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CHERNOBYL – MINISERIE


HBO | 2019
Drama, suspense, histórico | 5 ep. de 60-72 min.
Productores ejecutivos: Craig Mazin, Johan Renck, Jane Featherstone, Carolyn Strauss.
Intérpretes: Jared Harris, Stellan Skarsgård, Jessie Buckley, Emily Watson, Paul Ritter, Sam Troughton, Robert Emms, Con O’Neill, Adrian Rawlins, Ralph Ineson, Mark Lewis Jones.
Valoración:

De vez en cuando, la gente se vuelve loca con la llegada de un producto o una obra de arte, y es recibido como la última revolución y obra maestra en su campo. Pero lo más habitual es que estemos ante una moda, un furor pasajero, y el tiempo ponga las cosas en su sitio. Lo normal es que ocurra al revés: una obra maestra es demasiado atípica y complicada para asimilarla del todo a la primera, y pueden pasar años hasta que se aprecie como es debido.

Ese es el caso de Chernobyl, una miniserie de la HBO que ha causado gran revuelo en todo el mundo, hasta el punto de que se estaba tratando como la mejor serie de la historia ya antes de acabarse de emitir sus escasos cinco episodios. Sin tan siquiera haberla visto entera, ¿cómo pueden ser tales valoraciones objetivas o incluso mínimamente racionales?

La explicación está en que nadie se quiere perder el evento televisivo del año, una tendencia que una vez alguien ha conseguido ponerla en marcha, o lo ha hecho sola, se alimenta a sí misma hasta explotar como la propia central nuclear: si quieres estar en la onda, poder seguir las conversaciones y pillar los memes en internet, tienes que ver eso de lo que habla todo el mundo. Y para intentar entender este fenómeno pienso en una mezcla de factores. Esos espectadores han visto pocas series, y menos de calidad, pero internet visibiliza demasiado su entusiasmo. El desencanto con Juego de tronos (David Benioff, D. B. Weiss, 2011) ha llevado a muchos a tirarse de cabeza a lo primero llamativo que había por ahí. Y, sobre todo, la HBO ha comprado o al menos agasajado a muchos medios para intentar parar el aluvión de bajas tras la caída en desgracia de Juego de tronos, con lo que antes de estrenarse ya estaba en marcha la rueda con miles de artículos poniéndola por las nubes, y esa presión por estar al día ha atrapado a muchos, y estos a otros…

Pero al final ha resultado ser eso, un fenómeno mediático sin nada detrás, el Strange Things (Matt Duffer, Ross Duffer, 2016) de este verano. La realidad es que la miniserie es buena sin más, incluso bastante irregular. Nada que ver con Hermanos de sangre (Tom Hanks, Steven Spielberg, 2001), una que sí entra en la categoría de obra maestra, ni con la primera temporada de True Detective (Nic Pizzolatto, Cary Fukunaga, 2014), otra que vivió su propia ola de sobrevaloración pero fue mucho más redonda que la presente, ni es comparable a otras muchas excelentes o notables de la cadena, como John Adams (Kirk Ellis, 2008), Olive Kitteridge (Jane Anderson, 2014), The Corner (David Simon, Ed Burns, 2000)…

Entrando en materia, a los pocos capítulos lo que me he encontrado no es la anunciada obra maestra, sino la confirmación de lo contrario: que a sus autores les cuesta encontrar un foco narrativo, centrarse en un objetivo y estilo concretos. En una valoración objetiva, ya con eso a lo más que puede llegar es al notable si destaca bastante en otros aspectos y el conjunto se sobrepone a sus carencias. Pero en una subjetiva tampoco veo tanto como para gritar de entusiasmo: no resulta tan adictiva y estremecedora como prometía. Estoy convencido de que en pocos meses nadie hablará de ella. El ciclo del éxito por moda es cada vez más corto, y para dejar huella en el rico panorama actual de series hay que ofrecer muchísimo más.

Es difícil crear un relato, histórico o ficticio, de gran complejidad y calado, es decir, que tiene muchos frentes, personajes, perspectivas y secuelas, de forma que quede todo bien reflejado y con suficiente equilibrio tanto en la línea de acontecimientos y el arco dramático de los personajes como por su puesto en la experiencia del espectador, pues si es demasiado farragoso o disperso no llegará bien. Juego de tronos iba muy bien en ese sentido, pero patinó en sus últimas temporadas; los referentes más destacados serían Babylon 5 (J. Michael Straczynski, 1993) y The Wire (David Simon, 2002). Chernobyl está a años luz tan siquiera de soñar con llegar a ese nivel.

El guionista Craig Maziny (en un cambio de registro llamativo, pues viene de comedias tontas, como varias secuelas de Scary Movie y Resacón en las Vegas) y el director Johan Renck (con una larga experiencia en videoclips musicales y participación en unas pocas series) parece que no saben si quieren un drama documental, uno humano o uno de denuncia, o un thriller político, o suspense y terror. La combinación no da un todo superior y por separado ninguno de esos ámbitos es abordado con la consistencia y profundidad necesarias como para lograr una miniserie redonda. Eso sí, por suerte los ingredientes no son malos ni la mezcla termina de venirse abajo. Es lo suficientemente coherente y amena como para resultar un visionado bastante agradable, pero es muy irregular y posee un gran potencial desaprovechado.

Tenemos dos protagonistas principales no deslumbrantes pero capaces de sostener el relato sin problemas, pero el resto son secundarios poco llamativos y extras que no conmueven lo más mínimo. Stellan Skarsgård es Boris Shcherbina, vicepresidente del Consejo de Ministros, un título rimbombante para un político que no tiene mucho poder real. Básicamente le encasquetan el marrón a alguien de segunda fila. Jared Harris es Valery Legasov, un reputado científico del Instituto Kurchatov, el órgano más importante en el gremio. Su labor es la mediación entre la parte técnica y científica y la política, pero en la serie también acaba dirigiendo la campaña de limpieza, mientras que Shcherbina lleva la gestión humana y administrativa.

Ambos se presentan como una típica y predecible pareja de opuestos que chocan hasta que la situación les abra los ojos y encuentren una forma de trabajar juntos, pero lo cierto es que es peor que eso: a los pocos minutos ya se entienden, y en adelante va todo bien. A eso hemos de sumar el cliché de empezar por un prólogo que muestra el final, como intentando crear expectación, pero que como es habitual no sirve para nada: en cuanto empieza lo importante te has olvidado de ese enredo inconexo. Con un arco tan limitado, funcionan por los pelos gracias a que su esfuerzo constante queda bien mostrado y porque los actores son bastante competentes. Pero estos tampoco están tan magníficos como defienden algunos: Skarsgård hace de sí mismo, como más veces de la cuenta, y Harris ha estado muchísimo mejor en El Terror (2018) y The Crown (2016).

No me hubiera molestado que optaran por mostrar todo desde la perspectiva de estos dos personajes, que las acciones de los secundarios las viéramos desde sus ojos. Así se simplificaría una obra coral, se manejaría mejor el misterio (sin dar la sensación de que otros personajes aparecen o no a conveniencia de los autores) y se centraría mejor la conexión emocional con el espectador. De hecho, en muchas miniseries es común que intenten abarcar demasiado y acabes mareado con tanto personaje, la mayor parte intrascendentales. Pero se quedan a medias, siguiendo esa fórmula unas veces y otras abriendo el objetivo más de la cuenta. Además, para el resto de implicados en la historia se empeñan en simplificar demasiado o deciden reunir varias figuras en una que sirva de representación, cayendo en fallos y estereotipos.

