Archivo de la etiqueta: Ciencia-ficción

LOST IN SPACE – TEMPORADA 1


Netflix | 2018
Drama, aventuras, ciencia-ficción | 10 ep. de 47-65 min.
Productores ejecutivos: Matt Sazama, Burk Sharpless, Neil Marshall, Marc Helwig, Jon Jashni, Zack Estrin.
Intérpretes: Molly Parker, Toby Stephens, Maxwell Jenkins, Taylor Russell, Mina Sundwall, Parker Posey, Ignacio Serricchio, Raza Jaffrey.
Valoración:

La serie original, creada por Irwin Allen en 1965, fue un producto familiar sencillo (hoy en día nos parecerá ingenuo, quizá incluso cutre) con bastante éxito popular, hasta el punto de que ha propiciado numerosas referencias en distintas películas y series (Los Simpson como siempre a la cabeza). El argumento parte del clásico drama familiar (conflictos paternos, educación de los hijos), pero el giro de tener aventuras en el espacio le daba un aire nuevo en aquellos tiempos; por ejemplo, el robot causó sensación.

En 1998 fue llevaba al cine como superproducción cinematográfica escrita por Akiva Goldsman (El cliente -1994-, Batman Forever -1995-, Batman y Robin -1997-) y dirigida por Stephen Hopkins (Depredador 2 -1990-, Los demonios de la noche -1996-), aunque de calidad anduvo tan escasa que el boca a boca la hundió rápido; ni con la estupenda música de Bruce Broughton y la presencia del insigne Gary Oldman se podía salvar. Hubo un intento de resucitarla como serie en 2004 bajo el título de The Robinsons: Lost in Space. A pesar de estar producida por grandes empresas (Warner Bros. y la cadena Fox) no salió nada bueno y se quedó en el episodio piloto. Puedes echarle un vistazo en Youtube si te atreves. En argumento y tono parece sacada de los años setenta, con lo que renovación poca, y pesar de estar dirigido por John Woo, con varias películas de acción a cuestas (Cara a cara -1997-, Acantilado rojo -2008-), el paupérrimo aspecto visual también empeora las malas sensaciones.

La nueva versión llega de la mano de varias productoras pequeñas y Netflix con dos guionistas que, viendo su corto y débil currículo, tiran un poco para atrás: Matt Sazama y Burk Sharpless tienen en su haber paridas como Drácula: La leyenda jamás contada (2014), El último cazador de brujas (2015), Dioses de Egipto (201) y Power Rangers (2017). Quizá si me hubiera fijado antes en sus nombres ni me habría acercado, pero llegué por el reparto y por el género, no puedo resistirme al espacio y las naves.

Por suerte, esta aproximación es bastante ambiciosa, tanto en lo visual, con un presupuesto sin duda descomunal muy bien aprovechado, como para mi sorpresa también en la escritura. Mantienen el tono para toda la familia, pero no es una cursilada llena de argumentos bobos, tópicos y moralina barata, sino que toman al espectador por inteligente, los autores son capaces de ofrecer aventuras emocionantes para los jóvenes y un envoltorio más complejo y serio para los adultos. Por comparar con otras del género recientes, me estoy acordando de los infumables dramones llenos de personajes estereotipados de Terra Nova (Kelly Marcel, Craig Silverstein, 2011) y Falling Skies (Robert Rodat, 2011), y no hay color.

Las aventuras son variadas y por lo general bastante completas. Se combina supervivencia en la naturaleza y contra el propio ser humano con ciencia-ficción bastante realista, habiendo poca tecnojerga y ciencimagia y más empeño en mostrar el esfuerzo físico pero también intelectual de los personajes de forma verosímil aunque los escenarios sean fantasiosos. Cabe señalar que se ven pronto las intenciones de describir la ciencia, el progreso y la pasión por descubrir cosas como algo que puede traer algún peligro pero siempre recompensas mayores. Un drama familiar tan progresista viniendo de EE.UU. hoy en día es algo atípico y muy valioso.

Los hechos calan en los personajes, no es una vuelta al statu quo tras cada resolución. Hay situaciones traumáticas en casi todos los episodios, con algunas disyuntivas de nivel, como cuando se presenta la elección de salvar a una persona arriesgando a muchas o dejarla morir ante sus narices. Los protagonistas son inesperadamente grises y falibles, incluso la villana crece muy bien tras una presentación que no apuntaba maneras. La perspectiva que esta tiene del mundo se trabaja bien para que su empeño en sobrevivir a costa de todos (por cobardía, incapacidad para ver el cuadro completo, etc.) no la convierta en un cliché con patas sino en un ser miserable muy atractivo. Esto permite otros dilemas interesantes: cómo tratar la justicia y el perdón en el nuevo mundo.

Es cierto que la familia responde inicialmente también a unos cuantos estereotipos. El matrimonio a punto de romperse por las ausencias del hombre por su trabajo, la madre perfecta, el niñito empollón, las adolescentes, una la bohemia y otra la chica de carrera… Pero tienen dimensión suficiente para resultar simpáticos, aunque, al menos todavía, no entrañables, y ocurren tantas cosas que no da tiempo a que se atasquen en sus descripciones iniciales, siempre hay movimiento en las historias y problemas en lo personal y lo ético que los exprimen adecuadamente. Pronto llega el robot, que aporta el toque de misterio. El diseño es espectacular y produce asombro e inquietud a la vez. Y no tardan en aparecer también nuevos grupos de supervivientes, todos bastante interesantes y aportando más historias y conflictos.

Uno de los alicientes que me llevaron a verla a pesar de las reticencias iniciales con que fuera una obra muy infantil es el reparto. Con dos grandes actores como Toby Stephens (Black Sails, 2014) y Molly Parker (Deadwood, 2004) me tenían medio ganado. Pero los chavales también están muy bien elegidos, sobre todo el más difícil, el jovencísimo Maxwell Jenkins, que logra una interpretación muy natural. Y Parker Posey (Superman Returns, 2006) como la malvada doctora Smith también está estupenda en un papel muy complicado: es capaz de mentir hablando pero mostrar su cobardía y sus planes con la mirada.

Lo único que se le puede achacar es que algunas historias personales se ven venir muy de lejos y que a veces pecan de buscar el escenario más grande y exagerado, saliéndose de la tónica realista para forzar algunos finales de episodio de infarto. Las disputas matrimoniales siguen todos los pasos esperables sin un atisbo de buscar novedades, de hecho, ocurre lo contrario, deciden que llega el momento de tener tal situación y la fuerzan, por ejemplo montando a los dos padres en el coche y haciendo que se queden varados por ahí para que tengan que trabajar juntos y acercarse otro poco. En cuanto a efectismo innecesario, hay varios momentos aquí y allá que hacen torcer el gesto un poco, pero la palma se la lleva la salida final al espacio, un despiporre de exageraciones y salvaciones en el último momento, para acabar en un giro tipo Perdidos (J. J. Abrams, Jeffrey Lieber, Damon Lindelof, 2004). Entiendo que había que tener un clímax apasionante, pero es tan artificial que resulta contraproducente, hay momentos en que da más bien vergüenza ajena.

