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DEVS – MINISERIE


FX/Hulu | 2020
Drama, suspense, ciencia-ficción | 8 ep. de 43-55 min.
Productores ejecutivos: Alex Garland.
Intérpretes: Sonoya Mizuno, Nick Offerman, Alison Pill, Jin Ha, Zach Grenier, Karl Glusman, Cailee Spaeny, Stephen McKinley Henderson.
Valoración:

Alerta de spoilers: Sólo presento por encima argumento y temática. —

El escritor Alex Garland entró en el mundo del cine cuando adaptaron en el año 2000 su novela La playa (publicada en 1996). Ahí conoció al director Danny Boyle, con quien colaboró en dos títulos más, 28 días después (2002) y Sunshine (2007), bastante exitosos pero que no mostraban por ninguna parte el talento que se empezó a ver en ellos más tarde, pues eran unos torpes compendios de todos los clichés de los géneros zombi y ciencia-ficción. Dredd (2012) no valía para mostrar si Garland estaba creciendo como escritor, por ser una serie b sin ambición, pero luego dio el salto a dirigir sus propios guiones y llamó bastante la atención. Aunque disten de ser redondas, Ex Machina (2014) y Aniquilación (2018) son obras de ciencia-ficción muy sugerentes y están rodadas con talento y pasión, lo que hace perdonar bastante sus limitaciones y fallos.

Cuando se anunció que iba a escribir y rodar una miniserie, los fans del género que lo teníamos en la mira la esperamos con interés. Con más tiempo y libertad para desarrollar las historias, ¿veríamos su potencial desplegado en su máximo esplendor? Pero en vez de observarse maduración y mayor amplitud de miras se ve un acomodamiento a fórmulas facilonas combinado torpemente con un tono pretencioso que acaba resultando más bien en unos lastimeros delirios de grandeza.

Cuando un relato de misterio va construyendo la trama sobre premisas, giros y detalles vagos y muy artificiales ya se puede ir intuyendo que no dará respuestas concretas. Uno bueno desgrana la información de forma que la suma de datos permite hacerse una idea del destino, da pie a que puedas ir reconstruyendo el enigma central. Uno muy bueno además será capaz de lograr un giro final que desmonte tus esquemas, pero llega ahí habiendo puesto sutilmente la semilla que lo hace verosímil, o sea, de forma que no parezca un giro salido de la nada, una farsa cutre. Un gran ejemplo es Blade Runner 2049 (Denis Villeneuve, 2017); en series, Black Sails tiene una temporada final con sorpresas de ese tipo muy bien ejecutadas. Un escritor mediocre y vago elude los datos consistentes, porque no los tiene, así que cuando parece acercarse hacia algo salta con una salida por la tangente, con fuegos artificiales para desviar la atención. Pero hay otra clase de autores que van más allá, que se creen buenos pero acaban patinando con un tono pretencioso que puede ser entre cargante e hilarante. Lo peor es que suelen tener éxito: ahí están Mr. Robot (Sam Esmail, 2015) y Dark (Baran bo Odar, Jantje Friese, 2017) como buena muestra de ello. Devs cumple todos estos nefastos puntos con nota… incluído el aspecto de engatusar a numerosos espectadores y medios, que están obsesionados con ella como si fuera un gran hito de la ciencia-ficción.

Un punto de partida interesante y un acabado que trata de ser hipnótico pueden llamar la atención de primeras. El amago de ofrecer una historia con varias ramificaciones parece asentar unas buenas bases en los tres primeros capítulos. En San Francisco, el centro mundial de las nuevas tecnologías, tenemos una empresa ambiciosa y un directivo endiosado, se presenta una intriga de espionaje industrial, y de fondo, se siembra la semilla de la fascinación por lo desconocido: ¿qué están desarrollando en la parte secreta de la compañía?

Pero nada llega a tomar forma, sino todo lo contrario, la escasa consistencia inicial se desinfla rápidamente. Para empezar, el punto de partida es exactamente el mismo que en Ex Machina. Jóvenes entusiastas y adoradores de esa figura mitificada logran acercarse a ella e ir descubriendo su investigación que promete cambiar el curso de la historia. En aquella cinta entrábamos en un sugerente análisis sobre las inteligencias artificiales, la frontera entre humano y máquina, la ética en el tratamiento de estas creaciones… Aquí vamos por otro camino en argumento pero también en calidad y alcance: la tecnología en que trabajan es pura fantasía, la intriga todo clichés que no llevan a ninguna parte, y todo acaba girando en torno a un dramón muy básico, todo ello adornado con infinidad de enredos narrativos de mala calidad… y de dudoso respeto de cara al espectador, porque son engaños descarados.

