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LA CONJURA CONTRA AMÉRICA – MINISERIE


The Plot Against America
HBO | 2020
Drama | 6 ep. de 58-70 min.
Productores ejecutivos: David Simon, Ed Burns.
Intérpretes: Morgan Spector, Zoe Kazan, Winona Ryder, Anthony Boyle, Azhy Robertson, Caleb Malis, John Turturro, Michael Krostoff, David Krumholtz, Ben Cole, Jacob Laval, Steven Maier, Caroline Kaplan.
Valoración:

El escritor David Simon (en la siguiente foto) y su colaborador puntual Ed Burns no deberían necesitar una presentación a estas alturas, pero por si acaso, os remito a la que les hice al hablar de The Wire (Bajo escucha, 2002). Esa serie, considerada por cualquier seriéfilo como una de las mejores de la historia, si no la mejor, muestra muy bien el talento y el talante de ambos, su gran habilidad para volcar experiencias propias en vívidos retratos de épocas y sociedades concretas y hacer que emerja de ellos una crítica muy inteligente de los problemas que las han asolado. Simon siguió por el mismo camino en otra obra monumental, Treme (2010), centrada en New Orleans tras el huracán Katrina y en cómo en vez de levantar la ciudad aprendiendo de los fallos todo siguió igual, y otra con un potencial algo desaprovechado, Show Me a Hero (2015) y su ensayo sobre las revueltas sociales de Yonkers.

El novelista Philip Roth, comprometido también con la idea de mostrar los males de Estados Unidos por si llega a servir de algo, tiene algunos libros bastante conocidos, como Pastoral americana (1997), que le valió un premio Pulitzer. En 2004, viendo la deriva del país y del mundo tras los atentados del 11 de septiembre, publicó La conjura contra América, una distopía a modo de historia paralela donde ante la llegada de la Segunda Guerra Mundial EE.UU. se vuelca hacia la ola de fascismo generada por Hitler.

Volviendo al mundo real, las crisis económicas y sociales que nos han azotado en este milenio, en vez de hacernos aprender han azuzado de nuevo el fantasma del fascismo de forma inquietante. Estados Unidos, otrora adalid de las libertades, ha caído de lleno en las primeras fases de su implantación con la llegada de presidente Donal Trump, de quien nos reíamos en la campaña electoral por su estilo estrafalario y sus paridas y ahora nos tiene acojonados.

Que Simon y Burns abordaran la adaptación de esta novela justo en estos momentos no parece una coincidencia. Todo parecía apuntar a que dos autores otrora elegantes y comedidos en el aspecto crítico iban a ir a por todas a la hora de señalar desde la ficción los problemas actuales. Pero el estreno de la miniserie ha dejado muy frío a todo el mundo. A sus seguidores, acosumbrados a un nivel de excelencia al alcance de muy pocos, a los medios e intelectuales, que podrían haberla aprovechado para avivar sus críticas, e incluso a grupos políticos de tendencias oscuras: me sorprende que no agitara el avispero de fanáticos políticos y conspiranoicos, pues tenían a tiro decir que es una producción de propaganda sionista o una campaña de difamación contra Trump. Que no alterara a colectivos tan irascibles muestra muy bien el poco calado y capacidad de provocar que han logrado.

Da la impresión de que han ido con prisas para llegar a tiempo en plena ola Trump, que no han meditado sobre el proyecto y trabajado en su desarrollo como es debido. Es la obra de Simon más aburrida desde el coñazo que resultó Generation Kill (en la que participó Burns también), apenas queda un poco por encima en interés por temática y personajes. Hasta Show Me a Hero, que no emocionaba mucho como serie dramática, tenía al menos algo que le permitió dejar una tenue huella, un retrato social y una visión crítica bastante efectivos. Incluso su obra más reciente, The Deuce, Las crónicas de Time Square (2017), donde no pretendía un análisis exhaustivo de los condicionantes políticos que mueven los tiempos mostrados, ha acabado teniendo una perspectiva mucho más compleja. La conjura contra América es muy parca en contenido y sentimientos tanto en la odisea de sus personajes, como en el drama social, como sobre todo en la visión política tan prometedora en principio.

