal, Bebbanburg, y hallar a su hermana, esclavizada por los vikingos Kjartan y su hijo Sven. Pero el destino le tiene preparado nuevos retos.

Los planes del soberano de aunar los distintos reinos en una utópica Inglaterra implican echar a los invasores nórdicos que campan en algunos de ellos y hacer alianzas con los estados libres. En lo bélico no puede dejar ir a un recurso tan valioso como Uthred, así que le exige mantenerse a su servicio. Pero las intrigas constantes de Alfred limitan su libertad, y para el rey, el impetuoso pagano roza la traición muchas veces, con lo que la relación nunca va del todo bien.

Tienen a los belicosos hermanos Erik y Sigefrid como inminentes rivales en la liberación de las tierras conquistadas, la nueva alianza con el torpe rey Guthred (Thure Lindhardt) y su pequeño estado de Cumberland que colinda con esos territorios, y la proyectada mediante el matrimonio de la princesa heredera, Aethelflaed (Millie Brady), con otro vecino noble, Aethelred (Toby Regbo).

Así pues, se amplían los frentes respecto a la primera temporada. Los planes de cada facción se entrecruzan, chocando o avanzando a la vez hasta que un nuevo obstáculo aparece, pero tampoco olvidemos a la omnipresente religión, que mete baza según sus intereses, y los conflictos personales, donde cada jugador del tablero piensa por sí mismo. Y en todo el meollo Uthred aguanta como puede, poniendo siempre su independencia y experiencia por delante aunque sea a costa de quedar mal con todos.

Pero también vivirá otras aventuras muy variadas, porque la temporada abarca de todo, pero todo con muy buen ritmo y coherencia. Nada se precipita, cada evento cala, incluso los saltos temporales y las historias que parecen secundarias, como el invierno que Uthred pasa esclavizado en Islandia o el romance del vikingo con la noble secuestrada, se trabajan con esmero, con secundarios potentes, y dejan secuelas. Y no todo son palos para el joven, porque mantiene amigos (el padre Beocca, la monja Hild), hace otros nuevos (los soldados Halig, Finan, el danés Sithric…), y encuentra un nuevo amor en la hija de Guthred, Gisela (Peri Baumeister). Y no me olvido de su hermano adoptivo, Ragnar, y su amiga en común, Brida, que tendrán también sus momentos.

Se sigue cuidando muy bien el entorno histórico, tanto en la fidelidad a eventos y personajes como en la forma de actuar de las gentes. La influencia de religión, la forma de entender el mundo y expectativas de cada individuo según su clase y entorno, y el desarrollo de las invasiones son de nuevo mucho más fieles que en la exitosa Vikingos (Michael Hirst, 2013), donde la fidelidad se diluye o deforma en un espectáculo vacuo con personajes estrafalarios.

Con mayor número de escenarios tenemos también más decorados. Aquí se nota menos dinero que en Vikingos, pero dista de parecer una serie cutre. Sin embargo, es cierto también que le sigue faltando una puesta en escena de alta calidad que aproveche el potencial del género: todo son parajes naturales o decorados y el vestuario es estupendo, pero la forma de rodar es muy sencillita. Eso sí, hay un momento inesperadamente inspirado: el ataque al campamento donde secuestran a la princesa, narrado cámara en mano, es sobrecogedor. También cabe señalar que la música de John Lunn va ganando presencia, con mención especial para la voz de Eivør Pálsdóttir.

En cuanto a actores, destaco otra vez a David Dawson como Alfred, el estupendo idiota que consigue Thure Lindhardt en Guthred, el carisma de los vikingos Erik y Sigefrid, en manos de Christian Hillborg y Björn Bengtsson, y la veteranía de algunos secundarios como Ian Hart (Beocca) y Simon Kunz (Odda).

PD: Netflix se metió como coproductora junto a la BBC en esta segunda temporada, pero para la tercera ha adquirido la serie entera y sus derechos de emisión.

Ver también:
Temporada 1 (2015)

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DESENCANTO – TEMPORADA 1


Disenchantment
Netflix | 2018
Comedia, aventuras | 10 ep. de 28-36 min.
Productores ejecutivos: Matt Groening, Josh Weinstein
Intérpretes: Abbi Jacobson, Eric André, Nat Faxon, John Dimaggio, Billy West, Maurice Lamarche.
Valoración:

Cuando se anunció Desencanto (paso de los paréntesis absurdos inventados por la distribuidora española), el retorno de Matt Groening con una serie nueva tras la (ya larguísima) decadencia de Los Simpson (1989) y el final de Futurama (1999), se generaron muchas expectativas sin motivos claros, principalmente porque la elaboración de ambas se llevó a cabo por muchos escritores. En la presente igual: actúa más de creador e ideólogo que de guionista.

Los aburridos primeros capítulos (¿era necesario pasar de la media hora de duración?) han segado rápidamente ese entusiasmo, presentando una serie poco inspirada y de narrativa aletargada. Por suerte mejora poco a poco, hasta desembocar en un buen final, y los protagonistas se hacen querer, pero es difícil perdonar un comienzo tan pobre más otro par de episodios flojitos en una temporada tan corta.

La premisa es sencilla: una chica rebelde, un padre conservador, unos secundarios graciosetes, y un entorno de fantasía medieval donde jugar con elfos, cíclopes y demás. Bean es la hija mayor del rey, una joven irresponsable, respondona y alcohólica que rechaza cualquier intento de los miembros de la corte para hacer algo con su vida. También es cierto que algunas circunstancias, como el matrimonio obligado, no ayudan a apaciguarla. Y es que el pobre rey Zog tiene muchas cosas con las que lidiar, pero todos parecen tomarlo por memo o por tirano: su querida esposa falleció, la actual es de una raza anfibia y fría y distante, el hijo con ella idiota perdido, los reinos vecinos traen mil problemas, etc. Bean se hace amiga de Elfo, un elfo desterrado, cursi e inocente que se topa con un mundo lleno de egoísmo y crueldad, y de Luci, un demonio enviado por una facción rival para desestabilizar el reino, pero que pasa un poco de todo y se va de juerga con ella.

No sé por qué, como más o menos todo el mundo, esperaba algo más elaborado. Viendo los avances parecía que versaría sobre aventuras fantásticas, pero al principio el escenario parece irrelevante, todo es un dramón adolescente que bien podía haberse ambientado en cualquier otra época, y la poca fantasía que encontramos es una decepcionante parodia tonta tipo Shrek (Andrew Adamson, Vicky Jenson, 2001). En Futurama era al revés: ciencia-ficción con vetas bien equilibradas de historias sobre amistad, maduración y romance. Pero una vez pasado el flojo inicio empieza a equilibrarse y madurar poco a poco, dejando entrever sus virtudes: en contra de lo bajo que apuntaba, veremos que no se queda en los estereotipos de ambos géneros, fantasía y adolescencia.

Entre las locas aventuras de la familia real de Utopía (Dreamland), como la parodia de Hansel y Gretel, el exorcismo, la fiesta loca en el castillo, etc., hay un trasfondo más serio que combina hábilmente la brutalidad inherente a la animación actual (Bean es borracha y malhablada) con una sorprendente delicadeza con que tratan los temas dramáticos. Con Bean se habla de la responsabilidad, de no ser capaz de encontrar algo que llene tu vida; el padre no es un cutre villano, sino un pobre desgraciado que no sabe cómo tratarla; tanto el demonio como sobre todo el elfo van mostrando aristas poco a poco… Y prácticamente todos los episodios tratan de alguna forma temas paterno filiales, de responsabilidad, de amistad…

Hay más dejes de Futurama que de Los Simpson, pero también poco a poco va formando su propia idiosincrasia. Los personajes secundarios ganan presencia (atención a los consejeros del rey), los reinos vecinos adquieren complejidad (hay rencillas familiares y políticas, conflictos culturales), algunas historias en apariencia secundarias cobran protagonismo (la sangre de elfo como elixir de la vida), y el sentido humor es más ingenioso y loco cada vez. Todavía le falta inteligencia y mordacidad, pero ya va teniendo más imaginación y gracia.