Tenemos personajes extremos, marcados por una sola característica forzada e inverosímil. El equipo de Devs, el proyecto secreto, es un despiporre sin pies ni cabeza. Un viejo muy viejo y una joven muy joven. ¿Qué se nos quiere decir con eso? El realizador sabrá. Un jefe que parece a punto de llorar a todas horas, porque sólo lo mueve el drama familiar que vivió, nada más se tiene en cuenta para tratar de elaborar alguna personalidad. Una subdirectora o lo que sea que lo acompaña y que no se sabe qué hace, pues aquí no se explica nada, se limita a poner cara de sobrada, de “sé cosas que tú no”. Parece que nadie más trabaja realmente ahí salvo los dos anteriores, eso sí, con tecnojerga y pantallitas llenas de enredos, nada que sea verosímil y venga de un esfuerzo real; los directivos sólo dan algunas órdenes, en plan “sigue trabajando”, y echan broncas cuando consiguen un gran avance porque… yo qué sé, nada tiene sentido; bueno, en realidad hay algunos extras que entran y salen de escena sin que quede claro qué pasa: trabajan ahí a tiempo parcial o qué. Aparte está el jefe de seguridad, que sí hace de todo él solito a pesar de estar a punto de morirse de viejo, así que el típico intento de mostrar un matón inquietante resulta más bien gracioso, porque parece estar en todas partes a la vez aunque le cuesta llegar a la puerta del despacho sin asfixiarse.

La anodina protagonista principal se sustenta en unos pocos amigos y novios que mueven su historia según se requiera, pues tras decidir que investigará lo que ocurre no vuelve a tener autonomía, no hace prácticamente nada nada concreto por sí misma. Lo gracioso es que algún personaje llega a decir que admira su determinación. Pero no es que estos secundarios vengan a salvar al situación, pues son meros motores de la trama, sólo sirven para ponerle encima las nuevas pistas o misterios, tampoco tienen dimensión alguna.

Sumando el nefasto reparto, no podía resultar un grupo de personajes menos conmovedor y más aburrido. Está claro que las mujeres niña andróginas, cual robots asexuados, son un fetiche de Garland, pero al menos ten en cuenta un poco las dotes interpretativas: Sonoya Mizuno está horrible. Y sus novios igual, Jin Ha y Karl Glusman cada cual da más vergüenza ajena y provoca más rechazo. Aunque habría que ver si el problema es el director, porque tenemos actores de gran talento probado, como Nick Oferman (Parks and Recreations -2009-) y Alison Pill (En terapia -2008-) como los directivos de Devs, de los que si por esta serie fuera diríamos que son intérpretes muy limitados.

Una vez entrados en materia, las pocas maneras a las que apuntaba el estereotipado entramado de historias se viene debajo de golpe. A partir del cuarto episodio damos tumbos sin rumbo, si Garland apuntaba bajo, acaba quedándose por completo sin ideas, rellena como puede un par de capítulos enteros para poder acabar con ocho, y se estrella a lo grande en un final para el que por suerte ya llegaba sin expectación ni esperanzas de ningún tipo.

La trama de espionaje se despacha de mala manera y aquí no ha pasado nada. Era otro artificio para tratar de realzar el aura de que en Devs se está cociendo algo muy gordo. Sí, en un cubículo estrafalario donde curran cuatro mataos está el destino del mundo. Con una máquina hecha de tubitos de cobre, tan ridícula como la de Dark, se redefinirá el conocimiento humano del universo en un proyecto con repercusiones científicas, sociales y tecnológicas increíbles. Y de todo lo que se podría tratar, de la infinidad de análisis antropológicos, filosóficos y científicos que se podían hacer, sólo se habla de que el pobrecito jefe sufre una pérdida de seres queridos, lo que lleva a un improvisado e infantil ensayo sobre determinismo y libre albedrío. Todo ello se trata con un fallido intento de pretenciosidad, porque para ser pretencioso al menos debes mostrar inteligencia tras la verborrea. En el final el despiporre es ya demencial: rompe las propias reglas establecidas, como para intentar provocar un shock por sorpresa, pero da igual, por arte de magia (aquí ciencia ninguna) acaba todo como se veía venir muy de lejos (si es que hasta detalles secundarios, como el mendigo, resultan obvios desde el segundo o tercer capítulo).

Entre medio hemos tenido mucho sensacionalismo y paridas, vaguedades y embustes… Como en Perdidos, se eluden las respuestas con más preguntas y desvíos de atención. Como en Mr. Robot, meten momentos chocantes por la fuerza para intentar provocar, como innecesarias peleas a tortas y muertes sangrientas, y otros numeritos visuales mal encajados.

