Archivo de la etiqueta: Ciencia-ficción

BLACK MIRROR – TEMPORADA 5


Netflix | 2019
Drama, suspense, ciencia-ficción | 3 ep. de 60 min.
Productores ejecutivos: Charlie Brooker, Annabel Jones.
Intérpretes: Anthony Mackie, Yahya Abdul-Mateen II, Nicole Beharie, Andrew Scott, Damson Idris, Topher Grace, Miley Cyrus, Angourie Rice, Madison Davenport, Susan Pourfar, Pom Klementieff, Ludi Lin, Monica Dolan.
Valoración:

Alerta de spoilers: En los comentarios de los episodios entro a fondo.–

Si bien la segunda temporada rozó el desastre después de pelotazo de la primera, desde Blanca Navidad parecía que Charlie Brooker se encontraba más a gusto desarrollando historias originales y experimentando (aunque patinara alguna vez), sobre todo cuando Netflix le dio más recursos y episodios. Sin embargo, nos trae otro año en el que hay poco que rescatar.

Con el esfuerzo que llevó realizar Bandersnatch no les daba tiempo a estrenar otra una temporada de seis episodios, así que han vuelto a los tres con que se inició la producción en Channel 4. Pero bien podría haberse tomado Brooker un descanso más largo, o al menos contratar guionistas que aporten savia nueva, porque el desgaste mostrado en ese episodio se ha acrecentado en esta etapa.

Otrora, la serie se caracterizaba por mostrar elaborados mundos ficticios, generalmente en futuros cercanos, donde se analizaba la influencia de las nuevas tecnologías en la sociedad de forma muy tétrica pero plausible. Cada micro universo contenido en cada episodio resultaba fascinantegracias al mimo que ponía Brooker en su construcción y el cariño que les cogíamos a la mayor parte de los protagonistas, pero sobre todo por la inquietante moraleja que siempre dejaba. Prácticamente cada historia que hemos visto parece estar a punto de hacerse realidad en pocos, muy pocos años.

Este año apenas mantiene el tono en el tercer episodio, los otros dos son relatos mundanos anclados en un aburrido presente y carecen de lecturas profundas sobre nuestro porvenir, giros imprevisibles y finales trágicos, ofreciendo a cambio lecciones torpes, ritmo moroso sin sorpresas, y conclusiones sin garra.

Otro aspecto llamativo es que esta vez no se han dedicado a buscar autores de renombre para las labores de dirección y banda sonora: los directores y músicos alternativos de calidad brillan por su ausencia. ¿Habrán querido recortar dinero? Lo único llamativo es la presencia de Miley Cyrus interpretando una versión de sí misma.

Tras el salto encontraréis un análisis por capítulos.
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STAR TREK: DISCOVERY – TEMPORADA 2


CBS All Access | 2019
Ciencia-ficción | 14 ep. de 43-60 min.
Productores ejecutivos: Alex Kurtzman, varios.
Intérpretes: Sonequa Martin-Green, Doug Jones, Anson Mount, Shazad Latif, Anthony Rapp, Mary Wiseman, Michelle Yeoh, Jayne Brook, James Frain, Ethan Peck, Mia Kirshner.
Valoración:

Alerta de spoilers: Presento bastante de las tramas del año, y aunque estas son un misterio hasta bien entrada la temporada, no creo que tengan sorpresas suficientes como para echarlas a perder por saber de qué van. —

No se sabe cuáles fueron las audiencias de la primera temporada de Star Trek: Discovery, pues las cadenas implicadas no han dado datos. Tuvo críticas aceptables de los medios, muy malas de los seguidores de Star Trek, y los no fans parece que la recibieron mejor, aunque eso sí, lejos del gran resultado que dio la reinvención en cines de la por ahora trilogía iniciada en 2009. Sin embargo, la producción fue un caos muy grande y el presupuesto se disparó a límites inconcebibles (más de ocho millones de dólares por capítulo), y sin haber tenido una recepción unánime ni gran presencia en internet cabe pensar que las audiencias fueron débiles, así que en condiciones normales todo apuntaba a cancelación.

Pero ni las audiencias ni las críticas son vitales hoy en día, y para su continuidad hay que buscar otras razones. Discovery y The Good Fight (Robert King, Michelle King, 2017) fueron las series con las que anunciaron el estreno de la plataforma de emisión por internet de CBS, CBS All Access, y cancelar una de ellas nada más empezar daría muy mala imagen. Además, la venta de derechos a Netflix para emitirla en el resto del mundo les permitió recuperar el dinero invertido de golpe; y el propio Netflix sigue en proceso de crecimiento, acaparando todo lo que puede sin importar el coste y si las audiencias no son grandes, porque el que llega para ver esa serie y no le gusta, es posible que acabe probando otra y se quede. Así que, fuera como fuera tenían que aguantar.

Con esta inesperada segunda oportunidad había esperanzas en que los productores se pondrían las pilas y tratarían de dejar atrás los gravísimos errores de concepto y ejecución que convirtieron a la primera temporada en un desastre de los que hacen época, tanto en el lío de la producción como en la calidad final. Pero pensando en frío, ya a mediados de esa etapa los directivos eligieron el camino a seguir, y nada más anunciar la segunda quedó claro que se habían aferrado a él. Echaron a Bryan Fuller y su séquito para abandonar su estilo vanguardista y la narrativa de digestión lenta (aunque es justo decir que también su ostentación visual y la lentitud en rodar, en parte culpables de exceder el presupuesto), y se quedaron con la visión más comercial de Alex Kurtzman, pues los alrededor de 400 millones que hizo con J. J. Abrams en cada una de las tres entregas de la reinvención cinematográfica de 2009 a pesar de su escasísima calidad le han dado un buen blindaje.

Así que no han arreglado nada, sino que han dado carta blanca a la escritura a lo Perdidos (aunque Kurtzman no estuvo en ella, sí es de la misma cantera de guionistas) que ya fue emergiendo a mitad del primer año: basarse en el golpe de efecto y ya veremos luego cómo apañamos el resto, no asentar nada antes de meter con calzador otra historia, y personajes alterables para encajarlos en cada cambio de rumbo. Lo único que han hecho es poner un poco de maquillaje mal dado. ¿Que la gente se quejaba del innecesario y horrendo rediseño de los klingon? Pues les añadimos pelo para que se parezcan algo más al estándar de la saga. Pero, ¿y el resto de traiciones a la serie? Y lo más importante, ¿y las carencias del guion? Ni un solo cambio.

Tenemos otra trama que abarca toda la temporada, pero si el primer intento salió mal, este ha ido incluso peor. La guerra klingon al menos prometía abordar un tema interesante, y casi se podía perdonar que en la caótica producción no saliera nada bueno y trataran de dejarlo de lado disimuladamente. Pero en esta ocasión tenían tiempo para planificar y más estabilidad en la sala de guionistas como para desarrollarla adecuadamente, y nos han traído una parida que parece elegida al azar en una loca lluvia de ideas entre los escritores. Señales en el espacio, un misterioso ángel que aparece de vez en cuando, Spock que se supone que sabe algo pero no se sabe dónde está él… Cada nuevo micro avance se basa únicamente en ofrecer un subidón final de sensacionalismo barato que muchas veces ni se acuerdan de desarrollar en el siguiente episodio, porque sólo es un cebo. Así que acabarás harto de anuncios de que hoy por fin verás a Spock, conoceremos la naturaleza del ángel, y pasará algo grave e importantísimo.

Y todo para acabar soportando un dramón familiar plomizo, con la protagonista, la comandante Burnham, echando de menos a su mamá, teniendo repetitivos flashbacks con Spock que no llevan a nada, y para que cuando este aparezca por fin no aporte absolutamente nada a la trama y los personajes, sino que sea otro macguffin que sólo suelta frases chocantes aquí y allá. Todo para que el anunciado misterio sea un villano de cómic, un arquetipo de ser destructor encarnado por una inteligencia artificial, del que también se olvidan un capítulo sí y otro no y, cuando por fin lanzan el enfrentamiento, sea con un estilo de serial ochentero, todo peleas simplonas y mal rodadas, exageraciones absurdas, mucho ruido y peligros inverosímiles. Todo ello dando vueltas sobre la vaga amenaza de la destrucción de toda la vida en el universo, porque los guionistas querían dejarte sin aliento con una historia épica, ¿y qué más épico que el final del universo?