Y así llegamos a un tramo final rozando el notable, con momentos emotivos, giros inesperados muy logrados, humor cada vez mejor combinado con unos personajes que van creciendo a ojos vista y un universo cada vez más rico. Así que, después del gran desencanto inicial, he terminado esperando con interés la próxima temporada.

LOST IN SPACE – TEMPORADA 1


Netflix | 2018
Drama, aventuras, ciencia-ficción | 10 ep. de 47-65 min.
Productores ejecutivos: Matt Sazama, Burk Sharpless, Neil Marshall, Marc Helwig, Jon Jashni, Zack Estrin.
Intérpretes: Molly Parker, Toby Stephens, Maxwell Jenkins, Taylor Russell, Mina Sundwall, Parker Posey, Ignacio Serricchio, Raza Jaffrey.
Valoración:

La serie original, creada por Irwin Allen en 1965, fue un producto familiar sencillo (hoy en día nos parecerá ingenuo, quizá incluso cutre) con bastante éxito popular, hasta el punto de que ha propiciado numerosas referencias en distintas películas y series (Los Simpson como siempre a la cabeza). El argumento parte del clásico drama familiar (conflictos paternos, educación de los hijos), pero el giro de tener aventuras en el espacio le daba un aire nuevo en aquellos tiempos; por ejemplo, el robot causó sensación.

En 1998 fue llevaba al cine como superproducción cinematográfica escrita por Akiva Goldsman (El cliente -1994-, Batman Forever -1995-, Batman y Robin -1997-) y dirigida por Stephen Hopkins (Depredador 2 -1990-, Los demonios de la noche -1996-), aunque de calidad anduvo tan escasa que el boca a boca la hundió rápido; ni con la estupenda música de Bruce Broughton y la presencia del insigne Gary Oldman se podía salvar. Hubo un intento de resucitarla como serie en 2004 bajo el título de The Robinsons: Lost in Space. A pesar de estar producida por grandes empresas (Warner Bros. y la cadena Fox) no salió nada bueno y se quedó en el episodio piloto. Puedes echarle un vistazo en Youtube si te atreves. En argumento y tono parece sacada de los años setenta, con lo que renovación poca, y pesar de estar dirigido por John Woo, con varias películas de acción a cuestas (Cara a cara -1997-, Acantilado rojo -2008-), el paupérrimo aspecto visual también empeora las malas sensaciones.

La nueva versión llega de la mano de varias productoras pequeñas y Netflix con dos guionistas que, viendo su corto y débil currículo, tiran un poco para atrás: Matt Sazama y Burk Sharpless tienen en su haber paridas como Drácula: La leyenda jamás contada (2014), El último cazador de brujas (2015), Dioses de Egipto (201) y Power Rangers (2017). Quizá si me hubiera fijado antes en sus nombres ni me habría acercado, pero llegué por el reparto y por el género, no puedo resistirme al espacio y las naves.

Por suerte, esta aproximación es bastante ambiciosa, tanto en lo visual, con un presupuesto sin duda descomunal muy bien aprovechado, como para mi sorpresa también en la escritura. Mantienen el tono para toda la familia, pero no es una cursilada llena de argumentos bobos, tópicos y moralina barata, sino que toman al espectador por inteligente, los autores son capaces de ofrecer aventuras emocionantes para los jóvenes y un envoltorio más complejo y serio para los adultos. Por comparar con otras del género recientes, me estoy acordando de los infumables dramones llenos de personajes estereotipados de Terra Nova (Kelly Marcel, Craig Silverstein, 2011) y Falling Skies (Robert Rodat, 2011), y no hay color.

Las aventuras son variadas y por lo general bastante completas. Se combina supervivencia en la naturaleza y contra el propio ser humano con ciencia-ficción bastante realista, habiendo poca tecnojerga y ciencimagia y más empeño en mostrar el esfuerzo físico pero también intelectual de los personajes de forma verosímil aunque los escenarios sean fantasiosos. Cabe señalar que se ven pronto las intenciones de describir la ciencia, el progreso y la pasión por descubrir cosas como algo que puede traer algún peligro pero siempre recompensas mayores. Un drama familiar tan progresista viniendo de EE.UU. hoy en día es algo atípico y muy valioso.

Los hechos calan en los personajes, no es una vuelta al statu quo tras cada resolución. Hay situaciones traumáticas en casi todos los episodios, con algunas disyuntivas de nivel, como cuando se presenta la elección de salvar a una persona arriesgando a muchas o dejarla morir ante sus narices. Los protagonistas son inesperadamente grises y falibles, incluso la villana crece muy bien tras una presentación que no apuntaba maneras. La perspectiva que esta tiene del mundo se trabaja bien para que su empeño en sobrevivir a costa de todos (por cobardía, incapacidad para ver el cuadro completo, etc.) no la convierta en un cliché con patas sino en un ser miserable muy atractivo. Esto permite otros dilemas interesantes: cómo tratar la justicia y el perdón en el nuevo mundo.

Es cierto que la familia responde inicialmente también a unos cuantos estereotipos. El matrimonio a punto de romperse por las ausencias del hombre por su trabajo, la madre perfecta, el niñito empollón, las adolescentes, una la bohemia y otra la chica de carrera… Pero tienen dimensión suficiente para resultar simpáticos, aunque, al menos todavía, no entrañables, y ocurren tantas cosas que no da tiempo a que se atasquen en sus descripciones iniciales, siempre hay movimiento en las historias y problemas en lo personal y lo ético que los exprimen adecuadamente. Pronto llega el robot, que aporta el toque de misterio. El diseño es espectacular y produce asombro e inquietud a la vez. Y no tardan en aparecer también nuevos grupos de supervivientes, todos bastante interesantes y aportando más historias y conflictos.

Uno de los alicientes que me llevaron a verla a pesar de las reticencias iniciales con que fuera una obra muy infantil es el reparto. Con dos grandes actores como Toby Stephens (Black Sails, 2014) y Molly Parker (Deadwood, 2004) me tenían medio ganado. Pero los chavales también están muy bien elegidos, sobre todo el más difícil, el jovencísimo Maxwell Jenkins, que logra una interpretación muy natural. Y Parker Posey (Superman Returns, 2006) como la malvada doctora Smith también está estupenda en un papel muy complicado: es capaz de mentir hablando pero mostrar su cobardía y sus planes con la mirada.

Lo único que se le puede achacar es que algunas historias personales se ven venir muy de lejos y que a veces pecan de buscar el escenario más grande y exagerado, saliéndose de la tónica realista para forzar algunos finales de episodio de infarto. Las disputas matrimoniales siguen todos los pasos esperables sin un atisbo de buscar novedades, de hecho, ocurre lo contrario, deciden que llega el momento de tener tal situación y la fuerzan, por ejemplo montando a los dos padres en el coche y haciendo que se queden varados por ahí para que tengan que trabajar juntos y acercarse otro poco. En cuanto a efectismo innecesario, hay varios momentos aquí y allá que hacen torcer el gesto un poco, pero la palma se la lleva la salida final al espacio, un despiporre de exageraciones y salvaciones en el último momento, para acabar en un giro tipo Perdidos (J. J. Abrams, Jeffrey Lieber, Damon Lindelof, 2004). Entiendo que había que tener un clímax apasionante, pero es tan artificial que resulta contraproducente, hay momentos en que da más bien vergüenza ajena.

