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DARK MATTER – TEMPORADA 3 Y FINAL.

Space, Syfy | 2017
Ciencia-ficción, suspense | 13 ep. de 43 min.
Productores ejecutivos: Joseph Mallozzi, Paul Mullie.
Intérpretes: Melissa O’Neil, Anthony Lemke, Alex Mallari Jr., Jodelle Ferland, Zoie Palmer, Torri Higginson, Andrew Moodie, Ellen Wong, Ennis Esmer, Ayisha Issa, Mishka Thébaud.
Valoración:

La tercera temporada de Dark Matter es la última, pues Syfy la ha cancelado debido a su continuada bajada de audiencias, dejando en el aire todas las historias personales y las tramas globales. Nunca ha sido una gran serie, ni aspiraba a ello, pero prometía varios años de buen entretenimiento de género. Sus problemas ya estaban ahí en sus inicios, pero sus virtudes y la percepción de que iba madurando en buena dirección los eclipsaban bastante. Pero esta etapa me ha resultado larga y dispersa, con más achaques que aciertos. En vez de madurar y centrarse va atascándose en algunos vicios, mostrando una deriva general que empieza a pesar más de la cuenta.

El punto oscuro más vistoso y creciente es la sensación de improvisación, de que las líneas narrativas no se han planeado con dedicación y visión sino que las apañan mediante lluvias de ideas en la sala de guionistas, en plan Perdidos. La más relevante, la guerra entre las grandes corporaciones, no está mal, pero no terminan de cogerle el punto y la relegan más de la cuenta.

El sistema político, social y económico vigente era injusto, pero el conflicto y el resultado más previsible pondrán las cosas peor, así que nuestros protagonistas planean implicarse para tratar de inclinar la balanza hacia algo mejor. Se siente la gravedad de la crisis y se sigue su desarrollo de fondo en cada capítulo, aunque estos se dediquen a otras aventuras. Pero a la hora de la verdad tenemos pocos episodios centrados por completo en este asunto (las colonias en huelga es lo más relevante), dando la impresión de que se deja de lado el hilo principal para inventarse rellenos sobre la marcha. De hecho, es lamentable cómo intentan sacar de mala manera de la ecuación el Impulsor Instantáneo, una de las muchas cosas improvisadas, que ahora no saben cómo mantener porque les da a los protagonistas una ventaja total, así que siempre hay una excusa, que no lo tienen o que está estropeado… ¡Tanto jaleo con el chisme para esto!

La otra sección que más ocupa es la de las intrigas palaciegas de ese imperio pseudojaponés donde meten a Cuatro cuando recupera su personalidad de Ryo Ishida, el heredero del trono. A pesar de ser la parte que peor resultado dio en los primeros años se empeñan en extenderla con más tópicos rancios y cargantes. El emperador Ryo es cabezota e infantil, la corte un nido de víboras, el maestro sabio y paciente, y su guerra aburre un montón. Además, resultan aventuras con un tono y un recorrido tan ajeno al resto de la serie que no sé en qué pensaban al incluirlas y encima ir dándoles más protagonismo. Y no me paro a listar todos los puntos poco trabajados o los agujeros de guion: que todos vayan por la corte con katanas a pesar de los recelos en seguridad, los diálogos chapuceros… Cada vez que aparece este grupo de personajes el interés cae al mínimo y el tedio hace mella.

Los capítulos del día son desiguales, aunque nunca malos o pesados. Tenemos aproximaciones a la ciencia-ficción más dura, con paradojas temporales clásicas a lo Star Trek pero bastante entretenidas, y otras más originales que dejan aún mejor impresión. El manido viaje a la Tierra en nuestro presente sorprendentemente funciona, el lío con los interrogatorios en realidades virtuales es bastante ingenioso, y el bucle temporal de Tres es muy movidito y divertido, por ejemplo. Pero también saltamos a aventuras de mercenarios muy trilladas, en plan Firefly de baratillo, con secuestros, tiroteos y demás enredos predecibles. El problema es que en vez de perfilar la combinación de géneros e ir arreglando los desequilibrios han seguido añadiendo capas al tuntún, es decir, acabamos el año sin haber terminado de encaminar ninguna de las líneas abiertas pero lanzando nuevas más rebuscadas. El momento en que una versión futura de Cinco anuncia lo mucho que les queda por vivir, tratando de poner intriga sobre las tramas por venir, dio bastante vergüenza ajena, y cuando empieza a materializarse esa nueva lluvia de ideas desde luego apunta bajo: ahora tenemos alienígenas que vienen de otra dimensión.

La parte más llamativa y eficaz hasta ahora, los protagonistas, sus secretos y relaciones, empieza a dar algunos tumbos en vez de ir aumentando el nivel de interés y complejidad. Algunos misterios dan pasos en buena dirección, como los orígenes de Dos, que ofrecen buenas sorpresas, o algo que promete bastante, la rebelión de los robots, donde nuestra Androide tiene su protagonismo, aunque se afea con esa cutre forma mostrar sus recuerdos con cuentagotas. Hay revelaciones que me dejaron un poco frío, como el pasado de la joven Cinco, bastante insustancial… y que se torna delirante cuando empiezan a añadir giros de culebrón para intentar darle enjundia: ¿una hermana perdida cuya madre adoptiva es la jefaza de otra corporación? Y otros están dando vueltas en círculos: Seis y sus deseos de mejorar el mundo no terminan de cobrar forma (de hecho lo aparcan un par de capítulos, donde deja de aparecer), y cuando se mueve un poco no emociona: su drama familiar es muy simplón; y Tres y su romance con su novia virtual tampoco consigue dejar huella a pesar del tiempo que ocupa, y aunque en el final por fin parecían darle vida, literalmente, no me llamó mucho la atención.

Con los secundarios hemos tenido el mismo problema que en la etapa anterior: no han sido capaces de mantener a algunos actores, y han buscado sustitutos con desigual resultado. La que llegó para intentar llenar el hueco de Uno, Nix, fue despachada también de mala manera, y es descarado cómo se buscan otro personaje parecido y una actriz calcada, pero con tanto empeño en la imitación o sustitución los escritores no se esfuerzan en su personalidad y no termina de ganarse su hueco. El mafiosillo que los contrataba también se esfuma, pero por suerte el sustituto es un actor con buenas aptitudes (Mishka Thébaud), y esta vez sí dibujan un rol muy llamativo. Del resto de recurrentes sólo destacan el mercenario de la tripulación de la Raza paralela (esa que surgió en algún cruce entre universos), el que siempre lleva un palillo en la boca, y la comandante Truffault; los demás son más bien cargantes (el jefazo de la otra corporación, Nieman, y la citada corte del emperador) o se trabajan tan poco que de una aparición a otra ni me acordaba de quiénes eran, como esos agentes de la Autoridad Galáctica que salen de vez en cuando.

Otro lastre es el perfil bajo de la producción. No me quejaría de la falta de dinero y recursos si con imaginación y buen hacer mantienen cierta dignidad, pero la puesta en escena es bastante malilla, sobre todo en las escenas de acción, y he acabado hasta las narices de los cortes para publicidad con momentos de tensión forzada (con unas cuantas falsas muertes lastimeras) y caras de asombro forzadas en los actores. Aun así, debo decir algo en su favor: hay más y mejores escenas de naves y batallas espaciales que en Star Trek: Discovery, a pesar de que su presupuesto será como diez veces menor.

Al final, lo único que sostiene la serie a estas alturas, aparte de los capítulos independientes más amenos, esos centrados más en la ciencia-ficción que en la política, son las relaciones entre personajes, donde los actores, sin deslumbrar, mantienen buena química, y el guion, aunque empieza a mostrar desgaste, aún ofrece frases y situaciones con cierta gracia. Pero apenas llega para sostener un conjunto caótico, sin previsión de mejora sino todo lo contrario. Han tenido tres años para encarrilar una serie con bastante potencial y no han sabido hacerlo, así que la cancelación es entendible.

Ver también:
Temporada 2.
Temporada 1.

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ORPHAN BLACK – TEMPORADA 5 Y FINAL.

BBC America / Space | 2017
Drama, suspense, ciencia-ficción | 10 ep. de 44 min.
Productores ejecutivos: John Fawcett, Graeme Manson, David Fortier, Kerry Appleyard, Ivan Schneeberg.
Intérpretes: Tatiana Maslany, Jordan Gavaris, Kevin Hanchard, Maria Doyle Kennedy, Kristian Bruun, Ari Millen, Josh Vokey, Evelyne Brochu, Skuler Wexler, Cynthia Galant, Lauren Hammersley, Stephen McHattie, Kyra Harper, Rosemary Dunsmore.
Valoración:

Alerta de spoilers: Describo bastante a fondo la temporada. —

Me alegré cuando anunciaron que la quinta sería la última temporada de Orphan Black, porque era evidente el desgaste creciente. Y si bien la pequeña remontada en la cuarta recuperó mi fe, siendo además alentada porque con el final a la vista era de esperar que se pusieran las pilas, el presente curso ha sido el más flojo, hasta el punto de resultarme una decepción donde ni si quiera el desenlace ha disminuido las malas sensaciones, de hecho las ha agravado.

