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JACK RYAN – TEMPORADA 1


Amazon Video | 2018
Suspense, drama, acción | 8 ep. de 44-64 min.
Productores ejecutivos: Carlton Cuse, Graham Roland.
Intérpretes: John Krasinski, Wendell Pierce, Ali Suliman, Abbie Cornish, Dina Shinabi, Karim Zein, Nadia Affolter, Arpy Ayvazian.
Valoración:

La serie de novelas de Tom Clancy sobre el personaje Jack Ryan ha corrido desigual suerte en sus varios intentos de convertirla en una saga de películas rentable. Se inició con un thriller de alta calidad y bastante éxito, La caza del Octubre Rojo (John McTiernan, 1990), donde Ryan estaba encarnado por Alec Baldwin y secundado por un sinfín de grandes actores. En las dos siguientes entregas cambió de rostro a Harrison Ford, y si bien la inicial era un producto de acción más convencional (Juego de patriotasPhillip Noyce, 1992-), la segunda volvió a levantar el listón bastante: Peligro inminente (Phillip Noyce, 1994) fue una cinta ejemplar de acción y suspense y un éxito de taquilla. A pesar de ello la serie quedó en el limbo, supongo que por líos entre productores. No lograron sacar adelante más títulos hasta el intento de reinicio en 2002 con Pánico nuclear (Phil Alden Robinson), con Ben Affleck como protagonista. El estreno pasó muy desapercibido y la saga volvió a aparcarse hasta 2014, donde con la infame Jack Ryan: Operación sombra (Kenneth Brannagh) parecía que iba a morir definitivamente. Sin embargo, los poseedores de los derechos, el productor Mace Neufeld y la Paramount Pictures, probaron otras pocas intentonas infructuosas antes de poner el ojo en el formato de serie de televisión.

Esta llega de la mano de Carlton Cuse (Perdidos, 2004) y Graham Roland (Almost Human, 2013, y coincidieron en The Returned, 2015) en la parte creativa, con productores como Michael Bay, John Krasinski (además de actor también escribe, produce y dirige, por ejemplo, Un lugar tranquilo -2018-) y Mace Neufeld entre otros, bajo los sellos de Paramount Television y Amazon Studios, principalmente.

En los primeros capítulos, y más con el cambio de escenario a Francia, casi parece que Jack Ryan podría ser la heredera de Homeland (Alex Gansa, Howard Gordon, 2011), aunque sea empezando desde abajo y creciendo poco a poco, porque partimos de algunos conceptos muy básicos y previsibles pero se ve potencial para bastante más.

Los autores tratan de mantener la premisa de Tom Clancy, esto es, un exmarine que por lesiones acaba en un despacho como analista, pero vuelve a entrar en acción poco a poco al despuntar como un talento nato tanto en el escritorio como en el terreno. Sin embargo, en temática han decidido actualizarla a nuestros tiempos, pues los temas habituales de las novelas están algo obsoletos (guerra fría, terrorismo irlandés) o muy vistos (guerra contra las drogas en Sudamérica), hoy los principales problemas políticos vienen del terrorismo islamista y las guerras en oriente medio. Ahí surgen sus principales virtudes: la cercanía a la situación real que vive el mundo y la verosimilitud con que inicialmente tratan estos conflictos, tratamiento que extienden a un villano bien trabajado.

Nos presentan una perspectiva compleja del asunto, con las crisis políticas que generan guerras en oriente medio, las consecuentes migraciones hacia Europa, la posterior desigualdad y otros problemas culturales, y surgiendo entre todo ello, nuevos potenciales terroristas. El villano, Mousa Bin Suleiman, nace en este caldo de cultivo, y si bien los flashbacks que muestran etapas previas de su vida quedan quizá demasiado resumidos, valen para redondear un personaje con bastante fuerza, algo que en parte se debe también a la certera interpretación de Ali Suliman. La odisea de la esposa (Dina Shihabi) y las hijas no sorprende pero como drama funciona, tanto a la hora de dotar de mayor realismo a la situación como para entretenernos.

Por el lado de la CIA, la intriga de despachos tiene un punto de partida muy típico, pero también apuntan a una perspectiva más amplia, con los superiores que solo piensan en ascender y las injerencias políticas. Los personajes parten de varios estereotipos, pero tienen las aristas justas y las motivaciones claras como para resultar simpáticos y generarte ganas de seguir sus aventuras. La dinámica entre Ryan y su nuevo jefe, Greer, es bastante interesante, y cuando entran en juego los franceses mejora: los roces entre formas de entender el mundo son interesantes y van añadiendo poso a cada protagonista. Aquí también hacen bastante los actores. John Krasinski (The Office -2005-, 13 horas: Los soldados secretos de Bengasi -2016-) aporta muy bien dimensión interna, es decir, su interpretación transmite más de lo que el personaje deja entrever a sus compañeros, sobre todo en dilemas éticos y traumas. Wendell Pierce (The Wire -2002-, Treme -2010-) compone un agente venido a menos, con miedos, y muestra bien un cambio gradual, sobre todo en cuanto a la relación con Ryan. Un poco más atrás se queda Abbie Cornish (Robocop -2014-, Geostorm -2017-), que parece relegada a la chica del héroe y para unos pocos giros finales.

Sin embargo, me temo que en vez de crecer el guion se va diluyendo. Ese tratamiento más serio del drama y el suspense que prometía acaba dejándose de lado por la acción más básica y los derroteros más predecibles. Esperaba que la intriga de despachos ahondara más en los personajes secundarios y trataran más a fondo temas de espionaje, política, enchufes, incompetencia etc., y que el conflicto político y social siguiera ampliando miras con los temas de migraciones, problemas de adaptación cultural, xenofobia, etc., pero todo se va relegando a anécdotas, o a justificaciones para tener escenarios de drama y acción sencillos. Aparte, en tierra de nadie queda la subtrama del piloto de drones, que es por sí sola amena pero no termina de cobrar sentido en la historia global y acusa los mismos problemas: promete un drama realista pero acaba tan resumido que resulta una historia simplona.

De esta forma, el villano cada vez es más malo cabezón, los buenos más infalibles, el romance más trillado, y la complejidad del panorama geopolítico se olvida en detrimento de la típica misión exagerada de película de acción del montón. El terrorista tiene un plan supremo digno de archienemigo de James Bond, y este toma forma con todos los tópicos, sensacionalismo y agujeros de guion más tontos. Los personajes pasan por todos esos giros para cumplir con ellos, dejando el progreso dramático de lado, si acaso lo contrario, hay varias situaciones forzadas que rozan la vergüenza ajena, como la doctora metida en todo con calzador, o los terroristas más buscados del mundo paseándose por el hospital donde está el presidente de EE.UU.

Si hubiera tenido un tramo final más sólido y original seguramente hubiera quedado una buena serie. El producto resultante es un digno entretenimiento, sobre todo porque su caída de calidad no afecta al ritmo y el sentido del espectáculo (atención a como exprimen los escenarios naturales con grandes panorámicas), pero en nada que le exijas un mínimo, el que creo que cualquiera exigirá en el rico panorama televisivo actual, queda en el limbo de series prescindibles. Veremos si hay suerte y madura en próximas temporadas, pero lo cierto es que viendo lo bajo que ha terminado apuntando yo tengo pocas esperanzas.

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TREME – TEMPORADA 3

HBO | 2012-2013
Drama | 10 ep. de 55-70 min.
Productores ejecutivos: David Simon, Eric Overmyer, Nina Krostoff-Noble, Carolyn Strauss.
Intérpretes: Melissa Leo, Kim Dickens, Steve Zahn, Wendell Pierce, Khandi Alexander, Rob Brown, Michiel Huisman, Lucia Micarelli, Clarke Peters, India Ennenga, David Morse, Jon Seda, Phyllis Montana LeBlanc, Chris Coy, Sam Robards, Michael Cerveris, Ntare Guma Mbaho Mwine, Lance E. Nichols.
Valoración:

Alerta de spoilers: Sólo presento las historias principales, aunque obviamente será revelador si no has visto las temporadas anteriores.–

Nueva etapa en la vida de las gentes de New Orleans. Dos años han pasado desde que el Katrina arrasara la ciudad y dejara una huella más profunda de lo esperado por culpa de la incompetencia y corrupción del gobierno, y no parece haber cambiado la cosa, el renacer no ha servido para dejar atrás todo lo malo y aprender de los errores. Sus habitantes se resignan poco a poco, pues están batallando día a día para sacar adelante el trabajo y la familia, y salvo excepciones no parece haber una conciencia global que ayude a levantar la urbe como es debido.