En lo visual no hay ni una pega, tiene el nivel de superproducción de cine, tipo Prometheus (Ridley Scott, 2012) o El marciano (ídem, 2015). El vestuario es impresionante, pero los decorados, vehículos y efectos especiales son realmente asombrosos, y el rodaje en espectaculares exteriores garantiza un aspecto visual arrebatador. Es incluso decepcionante si se mira en el sentido de que hay un montón de grandes de obras ciencia-ficción que se quedaron cortas (o incluso canceladas) por falta de dinero, y esta serie menor y algo tontorrona consigue tal despliegue. Directores de talento como Neil Marshall (The Descent -2005-, Centurión -2010-), Vincenzo Natali (Hannibal -2013-) y David Nutter (desde Expediente X -1993- a Juego de tronos -2011-) exprimen las posibilidades al máximo. Ya con las fastuosas panorámicas de hielo y montañas de los primeros capítulos me engancharon, pero partes como la del valle de tierra (donde hay otra nave estrellada a punto de caer por un acantilado) son alucinantes.

Si logran quitarse de encima las pocas limitaciones argumentales y consiguen mantener un interés constante sin inclinarse demasiado por artificios huecos, la serie puede crecer muy bien. Netflix no suelta datos sobre sus audiencias, pero parece que ha tenido buen recibimiento, así que tendremos segunda temporada para comprobar si madura adecuadamente.

PD: Netflix España está optando por no traducir ni un título. Me da rabia, teniendo muchos una traducción tan fácil y resultona.

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BLACK MIRROR – TEMPORADA 4


Netflix | 2017
Drama, ciencia-ficción | 6 ep. de 41-76 min.
Productores ejecutivos: Charlie Brooker.
Intérpretes: Jesse Plemons, Cristin Milioti, Jimmi Simpson, Rosemarie DeWitt, Brenna Harding, Andrea Riseborough, Kiran Sonia Sawar, Maxine Peake, Douglas Hodge, Letitia Wright, Daniel Lapaine, Aldis Hodge.
Valoración:

En esta cuarta temporada, aparte de la irregularidad habitual, se observa algo de desgaste, pues Charlie Brooker vuelve sobre ideas ya exploradas y no consigue deslumbrar como en otras ocasiones. Pero también se ven intentos de seguir experimentando con historias y estilos distintos, lo que disimula un tanto la reutilización de algunos pensamientos. Y el esfuerzo en buscar un acabado visual de calidad también se agradece. Pero claro, de quien nos ha regalado joyas como El himno nacional, Blanca Navidad y En picado se espera mucho más, sobre todo teniendo en cuenta que las temporadas son muy cortas y es difícil perdonar los bajones.

Tras el salto encontraréis el análisis por capítulos:
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WESTWORLD – TEMPORADA 2

HBO | 2018
Drama, suspense, ciencia-ficción | 10 ep. de 55-90 min.
Productores ejecutivos: Jonathan Nolan, Lisa Joy, J. J. Abrams.
Intérpretes: Evan Rachel Wood, Thandie Newton, Jeffrey Wright, Ed Harris, Anthony Hopkins, James Marsden, Tessa Thompson, Simon Quaterman, Shannon Woodward, Rodrigo Santoro, Ben Barnes, Peter Mullan, Jimmi Simpson, Clifton Collins, Katja Herber, Zahn McClarnon.
Valoración:

Alerta de spoilers: Solo menciono un par de cosas del argumento que no me parecen cruciales. Tras el siguiente aviso sí entro a fondo en el final.–

Lo veía venir pero ya lo tengo claro: Westworld es la nueva Perdidos (J. J. Abrams, Damon Lindelof, 2004). Tiene en vilo a medio mundo seriéfilo con humo y sensacionalismo, con promesas que llevan a nuevas promesas, con amagos y requiebros que te dejan con la miel en los labios, pero casi nada de contenido real se vislumbra por ahora, y todo apunta a que así seguirá siendo, porque hemos llegado a puntos de inflexión clave en las tramas y no se ha avanzado casi nada con ellas y con los personajes. Los malabares que hacen los guionistas Lisa Joy y Jonathan Nolan para tratar de ocultar el escaso material que han sido capaces de explorar en un argumento con mucho potencial me han resultado exasperantes, incluso ofensivos a veces.

La primera artimaña es la narrativa fragmentada en el tiempo para ralentizar el avance de los hechos y para ocultar información al espectador y así tratar de generar intriga y expectación alrededor de la pobre trama sin que, en teoría, se note demasiado. Si los saltos temporales implicaran nuevas lecturas de la situación, si lograran una atmósfera de suspense efectiva, pero pronto se ve que son desvíos de atención y un intento de dificultar la comprensión del relato para que parezca más complejo. Llega a resultar bochornoso como usan la memoria de Bernard, que va recordando según conviene a los escritores, pero por lo general ni ponen excusas, tenemos línea temporal sobre línea temporal de forma que tienes que estar toda la temporada haciendo grandes esfuerzos para ponerlo todo en orden, un esfuerzo infructuoso porque al final la serie es bien simple, la mayor parte de lo que vemos no es nada más que viajar de un lugar a otro y descubrir alguna pista.

Para alargar la duración lo lógico hubiera sido hacerlo mediante aventuras secundarias de relleno, siempre y cuando estuvieran mínimamente relacionadas con la premisa principal y los personajes no decayeran en el proceso. Y lo cierto es que lo intentan con los episodios centrados en la parte japonesa del parque y con los indios, pero dejan mucho que desear, no hacen sino mostrar las carencias de los escritores, su incapacidad para coger una idea sencilla y desarrollarla bien. El lío japonés se ahoga en estereotipos vulgares y un ritmo plomizo. Qué forma de desaprovechar el dinero (decorados, puesta en escena) y los actores tan llamativos (Rinko Kikuchi, Hiroyuki Sanada). El de los indios sale mejor parado (destacando la sólida interpretación de Zahn McClarnon), pero aun así esa torpeza limita demasiado una historia de amor que prometía ser épica y hermosa y termina siendo previsible y repetitiva. Así, el efecto conseguido es el contrario: en vez de estar entretenido en espera de que vuelva a pasar algo importante tienes la sensación de que te han estafado con un añadido estéril y tedioso.

