Archivo de la etiqueta: David Simon

LA CONJURA CONTRA AMÉRICA – MINISERIE


The Plot Against America
HBO | 2020
Drama | 6 ep. de 58-70 min.
Productores ejecutivos: David Simon, Ed Burns.
Intérpretes: Morgan Spector, Zoe Kazan, Winona Ryder, Anthony Boyle, Azhy Robertson, Caleb Malis, John Turturro, Michael Krostoff, David Krumholtz, Ben Cole, Jacob Laval, Steven Maier, Caroline Kaplan.
Valoración:

El escritor David Simon (en la siguiente foto) y su colaborador puntual Ed Burns no deberían necesitar una presentación a estas alturas, pero por si acaso, os remito a la que les hice al hablar de The Wire (Bajo escucha, 2002). Esa serie, considerada por cualquier seriéfilo como una de las mejores de la historia, si no la mejor, muestra muy bien el talento y el talante de ambos, su gran habilidad para volcar experiencias propias en vívidos retratos de épocas y sociedades concretas y hacer que emerja de ellos una crítica muy inteligente de los problemas que las han asolado. Simon siguió por el mismo camino en otra obra monumental, Treme (2010), centrada en New Orleans tras el huracán Katrina y en cómo en vez de levantar la ciudad aprendiendo de los fallos todo siguió igual, y otra con un potencial algo desaprovechado, Show Me a Hero (2015) y su ensayo sobre las revueltas sociales de Yonkers.

El novelista Philip Roth, comprometido también con la idea de mostrar los males de Estados Unidos por si llega a servir de algo, tiene algunos libros bastante conocidos, como Pastoral americana (1997), que le valió un premio Pulitzer. En 2004, viendo la deriva del país y del mundo tras los atentados del 11 de septiembre, publicó La conjura contra América, una distopía a modo de historia paralela donde ante la llegada de la Segunda Guerra Mundial EE.UU. se vuelca hacia la ola de fascismo generada por Hitler.

Volviendo al mundo real, las crisis económicas y sociales que nos han azotado en este milenio, en vez de hacernos aprender han azuzado de nuevo el fantasma del fascismo de forma inquietante. Estados Unidos, otrora adalid de las libertades, ha caído de lleno en las primeras fases de su implantación con la llegada de presidente Donal Trump, de quien nos reíamos en la campaña electoral por su estilo estrafalario y sus paridas y ahora nos tiene acojonados.

Que Simon y Burns abordaran la adaptación de esta novela justo en estos momentos no parece una coincidencia. Todo parecía apuntar a que dos autores otrora elegantes y comedidos en el aspecto crítico iban a ir a por todas a la hora de señalar desde la ficción los problemas actuales. Pero el estreno de la miniserie ha dejado muy frío a todo el mundo. A sus seguidores, acosumbrados a un nivel de excelencia al alcance de muy pocos, a los medios e intelectuales, que podrían haberla aprovechado para avivar sus críticas, e incluso a grupos políticos de tendencias oscuras: me sorprende que no agitara el avispero de fanáticos políticos y conspiranoicos, pues tenían a tiro decir que es una producción de propaganda sionista o una campaña de difamación contra Trump. Que no alterara a colectivos tan irascibles muestra muy bien el poco calado y capacidad de provocar que han logrado.

Da la impresión de que han ido con prisas para llegar a tiempo en plena ola Trump, que no han meditado sobre el proyecto y trabajado en su desarrollo como es debido. Es la obra de Simon más aburrida desde el coñazo que resultó Generation Kill (en la que participó Burns también), apenas queda un poco por encima en interés por temática y personajes. Hasta Show Me a Hero, que no emocionaba mucho como serie dramática, tenía al menos algo que le permitió dejar una tenue huella, un retrato social y una visión crítica bastante efectivos. Incluso su obra más reciente, The Deuce, Las crónicas de Time Square (2017), donde no pretendía un análisis exhaustivo de los condicionantes políticos que mueven los tiempos mostrados, ha acabado teniendo una perspectiva mucho más compleja. La conjura contra América es muy parca en contenido y sentimientos tanto en la odisea de sus personajes, como en el drama social, como sobre todo en la visión política tan prometedora en principio.

El drama familiar es lo que mejor parado sale, pero no como para enganchar con fuerza y hacer olvidar las carencias generales. Los Levin son unos judíos que viven felices en su barrio de Newark (New Jersey), lleno de compatriotas, sobre todo porque la situación económica va mejorando tras el crack del 29 en EE.UU. y los coletazos de la Gran Guerra en Europa, de forma que aspiran a mejores trabajos, empiezan a buscar una casa más grande… Pero la nueva situación los zarandea, los pone en el foco de la tormenta, hace mella en las relaciones personales, deja su futuro en vilo. Sin embargo, a pesar de narrar eventos tan jugosos, a la hora de la verdad no llegamos a encontrar un gran drama. Tenemos las vivencias justas para interesarnos por su día a día y esperar qué les deparará el futuro, pero nunca llega a alcanzar un buen nivel de incertidumbre y desasosiego, ni en los momentos más graves se sufre con ellos.

Herman, el cabeza de familia, está todo el día cabreado, pero poco hace; al acercarse el desenlace por fin se implica algo más… pero no camina en ninguna dirección llamativa ni llega a un final recordable. Eso sí, Phil Spector está estupendo y levanta mucho el interés. Parece que Simon quería a Oscar Isaac, protagonista de Show Me a Hero; o eso deduzco de esta entrevista, undécima pregunta, donde habla de dinero y actores. Pero con el caché de cine que tiene se salía de presupuesto y optaron por un rostro menos conocido. Yo me alegro, así se dan oportunidades a actores desaprovechados. La esposa, Elizabeth, representa a la ama de casa que empieza pareciendo poca cosa y va endureciéndose, pero también es un arco facilón y previsible. Zoe Kazan ha mostrado en La balada de Buster Scruggs (2018) y The Deuce ser un valor seguro, y también ensalza bastante un personaje que no termina de deslumbrar.

Alvin, el hermano acoplado, viene a representar el tipo que parecía perdido y sin futuro pero encuentra nueva determinación en tiempos duros. Sin embargo, acaba resultando un comodín para mostrar otros aspectos de aquellos tiempos (los problemas laborales, la breve parte bélica) sin terminar de encajar en nada; la escueta aventura bélica parece incluso un engaño, no vemos nada útil y llamativo después de anunciar tanto. Anthony Boyle apenas está empezando su carrera y tiene bastante potencial. Evelyn (Winona Ryder) es la hermana de la esposa, quien ve que pasa el tiempo y no encuentra marido. Se acaba enamorando del rabino Lionel Bengelsdorf (John Turturro)… y de su mundo deslumbrante lleno de poder y fiestas. Estos representan al típico sector que se alía con sus opresores, obsesionados por mantener su posición aun a costa de negar la realidad. Pero si esperabas que su historia terminara de apuntalar las tragedias latentes, tampoco da mucho de sí, un par de peleas con la familia y la consabida lección que les estalla en la cara al final.

Los Levin tienen dos hijos. El joven Philip (Azhy Robertson) absorbe todo el estrés sin que los adultos lo noten, y parece que podría acabar mal parado… pero los guionistas se empeñan en resaltar demasiado su drama (cuántas miradas de sufrimiento forzado) para en conjunto tampoco llegar a conformar una evolución emotiva y recordable. El adolescente Sandy (Caleb Malis) sale mejor parado, aunque tampoco sorprenda. Su incipiente rebeldía choca con el proteccionismo de sus padres, lo cual es la historia de siempre, pero tiene naturalidad suficiente para funcionar bien, y aquí logran lo contrario que con el otro, ser más sutiles: la mirada de entendimiento cuando padre e hijo se perdonan y aceptan por fin es el desenlace más concreto y efectivo.