Los administradores y técnicos de la central sólo sirven para explicar lo que ocurre, no tienen sustancia alguna más allá de parecer los clichés del jefe abusón pero sin idea de lo que hace y los aprendices asustados. En principio nos muestran lo justo de ellos para que no sepamos qué ha pasado y supuestamente se nos contagie el suspense, pero entonces debes mantener ese tono hasta el final, no puedes de repente, en el último episodio, pasarlos a primer plano sin venir a cuento y tratar de exponer sus motivaciones metiendo un flashback que ahonde en ellos, porque ya es tarde, ya ha acabado todo y sus historias personales ya no me son útiles. En otros casos parece que la cosa apunta mejores maneras, como los mineros, con un jefe muy llamativo y anécdotas de trabajo interesantes… Pero a la larga también se equivocan: nos dejan sin mostrar el desenlace de su labor y pasan a a otra cosa menos relevante.

La científica Ulana Khomyuk (Emily Watson) es un comodín para representar a una decena o más de especialistas que ayudaron a Legasov. Al menos pon a unos pocos de ellos, que veamos el complicado proceso de forma que no parezca que todo el trabajo de limpieza lo dirige él solo con apoyo puntual de una colaboradora casual. Lo mismo ocurre con el pueblo llano: para mostrar el drama humano a pie de calle lo reducen todo a una parejita cursi, el bombero y su esposa, pero son dos tópicos andantes metidos con calzador que rompen el ritmo y nos apartan de lo importante constantemente para ver a Jessie Buckley (Guerra y paz, 2016), la esposa, poner caritas de pena un tanto cargantes. A la hora de encarar las distintas misiones para limpiar la central y la zona tampoco entienden qué es más importante, sino que buscan lo fácil en cada situación, sin centrarse en lo relevante ni en exprimir las partes que tienen mayores posibilidades: los tres buzos se llevan una mini escena de terror forzado que no hace justicia a su gran labor, mientras que unos soldados que sacrifican animales se llevan nada más y nada menos que medio episodio de lagrimitas fáciles con cachorros de perritos muriendo.

Como extensión, las sensaciones que transmite el visionado no terminan de aprovechar las enormes posibilidades latentes. Hay que decir que materializan bien la radiación, una amenaza invisible difícil de representar. Los detectores sonando constantemente, las cifras de roentgen dadas en cada misión, la gente enfermando y el temor a que contagien algo, la forma de enfocar el viento, el humo y las cenizas para resaltar que están envenenados… Pero la atmósfera de suspense y temor, aunque ofrece alguna escena suelta con bastante fuerza (la recogida de escombros en los tejados y la entrada de los buzos en la oscuridad son inquietantes), en general anda un poco corta, con bajones importantes en los abruptos cambios hacia el drama o el thriller político, donde tampoco consigue conmover en el lado humano y ponerte nervioso con las intrigas del estado y la KGB. Debería ser una obra trágica y sobrecogedora que te dejara un mal cuerpo no sólo durante todo el visionado, sino durante días, y simplemente cumple con lo justo. A veces, como en esas escenas de los cachorritos, el dramón de la esposa o la tonta aparición de la anciana y la vaca, parece que al fin y al cabo estamos ante una miniserie televisiva y melodramática más, no una de primera división.

En resumen, no han sido capaces de mostrar la compleja perspectiva global en condiciones. Han faltado escenas de grandes evacuaciones, de masas de gente sufriento las secuelas. Han fallado en la excesiva reducción de personajes en figuras un tanto básicas. Y han subrayado en exceso sensaciones concretas en momentos puntuales, o dicho de otra forma, es un batiburrillo de géneros sin la fluidez necesaria.

En lo visual es algo más sólida, pero también queda lejos de causar impresión. La recreación de la central nuclear de Chernobyl (llamada en realidad Vladímir Ilich Lenin) se queda cortísima, con parcos decorados y unos matte painting bastante evidentes que parece que intentan mostrar lo mínimo posible para que no den el cante, con lo que se genera otro problema: apenas tenemos planos amplios de la central que nos muestren el qué y el dónde con todo detalle, y de momentos espectaculares sólo me viene a la cabeza el inicio de las tareas de extinción del incendio con helicópteros. La ambientación, tanto el vestuario, las localizaciones (rodada en Lituania, que cuela como Ucrania sin problemas) y el filtro a la fotografía garantizan una inversión muy buena en la época, pero por la pobre recreación de lo más importante, la central y las evacuaciones y tareas de limpieza, parece que ha faltado dinero y ambición.

Se podría agradecer que sirva para hacer justicia de cara al público de unos hechos que fueron tergiversados y ocultados durante muchos años, sobre todo porque pone en los sitios en que corresponde a los principales implicados: a los héroes olvidados o directamente silenciados y borrados de la historia, a los corruptos e incompetentes (tanto a los que se libraron como a los que pagaron de más), y sobre todo al estado soviético, con su administración corrompida y su obsesión con fingir y mentir en vez de hacer las cosas bien desde el principio. Pero aquí también está muy lejos de dar la talla, primero, porque esa edad oscura quedó atrás hace décadas, ya hay artículos y documentals de sobra que aclararon todo con detalle y neutralidad, y segundo, porque todos ellos son muchos más fieles que esta serie, donde se toman licencias descaradas tanto para reforzar el melodrama como para lo de siempre, ofrecer una versión occidental de los hechos. Si ya hay generalidades que cantan en nada que sepas lo justo del tema, no digamos cuando indagas un poco. Por suerte, el éxito aquí se ha vuelto en su contra, pues han salido otros tanto escritos destapando sus desviaciones. Las más graves son las siguientes:

Han convertido a Legasov en un héroe y a los soviéticos en los típicos villanos comunistas de cine. Y la realidad no era así. Este fue un distinguido miembro de la rama científica del gobierno, no don nadie y buenazo que se entera ahora de cómo funciona el país. No pasó tanto tiempo en el terreno haciendo de todo, ni tampoco fue al juicio del final, ni mucho menos escondía cintas como en una mala película de espías. Por extensión, el gobierno sería opaco e ineficaz, pero no funcionaba como un campo de concentración: no se apuntaba con armas a la gente para que hiciera cosas, ni la KGB tenía personajillos y ejercía un control digno de una entrega de James Bond, ni los puestos claves estaban copados por caricaturas como la que hacen del director de la central, Dyatlov (abajo en la foto, los directivos durante el juicio).

No hay indicios de que la gente que miraba el incendio desde el puente muriera en los siguientes años por la radiación. Los bomberos sobrevivieron también casi todos, y cabe señalar que los efectos serios de la radiación tardan días en aparecer, no es coger un cacho mineral y ponerte todo malo. El helicóptero que se estrella por la radiación no existe; hubo un accidente más tarde, pero contra una grúa. La relevancia de los mineros se ha exagerado mucho: el núcleo se enfrió solo, así que la urgencia de establecer el sistema de refrigeración desapareció; a cambio, rellenaron el subsuelo con cemento para evitar filtraciones, algo que no muestran aquí. Se habla con alarma de una posible segunda explosión que supondría prácticamente la destrucción de Europa… ¡cuando en realidad los demás reactores siguieron funcionando con normalidad hasta el año 2000!

Así pues, Chernobyl ni es una gran miniserie ni es la obra definitiva sobre la catástrofe que muchos se empeñan en ver, pero desde luego bien vale para pasar el rato.

Nota: He actualizado el 18/06/19 para mejorar el apartado de fidelidad histórica.