El drama familiar es lo que mejor parado sale, pero no como para enganchar con fuerza y hacer olvidar las carencias generales. Los Levin son unos judíos que viven felices en su barrio de Newark (New Jersey), lleno de compatriotas, sobre todo porque la situación económica va mejorando tras el crack del 29 en EE.UU. y los coletazos de la Gran Guerra en Europa, de forma que aspiran a mejores trabajos, empiezan a buscar una casa más grande… Pero la nueva situación los zarandea, los pone en el foco de la tormenta, hace mella en las relaciones personales, deja su futuro en vilo. Sin embargo, a pesar de narrar eventos tan jugosos, a la hora de la verdad no llegamos a encontrar un gran drama. Tenemos las vivencias justas para interesarnos por su día a día y esperar qué les deparará el futuro, pero nunca llega a alcanzar un buen nivel de incertidumbre y desasosiego, ni en los momentos más graves se sufre con ellos.

Herman, el cabeza de familia, está todo el día cabreado, pero poco hace; al acercarse el desenlace por fin se implica algo más… pero no camina en ninguna dirección llamativa ni llega a un final recordable. Eso sí, Phil Spector está estupendo y levanta mucho el interés. Parece que Simon quería a Oscar Isaac, protagonista de Show Me a Hero; o eso deduzco de esta entrevista, undécima pregunta, donde habla de dinero y actores. Pero con el caché de cine que tiene se salía de presupuesto y optaron por un rostro menos conocido. Yo me alegro, así se dan oportunidades a actores desaprovechados. La esposa, Elizabeth, representa a la ama de casa que empieza pareciendo poca cosa y va endureciéndose, pero también es un arco facilón y previsible. Zoe Kazan ha mostrado en La balada de Buster Scruggs (2018) y The Deuce ser un valor seguro, y también ensalza bastante un personaje que no termina de deslumbrar.

Alvin, el hermano acoplado, viene a representar el tipo que parecía perdido y sin futuro pero encuentra nueva determinación en tiempos duros. Sin embargo, acaba resultando un comodín para mostrar otros aspectos de aquellos tiempos (los problemas laborales, la breve parte bélica) sin terminar de encajar en nada; la escueta aventura bélica parece incluso un engaño, no vemos nada útil y llamativo después de anunciar tanto. Anthony Boyle apenas está empezando su carrera y tiene bastante potencial. Evelyn (Winona Ryder) es la hermana de la esposa, quien ve que pasa el tiempo y no encuentra marido. Se acaba enamorando del rabino Lionel Bengelsdorf (John Turturro)… y de su mundo deslumbrante lleno de poder y fiestas. Estos representan al típico sector que se alía con sus opresores, obsesionados por mantener su posición aun a costa de negar la realidad. Pero si esperabas que su historia terminara de apuntalar las tragedias latentes, tampoco da mucho de sí, un par de peleas con la familia y la consabida lección que les estalla en la cara al final.

Los Levin tienen dos hijos. El joven Philip (Azhy Robertson) absorbe todo el estrés sin que los adultos lo noten, y parece que podría acabar mal parado… pero los guionistas se empeñan en resaltar demasiado su drama (cuántas miradas de sufrimiento forzado) para en conjunto tampoco llegar a conformar una evolución emotiva y recordable. El adolescente Sandy (Caleb Malis) sale mejor parado, aunque tampoco sorprenda. Su incipiente rebeldía choca con el proteccionismo de sus padres, lo cual es la historia de siempre, pero tiene naturalidad suficiente para funcionar bien, y aquí logran lo contrario que con el otro, ser más sutiles: la mirada de entendimiento cuando padre e hijo se perdonan y aceptan por fin es el desenlace más concreto y efectivo.