A través de ellos los autores pretenden mostrar cambios sociales muy complejos, y no llegan. Para empezar, salta a la vista que falta una representación más amplia de ciudadanos y políticos. Del gobierno sólo tenemos un par de aportaciones de la primera dama, porque el presidente sólo aparece brevemente en los noticieros, y la vida a pie de calle se limita a la experiencia de la familia y a unos pocos secundarios poco trascendentales (un par de amigos de Herman y Alvin). Apenas salimos de limitada burbuja familiar, donde además mucha información es adquirida a través de la radio, lo que será realista, pero contraproducente a la hora de dar emoción y ritmo. Las manifestaciones de problemas sociales (los mítines saboteados, el viaje a tierras sureñas dominadas por el Ku Klux Klan) llegan tarde y no impresionan mucho.

La visión política es desde luego valiente, una temática que pocos se atreverían a abordar, pero ni esta es tan provocadora como se esperaba ni la combinación con el drama social ofrece una perspectiva realista y crítica compleja y con calado.

El aviador Charles Lindberg se considera, ya desde cuando vivía, un héroe nacional a pesar de sus declaraciones con un escalofriante tono fascista. El tomar una figura tan endiosada y convertirla en el villano de la función no resulta muy adecuado ni respetuoso. ¿Por qué coger una persona real, y más una tan reciente, y jugar con su vida como te da la gana, en vez de partir de un personaje inventado? Pero esto no parece haber generado polémica, de lo desapercibido que ha pasado la serie.

La evidente comparación de la trama con la deriva política de Trump tampoco ha generado muchas conversaciones y controversias. El fascismo, la xenofobia, los desmanes de los poderosos amparados por el control de los medios, el daño social, sobre todo en las minorías… El material es potente, pero la narración sigue un camino demasiado sencillo y predecible que no permite generar una historia sobrecogedora y que empuje a la reflexión. Da la sensación de que lo mismo nos los han contado muchas veces (en V, los visitantesKenneth Johnson, 1983-, ya lo hicieron mucho mejor) y no te lleva a pensar y comparar con sucesos de actualidad. Además, sabiendo que Simon y la HBO apuntan a un público más culto e implicado, el que se pusieran el listón tan bajo sorprende y decepciona.

Por el lado contrario, en acabado visual tenemos una obra algo más ambiciosa que de costumbre en Simon, quien siempre ha preferido una profesionalidad disimulada en vez de una ostentación descarada. La dirección de los seis episodios se la reparten uno de los grandes de la televisión, Thomas Schlamme (artífice del aspecto visual revolucionario de El Ala Oeste -1999-) y una de las mejores directoras emergentes, Minkie Spiro. Estos buscan una puesta en escena más elaborada, con una fotografía e iluminación versátil que saca buen partido de la notable recreación de la época. Y esta ambientación tiende a ser incluso a veces más lujosa de lo que el sencillo relato requería: hay exteriores espectaculares, con calles atestadas de coches y gente, que a la hora de la verdad no parecen necesarios. Quizá la HBO tenía más confianza en un posible éxito y soltó más dinero, pero está claro que la miniserie no ha funcionado para nadie como se esperaba.

Es inevitable comparar con otra distopía reciente que sí ha resultado tan inquietante como el género permite. El cuento de la criada (Bruce Miller, 2017) destaca en todo en lo que La conjura contra América se queda corta: es espeluznante en la visión política y social, muy sensible en el drama, e hipnótica en el acabado visual.

THE DEUCE (LAS CRÓNICAS DE TIMES SQUARE) – TEMPORADA 3 Y FINAL

The Deuce
HBO | 2019
Drama | 8 ep. de 58-75 min.
Productores ejecutivos: David Simon, George Pelecanos, James Franco, Nina Kostroff-Noble.
Intérpretes: James Franco, Maggie Gyllenhaal, Margarita Levieva, Emily Meade, Chris Bauer, Criss Coy, Lawrence Gilliard, David Krumholtz, Kim Director, Daniel Sauli, Michael Rispoli, Olivia Luccardi, Sepideh Moafi, Luke Kirby, Zoe Kazan, Aaron Dean Eisenberg, Mustafa Shakir, Corey Stoll.
Valoración:

Alerta de spoilers: Describo bastante a fondo las historias principales. —

Empezamos la serie en 1971, con el nacimiento de la industria del porno, donde el barrio The Deuce de New York, en los bajos fondos de Time Square, tuvo bastante relevancia. Esta etapa dio un vuelco al mundo de la prostitución y a la forma de ganar dinero con el sexo, y para finales de la década (en la segunda temporada) los negocios relacionados estaban en su mejor época. Eso sí, el glamour del cine no tardó en llevárselo Los Ángeles, y New York se quedó con las migajas de este y con los aspectos más truculentos o incluso fuera de la ley.

En la tercera temporada saltamos a 1985. La industria ha exprimido el modelo del cine profesional, con estrellas y estrenos en salas, pero llega un punto de inflexión que cambia todo: la aparición del vhs y las cámaras de video ponen el porno y su creación al alcance de cualquiera, dando paso a las publicaciones en videoclubs al por mayor y a producciones hechas por aficionados.

Pero otros negocios aledaños también sufren reveses con los cambios políticos y sociales. Las cabinas de mirar y los clubes de prostitución se ven afectados por las campañas de limpieza de la zona propuestas por políticos (y eso que el ayuntamiento a duras penas consigue promover la llegada de inversionistas y negocios mejor vistos) y asociaciones civiles. Se llevan otro gran varapalo cuando las prostitutas descubren que pueden ir a domicilio (sobre todo a hoteles) sin necesidad de chulos. Y el SIDA llega para dar una última estocada, sobre todo a los sectores homosexuales. Las exitosas saunas gays se vacían de un año para otro porque la ciudad está sumida en el terror, pues cualquier puede coger “el bicho”. En un epílogo en situado en 2019 se señalan los últimos cambios drásticos en el mundo del sexo: la llegada de internet.

La visión de David Simon y su colaborador David Pelecanos muestra con una naturalidad asombrosa una época, un lugar y sus gentes, logrando una inmersión total del espectador. Las calles de The Deuce, los trabajos, las formas de vivir y sobrevivir en tiempos difíciles cobran vida ante nuestros ojos. Pero resulta una obra algo menos compleja y detallada que Treme (2010) y sobre todo The Wire (2002), con historias más previsibles de la cuenta, un repertorio de personajes que queda bastante lejos de aquellas, aunque unos pocos son deliciosos, y arrastra algunas carencias dignas de mención, sobre todo en esta temporada final, que está un poco por debajo de las anteriores.

Candy y Vincent han sido desde el principio los personajes principales, pero Lori Madison ha crecido mucho y en esta etapa comparte protagonismo. Da la sensación de que los autores vieron el gran talento latente en la actriz Emily Meade y lo han querido explotar (Simon afirma que es de los mejores intérpetes con los que ha trabajado), y ella ha cumplido a lo grande, dando el mejor papel de la serie y uno de los mejores del año televisivo.

Lori pasó de prostituta con un halo especial, tanto por belleza como por carisma, a actriz porno que enamoró al gremio y a los espectadores de medio mundo, convirtiéndose en una gran estrella. En este año abordan otra etapa habitual de este tipo de vidas: la caída en desgracia. El exceso de éxito se acompaña de sensación de soledad y de no controlar su vida, y acaba pasándose con las drogas. Si situación empeora cuando empieza a perder tirón y tiene que lidiar con trabajos por debajo del respeto y la libertad de los que había estado gozando. Cierto es que una vez se entiende que van a abordar esta historia se pueden intuir algunos aspectos, pero la descripción que hacen los guionistas de la depresión es muy buena, su trayectoria tiene aventuras de todo tipo muy bien hiladas, y Meade exprime al personaje con una interpretación colosal, llena de altibajos emocionales, giros sutiles y un tramo final demoledor. Atención a la escena en que cree estar siendo acosada por un tipo que aporrea la puerta del hotel pero todo está en su cabeza, en un torrente descontrolado de recuerdos de un padre abusón: pone los pelos de punta.

