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ALTERED CARBON – TEMPORADA 1


Netflix | 2018
Ciencia-ficción, ciberpunk | 10 ep. de 45-65 min.
Productores ejecutivos: Laeta Kalogridis, varios.
Intérpretes: Joel Kinnaman, Martha Higareda, James Purefoy, Chris Conner, Dichen Lachman, Ato Essandoh, Kristin Lehman, Renée Elise Godlsberry, Hiro Kanagawa, Waleed Zuaiter, Hayley Law, Will Yun Lee.
Valoración:

Alerta de spoilers: Sólo presento el argumento y los personajes.–

Casi cuatrocientos años en el futuro los humanos han alcanzado dos de sus sueños, la inmortalidad y las estrellas. Pero, como suele ser habitual, no todos, sólo los ricos. Estos pueden permitirse clones (o “fundas”) que lleven sus “pilas”, las copias de sus personalidades, a cualquier parte, y además sin muchos temores a morir, porque sólo destruyendo todas sus copias alcanzarán la muerte verdadera.

Esta producción de Netflix se basa en la novela Carbono alterado de Richard Morgan publicada en 2003 (2005 en España), si bien el canal ha pasado de traducir el título, aunque no importa mucho porque nadie sabe qué quiere decir. No ha sido especialmente exitosa hasta la llegada de la serie, pero según dicen resulta un título bastante interesante en el género del ciberpunk, esto es, ciencia-ficción donde abundan los avances biotecnológicos y las realidades virtuales y una visión del futuro pesimista y oscura. Supongo que, como pasó con The Expanse (primera novela en 2011, la serie en 2015), muchos acabaremos leyéndola. La lista de productores ejecutivos es larga, pero como creadora se acredita a Laeta Kalogridis, guionista de pocas series y películas, entre las que llaman la atención la notable Shutter Island (2010) dirigida por Martin Scorsese y por el otro lado del espectro la flojísima Terminator: Génesis (Alan Taylor, 2015).

Sin llegar a ser sobresalientes, los primeros capítulos de esta ambiciosa adaptación resultan bastante llamativos. Un presupuesto sin duda abultado permite que sus autores recreen un futuro asombroso, y el origen literario se nota en la introducción a un universo complejo muy atractivo. Es evidente la influencia de las obras cumbres y de los autores primordiales del género. Vienen rápidamente a la memoria William Gibson (Neuromancer -1984-, Quemando cromo -1986-), Masamune Shirow (Ghost in the Shell, 1989) y sobre todo las obras cinematográficas más recordadas e influyentes, Blade Runner (Ridley Scott, 1982), la adaptación de Ghost in the Shell (Mamoru Oshii, 1995), y Días extraños (Kathryn Bigelow, 1995), y recuerda también en algunos momentos al referente actual en televisión, Black Mirror (2011).

Tenemos todos los puntos en común típicos: las grandes corporaciones y los ricos poseen un enorme poder mientras el resto de la humanidad se arrastra en la miseria; las ciudades están sobrepobladas, son lóbregas y sucias, con grandes rascacielos por arriba y mucho tenderete improvisado a ras de suelo; vemos asombrosos avances en biotecnología, inteligencias artificiales y realidades virtuales en su vertiente más plausible e inquietante; y la semilla del cine negro está muy presente también, con un cuerpo de policía desbordado y corrupto y una detective protagonista que trata de desentrañar una trama farragosa mientras lidia con relaciones profesionales y amorosas caóticas.

Pero las bases tan evidentes del género quedan muy bien apuntaladas en pocos minutos y su personalidad y mitología propia se abren ante nuestros ojos con propuestas muy interesantes y grandes promesas. La idea de las pilas es muy jugosa y versátil, tanto en la trama como en los pensamientos subyacentes. Sirve como punto de partida de las historias principales (el renacimiento del protagonista, la investigación, el poder de los millonarios), da pie a giros de guion ingeniosos (gente en cuerpos de otros, clones varios), y sirven para dibujar ese futuro inmediato un tanto perturbador y que da pie a diversas reflexiones (la diferencia de clases, con los ricos inmortales).

Uno de estos millonarios quiere investigar un intento de asesinato contra él y no confía en la policía, así que se busca la personalidad de un convicto, un mercenario rebelde que trajo de cabeza al gobierno hace dos siglos. Si quiere su libertad y conservar la funda que le ha conseguido, Takeshi Kovacs tendrá que resolver el caso en un mundo que ha avanzado mucho en su ausencia, mientras lucha por adaptarse, superar su pasado y encontrar nuevas razones por vivir. Pero no tiene mucho tiempo para pararse a pensar, porque el tipo que lo ha traído de vuelva exige resultados, y además él mismo atrae los problemas allá por donde va. En su funda actual tenemos el eslabón más débil del reparto y primer punto gris de la serie: Joel Kinnaman estuvo muy bien en The Killing (2011) como detective amargado, pero aquí a pesar de tener un rol semejante anda perdidísimo. Se ve que los directores no supieron guiarlo a través de los numerosos líos emocionales que arrastra, pero es que tampoco tiene el carisma suficiente para funcionar como antihéroe de acción (algunas frases ingeniosas y socarronas salen de su boca pareciendo un tanto estúpidas). Sin ir más lejos, el cuerpo original del personaje está tan bien encarnado en los flashbacks por Will Yun Lee que en cada aparición te hace pensar en que él debería haber tenido el papel principal.

La suspicaz detective Kristin Ortega no le quita ojo al recién despertado, pues algo se huele o algo trama. Trabaja sin quejarse a pesar de estar en una comisaría y una ciudad infernal. Martha Higareda transmite muy bien su fuerza y, conforme nos adentramos en su psique, también sus penas. Poe es el dueño de un hotel con estética de las novelas del escritor del que toma el nombre, pero también es una inteligencia artificial venida a menos, así que cuando Kovacs se aloja allí y trae complicaciones puede salir de su aburrimiento. Lo encarna Chris Conner con un carisma arrollador, adueñándose en cada escena en la que aparece. Tanto Conner como Higareda son un gran descubrimiento, pues aunque tienen bastante experiencia no habían logrado papeles muy destacables, así espero que esta serie les consiga más fama.

Pronto Kovacs se busca un aliado, un tipo también en apuros llamado Vernon Elliot; Ato Essandoh ha pasado por infinidad de series, destacando Copper (2012), Elementary (2012), Vynil (2016), y Chicago Med (2016). Y en los flashbacks conocemos a sus antiguos allegados: su hermana Reileen (Dichen Lachman, desde Dollhouse -2009- vista en muchas series), y la líder de la rebelión, Quellcrist Falconer (Renée Elise Goldsberry, secundaria habitual en The Good Wife -2009-).

Laurens Bancroft es el multimillonario que quiere saber quién ha conseguido llegar a su torre inaccesible y superar casi todos los controles de seguridad para atentar contra su vida, pues al morir su cuerpo y tener que restablecer una copia hay horas que no recuerda. Lo interpreta el siempre excelente James Purefoy (Roma -2005-, The Following -2013-), que de nuevo deja claro que relegar a semejante titán a papeles secundarios es un desperdicio: pide a gritos una serie propia con un personaje tipo Tony Soprano con el que demostrar su valía. En su familia, aparte de unos pocos hijos ladinos y mimados y la abogada trepa, destaca su esposa, a la que da vida Kristin Lehman, también de The Killing, con una sensualidad y transparencias de infarto.

Los capítulos vienen siendo largos y pausados, a pesar de algunas dosis de acción, pero son bastante entretenidos y adictivos, pues combinan el drama, el policíaco, el ciberpunk y la distopía consiguiendo un relato bastante atractivo y coherente a pesar de la complejidad del mismo, y se mantiene siempre sensación de avance, de que vamos adentrándonos más en los personajes y el potente mundo presentado. El caso es intrigante, con el sabor a noir clásico del protagonista perdido en una situación que apenas entiende mientras le llueven palos por todas partes y no sabe qué hacer con su vida. Mientras, vamos adentrándonos en la deslumbrante visión del futuro, expuesta con un mimo y detallismo magnífico; por ejemplo, cabe mencionar la interesante aproximación a la religión, con el rechazo a la extensión no natural de la vida. Pero también saltamos al pasado, con la historia del huérfano Kovacs encontrando en una rebelión destinada al fracaso una familia y una vida.

Todo ello con se muestra con un envoltorio visual fastuoso. Entramos a lo grande en la serie con el renacimiento de Kovacs en la bolsa de plástico del nuevo cuerpo, y en seguida pasamos a descubrir la ciudad a través de unos impresionantes planos digitales de coches voladores y edificios que no tienen nada que envidiar a una buena superproducción cinematográfica. Los escenarios están muy cuidados también, y aunque al final te acabas cansando de ver la misma calle del hotel una y otra vez, desde luego los realizadores saben sacarles partido: la fotografía e iluminación, los decorados y el vestuario son impresionantes, la selección musical es muy atinada y, lo más importante, por lo general las labores de dirección son notables, no en vano hay talentos como Miguel Sapochnik (Juego de tronos, 2011) y Alex Graves (El Ala Oeste, 1999) tras las cámaras. Además, el tono para adultos se exprime al máximo: hay desnudos para todos los gustos (en mi caso, espectaculares Higareda y Lehman), peleas brutales y sangre por doquier. Una de las peleas finales contra una serie de clones en pelotas es alucinante, un ataque del gobierno a la rebelión, que acaba con una neblina de cenizas, está rodado con maestría aunque sea puro vacile, y el estilo de lucha de moda entre los ricos es épico también.

Sin embargo, me temo que tan seductora y prometedora como se va desarrollando en su primera mitad, a la larga los pequeños deslices y mejoras evidentes que se podían ir pasando por alto, por eso de que está empezando y todavía hay margen para madurar, van creciendo y acumulándose, y la serie empieza a torcerse y deshacerse a marchas forzadas, demasiado rápido si tenemos en cuenta que la temporada es muy corta. A partir de cierto momento comienza a hacerse un poco empalagosa, en plan me sobran flashbacks que no terminan de ir hacia ninguna parte, pero también porque una vez roto el hechizo se ven las intenciones de asombrar con lo visual (la pelea de rigor por capítulo aunque no venga a cuento) y con enredos (el interrogatorio virtual) más que con terminar de perfilar un guion con enorme potencial. Pero lo más grave es un bajón en el tramo final que resulta realmente decepcionante. Básicamente, hacen un Blade Runner. Aquella dejó de lado la sugerente línea de los replicantes y sus cuestiones filosóficas para desembocar en un policíaco del montón, con un desenlace de aburridos tiroteos y tortas. Aquí ocurre algo parecido…

Alerta de spoilers: Quizá alguno lo considere spoiler, pero tengo que comentar qué no ofrece el final a pesar de que se esperaba a lo largo del año, aunque lo hago sin desvelar las claves de lo que sí ofrece, ni giros concretos ni destinos de personajes. Pero si no quieres saber nada salta al siguiente párrafo.–

Si bien el caso se cierra bastante bien (aunque a medio camino tiene momentos que parecen enmarañados innecesariamente), es algo que creo que todos esperábamos, porque parecía servir como introducción a las historias de largo recorrido, destacando una posible guerra entre ricos y pobres, otra rebelión a la que Kovacs se uniera o incluso iniciara… Y precisamente estas esperanzas quedan en el aire sin terminar de apuntar a nada concreto, mientras que como arco final se sacan se sacan de la manga un culebrón burdo, que empieza por la sorpresa del origen de la funda actual de Kovacs pero pega un salto delirante con la pésima introducción de un nuevo villano. Sus motivaciones son de un ridículo que espanta, por artificial, inverosímil y poco meditado en una serie que hasta entonces trabajaba bastante bien la psicología de sus personajes y venía mostrando un desglose de tramas y giros no brillantes pero sí bien aprovechados. El desenlace acaba patinando del todo en un drama personal pasadísmo de rosca y en una pelea final un tanto insípida.

