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THE ORVILLE – TEMPORADA 1

Fox | 2017
Comedia, drama, ciencia-ficción, aventuras | 12 ep. de 45 min.
Productores ejecutivos: Seth MacFarlane, Brannon Braga, varios.
Intérpretes: Seth MacFarlane, Adrianne Palicki, Penny Johnson Jerald, Scott Grimes, J. Lee Peter Macon, Mark Jackson, Halston Sage, Chad L. Coleman, Norm MacDonald.
Valoración:

No me terminaba de gustar Seth MacFarlane, un guionista que saltó a la fama con Padre de familia (1999) y desde entonces todo lo que ha hecho en cine (la insoportable Mil maneras de morder el polvo -2014-) o televisión (todo derivados de la citada serie) sigue el mismo estilo de humor que combina lo bruto y zafio con referencias culturales metidas con calzador en guiones donde no suele encontrarse ingenio y tramas mínimamente elaboradas. En Padre made in USA (2005) y en Ted (2012) se nota la colaboración con otros escritores, que da más cohesión a personajes e historias, pero en solitario su fama no está a la par que su talento. Y como actor de voces en animación es la mar de competente, pero en imagen real muestra una falta de registro y carisma muy importante.

Por ello recibí con celos The Orville a pesar de que la ciencia-ficción es mi género favorito, el resto del reparto prometía y en lo visual también. Las críticas fueron feroces inicialmente, sobre todo las profesionales, pero al terminar la primera temporada ya iba siendo mejor considerada y tenía un buen grupo de fans, en especial trekkies que ven en ella un buen homenaje a Star Trek (Gene Roddenberry, 1966). Y en la segunda temporada el recibimiento está siendo bastante bueno, así que me he lanzado a verla.

Los dos primeros capítulos son un tanto desalentadores. Se caracterizan por ofrecer una parodia básica de Star Trek con dosis desganadas del humor MacFarlane, o sea, burradas y referencias frikis soltadas sin ton ni son, peor no en plan saturación como en Padre de familia, sino con cuentagotas. Pero la cosa mejora a ojos vista en los siguientes, y al final del año la maduración es bien patente, ofreciendo una buena mezcla de drama, aventuras y comedia y unos personajes muy simpáticos.

Se nota el cariño que tiene MacFarlane al género y más concretamente al universo Star Trek, el empeño en tratar de hacer un buen homenaje y una buena serie. Para ello ha buscado la colaboración con gente muy implicada en la saga, con quienes ha ido encontrando un tono más maduro para tras la simpleza inicial. Jonathan Frakes, que aparte de interpretar al comandante Riker de La nueva generación (1987) fue director de varios capítulos y películas, aquí también dirige uno. Y más importante aún, Brannon Braga, un guionista que creció en la sala de guionistas de aquella y luego saltó Voyager (1995) y Enterprise (2001), ejerce como uno de sus principales productores, escritores y directores. En lo visual también se nota su pasión: aparte de la influencia en el diseño artístico, MacFarlane defendió el uso de maquetas para las naves en los planos cercanos.

Los protagonistas crecen a ojos vista, pasando de estereotipos ramplones a figuras con vida propia, de hecho, hacia el final algunos resultan entrañables. Tenemos al capitán un tanto inmaduro, Ed Mercer, y la exnovia que no sabe muy bien lo que quiere de él, la comandante Kelly Grayson. MacFarlane encarna al primero, y no sorprende, pues le falta registro y carisma, pero como interpreta a un tontorrón bien intencionado por lo general convence lo justo. Adrianne Palicki (Friday Night Lights -2006-, Agentes de SHIELD -2013-) está bastante bien como una comandante joven pero competente. Muestra bien los momentos de duda y las peleas con Mercer, y tiene algunos momentos dramáticos muy buenos en el último episodio, muy centrado en ella y la relación.

En el resto de la tripulación encontramos de todo. El piloto idiota y loco pero muy hábil Gordon Malloy, que interpreta alguien que sí desborda personalidad, Scott Grimes (Urgencias -1994-, Hermanos de sangre -2001-). El navegante John LaMarr, con un desconocido J. Lee haciendo de negrata de barrio y tonto como puede pero aun así probablemente te saque de tus casillas en los primeros capítulos y no se recupere hasta que hacia el final le dan un arco más serio. A Mark Jackson no se le ve la cara tras Isaac, un avanzado robot (aunque de diseño retro, en otro homenaje al género), pero su voz es hipnótica, y el personajillo, el equivalente a Spock, un tipo serio y críptico que intenta entender mejor a la humanidad, resulta cada vez más interesante. La doctora Claire Finn, en manos de la veterana Penny Johnson Jerald (24 -2001-, El show de Larry Sanders -1992-, algunas apariciones en Espacio Profundo Nueve -1993-), es más secundaria, aunque el capítulo centrado en ella y sus hijos varados en un planeta con Isaac es de lo mejor de la temporada. Bortus es el tercero en rango, un alienígena serio y hosco pero competente, en la onda del klingon Worf; Peter Macon consigue expresarse a través de mucho maquillaje. La que más recorrido tiene este año es Alara Kitan, una chica muy joven metida a jefa de seguridad porque es de una de las razas más fuertes de la galaxia; Halston Sage saca todo el partido de los muchos conflictos personales y laborales que tiene. Y mención aparte merece Yaphit (voz de Norm MacDonald), un ser de consistencia gelatinosa (hecho por ordenador bastante bien) que parecía un chiste recurrente pero termina siendo un secundario de los que esperas su aparición en cada capítulo.

Aparte, en apariciones esporádicas tenemos algunos rostros muy conocidos en cine o televisión, como Victor Garber, Ron Canada, Kelly Hu, Jeffrey Tambor, Charlize Theron, Liam Neeson y un irreconocible Rob Lowe como el alienígena azul que siembra la cizaña en la relación de la pareja protagonista. También cabe destacar que el primer episodio lo dirige Jon Favreau (Iron Man -2008-). O hay mucho trekkie queriendo participar o MacFarlane tiene muchos amigos.

En las historias tenemos por lo general los roces abordo, tanto en el trabajo como fuera de él, y la misión de turno. Estas aventuras están en la mejor tradición de Star Trek, combinando la fascinación por descubrir nuevas cosas en el universo con diversos choques culturales, donde encontramos algunas lecturas morales muy efectivas. Hay conflictos éticos y políticos con otras especies, destacando su particular versión de los Romulanos, los Krill. Hay dilemas con la norma de no interferir en culturas atrasadas (en la onda de la famosa Primera Directiva), pues se encuentran con distopías, religiones, y demás que la ponen a prueba. También tenemos aventuras de supervivencia más clásicas pero que desarrollan temas jugosos con bastante gracia. Por otro lado, hay un episodio que se acerca más a Black Mirror (Charlie Brooker, 2011): aquel sobre un planeta donde la ley funciona por lo que vote la gente en la red; quizá podían haber sacado algo más de él, pero no está mal.

Conforme entramos en la temporada cada vez hay menos chistes infantiles y diálogos breves, la fórmula MacFarlane de soltar la gracia en medio de cualquier situación en vez de trabajar esta para que provoque risa en su conjunto va disminuyendo. Se sigue echando de menos algo más de ingenio, y el equilibrio entre drama, aventuras y comedia no termina de ser perfecto, pero tras el flojo inicio los protagonistas dejan de ser recipientes para verbalizar los chistes y hay escenarios más elaboradas, gracias de largo recorrido (destacando algún pique entre personajes), eficaces bromas recurrentes (el alien que quiere poner un hilo musical en el ascensor) y, sobre todo, se va cogiendo el punto al humor de la vergüenza ajena y la sátira (aunque esta no sea deslumbrante) de los temas socio-culturales tratados.