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THE DEUCE (LAS CRÓNICAS DE TIME SQUARE) – TEMPORADA 2

The Deuce
HBO | 2018
Drama | 9 ep. de 63-75 min.
Productores ejecutivos: David Simon, George Pelecanos, James Franco, Nina Kostroff-Noble.
Intérpretes: James Franco, Maggie Gyllenhaal, Gbenga Akinnagbe, Gary Carr, Dominique Fishback, Lawrence Gilliard, Margarita Levieva, Emily Meade, Chris Bauer, Criss Coy, Jamie Neumann, David Krumholtz, Kim Director, Don Harvey, Daniel Sauli, Michael Rispoli.
Valoración:

Alerta de spoilers: Resumo por encima los eventos de la temporada. —

Dejamos la primera temporada con el inminente nacimiento de la industria de la pornografía a principios de los años setenta, y saltamos a 1977 para ver sus primeros pasos.

Algunas prostitutas, como Lori Madison, se van adaptando a los nuevos tiempos, haciéndose actriz, otras los empujan, como Candy, ahora metida a realizadora de cine porno, otros chocan contra el cambio, como los chulos, que ven peligrar su trabajo. El porno está pasando de negocio turbio a legal y exitoso, sus artífices de trabajar en la sombra a triunfar con fama y premios.

La percepción de la sociedad también madura, con la prostitución en la calle vista cada vez más como una lacra. Esto llega también a los clubs, sean normales o de alterne, y otros establecimientos relacionados con el sexo. Con el boom hay más competencia, y también llegan nuevas leyes y políticos con ideas de limpiar la zona. Por el otro lado, pesa también el control de las mafias italianas, que quieran o no los empresarios, han metido la zarpa en todas partes.

Todos los personajes evolucionan muy bien, tejiendo en conjunto historias con la complejidad y verosimilitud habituales de David Simon y George Pelecanos. El barrio The Deuce cobra de nuevo vida ante nuestros ojos, haciendo que formemos parte de ese ambiente y época como si estuviéramos allí. Encontramos infinidad de grandes momentos, sean detalles sueltos o conclusiones de alguna historia. El miedo de C.C. al cambio es muy realista, gracioso y a la vez triste, y por el lado contrario, Larry le echa coraje, planteándose ser actor como sus putas. El dúo que han formado Candy y Harvey Wasserman, su productor, nos deja multitud de peleillas geniales. La creciente implicación de Abby para salvar prostitutas es muy emotiva. El robo de uno de los chulos secundarios en una farmacia tiene giros muy locos para unos guionistas tan serios. Y el salto de Paul, el camarero gay, a sus propias movidas, puede quedar un tanto descolgado, como los problemas de Bobby con el puticlub, pero como en la primera temporada, son mis dos secundarios favoritos.

El único punto gris, salvo si queremos hilar fino y decir que no es una serie con la ambición y alcance de The Wire (2002) ni tampoco Treme (2010), es que la parte de los mafiosos está un poco limitada. Parece que sólo existen el jefe y el chófer/matón principal, con lo que no muestran todo el poder ni dan todo el miedo que deberían. Por una vez, a los guionistas les ha faltado ahondar en un aspecto de una de las tramas, aportar personajes secundarios que dieran más entidad a este grupo. Pero huelga decir que la huella de su presencia y acciones se sienten en los demás protagonistas en todo momento. Por ejemplo, el lío que monta Frankie pidiéndoles dinero para una de las películas de Candy es memorable.

Ver también:
Temporada 1 (2017)
-> Temporada 2 (2018)

THE DEUCE (LAS CRÓNICAS DE TIME SQUARE) – TEMPORADA 1

The Deuce
HBO | 2017
Drama | 8 ep. de 60-80 min.
Productores ejecutivos: David Simon, George Pelecanos, James Franco, Nina Kostroff-Noble.
Intérpretes: James Franco, Maggie Gyllenhaal, Gbenga Akinnagbe, Gary Carr, Dominique Fishback, Lawrence Gilliard, Margarita Levieva, Emily Meade, Chris Bauer, Criss Coy, Jamie Neumann, David Krumholtz, Kim Director, Don Harvey, Daniel Sauli, Michael Rispoli.
Valoración:

The Deuce es como se empezó a llamar popularmente a partir de los años cincuenta a la Calle 42 (42nd Street) de Manhattan, Nueva York, donde ya abundaban los negocios relativos al espectáculo (teatros, pubs de conciertos…). Venía a ser los bajos fondos de Times Square, pues también destacaba por la prostitución y las drogas. La serie de mismo título narra como fue naciendo la industria del cine porno, ya que esta zona tuvo una importancia crucial. En España la HBO ha decidido subtitularla como Las Crónicas de Times Square, pues el original es un localismo difícil de vender.

David Simon tiene el cielo televisivo ganado con The Wire (2002), pero su carrera no acabó ahí, pues sigue deleitándonos con nuevas series que recrean lugares y períodos con un detallismo y profundidad novelescos, como la magnífica Treme (2010). La inspiración para The Deuce les llegó a Simon y a su colaborador habitual, George Pelecanos, por las vívidas historias de un conocido que vivió esa época, y tanto les gustaron que decidieron que esta sería su próxima producción.

En contraposición con la narrativa las dos series citadas, en plan novela río, sosegada, profunda, con mil curvas y ramificaciones, vamos al grano con más velocidad y menos complejidad. Acostumbrado a ese estilo, de primeras me han faltado algo de la meticulosidad en cada historia y personaje, la maduración a cocción lenta y llena de matices. Por ejemplo, en Treme la abogada e investigadora daba palos de ciego en cantidad, pero mientras lo hacía conocíamos los entresijos de Nueva Orleans; la cocinera pasó de un restaurante a otro varias veces, sin encontrar su sitio pero aprendiendo en cada uno cosas nuevas; etc. En la presente, una de las prostitutas decide querer hacer cine porno, y en un tris la tenemos en marcha; un camarero quiere montarse un pub, y ahí lo tenemos al poco; una joven universitaria abandona todo para buscar oportunidades, y sin muchos problemas encuentra donde asentarse; etc.

Pero hay que recalcar que el cambio de tono no implica que estemos ante un drama facilón y previsible, sino que sus autores han aspirado a menos. Creo que la experiencia con The Wire y Treme de jugársela a que por bajas audiencias puedan quedarse a medias los empujó a simplificar un poco e ir más rápido que de costumbre. Si ir más lejos, al poner en marcha el proyecto anunciaron que el plan son tres temporadas, con saltos temporales para abarcar las épocas importantes.

Es innegable que Simon sigue siendo uno de los mejores guionistas del momento, y aunque la ambición sea menor The Deuce mantiene su característica visión global de la temática tratada, que sigue superando de largo a muchas series dramáticas o históricas. A través de un sinfín de personajes muy verosímiles y atractivos va dando forma a una época y un lugar con un detallismo y verosimilitud fascinantes, de manera que desde el primer episodio el barrio The Deuce en 1970 y sus gentes cobran vida ante nuestros ojos.

Como es habitual en su obra, en cada entorno, gremio o grupo muestran distintos personajes, no usa un solo estereotipo para concentrar y resumir con lo básico. En las prostitutas tenemos a la independiente que se niega a venderse a un chulo y quiere labrarse un futuro estable, la joven perdida que es explotada por aquellos, la que quiere salirse de esta miseria, la que traga lo que le cae porque no conoce otra cosa… Tenemos camareros que viven con la prostitución en sus puertas, dueños de locales que explotan otras vertientes (videos, cabinas). Vemos agentes de policía aqueados por la situación y otros que la exprimen con trapicheos varios, pero todos atados de manos hasta que algún jefe finge hacer limpieza empujado por los políticos.