El segundo ardid son las falsas promesas y el sensacionalismo. El esqueleto de la trama es lo ya conocido, el despertar de los robots y la rebelión contra el hombre, pero en vez de ahondar en la temática y darle un recorrido más trabajado a los protagonistas los autores están empeñados en basarse únicamente en el artificio superficial, y terminan abusando demasiado de recursos que ya de por sí serían bastante cuestionables en pequeñas dosis. Todo forma parte del gran plan de Ford, pero como en Battlestar Galactica (Ronald D. Moore, 2004), no hay otro plan que la improvisación de los guionistas. Da igual lo que ocurra, lo que se enmarañen las cosas (como digo, no mucho en el fondo, sólo en la narrativa), todo se justifica y explica como parte del imposible plan de Ford, quien muestra una anticipación a los eventos que ni Hari Seldon (el de La Fundación de Asimov). Pero hay más, mucho más…

Acabarás harto de menciones al Valle del Más Allá, la Cuna, la Forja, la clave en la mente de Abernathy padre… todo ello rodeado siempre de un halo de “va a pasar algo grande que te va a dejar flipado”, para luego ser lo que se veía venir, cosas mundanas muy exageradas: un servidor de datos, una clave de acceso, otra entrada y habitación secreta de las miles que parece haber por el parque. Esto ejemplifica el agotamiento de las pocas ideas que hay, pero por ahora parece que los espectadores siguen cayendo en estas burdas ilusiones. El dichoso Valle ya lo teníamos en la primera etapa en la forma del Laberinto, que no es sino una excusa para mover a la gente, porque si los dejan quietos se ve con mayor claridad que no está pasando nada; cada dos por tres sacan un nuevo enclave secreto con secretos de Ford que no son sino una extensión de lo mismo (¡el PLAN!); y ya he citado la memoria selectiva de Bernard y las idas y venidas en el tiempo que repiten lo mismo en pequeñas dosis (al final parece que ha habido como quince ataques al complejo de oficinas desde donde se dirige el parque).

Las vaguedades de la historia se contagian también al contenido de índole intelectual. Al empezar la serie todo parecía apuntar a que estábamos ante una obra trascendental e inteligente donde se abordarían cuestiones de diversa índole, pero todo se queda en cuatro flojos apuntes que están lejos de cumplir con las expectativas. El parque donde el ser humano puede dar rienda suelta a sus vicios ocultos o encontrarse a sí mismo daba para adentrarse en la psique humana, pero no encontramos ni una sola reflexión relacionada. Los apuntes sobre la conciencia y el libre albedrío, lo más relacionado con la premisa, se quedan en prácticamente nada, unos pocos diálogos pobretones. Las implicaciones éticas de la tecnología de los anfitriones tienen algo más de recorrido, sobre todo con pasajes como el centrado en Delos, pero teniendo infinidad de robots despertando daba para exponer distintas perspectivas, y en cambio los protagonistas están atascados en un bucle sin salida donde no se llega a contar nada con enjundia.

Ese el otro gran problema que se veía venir desde sus inicios y termina por explotar en esta etapa: los personajes tenían un potencial que no llegaron a aprovechar del todo, y aquí empeora la cosa, pues van perdiendo profundidad hasta quedarse en un esbozo inane. En los inicios de la serie al menos Dolores y Maeve resultaban bastante sugerentes, la temporada se sostenía e invitaba a seguir casi exclusivamente por ver su despertar, su lucha por tomar las riendas de sus vidas, pero una vez toman consciencia se ahogan en historias repetitivas que no permiten seguir explorando sus personalidades, y me temo que los poquísimos cambios que llegamos a ver resultan incluso incongruentes.

Dolores sólo quiere vengarse de los humanos por su cautiverio, para lo cual va reuniendo un ejército de anfitriones. Pero su objetivo no podía ser más vago, tanto que al mínimo análisis se cae a pedazos. Busca con ahínco el Valle del Más Allá, esa débil promesa de libertad y respuestas que ni se para a investigar cuando asalta las oficinas, donde sí tenía de información en cantidad al alcance de la mano… y también la salida al mundo real, con la estación de tren. Y para rematar lo que queda de personaje, a mitad del camino se carga a todos los anfitriones y sigue sola, e incluso altera los parámetros de personalidad de su amado Teddy para controlarlo mejor. ¿Por que? No se explica, simplemente se ha vuelto chunga porque sí. Maeve lo único que quiere es encontrar a su antigua hija. La idea de por sí es bastante ridícula: la anfitriona más despierta y capaz no se entera de que las vidas pasadas son constructos del hombre, guiones, y arriesga su vida y libertad y la de todos los que la rodean por sueños absurdos, cuando, de nuevo, lo lógico es ir al centro de mando y estudiar y arreglar la situación desde ahí. Además, tanta penuria con la niña resulta un drama cansino y otro objetivo que nunca parece llegar, porque siempre ofrece un giro que lo aleja un poco más en el último momento. Bernard, que fue el tapado de la primera temporada, cobrando protagonismo poco a poco, es engullido por el mal desarrollo de las tramas: toda su historia se limita a intentar recomponer sus recuerdos, pero ningún avance aporta algo tangible a su forma de ser, a sus motivaciones para seguir adonde quiera que vaya, porque pasa por todos los escenarios pero no como personaje, sino como objeto dosificador de la intriga. Supongo que por presencia se podría citar a Charlotte Hale como personaje principal también, pero esta es incluso peor, sólo sirve para canalizar la lucha de la empresa contra la rebelión, no tiene una forma de ser concreta con la que conectar, su existencia es otro macguffin de baratillo: “¡atención, atento, que trama algo!”. Después de unos pocos capítulos forzando ese misterio acabas deseando que deje de aparecer.

Como extensión de estos problemas los actores ven limitadas sus posibilidades. Tanto repetir las mismas situaciones en cada capítulo (paseo por el desierto, tiroteo de Dolores, llanto de Maeve, confusión de Bernard, soy mala y oculto algo de Charlotte) significa también una interpretación encorsetada: todo el rato con las mismas caras. El gran talento que mostraron en la primera temporada, sobre todo Thandie Newton y Evan Rachel Wood, se ha desperdiciado por completo, ahora incluso empiezan a resultar cargantes.

En un segundo plano tenemos al hombre de negro, o William de anciano, la esperada aparición de Delos (Peter Mullan), y las crípticas intervenciones de Ford. Estos aportan algo de información sobre el nacimiento del parque y su propósito, pero también terminan sobre utilizados como expositores de las tramas y artificios, perdiendo entereza como personajes y acercándose demasiado a convertirse en objetos inanimados. La aparición de la hija de William, Emily, intenta humanizarlo un poco, pero también resulta muy forzada: los encuentros imposibles, el drama familiar remarcadamente lacrimógeno… Sólo el buen hacer de Katja Herbers (ManhattanSam Shaw, 2014-) y Ed Harris les da algo de vida.