Todo se remata con un acabado visual bastante espectacular: vestuario, maquillaje, decorados y efectos especiales son de muy bien nivel. Eso sí, en el maquillaje me refiero a la creación de alienígenas, porque el de los humanos está un tanto sobrecargado y hay planos donde parecen payasos. MacFarlane también ha aprovechado la oportunidad para dar rienda suelta a otra de sus aficiones: la música de cine. En la banda sonora ha tirado la casa por la ventana con una gran orquesta y fichando nada más y nada menos que un titán como Bruce Broutghton (Silverado -1985-, El secreto de la pirámideYoung Sherlock Holmes, 1985-), a un veterano como John Debney (La isla de las cabezas cortadas -1995-, La pasión de Cristo -2004-) y a Joel McNeely, no muy destacable como compositor pero un reconocido director de orquesta. Los tres han seguido el tono de homenaje a Star Trek, sonando muy a James Horner, Jerry Goldsmith y a Dennis McCarthy, pero también se oyen referencias a La guerra de la galaxias, Alien

Por todo ello, no hay trekkie que no considere que es mucho mejor entrega de Star Trek que la fallida presentación de Discovery (Alex Kurtzman, Bryan Fuller, 2017), tanto en respeto a la saga, como en guion, como en acabado, y eso que aquella habrá costando cuatro veces más.

The Orville no aspira a ser una gran serie, sino un entretenimiento muy agradable, y a pesar de algunos baches y carencias por ahora va muy bien encaminada. Y Seth MacFarlane está empezando a caerme muy bien.

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DOCTOR WHO (2005) – TEMPORADA 11


BBC One | 2018
Ciencia-ficción, aventuras, drama | 11 ep. de 50-60 min.
Productores ejecutivos: Chris Chibnall.
Intérpretes: Jodie Whittaker, Bradley Walsh, Tosin Cole, Mandip Gill, Sharon D. Clarke.
Valoración:

Doctor Who es una serie que sin resultar extraordinaria, de hecho es muy irregular, tiene una personalidad que engancha. La sigo desde su versión iniciada en el año 2005, pero es una de esas que no termino de comentar con continuidad por falta de tiempo. Pero en esta ocasión he hecho el esfuerzo, porque ha llegado el cambio más importante de esta ya larga etapa. El showrunner Steven Moffat deja la serie tras haber tomado el relevo a Russell T. Davies en 2015 sin que se notara un gran cambio de estilo y calidad, seguramente porque hasta entonces era un colaborador habitual. Ahora el encargado es Chris Chibnall, que también escribió algunos guiones anteriormente, pero no tenía una participación activa en el desarrollo global. Se lo conoce por Broadchurch (2013), un melodrama ramplón pero de gran éxito, y por la fallida Camelot (2011).

Con la renovación del guionista jefe se esperaba una renovación de historias, que llevaban dos años con un desgaste en aumento. La fase del Doctor encarnado por Peter Capaldi no empezó mal en su entrada en la octava temporada, pero fue decayendo poco a poco. Su acompañante Clara (Jenna Coleman) era muy simpática, pero a la hora de la verdad sacaron poco partido de ella, y aunque es cierto que lo mismo ocurrió con Amy Pond (Karen Gillan), en este caso se ha ido notando más conforme crecía la pérdida de inspiración y calidad, que en la novena ya se hizo muy evidente. Del relevo Bill Potts (Pearl Mackie) en la décima sesión ya casi nadie se acuerda, de lo aburrido que fue el personaje y la falta de savia de las aventuras. El gran carisma de Capaldi no bastaba para mantener el nivel, así que el anuncio del cambio de rumbo se recibió bien…

Hasta que la BBC y los productores cometieron lo que algunos llamaron una osadía imperdonable: en su nueva reencarnación el inmortal Doctor tendría un cuerpo femenino. Las hordas machistas llenaron internet con rabietas, aspavientos y soflamas ridículas, pues el estreno quedaba lejos y no había manera de prever el resultado. No se quejaron cuando el Amo (The Master) cambió a mujer varios años atrás, de hecho, Michelle Gomez fue una gran mejora respecto al sobreactuado John Simm y el personaje se trabajó mejor, pero ahora el asunto está candente y los ofendiditos saltan a la mínima.

Pero me temo que a la hora de la verdad, en un requiebro inesperado de acontecimientos, algunas quejas se han cumplido. Hablo de la sensación de que los productores se han vendido a la moda feminista por cumplir, no porque la serie lo necesitara o porque saliera de forma orgánica de su propia evolución. Y es que esta undécima temporada ha resultado ser un escaparate no sólo del feminismo, sino también de la conciencia racial, y en ambos casos resulta demasiado evidente y machacón.

Doctor Who siempre ha sido una obra con algo de carga ética. Con una perspectiva sensible y sutil han tocado muchos temas entre aventuras de todo tipo, y en algunos casos el Doctor ha enfrentado dilemas de gran calado. Pero precisamente esa sutileza y armonía falta en los guiones de Chris Chibnall. Aparte del cambio a mujer del rol central, los acompañantes, ahora más numerosos que nunca, parecen obedecer al cupo racial y sexual más políticamente correcto de lo últimos años en cine o televisión. Y en vez de que la moraleja o los conflictos éticos surjan de situaciones concretas con naturalidad se insiste demasiado, rozando el panfleto en algunos capítulos en los que ya desde la premisa se proclama sin disimulo una trama dirigida hacia esas temáticas.

Tenemos al chico negro, la chica india, el matrimonio interracial y la mujer líder, y sus vivencias hablan del racismo y el machismo insistentemente. Por si no tenías bastante con los apuntes aquí y allá nos plantan Rosa (1103), con la sobada crónica de Rosa Parks y Martin Luther King narrada con desgana, y Demonios del Punjab (1106), donde con la Partición de la India como base construyen un relato simplón y manipulador. Por si las referencias múltiples en cada episodio no bastaban para reincidir en los derechos y libertades de la mujer, toma capítulo de brujas (Los hechiceros, 1108) dando vueltas todo el rato sobre lo mismo; al menos este último, dejando de lado las pesadas reivindicaciones, está bien escrito y es de los mejores del año (atención a la aparición de Alan Cumming).

Polémicas aparte, el trabajo de Chibnall no trae la esperada renovación de ideas y la recuperación cualitativa. Se mantiene la falta de ingenio, ritmo, y conexión con los protagonistas que se ha ido gestando en las últimas temporadas, a lo que se suma un desmejorado acabado visual.

La ampliación en el número de acompañantes no convence. Hasta ahora las inclusiones de las familias del acompañante de turno no han terminado de funcionar, sobre todo las parejas románticas, salvo la madre de Rose y el abuelo de Donna, que eran muy agradables. Lo cierto es que en la presentación (La mujer que cayó a la Tierra, 1101) el grupo actual apuntaba maneras. Todos son introducidos de forma que su vida normal no aburre, el choque con la Doctora es atractivo, y el drama que estaban viviendo encaja bien en el relato inicial. Pero en adelante quedan estancados, en cada nueva aventura cumplen con el cliché del que partía su descripción inicial y poco más, y a la hora de contar algo con ellos lo único que encontramos es un dramón paterno filial manido, previsible y sensiblero hasta resultar cargante, y para colmo rematado con aún más sensacionalismo barato en el lastimero especial navideño (Solución, 1111).

Una característica esencial del acompañante del Doctor era que funcionaba como nexo con la humanidad, la ética, la realidad… porque sin una brújula moral y terrenal que lo sostenga es proclive a perder el norte. Además, también sirven como conexión con el espectador, haciendo del punto de vista que nos lleva a lugares y situaciones extraños. Aquí ese puesto lo ocupa Graham (Bradley Walsh), el abuelo responsable, preguntando, cuestionando, discutiendo las opciones y poniendo límites morales cuando cree que son necesarios. Por ello, es el acompañante con mejor recorrido y más unido a las historias y a la propia Doctora, y en general, el único que merece destacar y recordar del grupo. Yasmin Khan, o Yaz (Mandip Gill), la india y agente de policía novata (esto último no aporta nada), queda tan relegada en todos los capítulos (incluso en el de la India y Pakistán es poco menos que una excusa para la trama) que te preguntarás qué hace ahí, aparte de justificar la cuota racial. Ryan Sinclair (Tosin Cole), el joven negro, tiene más presencia, pero entre lo tonto que lo ponen, que es el actor menos competente, y el forzado drama familiar (madre fallecida, padre ausente, y encima tiene una enfermedad absurda que aparece y desaparece -la dispraxia, una alteración psicomotriz-), termina siendo irritante bien pronto.