La sección de Candy ha sido la más predecible de toda la serie. En cuanto se presentaba su nuevo arco quedaba claro qué iban a contar, y siempre ha dado la sensación de que nunca enfrenta problemas muy serios, que todo le va saliendo bien. Sin llegar a sorprender, este año las cosas se le tuercen un poco más y tiene un final agridulce, y además mantiene lo que mejor funcionaba, las buenas lecturas sobre el ser humano (destacando la relación con gente de fuera del porno) y el mensaje feminista. En esto último cabe destacar algo sorprendente en estos tiempos, aunque no tanto viniendo de David Simon, que siempre ha tenido la cabeza muy bien puesta: vemos un ensayo sobre feminismo serio y con distintos frentes que no da nada mascadito ni tira por lo fácil y la corrección política. Cada personaje tiene su punto de vista según sus vivencias, algunos cambian con los tiempos, y en la lucha de la mujer por salir de la sombra del hombre y de la explotación, el mundo de la prostitución y el porno tiene más historias sórdidas y trágicas que luminosas. Maggie Gyllenhaal ha estado estupenda en toda la serie, y sus discusiones con Harvey Wasserman han sido siempre divertidísimas.

Vincent es el nexo que une a todos los personajes, pues muchos están muy separados. Aunque al lado de otras historias parezca que sus anécdotas como camarero y su romance tumultuoso con Abby no puedan aportar demasiado, ha mantenido su carisma y ha ganado en humanidad con los problemas de su hermano gemelo, Frankie. Y todo ello a pesar de que James Franco es un actor muy limitado que queda muy por debajo del resto.

Abby representaba a la mujer culta e idealista que lucha por un mundo mejor. En esta etapa se encuentra con que el mundo resulta demasiado complejo incluso para ella, y no termina de encontrar su lugar. El punto de inflexión en que se da cuenta de que lleva años estancada y tirando su vida es sutil y brillante: cuando está defendiendo a la ex-puta que quiere ser enfermera, los del jurado de recursos humanos del hospital le preguntan a qué se dedica ella, y después de haber sermoneado con todo el proceso de superación de su amiga se da cuenta de que ella en cambio no está haciendo nada con su vida. Es un suspiro breve antes de decir “llevo un bar”, pero condiciona todo lo que hace después. La actriz de origen ruso Margarita Levieva, que por cierto tiene cuarenta años aunque aparente menos de treinta, es otro gran descubrimiento y tiene un gran futuro.

Pero fuera de estos, los secundarios apenas se sostienen por su simpatía. Algunos que aportaban detalle y globalidad a a este microuniverso en las primeras temporadas parece que ahora sobran, y a la vez se nota que les han faltado otros personajes para cumplir el rango de grupos sociales abarcados, porque los que fueron terminando sus historias no han sido sustituidos por otros que cobren el mismo protagonismo e interés.

Paul está descolgadísimo del resto, se mantiene por el cupo gay y el SIDA, pero su historia personal y laboral llegó a su tope y los autores no son capaces de aportar nada llamativo, así que sólo queda un cascarón melodramático que aburre por momentos. El intento de pasar a primer plano a Big Mike no funciona, y su destino no interesa, también obedece al intento de reforzar del drama del SIDA, pero el giro está metido con calzador e intenta descaradamente ser emotivo. Las tres putas que quedan, aparte de haberlas cogido de extras de las que ni te acuerdas de un año para otro, son intrascendentes, puro relleno, no se cuenta nada útil con ellas. La chica joven huidiza con un padre que maltratador ya está representada por Lori y Candy, la parte de Melissa y la aparición de su padre, por mucho que esté en manos del gran David Morse, no aporta nada. La que trabaja de camarera con Abby no sé de dónde salió, sería tan insignificante que ni me fijé en ella, y su ligue con un tipo no entiendo qué pretende aportar. La yonki, Shay, es la única que tenía más presencia antes y cuya parte atrae más.

Bobby y Frankie El Negro quedan relegados a secundarios cómicos, sólo se mueven un poco cuando las putas empiezan a independizarse; el hijo del primero (interpretado por el hijo de James Gandolfini, Michael) no sé muy bien tampoco qué sentido tiene. Y seguimos con un problema importante: aunque ha mejorado la sección de los italianos, su poder sigue sin resultar del todo verosímil, son dos tipos que se supone que causan pavor a todos los demás personajes pero no se sabe por qué, porque no se muestra en ningún momento la fuerza y las ramificaciones de la mafia.

Un poco en tierra de nadie queda la parte política. Aporta algo esencial a la hora de conseguir la perspectiva tan amplia que siempre persigue Simon, pues sin mostrar la especulación inmobiliaria y los intentos del ayuntamiento por acabar con ella y limpiar los barrios céntricos no se pueden entender los cambios. Pero es otra sección demasiado separada del resto, y aunque amena y con personajes simpáticos, no veo que termine de conectar del todo, de influir realmente en la vida de los demás, quedando un poco como unos apuntes anecdóticos de la época. Eso sí, esta sección deja una de esas épicas frases marca Simon que definen media serie:

Nunca arreglamos a nadie. Nunca salvamos a nadie. Solo empujamos la mierda a otra esquina de la habitación.

Aparte, he echado mucho de menos a Gbenga Akinnagbe, el chulo Larry Brown que empezó a tantear ser actor porno. No he encontrado declaraciones o pistas de que el actor se fuera por voluntad propia o por problemas de algún tipo, simplemente ha desaparecido sin más. Quizá más adelante algún implicado suelte algo de información.

Añadiendo otros pequeños lastres, la narrativa no es todo lo fluida que debiera. Simon y Pelecanos, seguramente a sabiendas de que apuntaban otra vez a un público minoritario y podrían ser cancelados en cualquier momento dejando el relato a medias, optaron desde el principio por un estilo de miniserie, o sea, pocos capítulos y saltos temporales. Pero esto supone retos que a veces no sortean del todo.

En las dos primeras temporadas iba más suave la cosa, pero aquí hay demasiados saltos temporales que aceleran hechos más de la cuenta, requiriendo mucho esfuerzo por tu parte para enlazar cosas y aceptar cambios drásticos. A veces da la sensación de que se quedan sin recursos para dar forma a algunas elipsis (dos veces recurren al plano de una cama vacía para señalar un fallecimiento), y hay momentos que confunden al espectador (de repente aparecen en un entierro, y tienes que hacer malabares para saber de quién es). En la falta de soluciones más ingeniosas pesa mucho el epílogo, un giro demasiado sensacionalista y manipulador que desentona demasiado en esta serie y estos autores.

En la puesta en escena no tengo quejas. Como siempre, Simon opta por un estilo sobrio, que no sobresalga por buscar un virtuosismo deslumbrante, sino que deje hablar a los personajes y navegar a la historia. Y la ambientación de la época es estupenda, sobre todo en esta temporada, donde he notado más ambición en los exteriores, con más escenarios repletos de coches y extras.

En unos tiempos en que el cine y la televisión viven mucho de tratar de encandilar al espectador con la nostalgia por lo mejor y lo más idealizado de los años setenta y ochenta, The Deuce es una rara avis que muestra una realidad más sórdida y cruel. Como ensayo pseudo histórico ha sido estupendo. Como serie ha sido en general de notable, pero en el rico panorama actual eso ya no es suficiente para destacar, y menos si arrastras la incomprensible etiqueta de autor elitista que lleva David Simon desde The Wire.