En lo visual no hay ni una pega, tiene el nivel de superproducción de cine, tipo Prometheus (Ridley Scott, 2012) o El marciano (ídem, 2015). El vestuario es impresionante, pero los decorados, vehículos y efectos especiales son realmente asombrosos, y el rodaje en espectaculares exteriores garantiza un aspecto visual arrebatador. Es incluso decepcionante si se mira en el sentido de que hay un montón de grandes de obras ciencia-ficción que se quedaron cortas (o incluso canceladas) por falta de dinero, y esta serie menor y algo tontorrona consigue tal despliegue. Directores de talento como Neil Marshall (The Descent -2005-, Centurión -2010-), Vincenzo Natali (Hannibal -2013-) y David Nutter (desde Expediente X -1993- a Juego de tronos -2011-) exprimen las posibilidades al máximo. Ya con las fastuosas panorámicas de hielo y montañas de los primeros capítulos me engancharon, pero partes como la del valle de tierra (donde hay otra nave estrellada a punto de caer por un acantilado) son alucinantes.

Si logran quitarse de encima las pocas limitaciones argumentales y consiguen mantener un interés constante sin inclinarse demasiado por artificios huecos, la serie puede crecer muy bien. Netflix no suelta datos sobre sus audiencias, pero parece que ha tenido buen recibimiento, así que tendremos segunda temporada para comprobar si madura adecuadamente.

PD: Netflix España está optando por no traducir ni un título. Me da rabia, teniendo muchos una traducción tan fácil y resultona.

EL ÚLTIMO REINO – TEMPORADA 1

The Last Kingdom
BBC America, BBC Two | 2015
Aventuras, histórico | 8 ep. de 60 min.
Productores ejecutivos: Stephen Butchard, Gareth Neame, David O’Donoghue.
Intérpretes: Alexander Dreymon, David Dawson, Adrian Bower, Ian Hart, Emily Cox, Rune Temte, Thomas W. Gabrielsson, Tobias Santelmann, Amy Wren, Sean Gilder, Brian Vernel, Simon Kunz, Harry McEntire, Eliza Butterworth, Charlie Murphy, Nicholas Rowe, Eva Birthistle.
Valoración:

Estamos en el siglo IX, cuando los vikingos ponen los ojos sobre los reinos sajones (Inglaterra) en busca de gloria, riqueza y tierras. Una partida de daneses ataca un castillo y toma como rehén al joven heredero, Uthred, que será educado ahora como uno de ellos. Su vida da otro vuelco cuando, ya de adulto, su actual familia es masacrada por las rivalidades entre clanes. Entonces huye de vuelta hacia los reinos sajones, esperando recuperar las tierras que debería heredar, aunque encontrará dificultades para ser aceptado de nuevo, al ser considerado medio danés. Por otro lado, busca también venganza por la masacre de su familia adoptiva.

La serie parte de las novelas The Saxon Stories (Historias sajonas) de Bernard Cornwell, que narran las aventuras de un ficticio habitante (Uthred) del castillo de Bebbanburg (hoy en día Bamburgh) en un contexto histórico bastante realista. Y esta fidelidad la mantiene el guionista Stephen Butchard en la adaptación, que resulta mucho más verosímil que la más famosa Vikingos (Michael Hirst, 2013), que se apoya demasiado en una figura muy mítica y toma excesivas licencias. Lo más notable es el esfuerzo por ser fieles en el vestuario, lo que le ha ganado incluso alguna crítica absurda de “parece cutre”. Se ha instalado demasiado en la retina del espectador los fantasiosos cueros negros y peinados extravagantes de Los Tudor (Hirst, 2007) y Vikingos y muchas películas, y cuando se encuentran con una obra que respeta la sencillez y pobreza propia de esos siglos les parece anacrónico o insuficiente.

Los movimientos y conflictos de reyes y nobles ingleses y líderes vikingos también se mantienen cerca de lo que se conoce, y aunque Uthred anda siempre metido en todo es una presencia más, no cobra un protagonismo excesivo como los de Pullo y Voreno en Roma (Bruno Heller, William J. MacDonald, John Milius, 2005). En el retrato de la época se van exponiendo distintos aspectos de forma muy orgánica. Se dibujan bien las diferencias entre las clases nobles y el pueblo llano, y se respeta la ignorancia y vulgaridad de las gentes, que esto es otra cosa que se suele pasar mucho por alto, es decir, en el género (cine o series) los personajes muchas veces parecen sacados del presente, y la religión, crucial en esa época, no parece existir. Aquí cada individuo actúa según dónde y cómo se ha criado, y se muestra muy bien la sombra de la religión en todo momento. Los autores son capaces incluso de exponer el cambio gradual en la sociedad y la política a pesar de lo corta que es la temporada. El contraste entre la forma de pensar de los vikingos y los ingleses es palpable, y la intriga e inquietud por el único dios cristiano se ve crecer en los primeros poco a poco: las matanzas vikingas iban seguidas de alianzas y bautizos que los integraban. Donde no ponen mucho esmero es en los idiomas, todos parecen hablar inglés; en Vikingos sí trataron muy bien este tema.

Uthred es un joven con demasiadas ambiciones y poca experiencia, así que se lleva bastantes palos. Pero también es inteligente y hábil y aprende rápido. ¿Conseguirá alcanzar alguna de sus muchas metas? La primera, volver a ser aceptado por los ingleses, es la principal en esta temporada. Ha de lidiar constantemente con las intrigas palaciegas del rey Alfred de Wessex, donde todos recelan de sus intenciones. Este rey luego sería conocido como El Grande, pues ante el envite vikingo imaginó unos reinos sajones unidos, pero ahora vemos a un líder prudente, piadoso, lo que choca con el pagano e irreflexivo Uthred. En la corte encontramos al religioso Beocca, que conoció a Uthred en su infancia y es el único que, no sin dudas, lo intenta ayudar; a los Odda, el padre fiel consejero del rey, y el hijo un trepa ambicioso y pronto rival de Uthred; y a otros pocos condes y religiosos. Pero quien más deslumbra es el soldado Leofric, uno de esos secundarios que roba escenas a todos los demás, incluso al protagonista; la relación con Uthred pasa por muchas fases sin atascarse en estereotipos. Aunque también merece una distinción Aethelwold, heredero al trono echado a un lado por inútil, que resulta un secundario cómico muy efectivo. Entre los vikingos tenemos a Ragnar, el hermanastro de Uthred, con quien planea la venganza por la masacre de su familia; Brida, la esclava con la que escapa, amante y amiga intermitente, por eso de los cambios de bando constantes de Uthred; y Guthrum y Ubba, algunos de los reyezuelos más importantes de la época y causantes de los principales infortunios de Uthred.

Pero hay más secundarios que dejan buena impresión a pesar de su breve presencia, como la monja o Skorpa, pues la serie se distingue más por mostrar unos habitantes muy verosímiles y atractivos que por elaborar tramas complejas. Sí, es cierto que es de aventuras de supervivencia más que de política, pero el principal problema de la temporada es que resulta muy, muy predecible. Es fácil ver venir el resultado de cada nueva etapa en la odisea de Uthred, y por mucho que le pase es difícil creerse que no saldrá airoso: no hay giros hábiles que sorprendan ni intrigas absorbentes que ofrezcan un poco más de densidad y suspense. Pero, con ese esfuerzo puesto en los protagonistas, su viaje engancha con facilidad. A Uthred le va cayendo de todo encima y avanza como bien puede, los conflictos internos del rey son muy interesantes, las pocas disputas de la corte efectivas, las rivalidades y alianzas facilonas pero nunca vulgares, y no hay batallas con la épica de Vikingos pero lo que ofrecen es más que suficiente.