McAlary explora nuevos proyectos que aparte de darle un sustento sirvan para aportar algo a la sociedad y la cultura, o al menos para no olvidar. Su ruta turística medio improvisada es un cachondeo y no da mucho de sí, pero tanto hablar de viejas glorias de la música lo empuja a tratar de recuperarlas en un álbum destinado, según él, a marcar una época y darles un justo beneficio a esos músicos dejados de lado. Janette, a pesar de su éxito como chef, no termina de encontrarse a gusto lejos de su hogar. Cuando recibe una oferta para llevar una cocina en New Orleans bajo la batuta de un magnate de la restauración recela del aspecto de empresario ambicioso de este tipo, pero las condiciones son demasiado buenas para dejarlas pasar. La llegada de un reportero, L. P. Everett (Chris Coy), a la ciudad agita el avispero de corrupción policíaca, pues parece obstinado en escarbar en casos como el de Abreu o Seals que llevaba Toni Bernette, de hecho, no tardan en trabajar juntos y empezar a conseguir resultados poco a poco. ¿Conseguirán sacar a la luz toda esta inmundicia y que se haga algo al respecto? Colson intenta hacer lo mismo desde la comisaría, pero ni los jefes están de su lado. Y los tres sufrirán represalias constantes, lo que para Toni es cruel porque su hija es una víctima inocente. Sophia por su parte está en el proceso de maduración, con sus propios problemas.

Sonny parece haberse establecido bien con los vietnamitas, pero aún tiene que convencer al padre de su novia de que es un tipo responsable. Annie sigue por el camino al éxito como músico: apoyada por un mánager que ve en ella talento y posibilidades forma una banda con la que promocionar sus composiciones. Batiste le está cogiendo el gusto a la educación musical de los jóvenes, hasta el punto de implicarse emocionalmente en los conflictos de varios chavales. Nelson Hidalgo vuelve cuando se calman las aguas tras el último escándalo político, pero no parece haber un nuevo pastel al que hincar el diente y va tirando con chanchullos inmobiliarios menores, aunque con su gran visión tiene ideas para remontar el vuelo, y pronto entra en juego un gran centro de jazz que hay proyectado. Delmond acaba como consejero en el proceso… ¿olerá la mierda que hay detrás y que la música les importa poco a estos tiburones? Mientras, su carrera musical sigue alternando entre la modernidad de New York y la tradición cerrada de New Orleans, sobre todo porque no quiere dejar a su padre, Albert, solo con tanto agobio. Este sigue tratando de terminar de arreglar su casa y salir a desfilar a tiempo con “Los guardianes de la llama” mientras lidia con el trabajo, pero tanta responsabilidad continua afectando a su estado de ánimo y su físico… aunque la degradación de esto último obtiene una respuesta inesperada: un cáncer amenaza con destruir todas sus esperanzas. Ladonna intenta sacar el bar adelante a pesar de la injusta política sobre el ruido y el acoso de algunos vecinos, a lo que se suma que el juicio por el asalto y violación se acerca, y los amigos de los culpables tratan de amedrentarla para que no testifique.

Como es habitual, todos los personajes resultan más o menos encantadores, tan vívidos y cercanos que sus historias se siguen con pasión. Además, estas dejan grandes lecciones sobre la vida, y por supuesto infinidad de grandes momentos. Me encantó cuando Albert se sorprende porque Nelson conoce los locales de culto, como el Gigi, que no es solo un empresario sin escrúpulos, sino que se ha implicado en la vida local. El bajón de Sonny ante el miedo a la responsabilidad es algo típico, pero resulta bastante duro. Aunque para trágico, las represalias contra Toni y Sophia, que dejan unas pocas escenas muy inquietantes; y Colson también tiene momentos muy chungos, pero me encanta cómo levanta la cabeza y sigue adelante sin pestañear. Por el contrario, Annie como siempre ofrece el lado más luminoso, con su creciente éxito, y Batiste con los críos trae también muchos momentos de esperanza entre la miseria (la chica que no sabe leer pero puede tener un futuro porque le apasiona la música). Y su mujer Desiree gana presencia con su lucha contra el mangoneo que hay tras las reparaciones de las casas, mostrando eso de que se debe plantar cara o al menos hacer ruido, pues la injusticia no se va a ir sola. De nuevo, los que menos me han llenado han sido Ladonna y Albert, pues me resultan un poco cargantes con tantas penurias… aunque su acercamiento sentimental desde luego les da nueva vida. Y los que más adoro son McAlary y Janette, que contagian su entereza y entusiasmo. También cabe destacar el peculiar periodista, Everett, que engancha rápido.

Pero a la temporada le falta algo para llegar al nivel de las primeras, le pesa la sensación de que va con la inercia. Sí, seguimos adelante con buenas historias, pero sin aportar giros que sorprendan, sin abordar una nueva perspectiva sobre la situación de New Orleans. La única novedad digna de mención es que la odisea de McAlary sirve para homenajear a músicos veteranos que a pesar de su fama no han tenido el apoyo merecido, pues muchos trabajaron sin contrato o explotados y no tienen una jubilación digna. También está claro que la pasión de Batiste con las bandas infantiles es un homenaje y apoyo a la música, pero tampoco es una historia impactante, rompedora. Así pues, aunque tenemos otro año notable de este gran drama que ofrece un cuadro delicado y verosímil pero fascinante de una ciudad tan peculiar, lo cierto es que le falta una pizca para ser perfecto.

Ver también:
Temporada 2.
Temporada 1.

TREME – TEMPORADA 2

HBO | 2011
Drama | 11 ep. de 58-90 min.
Productores ejecutivos: David Simon, Eric Overmyer, Nina Krostoff-Noble, Carolyn Strauss.
Intérpretes: Melissa Leo, Kim Dickens, Steve Zahn, Wendell Pierce, Khandi Alexander, Rob Brown, Michiel Huisman, Lucia Micarelli, Clarke Peters, India Ennenga, David Morse, Jon Seda, Phyllis Montana LeBlanc.
Valoración:

Alerta de spoilers: Sólo presento el punto de partida de cada trama y protagonista. —

En el salto a la segunda temporada de Treme no cambiamos abruptamente de escenario y grupo de personajes como ocurrió en The Wire, pero también se amplía el horizonte para abarcar nuevas perspectivas del embriagador retrato que David Simon nos está ofreciendo de New Orleans. En la primera etapa nos sumergíamos a fondo el ambiente social y cultural. La gastronomía, protagonizada por Janette y sus sueños rotos, las tradiciones únicas, como los indios de Albert Lambreaux, y sobre todo la música en todo su rango: los intérpretes callejeros (Annie, Sonny), los que han logrado ascender un poco y viven de las sesiones en locales (Batiste), los veteranos más o menos famosos (Delmond, los numerosos músicos reales que aparecen en cada capítulo), y los que están en su propio mundo, como McAlary y sus locuras. Ahora también conoceremos más detalladamente cómo funcionan el gobierno y las fuerzas de la ley, adentrándonos en el ayuntamiento y el cuerpo de policía.

La corrupción del gobierno local y federal y su especulación urbanística las vislumbramos previamente porque los personajes las sufren en sus carnes, pero ahora veremos con más detalle cómo se gesta en manos privadas y cómo se permite e incluso fomenta desde los supuestos servidores públicos. Por supuesto, Simon se basa escrupulosamente en los hechos reales, relacionando las acciones de los protagonistas con eventos relevantes para la vida de la ciudad, destacando la infame gestión del alcalde Nagin y la planificación urbana de tintes racistas. Nelson Hidalgo (un carismático Jon Seda) es joven pero tiene experiencia en los entresijos del mundillo, y viene dispuesto a hacerse rico. Se acerca al empresario con visión (Ligouri), se reúne con los políticos que haga falta, pide y da favores y dinero con un entusiasmo y una visión que parecen llevarlo directo a la cima. Con Sofia, la hija de Toni Bernette, trabajando como becaria para un concejal, relacionamos esta temática un poco más con los viejos conocidos, porque Nelson va bastante por libre.

En la policía teníamos un enlace gracias también a Toni y sus constantes investigaciones, pero aunque el gran David Morse (uno de esos secundarios de lujo allá por donde aparece) encarnara al Teniente Colson, este tenía muy poca presencia y no dejó gran huella. Sin embargo su historia se amplía aquí desde el principio. Asqueado de la corrupción e incompetencia de los demás policías y detectives, parece decidido a plantar cara, y más ahora que el crimen está desbocándose de nuevo tras la pausa que supuso el éxodo forzado por el Katrina. Pero ha de ir con pies de plomo, porque un paso en falso pondría a todo el cuerpo en su contra. Por su parte, Toni acepta un caso que nos acompañará durante mucho tiempo, canalizando estos temas de corrupción y ocultación de delitos: la muerte de un joven llamado Abreu apunta al departamento de policía. El rastro, tras tanto tiempo, está frío, pero cada piedrecita que levanta parece mostrar más inmundicia.

Por supuesto, todos nuestros queridos personajes están embarcados en nuevas etapas de sus vidas, lo que nos permite tanto disfrutar de sus deliciosas como vivencias adentrarnos más en New Orleans, en la vida y las gentes de tan peculiar y encantadora urbe. Davis McAlary se lanza tras en inumerables proyectos musicales con gran entusiasmo pero sin grandes resultados. Batiste necesita un trabajo fijo, y trata de formar un grupo a la vez que tantea la posibilidad de ser profesor en la banda de un instituto. Annie, saliendo ahora con McAlary y no con el destartalado Sonny, parece estar empezando a exprimir su potencial como músico, sobre todo gracias al apoyo de su amigo Harley (Steve Earle también es músico en la vida real). Delmon Lambreaux continúa saltando entre New York y New Orleans, tratando de conciliar el jazz moderno y la tradición, y sacar algo de dinero de este género tan poco vendido. Y entre una odisea y otra, aunque tiene relación sobre todo con la de Davis, vemos el resurgir de un género musical, o más bien el de un movimiento social: el bounce, una mezcla de dance, hip hop y vetas de jazz local cuya energía y letras críticas sirven para alzar la cabeza y gritar contra las injusticias y la incompetencia de los gobiernos.

