Archivo de la etiqueta: David Mills

TREME – TEMPORADA 1

HBO | 2010
Drama | 10 ep. de 58-80 min.
Productores ejecutivos: David Simon, Eric Overmyer, Nina Krostoff-Noble, Carolyn Strauss, David Mills.
Intérpretes: Melissa Leo, Kim Dickens, Steve Zahn, Wendell Pierce, John Goodman, Khandi Alexander, Rob Brown, Michiel Huisman, Lucia Micarelli, Clarke Peters, India Ennenga, Phyllis Montana LeBlanc.
Valoración:

“Tres meses después”, reza un lacónico texto en pantalla. No hace falta más información, si no sabes que estamos en New Orleans tras el Katrina, quedará claro en pocos minutos. Según nos cuentan en esta serie, basada con enorme fidelidad en los hechos reales, tres meses es más o menos el lapso que tardó la ciudad en empezar a levantarse tras la devastación no sólo del huracán, sino también de una rampante y escandalosa incompetencia gubernamental que empeoró mucho las cosas. Sus gentes vuelven a sus casas, muchas de las cuales tuvieron al menos un metro de agua, y la mayoría acabó sin techo por los vientos y lluvias. Pero no hay dinero para reconstruirlas, porque abandonaron sus vidas y trabajos para huir a ciudades y estados vecinos, y vuelven sin nada. Los negocios se intentan poner en marcha, pero hay pocos habitantes todavía, y menos con las vidas rehechas como para poder gastar.

Si durante la catástrofe la respuesta del gobierno fue nefasta, con descoordinación entre agencias y un modus operandi desastroso e incluso salpicado de racismo, no creáis que se pusieron las pilas después. Las empresas de seguros hacen malabares para escaquearse, y tanto el gobierno local como el federal no parecen tratar de evitarlo… sino que se suman al carro, poniendo ayudas que sólo son un nombre, escondiendo tras marañas de papeleo cualquier desembolso minúsculo. La población continúa sintiendo que los han abandonado, pero la realidad es peor que eso: los ciudadanos, sobre todo las clases bajas (encabezadas por los barrios negros), son un impedimento para la especulación, así que el hecho es que trabajan contra ellos. El ayuntamiento y las fuerzas de la ley estaban salpicados de corrupción antes de este gran incidente, y ahora ven nuevas oportunidades para llenarse los bolsillos u ocultar las fechorías previas. Si los barrios siguen vacíos un tiempo determinado, se categorizarán como abandonados y habrá vía libre para inventarse los proyectos urbanísticos que les den la gana. Así, se vallan urbanizaciones enteras para mantenerlas desocupadas y no se dan prisa en arreglar la distribución de agua y electricidad de zonas habitadas. Pero la gente quiere volver, porque es su hogar, pero también porque es una ciudad especial que no quieren dejar morir.

El escritor y guionista David Simon se marcó en su obra magna The Wire (Bajo escucha) un colosal ensayo sobre el fracaso del primer mundo como sociedad: tomando como base una ciudad muy característica (Baltimore, desbordada por el crimen) construyó un retrato universal de los principales males de los países supuestamente avanzados. Está claro que con la situación en New Orleans vio otra oportunidad de oro para recuperar estos temas, y se unió a un guionista que conocía bien la zona, Eric Overmyer, para elaborar otro gran estudio humanista. Es difícil describir su estilo y su calidad, hacer notar que una serie que en un primer vistazo puede parecer demasiado complicada, fría y lenta, sea tan profunda, apasionante y adictiva una vez te sumerges en ella.

Como The Wire y otras de la Edad de Oro de las series que inauguró principalmente la HBO (Los Soprano, A dos metros bajo tierra), Treme no es un drama que en cada episodio te cuenta una pequeña trama y quizá a la larga vaya desarrollando otra (que además probablemente estuviera improvisada según la respuesta del público). Incluso obras maestras como Urgencias han seguido este esquema. Aquí, para vislumbrar por dónde va un personaje tendrás que ver varios capítulos, y para abarcar por completo el viaje en que está embarcado hay que seguir la temporada o incluso la serie entera. Está claro que no es para impacientes… Pero aún hay más, porque aborda temáticas no tan populares como The Wire (el policíaco, aunque fuera en un estilo único), sino otras más cultas, pues la música protagonista está en las antípodas de lo comercial y la historia y la cultura de New Orleans son muy suyas también. La sutileza sí la mantiene, eso sí: la crítica emerge de las vivencias de los personajes, no de situaciones y discursos directos. El espectador común, el de seriales y procedimentales facilones, no aguantará ni un par de escenas. Incluso seriéfilos más curtidos han de tener al menos una pizca de interés y la mente muy abierta para lanzarse con entusiasmo a un relato de más de diez horas sobre las vidas corrientes de unos músicos y cocineros. Así pues, es indudable que esta obra tiene un público potencial minoritario, que es exigente y elitista como ella sola. Las floja audiencia lo confirmó. Y es una pena ese miedo, ese rechazo, porque si haces el esfuerzo te lo devuelve con creces, igual que pasó con The Wire: no es sólo una serie extraordinaria, sino también un relato atemporal y universal.