Todos los protagonistas aportan su semilla o se dejan llevar por la inercia social del momento: la visión sobre la pornografía está cambiando. De un negocio tabú y perseguido por la ley van permitiéndose pequeños chanchullos, y en el aire resuena la legalización paulatina. De videoclubs con videos caseros cutres y cabinas de mirar videos pasamos a cabinas con bailarinas, y los más ambiciosos piensan a lo grande, planteando la posibilidad de tener películas porno de calidad con gran distribución. Por otro lado, con la organización y el aumento de ingresos vienen también nuevos métodos para la prostitución: algunos van dirigiendo la prostitución en la calle y hoteluchos hacia clubes más selectos. Ahí conocemos a las mafias italoamericanas, que tendrán más presencia en la segunda temporada.

Con tanto protagonista no voy a pararme a presentar a cada uno por separado, sólo a los más destacados y a algún secundario de mis preferidos. Vincent Martino es el tipo que vive de noche tras la barra, no sabe hacer otra cosa y esta le apasiona; su matrimonio está en la cuerda floja por ello. Su hermano gemelo, Frankie, es un vividor irresponsable que lo arrastra continuamente a sus problemas. Ambos los interpreta James Franco, el rostro más famoso pero el menos convincente. No está mal, pero le falta la naturalidad del resto del reparto, que es fantástico como siempre en la HBO, y como es habitual en Simon, recupera a algunos actores de sus otras series. Candy (Maggie Gyllenhaal) es la puta veterana y espabilada que sueña con encontrar un flujo de dinero estable, y por ello trata de introducirse en la incipiente industria del porno. C.C. (Gary Carr) y Larry Brown (Gbenga Akinnagbe) son los dos chulos más prominentes, el primero presumido por fuera y frío por dentro, el segundo más bruto en apariencia pero quizá con más corazón. Abigail (Margarita Levieva) es la chica culta que deja estudios y familia para vivir el mundo real, pero esa educación le permite esquivar la prostitución, mientras pueblerinas como Lori Madison (Emily Meade) y Darlene (Dominique Fishback) caen en sus garras de lleno. En un plano inferior tenemos a Chris Coy y al veterano Chris Bauer, dos actores siempre secundarios que me caen bien y aquí tienen personajes bastante interesantes: el primero es un camarero gay, Paul, para dar visibilidad a esa parte del gremio, el segundo es Bobby, un currante cualquiera (un obrero) que ve más dinero los recién creados locales de alterne.

En la puesta en escena los autores apuestan por mantener también su ello, la contención y dejar que la historia la cuenten los personajes. Lejos de la recreación ostentosa de tiempos pasados tipo Boardwalk Empire (Terence Winter, 2010), con grandes decorados, panorámicas de ciudades hechas por ordenador y un aspecto visual muy artístico, The Deuce son cuatro calles y locales, muy bien aprovechados por una estupenda labor de vestuario, pero no especialmente espectaculares. La dirección es sobria pero muy sólida, manejando muy bien el tempo de escenas que cuentan con muchos personajes entrelazando sus historias. Por ejemplo, me cantan los desayunos donde se juntan muchos en el mismo bar, danzando con la cámara de mesa en mesa.

Como The Wire y Treme, no entiendo por qué se consideran series muy exclusivas y tienen tan poca audiencia. El éxito de la primera con el boca a boca demuestra que pueden llegar a mucha gente, pero también parece que cuesta entrar en ellas a pesar de que su supuesta dificultad se esfuma en cuanto ves un par de episodios y te enganchas a la corriente: quieres saber más de cada personaje, el ambiente es tan palpable que quieres seguir viviendo ahí.

Ver también:
-> Temporada 1 (2017)
Temporada 2 (2018)

HERIDAS ABIERTAS – MINISERIE


Sharp Objects
HBO | 2018
Drama, suspense | 8 ep. de 50-65 min.
Productores ejecutivos: Marti Noxon, Jean-Marc Vallée, varios.
Intérpretes: Amy Adams, Patricia Clarkson, Chris Messina, Eliza Scanlen, Matt Craven, Henry Czerny, Taylon John Smith, Madison Davenport, Sophia Lillis, Elizabeth Perkins.
Valoración:

Un crimen macabro en un pueblecito. Una periodista criada allí que huyó en cuanto pudo de las maldades de su familia y del ambiente inmovilista, los secretos y las mentiras del resto de la población, es enviada por su jefe para que escriba artículos del caso porque conoce el lugar, pero también porque sabe que arrastra heridas abiertas y es buena ocasión para cerrarlas.

Con la sinopsis queda claro que la premisa está muy, muy vista, y la sensación se agrava al iniciar el visionado. El pueblo raro y lleno de misterios a lo Twin Peaks (David Lynch, Mark Frost, 1990), el dramón tratado por infinidad de telefilmes, el thriller policíaco de siempre. ¿Qué tiene para ofrecer esta nueva aproximación? No mucho, aunque al menos lo intenta con bastante ahínco. No sé si en la exitosa novela homónima en que se basa, publicada por Gillian Flynn en 2006 (autora también de Perdida -2012-, que tuvo versión en cines en 2014), funciona mejor, pero esta miniserie de la productora y guionista Marti Noxon (inició su carrera en Buffy, La cazavampiros -1997-) y el director Jean-Marc Vallée (pasó de cosechar premios en el cine –Dallas Buyers Clubs, 2013- a tenerlo en televisión –Big Little Lies, 2017-) es un quiero y no puedo. Según la paciencia y el corazón del espectador puede ser una obra dramática intensa con la que sufrir o una de misterio artificial y plomiza con la que aburrirse. Yo me he quedado en un término medio.

Sabiendo que los conflictos emocionales internos, las tragedias no superadas, los problemas de familias disfuncionales y demás aproximaciones al drama humano cotidiano han sido muy tratados, los autores intentan realzarlos mostrándonos en primera persona la mente de la protagonista, Camille (Amy Adams), mediante una puesta en escena que materializa todas sus emociones, penas y anhelos. Las miradas o diálogos de Camille van acompañados de un plano que termina de enfatizar su estado de ánimo, o un breve plano a un detalle de su entorno nos lanza a un fugaz recuerdo que señala la conexión emocional entre etapas de su vida, es decir, qué ha influido en su infancia para que ahora se comporte y sienta de una forma u otra. Por ejemplo, un ventilador le trae a la memoria una vez que estuvo enferma y convalecía al lado de uno, y eso se asocia con la madre cuidándola, lo que nos lleva a la sobreprotección, y todo confluye en que la situación que esté viviendo ahora estará marcada los sentimientos que han emergido.

Esto implica mucha contemplación, mucha construcción metódica de las escenas, mucho flashback… Pero si bien el concepto narrativo es llamativo y prometedor, sus autores no son capaces de llevarlo a cabo con la armonía suficiente. Lo sugerente se convierte muchas veces en subrayado en exceso, y otras directamente cae en el sensacionalismo. El rimo metódico y detallista funciona menos de lo pretendido, y pronto se torna en un relato lento, sobresaturado por fuera pero inane por dentro. En otras palabras, las cosas no avanzan, damos vueltas en círculos, y el efectismo se impone a una historia que, después de tanto enredo sensitivo, termina siendo igual de predecible y vulgar que siempre. Incluso el alcance de las interesantes protagonistas principales se ve afectado: nos tiramos casi todos los capítulos atascados en los mismos recuerdos y lamentos (por ejemplo, pronto te preguntas por qué si Camille sufre tanto en casa de mamá no se va a un puñetero motel), y tras tanta fachada se olvidan de trabajar la progresión global, sobre todo a la hora de transmitir incertidumbre por el desarrollo de los acontecimientos, con lo que no hay realmente mucha intriga por el porvenir de ningún personaje.