Ver también:
Temporada 1 (2017)
Temporada 2 (2018)
-> Temporada 3 y final (2019)

THE DEUCE (LAS CRÓNICAS DE TIME SQUARE) – TEMPORADA 2

The Deuce
HBO | 2018
Drama | 9 ep. de 63-75 min.
Productores ejecutivos: David Simon, George Pelecanos, James Franco, Nina Kostroff-Noble.
Intérpretes: James Franco, Maggie Gyllenhaal, Gbenga Akinnagbe, Gary Carr, Dominique Fishback, Lawrence Gilliard, Margarita Levieva, Emily Meade, Chris Bauer, Criss Coy, Jamie Neumann, David Krumholtz, Kim Director, Don Harvey, Daniel Sauli, Michael Rispoli.
Valoración:

Alerta de spoilers: Resumo por encima los eventos de la temporada. —

Dejamos la primera temporada con el inminente nacimiento de la industria de la pornografía a principios de los años setenta, y saltamos a 1977 para ver sus primeros pasos.

Algunas prostitutas, como Lori Madison, se van adaptando a los nuevos tiempos, haciéndose actriz, otras los empujan, como Candy, ahora metida a realizadora de cine porno, otros chocan contra el cambio, como los chulos, que ven peligrar su trabajo. El porno está pasando de negocio turbio a legal y exitoso, sus artífices de trabajar en la sombra a triunfar con fama y premios.

La percepción de la sociedad también madura, con la prostitución en la calle vista cada vez más como una lacra. Esto llega también a los clubs, sean normales o de alterne, y otros establecimientos relacionados con el sexo. Con el boom hay más competencia, y también llegan nuevas leyes y políticos con ideas de limpiar la zona. Por el otro lado, pesa también el control de las mafias italianas, que quieran o no los empresarios, han metido la zarpa en todas partes.

Todos los personajes evolucionan muy bien, tejiendo en conjunto historias con la complejidad y verosimilitud habituales de David Simon y George Pelecanos. El barrio The Deuce cobra de nuevo vida ante nuestros ojos, haciendo que formemos parte de ese ambiente y época como si estuviéramos allí. Encontramos infinidad de grandes momentos, sean detalles sueltos o conclusiones de alguna historia. El miedo de C.C. al cambio es muy realista, gracioso y a la vez triste, y por el lado contrario, Larry le echa coraje, planteándose ser actor como sus putas. El dúo que han formado Candy y Harvey Wasserman, su productor, nos deja multitud de peleillas geniales. La creciente implicación de Abby para salvar prostitutas es muy emotiva. El robo de uno de los chulos secundarios en una farmacia tiene giros muy locos para unos guionistas tan serios. Y el salto de Paul, el camarero gay, a sus propias movidas, puede quedar un tanto descolgado, como los problemas de Bobby con el puticlub, pero como en la primera temporada, son mis dos secundarios favoritos.

El único punto gris, salvo si queremos hilar fino y decir que no es una serie con la ambición y alcance de The Wire (2002) ni tampoco Treme (2010), es que la parte de los mafiosos está un poco limitada. Parece que sólo existen el jefe y el chófer/matón principal, con lo que no muestran todo el poder ni dan todo el miedo que deberían. Por una vez, a los guionistas les ha faltado ahondar en un aspecto de una de las tramas, aportar personajes secundarios que dieran más entidad a este grupo. Pero huelga decir que la huella de su presencia y acciones se sienten en los demás protagonistas en todo momento. Por ejemplo, el lío que monta Frankie pidiéndoles dinero para una de las películas de Candy es memorable.

Ver también:
Temporada 1 (2017)
-> Temporada 2 (2018)
Temporada 3 y final (2019)

THE DEUCE (LAS CRÓNICAS DE TIME SQUARE) – TEMPORADA 1

The Deuce
HBO | 2017
Drama | 8 ep. de 60-80 min.
Productores ejecutivos: David Simon, George Pelecanos, James Franco, Nina Kostroff-Noble.
Intérpretes: James Franco, Maggie Gyllenhaal, Gbenga Akinnagbe, Gary Carr, Dominique Fishback, Lawrence Gilliard, Margarita Levieva, Emily Meade, Chris Bauer, Criss Coy, Jamie Neumann, David Krumholtz, Kim Director, Don Harvey, Daniel Sauli, Michael Rispoli.
Valoración:

The Deuce es como se empezó a llamar popularmente a partir de los años cincuenta a la Calle 42 (42nd Street) de Manhattan, New York, donde ya abundaban los negocios relativos al espectáculo (teatros, pubs de conciertos…). Venía a ser los bajos fondos de Times Square, pues también destacaba por la prostitución y las drogas. La serie de mismo título narra como fue naciendo la industria del cine porno, ya que esta zona tuvo una importancia crucial. En España la HBO ha decidido subtitularla como Las Crónicas de Times Square, pues el original es un localismo difícil de vender.

David Simon tiene el cielo televisivo ganado con The Wire (2002), pero su carrera no acabó ahí, pues sigue deleitándonos con nuevas series que recrean lugares y períodos con un detallismo y profundidad novelescos, como la magnífica Treme (2010). La inspiración para The Deuce les llegó a Simon y a su colaborador habitual, George Pelecanos, por las vívidas historias de un conocido que vivió esa época, y tanto les gustaron que decidieron que esta sería su próxima producción.

En contraposición con la narrativa las dos series citadas, en plan novela río, sosegada, profunda, con mil curvas y ramificaciones, vamos al grano con más velocidad y menos complejidad. Acostumbrado a ese estilo, de primeras me han faltado algo de la meticulosidad en cada historia y personaje, la maduración a cocción lenta y llena de matices. Por ejemplo, en Treme la abogada e investigadora daba palos de ciego en cantidad, pero mientras lo hacía conocíamos los entresijos de Nueva Orleans; la cocinera pasó de un restaurante a otro varias veces, sin encontrar su sitio pero aprendiendo en cada uno cosas nuevas; etc. En la presente, una de las prostitutas decide querer hacer cine porno, y en un tris la tenemos en marcha; un camarero quiere montarse un pub, y ahí lo tenemos al poco; una joven universitaria abandona todo para buscar oportunidades, y sin muchos problemas encuentra donde asentarse; etc.

Pero hay que recalcar que el cambio de tono no implica que estemos ante un drama facilón y previsible, sino que sus autores han aspirado a menos. Creo que la experiencia con The Wire y Treme de jugársela a que por bajas audiencias puedan quedarse a medias los empujó a simplificar un poco e ir más rápido que de costumbre. Si ir más lejos, al poner en marcha el proyecto anunciaron que el plan son tres temporadas, con saltos temporales para abarcar las épocas importantes.

Es innegable que Simon sigue siendo uno de los mejores guionistas del momento, y aunque la ambición sea menor The Deuce mantiene su característica visión global de la temática tratada, que sigue superando de largo a muchas series dramáticas o históricas. A través de un sinfín de personajes muy humanos y atractivos va dando forma a una época y un lugar con un detallismo y verosimilitud fascinantes, de manera que desde el primer episodio el barrio The Deuce en 1970 y sus gentes cobran vida ante nuestros ojos.

Como es habitual en su obra, en cada entorno, gremio o grupo muestran distintos personajes, no usa un solo estereotipo para concentrar y resumir con lo básico. En las prostitutas tenemos a la independiente que se niega a venderse a un chulo y quiere labrarse un futuro estable, la joven perdida que es explotada por aquellos, la que quiere salirse de esta miseria, la que traga lo que le cae porque no conoce otra cosa… Tenemos camareros que viven con la prostitución en sus puertas, dueños de locales que explotan otras vertientes (videos, cabinas). Vemos agentes de policía aqueados por la situación y otros que la exprimen con trapicheos varios, pero todos atados de manos hasta que algún jefe finge hacer limpieza empujado por los políticos.