Fuera de los músicos tenemos otros muchos relatos entrañables. Albert Lambreaux no parece encontrar nada que le traiga felicidad, por mucho que Delmond trate de ayudar; el documental sobre los indios y la idea de Delmond de combinar géneros jazzísticos parecen mantenerlo ocupado, pero su humor es intratable, y va siempre alicaído. Janette renunció a su restaurante y se ha atado a New York, donde hay trabajo de sobra para una chef de su nivel, pero no encuentra un lugar en el que sentirse a gusto. Sonny parece incapaz por sí sólo de salir adelante, pero el empujón de un colega de la banda de Batiste, donde es aceptado porque no había más candidatos, podría encarrilarlo: le encuentra un trabajo de pescador para mantenerlo lejos de fiestas y drogas y con un flujo de dinero estable. Laddona apenas sobrelleva la pérdida de su hermano cuando un asalto en su bar la embarcará en otro drama que la perseguirá constantemente.

Mis secciones favoritas han sido de nuevo las de Jannete y McAlary, seguidas de las desventuras de Batiste, la lucha constante de Toni, ahora acompañada de Colson, y la entrada triunfal de Nelson. Pero la sorpresa la da Sofia, que parecía simplemente ser la hija de Toni, simpática pero un complemento de la tragedia familiar que supuso el destino de Cray, pero aquí gana protagonismo muy bien, llevándote hacia la parte más oscura: evidentemente arrastra una depresión… ¿acabará como el padre o logrará salir de ella? Y en cuanto a escenas sueltas que me hayan marcado, hay muchas, pero por poner las primeras que me vienen a la mente, me encantó cuando Annie ve la foto de Sonny rescatando a gente, así como el giro con su amigo Harley; muy emotivo fue el momento en que Davis encuentra a Sofia borracha; divertidísimo cómo Jannette cierra un capítulo de su vida: lanzando una copa de sazerac (un extraño cóctel típico de New Orleans) a un crítico famoso; los líos de la banda de Batiste son numerosos y todos la mar de emocionantes; etc.

Hay también algunos puntos oscuros, aunque no especialmente graves. La novia que se había echado Albert desaparece de golpe; supongo que la actriz se daría el piro, y claro, deja un hueco raro. Pero más notable es que el propio Albert es el único cuya historia no avanza con fluidez y un destino más o menos claro. Da vueltas en círculos, se pasa el día refunduñando sin concretarse nada; ni siquiera queda claro si sigue trabajando como carpintero o si deja de coser al final o no, pero aun así hace su espectacular aparición con “Los guardianes de la llama”.

Se podría decir que en lo visual es una serie es bastante sencilla, cuando una localización con tanto encanto podría deslumbrar más, sobre todo teniendo en cuenta de que disponían de un presupuesto más holgado que en The Wire, pero eso no quiere decir que el acabado sea de poca calidad. Como en la recreación de Baltimore, Simon busca un estilo natural, que deje respirar a los personajes. Donde más se nota la sutil pero eficaz labor de los directores es en los momentos de gran complejidad, como los conciertos en bares abarrotados y los desfiles: pese a su dificultad las ruedan con una naturalidad asombrosa, permitiendo que te parezca estar ahí dentro con los personajes.

Treme vuelve a ofrecer otro año redondo, inteligente y hábil como pocos, pues a pesar de su realismo y contención consigue entrener y emocionar con gran facilidad mientras a la vez también te lleva a la reflexión con delicadeza.

Ver también:
Temporada 1.

TREME – TEMPORADA 1

HBO | 2010
Drama | 10 ep. de 58-80 min.
Productores ejecutivos: David Simon, Eric Overmyer, Nina Krostoff-Noble, Carolyn Strauss, David Mills.
Intérpretes: Melissa Leo, Kim Dickens, Steve Zahn, Wendell Pierce, John Goodman, Khandi Alexander, Rob Brown, Michiel Huisman, Lucia Micarelli, Clarke Peters, India Ennenga, Phyllis Montana LeBlanc.
Valoración:

“Tres meses después”, reza un lacónico texto en pantalla. No hace falta más información, si no sabes que estamos en New Orleans tras el Katrina, quedará claro en pocos minutos. Según nos cuentan en esta serie, basada con enorme fidelidad en los hechos reales, tres meses es más o menos el lapso que tardó la ciudad en empezar a levantarse tras la devastación no sólo del huracán, sino también de una rampante y escandalosa incompetencia gubernamental que empeoró mucho las cosas. Sus gentes vuelven a sus casas, muchas de las cuales tuvieron al menos un metro de agua, y la mayoría acabó sin techo por los vientos y lluvias. Pero no hay dinero para reconstruirlas, porque abandonaron sus vidas y trabajos para huir a ciudades y estados vecinos, y vuelven sin nada. Los negocios se intentan poner en marcha, pero hay pocos habitantes todavía, y menos con las vidas rehechas como para poder gastar.

Si durante la catástrofe la respuesta del gobierno fue nefasta, con descoordinación entre agencias y un modus operandi desastroso e incluso salpicado de racismo, no creáis que se pusieron las pilas después. Las empresas de seguros hacen malabares para escaquearse, y tanto el gobierno local como el federal no parecen tratar de evitarlo… sino que se suman al carro, poniendo ayudas que sólo son un nombre, escondiendo tras marañas de papeleo cualquier desembolso minúsculo. La población continúa sintiendo que los han abandonado, pero la realidad es peor que eso: los ciudadanos, sobre todo las clases bajas (encabezadas por los barrios negros), son un impedimento para la especulación, así que el hecho es que trabajan contra ellos. El ayuntamiento y las fuerzas de la ley estaban salpicados de corrupción antes de este gran incidente, y ahora ven nuevas oportunidades para llenarse los bolsillos u ocultar las fechorías previas. Si los barrios siguen vacíos un tiempo determinado, se categorizarán como abandonados y habrá vía libre para inventarse los proyectos urbanísticos que les den la gana. Así, se vallan urbanizaciones enteras para mantenerlas desocupadas y no se dan prisa en arreglar la distribución de agua y electricidad de zonas habitadas. Pero la gente quiere volver, porque es su hogar, pero también porque es una ciudad especial que no quieren dejar morir.

El escritor y guionista David Simon se marcó en su obra magna The Wire (Bajo escucha) un colosal ensayo sobre el fracaso del primer mundo como sociedad: tomando como base una ciudad muy característica (Baltimore, desbordada por el crimen) construyó un retrato universal de los principales males de los países supuestamente avanzados. Está claro que con la situación en New Orleans vio otra oportunidad de oro para recuperar estos temas, y se unió a un guionista que conocía bien la zona, Eric Overmyer, para elaborar otro gran estudio humanista. Es difícil describir su estilo y su calidad, hacer notar que una serie que en un primer vistazo puede parecer demasiado complicada, fría y lenta, sea tan profunda, apasionante y adictiva una vez te sumerges en ella.

Como The Wire y otras de la Edad de Oro de las series que inauguró principalmente la HBO (Los Soprano, A dos metros bajo tierra), Treme no es un drama que en cada episodio te cuenta una pequeña trama y quizá a la larga vaya desarrollando otra (que además probablemente estuviera improvisada según la respuesta del público). Incluso obras maestras como Urgencias han seguido este esquema. Aquí, para vislumbrar por dónde va un personaje tendrás que ver varios capítulos, y para abarcar por completo el viaje en que está embarcado hay que seguir la temporada o incluso la serie entera. Está claro que no es para impacientes… Pero aún hay más, porque aborda temáticas no tan populares como The Wire (el policíaco, aunque fuera en un estilo único), sino otras más cultas, pues la música protagonista está en las antípodas de lo comercial y la historia y la cultura de New Orleans son muy suyas también. La sutileza sí la mantiene, eso sí: la crítica emerge de las vivencias de los personajes, no de situaciones y discursos directos. El espectador común, el de seriales y procedimentales facilones, no aguantará ni un par de escenas. Incluso seriéfilos más curtidos han de tener al menos una pizca de interés y la mente muy abierta para lanzarse con entusiasmo a un relato de más de diez horas sobre las vidas corrientes de unos músicos y cocineros. Así pues, es indudable que esta obra tiene un público potencial minoritario, que es exigente y elitista como ella sola. Las floja audiencia lo confirmó. Y es una pena ese miedo, ese rechazo, porque si haces el esfuerzo te lo devuelve con creces, igual que pasó con The Wire: no es sólo una serie extraordinaria, sino también un relato atemporal y universal.