El cambio de tono no se entiende, y todos los lectores de la novela lo achacan a que sin venir a cuento a media temporada se apartan cada vez más de ella. El esfuerzo en darle garra con el apartado visual apenas vale para mantener el tramo final como un entretenimiento sin pretensiones, cuando en su inicio se veía venir una serie de notable o más en un género donde hay pocos títulos serios y ambiciosos que rescatar. Pero también es cierto que menos es nada, y aunque al final pueda dejar malas sensaciones, el viaje merece bastante la pena y creo que cualquier fan de la ciencia-ficción puede darle una oportunidad. Veremos si de haber segunda temporada hilan mejor el arco del año mientras expanden el universo. Yo aún tengo ganas de conocer más, de ver nuevos mundos.

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STAR TREK: DISCOVERY – TEMPORADA 1


CBS All Access | 2017
Ciencia-ficción, acción | 15 ep. de 38-50 min.
Productores ejecutivos: Bryan Fuller, Alex Kurtzman, Akiva Goldsman, varios.
Intérpretes: Sonequa Martin-Green, Doug Jones, Shazad Latif, Anthony Rapp, Mary Wiseman, Jason Isaacs, Michelle Yeoh, Jayne Brook, Mary Chieffo, James Frain.
Valoración:

Alerta de spoilers: Presento la historia y los personajes. Sin datos reveladores hasta el último apartado. —

HACÍA FALTA RENOVACIÓN… PERO BIEN HECHA

La saga Star Trek necesita desde hace bastante tiempo algo de renovación, pues Voyager (1995-2001) había estirado demasiado la temática de exploración científica y Enterprise (2001-2005) no convenció casi nada a los fans en su intento de tirar más por la acción directa. El agotamiento de ideas, que ya se extendía también a las películas, pues Némesis (2002) fue bastante floja, las dejaba por debajo del ingenio de la original Star Trek (1966-1969) y de la calidad de las más aclamadas, La nueva generación (1987-1994) y Espacio profundo 9 (1993-1999). Esta última sí buscó innovar mediante historias de mayor recorrido, y logró causar muy buenas impresiones entre los seguidores. Por ello es una pena que las nuevas películas creadas por J. J. Abrams (2009, 2013 y 2016 -esta última dirigida por Justin Lin-) fueran producciones de acción de usar y tirar. La verdad, ni me sentó bien que esta mediocre reinvención, indistinguible de toda la retahíla de remakes y adaptaciones sin alma que saturan el mercado, resultara un éxito de público.

El nacimiento de Discovery dio mala espina, pues cabía pensar que seguiría la estela de esa trilogía moderna. Además, el título señalaba más exploración (aunque al final fuera todo intriga política), y el ubicarla otra vez (como Enterprise y esas películas) en un marco temporal ya superado prometía más de una falta a la línea temporal cuando no reescrituras descaradas de la misma.

Viendo los réditos económicos de la reciente versión cinematográfica, la CBS tiró la casa por la ventana con un presupuesto de entre seis y siete millones de dólares por capítulo, toda una superproducción televisiva. Pero la pareja de creadores elegida fue un tanto extraña por sus estilos opuestos, en especial en sus aportaciones previas en Star Trek.

Por un lado tenemos a Bryan Fuller, que escribió algunos episodios en Espacio profundo 9 y Voyager, aunque es más conocido por sus creaciones propias, Criando malvas (Pushing Daisies, 2007), Wonderfalls (2004), Hannibal (2013) y American Gods (2017). En ellas se ve un artista inclasificable, un vanguardista capaz de imaginar universos únicos y darles forma con una dedicación y detallismo obsesivos… hasta el punto de que se convertían en series muy difíciles de llevar a cabo y también de digerir por el público, lo que ha llevado a la cancelación prematura de varias de ellas o a su despido.

Por el otro lado encontramos a un autor de la hornada de J. J. Abrams, de esos tan temidos entre los cinéfilos y seriéfilos por ser amigos de los golpes de efectos y la improvisación por encima de la coherencia de la narrativa global. Alex Kurtzman maduró en Alias (empezó su carrera antes… en Hércules -1997- y Xena, la princesa guerrera -2000-), y aunque no pasó por la incubadora de este grupo, Perdidos (2004), y desde luego Alias (2001) fue buena serie, con un bajón acuciado conforme avanzaba pero no hasta caer al abismo como Perdidos, ahí ya se veía bastante de ese mal hacer. Luego fue el artífice de Fringe (2008), un remedo pobretón de Expediente X pero con bastantes fans, y, lo que terminó de sembrar más dudas, el guionista de dos entregas de la nueva visión de Abrams.

Conforme llegaban las noticias durante su puesta en marcha no se avivaban las esperanzas, sino más bien lo contrario. La visión de sus creadores y la de la productora (más concretamente la sección recién creada de video bajo demanda, CBS All Access) parecían estar enfrentadas, aunque como siempre se dijera que no. Finalmente se confirmó el conflicto con Bryan Fuller, que acabó despedido. Sin duda él tiene gran parte de la culpa, pues siguió en su tónica, alargando la escritura y el rodaje de forma que tuvieron que retrasar el estreno y poner más y más dinero, pero entre líneas también se podían leer las desavenencias creativas. Da la impresión de que él quería una obra muy seriada y compleja y el canal algo más directo, más acción en la línea de las recientes películas. Kurtzman se mantuvo brevemente al frente, pero no parece que confiaran del todo en él, porque trajeron a Akiva Goldsman (quien también pasó por Fringe) para compartir el mando. Este es conocido por sus producciones de baja calidad (con basuras legendarias como Batman y Robin -1997-), y lo único decente que ha escrito es Soy leyenda (2007) y Yo, robot (2004), que no eran precisamente fieles a las obras originales.

Hay que decir que, cercano al estreno y confirmándolo con el argumento de los primeros capítulos, se levantó un poco la expectación al ver que anunciaban una historia larga muy sugerente, la guerra de la Federación contra los Klingon. Pero esas tibias promesas nunca han llegado a despegar en una temporada que no está a la altura del estándar exigible para la saga, tanto en fidelidad como en calidad, y eso que Voyager y Enterprise al parecer iban muy justas en lo último (las tengo pendientes a la hora de escribir esto). Como entretenimiento de acción tiene un pase, pero a nada que le hagas un análisis serio se cae a pedazos. Ofrece una narrativa caótica, notándose mucho el lío en la producción y la reescritura de guiones, y predominan artificios y golpes de efecto que no logran enmascarar su falta de profundidad e inteligencia. Pero está claro que el renombre de Star Trek tiene suficiente tirón para enganchar a bastante público, pues ha logrado buen seguimiento y la segunda temporada está ya confirmada. También habrá ayudado que Netflix pagara bien por emitirla fuera de EE.UU. y Canadá, permitiendo que empiecen a amortizarla rápido.

NULA FIDELIDAD A LA SAGA

Nada más empezar el visionado se observa que se inclina demasiado hacia la estela de las nuevas y fallidas películas: no se ve la esencia de Star Trek por ningún lado. ¿Para qué demonios haces una entrega de la saga si no vas a respetarla? ¿Cómo esperas ganarte a sus fans si vas pisoteándolo todo? El primer golpe es duro: ¿cómo pudo ocurrírseles cambiar de arriba abajo el aspecto de los klingon? Veintiocho temporadas y diez películas después mandas todo lo establecido a la mierda sin vergüenza alguna. Tenemos unos engendros cabezones cuyas motivaciones y cultura apenas llegan a identificarse con lo que sabemos de ellos. No se ve un pueblo donde el honor y las tradiciones rigen sus vidas, sino unos animales impredecibles y traicioneros, recordando a los originales únicamente en su inherente belicismo.

Pero hay mucho más, en lo visual tanto como en lo argumental, que deja malas sensaciones, por mucho que intenten encubrirlo colando referencias en segundo plano aquí y allá.

En la estética van directamente a romper con todo, sin la más mínima consideración por la saga. Las naves eran bonitas, habitables y cómodas, no fríos zulos de metal donde sólo hay color en las sobresaturadas consolas. En la puesta en escena abusan del efectismo inmediato, con enredos visuales por doquier sin motivos claros, cuando siempre ha primado la sobriedad y la elegancia y el dejar que la historia hable por sí sola. Luego me extiendo sobre su malogrado acabado visual, destacando los pésimos efectos especiales, que se quedan muy por debajo incluso de La nueva generación, con treinta años a cuestas ya.

Y, sobre todo, el ambiente no recuerda a la serie, salvo en el inesperado capítulo de la paradoja temporal que hace repetir la misma situación, donde aportan una perspectiva bien trabajada a la premisa, aunque a cambio anda muy falto de ritmo. En la Federación que yo conozco los protagonistas no serían recelosos unos de otros constantemente ni actuarían por puro egoísmo, sino que sería gente muy entregada a sus ideales, pues han llegado a lo más alto del escalafón social: la flota estelar. En la presente han optado por seguir un modelo muy de moda, el de las series oscuras llenas de protagonistas ambiguos cuando no malvados y que pueden morir en cualquier momento, en una saga que siempre iba a su bola, adelantada a su tiempo con una idiosincrasia propia.

En ese aspecto destaca que fue un referente en cuanto a avances morales y temáticos en televisión, no sólo por romper unos pocos tabúes raciales y machistas, sino sobre todo porque tocaban muchos temas filosóficos, éticos y antropológicos con gran amplitud de miras, imaginación e inteligencia. Aquí, el repertorio de capitanas y almirantas chungas porque sí y la sobreexposición gay parece no tener justificación, no se desarrolla de forma orgánica. Acabarás harto de ver a la parejita homosexual lavándose los dientes frente al espejo y diciéndose cosas cuquis mientras esperas que pase algo trascendente. En cuanto a temática, las pocas veces que se abordan aspectos habituales, como los otrora elaborados y certeros análisis sobre la ética y el ser humano, la rigidez de las normas puestas a prueba en situaciones desconocidas, la capacidad moral de la Federación en conjunto y de sus habitantes por separado, resultan discursos flojos y repetitivos. La supuesta superioridad ética de la Federación se cita mucho pero no se ve, y salvo la inocente (hasta resultar empalagosa) Tilly son todos unos cabrones de cuidado que solo miran por sí mismos. No veo a la Federación por ninguna parte, así que no se entiende que tengan que recurrir al universo espejo, a los malvados terranos, para justificar que se dejen de lado sus supuestos límites éticos para sobrevivir a la guerra.