Si ya sabemos que al final harán un truco de cienci-magia y todo se resolverá sin secuelas, ¿por qué intentas engañarme?, ¡cuéntame algo tangible, con contenido real! En la Star Trek de toda la vida podían resolverse así muchos retos, pero lo que importaba era el conflicto político, social y cultural, el cómo enfrentaban los protagonistas todos los pasos del desafío según sus personalidades. Pero aquí no hay esencia alguna de Star Trek, la mayor parte de los personajes son amalgamas sin pies ni cabeza que cambian según las necesidades del guion, y la trama son fuegos artificiales huecos.

¿Quién es Michael Burnham, qué piensa, qué la motiva para luchar con ahínco en cualquier situación? Tras dos temporadas, no lo sé. Sólo sé que dirá si a todo y se tirará de cabeza en cualquier misión para hacer lo que sea, a pesar de que es una oficial científica. Ciencia poca, todo lo resuelve a hostias y tiros. Que le den un traslado a seguridad o la despidan, pues abandona sus obligaciones cada dos por tres. De vez en cuando nos dicen que cae bien a otros personajes. ¿Por qué? La interacción que tiene son escenas de acción. Diálogos que desarrollen un acercamiento, sentimientos mutuos y camaradería no hay. El serio Saru y el capitán Pike la admiran y respetan a pesar de su desobediencia e imprudencias constantes, y los compañeros a los que arrastra en misiones suicidas también. ¿Por qué? Porque los guionistas quieren un personaje principal comodín. Vale para todo y sufre por todo para intentar que el espectador conecte. La pobre Sonequa Martin-Green, competente de sobras, se pasa otra vez todo el tiempo poniendo caras de estar a punto de llorar.

Si he aguantado otra infame temporada es porque, aparte de que a la ciencia-ficción le doy más oportunidades que a otros géneros, Pike y Saru se sobreponen lo suficiente del resto de carencias de la serie como para tener algo a lo que aferrarse en la espera de vagas mejoras que, por desgracia, tampoco han llegado este año.

Saru vuelve a ser el comandante en el que se puede confiar porque no pierde los estribos, no falta a nadie, siempre tiene una respuesta inteligente y conciliadora. Su evolución es curiosa y efectiva. En uno de los pocos capítulos que tienen algo de contenido descubrimos que su especie está dominada por otra, impidiendo su desarrollo físico y emocional completo. Vamos, que están como castrados. Saru, fuera de ese dominio, se desarrolla plenamente, lo que significa ver acrecentados sus sentidos y ser más violento para defenderse de los depredadores. El tipo antes comedido y sobrio enfrenta emociones complejas, y tiene un buen periodo de aprendizaje para luego seguir siendo en el fondo él, pero más maduro. Es decir, que no cambia abruptamente para ajustarse a una nueva trama.

Christopher Pike está sacado de la serie original, pero apareciendo en un solo capítulo (el episodio piloto que fue rechazado y se recuperó décadas más tarde) no había temor a que mancillaran personajes principales como han hecho con Spock. Y lo cierto es que recuerda a él: es el capitán carismático al que todos querrían seguir porque es competente pero cercano, se gana a la gente escuchando y dando discursos de ánimo muy efectivos. Además, el actor Anson Mount (lo conocí en Hell on Wheels) está muy bien elegido, pues tiene un magnetismo arrollador. Cierto es que está metido con calzador, y quitan de en medio el Enterprise en gran parte del año con excusas poco trabajadas, pero su presencia y la dinámica con Saru y el resto de la tripulación es lo único salvable de la temporada.

¿No podían escribir a todos los protagonistas así de bien? ¿Es que los sortean entre los numerosos guionistas? Porque a Burnham y al resto del repertorio es para borrarlos y hacer como que no han existido. La cadete Tilly, otra que está metida a fondo en toda misión y labor a pesar de su nulo rango, es el estereotipo de gorda propio de una comedia tonta, es decir, aquí no pinta nada, pero además lo llevan al extremo más rancio y penoso que he visto. ¿Intentaron un rango bajo simpático y cercano, o insultar al espectador y sobre todo a la gente obesa? Lo segundo es lo que les ha salido. En cada una de sus apariciones resulta irritante, idiota, ofensiva. La pareja de científicos homosexuales sigue el mismo camino: son la representación del estereotipo y de la corrección política en su máxima expresión, con lo que resultan muy cargantes. Cada escena que tienen, sea en la misión que sea, se reserva un interludio para declarar su homosexualidad y su amor. Que estamos preparando un proyecto científico de vital importancia, pues paramos para que las almirantes alaben lo gays que son, para que quede claro que los superiores los respetan, o metemos una peleilla sin venir a cuento, para que los compañeros digan algo que a mí me sonó a un patético “pero si sois como las personas normales, pues os queréis y peleáis como los demás”. Y así episodio tras episodio. Hace más de veinte años desde que Urgencias (John Wells, 1994) y Buffy, la Cazavampiros (Joss Whedon, 1997), entre alguna otra, empezaron a incluir personajes homosexuales con una naturalidad asombrosa, sin dejar margen para que ni el más cavernícola sacara excusas para atacar, y a estas alturas cambiamos el chip al modo panfleto reivindicativo más torpe y contraproducente que puedas imaginar.

Entre los personajes comodín, con Ash Tyler ya rizaron el rizo de manera demencial el primer año, pero aquí siguen reutilizándolo. Ahora ya no es un medio humano medio klingon, sino un operativo de una agencia secreta de la Federación. Recuperan su lado klingon de sopetón en un episodio, como para darle un cierre, pero es un sindiós y además un coñazo. Y en adelante vuelve a ser otro que está en todo sin que se sepa por qué, y además vuelven a acordarse de vez en cuando de que había una especie de romance con Burnham, así que hablan y se besan un par de veces, y luego siguen como si nada. Señores guionistas, por favor, un poco de coherencia, aunque sea una pizca. La Georgiou terrana igual, no saben qué hacer con ella, pero la incluyen en toda historia sin esforzarse lo más mínimo en darle unas motivaciones; al menos esta resulta tan indiferente que no molesta.

Los otros tripulantes no tienen un dibujo concreto a pesar del tiempo que ocupan en pantalla. En The Orville (Seth MacFarlane, 2017), por hacer la comparación más obvia, tenemos un puñado de secundarios de los que rápidamente conocimos sus peculiaridades básicas, y algunos se hicieron entrañables. Aquí ponen caras de qué bien nos llevamos, pero apenas tienen un par de escenas útiles en todo el año. Y peor son esos que se acoplan de vez en cuando no se sabe por qué, como un par de almirantas. Luego intentan ponerlos en numerosos peligros, pero obviamente no funciona, salvo cuando de repente le dan más protagonismo a uno, porque aunque sabes que eso significa que morirá en breve al menos así cobra algo de interés por un rato. También hay otros momentos de vergüenza ajena, como los personajes corrompidos por la IA a los que les cambia el color de ojos o la voz para que sepamos que su lado malo los controla. No será tan inteligente la IA. O más bien los guionistas son unos cenutrios. Pero el colmo de los colmos es que en el tramo final hay un personaje que resulta crucial, la reina de un planeta… pero aparece sin más, como si llevara ahí varios capítulos. Tras mucho buscar resulta que la habían presentado en un corto promocional. ¡Con dos cojones!

Nada del sello de Star Trek encontramos otra vez, por mucho que metan personajes y naves de la serie original. Este pseudo Spock no recuerda en nada al vulcano que conocíamos, es un rarito insulso y el actor Ethan Peck anodino. ¿Qué necesidad había de meterlo aquí, y de forzar su historia conocida inventando que Burnham sea su hermana adoptiva? Sólo funciona la aventura secundaria que enlaza con el episodio La jaula (The Cage, 1966), y también está metida con calzador en las demás tramas de la serie. Como curiosidad, cabe indicar que Rebecca Romijn (X-Men) interpreta a la número uno del Enterprise que interpretó entonces Majel Barrett, y Melissa George a la mujer atrapada por los alienígenas telepáticos, papel que hizo en su momento Susan Oliver.