Simon pone las cámaras delante de los protagonistas y la ciudad, y estos son tan realistas, están tan vivos y tan bien interpretados, que uno no puede apartar la mirada del cuadro que van formando sus vidas. Es como un documental social que elige a los individuos e historias clave para que en conjunto formen un elaborado y agudo ensayo sobre cómo funciona una sociedad, cómo se vertebra, cómo respira, se ahoga, se levanta y se tropieza otra vez en un proceso complejo que se retroalimenta entre los muchos individuos que la forman. Pero esa complejidad aparente en realidad se desgrana poco a poco, con naturalidad, claridad y elegancia, formando una narrativa que parece pausada pero fluye sin una sola pausa o receso, siempre aportando algo estimulante, garantizando entretenimiento y emoción pero también ofreciendo infinidad de enseñanzas sobre la vida.

Los protagonistas se concentran en el barrio Tremé que da título a la serie. Tenemos perroflautas adorables como la dulce violinista Annie (Lucia Micarelli, que por cierto era músico y no actriz, pero está fantástica) o cansinos como su novio Sonny (Michiel Huisman), un matado de la vida que siente celos de las habilidades de ella. Encontramos gente con objetivos muy claros y dedicación plena, como Albert Lambreaux (interpretado por quien fue el gran Lester en The Wire: Clarke Peters) y su empeño por mantener las tradiciones; otros que luchan contra viento y marea tratando de no perder la sonrisa, como la chef Janette lidiando con el restaurante día a día (la actriz Kim Dickens me cae bien desde su participación en Deadwood), o Davis McAlary (Steve Zahn), un músico medio acabado que va tirando con trabajos que detesta. También hay quienes batallan contra los innumerables fallos del sistema, como la abogada Toni Bernette y su marido Creighton (Melissa Leo y John Goodman), o quienes avanzan más o menos torpemente (Antoine Batiste, en manos de Wendell Pierce, también aprovechado de las calles de Baltimore: era Bunk). Y no faltan quienes no parecen levantar cabeza, arrastrando heridas no cerradas, como Ladonna y la búsqueda de su hermano (Khandi Alexander, también conocida de Simon: The Corner), e incluso quienes dejaron la ciudad hace tiempo pero la familia, las raíces, lo arrastran de vuelta, como el trompetista de jazz Delmond Lambreaux (Rob Brown), el hijo de Albert.

Entre todas las deliciosas historias destacaría algunas, así como varios momentos concretos. Me abrumó la magnífica descripción de la depresión (evito dar el nombre del personaje), probablemente la mejor vista en una serie o película: está siempre ante tus ojos pero quizá no la veas hasta un punto de inflexión en el que todo se hace evidente. La salida de Albert como indio se hace esperar mucho, y si, como yo, no conocías esta pintoresca tradición, quedarás bastante impresionado. El final de la odisea de otro rol que me guardo es muy duro, con ese desgarrador plano a los camiones frigorífico llenos de cadáveres meses y meses después del huracán. La relación entre Janette y McAlary es encantadora, y la entereza de ambos a la hora de sobrellevar las zancadillas de la vida también; y atención al divertido lío de él en el hotel con un grupo de turistas. El encuentro de Sonny con un anciano que salvó durante la tormenta es muy emotivo (y más cuando parecía que era un fanfarrón). El juego que se trae Batiste con los taxistas es tronchante; y aparte, aunque por lo general resulta muy simpático, a veces dan ganas de abofetearlo por el desastre de vida familiar que lleva.

Pero también podría citar un par de fallos o partes que no parecen del todo bien resueltas. El Mardi Gras se hace de rogar y no decepciona, pues nos llevan dentro de la fiesta con habilidad, pero da la impresión de que al capítulo le han quitado media hora, dejando algunas transiciones un tanto bruscas: Delmond aparece sin más en un bar tocando con una banda a pesar de que estaba en una cita con su novia, Janette acaba borracha por ahí pero no se la ve participar en la fiesta a la que iba (y en cambio sí nos muestran todo el camino hasta allí), Davis y Annie decían de ir a comer con los vecinos del primero pero lo que se comen es la escena. Un fallo claro de montaje se ve en el penúltimo capítulo, cuando sabemos que Creighton está tomando un ferry pero de repente aparece momentáneamente en otro lado. Y la descripción de uno de los protagonistas cojea un poco: Albert Lambreaux es presentado inicialmente como si fuera un albañil o algo así, amagando con ir a reparar algunas casas, pero en seguida se olvidan de eso y el resto de la temporada sólo sale cosiendo y ensayando; de hecho, en el principio de la segunda temporada me chocó mucho verlo currando, pensaba que estaba parado o jubilado… y ahí también se deja de lado ese supuesto trabajo y aparece siempre con otras cosas.

Como en The Wire (voy a gastar la expresión, pero me resulta inevitable usarla), la dedicación que David Simon pone en el desarrollo de la obra, heredada del periodismo de calidad*, queda bien patente en el resultado final. Logra introducirnos plenamente en el singular ambiente de la ciudad y su multiculturalidad, mostrando con una fidelidad asombrosa la vida y costumbres del lugar, captando el alma de los barrios, la forma de ser de la gente, cómo se vive la música y cómo se vive de ella. Pasan ante nuestros ojos infinidad de músicos, sobre todo obviamente locales, y aunque la mayoría, admitámoslo, nos resultarán desconocidos a muchos, a la larga vas conociendo rostros, y si te gusta realmente la música acabarás escuchado a muchos de ellos; yo quedé prendado del gran Dr. John, referente ineludible en el rythm and blues y jazz oriundos.

Así pues, como Baltimore en su momento, New Orleans y el barrio Tremé se convierten en un protagonista más, en una urbe con vida propia, y cuando quieres darte cuenta eres un habitante más, sufres en tus carnes la angustia de ver el hogar destruido, el desarraigo ante una ciudad que no parece que pueda volver a ser la misma, la lucha constante por sobrevivir el día a día mientras el mañana parece negado por la corrupción y la incompetencia. Y con esto cabe señalar que nos ofrecen una historia rara vez contada: la vuelta a la vida tras una catástrofe. Los medios suelen olvidarse poco tiempo después de los desplazados y las infraestructuras derrumbadas, de las familias deshechas y el intento de volver a la normalidad, así que la serie ofrece un punto de vista muy atractivo y sobre todo lo hace desde una perspectiva muy intimista. Llegas a mitad de la temporada anhelando junto a los protagonistas que cuando llegue el Mardi Gras, el corazón y alma de la ciudad, lata con fuerza y entusiasmo para levantar las esperanzas y ánimos de todos, para señalar que, después de todo, a New Orleans todavía le queda aliento.

PD: El guionista y productor David Mills, que ya había trabajado con Simon en otras ocasiones, falleció poco antes del estreno de la serie.
*: Si leéis algunas opiniones y artículos suyos, como esta entrevista donde habla sobre el periodismo moderno, veréis que no lo digo por decir.

Entrada actualizada de la original publicada el 01/09/2010.

THE WIRE (BAJO ESCUCHA) – TEMPORADA 4

The Wire
HBO | 2006
Drama, policíaco | 13 cap. de 58 min.
Productores ejecutivos: David Simon, Robert F. Colesberry, Nina Kostroff-Noble, Ed Burns.
Intérpretes: Dominic West, John Doman, Frankie Faison, Aidan Gillen, Robert Wisdom, Deirdre Lovejoy, Wendell Pierce, Lance Reddick, Sonja Sohn, Andre Royo, Seth Gilliam, Domenick Lombardozzi, Clarke Peters, Michael Kenneth Williams, Jim True-Frost, Corey Parker Robinson, Glynn Turman, Chad L. Coleman, J.D. Williams, Jamie Hector, Felicia Pearson, Gbenga Akinnagbe, Jermaine Crawford, Maestro Harrell, Julito McCullum, Tristan Wilds, Reg E. Cathey, Robert F. Chew.
Valoración:

Alerta de spoilers: Presento las tramas y personajes lo justo para poder hablar de los temas y mensajes de la temporada.–

En el cuarto año de The Wire David Simon sigue ampliando las miras y objetivos de su titánico análisis sobre las sociedades del primer mundo, pues como he indicado en artículos previos, a pesar de que retrate un país y ciudad concretos la mayor parte de lo mostrado es extrapolable a muchos otros lugares. Esta vez nos lleva a las entrañas del sistema, a los dos sectores clave en el funcionamiento del modelo social vigente: las escuelas que deben formar a los futuros ciudadanos y los políticos que en teoría trabajan para el pueblo.

Para mostrar los aspectos negativos del sistema escolar Simon elige como es lógico un ejemplo de colegio público de los que están muy afectados por el negocio de la droga y la ineficiencia gubernamental. En este lugar el nuevo grupo de protagonistas, profesores también pero sobre todo alumnos, servirá para reflejar una gran gama de situaciones, inspiradas en hechos reales como siempre, desde las que analizará todas las carencias y fallas de la administración (en todo su rango, desde las escuelas y el ayuntamiento al Estado de Maryland) tanto en la educación como en la lucha contra las drogas, pero sobre todo señala nuestro fracaso como sociedad en general. Los numerosos chavales que ahora comparten protagonismo con los policías y criminales ya conocidos nos enseñarán cada uno un modelo de las vidas de este mundo, pero todos tendrán con un punto en común: un futuro prácticamente negado por un sistema podrido del que es casi imposible salir.

