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KINGDOM – TEMPORADA 1


Kingdeom
Netflix | 2019
Aventuras, suspense | 6 ep. de 43-56 min.
Productores ejecutivos: Seong-hun Kim, Kim Eun-hee.
Intérpretes: Ji-hun Ju, Doona Bae, Ryu Seung-ryong, Greg Chun, Hye-Jun Kim, Kim Sang-ho, Kim Sung-kyun, Heo Jun-ho.
Valoración:

Kingdom es la primera producción de Netflix en Corea del Sur. Está escrita por Kim Eun-hee y dirigida por Seong-hun Kim, dos autores que, sin tener una larga carrera, han cosechado cierto éxito en su país. Estaba pensado que fueran ocho episodios, pero el rodaje se alargó y se sobrepasó el presupuesto, de forma que se quedaron en seis. Presenta una historia de supervivencia zombi sumergida en una intriga palaciega en la corte medieval. Esta es una de las grandes ventajas de Netflix: conocer una cultura que suele llegar poco a España, pues no es sólo una serie coreana, sino una con tintes históricos.

Con zombis esperas algo adulto no sólo en términos de violencia y sangre, sino en la temática, a menos que sea una comedia loca tipo Shawn of the Dead (Simon Pegg, Edgar Wright, 2004). Pero aunque hay suficientes muertos sangrientos, en argumento y estilo resulta demasiado superficial y blanda. Tenemos un débil equilibrio entre el entretenimiento sin pretensiones y el típico producto comercial que roza la vergüenza ajena por combinar sin ton ni son géneros e ideas buscando la aceptación de todos los espectadores posibles. Es thriller politícito, aventuras, terror gore, comedia (muy tonta además), y de una escena a otra pasa de seria y adulta a loca y juvenil. Se ve que en Corea también siguen ese absurdo mantra de que una obra comercial debe abarcar todo rango de público posible, ser simple y llena de estereotipos.

La descripción de los personajes se ahoga en viejos tópicos, la trama se apoya en unas bases muy pobres y se desgrana con torpeza y recursos burdos. Son seis episodios, y la mayor parte se hacen algo largos. Pero también hay que decir que al menos los personajes principales enganchan y quieres saber qué les ocurrirá a continuación, y aquí y allá hay tramos donde amaga con desplegar su potencial y resulta entretenida, por momentos incluso emocionante, sobre todo en el espectacular tercer capítulo. Pero en esas partes es cuando más se nota que debe demasiado al portento de puesta en escena que tiene.

Está claro que dinero han echado en grandes cantidades, porque el acabado es impresionante. El vestuario es excelente, los decorados imponentes y los grandes paisajes (casi todo está rodado en exteriores) cautivan. Con una fotografía estupenda y un buen director queda una impronta visual magnífica, de forma que hasta las escenas más parcas en contenido entran bien por los ojos, pero cuando llegamos a las partes más moviditas y a la acción parece una película de gran nivel. Lo que no está a la altura es la música, muy floja.

La pareja protagonista, el príncipe empanado que empieza a despertar y el buenazo pero competente de su guardaespaldas, tiene simpatía de sobras para llevar el relato. El despertar gradual del heredero al que los corruptos quieren destronar es muy predecible, pero no cae demasiado bajo, y con las situaciones y diálogos tan variadas que se trae con su compañero y el que los actores son la mar de competentes y tienen buena química entre ellos, sus aventuras resultan agradables de seguir. La enfermera que encuentran por el camino y el tipo misterio que es muy hábil sobreviviendo en cualquier situación también tienen cierto atractivo, pero me temo que en el tramo final a él lo dejan de lado y a ella le ponen escenas secundarias sin garra. Bueno, las bromas que le gasta al noble idiota que la sigue son graciosas, pero es que termina apareciendo sólo para soltar un par de chistes por episodio.

No sé cuál será el estatus de los actores principales en Corea del Sur, si son famosos o no. Sólo conozco a Doona Bae, la más internacional, vista en Sense8 (2015) y El atlas de las nubes (2012). En cuanto al doblaje, ya no los aguanto aunque el idioma original me suene raro de primeras, y no me la jugué y la vi en versión original con subtítulos en español. Al poco conoces a cada personaje lo suficiente para ver cuándo está siendo irónico, cuándo expresa miedo… Me puse en castellano una escena llena de sutilezas de ese tipo para ver qué tal está el doblaje, y todo el diálogo era plano, con la misma entonación, perdiéndose completamente el significado real de la situación. Y todavía hay gente diciendo que “te pierdes más leyendo los subtítulos”.

Si el resto del repertorio de protagonistas e historias mantuviera este nivel digno habría salido una serie bastante mejor. Pero cuando nos salimos de las aventuras del príncipe tiene tan poco que ofrecer que hubiera preferido que el escritor se centrara en la parte de supervivencia y olvidara todo lo demás. Nobles traicioneros, villanos de manual, una conspiración harto previsible y moralejas básicas de tiranía y justicia se desarrollan con el mínimo esfuerzo. Y a veces hacen cosas raras: inluyen algún flashback repentino y torpes pausas para dar explicaciones de lo que está ocurriendo, como si pensaran que hacía falta aclarar alguna parte a pesar de lo simple y obvio que es todo. Pero la cosa empeora en los personajes más secundarios. El maestro sabio y los gobernante locales estúpidos resultan roles demasiado rígidos que escupen frases épicas chorras y humor inmaduro y están encarnados por actores histriónicos, resultando difíciles de aguantar desde sus primeras apariciones.

Los zombis son peculiares, porque atacan sólo de noche, cual vampiros. Pero me temo que no es una idea que enriquezca el género, sino una excusa para parar de vez en cuando el curso de la acción, para estirar las historias: atacan y duermen a conveniencia del guionista. La intriga inicial con qué está pasando y cómo reaccionarán los protagonistas mantiene la expectación. Los primeros choques y combates también. Parece que vamos a tener una odisea caótica y agobiante como se espera del género… Pero tras el buen subidón en su ecuador se vuelve a venir abajo en el final, donde todo empieza a hacerse repetitivo. Otra vez se refugian tras murallas en espera de ataques y teniendo insípidas maquinaciones políticas, pero nada cambia, salvo que prometían ofrecerte una gran batalla como desenlace… y se tiran todo el episodio así, uno entero de seis, amagando, anunciando grandes cosas, para terminar sin que nada haya ocurrido. Vamos, el típico gancho para que veas la siguiente temporada.

Aparte de que me he sentido estafado con esa sucia maniobra en el final, no veo que haya material para alargarlo más años, así que va al cajón de descartadas.

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EL TERROR – MINISERIE

The Terror
AMC | 2018
Drama, aventuras, suspense, histórico | 10 ep. de 42-56 min.
Productores ejecutivos: David Kajganich, Soo Hugh, varios.
Intérpretes: Jared Harris, Tobias Menzies, Ciarán Hinds, Ian Hart, Paul Ready, Adam Nagaitis, Nive Nielsen, David Walmsley, Ronan Raftery, Greta Scacchi, Alistair Petrie, Liam Garrigan.
Valoración:

LA HISTORIA

En el siglo XIX todavía había rincones del mundo por explorar, fronteras que reclamar, rutas y tesoros que descubrir para tu nación y, sobre todo, atraía el honor y la gloria de ser el primero en lograr tamañas aventuras. El Paso del Noroeste fue una deuda pendiente de Reino Unido durante décadas. Esperaban abrir una ruta comercial hacia Asia que les diera ventaja estratégica y económica, y exploradores como John Franklin querían rematar sus carreras con ese hito. Pero las frías tierras entre Groenlandia, el polo Norte y Canadá se les resistían a los intentos en barco y a pie. El mismo Franklin salió por los pelos de su intento más serio en 1819, donde acabaron comiendo el cuero de sus botas y el musgo de las rocas, y con habladurías de que hubo canibalismo entre algunos de sus hombres. Otros como James Ross y Francis Crozier también lo tantearon en varias ocasiones.

