BLACK SAILS – TEMPORADA 3.

Starz | 2016
Drama, suspense, aventuras | 10 ep. de 50-60 min.
Productores ejecutivos: Robert Levine, Jonathan E. Steinberg, Dan Shotz.
Intérpretes:Toby Stephens, Hannah New, Luke Arnold, Jessica Parker Kennedy, Zach McGowan, Toby Schmitz, Clara Paget, Luke Roberts, Tom Hopper¸ Ray Stevenson, Patrick Lyster, Hakeem Kae-Kazim, Lise Slabber, Craig Jackson, Zethu Dlomo.
Valoración:

Alerta de spoilers: Sólo presento las tramas principales. En un párrafo bien señalado hay más detalles. —

El impresionante y demoledor final de la temporada anterior dejó a los protagonistas en un limbo muy intrigante. El comienzo de esta nueva etapa puede descolocar con esa larga y desganada introducción a Teach, más conocido como Barbanegra, pero las malas sensaciones se van rápido con el espectacular plano secuencia que nos muestra a la tripulación de Flint en su actuales quehaceres, esto es, sembrar el caos como venganza, labrarse una reputación de temibles para que Inglaterra se lo piense dos veces antes de mover ficha. Pero también sirve para mantener a los piratas de Nassau en sus filas, pues han realizado un pacto con Vane, Rackham, Max y unos pocos capitanes para mantenerse unidos defendiendo el oro del Urca de Lima, el maltrecho fuerte y por extensión la isla.

Inglaterra sin embargo cuenta con un as en la manga: los conocimientos de la prisionera Eleanor sobre cada líder, de cada punto fuerte y debilidad. Con esa ventaja, más una flotilla bien armada en cañones y tropas, un estratega serio y experimentado como es Woodes Rogers tiene mucha confianza en su éxito ante cualquier respuesta violenta… Pero su inteligencia lo lleva a abordar el intento de controlar la isla primero con otros métodos: un perdón global. Mientras, la única esperanza de los piratas en el liderazgo en una respuesta por la fuerza es el hábil capitán Flint, pero parece haber muerto en una confrontación con el capitán Hornigold, que estaba persiguiéndolo.

Esto es sólo el punto de partida de otro año deslumbrante de esta colosal obra de intrigas políticas y personales. Damos otro paso en su crecimiento, mostrando una fantástica evolución en los personajes y unas historias aún más asombrosas en su complejidad y atractivo. La narrativa es casi sofocante, con su infinidad de tramas y personajes enredados uno sobre otro en una maraña de conversaciones y maquinaciones que mantienen una expectación de altísimo nivel donde estás siempre sin saber qué se acerca y cómo superarán cada nuevo giro de acontecimientos. Cada personaje y bando trata de sacar adelante su vida y sus planes a duras penas, chocando con las acciones e intereses de los demás, habiendo resultados inesperados y sorpresas prácticamente en cada capítulo que ponen todo patas arriba de nuevo y obliga a todos a rehacer sus intenciones y, a veces, también sus convicciones.

Flint perdió lo que le mantenía los pies en el suelo, y desata su ira en un círculo vicioso: más muerte no sacia la rabia y el dolor. Su cordura pende de un hilo, y son John Silver y Billy Bones quienes lo traen hacia la realidad. Billy nunca ha conseguido destacar, siendo un secundario más como puede serlo el contramaestre De Groot, pero Silver pasó de pícaro cargante en la primera temporada para dejar huella en la segunda como un protagonista principal irresistible. Ahora sigue madurando y ganando atractivo. Su implicación en la tripulación, alejándolo del individualismo previo, lleva una transición que engancha en cada paso, y su inteligencia la dedica ahora más a pensar a largo plazo que en la supervivencia diaria, aunque esto último no desparece, pues se ata a una relación simbiótica con Flint: en todo momento trata con este ego y su oscuro viaje intentando que no descarríe y se lleve a la tripulación con él. Suyas son algunas de las mejores escenas no de la serie, sino del año televisivo: el viaje en bote en plena calma chicha es el mejor ejemplo de ese tira y afloja constante, de las maniobras sutiles y las conversaciones tan inteligentes que tienes que hacer un esfuerzo para ir entendiendo cada pretensión, giro y resultado.

Vane también está embarcado en un proceso de cambio muy sugerente y, dada su posición inicial, sorprendente pero no inverosímil, pues también se ha trabajado con esmero. Es otro que ha empezado a pensar en el bien común, y enfrenta no pocos dilemas internos en su nueva posición. Algunas ofrecen otros de esos momentos de contener la respiración, como cuando debe elegir entre Flint y Teach; además estas situaciones las vamos viendo en su mirada y sus silencios meditabundos, mostrando que los realizadores también saben narrar sin diálogos cuando se ponen a ello. Rackham no cambia bruscamente, pero sí tiene virajes muy interesantes según se imponga su idea de dejar marca, de que su nombre se recuerde en la historia, o la obligación de trabajar en equipo. Entre sus muchos grandes momentos también hay alguno memorable, como su determinación tras su primera charla con Rogers.

Pero los que no cambian tanto también resultan personajes estupendos y están embarcados en odiseas que atrapan con gran fuerza. La relación entre Max y Anne nos es conocida ya, y Eleanor se encuentra inesperadamente en un lugar semejante al que empezó, pero esto no limita su rango de acción, dejando otra infinidad de intrigas personales enrevesadas y escenas geniales, como el tramo final, donde prácticamente las tres tienen el control de la isla en sus manos mientras los hombres batallan en el caos, y van moviendo los hilos como bien pueden para que no se venga todo abajo o, simplemente, para vivir un día más.

Y tenemos nuevos protagonistas magníficos. Se anunciaba a lo grande la llegada de Ray Stevenson (Tito Pullo en Roma) como Barbanegra, y desde luego resulta una figura seductora y temible a la vez, pero nos encontramos con un roba escenas de cuidado en Woodes Rogers, el inglés que tiene la misión de gobernar Nassau. El intérprete Luke Roberts era bastante desconocido, con una carrera corta y sin papeles que causaran impresión, pero el casting ha estado acertadísimo con él: está a punto de desbancar al mismísimo Toby Stephens (Flint) en porte y capacidad de absorber toda la escena, la solidez de su interpretación y la calidad del dibujo del personaje dejan otro protagonista memorable. Del resto de actores ya hablé en la segunda temporada: tenemos uno de los repartos más sólidos y carismáticos del año.