Con este ambiente, no hay tensión ni inquietud por el destino de los protagonistas, fascinación y sobrecogimiento por las consecuencias del proyecto, las penosas líneas de pensamiento no pueden empujar a reflexión alguna, porque de un rato para otro las tonterías que están diciendo se contradicen…

Las indagaciones de la protagonista nunca dan sensación de peligro. Cómo va a darlo, si puede estar encerrada en un sitio de gran seguridad y salir andando por la ventana, si el matón sólo mata a personajes que el guionista considera que ya no son útiles y deja convenientemente al resto con vida… Al final, aparte de las memeces con la máquina, tenemos otra escena de las de enmarcar entre las más estúpidas del año: la protagonista llega a ir a casa de los asesinos que la persiguen a pedir explicaciones de por qué lo hacen… y estos se las dan. Con todo lo que podrían hacer con la máquina, y sólo tenemos mini avances a modo de señuelo, y de vez en cuando llegan esas salidas de tono citadas, como los ramalazos religiosos tan chabacanos, con los que intentan que no pienses durante un rato en que no están mostrando nada útil de cara a la trama. Las conclusiones finales sobre los temas de física cuántica, realidad, destino, libre albedrío… ni merece la pena comentarlos, parecen exposiciones desarrolladas por un crío que acaba de escuchar esas palabras por primera vez.

En la puesta en escena Garland va también sobre seguro a un mínimo muy decepcionante. El tono hipnótico de Ex Machina y Aniquilación se generaba por el buen nivel del acabado visual y porque la necesaria unión con la historia funcionaba. Es decir, el estado de ánimo de los personajes se reforzada por el tono de las imágenes. Aquí da igual lo que pase, todo se rueda con la misma iluminación naranja, la cámara andando lentamente de acá para allá en un ballet que lejos de resultar hipónico como dicen se hace cargarte ya desde el primer episodio. Sólo nos salimos de la tónica es para tratar de epatar los sentidos con enredos absurdos: las lámparas del bosque, las columnas de oro (¿qué gilipollez es esta?) y el sobrecargado interior del edificio no impresionan, y menos sin en cada capítulo los enfoca veinte veces como diciendo “mira qué maravilla”. La música también sigue la estela de Mr. Robot, rarita sin venir a cuento. Los efectos especiales no dan la talla, el edificio de Devs y la estatua gigante cantan demasiado, y los coches (¿¡por qué hacen los coches por ordenador!?) parecen sacados de un videojuego de hace años. El escaso presupuesto también se nota en los escenarios y decorados, que son cuatro mal contados; se dejaron todo el dinero en el interior de Devs, con mucho enredo pero poco sentido.

Alex Garland ha patinado a lo grande en su paso a la televisión, cayéndose del pedestal en que lo teníamos los amantes de la ciencia-ficción. Estaba claro que era una adoración precipitada, pero desde luego apuntaba maneras y no se esperaba que cayera tan bajo repentinamente. Devs es una pérdida de tiempo total, de esas que te dejan cabreado por haberte dejado engañar.

THE GOOD WIFE – TEMPORADA 7 Y FINAL


CBS | 2015
Drama | 22 ep. de 44 min.
Productores ejecutivos: Michele King, Robert King, David W. Zucker, Brooke Kennedy.
Intérpretes: Juliana Margulies, Matt Czuchry, Cush Jumbo, Christine Baranski, Jeffrey Dean Morgan, Chris Noth, Alan Cumming, Makenzie Vega, Michael J. Fox, Sarah Steele, Zach Grenier.
Valoración:

Alerta de spoilers: Comento la temporada bastante a fondo, sobre todo el final. —

Última temporada de The Good Wife. Cabía esperar que por fin echaran toda la carne en el asador, que movieran de una vez por todas a los personajes que no se atrevían a mover, empezando por Alicia. Que, ya sin miedo por el futuro, rompieran los tabúes conservadores a los que se aferran, limitando su potencial mucho más de la cuenta, hasta el punto de haber provocado algunas historias y giros bastante criticables a lo largo de la serie. Y más sabiendo que, al ser el final, se mira con especial atención ese riesgo o la falta de él y las elecciones que tomen a la hora de enfrentar el desenlace.