Ninguno de los secundarios se trabaja lo suficiente como para interesarte por sus vivencias y destinos. Hay bastantes con nombre (la banda de forajidos y los técnicos que llevan como rehenes), pero me importan un bledo sus desventuras, son entes que van andando por el desierto sin añadir nada claro a las historias o a los demás personajes. ¿Para qué incluir tantos roles si no tienen nada que aportar con ellos? Apenas logran despertar algo de simpatía con Hector, Elsie y Lee, pero porque sus intérpretes Rodrigo Santoro, Shannon Woodward y Simon Quarterman respectivamente están muy bien. El resto podrían desaparecer, que ni te darías cuenta, y con algunos de hecho acabarás deseándolo, como el cansino de Teddy y el no menos insufrible mejicano que se encuentra William cada dos por tres.

Ya la primera temporada era lenta y cabía en la mitad de capítulos, pero esta está completamente estancada, había material para dos o tres episodios como mucho. Terminamos dando apenas un tímido paso desde el final de aquella, porque en vez de avanzar hemos estado dando vueltas en círculos desde entonces. Unos anfitriones salen del parque hacia el mundo real, otros mueren en el intento, y en el proceso tanto estos como los humanos que los controlaban descubren cosas sobre sí mimos y el mundo que antes no conocían.

Como en aquella ocasión, tenemos un episodio final de hora y media que al contrario que los demás sí consigue ser bastante entretenido gracias a una buena dirección y una música efectiva que le confieren un ritmo bastante enérgico, pero claro, no es suficiente para esquivar la mala sensación de que estamos donde teníamos que estar hace diez horas, y para rematar, en el contenido los guionistas se quedan cortos después de tanto anunciar algo grandioso, porque siguen tirando de sensacionalismo más que en centrarse en ejecutar bien los pocos frentes abiertos. Es que ni si quiera se trabajan la coherencia: algunos personajes se han tirado estos diez capítulos viajando al valle para que ahora en el último momento otros se recorran el parque de lado a lado varias veces en minutos.

Alerta de spoilers: Salta al siguiente párrafo si no quieres destriparte el final.–

El dichoso valle no es más que otra ilusión virtual, el proyecto secreto de almacenar la personalidad de los visitantes se queda en el limbo para próximas temporadas, los que salen del parque no hacen nada concreto todavía, Williams al final no se sabe qué busca pero sigue buscándolo, el maldito plan de Ford sigue siendo una entelequia, etc., etc. Y los embustes cantan a distancia. Para qué tanta muerte con planos lentos para forzar el drama si sabemos que nadie está realmente muerto, que todos pueden ser resucitados, que cualquier humano puede ser un robot o convertirse en uno. Sin ir más lejos, la resurrección de Dolores no podía ser más tramposa, tras tanto dramón con Maeve pronto apuntan a su retorno también, y el epílogo con Williams en un futuro ya me diréis para que sirve salvo para sacar un “oh” al espectador facilón y permitir que los blogs que viven del clicbait ganen visitas anunciando explicaciones para quien no haya sido capaz de entender un giro tan efectista e innecesario; ojo también a la trampa de Dolores con la bala usada, que evidentemente no cabe de ninguna manera en el tambor del revólver, de hecho, no pueden mostrarnos cómo lo hace así que no lo vemos, así de manipuladores son… pero hay más, porque resulta que es tan estúpida que no la pone la primera, sino tres balas más allá, sencillamente porque los escritores necesitan extender el clímax.

Una vez unidos todos los grupos y personajes no hay una catarsis, una revelación, una suma que dé algo más grande, sino que cada uno sigue su camino por separado y ninguna de estas direcciones sorprende, la mayor parte sabe a poco o decepciona bastante. No puedes crear tanta expectación si no tienes nada que contar, el esfuerzo debería ir en contarlo bien. Así que no queda otra conclusión: Westworld es la nueva Perdidos, la nueva Battlestar Galactica… bueno, en realidad es peor, porque ni siquiera tiene un ritmo adictivo, un aspecto visual deslumbrante (más allá de alguna buena panorámica del desierto, sigo preguntándome cómo pudo costar tanto) y unos personajes que enganchen con los que pueda entender la admiración que despierta.

Ver también:
Temporada 1 (2016)

SENSE8 – CAPÍTULO FINAL

Netflix | 2018
Acción, drama, ciencia-ficción | 1 ep. de 150 min.
Productores ejecutivos: Lana y Lilly Wachowski, J. Michael Straczynski, Grant Hill,
Intérpretes: Doona Bae, Jamie Clayton, Tina Desai, Tina Desai, Tuppence Middleton, Toby Onwumere, Max Riemelt, Miguel Ángel Silvestre, Brian J. Smith, Freema Agyeman, Naveen Andrews, Eréndira Ibarra, Alfonso Herrera, Max Mauff, Purab Kohli, Terrence Mann, Daryl Hannah, Valeria Bilello, Paul Ogola.
Valoración:

Alerta de spoilers: Hay algún dato revelador, pero muy general.–

Sense8 ha sido una de las series más ambiciosas de los últimos años, tanto en la puesta en escena como en lo argumental, con una premisa compleja y valiente muy complicada de llevar a cabo. Las hermanas Wachowski y J. Michael Straczynski lograron una primera temporada de ensueño, pero en la segunda el desgaste debido al esfuerzo creativo y de producción se hizo notar mucho. El presupuesto se disparó, llegando a nueve millones de dólares por episodio, y aun así no tuvieron fuerzas para mantener el nivel visual, principalmente porque Lilly Wachowki se bajó del carro. Pero el guion, aun contando con la ayuda de otros escritores, también había perdido bastante garra, diluyéndose muchísimo las grandes promesas iniciales. Viendo que la serie no iba a más y las audiencias tampoco, Netflix no se atrevió con otra temporada, siendo su segunda cancelación notable. La primera fue Marco Polo (2014), pero aquella no había conseguido un grupo de seguidores fieles que hicieran ruido por internet, y la campaña que estos montaron convenció a los directivos de darle un final que acallara las críticas. La imagen de ser el canal que no te deja colgado estaba muy en juego.

No llegué a este tardío desenlace con la pasión que mantenían otros fans, porque la segunda etapa me decepcionó mucho y pensaba que un capítulo doble (aunque ha terminado durando dos horas y media) no era suficiente para remontar y a la vez darle un cierre digno. Una vez visto, mi impresión es que sus autores también eran conscientes de que no podían cumplir con todo y han optado por un episodio superficial y complaciente para contentar lo justo a los fans menos exigentes. Pero para otros, en una serie que nació con tanta ambición y arrojo, acabar apuntando tan bajo nos ha supuesto que ver magnifica la decepción.