El reparto es la mar de competente. Quizá el protagonista, Alexander Dreymon, es más guaperas que un intérprete de nivel, pero cumple de sobras. Quienes más destacan son Adrian Bower, que borda a Leofric con un carisma arrollador, David Dawson, capaz de mostrar los pensamientos del rey Alfred sólo con el gesto y la mirada, Ian Hart como el pelota de Beocca, y Harry McEntire como Aethelwold, el heredero fracasado. Cabe señalar también las apariciones estelares de grandes nombres como Matthew Macfayden o Rugter Hauer, y el cuidado en elegir actores nórdicos para los vikingos.

Los capítulos son largos, casi de sesenta minutos cada uno. Alguno de los iniciales se me hizo un poco pesado, como si abarcara demasiadas historias que hubieran ido mejor por separado y en episodios más breves, y sí, también con algo menos de previsibilidad, pero una vez inmerso en la vida de los protagonistas y con todos los frentes abiertos mejora rápidamente. Pasamos de la aventura de supervivivencia a las intrigas de la corte y de ahí al romance cuando no a la acción a toda velocidad pero sin que ningún escenario ni género llegue a solaparse o ralentizarse más de la cuenta, y todo va dejando un buen poso en los personajes. En resumen, siempre hay sensación de avance, y la corta temporada tiene entidad propia a pesar de tocar muchas temáticas y dejar muchas de las historias abiertas.

El último reino es una buena recomendación para quien busque aventuras históricas entretenidas y respetuosas a la vez. Pero si se ambiciona una nueva Juego de tronos, como les ha pasado a muchos, seguramente decepcionará.

SENSE8 – TEMPORADA 2

Netflix | 2017
Drama, aventuras, ciencia-ficción | 11 ep. de 55-120 min.
Productores ejecutivos: J. Michael Straczynski, Lilly Wachowski, Lana Wachowski, varios.
Intérpretes: Doona Bae, Jamie Clayton, Tina Desai, Tina Desai, Tuppence Middleton, Toby Onwumere, Max Riemelt, Miguel Ángel Silvestre, Brian J. Smith, Freema Agyeman, Naveen Andrews, Eréndira Ibarra, Alfonso Herrera, Max Mauff, Purab Kohli, Terrence Mann, Daryl Hannah, Ness Bautista, Paul Ogola, Anupam Kher.
Valoración:

Alerta de spoilers: Destripo bastante, aunque realmente no pasa gran cosa, nada que no se viera venir.–

La esperadísima segunda temporada de Sense8 me ha supuesto una decepción bastante grande. El primer año me cautivó sobremanera presentando una serie única, tanto por su originalidad como por su contagiosa energía y belleza: era emocionante y hermosa como poca series he visto. Es cierto que los episodios iniciales eran algo lentos, pero había sensación de dirección, de crecimiento, y mientras tanto las vivencias personales mantenían el interés alto. Y además pronto se vio que es mucho más de lo que parecía, que no es sólo una más de ciencia-ficción con conspiraciones y los protagonistas tratando de desentrañarlas, sino que es un drama que habla del ser humano en general, tratando con una delicadeza y profundidad insólitas los sentimientos, la sexualidad, las culturas… en otras palabras, el qué nos define, qué nos mueve, qué nos diferencia y qué nos une. Además, la historia global, el vínculo que surge entre ellos y la persecución a la que los someten misteriosos individuos, tenía su intriga y prometía unir a todos los personajes al final. Quizá el rescate de Gorski fue un tanto facilón, pero es evidente que era una excusa para presentar la trama, y lo importante era ver el florecimiento y la unión de los ocho sensates. Las situaciones en que trabajan juntos, explorando la conexión mental, y momentos puntuales memorables, como la escena de los partos y la revelación sobre Riley, nos regalaron un tramo final magnífico que dejaba enganchadísimo, porque como es obvio prometía seguir yendo más allá.

Pero en esta segunda etapa la sensación que se transmite, del primer episodio al último, es la de que sus autores han trabajado con desgana, sobre todo en el guion, pero también un poco en la puesta en escena, de que han perdido la pasión y la inspiración iniciales y van con la inercia, cumpliendo con los preceptos establecidos en la premisa y ya está. La narrativa resultante está estancada, es monótona en cuanto a las aventuras personales y de lejos insuficiente en la intriga, pero sobre todo se queda muy corta en su mejor virtud: es bastante superficial en lo relativo al aspecto humano. Aclaro aquí que la ausencia de Lilly Wachowski no sé si pudo influir ni cuánto. Dejó el trabajo indefinidamente por temas personales (estaba en plena transformación de género), pero parece que se ocupaba más del día a día de la producción y de la dirección que del guion, que es de donde vienen la mayoría de los problemas.

Los personajes se han quedado en su definición inicial, dando vueltas en círculos en la historia que sirvió para describirlos. Sí, todos los protagonistas resultaron encantadores y sus odiseas deliciosas. Pero no puedes quedarte ahí plantado durante toda la siguiente temporada. Algunos de hecho se hunden en un bucle total, sin dar si quiera un paso lateral que disimule un poco. Si al menos la parte de la conspiración hubiera emergido a primer plano y ofrecido algo llamativo… pero me temo que apenas avanza en un par de datos bastante elementales y narrados también con esa falta de garra.

Kala y su matrimonio están todo el año en el mismo punto de que si funciona y lo consuman o que si no. Sabemos de sobra que acabará con Wolfgang (a menos que algún giro lo impida), no puedes retrasarlo si no logras una historia que lo justifique bien y que resulte interesante. Y al final por arte de magia parece decidirse por fin en ir a buscarlo… ¡pero si en ella no ha cambiado nada, todas las dudas y baches son los mismos todo el rato! Y por supuesto el encuentro queda en el aire, después de todo un año posponiendo lo que se espera desde los primeros capítulos de la primera temporada. Por el lado contrario, el alemán es el mejor ejemplo de paso lateral, del relleno con el que ir matando el tiempo hasta que todo esté maduro para lanzar su arco… El problema es que nada madura, ni el resto de personajes ni la trama. El lío de mafias es eso, relleno intrascendente. No añade ninguna nueva capa al personaje, apenas vale como excusa para dar presencia a los otros grupos, clanes o clústeres de sensates, y por sí sólo no es especialmente atractivo o entretenido, de hecho ni me parece verosímil.

Gorski sirve para avanzar en la conspiración y exponer lo que va haciendo el clúster para huir y aprender de Whispers y la BPO, la Organización de Preservación Biológica que parece estar tratando de controlar a los sensates con algún oscuro propósito, presumiblemente la dominación mundial. Como buen agente, sabe investigar, deduce cosas… pero apenas veo una sombra de aquel joven capaz pero a la vez afligido por penas presentes y pasadas. Sufre un poco con las drogas y con el padre, todo bastante facilón además, y no hay más movimiento en su psique. Pero lo peor es que arrastra a Riley, antes mi favorita, pero aquí un cero total en interés. Sólo sirve para ponerle encima la investigación cuando él no puede salir de su escondite (el viaje a Chicago), y esto ocupa poco, es muy predecible, y tampoco aporta nada al personaje. La única escena donde se ve una persona realmente viva y en movimiento es cuando decide pinchar como DJ en una discoteca para tratar de localizar a otros sensates. Una sola escena en todo el año.