El problema se empezó a hacer patente en la segunda sesión y más grave en la tercera. Es el virus de Expediente X, eso de que los guionistas se empeñan en alargar las tramas dándole giros sensacionalistas poco meditados, añadiendo una maraña de capas que no sirve para disimular la falta de ideas y esfuerzo. En este caos las virtudes iniciales se iban diluyendo. Las agradables y entretenidas aventuras de las clones sobrellevando sus vidas empezaban a quedar demasiado eclipsadas por la impostada seriedad y el farragoso entendimiento del thriller de conspiraciones. El cuarto año recuperó un poco las formas, y auguraba que el tramo final iría al grano intentando arreglar el entuerto… Pero me temo que este virus alcanzó una extensión fatal y los escritores no han sido capaces de encauzar las cosas.

Lo peor es que da la sensación de que se aferran a unos pocos malogrados puntos clave y no son capaces de ver más allá, ni sus errores ni las necesidades de la historia. Uno ya lo conocíamos y estaba bien gastado: la dichosa enfermedad de las clones, que mucho amenazar pero afectaba solo a Cosima, y aparecía y se ralentizaba según quisieran apremiar o reservar el drama, y por tanto hace mucho que no había quien se la creyera. La segunda es el intercambiable enemigo. Tras marear la perdiz con Ferdinand, Evie Cho, Susan Duncan, Rachel, Leekie, Coady, la junta de tal y cual nueva empresa (otra que cambiaba cada poco tiempo), uno ya no sabía de quién huían y contra quiénes luchaban. Para colmo introducen a un nuevo tipo raro y medio loco que se supone el cabecilla de todo, P. T. Westmorland, pero no causa misterio ni temor alguno, sobre todo cuando empiezan a reaparecer otros que ya creíamos superados (Susan, Coady, Ferdinand) y las agendas se entrecruzan sin que terminemos, ahora que era más necesario que nunca, sabiendo a quién debe lealtad y qué planea cada uno. La tercera base mal exprimida es la permanencia en la isla de Westmorland y su panda de seguidores en plan secta. Su uso como guarida final del enemigo es bastante penoso, primero, por la falta de credibilidad en que dirigiera grandes investigaciones desde ahí y de la gente absurda que lo sigue, segundo, porque nos tiramos todo el año ahí, relegando el necesario avance de las historias sin disimulo alguno.

Cuando por fin parece que todo se va a encaminar hacia algo más concreto encontramos meteduras de pata y puntos grises en cantidad, hasta el punto de que no se entiende la mitad de lo que ocurre. No me creo que las luchadoras de Sarah y S. vuelvan a casa sin más, se rindan y acepten peticiones tan exigentes como que experimenten con Kira. Sigue sin entenderse los cambios de bando y las apariciones aleatorias de algunos secundarios como Ferdinand, Susan Duncan y Delphine, y, más importante, nunca se llega a vislumbrar qué persigue Rachel. La parte del detective Art no tiene ni pies ni cabeza: acepta trabajar con la policía infestada de los malos sin más lucha, y sólo de vez en cuando parece tomarse en serio lo de ayudar a las “sestras”.

Así pues, no ha habido sensación de dirección, no ha surgido intriga por el porvenir de las clones, de si saldrán airosas y cuánto tendrán que sacrificar. Los villanos son más cansinos que nunca, no casuaban pavor alguno y como digo ni se llega a entender el plan y ambiciones de cada uno, más allá de terminar simplificando todo en un cutre concepto de cómic: Westmorland quiere ser inmortal a toda costa. Los secundarios, salvo Donnie, están cada vez más diluidos, incluso Scott, pero es que hasta las clones se atascan en un bucle eterno, con lo que se pierde aún más ese tono aventurero con toques de comedia que hizo destacar a la serie en sus inicios.

En esta situación se veía venir un final desastroso, y lo cumple bastante bien: los cierres a las tramas principales dan vergüenza ajena, y los personajes ya no tienen mucho que decir y no ofrecen nada sorprendente. Es delirante lo que hacen con Felix y su nueva hermana: desaparecen al poco y los usan como comodín externo para concluir una parte de la trama, mientras que la otra también llega sin más. Sí, tras cinco temporadas con las clones luchando incansablemente por conocer sus orígenes, librarse de sus enemigos, hallar la cura y poder vivir en paz, Cosima se tira todo el tiempo dando paseos por la isla con problemas irrelevantes y repetitivos, Sarah deja de ser ella y se apalanca en casa, lamentándose sin hacer nada, Alison apenas tiene un par de escenas para cumplir con su línea, Helena con su embarazo queda definitivamente como un macguffin dramático de baratillo, y finalmente la conspiración científica que las asfixiaba la resuelven Felix y Adele fuera de pantalla y la dichosa cura le cae a Cosima en las manos después de muchos amagos tramposos.

Para rematar, tenemos dos giros muy típicos y mal empleados: la muerte gratuita de un personaje para forzar un supuesto final trágico, pero que como es de esperar sabe a polvo por lo falsa que resulta, y el intento de recuperar los orígenes, de cerrar el círculo, a base de flashbacks, que no aporta nada necesario y se inclina también demasiado por la manipulación emocional. Y por si fuera poco el epílogo se apoya en otros clichés rancios: la reunión feliz en plan barbacoa en el patio trasero resulta tan pastelosa como insatisfactoria. El final parecía que iba a salvarse porque amagan con mostrar secuelas de todo en Sarah, pero no llega a dar nada llamativo y terminan por dejar esa y muchas otras cuestiones en el aire: ninguna tiene trabajo, ¿viven de Alison y Donnie todas?; ¿y qué fue del trabajo de estos?; la trama empresarial era enorme, pero por arte de magia se ha diluido por completo (¿y el control que tenía esta gente sobre la policía?), y además tras tanto ruido ningún país ni autoridad parece haberse enterado de nada; y no me he parado a analizar más a fondo para no sentirme peor.

Del año salvo bien poco. Una original y efectiva escena que recupera los líos con las clones, en esa fiesta que monta Felix donde las presenta poco a poco; el impactante cariz que toma el asunto del ojo Rachel, donde no se cortan un pelo a la hora de mostrarlo; la loca de Krystal seduciendo a un empresario para conseguir información. El resto, monotonía, vueltas en círculos, soluciones chapuceras para historias ya agotadas, y un insuficiente drama personal. Casi todos los capítulos se me hicieron larguísimos y pesados, y el final muy decepcionante. La personalidad de Tatiana Maslany imprime a todas las clones, incluso las que tienen breves apariciones, apenas sustenta una etapa errática, aburrida, que quizá aprobará por los pelos, pero como temporada de Orphan Black, más siendo la final, hay que considerarla fallida.

Ver también:
Temporada 4.
Temporada 3.
Temporada 2.
Temporada 1.

SENSE8 – TEMPORADA 2.

Netflix | 2017
Drama, aventuras, ciencia-ficción | 11 ep. de 55-120 min.
Productores ejecutivos: J. Michael Straczynski, Lilly Wachowski, Lana Wachowski, varios.
Intérpretes: Doona Bae, Jamie Clayton, Tina Desai, Tina Desai, Tuppence Middleton, Toby Onwumere, Max Riemelt, Miguel Ángel Silvestre, Brian J. Smith, Freema Agyeman, Naveen Andrews, Eréndira Ibarra, Alfonso Herrera, Max Mauff, Purab Kohli, Terrence Mann, Daryl Hannah, Ness Bautista, Paul Ogola, Anupam Kher.
Valoración:

Alerta de spoilers: Destripo bastante, aunque realmente no pasa gran cosa, nada que no se viera venir.–

La esperadísima segunda temporada de Sense8 me ha supuesto una decepción bastante grande. El primer año me cautivó sobremanera presentando una serie única, tanto por su originalidad como por su contagiosa energía y belleza: era emocionante y hermosa como poca series he visto. Es cierto que los episodios iniciales eran algo lentos, pero había sensación de dirección, de crecimiento, y mientras tanto las vivencias personales mantenían el interés alto. Y además pronto se vio que es mucho más de lo que parecía, que no es sólo una más de ciencia-ficción con conspiraciones y los protagonistas tratando de desentrañarlas, sino que es un drama que habla del ser humano en general, tratando con una delicadeza y profundidad insólitas los sentimientos, la sexualidad, las culturas… en otras palabras, el qué nos define, qué nos mueve, qué nos diferencia y qué nos une. Además, la historia global, el vínculo que surge entre ellos y la persecución a la que los someten misteriosos individuos, tenía su intriga y prometía unir a todos los personajes al final. Quizá el rescate de Gorski fue un tanto facilón, pero es evidente que era una excusa para presentar la trama, y lo importante era ver el florecimiento y la unión de los ocho sensates. Las situaciones en que trabajan juntos, explorando la conexión mental, y momentos puntuales memorables, como la escena de los partos y la revelación sobre Riley, nos regalaron un tramo final magnífico que dejaba enganchadísimo, porque como es obvio prometía seguir yendo más allá.