En la trama principal no terminan de asentar bien las cosas, narrando lo más básico, el conflicto de los protagonistas con la maligna corporación que persigue a los sensates de todo el globo, sin lograr profundizar ni impactar mucho, pero también incluyendo de vez en cuando información paralela que enmaraña innecesariamente las cosas. La trama se presentaba como lo más débil en lo que hemos tenido de serie, la típica organización inquietante que gobierna (no sabe cómo) medio mundo desde las sombras (la BPO), el villano misterioso (Whispers o Susurros), y el acoso a los personajes, o sea, la misma premisa de ciencia-ficción y suspense que hemos visto en mil series, Expediente X (1993) a la cabeza. Por el otro lado, apenas estábamos conociendo la parte novedosa, la naturaleza sensate y la vida de otros grupos, con las posibles facciones y motivaciones que estos tuvieran. Esta parte prometía más, y si la conspiración se hubiera ido desarrollando adecuadamente podrían haberse enriquecido mutuamente. Pero con la cancelación hemos pasado de la presentación al desenlace sin llegar a encontrar una historia que enganche como para interesarnos especialmente por cómo se resuelve.

Hacía falta esclarecer los bandos e intenciones de los clústeres de sensates principales (los de Angelica y Lila), y no embarullarlo con la presencia de otros innecesarios (el tipo salido y sus amigos) y menos aún con otros que sueltan mucha verborrea pero nada que parezca afectar directamente al núcleo de la historia (las ancianas místicas parecen salidas de un serial de fantasía de baratillo; la escena de la catedral derruida es lastimera). Se tendrían que haber centrado en potenciar el villano ya presentado y el concepto inicial (dominar o cazar a los sensates), no intentar abarcar de todo un poco para mostrar las cosas que tenían pensadas para el futuro. Nos atiborran de planes y conspiraciones varias sin que cale nada, sin que se vean implicaciones inmediatas en las vidas de los protagonistas. Por ejemplo, el tema de los drones queda ininteligible, cuesta hacerse una idea de dónde sale, cómo averiguan como funciona y cómo pueden dominarlo al final. El peor fallo es añadir a última hora otro villano, el Presidente de la compañía, que lo anuncian con mucho misterio sensacionalista y malignidad forzada (deforme y con máscara para respirar) hasta resultar una parodia involuntaria, un malo de cómic infantil. Whispers era el enemigo que conocíamos, tangible y presente, y deberían haberse centrado en él. Pero con la falta de dedicación acaba también siendo un poco desastre: no termina de mostrar unas motivaciones verosímiles ni se ve que tenga realmente un gran poder, quedando en un simple estereotipo que provoca más indiferencia que miedo.

Entiendo la necesidad de cerrar la trama de la BPO, pero a costa de centrarse en ello dejan completamente de lado las vidas personales de los protagonistas, y sin ellas Sense8 pierde su esencia básica. Era una serie que hablaba sobre el qué nos hace humanos y qué nos une pese a las diferencias culturales. Un drama intimista y romántico pero narrado con una visión extraordinaria, porque apuntaban a un espectro muy amplio de formas de ver y entender el mundo y jugaba y rompía con tabúes con una audacia nunca vista. Todo ello se hacía a través de unos personajes exquisitos y encantadores inmersos en aventuras algo clásicas (para que pudiéramos conectar rápidamente) pero muy bien desarrolladas, cuidando muchísimo los aspectos culturales, el sentido del humor, el amor y la esperanza… Y para rematar, la belleza de sus imágenes te dejaba anonadado. Era una serie que hacía gala de una sensibilidad única, que llegaba directa al corazón.

Para mí, sin duda esta era la prioridad, y creo había tiempo de sobras para cerrar la historia de cada uno mientras fomentaban la unión, dejando para un clímax final apoteósico esa confrontación que ocupa dos estiradas horas con altibajos, salidas innecesarias y poca concreción. La odisea política de Capheus, las intrigas empresariales de Sun, la carrera como actor de Lito, el matrimonio tambaleante de Kala, los problemas de integración de Nomi, el drama familiar de Wolfgang, el misterio de los pasados de Riley y Will… Todo desaparece sin más explicación y nos quedamos con que se han juntado, se llevan bien, y resuelven todo unidos. Ni siquiera asuntos esenciales, como el trío Kala-Wolfgang-Rajan, tiene un proceso, ocurre sin más. Incluso hay relaciones que quedan malogradas después de tanto prometer: ¿cómo es posible que tras tanto lío Capheus y Sun no acaben juntos? Este queda relegado a secundario cómico, y a ella le encasquetan un romance con el detective coreano que no hay quien se lo crea.

A base de aturdir con infinidad escenas de acción, rodadas lejos del nivel de espectacularidad de las temporadas (las peleas cuerpo a cuerpo son flojitas, los tiroteos carecen de épica), consiguen que a pesar de su longitud sea un episodio bastante entretenido. En ello también es crucial el sentido del humor y el carisma y química de los actores, que salvan escenas que podían haber caído en la comedia involuntaria, como la del autobús turístico. Pero no es suficiente para enmascarar sus muchas carencias. Hay mucho movimiento para dar ritmo, pero poco contenido real. Ni siquiera hay tensión, sensación de peligro por el destino de los protagonistas, que parecen estar pasándose lo bien, que se paran en plena huida a charlar entre ellos… Nunca parece que pueda morir alguien, por más balas que lluevan. El final, con la destrucción del helicóptero donde van todos los malos, parece demasiado fácil tras tantas huida, persecución y secuestro.

Por todo ello este episodio final se puede considerar un engaño. Trata de contentar pero sin contar nada, sino con fuegos artificiales. De hecho, el eterno epílogo en la torre Eiffel con la boda, las reuniones, las escenas de sexo y fuegos artificiales (estos ya reales), me resultó tremendamente empalagoso y aburrido, cuando en la primera temporada y en partes de la segunda en situaciones semejantes me embargaba toda la pasión con que narraban las vidas de los protagonistas. Sense8 entró a lo grande en el mundo de las series, pero me temo que se va en silencio, agonizando.

PD: Netflix cuenta este final como el episodio 12 de la segunda temporada, en vez de como un especial.