Aun así, Camille y su madre Adora logran emerger por encima de los fallos enganchando con bastante intensidad. Son una versión cruel pero verosímil de traumas reales y llegan con mucha fuerza, en gran parte por las estupendas interpretaciones de Amy Adams y Patricia Clarkson. Pero el resto de habitantes del pueblo quedan en anodinos estereotipos puestos a su servicio. El detective rechazado, el sheriff conservador, la niña modosita en casa pero rebelde fuera, la amiga con secretos, la animadora tonta con ganas de fama rápida y los sospechosos de siempre componen un mosaico que apuntaba a una buena descripción de una sociedad incapaz de sobreponerse a sus heridas, de un pueblo ahogado en sus miserias, pero acaba siendo una repetición estéril de lo ya contado mil veces. La única que destaca es Amma, la hermana adolescente de Camille, pero por protagonismo e importancia (es el reflejo y repetición de lo ocurrido con otra hermana fallecida cuando ella era joven) y el también correcto papel de Eliza Scanlen, porque el rol resulta demasiado inestable a conveniencia del guion como para resultar verosímil, es decir, al final también es un complemento y no un personaje que respira con vida propia.

Como extensión de los problemas, el caso nunca llega a despertar el más mínimo interés. Es cierto que la serie versa más sobre la formación como personas y la influencia de los traumas en la infancia en el proceso, pero no puedes pretender que la investigación criminal sustente el viaje de los personajes si no la tratas con dedicación suficiente. No vemos una investigación consistente, sólo repetición de escenarios (las mismas conversaciones en el bar con el detective una y otra vez), intentos puntuales de reforzar el misterio muy artificiales (la cabaña metida con calzador a media temporada), y amagos con apuntar con la sombra de la sospecha temporal a uno u otro personaje que resultan trámites pesados. Al segundo episodio ya tenía en mente cómo se desarrollaría todo, y no hay ni un camino o giro que discurra distinto a lo más fácil y evidente.

El final, con el destino de las protagonistas en vilo, funciona más por el esfuerzo en la puesta en escena que por lo narrado en sí, que se ve venir de lejos. Pero entonces te das cuenta de que tenían un giro final más original y con posibilidades de resultar efectivo, pero no sabían cómo incluirlo y lo cuelan en flashes rápidos entre los títulos de crédito. Así que, si ya cuesta acabar el visionado, hacerlo con un ese mal trago puede empeorar las sensaciones.

WESTWORLD – TEMPORADA 2

HBO | 2018
Drama, suspense, ciencia-ficción | 10 ep. de 55-90 min.
Productores ejecutivos: Jonathan Nolan, Lisa Joy, J. J. Abrams.
Intérpretes: Evan Rachel Wood, Thandie Newton, Jeffrey Wright, Ed Harris, Anthony Hopkins, James Marsden, Tessa Thompson, Simon Quaterman, Shannon Woodward, Rodrigo Santoro, Ben Barnes, Peter Mullan, Jimmi Simpson, Clifton Collins, Katja Herber, Zahn McClarnon.
Valoración:

Alerta de spoilers: Solo menciono un par de cosas del argumento que no me parecen cruciales. Tras el siguiente aviso sí entro a fondo en el final.–

Lo veía venir pero ya lo tengo claro: Westworld es la nueva Perdidos (J. J. Abrams, Damon Lindelof, 2004). Tiene en vilo a medio mundo seriéfilo con humo y sensacionalismo, con promesas que llevan a nuevas promesas, con amagos y requiebros que te dejan con la miel en los labios, pero casi nada de contenido real se vislumbra por ahora, y todo apunta a que así seguirá siendo, porque hemos llegado a puntos de inflexión clave en las tramas y no se ha avanzado casi nada con ellas y con los personajes. Los malabares que hacen los guionistas Lisa Joy y Jonathan Nolan para tratar de ocultar el escaso material que han sido capaces de explorar en un argumento con mucho potencial me han resultado exasperantes, incluso ofensivos a veces.

La primera artimaña es la narrativa fragmentada en el tiempo para ralentizar el avance de los hechos y para ocultar información al espectador y así tratar de generar intriga y expectación alrededor de la pobre trama sin que, en teoría, se note demasiado. Si los saltos temporales implicaran nuevas lecturas de la situación, si lograran una atmósfera de suspense efectiva, pero pronto se ve que son desvíos de atención y un intento de dificultar la comprensión del relato para que parezca más complejo. Llega a resultar bochornoso como usan la memoria de Bernard, que va recordando según conviene a los escritores, pero por lo general ni ponen excusas, tenemos línea temporal sobre línea temporal de forma que tienes que estar toda la temporada haciendo grandes esfuerzos para ponerlo todo en orden, un esfuerzo infructuoso porque al final la serie es bien simple, la mayor parte de lo que vemos no es nada más que viajar de un lugar a otro y descubrir alguna pista.

Para alargar la duración lo lógico hubiera sido hacerlo mediante aventuras secundarias de relleno, siempre y cuando estuvieran mínimamente relacionadas con la premisa principal y los personajes no decayeran en el proceso. Y lo cierto es que lo intentan con los episodios centrados en la parte japonesa del parque y con los indios, pero dejan mucho que desear, no hacen sino mostrar las carencias de los escritores, su incapacidad para coger una idea sencilla y desarrollarla bien. El lío japonés se ahoga en estereotipos vulgares y un ritmo plomizo. Qué forma de desaprovechar el dinero (decorados, puesta en escena) y los actores tan llamativos (Rinko Kikuchi, Hiroyuki Sanada). El de los indios sale mejor parado (destacando la sólida interpretación de Zahn McClarnon), pero aun así esa torpeza limita demasiado una historia de amor que prometía ser épica y hermosa y termina siendo previsible y repetitiva. Así, el efecto conseguido es el contrario: en vez de estar entretenido en espera de que vuelva a pasar algo importante tienes la sensación de que te han estafado con un añadido estéril y tedioso.

El segundo ardid son las falsas promesas y el sensacionalismo. El esqueleto de la trama es lo ya conocido, el despertar de los robots y la rebelión contra el hombre, pero en vez de ahondar en la temática y darle un recorrido más trabajado a los protagonistas los autores están empeñados en basarse únicamente en el artificio superficial, y terminan abusando demasiado de recursos que ya de por sí serían bastante cuestionables en pequeñas dosis. Todo forma parte del gran plan de Ford, pero como en Battlestar Galactica (Ronald D. Moore, 2004), no hay otro plan que la improvisación de los guionistas. Da igual lo que ocurra, lo que se enmarañen las cosas (como digo, no mucho en el fondo, sólo en la narrativa), todo se justifica y explica como parte del imposible plan de Ford, quien muestra una anticipación a los eventos que ni Hari Seldon (el de La Fundación de Asimov). Pero hay más, mucho más…

Acabarás harto de menciones al Valle del Más Allá, la Cuna, la Forja, la clave en la mente de Abernathy padre… todo ello rodeado siempre de un halo de “va a pasar algo grande que te va a dejar flipado”, para luego ser lo que se veía venir, cosas mundanas muy exageradas: un servidor de datos, una clave de acceso, otra entrada y habitación secreta de las miles que parece haber por el parque. Esto ejemplifica el agotamiento de las pocas ideas que hay, pero por ahora parece que los espectadores siguen cayendo en estas burdas ilusiones. El dichoso Valle ya lo teníamos en la primera etapa en la forma del Laberinto, que no es sino una excusa para mover a la gente, porque si los dejan quietos se ve con mayor claridad que no está pasando nada; cada dos por tres sacan un nuevo enclave secreto con secretos de Ford que no son sino una extensión de lo mismo (¡el PLAN!); y ya he citado la memoria selectiva de Bernard y las idas y venidas en el tiempo que repiten lo mismo en pequeñas dosis (al final parece que ha habido como quince ataques al complejo de oficinas desde donde se dirige el parque).