Todos los protagonistas aportan su semilla o se dejan llevar por la inercia social del momento: la visión sobre la pornografía está cambiando. De un negocio tabú y perseguido por la ley van permitiéndose pequeños chanchullos, y en el aire resuena la legalización paulatina. De tiendas oscuras con material de poca calidad pasamos a cabinas con bailarinas y máquinas de mirar videos cada vez mejor trabajados, y los más ambiciosos piensan a lo grande, planteando la posibilidad de tener películas porno en cines con gran distribución. Por otro lado, con la organización y el aumento de ingresos vienen también nuevos métodos para la prostitución: algunos van dirigiendo la prostitución en la calle y hoteluchos hacia clubes más selectos. Ahí conocemos también a las mafias italoamericanas, que tendrán más presencia en la segunda temporada.

Con tanto protagonista no voy a pararme a presentar a cada uno por separado, sólo a los más destacados y a algún secundario de mis preferidos. Vincent Martino es el tipo que vive de noche tras la barra, no sabe hacer otra cosa y esta le apasiona; su matrimonio está en la cuerda floja por ello. Su hermano gemelo, Frankie, es un vividor irresponsable que lo arrastra continuamente a sus problemas. Ambos los interpreta James Franco, el rostro más famoso pero el menos convincente. No está mal, pero le falta la naturalidad del resto del reparto, que es fantástico como siempre en la HBO, y como es habitual en Simon, recupera a algunos actores de sus otras series. Candy (Maggie Gyllenhaal) es la puta veterana y espabilada que sueña con encontrar un flujo de dinero estable, y por ello trata de introducirse en la incipiente industria del porno. C.C. (Gary Carr) y Larry Brown (Gbenga Akinnagbe) son los dos chulos más prominentes, el primero presumido por fuera y frío por dentro, el segundo más bruto en apariencia pero quizá con más corazón. Abigail (Margarita Levieva) es la chica culta que deja estudios y familia para vivir el mundo real, pero esa educación le permite esquivar la prostitución, mientras pueblerinas como Lori Madison (Emily Meade) y Darlene (Dominique Fishback) caen en sus garras de lleno. En un plano inferior tenemos a Chris Coy y al veterano Chris Bauer, dos actores siempre secundarios que me caen bien y aquí tienen personajes bastante interesantes: el primero es un camarero gay, Paul, para dar visibilidad a esa parte del gremio, el segundo es Bobby, un currante cualquiera (un obrero) que ve más dinero los recién creados locales de alterne.

En la puesta en escena los autores apuestan por mantener también su sello característico, la contención y dejar que la historia la cuenten los personajes. Lejos de la recreación ostentosa de tiempos pasados tipo Boardwalk Empire (Terence Winter, 2010), con grandes decorados, panorámicas de ciudades hechas por ordenador y un aspecto visual muy artístico, The Deuce son cuatro calles y locales, muy bien aprovechados por una estupenda labor de vestuario, pero no especialmente espectaculares. Lo importante es lo que ocurre dentro, las vivencias de sus habitantes. La dirección es sobria pero muy sólida, manejando muy bien el tempo de escenas que cuentan con muchos personajes entrelazando sus historias. Por ejemplo, me cantan los desayunos donde se juntan muchos en el mismo bar, danzando con la cámara de mesa en mesa.

Como The Wire y Treme, no entiendo por qué se consideran series muy exclusivas y tienen tan poca audiencia. El éxito de la primera con el boca a boca demuestra que pueden llegar a mucha gente, pero también parece que cuesta entrar en ellas a pesar de que su supuesta dificultad se esfuma en cuanto ves un par de episodios y te enganchas a la corriente: quieres saber más de cada personaje, el ambiente es tan palpable que quieres seguir viviendo ahí.

Ver también:
-> Temporada 1 (2017)
Temporada 2 (2018)
Temporada 3 y final (2019)

TREME – TEMPORADA 3

HBO | 2012-2013
Drama | 10 ep. de 55-70 min.
Productores ejecutivos: David Simon, Eric Overmyer, Nina Krostoff-Noble, Carolyn Strauss.
Intérpretes: Melissa Leo, Kim Dickens, Steve Zahn, Wendell Pierce, Khandi Alexander, Rob Brown, Michiel Huisman, Lucia Micarelli, Clarke Peters, India Ennenga, David Morse, Jon Seda, Phyllis Montana LeBlanc, Chris Coy, Sam Robards, Michael Cerveris, Ntare Guma Mbaho Mwine, Lance E. Nichols.
Valoración:

Alerta de spoilers: Sólo presento las historias principales, aunque obviamente será revelador si no has visto las temporadas anteriores.–

Nueva etapa en la vida de las gentes de New Orleans. Dos años han pasado desde que el Katrina arrasara la ciudad y dejara una huella más profunda de lo esperado por culpa de la incompetencia y corrupción del gobierno, y no parece haber cambiado la cosa, el renacer no ha servido para dejar atrás todo lo malo y aprender de los errores. Sus habitantes se resignan poco a poco, pues están batallando día a día para sacar adelante el trabajo y la familia, y salvo excepciones no parece haber una conciencia global que ayude a levantar la urbe como es debido.

McAlary explora nuevos proyectos que aparte de darle un sustento sirvan para aportar algo a la sociedad y la cultura, o al menos para no olvidar. Su ruta turística medio improvisada es un cachondeo y no da mucho de sí, pero tanto hablar de viejas glorias de la música lo empuja a tratar de recuperarlas en un álbum destinado, según él, a marcar una época y darles un justo beneficio a esos músicos dejados de lado. Janette, a pesar de su éxito como chef, no termina de encontrarse a gusto lejos de su hogar. Cuando recibe una oferta para llevar una cocina en New Orleans bajo la batuta de un magnate de la restauración recela del aspecto de empresario ambicioso de este tipo, pero las condiciones son demasiado buenas para dejarlas pasar. La llegada de un reportero, L. P. Everett (Chris Coy), a la ciudad agita el avispero de corrupción policíaca, pues parece obstinado en escarbar en casos como el de Abreu o Seals que llevaba Toni Bernette, de hecho, no tardan en trabajar juntos y empezar a conseguir resultados poco a poco. ¿Conseguirán sacar a la luz toda esta inmundicia y que se haga algo al respecto? Colson intenta hacer lo mismo desde la comisaría, pero ni los jefes están de su lado. Y los tres sufrirán represalias constantes, lo que para Toni es cruel porque su hija es una víctima inocente. Sophia por su parte está en el proceso de maduración, con sus propios problemas.

Sonny parece haberse establecido bien con los vietnamitas, pero aún tiene que convencer al padre de su novia de que es un tipo responsable. Annie sigue por el camino al éxito como músico: apoyada por un mánager que ve en ella talento y posibilidades forma una banda con la que promocionar sus composiciones. Batiste le está cogiendo el gusto a la educación musical de los jóvenes, hasta el punto de implicarse emocionalmente en los conflictos de varios chavales. Nelson Hidalgo vuelve cuando se calman las aguas tras el último escándalo político, pero no parece haber un nuevo pastel al que hincar el diente y va tirando con chanchullos inmobiliarios menores, aunque con su gran visión tiene ideas para remontar el vuelo, y pronto entra en juego un gran centro de jazz que hay proyectado. Delmond acaba como consejero en el proceso… ¿olerá la mierda que hay detrás y que la música les importa poco a estos tiburones? Mientras, su carrera musical sigue alternando entre la modernidad de New York y la tradición cerrada de New Orleans, sobre todo porque no quiere dejar a su padre, Albert, solo con tanto agobio. Este sigue tratando de terminar de arreglar su casa y salir a desfilar a tiempo con “Los guardianes de la llama” mientras lidia con el trabajo, pero tanta responsabilidad continua afectando a su estado de ánimo y su físico… aunque la degradación de esto último obtiene una respuesta inesperada: un cáncer amenaza con destruir todas sus esperanzas. LaDonna intenta sacar el bar adelante a pesar de la injusta política sobre el ruido y el acoso de algunos vecinos, a lo que se suma que el juicio por el asalto y violación se acerca, y los amigos de los culpables tratan de amedrentarla para que no testifique.