Ver también:
Temporada 1 (2015)
Temporada 2 (2017)

BLACK MIRROR – TEMPORADA 3

Netflix | 2016
Drama, ciencia-ficción | 6 ep. de 52-90 min.
Productores ejecutivos: Charlie Brooker, Annabel Jones.
Intérpretes: Bryce Dallas Howard, Alice Eve, Cherry Jones, James Norton, Wyatt Russell, Alex Lawther, Jerome Flynn, Gugu Mbatha-Raw, Mackenzie Davis, Sarah Snook, Kelly Macdonald, Faye Marsay, Benedict Wong.
Valoración:

A finales de 2015, Netflix se hizo con los derechos para producir nuevos capítulos de Black Mirror que tenía previamente la productora independiente Endemol Shine UK. Pero no quedó ahí la cosa, porque el canal que la emitía hasta entonces, Channel 4, también perdió pocos meses después la puja por los derechos de emisión. Eso sí, Netflix soltó la nada desdeñable cifra de 40 millones de dólares en esto último. No encuentro cuánto en lo primero ni cuál fue el presupuesto de la temporada, pero está claro que barata no ha salido la jugada, aunque viendo su éxito probablemente haya merecido la pena.

Desde el primer capítulo se nota el aumento de dinero, se ve que han intentado darle a la serie más categoría contratando a algunos directores bastante o muy conocidos y dejándoles algo de libertad creativa y un buen monto con el que imaginar los distintos futuros. Así, la estética (dirección, diseño artístico, fotografía) y la música (donde también fichan a varios talentos) cambian en cada episodio mucho más que antes y encontramos exteriores y escenarios más numerosos y mejor trabajados.

Lo que no hace Charlie Brooker es contratar guionistas que traigan nuevas ideas (no cuento los que han terminado bocetos suyos), amplificando el problema de las primeras temporadas: la irregularidad se hace más notable, pasando de un capítulo muy inpirado y cuidado a fondo a otro hecho con cuatro trazos mal dados sobre una idea basta. Si no fuera porque los aciertos resultan deslumbrantes está claro la serie no habría llegado tan lejos, pero aun así no se puede perdonar que en temporadas tan cortas haya episodios regulares o incluso malos.

Nota: En España han dejado sin traducir unos títulos y otros los han reinventado de mala manera. Yo he preferido seguir una traducción más fiel.

Tras el salto incluyo un análisis por capítulos.
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BLACK MIRROR – ESPECIAL: BLANCA NAVIDAD

Channel 4 | 2014
Black Mirror Special: White Christmas
Drama, ciencia-ficción | 63 min.
Guion: Charlie Brooker.
Dirección: Carl Tibbetts.
Intérpretes: Jon Hamm, Rafe Spall, Oona Chaplin, Natalia Tena, Rasmus Hardiker, Janet Montgomery.
Valoración:

Cuando creíamos que en 2014 no íbamos a tener tercera temporada de Black Mirror, a finales de año llegó inesperadamente un capítulo especial que en realidad contiene hasta cuatro historias entrelazadas. Parece que había algún conflicto entre su creador y guionista Charlie Brooker y el canal que la emitía, Channel 4 o con la pequeña productora de la serie, Endemol Shine UK, o una incomprensible pasividad por parte de los directivos de una o ambas, pero el caso es que estaban dejando en el limbo una de sus series más populares e influyentes. La pasividad del canal se mantuvo durante el año siguiente, hasta el punto de que todos asumíamos la cancelación, pero por suerte la adquirió Netflix, tanto para producir como para emitir nuevas temporadas. Decidieron entonces colocar este episodio en la segunda temporada, para no tenerlo por ahí suelto.

En la primera de ellas vemos a un joven tímido (Rasmus Hardiker) utilizar un enlace audiovisual con el que está conectado con una especie de entrenador de ligues que trabaja desde su despacho (Jon Hamm). Es una idea muy lógica en cuanto a la evolución de las aplicaciones y páginas de contactos, pero como esto es Black Mirror veremos la parte más turbia del asunto, tanto los problemas inherentes a la tecnología como los más esperables, el abuso desde el lado humano (atención a los cabrones que lo observan para entretenerse). El tipo acaba inmerso en una pesadilla de cuidado, muy completa y muy bien escrita, más teniendo en cuenta su corta duración. No tiene ni una fisura en cuanto a verosimilitud y sí un gran detallismo y diálogos muy certeros. Además, rematándose con la naturalidad que desprenden Natalia Tena (el ligue) y Hardiker, resulta terriblemente cercana y un presagio funesto.

A continuación vemos otra versión del tema de los implantes, esta vez con una copia de tu personalidad que, introducida en tu mente y conectada a tu hogar, se convierte en tu ayudante personal más eficaz. Eso sí, para lograr la cooperación de tu clon digital hay que doblegarlo primero en un cruel proceso, realizado este también por el personaje de Hamm. Cabría pensar que el futuro son las inteligencias artificiales más que esto (ya hay aplicaciones del estilo, como Alexa), pero consiguen que te creas la situación desde el principio y sufras con la chica un montón. Lo único mejorable es que la protagonista del segmento, Oona Chaplin, no logra un papel tan desgarrador como el rol necesita.

En la siguiente, en realidad presentada desde el principio y latente desde entonces, asistimos a un thriller policíaco de realidades virtuales donde el investigador (de nuevo Hamm) juega con la mente del sospechoso (Rafe Spall) en un interrogatorio que, dado el mundo virtual, permite alterar la percepción del tiempo y otros espeluznantes recursos para doblegarte y conseguir cooperación o información. El final esta sección es escalofriante.

Íntimamente relacionada con ella está el caso investigado, donde asistimos a un drama también muy cercano con el que se conecta rápidamente y en el que, como se espera, la tecnología trae un inquietante giro. Brooker estima que cuando llevemos las redes sociales con nosotros a través de implantes en el cerebro la censura se convertirá en un asunto con sombrías implicaciones. Una mujer (Janet Montgomery) bloquea a su novio (Spall) en vez de terminar la relación como es debido, de forma que ella aparece en la visión de aquel como un borrón. Al no tener un cierre emocional como se merece, el tipo se obsesiona, y un trágico suceso le pone las cosas más difíciles. La espiral de acontecimientos lo lleva a otro infierno muy duro de ver.

Los dos actores que repiten entre historias están fantásticos. Hamm está en su salsa, interpretando, como en Mad Men (2007), a un empresario sin escrúpulos. Spall (Prometheus -2012-, El ritual -2018-) encarna a un individuo normal cuya vida se le escapa de las manos, y es capaz de mostrar con gran intensidad su dolor y frustración. El director Carl Tibbetts mantiene el pulso del episodio muy bien, sin amilanarse ante la dificultad del mismo debido a los cambios de tono y escenario. Los puntuales clímax los construye muy bien, y logra que no se pierda el interés al ir sentando las bases de la siguiente aventura.