La intriga que nos van exponiendo se mueve tan poco que parece un engaño digno de Expediente X, donde mareaban la perdiz temporadas enteras con el tema ovni. Apenas llegan a mostrarnos un poco de información nueva, la mayor parte nada original y carente de suspense, y desde luego nada que nos haga esperar con ansia más revelaciones, porque no parece haber mucho donde rascar: los persigue la típica corporación poderosa con tipos chungos, y de ahí no salimos. La fascinante idea de que se conectan las mentes después de todo no se llega a explorar mucho, no hay tensión, giros que añadan sorpresas efectivas, ni soluciones ingeniosas. Gorski se esconde y se droga para que Whispers no lo vea, lo que parece más una excusa para ir con cuentagotas que para generar una atmósfera de inquietud constante.

El único momento que amagan con buscar un giro que obligue a replantearse las cosas son los recuerdos del clúster de Angelica y Jonas, pero tampoco hay nada que sorprenda: gente cobarde, gente que cambia de bando, la BPO acosándolos. Nada que no hayamos visto ya en cualquiera del género, con la reciente Orphan Black a la cabeza. En cuanto al desenlace, no es que sea flojo, es que resulta realmente chapucero. Cuando creía que el capítulo final iba a acabar sin avanzar nada de la conspiración, sino centrándose únicamente en la última historia personal que quedaba pendiente (para colmo, la cansina y exagerada de Sun), saltan de golpe a un giro demencial donde aparecen metidos todos en la guarida de Whispers por arte de magia para salvar a Wolfgang, que fue encontrado por Whispers repentinamente después de gastar toda la temporada sin lograr transmitir miedo alguno por si cogería a alguien. Cuándo ha planeado eso el grupo, cómo lo han ejecutado, cómo han entrado y salido… No se explica nada, resulta tan forzado y mal narrado que me dejó muy malas sensaciones. En vez de estar todo el año dando vueltas en círculos y soltar cuatro datos sin garra, ¿no podían haberse metido de lleno en las dificultades de ese plan? Se da más relevancia al lío de Sun en la fiesta que a esto.

Las historias de Sun y Capheus se centraban sobre todo en su solitaria batalla contra el mundo, donde descubrían que se tenían el uno al otro y establecían una relación muy bonita. Pero esa conexión parece haber desaparecido, si interactúan entre ellos y otros del clúster es para compartir habilidades, no para encontrar apoyo emocional. Y por separado no ofrecen tampoco nada llamativo. En cierta manera Capheus sí avanza, porque se hace famoso y cae en la política, lo que le podría poner en bandeja el tratar de hacer un mundo mejor, que es lo que parecía ir con él… Pero la aventura en sí es muy básica y previsible, y se narra sin la intensidad que transmitía antes. El entusiasmo del personaje era contagioso, el intérprete Aml Ameen reflejaba con un carisma nato a un joven que vivía en la miseria pero poniendo siempre buena cara y con un espíritu de esperanza inquebrantable, y así enfrentaba esta nueva situación: abrazándola con pasión y aprovechándola al máximo. Pero el nuevo actor*, Toby Onwumere, pega más en un rol de panoli, y encima eso es lo que parecen haber hecho con el personaje: le va cayendo de todo encima sin que nada cale en él, agacha la cabeza y sigue adelante aunque no parezca querer estar ahí. No veo al Capheus que yo conocía.

Sun sigue siendo Sun, pero si la intriga corporativo-familiar era predecible, con el agotamiento de ideas se hunde más el interés. Su estancia en la cárcel se limita a repetir varios intentos de asesinato, su fuga se salva porque el detective que la persigue es un personaje con cierta solidez y su relación aunque muy clásica resulta agradable, pero el tramo final no se sostiene por ninguna parte. Los guionistas se empeñan en que busque venganza contra su hermano mediante la violencia, y no cuela que ella sea tan tonta y cabezota, ni mucho menos que los otros siete no sean capaces de juntar una neurona para deducir que, en un país del primer mundo, atentar a lo bruto en público contra un millonario, cuando eres la principal sospechosa de matar al padre y te buscan por tu fuga, es una gilipollez monumental. En serio, teniendo al infalible trío Nomi-Amanita-Bug, capaces de infiltrarse en aparatos electrónicos que parece imposible que estén conectados a internet (desde semáforos a… atención, la máquina de tickets de un aparcamiento, que te deja incluso hablar por el micrófono desde tu casa), es increíble que no se planteen hackear al hermano y la compañía para buscar pruebas, y si no las encuentran, para tenderle una trampa. Así pues, la justificación de la entrada en la fiesta y la persecución final, más que endeble es lastimera, y encima acaba con la ridícula escena en que parece que va a matar al hermano (delante de un montón de policías y testigos) pero lo deja libre no sé por qué. Si es tan idiota como para haberse metido en ese lío, por qué no llega hasta el final.

Estos dos muestran otro de los problemas de la temporada. La puesta en escena no logra una serie tan embriagadora y asombrosa. En parte es culpa del guion, que no consigue buen ritmo ni incluye tantas escenas moviditas, sean de acción pura o de líos personales (el culebrón de Lito era la mar de ajetreado), pero también se nota cierto bajón, como una falta de interés o de capacidad para alcanzar ese aspecto visual arrebatador. Ojo, calidad hay de sobra, pero de ahí a dejarte alucinando hay un trecho, y las partes de acción, otrora dignas de superproducciones para cine, han decaído bastante. Las peleas de Sun no están bien editadas: ni la de la cárcel donde intentan ahorcarla ni la del cementerio con el detective pasan el corte exigible en comparación con lo visto previamente. Es ponerlas al lado de las peleas en que Sun se metía en Capheus para salvarlo de los matones, y se nota bastante la diferencia: la fluidez de la escena, la claridad de los golpes (muchos se notan falsos ahora), la agilidad con que cambian de personaje. Las persecuciones son escasas y muy inferiores. Lo de Corea parece un paseo si recordamos los jaleos de Capheus que acabaron en una colosal persecución por las carreteras de Nairobi. Con Wolfgang, el otro que copaba elaboradas secuencias de acción, ocurre igual: se limita a algún tiroteo trivial. Sólo destacaría la pelea en el restaurante donde Lila trata de atentar contra su vida, porque tiene más gracia al jugar con cómo se reparten las hostias entre los distintos sensates.

Al menos la idea de incluir algún gran evento relacionado con las temáticas tratadas se mantiene: la fiesta del Orgullo Gay de São Paulo se aprovecha bien en unas pocas escenas espectaculares. Pero en líneas generales, Sense8 es una serie que rompió esquemas con su arrebatador nivel visual en una época con gran competencia, mientras que este año no ha dejado huella alguna. Se nota incluso en el apartado musical: en la primera temporada las canciones formaban parte intrínseca de los sentimientos y vivencias de los personajes, y las pocas veces en que había un “momento videoclip” te dejaban anonadado con la fuerza de las imágenes. Pero ahora me encuentro con lo de siempre: se usan como apaño narrativo de adorno o para sintetizar escenas de forma facilona. Hay demasiadas canciones, varias por capítulo, con sus cámaras lentas y su posicionamiento de personajes, pero sólo dos o tres del total establecen cierta conexión, y únicamente por la letra.