Esta vez he notado un mejor ritmo y equilibrio global, sin tramos que pierdan fuelle dignos de citar, aunque algún momento en que la conversación está claramente inflada sigue habiendo, como esa de Max y Bonny en la cueva hablando de la familia. Igualmente se puede detectar algún fallito o cuestión algo grisácea, aunque lo cierto es que son detalles, no agujeros grandes, y viendo la extraordinaria dificultad del conjunto se perdona.

Alerta de spoilers: Cito algunos momentos concretos, salta al siguiente párrafo si quieres evitar spoilers.–
Me pregunto cómo, del capítulo quinto al sexto, sabe Flint dónde estará Teach. Tampoco se explica cómo quedan Max y Bonny en el principio del séptimo (a las faldas de una pequeña loma) y cómo la segunda conoce la situación de Rackham, si no se han visto desde antes de los eventos que tratan. Me parece un poco cogida por los pelos la excusa que ponen para que Mr. Scott acabe en la isla de esclavos fugados justo en el momento clave, con esa frase cutre de “¿Conocéis vuestras instrucciones?”… pues claro que sí, lo han hecho mil veces (final del 304). Pero la única situación un poco más grave sería la forma en que Max actúa en la treta de la entrega falsa a Bonny hacia el final de temporada: sabiendo que se la iban a jugar y tenía muchas posibilidades de acabar muerta, no me creo que no pusiera algo más de esfuerzo para mejorar la situación, dado su íntima relación y lo que se mueve para arreglar las cosas.

La puesta en escena continúa mostrando un gran esfuerzo por lograr una recreación llamativa de la época y unas secuencias de acción que te dejen pasmado. Sigue pesándole la elección de ahorrar tiempo en algunas conversaciones acabándolas en un plano contra plano que desaprovecha el gran trabajo de fotografía y composición de escenarios, pero también ha ido madurando en este aspecto: se ha reducido un poco, y la cantidad de planos que van de lo excelente a lo hermoso es cada vez mayor, acabando con numerosos fotogramas dignos de enmarcar (la reunión en la loma cerca da playa de Anne y Max), escenas hipnóticas incluso en pequeñas habitaciones, planos secuencia sublimes, escenas marítimas acojonantes (cada vez mejor la recreacion de los barcos en alta mar), decorados que parecen de cine (el pueblo de esclavos) y una batalla que hace época.

Por desgracia, me temo que estamos otra vez ante la injusta falta de fama que está teniendo la serie en contraposición con su rival más directa, Juego de tronos, que está extremadamente sobreexpuesta. Incluso la fallida Vikingos tiene más respaldo popular. El asalto a la diligencia es probablemente el mejor plano secuencia visto en una serie, una maravilla al lado del simple paseo que se dieron entre casas en True Detective y ante el que la gente se emocionó de forma desmedida, pero ha pasado sin hacer ruido.

Aunque le costó desplegar todo su potencial, Black Sails se ha terminado alzando como una de las mejores series de los últimos años, y estoy seguro de que el paso del tiempo, el boca a boca, la pondrá en su lugar.

PD: El único fallo, e imperdonable, es que no hayan editado las bandas sonoras de las temporadas dos y tres todavía. El excelso trabajo de Bear McCreary merece más respeto.

Ver también:
Temporada 2.
Temporada 1.

TRANSPARENT – TEMPORADA 3.


Amazon Video | 2016
Drama, comedia | 10 ep. de 25-30 min.
Productores ejecutivos: Jill Soloway.
Intérpretes: Jeffrey Tambor, Gaby Hoffmann, Amy Landecker, Jay Duplass, Judith Light, Cherry Jones, Kathryn Hahn, Alex MacNicoll, Anjelica Huston, Richard Masur, Trace Lysette, Alexandra Billings.
Valoración:

Lo señalé como un problema menor pero latente en su primera temporada, y lo cierto es que fue creciendo en la segunda. En este tercer año es ya bastante grave y diluye el potencial y atractivo de la serie considerablemente. Hablo de la sensación de que sólo nos narran anécdotas sin un hilo conductor claro. Cuesta sacar conclusiones de las aventuras de la familia Pfefferman, ni siquiera se vislumbra una coherencia global en la evolución de los protagonistas.

Los tres capítulos iniciales son buenos y disimulan este punto oscuro. Mantienen la expectación con la crisis inicial de Maura, que quiere ayudar a alguien que está en su posición. Cobra gran protagonismo la rabino Raquel, con una situación personal también atractiva. Y destaca sobre todo la fantástica cena familiar, que recupera momentáneamente la alta calidad de la que hacía gala la serie en su primer año, mostrando con gran inteligencia y sutileza aspectos de las relaciones humanas y los sentimientos. Pero de ahí en adelante decae mucho, pareciendo un relato cada vez más perdido, como si los escritores hubieran agotado el material y tuvieran que improvisar con prisas. Y falta inspiración, no se ven el detallismo y profundidad esperables, con lo que cada capítulo se va haciendo más pesado e insustancial hasta llegar a un desenlace que bordea el suspenso.

Como buen drama sobre familias disfuncionales, cada miembro arrastra sus penas y choca contra sus limitaciones. Pero conocemos ya muy bien las de cada personaje, y esta nueva etapa no ofrece nada tangible. Está claro que Maura no se siente realizada como mujer por el lastre de su cuerpo de hombre, pero eso está expuesto desde el primer capítulo. Como ella misma dice, he salido del armario, mi familia me quiere a pesar de ello, tengo pareja y cierta estabilidad en general en la vida, y estoy triste no sé por qué. Nosotros tampoco, y su viaje no lleva a ningún desenlace o giro que abra un nuevo camino ante sus pies. Luego le niegan la posibilidad de operarse para hacer la transición, por el riesgo de su edad y débil corazón, y cabe pensar que eso sí es un motivo para que su vida se venga abajo… pero resulta que no, que la depresión ha desaparecido y esto no la afecta y sigue como si nada. Sin la transición adecuada, estos eventos supuestamente importantes quedan como resúmenes inconexos.