Ninguna trama, ningún conflicto personal, trata con seriedad temas de antropología, cultura, religión, política, ciencia… Sí, mencionan algunos de ellos, como la religión y la ciencia, pero es como si lo hicieran obligados, para decir “Veis, esto es Star Trek“, pero lo poco que abordan lo hacen superficialmente, con torpeza, sin visión alguna. Con el pueblo de los terrisanos, por ejemplo, parecía que iban a tomárselo más en serio, pero al final parece un capítulo del Equipo A (Stephen J. Cannell, Frank Lupo, 1983): una comunidad débil a la que defender, ningún conflicto complejo. La odisea del pueblo de Saru también prometía tratar temas culturales (la dominancia de una raza sobre otra ha dado muchos buenos dilemas éticos en las otras series), pero acaba a tortas sin más y metiendo el dichoso ángel, así que no llegan a profundizar en lo prometido. El choque con el mundo paralelo de las esporas parecía inclinarse por la línea de descubrimiento científico, pero termina siendo puro Discovery: caótico, forzado, aburrido.

En la perspectiva global y la trama larga tampoco hay rastros del espíritu original. La Federación parece un gobierno belicoso y lleno de traiciones y secretos, con excesos como esa oscura sección de espionaje. La investigación sobre el ángel y el conflicto con la IA no toca ningún tema interesante, todo es misterio y acción. Lo peor es cuando parece que los autores se dan cuenta de ello e incluyen una voz en off que parece improvisada a última hora para recalcar temas sobre sacrificio, deber, la ética de la Federación… cosas que luego realmente no se ven en el relato.

En los detalles, concretamente en la estética y la tecnología, estamos igual, parten de unas bases nada fieles y luego hacen chapuzas para parchear. Me sacó de quicio la gilipollez de decir que los hologramas no funcionan en el Enterprise por problemas técnicos y tienen que comunicarse a la antigua usanza. Si esto es como un universo paralelo con distinta tecnología, ve a saco con ello, no hagas lastimeros intentos de compaginar ambas series, porque entonces no me vengas desde el principio con un rediseño del Enterprise tan radical, tan en el estilo de las películas de Abrams y Kurtzman: una nave más grande y armada hasta los dientes (incluyendo como un centenar de cazas), unos interiores de paredes y mobiliario oscuros pero con luces chillonas y pantallas sobrecargadas por todos lados.

En lo visual encontramos el mismo estilo informe y sobresaturado del primer año. Da la sensación de que había algún productor metiendo baza en los rodajes: “Más ritmo”, “Pero qué hay del tempo de la escena, de mostrar el calado emocional en los personajes…”, “Ritmoo, mete ritmooo”. Un capítulo te marea con encuadres inclinados sin venir a cuento, otro abusa de los travellings, y todos te vuelven loco con un montaje frenético, reflejos, lucecitas… No sé qué hace Jonathan Frakes colaborando en este esperpento; supongo que le pagarán bien. La música tampoco destaca nada, cuando en la saga siempre ha tenido bastante prominencia y ha sido de bastante calidad.

El dinero luce un poco mejor porque tenemos algunos nuevos decorados de navíos y escenarios en planetas, pero no como para impresionar. Y los efectos digitales del espacio y las naves siguen siendo de muy, muy bajo nivel, y además parecen siempre acabados con prisas, sin planificar las batallas y movimientos: todo son borrones. Prometían un final legendario, y entre el guion estulto, las simplonas peleas a tortas y la batalla espacial tan fea, da más bien pena. Es comparar con The Orville o The Expanse (Mark Fergus, Hawk Ostby, 2015) y me pregunto cómo ha podido costar casi el doble que esas.

La primera temporada era muy floja y caótica, pero esta un galimatías alucinante. Por momentos te ríes de lo cutre que es, pero predomina el aburrimiento, el asco, e incluso el cabreo, porque llega a ser tan estúpida que parece un insulto deliberado o una broma de mal gusto. Y me inclino por lo primero, porque el penúltimo episodio es todo entero un anuncio de que van a pasar cosas en el último mientras en él no ocurre absolutamente nada, resultando un timo vergonzoso.

De nada sirve rezar para que la entierren y hagan como que no ha existido, pues siguen empeñados en tirar hacia adelante renovando esta y además aumentando el sacrilegio, pues tendremos otra serie de este estilo con Jean-Luc Picard de protagonista…

Ver también:
Temporada 1 (2017)
-> Temporada 2 (2019)

THE ORVILLE – TEMPORADA 2

Fox | 2019
Ciencia-ficción, drama | 14 ep. de 48 min.
Productores ejecutivos: Seth MacFarlane, Brannon Braga, varios.
Intérpretes: Seth MacFarlane, Adrianne Palicki, Penny Johnson Jerald, Scott Grimes, J. Lee, Peter Macon, Mark Jackson, Halston Sage, Jessica Szohr, Chad L. Coleman, Norm MacDonald.
Valoración:

En la primera temporada de The Orville dije que su inicio era bastante desalentador, pero que maduró rápidamente y terminó ofreciendo una correcta combinación de drama, humor y ciencia-ficción. Pero lo cierto es que tenemos otro año irregular que no sigue madurando como esperaba. Es una serie con cierta personalidad, unos protagonistas simpáticos y muy buen acabado, pero le sigue faltando algo de equilibrio y solidez.

Se profundiza en los personajes y las relaciones entre ellos, y a veces con historias como se espera de una hija espiritual de Star Trek, tocando temas morales y culturales trascendentales, pero otras muchas es a costa de exceso de dramones y repetición de argumentos. Pronto acabarás harto de los líos familiares de Bortus, plomizos y atascados siempre en lo mismo, y la relación en tensión entre el capitán Mercer y la comandante Grayson da demasiadas vueltas, con situaciones un tanto infantiles. Pero a la vez, el conflicto moral de las tradiciones del pueblo de Bortus es muy jugoso, y el lío amoroso tiene tramos muy logrados: el episodio de las refugiadas huidas su planeta es bastante bueno, y la doble joven de Grayson da para una correcta tragicomedia.

La relación que sí sale redonda de principio a fin es la de Claire con Isaac. El choque entre una doctora y madre que tiene que manejar muchos sentimientos y responsabilidades con una inteligencia artificial seca y fría que está aprendiendo lentamente tiene muchos momentos divertidos y otros tantos muy inteligentes que dejan buenas lecciones sobre amor, familia, conocerse a uno mismo, etc.

Además, esta parte enlaza directamente con la entrada en acción de la civilización de Isaac, los Kaylon. Esta versión de los borg de Star Trek con toques de los cybermen de Doctor Who trae las mejores historias de la temporada. Tienen buenas partes de acción pero también relevancia argumental: todos los personajes sufren su envite, la humanidad enfrenta un reto único, Isaac fascina y asusta a la vez… Pero también exponen las limitaciones en que se atasca la serie: una vez expuesta la premisa no son capaces de ofrecer buenos giros, todo se ve venir de lejos y se desarrolla con cierta sensación de dejadez, de ir con la inercia puesta. Las disputas morales en los cuarteles de la Unión son bastante parcas, por ejemplo.

Con este conflicto recuperan también el de los krill (el trasunto de los romulanos), que tras prometer bastante se había quedado un poco estancado. Religión, cultura, política, guerra… se mezclan varios temas jugosos aceptablemente bien, pero como en todo el año, dejando la impresión de que material había para mucho más.

Vuelven a experimentar también con capítulos de ciencia-ficción más ajena a la línea de Star Trek, acercándose de nuevo a Black Mirror (Charlie Brooker, 2011) y también con sabor a clásicas distopías literarias. Impresiones duraderas (211) trata de como el teniente Gordon Malloy se enamora de una representación virtual de una mujer hecha con los datos de sus redes sociales. Como es de esperar, se mete en un buen entuerto que acaba con la moraleja de vivir en el mundo real. En Todo el mundo es un pastel de cumpleaños (205) hacen un primer contacto con una especie de utopía que pronto muestra ser lo contrario, una sociedad dictatorial a base de costumbres racistas y clasistas absurdas. Pero incluso estos paréntesis que resumen historias complejas en un solo episodio se muestran las fallas persistentes. Pesa la falta de ritmo, la sensación de que no son capaces de exprimir el potencial de cada historia, y también de que el humor cada vez tiene menos presencia y carece del ingenio necesario, mientras el drama romántico toma demasiado protagonismo.