A través de ellos los autores pretenden mostrar cambios sociales muy complejos, y no llegan. Para empezar, salta a la vista que falta una representación más amplia de ciudadanos y políticos. Del gobierno sólo tenemos un par de aportaciones de la primera dama, porque el presidente sólo aparece brevemente en los noticieros, y la vida a pie de calle se limita a la experiencia de la familia y a unos pocos secundarios poco trascendentales (un par de amigos de Herman y Alvin). Apenas salimos de limitada burbuja familiar, donde además mucha información es adquirida a través de la radio, lo que será realista, pero contraproducente a la hora de dar emoción y ritmo. Las manifestaciones de problemas sociales (los mítines saboteados, el viaje a tierras sureñas dominadas por el Ku Klux Klan) llegan tarde y no impresionan mucho.

La visión política es desde luego valiente, una temática que pocos se atreverían a abordar, pero ni esta es tan provocadora como se esperaba ni la combinación con el drama social ofrece una perspectiva realista y crítica compleja y con calado.

El aviador Charles Lindberg se considera, ya desde cuando vivía, un héroe nacional a pesar de sus declaraciones con un escalofriante tono fascista. El tomar una figura tan endiosada y convertirla en el villano de la función no resulta muy adecuado ni respetuoso. ¿Por qué coger una persona real, y más una tan reciente, y jugar con su vida como te da la gana, en vez de partir de un personaje inventado? Pero esto no parece haber generado polémica, de lo desapercibido que ha pasado la serie.

La evidente comparación de la trama con la deriva política de Trump tampoco ha generado muchas conversaciones y controversias. El fascismo, la xenofobia, los desmanes de los poderosos amparados por el control de los medios, el daño social, sobre todo en las minorías… El material es potente, pero la narración sigue un camino demasiado sencillo y predecible que no permite generar una historia sobrecogedora y que empuje a la reflexión. Da la sensación de que lo mismo nos los han contado muchas veces (en V, los visitantesKenneth Johnson, 1983-, ya lo hicieron mucho mejor) y no te lleva a pensar y comparar con sucesos de actualidad. Además, sabiendo que Simon y la HBO apuntan a un público más culto e implicado, el que se pusieran el listón tan bajo sorprende y decepciona.

Por el lado contrario, en acabado visual tenemos una obra algo más ambiciosa que de costumbre en Simon, quien siempre ha preferido una profesionalidad disimulada en vez de una ostentación descarada. La dirección de los seis episodios se la reparten uno de los grandes de la televisión, Thomas Schlamme (artífice del aspecto visual revolucionario de El Ala Oeste -1999-) y una de las mejores directoras emergentes, Minkie Spiro. Estos buscan una puesta en escena más elaborada, con una fotografía e iluminación versátil que saca buen partido de la notable recreación de la época. Y esta ambientación tiende a ser incluso a veces más lujosa de lo que el sencillo relato requería: hay exteriores espectaculares, con calles atestadas de coches y gente, que a la hora de la verdad no parecen necesarios. Quizá la HBO tenía más confianza en un posible éxito y soltó más dinero, pero está claro que la miniserie no ha funcionado para nadie como se esperaba.

Es inevitable comparar con otra distopía reciente que sí ha resultado tan inquietante como el género permite. El cuento de la criada (Bruce Miller, 2017) destaca en todo en lo que La conjura contra América se queda corta: es espeluznante en la visión política y social, muy sensible en el drama, e hipnótica en el acabado visual.

THE DEUCE (LAS CRÓNICAS DE TIMES SQUARE) – TEMPORADA 3 Y FINAL

The Deuce
HBO | 2019
Drama | 8 ep. de 58-75 min.
Productores ejecutivos: David Simon, George Pelecanos, James Franco, Nina Kostroff-Noble.
Intérpretes: James Franco, Maggie Gyllenhaal, Margarita Levieva, Emily Meade, Chris Bauer, Criss Coy, Lawrence Gilliard, David Krumholtz, Kim Director, Daniel Sauli, Michael Rispoli, Olivia Luccardi, Sepideh Moafi, Luke Kirby, Zoe Kazan, Aaron Dean Eisenberg, Mustafa Shakir, Corey Stoll.
Valoración:

Alerta de spoilers: Describo bastante a fondo las historias principales. —

Empezamos la serie en 1971, con el nacimiento de la industria del porno, donde el barrio The Deuce de New York, en los bajos fondos de Time Square, tuvo bastante relevancia. Esta etapa dio un vuelco al mundo de la prostitución y a la forma de ganar dinero con el sexo, y para finales de la década (en la segunda temporada) los negocios relacionados estaban en su mejor época. Eso sí, el glamour del cine no tardó en llevárselo Los Ángeles, y New York se quedó con las migajas de este y con los aspectos más truculentos o incluso fuera de la ley.

En la tercera temporada saltamos a 1985. La industria ha exprimido el modelo del cine profesional, con estrellas y estrenos en salas, pero llega un punto de inflexión que cambia todo: la aparición del vhs y las cámaras de video ponen el porno y su creación al alcance de cualquiera, dando paso a las publicaciones en videoclubs al por mayor y a producciones hechas por aficionados.

Pero otros negocios aledaños también sufren reveses con los cambios políticos y sociales. Las cabinas de mirar y los clubes de prostitución se ven afectados por las campañas de limpieza de la zona propuestas por políticos (y eso que el ayuntamiento a duras penas consigue promover la llegada de inversionistas y negocios mejor vistos) y asociaciones civiles. Se llevan otro gran varapalo cuando las prostitutas descubren que pueden ir a domicilio (sobre todo a hoteles) sin necesidad de chulos. Y el SIDA llega para dar una última estocada, sobre todo a los sectores homosexuales. Las exitosas saunas gays se vacían de un año para otro porque la ciudad está sumida en el terror, pues cualquier puede coger “el bicho”. En un epílogo en situado en 2019 se señalan los últimos cambios drásticos en el mundo del sexo: la llegada de internet.

La visión de David Simon y su colaborador David Pelecanos muestra con una naturalidad asombrosa una época, un lugar y sus gentes, logrando una inmersión total del espectador. Las calles de The Deuce, los trabajos, las formas de vivir y sobrevivir en tiempos difíciles cobran vida ante nuestros ojos. Pero resulta una obra algo menos compleja y detallada que Treme (2010) y sobre todo The Wire (2002), con historias más previsibles de la cuenta, un repertorio de personajes que queda bastante lejos de aquellas, aunque unos pocos son deliciosos, y arrastra algunas carencias dignas de mención, sobre todo en esta temporada final, que está un poco por debajo de las anteriores.

Candy y Vincent han sido desde el principio los personajes principales, pero Lori Madison ha crecido mucho y en esta etapa comparte protagonismo. Da la sensación de que los autores vieron el gran talento latente en la actriz Emily Meade y lo han querido explotar (Simon afirma que es de los mejores intérpetes con los que ha trabajado), y ella ha cumplido a lo grande, dando el mejor papel de la serie y uno de los mejores del año televisivo.

Lori pasó de prostituta con un halo especial, tanto por belleza como por carisma, a actriz porno que enamoró al gremio y a los espectadores de medio mundo, convirtiéndose en una gran estrella. En este año abordan otra etapa habitual de este tipo de vidas: la caída en desgracia. El exceso de éxito se acompaña de sensación de soledad y de no controlar su vida, y acaba pasándose con las drogas. Si situación empeora cuando empieza a perder tirón y tiene que lidiar con trabajos por debajo del respeto y la libertad de los que había estado gozando. Cierto es que una vez se entiende que van a abordar esta historia se pueden intuir algunos aspectos, pero la descripción que hacen los guionistas de la depresión es muy buena, su trayectoria tiene aventuras de todo tipo muy bien hiladas, y Meade exprime al personaje con una interpretación colosal, llena de altibajos emocionales, giros sutiles y un tramo final demoledor. Atención a la escena en que cree estar siendo acosada por un tipo que aporrea la puerta del hotel pero todo está en su cabeza, en un torrente descontrolado de recuerdos de un padre abusón: pone los pelos de punta.