Sarah está atascada en el sadomaso y la religión. Es como si nos dijeran que no tiene una meta clara en su vida… pero parece que es el guionista el que no la tiene. Josh… ya sabemos los problemas que tiene con las relaciones, y aquí se reincide vagamente en ello sin buscar nuevas perspectivas o avanzar, y todo ello a pesar de tener casi dos episodios enteros dedicados a su depresión. Con Ali sabemos de sobras que busca algo que la haga sentirse realizada, y prueba trabajos, estudios y relaciones sin mucha suerte. Tampoco se añade nada nuevo a su experiencia, todos los capítulos reinciden en si ama a la novia o no, esa profesora mayor que ella por la que siente admiración. Shelly lleva tres años sin despegar a pesar del tiempo que ocupa. Ni siquiera queda claro qué tratan de narrar con ella. La madre que se siente sola porque los hijos ya son independientes es lo único que da de sí, y se sostiene sólo por su simpatía.

Es una pena este estancamiento que va camino del naufragio, porque el cariño cogido a los personajes cuando los conocimos en la primera temporada se mantiene, sigues queriendo ver cómo salen de la oscuridad, cómo remontan sus vidas. Los actores, todos muy implicados en sus roles, son cruciales para mantener esta conexión con un guion tan débil, y por ello la temporada se salva. Pero se hace larga y hueca, algo difícilmente perdonable dada su corta longitud, y con la falta de rumbo me ha quitado las ganas de seguir.

Ver también:
Temporada 2.
Temporada 1.

TABOO – TEMPORADA 1.

BBC One | 2017
Thriller, drama, aventuras | 8 ep. de 55 min.
Productores ejecutivos: Chips Hardy, Tom Hardy, Steven Knight.
Intérpretes: Tom Hardy, Jonathan Pryce, David Hayman, Jessie Buckley, Oona Chaplin, Edward Hogg, Stephen Graham, Franka Potente, Michael Kelly, Tom Hollander, Richard Dixon, Leo Bill, Jefferson Hall, Nicholas Woodeson, Mark Gatiss, Lucian Msamati.
Valoración:

Tras su buena experiencia con Peaky Blinders, Tom Hardy mantiene un pie en la televisión con una nueva producción levantada por él, su padre y su amigo el guionista Steven Knight, creador principal de aquella serie, entre otros trabajos (Locke, Aliados, Promesas del este). La premisa es de hecho del propio Hardy, aunque el desarrollo lo han llevado aquellos dos, más los directores elegidos, los nórdicos Anders Engström y Kristoffer Nyholm, conocidos por Wallander, Forbrydelsen y otras exitosas por esas tierras. El plan es hacer tres temporadas.

Estamos en 1814. En Inglaterra gobierna el regente estrafalario y enfermizo George IV mientras su padre agoniza, aunque la Compañía de las Indias Orientales ostenta gran poder también. Tras la guerra de indepencia de Estados Unidos de América, la tensión sigue estando latente entre los dos países en la reelaboración de las fronteras americanas, donde cada facción quiere su pieza del pastel.

En un entierro reaparece inesperadamente el hijo del fallecido, James Delaney, tras estar más de una década desaparecido. Su retorno pone la zancadilla a los planes de la corona y de la Compañía, que esperaban heredar la isla de Nuutka y su estrecho, una zona crucial en la costa noreste de América, sobre todo por el comercio marítimo con Asia. Pero Delaney viene con unas motivaciones claras respecto a esas tierras, y se lo pondrá difícil a todos los bandos, por muchos que estos se esfuercen.

En la onda de Peaky Blinders, Copper, Ripper Street y semejantes, Taboo es una de misterio que exprime bien la sordidez y violencia de la época retratada, sumergiéndonos en un ambiente sucio, mísero y caótico donde la odisea de los protagonistas siempre está cargada de pesares y dramas. Delaney (Tom Hardy) está acosado por fantasmas del pasado, como la relación con sus padres y una tragedia que vivió en sus viajes. Su hermana (Oona Chaplin) está casada con un tipo arisco y con arrebatos de violencia (Jefferson Hall), aunque no menos inquietante es la relación con Delaney, incesto incluido. La ambición desmedida de Stuart Strange (Jonathan Pryce) al mando de la Compañía es su propio pozo de tormentos. Y en los secundarios tenemos un repertorio muy interesante que sigue a rajatabla la fórmula: putas poco higiénicas, actrices que a duras penas sobreviven en un mundo de hombres, homosexuales ocultos, granjeros pobres, espías sin escrúpulos, asesinos despiadados… Delaney usa a todos como puede para sacar adelante su lucha incansable, a algunos con más tacto que a otros, y que Dios se apiade de estos últimos…

La ambientación es muy potente en lo visual a pesar de tener un presupuesto ajustado (unos doce millones de euros), con unos decorados y un vestuario que lucen muy bien, sobre todo gracias a una fotografía estupenda. Las labores de dirección son sólidas y el reparto es notable, destacando al inmenso Jonathan Pryce (Juego de tronos, Piratas del caribe), al carismático y sombrío Tom Hardy (Mad Max, Legend, El Caballero Oscuro: La leyenda renace), a su afligido mayordomo David Hayam (El niño del pijama de rayas), con una voz áspera que te dejará anonadado, más un repetorio de secundarios de lujo como Franka Potente (El caso Bourne, Copper), Stephen Graham (Boardwalk Empire), Michael Kelly (House of Cards, Wolf Hall), Mark Gatiss (Sherlock)… Por ello, la única intérprete algo floja se nota más de la cuenta: Oona Chaplin (Juego de tronos, Black Mirror) no está a la altura. Tampoco deslumbra la música, a pesar de ser de un gran compositor al que admiro desde sus primeros trabajos, Max Richter, que deslumbró fuera del círculo sinfónico-minimalista con la serie The Leftovers; su labor aquí resulta un tanto repetitiva. De igual manera, me gustan bien poco los títulos de crédito, sosos a más no poder.