Pero en esta segunda etapa la sensación que se transmite, del primer episodio al último, es la de que sus autores han trabajado con desgana, sobre todo en el guion, pero también un poco en la puesta en escena, de que han perdido la pasión y la inspiración iniciales y van con la inercia, cumpliendo con los preceptos establecidos en la premisa y ya está. La narrativa resultante está estancada, es monótona en cuanto a las aventuras personales y de lejos insuficiente en la intriga, pero sobre todo se queda muy corta en su mejor virtud: es bastante superficial en lo relativo al aspecto humano. Aclaro aquí que la ausencia de Lilly Wachowski no sé si pudo influir ni cuánto. Dejó el trabajo indefinidamente por temas personales (estaba en plena transformación de género), pero parece que se ocupaba más del día a día de la producción y de la dirección que del guion, que es de donde vienen la mayoría de los problemas.

Los personajes se han quedado en su definición inicial, dando vueltas en círculos en la historia que sirvió para describirlos. Sí, todos los protagonistas resultaron encantadores y sus odiseas deliciosas. Pero no puedes quedarte ahí plantado durante toda la siguiente temporada. Algunos de hecho se hunden en un bucle total, sin dar si quiera un paso lateral que disimule un poco. Si al menos la parte de la conspiración hubiera emergido a primer plano y ofrecido algo llamativo… pero me temo que apenas avanza en un par de datos bastante elementales y narrados también con esa falta de garra.

Kala y su matrimonio están todo el año en el mismo punto de que si funciona y lo consuman o que si no. Sabemos de sobra que acabará con Wolfgang (a menos que algún giro lo impida), no puedes retrasarlo si no logras una historia que lo justifique bien y que resulte interesante. Y al final por arte de magia parece decidirse por fin en ir a buscarlo… ¡pero si en ella no ha cambiado nada, todas las dudas y baches son los mismos todo el rato! Y por supuesto el encuentro queda en el aire, después de todo un año posponiendo lo que se espera desde los primeros capítulos de la primera temporada. Por el lado contrario, el alemán es el mejor ejemplo de paso lateral, del relleno con el que ir matando el tiempo hasta que todo esté maduro para lanzar su arco… El problema es que nada madura, ni el resto de personajes ni la trama. El lío de mafias es eso, relleno intrascendente. No añade ninguna nueva capa al personaje, apenas vale como excusa para dar presencia a los otros grupos, clanes o clústeres de sensates, y por sí sólo no es especialmente atractivo o entretenido, de hecho ni me parece verosímil.

Gorski sirve para avanzar en la conspiración y exponer lo que va haciendo el clúster para huir y aprender de Whispers y la BPO, la Organización de Preservación Biológica que parece estar tratando de controlar a los sensates con algún oscuro propósito, presumiblemente la dominación mundial. Como buen agente, sabe investigar, deduce cosas… pero apenas veo una sombra de aquel joven capaz pero a la vez afligido por penas presentes y pasadas. Sufre un poco con las drogas y con el padre, todo bastante facilón además, y no hay más movimiento en su psique. Pero lo peor es que arrastra a Riley, antes mi favorita, pero aquí un cero total en interés. Sólo sirve para ponerle encima la investigación cuando él no puede salir de su escondite (el viaje a Chicago), y esto ocupa poco, es muy predecible, y tampoco aporta nada al personaje. La única escena donde se ve una persona realmente viva y en movimiento es cuando decide pinchar como DJ en una discoteca para tratar de localizar a otros sensates. Una sola escena en todo el año.

La intriga que nos van exponiendo se mueve tan poco que parece un engaño digno de Expediente X, donde mareaban la perdiz temporadas enteras con el tema ovni. Apenas llegan a mostrarnos un poco de información nueva, la mayor parte nada original y carente de suspense, y desde luego nada que nos haga esperar con ansia más revelaciones, porque no parece haber mucho donde rascar: los persigue la típica corporación poderosa con tipos chungos, y de ahí no salimos. La fascinante idea de que se conectan las mentes después de todo no se llega a explorar mucho, no hay tensión, giros que añadan sorpresas efectivas, ni soluciones ingeniosas. Gorski se esconde y se droga para que Whispers no lo vea, lo que parece más una excusa para ir con cuentagotas que para generar una atmósfera de inquietud constante.

El único momento que amagan con buscar un giro que obligue a replantearse las cosas son los recuerdos del clúster de Angelica y Jonas, pero tampoco hay nada que sorprenda: gente cobarde, gente que cambia de bando, la BPO acosándolos. Nada que no hayamos visto ya en cualquiera del género, con la reciente Orphan Black a la cabeza. En cuanto al desenlace, no es que sea flojo, es que resulta realmente chapucero. Cuando creía que el capítulo final iba a acabar sin avanzar nada de la conspiración, sino centrándose únicamente en la última historia personal que quedaba pendiente (para colmo, la cansina y exagerada de Sun), saltan de golpe a un giro demencial donde aparecen metidos todos en la guarida de Whispers por arte de magia para salvar a Wolfgang, que fue encontrado por Whispers repentinamente después de gastar toda la temporada sin lograr transmitir miedo alguno por si cogería a alguien. Cuándo ha planeado eso el grupo, cómo lo han ejecutado, cómo han entrado y salido… No se explica nada, resulta tan forzado y mal narrado que me dejó muy malas sensaciones. En vez de estar todo el año dando vueltas en círculos y soltar cuatro datos sin garra, ¿no podían haberse metido de lleno en las dificultades de ese plan? Se da más relevancia al lío de Sun en la fiesta que a esto.

Las historias de Sun y Capheus se centraban sobre todo en su solitaria batalla contra el mundo, donde descubrían que se tenían el uno al otro y establecían una relación muy bonita. Pero esa conexión parece haber desaparecido, si interactúan entre ellos y otros del clúster es para compartir habilidades, no para encontrar apoyo emocional. Y por separado no ofrecen tampoco nada llamativo. En cierta manera Capheus sí avanza, porque se hace famoso y cae en la política, lo que le podría poner en bandeja el tratar de hacer un mundo mejor, que es lo que parecía ir con él… Pero la aventura en sí es muy básica y previsible, y se narra sin la intensidad que transmitía antes. El entusiasmo del personaje era contagioso, el intérprete Aml Ameen reflejaba con un carisma nato a un joven que vivía en la miseria pero poniendo siempre buena cara y con un espíritu de esperanza inquebrantable, y así enfrentaba esta nueva situación: abrazándola con pasión y aprovechándola al máximo. Pero el nuevo actor*, Toby Onwumere, pega más en un rol de panoli, y encima eso es lo que parecen haber hecho con el personaje: le va cayendo de todo encima sin que nada cale en él, agacha la cabeza y sigue adelante aunque no parezca querer estar ahí. No veo al Capheus que yo conocía.

Sun sigue siendo Sun, pero si la intriga corporativo-familiar era predecible, con el agotamiento de ideas se hunde más el interés. Su estancia en la cárcel se limita a repetir varios intentos de asesinato, su fuga se salva porque el detective que la persigue es un personaje con cierta solidez y su relación aunque muy clásica resulta agradable, pero el tramo final no se sostiene por ninguna parte. Los guionistas se empeñan en que busque venganza contra su hermano mediante la violencia, y no cuela que ella sea tan tonta y cabezota, ni mucho menos que los otros siete no sean capaces de juntar una neurona para deducir que, en un país del primer mundo, atentar a lo bruto en público contra un millonario, cuando eres la principal sospechosa de matar al padre y te buscan por tu fuga, es una gilipollez monumental. En serio, teniendo al infalible trío Nomi-Amanita-Bug, capaces de infiltrarse en aparatos electrónicos que parece imposible que estén conectados a internet (desde semáforos a… atención, la máquina de tickets de un aparcamiento, que te deja incluso hablar por el micrófono desde tu casa), es increíble que no se planteen hackear al hermano y la compañía para buscar pruebas, y si no las encuentran, para tenderle una trampa. Así pues, la justificación de la entrada en la fiesta y la persecución final, más que endeble es lastimera, y encima acaba con la ridícula escena en que parece que va a matar al hermano (delante de un montón de policías y testigos) pero lo deja libre no sé por qué. Si es tan idiota como para haberse metido en ese lío, por qué no llega hasta el final.

Estos dos muestran otro de los problemas de la temporada. La puesta en escena no logra una serie tan embriagadora y asombrosa. En parte es culpa del guion, que no consigue buen ritmo ni incluye tantas escenas moviditas, sean de acción pura o de líos personales (el culebrón de Lito era la mar de ajetreado), pero también se nota cierto bajón, como una falta de interés o de capacidad para alcanzar ese aspecto visual arrebatador. Ojo, calidad hay de sobra, pero de ahí a dejarte alucinando hay un trecho, y las partes de acción, otrora dignas de superproducciones para cine, han decaído bastante. Las peleas de Sun no están bien editadas: ni la de la cárcel donde intentan ahorcarla ni la del cementerio con el detective pasan el corte exigible en comparación con lo visto previamente. Es ponerlas al lado de las peleas en que Sun se metía en Capheus para salvarlo de los matones, y se nota bastante la diferencia: la fluidez de la escena, la claridad de los golpes (muchos se notan falsos ahora), la agilidad con que cambian de personaje. Las persecuciones son escasas y muy inferiores. Lo de Corea parece un paseo si recordamos los jaleos de Capheus que acabaron en una colosal persecución por las carreteras de Nairobi. Con Wolfgang, el otro que copaba elaboradas secuencias de acción, ocurre igual: se limita a algún tiroteo trivial. Sólo destacaría la pelea en el restaurante donde Lila trata de atentar contra su vida, porque tiene más gracia al jugar con cómo se reparten las hostias entre los distintos sensates.