Pero por supuesto, el fuerte es el guion de Charlie Brooker. La complejidad, profundidad y veracidad de todas las historias, y sobre todo su imaginación para vislumbrar tantas opciones de un futuro inmediato, forman el mejor capítulo de la serie hasta la fecha (contando también la tercera y cuarta temporadas). Atrapa de principio a fin sin que podamos apartar la mirada, sorprendiéndonos innumerables veces con sus inteligentes e inesperados giros, enganchándonos a través de personajes muy humanos sumergidos en aventuras de enorme originalidad y calado. Es emocionante y asombrosa como pocas obras en los últimos años, y deja muchas ideas sobre las que reflexionar, la mayor parte desagradables, tal es el repertorio de retorcidos augurios con el que nos atormenta Brooker.

ALTERED CARBON – TEMPORADA 1


Netflix | 2018
Ciencia-ficción, ciberpunk | 10 ep. de 45-65 min.
Productores ejecutivos: Laeta Kalogridis, varios.
Intérpretes: Joel Kinnaman, Martha Higareda, James Purefoy, Chris Conner, Dichen Lachman, Ato Essandoh, Kristin Lehman, Renée Elise Godlsberry, Hiro Kanagawa, Waleed Zuaiter, Hayley Law, Will Yun Lee.
Valoración:

Alerta de spoilers: Sólo presento el argumento y los personajes.–

Casi cuatrocientos años en el futuro los humanos han alcanzado dos de sus sueños, la inmortalidad y las estrellas. Pero, como suele ser habitual, no todos, sólo los ricos. Estos pueden permitirse clones (o “fundas”) que lleven sus “pilas”, las copias de sus personalidades, a cualquier parte, y además sin muchos temores a morir, porque sólo destruyendo todas sus copias alcanzarán la muerte verdadera.

Esta producción de Netflix se basa en la novela Carbono alterado de Richard Morgan publicada en 2003 (2005 en España), si bien el canal ha pasado de traducir el título, aunque no importa mucho porque nadie sabe qué quiere decir. No ha sido especialmente exitosa hasta la llegada de la serie, pero según dicen resulta un título bastante interesante en el género del ciberpunk, esto es, ciencia-ficción donde abundan los avances biotecnológicos y las realidades virtuales y una visión del futuro pesimista y oscura. Supongo que, como pasó con The Expanse (primera novela en 2011, la serie en 2015), muchos acabaremos leyéndola. La lista de productores ejecutivos es larga, pero como creadora se acredita a Laeta Kalogridis, guionista de pocas series y películas, entre las que llaman la atención la notable Shutter Island (2010) dirigida por Martin Scorsese y por el otro lado del espectro la flojísima Terminator: Génesis (Alan Taylor, 2015).

Sin llegar a ser sobresalientes, los primeros capítulos de esta ambiciosa adaptación resultan bastante llamativos. Un presupuesto sin duda abultado permite que sus autores recreen un futuro asombroso, y el origen literario se nota en la introducción a un universo complejo muy atractivo. Es evidente la influencia de las obras cumbres y de los autores primordiales del género. Vienen rápidamente a la memoria William Gibson (Neuromancer -1984-, Quemando cromo -1986-), Masamune Shirow (Ghost in the Shell, 1989) y sobre todo las obras cinematográficas más recordadas e influyentes, Blade Runner (Ridley Scott, 1982), la adaptación de Ghost in the Shell (Mamoru Oshii, 1995), y Días extraños (Kathryn Bigelow, 1995), y recuerda también en algunos momentos al referente actual en televisión, Black Mirror (2011).

Tenemos todos los puntos en común típicos: las grandes corporaciones y los ricos poseen un enorme poder mientras el resto de la humanidad se arrastra en la miseria; las ciudades están sobrepobladas, son lóbregas y sucias, con grandes rascacielos por arriba y mucho tenderete improvisado a ras de suelo; vemos asombrosos avances en biotecnología, inteligencias artificiales y realidades virtuales en su vertiente más plausible e inquietante; y la semilla del cine negro está muy presente también, con un cuerpo de policía desbordado y corrupto y una detective protagonista que trata de desentrañar una trama farragosa mientras lidia con relaciones profesionales y amorosas caóticas.

Pero las bases tan evidentes del género quedan muy bien apuntaladas en pocos minutos y su personalidad y mitología propia se abren ante nuestros ojos con propuestas muy interesantes y grandes promesas. La idea de las pilas es muy jugosa y versátil, tanto en la trama como en los pensamientos subyacentes. Sirve como punto de partida de las historias principales (el renacimiento del protagonista, la investigación, el poder de los millonarios), da pie a giros de guion ingeniosos (gente en cuerpos de otros, clones varios), y sirven para dibujar ese futuro inmediato un tanto perturbador y que da pie a diversas reflexiones (la diferencia de clases, con los ricos inmortales).

Uno de estos millonarios quiere investigar un intento de asesinato contra él y no confía en la policía, así que se busca la personalidad de un convicto, un mercenario rebelde que trajo de cabeza al gobierno hace dos siglos. Si quiere su libertad y conservar la funda que le ha conseguido, Takeshi Kovacs tendrá que resolver el caso en un mundo que ha avanzado mucho en su ausencia, mientras lucha por adaptarse, superar su pasado y encontrar nuevas razones por vivir. Pero no tiene mucho tiempo para pararse a pensar, porque el tipo que lo ha traído de vuelva exige resultados, y además él mismo atrae los problemas allá por donde va. En su funda actual tenemos el eslabón más débil del reparto y primer punto gris de la serie: Joel Kinnaman estuvo muy bien en The Killing (2011) como detective amargado, pero aquí a pesar de tener un rol semejante anda perdidísimo. Se ve que los directores no supieron guiarlo a través de los numerosos líos emocionales que arrastra, pero es que tampoco tiene el carisma suficiente para funcionar como antihéroe de acción (algunas frases ingeniosas y socarronas salen de su boca pareciendo un tanto estúpidas). Sin ir más lejos, el cuerpo original del personaje está tan bien encarnado en los flashbacks por Will Yun Lee que en cada aparición te hace pensar en que él debería haber tenido el papel principal.

La suspicaz detective Kristin Ortega no le quita ojo al recién despertado, pues algo se huele o algo trama. Trabaja sin quejarse a pesar de estar en una comisaría y una ciudad infernal. Martha Higareda transmite muy bien su fuerza y, conforme nos adentramos en su psique, también sus penas. Poe es el dueño de un hotel con estética de las novelas del escritor del que toma el nombre, pero también es una inteligencia artificial venida a menos, así que cuando Kovacs se aloja allí y trae complicaciones puede salir de su aburrimiento. Lo encarna Chris Conner con un carisma arrollador, adueñándose en cada escena en la que aparece. Tanto Conner como Higareda son un gran descubrimiento, pues aunque tienen bastante experiencia no habían logrado papeles muy destacables, así espero que esta serie les consiga más fama.