La sección de Candy ha sido la más predecible de toda la serie. En cuanto se presentaba su nuevo arco quedaba claro qué iban a contar, y siempre ha dado la sensación de que nunca enfrenta problemas muy serios, que todo le va saliendo bien. Sin llegar a sorprender, este año las cosas se le tuercen un poco más y tiene un final agridulce, y además mantiene lo que mejor funcionaba, las buenas lecturas sobre el ser humano (destacando la relación con gente de fuera del porno) y el mensaje feminista. En esto último cabe destacar algo sorprendente en estos tiempos, aunque no tanto viniendo de David Simon, que siempre ha tenido la cabeza muy bien puesta: vemos un ensayo sobre feminismo serio y con distintos frentes que no da nada mascadito ni tira por lo fácil y la corrección política. Cada personaje tiene su punto de vista según sus vivencias, algunos cambian con los tiempos, y en la lucha de la mujer por salir de la sombra del hombre y de la explotación, el mundo de la prostitución y el porno tiene más historias sórdidas y trágicas que luminosas. Maggie Gyllenhaal ha estado estupenda en toda la serie, y sus discusiones con Harvey Wasserman han sido siempre divertidísimas.

Vincent es el nexo que une a todos los personajes, pues muchos están muy separados. Aunque al lado de otras historias parezca que sus anécdotas como camarero y su romance tumultuoso con Abby no puedan aportar demasiado, ha mantenido su carisma y ha ganado en humanidad con los problemas de su hermano gemelo, Frankie. Y todo ello a pesar de que James Franco es un actor muy limitado que queda muy por debajo del resto.

Abby representaba a la mujer culta e idealista que lucha por un mundo mejor. En esta etapa se encuentra con que el mundo resulta demasiado complejo incluso para ella, y no termina de encontrar su lugar. El punto de inflexión en que se da cuenta de que lleva años estancada y tirando su vida es sutil y brillante: cuando está defendiendo a la ex-puta que quiere ser enfermera, los del jurado de recursos humanos del hospital le preguntan a qué se dedica ella, y después de haber sermoneado con todo el proceso de superación de su amiga se da cuenta de que ella en cambio no está haciendo nada con su vida. Es un suspiro breve antes de decir “llevo un bar”, pero condiciona todo lo que hace después. La actriz de origen ruso Margarita Levieva, que por cierto tiene cuarenta años aunque aparente menos de treinta, es otro gran descubrimiento y tiene un gran futuro.

Pero fuera de estos, los secundarios apenas se sostienen por su simpatía. Algunos que aportaban detalle y globalidad a a este microuniverso en las primeras temporadas parece que ahora sobran, y a la vez se nota que les han faltado otros personajes para cumplir el rango de grupos sociales abarcados, porque los que fueron terminando sus historias no han sido sustituidos por otros que cobren el mismo protagonismo e interés.

Paul está descolgadísimo del resto, se mantiene por el cupo gay y el SIDA, pero su historia personal y laboral llegó a su tope y los autores no son capaces de aportar nada llamativo, así que sólo queda un cascarón melodramático que aburre por momentos. El intento de pasar a primer plano a Big Mike no funciona, y su destino no interesa, también obedece al intento de reforzar del drama del SIDA, pero el giro está metido con calzador e intenta descaradamente ser emotivo. Las tres putas que quedan, aparte de haberlas cogido de extras de las que ni te acuerdas de un año para otro, son intrascendentes, puro relleno, no se cuenta nada útil con ellas. La chica joven huidiza con un padre que maltratador ya está representada por Lori y Candy, la parte de Melissa y la aparición de su padre, por mucho que esté en manos del gran David Morse, no aporta nada. La que trabaja de camarera con Abby no sé de dónde salió, sería tan insignificante que ni me fijé en ella, y su ligue con un tipo no entiendo qué pretende aportar. La yonki, Shay, es la única que tenía más presencia antes y cuya parte atrae más.