Termina ocurriendo como en la etapa de Capaldi: el carisma del rol central mantiene la serie a flote. Si bien en cada reencarnación entre guionistas y actores han aportado al personaje distintos matices, siempre se han mantenido dentro de un margen reconocible. Y la Doctora es el mismo personaje de siempre, no el desastre anunciado por los quejicas (el ridículo berrinche llega al punto de que en muchos subtítulos hechos por aficionados todo diálogo con ella lo ponen en masculino). Vemos su esencia en todo momento: el ánimo resolutivo inquebrantable, la rígida ética, la pasión por vivir y conocer lugares, gentes y culturas… En este caso, recuerda a la fase de Matt Smith, más jovial y alocada, sobre todo porque Jodie Whittaker rebosa una simpatía y energía contagiosas. Por ello es una pena que no se muestre por ahora ninguna evolución dramática concreta y que falte imaginación en las aventuras. Por lo general la Doctora pasa casi sin despeinarse por historias poco llamativas donde hay más tecnojerga (demasiado, de hecho) que conflictos dramáticos serios y retos tangibles con los que poder emocionarse. Y el villano principal del año es insípido, no supone una némesis tangible, pero esta carencia viene de lejos en la serie; al menos no han construido a su alrededor una expectación artificial como han hecho muchas veces.

Chibnall exigió diez episodios en vez de doce (más el especial navideño en ambos casos) porque decía que con tantos se agota la creatividad y no da tiempo a rodar tan bien, pero precisamente esta temporada ha sabido a poco, le falta lo que hacía destacable a la serie en sus mejores tramos (los encarnados por David Tennant y Matt Smith), más vitalidad y personalidad y, sobre todo, dos, tres o cuatro episodios notables y uno o dos extraordinarios. Este año, como en el anterior, sólo tenemos los correctos y entretenidos pero que no se quedan en tu memoria durante mucho tiempo, los flojos que olvidas al día siguiente, y los malos que cuesta ver enteros.

El más llamativo ha sido Kerblam! (1107), que muestra que se puede hablar de un conflicto social sin parecer el discurso de un político: el tratamiento de la explotación laboral acrecentada por las nuevas tecnologías (robótica, internet) es muy interesante y bastante completo. Los más trepidantes y divertidos me han parecido el loco El enigma de Tsuranga (1105) y Arácnidos en Reino Unido (1104), pero incomprensiblemente se han llevado las peores críticas. El que más se acerca a la esencia de la serie sería Te lleva lejos (1109), mezclando drama y surrealismo hábilmente con el conflicto con el alienígena peligroso de la semana, pero no cala mucho. Y La mujer que cayó a la Tierra es correcto pero muy predecible.

Entrando en los mediocres, el supuesto final de temporada, La batalla de Ranskoor Av Kolos (1110), no ofrece nada llamativo, es tan insípido que en seguida se olvida. Es Solución (1111) el que cierra los pocos frentes abiertos, pero es muy flojo, cuando del especial navideño se espera algo más ambicioso, algo que no cumple ni con daleks de por medio; por cierto, lo han pasado a Año Nuevo porque ya no quedan cuentos de Navidad que tratar. Y lo peor llegó en el segundo capítulo, El monumento fantasma (1102), que no sé cómo no provocó una estampida de espectadores: es de los más cutres e insoportables de toda la serie.

Pero si bien Chibnall se ha quedado corto y la crispación ha aumentado la sensación de desgaste, para mí es el acabado visual el factor más importante a la hora de perder otro poco de calidad y parecer menos Doctor Who que antes. En este período se anunciaba también una actualización visual. Con cámaras modernas y un cambio en estilo de la fotografía nos vendían un aspecto cinematográfico, pero a la hora de la verdad no se ha visto por ninguna parte, sino que más bien tenemos un retroceso muy llamativo. La fotografía es pésima. El ratio 2.1, más amplio que el 16:9, debería lucir por ejemplo como en Marco Polo (John Fusco, 2014), que era floja pero impresionante en lo visual. Sin embargo, con tanto plano cerrado a rostros y la pésima labor de dirección y montaje que arrastran todos los capítulos parece una serie más antigua y cutre que el inicio de esa etapa en 2005, y era de muy bajo nivel por la falta de presupuesto. Para rematar, la música orquestal tan dinámica de Murray Gold se echa rápido de menos, porque Segun Akinola compone un galimatías electrónico del que los realizadores abusan demasiado para adornar escenas aunque no venga a cuento.

En audiencias, la polémica como siempre es rentable, pues su estreno ha sido uno de los capítulos más vistos de toda la serie y de media ha superado ligeramente a los últimos tres años. Y en general las críticas especializadas no han sido malas, a pesar de que el público fiel la pone bastante a caldo, así que es de suponer que mantendrán el estilo aquí aplicado. Si por mi fuera me quedaba con La Doctora (Whittaker) y el abuelo Graham (Walsh) y despachaba a todo el resto del equipo, empezando por Chibnall.

THE LAST KINGDOM – TEMPORADA 2

BBC Two, Netflix | 2017
Aventuras, histórico | 8 ep. de 56-59 min.
Productores ejecutivos: Stephen Butchard, Gareth Neame, David O’Donoghue.
Intérpretes: Alexander Dreymon, David Dawson, Ian Hart, Harry McEntire, Simon Kunz, Thure Lindhardt, Millie Brady, Eliza Butterworth, Cavan Clerkin, Arnas Fedaravicius, Christian Hillborg, Mark Rowley, Toby Regbo, Tobias Santelmann, Adrian Bouchet, Björn Begntsson, Perl Baumeister, Eva Birthsitle, Gerard Kearns, Erik Madsen, Magnus Samuelsson, Alexander Willaume, Ole Christoffer Ertvaag.
Valoración:

Tras su colaboración en la victoria del rey Alfred de Wessex contra los daneses, Uthred esperaba tener mejores posibilidades de recuperar su tierra natal, Bebbanburg, y hallar a su hermana, esclavizada por los vikingos Kjartan y su hijo Sven. Pero el destino le tiene preparado nuevos retos.

Los planes del soberano de aunar los distintos reinos en una utópica Inglaterra implican echar a los invasores nórdicos que campan en algunos de ellos y hacer alianzas con los estados libres. En lo bélico no puede dejar ir a un recurso tan valioso como Uthred, así que le exige mantenerse a su servicio. Pero las intrigas constantes de Alfred limitan su libertad, y para el rey, el impetuoso pagano roza la traición muchas veces, con lo que la relación nunca va del todo bien.

Tienen a los belicosos hermanos Erik y Sigefrid como inminentes rivales en la liberación de las tierras conquistadas, la nueva alianza con el torpe rey Guthred (Thure Lindhardt) y su pequeño estado de Cumberland que colinda con esos territorios, y la proyectada mediante el matrimonio de la princesa heredera, Aethelflaed (Millie Brady), con otro vecino noble, Aethelred (Toby Regbo).

Así pues, se amplían los frentes respecto a la primera temporada. Los planes de cada facción se entrecruzan, chocando o avanzando a la vez hasta que un nuevo obstáculo aparece, pero tampoco olvidemos a la omnipresente religión, que mete baza según sus intereses, y los conflictos personales, donde cada jugador del tablero piensa por sí mismo. Y en todo el meollo Uthred aguanta como puede, poniendo siempre su independencia y experiencia por delante aunque sea a costa de quedar mal con todos.

Pero también vivirá otras aventuras muy variadas, porque la temporada abarca de todo, pero todo con muy buen ritmo y coherencia. Nada se precipita, cada evento cala, incluso los saltos temporales y las historias que parecen secundarias, como el invierno que Uthred pasa esclavizado en Islandia o el romance del vikingo con la noble secuestrada, se trabajan con esmero, con secundarios potentes, y dejan secuelas. Y no todo son palos para el joven, porque mantiene amigos (el padre Beocca, la monja Hild), hace otros nuevos (los soldados Halig, Finan, el danés Sithric…), y encuentra un nuevo amor en la hija de Guthred, Gisela (Peri Baumeister). Y no me olvido de su hermano adoptivo, Ragnar, y su amiga en común, Brida, que tendrán también sus momentos.

Se sigue cuidando muy bien el entorno histórico, tanto en la fidelidad a eventos y personajes como en la forma de actuar de las gentes. La influencia de religión, la forma de entender el mundo y expectativas de cada individuo según su clase y entorno, y el desarrollo de las invasiones son de nuevo mucho más fieles que en la exitosa Vikingos (Michael Hirst, 2013), donde la fidelidad se diluye o deforma en un espectáculo vacuo con personajes estrafalarios.