Al menos la idea de incluir algún gran evento relacionado con las temáticas tratadas se mantiene: la fiesta del Orgullo Gay de São Paulo se aprovecha bien en unas pocas escenas espectaculares. Pero en líneas generales, Sense8 es una serie que rompió esquemas con su arrebatador nivel visual en una época con gran competencia, mientras que este año no ha dejado huella alguna. Se nota incluso en el apartado musical: en la primera temporada las canciones formaban parte intrínseca de los sentimientos y vivencias de los personajes, y las pocas veces en que había un “momento videoclip” te dejaban anonadado con la fuerza de las imágenes. Pero ahora me encuentro con lo de siempre: se usan como apaño narrativo de adorno o para sintetizar escenas de forma facilona. Hay demasiadas canciones, varias por capítulo, con sus cámaras lentas y su posicionamiento de personajes, pero sólo dos o tres del total establecen cierta conexión, y únicamente por la letra.

Lito y Nomi, acompañados por los adorables Amanita, Hernando y Daniela, eran los principales catalizadores de la parte más reivindicativa, porque Sense8 nunca ha disimulado nacer como homenaje y a la vez cruzada de la diversidad sexual y también de paso de la diversidad cultural en general. Pero Nomi está en modo Gorski, sólo sirve como comodín para resolver cosas por el ordenador, y de su vida y la de Amanita vemos poco material con gancho. Antes la pareja estaba todo el día peleando por hacerse un hueco en un mundo intolerante, empezando por los padres de Nomi, y para poner las cosas más difíciles le caía la persecución de Whispers encima, con lo que estábamos sudando en cada capítulo con si saldrían adelante y si podrían ser felices. Ahora se supone que están en una situación semejante, pero no se transmite en ningún momento el esfuerzo y las penas. El acoso del agente del FBI es anecdótico, lo de esconderse de Whispers y a la vez buscarlo se olvida por completo en largos tramos de la temporada, hasta el punto de que parecen estar viviendo una vida normal y pasándoselo bien como si nada las afectara. Y la boda de la hermana va directa a cumplir con los dos tópicos, el de la intolerancia y el de sale todo bien en un giro bonito. El camino de Lito es aún más predecible, paso a paso sabemos lo que ocurrirá, no es como en la primera temporada, donde le daban la vuelta a cada cliché con ingenio y sentido del humor de forma que incluso aunque pareciera la sección más intrascendente solía resultar la más divertida. En cuanto se empieza a ver que la industria de Méjico no lo quiere estaba cantado que acabaría en Hollywood. Al menos su viaje interno es muy completo, el más trabajado de los ocho de hecho: en todo momentos sabemos lo que está sufriendo, y conocemos al personaje lo suficiente para seguirlo con cierto interés aunque la historia en sí sea de lo más trillada.

Con ellos llegamos al último elemento en el que ha perdido mucho fuelle. Donde antes lograban una hermosa oda a la tolerancia, a las distintas formas de ver y entender el mundo, que nunca parecía forzada incluso en los momentos más excesivos, fueran los visuales (escenas de sexo gay sin tabúes) o argumentales (exprimiendo a lo grande algunos tópicos), ni farragosa a pesar de meterse en muchos ambientes y ángulos (nos sumergíamos en la espiritualidad hinduista de Kala y también en los conflictos religiosos y sociales de la India), ahora veo una serie más bien del montón, que trata estos temas como si tuviera que cumplir con ellos, quedándose en la superficie, ahogada en unos pocos clichés de los que no es capaz de sacar algo más natural, más conmovedor, quedando lejos de la originalidad y profundidad que mostró en la primera temporada, con tantas capas de historias y personajes ofreciendo innumerables perspectivas de los sentimientos, relaciones, sexualidad, cultura, religión… y luego abordando con tanta delicadeza cómo en todo hay algo que nos une.

Volviendo a los nuevos sensates, estaba claro que aparecerían nuevos clústeres, pero sólo vemos a dos personajes, bastante atractivos por sí solos inicialmente, pero son promesas que no llevan a nada. El vejete simpático explica un poco cómo funciona el mundo sensate, pero son todo obviedades: la unión que deben mantener en la sombra y muchas veces incluso aislados para que los malos no los alcancen. La sensual alemana, Lila (Valeria Bilello), sirve para… para… incluir algo de erotismo y sexo, nada más. En realidad vemos a muchos, a demasiados sensates nuevos, hasta parecerme excesivo: ahora resulta que medio planeta son sensates, o que da la casualidad de que tienen una relación de uno o dos grados con nuestros protagonistas. El traficante de poca monta que le vende drogas a Riley, la novia del mafioso con el que trata Wolfgang (Lila), ¡el novio de la hermana de Nomi! (¿será gratuito o tenían algo planeado?)… Incluso el simpático anciano es presentado de mala manera: ¿qué pinta este pueblerino escocés en una rave electrónica? Pero para rematar, ¿qué hace el camello de Riley paseando en moto por Seúl y cayendo justo donde Sun lo necesita en el momento clave? El momento me produjo muchísima vergüenza ajena.

Los episodios iniciales (empezando por las dos eternas horas del primero) se me hicieron bastante pesados, deseaba que acabaran de una vez para ver si en el siguiente empezaban a contar algo de una vez. En el tramo central mejora un poco y casi recupero la esperanza, pero para el final va disipándose, hasta acabar sin haber dado ningún avance relevante y estimulante. Así pues, la decepción que me ha dejado Sense8 después de apuntar tan alto es bastante grande. Se sostiene por el sólido lazo emocional establecido con los maravillosos personajes, y es justo decir que desarrollar tantas líneas narrativas distintas, cada una en un lugar y con sus personajes secundarios propios, sin caer en el caos o parecer que no hay vinculación argumental entre ellas, parece realmente difícil de escribir y de rodar, y han salido bastante airosos. Pero antes deslumbraron a lo grande y ahora han dado varios pasos atrás, no logran transmitir la misma emoción contagiosa.

Y nos quedaremos sin saber si remontaría, porque Netflix la ha cancelado. Aunque haya cierto culto alrededor la serie, no es lo que se dice un éxito para lo cara que resulta y el grandísimo esfuerzo que cuesta rodarla, y la compañía ha decidido no continuar. Esto rompe un poco la impresión de que Netflix sólo iba a cancelar producciones realmente fallidas, y a plantear la cuestión de si, teniendo tanto dinero y anunciándose como la cadena que no cancela, no sería lo más lógico y respetable darle un cierre digno, con unos pocos capítulos, o incluso uno solo de hora y media o dos horas. Es la esperanza a la que nos agarramos sus seguidores. Yo incluso agradecería también que resumieran esta temporada en dos o tres episodios a lo sumo…

Actualización 30/06/17: Netflix ha dado el visto bueno a un capítulo doble que sirva como final.

PD: El primer episodio lo adelantaron a fechas navideñas, cuando el estreno de la temporada ha sido en mayo, supongo que para crear expectación, porque entre una etapa y otra han pasado dos años, fruto del complicado rodaje que supone un proyecto tan ambicioso.
PD2: Como nombre del grupo de ocho sensates juraría que en la traducción española usan “clan”, que suena a grupo cultural o de amigos más que a una unión más bien biológica, donde para mí encaja mejor “clúster”. Aunque es cierto que la RAE no la acepta todavía, supongo que todo el mundo conoce su significado.
PD3: No sé por qué ese empeño en sacar a Doona Bae en ropa interior en todos los capítulos, a veces con excusas bastante cutres.
*Todo parece apuntar a que echaron a Aml Ameen por homófobo, ¿es que no sabía dónde se metía?

Ver también:
Temporada 1.

THE EXPANSE – TEMPORADA 2.


Syfy | 2017
Ciencia-ficción, drama, thriller | 13 ep. de 44 min.
Productores ejecutivos: Mark Fergus, Hawk Ostby, Naren Shankar, varios.
Intérpretes: Thomas Jane, Steven Strait, Cas Anvar, Dominique Tipper, Wes Catham, Shohreh Aghdashloo, Chad L. Coleman, Frankie Adams, Florence Faivre, Jared Harris, Shawn Doyle, Terry Chen, Nick E. Tarabay.
Valoración:

Alerta de spoilers: Creo que no hay nada que pueda considerarse revelador.–

Llegué a la segunda temporada de esta prometedora serie de ciencia-ficción con muchas expectativas y ganas. Dada su notable presentación esperaba que siguiera creciendo, como se espera de cualquier serie, y más en este caso al tener tanto potencial al apoyarse en una fuente bien asentada, una saga de novelas que ya va por siete entregas (planeadas nueve por ahora), más algunas novelas cortas y relatos como anexo. Era de suponer que el repertorio de estupendos personajes se vería ampliado, las historias sobre la vida en el sistema solar ganarían en complejidad, y la intrigante trama iría aumentando el nivel. Pero aunque inicialmente va manteniendo el tipo, eso sí, sin crecer tanto como hubiera sido deseable, a partir de su ecuador va perdiendo fuelle, anquilosándose poco a poco en todo elemento donde antes brillaba: los personajes conocidos se enganchan en un bucle, los nuevos carecen de interés, la historia conjunta del sistema solar se frena y pierde globalidad en pos de unas aventuras personales cada vez más sencillas… En el ambiente huele la sensación de decepción, de que los guionistas han llegado a su tope y han empezado a ir con la inercia, siguiendo malamente los libros y sobreviviendo porque las bases sentadas en ese primer año son muy sólidas.