Lito y Nomi, acompañados por los adorables Amanita, Hernando y Daniela, eran los principales catalizadores de la parte más reivindicativa, porque Sense8 nunca ha disimulado nacer como homenaje y a la vez cruzada de la diversidad sexual y también de paso de la diversidad cultural en general. Pero Nomi está en modo Gorski, sólo sirve como comodín para resolver cosas por el ordenador, y de su vida y la de Amanita vemos poco material con gancho. Antes la pareja estaba todo el día peleando por hacerse un hueco en un mundo intolerante, empezando por los padres de Nomi, y para poner las cosas más difíciles le caía la persecución de Whispers encima, con lo que estábamos sudando en cada capítulo con si saldrían adelante y si podrían ser felices. Ahora se supone que están en una situación semejante, pero no se transmite en ningún momento el esfuerzo y las penas. El acoso del agente del FBI es anecdótico, lo de esconderse de Whispers y a la vez buscarlo se olvida por completo en largos tramos de la temporada, hasta el punto de que parecen estar viviendo una vida normal y pasándoselo bien como si nada las afectara. Y la boda de la hermana va directa a cumplir con los dos tópicos, el de la intolerancia y el de sale todo bien en un giro bonito. El camino de Lito es aún más predecible, paso a paso sabemos lo que ocurrirá, no es como en la primera temporada, donde le daban la vuelta a cada cliché con ingenio y sentido del humor de forma que incluso aunque pareciera la sección más intrascendente solía resultar la más divertida. En cuanto se empieza a ver que la industria de Méjico no lo quiere estaba cantado que acabaría en Hollywood. Al menos su viaje interno es muy completo, el más trabajado de los ocho de hecho: en todo momentos sabemos lo que está sufriendo, y conocemos al personaje lo suficiente para seguirlo con cierto interés aunque la historia en sí sea de lo más trillada.

Con ellos llegamos al último elemento en el que ha perdido mucho fuelle. Donde antes lograban una hermosa oda a la tolerancia, a las distintas formas de ver y entender el mundo, que nunca parecía forzada incluso en los momentos más excesivos, fueran los visuales (escenas de sexo gay sin tabúes) o argumentales (exprimiendo a lo grande algunos tópicos), ni farragosa a pesar de meterse en muchos ambientes y ángulos (nos sumergíamos en la espiritualidad hinduista de Kala y también en los conflictos religiosos y sociales de la India), ahora veo una serie más bien del montón, que trata estos temas como si tuviera que cumplir con ellos, quedándose en la superficie, ahogada en unos pocos clichés de los que no es capaz de sacar algo más natural, más conmovedor, quedando lejos de la originalidad y profundidad que mostró en la primera temporada, con tantas capas de historias y personajes ofreciendo innumerables perspectivas de los sentimientos, relaciones, sexualidad, cultura, religión… y luego abordando con tanta delicadeza cómo en todo hay algo que nos une.

Volviendo a los nuevos sensates, estaba claro que aparecerían nuevos clústeres, pero sólo vemos a dos personajes, bastante atractivos por sí solos inicialmente, pero son promesas que no llevan a nada. El vejete simpático explica un poco cómo funciona el mundo sensate, pero son todo obviedades: la unión que deben mantener en la sombra y muchas veces incluso aislados para que los malos no los alcancen. La sensual alemana, Lila (Valeria Bilello), sirve para… para… incluir algo de erotismo y sexo, nada más. En realidad vemos a muchos, a demasiados sensates nuevos, hasta parecerme excesivo: ahora resulta que medio planeta son sensates, o que da la casualidad de que tienen una relación de uno o dos grados con nuestros protagonistas. El traficante de poca monta que le vende drogas a Riley, la novia del mafioso con el que trata Wolfgang (Lila), ¡el novio de la hermana de Nomi! (¿será gratuito o tenían algo planeado?)… Incluso el simpático anciano es presentado de mala manera: ¿qué pinta este pueblerino escocés en una rave electrónica? Pero para rematar, ¿qué hace el camello de Riley paseando en moto por Seúl y cayendo justo donde Sun lo necesita en el momento clave? El momento me produjo muchísima vergüenza ajena.

Los episodios iniciales (empezando por las dos eternas horas del primero) se me hicieron bastante pesados, deseaba que acabaran de una vez para ver si en el siguiente empezaban a contar algo de una vez. En el tramo central mejora un poco y casi recupero la esperanza, pero para el final va disipándose, hasta acabar sin haber dado ningún avance relevante y estimulante. Así pues, la decepción que me ha dejado Sense8 después de apuntar tan alto es bastante grande. Se sostiene por el sólido lazo emocional establecido con los maravillosos personajes, y es justo decir que desarrollar tantas líneas narrativas distintas, cada una en un lugar y con sus personajes secundarios propios, sin caer en el caos o parecer que no hay vinculación argumental entre ellas, parece realmente difícil de escribir y de rodar, y han salido bastante airosos. Pero antes deslumbraron a lo grande y ahora han dado varios pasos atrás, no logran transmitir la misma emoción contagiosa.

Y nos quedaremos sin saber si remontaría, porque Netflix la ha cancelado. Aunque haya cierto culto alrededor la serie, no es lo que se dice un éxito para lo cara que resulta y el grandísimo esfuerzo que cuesta rodarla, y la compañía ha decidido no continuar. Esto rompe un poco la impresión de que Netflix sólo iba a cancelar producciones realmente fallidas, y a plantear la cuestión de si, teniendo tanto dinero y anunciándose como la cadena que no cancela, no sería lo más lógico y respetable darle un cierre digno, con unos pocos capítulos, o incluso uno solo de hora y media o dos horas. Es la esperanza a la que nos agarramos sus seguidores. Yo incluso agradecería también que resumieran esta temporada en dos o tres episodios a lo sumo…

Actualización 30/06/17: Netflix ha dado el visto bueno a un capítulo doble que sirva como final.

PD: El primer episodio lo adelantaron a fechas navideñas, cuando el estreno de la temporada ha sido en mayo, supongo que para crear expectación, porque entre una etapa y otra han pasado dos años, fruto del complicado rodaje que supone un proyecto tan ambicioso.
PD2: Como nombre del grupo de ocho sensates juraría que en la traducción española usan “clan”, que suena a grupo cultural o de amigos más que a una unión más bien biológica, donde para mí encaja mejor “clúster”. Aunque es cierto que la RAE no la acepta todavía, supongo que todo el mundo conoce su significado.
PD3: No sé por qué ese empeño en sacar a Doona Bae en ropa interior en todos los capítulos, a veces con excusas bastante cutres.
*Todo parece apuntar a que echaron a Aml Ameen por homófobo, ¿es que no sabía dónde se metía?

Ver también:
Temporada 1.

BLACK SAILS – TEMPORADA 3

Starz | 2016
Drama, suspense, aventuras | 10 ep. de 50-60 min.
Productores ejecutivos: Robert Levine, Jonathan E. Steinberg, Dan Shotz.
Intérpretes: Toby Stephens, Hannah New, Luke Arnold, Jessica Parker Kennedy, Zach McGowan, Toby Schmitz, Clara Paget, Luke Roberts, Tom Hopper¸ Ray Stevenson, Patrick Lyster, Hakeem Kae-Kazim, Lise Slabber, Craig Jackson, Zethu Dlomo.
Valoración:

Alerta de spoilers: Sólo presento las tramas principales. En un párrafo bien señalado hay más detalles. —

El impresionante y demoledor final de la temporada anterior dejó a los protagonistas en un limbo muy intrigante. El comienzo de esta nueva etapa puede descolocar con esa larga y desganada introducción a Teach, más conocido como Barbanegra, pero las malas sensaciones se van rápido con el espectacular plano secuencia que nos muestra a la tripulación de Flint en su actuales quehaceres, esto es, sembrar el caos como venganza, labrarse una reputación de temibles para que Inglaterra se lo piense dos veces antes de mover ficha. Pero también sirve para mantener a los piratas de Nassau en sus filas, pues han realizado un pacto con Vane, Rackham, Max y unos pocos capitanes para mantenerse unidos defendiendo el oro de la Urca de Lima, el maltrecho fuerte y por extensión la isla.