Pronto Kovacs se busca un aliado, un tipo también en apuros llamado Vernon Elliot; Ato Essandoh ha pasado por infinidad de series, destacando Copper (2012), Elementary (2012), Vynil (2016), y Chicago Med (2016). Y en los flashbacks conocemos a sus antiguos allegados: su hermana Reileen (Dichen Lachman, desde Dollhouse -2009- vista en muchas series), y la líder de la rebelión, Quellcrist Falconer (Renée Elise Goldsberry, secundaria habitual en The Good Wife -2009-).

Laurens Bancroft es el multimillonario que quiere saber quién ha conseguido llegar a su torre inaccesible y superar casi todos los controles de seguridad para atentar contra su vida, pues al morir su cuerpo y tener que restablecer una copia hay horas que no recuerda. Lo interpreta el siempre excelente James Purefoy (Roma -2005-, The Following -2013-), que de nuevo deja claro que relegar a semejante titán a papeles secundarios es un desperdicio: pide a gritos una serie propia con un personaje tipo Tony Soprano con el que demostrar su valía. En su familia, aparte de unos pocos hijos ladinos y mimados y la abogada trepa, destaca su esposa, a la que da vida Kristin Lehman, también de The Killing, con una sensualidad y transparencias de infarto.

Los capítulos vienen siendo largos y pausados, a pesar de algunas dosis de acción, pero son bastante entretenidos y adictivos, pues combinan el drama, el policíaco, el ciberpunk y la distopía consiguiendo un relato bastante atractivo y coherente a pesar de la complejidad del mismo, y se mantiene siempre sensación de avance, de que vamos adentrándonos más en los personajes y el potente mundo presentado. El caso es intrigante, con el sabor a noir clásico del protagonista perdido en una situación que apenas entiende mientras le llueven palos por todas partes y no sabe qué hacer con su vida. Mientras, vamos adentrándonos en la deslumbrante visión del futuro, expuesta con un mimo y detallismo magnífico; por ejemplo, cabe mencionar la interesante aproximación a la religión, con el rechazo a la extensión no natural de la vida. Pero también saltamos al pasado, con la historia del huérfano Kovacs encontrando en una rebelión destinada al fracaso una familia y una vida.

Todo ello con se muestra con un envoltorio visual fastuoso. Entramos a lo grande en la serie con el renacimiento de Kovacs en la bolsa de plástico del nuevo cuerpo, y en seguida pasamos a descubrir la ciudad a través de unos impresionantes planos digitales de coches voladores y edificios que no tienen nada que envidiar a una buena superproducción cinematográfica. Los escenarios están muy cuidados también, y aunque al final te acabas cansando de ver la misma calle del hotel una y otra vez, desde luego los realizadores saben sacarles partido: la fotografía e iluminación, los decorados y el vestuario son impresionantes, la selección musical es muy atinada y, lo más importante, por lo general las labores de dirección son notables, no en vano hay talentos como Miguel Sapochnik (Juego de tronos, 2011) y Alex Graves (El Ala Oeste, 1999) tras las cámaras. Además, el tono para adultos se exprime al máximo: hay desnudos para todos los gustos (en mi caso, espectaculares Higareda y Lehman), peleas brutales y sangre por doquier. Una de las peleas finales contra una serie de clones en pelotas es alucinante, un ataque del gobierno a la rebelión, que acaba con una neblina de cenizas, está rodado con maestría aunque sea puro vacile, y el estilo de lucha de moda entre los ricos es épico también.

Sin embargo, me temo que tan seductora y prometedora como se va desarrollando en su primera mitad, a la larga los pequeños deslices y mejoras evidentes que se podían ir pasando por alto, por eso de que está empezando y todavía hay margen para madurar, van creciendo y acumulándose, y la serie empieza a torcerse y deshacerse a marchas forzadas, demasiado rápido si tenemos en cuenta que la temporada es muy corta. A partir de cierto momento comienza a hacerse un poco empalagosa, en plan me sobran flashbacks que no terminan de ir hacia ninguna parte, pero también porque una vez roto el hechizo se ven las intenciones de asombrar con lo visual (la pelea de rigor por capítulo aunque no venga a cuento) y con enredos (el interrogatorio virtual) más que con terminar de perfilar un guion con enorme potencial. Pero lo más grave es un bajón en el tramo final que resulta realmente decepcionante. Básicamente, hacen un Blade Runner. Aquella dejó de lado la sugerente línea de los replicantes y sus cuestiones filosóficas para desembocar en un policíaco del montón, con un desenlace de aburridos tiroteos y tortas. Aquí ocurre algo parecido…

Alerta de spoilers: Quizá alguno lo considere spoiler, pero tengo que comentar qué no ofrece el final a pesar de que se esperaba a lo largo del año, aunque lo hago sin desvelar las claves de lo que sí ofrece, ni giros concretos ni destinos de personajes. Pero si no quieres saber nada salta al siguiente párrafo.–

Si bien el caso se cierra bastante bien (aunque a medio camino tiene momentos que parecen enmarañados innecesariamente), es algo que creo que todos esperábamos, porque parecía servir como introducción a las historias de largo recorrido, destacando una posible guerra entre ricos y pobres, otra rebelión a la que Kovacs se uniera o incluso iniciara… Y precisamente estas esperanzas quedan en el aire sin terminar de apuntar a nada concreto, mientras que como arco final se sacan se sacan de la manga un culebrón burdo, que empieza por la sorpresa del origen de la funda actual de Kovacs pero pega un salto delirante con la pésima introducción de un nuevo villano. Sus motivaciones son de un ridículo que espanta, por artificial, inverosímil y poco meditado en una serie que hasta entonces trabajaba bastante bien la psicología de sus personajes y venía mostrando un desglose de tramas y giros no brillantes pero sí bien aprovechados. El desenlace acaba patinando del todo en un drama personal pasadísmo de rosca y en una pelea final un tanto insípida.

El cambio de tono no se entiende, y todos los lectores de la novela lo achacan a que sin venir a cuento a media temporada se apartan cada vez más de ella. El esfuerzo en darle garra con el apartado visual apenas vale para mantener el tramo final como un entretenimiento sin pretensiones, cuando en su inicio se veía venir una serie de notable o más en un género donde hay pocos títulos serios y ambiciosos que rescatar. Pero también es cierto que menos es nada, y aunque al final pueda dejar malas sensaciones, el viaje merece bastante la pena y creo que cualquier fan de la ciencia-ficción puede darle una oportunidad. Veremos si de haber segunda temporada hilan mejor el arco del año mientras expanden el universo. Yo aún tengo ganas de conocer más, de ver nuevos mundos.