En 1945, la Marina Real puso en marcha la expedición considerada definitiva. Dos navíos veteranos en estos viajes, el HSM Erebus y el HMS Terror, fueron equipados como nunca antes para superar el hostil clima, con la proa reforzada, un motor de locomotora a carbón para mover la hélice con fuerza suficiente para romper hielo ligero, y víveres para tres años por si el año previsto se alargaba si tenían que pasar algún invierno atrapados en inhóspitos lugares. La tripulación era de 134 hombres, aunque con las primeras bajas médicas encararon el ártico 129. John Franklin estaba al mando y capitaneaba el Erebus, y otro experto de los polos, Francis Crozier, era su segundo al mando del Terror. Partieron en mayo, y en su ruta fueron avistados por última vez en agosto por un par de navíos balleneros entre las costas de Groenlandia y la isla de Baffin. No se los volvió a ver, y costó 170 años y numerosas expediciones desvelar el destino de ambos barcos y sus tripulantes.

Alerta de spoilers: Si no quieres conocer cómo se desarrolló la historia real antes de ver la serie, salta al apartado de la novela.–

EL ACIAGO DESTINO

Los primeros viajes de rescate se dieron a partir de 1848 tanto por tierra (por ríos de los Territorios del Noroeste que podrían haber tomado como refugio y camino hacia el sur) como por mar, por la rutas que se suponía iban a seguir, pero debido a las condiciones meteorológicas se quedaron lejos. Tras varios intentos, incluidos los capitaneados por James Ross, fue en 1854 cuando por fin se acercaron más y encontraron pistas e inuits (esquimales) que testificaron lo ocurrido, pero ya era tarde, tras años de agonía habían muerto todos los tripulantes. En las siguientes dos décadas hubo otros pocos viajes para buscar diarios y notas, pero no se volvió a tomar en serio hasta la era moderna, a finales de 1980, y desde entonces ha habido investigaciones cada pocos años según esta apasionante historia despertaba el interés en alguna organización o persona. Los relatos de los inuits de la época y los restos que han ido hallándose desde entonces componen una odisea espeluznante.

Al encarar el ártico, los dos navíos no pudieron adentrarse suficiente y pasaron el invierno de 1945-1946 en la isla de Beechy, consumiendo víveres y teniendo las tres primeras bajas por tuberculosis. Lo poco que avanzaron ese verano los dejó atrapados en una sólida placa de hielo cerca de la Isla del Rey Guillermo (por aquel entonces se pensaba que era una península) durante un año y medio. Viendo que un segundo verano se avecinaba sin señales de deshielo, decidieron abandonar los barcos y huir a pie hacia Canadá en abril de 1948. Entrando por el río Back hasta el primer asentamiento del hombre blanco conocido había más de mil kilómetros arrastrando botes (por si se abría el hielo), víveres y enfermos, pero la otra opción era esperar la muerte. También llevaban un montón de objetos personales inútiles, se ve que todavía tenían grandes esperanzas de sobrevivir.

Sin embargo, la decisión de huir llegó tarde, porque estaban muy debilitados por enfermedades y la pobre dieta, la caza escaseó en esos fríos años, y además no sabían atrapar animales habituales como las focas. Los que no tenían la suerte de haber muerto en ese periodo (24 tripulantes, incluyendo al capitán Franklin en junio de 1947) fueron sucumbiendo en una lenta agonía a las inclemencias del tiempo, las enfermedades comunes (escorbuto, tuberculosis, neumonía) y otras desconocidas que los tenían al borde de la muerte constantemente (pudo haber envenenamiento por plomo de las latas de conservas y los tanques de agua), y sobre todo actuó la desnutrición, hasta el punto de que recurrieron al canibalismo. Un grupo amplio, de 35-40 miembros, pudo sobrevivir quizá hasta 1950 en la boca del río Back, y otros pocos deambularon por zonas cercanas, pero los cientos de kilómetros que había hasta la civilización les minaría las últimas fuerzas, y ahí agonizaron, algunos comiéndose a otros, hasta que no quedó nadie. Hay tenues indicios que podrían apuntar a que Crozier, quizá con un acompañante, sobrevivió y llegó más al sur que nadie.

Los dos navíos fueron empujados por el hielo hasta que naufragaron. El Erebus fue hallado en 2014 y el Terror en 2016.

Para apoyar y complementar la lectura de la novela y el visionado de la serie basta un buen mapa, como este, que indica los hallazgos de las distintas expediciones, y para ampliar información creo que es suficiente con ir a la Wikipedia (mejor en inglés, como siempre más completa).

LA NOVELA

La lectura de El Terror (2007) de Dan Simmons (al que ya conocía por la obra maestra de Los cantos de Hyperion -1989-) me apasionó como pocas novelas lo han hecho. Hizo una reconstrucción histórica minuciosa para retratar con verosimilitud una época, un ambiente extremo, y una aventura cuyo misterio tenía por entonces todavía muchas incógnitas. Son ochocientas páginas de puro sufrimiento, así que no es apto para todos los lectores. El frío te cala los huesos y pasarás hambre, las miserias que sufre cada protagonista se hace muy tangibles. Ahora bien, le falta algo para la obra maestra que podía haber conseguido. Le sobran al menos cien o doscientas páginas de saltos hacia Inglaterra (menciones a las esposas de los capitanes y a las siguientes expediciones), que rompen el ritmo sin necesidad, y sobre todo, le sobra un monstruo que mete de por medio y lastra sobre todo el tramo final. Con tanta vivencia real como había para contar, no hacía falta un giro hacia el terror fantástico.

LA MINISERIE

Cuando se anunció una adaptación de tan fascinante odisea me entusiasmó la idea. Es un relato muy cinematográfico, y bien hecho puede ser espectacular. El temor a que no tuvieran medios suficientes, no fueran fieles o intentaran algo demasiado comercial se desvaneció en su estreno. Han conseguido una miniserie muy fiel a la novela y a los hechos, muy bien escrita y rodada con talento. El esfuerzo se ha saldado con un notable éxito, hasta el punto de que han anunciado nuevas temporadas en plan antología, esto es, nuevos personajes e historias. La segunda será en un campo de prisioneros japonés, con otro ente maligno acosando a los ya de por sí desesperados presos.

Se gestó entre la cadena AMC y la productora de Ridley Scott, con David Kajganich y Soo Hugh al mando, aunque hay otros pocos guionistas y productores. El primero sólo tenía un par de dramas menores en su currículo, y el segundo ha participado en Invisibles (2015) y La cúpula (2013), entre otras series. En los directores, el más conocido es Sergio Mimica-Gezzan, de Battlestar Galactica (2003), Los pilares de la Tierra (2010) y otras.