Si es que la parodia The Orville (2017), de Seth MacFarlane, está mucho más cerca del estilo de la serie, y el capítulo USS Callister de la cuarta temporada de Black Mirror también lo capta de bastante bien.

HISTORIA Y PERSONAJES CERCANOS AL DESASTRE

La falta de calado y personalidad se extiende a las tramas y protagonistas. Se mezclan las fallidas intenciones de Fuller con la apresurada llegada de Goldsman, y siempre está presente la nula capacidad de Kurtzman para dibujar personajes y tramas que tengan un mínimo de profundidad y un desarrollo atractivo. Los diálogos son simplones, poco naturales, buscando siempre una épica y trascendencia que no se transmite en ningún momento. Se acumulan situaciones predecibles, otras forzadas (la nave sellada, pero la prota paseándose por todas partes por los conductos de mantenimiento, menuda seguridad), y hay demasiados intentos de causar impresión a base de golpes de efecto y sorpresas poco meditados.

El comienzo de la temporada, con la introducción de los klingon y el origen de la guerra, se hace pesado, incapaz de ir al grano y exprimir el potencial latente. Hablan demasiado para decir poco, y encima lo hacen en klingon, un vacile innecesario, para que la anunciada batalla que provoca el conflicto bélico sea un bluff total, porque ni en lo argumental ni en lo visual está a la altura de lo que se anunciaba. En la Discovery no se consigue materializar una historia concreta, manteniendo el interés únicamente gracias al proceso de adaptación de la protagonista principal a su nuevo e inesperado destino, y no es que sea muy imaginativo.

Cuando esperas que se profundice de una vez en la guerra llega el cambio de guionistas y el despiporre: a partir de entonces parece que desarrollan la serie sacando de un bote ideas locas escritas en trozos de papel. Nada se asienta, saltamos de una trama pretendidamente grandiosa y trepidante pero poco coherente y apresurada a otra. Así que uno no sabe a qué atenerse, no puedes conectar con nada porque en cualquier momento te lo quitan y te lanzan hacia otra idea improvisada metida a la fuerza, y así hasta acabar en un final lamentable.

Los protagonistas, con un dibujo inicial bastante básico, no terminen de ofrecer nada llamativo, pues sus personalidades no evolucionan de forma gradual, sino según deban adecuarse a los virajes del guion. La figura central, Michael Burnham, tiene un montón de dudas y sufrimiento, y nos taladran con flashback varios, pero no llega a vislumbrarse una forma de ser clara, unas motivaciones y deseos que hagan inteligible su determinación. Es un robot que traga con todo y sigue adelante sin pestañear… literalmente, porque la actriz Sonequa Martin-Green (The Walking Dead), que es competente de sobras, lo único que hace es poner miradas intensas, no tiene más margen.

Ash Tyler, el rescatado de la prisión klingon, está todo el día puteado hasta resultar cansino, porque no se avanza hacia ninguna parte, salvo en el predecible y tonto conato de romance con Michael, porque no puede faltar una relación en tensión. Cuando parece que va en buen camino, resulta que todo era para justificar uno de los giros más demenciales. Además, el actor Shazad Latif lo hace fatal, sacándome de muchas de sus escenas. Sylvia Tilly es la cadete que quiere encajar pero se ve frenada por su torpeza y timidez. Es tan poco original y la actriz Mary Wisemantan está tan sobreactuada que resulta cargante desde sus primeras escenas. El ingeniero Paul Stamets no se sabe muy bien de qué va, es otro con una determinación obsesiva que ni se matiza ni evoluciona, y el intérprete Anthony Rapp intenta darle un toque serio que resulta también sobreactuado. Georgiou es seca y aburrida en los dos universos, y Michelle Yeoh no convence.

Los únicos interesantes son el segundo oficial Saru y el capitán Gabriel Lorca. El gran Jason Isaacs da forma a un líder sombrío y exigente con un toque de mala baba y misterio que resulta muy atractivo. Con lo de la misión secreta de la Discovery y la guerra se puede aceptar que se salga de la tónica de la Federación, de hecho parecía que se iba a aprovechar para tener roces éticos con Michael. Pero me temo que no llega a dar nada de sí, pronto es engullido por esos desvíos argumentales sensacionalistas y termina muy disminuido, hasta el punto de que en el segmento final acabé cabreado con la proyección de su historia y desinteresándome por completo por su porvenir. Saru es el único que no sólo mantiene el tipo sino que crece. Sus convicciones morales quedan claras, sus conflictos con Michael dan algo de juego, y conforme se tuercen las situaciones aprende y cambia su conducta. Doug Jones es capaz de lograr una buena interpretación (y peculiar, con los movimientos alienígenas que hace) a pesar de tener mucho maquillaje encima.

EL ASPECTO VISUAL TAMBIÉN FALLA

Desde las primeras escenas quedé asombrado por su escasa calidad en el aspecto visual. ¿Adónde ha ido el abultadísimo presupuesto? Se habrá desperdiciado la mitad en el aparatoso rodaje, porque lucir solo lucen el vestuario y el maquillaje, y un poco el interior de la naves, pero no como para decir que es una superproducción al nivel de Juego de tronos.

El trabajo con ordenador, para los tiempos que corren y el dineral invertido, es incomprensible que tenga un nivel tan bajo, tirando a cutre. Los pocos planos del espacio y las naves son propios de una serie de bajo presupuesto de hace veinte años, no tienen mejor aspecto que los de Farscape (1999), y el único ser vivo digital, el “tardígrado”, es espantoso. Enterprise dejó claro que el ordenador no aguanta bien el tipo contra las maquetas, saliendo perdiendo en la comparación con La nueva generación, Espacio profundo 9 y Voyager, pero aun así tenía un nivel más que decente y soporta el paso de los años aceptablemente bien. Hasta producciones menores como Dark Matter tienen mejores efectos digitales, no digamos ya alguna con más ambición, como The Expanse.

La decepción se agrava porque apenas salimos unas pocas veces de la nave, es decir, falta la renovación de escenarios, el factor asombro al conocer nuevos lugares y especies. El diseño de la cultura klingon no está mal, pero, como indicaba, no resulta nada fiel: el aspecto de la especie es irreconocible, y su entorno tiene demasiado brillo dorado cuando se espera un estilo más animal, con cueros, pieles, cuernos… El ambiente humano es demasiado gélido y oscuro, que aparte de fallar también en fidelidad resulta poco vistoso: la Discovery no tiene una personalidad propia, se puede cambiar por cualquier diseño estándar de interiores de la ciencia-ficción.

La banda sonora, muy destacable anteriormente, sobre todo en La nueva generación y la mayor parte de las películas, aquí resulta un relleno poco esforzado, y eso que Jeff Russo (Fargo, Legión) me parece buen compositor. Los títulos créditos tampoco me entusiasman, aunque nunca fue una saga deslumbrante en este aspecto.

No sorprende que en la puesta en escena sigan la fórmula de Abrams en las nuevas películas, que usó la técnica más habitual en el cine de acción de baja calidad de estos tiempos: mucha saturación de trucos baratos para impactar fácil y rápido sin tener que trabajarse bien la narrativa. Así, como decía, no tenemos el acabado sobrio pero elegante que se veía desde La nueva generación, cuando la saga maduró y había dinero para aspirar a algo más serio. Aquella destacó con un acabado de calidad impropio de la televisión: estupendos planos medios, gran cuidado en manejar muchos personajes en cada escena de forma que todo fluyera bien, y puntos álgidos emocionales (tenía poca acción) muy bien exprimidos. Aquí encontramos un abuso indiscriminado de reflejos, lucecitas, movimientos y ángulos estrafalarios que pretenden ofrecer dinamismo y vitalidad pero lo que consiguen es un acabado sobrecargado y agobiante pero sin sustancia. Para rematar, se busca una obra de acción pero las pocas peleas que encontramos son bastante chapuceras, sobre todo el enfrentamiento final con los terranos.

AHONDANDO EN DETALLES Y EN EL FINAL

Alerta de spoilers: En adelante destripo los giros más importantes y el desenlace.–

Entre los peores momentos que no podía citar antes para no revelar demasiado entraría la disparatada trayectoria de Tyler. Inicialmente me parecía sugerente el tratamiento de preso fugado que tiene secuelas del cautiverio y la tortura, pero tras demasiadas escenas repetitivas adornadas con el dichoso romance se fue disipando el interés en él, para acabar por tierra con esa situación donde, estando claramente no apto para el trabajo, lo ponen a hacer algo esencial en una lanzadera, con la de tripulantes que hay disponibles. Y lo poco que queda lo terminan de hundir con lo de que se ha convertido, pero no mediante la tortura, sino con una transformación biológica: ¡ahora resulta ser un klingon con fachada física humana! Por supuesto, la poca intriga supuestamente renovada con esta parida se diluye rápido, porque pronto se ve que lo hecho con ciencimagia mediante ciencimagia lo resolverán en un tris. Después de tanto enredo absurdo (ahora es klingon ahora no… ¡decidíos!) no hay secuelas reales, más allá de la muerte nada impactante de un secundario (que incluso se agradece, porque el médico era de los molestos) y de extender de mala manera el manido romance.

Entre los apuntes innecesarios y que faltan a la línea temporal sin venir a cuento destaca la sandez de que Michael Burnham sea hermana adoptiva de Spock. Aparte de justificar apariciones esporádicas de Sarek que luego no aportan nada, no sirve para ahondar en la protagonista, para definir sus motivaciones y acciones, y el intento de darle un toque exótico por su educación vulcana se olvida por completo a los pocos episodios.

La idea de las esporas y sus saltos instantáneos a cualquier parte también me parece enredar innecesariamente con la continuidad. Cada vez que toma protagonismo, y lo hace en cada capítulo, no podía dejar de pensar en que no pueden sustentar toda la serie con ello, porque supone una ventaja descomunal para la Federación que no existe en el resto de la línea temporal conocida, así que tarde o temprano tendrán que currarse una forma creíble de deshacerse de esta tecnología sin dejar rastro. Sin ir más lejos, en el tramo final, cuando más falta hace, por supuesto el sistema falla hasta que los guionistas quieren.

En cuanto a tramas globales, dejar de lado la guerra klingon sin llegar a profundizar nada en ella para irse a enredos en el universo paralelo me parece una cagada monumental, tanto por abandonar bruscamente la historia presentada como porque la nueva premisa ofrece una línea de acción aparatosa pero poco llamativa. Me dan igual los terranos, son unos enemigos desechables; todo el sufrimiento de la tripulación y sus misiones suicidas parecen demasiado teatrales y por extensión poco verosímiles y emocionantes; y los encuentros entre dobles son demasiado predecibles y forzados. Atención también a la exagerada nave de la emperatriz y su destrucción digna de un poco imaginativo videojuego. El final de Lorca es lamentable, tanto como prometía y acaba convertido en un villano del montón. La emperatriz es otro enemigo de manual, y al final todo acaba como se veía venir, incluso su paso a nuestro universo.