Hay otro mal trago ajeno a los creadores: la partida de Halston Sage, la teniente Alara Kitan de seguridad, en busca de mejores papeles, justo cuando se estaba convirtiendo, si no lo era ya, en la favorita de la mayoría de los seguidores. La joven actriz había hecho suyo a un personaje con muchas aristas y un recorrido dramático muy bien trabajado, y se nos larga sin más. Además, su despedida es en un capítulo (Hogar, 203) con guion de telefilme de suspense muy tonto, lo que agrava el mal sabor de boca. Para sustituirla fichan a Jessica Szohr (vista en Gossip Girl -2007- y Shameless -2011-), que interpreta a la teniente Talla Keyali. Lo cierto es que de entrada parece una imitación descarada del personaje: misma raza, físico parecido… Pero por suerte, en un par de capítulos vemos que se han currado un rol muy distinto y la actriz es la mar de competente, y pronto se gana su hueco.

Volviendo a Star Trek, la esencia está ahí, y los homenajes también (destacando el final en plan El Enterprise del ayer), pero cada vez hay menos parodia y buscan más su propio camino, y eso a pesar de que hay implicados varios autores y actores de aquella. Brannon Braga sigue como productor ejecutivo y dirigiendo episodios, Jonathan Frakes dirige otro esta temporada (también uno en Discovery, pero ahí los enredos narrativos que usan se le atragantaron y le salió un galimatías), y Joe Menosky entra como coproductor ejecutivo y guionista de un capítulo. Entre los actores destaca Roberto Picardo, el doctor de Voyager (1995), Marina Sirtis, la consejera de La nueva generación (1987), Tony Todd, un secundario recurrente en aquella, el klingon Kurn… Y no faltan los cameos camuflados, como el de Bruce Willis poniendo voz a un alien-planta.

En cuanto a los actores principales, Seth MacFarlane (el capitán) sigue quedando por debajo del resto, pero al menos tiene bastante química con sus compatriotas, y Adrianne Palicki (la comandante), Penny Johnson Jerald (la doctora) y Scott Grimes (el piloto) están estupendos. La puesta en escena vuelve a ser bastante buena. Como en el resto de la saga clásica, buscan la sobriedad, dejar que las historias hablen por sí solas. Aun así, con el buen presupuesto del que dispondrán se permiten algunos planos llamativos del puente de mando y unos espectaculares escenarios imaginarios y rodar en parajes naturales vistosos. Y de nuevo cabe destacar el amor de MacFarlane por la música de cine, donde la labor de Joel McNeely y John Debney sigue siendo muy llamativa; en cambio, me temo que esta vez no han contado con Bruce Broughton.

Ver también:
Temporada 1 (2017)
-> Temporada 2 (2019)

THE ORVILLE – TEMPORADA 1

Fox | 2017
Comedia, drama, ciencia-ficción, aventuras | 12 ep. de 45 min.
Productores ejecutivos: Seth MacFarlane, Brannon Braga, varios.
Intérpretes: Seth MacFarlane, Adrianne Palicki, Penny Johnson Jerald, Scott Grimes, J. Lee, Peter Macon, Mark Jackson, Halston Sage, Chad L. Coleman, Norm MacDonald.
Valoración:

No me terminaba de gustar Seth MacFarlane, un guionista que saltó a la fama con Padre de familia (1999) y desde entonces todo lo que ha hecho en cine (la insoportable Mil maneras de morder el polvo -2014-) o televisión (todo derivados de la citada serie) sigue el mismo estilo de humor que combina lo bruto y zafio con referencias culturales metidas con calzador en guiones donde no suele encontrarse ingenio y tramas mínimamente elaboradas. En Padre made in USA (2005) y en Ted (2012) se nota la colaboración con otros escritores, que da más cohesión a personajes e historias, pero en solitario su fama no está a la par que su talento. Y como actor de voces en animación es la mar de competente, pero en imagen real muestra una falta de registro y carisma muy importante.

Por ello recibí con celos The Orville a pesar de que la ciencia-ficción es mi género favorito, el resto del reparto prometía y en lo visual también. Las críticas fueron feroces inicialmente, sobre todo las profesionales, pero al terminar la primera temporada ya iba siendo mejor considerada y tenía un buen grupo de fans, en especial trekkies que ven en ella un buen homenaje a Star Trek (Gene Roddenberry, 1966). Y en la segunda temporada el recibimiento está siendo bastante bueno, así que me he lanzado a verla.

Los dos primeros capítulos son un tanto desalentadores. Se caracterizan por ofrecer una parodia básica de Star Trek con dosis desganadas del humor MacFarlane, o sea, burradas y referencias frikis soltadas sin ton ni son, peor no en plan saturación como en Padre de familia, sino con cuentagotas. Pero la cosa mejora a ojos vista en los siguientes, y al final del año la maduración es bien patente, ofreciendo una buena mezcla de drama, aventuras y comedia y unos personajes muy simpáticos.

Se nota el cariño que tiene MacFarlane al género y más concretamente al universo Star Trek, el empeño en tratar de hacer un buen homenaje y una buena serie. Para ello ha buscado la colaboración con gente muy implicada en la saga, con quienes ha ido encontrando un tono más maduro para tras la simpleza inicial. Jonathan Frakes, que aparte de interpretar al comandante Riker de La nueva generación (1987) fue director de varios capítulos y películas, aquí también dirige uno. Y más importante aún, Brannon Braga, un guionista que creció en la sala de guionistas de aquella y luego saltó Voyager (1995) y Enterprise (2001), ejerce como uno de sus principales productores, escritores y directores. En lo visual también se nota su pasión: aparte de la influencia en el diseño artístico, MacFarlane defendió el uso de maquetas para las naves en los planos cercanos.

Los protagonistas crecen a ojos vista, pasando de estereotipos ramplones a figuras con vida propia, de hecho, hacia el final algunos resultan entrañables. Tenemos al capitán un tanto inmaduro, Ed Mercer, y la exnovia que no sabe muy bien lo que quiere de él, la comandante Kelly Grayson. MacFarlane encarna al primero, y no sorprende, pues le falta registro y carisma, pero como interpreta a un tontorrón bien intencionado por lo general convence lo justo. Adrianne Palicki (Friday Night Lights -2006-, Agentes de SHIELD -2013-) está bastante bien como una comandante joven pero competente. Muestra bien los momentos de duda y las peleas con Mercer, y tiene algunos momentos dramáticos muy buenos en el último episodio, muy centrado en ella y la relación.

En el resto de la tripulación encontramos de todo. El piloto idiota y loco pero muy hábil Gordon Malloy, que interpreta alguien que sí desborda personalidad, Scott Grimes (Urgencias -1994-, Hermanos de sangre -2001-). El navegante John LaMarr, con un desconocido J. Lee haciendo de negrata de barrio y tonto como puede pero aun así probablemente te saque de tus casillas en los primeros capítulos y no se recupere hasta que hacia el final le dan un arco más serio. A Mark Jackson no se le ve la cara tras Isaac, un avanzado robot (aunque de diseño retro, en otro homenaje al género), pero su voz es hipnótica, y el personajillo, el equivalente a Spock, un tipo serio y críptico que intenta entender mejor a la humanidad, resulta cada vez más interesante. La doctora Claire Finn, en manos de la veterana Penny Johnson Jerald (24 -2001-, El show de Larry Sanders -1992-, algunas apariciones en Espacio Profundo Nueve -1993-), es más secundaria, aunque el capítulo centrado en ella y sus hijos varados en un planeta con Isaac es de lo mejor de la temporada. Bortus es el tercero en rango, un alienígena serio y hosco pero competente, en la onda del klingon Worf; Peter Macon consigue expresarse a través de mucho maquillaje. La que más recorrido tiene este año es Alara Kitan, una chica muy joven metida a jefa de seguridad porque es de una de las razas más fuertes de la galaxia; Halston Sage saca todo el partido de los muchos conflictos personales y laborales que tiene. Y mención aparte merece Yaphit (voz de Norm MacDonald), un ser de consistencia gelatinosa (hecho por ordenador bastante bien) que parecía un chiste recurrente pero termina siendo un secundario de los que esperas su aparición en cada capítulo.