Lo primero que saltó a la vista fue la elección de un reparto de estrellas y veteranos de la televisión británica. Ciarán Hinds (Roma -2005-) encarna a Franklin, Jared Harris (Mad Men -2007-, The Expanse -2015-) a Crozier, Tobias Menzies (Roma también) es James Fitzjames, tercero en rango, Paul Ready (Utopia -2013-) es el cirujano Henry Goodsir, Ian Hart (El último reino -2015-) es el experto en hielo Thomas Blanky. Y encontramos un sinfín de secundarios muy competentes, destacando a Adam Nagaitis (Happy Valley -2014-) como Cornelius Hickey y Alistair Petrie (El infiltrado -2016-) como el doctor Stanley.

Tenemos el acabado visual que necesitaba esta propuesta. Con una sólida direccción y una estupenda fotografía que exprime el magnífico diseño artístico, el ártico resulta gélido y hostil, tan bello como terrorífico, y la vida en los barcos es tremendamente realista. La recreación de los navíos es brutal, a escala real y cuidando hasta el más mínimo detalle, algo que extendieron al vestuario, basado en los restos hallados, es decir, los personajes llevan ropas y objetos como los que llevaron los tripulantes. El rodaje tuvo lugar en decorados en Hungría, con los barcos y escenarios que emulan el hielo sobre pantallas verdes para recrear el ártico, y en la isla Pag de Croacia para las partes en la Isla del Rey Guillermo, cuyo parecido es impresionante. Lo único que se queda corto es la criatura hecha por ordenador y una banda sonora correcta pero no impactante.

La narración lleva muy buen ritmo, los autores no se amilanan ante la dificultad de tener tantos personajes y pasar muchos capítulos atascados en el hielo y otros tantos en una isla yerma. Hay tantas historias cruzadas que te llama para revisionarla de vez en cuando y sacarle más partido, aunque por el otro lado, también he encontrado espectadores que se agobian con tanto nombre y personaje secundario y no conectan con ella.

Entramos en la historia con los roces entre un capitán (Franklin) pagado de sí mismo y uno que carece de autoestima (Crozier). Sus personalidades quedan muy bien definidas en el primer capítulo, pero sus motivaciones y demonios internos se matizan con flashbacks a Inglaterra. Estos destacan porque retratan muy bien la época: la escalera social, con la fama y los matrimonios como eje, dirige sus vidas. Los oficiales también tienen su propia forma de ser y su momento de valía o bajeza: Fitzjames, Little, Irving… Los marineros sufren vivencias de todo tipo, manteniendo ese realismo histórico: la ignorancia y los miedos de la época, los problemas laborales, los motines… En esto último destaca el insidioso y ladino Hickey, un individuo al que cogerás un asco tremendo, pues es uno de los personajes más repelentes de los últimos años. Por el otro lado, los que se llevarán sin duda el agrado de cualquier espectador son Crozier, con su gradual despertar y dedicación contra viento y marea, contra motines y traiciones, y Goodsir, el científico moderno y de inquebrantable moral.

Estamos ante un relato clásico del hombre enfrentado a la naturaleza y a la muerte, empujado así a sacar lo peor y lo mejor de sí mismo, como poca veces hemos visto en el cine o televisión recientemente. No en vano los referentes más mencionados son Master and Commander (Peter Weir, 2003) y La cosa de John Carpenter (1982). La crudeza del clima, la lucha constante por salir adelante en tierras yermas y los problemas logísticos de todo tipo se mezclan con los conflictos personales, sean dilemas internos, riñas laborales, o la locura y violencia que emergen en las situaciones supervivencia extrema. Siempre está pasando algo, siempre hay un reto para los numerosos protagonistas. La combinación de aventura, suspense, y drama es impecable. La serie te absorbe y zarandea, te deja helado y sobrecogido.

Cambios respecto al libro hay pocos. La relación de la inuit era con Crozier, no con Goodsir, pero es un acierto, porque el primero tiene líos de sobras con el mando y así el segundo gana protagonismo en partes donde de otra forma tendrían que haberse inventado otra cosa. Me alegro de que incluyan tramas muy secundarias que podrían haber sacrificado, como la relación del marinero anciano y culto, Bridgens, con el joven Peglar, que lo admira y ama, o un capítulo bastante complicado, el loco carnaval, que está muy bien ejecutado. También hay que señalar que los saltos a Inglaterra están mucho mejor aprovechados, pues en el libro resultaban más bien tediosos e irrelevantes.

Sólo se le pueden poner un par pegas que arrastra de la novela: el monstruo no parece necesario y el final es un tanto anticlimático. Había desventuras de sobra con la historia real, añadir un elemento externo tan artificial resulta un tanto forzado. Aunque es innegable que la criatura tiene muchos buenos momentos (el aguardo, Blanky, la irrupción en el campamento entre la niebla), no se libra de la sensación de que por lo general entra y sale en el relato según los guionistas quieran matar gente. El clímax final no me convence del todo, tanto por el monstruo como porque Hickey pasa de superviviente cruel a iluminado; me hubiera gustado que se centraran más en el conflicto humano. Y el epílogo con los esquimales se hace un poco largo y falto de garra.

THE ORVILLE – TEMPORADA 1

Fox | 2017
Comedia, drama, ciencia-ficción, aventuras | 12 ep. de 45 min.
Productores ejecutivos: Seth MacFarlane, Brannon Braga, varios.
Intérpretes: Seth MacFarlane, Adrianne Palicki, Penny Johnson Jerald, Scott Grimes, J. Lee, Peter Macon, Mark Jackson, Halston Sage, Chad L. Coleman, Norm MacDonald.
Valoración:

No me terminaba de gustar Seth MacFarlane, un guionista que saltó a la fama con Padre de familia (1999) y desde entonces todo lo que ha hecho en cine (la insoportable Mil maneras de morder el polvo -2014-) o televisión (todo derivados de la citada serie) sigue el mismo estilo de humor que combina lo bruto y zafio con referencias culturales metidas con calzador en guiones donde no suele encontrarse ingenio y tramas mínimamente elaboradas. En Padre made in USA (2005) y en Ted (2012) se nota la colaboración con otros escritores, que da más cohesión a personajes e historias, pero en solitario su fama no está a la par que su talento. Y como actor de voces en animación es la mar de competente, pero en imagen real muestra una falta de registro y carisma muy importante.

Por ello recibí con celos The Orville a pesar de que la ciencia-ficción es mi género favorito, el resto del reparto prometía y en lo visual también. Las críticas fueron feroces inicialmente, sobre todo las profesionales, pero al terminar la primera temporada ya iba siendo mejor considerada y tenía un buen grupo de fans, en especial trekkies que ven en ella un buen homenaje a Star Trek (Gene Roddenberry, 1966). Y en la segunda temporada el recibimiento está siendo bastante bueno, así que me he lanzado a verla.

Los dos primeros capítulos son un tanto desalentadores. Se caracterizan por ofrecer una parodia básica de Star Trek con dosis desganadas del humor MacFarlane, o sea, burradas y referencias frikis soltadas sin ton ni son, peor no en plan saturación como en Padre de familia, sino con cuentagotas. Pero la cosa mejora a ojos vista en los siguientes, y al final del año la maduración es bien patente, ofreciendo una buena mezcla de drama, aventuras y comedia y unos personajes muy simpáticos.