Para rematar la floja temporada, en el tramo final recuperan la guerra klingon de mala manera, metiendo con calzador un salto temporal que nos pone ante otra dificultad artificial, pues ahora repentinamente los klingon están a punto de ganar. Nos hemos perdido todo lo que se anunciaba, el desarrollo de una guerra muy relevante en la saga, para pasar al desenlace… y este es ridículo en proporciones grotescas.

La voz en off de Burnham trata de poner énfasis en sentimientos que el episodio final no es capaz de despertar, porque todo resulta apresurado, anticlimático e inverosímil. Qué conveniente el renacimiento instantáneo de las esporas, qué poco creíble que llegen al planeta klingon, incluso se teletrasporten, sin ser detectados, y que la nave tenga ahora capacidad atmosférica; qué anodina la misión de buscar información, qué poco empeño parecen ponerle; y sobre todo, qué lastimero el final de la guerra, con la klingon sosteniendo en alto un mando y todos postrándose ante ella sin que haya explicado qué es. Y aunque lo explicara, la idea es absurda y difícilmente sostenible: resulta ridículo lo fácil que es invadir y destruir un planeta, y muy poco creíble que pueda mantener así el liderazgo, pues más que obtener sumisión sin rechistar lo lógico es que todos se pongan en su contra.

En todo este lío la conexión con los personajes es nula, no han conseguido ganarme a lo largo de la temporada, así que ahora no me importa nada el nuevo peligro exagerado en que los sumergen. Termina Burnham con otro discursito, intuyo que para tratar de mostrar algún cambio o madurez en la tripulación y la Federación que en realidad no hemos visto, así que queda artificial y relamido pero insustancial.

Por si el interés del espectador andaba ya por los suelos, nos tratan de ganar para el próximo año con el típico gancho tramposo a lo Perdidos, con el Enterprise clásico (NCC-1701) apareciendo repentinamente. Pero, para terminar de joder a los fans, ¡nos clavan el rediseño moderno de Abrams! Eso sí, está capitaneado por Pike, pero es de suponer que Spock anda por ahí, así que vuelven a jugar a la reescritura de la continuidad peligrosamente.

Por lo que veo por la red, con esta última falta de respeto los trekkies que aguantaron hasta el final por inercia y curiosidad morbosa (entre los que me incluyo) han tirado la toalla. Pero también parece haber enganchado a bastante espectadores nuevos, amigos de los seriales de acción de baratillo. En un mundo más objetivo la temporada ni habría llegado al final, pero lo mismo dura unos cuantos años.

DARK MATTER – TEMPORADA 3 Y FINAL

Space, Syfy | 2017
Ciencia-ficción, suspense | 13 ep. de 43 min.
Productores ejecutivos: Joseph Mallozzi, Paul Mullie.
Intérpretes: Melissa O’Neil, Anthony Lemke, Alex Mallari Jr., Jodelle Ferland, Zoie Palmer, Torri Higginson, Andrew Moodie, Ellen Wong, Ennis Esmer, Ayisha Issa, Mishka Thébaud.
Valoración:

La tercera temporada de Dark Matter es la última, pues Syfy la ha cancelado debido a su continuada bajada de audiencias, dejando en el aire todas las historias personales y las tramas globales. Nunca ha sido una gran serie, ni aspiraba a ello, pero prometía varios años de buen entretenimiento de género. Sus problemas ya estaban ahí en sus inicios, pero sus virtudes y la percepción de que iba madurando en buena dirección los eclipsaban bastante. Pero esta etapa me ha resultado larga y dispersa, con más achaques que aciertos. En vez de madurar y centrarse va atascándose en algunos vicios, mostrando una deriva general que empieza a pesar más de la cuenta.

El punto oscuro más vistoso y creciente es la sensación de improvisación, de que las líneas narrativas no se han planeado con dedicación y visión sino que las apañan mediante lluvias de ideas en la sala de guionistas, en plan Perdidos. La más relevante, la guerra entre las grandes corporaciones, no está mal, pero no terminan de cogerle el punto y la relegan más de la cuenta.

El sistema político, social y económico vigente era injusto, pero el conflicto y el resultado más previsible pondrán las cosas peor, así que nuestros protagonistas planean implicarse para tratar de inclinar la balanza hacia algo mejor. Se siente la gravedad de la crisis y se sigue su desarrollo de fondo en cada capítulo, aunque estos se dediquen a otras aventuras. Pero a la hora de la verdad tenemos pocos episodios centrados por completo en este asunto (las colonias en huelga es lo más relevante), dando la impresión de que se deja de lado el hilo principal para inventarse rellenos sobre la marcha. De hecho, es lamentable cómo intentan sacar de mala manera de la ecuación el Impulsor Instantáneo, una de las muchas cosas improvisadas, que ahora no saben cómo mantener porque les da a los protagonistas una ventaja total, así que siempre hay una excusa, que no lo tienen o que está estropeado… ¡Tanto jaleo con el chisme para esto!

La otra sección que más ocupa es la de las intrigas palaciegas de ese imperio pseudojaponés donde meten a Cuatro cuando recupera su personalidad de Ryo Ishida, el heredero del trono. A pesar de ser la parte que peor resultado dio en los primeros años se empeñan en extenderla con más tópicos rancios y cargantes. El emperador Ryo es cabezota e infantil, la corte un nido de víboras, el maestro sabio y paciente, y su guerra aburre un montón. Además, resultan aventuras con un tono y un recorrido tan ajeno al resto de la serie que no sé en qué pensaban al incluirlas y encima ir dándoles más protagonismo. Y no me paro a listar todos los puntos poco trabajados o los agujeros de guion: que todos vayan por la corte con katanas a pesar de los recelos en seguridad, los diálogos chapuceros… Cada vez que aparece este grupo de personajes el interés cae al mínimo y el tedio hace mella.

Los capítulos del día son desiguales, aunque nunca malos o pesados. Tenemos aproximaciones a la ciencia-ficción más dura, con paradojas temporales clásicas a lo Star Trek pero bastante entretenidas, y otras más originales que dejan aún mejor impresión. El manido viaje a la Tierra en nuestro presente sorprendentemente funciona, el lío con los interrogatorios en realidades virtuales es bastante ingenioso, y el bucle temporal de Tres es muy movidito y divertido, por ejemplo. Pero también saltamos a aventuras de mercenarios muy trilladas, en plan Firefly de baratillo, con secuestros, tiroteos y demás enredos predecibles. El problema es que en vez de perfilar la combinación de géneros e ir arreglando los desequilibrios han seguido añadiendo capas al tuntún, es decir, acabamos el año sin haber terminado de encaminar ninguna de las líneas abiertas pero lanzando nuevas más rebuscadas. El momento en que una versión futura de Cinco anuncia lo mucho que les queda por vivir, tratando de poner intriga sobre las tramas por venir, dio bastante vergüenza ajena, y cuando empieza a materializarse esa nueva lluvia de ideas desde luego apunta bajo: ahora tenemos alienígenas que vienen de otra dimensión.

La parte más llamativa y eficaz hasta ahora, los protagonistas, sus secretos y relaciones, empieza a dar algunos tumbos en vez de ir aumentando el nivel de interés y complejidad. Algunos misterios dan pasos en buena dirección, como los orígenes de Dos, que ofrecen buenas sorpresas, o algo que promete bastante, la rebelión de los robots, donde nuestra Androide tiene su protagonismo, aunque se afea con esa cutre forma mostrar sus recuerdos con cuentagotas. Hay revelaciones que me dejaron un poco frío, como el pasado de la joven Cinco, bastante insustancial… y que se torna delirante cuando empiezan a añadir giros de culebrón para intentar darle enjundia: ¿una hermana perdida cuya madre adoptiva es la jefaza de otra corporación? Y otros están dando vueltas en círculos: Seis y sus deseos de mejorar el mundo no terminan de cobrar forma (de hecho lo aparcan un par de capítulos, donde deja de aparecer), y cuando se mueve un poco no emociona: su drama familiar es muy simplón; y Tres y su romance con su novia virtual tampoco consigue dejar huella a pesar del tiempo que ocupa, y aunque en el final por fin parecían darle vida, literalmente, no me llamó mucho la atención.

Con los secundarios hemos tenido el mismo problema que en la etapa anterior: no han sido capaces de mantener a algunos actores, y han buscado sustitutos con desigual resultado. La que llegó para intentar llenar el hueco de Uno, Nix, fue despachada también de mala manera, y es descarado cómo se buscan otro personaje parecido y una actriz calcada, pero con tanto empeño en la imitación o sustitución los escritores no se esfuerzan en su personalidad y no termina de ganarse su hueco. El mafiosillo que los contrataba también se esfuma, pero por suerte el sustituto es un actor con buenas aptitudes (Mishka Thébaud), y esta vez sí dibujan un rol muy llamativo. Del resto de recurrentes sólo destacan el mercenario de la tripulación de la Raza paralela (esa que surgió en algún cruce entre universos), el que siempre lleva un palillo en la boca, y la comandante Truffault; los demás son más bien cargantes (el jefazo de la otra corporación, Nieman, y la citada corte del emperador) o se trabajan tan poco que de una aparición a otra ni me acordaba de quiénes eran, como esos agentes de la Autoridad Galáctica que salen de vez en cuando.

Otro lastre es el perfil bajo de la producción. No me quejaría de la falta de dinero y recursos si con imaginación y buen hacer mantienen cierta dignidad, pero la puesta en escena es bastante malilla, sobre todo en las escenas de acción, y he acabado hasta las narices de los cortes para publicidad con momentos de tensión forzada (con unas cuantas falsas muertes lastimeras) y caras de asombro en los actores. Aun así, debo decir algo en su favor: hay más y mejores escenas de naves y batallas espaciales que en Star Trek: Discovery, a pesar de que su presupuesto será como diez veces menor.

Al final, lo único que sostiene la serie a estas alturas, aparte de los capítulos independientes más amenos, esos centrados más en la ciencia-ficción que en la política, son las relaciones entre personajes, donde los actores, sin deslumbrar, mantienen buena química, y el guion, aunque empieza a mostrar desgaste, aún ofrece frases y situaciones con cierta gracia. Pero apenas llega para sostener un conjunto caótico, sin previsión de mejora sino todo lo contrario. Han tenido tres años para encarrilar una serie con bastante potencial y no han sabido hacerlo, así que la cancelación es entendible.

Ver también:
Temporada 2.
Temporada 1.

ORPHAN BLACK – TEMPORADA 5 Y FINAL

BBC America / Space | 2017
Drama, suspense, ciencia-ficción | 10 ep. de 44 min.
Productores ejecutivos: John Fawcett, Graeme Manson, David Fortier, Kerry Appleyard, Ivan Schneeberg.
Intérpretes: Tatiana Maslany, Jordan Gavaris, Kevin Hanchard, Maria Doyle Kennedy, Kristian Bruun, Ari Millen, Josh Vokey, Evelyne Brochu, Skuler Wexler, Cynthia Galant, Lauren Hammersley, Stephen McHattie, Kyra Harper, Rosemary Dunsmore.
Valoración:

Alerta de spoilers: Describo bastante a fondo la temporada. —

Me alegré cuando anunciaron que la quinta sería la última temporada de Orphan Black, porque era evidente el desgaste creciente. Y si bien la pequeña remontada en la cuarta recuperó mi fe, siendo además alentada porque con el final a la vista era de esperar que se pusieran las pilas, el presente curso ha sido el más flojo, hasta el punto de resultarme una decepción donde ni si quiera el desenlace ha disminuido las malas sensaciones, de hecho las ha agravado.