Con mayor número de escenarios tenemos también más decorados. Aquí se nota menos dinero que en Vikingos, pero dista de parecer una serie cutre. Sin embargo, es cierto también que le sigue faltando una puesta en escena de alta calidad que aproveche el potencial del género: todo son parajes naturales o decorados y el vestuario es estupendo, pero la forma de rodar es muy sencillita. Eso sí, hay un momento inesperadamente inspirado: el ataque al campamento donde secuestran a la princesa, narrado cámara en mano, es sobrecogedor. También cabe señalar que la música de John Lunn va ganando presencia, con mención especial para la voz de Eivør Pálsdóttir.

En cuanto a actores, destaco otra vez a David Dawson como Alfred, el estupendo idiota que consigue Thure Lindhardt en Guthred, el carisma de los vikingos Erik y Sigefrid, en manos de Christian Hillborg y Björn Bengtsson, y la veteranía de algunos secundarios como Ian Hart (Beocca) y Simon Kunz (Odda).

PD: Netflix se metió como coproductora junto a la BBC en esta segunda temporada, pero para la tercera ha adquirido la serie entera y sus derechos de emisión.

Ver también:
Temporada 1 (2015)

DESENCANTO – TEMPORADA 1


Disenchantment
Netflix | 2018
Comedia, aventuras | 10 ep. de 28-36 min.
Productores ejecutivos: Matt Groening, Josh Weinstein
Intérpretes: Abbi Jacobson, Eric André, Nat Faxon, John Dimaggio, Billy West, Maurice Lamarche.
Valoración:

Cuando se anunció Desencanto (paso de los paréntesis absurdos inventados por la distribuidora española), el retorno de Matt Groening con una serie nueva tras la (ya larguísima) decadencia de Los Simpson (1989) y el final de Futurama (1999), se generaron muchas expectativas sin motivos claros, principalmente porque la elaboración de ambas se llevó a cabo por muchos escritores. En la presente igual: actúa más de creador e ideólogo que de guionista.

Los aburridos primeros capítulos (¿era necesario pasar de la media hora de duración?) han segado rápidamente ese entusiasmo, presentando una serie poco inspirada y de narrativa aletargada. Por suerte mejora poco a poco, hasta desembocar en un buen final, y los protagonistas se hacen querer, pero es difícil perdonar un comienzo tan pobre más otro par de episodios flojitos en una temporada tan corta.

La premisa es sencilla: una chica rebelde, un padre conservador, unos secundarios graciosetes, y un entorno de fantasía medieval donde jugar con elfos, cíclopes y demás. Bean es la hija mayor del rey, una joven irresponsable, respondona y alcohólica que rechaza cualquier intento de los miembros de la corte para hacer algo con su vida. También es cierto que algunas circunstancias, como el matrimonio obligado, no ayudan a apaciguarla. Y es que el pobre rey Zog tiene muchas cosas con las que lidiar, pero todos parecen tomarlo por memo o por tirano: su querida esposa falleció, la actual es de una raza anfibia y fría y distante, el hijo con ella idiota perdido, los reinos vecinos traen mil problemas, etc. Bean se hace amiga de Elfo, un elfo desterrado, cursi e inocente que se topa con un mundo lleno de egoísmo y crueldad, y de Luci, un demonio enviado por una facción rival para desestabilizar el reino, pero que pasa un poco de todo y se va de juerga con ella.

No sé por qué, como más o menos todo el mundo, esperaba algo más elaborado. Viendo los avances parecía que versaría sobre aventuras fantásticas, pero al principio el escenario parece irrelevante, todo es un dramón adolescente que bien podía haberse ambientado en cualquier otra época, y la poca fantasía que encontramos es una decepcionante parodia tonta tipo Shrek (Andrew Adamson, Vicky Jenson, 2001). En Futurama era al revés: ciencia-ficción con vetas bien equilibradas de historias sobre amistad, maduración y romance. Pero una vez pasado el flojo inicio empieza a equilibrarse y madurar poco a poco, dejando entrever sus virtudes: en contra de lo bajo que apuntaba, veremos que no se queda en los estereotipos de ambos géneros, fantasía y adolescencia.

Entre las locas aventuras de la familia real de Utopía (Dreamland), como la parodia de Hansel y Gretel, el exorcismo, la fiesta loca en el castillo, etc., hay un trasfondo más serio que combina hábilmente la brutalidad inherente a la animación actual (Bean es borracha y malhablada) con una sorprendente delicadeza con que tratan los temas dramáticos. Con Bean se habla de la responsabilidad, de no ser capaz de encontrar algo que llene tu vida; el padre no es un cutre villano, sino un pobre desgraciado que no sabe cómo tratarla; tanto el demonio como sobre todo el elfo van mostrando aristas poco a poco… Y prácticamente todos los episodios tratan de alguna forma temas paterno filiales, de responsabilidad, de amistad…

Hay más dejes de Futurama que de Los Simpson, pero también poco a poco va formando su propia idiosincrasia. Los personajes secundarios ganan presencia (atención a los consejeros del rey), los reinos vecinos adquieren complejidad (hay rencillas familiares y políticas, conflictos culturales), algunas historias en apariencia secundarias cobran protagonismo (la sangre de elfo como elixir de la vida), y el sentido humor es más ingenioso y loco cada vez. Todavía le falta inteligencia y mordacidad, pero ya va teniendo más imaginación y gracia.

Y así llegamos a un tramo final rozando el notable, con momentos emotivos, giros inesperados muy logrados, humor cada vez mejor combinado con unos personajes que van creciendo a ojos vista y un universo cada vez más rico. Así que, después del gran desencanto inicial, he terminado esperando con interés la próxima temporada.

LOST IN SPACE – TEMPORADA 1


Netflix | 2018
Drama, aventuras, ciencia-ficción | 10 ep. de 47-65 min.
Productores ejecutivos: Matt Sazama, Burk Sharpless, Neil Marshall, Marc Helwig, Jon Jashni, Zack Estrin.
Intérpretes: Molly Parker, Toby Stephens, Maxwell Jenkins, Taylor Russell, Mina Sundwall, Parker Posey, Ignacio Serricchio, Raza Jaffrey.
Valoración:

La serie original, creada por Irwin Allen en 1965, fue un producto familiar sencillo (hoy en día nos parecerá ingenuo, quizá incluso cutre) con bastante éxito popular, hasta el punto de que ha propiciado numerosas referencias en distintas películas y series (Los Simpson como siempre a la cabeza). El argumento parte del clásico drama familiar (conflictos paternos, educación de los hijos), pero el giro de tener aventuras en el espacio le daba un aire nuevo en aquellos tiempos; por ejemplo, el robot causó sensación.

En 1998 fue llevaba al cine como superproducción cinematográfica escrita por Akiva Goldsman (El cliente -1994-, Batman Forever -1995-, Batman y Robin -1997-) y dirigida por Stephen Hopkins (Depredador 2 -1990-, Los demonios de la noche -1996-), aunque de calidad anduvo tan escasa que el boca a boca la hundió rápido; ni con la estupenda música de Bruce Broughton y la presencia del insigne Gary Oldman se podía salvar. Hubo un intento de resucitarla como serie en 2004 bajo el título de The Robinsons: Lost in Space. A pesar de estar producida por grandes empresas (Warner Bros. y la cadena Fox) no salió nada bueno y se quedó en el episodio piloto. Puedes echarle un vistazo en Youtube si te atreves. En argumento y tono parece sacada de los años setenta, con lo que renovación poca, y pesar de estar dirigido por John Woo, con varias películas de acción a cuestas (Cara a cara -1997-, Acantilado rojo -2008-), el paupérrimo aspecto visual también empeora las malas sensaciones.

La nueva versión llega de la mano de varias productoras pequeñas y Netflix con dos guionistas que, viendo su corto y débil currículo, tiran un poco para atrás: Matt Sazama y Burk Sharpless tienen en su haber paridas como Drácula: La leyenda jamás contada (2014), El último cazador de brujas (2015), Dioses de Egipto (201) y Power Rangers (2017). Quizá si me hubiera fijado antes en sus nombres ni me habría acercado, pero llegué por el reparto y por el género, no puedo resistirme al espacio y las naves.