Pero el gran problema de la temporada es el ritmo. Son sólo ocho episodios y se nota que les han sobrado varios, que en el tramo central hacen malabares para no avanzar con la trama antes de tiempo, con lo que resultan bastante, bastante pesados. La fascinación que despierta el personaje de Hardy, la solidez de los secundarios y el atractivo aspecto visual salvan esos capítulos por los pelos. Teniendo eso en mente, no se entiende cómo a veces los guionistas parecen dejar de lado cosas jugosas que podían haber dado más vidilla. Hay otros muchos personajes muy atractivos que podrían haber sido explotados mejor (el asesino, la prostituta, el mayordomo), pero sobre todo le pesa la sensación de que Delaney planea y ejecuta algunas cosas importantes fuera de pantalla. El ejemplo más claro es que se empeña en tener un barco, y al poco aparece con él, luego se lo queman en las peleas y se empeña en tener otro, pero se tira capítulos deseándolo, sin hacer nada concreto hasta que al final resulta que lo consigue así por las buenas. En cambio, le dedican demasiado tiempo al asunto de la pólvora, que parece menos crucial en los acontecimientos actuales. Igualmente, hay alguna subtrama un poco cogida por los pelos: la historia de la hermana no termina de despegar… y acaba sin haber dejado huella; y la sección del negro que trata de denunciar el esclavismo no aporta nada sustancioso.

Así pues, Taboo resulta un tanto irregular, sobre todo lenta, a pesar de guardar un potencial mayor, pero también tiene bastante personalidad y engancha incluso en sus peores bajones.

PD: El título no sé muy bien a qué hace referencia. El único tabú claro es el incesto. Sería más lógico que se llamara “Proscrito”, “Perseguido” o algo semejante, o incluso “Nootka”.
PD2: En EE.UU. se emitió en FX, cuando cabría pensar que lógico hubiera sido en BBC America. A España la ha traído la recién estrenada HBO, que ha visto que para competir con el repertorio de Netflix tiene que abrirse a producciones externas también.

EL SÉQUITO – TEMPORADA 4.

Entourage
HBO | 2007
Comedia, drama | 12 ep. de 25-34 min.
Productores ejecutivos: Mark Wahlberg, Doug Ellin, Rob Weiss, Stephen Levinson, Eric Weinstein.
Intérpretes: Kevin Connolly, Adrian Grenier, Kevin Dillon, Jerry Ferrara, Jeremy Piven, Rex Lee, Perrey Reeves, Rhys Coiro, Emmanuelle Chriqui, Constance Zimmer, Beverly D’Angelo, Anna Faris.
Valoración:

Alerta de spoilers: Describo bastante de las tramas principales, pero sin destripar finales–

Después de dos temporadas explosivas, la cuarta se torna un poco más ligera. No hay un bajón de calidad propiamente dicho, porque mantiene la personalidad arrolladora, el ritmo trepidante y los personajes encantadores, pero es cierto que hay menos tensión, menos grandes odiseas, y más aventuras de tipo anecdótico. En otras palabras, la trama larga dedicada al mundo del cine no es tan absorbente, o no logran sacarle el mismo partido, y priman las historias secundarias, las fiestas y demás vivencias de la pandilla por un lado y de Ari por el otro. Así, aunque el año empieza fuerte, a partir de su ecuador se nota cierto desgaste, pues empieza a pesar la sensación de que en realidad no vamos hacia ninguna parte. Por suerte, también es más corto que los anteriores, sólo doce capítulos, y cuando te das cuenta estás en Cannes con el esperado estreno de Medellín, con lo que es probable que no notes de su falta de trascendencia hasta que las ves varias veces. Y las aventuras del día a día de la pandilla mantienen su esencia intacta, así que más se diluye esa falta de pegada.

Empezamos con un capítulo muy curioso, pues tomando la forma de los típicos promocionales llamados “Cómo se hizo” o “Making of”, donde vemos imágenes del rodaje, entrevistas sobre el proceso y algunas escenas del filme, nos resumen cómo el grupo se enfrenta al esperado rodaje de Medellín, la biografía de Pablo Escobar que tanto les ha costado sacar adelante a Vince, Eric y Billy Walsh, el estrafalario director. Este es el primero en causar problemas, con sus altibajos emocionales y el encaprichamiento con una atractiva actriz secundaria.

A continuación nos embarcamos en el proceso de postproducción, donde Billy con sus locuras sigue trayendo numerosos quebraderos de cabeza a nuestros amigos; cada visita a su casa garantiza resultados impredecibles. Mientras, el grupo vive ahora en el piso de Drama, pues las finanzas de Eric y Vince con la inversión en la película están al mínimo. Pero claro, están acostumbrados a vivir a todo tren y no van a parar en espera del siguiente proyecto, así que enlazan fiesta tras fiesta. La inauguración del piso, con Drama histérico por los desperfectos, la salida con el alcalde de Los Angeles, los intentos continuos y desesperados de Drama y Tortuga por follar (demenciales cuando acaban con las maduras y la furby o peluchera)… Mientras, Ari se mantiene en su círculo vicioso: la adicción a un trabajo muy estresante (atención a la pelea con los gemelos) mina un matrimonio que siempre pende de un hilo. Los líos para encontrar colegio para sus hijos dan mucho de sí aunque parece una historia un poco tonta de primeras, de hecho su pelea con el director acaba en una escena mítica, con Ari rebajándose a suplicar y Jeremy Piven rematando un papel ya de por sí extraordinario.

La aventura más llamativa de la pandilla es la de Eric, que decide expandir su negocio como mánager de actores. Su primer cliente es una actriz bastante conocida, Anna Faris (otro de esos grandes cameos que ha tenido la serie), lo que nos mantiene en la idea de mostrar la vida y el trabajo en Hollywood, aunque como al resto de esta temporada, la sensación de intrascendencia le pesa un poco. Resulta una línea un tanto blanda y previsible, lo poco que da es un posible enamoramiento y un novio sobreprotector, pero como siempre, resulta todo muy divertido. De haber un fallo más criticable, sería que la novia que se echó Tortuga al final de la temporada pasada, muy simpática y con gran química, ha desaparecido aquí, y no dan explicación alguna.