El problema se empezó a hacer patente en la segunda sesión y más grave en la tercera. Es el virus de Expediente X, eso de que los guionistas se empeñan en alargar las tramas dándole giros sensacionalistas poco meditados, añadiendo una maraña de capas que no sirve para disimular la falta de ideas y esfuerzo. En este caos las virtudes iniciales se iban diluyendo. Las agradables y entretenidas aventuras de las clones sobrellevando sus vidas empezaban a quedar demasiado eclipsadas por la impostada seriedad y el farragoso entendimiento del thriller de conspiraciones. El cuarto año recuperó un poco las formas, y auguraba que el tramo final iría al grano intentando arreglar el entuerto… Pero me temo que este virus alcanzó una extensión fatal y los escritores no han sido capaces de encauzar las cosas.

Lo peor es que da la sensación de que se aferran a unos pocos malogrados puntos clave y no son capaces de ver más allá, ni sus errores ni las necesidades de la historia. Uno ya lo conocíamos y estaba bien gastado: la dichosa enfermedad de las clones, que mucho amenazar pero afectaba solo a Cosima, y aparecía y se ralentizaba según quisieran apremiar o reservar el drama, y por tanto hace mucho que no había quien se la creyera. La segunda es el intercambiable enemigo. Tras marear la perdiz con Ferdinand, Evie Cho, Susan Duncan, Rachel, Leekie, Coady, la junta de tal y cual nueva empresa (otra que cambiaba cada poco tiempo), uno ya no sabía de quién huían y contra quiénes luchaban. Para colmo introducen a un nuevo tipo raro y medio loco que se supone el cabecilla de todo, P. T. Westmorland, pero no causa misterio ni temor alguno, sobre todo cuando empiezan a reaparecer otros que ya creíamos superados (Susan, Coady, Ferdinand) y las agendas se entrecruzan sin que terminemos, ahora que era más necesario que nunca, sabiendo a quién debe lealtad y qué planea cada uno. La tercera base mal exprimida es la permanencia en la isla de Westmorland y su panda de seguidores en plan secta. Su uso como guarida final del enemigo es bastante penoso, primero, por la falta de credibilidad en que dirigiera grandes investigaciones desde ahí y de la gente absurda que lo sigue, segundo, porque nos tiramos todo el año ahí, relegando el necesario avance de las historias sin disimulo alguno.

Cuando por fin parece que todo se va a encaminar hacia algo más concreto encontramos meteduras de pata y puntos grises en cantidad, hasta el punto de que no se entiende la mitad de lo que ocurre. No me creo que las luchadoras de Sarah y S. vuelvan a casa sin más, se rindan y acepten peticiones tan exigentes como que experimenten con Kira. Sigue sin entenderse los cambios de bando y las apariciones aleatorias de algunos secundarios como Ferdinand, Susan Duncan y Delphine, y, más importante, nunca se llega a vislumbrar qué persigue Rachel. La parte del detective Art no tiene ni pies ni cabeza: acepta trabajar con la policía infestada de los malos sin más lucha, y sólo de vez en cuando parece tomarse en serio lo de ayudar a las “sestras”.

Así pues, no ha habido sensación de dirección, no ha surgido intriga por el porvenir de las clones, de si saldrán airosas y cuánto tendrán que sacrificar. Los villanos son más cansinos que nunca, no casuaban pavor alguno y como digo ni se llega a entender el plan y ambiciones de cada uno, más allá de terminar simplificando todo en un cutre concepto de cómic: Westmorland quiere ser inmortal a toda costa. Los secundarios, salvo Donnie, están cada vez más diluidos, incluso Scott, pero es que hasta las clones se atascan en un bucle eterno, con lo que se pierde aún más ese tono aventurero con toques de comedia que hizo destacar a la serie en sus inicios.

En esta situación se veía venir un final desastroso, y lo cumple bastante bien: los cierres a las tramas principales dan vergüenza ajena, y los personajes ya no tienen mucho que decir y no ofrecen nada sorprendente. Es delirante lo que hacen con Felix y su nueva hermana: desaparecen al poco y los usan como comodín externo para concluir una parte de la trama, mientras que la otra también llega sin más. Sí, tras cinco temporadas con las clones luchando incansablemente por conocer sus orígenes, librarse de sus enemigos, hallar la cura y poder vivir en paz, Cosima se tira todo el tiempo dando paseos por la isla con problemas irrelevantes y repetitivos, Sarah deja de ser ella y se apalanca en casa, lamentándose sin hacer nada, Alison apenas tiene un par de escenas para cumplir con su línea, Helena con su embarazo queda definitivamente como un macguffin dramático de baratillo, y finalmente la conspiración científica que las asfixiaba la resuelven Felix y Adele fuera de pantalla y la dichosa cura le cae a Cosima en las manos después de muchos amagos tramposos.

Para rematar, tenemos dos giros muy típicos y mal empleados: la muerte gratuita de un personaje para forzar un supuesto final trágico, pero que como es de esperar sabe a polvo por lo falsa que resulta, y el intento de recuperar los orígenes, de cerrar el círculo, a base de flashbacks, que no aporta nada necesario y se inclina también demasiado por la manipulación emocional. Y por si fuera poco el epílogo se apoya en otros clichés rancios: la reunión feliz en plan barbacoa en el patio trasero resulta tan pastelosa como insatisfactoria. El final parecía que iba a salvarse porque amagan con mostrar secuelas de todo en Sarah, pero no llega a dar nada llamativo y terminan por dejar esa y muchas otras cuestiones en el aire: ninguna tiene trabajo, ¿viven de Alison y Donnie todas?; ¿y qué fue del trabajo de estos?; la trama empresarial era enorme, pero por arte de magia se ha diluido por completo (¿y el control que tenía esta gente sobre la policía?), y además tras tanto ruido ningún país ni autoridad parece haberse enterado de nada; y no me he parado a analizar más a fondo para no sentirme peor.

Del año salvo bien poco. Una original y efectiva escena que recupera los líos con las clones, en esa fiesta que monta Felix donde las presenta poco a poco; el impactante cariz que toma el asunto del ojo Rachel, donde no se cortan un pelo a la hora de mostrarlo; la loca de Krystal seduciendo a un empresario para conseguir información. El resto, monotonía, vueltas en círculos, soluciones chapuceras para historias ya agotadas, y un insuficiente drama personal. Casi todos los capítulos se me hicieron larguísimos y pesados, y el final muy decepcionante. La personalidad de Tatiana Maslany imprime a todas las clones, incluso las que tienen breves apariciones, apenas sustenta una etapa errática, aburrida, que quizá aprobará por los pelos, pero como temporada de Orphan Black, más siendo la final, hay que considerarla fallida.

Ver también:
Temporada 4.
Temporada 3.
Temporada 2.
Temporada 1.

SENSE8 – TEMPORADA 2

Netflix | 2017
Drama, aventuras, ciencia-ficción | 11 ep. de 55-120 min.
Productores ejecutivos: J. Michael Straczynski, Lilly Wachowski, Lana Wachowski, varios.
Intérpretes: Doona Bae, Jamie Clayton, Tina Desai, Tina Desai, Tuppence Middleton, Toby Onwumere, Max Riemelt, Miguel Ángel Silvestre, Brian J. Smith, Freema Agyeman, Naveen Andrews, Eréndira Ibarra, Alfonso Herrera, Max Mauff, Purab Kohli, Terrence Mann, Daryl Hannah, Ness Bautista, Paul Ogola, Anupam Kher.
Valoración:

Alerta de spoilers: Destripo bastante, aunque realmente no pasa gran cosa, nada que no se viera venir.–

La esperadísima segunda temporada de Sense8 me ha supuesto una decepción bastante grande. El primer año me cautivó sobremanera presentando una serie única, tanto por su originalidad como por su contagiosa energía y belleza: era emocionante y hermosa como poca series he visto. Es cierto que los episodios iniciales eran algo lentos, pero había sensación de dirección, de crecimiento, y mientras tanto las vivencias personales mantenían el interés alto. Y además pronto se vio que es mucho más de lo que parecía, que no es sólo una más de ciencia-ficción con conspiraciones y los protagonistas tratando de desentrañarlas, sino que es un drama que habla del ser humano en general, tratando con una delicadeza y profundidad insólitas los sentimientos, la sexualidad, las culturas… en otras palabras, el qué nos define, qué nos mueve, qué nos diferencia y qué nos une. Además, la historia global, el vínculo que surge entre ellos y la persecución a la que los someten misteriosos individuos, tenía su intriga y prometía unir a todos los personajes al final. Quizá el rescate de Gorski fue un tanto facilón, pero es evidente que era una excusa para presentar la trama, y lo importante era ver el florecimiento y la unión de los ocho sensates. Las situaciones en que trabajan juntos, explorando la conexión mental, y momentos puntuales memorables, como la escena de los partos y la revelación sobre Riley, nos regalaron un tramo final magnífico que dejaba enganchadísimo, porque como es obvio prometía seguir yendo más allá.

Pero en esta segunda etapa la sensación que se transmite, del primer episodio al último, es la de que sus autores han trabajado con desgana, sobre todo en el guion, pero también un poco en la puesta en escena, de que han perdido la pasión y la inspiración iniciales y van con la inercia, cumpliendo con los preceptos establecidos en la premisa y ya está. La narrativa resultante está estancada, es monótona en cuanto a las aventuras personales y de lejos insuficiente en la intriga, pero sobre todo se queda muy corta en su mejor virtud: es bastante superficial en lo relativo al aspecto humano. Aclaro aquí que la ausencia de Lilly Wachowski no sé si pudo influir ni cuánto. Dejó el trabajo indefinidamente por temas personales (estaba en plena transformación de género), pero parece que se ocupaba más del día a día de la producción y de la dirección que del guion, que es de donde vienen la mayoría de los problemas.

Los personajes se han quedado en su definición inicial, dando vueltas en círculos en la historia que sirvió para describirlos. Sí, todos los protagonistas resultaron encantadores y sus odiseas deliciosas. Pero no puedes quedarte ahí plantado durante toda la siguiente temporada. Algunos de hecho se hunden en un bucle total, sin dar si quiera un paso lateral que disimule un poco. Si al menos la parte de la conspiración hubiera emergido a primer plano y ofrecido algo llamativo… pero me temo que apenas avanza en un par de datos bastante elementales y narrados también con esa falta de garra.