Por suerte, esta aproximación es bastante ambiciosa, tanto en lo visual, con un presupuesto sin duda descomunal muy bien aprovechado, como para mi sorpresa también en la escritura. Mantienen el tono para toda la familia, pero no es una cursilada llena de argumentos bobos, tópicos y moralina barata, sino que toman al espectador por inteligente, los autores son capaces de ofrecer aventuras emocionantes para los jóvenes y un envoltorio más complejo y serio para los adultos. Por comparar con otras del género recientes, me estoy acordando de los infumables dramones llenos de personajes estereotipados de Terra Nova (Kelly Marcel, Craig Silverstein, 2011) y Falling Skies (Robert Rodat, 2011), y no hay color.

Las aventuras son variadas y por lo general bastante completas. Se combina supervivencia en la naturaleza y contra el propio ser humano con ciencia-ficción bastante realista, habiendo poca tecnojerga y ciencimagia y más empeño en mostrar el esfuerzo físico pero también intelectual de los personajes de forma verosímil aunque los escenarios sean fantasiosos. Cabe señalar que se ven pronto las intenciones de describir la ciencia, el progreso y la pasión por descubrir cosas como algo que puede traer algún peligro pero siempre recompensas mayores. Un drama familiar tan progresista viniendo de EE.UU. hoy en día es algo atípico y muy valioso.

Los hechos calan en los personajes, no es una vuelta al statu quo tras cada resolución. Hay situaciones traumáticas en casi todos los episodios, con algunas disyuntivas de nivel, como cuando se presenta la elección de salvar a una persona arriesgando a muchas o dejarla morir ante sus narices. Los protagonistas son inesperadamente grises y falibles, incluso la villana crece muy bien tras una presentación que no apuntaba maneras. La perspectiva que esta tiene del mundo se trabaja bien para que su empeño en sobrevivir a costa de todos (por cobardía, incapacidad para ver el cuadro completo, etc.) no la convierta en un cliché con patas sino en un ser miserable muy atractivo. Esto permite otros dilemas interesantes: cómo tratar la justicia y el perdón en el nuevo mundo.

Es cierto que la familia responde inicialmente también a unos cuantos estereotipos. El matrimonio a punto de romperse por las ausencias del hombre por su trabajo, la madre perfecta, el niñito empollón, las adolescentes, una la bohemia y otra la chica de carrera… Pero tienen dimensión suficiente para resultar simpáticos, aunque, al menos todavía, no entrañables, y ocurren tantas cosas que no da tiempo a que se atasquen en sus descripciones iniciales, siempre hay movimiento en las historias y problemas en lo personal y lo ético que los exprimen adecuadamente. Pronto llega el robot, que aporta el toque de misterio. El diseño es espectacular y produce asombro e inquietud a la vez. Y no tardan en aparecer también nuevos grupos de supervivientes, todos bastante interesantes y aportando más historias y conflictos.

Uno de los alicientes que me llevaron a verla a pesar de las reticencias iniciales con que fuera una obra muy infantil es el reparto. Con dos grandes actores como Toby Stephens (Black Sails, 2014) y Molly Parker (Deadwood, 2004) me tenían medio ganado. Pero los chavales también están muy bien elegidos, sobre todo el más difícil, el jovencísimo Maxwell Jenkins, que logra una interpretación muy natural. Y Parker Posey (Superman Returns, 2006) como la malvada doctora Smith también está estupenda en un papel muy complicado: es capaz de mentir hablando pero mostrar su cobardía y sus planes con la mirada.

Lo único que se le puede achacar es que algunas historias personales se ven venir muy de lejos y que a veces pecan de buscar el escenario más grande y exagerado, saliéndose de la tónica realista para forzar algunos finales de episodio de infarto. Las disputas matrimoniales siguen todos los pasos esperables sin un atisbo de buscar novedades, de hecho, ocurre lo contrario, deciden que llega el momento de tener tal situación y la fuerzan, por ejemplo montando a los dos padres en el coche y haciendo que se queden varados por ahí para que tengan que trabajar juntos y acercarse otro poco. En cuanto a efectismo innecesario, hay varios momentos aquí y allá que hacen torcer el gesto un poco, pero la palma se la lleva la salida final al espacio, un despiporre de exageraciones y salvaciones en el último momento, para acabar en un giro tipo Perdidos (J. J. Abrams, Jeffrey Lieber, Damon Lindelof, 2004). Entiendo que había que tener un clímax apasionante, pero es tan artificial que resulta contraproducente, hay momentos en que da más bien vergüenza ajena.

En lo visual no hay ni una pega, tiene el nivel de superproducción de cine, tipo Prometheus (Ridley Scott, 2012) o El marciano (ídem, 2015). El vestuario es impresionante, pero los decorados, vehículos y efectos especiales son realmente asombrosos, y el rodaje en espectaculares exteriores garantiza un aspecto visual arrebatador. Es incluso decepcionante si se mira en el sentido de que hay un montón de grandes obras ciencia-ficción que se quedaron cortas (o incluso canceladas) por falta de dinero, y esta serie menor y algo tontorrona consigue tal despliegue. Directores de talento como Neil Marshall (The Descent -2005-, Centurión -2010-), Vincenzo Natali (Hannibal -2013-) y David Nutter (desde Expediente X -1993- a Juego de tronos -2011-) exprimen las posibilidades al máximo. Ya con las fastuosas panorámicas de hielo y montañas de los primeros capítulos me engancharon, pero partes como la del valle de tierra (donde hay otra nave estrellada a punto de caer por un acantilado) son alucinantes.

Si logran quitarse de encima las pocas limitaciones argumentales y consiguen mantener un interés constante sin inclinarse demasiado por artificios huecos, la serie puede crecer muy bien. Netflix no suelta datos sobre sus audiencias, pero parece que ha tenido buen recibimiento, así que tendremos segunda temporada para comprobar si madura adecuadamente.

PD: Netflix España está optando por no traducir ni un título. Me da rabia, teniendo muchos una traducción tan fácil y resultona.

EL ÚLTIMO REINO – TEMPORADA 1

The Last Kingdom
BBC America, BBC Two | 2015
Aventuras, histórico | 8 ep. de 60 min.
Productores ejecutivos: Stephen Butchard, Gareth Neame, David O’Donoghue.
Intérpretes: Alexander Dreymon, David Dawson, Adrian Bower, Ian Hart, Emily Cox, Rune Temte, Thomas W. Gabrielsson, Tobias Santelmann, Amy Wren, Sean Gilder, Brian Vernel, Simon Kunz, Harry McEntire, Eliza Butterworth, Charlie Murphy, Nicholas Rowe, Eva Birthistle.
Valoración:

Estamos en el siglo IX, cuando los vikingos ponen los ojos sobre los reinos sajones (Inglaterra) en busca de gloria, riqueza y tierras. Una partida de daneses ataca un castillo y toma como rehén al joven heredero, Uthred, que será educado ahora como uno de ellos. Su vida da otro vuelco cuando, ya de adulto, su actual familia es masacrada por las rivalidades entre clanes. Entonces huye de vuelta hacia los reinos sajones, esperando recuperar las tierras que debería heredar, aunque encontrará dificultades para ser aceptado de nuevo, al ser considerado medio danés. Por otro lado, busca también venganza por la masacre de su familia adoptiva.

La serie parte de las novelas The Saxon Stories (Historias sajonas) de Bernard Cornwell, que narran las aventuras de un ficticio habitante (Uthred) del castillo de Bebbanburg (hoy en día Bamburgh) en un contexto histórico bastante realista. Y esta fidelidad la mantiene el guionista Stephen Butchard en la adaptación, que resulta mucho más verosímil que la más famosa Vikingos (Michael Hirst, 2013), que se apoya demasiado en una figura muy mítica y toma excesivas licencias. Lo más notable es el esfuerzo por ser fieles en el vestuario, lo que le ha ganado incluso alguna crítica absurda de “parece cutre”. Se ha instalado demasiado en la retina del espectador los fantasiosos cueros negros y peinados extravagantes de Los Tudor (Hirst, 2007) y Vikingos y muchas películas, y cuando se encuentran con una obra que respeta la sencillez y pobreza propia de esos siglos les parece anacrónico o insuficiente.