Inglaterra sin embargo cuenta con un as en la manga: los conocimientos de la prisionera Eleanor sobre cada líder, de cada punto fuerte y debilidad. Con esa ventaja, más una flotilla bien armada en cañones y tropas, un estratega serio y experimentado como es Woodes Rogers tiene mucha confianza en su éxito ante cualquier respuesta violenta… Pero su inteligencia lo lleva a abordar el intento de controlar la isla primero con otros métodos: un perdón global. Mientras, la única esperanza de los piratas en el liderazgo en una respuesta por la fuerza es el hábil capitán Flint, pero parece haber muerto en una confrontación con el capitán Hornigold, que estaba persiguiéndolo.

Esto es sólo el punto de partida de otro año deslumbrante de esta colosal obra de intrigas políticas y personales. Damos otro paso en su crecimiento, mostrando una fantástica evolución en los personajes y unas historias aún más asombrosas en su complejidad y atractivo. La narrativa es casi sofocante, con su infinidad de tramas y personajes enredados uno sobre otro en una maraña de conversaciones y maquinaciones que mantienen una expectación de altísimo nivel donde estás siempre sin saber qué se acerca y cómo superarán cada nuevo giro de acontecimientos. Cada personaje y bando trata de sacar adelante su vida y sus planes a duras penas, chocando con las acciones e intereses de los demás, habiendo resultados inesperados y sorpresas prácticamente en cada capítulo que ponen todo patas arriba de nuevo y obliga a todos a rehacer sus intenciones y, a veces, también sus convicciones.

Flint perdió lo que le mantenía los pies en el suelo, y desata su ira en un círculo vicioso: más muerte no sacia la rabia y el dolor. Su cordura pende de un hilo, y son John Silver y Billy Bones quienes lo traen hacia la realidad. Billy nunca ha conseguido destacar, siendo un secundario más como puede serlo el contramaestre De Groot, pero Silver pasó de pícaro cargante en la primera temporada para dejar huella en la segunda como un protagonista principal irresistible. Ahora sigue madurando y ganando atractivo. Su implicación en la tripulación, alejándolo del individualismo previo, lleva una transición que engancha en cada paso, y su inteligencia la dedica ahora más a pensar a largo plazo que en la supervivencia diaria, aunque esto último no desparece, pues se ata a una relación simbiótica con Flint: en todo momento trata con este ego y su oscuro viaje intentando que no descarríe y se lleve a la tripulación con él. Suyas son algunas de las mejores escenas no de la serie, sino del año televisivo: el viaje en bote en plena calma chicha es el mejor ejemplo de ese tira y afloja constante, de las maniobras sutiles y las conversaciones tan inteligentes que tienes que hacer un esfuerzo para ir entendiendo cada pretensión, giro y resultado.

Vane también está embarcado en un proceso de cambio muy sugerente y, dada su posición inicial, sorprendente pero no inverosímil, pues también se ha trabajado con esmero. Es otro que ha empezado a pensar en el bien común, y enfrenta no pocos dilemas internos en su nueva posición. Algunas ofrecen otros de esos momentos de contener la respiración, como cuando debe elegir entre Flint y Teach; además estas situaciones las vamos viendo en su mirada y sus silencios meditabundos, mostrando que los realizadores también saben narrar sin diálogos cuando se ponen a ello. Rackham no cambia bruscamente, pero sí tiene virajes muy interesantes según se imponga su idea de dejar marca, de que su nombre se recuerde en la historia, o la obligación de trabajar en equipo. Entre sus muchos grandes momentos también hay alguno memorable, como su determinación tras su primera charla con Rogers.

Pero los que no cambian tanto también resultan personajes estupendos y están embarcados en odiseas que atrapan con gran fuerza. La relación entre Max y Anne nos es conocida ya, y Eleanor se encuentra inesperadamente en un lugar semejante al que empezó, pero esto no limita su rango de acción, dejando otra infinidad de intrigas personales enrevesadas y escenas geniales, como el tramo final, donde prácticamente las tres tienen el control de la isla en sus manos mientras los hombres batallan en el caos, y van moviendo los hilos como bien pueden para que no se venga todo abajo o, simplemente, para vivir un día más.

Y tenemos nuevos protagonistas magníficos. Se anunciaba a lo grande la llegada de Ray Stevenson (Tito Pullo en Roma) como Barbanegra, y desde luego resulta una figura seductora y temible a la vez, pero nos encontramos con un roba escenas de cuidado en Woodes Rogers, el inglés que tiene la misión de gobernar Nassau. El intérprete Luke Roberts era bastante desconocido, con una carrera corta y sin papeles que causaran impresión, pero el casting ha estado acertadísimo con él: está a punto de desbancar al mismísimo Toby Stephens (Flint) en porte y capacidad de absorber toda la escena, la solidez de su interpretación y la calidad del dibujo del personaje dejan otro protagonista memorable. Del resto de actores ya hablé en la segunda temporada: tenemos uno de los repartos más sólidos y carismáticos del año.

Esta vez he notado un mejor ritmo y equilibrio global, sin tramos que pierdan fuelle dignos de citar, aunque algún momento en que la conversación está claramente inflada sigue habiendo, como esa de Max y Bonny en la cueva hablando de la familia. Igualmente se puede detectar algún fallito o cuestión algo grisácea, aunque lo cierto es que son detalles, no agujeros grandes, y viendo la extraordinaria dificultad del conjunto se perdona.

Alerta de spoilers: Cito algunos momentos concretos, salta al siguiente párrafo si quieres evitar spoilers.–
Me pregunto cómo, del capítulo quinto al sexto, sabe Flint dónde estará Teach. Tampoco se explica cómo quedan Max y Bonny en el principio del séptimo (a las faldas de una pequeña loma) y cómo la segunda conoce la situación de Rackham, si no se han visto desde antes de los eventos que tratan. Me parece un poco cogida por los pelos la excusa que ponen para que Mr. Scott acabe en la isla de esclavos fugados justo en el momento clave, con esa frase cutre de “¿Conocéis vuestras instrucciones?”… pues claro que sí, lo han hecho mil veces (final del 304). Pero la única situación un poco más grave sería la forma en que Max actúa en la treta de la entrega falsa a Bonny hacia el final de temporada: sabiendo que se la iban a jugar y tenía muchas posibilidades de acabar muerta, no me creo que no pusiera algo más de esfuerzo para mejorar la situación, dado su íntima relación y lo que se mueve para arreglar las cosas.

La puesta en escena continúa mostrando un gran esfuerzo por lograr una recreación llamativa de la época y unas secuencias de acción que te dejen pasmado. Sigue pesándole la elección de ahorrar tiempo en algunas conversaciones acabándolas en un plano contra plano que desaprovecha el gran trabajo de fotografía y composición de escenarios, pero también ha ido madurando en este aspecto: se ha reducido un poco, y la cantidad de planos que van de lo excelente a lo hermoso es cada vez mayor, acabando con numerosos fotogramas dignos de enmarcar (la reunión en la loma cerca da playa de Anne y Max), escenas hipnóticas incluso en pequeñas habitaciones, planos secuencia sublimes, escenas marítimas acojonantes (cada vez mejor la recreacion de los barcos en alta mar), decorados que parecen de cine (el pueblo de esclavos) y una batalla que hace época.