Se nota el cariño que tiene MacFarlane al género y más concretamente al universo Star Trek, el empeño en tratar de hacer un buen homenaje y una buena serie. Para ello ha buscado la colaboración con gente muy implicada en la saga, con quienes ha ido encontrando un tono más maduro para tras la simpleza inicial. Jonathan Frakes, que aparte de interpretar al comandante Riker de La nueva generación (1987) fue director de varios capítulos y películas, aquí también dirige uno. Y más importante aún, Brannon Braga, un guionista que creció en la sala de guionistas de aquella y luego saltó Voyager (1995) y Enterprise (2001), ejerce como uno de sus principales productores, escritores y directores. En lo visual también se nota su pasión: aparte de la influencia en el diseño artístico, MacFarlane defendió el uso de maquetas para las naves en los planos cercanos.

Los protagonistas crecen a ojos vista, pasando de estereotipos ramplones a figuras con vida propia, de hecho, hacia el final algunos resultan entrañables. Tenemos al capitán un tanto inmaduro, Ed Mercer, y la exnovia que no sabe muy bien lo que quiere de él, la comandante Kelly Grayson. MacFarlane encarna al primero, y no sorprende, pues le falta registro y carisma, pero como interpreta a un tontorrón bien intencionado por lo general convence lo justo. Adrianne Palicki (Friday Night Lights -2006-, Agentes de SHIELD -2013-) está bastante bien como una comandante joven pero competente. Muestra bien los momentos de duda y las peleas con Mercer, y tiene algunos momentos dramáticos muy buenos en el último episodio, muy centrado en ella y la relación.

En el resto de la tripulación encontramos de todo. El piloto idiota y loco pero muy hábil Gordon Malloy, que interpreta alguien que sí desborda personalidad, Scott Grimes (Urgencias -1994-, Hermanos de sangre -2001-). El navegante John LaMarr, con un desconocido J. Lee haciendo de negrata de barrio y tonto como puede pero aun así probablemente te saque de tus casillas en los primeros capítulos y no se recupere hasta que hacia el final le dan un arco más serio. A Mark Jackson no se le ve la cara tras Isaac, un avanzado robot (aunque de diseño retro, en otro homenaje al género), pero su voz es hipnótica, y el personajillo, el equivalente a Spock, un tipo serio y críptico que intenta entender mejor a la humanidad, resulta cada vez más interesante. La doctora Claire Finn, en manos de la veterana Penny Johnson Jerald (24 -2001-, El show de Larry Sanders -1992-, algunas apariciones en Espacio Profundo Nueve -1993-), es más secundaria, aunque el capítulo centrado en ella y sus hijos varados en un planeta con Isaac es de lo mejor de la temporada. Bortus es el tercero en rango, un alienígena serio y hosco pero competente, en la onda del klingon Worf; Peter Macon consigue expresarse a través de mucho maquillaje. La que más recorrido tiene este año es Alara Kitan, una chica muy joven metida a jefa de seguridad porque es de una de las razas más fuertes de la galaxia; Halston Sage saca todo el partido de los muchos conflictos personales y laborales que tiene. Y mención aparte merece Yaphit (voz de Norm MacDonald), un ser de consistencia gelatinosa (hecho por ordenador bastante bien) que parecía un chiste recurrente pero termina siendo un secundario de los que esperas su aparición en cada capítulo.

Aparte, en apariciones esporádicas tenemos algunos rostros muy conocidos en cine o televisión, como Victor Garber, Ron Canada, Kelly Hu, Jeffrey Tambor, Charlize Theron, Liam Neeson y un irreconocible Rob Lowe como el alienígena azul que siembra la cizaña en la relación de la pareja protagonista. También cabe destacar que el primer episodio lo dirige Jon Favreau (Iron Man -2008-). O hay mucho trekkie queriendo participar o MacFarlane tiene muchos amigos.

En las historias tenemos por lo general los roces abordo, tanto en el trabajo como fuera de él, y la misión de turno. Estas aventuras están en la mejor tradición de Star Trek, combinando la fascinación por descubrir nuevas cosas en el universo con diversos choques culturales, donde encontramos algunas lecturas morales muy efectivas. Hay conflictos éticos y políticos con otras especies, destacando su particular versión de los Romulanos, los Krill. Hay dilemas con la norma de no interferir en culturas atrasadas (en la onda de la famosa Primera Directiva), pues se encuentran con distopías, religiones, y demás que la ponen a prueba. También tenemos aventuras de supervivencia más clásicas pero que desarrollan temas jugosos con bastante gracia. Por otro lado, hay un episodio que se acerca más a Black Mirror (Charlie Brooker, 2011): aquel sobre un planeta donde la ley funciona por lo que vote la gente en la red; quizá podían haber sacado algo más de él, pero no está mal.

Conforme entramos en la temporada cada vez hay menos chistes infantiles y diálogos breves, la fórmula MacFarlane de soltar la gracia en medio de cualquier situación en vez de trabajar esta para que provoque risa en su conjunto va disminuyendo. Se sigue echando de menos algo más de ingenio, y el equilibrio entre drama, aventuras y comedia no termina de ser perfecto, pero tras el flojo inicio los protagonistas dejan de ser recipientes para verbalizar los chistes y hay escenarios más elaboradas, gracias de largo recorrido (destacando algún pique entre personajes), eficaces bromas recurrentes (el alien que quiere poner un hilo musical en el ascensor) y, sobre todo, se va cogiendo el punto al humor de la vergüenza ajena y la sátira (aunque esta no sea deslumbrante) de los temas socio-culturales tratados.

Todo se remata con un acabado visual bastante espectacular: vestuario, maquillaje, decorados y efectos especiales son de muy bien nivel. Eso sí, en el maquillaje me refiero a la creación de alienígenas, porque el de los humanos está un tanto sobrecargado y hay planos donde parecen payasos. MacFarlane también ha aprovechado la oportunidad para dar rienda suelta a otra de sus aficiones: la música de cine. En la banda sonora ha tirado la casa por la ventana con una gran orquesta y fichando nada más y nada menos que un titán como Bruce Broutghton (Silverado -1985-, El secreto de la pirámideYoung Sherlock Holmes, 1985-), a un veterano como John Debney (La isla de las cabezas cortadas -1995-, La pasión de Cristo -2004-) y a Joel McNeely, no muy destacable como compositor pero un reconocido director de orquesta. Los tres han seguido el tono de homenaje a Star Trek, sonando muy a James Horner, Jerry Goldsmith y a Dennis McCarthy, pero también se oyen referencias a La guerra de la galaxias, Alien

Por todo ello, no hay trekkie que no considere que es mucho mejor entrega de Star Trek que la fallida presentación de Discovery (Alex Kurtzman, Bryan Fuller, 2017), tanto en respeto a la saga, como en guion, como en acabado, y eso que aquella habrá costando cuatro veces más.

The Orville no aspira a ser una gran serie, sino un entretenimiento muy agradable, y a pesar de algunos baches y carencias por ahora va muy bien encaminada. Y Seth MacFarlane está empezando a caerme muy bien.