Kala y su matrimonio están todo el año en el mismo punto de que si funciona y lo consuman o que si no. Sabemos de sobra que acabará con Wolfgang (a menos que algún giro lo impida), no puedes retrasarlo si no logras una historia que lo justifique bien y que resulte interesante. Y al final por arte de magia parece decidirse por fin en ir a buscarlo… ¡pero si en ella no ha cambiado nada, todas las dudas y baches son los mismos todo el rato! Y por supuesto el encuentro queda en el aire, después de todo un año posponiendo lo que se espera desde los primeros capítulos de la primera temporada. Por el lado contrario, el alemán es el mejor ejemplo de paso lateral, del relleno con el que ir matando el tiempo hasta que todo esté maduro para lanzar su arco… El problema es que nada madura, ni el resto de personajes ni la trama. El lío de mafias es eso, relleno intrascendente. No añade ninguna nueva capa al personaje, apenas vale como excusa para dar presencia a los otros grupos, clanes o clústeres de sensates, y por sí sólo no es especialmente atractivo o entretenido, de hecho ni me parece verosímil.

Gorski sirve para avanzar en la conspiración y exponer lo que va haciendo el clúster para huir y aprender de Whispers y la BPO, la Organización de Preservación Biológica que parece estar tratando de controlar a los sensates con algún oscuro propósito, presumiblemente la dominación mundial. Como buen agente, sabe investigar, deduce cosas… pero apenas veo una sombra de aquel joven capaz pero a la vez afligido por penas presentes y pasadas. Sufre un poco con las drogas y con el padre, todo bastante facilón además, y no hay más movimiento en su psique. Pero lo peor es que arrastra a Riley, antes mi favorita, pero aquí un cero total en interés. Sólo sirve para ponerle encima la investigación cuando él no puede salir de su escondite (el viaje a Chicago), y esto ocupa poco, es muy predecible, y tampoco aporta nada al personaje. La única escena donde se ve una persona realmente viva y en movimiento es cuando decide pinchar como DJ en una discoteca para tratar de localizar a otros sensates. Una sola escena en todo el año.

La intriga que nos van exponiendo se mueve tan poco que parece un engaño digno de Expediente X, donde mareaban la perdiz temporadas enteras con el tema ovni. Apenas llegan a mostrarnos un poco de información nueva, la mayor parte nada original y carente de suspense, y desde luego nada que nos haga esperar con ansia más revelaciones, porque no parece haber mucho donde rascar: los persigue la típica corporación poderosa con tipos chungos, y de ahí no salimos. La fascinante idea de que se conectan las mentes después de todo no se llega a explorar mucho, no hay tensión, giros que añadan sorpresas efectivas, ni soluciones ingeniosas. Gorski se esconde y se droga para que Whispers no lo vea, lo que parece más una excusa para ir con cuentagotas que para generar una atmósfera de inquietud constante.

El único momento que amagan con buscar un giro que obligue a replantearse las cosas son los recuerdos del clúster de Angelica y Jonas, pero tampoco hay nada que sorprenda: gente cobarde, gente que cambia de bando, la BPO acosándolos. Nada que no hayamos visto ya en cualquiera del género, con la reciente Orphan Black a la cabeza. En cuanto al desenlace, no es que sea flojo, es que resulta realmente chapucero. Cuando creía que el capítulo final iba a acabar sin avanzar nada de la conspiración, sino centrándose únicamente en la última historia personal que quedaba pendiente (para colmo, la cansina y exagerada de Sun), saltan de golpe a un giro demencial donde aparecen metidos todos en la guarida de Whispers por arte de magia para salvar a Wolfgang, que fue encontrado por Whispers repentinamente después de gastar toda la temporada sin lograr transmitir miedo alguno por si cogería a alguien. Cuándo ha planeado eso el grupo, cómo lo han ejecutado, cómo han entrado y salido… No se explica nada, resulta tan forzado y mal narrado que me dejó muy malas sensaciones. En vez de estar todo el año dando vueltas en círculos y soltar cuatro datos sin garra, ¿no podían haberse metido de lleno en las dificultades de ese plan? Se da más relevancia al lío de Sun en la fiesta que a esto.

Las historias de Sun y Capheus se centraban sobre todo en su solitaria batalla contra el mundo, donde descubrían que se tenían el uno al otro y establecían una relación muy bonita. Pero esa conexión parece haber desaparecido, si interactúan entre ellos y otros del clúster es para compartir habilidades, no para encontrar apoyo emocional. Y por separado no ofrecen tampoco nada llamativo. En cierta manera Capheus sí avanza, porque se hace famoso y cae en la política, lo que le podría poner en bandeja el tratar de hacer un mundo mejor, que es lo que parecía ir con él… Pero la aventura en sí es muy básica y previsible, y se narra sin la intensidad que transmitía antes. El entusiasmo del personaje era contagioso, el intérprete Aml Ameen reflejaba con un carisma nato a un joven que vivía en la miseria pero poniendo siempre buena cara y con un espíritu de esperanza inquebrantable, y así enfrentaba esta nueva situación: abrazándola con pasión y aprovechándola al máximo. Pero el nuevo actor*, Toby Onwumere, pega más en un rol de panoli, y encima eso es lo que parecen haber hecho con el personaje: le va cayendo de todo encima sin que nada cale en él, agacha la cabeza y sigue adelante aunque no parezca querer estar ahí. No veo al Capheus que yo conocía.

Sun sigue siendo Sun, pero si la intriga corporativo-familiar era predecible, con el agotamiento de ideas se hunde más el interés. Su estancia en la cárcel se limita a repetir varios intentos de asesinato, su fuga se salva porque el detective que la persigue es un personaje con cierta solidez y su relación aunque muy clásica resulta agradable, pero el tramo final no se sostiene por ninguna parte. Los guionistas se empeñan en que busque venganza contra su hermano mediante la violencia, y no cuela que ella sea tan tonta y cabezota, ni mucho menos que los otros siete no sean capaces de juntar una neurona para deducir que, en un país del primer mundo, atentar a lo bruto en público contra un millonario, cuando eres la principal sospechosa de matar al padre y te buscan por tu fuga, es una gilipollez monumental. En serio, teniendo al infalible trío Nomi-Amanita-Bug, capaces de infiltrarse en aparatos electrónicos que parece imposible que estén conectados a internet (desde semáforos a… atención, la máquina de tickets de un aparcamiento, que te deja incluso hablar por el micrófono desde tu casa), es increíble que no se planteen hackear al hermano y la compañía para buscar pruebas, y si no las encuentran, para tenderle una trampa. Así pues, la justificación de la entrada en la fiesta y la persecución final, más que endeble es lastimera, y encima acaba con la ridícula escena en que parece que va a matar al hermano (delante de un montón de policías y testigos) pero lo deja libre no sé por qué. Si es tan idiota como para haberse metido en ese lío, por qué no llega hasta el final.

Estos dos muestran otro de los problemas de la temporada. La puesta en escena no logra una serie tan embriagadora y asombrosa. En parte es culpa del guion, que no consigue buen ritmo ni incluye tantas escenas moviditas, sean de acción pura o de líos personales (el culebrón de Lito era la mar de ajetreado), pero también se nota cierto bajón, como una falta de interés o de capacidad para alcanzar ese aspecto visual arrebatador. Ojo, calidad hay de sobra, pero de ahí a dejarte alucinando hay un trecho, y las partes de acción, otrora dignas de superproducciones para cine, han decaído bastante. Las peleas de Sun no están bien editadas: ni la de la cárcel donde intentan ahorcarla ni la del cementerio con el detective pasan el corte exigible en comparación con lo visto previamente. Es ponerlas al lado de las peleas en que Sun se metía en Capheus para salvarlo de los matones, y se nota bastante la diferencia: la fluidez de la escena, la claridad de los golpes (muchos se notan falsos ahora), la agilidad con que cambian de personaje. Las persecuciones son escasas y muy inferiores. Lo de Corea parece un paseo si recordamos los jaleos de Capheus que acabaron en una colosal persecución por las carreteras de Nairobi. Con Wolfgang, el otro que copaba elaboradas secuencias de acción, ocurre igual: se limita a algún tiroteo trivial. Sólo destacaría la pelea en el restaurante donde Lila trata de atentar contra su vida, porque tiene más gracia al jugar con cómo se reparten las hostias entre los distintos sensates.

Al menos la idea de incluir algún gran evento relacionado con las temáticas tratadas se mantiene: la fiesta del Orgullo Gay de São Paulo se aprovecha bien en unas pocas escenas espectaculares. Pero en líneas generales, Sense8 es una serie que rompió esquemas con su arrebatador nivel visual en una época con gran competencia, mientras que este año no ha dejado huella alguna. Se nota incluso en el apartado musical: en la primera temporada las canciones formaban parte intrínseca de los sentimientos y vivencias de los personajes, y las pocas veces en que había un “momento videoclip” te dejaban anonadado con la fuerza de las imágenes. Pero ahora me encuentro con lo de siempre: se usan como apaño narrativo de adorno o para sintetizar escenas de forma facilona. Hay demasiadas canciones, varias por capítulo, con sus cámaras lentas y su posicionamiento de personajes, pero sólo dos o tres del total establecen cierta conexión, y únicamente por la letra.

Lito y Nomi, acompañados por los adorables Amanita, Hernando y Daniela, eran los principales catalizadores de la parte más reivindicativa, porque Sense8 nunca ha disimulado nacer como homenaje y a la vez cruzada de la diversidad sexual y también de paso de la diversidad cultural en general. Pero Nomi está en modo Gorski, sólo sirve como comodín para resolver cosas por el ordenador, y de su vida y la de Amanita vemos poco material con gancho. Antes la pareja estaba todo el día peleando por hacerse un hueco en un mundo intolerante, empezando por los padres de Nomi, y para poner las cosas más difíciles le caía la persecución de Whispers encima, con lo que estábamos sudando en cada capítulo con si saldrían adelante y si podrían ser felices. Ahora se supone que están en una situación semejante, pero no se transmite en ningún momento el esfuerzo y las penas. El acoso del agente del FBI es anecdótico, lo de esconderse de Whispers y a la vez buscarlo se olvida por completo en largos tramos de la temporada, hasta el punto de que parecen estar viviendo una vida normal y pasándoselo bien como si nada las afectara. Y la boda de la hermana va directa a cumplir con los dos tópicos, el de la intolerancia y el de sale todo bien en un giro bonito. El camino de Lito es aún más predecible, paso a paso sabemos lo que ocurrirá, no es como en la primera temporada, donde le daban la vuelta a cada cliché con ingenio y sentido del humor de forma que incluso aunque pareciera la sección más intrascendente solía resultar la más divertida. En cuanto se empieza a ver que la industria de Méjico no lo quiere estaba cantado que acabaría en Hollywood. Al menos su viaje interno es muy completo, el más trabajado de los ocho de hecho: en todo momentos sabemos lo que está sufriendo, y conocemos al personaje lo suficiente para seguirlo con cierto interés aunque la historia en sí sea de lo más trillada.