Uno puede decir qué día es por sus caras. El mejor día es el miércoles. Es cuando están más lejos de casa, de lo que esté pasando en las calles. Entonces se ven sonrisas. El lunes hay ira. Los martes, están atrapados entre lunes y miércoles, así que podría ir en cualquier dirección. Los jueves sienten que llega el fin de semana. El viernes de nuevo es malo. -Una profesora.

Duquan (Jermaine Crawford) crece en la pobreza en un país con ayudas sociales escasas e inefectivas, y aunque es inteligente y aplicado, de nada sirve si tienes todas las papeletas de acabar cayendo por las grietas. Randy (Maestro Harrell) parece un buen sobreviviente en un ambiente sin violencia, en especial por su habilidad para los pequeños negocios, pero en esta cultura que exige ser siempre implacable y desalmado muestra sus debilidades: una cobardía aquí, un chivatazo allá, y estarás marcado de por vida. Namond (Julito McCullum) se forma en la droga, pues su padre, Wee-Bey, es de los grandes del negocio, y su madre está acostumbrada a vivir montada en el dólar sin dar un palo al agua, así que con el esposo en la cárcel le exige que continúe su negocio. Pero el chicho es gentil, amigable, y rehúye la violencia. A veces el entorno no consigue doblegar la personalidad, y veremos si es capaz de aprender como se le pide o cae en el intento, porque salir de ese mundo en las condiciones existentes, como digo, es algo en lo que ni pierden el tiempo soñando. Michael (Tristan Wilds) es el más maduro y duro, tanto que llama la atención de los narcos del barrio; pero no quiere seguir un camino de violencia, con lo que se enfrenta a una disyuntiva semejante al anterior, aunque con una perspectiva muy distinta. Por supuesto hay muchos más, porque Simon no escatima a la hora de incluir más de una decena de personajes nuevos, ampliando el nivel de complejidad, profundidad y realismo del relato. El niño que roba coches, el chiquinajo que da miedo, el grupo que va al aula especial de Colvin, los profesores que lidian como pueden con el desastre…

Se podría decir que desde ves el viaje en que están embarcados los chicos se puede intuir bastante bien la ruta que seguirán, pero es evidente que la idea es representar los estereotipos más comunes del panorama, igual que en la primera temporada Stringer, Barksdale y D’Angelo ejemplificaban las distintas formas de entender el negocio del narcotráfico. Y además hablamos de The Wire y David Simon. El dibujo de todos ellos es complejo y profundo, muestra unas figuras tan humanas que parece que estamos viendo un documental en el que han grabado vidas reales. Nunca se ha visto en cine o televisión un reflejo tan verosímil de la juventud y adolescencia… y resulta demoledor, porque estamos ante casos muy tristes. Además hay que destacar el papelón que consiguen todos. Es increíble el trabajo de casting y dirección de actores que han logrado los realizadores, pero sobre todo lo bien que se adaptan los críos a sus papeles a pesar de no tener mucha experiencia: ninguno se queda corto a la hora de ofrecer una interpretación de gran naturalidad y llena de matices.

El tono de gran parte de la temporada es melancólico, más trágico que de costumbre. Nunca la miseria que nos ha ido mostrado Simon llega tan hondo como en esta etapa, porque viendo este ensayo sobre el crecimiento y formación de las personas eres más consciente que nunca de que son eso, personas, de que nadie nace siendo un asesino o un narcotraficante, sino que en su mayor parte es el entorno el que dirige nuestras vidas y pocas veces nuestras decisiones son tomadas en total libertad, conciencia y conocimiento de lo que nos deparará lo elegido. Todos los niños están atados a un negro porvenir por muchos factores: el barrio donde han crecido, la familia (espeluznante la madre de Namond mandándolo a la esquina y la de Michael pidiéndole dinero para drogarse) y sobre todo el sistema, que no es capaz de ofrecerles un camino mejor y termina abandonándolos. Los procedimientos de acogida dan miedo. Todos temen acabar en una residencia social, que es el salto final a la selva: rodeado de cientos de menores desamparados y violentos, casi parece más segura la esquina, donde al menos tienes a tu banda. Los colegios son un desastre terrible, ni tienen dinero ni un modelo eficaz, y el entramado de administración y gobierno es incapaz de dar soluciones. Lo que se hace es parchear, rebajar expectativas, disimular la realidad con diversas técnicas.

-Si les enseñamos a los chicos las preguntas de examen, ¿qué se evalúa con ello?
-Nada. Nos evalúa a nosotros. Si las notas de los exámenes suben, pueden decir que las escuelas están mejorando. Si las notas siguen bajas, no pueden.
-Es manipular las estadísticas.
-¿Cómo dice?
-Convertir los robos en hurtos, hacer desaparecer las violaciones… confunde las estadísticas y los Mayores se vuelven Coroneles. Ya había estado aquí.
-Adondequiera que vayas, allí estás.

-Prez y otra maestra.

-La escuela recibe cierta cantidad de dinero por cada chico que aparece un día en septiembre y un día en octubre.
-¿Un día?
-Después de eso, no pierden el dinero del gobierno, así que terminamos.

-Cutty y el Oficial de novillos.

Con este panorama se encuentra Roland Pryzbylewski, Prez para los amigos y Prezbo para los alumnos, quien después de fracasar como policía se mete a profesor. Parece que los niños se lo van a comer vivo, de lo blando que es. Sorprendentemente consigue cierta conexión tratándolos con cercanía y sinceridad… pero claro, se topa con todas las barreras del sistema y poco puede hacer. En vez de enseñarles cosas con las que puede despertar su interés debe machacarlos con tests repetitivos para falsear las estadísticas. Hay que señalar que el viaje de Prez, así como gran parte de las historias, está directamente inspirado en el segundo guionista de la serie, Ed Burns, pues pasó de agente desencantado a profesor para ver si podía hacer más bien a la sociedad, pero vio que no y terminó escribiendo con David Simon (empezando con el libro The Corner) para denunciar toda esta mierda.

A las escuelas llega también Bunny Colvin, el que se montó el experimento de legalizar las drogas. Se encuentra con un proyecto universitario bien subvencionado que pretende buscar un modelo alternativo para los chicos más problemáticos. Así, Simon tanteará con qué se podría hacer para mejorar las cosas, pero como siempre ofrece una perspectiva diversa y verosímil. Separan a los chavales con más problemas para darles un toque más cercano y personal, para tratar de entenderlos y sacar algo de ellos. Al poco de estar ahí Bunny se da cuenta de lo obvio, y suelta una demoledora frase que define muy bien la situación:

Sabéis que esto, toda la maldita escuela, el modo en que os comportáis, es entrenamiento para la calle. El edificio es el sistema, nosotros somos la policía. Venís aquí todos los días y practicáis escaparos, tratáis de ejecutar distintos tipos de planes. Es práctica para la esquina, ¿no? No hay verdaderos policías. No hay verdadero peligro. Pero todos sacáis algo de esto. -Colvin.

Pero en el otro gran arco argumental de la temporada aparece una gota de esperanza. En el año previo conocimos a los altos mandos policiales y el ayuntamiento. En esta etapa se acercan las elecciones, y el concejal Thomas Carcetti tiene una versión fresca, incorrupta y decidida para la ciudad. Trae muchas promesas, sobre todo para el maltrecho cuerpo de policía… Pero eso si gana las elecciones. El alcalde Royce es un duro rival, tiene a la ciudad bien agarrada con sus largos tentáculos de amiguismo y corrupción. Así, la campaña es larga y jodidamente complicada.

En esta historia conocemos más a fondo cómo funciona la política estadounidense, que a la hora de la verdad es tan corrupta e incompetente como la española, pero también es bastante más democrática que aquí, más centrada en personas concretas que en partidos, y más cercana al pueblo (las presidenciales son un mundo aparte, eso sí). Vecinos, comunidades, religiones, gremios y otros tantos grupos defienden los intereses de sus zonas y miembros, y tanto los cargos electos como los que se presentan tienen que mantener el contacto y las promesas con ellos, escucharlos y ganarse su respeto si quieren que estos apoyen sus nombres para que el ciudadano termine votándolos. En España un concejal y un alcalde puede ser presionado por la asociación de comerciantes local, pero poco más, y desde luego más arriba de la cadena la separación es ya total: aquí un diputado autonómico vive en otro mundo, sin contacto con las bases, sólo se debe a su partido.