DOCTOR WHO (2005) – TEMPORADA 11


BBC One | 2018
Ciencia-ficción, aventuras, drama | 11 ep. de 50-60 min.
Productores ejecutivos: Chris Chibnall.
Intérpretes: Jodie Whittaker, Bradley Walsh, Tosin Cole, Mandip Gill, Sharon D. Clarke.
Valoración:

Doctor Who es una serie que sin resultar extraordinaria, de hecho es muy irregular, tiene una personalidad que engancha. La sigo desde su versión iniciada en el año 2005, pero es una de esas que no termino de comentar con continuidad por falta de tiempo. Pero en esta ocasión he hecho el esfuerzo, porque ha llegado el cambio más importante de esta ya larga etapa. El showrunner Steven Moffat deja la serie tras haber tomado el relevo a Russell T. Davies en 2015 sin que se notara un gran cambio de estilo y calidad, seguramente porque hasta entonces era un colaborador habitual. Ahora el encargado es Chris Chibnall, que también escribió algunos guiones anteriormente, pero no tenía una participación activa en el desarrollo global. Se lo conoce por Broadchurch (2013), un melodrama ramplón pero de gran éxito, y por la fallida Camelot (2011).

Con la renovación del guionista jefe se esperaba una renovación de historias, que llevaban dos años con un desgaste en aumento. La fase del Doctor encarnado por Peter Capaldi no empezó mal en su entrada en la octava temporada, pero fue decayendo poco a poco. Su acompañante Clara (Jenna Coleman) era muy simpática, pero a la hora de la verdad sacaron poco partido de ella, y aunque es cierto que lo mismo ocurrió con Amy Pond (Karen Gillan), en este caso se ha ido notando más conforme crecía la pérdida de inspiración y calidad, que en la novena ya se hizo muy evidente. Del relevo Bill Potts (Pearl Mackie) en la décima sesión ya casi nadie se acuerda, de lo aburrido que fue el personaje y la falta de savia de las aventuras. El gran carisma de Capaldi no bastaba para mantener el nivel, así que el anuncio del cambio de rumbo se recibió bien…

Hasta que la BBC y los productores cometieron lo que algunos llamaron una osadía imperdonable: en su nueva reencarnación el inmortal Doctor tendría un cuerpo femenino. Las hordas machistas llenaron internet con rabietas, aspavientos y soflamas ridículas, pues el estreno quedaba lejos y no había manera de prever el resultado. No se quejaron cuando el Amo (The Master) cambió a mujer varios años atrás, de hecho, Michelle Gomez fue una gran mejora respecto al sobreactuado John Simm y el personaje se trabajó mejor, pero ahora el asunto está candente y los ofendiditos saltan a la mínima.

Pero me temo que a la hora de la verdad, en un requiebro inesperado de acontecimientos, algunas quejas se han cumplido. Hablo de la sensación de que los productores se han vendido a la moda feminista por cumplir, no porque la serie lo necesitara o porque saliera de forma orgánica de su propia evolución. Y es que esta undécima temporada ha resultado ser un escaparate no sólo del feminismo, sino también de la conciencia racial, y en ambos casos resulta demasiado evidente y machacón.

Doctor Who siempre ha sido una obra con algo de carga ética. Con una perspectiva sensible y sutil han tocado muchos temas entre aventuras de todo tipo, y en algunos casos el Doctor ha enfrentado dilemas de gran calado. Pero precisamente esa sutileza y armonía falta en los guiones de Chris Chibnall. Aparte del cambio a mujer del rol central, los acompañantes, ahora más numerosos que nunca, parecen obedecer al cupo racial y sexual más políticamente correcto de lo últimos años en cine o televisión. Y en vez de que la moraleja o los conflictos éticos surjan de situaciones concretas con naturalidad se insiste demasiado, rozando el panfleto en algunos capítulos en los que ya desde la premisa se proclama sin disimulo una trama dirigida hacia esas temáticas.

Tenemos al chico negro, la chica india, el matrimonio interracial y la mujer líder, y sus vivencias hablan del racismo y el machismo insistentemente. Por si no tenías bastante con los apuntes aquí y allá nos plantan Rosa (1103), con la sobada crónica de Rosa Parks y Martin Luther King narrada con desgana, y Demonios del Punjab (1106), donde con la Partición de la India como base construyen un relato simplón y manipulador. Por si las referencias múltiples en cada episodio no bastaban para reincidir en los derechos y libertades de la mujer, toma capítulo de brujas (Los hechiceros, 1108) dando vueltas todo el rato sobre lo mismo; al menos este último, dejando de lado las pesadas reivindicaciones, está bien escrito y es de los mejores del año (atención a la aparición de Alan Cumming).

Polémicas aparte, el trabajo de Chibnall no trae la esperada renovación de ideas y la recuperación cualitativa. Se mantiene la falta de ingenio, ritmo, y conexión con los protagonistas que se ha ido gestando en las últimas temporadas, a lo que se suma un desmejorado acabado visual.

La ampliación en el número de acompañantes no convence. Hasta ahora las inclusiones de las familias del acompañante de turno no han terminado de funcionar, sobre todo las parejas románticas, salvo la madre de Rose y el abuelo de Donna, que eran muy agradables. Lo cierto es que en la presentación (La mujer que cayó a la Tierra, 1101) el grupo actual apuntaba maneras. Todos son introducidos de forma que su vida normal no aburre, el choque con la Doctora es atractivo, y el drama que estaban viviendo encaja bien en el relato inicial. Pero en adelante quedan estancados, en cada nueva aventura cumplen con el cliché del que partía su descripción inicial y poco más, y a la hora de contar algo con ellos lo único que encontramos es un dramón paterno filial manido, previsible y sensiblero hasta resultar cargante, y para colmo rematado con aún más sensacionalismo barato en el lastimero especial navideño (Solución, 1111).

Una característica esencial del acompañante del Doctor era que funcionaba como nexo con la humanidad, la ética, la realidad… porque sin una brújula moral y terrenal que lo sostenga es proclive a perder el norte. Además, también sirven como conexión con el espectador, haciendo del punto de vista que nos lleva a lugares y situaciones extraños. Aquí ese puesto lo ocupa Graham (Bradley Walsh), el abuelo responsable, preguntando, cuestionando, discutiendo las opciones y poniendo límites morales cuando cree que son necesarios. Por ello, es el acompañante con mejor recorrido y más unido a las historias y a la propia Doctora, y en general, el único que merece destacar y recordar del grupo. Yasmin Khan, o Yaz (Mandip Gill), la india y agente de policía novata (esto último no aporta nada), queda tan relegada en todos los capítulos (incluso en el de la India y Pakistán es poco menos que una excusa para la trama) que te preguntarás qué hace ahí, aparte de justificar la cuota racial. Ryan Sinclair (Tosin Cole), el joven negro, tiene más presencia, pero entre lo tonto que lo ponen, que es el actor menos competente, y el forzado drama familiar (madre fallecida, padre ausente, y encima tiene una enfermedad absurda que aparece y desaparece -la dispraxia, una alteración psicomotriz-), termina siendo irritante bien pronto.

Termina ocurriendo como en la etapa de Capaldi: el carisma del rol central mantiene la serie a flote. Si bien en cada reencarnación entre guionistas y actores han aportado al personaje distintos matices, siempre se han mantenido dentro de un margen reconocible. Y la Doctora es el mismo personaje de siempre, no el desastre anunciado por los quejicas (el ridículo berrinche llega al punto de que en muchos subtítulos hechos por aficionados todo diálogo con ella lo ponen en masculino). Vemos su esencia en todo momento: el ánimo resolutivo inquebrantable, la rígida ética, la pasión por vivir y conocer lugares, gentes y culturas… En este caso, recuerda a la fase de Matt Smith, más jovial y alocada, sobre todo porque Jodie Whittaker rebosa una simpatía y energía contagiosas. Por ello es una pena que no se muestre por ahora ninguna evolución dramática concreta y que falte imaginación en las aventuras. Por lo general la Doctora pasa casi sin despeinarse por historias poco llamativas donde hay más tecnojerga (demasiado, de hecho) que conflictos dramáticos serios y retos tangibles con los que poder emocionarse. Y el villano principal del año es insípido, no supone una némesis tangible, pero esta carencia viene de lejos en la serie; al menos no han construido a su alrededor una expectación artificial como han hecho muchas veces.