Por desgracia, me temo que estamos otra vez ante la injusta falta de fama que está teniendo la serie en contraposición con su rival más directa, Juego de tronos, que está extremadamente sobreexpuesta. Incluso la fallida Vikingos tiene más respaldo popular. El asalto a la diligencia es probablemente el mejor plano secuencia visto en una serie, una maravilla al lado del simple paseo que se dieron entre casas en True Detective y ante el que la gente se emocionó de forma desmedida, pero ha pasado sin hacer ruido.

Aunque le costó desplegar todo su potencial, Black Sails se ha terminado alzando como una de las mejores series de los últimos años, y estoy seguro de que el paso del tiempo, el boca a boca, la pondrá en su lugar.

PD: El único fallo, e imperdonable, es que no hayan editado las bandas sonoras de las temporadas dos y tres todavía. El excelso trabajo de Bear McCreary merece más respeto.

Ver también:
Temporada 2.
Temporada 1.

TABOO – TEMPORADA 1

BBC One | 2017
Thriller, drama, aventuras | 8 ep. de 55 min.
Productores ejecutivos: Chips Hardy, Tom Hardy, Steven Knight.
Intérpretes: Tom Hardy, Jonathan Pryce, David Hayman, Jessie Buckley, Oona Chaplin, Edward Hogg, Stephen Graham, Franka Potente, Michael Kelly, Tom Hollander, Richard Dixon, Leo Bill, Jefferson Hall, Nicholas Woodeson, Mark Gatiss, Lucian Msamati.
Valoración:

Tras su buena experiencia con Peaky Blinders, Tom Hardy mantiene un pie en la televisión con una nueva producción levantada por él, su padre y su amigo el guionista Steven Knight, creador principal de aquella serie, entre otros trabajos (Locke, Aliados, Promesas del este). La premisa es de hecho del propio Hardy, aunque el desarrollo lo han llevado aquellos dos, más los directores elegidos, los nórdicos Anders Engström y Kristoffer Nyholm, conocidos por Wallander, Forbrydelsen y otras exitosas por esas tierras. El plan es hacer tres temporadas.

Estamos en 1814. En Inglaterra gobierna el regente estrafalario y enfermizo George IV mientras su padre agoniza, aunque la Compañía de las Indias Orientales ostenta gran poder también. Tras la guerra de indepencia de Estados Unidos de América, la tensión sigue estando latente entre los dos países en la reelaboración de las fronteras americanas, donde cada facción quiere su pieza del pastel.

En un entierro reaparece inesperadamente el hijo del fallecido, James Delaney, tras estar más de una década desaparecido. Su retorno pone la zancadilla a los planes de la corona y de la Compañía, que esperaban heredar la isla de Nootka (o Nukta) y su estrecho, una zona crucial en la costa noreste de América, sobre todo por el comercio marítimo con Asia. Pero Delaney viene con unas motivaciones claras respecto a esas tierras, y se lo pondrá difícil a todos los bandos, por muchos que estos se esfuercen.

En la onda de Peaky Blinders, Copper, Ripper Street y semejantes, Taboo es una de misterio que exprime bien la sordidez y violencia de la época retratada, sumergiéndonos en un ambiente sucio, mísero y caótico donde la odisea de los protagonistas siempre está cargada de pesares y dramas. Delaney (Tom Hardy) está acosado por fantasmas del pasado, como la relación con sus padres y una tragedia que vivió en sus viajes. Su hermana (Oona Chaplin) está casada con un tipo arisco y con arrebatos de violencia (Jefferson Hall), aunque no menos inquietante es la relación con Delaney, incesto incluido. La ambición desmedida de Stuart Strange (Jonathan Pryce) al mando de la Compañía es su propio pozo de tormentos. Y en los secundarios tenemos un repertorio muy interesante que sigue a rajatabla la fórmula: putas poco higiénicas, actrices que a duras penas sobreviven en un mundo de hombres, homosexuales ocultos, granjeros pobres, espías sin escrúpulos, asesinos despiadados… Delaney usa a todos como puede para sacar adelante su lucha incansable, a algunos con más tacto que a otros, y que Dios se apiade de estos últimos…

La ambientación es muy potente en lo visual a pesar de tener un presupuesto ajustado (unos doce millones de euros), con unos decorados y un vestuario que lucen muy bien, sobre todo gracias a una fotografía estupenda. Las labores de dirección son sólidas y el reparto es notable, destacando al inmenso Jonathan Pryce (Juego de tronos, Piratas del caribe), al carismático y sombrío Tom Hardy (Mad Max, Legend, El Caballero Oscuro: La leyenda renace), a su afligido mayordomo David Hayam (El niño del pijama de rayas), con una voz áspera que te dejará anonadado, más un repetorio de secundarios de lujo como Franka Potente (El caso Bourne, Copper), Stephen Graham (Boardwalk Empire), Michael Kelly (House of Cards, Wolf Hall), Mark Gatiss (Sherlock)… Por ello, la única intérprete algo floja se nota más de la cuenta: Oona Chaplin (Juego de tronos, Black Mirror) no está a la altura. Tampoco deslumbra la música, a pesar de ser de un gran compositor al que admiro desde sus primeros trabajos, Max Richter, que deslumbró fuera del círculo sinfónico-minimalista con la serie The Leftovers; su labor aquí resulta un tanto repetitiva. De igual manera, me gustan bien poco los títulos de crédito, sosos a más no poder.

Pero el gran problema de la temporada es el ritmo. Son sólo ocho episodios y se nota que les han sobrado varios, que en el tramo central hacen malabares para no avanzar con la trama antes de tiempo, con lo que resultan bastante, bastante pesados. La fascinación que despierta el personaje de Hardy, la solidez de los secundarios y el atractivo aspecto visual salvan esos capítulos por los pelos. Teniendo eso en mente, no se entiende cómo a veces los guionistas parecen dejar de lado cosas jugosas que podían haber dado más vidilla. Hay otros muchos personajes muy atractivos que podrían haber sido explotados mejor (el asesino, la prostituta, el mayordomo), pero sobre todo le pesa la sensación de que Delaney planea y ejecuta algunas cosas importantes fuera de pantalla. El ejemplo más claro es que se empeña en tener un barco, y al poco aparece con él, luego se lo queman en las peleas y se empeña en tener otro, pero se tira capítulos deseándolo, sin hacer nada concreto hasta que al final resulta que lo consigue así por las buenas. En cambio, le dedican demasiado tiempo al asunto de la pólvora, que parece menos crucial en los acontecimientos actuales. Igualmente, hay alguna subtrama un poco cogida por los pelos: la historia de la hermana no termina de despegar… y acaba sin haber dejado huella; y la sección del negro que trata de denunciar el esclavismo no aporta nada sustancioso.

Así pues, Taboo resulta un tanto irregular, sobre todo lenta, a pesar de guardar un potencial mayor, pero también tiene bastante personalidad y engancha incluso en sus peores bajones.

PD: El título no sé muy bien a qué hace referencia. El único tabú claro es el incesto. Sería más lógico que se llamara “Proscrito”, “Perseguido” o algo semejante, o incluso “Nootka”.
PD2: En EE.UU. se emitió en FX, cuando cabría pensar que lógico hubiera sido en BBC America. A España la ha traído la recién estrenada HBO, que ha visto que para competir con el repertorio de Netflix tiene que abrirse a producciones externas también.