Simon pone las cámaras delante de los protagonistas y la ciudad, y estos son tan realistas, están tan vivos y tan bien interpretados, que uno no puede apartar la mirada del cuadro que van formando sus vidas. Es como un documental social que elige a los individuos e historias clave para que en conjunto formen un elaborado y agudo ensayo sobre cómo funciona una sociedad, cómo se vertebra, cómo respira, se ahoga, se levanta y se tropieza otra vez en un proceso complejo que se retroalimenta entre los muchos individuos que la forman. Pero esa complejidad aparente en realidad se desgrana poco a poco, con naturalidad, claridad y elegancia, formando una narrativa que parece pausada pero fluye sin una sola pausa o receso, siempre aportando algo estimulante, garantizando entretenimiento y emoción pero también ofreciendo infinidad de enseñanzas sobre la vida.

Los protagonistas se concentran en el barrio Tremé que da título a la serie. Tenemos perroflautas adorables como la dulce violinista Annie (Lucia Micarelli, que por cierto era músico y no actriz, pero está fantástica) o cansinos como su novio Sonny (Michiel Huisman), un matado de la vida que siente celos de las habilidades de ella. Encontramos gente con objetivos muy claros y dedicación plena, como Albert Lambreaux (interpretado por quien fue el gran Lester en The Wire: Clarke Peters) y su empeño por mantener las tradiciones; otros que luchan contra viento y marea tratando de no perder la sonrisa, como la chef Janette lidiando con el restaurante día a día (la actriz Kim Dickens me cae bien desde su participación en Deadwood), o Davis McAlary (Steve Zahn), un músico medio acabado que va tirando con trabajos que detesta. También hay quienes batallan contra los innumerables fallos del sistema, como la abogada Toni Bernette y su marido Creighton (Melissa Leo y John Goodman), o quienes avanzan más o menos torpemente (Antoine Batiste, en manos de Wendell Pierce, también aprovechado de las calles de Baltimore: era Bunk). Y no faltan quienes no parecen levantar cabeza, arrastrando heridas no cerradas, como Ladonna y la búsqueda de su hermano (Khandi Alexander, también conocida de Simon: The Corner), e incluso quienes dejaron la ciudad hace tiempo pero la familia, las raíces, lo arrastran de vuelta, como el trompetista de jazz Delmond Lambreaux (Rob Brown), el hijo de Albert.

Entre todas las deliciosas historias destacaría algunas, así como varios momentos concretos. Me abrumó la magnífica descripción de la depresión (evito dar el nombre del personaje), probablemente la mejor vista en una serie o película: está siempre ante tus ojos pero quizá no la veas hasta un punto de inflexión en el que todo se hace evidente. La salida de Albert como indio se hace esperar mucho, y si, como yo, no conocías esta pintoresca tradición, quedarás bastante impresionado. El final de la odisea de otro rol que me guardo es muy duro, con ese desgarrador plano a los camiones frigorífico llenos de cadáveres meses y meses después del huracán. La relación entre Janette y McAlary es encantadora, y la entereza de ambos a la hora de sobrellevar las zancadillas de la vida también; y atención al divertido lío de él en el hotel con un grupo de turistas. El encuentro de Sonny con un anciano que salvó durante la tormenta es muy emotivo (y más cuando parecía que era un fanfarrón). El juego que se trae Batiste con los taxistas es tronchante; y aparte, aunque por lo general resulta muy simpático, a veces dan ganas de abofetearlo por el desastre de vida familiar que lleva.