Chibnall exigió diez episodios en vez de doce (más el especial navideño en ambos casos) porque decía que con tantos se agota la creatividad y no da tiempo a rodar tan bien, pero precisamente esta temporada ha sabido a poco, le falta lo que hacía destacable a la serie en sus mejores tramos (los encarnados por David Tennant y Matt Smith), más vitalidad y personalidad y, sobre todo, dos, tres o cuatro episodios notables y uno o dos extraordinarios. Este año, como en el anterior, sólo tenemos los correctos y entretenidos pero que no se quedan en tu memoria durante mucho tiempo, los flojos que olvidas al día siguiente, y los malos que cuesta ver enteros.

El más llamativo ha sido Kerblam! (1107), que muestra que se puede hablar de un conflicto social sin parecer el discurso de un político: el tratamiento de la explotación laboral acrecentada por las nuevas tecnologías (robótica, internet) es muy interesante y bastante completo. Los más trepidantes y divertidos me han parecido el loco El enigma de Tsuranga (1105) y Arácnidos en Reino Unido (1104), pero incomprensiblemente se han llevado las peores críticas. El que más se acerca a la esencia de la serie sería Te lleva lejos (1109), mezclando drama y surrealismo hábilmente con el conflicto con el alienígena peligroso de la semana, pero no cala mucho. Y La mujer que cayó a la Tierra es correcto pero muy predecible.

Entrando en los mediocres, el supuesto final de temporada, La batalla de Ranskoor Av Kolos (1110), no ofrece nada llamativo, es tan insípido que en seguida se olvida. Es Solución (1111) el que cierra los pocos frentes abiertos, pero es muy flojo, cuando del especial navideño se espera algo más ambicioso, algo que no cumple ni con daleks de por medio; por cierto, lo han pasado a Año Nuevo porque ya no quedan cuentos de Navidad que tratar. Y lo peor llegó en el segundo capítulo, El monumento fantasma (1102), que no sé cómo no provocó una estampida de espectadores: es de los más cutres e insoportables de toda la serie.

Pero si bien Chibnall se ha quedado corto y la crispación ha aumentado la sensación de desgaste, para mí es el acabado visual el factor más importante a la hora de perder otro poco de calidad y parecer menos Doctor Who que antes. En este período se anunciaba también una actualización visual. Con cámaras modernas y un cambio en estilo de la fotografía nos vendían un aspecto cinematográfico, pero a la hora de la verdad no se ha visto por ninguna parte, sino que más bien tenemos un retroceso muy llamativo. La fotografía es pésima. El ratio 2.1, más amplio que el 16:9, debería lucir por ejemplo como en Marco Polo (John Fusco, 2014), que era floja pero impresionante en lo visual. Sin embargo, con tanto plano cerrado a rostros y la pésima labor de dirección y montaje que arrastran todos los capítulos parece una serie más antigua y cutre que el inicio de esa etapa en 2005, y era de muy bajo nivel por la falta de presupuesto. Para rematar, la música orquestal tan dinámica de Murray Gold se echa rápido de menos, porque Segun Akinola compone un galimatías electrónico del que los realizadores abusan demasiado para adornar escenas aunque no venga a cuento.

En audiencias, la polémica como siempre es rentable, pues su estreno ha sido uno de los capítulos más vistos de toda la serie y de media ha superado ligeramente a los últimos tres años. Y en general las críticas especializadas no han sido malas, a pesar de que el público fiel la pone bastante a caldo, así que es de suponer que mantendrán el estilo aquí aplicado. Si por mi fuera me quedaba con La Doctora (Whittaker) y el abuelo Graham (Walsh) y despachaba a todo el resto del equipo, empezando por Chibnall.

THE LAST KINGDOM – TEMPORADA 2

BBC Two, Netflix | 2017
Aventuras, histórico | 8 ep. de 56-59 min.
Productores ejecutivos: Stephen Butchard, Gareth Neame, David O’Donoghue.
Intérpretes: Alexander Dreymon, David Dawson, Ian Hart, Harry McEntire, Simon Kunz, Thure Lindhardt, Millie Brady, Eliza Butterworth, Cavan Clerkin, Arnas Fedaravicius, Christian Hillborg, Mark Rowley, Toby Regbo, Tobias Santelmann, Adrian Bouchet, Björn Begntsson, Perl Baumeister, Eva Birthsitle, Gerard Kearns, Erik Madsen, Magnus Samuelsson, Alexander Willaume, Ole Christoffer Ertvaag.
Valoración:

Tras su colaboración en la victoria del rey Alfred de Wessex contra los daneses, Uthred esperaba tener mejores posibilidades de recuperar su tierra natal, Bebbanburg, y hallar a su hermana, esclavizada por los vikingos Kjartan y su hijo Sven. Pero el destino le tiene preparado nuevos retos.

Los planes del soberano de aunar los distintos reinos en una utópica Inglaterra implican echar a los invasores nórdicos que campan en algunos de ellos y hacer alianzas con los estados libres. En lo bélico no puede dejar ir a un recurso tan valioso como Uthred, así que le exige mantenerse a su servicio. Pero las intrigas constantes de Alfred limitan su libertad, y para el rey, el impetuoso pagano roza la traición muchas veces, con lo que la relación nunca va del todo bien.

Tienen a los belicosos hermanos Erik y Sigefrid como inminentes rivales en la liberación de las tierras conquistadas, la nueva alianza con el torpe rey Guthred (Thure Lindhardt) y su pequeño estado de Cumberland que colinda con esos territorios, y la proyectada mediante el matrimonio de la princesa heredera, Aethelflaed (Millie Brady), con otro vecino noble, Aethelred (Toby Regbo).

Así pues, se amplían los frentes respecto a la primera temporada. Los planes de cada facción se entrecruzan, chocando o avanzando a la vez hasta que un nuevo obstáculo aparece, pero tampoco olvidemos a la omnipresente religión, que mete baza según sus intereses, y los conflictos personales, donde cada jugador del tablero piensa por sí mismo. Y en todo el meollo Uthred aguanta como puede, poniendo siempre su independencia y experiencia por delante aunque sea a costa de quedar mal con todos.

Pero también vivirá otras aventuras muy variadas, porque la temporada abarca de todo, pero todo con muy buen ritmo y coherencia. Nada se precipita, cada evento cala, incluso los saltos temporales y las historias que parecen secundarias, como el invierno que Uthred pasa esclavizado en Islandia o el romance del vikingo con la noble secuestrada, se trabajan con esmero, con secundarios potentes, y dejan secuelas. Y no todo son palos para el joven, porque mantiene amigos (el padre Beocca, la monja Hild), hace otros nuevos (los soldados Halig, Finan, el danés Sithric…), y encuentra un nuevo amor en la hija de Guthred, Gisela (Peri Baumeister). Y no me olvido de su hermano adoptivo, Ragnar, y su amiga en común, Brida, que tendrán también sus momentos.