El tramo final se centra en encontrar distribución, es decir, una compañía que compre la película y la estrene adecuadamente. De eso va el festival de Cannes: un escaparate para que obras independientes puedan captar la atención de las grandes productoras (o “majors”). En los últimos días previos al estreno tenemos la guerra de pujas, Harvey y Dana como representantes de la industria por un lado, y los que estuvieron implicados en su financiación desde un principio por el otro (el árabe, el judío), cada uno con sus propios intereses que chocan con los de Eric, Vince y Ari, con lo que situaciones caóticas cuando no delirantes se suceden una tras otra.

Los chicos de Cannes (412) es de hecho el mejor capítulo de esta etapa, y uno de los más admirados por los seguidores. Se junta toda la esencia de la serie: por un lado, la detallada pero divertida descripción del mundo del cine, por el otro, las aventuras de este grupito de vividores, destacando el emocionante romance de Drama con una fan de Viking Quest, y por supuesto no faltan las numerosas las sorpresas inesperadas, los giros impredecibles que te dejan descolocado y con ganas de saber cómo saldrán de cada nuevo embrollo. Pero hay otros capítulos y momentos a destacar, como el citado de la fiesta en el piso de Drama (402), la nueva pelea con el todopoderoso Harvey Weingard, la versión loca de Harvey Weinstein (aunque que por lo visto no difiere tanto de la realidad) (404), la torpeza de Drama con la marihuana (405), los celos de Ari cuando su mujer vuelve a trabajar en un culebrón (409), etc., etc.

PD: Perrey Reeves aparece ahora en los créditos iniciales, mientras Rex Lee continúa relegado a los finales, y Debi Mazar nunca volvió a recuperar el protagonismo planteado inicialmente.

Ver también:
Temporada 3.
Temporada 2.
Temporada 1.

TREME – TEMPORADA 2.

HBO | 2011
Drama | 11 ep. de 58-90 min.
Productores ejecutivos: David Simon, Eric Overmyer, Nina Krostoff-Noble, Carolyn Strauss.
Intérpretes: Melissa Leo, Kim Dickens, Steve Zahn, Wendell Pierce, Khandi Alexander, Rob Brown, Michiel Huisman, Lucia Micarelli, Clarke Peters, India Ennenga, David Morse, Jon Seda, Phyllis Montana LeBlanc.
Valoración:

Alerta de spoilers: Sólo presento el punto de partida de cada trama y protagonista. —

En el salto a la segunda temporada de Treme no cambiamos abruptamente de escenario y grupo de personajes como ocurrió en The Wire, pero también se amplía el horizonte para abarcar nuevas perspectivas del embriagador retrato que David Simon nos está ofreciendo de New Orleans. En la primera etapa nos sumergíamos a fondo el ambiente social y cultural. La gastronomía, protagonizada por Janette y sus sueños rotos, las tradiciones únicas, como los indios de Albert Lambreaux, y sobre todo la música en todo su rango: los intérpretes callejeros (Annie, Sonny), los que han logrado ascender un poco y viven de las sesiones en locales (Batiste), los veteranos más o menos famosos (Delmond, los numerosos músicos reales que aparecen en cada capítulo), y los que están en su propio mundo, como McAlary y sus locuras. Ahora también conoceremos más detalladamente cómo funcionan el gobierno y las fuerzas de la ley, adentrándonos en el ayuntamiento y el cuerpo de policía.

La corrupción del gobierno local y federal y su especulación urbanística las vislumbramos previamente porque los personajes las sufren en sus carnes, pero ahora veremos con más detalle cómo se gesta en manos privadas y cómo se permite e incluso fomenta desde los supuestos servidores públicos. Por supuesto, Simon se basa escrupulosamente en los hechos reales, relacionando las acciones de los protagonistas con eventos relevantes para la vida de la ciudad, destacando la infame gestión del alcalde Nagin y la planificación urbana de tintes racistas. Nelson Hidalgo (un carismático Jon Seda) es joven pero tiene experiencia en los entresijos del mundillo, y viene dispuesto a hacerse rico. Se acerca al empresario con visión (Ligouri), se reúne con los políticos que haga falta, pide y da favores y dinero con un entusiasmo y una visión que parecen llevarlo directo a la cima. Con Sofia, la hija de Toni Bernette, trabajando como becaria para un concejal, relacionamos esta temática un poco más con los viejos conocidos, porque Nelson va bastante por libre.

En la policía teníamos un enlace gracias también a Toni y sus constantes investigaciones, pero aunque el gran David Morse (uno de esos secundarios de lujo allá por donde aparece) encarnara al Teniente Colson, este tenía muy poca presencia y no dejó gran huella. Sin embargo su historia se amplía aquí desde el principio. Asqueado de la corrupción e incompetencia de los demás policías y detectives, parece decidido a plantar cara, y más ahora que el crimen está desbocándose de nuevo tras la pausa que supuso el éxodo forzado por el Katrina. Pero ha de ir con pies de plomo, porque un paso en falso pondría a todo el cuerpo en su contra. Por su parte, Toni acepta un caso que nos acompañará durante mucho tiempo, canalizando estos temas de corrupción y ocultación de delitos: la muerte de un joven llamado Abreu apunta al departamento de policía. El rastro, tras tanto tiempo, está frío, pero cada piedrecita que levanta parece mostrar más inmundicia.