Como es habitual, todos los personajes resultan más o menos encantadores, tan vívidos y cercanos que sus historias se siguen con pasión. Además, estas dejan grandes lecciones sobre la vida, y por supuesto infinidad de grandes momentos. Me encantó cuando Albert se sorprende porque Nelson conoce los locales de culto, como el Gigi, que no es solo un empresario sin escrúpulos, sino que se ha implicado en la vida local. El bajón de Sonny ante el miedo a la responsabilidad es algo típico, pero resulta bastante duro. Aunque para trágico, las represalias contra Toni y Sophia, que dejan unas pocas escenas muy inquietantes; y Colson también tiene momentos muy chungos, pero me encanta cómo levanta la cabeza y sigue adelante sin pestañear. Por el contrario, Annie como siempre ofrece el lado más luminoso, con su creciente éxito, y Batiste con los críos trae también muchos momentos de esperanza entre la miseria (la chica que no sabe leer pero puede tener un futuro porque le apasiona la música). Y su mujer Desiree gana presencia con su lucha contra el mangoneo que hay tras las reparaciones de las casas, mostrando eso de que se debe plantar cara o al menos hacer ruido, pues la injusticia no se va a ir sola. De nuevo, los que menos me han llenado han sido LaDonna y Albert, pues me resultan un poco cargantes con tantas penurias… aunque su acercamiento sentimental desde luego les da nueva vida. Y los que más adoro son McAlary y Janette, que contagian su entereza y entusiasmo. También cabe destacar el peculiar periodista, Everett, que engancha rápido.

Pero a la temporada le falta algo para llegar al nivel de las primeras, le pesa la sensación de que va con la inercia. Sí, seguimos adelante con buenas historias, pero sin aportar giros que sorprendan, sin abordar una nueva perspectiva sobre la situación de New Orleans. La única novedad digna de mención es que la odisea de McAlary sirve para homenajear a músicos veteranos que a pesar de su fama no han tenido el apoyo merecido, pues muchos trabajaron sin contrato o explotados y no tienen una jubilación digna. También está claro que la pasión de Batiste con las bandas infantiles es un homenaje y apoyo a la música, pero tampoco es una historia impactante, rompedora. Así pues, aunque tenemos otro año notable de este gran drama que ofrece un cuadro delicado y verosímil pero fascinante de una ciudad tan peculiar, lo cierto es que le falta una pizca para ser perfecto.

Ver también:
Temporada 1 (2010)
Temporada 2 (2011)
-> Temporada 3 (2012)
Temporada y final (2013)

TREME – TEMPORADA 2

HBO | 2011
Drama | 11 ep. de 58-90 min.
Productores ejecutivos: David Simon, Eric Overmyer, Nina Krostoff-Noble, Carolyn Strauss.
Intérpretes: Melissa Leo, Kim Dickens, Steve Zahn, Wendell Pierce, Khandi Alexander, Rob Brown, Michiel Huisman, Lucia Micarelli, Clarke Peters, India Ennenga, David Morse, Jon Seda, Phyllis Montana LeBlanc.
Valoración:

Alerta de spoilers: Sólo presento el punto de partida de cada trama y protagonista. —

En el salto a la segunda temporada de Treme no cambiamos abruptamente de escenario y grupo de personajes como ocurrió en The Wire, pero también se amplía el horizonte para abarcar nuevas perspectivas del embriagador retrato que David Simon nos está ofreciendo de New Orleans. En la primera etapa nos sumergíamos a fondo en el ambiente social y cultural. La gastronomía, protagonizada por Janette y sus sueños rotos, las tradiciones únicas, como los indios de Albert Lambreaux, y sobre todo la música en todo su rango: los intérpretes callejeros (Annie, Sonny), los que han logrado ascender un poco y viven de las sesiones en locales (Batiste), los veteranos más o menos famosos (Delmond, los numerosos músicos reales que aparecen en cada capítulo), y los que están en su propio mundo, como McAlary y sus locuras. Ahora también conoceremos más detalladamente cómo funcionan el gobierno y las fuerzas de la ley, adentrándonos en el ayuntamiento y el cuerpo de policía.

La corrupción del gobierno local y federal y su especulación urbanística las vislumbramos previamente porque los personajes las sufren en sus carnes, pero ahora veremos con más detalle cómo se gesta en manos privadas y cómo se permite e incluso fomenta desde los supuestos servidores públicos. Por supuesto, Simon se basa escrupulosamente en los hechos reales, relacionando las acciones de los protagonistas con eventos relevantes para la vida de la ciudad, destacando la infame gestión del alcalde Nagin y la planificación urbana de tintes racistas. Nelson Hidalgo (un carismático Jon Seda) es joven pero tiene experiencia en los entresijos del mundillo, y viene dispuesto a hacerse rico. Se acerca al empresario con visión (Ligouri), se reúne con los políticos que haga falta, pide y da favores y dinero con un entusiasmo y una visión que parecen llevarlo directo a la cima. Con Sofia, la hija de Toni Bernette, trabajando como becaria para un concejal, relacionamos esta temática un poco más con los viejos conocidos, porque Nelson va bastante por libre.

En la policía teníamos un enlace gracias también a Toni y sus constantes investigaciones, pero aunque el gran David Morse (uno de esos secundarios de lujo allá por donde aparece) encarnara al Teniente Colson, este tenía muy poca presencia y no dejó gran huella. Sin embargo su historia se amplía aquí desde el principio. Asqueado de la corrupción e incompetencia de los demás policías y detectives, parece decidido a plantar cara, y más ahora que el crimen está desbocándose de nuevo tras la pausa que supuso el éxodo forzado por el Katrina. Pero ha de ir con pies de plomo, porque un paso en falso pondría a todo el cuerpo en su contra. Por su parte, Toni acepta un caso que nos acompañará durante mucho tiempo, canalizando estos temas de corrupción y ocultación de delitos: la muerte de un joven llamado Abreu apunta al departamento de policía. El rastro, tras tanto tiempo, está frío, pero cada piedrecita que levanta parece mostrar más inmundicia.

Por supuesto, todos nuestros queridos personajes están embarcados en nuevas etapas de sus vidas, lo que nos permite tanto disfrutar de sus deliciosas como vivencias adentrarnos más en New Orleans, en la vida y las gentes de tan peculiar y encantadora urbe. Davis McAlary se lanza tras en inumerables proyectos musicales con gran entusiasmo pero sin grandes resultados. Batiste necesita un trabajo fijo, y trata de formar un grupo a la vez que tantea la posibilidad de ser profesor en la banda de un instituto. Annie, saliendo ahora con McAlary y no con el destartalado Sonny, parece estar empezando a exprimir su potencial como músico, sobre todo gracias al apoyo de su amigo Harley (Steve Earle también es músico en la vida real). Delmon Lambreaux continúa saltando entre New York y New Orleans, tratando de conciliar el jazz moderno y la tradición, y sacar algo de dinero de este género tan poco vendido. Y entre una odisea y otra, aunque tiene relación sobre todo con la de Davis, vemos el resurgir de un género musical, o más bien el de un movimiento social: el bounce, una mezcla de dance, hip hop y vetas de jazz local cuya energía y letras críticas sirven para alzar la cabeza y gritar contra las injusticias y la incompetencia de los gobiernos.