No nos olvidamos por supuesto de los dos grupos protagonistas desde el inicio de la serie, los policías y los narcotraficantes. Marlo es quien domina ahora el Oeste, pues de la banda de Barksdale sólo queda Bodie en las calles. Es insaciable e intratable, y a Proposition Joe le cuesta llegar a él para exponerle su idea de la cooperativa, eso de que cada rey de la droga de Baltimore se reúna con los demás para compartir beneficios: la mejor droga, defensa común ante nuevos jugadores, buenos contactos, etc. Chris y Snoop siguen siendo sus fieles perros de presa y dos personajes que a pesar de ser asesinos resultan entrañables. El plan de esconder los cuerpos en casas desocupadas y tapiarlas de nuevo está dando frutos, pero las técnicas policiales son conocidas también en otros ámbitos: ya no usan teléfonos móviles.

Como los cuerpos no aparecen, a pesar de que sin duda se ha ganado su posición por la fuerza, la Unidad de Delitos Mayores anda muy perdida. Lester sigue trabajando incansablemente, pero el grupo está reducido a Sydnor y Kima. Y como siempre, las trabas políticas y las agendas de los altos mandos ponen en peligro al grupo, hasta el punto de desbaratarlo de nuevo. Lester y Kima acaban en homicidios, algo nuevo para ella (creció en narcóticos), con Bunk y otros secundarios que siempre andan por ahí aunque no recuerdes sus nombres (el sargento Jay el más destacable). McNulty está de patrullero y saliendo con Beadie (la agente portuaria de la segunda temporada), y ha aplacado sus demonios internos: la ira por un trabajo difícil y sin resultados reales lo empujaba al alcoholismo. Herc no es capaz de ascender estudiando (el pobre es bastante cortito) y espera que trabajando como chófer en el ayuntamiento lo consiga… pero tendrá tanto golpes de suerte como grandes meteduras de pata. Carver en cambio sigue demostrado ser un buen policía y va escalando la cadena de mando. Y mejor oficial es Cedric Daniels, quien poco a poco va aprendiendo a jugar con la política, y en quien se fija Carcetti para tener a alguien igual de incorrupto entre los altos mandos, porque Burrel y Rawls le lamen los pies al alcalde o guerrean entre ellos. La fiscal Rhonda continúa siendo el contacto con los tribunales, y su futuro también le depara sorpresas.

En la calle tenemos otros pocos muy queridos que terminan de redondear este inconmensurable y fascinante mosaico de tramas y personajes. Omar acaba enfrascado en otro pique personal con el rey de turno, Marlo. El vagabundo Bubbles sobrevive el día a día con sus miserias: la pobreza y la adicción. Toma un joven pupilo bajo su cargo, pero la cosa no termina de ir bien, sobre todo cuando un matón empieza a acosarlos. Y Dennis Wise, alias Cutty, está triunfando con el gimnasio para jóvenes de la calle que se montó, aunque como era de esperar se enfrenta a problemas que traen estos de fuera.

Entre los muchos grandes momentos me resultan especialmente inolvidables los siguientes. La escena inicial del año, con Snoop comprando una pistola de clavos hablando de pegar tiros ante el atónito dependiente. La cena de Colvin con los alumnos del grupo especial, mostrando cómo el entusiasmo choca con las barreras sociales. McNulty haciéndose amigo de Bodie. La cadena de acontecimientos que acaba jodiendo la vida de unos de los niños (el ataque a su casa). Lester deduciendo sobre las casas abandonadas y cerradas. El agujero que se encuentra Carcetti en los presupuestos y que condiciona todas sus promesas. Bubbles tocando fondo. Los destinos de todos los chicos, la mayoría horribles…

El equilibrio de relato es como siempre impecable, pues a pesar de su indescriptible complejidad y profundidad resulta más que entretenido adictivo, te atrapa con todas las historias personales, te conmueve con la certera descripción del mundo. Pero esta vez, como indicaba, el tono es más oscuro que de costumbre, llegando a tener momentos desoladores.

Cuándo cambiará esta mierda -Colvin.

Ver también:
Temporada 3.
Temporada 2.
Temporada 1.
Presentación.

THE WIRE (BAJO ESCUCHA) – TEMPORADA 3

The Wire
HBO | 2004
Drama, policíaco | 12 cap. de 58 min.
Productores ejecutivos: David Simon, Robert F. Colesberry, Nina Kostroff-Noble, Ed Burns.
Intérpretes: Dominic West, John Doman, Idris Elba, Frankie Faison, Aidan Gillen, Robert Wisdom, Wood Harris, Deirdre Lovejoy, Wendell Pierce, Lance Reddick, Sonja Sohn, Andre Royo, Seth Gilliam, Domenick Lombardozzi, Clarke Peters, Michael Kenneth Williams, Jim True-Frost, Corey Parker Robinson, Glynn Turman, J.D. Williams, Chad L. Coleman, Jamie Hector, Felicia Pearson, Gbenga Akinnagbe.
Valoración:

Alerta de spoilers: Describo la historia del año para poder analizar su mensaje y alcance, y cito la trayectoria general de los personajes intentando no caer en cosas reveladoras ni giros importantes.–

Una nueva etapa se está gestando en la ciudad de Baltimore. Vientos de cambio se aproximan para los grupos que nos conciernen, políticos, policías y nacrotraficantes. David Simon utiliza este nuevo curso para exponer otras perspectivas sobre el fracaso legal, social y político de la lucha contra el narcotráfico, destacando el planteamiento de una cuestión no por antigua menos delicada: la legalización de las drogas.

El otro tema central es la cadena de mando. Ya vimos cómo trabajan los detectives y policías a pie de calle, y los altos mandos sólo aparecían para dar órdenes y fastidiar. Ahora conoceremos a fondo la estructura del cuerpo de policía en sus rangos superiores: mayores, capitanes, coroneles, comisarios y finalmente concejales y alcalde. Este alcalde, Royce (Glynn Turman), está hasta el cuello de homicidios, que van camino de batir récords, y mete presión para bajar esa cifra. Se esperan 275 asesinatos para el fin de año en una ciudad de dos millones de habitantes; como indican los personajes, si ese ritmo se diera en New York serían… ¡4.000 homicidios al año! El subcomisario Rawls y comisario Burrell son el nexo de unión del cuerpo de polícía con el ayuntamiento, y quienes se comen el marrón. Pueden rodar sus cabezas si no arreglan una situación que conocen muy bien como imposible de mejorar con el presupuesto y el personal disponibles. Pero aun así presionan con fuerza a los líderes de los distintos distritos de la ciudad, esperando un milagro imposible porque su visión es tan conservadora como la del resto de políticos y de gran parte de la sociedad. Se aferran a lo conocido, luchan con las mismas herramientas de siempre. Si antes nada de eso funcionaba, no lo va a hacer ahora.

Pensé en legalizar las drogas -Bunny Colvin.

Pero una mente inquieta emerge. Alguien asqueado del conservadurismo, la estrechez de miras y las tácticas obsoletas, alguien que no tiene nada que perder (está al borde de la jubilación) y decide experimentar a lo grande. El Mayor Bunny Colvin (Robert Wisdom), de una comisaría del distrito Oeste, decide seleccionar zonas deshabitadas y forzar que todo el tinglado de la droga se concentre ahí, prometiendo a los narcotraficantes más visibles (los que tienen fichados de las esquinas) que sus policías harán la vista gorda al tráfico en esas secciones pero serán implacables fuera de ellas. No será fácil, pero la respuesta no tarda en llegar: los vecinos de las zonas habitadas viven mejor, los crímenes de la lucha por territorio, es decir, la causa principal de los homicidios, descienden en picado. Y los drogadictos y vendedores hacen su agosto. Hamsterdam lo llaman.

Huelga decir que Colvin será visto como una oveja negra, como un lunático, en vez de aprovechar su visión para estudiar una vía que no pocos defienden con argumentos de peso. Sin ir más lejos, incluso otras personas también abiertas a nuevos conceptos sociales (humanistas, colaboradores en organizaciones sociales y religiosos implicados en las miserias el pueblo llano) le recriminan que lo ha hecho a lo bruto, sin pensar en las consecuencias ni explorar opciones adyacentes que podrían mejorar su plan: los niños que ya no son vigilantes y corredores de la droga quedan desamparados, la higiene no se cuida (agua potable, preservativos, agujas limpias), no hay ayuda para drogadictos en un sitio donde se podría llegar con fuerza a muchos de ellos, etc.

Además su acción supone un giro brutal a la ética vigente que chocará con las mentes simples. Sus agentes, encabezados por nuestros conocidos Carver y Herc, son completamente fieles y tienen mucha fe en él, porque resulta ser uno de los pocos superiores que se gana el respeto de sus hombres no siendo un hijo de puta que mira únicamente por sí mismo. Pero la situación atenta contra todo lo que conocen, supera a su escasa educación y su limitada visión del mundo. Es lastimero por ejemplo el momento en que Carver intenta que los jefes de las esquinas aporten dinero para ofrecer alternativas a los niños que se han quedado sin el trabajo que les daban, y Herc le recrimina que eso es comunismo, como si estuviera haciendo algo inadecuado o inadmisible. El capitalismo lava bien lavado los cerebros del populacho.