Las vaguedades de la historia se contagian también al contenido de índole intelectual. Al empezar la serie todo parecía apuntar a que estábamos ante una obra trascendental e inteligente donde se abordarían cuestiones de diversa índole, pero todo se queda en cuatro flojos apuntes que están lejos de cumplir con las expectativas. El parque donde el ser humano puede dar rienda suelta a sus vicios ocultos o encontrarse a sí mismo daba para adentrarse en la psique humana, pero no encontramos ni una sola reflexión relacionada. Los apuntes sobre la conciencia y el libre albedrío, lo más relacionado con la premisa, se quedan en prácticamente nada, unos pocos diálogos pobretones. Las implicaciones éticas de la tecnología de los anfitriones tienen algo más de recorrido, sobre todo con pasajes como el centrado en Delos, pero teniendo infinidad de robots despertando daba para exponer distintas perspectivas, y en cambio los protagonistas están atascados en un bucle sin salida donde no se llega a contar nada con enjundia.

Ese el otro gran problema que se veía venir desde sus inicios y termina por explotar en esta etapa: los personajes tenían un potencial que no llegaron a aprovechar del todo, y aquí empeora la cosa, pues van perdiendo profundidad hasta quedarse en un esbozo inane. En los inicios de la serie al menos Dolores y Maeve resultaban bastante sugerentes, la temporada se sostenía e invitaba a seguir casi exclusivamente por ver su despertar, su lucha por tomar las riendas de sus vidas, pero una vez toman consciencia se ahogan en historias repetitivas que no permiten seguir explorando sus personalidades, y me temo que los poquísimos cambios que llegamos a ver resultan incluso incongruentes.

Dolores sólo quiere vengarse de los humanos por su cautiverio, para lo cual va reuniendo un ejército de anfitriones. Pero su objetivo no podía ser más vago, tanto que al mínimo análisis se cae a pedazos. Busca con ahínco el Valle del Más Allá, esa débil promesa de libertad y respuestas que ni se para a investigar cuando asalta las oficinas, donde sí tenía de información en cantidad al alcance de la mano… y también la salida al mundo real, con la estación de tren. Y para rematar lo que queda de personaje, a mitad del camino se carga a todos los anfitriones y sigue sola, e incluso altera los parámetros de personalidad de su amado Teddy para controlarlo mejor. ¿Por que? No se explica, simplemente se ha vuelto chunga porque sí. Maeve lo único que quiere es encontrar a su antigua hija. La idea de por sí es bastante ridícula: la anfitriona más despierta y capaz no se entera de que las vidas pasadas son constructos del hombre, guiones, y arriesga su vida y libertad y la de todos los que la rodean por sueños absurdos, cuando, de nuevo, lo lógico es ir al centro de mando y estudiar y arreglar la situación desde ahí. Además, tanta penuria con la niña resulta un drama cansino y otro objetivo que nunca parece llegar, porque siempre ofrece un giro que lo aleja un poco más en el último momento. Bernard, que fue el tapado de la primera temporada, cobrando protagonismo poco a poco, es engullido por el mal desarrollo de las tramas: toda su historia se limita a intentar recomponer sus recuerdos, pero ningún avance aporta algo tangible a su forma de ser, a sus motivaciones para seguir adonde quiera que vaya, porque pasa por todos los escenarios pero no como personaje, sino como objeto dosificador de la intriga. Supongo que por presencia se podría citar a Charlotte Hale como personaje principal también, pero esta es incluso peor, sólo sirve para canalizar la lucha de la empresa contra la rebelión, no tiene una forma de ser concreta con la que conectar, su existencia es otro macguffin de baratillo: “¡atención, atento, que trama algo!”. Después de unos pocos capítulos forzando ese misterio acabas deseando que deje de aparecer.

Como extensión de estos problemas los actores ven limitadas sus posibilidades. Tanto repetir las mismas situaciones en cada capítulo (paseo por el desierto, tiroteo de Dolores, llanto de Maeve, confusión de Bernard, soy mala y oculto algo de Charlotte) significa también una interpretación encorsetada: todo el rato con las mismas caras. El gran talento que mostraron en la primera temporada, sobre todo Thandie Newton y Evan Rachel Wood, se ha desperdiciado por completo, ahora incluso empiezan a resultar cargantes.

En un segundo plano tenemos al hombre de negro, o William de anciano, la esperada aparición de Delos (Peter Mullan), y las crípticas intervenciones de Ford. Estos aportan algo de información sobre el nacimiento del parque y su propósito, pero también terminan sobre utilizados como expositores de las tramas y artificios, perdiendo entereza como personajes y acercándose demasiado a convertirse en objetos inanimados. La aparición de la hija de William, Emily, intenta humanizarlo un poco, pero también resulta muy forzada: los encuentros imposibles, el drama familiar remarcadamente lacrimógeno… Sólo el buen hacer de Katja Herbers (ManhattanSam Shaw, 2014-) y Ed Harris les da algo de vida.

Ninguno de los secundarios se trabaja lo suficiente como para interesarte por sus vivencias y destinos. Hay bastantes con nombre (la banda de forajidos y los técnicos que llevan como rehenes), pero me importan un bledo sus desventuras, son entes que van andando por el desierto sin añadir nada claro a las historias o a los demás personajes. ¿Para qué incluir tantos roles si no tienen nada que aportar con ellos? Apenas logran despertar algo de simpatía con Hector, Elsie y Lee, pero porque sus intérpretes Rodrigo Santoro, Shannon Woodward y Simon Quarterman respectivamente están muy bien. El resto podrían desaparecer, que ni te darías cuenta, y con algunos de hecho acabarás deseándolo, como el cansino de Teddy y el no menos insufrible mejicano que se encuentra William cada dos por tres.

Ya la primera temporada era lenta y cabía en la mitad de capítulos, pero esta está completamente estancada, había material para dos o tres episodios como mucho. Terminamos dando apenas un tímido paso desde el final de aquella, porque en vez de avanzar hemos estado dando vueltas en círculos desde entonces. Unos anfitriones salen del parque hacia el mundo real, otros mueren en el intento, y en el proceso tanto estos como los humanos que los controlaban descubren cosas sobre sí mimos y el mundo que antes no conocían.

Como en aquella ocasión, tenemos un episodio final de hora y media que al contrario que los demás sí consigue ser bastante entretenido gracias a una buena dirección y una música efectiva que le confieren un ritmo bastante enérgico, pero claro, no es suficiente para esquivar la mala sensación de que estamos donde teníamos que estar hace diez horas, y para rematar, en el contenido los guionistas se quedan cortos después de tanto anunciar algo grandioso, porque siguen tirando de sensacionalismo más que en centrarse en ejecutar bien los pocos frentes abiertos. Es que ni si quiera se trabajan la coherencia: algunos personajes se han tirado estos diez capítulos viajando al valle para que ahora en el último momento otros se recorran el parque de lado a lado varias veces en minutos.