Por supuesto, todos nuestros queridos personajes están embarcados en nuevas etapas de sus vidas, lo que nos permite tanto disfrutar de sus deliciosas como vivencias adentrarnos más en New Orleans, en la vida y las gentes de tan peculiar y encantadora urbe. Davis McAlary se lanza tras en inumerables proyectos musicales con gran entusiasmo pero sin grandes resultados. Batiste necesita un trabajo fijo, y trata de formar un grupo a la vez que tantea la posibilidad de ser profesor en la banda de un instituto. Annie, saliendo ahora con McAlary y no con el destartalado Sonny, parece estar empezando a exprimir su potencial como músico, sobre todo gracias al apoyo de su amigo Harley (Steve Earle también es músico en la vida real). Delmon Lambreaux continúa saltando entre New York y New Orleans, tratando de conciliar el jazz moderno y la tradición, y sacar algo de dinero de este género tan poco vendido. Y entre una odisea y otra, aunque tiene relación sobre todo con la de Davis, vemos el resurgir de un género musical, o más bien el de un movimiento social: el bounce, una mezcla de dance, hip hop y vetas de jazz local cuya energía y letras críticas sirven para alzar la cabeza y gritar contra las injusticias y la incompetencia de los gobiernos.

Fuera de los músicos tenemos otros muchos relatos entrañables. Albert Lambreaux no parece encontrar nada que le traiga felicidad, por mucho que Delmond trate de ayudar; el documental sobre los indios y la idea de Delmond de combinar géneros jazzísticos parecen mantenerlo ocupado, pero su humor es intratable, y va siempre alicaído. Janette renunció a su restaurante y se ha atado a New York, donde hay trabajo de sobra para una chef de su nivel, pero no encuentra un lugar en el que sentirse a gusto. Sonny parece incapaz por sí sólo de salir adelante, pero el empujón de un colega de la banda de Batiste, donde es aceptado porque no había más candidatos, podría encarrilarlo: le encuentra un trabajo de pescador para mantenerlo lejos de fiestas y drogas y con un flujo de dinero estable. Laddona apenas sobrelleva la pérdida de su hermano cuando un asalto en su bar la embarcará en otro drama que la perseguirá constantemente.

Mis secciones favoritas han sido de nuevo las de Jannete y McAlary, seguidas de las desventuras de Batiste, la lucha constante de Toni, ahora acompañada de Colson, y la entrada triunfal de Nelson. Pero la sorpresa la da Sofia, que parecía simplemente ser la hija de Toni, simpática pero un complemento de la tragedia familiar que supuso el destino de Cray, pero aquí gana protagonismo muy bien, llevándote hacia la parte más oscura: evidentemente arrastra una depresión… ¿acabará como el padre o logrará salir de ella? Y en cuanto a escenas sueltas que me hayan marcado, hay muchas, pero por poner las primeras que me vienen a la mente, me encantó cuando Annie ve la foto de Sonny rescatando a gente, así como el giro con su amigo Harley; muy emotivo fue el momento en que Davis encuentra a Sofia borracha; divertidísimo cómo Jannette cierra un capítulo de su vida: lanzando una copa de sazerac (un extraño cóctel típico de New Orleans) a un crítico famoso; los líos de la banda de Batiste son numerosos y todos la mar de emocionantes; etc.

Hay también algunos puntos oscuros, aunque no especialmente graves. La novia que se había echado Albert desaparece de golpe; supongo que la actriz se daría el piro, y claro, deja un hueco raro. Pero más notable es que el propio Albert es el único cuya historia no avanza con fluidez y un destino más o menos claro. Da vueltas en círculos, se pasa el día refunduñando sin concretarse nada; ni siquiera queda claro si sigue trabajando como carpintero o si deja de coser al final o no, pero aun así hace su espectacular aparición con “Los guardianes de la llama”.

Se podría decir que en lo visual es una serie es bastante sencilla, cuando una localización con tanto encanto podría deslumbrar más, sobre todo teniendo en cuenta de que disponían de un presupuesto más holgado que en The Wire, pero eso no quiere decir que el acabado sea de poca calidad. Como en la recreación de Baltimore, Simon busca un estilo natural, que deje respirar a los personajes. Donde más se nota la sutil pero eficaz labor de los directores es en los momentos de gran complejidad, como los conciertos en bares abarrotados y los desfiles: pese a su dificultad las ruedan con una naturalidad asombrosa, permitiendo que te parezca estar ahí dentro con los personajes.

Treme vuelve a ofrecer otro año redondo, inteligente y hábil como pocos, pues a pesar de su realismo y contención consigue entrener y emocionar con gran facilidad mientras a la vez también te lleva a la reflexión con delicadeza.

Ver también:
Temporada 1.

THE CROWN – TEMPORADA 1.


Netflix | 2016
Drama histórico | 10 ep. de 55-60 min.
Productores ejecutivos: Peter Morgan, Stephen Daldry, varios.
Intérpretes: Claire Foy, Matt Smith, Vanessa Kirby, John Lithgow, Jared Harris, Pip Torrens, Ben Miles, Jeremy Northam, Victoria Hamilton, Alex Jennings,
Valoración:

Antes de entrar en materia, lo primero que quiero hacer es desmentir la frase con la que casi todos empiezan al hablar de The Crown: ¡basta ya con el rumor de que es la serie más cara de la historia! No sé de dónde ha salido, y es vergonzoso que los medios lo repitan sin informarse. El propio creador y algunos de los directores han expresado en algunas entrevistas (1 y 2 por ejemplo) su asombro ante esas cifras absurdas. Según ellos habría costado unos cien millones de dólares por dos temporadas (igual que House of Cards), cincuenta cada una, cinco por capítulo, que ya es bastante, y lo luce muy bien. Hasta ciento cincuenta por la primera temporada indican algunos… y aun así no sería el presupuesto más grande conocido, porque en algunos años Urgencias rondaba trece por episodio, casi trescientos millones por temporada.