Con ellos llegamos al último elemento en el que ha perdido mucho fuelle. Donde antes lograban una hermosa oda a la tolerancia, a las distintas formas de ver y entender el mundo, que nunca parecía forzada incluso en los momentos más excesivos, fueran los visuales (escenas de sexo gay sin tabúes) o argumentales (exprimiendo a lo grande algunos tópicos), ni farragosa a pesar de meterse en muchos ambientes y ángulos (nos sumergíamos en la espiritualidad hinduista de Kala y también en los conflictos religiosos y sociales de la India), ahora veo una serie más bien del montón, que trata estos temas como si tuviera que cumplir con ellos, quedándose en la superficie, ahogada en unos pocos clichés de los que no es capaz de sacar algo más natural, más conmovedor, quedando lejos de la originalidad y profundidad que mostró en la primera temporada, con tantas capas de historias y personajes ofreciendo innumerables perspectivas de los sentimientos, relaciones, sexualidad, cultura, religión… y luego abordando con tanta delicadeza cómo en todo hay algo que nos une.

Volviendo a los nuevos sensates, estaba claro que aparecerían nuevos clústeres, pero sólo vemos a dos personajes, bastante atractivos por sí solos inicialmente, pero son promesas que no llevan a nada. El vejete simpático explica un poco cómo funciona el mundo sensate, pero son todo obviedades: la unión que deben mantener en la sombra y muchas veces incluso aislados para que los malos no los alcancen. La sensual alemana, Lila (Valeria Bilello), sirve para… para… incluir algo de erotismo y sexo, nada más. En realidad vemos a muchos, a demasiados sensates nuevos, hasta parecerme excesivo: ahora resulta que medio planeta son sensates, o que da la casualidad de que tienen una relación de uno o dos grados con nuestros protagonistas. El traficante de poca monta que le vende drogas a Riley, la novia del mafioso con el que trata Wolfgang (Lila), ¡el novio de la hermana de Nomi! (¿será gratuito o tenían algo planeado?)… Incluso el simpático anciano es presentado de mala manera: ¿qué pinta este pueblerino escocés en una rave electrónica? Pero para rematar, ¿qué hace el camello de Riley paseando en moto por Seúl y cayendo justo donde Sun lo necesita en el momento clave? El momento me produjo muchísima vergüenza ajena.

Los episodios iniciales (empezando por las dos eternas horas del primero) se me hicieron bastante pesados, deseaba que acabaran de una vez para ver si en el siguiente empezaban a contar algo de una vez. En el tramo central mejora un poco y casi recupero la esperanza, pero para el final va disipándose, hasta acabar sin haber dado ningún avance relevante y estimulante. Así pues, la decepción que me ha dejado Sense8 después de apuntar tan alto es bastante grande. Se sostiene por el sólido lazo emocional establecido con los maravillosos personajes, y es justo decir que desarrollar tantas líneas narrativas distintas, cada una en un lugar y con sus personajes secundarios propios, sin caer en el caos o parecer que no hay vinculación argumental entre ellas, parece realmente difícil de escribir y de rodar, y han salido bastante airosos. Pero antes deslumbraron a lo grande y ahora han dado varios pasos atrás, no logran transmitir la misma emoción contagiosa.

Y nos quedaremos sin saber si remontaría, porque Netflix la ha cancelado. Aunque haya cierto culto alrededor la serie, no es lo que se dice un éxito para lo cara que resulta y el grandísimo esfuerzo que cuesta rodarla, y la compañía ha decidido no continuar. Esto rompe un poco la impresión de que Netflix sólo iba a cancelar producciones realmente fallidas, y a plantear la cuestión de si, teniendo tanto dinero y anunciándose como la cadena que no cancela, no sería lo más lógico y respetable darle un cierre digno, con unos pocos capítulos, o incluso uno solo de hora y media o dos horas. Es la esperanza a la que nos agarramos sus seguidores. Yo incluso agradecería también que resumieran esta temporada en dos o tres episodios a lo sumo…

Actualización 30/06/17: Netflix ha dado el visto bueno a un capítulo doble que sirva como final.

PD: El primer episodio lo adelantaron a fechas navideñas, cuando el estreno de la temporada ha sido en mayo, supongo que para crear expectación, porque entre una etapa y otra han pasado dos años, fruto del complicado rodaje que supone un proyecto tan ambicioso.
PD2: Como nombre del grupo de ocho sensates juraría que en la traducción española usan “clan”, que suena a grupo cultural o de amigos más que a una unión más bien biológica, donde para mí encaja mejor “clúster”. Aunque es cierto que la RAE no la acepta todavía, supongo que todo el mundo conoce su significado.
PD3: No sé por qué ese empeño en sacar a Doona Bae en ropa interior en todos los capítulos, a veces con excusas bastante cutres.
*Todo parece apuntar a que echaron a Aml Ameen por homófobo, ¿es que no sabía dónde se metía?

Ver también:
Temporada 1.

THE EXPANSE – TEMPORADA 2


Syfy | 2017
Ciencia-ficción, drama, thriller | 13 ep. de 44 min.
Productores ejecutivos: Mark Fergus, Hawk Ostby, Naren Shankar, varios.
Intérpretes: Thomas Jane, Steven Strait, Cas Anvar, Dominique Tipper, Wes Catham, Shohreh Aghdashloo, Chad L. Coleman, Frankie Adams, Florence Faivre, Jared Harris, Shawn Doyle, Terry Chen, Nick E. Tarabay.
Valoración:

Alerta de spoilers: Creo que no hay nada que pueda considerarse revelador.–

Llegué a la segunda temporada de esta prometedora serie de ciencia-ficción con muchas expectativas y ganas. Dada su notable presentación esperaba que siguiera creciendo, como se espera de cualquier serie, y más en este caso al tener tanto potencial al apoyarse en una fuente bien asentada, una saga de novelas que ya va por siete entregas (planeadas nueve por ahora), más algunas novelas cortas y relatos como anexo. Era de suponer que el repertorio de estupendos personajes se vería ampliado, las historias sobre la vida en el sistema solar ganarían en complejidad, y la intrigante trama iría aumentando el nivel. Pero aunque inicialmente va manteniendo el tipo, eso sí, sin crecer tanto como hubiera sido deseable, a partir de su ecuador va perdiendo fuelle, anquilosándose poco a poco en todo elemento donde antes brillaba: los personajes conocidos se enganchan en un bucle, los nuevos carecen de interés, la historia conjunta del sistema solar se frena y pierde globalidad en pos de unas aventuras personales cada vez más sencillas… En el ambiente huele la sensación de decepción, de que los guionistas han llegado a su tope y han empezado a ir con la inercia, siguiendo malamente los libros y sobreviviendo porque las bases sentadas en ese primer año son muy sólidas.

Tenemos más capítulos, hasta trece contra los diez anteriores, pero a pesar de la cantidad de material que habrá en las novelas parece que les han sobrado varios. En la primera mitad se centran en cerrar la trama actual, la que nos ha llevado a Eros pero sobre todo ha servido para presentar la vida en el sistema solar, las distintas facciones, los problemas entre ellas, el turbio asunto de la protomolécula, y cómo todo salpica a unos pocos personajes que sin comerlo ni beberlo han acabado en el ojo de la tormenta. Pero no puedo dejar de pensar que el clímax principal, sin ser malogrado, es lo más endeble, y que si el conjunto se sustenta es por la calidad de los personajes y sus historias del día a día. Ocurre igual que en el primer libro (El despertar del leviatán), que es el que abarca este arco argumental: el asunto de Eros se cierra inclinándose demasiado por una ciencia-ficción muy fantástica (situaciones exageradas sin explicación detrás) y una solución dramática un tanto cursi (Miller, Julie Mao). Si no fuera por la trama política, el conflicto entre el grupo de Holden, las aspiraciones de Fred, la Tierra y Marte, que se desarrolla con infinidad de situaciones, habría sido muy insustancial; tanto misterio con la protomolécula y sus creadores, y al final los reducen a un mero macguffin con un par de deus ex machina demenciales. Y luego resulta que hay más promolécula por ahí… No sé cómo lo llevarán en los libros, que sólo he leído el primero, pero no puedo dejar de pensar en lo de siempre: en el aire queda la impresión de que cada vez que quieran ampliar la historia saldrá un nuevo caso de protomolécula, una nueva forma o una nueva conspiracón.

Como indicaba, más que el destino, la resolución de la trama, es la dinámica global, las variadas aventuras que van ocurriendo hasta llegar ahí, lo que mantiene el nivel. Cada elección y movimiento de los protagonistas se ve influido por la situación conjunta: las acciones de otros, cada cual con sus intereses personales e ideológicos, los problemas logísticos, mecánicos y demás, y sobre todo sus creencias, experiencias y esperanzas. El carácter de Holden, un capitán joven pero con determinación, la entereza de Naomi, las disputas sobre moral entre ambos, la fiereza y fidelidad de Amos, el matón mejor conseguido que he visto desde Jayne de Firefly, la simpatía del piloto Alex, y el variado viaje del carismático detective Miller garantizan un núcleo de protagonistas muy sólido donde hay gran margen para jugar con sus esfuerzos y emociones: todo lo que les cae encima los va afectando y agregando nuevas capas. Y la sección política, sea la independentista o casi terrorista del cinturón, con el fascinante Fred Johnson, el inquietante Anderson Dawes y demás fauna (el simpático Diogo, la llamativa segunda de Fred), o la más espesa de la Tierra, con Avasarala y Errinwright, mantiene muy bien el tipo, exponiendo con bastante tacto un universo ficticio muy complejo, detallista, y todavía muy prometedor. De hecho, es muy de agradecer que no se vea la improvisación habitual que suele lastrar el género, donde lo habitual es que los guionistas vayan reinventando la estructura sociopolítica y las peculiaridades diversas (tecnologías, lugares, etc.) conforme ven qué gusta o no al público; hasta grandes series, como Farscape, siguieron esta fórmula a pesar de las enseñanzas de Babylon 5; y más recientemente, la última exitosa del género, Battlestar Galactica, acabó pronto engullida por ese mal hacer; en estos momentos la otra destacable de ciencia-ficción espacial es Black Matter, que sigue a rajatabla esta forma de escribir, aunque por ahora lo haga bastante bien.

Pero en este mismo tramo empieza también a verse algo de desgaste, más concretamente en la poco efectiva presentación de los nuevos personajes. Para empezar, son poquísimos, implicando que el esperado aumento de protagonistas y la expansión del universo no llega a explotar del todo. No conocemos a los marcianos como suponía que iba a ocurrir, como pedía el argumento, y en la Tierra no llegamos a ver ninguna perspectiva nueva tampoco. Sólo tenemos algún embajador de los primeros y algún general en los segundos, todos secundarios sin especial atractivo y que no sirven para ampliar la descripción de cada pueblo. Sólo uno adquiere relevancia, la soldado Roberta Draper, alias Bobbie, que trabaja en una nave de guerra marciana. Pero me temo que esta no da mucho de sí. Su presentación, tirando de clichés de compañerismo y xenofobia, resulta poco satisfactoria, más bien cargante, y aunque la intención de mostrar a una soldado raso estrecha de miras y con el cerebro lavado por sus superiores podría haber sido un interesante punto de partida para tener un rol que evolucione poco a poco, lo cierto que es que su viaje es poco o nada sustancioso y sí muy predecible, con lo que no llega a causar mucha impresión. Pero lo peor es que el casting, siempre acertado anteriormente, estuvo muy errado con la elección de la intérprete: Frankie Adams lo hace fatal.