Los movimientos y conflictos de reyes y nobles ingleses y líderes vikingos también se mantienen cerca de lo que se conoce, y aunque Uthred anda siempre metido en todo es una presencia más, no cobra un protagonismo excesivo como los de Pullo y Voreno en Roma (Bruno Heller, William J. MacDonald, John Milius, 2005). En el retrato de la época se van exponiendo distintos aspectos de forma muy orgánica. Se dibujan bien las diferencias entre las clases nobles y el pueblo llano, y se respeta la ignorancia y vulgaridad de las gentes, que esto es otra cosa que se suele pasar mucho por alto, es decir, en el género (cine o series) los personajes muchas veces parecen sacados del presente, y la religión, crucial en esa época, no parece existir. Aquí cada individuo actúa según dónde y cómo se ha criado, y se muestra muy bien la sombra de la religión en todo momento. Los autores son capaces incluso de exponer el cambio gradual en la sociedad y la política a pesar de lo corta que es la temporada. El contraste entre la forma de pensar de los vikingos y los ingleses es palpable, y la intriga e inquietud por el único dios cristiano se ve crecer en los primeros poco a poco: las matanzas vikingas iban seguidas de alianzas y bautizos que los integraban. Donde no ponen mucho esmero es en los idiomas, todos parecen hablar inglés; en Vikingos sí trataron muy bien este tema.

Uthred es un joven con demasiadas ambiciones y poca experiencia, así que se lleva bastantes palos. Pero también es inteligente y hábil y aprende rápido. ¿Conseguirá alcanzar alguna de sus muchas metas? La primera, volver a ser aceptado por los ingleses, es la principal en esta temporada. Ha de lidiar constantemente con las intrigas palaciegas del rey Alfred de Wessex, donde todos recelan de sus intenciones. Este rey luego sería conocido como El Grande, pues ante el envite vikingo imaginó unos reinos sajones unidos, pero ahora vemos a un líder prudente, piadoso, lo que choca con el pagano e irreflexivo Uthred. En la corte encontramos al religioso Beocca, que conoció a Uthred en su infancia y es el único que, no sin dudas, lo intenta ayudar; a los Odda, el padre fiel consejero del rey, y el hijo un trepa ambicioso y pronto rival de Uthred; y a otros pocos condes y religiosos. Pero quien más deslumbra es el soldado Leofric, uno de esos secundarios que roba escenas a todos los demás, incluso al protagonista; la relación con Uthred pasa por muchas fases sin atascarse en estereotipos. Aunque también merece una distinción Aethelwold, heredero al trono echado a un lado por inútil, que resulta un secundario cómico muy efectivo. Entre los vikingos tenemos a Ragnar, el hermanastro de Uthred, con quien planea la venganza por la masacre de su familia; Brida, la esclava con la que escapa, amante y amiga intermitente, por eso de los cambios de bando constantes de Uthred; y Guthrum y Ubba, algunos de los reyezuelos más importantes de la época y causantes de los principales infortunios de Uthred.

Pero hay más secundarios que dejan buena impresión a pesar de su breve presencia, como la monja o Skorpa, pues la serie se distingue más por mostrar unos habitantes muy verosímiles y atractivos que por elaborar tramas complejas. Sí, es cierto que es de aventuras de supervivencia más que de política, pero el principal problema de la temporada es que resulta muy, muy predecible. Es fácil ver venir el resultado de cada nueva etapa en la odisea de Uthred, y por mucho que le pase es difícil creerse que no saldrá airoso: no hay giros hábiles que sorprendan ni intrigas absorbentes que ofrezcan un poco más de densidad y suspense. Pero, con ese esfuerzo puesto en los protagonistas, su viaje engancha con facilidad. A Uthred le va cayendo de todo encima y avanza como bien puede, los conflictos internos del rey son muy interesantes, las pocas disputas de la corte efectivas, las rivalidades y alianzas facilonas pero nunca vulgares, y no hay batallas con la épica de Vikingos pero lo que ofrecen es más que suficiente.

El reparto es la mar de competente. Quizá el protagonista, Alexander Dreymon, es más guaperas que un intérprete de nivel, pero cumple de sobras. Quienes más destacan son Adrian Bower, que borda a Leofric con un carisma arrollador, David Dawson, capaz de mostrar los pensamientos del rey Alfred sólo con el gesto y la mirada, Ian Hart como el pelota de Beocca, y Harry McEntire como Aethelwold, el heredero fracasado. Cabe señalar también las apariciones estelares de grandes nombres como Matthew Macfayden o Rugter Hauer, y el cuidado en elegir actores nórdicos para los vikingos.

Los capítulos son largos, casi de sesenta minutos cada uno. Alguno de los iniciales se me hizo un poco pesado, como si abarcara demasiadas historias que hubieran ido mejor por separado y en episodios más breves, y sí, también con algo menos de previsibilidad, pero una vez inmerso en la vida de los protagonistas y con todos los frentes abiertos mejora rápidamente. Pasamos de la aventura de supervivivencia a las intrigas de la corte y de ahí al romance cuando no a la acción a toda velocidad pero sin que ningún escenario ni género llegue a solaparse o ralentizarse más de la cuenta, y todo va dejando un buen poso en los personajes. En resumen, siempre hay sensación de avance, y la corta temporada tiene entidad propia a pesar de tocar muchas temáticas y dejar muchas de las historias abiertas.

El último reino es una buena recomendación para quien busque aventuras históricas entretenidas y respetuosas a la vez. Pero si se ambiciona una nueva Juego de tronos, como les ha pasado a muchos, seguramente decepcionará.

SENSE8 – TEMPORADA 2

Netflix | 2017
Drama, aventuras, ciencia-ficción | 11 ep. de 55-120 min.
Productores ejecutivos: J. Michael Straczynski, Lilly Wachowski, Lana Wachowski, varios.
Intérpretes: Doona Bae, Jamie Clayton, Tina Desai, Tina Desai, Tuppence Middleton, Toby Onwumere, Max Riemelt, Miguel Ángel Silvestre, Brian J. Smith, Freema Agyeman, Naveen Andrews, Eréndira Ibarra, Alfonso Herrera, Max Mauff, Purab Kohli, Terrence Mann, Daryl Hannah, Ness Bautista, Paul Ogola, Anupam Kher.
Valoración:

Alerta de spoilers: Destripo bastante, aunque realmente no pasa gran cosa, nada que no se viera venir.–

La esperadísima segunda temporada de Sense8 me ha supuesto una decepción bastante grande. El primer año me cautivó sobremanera presentando una serie única, tanto por su originalidad como por su contagiosa energía y belleza: era emocionante y hermosa como poca series he visto. Es cierto que los episodios iniciales eran algo lentos, pero había sensación de dirección, de crecimiento, y mientras tanto las vivencias personales mantenían el interés alto. Y además pronto se vio que es mucho más de lo que parecía, que no es sólo una más de ciencia-ficción con conspiraciones y los protagonistas tratando de desentrañarlas, sino que es un drama que habla del ser humano en general, tratando con una delicadeza y profundidad insólitas los sentimientos, la sexualidad, las culturas… en otras palabras, el qué nos define, qué nos mueve, qué nos diferencia y qué nos une. Además, la historia global, el vínculo que surge entre ellos y la persecución a la que los someten misteriosos individuos, tenía su intriga y prometía unir a todos los personajes al final. Quizá el rescate de Gorski fue un tanto facilón, pero es evidente que era una excusa para presentar la trama, y lo importante era ver el florecimiento y la unión de los ocho sensates. Las situaciones en que trabajan juntos, explorando la conexión mental, y momentos puntuales memorables, como la escena de los partos y la revelación sobre Riley, nos regalaron un tramo final magnífico que dejaba enganchadísimo, porque como es obvio prometía seguir yendo más allá.

Pero en esta segunda etapa la sensación que se transmite, del primer episodio al último, es la de que sus autores han trabajado con desgana, sobre todo en el guion, pero también un poco en la puesta en escena, de que han perdido la pasión y la inspiración iniciales y van con la inercia, cumpliendo con los preceptos establecidos en la premisa y ya está. La narrativa resultante está estancada, es monótona en cuanto a las aventuras personales y de lejos insuficiente en la intriga, pero sobre todo se queda muy corta en su mejor virtud: es bastante superficial en lo relativo al aspecto humano. Aclaro aquí que la ausencia de Lilly Wachowski no sé si pudo influir ni cuánto. Dejó el trabajo indefinidamente por temas personales (estaba en plena transformación de género), pero parece que se ocupaba más del día a día de la producción y de la dirección que del guion, que es de donde vienen la mayoría de los problemas.