The Crown no es una serie que de primeras me llamara mucho. ¿Otra producción inglesa sobres las clases nobles? ¿Qué pueden aportar después de infinidad de películas, series y miniseries sobre la corte de diversos reinados y la reciente y exitosa representación de las familias de la alta sociedad que tuvimos con Downton Abbey? ¿De verdad no hay más que contar en la historia del país que los líos de sus monarcas y nobles? Los dos primeros capítulos me echaron bastante para atrás, pues ofrecían un tono muy conservador: tramas lineales y predecibles, personajes acartonados y estereotipados (más sirvientes estirados), y sobre todo una adulación obsesiva de la corona. La agilidad e inteligencia con la que en Downton Abbey unían decenas de protagonistas y aventuras logrando un mosaico cautivador no parecía asomar aquí por ninguna parte. Al guionista de aquella, Julian Fellowes, se le ha visto siempre el plumero conservador, su amor por la nobleza (Gosford Park, La reina Victoria…), pero al menos en la serie trataba bien su decadencia y obsolescencia en la vorágine del siglo XX y el nacimiento de las democracias. El autor de The Crown, Peter Morgan, es otro que parece enamorado de esta temática, pues en su currículo tiene títulos como La reina (que versa sobre la misma monarca) y Las hermanas Bolena, aparte de otras sobre política muy exitosas, como Frost contra Nixon. El tono que se ve en este inicio es demasiado rancio, y aunque la temporada madure bien, su ideología se mantiene estancada, no logra una mirada a la época con la complejidad y objetividad necesaria en estos tiempos.

Pero la puesta en escena no me importó que fuera conservadora, porque lo es en sentido cinematográfico: escenificación y tempo muy cuidado, huyendo del plano-contra-plano a las caras de los actores, sino jugando con el escenario y la posición de cada intérprete con gran cuidado y estupendos planos medios. El vestuario y los decorados son impecables, y la trabajada fotografía consigue una belleza casi abrumadora. Entre eso y el excelente trabajo actoral, le di una oportunidad para ver si su tono pomposo, afectado (la premisa simplona y previsible tratada como si estuvieras ante algo único), su ritmo plomizo y su descarado patriotismo rayano en el onanismo, no le impedían crecer y lograba navegar hacia algo más llamativo. Tantas alabanzas y tantos premios, digo yo que algo tendría. Y lo cierto es que mejora bastante. No tanto como para hablar de la mejor serie del año, pues los Globos de Oro han hecho el ridículo otra vez, teniendo temporadas claramente superiores, como la cuarta de Orange is the New Black, pero desde luego es una obra notable a pesar de sus irregularidades y su flojo y desalentador comienzo.

Poco a poco le cogen el punto a su argumento sencillo y consiguen exprimirlo al máximo en un guion que sorprendentemente sí llega a mostrar bastante inteligencia. La exposición metódica de situaciones, apoyándose con sabiduría en los sentimientos de los personajes y el cuidado del detalle más en que en tratar de formar tramas complejas, más una dedicación exhaustiva en la puesta en escena para obtener la mayor elegancia y emoción posible de cada plano, son capaces de lograr un relato muy atractivo e incluso a ratos conmovedor. Un capítulo está centrado casi exclusivamente en la elección del mayordomo de la reina, otro en un par de detalles del protocolo de coronación, y aun así te absorben por completo, resultan muy entretenidos a pesar de su sobriedad. El mejor ejemplo es el duelo intelectual entre Churchill y su pintor, que nos regala algunas de las escenas más profundas y hermosas del año, pero basta coger cualquier escena suelta en que la reina media con alguien. Los diálogos, en conjunción con la mirada del intérprete o su postura, dicen más de lo que se ve en la superficie, y todo ello es captado de forma hipnótica por la fotografía, logrando infinidad de momentos muy potentes. En otras palabras, los personajes no siempre dicen que lo que sienten (menos Margaret y Edward, que lo van anunciando a los cuatro vientos), así que tienes que deducir su estado de ánimo, sus pensamientos y objetivos, con lo que la narración capta tus sentidos y esconde bien su falta de ambición en cuanto a argumentos. El proceso de aprendizaje de la reina, con tropiezos variados, los problemas que surgen tanto en política, tradiciones e ideología (cuidado con mosquear a la iglesia) como en otros aspectos (el acoso de la prensa), no ofrece historias sorprendentes, pero las narran con un entusiasmo contagioso.

El reparto es magnífico, uno de los mejores del año. Como buena serie inglesa, tiene secundarios de lujo en cantidad, incluyendo una breve pero excelente aparición del enorme Stephen Dillane (Juego de tronos, aunque yo lo conocí en John Adams). En cuanto a los principales, sólo a Matt Smith (Doctor Who) le falta algo de pegada, el resto están impresionantes. Claire Foy como la reina me ha sorprendo bastante con una interpretación llena de silencios y gestos contenidos, porque el primer papel que le vi, en Crossbones, dejaba mucho que desear. Ahí se nota lo que un buen personaje y buenos directores pueden frenarte o potenciarte. Pero a pesar de su gran papel casi queda eclipsada por su padre ficticio, George VI, en manos de un fantástico Jared Harris, la asombrosa transformación de John Lithgow (3rd Rock from the Sun) en Winston Churchill, que sin duda será recordada, e incluso la entusiasta labor de Vanessa Kirby como la princesa Margaret (curiosamente la actriz tiene un rostro muy de la época). Lo único que puedo reprochar es que Jeremy Northam como el político Anthony Eden aparece poquísimo a pesar de su prominencia en los créditos, con lo que no podemos disfrutar como esperaba de este excepcional y desaprovechado actor (su presencia en Los Tudor quitaba la respiración en un reparto ya de por sí colosal).

Pero sí, es inevitable decir que en The Crown hay mucho adorno sobre algo muy básico, y por muy bien hecho que esté deja la impresión de que quizá el esfuerzo que han puesto no haya estado dirigido en la mejor dirección. Anunciaban una gran serie sobre la corona y la política inglesa en la segunda mitad del siglo XX (seis temporadas pretenden hacer), y a la hora de la verdad se han centrado en muy pocas cosas, la mayoría casi intrascendentes, cuando había sin duda mucho más por contar. El capítulo de la crisis del smog (las nieblas mortales de Londres: el clima estancado y el humo de los hogares asfixiando a la población) es un gran ejemplo de que hay muchas cosas fascinantes que abordar, y también es el único momento en que vemos realmente al pueblo, con la secretaria y su compañera de piso y otros ciudadanos a pie de calle. Pero en el resto se obsesionan con la reina y apenas salimos de palacio a pesar de tener al gobierno como supuestos coprotagonistas.