Se sigue cuidando muy bien el entorno histórico, tanto en la fidelidad a eventos y personajes como en la forma de actuar de las gentes. La influencia de religión, la forma de entender el mundo y expectativas de cada individuo según su clase y entorno, y el desarrollo de las invasiones son de nuevo mucho más fieles que en la exitosa Vikingos (Michael Hirst, 2013), donde la fidelidad se diluye o deforma en un espectáculo vacuo con personajes estrafalarios.

Con mayor número de escenarios tenemos también más decorados. Aquí se nota menos dinero que en Vikingos, pero dista de parecer una serie cutre. Sin embargo, es cierto también que le sigue faltando una puesta en escena de alta calidad que aproveche el potencial del género: todo son parajes naturales o decorados y el vestuario es estupendo, pero la forma de rodar es muy sencillita. Eso sí, hay un momento inesperadamente inspirado: el ataque al campamento donde secuestran a la princesa, narrado cámara en mano, es sobrecogedor. También cabe señalar que la música de John Lunn va ganando presencia, con mención especial para la voz de Eivør Pálsdóttir.

En cuanto a actores, destaco otra vez a David Dawson como Alfred, el estupendo idiota que consigue Thure Lindhardt en Guthred, el carisma de los vikingos Erik y Sigefrid, en manos de Christian Hillborg y Björn Bengtsson, y la veteranía de algunos secundarios como Ian Hart (Beocca) y Simon Kunz (Odda).

PD: Netflix se metió como coproductora junto a la BBC en esta segunda temporada, pero para la tercera ha adquirido la serie entera y sus derechos de emisión.

Ver también:
Temporada 1 (2015)

DESENCANTO – TEMPORADA 1


Disenchantment
Netflix | 2018
Comedia, aventuras | 10 ep. de 28-36 min.
Productores ejecutivos: Matt Groening, Josh Weinstein
Intérpretes: Abbi Jacobson, Eric André, Nat Faxon, John Dimaggio, Billy West, Maurice Lamarche.
Valoración:

Cuando se anunció Desencanto (paso de los paréntesis absurdos inventados por la distribuidora española), el retorno de Matt Groening con una serie nueva tras la (ya larguísima) decadencia de Los Simpson (1989) y el final de Futurama (1999), se generaron muchas expectativas sin motivos claros, principalmente porque la elaboración de ambas se llevó a cabo por muchos escritores. En la presente igual: actúa más de creador e ideólogo que de guionista.

Los aburridos primeros capítulos (¿era necesario pasar de la media hora de duración?) han segado rápidamente ese entusiasmo, presentando una serie poco inspirada y de narrativa aletargada. Por suerte mejora poco a poco, hasta desembocar en un buen final, y los protagonistas se hacen querer, pero es difícil perdonar un comienzo tan pobre más otro par de episodios flojitos en una temporada tan corta.

La premisa es sencilla: una chica rebelde, un padre conservador, unos secundarios graciosetes, y un entorno de fantasía medieval donde jugar con elfos, cíclopes y demás. Bean es la hija mayor del rey, una joven irresponsable, respondona y alcohólica que rechaza cualquier intento de los miembros de la corte para hacer algo con su vida. También es cierto que algunas circunstancias, como el matrimonio obligado, no ayudan a apaciguarla. Y es que el pobre rey Zog tiene muchas cosas con las que lidiar, pero todos parecen tomarlo por memo o por tirano: su querida esposa falleció, la actual es de una raza anfibia y fría y distante, el hijo con ella idiota perdido, los reinos vecinos traen mil problemas, etc. Bean se hace amiga de Elfo, un elfo desterrado, cursi e inocente que se topa con un mundo lleno de egoísmo y crueldad, y de Luci, un demonio enviado por una facción rival para desestabilizar el reino, pero que pasa un poco de todo y se va de juerga con ella.

No sé por qué, como más o menos todo el mundo, esperaba algo más elaborado. Viendo los avances parecía que versaría sobre aventuras fantásticas, pero al principio el escenario parece irrelevante, todo es un dramón adolescente que bien podía haberse ambientado en cualquier otra época, y la poca fantasía que encontramos es una decepcionante parodia tonta tipo Shrek (Andrew Adamson, Vicky Jenson, 2001). En Futurama era al revés: ciencia-ficción con vetas bien equilibradas de historias sobre amistad, maduración y romance. Pero una vez pasado el flojo inicio empieza a equilibrarse y madurar poco a poco, dejando entrever sus virtudes: en contra de lo bajo que apuntaba, veremos que no se queda en los estereotipos de ambos géneros, fantasía y adolescencia.

Entre las aventuras más delirantes de la familia real de Utopía (Dreamland), como la parodia de Hansel y Gretel, el exorcismo, la fiesta desmadrada en el castillo, etc., hay un trasfondo más serio que combina hábilmente la brutalidad inherente a la animación actual (Bean es borracha y malhablada) con una sorprendente delicadeza con que tratan los temas dramáticos. Con Bean se habla de la responsabilidad, de no ser capaz de encontrar algo que llene tu vida; el padre no es un cutre villano, sino un pobre desgraciado que no sabe cómo tratarla; tanto el demonio como sobre todo el elfo van mostrando aristas poco a poco… Y prácticamente todos los episodios tratan de alguna forma temas paterno filiales, de responsabilidad, de amistad…

Hay más dejes de Futurama que de Los Simpson, pero también poco a poco va formando su propia idiosincrasia. Los personajes secundarios ganan presencia (atención a los consejeros del rey), los reinos vecinos adquieren complejidad (hay rencillas familiares y políticas, conflictos culturales), algunas historias en apariencia secundarias cobran protagonismo (la sangre de elfo como elixir de la vida), y el sentido humor es más ingenioso y loco cada vez. Todavía le falta inteligencia y mordacidad, pero ya va teniendo más imaginación y gracia.

Y así llegamos a un tramo final rozando el notable, con momentos emotivos, giros inesperados muy logrados, humor cada vez mejor combinado con unos personajes que van creciendo a ojos vista y un universo cada vez más rico. Así que, después del gran desencanto inicial, he terminado esperando con interés la próxima temporada.

LOST IN SPACE – TEMPORADA 1


Netflix | 2018
Drama, aventuras, ciencia-ficción | 10 ep. de 47-65 min.
Productores ejecutivos: Matt Sazama, Burk Sharpless, Neil Marshall, Marc Helwig, Jon Jashni, Zack Estrin.
Intérpretes: Molly Parker, Toby Stephens, Maxwell Jenkins, Taylor Russell, Mina Sundwall, Parker Posey, Ignacio Serricchio, Raza Jaffrey.
Valoración:

La serie original, creada por Irwin Allen en 1965, fue un producto familiar sencillo (hoy en día nos parecerá ingenuo, quizá incluso cutre) con bastante éxito popular, hasta el punto de que ha propiciado numerosas referencias en distintas películas y series (Los Simpson como siempre a la cabeza). El argumento parte del clásico drama familiar (conflictos paternos, educación de los hijos), pero el giro de tener aventuras en el espacio le daba un aire nuevo en aquellos tiempos; por ejemplo, el robot causó sensación.