Fuera de los músicos tenemos otros muchos relatos entrañables. Albert Lambreaux no parece encontrar nada que le traiga felicidad, por mucho que Delmond trate de ayudar; el documental sobre los indios y la idea de Delmond de combinar géneros jazzísticos parecen mantenerlo ocupado, pero su humor es intratable, y va siempre alicaído. Janette renunció a su restaurante y se ha atado a New York, donde hay trabajo de sobra para una chef de su nivel, pero no encuentra un lugar en el que sentirse a gusto. Sonny parece incapaz por sí sólo de salir adelante, pero el empujón de un colega de la banda de Batiste, donde es aceptado porque no había más candidatos, podría encarrilarlo: le encuentra un trabajo de pescador para mantenerlo lejos de fiestas y drogas y con un flujo de dinero estable. LaDonna apenas sobrelleva la pérdida de su hermano cuando un asalto en su bar la embarcará en otro drama que la perseguirá constantemente.

Mis secciones favoritas han sido de nuevo las de Jannete y McAlary, seguidas de las desventuras de Batiste, la lucha constante de Toni, ahora acompañada de Colson, y la entrada triunfal de Nelson. Pero la sorpresa la da Sofia, que parecía simplemente ser la hija de Toni, simpática pero un complemento de la tragedia familiar que supuso el destino de Cray, pero aquí gana protagonismo muy bien, llevándote hacia la parte más oscura: evidentemente arrastra una depresión… ¿acabará como el padre o logrará salir de ella? Y en cuanto a escenas sueltas que me hayan marcado, hay muchas, pero por poner las primeras que me vienen a la mente, me encantó cuando Annie ve la foto de Sonny rescatando a gente, así como el giro con su amigo Harley; muy emotivo fue el momento en que Davis encuentra a Sofia borracha; divertidísimo cómo Jannette cierra un capítulo de su vida: lanzando una copa de sazerac (un extraño cóctel típico de New Orleans) a un crítico famoso; los líos de la banda de Batiste son numerosos y todos la mar de emocionantes; etc.

Hay también algunos puntos oscuros, aunque no especialmente graves. La novia que se había echado Albert desaparece de golpe; supongo que la actriz se daría el piro, y claro, deja un hueco raro. Pero más notable es que el propio Albert es el único cuya historia no avanza con fluidez y un destino más o menos claro. Da vueltas en círculos, se pasa el día refunduñando sin concretarse nada; ni siquiera queda claro si sigue trabajando como carpintero o si deja de coser al final o no, pero aun así hace su espectacular aparición con “Los guardianes de la llama”.

Se podría decir que en lo visual es una serie es bastante sencilla, cuando una localización con tanto encanto podría deslumbrar más, pero eso no quiere decir que el acabado sea de poca calidad. Como en la recreación de Baltimore, Simon busca un estilo natural, que deje respirar a los personajes. Donde más se nota la sutil pero eficaz labor de los directores es en los momentos de gran complejidad, como los conciertos en bares abarrotados y los desfiles: pese a su dificultad las ruedan con una naturalidad asombrosa, permitiendo que te parezca estar ahí dentro con los personajes.

Treme vuelve a ofrecer otro año redondo, inteligente y hábil como pocos, pues a pesar de su realismo y contención consigue entrener y emocionar con gran facilidad mientras a la vez también te lleva a la reflexión con delicadeza.

Ver también:
Temporada 1 (2010)
-> Temporada 2 (2011)
Temporada 3 (2012)
Temporada y final (2013)

TREME – TEMPORADA 1

HBO | 2010
Drama | 10 ep. de 58-80 min.
Productores ejecutivos: David Simon, Eric Overmyer, Nina Krostoff-Noble, Carolyn Strauss, David Mills.
Intérpretes: Melissa Leo, Kim Dickens, Steve Zahn, Wendell Pierce, John Goodman, Khandi Alexander, Rob Brown, Michiel Huisman, Lucia Micarelli, Clarke Peters, India Ennenga, Phyllis Montana LeBlanc.
Valoración:

“Tres meses después”, reza un lacónico texto en pantalla. No hace falta más información, si no sabes que estamos en New Orleans tras el Katrina, quedará claro en pocos minutos. Según nos cuentan en esta serie, basada con enorme fidelidad en los hechos reales, tres meses es más o menos el lapso que tardó la ciudad en empezar a levantarse tras la devastación no sólo del huracán, sino también de una rampante y escandalosa incompetencia gubernamental que empeoró mucho las cosas. Sus gentes vuelven a sus casas, muchas de las cuales tuvieron al menos un metro de agua, y la mayoría acabó sin techo por los vientos y lluvias. Pero no hay dinero para reconstruirlas, porque abandonaron sus vidas y trabajos para huir a ciudades y estados vecinos, y vuelven sin nada. Los negocios se intentan poner en marcha, pero hay pocos habitantes todavía, y menos con las vidas rehechas como para poder gastar.

Si durante la catástrofe la respuesta del gobierno fue nefasta, con descoordinación entre agencias y un modus operandi desastroso e incluso salpicado de racismo, no creáis que se pusieron las pilas después. Las empresas de seguros hacen malabares para escaquearse, y tanto el gobierno local como el federal no parecen tratar de evitarlo… sino que se suman al carro, poniendo ayudas que sólo son un nombre, escondiendo tras marañas de papeleo cualquier desembolso minúsculo. La población continúa sintiendo que los han abandonado, pero la realidad es peor que eso: los ciudadanos, sobre todo las clases bajas (encabezadas por los barrios negros), son un impedimento para la especulación, así que el hecho es que trabajan contra ellos. El ayuntamiento y las fuerzas de la ley estaban salpicados de corrupción antes de este gran incidente, y ahora ven nuevas oportunidades para llenarse los bolsillos u ocultar las fechorías previas. Si los barrios siguen vacíos un tiempo determinado, se categorizarán como abandonados y habrá vía libre para inventarse los proyectos urbanísticos que les den la gana. Así, se vallan urbanizaciones enteras para mantenerlas desocupadas y no se dan prisa en arreglar la distribución de agua y electricidad de zonas habitadas. Pero la gente quiere volver, porque es su hogar, pero también porque es una ciudad especial que no quieren dejar morir.

El escritor y guionista David Simon se marcó en su obra magna The Wire (Bajo escucha) un colosal ensayo sobre el fracaso del primer mundo como sociedad: tomando como base una ciudad muy característica (Baltimore, desbordada por el crimen) construyó un retrato universal de los principales males de los países supuestamente avanzados. Está claro que con la situación en New Orleans vio otra oportunidad de oro para recuperar estos temas, y se unió a un guionista que conocía bien la zona, Eric Overmyer, para elaborar otro gran estudio humanista. Es difícil describir su estilo y su calidad, hacer notar que una serie que en un primer vistazo puede parecer demasiado complicada, fría y lenta, sea tan profunda, apasionante y adictiva una vez te sumerges en ella.

Como The Wire y otras de la Edad de Oro de las series que inauguró principalmente la HBO (Los Soprano, A dos metros bajo tierra), Treme no es un drama que en cada episodio te cuenta una pequeña trama y quizá a la larga vaya desarrollando otra (que además probablemente estuviera improvisada según la respuesta del público). Incluso obras maestras como Urgencias han seguido este esquema. Aquí, para vislumbrar por dónde va un personaje tendrás que ver varios capítulos, y para abarcar por completo el viaje en que está embarcado hay que seguir la temporada o incluso la serie entera. Está claro que no es para impacientes… Pero aún hay más, porque aborda temáticas no tan populares como The Wire (el policíaco, aunque fuera en un estilo único), sino otras más cultas, pues la música protagonista está en las antípodas de lo comercial y la historia y la cultura de New Orleans son muy suyas también. La sutileza sí la mantiene, eso sí: la crítica emerge de las vivencias de los personajes, no de situaciones y discursos directos. El espectador común, el de seriales y procedimentales facilones, no aguantará ni un par de escenas. Incluso seriéfilos más curtidos han de tener al menos una pizca de interés y la mente muy abierta para lanzarse con entusiasmo a un relato de más de diez horas sobre las vidas corrientes de unos músicos y cocineros. Así pues, es indudable que esta obra tiene un público potencial minoritario, que es exigente y elitista como ella sola. Las floja audiencia lo confirmó. Y es una pena ese miedo, ese rechazo, porque si haces el esfuerzo te lo devuelve con creces, igual que pasó con The Wire: no es sólo una serie extraordinaria, sino también un relato atemporal y universal.