Aparte, en apariciones esporádicas tenemos algunos rostros muy conocidos en cine o televisión, como Victor Garber, Ron Canada, Kelly Hu, Jeffrey Tambor, Charlize Theron, Liam Neeson y un irreconocible Rob Lowe como el alienígena azul que siembra la cizaña en la relación de la pareja protagonista. También cabe destacar que el primer episodio lo dirige Jon Favreau (Iron Man -2008-). O hay mucho trekkie queriendo participar o MacFarlane tiene muchos amigos.

En las historias tenemos por lo general los roces abordo, tanto en el trabajo como fuera de él, y la misión de turno. Estas aventuras están en la mejor tradición de Star Trek, combinando la fascinación por descubrir nuevas cosas en el universo con diversos choques culturales, donde encontramos algunas lecturas morales muy efectivas. Hay conflictos éticos y políticos con otras especies, destacando su particular versión de los Romulanos, los Krill. Hay dilemas con la norma de no interferir en culturas atrasadas (en la onda de la famosa Primera Directiva), pues se encuentran con distopías, religiones, y demás que la ponen a prueba. También tenemos aventuras de supervivencia más clásicas pero que desarrollan temas jugosos con bastante gracia. Por otro lado, hay un episodio que se acerca más a Black Mirror (Charlie Brooker, 2011): aquel sobre un planeta donde la ley funciona por lo que vote la gente en la red; quizá podían haber sacado algo más de él, pero no está mal.

Conforme entramos en la temporada cada vez hay menos chistes infantiles y diálogos breves, la fórmula MacFarlane de soltar la gracia en medio de cualquier situación en vez de trabajar esta para que provoque risa en su conjunto va disminuyendo. Se sigue echando de menos algo más de ingenio, y el equilibrio entre drama, aventuras y comedia no termina de ser perfecto, pero tras el flojo inicio los protagonistas dejan de ser recipientes para verbalizar los chistes y hay escenarios más elaboradas, gracias de largo recorrido (destacando algún pique entre personajes), eficaces bromas recurrentes (el alien que quiere poner un hilo musical en el ascensor) y, sobre todo, se va cogiendo el punto al humor de la vergüenza ajena y la sátira (aunque esta no sea deslumbrante) de los temas socio-culturales tratados.

Todo se remata con un acabado visual bastante espectacular: vestuario, maquillaje, decorados y efectos especiales son de muy bien nivel. Eso sí, en el maquillaje me refiero a la creación de alienígenas, porque el de los humanos está un tanto sobrecargado y hay planos donde parecen payasos. MacFarlane también ha aprovechado la oportunidad para dar rienda suelta a otra de sus aficiones: la música de cine. En la banda sonora ha tirado la casa por la ventana con una gran orquesta y fichando nada más y nada menos que un titán como Bruce Broutghton (Silverado -1985-, El secreto de la pirámideYoung Sherlock Holmes, 1985-), a un veterano como John Debney (La isla de las cabezas cortadas -1995-, La pasión de Cristo -2004-) y a Joel McNeely, no muy destacable como compositor pero un reconocido director de orquesta. Los tres han seguido el tono de homenaje a Star Trek, sonando muy a James Horner, Jerry Goldsmith y a Dennis McCarthy, pero también se oyen referencias a La guerra de la galaxias, Alien

Por todo ello, no hay trekkie que no considere que es mucho mejor entrega de Star Trek que la fallida presentación de Discovery (Alex Kurtzman, Bryan Fuller, 2017), tanto en respeto a la saga, como en guion, como en acabado, y eso que aquella habrá costando cuatro veces más.

The Orville no aspira a ser una gran serie, sino un entretenimiento muy agradable, y a pesar de algunos baches y carencias por ahora va muy bien encaminada. Y Seth MacFarlane está empezando a caerme muy bien.

THE EXPANSE – TEMPORADA 3

Syfy | 2018
Ciencia-ficción, drama, acción, suspense | 13 ep. de 44 min.
Productores ejecutivos: Mark Fergus, Hawk Ostby, Naren Shankar, varios.
Intérpretes: Steven Strait, Cas Anvar, Dominique Tipper, Wes Catham, Shohreh Aghdashloo, Frankie Adams, Terry Chen, David Strathairn, Cara Gee, Chad L. Coleman, Shawn Dyle, Fançois Chay, Elizabeth Mitchell, Byron Mann, Martin Roach, Nadine Nicole, Andrew Rotilio, Monica Stuart.
Valoración:

Alerta de spoilers: Sólo presento las tramas de la temporada. —

En la segunda temporada de The Expanse acabé decepcionado. En vez de aumentar el nivel de complejidad y calidad como se esperaba, hubo un importante estancamiento en tramas y personajes y también la sensación de que el abultado presupuesto que se supone que tiene no lucía como debería. Pero los guionistas se han puesto las pilas a lo grande y el equipo técnico y los directores han exprimido cada céntimo, logrando un año redondo, espectacular.

Tiene dos partes bien diferenciadas, tanto que parecen temporadas distintas, pero ambas son tan buenas que el abrupto cambio de escenario no afecta al ritmo y el interés. Tan buenas que hubiera preferido un año completo dedicado a cada parte, pero quizá los autores veían la sombra de la cancelación sobre sus cabezas y aceleraron la historia para dejarla en un punto y aparte que pudiera servir como final. Ha sido una serie demasiado ambiciosa y cara para Syfy, un canal en el que desde el éxito de la adulta y oscura Battlestar Galactica (Ronald D. Moore, 2003) por alguna razón prefirieron apostar por series menores y por lo general más bien juveniles. Finalmente, se cumplieron los malos augurios, y acabó cancelada al termina la emisión de esta etapa. Pero por suerte son otros tiempos, y todos esperábamos que Netflix, su principal distribuidora fuera de EE.UU. y Canadá, siguiera con ella… pero en una maniobra inesperada ha sido Amazon quien ha adquirido los derechos para continuarla.

Como resultado, tenemos en una temporada lo mejor de los dos subgéneros habituales de la ciencia-ficción espacial: la ficción político-social y la fantasía de exploración. Pero el cambio de rumbo también renueva casi por completo las tramas y muchos personajes, algo insólito en una serie, y cambia la acción por el suspense. La primera parte del año se centra en la inevitable conflagración bélica en el sistema solar, la segunda, en la revelación final de la protomolécula. Ambas prometen cambiar el curso de la historia de la humanidad para siempre.

La guerra trae mil frentes abiertos, planes desbaratados por factores inesperados o traiciones, batallas y muerte por doquier. Vemos las tribulaciones políticas del gobierno de la Tierra, con la ambición del pelele de Gillis alentada por el corrupto de Errinwright: el secretario general sopesa la difícil disyuntiva de actuar con prudencia y esperar que las cosas se calmen o aprovechar el conflicto y hacerse un nombre en la historia. Conocemos las dudas de lealtad de los almirantes principales y algunos capitanes, donde se suceden disputas y motines que desmiembran la flota, mientras la armada de Marte, con su fanatismo, se mantiene unida. Todo parece abocado al desastre a pesar de la presencia de la pacifista reverenda y doctora Anna Volovodov (Elizabeth Mitchell), una vieja conocida de Gillis que este ha contratado para asesorarlo; pero la mujer se encuentra en un nido de víboras con poco margen de maniobra.

La protomolécula, por más esfuerzos que ha hecho la tripulación de la Rocinante, ahora renombrada como Pinus Contorta, sigue en manos de Jules Pierre Mao. Pero por ahora su prioridad es encontrar a Mei, la hija del botánico Meng, y no inmiscuirse en el conflicto bélico, que bastante problemas han tenido ya. Pero niña está en el núcleo de la tormenta, y así que acaban sorteando batallas y teniendo relevancia en el desarrollo de los eventos lo quieran o no. La secretaria Avasarala, con su guardaespaldas Cotyar y la marciana Bobbie, tratan de desenmascarar el complot de Mao y Errinwright, pero cayeron en su trampa y tienen que luchar a tiros por salir. ¿Lograran revelar pruebas de que la guerra ha sido provocada por intereses particulares?

El ritmo más que trepidante es demencial, no hay respiro, siempre surge un nuevo peligro, Los protagonistas principales recuperan el tono después de perder algo de fuelle. Cabe destacar la fantástica relación entre Amos y Meng, pero todos resultan de nuevo personajes llenos de matices y con gran magnetismo, y los actores están muy implicados. Muchos secundarios cobra mayor relevancia. Los almirantes Nguyen (Byron Mann) y Souther (Martin Roach) y sus principales oficiales ofrecen algunos de los momentos más tensos del año, pero tenemos un sinfín de historias menores con otros capitanes y soldados que potencian ese detallismo y realismo con el que se describe la historia del sistema solar.