Tenemos más capítulos, hasta trece contra los diez anteriores, pero a pesar de la cantidad de material que habrá en las novelas parece que les han sobrado varios. En la primera mitad se centran en cerrar la trama actual, la que nos ha llevado a Eros pero sobre todo ha servido para presentar la vida en el sistema solar, las distintas facciones, los problemas entre ellas, el turbio asunto de la protomolécula, y cómo todo salpica a unos pocos personajes que sin comerlo ni beberlo han acabado en el ojo de la tormenta. Pero no puedo dejar de pensar que el clímax principal, sin ser malogrado, es lo más endeble, y que si el conjunto se sustenta es por la calidad de los personajes y sus historias del día a día. Ocurre igual que en el primer libro (El despertar del leviatán), que es el que abarca este arco argumental: el asunto de Eros se cierra inclinándose demasiado por una ciencia-ficción muy fantástica (situaciones exageradas sin explicación detrás) y una solución dramática un tanto cursi (Miller, Julie Mao). Si no fuera por la trama política, el conflicto entre el grupo de Holden, las aspiraciones de Fred, la Tierra y Marte, que se desarrolla con infinidad de situaciones, habría sido muy insustancial; tanto misterio con la protomolécula y sus creadores, y al final los reducen a un mero macguffin con un par de deus ex machina demenciales. Y luego resulta que hay más promolécula por ahí… No sé cómo lo llevarán en los libros, que sólo he leído el primero, pero no puedo dejar de pensar en lo de siempre: en el aire queda la impresión de que cada vez que quieran ampliar la historia saldrá un nuevo caso de protomolécula, una nueva forma o una nueva conspiracón.

Como indicaba, más que el destino, la resolución de la trama, es la dinámica global, las variadas aventuras que van ocurriendo hasta llegar ahí, lo que mantiene el nivel. Cada elección y movimiento de los protagonistas se ve influido por la situación conjunta: las acciones de otros, cada cual con sus intereses personales e ideológicos, los problemas logísticos, mecánicos y demás, y sobre todo sus creencias, experiencias y esperanzas. El carácter de Holden, un capitán joven pero con determinación, la entereza de Naomi, las disputas sobre moral entre ambos, la fiereza y fidelidad de Amos, el matón mejor conseguido que he visto desde Jayne de Firefly, la simpatía del piloto Alex, y el variado viaje del carismático detective Miller garantizan un núcleo de protagonistas muy sólido donde hay gran margen para jugar con sus esfuerzos y emociones: todo lo que les cae encima los va afectando y agregando nuevas capas. Y la sección política, sea la independentista o casi terrorista del cinturón, con el fascinante Fred Johnson, el inquietante Anderson Dawes y demás fauna (el simpático Diogo, la llamativa segunda de Fred), o la más espesa de la Tierra, con Avasarala y Errinwright, mantiene muy bien el tipo, exponiendo con bastante tacto un universo ficticio muy complejo, detallista, y todavía muy prometedor. De hecho es muy de agradecer que no se vea la improvisación habitual que suele lastrar el género, donde lo habitual es que los guionistas vayan reinventando la estructura sociopolítica y las peculiaridades diversas (tecnologías, lugares, etc.) conforme ven qué gusta o no al público; hasta grandes series, como Farscape, siguieron esta fórmula a pesar de las enseñanzas de Babylon 5; y más recientemente, la última exitosa del género, Battlestar Galactica, acabó pronto engullida por ese mal hacer; en estos momentos la otra destacable de ciencia-ficción espacial es Black Matter, que sigue a rajatabla esta forma de escribir, aunque por ahora lo haga bastante bien.

Pero en este mismo tramo empieza también a verse algo de desgaste, más concretamente en la poco efectiva presentación de los nuevos personajes. Para empezar, son poquísimos, implicando que el esperado aumento de protagonistas y la expansión del universo no llega a explotar del todo. No conocemos a los marcianos como suponía que iba a ocurrir, como pedía el argumento, y en la Tierra no llegamos a ver ninguna perspectiva nueva tampoco. Sólo tenemos algún embajador de los primeros y algún general en los segundos, todos secundarios sin especial atractivo y que no sirven para ampliar la descripción de cada pueblo. Sólo uno adquiere relevancia, la soldado Roberta Draper, alias Bobbie, que trabaja en una nave de guerra marciana. Pero me temo que esta no da mucho de sí. Su presentación, tirando de clichés de compañerismo y xenofobia, resulta poco satisfactoria, más bien cargante, y aunque la intención de mostrar a una soldado raso estrecha de miras y con el cerebro lavado por sus superiores podría haber sido un interesante punto de partida para tener un rol que evolucione poco a poco, lo cierto que es que su viaje es poco o nada sustancioso y sí muy predecible, con lo que no llega a causar mucha impresión. Pero lo peor es que el casting, siempre acertado anteriormente, estuvo muy errado con la elección de la intérprete: Frankie Adams lo hace fatal.

Los problemas serios explotan a partir del ecuador de la temporada. Una vez resuelto el conflicto alrededor de Eros la serie entra en un estancamiento evidente. No estoy hablando de algo especialmente grave, pero sí lo suficiente como para fastidiar las expectativas, pues en vez de explorar todas las posibilidades latentes de este rico universo nos retrotraen hacia una narrativa bastante más básica. Lo único rescatable que se me ocurre es el lío de los inmigrantes, que aporta un poco de profundidad al verosímil entramado social y sirve también de reflejo y crítica del mundo real. Pero aunque hay algunos amagos, sobre todo con Naomi, los protagonistas no terminan de entrar del todo en la nueva situación. La escalada en la crisis del sistema solar es previsible a estas alturas y no tiene giros que aporten novedades y sorpresas, de hecho acaba centrándose demasiado en personajes concretos, olvidando la complejidad global en post de un punto de inflexión muy simplón: ese tiroteo tonto en la nave de Jules-Pierre Mao corta bastante el rollo, la falsa despedida de un personaje con su hijo para luego meter un giro sorpresa bastante forzado no me ha gustado nada. El drama personal también acota más de la cuenta sus ambiciones, acabando todos, absolutamente todos los personajes, dando vueltas en círculos durante esta segunda mitad del año. Queda lo suficiente de ellos como para tener roles reconocibles y carismáticos, pero hemos dejado de andar hacia adelante, todos se atascan en su característica más reconocible: Holden obstinado, Naomi dudando, Amos bruto…

En cuanto a los nuevos, los generales y políticos finalmente no dan nada de sí, resultan simples objetos de la trama. Pero conocemos otros dos secundarios que aportan algo más de enjundia, aunque ninguno deslumbre. El hombre para todo de Avasarala cae bien, pero no se sabe si es un administrativo, un matón, un agente secreto o un delegado político, hace de todo y todo lo hace bien, eso sí, todo fuera de pantalla, así que lo único que deja son las divertidas conversaciones con ella. A los chicos de la Rocinante se une un refugiado de Ganímedes, un botánico que busca a su hija; pero su drama está muy trillado y como miembro del grupo no entusiasma lo más mínimo.

En estas condiciones no sorprende que, en lo que queda de temporada, lo poco que hay se va dilatando malamente hasta un tramo final de tres o cuatro capítulos ahogados en un bucle, llenos de escenas estiradas hasta la extenuación, que claramente se deberían haber resumido en un solo episodio para en el resto lanzar hacer que la trama avanzara, o empezar una nueva, para levantar el interés. Pero como no lo han hecho y los momentos álgidos son bastante pobres, llegamos cansados a un desenlace bastante aburrido y decepcionante. No hay más que comparar el intrascendente clímax final, echar de la Roci a un intruso, lo que se expone con escenas alargadas cosa mala a pesar de la poca chicha que tienen (y además aquel llegó ahí en las mismas condiciones: todo un episodio buscándolo entre los restos, ¡qué interesante!), con el clímax del primer acto, asaltar una instalación secreta, que nos regaló una batalla espacial espectacular y un combate a tiros muy efectivo, mientras que los personajes estaban sumergidos en dilemas y problemas varios y el desarrollo de la propia situación era crucial en el conjunto de acontecimientos del sistema solar. Si es que hasta se deja de lado la seriedad de la física espacial: pasamos de esa realista pero memorable batalla al ridículo viaje entre lunas de Alex, con todos los satélites juntitos y la nave llegando en segundos de uno a otro.