A más de diez años de esta temporada está pasando algo impensable: algunos estados están experimentando con la legalización total de la marihuana, viendo llegar pronto los esperables beneficios para la salud pública y el aumento de recaudación por impuestos. No puedo considerar a Simon un revolucionario sin parangón porque esto se lleva pidiendo muchos años, incluso en algunos lugares medio se hacía (Países Bajos), pero sí fue enormemente visionario e inteligente al ofrecer un análisis tan concienzudo del asunto. Episodio a episodio va removiendo conciencias sin forzar mensajes o una ideología concreta, solamente mostrando un complejo “y si…” que estudia todas las caras posibles de la situación. Como en toda la serie, la perspectiva es gris y se inclina hacia el fracaso sencillamente porque es un retrato realista de nuestro fracaso como personas y como sociedad, pero deja un gran poso para que pienses por ti mismo qué falla y qué se puede arreglar en el mundo.

El concejal Carcetti es otro con visión de futuro y aspiraciones. No acepta pasar al olvido en un puesto de segunda y sin poder para cambiar las cosas, y más mientras el alcalde se aferra al cargo sin mirar realmente por la ciudad, presionando al cuerpo de policía sin ofrecer alternativas tangibles. Así que empieza a tantear la posibilidad de presentarse a la carrera por la alcaldía. Lo tendrá difícil por ser blanco en una ciudad de mayoría negra, pero también por estar fuera de los círculos de influencia y poder habituales. Tiene que hacerse notar con su carisma nato, y es inteligente de sobras para escuchar consejo, plantearse las cosas paso a paso, buscar alianzas provechosas, esperar el momento oportuno… ¿Tendrá posibilidades ante la hegemonía de Royce? ¿Podrá su buena fe acabar con la infamia de la corrupción? Carcetti se alza desde sus primeras escenas como otro personaje de enorme magnetismo, siendo por lo general uno de los principales favoritos del público (tras McNulty, Omar y Stringer, el trío de oro, seguramente sea el siguiente). La interpretación entusiasta de Aidan Gillen (ahora conocido por su Meñique en Juego de tronos) es crucial, pero aprovecho para decir que como es habitual todos los actores están espléndidos y es difícil destacar a alguno, si se recuerdan unos más que otros es porque su personaje tiene algo que lo hace más apetitoso.

En las calles que conocíamos las cosas también están llegando a un punto de inflexión. Nos encontramos que, con Avon en la cárcel, Stringer ha tomado las riendas y está dirigiendo el mundo de la droga hacia algo nunca visto, una mafia más inclinada hacia la gestión económica que hacia el crimen. Con las torres que dominaban derruidas por un nuevo proyecto de construcción, hay que buscar nuevos territorios, y hay una opción mejor que liarse a tiros: ofrecer un producto de tal calidad que no sea rival para la competencia. Para ello cuenta con Proposition Joe, el proveedor mejor establecido, con quien sienta las bases de una alianza con los líderes de las distintas zonas de la ciudad. Mientras, también maneja otros planes a largo plazo: lavar el dinero de la droga y moverse hacia negocios más legítimos, o al menos mejor vistos, como las inversiones inmobiliarias y los sobornos políticos para ascender en la ciudad. Ahí se enfrentará a capos que juegan de una forma que no conoce, los políticos corruptos. Parece llegar un futuro muy próspero… pero varios jugadores y nuevos factores prometen desestabilizar este sueño…

Marlo (Jamie Hector) es el ambicioso y beligerante líder de una nueva banda con intenciones de hacerse un nombre en la ciudad, pero su estilo es a la antigua usanza, la violencia en la calle, por lo que no le atraen los beneficios de la cooperativa de Stringer. Huelga decir que él y su séquito (Snoop –Felicia Pearson-, Chris –Gbenga Akinnagbe-) forman otro grupo de personajes maravillosos que atrapan desde sus primeras apariciones. El otro problema es que Avon Barksdale sale de la cárcel y mantiene también su mentalidad callejera: como Marlo, su visión del mundo se limita a la pistola y la esquina, su vida es el éxtasis de la guerra, le domina el hambre de poder ganado por la fuerza. Lo que estaba construyendo Stringer choca con el método de Avon, y el liderazgo parece dividirse.

Sin un capo que deje un reguero de muertos, en el destacamento de Cedric no tienen a quien investigar, y matan el tiempo con intentonas infructuosas y acercamientos a otros individuos con perfil medianamente atractivo. Pero la inminente guerra con Marlo empieza a traer víctimas y su suerte podría cambiar… si no fuera porque se enfrentan a nuevos escollos. Los criminales aprenden con cada varapalo que les trae la policía. Las cabinas telefónicas y los buscas ya están obsoletos, son objetivos fáciles de las escuchas policiales. Ahora utilizan móviles prepago, y cómo no, manteniendo una cadena de mando muy estricta donde no se sueltan nombres. La tecnología del departamento y la ley en general van lentos adaptándose a estos cambios, y la habilidad de Stringer para no ensuciarse las manos es notable, poniendo ante los agentes retos muy complicados.

En esta situación McNulty se desespera, pues Stringer es su objetivo y su obsesión, no desea otra cosa que atraparlo. Tenemos una escena fantástica cuando Lester se harta y le echa en cara que su vida se limita a perseguir a Stringer y que quedará vacía cuando acabe la misión. ¿Conseguirá madurar? Mientras, Kima está convirtiéndose en McNulty: deja de lado la familia, miente, se emborracha más de la cuenta, trabaja para huir de la vida… El resto de personajes están en terreno conocido, pero también tienen mucho que decir. Lester y Prez hacen un fantástico trabajo de oficina, pero en cuanto este último pisa la calle mete la pata a lo grande. Cedric sigue lidiando con los superiores y Rhonda con la ley y los jueces, donde encuentran nuevos problemas (el lío de los prepago) pero también nuevas cosas buenas (su relación amorosa).

Como siempre, tenemos otras historias secundarias tan interesantes y hábilmente relacionadas con el resto que resultan deliciosas aunque de primeras no se sepa muy bien hacia dónde van. Por ejemplo el viaje de Cutty es una presentación muy larga de algo que se desarrollará en la cuarta temporada: el acercamiento a los jóvenes y niños. Este es un antiguo y famoso soldado que tras cumplir una larga condena sale para enfrentarse a un mundo que ha seguido adelante sin él. Los trabajos precarios lo llevan de nuevo a lo que conoce, el crimen, pero ahí se da cuenta de que matar ya no es lo suyo, y comienza un proyecto para devolver algo a la sociedad. Esta sección está bastante apartada del resto, por no decir que lo está por completo, pero Simon es un maldito genio y ni una de sus apariciones ralentiza el ritmo o baja el interés: la construcción del personaje es como siempre excelente, el actor Chad L. Coleman lo hace suyo inmediatamente, la historia interesa y enseña mucho sobre la vida. Tampoco olvidamos a otros viejos conocidos. Omar sigue su cruzada de asaltos varios mientras espera una oportunidad para vengarse de Avon y Stringer; su encuentro con Bunk o el choque con el asesino de la pajarita son muy emocionantes. Bubbles continúa su odisea del drogata, es decir, conseguir dinero para la dosis del día y sobrevivir un día más; y sus colaboraciones con McNulty y Kima son tan encantadoras como siempre.

En cuanto a los mejores instantes de la temporada, aparte de alguno que he ido citando, como también es habitual tenemos unos cuantos por capítulo. Qué menos se puede esperar de una genialidad de tal calibre. Menciono los que más recuerdo, pero se podrían poner muchos más. Avon cruzando el patio de la cárcel mientras los demás reclusos dejan de hacer deporte y esperan a que pase; el juego de las corbatas cortadas que se traen los detectives en una comisaría y el de las latas lanzadas al tejado en otra, que tardarás en ver explicado; la historia que cuenta Bunny sobre la bolsa de papel para esconder la bebida; las tensas reuniones del alto mando sobre cómo va el crimen en la ciudad; Cutty dejando la banda, y en otro momento pidiendo dinero a Avon; la fugaz visita de McNulty a Beadie; la tensión entre Avon y Stringer mostrada en varias escenas magistrales (la del piso es memorable); Stringer conociendo de primera mano la corrupción política y flipando en colores; cuando un esquinero novato intenta vender sin darse cuenta de que es el coche de un policía de alto rango (la radio encendida, el traje puesto); Cheese detenido y cantando por un asesinato que resulta ser su perro de peleas…

Esta temporada es tan colosal que el adjetivo de obra maestra se queda corto, es complicado describir tanta magnificencia con palabras. Su valiente análisis social, complejo y conmovedor hasta el punto de que parece que estás viendo la realidad misma. El grandioso mosaico de personajes, todos tan humanos y cautivadores que te interesas hasta por los más secundarios, pero los más queridos se hacen un hueco en tu corazón para siempre. La densa pero fascinante trama policíaca y criminal, con infinidad de historias, giros y detalles nunca vistos y sin perder nunca ese gran nivel de veracidad. El amplísimo reparto de actores enormes que se adaptan férreamente a sus roles, y a los que te enganchas tanto que eres capaz de ver otras series sólo porque salen ellos. Y finalmente la en apariencia sencilla puesta en escena, que hace gala de un tempo narrativo envidioso y desgrana la historia con gran fluidez. No hay serie más difícil y a la vez mejor ejecutada que The Wire, y las temporadas tres y cuatro suponen una cima creativa que parece inalcanzable.