Alerta de spoilers: Salta al siguiente párrafo si no quieres destriparte el final.–

El dichoso valle no es más que otra ilusión virtual, el proyecto secreto de almacenar la personalidad de los visitantes se queda en el limbo para próximas temporadas, los que salen del parque no hacen nada concreto todavía, Williams al final no se sabe qué busca pero sigue buscándolo, el maldito plan de Ford sigue siendo una entelequia, etc., etc. Y los embustes cantan a distancia. Para qué tanta muerte con planos lentos para forzar el drama si sabemos que nadie está realmente muerto, que todos pueden ser resucitados, que cualquier humano puede ser un robot o convertirse en uno. Sin ir más lejos, la resurrección de Dolores no podía ser más tramposa, tras tanto dramón con Maeve pronto apuntan a su retorno también, y el epílogo con Williams en un futuro ya me diréis para que sirve salvo para sacar un “oh” al espectador facilón y permitir que los blogs que viven del clicbait ganen visitas anunciando explicaciones para quien no haya sido capaz de entender un giro tan efectista e innecesario; ojo también a la trampa de Dolores con la bala usada, que evidentemente no cabe de ninguna manera en el tambor del revólver, de hecho, no pueden mostrarnos cómo lo hace así que no lo vemos, así de manipuladores son… pero hay más, porque resulta que es tan estúpida que no la pone la primera, sino tres balas más allá, sencillamente porque los escritores necesitan extender el clímax.

Una vez unidos todos los grupos y personajes no hay una catarsis, una revelación, una suma que dé algo más grande, sino que cada uno sigue su camino por separado y ninguna de estas direcciones sorprende, la mayor parte sabe a poco o decepciona bastante. No puedes crear tanta expectación si no tienes nada que contar, el esfuerzo debería ir en contarlo bien. Así que no queda otra conclusión: Westworld es la nueva Perdidos, la nueva Battlestar Galactica… bueno, en realidad es peor, porque ni siquiera tiene un ritmo adictivo, un aspecto visual deslumbrante (más allá de alguna buena panorámica del desierto, sigo preguntándome cómo pudo costar tanto) y unos personajes que enganchen con los que pueda entender la admiración que despierta.

Ver también:
Temporada 1 (2016)

EL SÉQUITO – TEMPORADA 8 Y FINAL

Entourage
HBO | 2012
Comedia, drama | 8 ep. de 30 min.
Productores ejecutivos: Mark Wahlberg, Doug Ellin, Rob Weiss, Stephen Levinson, Eric Weinstein, Ally Musika.
Intérpretes: Kevin Connolly, Adrian Grenier, Kevin Dillon, Jerry Ferrara, Jeremy Piven, Rex Lee, Perrey Reeves, Emmanuelle Chriqui, Beverly D’Angelo, William Fichtner, Scott Caan, Rhys Coiro, Alice Eve.
Valoración:

Alerta de spoilers: Describo bastante las tramas, incluyendo algún desenlace.–

Tras tantos años ya es difícil sorprender, y menos cuando las historias personales están encaminadas hacia líneas concretas. Así, se puede decir que vamos un poco con la inercia en los dos personajes más prominentes, Eric y Vince. “E” no tiene ningún conflicto laboral interesante, salvo los roces de siempre con el inmaduro de Scott Lavin. ¿Qué hay de la lucha por afianzar sus nuevos puestos como directores de la compañía? Nada se ofrece en este campo, Scott y él viven como dos empleados sin muchas preocupaciones. Y en lo personal van a lo más fácil en la relación con Sloan: las típicas disputas, el romance en eterna tensión, donde incluso con el consabido embarazo no se atreven a darles un cierre en un sentido u otro. Vince sale de rehabilitación como si nada hubiera pasado. No es adicto, dice, y continúa con su vida sin secuelas. Me parece un tanto cobarde no haber seguido explorando su caída al abismo y sus esfuerzos por salir a flote. En lo personal también lo embarcan en un idilio un tanto forzado, con ese precipitado enamoramiento con una periodista y el soso desenlace de la improvisada boda.

En ambos casos las historias funcionan aceptablemente bien por la simpatía de los personajes, las situaciones y diálogos ágiles marca de la casa y los giros imprevisibles. Así, lo del embarazo se convierte en una locura divertidísima cuando meten de por medio la aventura con Melissa, la madre de Sloan, y el padre, Terrance, aparece para imponerse. Vince tiene alguna situación más llamativa (atención al conocido que se pega un tiro), y en lo emocional hay que decir que sus intentos de ligar con la primera chica que lo rechaza son emocionantes, aunque la relación no tenga un recorrido ni un final elaborados y sorprendentes.

Las otras secciones traen más novedades y movimiento. Bueno, quizá la de Tortuga no es muy recordable, pero al menos sus líos con el tequila han influido en su personalidad, se lo ve más maduro, y sigue luchando por sacar nuevos proyectos adelante. Drama tiene la trama más tensa, con el lío en la serie de animación, donde su compañero de reparto inicia en una protesta absurda para cobrar más sin haberla estrenado aún. Hay una buena sensación de un destino incierto y se sufre bastante con el personaje, que no parece levantar cabeza ni cuando consigue un trabajo digno. El divorcio de Ari es la parte más valiente en cuanto a avanzar y profundizar en los protagonistas. Su viaje por el infierno, bien merecido en este ególatra machista, es la mar de ajetreado, y conforme se intuye el intento de arreglarlo hay que alegrarse porque no se resuelve con cuatro tópicos, sino paso a paso y con esfuerzo. El que peor parado vuelve a quedar es Lloyd, quien tras prometer bastante inexplicablemente fue relegado a secundario del montón.

El truco que tienen los productores para evitar que el desgaste pese mucho es condensar los diez o doce episodios que íbamos teniendo en ocho, de manera que todo ocurre con un ritmo vertiginoso muy bien exprimido, sobre todo en los capítulos finales, muy intensos y emocionantes. Y como siempre, las vivencias en el día a día son variadas y encantadoras, con momentos cómicos muy efectivos y las sorpresas que cada dos por tres alteran todo inesperadamente. Así, la ves de un tirón muy entretenido y acabas con una sonrisa en la boca, pues te lo has pasado tan bien como en otros años…

Pero al poco piensas que podían haber ofrecido algo más trascendente y mejor trabajado, que para ser el final se han quedado un tanto cortos. No se aporta nada novedoso en cuanto a la particular visión de Hollywood que veníamos viendo. Ni Vince ni Eric se sumergen en algún proyecto apasionante, como el siguiente paso obvio, dirigir un filme por parte del primero y mantener a flote la empresa el segundo. El salto a director se dejó para la película de cines que llegó en 2015, pero ahí hacen lo mismo, dejarlo de lado por aventuras menos complejas, sin la savia y energía que mostró la serie en sus mejores momentos.

Ver también:
Temporada 7.
Temporada 6.
Temporada 5.
Temporada 4.
Temporada 3.
Temporada 2.
Temporada 1.

EL SÉQUITO – TEMPORADA 7

Entourage
HBO | 2011
Comedia, drama | 10 ep. de 25-30 min.
Productores ejecutivos: Mark Wahlberg, Doug Ellin, Rob Weiss, Stephen Levinson, Eric Weinstein, Ally Musika.
Intérpretes: Kevin Connolly, Adrian Grenier, Kevin Dillon, Jerry Ferrara, Jeremy Piven, Rex Lee, Perrey Reeves, Emmanuelle Chriqui, Beverly D’Angelo, William Fichtner, Scott Caan, Dania Ramirez, Sasha Grey, Rhys Coiro.
Valoración:

Alerta de spoilers: Comento la temporada a fondo, incluido el final.–

En la séptima temporada de El séquito abordamos otra historia muy habitual en el mundo de las estrellas de Hollywood: la adicción a las drogas. El viaje de Vince es muy interesante, pues como es habitual se trata con verosimilitud (los personajes siempre han sido muy realistas) y la dosis justa de ingenio para que una historia tan sencilla y conocida llegue con intensidad al espectador. La caída al lado oscuro afecta a su carrera, a sus amistades, y mira que la unión del grupo es férrea, y obviamente a sí mismo, haciendo más visibles sus debilidades: su inseguridad, su dependencia de otros. Se engancha a nuevos amigos, Scott Lavin y sobre todo Sasha Grey (uno de los cameos más destacables, si no el que más), que le permiten de todo y lo empujan un poco más. Y como es habitual en estas situaciones, para levantar cabeza antes debe estamparse en el fondo.