En la segunda parte, la protomolécula salta a primer plano, habiendo creado en Venus un artefacto de propósito desconocido. Todo el sistema solar pone sus ojos en ello, pero la tensión en el aire es palpable, hay demasiadas heridas abiertas y rencillas pendientes, y juntar todos los bandos en un mismo sitio con tantos peligros y tanto miedo garantiza un polvorín. ¿Podrá la fascinación que despierta el objeto impedir la extensión de la guerra?

Conocemos a nuevos capitanes de Marte y la Tierra, más asesores varios, y el cinturón vuelve a requisar la nave generacional de los mormones y la envía llena de su gente al mando de Camina Drummer y el veterano comandante, pirata y terrorista Klaes Ashford. La tripulación de la Pinus Contorta acaba también metida en el meollo, con Jim Holden teniendo unas visiones extrañas justo cuando, por la fama adquirida, tienen unos periodistas abordo.

La inteligencia con que los escritores integran en la narración distintas visiones de lo que ocurre es digna de alabanza. La religión, la ciencia, la política, lo personal… todos los puntos de vista chocan ante una situación desconcertante que promete cambiar el entendimiento del universo. Cada personaje tiene una forma de reaccionar, y todos juntos mueven los acontecimientos. Mi sección favorita, aparte del grupo de Holden, son los líos de Ashford y Drummer y su población de cinturianos que comprende desde obreros resentidos a terroristas, todos con generaciones de odio a cuestas contra los planetas interiores por la larga historia de expolio y ninguneo. ¿Podrán la nueva situación aplacar la ira y dejar paso a la reconciliación? Dos colosos interpretativos, el conocido David Strathairm como Ashford y la joven pero sorprendete Cara Gee como Drummer, se alzan como los personajes secundarios del año, los comepantalla por excelencia: todas sus escenas, riñas y problemas son memorables.

Aquí también tenemos pequeños relatos que enriquecen la perspectiva global. Me ha encantado la del “saltador” (esos que hacen carreras de velocidad entre planetas y lunas), muy bien concentrada en pocos minutos y con un final alucinante, pero el capitán prudente de la nave insignia de la Tierra y la rica que se cuela en ella con Volovodod para estar en primera línea de los acontecimientos también son muy interesantes.

El único aspecto negativo, el único hilo suelto, es la presencia de Clarissa Mao (Nadine Nicole), otra del clan de los Mao que aparece para meter cizaña a su manera. Sus motivaciones no son nada verosímiles, por muy obsesionada que esté con la venganza por lo sufrido por su familia, no resulta creíble su viaje e intenciones. Pero aunque sea un personaje que rechina bastante, su interacción con los demás, los eventos que provoca con sus acciones, son muy variados. Por otro lado, cabe mencionar que el líder de la OPA, Dawes (Jared Harris), no aparece a pesar de que se lo menciona mucho y cabía esperar que dada su importancia estuviera presente; pensaba que sería por problemas de agenda del actor y que Ashford era un personaje creado para sustituirlo, pero por lo visto en los libros también se va dejando de lado.

En el aspecto visual prometió mucho en la primera temporada para, como señalaba, no crecer como se esperaba en la segunda. Pero este año es deslumbrante. Cada pocos capítulos aparecen nuevas naves con decorados muy elaborados y vistosos, de forma que parece una superproducción de cine. La puesta en escena maneja muy bien el ritmo ágil y la acción con muchos frentes abiertos a la vez, de forma que la historia fluye muy bien. Y hay con partes muy intensas en los escenarios bélicos y otros poblemas abordo, como el caos en que se sumerge la nave insignia de la Tierra con el frenazo. Las batallas espaciales no son tan numerosas como en Babylon 5 (J. M. Strackzynski, 1993) o Battlestar Galactica, pero resultan espectaculares, y eso a pesar del afán por hacerlas realistas.

La temporada resultante es colosal, con una ambición y realismo fascinantes como no se ha visto en el género desde Babylon 5. Sólo temo que después de este punto álgido no vuelva a tener historias tan llamativas, pero veremos qué nos ofrece, porque a partir de ahora no sabemos por dónde nos pueden llevar, salvo que obviamente hayas leído los libros, que van bastante por delante.

Ver también:
Temporada 1 (2017)
Temporada 2 (2015)

DOCTOR WHO (2005) – TEMPORADA 11


BBC One | 2018
Ciencia-ficción, aventuras, drama | 11 ep. de 50-60 min.
Productores ejecutivos: Chris Chibnall.
Intérpretes: Jodie Whittaker, Bradley Walsh, Tosin Cole, Mandip Gill, Sharon D. Clarke.
Valoración:

Doctor Who es una serie que sin resultar extraordinaria, de hecho es muy irregular, tiene una personalidad que engancha. La sigo desde su versión iniciada en el año 2005, pero es una de esas que no termino de comentar con continuidad por falta de tiempo. Pero en esta ocasión he hecho el esfuerzo, porque ha llegado el cambio más importante de esta ya larga etapa. El showrunner Steven Moffat deja la serie tras haber tomado el relevo a Russell T. Davies en 2015 sin que se notara un gran cambio de estilo y calidad, seguramente porque hasta entonces era un colaborador habitual. Ahora el encargado es Chris Chibnall, que también escribió algunos guiones anteriormente, pero no tenía una participación activa en el desarrollo global. Se lo conoce por Broadchurch (2013), un melodrama ramplón pero de gran éxito, y por la fallida Camelot (2011).

Con la renovación del guionista jefe se esperaba una renovación de historias, que llevaban dos años con un desgaste en aumento. La fase del Doctor encarnado por Peter Capaldi no empezó mal en su entrada en la octava temporada, pero fue decayendo poco a poco. Su acompañante Clara (Jenna Coleman) era muy simpática, pero a la hora de la verdad sacaron poco partido de ella, y aunque es cierto que lo mismo ocurrió con Amy Pond (Karen Gillan), en este caso se ha ido notando más conforme crecía la pérdida de inspiración y calidad, que en la novena ya se hizo muy evidente. Del relevo Bill Potts (Pearl Mackie) en la décima sesión ya casi nadie se acuerda, de lo aburrido que fue el personaje y la falta de savia de las aventuras. El gran carisma de Capaldi no bastaba para mantener el nivel, así que el anuncio del cambio de rumbo se recibió bien…

Hasta que la BBC y los productores cometieron lo que algunos llamaron una osadía imperdonable: en su nueva reencarnación el inmortal Doctor tendría un cuerpo femenino. Las hordas machistas llenaron internet con rabietas, aspavientos y soflamas ridículas, pues el estreno quedaba lejos y no había manera de prever el resultado. No se quejaron cuando el Amo (The Master) cambió a mujer varios años atrás, de hecho, Michelle Gomez fue una gran mejora respecto al sobreactuado John Simm y el personaje se trabajó mejor, pero ahora el asunto está candente y los ofendiditos saltan a la mínima.

Pero me temo que a la hora de la verdad, en un requiebro inesperado de acontecimientos, algunas quejas se han cumplido. Hablo de la sensación de que los productores se han vendido a la moda feminista por cumplir, no porque la serie lo necesitara o porque saliera de forma orgánica de su propia evolución. Y es que esta undécima temporada ha resultado ser un escaparate no sólo del feminismo, sino también de la conciencia racial, y en ambos casos resulta demasiado evidente y machacón.

Doctor Who siempre ha sido una obra con algo de carga ética. Con una perspectiva sensible y sutil han tocado muchos temas entre aventuras de todo tipo, y en algunos casos el Doctor ha enfrentado dilemas de gran calado. Pero precisamente esa sutileza y armonía falta en los guiones de Chris Chibnall. Aparte del cambio a mujer del rol central, los acompañantes, ahora más numerosos que nunca, parecen obedecer al cupo racial y sexual más políticamente correcto de lo últimos años en cine o televisión. Y en vez de que la moraleja o los conflictos éticos surjan de situaciones concretas con naturalidad se insiste demasiado, rozando el panfleto en algunos capítulos en los que ya desde la premisa se proclama sin disimulo una trama dirigida hacia esas temáticas.