PD: Robert F. Colesberry, aparte de interpretar al detective Ray Cole (uno de esos secundarios que pululan por la comisaría), era uno de los principales productores ejecutivos. Falleció por problemas de corazón y en la serie no se olvidan de matar al personaje, aunque fuera de escena. Su nombre se mantiene en los créditos toda la temporada.

Ver también:
Temporada 2.
Temporada 1.
Presentación.

THE WIRE (BAJO ESCUCHA) – TEMPORADA 2

The Wire
HBO | 2003
Drama, policíaco | 12 cap. de 58 min.
Productores ejecutivos: David Simon, Robert F. Colesberry, Nina Kostroff-Noble, Ed Burns.
Intérpretes: Dominic West, Chris Bauer, John Doman, Paul Ben-Victor, Idris Elba, Frankie Faison, Lawrence Gilliard Jr., Wood Harris, Deirdre Lovejoy, Wendell Pierce, Lance Reddick, Sonja Sohn, Andre Royo, Seth Gilliam, Domenick Lombardozzi, Clarke Peters, Michael Kenneth Williams, Jim True-Frost, James Ransone, Pablo Schreiber, Al Brown, Delaney Williams, J.D. Williams, Tray Chaney, Bill Raymond.
Valoración:

Alerta de spoilers: Defino el argumento y posición inicial de los personajes por encima, sin contar cosas reveladoras ni giros importantes (salvo algunos detalles en el párrafo de mejores escenas).–

Si entrar en la dinámica de la primera temporada podía costar un poco por su densidad, enfrentarse a la segunda puede suponer un choque e incluso una ligera decepción, porque cambia tan de golpe el paisaje que cuesta varios episodios hacerse a la idea. Aunque vayas sabiendo que habrá un nuevo escenario no estamos acostumbrados a que una serie pegue un salto tan grande. De la comisaría y “El foso” pasamos a los trabajadores del puerto, se introduce de golpe un grupo amplio de nuevos personajes sin relación directa, en principio, con los que conocemos, y el caso policial tarda mucho en tomar forma y pasar al primer plano.

Como decía en la introducción a la serie, cada año se centra en un aspecto concreto de la lucha contra las drogas. Esta vez, a través del puerto de Baltimore, vemos cómo un grupo de ciudadanos corrientes, debido a las malas condiciones de la vida, puede acabar introduciéndose en el mundo del crimen para poder subsistir. Como es esperable estamos ante un cuadro completo de la situación: desde el currito desesperado al líder del sindicato, desde las mafias que introducen contrabando al destino final en las calles; y mientras, la policía hace lo que puede con todas las limitaciones ya mostradas en la primera temporada.

En el puerto, el trabajo alrededor del movimiento de mercancías está en uno de los momentos más difíciles de su ya de por sí complicada existencia. La economía no anda bien, y cada vez hay menos barcos. Frank Sobotka (Chris Bauer) es el líder del sindicato de estibadores, y lucha a todas horas para tratar de mejorar las condiciones del lugar, pero también para evitar que ante tal panorama sus amigos, trabajadores y también familia acaben tirando la toalla y opten por dedicarse al contrabando de drogas a tiempo completo (porque los trapicheos con electrodomésticos y otros bienes son conocidos y tolerados por todos). Sus hijos Ziggy (James Ransone) y Nick (Pablo Schreiber) son su principal preocupación. Ambos andan metidos en esos chanchullos negociando directamente con quien controla la mafia local: el griego Spiros Vondas (Paul Ben-Victor). Toda la situación explota cuando en un contenedor de carga aparecen numerosas prostitutas ilegales muertas, lo que atraerá demasiado la atención de la ley.

Como en la primera etapa, el caso no se inicia porque se haga un esfuerzo real en perseguir el crimen, sino porque los altos mandos usan sus influencias a su antojo. Es demencial cómo uno de estos jefes (el Mayor Valchek –Al Brown-, visto poco en el año anterior pero difícilmente olvidable: es uno de esos superiores despreciables) se cabrea con Sobotka por una rivalidad personal absurda y usa su poder para montar un destacamento que lo investigue para acabar con él. Así pues, con el prestigio adquirido con el caso Barksdale, Cedric tiene otra oportunidad de ir tras la droga en uno de sus puntos clave: su entrada en la ciudad y por extensión el país. El equipo que forma es el mismo: Lester, Kima, Carver, Herc, Prez… y más tarde se unirá la oficial lugareña Beadie (Amy Ryan). Mientras, McNulty está en la guardia costera, debido a todo lo que le tocó las pelotas a los jefes el año pasado (a Rawls principalmente). El destino es un chiste genial, porque ya en el primer capítulo de la serie los personajes bromeaban con que acabaría ahí. Se verá incluido en el meollo porque encuentra un cuerpo que podría estar relacionado con las otras prostitutas, y el tío, en plan venganza, en una sus míticas ocurrencias, calcula milimétricamente las fronteras juridiscionales y consigue encasquetárselo a Rawls.

Aunque muy lentamente y tras dar muchos palos de ciego, el caso toma rumbo, porque la droga apunta de nuevo al entramado de Barksdale, ahora liderado por Stringer Bell, y empiezan a acercarse también a un narcotraficante del lado Este de la ciudad, Proposition Joe (Robert F. Chew), o Joe Proposiciones. El proceso se narra de nuevo con gran realismo y exponiendo cada paso con detalle: las horas muertas mirando el programa de ordenador con el que controlan los contenedores desviados, las vigilancias constantes de esquinas y locales, las limitaciones técnicas y personales, las figuras misteriosas que no son capaces de alcanzar (los fantasmagóricos superiores de Spiros)…

Avon Barksdale sobrevive sin problemas en la cárcel, porque por su poder es intocable, y como no conoce otra forma de vida que el crimen no flaquea. Pero el joven “D” siempre ha tenido dudas, y le cuesta más mantenerse cuerdo. En la calle, el negocio peligra por la mala calidad de la droga, y Stringer plantea realizar un gran pacto con Joe Proposiciones, a lo que Avon, hombre de acción y mano dura, se opone: eso sería demostrar debilidad y ceder mucho. La tensión y diferencias entre ambos crecen cada vez más, y Stringer empieza a actuar a sus espaldas tomando algunas decisiones difíciles y peligrosas.

En un lugar más secundario siguen apareciendo Omar y su banda de asaltantes. Es una espina para Stringer, porque aparte de los robos sabe que se la tiene jurada por el asesinato de su novio. Conocemos también a un asesino a sueldo muy peligroso e intrigante: el extraño hermano Mouzone. El choque con Omar promete ser espectacular. Igualmente, aunque pasamos mucho tiempo fuera de la comisaría seguimos teniendo a Bunk y demás fauna. Y Bubbles aparece menos pero sigue siendo adorable.

Entre las numerosas grandes escenas del año cabe citar las siguientes: McNulty viendo que puede joder la vida Beadie a pesar de que le atrae; Prez siendo apaleado verbalmente por su tío y superior; McNulty incapaz de frenar a la prostituta cuando entra de incógnico en el burdel, y termina follándosela mientras lleva la escucha; Omar en el juzgado dejando en evidencia a los abogados; el destino del superior de Spiros, conocido como El Griego, así como sus conexión con altos mandos del país; aquella escena que enlaza la reacción de las parejas de varios agentes ante su elección de dedicarse al caso; el vendedor de droga blanco que viste y habla como un negro; Ziggy perdiendo la cabeza y liándose a tiros; de nuevo, cualquier conversación de Herc y Carver cogida al azar…

La temporada es de nuevo magnífica, densa, realista y dura pero a la vez muy entretenida y emocionante. Sin embargo también hay que decir lo evidente: no alcanza las cotas extraordinarias de las tres grandes temporadas, la primera, tercera y cuarta. Aun siendo soberbia, con los momentos gloriosos habituales de la serie y con sus personajes exquisitos, le pasa como a la quinta: le falta una pizca tanto de perfección como de genialidad que me permita considerarla una obra maestra. Se ve una ligera improvisación en la historia, una falta de definición que se traduce en un ritmo mejorable en su tramo inicial. O dicho de otra forma, le cuesta entrar en materia, tanto en los personajes del puerto, donde da varios rodeos hasta centrarse (vemos varias escenas en el bar que no aportan realmente mucho), como en el caso, que empieza con poca garra y algo disperso, como si David Simon no tuviera claro su desarrollo, como si pensara que no daba para la temporada entera y se viera obligado a postponerlo más de la cuenta. Tampoco ayuda que las historias estén bastante separadas: del puerto a la gente de Stringer hay un gran salto. En la tercera temporada vuelve a juntarse todo, y el relato vuelve a ser más compacto e impactante. Eso sí, huelga decir que el año es sobresaliente, que es mucho más que una obra policíaca y no hay ni una serie que se le parezca en ningún sentido: estilo, visión, acabado, alcance…

Ver también:
Temporada 1.
Presentación.