Desde mi punto de vista, la serie iba siendo mejor que la primera novela (la única en castellano hasta la fecha), de hecho había pensado no leer más libros para disfrutar más de la serie. El lenguaje de Daniel Abraham y Ty Franck (aunque firman como James S. A. Corey) es algo pobre, el ritmo mejorable, y el tramo final pierde bastante fuerza, mientras que la adaptación encabezada por Mark Fergus venía mostrando un guion muy certero, más complejo (un acierto incluir a Avasarala desde el principio, Fred y Dawes están mejor explotados) y a la vez fluido, y la puesta en escena es muy buena, más teniendo en cuenta las limitaciones y dificultades del género (requiere mucho dinero y mucha visión). Pero a la hora de saltar al siguiente libro (o libros, no sé cuánto abarcan a partir de la mitad de esta temporada) la serie ha patinado bastante, y si va a continuar flojeando lo mismo vuelven a cambiarse las tornas a favor de los libros. Esperemos que este bajón sea un bache y no la tendencia a seguir, porque toda una temporada con el nivel de estos últimos episodios seguramente acabaría con una serie que va muy justa en audiencias y cuesta bastante rodar.

PD: El flashback al tipo que inventó los motores actuales (Epstein) es innecesario (muy anticlimático) y roza la vergüenza ajena (no sé cómo será en los libros). Cómo esperan que me crea que llega un tipo, improvisa un arreglo en un motor cuyos límites físicos están bien determinados, y sin darse cuenta consigue una evolución tecnológica que cambia el futuro de la humanidad. Sería como conseguir que un avión de pasajeros estándar superara varias veces la barrera del sonido: no, sus motores no pueden dar una potencia para la que no están preparados, la estructura del avión no soportaría esa aceleración, y mil imposibilidades más. Por no decir que el núcleo dramático de su historia es que va muy rápido y no puede pulsar el botón de frenado…

COWBOY BEBOP – TEMPORADA Y PELÍCULA.

Kaubôi bibappu
TV Tokyo | 1998
Ciencia-ficción, aventuras, comedia, drama
26 ep. de 20 min; película: 115 min.
Productores ejecutivos: Shinichirō Watanabe, Keiko Nobumoto, Toshihiro Kawamoto, Masahiko Minami, Kazuhiko Ikeguchi.
Intérpretes: Kôichi Yamadera, Unshô Ishizuka, Megumi Hayashibara, Aoi Tada.
Valoración:

Alerta de spoilers: la sinopsis de cada capítulo va libre, pero los comentarios no.–

Spike Spiegel es un tipo que parece lleno de recursos y encantador de primeras, pero una vez conocido resulta un tanto temerario y de humor cambiante. Es un pistolero solitario con pasado oscuro al que Jet Black, su socio cazarrecompensas, ni intenta llegar, porque él también tiene lo suyo. Jet actúa como el cerebro de las misiones, mientras Spike va tras los maleantes. Operan desde la nave base, el Bebop, que hace las veces del hogar de ambos. Pronto se les unen dos extraños tripulantes, una niña experta en pirateo informático, llamada Edo, y una joven atractiva de caótica vida, Faye Valentine. Bueno, y también acaba con ellos un perro salido de un experimento científico. Sus vidas transcurren en la frontera de la ley, buscando fugitivos en barrios marginales, sin miedo al peligro o con necesidad de él porque no conocen otra cosa, saltando entre planetas y lunas adonde parezca haber una buena recompensa que les permita seguir tirando adelante.

Cowboy Bebop se estrenó en 1998 en Japón, y poco a poco se convirtió en un éxito mundial que contribuyó bastante a la dispersión del anime más adulto, considerado en aquella época todavía un gueto para frikis (las series juveniles, tipo Heidi y Campeones, eran otro cantar). En realidad su primera emisión fue un tanto fallida, pues censuraron casi la mitad de los capítulos, pero eso no impidió que fuera ganando fama, logrando un estreno completo en otro canal y luego una gradual proyección internacional. A España llegó en 2005, pasando por algunos canales autonómicos y finalmente por uno nacional. Ahora bien, el doblaje se hizo con pocos recursos, teniendo las mismas voces para personajes secundarios en todos los capítulos y algunos fallos de traducción importantes.

Parte de su tirón lo tuvo sin dunda su estilo más occidental, tanto en el dibujo (personajes sin rasgos asiáticos, ausencia de histrionismos habituales: la gotita en la cabeza, las bocas gigantes, etc.) como en las historias y la ambientación, de características más universales. Si bien al final había una trama seriada de estilo japonés, con yakuzas, traiciones, katanas y personajes estrafalarios, el hilo principal son las aventuras de estos cazarrecompensas. Pero quizá el aspecto crucial en su impacto global fue la visión de su principal artífice, Shinichirō Watanabe, que le imprimió un estilo y un carisma muy llamativos, es decir, aunque diste de ser una obra maestra Cowboy Bebop tiene una personalidad arrolladora.

El magnetismo extraño de sus protagonistas, que oscilan entre la simpatía y el patetismo, y la calidad de los secundarios, donde incluso el maleante más insignificante deja huella con una historia bien trabajada, te enganchan rápidamente, y el particular universo que va abriéndose ante tus ojos termina de atraparte. El futuro donde la humanidad ha colonizado a duras penas el Sistema Solar (la Tierra está arrasada por un accidente) se combina con toques de western, policíaco clásico, humor negro y drama personal. Se mantiene un ambiente melancólico, con protagonistas agobiados por traumas del pasado y problemas del presente, con historias que suelen acabar en tragedias, sobre todo para los bandidos y fugitivos, que por lo general se ven dirigidos por sus malas elecciones a un final desastroso. Pero no por ello resulta un dramón, ya que el grueso de los episodios se inclina más hacia la acción y aventuras con un toque de humor absurdo muy peculiar.

La animación está asombrosamente trabajada. Las peleas y batallas, con movimientos muy fluidos, son dignos de una película de buen presupuesto, y la ambientación es excelente, con escenarios muy variados. Y finalmente, otro factor clave fue la monumental banda sonora. La veterana y versátil Yōko Kanno cumplió de largo con el estilo musical que buscaban los creadores de la serie, un sonido jazzístico que abarcara todo el rango emocional requerido: vibrante para las partes de acción, tristón para los finales trágicos, grisáceo para los momentos más mustios, divertido para los más distendidos… El repertorio de grandes temas que nos regaló es inolvidable.

También cabe señalar algunas limitaciones, pues como decía, se recuerda más por su personalidad que por resultar redonda. La combinación de géneros no funciona tan bien cuando abordan el clásico thriller de mafias japonesas, que resulta un tanto forzado, dando la sensación de que se pierde un poco de verosimilitud para meter con calzador historias muy vistas y artificiosas. Por ello el final no me convence, merecía algo más original. Y en líneas generales al guion le falta una puntada para ser perfecto, pues a pesar de su corta duración hay muchos capítulos con problemas de ritmo, y unos pocos son bastante prescindibles.

Son veintiséis episodios, lo que supone también otra razón para su fácil propagación: no se estiró de mala manera, tiene un arco cerrado. Pero su notoriedad sí empujó a realizar un largometraje en 2001, si bien su estreno en cines fuera de Japón se limitó a unos pocos festivales, apuntando directamente al mercado doméstico, donde fue como la serie uno de los animes más vendidos en su época. Durante mucho tiempo ha habido intenciones de realizar, por parte de Hollywood, una adaptación cinematográfica con actores reales (con Keanu Reeves encabezando la lista de candidatos para interpretar a Spike), pero el proyecto, igual que el de Akira, nunca termina de concretarse. Aunque la cosa podría cambiar si la versión de Ghost in the Shell tiene éxito.

Tras el salto incluyo un análisis por capítulos.
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WESTWORLD – TEMPORADA 1.

HBO | 2016
Drama, ciencia-ficción | 10 ep. de 55 min.
Productores ejecutivos: Jonathan Nolan, Lisa Joy, J. J. Abrams, Bryan Burk.
Intérpretes: Evan Rachel Wood, Thandie Newton, Jeffrey Wright, Ed Harris, Anthony Hopkins, Jimmi Simpson, Ben Barnes, Angela Sarafyan, Sidse Babett Knudsen, Luke Hemsworth, Shannon Woodward, Rodrigo Santoro, Leonardo Nam, Ptolemy Slocum.
Valoración:

Alerta de spoilers: Apenas presento la premisa y algunos personajes, no desvelo nada.–

Michael Crichton, aparte de un novelista bastante prolífico y del que se han adaptado al cine cantidad de trabajos, también ha dedicado parte de su carrera a la televisión, sea escribiendo capítulos sueltos o creando series (la mítica Urgencias salió en parte de su pluma), e incluso al cine, donde además de firmar varios guiones también se ha atrevido a dirigir unas pocas películas, como El primer gran asalto al tren o, la que nos importa aquí, Westworld (conocida en España también como Almas de metal). En ella se narra cómo un parque temático del lejano oeste con robots de aspecto humano acaba patas arriba cuando estos se vuelven contra los hombres. Sin embargo, a pesar de ser una cinta de culto, lo cierto es que no me pareció gran cosa. Tras una buena presentación echa todo por tierra con un arco final que se dedica a aburridos tiroteos, sin sacar nada del potencial latente de la temática sobre inteligencias artificiales y consciencia y la ética subyacente. Su relativo éxito propició una secuela que no llamó mucho la atención (Mundo FuturoFutureworld– en 1976) y una serie que duró medio asalto (1980).