En 1998 fue llevaba al cine como superproducción cinematográfica escrita por Akiva Goldsman (El cliente -1994-, Batman Forever -1995-, Batman y Robin -1997-) y dirigida por Stephen Hopkins (Depredador 2 -1990-, Los demonios de la noche -1996-), aunque de calidad anduvo tan escasa que el boca a boca la hundió rápido; ni con la estupenda música de Bruce Broughton y la presencia del insigne Gary Oldman se podía salvar. Hubo un intento de resucitarla como serie en 2004 bajo el título de The Robinsons: Lost in Space. A pesar de estar producida por grandes empresas (Warner Bros. y la cadena Fox) no salió nada bueno y se quedó en el episodio piloto. Puedes echarle un vistazo en Youtube si te atreves. En argumento y tono parece sacada de los años setenta, con lo que renovación poca, y pesar de estar dirigido por John Woo, con varias películas de acción a cuestas (Cara a cara -1997-, Acantilado rojo -2008-), el paupérrimo aspecto visual también empeora las malas sensaciones.

La nueva versión llega de la mano de varias productoras pequeñas y Netflix con dos guionistas que, viendo su corto y débil currículo, tiran un poco para atrás: Matt Sazama y Burk Sharpless tienen en su haber paridas como Drácula: La leyenda jamás contada (2014), El último cazador de brujas (2015), Dioses de Egipto (201) y Power Rangers (2017). Quizá si me hubiera fijado antes en sus nombres ni me habría acercado, pero llegué por el reparto y por el género, no puedo resistirme al espacio y las naves.

Por suerte, esta aproximación es bastante ambiciosa, tanto en lo visual, con un presupuesto sin duda descomunal muy bien aprovechado, como para mi sorpresa también en la escritura. Mantienen el tono para toda la familia, pero no es una cursilada llena de argumentos bobos, tópicos y moralina barata, sino que toman al espectador por inteligente, los autores son capaces de ofrecer aventuras emocionantes para los jóvenes y un envoltorio más complejo y serio para los adultos. Por comparar con otras del género recientes, me estoy acordando de los infumables dramones llenos de personajes estereotipados de Terra Nova (Kelly Marcel, Craig Silverstein, 2011) y Falling Skies (Robert Rodat, 2011), y no hay color.

Las aventuras son variadas y por lo general bastante completas. Se combina supervivencia en la naturaleza y contra el propio ser humano con ciencia-ficción bastante realista, habiendo poca tecnojerga y ciencimagia y más empeño en mostrar el esfuerzo físico pero también intelectual de los personajes de forma verosímil aunque los escenarios sean fantasiosos. Cabe señalar que se ven pronto las intenciones de describir la ciencia, el progreso y la pasión por descubrir cosas como algo que puede traer algún peligro pero siempre recompensas mayores. Un drama familiar tan progresista viniendo de EE.UU. hoy en día es algo atípico y muy valioso.

Los hechos calan en los personajes, no es una vuelta al statu quo tras cada resolución. Hay situaciones traumáticas en casi todos los episodios, con algunas disyuntivas de nivel, como cuando se presenta la elección de salvar a una persona arriesgando a muchas o dejarla morir ante sus narices. Los protagonistas son inesperadamente grises y falibles, incluso la villana crece muy bien tras una presentación que no apuntaba maneras. La perspectiva que esta tiene del mundo se trabaja bien para que su empeño en sobrevivir a costa de todos (por cobardía, incapacidad para ver el cuadro completo, etc.) no la convierta en un cliché con patas sino en un ser miserable muy atractivo. Esto permite otros dilemas interesantes: cómo tratar la justicia y el perdón en el nuevo mundo.

Es cierto que la familia responde inicialmente también a unos cuantos estereotipos. El matrimonio a punto de romperse por las ausencias del hombre por su trabajo, la madre perfecta, el niñito empollón, las adolescentes, una la bohemia y otra la chica de carrera… Pero tienen dimensión suficiente para resultar simpáticos, aunque, al menos todavía, no entrañables, y ocurren tantas cosas que no da tiempo a que se atasquen en sus descripciones iniciales, siempre hay movimiento en las historias y problemas en lo personal y lo ético que los exprimen adecuadamente. Pronto llega el robot, que aporta el toque de misterio. El diseño es espectacular y produce asombro e inquietud a la vez. Y no tardan en aparecer también nuevos grupos de supervivientes, todos bastante interesantes y aportando más historias y conflictos.

Uno de los alicientes que me llevaron a verla a pesar de las reticencias iniciales con que fuera una obra muy infantil es el reparto. Con dos grandes actores como Toby Stephens (Black Sails, 2014) y Molly Parker (Deadwood, 2004) me tenían medio ganado. Pero los chavales también están muy bien elegidos, sobre todo el más difícil, el jovencísimo Maxwell Jenkins, que logra una interpretación muy natural. Y Parker Posey (Superman Returns, 2006) como la malvada doctora Smith también está estupenda en un papel muy complicado: es capaz de mentir hablando pero mostrar su cobardía y sus planes con la mirada.

Lo único que se le puede achacar es que algunas historias personales se ven venir muy de lejos y que a veces pecan de buscar el escenario más grande y exagerado, saliéndose de la tónica realista para forzar algunos finales de episodio de infarto. Las disputas matrimoniales siguen todos los pasos esperables sin un atisbo de buscar novedades, de hecho, ocurre lo contrario, deciden que llega el momento de tener tal situación y la fuerzan, por ejemplo montando a los dos padres en el coche y haciendo que se queden varados por ahí para que tengan que trabajar juntos y acercarse otro poco. En cuanto a efectismo innecesario, hay varios momentos aquí y allá que hacen torcer el gesto un poco, pero la palma se la lleva la salida final al espacio, un despiporre de exageraciones y salvaciones en el último momento, para acabar en un giro tipo Perdidos (J. J. Abrams, Jeffrey Lieber, Damon Lindelof, 2004). Entiendo que había que tener un clímax apasionante, pero es tan artificial que resulta contraproducente, hay momentos en que da más bien vergüenza ajena.

En lo visual no hay ni una pega, tiene el nivel de superproducción de cine, tipo Prometheus (Ridley Scott, 2012) o El marciano (ídem, 2015). El vestuario es impresionante, pero los decorados, vehículos y efectos especiales son realmente asombrosos, y el rodaje en espectaculares exteriores garantiza un aspecto visual arrebatador. Es incluso decepcionante si se mira en el sentido de que hay un montón de grandes obras ciencia-ficción que se quedaron cortas (o incluso canceladas) por falta de dinero, y esta serie menor y algo tontorrona consigue tal despliegue. Directores de talento como Neil Marshall (The Descent -2005-, Centurión -2010-), Vincenzo Natali (Hannibal -2013-) y David Nutter (desde Expediente X -1993- a Juego de tronos -2011-) exprimen las posibilidades al máximo. Ya con las fastuosas panorámicas de hielo y montañas de los primeros capítulos me engancharon, pero partes como la del valle de tierra (donde hay otra nave estrellada a punto de caer por un acantilado) son alucinantes.

Si logran quitarse de encima las pocas limitaciones argumentales y consiguen mantener un interés constante sin inclinarse demasiado por artificios huecos, la serie puede crecer muy bien. Netflix no suelta datos sobre sus audiencias, pero parece que ha tenido buen recibimiento, así que tendremos segunda temporada para comprobar si madura adecuadamente.

PD: Netflix España está optando por no traducir ni un título. Me da rabia, teniendo muchos una traducción tan fácil y resultona.