Los personajes se han quedado en su definición inicial, dando vueltas en círculos en la historia que sirvió para describirlos. Sí, todos los protagonistas resultaron encantadores y sus odiseas deliciosas. Pero no puedes quedarte ahí plantado durante toda la siguiente temporada. Algunos de hecho se hunden en un bucle total, sin dar si quiera un paso lateral que disimule un poco. Si al menos la parte de la conspiración hubiera emergido a primer plano y ofrecido algo llamativo… pero me temo que apenas avanza en un par de datos bastante elementales y narrados también con esa falta de garra.

Kala y su matrimonio están todo el año en el mismo punto de que si funciona y lo consuman o que si no. Sabemos de sobra que acabará con Wolfgang (a menos que algún giro lo impida), no puedes retrasarlo si no logras una historia que lo justifique bien y que resulte interesante. Y al final por arte de magia parece decidirse por fin en ir a buscarlo… ¡pero si en ella no ha cambiado nada, todas las dudas y baches son los mismos todo el rato! Y por supuesto el encuentro queda en el aire, después de todo un año posponiendo lo que se espera desde los primeros capítulos de la primera temporada. Por el lado contrario, el alemán es el mejor ejemplo de paso lateral, del relleno con el que ir matando el tiempo hasta que todo esté maduro para lanzar su arco… El problema es que nada madura, ni el resto de personajes ni la trama. El lío de mafias es eso, relleno intrascendente. No añade ninguna nueva capa al personaje, apenas vale como excusa para dar presencia a los otros grupos, clanes o clústeres de sensates, y por sí sólo no es especialmente atractivo o entretenido, de hecho ni me parece verosímil.

Gorski sirve para avanzar en la conspiración y exponer lo que va haciendo el clúster para huir y aprender de Whispers y la BPO, la Organización de Preservación Biológica que parece estar tratando de controlar a los sensates con algún oscuro propósito, presumiblemente la dominación mundial. Como buen agente, sabe investigar, deduce cosas… pero apenas veo una sombra de aquel joven capaz pero a la vez afligido por penas presentes y pasadas. Sufre un poco con las drogas y con el padre, todo bastante facilón además, y no hay más movimiento en su psique. Pero lo peor es que arrastra a Riley, antes mi favorita, pero aquí un cero total en interés. Sólo sirve para ponerle encima la investigación cuando él no puede salir de su escondite (el viaje a Chicago), y esto ocupa poco, es muy predecible, y tampoco aporta nada al personaje. La única escena donde se ve una persona realmente viva y en movimiento es cuando decide pinchar como DJ en una discoteca para tratar de localizar a otros sensates. Una sola escena en todo el año.

La intriga que nos van exponiendo se mueve tan poco que parece un engaño digno de Expediente X, donde mareaban la perdiz temporadas enteras con el tema ovni. Apenas llegan a mostrarnos un poco de información nueva, la mayor parte nada original y carente de suspense, y desde luego nada que nos haga esperar con ansia más revelaciones, porque no parece haber mucho donde rascar: los persigue la típica corporación poderosa con tipos chungos, y de ahí no salimos. La fascinante idea de que se conectan las mentes después de todo no se llega a explorar mucho, no hay tensión, giros que añadan sorpresas efectivas, ni soluciones ingeniosas. Gorski se esconde y se droga para que Whispers no lo vea, lo que parece más una excusa para ir con cuentagotas que para generar una atmósfera de inquietud constante.

El único momento que amagan con buscar un giro que obligue a replantearse las cosas son los recuerdos del clúster de Angelica y Jonas, pero tampoco hay nada que sorprenda: gente cobarde, gente que cambia de bando, la BPO acosándolos. Nada que no hayamos visto ya en cualquiera del género, con la reciente Orphan Black a la cabeza. En cuanto al desenlace, no es que sea flojo, es que resulta realmente chapucero. Cuando creía que el capítulo final iba a acabar sin avanzar nada de la conspiración, sino centrándose únicamente en la última historia personal que quedaba pendiente (para colmo, la cansina y exagerada de Sun), saltan de golpe a un giro demencial donde aparecen metidos todos en la guarida de Whispers por arte de magia para salvar a Wolfgang, que fue encontrado por Whispers repentinamente después de gastar toda la temporada sin lograr transmitir miedo alguno por si cogería a alguien. Cuándo ha planeado eso el grupo, cómo lo han ejecutado, cómo han entrado y salido… No se explica nada, resulta tan forzado y mal narrado que me dejó muy malas sensaciones. En vez de estar todo el año dando vueltas en círculos y soltar cuatro datos sin garra, ¿no podían haberse metido de lleno en las dificultades de ese plan? Se da más relevancia al lío de Sun en la fiesta que a esto.

Las historias de Sun y Capheus se centraban sobre todo en su solitaria batalla contra el mundo, donde descubrían que se tenían el uno al otro y establecían una relación muy bonita. Pero esa conexión parece haber desaparecido, si interactúan entre ellos y otros del clúster es para compartir habilidades, no para encontrar apoyo emocional. Y por separado no ofrecen tampoco nada llamativo. En cierta manera Capheus sí avanza, porque se hace famoso y cae en la política, lo que le podría poner en bandeja el tratar de hacer un mundo mejor, que es lo que parecía ir con él… Pero la aventura en sí es muy básica y previsible, y se narra sin la intensidad que transmitía antes. El entusiasmo del personaje era contagioso, el intérprete Aml Ameen reflejaba con un carisma nato a un joven que vivía en la miseria pero poniendo siempre buena cara y con un espíritu de esperanza inquebrantable, y así enfrentaba esta nueva situación: abrazándola con pasión y aprovechándola al máximo. Pero el nuevo actor*, Toby Onwumere, pega más en un rol de panoli, y encima eso es lo que parecen haber hecho con el personaje: le va cayendo de todo encima sin que nada cale en él, agacha la cabeza y sigue adelante aunque no parezca querer estar ahí. No veo al Capheus que yo conocía.

Sun sigue siendo Sun, pero si la intriga corporativo-familiar era predecible, con el agotamiento de ideas se hunde más el interés. Su estancia en la cárcel se limita a repetir varios intentos de asesinato, su fuga se salva porque el detective que la persigue es un personaje con cierta solidez y su relación aunque muy clásica resulta agradable, pero el tramo final no se sostiene por ninguna parte. Los guionistas se empeñan en que busque venganza contra su hermano mediante la violencia, y no cuela que ella sea tan tonta y cabezota, ni mucho menos que los otros siete no sean capaces de juntar una neurona para deducir que, en un país del primer mundo, atentar a lo bruto en público contra un millonario, cuando eres la principal sospechosa de matar al padre y te buscan por tu fuga, es una gilipollez monumental. En serio, teniendo al infalible trío Nomi-Amanita-Bug, capaces de infiltrarse en aparatos electrónicos que parece imposible que estén conectados a internet (desde semáforos a… atención, la máquina de tickets de un aparcamiento, que te deja incluso hablar por el micrófono desde tu casa), es increíble que no se planteen hackear al hermano y la compañía para buscar pruebas, y si no las encuentran, para tenderle una trampa. Así pues, la justificación de la entrada en la fiesta y la persecución final, más que endeble es lastimera, y encima acaba con la ridícula escena en que parece que va a matar al hermano (delante de un montón de policías y testigos) pero lo deja libre no sé por qué. Si es tan idiota como para haberse metido en ese lío, por qué no llega hasta el final.

Estos dos muestran otro de los problemas de la temporada. La puesta en escena no logra una serie tan embriagadora y asombrosa. En parte es culpa del guion, que no consigue buen ritmo ni incluye tantas escenas moviditas, sean de acción pura o de líos personales (el culebrón de Lito era la mar de ajetreado), pero también se nota cierto bajón, como una falta de interés o de capacidad para alcanzar ese aspecto visual arrebatador. Ojo, calidad hay de sobra, pero de ahí a dejarte alucinando hay un trecho, y las partes de acción, otrora dignas de superproducciones para cine, han decaído bastante. Las peleas de Sun no están bien editadas: ni la de la cárcel donde intentan ahorcarla ni la del cementerio con el detective pasan el corte exigible en comparación con lo visto previamente. Es ponerlas al lado de las peleas en que Sun se metía en Capheus para salvarlo de los matones, y se nota bastante la diferencia: la fluidez de la escena, la claridad de los golpes (muchos se notan falsos ahora), la agilidad con que cambian de personaje. Las persecuciones son escasas y muy inferiores. Lo de Corea parece un paseo si recordamos los jaleos de Capheus que acabaron en una colosal persecución por las carreteras de Nairobi. Con Wolfgang, el otro que copaba elaboradas secuencias de acción, ocurre igual: se limita a algún tiroteo trivial. Sólo destacaría la pelea en el restaurante donde Lila trata de atentar contra su vida, porque tiene más gracia al jugar con cómo se reparten las hostias entre los distintos sensates.