Pero hay un problema de base que me deja una mala sensación durante todo el año. Sí, la historia es muy completa y entretenida, pero no tiene un punto de partida claro. Es como si ahora tocara tratar este tema y se lanzaran a ello si más, y queda muy precipitado, no hay razones claras en la vida de Vince que justifiquen este patinazo. En realidad se pueden señalar un par de puntos de conflicto que estaban ahí latentes para explotar en esta línea… pero no los abordaron, de hecho los omitieron sin más. Hablo del reciente traspiés en su carrera en la quinta temporada, donde estuvo a punto de perder todo lo que quería, incluso se resintió por primera vez severamente la amistad con Eric. Pero esto no mostró ninguna secuela en la sexta etapa, donde vivían todos plácidamente otra vez, ni se recupera en el inicio de esta para mostrar miedos que cimentaran este camino dramático. Tampoco se remarca un posible sentimiento de soledad, de que todos los amigos tienen sus vidas propias y él no sabe vivir sin ellos. Apenas pareció mencionarse al inicio de la temporada pasada, pero en adelante se olvidó por completo también. Así pues, da la impresión de que hemos pasado de un año de relax intrascendente a uno de crisis importante sin una transición bien trabajada. De hecho hay alguna contradicción: en el capítulo inicial casi muere en el set en una escena de acción, y parecía indicarse que se acojonó… Pero luego vemos lo contrario, pues se apunta a saltar en paracaídas. Así que no queda claro si se embarca en las drogas en busca de nuevas aventuras, porque lo tiene todo y ya nada lo excita, o porque hay un vacío en su vida y trata de evadirse.

También hay otro giro repentino que descoloca, aunque este sí tenía unas bases claras. Tortuga empieza la temporada con un proyecto laboral en pleno funcionamiento, un servicio de conductoras. Sabemos que quería hacer algo para ganarse su sustento, que pidió ayuda a Ari y, viendo que no tenía los contactos y títulos necesarios, se puso a estudiar empresariales. Pero de repente lo tenemos ya inmerso en todo el meollo (¿acabó los estudios tan rápido?), y los líos laborales se centran únicamente en problemas de relaciones personales y sexuales. Aun así, es un paso esperado en la vida de Tortuga, y resulta bastante ameno. Pero, sobre todo, es un interludio, y en seguida pasamos a otra aventura más completa: la del tequila. Ahí sí veremos cómo se mueve y lucha por sacar adelante un proyecto que le apasiona y en el que ve un buen futuro, y la relación con la chica que lo introduce en este negocio, Alex (Dania Ramirez), es muy simpática.

Pero hay más baches extraños. El amigo y empleado de Ari que en tantos líos lo metió, Andrew Klein, desaparece sin más. Su única aparición es una breve llamada donde dice estar internado en un centro de desintoxicación. Su vida era un desastre, pero más allá de alguna cogorza puntual no vimos en él ningún problema con drogas. Veo dos posibles razones para la salida del personaje. Una es que no calara entre la audiencia; ciertamente, tanto esta como la etapa anterior no tuvieron tan buenas críticas como las cinco previas, y él era el único elemento nuevo al que echar la culpa. La otra es que el intérprete Gary Cole se marchara para ser protagonista en una serie y no cuadraran las agendas. De ser así la jugada no le salió bien, porque la producción, llamada Uncle Nigel (Tío Nigel), no pasó del episodio piloto…

Con Ari seguimos otro intento de crecer, de ser un gigante en Hollywood. Pero aunque la pelea por traer un equipo de la NFL a Los Ángeles es como de costumbre muy movidita, también es predecible y sabe a visto: es otra vez Ari luchando como loco por ascender por la escalera del poder y la fama, con los roces esperables con la esposa desatendida. La única novedad es que acabó enzarzado con la agente Amanda Daniels y su exempleada Lizzy Grant, quienes lo amenazan con sacar unas cintas donde el público y los magnates verían su verdadera cara: un abusón y un machista de cuidado. Pero este juego de que si llega o no llega su ascenso o caída se alarga más de la cuenta con amagos poco vistosos, y aunque por suerte también tiene algunos buenos momentos, como la escena en el restaurante con su esposa y con Amanda, es evidente que le falta capacidad para sorprender y emocionar como en aquellas épicas batallas por sacar adelante su propia compañía de agentes en las primeras temporadas. Por otro lado, después de la que liaron con Lloyd en su órdago contra Ari para ver si lo ascendía a agente, ahora que lo ha hecho parece que se han olvidado de él, pues apenas tiene presencia.

Drama tampoco tiene un viaje que impacte mucho. De nuevo en un limbo laboral, Eric, Phil Yagoda y Billy Walsh intentan convencerlo para que ponga voz a una serie animada ideada por Billy y en la que hay claro interés desde la cadena. Pero para Drama es un paso atrás que podría significar el fin de su carrera, así que costará convencerlo de que es un sueldo y la única forma que tiene de mantenerse vivo en el gremio en espera de mejores oportunidades. Eric está incluso más apagado. La relación con Sloan de nuevo pasa a suspenso, con unas pocas e intrascendentes menciones a la boda… Bueno, quizá incluso se agradezca que no entren esta historia, que puede caer en lo cursi con facilidad, pero deberían haber buscado algo distinto para dar más vidilla a la pareja. En cuanto a su trabajo, se mantiene en lo que ya conocemos: lidiando entre la labor de mánager y la de amigo de Vince, con Scott metiendo baza de por medio. La parte en que intentan levantar un proyecto con Randall Wallace (guionista de Braveheart) es la más llamativa, pero fuera de ahí no hay mucho que recordar.

Entre los mejores momentos tenemos una escena mítica de la serie, la de Ari y Eric encontrándose a Vince inconsciente en la piscina mientras Sasha Grey se pasea en pelotas, pero hay otros muchos destacables: el pique de Drama con John Stamos, los pasos de Vince hundiéndose (aparecer colocado en los encuentros con productores, pelearse con los amigos), los de Tortuga intentándose ligar a Alex, los siempre llamativos cameos (Peter Berg, Mike Tyson, Mark Cuban, Christina Aguilera, John Cleese…), el inútil de Carlos (Miguel Sandoval) sin visión comercial para su tequila y, sobre todo, el colofón final en Escenas porno en un italiano (709, Porn Scenes from an Italian Restaurant), con Ari y su mujer y la pelea con Amanda por un lado y Sasha y Vince liándose en el baño por el otro, y la caída al abismo en el último capítulo con la pelea con Sasha en el set, la ruptura con sus amigos y la que monta en la fiesta de Eminem.

Es evidente que El séquito acusa un poco de desgaste, lo que sumado a ese par de saltos extraños da otra temporada un poco por debajo del gran nivel alcanzado en sus mejores momentos. Sigue siendo una serie la mar de entretenida gracias a su notable puesta en escena y a los magnéticos personajes tan bien interpretados, pero la falta de novedades impide que sea capaz de conmover y dejar huella como antaño.

Ver también:
Temporada 6.
Temporada 5.
Temporada 4.
Temporada 3.
Temporada 2.
Temporada 1.