Bobby y Frankie El Negro quedan relegados a secundarios cómicos, sólo se mueven un poco cuando las putas empiezan a independizarse; el hijo del primero (interpretado por el hijo de James Gandolfini, Michael) no sé muy bien tampoco qué sentido tiene. Y seguimos con un problema importante: aunque ha mejorado la sección de los italianos, su poder sigue sin resultar del todo verosímil, son dos tipos que se supone que causan pavor a todos los demás personajes pero no se sabe por qué, porque no se muestra en ningún momento la fuerza y las ramificaciones de la mafia.

Un poco en tierra de nadie queda la parte política. Aporta algo esencial a la hora de conseguir la perspectiva tan amplia que siempre persigue Simon, pues sin mostrar la especulación inmobiliaria y los intentos del ayuntamiento por acabar con ella y limpiar los barrios céntricos no se pueden entender los cambios. Pero es otra sección demasiado separada del resto, y aunque amena y con personajes simpáticos, no veo que termine de conectar del todo, de influir realmente en la vida de los demás, quedando un poco como unos apuntes anecdóticos de la época. Eso sí, esta sección deja una de esas épicas frases marca Simon que definen media serie:

Nunca arreglamos a nadie. Nunca salvamos a nadie. Solo empujamos la mierda a otra esquina de la habitación.

Aparte, he echado mucho de menos a Gbenga Akinnagbe, el chulo Larry Brown que empezó a tantear ser actor porno. No he encontrado declaraciones o pistas de que el actor se fuera por voluntad propia o por problemas de algún tipo, simplemente ha desaparecido sin más. Quizá más adelante algún implicado suelte algo de información.

Añadiendo otros pequeños lastres, la narrativa no es todo lo fluida que debiera. Simon y Pelecanos, seguramente a sabiendas de que apuntaban otra vez a un público minoritario y podrían ser cancelados en cualquier momento dejando el relato a medias, optaron desde el principio por un estilo de miniserie, o sea, pocos capítulos y saltos temporales. Pero esto supone retos que a veces no sortean del todo.

En las dos primeras temporadas iba más suave la cosa, pero aquí hay demasiados saltos temporales que aceleran hechos más de la cuenta, requiriendo mucho esfuerzo por tu parte para enlazar cosas y aceptar cambios drásticos. A veces da la sensación de que se quedan sin recursos para dar forma a algunas elipsis (dos veces recurren al plano de una cama vacía para señalar un fallecimiento), y hay momentos que confunden al espectador (de repente aparecen en un entierro, y tienes que hacer malabares para saber de quién es). En la falta de soluciones más ingeniosas pesa mucho el epílogo, un giro demasiado sensacionalista y manipulador que desentona demasiado en esta serie y estos autores.

En la puesta en escena no tengo quejas. Como siempre, Simon opta por un estilo sobrio, que no sobresalga por buscar un virtuosismo deslumbrante, sino que deje hablar a los personajes y navegar a la historia. Y la ambientación de la época es estupenda, sobre todo en esta temporada, donde he notado más ambición en los exteriores, con más escenarios repletos de coches y extras.

En unos tiempos en que el cine y la televisión viven mucho de tratar de encandilar al espectador con la nostalgia por lo mejor y lo más idealizado de los años setenta y ochenta, The Deuce es una rara avis que muestra una realidad más sórdida y cruel. Como ensayo pseudo histórico ha sido estupendo. Como serie ha sido en general de notable, pero en el rico panorama actual eso ya no es suficiente para destacar, y menos si arrastras la incomprensible etiqueta de autor elitista que lleva David Simon desde The Wire.