Pero también podría citar un par de fallos o partes que no parecen del todo bien resueltas. El Mardi Gras se hace de rogar y no decepciona, pues nos llevan dentro de la fiesta con habilidad, pero da la impresión de que al capítulo le han quitado media hora, dejando algunas transiciones un tanto bruscas: Delmond aparece sin más en un bar tocando con una banda a pesar de que estaba en una cita con su novia, Janette acaba borracha por ahí pero no se la ve participar en la fiesta a la que iba (y en cambio sí nos muestran todo el camino hasta allí), Davis y Annie decían de ir a comer con los vecinos del primero pero lo que se comen es la escena. Un fallo claro de montaje se ve en el penúltimo capítulo, cuando sabemos que Creighton está tomando un ferry pero de repente aparece momentáneamente en otro lado. Y la descripción de uno de los protagonistas cojea un poco: Albert Lambreaux es presentado inicialmente como si fuera un albañil o algo así, amagando con ir a reparar algunas casas, pero en seguida se olvidan de eso y el resto de la temporada sólo sale cosiendo y ensayando; de hecho, en el principio de la segunda temporada me chocó mucho verlo currando, pensaba que estaba parado o jubilado… y ahí también se deja de lado ese supuesto trabajo y aparece siempre con otras cosas.

Como en The Wire (voy a gastar la expresión, pero me resulta inevitable usarla), la dedicación que David Simon pone en el desarrollo de la obra, heredada del periodismo de calidad*, queda bien patente en el resultado final. Logra introducirnos plenamente en el singular ambiente de la ciudad y su multiculturalidad, mostrando con una fidelidad asombrosa la vida y costumbres del lugar, captando el alma de los barrios, la forma de ser de la gente, cómo se vive la música y cómo se vive de ella. Pasan ante nuestros ojos infinidad de músicos, sobre todo obviamente locales, y aunque la mayoría, admitámoslo, nos resultarán desconocidos a muchos, a la larga vas conociendo rostros, y si te gusta realmente la música acabarás escuchado a muchos de ellos; yo quedé prendado del gran Dr. John, referente ineludible en el rythm and blues y jazz oriundos.

Así pues, como Baltimore en su momento, New Orleans y el barrio Tremé se convierten en un protagonista más, en una urbe con vida propia, y cuando quieres darte cuenta eres un habitante más, sufres en tus carnes la angustia de ver el hogar destruido, el desarraigo ante una ciudad que no parece que pueda volver a ser la misma, la lucha constante por sobrevivir el día a día mientras el mañana parece negado por la corrupción y la incompetencia. Y con esto cabe señalar que nos ofrecen una historia rara vez contada: la vuelta a la vida tras una catástrofe. Los medios suelen olvidarse poco tiempo después de los desplazados y las infraestructuras derrumbadas, de las familias deshechas y el intento de volver a la normalidad, así que la serie ofrece un punto de vista muy atractivo y sobre todo lo hace desde una perspectiva muy intimista. Llegas a mitad de la temporada anhelando junto a los protagonistas que cuando llegue el Mardi Gras, el corazón y alma de la ciudad, lata con fuerza y entusiasmo para levantar las esperanzas y ánimos de todos, para señalar que, después de todo, a New Orleans todavía le queda aliento.

PD: El guionista y productor David Mills, que ya había trabajado con Simon en otras ocasiones, falleció poco antes del estreno de la serie.
*: Si leéis algunas opiniones y artículos suyos, como esta entrevista donde habla sobre el periodismo moderno, veréis que no lo digo por decir.

Entrada actualizada de la original publicada el 01/09/2010.

THE CORNER – MINISERIE

HBO | 2000
Drama | 6 ep. de 60-75 min.
Productores ejecutivos: David Simon, David Mills, Robert F. Colesberry.
Intérpretes: T. K. Carter, Khandi Alexander, Sean Nelson, Clarke Peters, Glenn Plummer, Toy Connon, Maria Broom, Sylvester Lee Kirk, Corey Parker Robinson, Reg E. Cathey.
Valoración:

La primera serie creada y desarrollada por David Simon fue The Corner (en colaboración con David Mills), una miniserie producida en la HBO en el año 2000 que partía de un libro de mismo nombre (más el subtítulo A Year in the Life of an Inner-City Neighborhood) escrito por el propio Simon y Ed Burns en 1997 basándose en historias reales que recopilaron durante sus trabajos en Baltimore, el primero como periodista y el segundo como detective.