Cuando se anunció una nueva serie le apliqué un sesgo influido por la película, pues pensé que no había material de donde conseguir una historia larga, y también me pareció que era un remake innecesario en una época donde lo que destaca es la búsqueda de nuevas ideas. Además la presencia de productores de Perdidos (J. J. Abrams, Bryan Burk) me predispuso más en su contra, por mucho que también estuviera entre sus principales artífices Jonathan Nolan (coguionista de El Caballero Oscuro, El truco final, Interstellar). Si la vi fue en parte por el sello HBO y en parte porque mucha gente la estaba siguiendo y no quería quedarme sin temas de conversación.

El episodio piloto me ganó enseguida. Su elegancia y sutileza resultan cautivadoras y te introducen en un mundo muy prometedor donde se intuyen tramas ocultas a desarrollar poco a poco detrás de la presentación de los jugosos temas principales. Se habla sobre cómo la gente usa el parque, unos por diversión, otros para encontrarse a sí mismos, y otros para descargar sus vicios ocultos, porque ahí se permite matar y violar robots sin repercusiones de ningún tipo. Así, se plantean no pocos dilemas morales y se habla de la condición humana. Pero la cosa se complica porque el realismo de los androides es asombroso en lo físico pero sobre todo en el campo psicológico y emocional. ¿Y si en el fondo se dan cuenta de que son esclavos en una prisión? ¿Y si despertaran? ¿Cuáles son los límites de la consciencia? ¿Debemos ponernos restricciones en la creación de inteligencias artificiales sintientes y cómo las trataríamos?

Pero la propuesta se desinfla muy rápido, se atasca en una dinámica donde los guionistas pierden el foco. Les han sobrado la mitad de los capítulos (y mira que diez son pocos), no han sabido canalizar cada historia personal y la relación creciente entre todas. Las líneas narrativas del parque (diarias o semanales), las intrigas de cada invididuo, los problemas del presente y los flashbacks al pasado se mezclan caóticamente en episodios lentos, mal hilvanados, cada vez más aburridos. Da la sensación de que se pisan unas secciones a otras, de que no cuadran las cosas. Un robot parece morir todos los días, siendo reparado y devuelto al juego… cuando en este hay varias tramas largas desarrollándose en las que ya no puede encajar, y aun así está por ahí pululando. Y en cada capítulo esta situación se va montando sobre sí misma una y otra vez, hasta que no sabes dónde está cada personaje, en qué historia, lugar y época. Una cosa es jugar con que Dolores y Maeve mezclan recuerdos, otra ir contando todo a mogollón sin preocuparse por hallar un correcto equilibrio en coherencia y ritmo, refiriéndome con esto último tanto a conseguir atrapar con inmediatez como también despertar interés por el futuro, es decir, una progresión creciente en contenido e interés.

Como resultado, se repiten demasiado algunas situaciones e incluso tramas completas. He acabado harto de ver los mismos tiroteos, de los personajes, sean huéspedes (ciudadanos participando en el parque) o anfitriones (androides) dando vueltas en círculos sin avanzar hasta que se acerca el fin de temporada. La odisea de William y Logan se me ha hecho eterna. La de los pistoleros encabezados por Hector incomprensible. El viaje del tipo enigmático (Ed Harris en un rol más complejo que el de Yul Brynner) ha tenido demasiados achaques, pasos en falso e incógnitas forzadas. Y marean la perdiz cosa mala con Teddy, que pasa por todas las líneas narrativas sin quedar clara su posición.

También le pesa una impostada aura de inteligencia y trascendencia. Las conversaciones son demasiado rebuscadas, pedantes en muchos momentos, como si la falta de contenido se tratara de disimular con artificios. Esto se magnifica con el estilo Perdidos: mucho secreto, mucho humo. Cada dos por tres te están diciendo que hay un misterio enorme aquí y otro allá. Y después de todo resulta que cuando llegan a avanzar en ellos hay varios donde lo hacen recalcando de forma demasiado evidente el giro o la respuesta, como si pensaran que el espectador es tonto. No hacía falta un efecto sonoro para señalar el momento “¿Qué puerta?”, era obvio y efectivo sin él. ¿De verdad tienen que enlazar el pasado y presente de un personaje con un plano descarado intercambiando los rostros de las distintas edades… y luego para colmo repetir su nombre por si no te has enterado? ¡Que la situación se veía venir en todo el capítulo y estaba quedando genial así medio velada! El contraste de con el sutil episodio piloto es muy grande, y entristecedor. Igualmente, hay personajes demasiado crípticos (Ford, el invisible Arnold y el hombre de negro a la cabeza), con lo que parece que están escondiendo de mala manera sus planes y motivaciones para generar intriga.

La débil credibilidad del mundo planteado tampoco ayuda. En vez de tanta conversación pseudoprofunda podrían haber expuesto mejor el funcionamiento del parque. No resulta creíble que haya cientos y cientos de anfitriones para los tres o cuatro huéspedes que parecen llegar cada semana. ¿Cómo ganan dinero? ¿Cuántos empleados hay recogiendo y arreglando robots? ¿Ningún cliente se tropieza con ellos, es que de noche hay toque de queda? ¿Nadie se pregunta por qué el tipo que mató ayer está ahí de nuevo? ¿Todos los animales son falsos, cómo sobrevive el ecosistema? Hay que hacer saltos de fe muy grandes para entrar en este particular universo. Y cuanto más importante se vuelven estos interrogantes menos esfuerzo parecen poner en que tengan sentido. Esos jefes de departamento que de repente dejan todo y se van a buscar un androide descarriado sin llevar a ningún currito o herramienta para trabajar con ellos si están muy dañados, o los técnicos que se ponen a follar o a alterar robots (esto último sin razones claras) en plenas oficinas a pesar de que nos dicen cada dos por tres que hay mucha seguridad. Estas vaguedades se usan demasiado para mover algunos personajes e interrogantes.

Hasta los dos capítulos finales, que avanzan por fin con todas las secciones, hemos estado atascados en una repetición de lo que se cuenta en los dos primeros. Podrían haber sorteado mejor el largo interludio con aventuras secundarias, pero parece que en esta época está feo meter rellenos e interesa más estirar como puedas la trama para decir “es una historia seriada”. Así, Westworld en su primer año ya acusa un bajón de ritmo que hace palidecer a los de Juego de tronos. Este tramo central se ha sustentado por el atractivo de unos pocos personajes, aunque a todos los limite mucho estar en letargo. Los tejemanejes en las oficinas, con la guerra entre jefes, las ambiciones personales, los deseos sobre el parque y los planes ocultos, han mantenido cierta expectación. No ha sido espectacular, pero sí suficiente para ir tirando con la inercia, esperando que todo llegara a alguna parte. No me ha ocurrido así con la dinámica del parque, que sólo se han hecho digeribles por el potencial latente en el destino de sólo dos de sus numerosos habitantes: Dolores y Maeve. Su inminente despertar casi se convierte en eterno despertar, pero, en plan Perdidos, me aferraba a que tendríamos respuestas tarde o temprano. Y sobre todo, el reparto realza muchísimo los personajes, dotándolos de interés incluso cuando sus andanzas estaban completamente estancadas. Jeffrey Wright, Ed Harris, Anthony Hopkins y Sidse Babett Knudsen (deslumbró en el panorama internacional con Borgen) están estupendos, pero Evan Rachel Wood y Thandie Newton se marcan unos papeles espléndidos. Sin ellas dos estoy bastante seguro de que la parte del parque se habría venido abajo por completo.

Pero en el arco final vuelven a sorprenderme para bien. El desenlace recupera el nivel prometido en el episodio piloto, disipa algunas dudas (la reminiscencia de Perdidos: que nunca habría soluciones sino nuevos interrogantes), casi hace desaparecer muchas quejas y en general deja sensaciones bastante buenas que eclipsan un poco el mal trago que me estaba dando la temporada.

Se desvelan los planes ocultos de los amos de títeres, o dioses, Ford y Arnold, así como la esquiva identidad de este último. En ambos casos los giros están muy bien planteados y ejecutados, ofreciendo sorpresas muy efectivas: unas porque están construidas con cuidado y se pueden intuir, otras por estar hábilmente ocultas y llegar de improviso. Incluso el etéreo e inquietante (en el sentido de que olía a timo) “centro del laberinto” tiene su exposición final inesperadamente inteligente, tanto que algunos no han pillado de qué se habla, que no es sino de qué habla la propia serie. Como extensión de eso, se da sentido al fantasmagórico hombre de negro en un giro magnífico, de los que cambian el sentido de muchas cosas previas (aunque como indicaba más atrás, la conexión se recalca demasiado). Se avanza, aunque aún les cueste ir al grano, en la determinación de Maeve y Dolores por encontrar un sentido a lo que viven y recuerdan, una lógica al mundo. Y dejan jugosas dudas para explorar en el futuro: ¿alcanzarán la consciencia con estas revelaciones o no son más que otra fase en el juego de esos dioses?