Los problemas serios explotan a partir del ecuador de la temporada. Una vez resuelto el conflicto alrededor de Eros la serie entra en un estancamiento evidente. No estoy hablando de algo especialmente grave, pero sí lo suficiente como para fastidiar las expectativas, pues en vez de explorar todas las posibilidades latentes de este rico universo nos retrotraen hacia una narrativa bastante más básica. Lo único rescatable que se me ocurre es el lío de los inmigrantes, que aporta un poco de profundidad al verosímil entramado social y sirve también de reflejo y crítica del mundo real. Pero aunque hay algunos amagos, sobre todo con Naomi, los protagonistas no terminan de entrar del todo en la nueva situación. La escalada en la crisis del sistema solar es previsible a estas alturas y no tiene giros que aporten novedades y sorpresas, de hecho, acaba centrándose demasiado en personajes concretos, olvidando la complejidad global en post de un punto de inflexión muy simplón: ese tiroteo tonto en la nave de Jules-Pierre Mao corta bastante el rollo, la falsa despedida de un personaje con su hijo para luego meter un giro sorpresa bastante forzado no me ha gustado nada. El drama personal también acota más de la cuenta sus ambiciones, acabando todos, absolutamente todos los personajes, dando vueltas en círculos durante esta segunda mitad del año. Queda lo suficiente de ellos como para tener roles reconocibles y carismáticos, pero hemos dejado de andar hacia adelante, todos se atascan en su característica más reconocible: Holden obstinado, Naomi dudando, Amos bruto…

En cuanto a los nuevos, los generales y políticos finalmente no dan nada de sí, resultan simples objetos de la trama. Pero conocemos otros dos secundarios que aportan algo más de enjundia, aunque ninguno deslumbre. El hombre para todo de Avasarala cae bien, pero no se sabe si es un administrativo, un matón, un agente secreto o un delegado político, hace de todo y todo lo hace bien, eso sí, todo fuera de pantalla, así que lo único que deja son las divertidas conversaciones con ella. A los chicos de la Rocinante se une un refugiado de Ganímedes, un botánico que busca a su hija; pero su drama está muy trillado y como miembro del grupo no entusiasma lo más mínimo.

En estas condiciones no sorprende que, en lo que queda de temporada, lo poco que hay se va dilatando malamente hasta un tramo final de tres o cuatro capítulos ahogados en un bucle, llenos de escenas estiradas hasta la extenuación, que claramente se deberían haber resumido en un solo episodio para en el resto avanzar en la trama o empezar una nueva, para así levantar el interés. Pero como no lo han hecho y los momentos álgidos son bastante pobres, llegamos cansados a un desenlace bastante aburrido y decepcionante. No hay más que comparar el intrascendente clímax final, echar de la Roci a un intruso, lo que se expone con escenas alargadas cosa mala a pesar de la poca chicha que tienen (y además aquel llegó ahí en las mismas condiciones: todo un episodio buscándolo entre los restos, ¡qué interesante!), con el clímax del primer acto, asaltar una instalación secreta, que nos regaló una batalla espacial espectacular y un combate a tiros muy efectivo, todo ellos a la vez que los personajes estaban sumergidos en dilemas y problemas varios y el desarrollo de la propia situación era crucial en el conjunto de acontecimientos del sistema solar. Si es que hasta se deja de lado la seriedad de la física espacial: pasamos de esa realista pero memorable batalla al ridículo viaje entre lunas de Alex, con todos los satélites juntitos y la nave llegando en segundos de uno a otro.

Desde mi punto de vista, la serie iba siendo mejor que la primera novela (la única en castellano hasta la fecha), de hecho, había pensado no leer más libros para disfrutar más de la serie. El lenguaje de Daniel Abraham y Ty Franck (aunque firman como James S. A. Corey) es algo pobre, el ritmo mejorable, y el tramo final pierde bastante fuerza, mientras que la adaptación encabezada por Mark Fergus venía mostrando un guion muy certero, más complejo (un acierto incluir a Avasarala desde el principio, Fred y Dawes están mejor explotados) y a la vez fluido, y la puesta en escena es muy buena, más teniendo en cuenta las limitaciones y dificultades del género (requiere mucho dinero y mucha visión). Pero a la hora de saltar al siguiente libro (o libros, no sé cuánto abarcan a partir de la mitad de esta temporada) la serie ha patinado bastante, y si va a continuar flojeando lo mismo vuelven a cambiarse las tornas a favor de los libros. Esperemos que este bajón sea un bache y no la tendencia a seguir, porque toda una temporada con el nivel de estos últimos episodios seguramente acabaría con una serie que va muy justa en audiencias y cuesta bastante rodar.

PD: El flashback al tipo que inventó los motores actuales (Epstein) es innecesario (muy anticlimático) y roza la vergüenza ajena (no sé cómo será en los libros). Cómo esperan que me crea que llega un tipo, improvisa un arreglo en un motor cuyos límites físicos están bien determinados, y sin darse cuenta consigue una evolución tecnológica que cambia el futuro de la humanidad. Sería como conseguir que un avión de pasajeros estándar superara varias veces la barrera del sonido: no, sus motores no pueden dar una potencia para la que no están preparados, la estructura del avión no soportaría esa aceleración, y mil imposibilidades más. Por no decir que el núcleo dramático de su historia es que va muy rápido y no puede pulsar el botón de frenado…

COWBOY BEBOP – TEMPORADA Y PELÍCULA.

Kaubôi bibappu
TV Tokyo | 1998
Ciencia-ficción, aventuras, comedia, drama
26 ep. de 20 min; película: 115 min.
Productores ejecutivos: Shinichirō Watanabe, Keiko Nobumoto, Toshihiro Kawamoto, Masahiko Minami, Kazuhiko Ikeguchi.
Intérpretes: Kôichi Yamadera, Unshô Ishizuka, Megumi Hayashibara, Aoi Tada.
Valoración:

Alerta de spoilers: la sinopsis de cada capítulo va libre, pero los comentarios no.–

Spike Spiegel es un tipo que parece lleno de recursos y encantador de primeras, pero una vez conocido resulta un tanto temerario y de humor cambiante. Es un pistolero solitario con pasado oscuro al que Jet Black, su socio cazarrecompensas, ni intenta llegar, porque él también tiene lo suyo. Jet actúa como el cerebro de las misiones, mientras Spike va tras los maleantes. Operan desde la nave base, el Bebop, que hace las veces del hogar de ambos. Pronto se les unen dos extraños tripulantes, una niña experta en pirateo informático, llamada Edo, y una joven atractiva de caótica vida, Faye Valentine. Bueno, y también acaba con ellos un perro salido de un experimento científico. Sus vidas transcurren en la frontera de la ley, buscando fugitivos en barrios marginales, sin miedo al peligro o con necesidad de él porque no conocen otra cosa, saltando entre planetas y lunas adonde parezca haber una buena recompensa que les permita seguir tirando adelante.

Cowboy Bebop se estrenó en 1998 en Japón, y poco a poco se convirtió en un éxito mundial que contribuyó bastante a la dispersión del anime más adulto, considerado en aquella época todavía un gueto para frikis (las series juveniles, tipo Heidi y Campeones, eran otro cantar). En realidad su primera emisión fue un tanto fallida, pues censuraron casi la mitad de los capítulos, pero eso no impidió que fuera ganando fama, logrando un estreno completo en otro canal y luego una gradual proyección internacional. A España llegó en 2005, pasando por algunos canales autonómicos y finalmente por uno nacional. Ahora bien, el doblaje se hizo con pocos recursos, teniendo las mismas voces para personajes secundarios en todos los capítulos y algunos fallos de traducción importantes.

Parte de su tirón lo tuvo sin dunda su estilo más occidental, tanto en el dibujo (personajes sin rasgos asiáticos, ausencia de histrionismos habituales: la gotita en la cabeza, las bocas gigantes, etc.) como en las historias y la ambientación, de características más universales. Si bien al final había una trama seriada de estilo japonés, con yakuzas, traiciones, katanas y personajes estrafalarios, el hilo principal son las aventuras de estos cazarrecompensas. Pero quizá el aspecto crucial en su impacto global fue la visión de su principal artífice, Shinichirō Watanabe, que le imprimió un estilo y un carisma muy llamativos, es decir, aunque diste de ser una obra maestra Cowboy Bebop tiene una personalidad arrolladora.

El magnetismo extraño de sus protagonistas, que oscilan entre la simpatía y el patetismo, y la calidad de los secundarios, donde incluso el maleante más insignificante deja huella con una historia bien trabajada, te enganchan rápidamente, y el particular universo que va abriéndose ante tus ojos termina de atraparte. El futuro donde la humanidad ha colonizado a duras penas el Sistema Solar (la Tierra está arrasada por un accidente) se combina con toques de western, policíaco clásico, humor negro y drama personal. Se mantiene un ambiente melancólico, con protagonistas agobiados por traumas del pasado y problemas del presente, con historias que suelen acabar en tragedias, sobre todo para los bandidos y fugitivos, que por lo general se ven dirigidos por sus malas elecciones a un final desastroso. Pero no por ello resulta un dramón, ya que el grueso de los episodios se inclina más hacia la acción y aventuras con un toque de humor absurdo muy peculiar.

La animación está asombrosamente trabajada. Las peleas y batallas, con movimientos muy fluidos, son dignos de una película de buen presupuesto, y la ambientación es excelente, con escenarios muy variados. Y finalmente, otro factor clave fue la monumental banda sonora. La veterana y versátil Yōko Kanno cumplió de largo con el estilo musical que buscaban los creadores de la serie, un sonido jazzístico que abarcara todo el rango emocional requerido: vibrante para las partes de acción, tristón para los finales trágicos, grisáceo para los momentos más mustios, divertido para los más distendidos… El repertorio de grandes temas que nos regaló es inolvidable.

También cabe señalar algunas limitaciones, pues como decía, se recuerda más por su personalidad que por resultar redonda. La combinación de géneros no funciona tan bien cuando abordan el clásico thriller de mafias japonesas, que resulta un tanto forzado, dando la sensación de que se pierde un poco de verosimilitud para meter con calzador historias muy vistas y artificiosas. Por ello el final no me convence, merecía algo más original. Y en líneas generales al guion le falta una puntada para ser perfecto, pues a pesar de su corta duración hay muchos capítulos con problemas de ritmo, y unos pocos son bastante prescindibles.

Son veintiséis episodios, lo que supone también otra razón para su fácil propagación: no se estiró de mala manera, tiene un arco cerrado. Pero su notoriedad sí empujó a realizar un largometraje en 2001, si bien su estreno en cines fuera de Japón se limitó a unos pocos festivales, apuntando directamente al mercado doméstico, donde fue como la serie uno de los animes más vendidos en su época. Durante mucho tiempo ha habido intenciones de realizar, por parte de Hollywood, una adaptación cinematográfica con actores reales (con Keanu Reeves encabezando la lista de candidatos para interpretar a Spike), pero el proyecto, igual que el de Akira, nunca termina de concretarse. Aunque la cosa podría cambiar si la versión de Ghost in the Shell tiene éxito.

Tras el salto incluyo un análisis por capítulos.
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