Simon pone las cámaras delante de los protagonistas y la ciudad, y estos son tan realistas, están tan vivos y tan bien interpretados, que uno no puede apartar la mirada del cuadro que van formando sus vidas. Es como un documental social que elige a los individuos e historias clave para que en conjunto formen un elaborado y agudo ensayo sobre cómo funciona una sociedad, cómo se vertebra, cómo respira, se ahoga, se levanta y se tropieza otra vez en un proceso complejo que se retroalimenta entre los muchos individuos que la forman. Pero esa complejidad aparente en realidad se desgrana poco a poco, con naturalidad, claridad y elegancia, formando una narrativa que parece pausada pero fluye sin una sola pausa o receso, siempre aportando algo estimulante, garantizando entretenimiento y emoción pero también ofreciendo infinidad de enseñanzas sobre la vida.

Los protagonistas se concentran en el barrio Tremé que da título a la serie. Tenemos perroflautas adorables como la dulce violinista Annie (Lucia Micarelli, que por cierto era músico y no actriz, pero está fantástica) o cansinos como su novio Sonny (Michiel Huisman), un matado de la vida que siente celos de las habilidades de ella. Encontramos gente con objetivos muy claros y dedicación plena, como Albert Lambreaux (interpretado por quien fue el gran Lester en The Wire: Clarke Peters) y su empeño por mantener las tradiciones; otros que luchan contra viento y marea tratando de no perder la sonrisa, como la chef Janette lidiando con el restaurante día a día (la actriz Kim Dickens me cae bien desde su participación en Deadwood), o Davis McAlary (Steve Zahn), un músico medio acabado que va tirando con trabajos que detesta. También hay quienes batallan contra los innumerables fallos del sistema, como la abogada Toni Bernette y su marido Creighton (Melissa Leo y John Goodman), o quienes avanzan más o menos torpemente (Antoine Batiste, en manos de Wendell Pierce, también aprovechado de las calles de Baltimore: era Bunk). Y no faltan quienes no parecen levantar cabeza, arrastrando heridas no cerradas, como LaDonna y la búsqueda de su hermano (Khandi Alexander, también conocida de Simon: The Corner), e incluso quienes dejaron la ciudad hace tiempo pero la familia, las raíces, lo arrastran de vuelta, como el trompetista de jazz Delmond Lambreaux (Rob Brown), el hijo de Albert.

Entre todas las deliciosas historias destacaría algunas, así como varios momentos concretos. Me abrumó la magnífica descripción de la depresión (evito dar el nombre del personaje), probablemente la mejor vista en una serie o película: está siempre ante tus ojos pero quizá no la veas hasta un punto de inflexión en el que todo se hace evidente. El final de la odisea de otro rol que me guardo es muy duro, con ese desgarrador plano a los camiones frigorífico llenos de cadáveres meses y meses después del huracán. La salida de Albert como indio se hace esperar mucho, y si, como yo, no conocías esta pintoresca tradición, quedarás bastante impresionado. La relación entre Janette y McAlary es encantadora, y la entereza de ambos a la hora de sobrellevar las zancadillas de la vida también; y atención al divertido lío de él en el hotel con un grupo de turistas. El encuentro de Sonny con un anciano que salvó durante la tormenta es muy emotivo (y más cuando parecía que era un fanfarrón). El juego que se trae Batiste con los taxistas es tronchante; y aparte, aunque por lo general resulta muy simpático, a veces dan ganas de abofetearlo por el desastre de vida familiar que lleva.

Pero también podría citar un par de fallos o partes que no parecen del todo bien resueltas. El Mardi Gras se hace de rogar y no decepciona, pues nos llevan dentro de la fiesta con habilidad, pero da la impresión de que al capítulo le han quitado media hora, dejando algunas transiciones un tanto bruscas: Delmond aparece sin más en un bar tocando con una banda a pesar de que estaba en una cita con su novia, Janette acaba borracha por ahí pero no se la ve participar en la fiesta a la que iba (y en cambio sí nos muestran todo el camino hasta allí), Davis y Annie decían de ir a comer con los vecinos del primero pero lo que se comen es la escena. Un fallo claro de montaje se ve en el penúltimo capítulo, cuando sabemos que Creighton está tomando un ferry pero de repente aparece momentáneamente en otro lado. Y la descripción de uno de los protagonistas cojea un poco: Albert Lambreaux es presentado inicialmente como si fuera un albañil o algo así, amagando con ir a reparar algunas casas, pero en seguida se olvidan de eso y el resto de la temporada sólo sale cosiendo y ensayando; de hecho, en el principio de la segunda temporada me chocó mucho verlo currando, pensaba que estaba parado o jubilado… y ahí también se deja de lado ese supuesto trabajo y aparece siempre con otras cosas.

Como en The Wire (voy a gastar la expresión, pero me resulta inevitable usarla), la dedicación que David Simon pone en el desarrollo de la obra, heredada del periodismo de calidad*, queda bien patente en el resultado final. Logra introducirnos plenamente en el singular ambiente de la ciudad y su multiculturalidad, mostrando con una fidelidad asombrosa la vida y costumbres del lugar, captando el alma de los barrios, la forma de ser de la gente, cómo se vive la música y cómo se vive de ella. Pasan ante nuestros ojos infinidad de músicos, sobre todo obviamente locales, y aunque la mayoría, admitámoslo, nos resultarán desconocidos a muchos, a la larga vas conociendo rostros, y si te gusta realmente la música acabarás escuchado a muchos de ellos; yo quedé prendado del gran Dr. John, referente ineludible en el rythm and blues y jazz oriundos.

Así pues, como Baltimore en su momento, New Orleans y el barrio Tremé se convierten en un protagonista más, en una urbe con vida propia, y cuando quieres darte cuenta eres un habitante más, sufres en tus carnes la angustia de ver el hogar destruido, el desarraigo ante una ciudad que no parece que pueda volver a ser la misma, la lucha constante por sobrevivir el día a día mientras el mañana parece negado por la corrupción y la incompetencia. Y con esto cabe señalar que nos ofrecen una historia rara vez contada: la vuelta a la vida tras una catástrofe. Los medios suelen olvidarse poco tiempo después de los desplazados y las infraestructuras derrumbadas, de las familias deshechas y el intento de volver a la normalidad, así que la serie ofrece un punto de vista muy atractivo y sobre todo lo hace desde una perspectiva muy intimista. Llegas a mitad de la temporada anhelando junto a los protagonistas que cuando llegue el Mardi Gras, el corazón y alma de la ciudad, lata con fuerza y entusiasmo para levantar las esperanzas y ánimos de todos, para señalar que, después de todo, a New Orleans todavía le queda aliento.

PD: El guionista y productor David Mills, que ya había trabajado con Simon en otras ocasiones, falleció poco antes del estreno de la serie.
*: Si leéis algunas opiniones y artículos suyos, como esta entrevista donde habla sobre el periodismo moderno, veréis que no lo digo por decir.

Ver también:
-> Temporada 1 (2010)
Temporada 2 (2011)
Temporada 3 (2012)
Temporada y final (2013)