Al menos la idea de incluir algún gran evento relacionado con las temáticas tratadas se mantiene: la fiesta del Orgullo Gay de São Paulo se aprovecha bien en unas pocas escenas espectaculares. Pero en líneas generales, Sense8 es una serie que rompió esquemas con su arrebatador nivel visual en una época con gran competencia, mientras que este año no ha dejado huella alguna. Se nota incluso en el apartado musical: en la primera temporada las canciones formaban parte intrínseca de los sentimientos y vivencias de los personajes, y las pocas veces en que había un “momento videoclip” te dejaban anonadado con la fuerza de las imágenes. Pero ahora me encuentro con lo de siempre: se usan como apaño narrativo de adorno o para sintetizar escenas de forma facilona. Hay demasiadas canciones, varias por capítulo, con sus cámaras lentas y su posicionamiento de personajes, pero sólo dos o tres del total establecen cierta conexión, y únicamente por la letra.

Lito y Nomi, acompañados por los adorables Amanita, Hernando y Daniela, eran los principales catalizadores de la parte más reivindicativa, porque Sense8 nunca ha disimulado nacer como homenaje y a la vez cruzada de la diversidad sexual y también de paso de la diversidad cultural en general. Pero Nomi está en modo Gorski, sólo sirve como comodín para resolver cosas por el ordenador, y de su vida y la de Amanita vemos poco material con gancho. Antes la pareja estaba todo el día peleando por hacerse un hueco en un mundo intolerante, empezando por los padres de Nomi, y para poner las cosas más difíciles le caía la persecución de Whispers encima, con lo que estábamos sudando en cada capítulo con si saldrían adelante y si podrían ser felices. Ahora se supone que están en una situación semejante, pero no se transmite en ningún momento el esfuerzo y las penas. El acoso del agente del FBI es anecdótico, lo de esconderse de Whispers y a la vez buscarlo se olvida por completo en largos tramos de la temporada, hasta el punto de que parecen estar viviendo una vida normal y pasándoselo bien como si nada las afectara. Y la boda de la hermana va directa a cumplir con los dos tópicos, el de la intolerancia y el de sale todo bien en un giro bonito. El camino de Lito es aún más predecible, paso a paso sabemos lo que ocurrirá, no es como en la primera temporada, donde le daban la vuelta a cada cliché con ingenio y sentido del humor de forma que incluso aunque pareciera la sección más intrascendente solía resultar la más divertida. En cuanto se empieza a ver que la industria de Méjico no lo quiere estaba cantado que acabaría en Hollywood. Al menos su viaje interno es muy completo, el más trabajado de los ocho de hecho: en todo momentos sabemos lo que está sufriendo, y conocemos al personaje lo suficiente para seguirlo con cierto interés aunque la historia en sí sea de lo más trillada.

Con ellos llegamos al último elemento en el que ha perdido mucho fuelle. Donde antes lograban una hermosa oda a la tolerancia, a las distintas formas de ver y entender el mundo, que nunca parecía forzada incluso en los momentos más excesivos, fueran los visuales (escenas de sexo gay sin tabúes) o argumentales (exprimiendo a lo grande algunos tópicos), ni farragosa a pesar de meterse en muchos ambientes y ángulos (nos sumergíamos en la espiritualidad hinduista de Kala y también en los conflictos religiosos y sociales de la India), ahora veo una serie más bien del montón, que trata estos temas como si tuviera que cumplir con ellos, quedándose en la superficie, ahogada en unos pocos clichés de los que no es capaz de sacar algo más natural, más conmovedor, quedando lejos de la originalidad y profundidad que mostró en la primera temporada, con tantas capas de historias y personajes ofreciendo innumerables perspectivas de los sentimientos, relaciones, sexualidad, cultura, religión… y luego abordando con tanta delicadeza cómo en todo hay algo que nos une.

Volviendo a los nuevos sensates, estaba claro que aparecerían nuevos clústeres, pero sólo vemos a dos personajes, bastante atractivos por sí solos inicialmente, pero son promesas que no llevan a nada. El vejete simpático explica un poco cómo funciona el mundo sensate, pero son todo obviedades: la unión que deben mantener en la sombra y muchas veces incluso aislados para que los malos no los alcancen. La sensual alemana, Lila (Valeria Bilello), sirve para… para… incluir algo de erotismo y sexo, nada más. En realidad vemos a muchos, a demasiados sensates nuevos, hasta parecerme excesivo: ahora resulta que medio planeta son sensates, o que da la casualidad de que tienen una relación de uno o dos grados con nuestros protagonistas. El traficante de poca monta que le vende drogas a Riley, la novia del mafioso con el que trata Wolfgang (Lila), ¡el novio de la hermana de Nomi! (¿será gratuito o tenían algo planeado?)… Incluso el simpático anciano es presentado de mala manera: ¿qué pinta este pueblerino escocés en una rave electrónica? Pero para rematar, ¿qué hace el camello de Riley paseando en moto por Seúl y cayendo justo donde Sun lo necesita en el momento clave? El momento me produjo muchísima vergüenza ajena.

Los episodios iniciales (empezando por las dos eternas horas del primero) se me hicieron bastante pesados, deseaba que acabaran de una vez para ver si en el siguiente empezaban a contar algo de una vez. En el tramo central mejora un poco y casi recupero la esperanza, pero para el final va disipándose, hasta acabar sin haber dado ningún avance relevante y estimulante. Así pues, la decepción que me ha dejado Sense8 después de apuntar tan alto es bastante grande. Se sostiene por el sólido lazo emocional establecido con los maravillosos personajes, y es justo decir que desarrollar tantas líneas narrativas distintas, cada una en un lugar y con sus personajes secundarios propios, sin caer en el caos o parecer que no hay vinculación argumental entre ellas, parece realmente difícil de escribir y de rodar, y han salido bastante airosos. Pero antes deslumbraron a lo grande y ahora han dado varios pasos atrás, no logran transmitir la misma emoción contagiosa.

Y nos quedaremos sin saber si remontaría, porque Netflix la ha cancelado. Aunque haya cierto culto alrededor la serie, no es lo que se dice un éxito para lo cara que resulta y el grandísimo esfuerzo que cuesta rodarla, y la compañía ha decidido no continuar. Esto rompe un poco la impresión de que Netflix sólo iba a cancelar producciones realmente fallidas, y a plantear la cuestión de si, teniendo tanto dinero y anunciándose como la cadena que no cancela, no sería lo más lógico y respetable darle un cierre digno, con unos pocos capítulos, o incluso uno solo de hora y media o dos horas. Es la esperanza a la que nos agarramos sus seguidores. Yo incluso agradecería también que resumieran esta temporada en dos o tres episodios a lo sumo…

Actualización 30/06/17: Netflix ha dado el visto bueno a un capítulo doble que sirva como final.

PD: El primer episodio lo adelantaron a fechas navideñas, cuando el estreno de la temporada ha sido en mayo, supongo que para crear expectación, porque entre una etapa y otra han pasado dos años, fruto del complicado rodaje que supone un proyecto tan ambicioso.
PD2: Como nombre del grupo de ocho sensates juraría que en la traducción española usan “clan”, que suena a grupo cultural o de amigos más que a una unión más bien biológica, donde para mí encaja mejor “clúster”. Aunque es cierto que la RAE no la acepta todavía, supongo que todo el mundo conoce su significado.
PD3: No sé por qué ese empeño en sacar a Doona Bae en ropa interior en todos los capítulos, a veces con excusas bastante cutres.
*Todo parece apuntar a que echaron a Aml Ameen por homófobo, ¿es que no sabía dónde se metía?

Ver también:
Temporada 1.