Tenemos al chico negro, la chica india, el matrimonio interracial y la mujer líder, y sus vivencias hablan del racismo y el machismo insistentemente. Por si no tenías bastante con los apuntes aquí y allá nos plantan Rosa (1103), con la sobada crónica de Rosa Parks y Martin Luther King narrada con desgana, y Demonios del Punjab (1106), donde con la Partición de la India como base construyen un relato simplón y manipulador. Por si las referencias múltiples en cada episodio no bastaban para reincidir en los derechos y libertades de la mujer, toma capítulo de brujas (Los hechiceros, 1108) dando vueltas todo el rato sobre lo mismo; al menos este último, dejando de lado las pesadas reivindicaciones, está bien escrito y es de los mejores del año (atención a la aparición de Alan Cumming).

Polémicas aparte, el trabajo de Chibnall no trae la esperada renovación de ideas y la recuperación cualitativa. Se mantiene la falta de ingenio, ritmo, y conexión con los protagonistas que se ha ido gestando en las últimas temporadas, a lo que se suma un desmejorado acabado visual.

La ampliación en el número de acompañantes no convence. Hasta ahora las inclusiones de las familias del acompañante de turno no han terminado de funcionar, sobre todo las parejas románticas, salvo la madre de Rose y el abuelo de Donna, que eran muy agradables. Lo cierto es que en la presentación (La mujer que cayó a la Tierra, 1101) el grupo actual apuntaba maneras. Todos son introducidos de forma que su vida normal no aburre, el choque con la Doctora es atractivo, y el drama que estaban viviendo encaja bien en el relato inicial. Pero en adelante quedan estancados, en cada nueva aventura cumplen con el cliché del que partía su descripción inicial y poco más, y a la hora de contar algo con ellos lo único que encontramos es un dramón paterno filial manido, previsible y sensiblero hasta resultar cargante, y para colmo rematado con aún más sensacionalismo barato en el lastimero especial navideño (Solución, 1111).

Una característica esencial del acompañante del Doctor era que funcionaba como nexo con la humanidad, la ética, la realidad… porque sin una brújula moral y terrenal que lo sostenga es proclive a perder el norte. Además, también sirven como conexión con el espectador, haciendo del punto de vista que nos lleva a lugares y situaciones extraños. Aquí ese puesto lo ocupa Graham (Bradley Walsh), el abuelo responsable, preguntando, cuestionando, discutiendo las opciones y poniendo límites morales cuando cree que son necesarios. Por ello, es el acompañante con mejor recorrido y más unido a las historias y a la propia Doctora, y en general, el único que merece destacar y recordar del grupo. Yasmin Khan, o Yaz (Mandip Gill), la india y agente de policía novata (esto último no aporta nada), queda tan relegada en todos los capítulos (incluso en el de la India y Pakistán es poco menos que una excusa para la trama) que te preguntarás qué hace ahí, aparte de justificar la cuota racial. Ryan Sinclair (Tosin Cole), el joven negro, tiene más presencia, pero entre lo tonto que lo ponen, que es el actor menos competente, y el forzado drama familiar (madre fallecida, padre ausente, y encima tiene una enfermedad absurda que aparece y desaparece -la dispraxia, una alteración psicomotriz-), termina siendo irritante bien pronto.

Termina ocurriendo como en la etapa de Capaldi: el carisma del rol central mantiene la serie a flote. Si bien en cada reencarnación entre guionistas y actores han aportado al personaje distintos matices, siempre se han mantenido dentro de un margen reconocible. Y la Doctora es el mismo personaje de siempre, no el desastre anunciado por los quejicas (el ridículo berrinche llega al punto de que en muchos subtítulos hechos por aficionados todo diálogo con ella lo ponen en masculino). Vemos su esencia en todo momento: el ánimo resolutivo inquebrantable, la rígida ética, la pasión por vivir y conocer lugares, gentes y culturas… En este caso, recuerda a la fase de Matt Smith, más jovial y alocada, sobre todo porque Jodie Whittaker rebosa una simpatía y energía contagiosas. Por ello es una pena que no se muestre por ahora ninguna evolución dramática concreta y que falte imaginación en las aventuras. Por lo general la Doctora pasa casi sin despeinarse por historias poco llamativas donde hay más tecnojerga (demasiado, de hecho) que conflictos dramáticos serios y retos tangibles con los que poder emocionarse. Y el villano principal del año es insípido, no supone una némesis tangible, pero esta carencia viene de lejos en la serie; al menos no han construido a su alrededor una expectación artificial como han hecho muchas veces.

Chibnall exigió diez episodios en vez de doce (más el especial navideño en ambos casos) porque decía que con tantos se agota la creatividad y no da tiempo a rodar tan bien, pero precisamente esta temporada ha sabido a poco, le falta lo que hacía destacable a la serie en sus mejores tramos (los encarnados por David Tennant y Matt Smith), más vitalidad y personalidad y, sobre todo, dos, tres o cuatro episodios notables y uno o dos extraordinarios. Este año, como en el anterior, sólo tenemos los correctos y entretenidos pero que no se quedan en tu memoria durante mucho tiempo, los flojos que olvidas al día siguiente, y los malos que cuesta ver enteros.

El más llamativo ha sido Kerblam! (1107), que muestra que se puede hablar de un conflicto social sin parecer el discurso de un político: el tratamiento de la explotación laboral acrecentada por las nuevas tecnologías (robótica, internet) es muy interesante y bastante completo. Los más trepidantes y divertidos me han parecido el loco El enigma de Tsuranga (1105) y Arácnidos en Reino Unido (1104), pero incomprensiblemente se han llevado las peores críticas. El que más se acerca a la esencia de la serie sería Te lleva lejos (1109), mezclando drama y surrealismo hábilmente con el conflicto con el alienígena peligroso de la semana, pero no cala mucho. Y La mujer que cayó a la Tierra es correcto pero muy predecible.

Entrando en los mediocres, el supuesto final de temporada, La batalla de Ranskoor Av Kolos (1110), no ofrece nada llamativo, es tan insípido que en seguida se olvida. Es Solución (1111) el que cierra los pocos frentes abiertos, pero es muy flojo, cuando del especial navideño se espera algo más ambicioso, algo que no cumple ni con daleks de por medio; por cierto, lo han pasado a Año Nuevo porque ya no quedan cuentos de Navidad que tratar. Y lo peor llegó en el segundo capítulo, El monumento fantasma (1102), que no sé cómo no provocó una estampida de espectadores: es de los más cutres e insoportables de toda la serie.

Pero si bien Chibnall se ha quedado corto y la crispación ha aumentado la sensación de desgaste, para mí es el acabado visual el factor más importante a la hora de perder otro poco de calidad y parecer menos Doctor Who que antes. En este período se anunciaba también una actualización visual. Con cámaras modernas y un cambio en estilo de la fotografía nos vendían un aspecto cinematográfico, pero a la hora de la verdad no se ha visto por ninguna parte, sino que más bien tenemos un retroceso muy llamativo. La fotografía es pésima. El ratio 2.1, más amplio que el 16:9, debería lucir por ejemplo como en Marco Polo (John Fusco, 2014), que era floja pero impresionante en lo visual. Sin embargo, con tanto plano cerrado a rostros y la pésima labor de dirección y montaje que arrastran todos los capítulos parece una serie más antigua y cutre que el inicio de esa etapa en 2005, y era de muy bajo nivel por la falta de presupuesto. Para rematar, la música orquestal tan dinámica de Murray Gold se echa rápido de menos, porque Segun Akinola compone un galimatías electrónico del que los realizadores abusan demasiado para adornar escenas aunque no venga a cuento.

En audiencias, la polémica como siempre es rentable, pues su estreno ha sido uno de los capítulos más vistos de toda la serie y de media ha superado ligeramente a los últimos tres años. Y en general las críticas especializadas no han sido malas, a pesar de que el público fiel la pone bastante a caldo, así que es de suponer que mantendrán el estilo aquí aplicado. Si por mi fuera me quedaba con La Doctora (Whittaker) y el abuelo Graham (Walsh) y despachaba a todo el resto del equipo, empezando por Chibnall.