En seis episodios seguimos la terrible odisea que vive una familia de clase media que cayó en la miseria por la adicción a las drogas fuertes (cocaína y heroína, principalmente). Vemos cómo llevan el día a día para sobrevivir, porque mirar al futuro es algo que no existe para un drogadicto, todo se basa en encontrar los pocos dólares que cuestan la siguiente dosis. El hogar, la familia, los amigos, el trabajo, la salud… todo está supeditado y todo se puede abandonar y vender por la dosis. Incluso la ética es sacrificable: si no hay más remedio, robar es una opción.

La narración es hiperrealista, no sólo por el tono de documental (con entrevistas a los personajes en los epílogos y prólogos de cada episodio), ni tampoco porque se basa en hechos reales, sino sobre todo por la minuciosidad con que se retratan los barrios bajos, el mundo de la droga y sus gentes. En lo visual la pobreza e insalubridad en que viven es dolorosa de ver, en especial por las secuelas físicas de la droga: el maquillaje cuida muy bien el aspecto degradado, macilento y enfermizo, con yagas que dan asco en los más adictos. En lo argumental, los detalles que se muestran sobre la rutina de este submundo no se han visto tan reales en ninguna producción del género, salvo en The Wire. Pero lo que verdaderamente destaca es la profunda y sensible descripción de los protagonistas.

Gary (T. K. Carter, con una larga carrera pero poco conocido) es el padre de la familia, y es la representación misma del fracaso y la humillación constante. Otrora hombre bueno y solidario, con un trabajo que le permitía una vida holgada, ahora está tan hundido que subsiste como puede recogiendo chatarra y realizando otros trapicheos. Su mujer, Fran (Khandi Alexander, la más reconocible del reparto gracias a CSI: Miami), vive de los cheques del gobierno, así que al menos tiene algo de estabilidad, pero su único ocio son también las drogas. El hijo mayor, DeAndre (Sean Nelson, otro poco conocido), es uno de los adolescentes que venden en la esquina, jugándosela con la ley y la violenta competencia porque es el trabajo más fácil que pueden encontrar.

En los tres la dedicación con su descripción y evolución es excelente: cada tortuoso paso de su triste aventura resulta terriblemente realista y cercano. Intercalados con sus tribulaciones diarias vemos flashbacks de cómo vivían justo antes de su caída, haciendo logrados paralelismos con eventos actuales: el trabajo horrible que ha suplicado Gary para pagarse los chutes de la semana se compara con el que tenía antes, la relación familiar ahora destruida antes era bastante distinta, etc. El relato también ofrece los altibajos habituales en los intentos por dejar este mundo atrás: los trabajos que no duran, la falta de fuerza para aceptar las dificultades del mundo real, que te lleva a huir de nuevo hacia la fantasía que inducen los narcóticos, la falta de un entramado social y estatal que realmente funcione, es decir, el fracaso de la sociedad y el gobierno…

Algunos amigos y otros desgraciados que viven en la calle aportan otras descripciones más someras pero igual de interesantes sobre la situación. Todos resultan carismáticos de una forma u otra, en especial la pandilla de adultos, destacando entre ellos el viejo con los brazos hinchados que siempre está añorando idílicos tiempos pasados. Todos estos secundarios son interpretados por actores que han salido en todas las producciones de Simon y otras de la HBO, con lo que cualquier aficionado reconocerá rostros por todas partes.

Momentos magníficos hay unos cuantos. Fran echándole la bronca a su hijo por dedicarse a vender drogas y consumir alguna vez, cuando ella es una adicta más, con lo que su ya de por sí débil autoridad se desmorona. El robo de Gary en una casa, y cuando es pillado por un vecino, este le pide droga para mantenerse en silencio. DeAndre cabreándose con su jefa del restaurante de comida rápida, porque está acostumbrado a que en la calle todo se resuelve en plan animal, a ver quién es más chulo. Fran desolada cuando llega al centro de rehabilitación y la echan de nuevo a la calle por un fallo al adjudicar las plazas. Y un largo etcétera.

The Corner puede resultar un drama un tanto difícil de digerir. No tira de sensacionalismos, pero la tragedia narrada es lo suficientemente dura como para dejar huella y los personajes llegan hondo: imposible no sentir pena, ni intentar dar ánimos cuando tropiezan. La escena final da un gran empujón a la fuerte conexión que se puede establecer con ellos, porque aparecen los individuos reales sobre los que se basaron contando su situación actual y deseando que la serie sirva como ejemplo para otros.