Ver también:
Temporada 1 (2017)
Temporada 2 (2018)
-> Temporada 3 y final (2019)

OLIVE KITTERIDGE – MINISERIE

HBO | 2014
Drama | 4 ep. de 55-65 min.
Productores ejecutivos: Jane Anderson, Gary Goetzman, Steve Shareshian.
Intérpretes: Frances McDormand, Richard Jenkins, John Gallagher Jr., Peter Mullan, Zoe Kazan, Bill Murray, Jesse Plemons.
Valoración:

La HBO de vez en cuando se lanza a adaptar novelas conocidas o historias de personajes relevantes en forma de miniserie, como John Adams, Mildred Pierce, Elizabeth I y otras pocas. Olive Kitteridge es una novela de Elizabeth Strout que narra las vidas de distintos personajes de una pequeña localidad del Estado de Maine en Estados Unidos. La representación de las gentes y la forma de vida estadounidense es un valor que persiguen los premios Pulizter, y esta obra se alzó con el mismo en el año 2009. La miniserie de cuatro horas, escrita por Jane Anderson, autora bastante desconocida (sólo tiene algunos telefilmes en su currículo), recorta muchos personajes, que la novela parece tenerlos a puñados, pero mantiene el tono desestructurado, con idas y venidas en el tiempo que van desgranando a los personajes poco a poco.

Olive es una maestra y ama de casa un tanto amargada y poco simpática, o más bien muy seca y dura, y nunca dada a recular cuando su bocaza hiere a los demás. Su marido es amable, paciente y más que un encanto resulta empalagoso. La combinación de ambos anula algunas de sus debilidades o defectos, pero no siempre, con lo que el matrimonio tiene altibajos. Ella está cada vez más deprimida, y los golpes del destino no ayudan. Él se obsesiona con ayudar a una chiquilla en problemas, sin ser consciente de que a ojos de su familia traspasa bastante la línea, en especial viendo lo poco que atiende a su propio hijo. Este crece en un entorno frío de escaso amor, lo que explica que se largue a vivir lejos, aunque las secuelas y traumas no serán fáciles de dejar atrás.

Otros pocos secundarios, como la esposa del hijo cuando crece, otro profesor, un compañero de clase del chaval y su madre loca realzan el argumento e intenciones de la serie: narrar el drama de las gentes que no son capaces de sobreponerse a sus problemas y limitaciones. Hay tragedias, penurias, lamentaciones, unos cuantos suicidios y muertes inesperadas… Y aun así consigue transmitir un tono esperanzador y resultar un entretenimiento más emotivo que doloroso. ¿El truco? Una mezcla de naturalidad con un tono irónico logradísimo que recuerda mucho a A dos metros bajo tierra.

El dibujo de los personajes, aunque parezca encorsetado cada uno en una personalidad muy marcada, es estupendo, todos resultan verosímiles y enormemente cercanos. Sientes como si estuvieras ahí con ellos en ese ambiente tan humano, tan real. Y el punto de vista con un humor ácido ayuda a suavizar los golpes duros de la vida. Todos nos enfrentamos a cosas parecidas, qué menos que no cebarse en lo lacrimógeno en plan dramón, sino mostrarlo con el punto justo de sensibilidad y desparpajo.

Pero hay un momento que rompe el equilibrio: el atraco. No me convence, aunque las secuelas se manejen bien. Se mete con calzador, es exagerado e inverosímil y la tensión forzada de la situación no me gustó lo más mínimo. Por suerte es un traspiés breve, y momentos para el recuerdo hay muchos. Mis favoritos son los siguientes: la boda del hijo, la visita a la familia de este, el acercamiento de Olive al tipo que se encuentra tirado en un banco, la conversación con el amigo del hijo de adulto y el posterior rescate de una ahogada (sutil intervención de Olive y hermoso canto a la vida).

El trabajo actoral es estupendo, destacando a los más importantes, unos Frances McDormand y Richard Jenkins sumergidos completamente en sus roles. En la puesta en escena Lisa Cholodenko, que dirige los cuatro episodios, juega con la contención. Planos medios y ritmo suave pero muy fluido dan forma a una narrativa que parece sencilla pero que sin darte cuenta te atrapa bastante, porque consigue un tono de expectación constante muy logrado. Sumado eso a un guion complejo, profundo y detallista, obtenemos una serie que roza la excelencia, un drama muy recomendable para los amantes del género.