Entiendo que haya momentos en que quieran tratar un tema político desde otra perspectiva, no en vano, el capítulo en que Churchill enfrenta el dilema de la dimisión, narrado desde su sofá mientras el pintor trabaja, es casi magistral, una acertadísima perspectiva íntima y velada (el estanque…). Pero aplicar casi exclusivamente esta dinámica en toda la serie implica alejar el foco de los acontecimientos reales para centrarse en nimiedades. Por ejemplo, mientras la reina tiene alguna duda poco significativa, el pueblo sufre los racionamientos post guerra. ¿No deberían estar contándonos que está haciendo el gobierno, si había dilemas éticos entre los nobles o, si no los hubiera, mostrar su distanciamiento o su falta de escrúpulos? Pues resulta que se quitan de encima este asunto en un diálogo secundario, y se empeñan en darnos cincuenta minutos de la reina decidiendo si deja que su esposo ponga cámaras en la coronación o lo que tocara en ese episodio. Y así durante toda la temporada, con algunos casos que hay que lamentar bastante: mientras la reina se entretiene viendo animalitos en África o tiene algún tropiezo con el amarillismo de los medios en su primera gran gira, no nos introducen lo más mínimo en el tema del colonialismo y los cambios que se están dando en la política del país desde las guerras mundiales. Cuando parece que por fin van a hacerlo, con el conflicto del nuevo primer ministro (Eden) con Egipto, lo cuelan como una trama secundaria de relleno y no se entiende nada (me he enterado de que era el inicio de la crisis del canal de Suez al verlo comentado por internet), mientras en la línea principal le dan mil vueltas al matrimonio de la hermana de la reina, Margaret, aunque esto cupiera en mucho menos metraje y sea obvio cómo se va a desarrollar.

También puedo señalar que casi no hay continuidad entre episodios, son como películas sueltas. En uno la reina se preocupa porque no ha estudiado nada útil y se empeña en buscarse un profesor, pero en adelante no sabemos si sigue con sus clases, si se saca alguna titulación de educación básica, si vuelve a sentirse acomplejada entre las grandes figuras de la política mundial; en los últimos capítulos resulta que tiene un gran amigo, el que cuida sus caballos, pero aparece de la nada: alguien tan importante en su vida debería haber tenido una presentación adecuada; obligan a Margaret a esperar dos años antes de casarse, y en ese momento sufre mucho, pero el resto de la temporada no parece acordarse de ello hasta que lo traen a primer plano de nuevo, y no queda bien, porque forma parte del personaje y debería reflejarlo en todo momento. Hasta las fechas no cuadran. Del capítulo octavo al noveno han pasado tres meses, lo que dura la gira de la reina, pero Eden dice que cuando estuvo enfermo fue hace dos meses, aunque está claro que fue bastante antes de dicho tour.

En cuanto a fidelidad, los autores dicen ser muy fieles y la vez afirman que la expresividad narrativa va antes que la realidad, así que, como suele ser habitual, harán lo que más les plazca. Sin ser ducho en estas historias, sólo hay que navegar un poco por la wikipedia o buscar artículos por internet para ver los cambios más evidentes. Por ejemplo, la vida del hermano de George VI, Edward, se muestra demasiado idílica para lo tumultuosa que fue… y las sospechas de simpatías nazis se eluden por completo. Aparte tengo una reflexión personal: no me gustan las recreaciones históricas de personajes vivos o que murieron prácticamente ayer. No puedo dejar de ver algunas escenas pensando en si realmente el protagonista de turno (principalmente la reina, como es obvio) sentía o pensaba lo que nos están reflejando, en si no están haciendo una especulación muy imaginativa. Con figuras muertas hace cientos de años es entendible que haya que hacer una recreación aproximada de su personalidad, pero en este caso me parece un como una invasión de la privacidad un tanto irrespetuosa. Sin ir más lejos, para algunos temas personales se basaron en la correspondencia privada de Edward; y él falleció en los setenta, pero hay otros miembros de la familia cercana, como la propia Elizabeth, que siguen vivos.

Siguiendo con apuntes personales, tampoco entiendo la manía que hay (no sé si es exclusivo de España) de traducir y adaptar los nombres de personajes históricos. Si se llama Elizabeth Alexandra Mary no me pongas su versión castellanizada, que cada vez que dicen su nombre en el doblaje o sale en los subtítulos queda absurdo y anacrónico, porque no es española. Y si nos vamos a épocas más antiguas ni te digo lo molesto que me resulta que pongan los nombres en versiones actuales. Pero me temo que es algo que está muy asentado, incluso en los ramos académicos.

Recapitulando, The Crown requiere paciencia, tanto porque tarda en arrancar como por su tono tranquilo y centrado en historias que sus autores estiran y engrandecen quizá más de la cuenta. Pero lo hacen con destreza y la temporada crece rápidamente, logrando que esas sensaciones queden olvidadas cuando acabas cautivado por su embrujo visual y la fuerza que desprende el relato, más contenida y sutil de lo esperado incuso en los tramos más artificiales. Mi impresión es que sabían que sólo así podrían llamar la atención, y lo cierto es que a pesar de cierta falta de equilibrio les ha quedado bastante impresionante.

PD: No sé por qué Netflix España no ha traducido el título, como si fuera difícil.
PD2: Una buena introducción a la serie sería la estupenda película El discurso del rey, que narra los primeros años de George VI.

FALLECE RICHARD HATCH, EL APOLLO DE “BATTLESTAR GALACTICA”.

El actor californiano Richard Hatch falleció a los 71 años de edad el 7 de febrero debido a un cáncer de páncreas. Tuvo una carrera larga pero no muy llamativa, con numerosos papeles secundarios en series y películas menores. Su trabajo más reconocible y alabado fue el de Apollo en Battlestar Galactica (1978). Quedó ligado a esa serie eternamente, escribiendo algunos libros sobre ella, e incluso intentó ponerla de nuevo en marcha a finales de los años noventa, aunque finalmente fueron otros productores quienes más tarde realizaron un remake en 2003. Sin embargo, estos lo invitaron a participar en un papel secundario bastante jugoso, el del político-terrorista Tom Zarek. Así cerró el ciclo con la serie, aunque estuvo trabajando en otros títulos hasta sus últimos días.

Fuente: NYDailyNews. En castellano: El País.