LOST IN SPACE – TEMPORADA 1


Netflix | 2018
Drama, aventuras, ciencia-ficción | 10 ep. de 47-65 min.
Productores ejecutivos: Matt Sazama, Burk Sharpless, Neil Marshall, Marc Helwig, Jon Jashni, Zack Estrin.
Intérpretes: Molly Parker, Toby Stephens, Maxwell Jenkins, Taylor Russell, Mina Sundwall, Parker Posey, Ignacio Serricchio, Raza Jaffrey.
Valoración:

La serie original, creada por Irwin Allen en 1965, fue un producto familiar sencillo (hoy en día nos parecerá ingenuo, quizá incluso cutre) con bastante éxito popular, hasta el punto de que ha propiciado numerosas referencias en distintas películas y series (Los Simpson como siempre a la cabeza). El argumento parte del clásico drama familiar (conflictos paternos, educación de los hijos), pero el giro de tener aventuras en el espacio le daba un aire nuevo en aquellos tiempos; por ejemplo, el robot causó sensación.

En 1998 fue llevaba al cine como superproducción cinematográfica escrita por Akiva Goldsman (El cliente -1994-, Batman Forever -1995-, Batman y Robin -1997-) y dirigida por Stephen Hopkins (Depredador 2 -1990-, Los demonios de la noche -1996-), aunque de calidad anduvo tan escasa que el boca a boca la hundió rápido; ni con la estupenda música de Bruce Broughton y la presencia del insigne Gary Oldman se podía salvar. Hubo un intento de resucitarla como serie en 2004 bajo el título de The Robinsons: Lost in Space. A pesar de estar producida por grandes empresas (Warner Bros. y la cadena Fox) no salió nada bueno y se quedó en el episodio piloto. Puedes echarle un vistazo en Youtube si te atreves. En argumento y tono parece sacada de los años setenta, con lo que renovación poca, y pesar de estar dirigido por John Woo, con varias películas de acción a cuestas (Cara a cara -1997-, Acantilado rojo -2008-), el paupérrimo aspecto visual también empeora las malas sensaciones.

La nueva versión llega de la mano de varias productoras pequeñas y Netflix con dos guionistas que, viendo su corto y débil currículo, tiran un poco para atrás: Matt Sazama y Burk Sharpless tienen en su haber paridas como Drácula: La leyenda jamás contada (2014), El último cazador de brujas (2015), Dioses de Egipto (201) y Power Rangers (2017). Quizá si me hubiera fijado antes en sus nombres ni me habría acercado, pero llegué por el reparto y por el género, no puedo resistirme al espacio y las naves.

Por suerte, esta aproximación es bastante ambiciosa, tanto en lo visual, con un presupuesto sin duda descomunal muy bien aprovechado, como para mi sorpresa también en la escritura. Mantienen el tono para toda la familia, pero no es una cursilada llena de argumentos bobos, tópicos y moralina barata, sino que toman al espectador por inteligente, los autores son capaces de ofrecer aventuras emocionantes para los jóvenes y un envoltorio más complejo y serio para los adultos. Por comparar con otras del género recientes, me estoy acordando de los infumables dramones llenos de personajes estereotipados de Terra Nova (Kelly Marcel, Craig Silverstein, 2011) y Falling Skies (Robert Rodat, 2011), y no hay color.

Las aventuras son variadas y por lo general bastante completas. Se combina supervivencia en la naturaleza y contra el propio ser humano con ciencia-ficción bastante realista, habiendo poca tecnojerga y ciencimagia y más empeño en mostrar el esfuerzo físico pero también intelectual de los personajes de forma verosímil aunque los escenarios sean fantasiosos. Cabe señalar que se ven pronto las intenciones de describir la ciencia, el progreso y la pasión por descubrir cosas como algo que puede traer algún peligro pero siempre recompensas mayores. Un drama familiar tan progresista viniendo de EE.UU. hoy en día es algo atípico y muy valioso.

Los hechos calan en los personajes, no es una vuelta al statu quo tras cada resolución. Hay situaciones traumáticas en casi todos los episodios, con algunas disyuntivas de nivel, como cuando se presenta la elección de salvar a una persona arriesgando a muchas o dejarla morir ante sus narices. Los protagonistas son inesperadamente grises y falibles, incluso la villana crece muy bien tras una presentación que no apuntaba maneras. La perspectiva que esta tiene del mundo se trabaja bien para que su empeño en sobrevivir a costa de todos (por cobardía, incapacidad para ver el cuadro completo, etc.) no la convierta en un cliché con patas sino en un ser miserable muy atractivo. Esto permite otros dilemas interesantes: cómo tratar la justicia y el perdón en el nuevo mundo.

Es cierto que la familia responde inicialmente también a unos cuantos estereotipos. El matrimonio a punto de romperse por las ausencias del hombre por su trabajo, la madre perfecta, el niñito empollón, las adolescentes, una la bohemia y otra la chica de carrera… Pero tienen dimensión suficiente para resultar simpáticos, aunque, al menos todavía, no entrañables, y ocurren tantas cosas que no da tiempo a que se atasquen en sus descripciones iniciales, siempre hay movimiento en las historias y problemas en lo personal y lo ético que los exprimen adecuadamente. Pronto llega el robot, que aporta el toque de misterio. El diseño es espectacular y produce asombro e inquietud a la vez. Y no tardan en aparecer también nuevos grupos de supervivientes, todos bastante interesantes y aportando más historias y conflictos.

Uno de los alicientes que me llevaron a verla a pesar de las reticencias iniciales con que fuera una obra muy infantil es el reparto. Con dos grandes actores como Toby Stephens (Black Sails, 2014) y Molly Parker (Deadwood, 2004) me tenían medio ganado. Pero los chavales también están muy bien elegidos, sobre todo el más difícil, el jovencísimo Maxwell Jenkins, que logra una interpretación muy natural. Y Parker Posey (Superman Returns, 2006) como la malvada doctora Smith también está estupenda en un papel muy complicado: es capaz de mentir hablando pero mostrar su cobardía y sus planes con la mirada.

Lo único que se le puede achacar es que algunas historias personales se ven venir muy de lejos y que a veces pecan de buscar el escenario más grande y exagerado, saliéndose de la tónica realista para forzar algunos finales de episodio de infarto. Las disputas matrimoniales siguen todos los pasos esperables sin un atisbo de buscar novedades, de hecho, ocurre lo contrario, deciden que llega el momento de tener tal situación y la fuerzan, por ejemplo montando a los dos padres en el coche y haciendo que se queden varados por ahí para que tengan que trabajar juntos y acercarse otro poco. En cuanto a efectismo innecesario, hay varios momentos aquí y allá que hacen torcer el gesto un poco, pero la palma se la lleva la salida final al espacio, un despiporre de exageraciones y salvaciones en el último momento, para acabar en un giro tipo Perdidos (J. J. Abrams, Jeffrey Lieber, Damon Lindelof, 2004). Entiendo que había que tener un clímax apasionante, pero es tan artificial que resulta contraproducente, hay momentos en que da más bien vergüenza ajena.

En lo visual no hay ni una pega, tiene el nivel de superproducción de cine, tipo Prometheus (Ridley Scott, 2012) o El marciano (ídem, 2015). El vestuario es impresionante, pero los decorados, vehículos y efectos especiales son realmente asombrosos, y el rodaje en espectaculares exteriores garantiza un aspecto visual arrebatador. Es incluso decepcionante si se mira en el sentido de que hay un montón de grandes obras ciencia-ficción que se quedaron cortas (o incluso canceladas) por falta de dinero, y esta serie menor y algo tontorrona consigue tal despliegue. Directores de talento como Neil Marshall (The Descent -2005-, Centurión -2010-), Vincenzo Natali (Hannibal -2013-) y David Nutter (desde Expediente X -1993- a Juego de tronos -2011-) exprimen las posibilidades al máximo. Ya con las fastuosas panorámicas de hielo y montañas de los primeros capítulos me engancharon, pero partes como la del valle de tierra (donde hay otra nave estrellada a punto de caer por un acantilado) son alucinantes.

Si logran quitarse de encima las pocas limitaciones argumentales y consiguen mantener un interés constante sin inclinarse demasiado por artificios huecos, la serie puede crecer muy bien. Netflix no suelta datos sobre sus audiencias, pero parece que ha tenido buen recibimiento, así que tendremos segunda temporada para comprobar si madura adecuadamente.

PD: Netflix España está optando por no traducir ni un título. Me da rabia, teniendo muchos una traducción tan fácil y resultona.