Todo ello se materializa en dos capítulos (sobre todo el último, de hora y media además) muy bien desarrollados, sobre todo a nivel de puesta en escena. La combinación de dirección, montaje, música (sencilla pero efectiva partitura de Ramin Djawadi) e interpretaciones exprime al máximo un guion al que todavía le cuesta sacar todo el partido del material: es obvio que al desenlace le sobra esa media hora extra, que hay demasiado paseo por las oficinas, que se estira más de la cuenta todavía el llegar a las conclusiones justo cuando había que ir más con más vigor. Pero sí, gracias a la puesta en escena enérgica la finale ofrece una atmósfera intensa, casi subyugante, donde el repertorio de revelaciones y emociones (los personajes en puntos álgidos de sus vidas, los actores transmitiéndolo con mucha energía) te mantienen entre la tensión por el porvenir de todos y el asombro por cómo va saliendo la cosa.

Ahora bien, mientras que la labor de dirección es buena por lo general y soberbia en el primer y el último capítulos, la de fotografía se ha quedado bastante corta, resulta un tanto convencional a pesar de lo fácil que lo tenían con los bellos paisajes. Entre eso y que los decorados de las oficinas son muy parcos, nada llamativos si no fuera por los planos de creación de robots, Westworld queda lejos de la impronta visual de obras como Deadwood, Boardwalk Empire o Carnivàle. Por no decir que ha costado unos cien millones de dólares, algo que Juego de tronos no alcanzó hasta la sexta temporada, y está muy lejos de lucir a ese nivel. Lo mismo le pasó a Vinyl, por ejemplo. ¿A dónde ha ido el dinero? Porque Anthony Hopkins y Ed Harris no han cobrado más que Lena Heady y Sean Bean.

Volviendo a ese notable final, cabe presuntarse si está ahí por fin la gran serie que nos prometían. Pero como es lógico todavía queda por ver el resto de temporadas. Si superan los importantes errores narrativos de esta primera bien podría ser. Eso sí, en próximos años la dificultad aumenta por la notable expectación despertada: ha sido la temporada más vista en la historia de la HBO hasta el momento y en internet todo el mundo estaba medio loco con ella. Y me temo que es una obra que debe lidiar mucho con la frustración, lo que se magnifica en esta era de internet. Los fans hacen teorías, leen a fondo cada capítulo y deducen cosas antes de que ocurran, lo que puede decepcionar, sea porque si aciertan les resulta predecible o porque si no aciertan no les encaja o satisface. Pero además el género es muy abierto, ofrece muchas posibles ramificaciones: que los robots salgan y conquisten el mundo o que se queden dentro buscándose a sí mismos son dos caras muy opuestas pero con un rango amplísimo entre ellas. Por ejemplo, entendería que la no salida del parque de uno de los androides en el último momento eche para atrás a muchos espectadores que esperaban ampliar fronteras. En resumen, mientras que el éxito ha lanzado esta primera temporada mucho más allá de donde su calidad debería haberla llevado, la segunda etapa lo tendrá difícil para sobrevivir a tantas expectativas.

DARK MATTER – TEMPORADA 2.

Syfy, Space | 2016
Ciencia-ficción, suspense | 13 ep. de 43 min.
Productores ejecutivos: Joseph Mallozzi, Paul Mullie.
Intérpretes: Melissa O’Neil, Anthony Lemke, Alex Mallari Jr., Jodelle Ferland, Zoie Palmer, Roger Cross, Marc Bendavid, Melanie Liburd, Shaun Sipos, Torri Higginson, Kris Holden-Ried, Inga Cadranel.
Valoración:

Alerta de spoilers: Sólo menciono por encima las tramas principales.–

No me convence el inicio de la temporada, es un receso un tanto forzado y predecible. De hecho da la impresión de que los guionistas intentan terminar rápido con la estancia de los protagonistas en la cárcel, a sabiendas de que es una transición que paraliza las tramas conocidas y nos ubica en un escenario poco seductor. Pero acelerar las cosas no funciona, porque al reducir la longitud de esta historia que sabes que pasará a mejor vida sin dejar mucha huella, como consecuencia todo ocurre muy rápido y las cosas les salen muy fácil a los personajes. Quizá podrían haber ideado una trama donde escaparan por los pelos en el transporte que los lleva allí, pero se embarcaron en esto y deben cumplir.

Por otro lado, en estos primeros capítulos surge otro punto gris: la muerte un personaje principal resulta un tanto fallida. Dicen los realizadores que lo planearon así, pero esta desaparición repentina parece la clásica solución a la salida precipitada del actor (sea por peleas o porque se larga tras un papel mejor), pues cuando en una serie matan a un protagonista siempre maximizan el golpe, incluso muchas veces tirando más de la cuenta de sentimentalismo. Pero aquí lo fulminan de mala manera, dejándote una sensación amarga, de improvisación poco meditada. También sobre la marcha parece la búsqueda de un sustituto, donde utilizan el truco de meter varios personajes secundarios y ver cuál funciona mejor. Eso sí, esta jugada les sale bien. Primero, porque la presencia de nuevos caracteres da más juego con su variedad de historias, y segundo, porque el rol elegido para quedarse es muy atractivo (sí, empezando por el físico, pero ya sabemos que el sexo vende).

Una vez a bordo de la Raza volvemos a la dinámica habitual, sin que esto signifique “la rutina de siempre”, porque las virtudes de la primera etapa siguen ahí y se amplían: la exposición gradual de un universo creciente, la evolución constante de unos personajes magnéticos. La búsqueda de pistas sobre sus pasados da pasos importantes, con algunas decisiones difíciles que cada uno tomará a su manera. Unos decidirán recuperar la memoria completamente, aunque sepan que eso destruirá las relaciones actuales, otros tratarán de buscar redención, otros de seguir adelante con lo que tienen ahora…

El resto del universo les pondrá las cosas más difíciles. Vamos conociendo mejor a las grandes corporaciones, su alcance, sus ambiciones, sus peleas entre sí… y cómo estas van tras nuestros amigos con un interés u otro. Y no me olvido de la Autoridad Galáctica, que también los tiene en el punto de mira; el agente encargado de su persecución es un rival duro de roer para la tripulación. La situación empeora cuando en la Raza se hacen con una tecnología avanzada que todos desean, pues promete cambiar el curso esperado de los próximos acontecimientos: una más que probable guerra. La banda deberá decidir qué hacer con ese poder tan grande, si defender al pueblo llano, que será el principal afectado, si atacar primero, si tomarla para beneficio propio… Así, por si no tenían bastantes roces entre ellos, esto tensa la situación muchísimo. Además hay que sumar que casi todo les cae encima de improviso, rompiendo sus ya de por sí caóticos planes. Es decir, cada capítulo cambia las cosas de forma inesperada y los pone ante encrucijadas con distintas posibilidades, manteniendo el interés y la intriga en niveles muy altos.

El factor ciencia-ficción también aumenta. Decía en el año anterior que la serie no parecía ambicionar mucho más allá de la aventura de supervivencia, pero aparte de la cada vez mayor complejidad del entramado sociopolítico tenemos también cada vez más elementos del género: las tecnologías y otros aspectos de la vida cobran importancia, como el sistema de transportes mediante clones, esencial en algunas misiones; la trama de la androide aumentando sus capacidades emocionales es fascinante (y qué bien lo hace Zoie Palmer); y un capítulo concreto se embarca en una historia de ciencia-ficción de nivel: aquel en que se presenta el tema de los analistas del futuro (sí, obviamente recuerda a Asimov) es para enmarcar.

Pero sigue faltándole algo. Está la sensación constante de que es una producción de “serie b”, o sea, una obra de género donde no terminan de explotar algunas de su buenas ideas porque no aparenta haber ni el dinero ni el talento suficientes. A veces parecen existir dos grupos de guionistas, porque no es normal lo salida de madre que resulta la trama del asiático, con delirantes golpes de estado y clichés de familias y traiciones muy tontos que contrastan demasiado con las demás líneas, donde se ve un drama más coherente y giros eficaces (y atención al casting, como si costara encontrar asiáticos en Canadá). También hay algún agujero de guion, como eso de que a Portia con sus mejoras físicas la electrocución no le afecte en un capítulo pero en el siguiente se olviden de ello. En cuanto al aspecto visual, el presupuesto del nuevo año se emplea bien en nuevos decorados, más escenas en el espacio y sobre todo mejoras llamativas de vestuario, pero en cambio a la hora de rodar sigue pareciendo de segunda división; concretamente las peleas cuerpo a cuerpo (por las que tienen predilección) son muy flojas, con coreografías que a veces dan vergüenza ajena (qué manía con dar vueltecitas delante del contrincante, mostrándole la espalda). Y hablando de divisiones, todavía le pesa un montón la estructura de televisión anticuada, donde fuerzan el momento de tensión de rigor antes de los cortes para publicidad; se hacen verdaderamente cargantes.

En resumen, parece que Joseph Mallozzi y Paul Mullie siguen explorando qué serie pueden ofrecer, teniendo aciertos, como el lanzarse continuamente hacia adelante sin temor y manteniendo el buen nivel de los protagonistas, y fallos, como la improvisación, los altibajos y excesos.

Ver también:
Temporada 1.