Pero en realidad no tenemos nada nuevo, es otro año más, con sus virtudes y limitaciones ya de sobras conocidas. Como en toda la serie, nos encontramos ante una narrativa encorsetada en directrices (a veces incluso absurdas) que limitan a unos guionistas que muestran un potencial muy superior. El notable dibujo de personajes (incluso los que tiene apariciones esporádicas), la sutileza con que narran algunas relaciones y pensamientos, y los subtextos tan inteligentes que suelen tener los casos del día a día (empezando porque tocan temas de actualidad bastante jugosos), de nuevo ven frenados su potencial por la obsesión de aferrarse a un esquema narrativo inmovilista y un tono conservador. Y sigue sorprendiendo que repiten el error de abordar tramas que saben que no pueden llevar a buen puerto por esas razones y acabarán obligados a darles carpetazo de mala manera. También, como ha sido más o menos la tónica, se pueden diferenciar tres fases. La que se centra en los casos sueltos, la que sigue una historia larga (en los primeros años, más de abogacía, en los últimos, con predominio de la política), y la que parece improvisada porque se han quedado sin material, pues siempre se ha notado que veintidós capítulos por año son demasiados. Normalmente seguían este mismo orden, pero aquí es el inverso.

El tramo inicial parece ir sin ganas, tirando sobre la marcha con rellenos poco sustanciosos (por suerte, como no es el final de temporada, no incluyen un giro sensacionalista). Y es que empezamos en una posición que ya critiqué en la etapa anterior. Qué sentido tiene volver a poner a Alicia empezando desde lo más bajo de la abogacía, y más cuando se ha hecho forzando, otra vez también, un distanciamiento hacia sus compañeros y amigos, más otro amago de acercamiento a su archienemigo, Canning. Llevan amagando con que se va a trabajar o no con él desde tiempos inmemoriales, mareando la perdiz sin llegar a nada. Y llevan el mismo tiempo jugando con que Alicia llega a lo alto del mundo laboral (encabezar un bufete importante, saltar a la política) para lanzarla al barro otra vez.

Consiguen mitigar un poco la sensación de paso atrás gracias a que los casos son bastante entretenidos y algunos incluso dejan buenas reflexiones, y a que en cierta manera dan un paso lateral que disimula un poco, ya que variamos ligeramente la dinámica de siempre en la relación con los clientes, pues sacan a Alicia de un despacho rodeada de abogados y la meten en las trincheras, peleándose por las migajas en la sala de vistas para fianzas primero, y luchando desde casa por levantar cabeza poco después. También se intenta aportar savia nueva. En seguida conocemos a Lucca Quinn, una abogada novata con la que empieza a colaborar porque se llevan bien. Esta es una de esas ocasiones en que un rol secundario termina ascendiendo a protagonista porque el actor es un roba escenas de cuidado: el buen hacer (y la buena presencia, claro) de Cush Jumbo le ganó pronto mantenerse durante toda la temporada, pero también ser recuperada en el spin off The Good Fight que encabeza Diane Lockhart.

Por desgracia, también aquí se materializa la nueva relación en tensión a través un mozo atractivo por el que Alicia se pone cachonda y duda durante media temporada sobre si irse con él o no. Lo cierto es que el personaje, Jason Crouse, tiene carisma y Jeffrey Dean Morgan le otorga más, pero la dinámica con los investigadores lleva siendo cansina desde hace mucho (qué pesados con Kalinda, y qué mal trataron a Robin en cambio), y si encima forma también parte del eterno triángulo amoroso, pues me pone en una situación difícil: por un lado, me cae bien, por el otro, parece hacer lo mismo en todos los capítulos, lo mismo que hacían otros personajes. Esto señala lo que venía diciendo, la obsesión por mantenerse a la fuerza fieles a la premisa y el tono conservador. Hay que tener un investigador que resuelva los casos con una llamada de último momento, y Alicia debe tener un conato de aventura mientras duda de si ser fiel a Peter para mantener a la familia, porque ha de haber movimiento dramático y tensión en el personaje pero a la vez el divorcio es tratado constantemente como una catástrofe, como un pecado (sí, estamos en el siglo XXI).

Además, es incomprensible que se centren tanto en Alicia teniendo a mano tantos protagonistas y tantas posibilidades con los diferentes frentes latentes. El bufete de Diane, Cary y Lee se mantiene de mala manera, con tramas secundarias entre tontorronas y lamentables. En vez tener casos paralelos que agilicen el ritmo, aparecen como para cumplir con el contrato de los actores. El lío con el viejo de Howard Lyman llega a resultar verdaderamente cansino, y rebaja de mala manera a grandes personajes como Diane y Cary. Los líos de racismo al contratar nuevos abogados aportan bien poco, salvo mantener la maldición de la serie de personajes que desaparecen: Monica Timmons (Nikki M. James) parecía estar ahí para largo, y se esfuma sin más; y hay que sumar otros casos recientes, como el encantador Finn Polmar (Matthew Goode), la anterior pieza del triángulo amoroso de Alicia que fue descartada cuando ya no servía, y el tal RD (Chris Platt), el del lobby republicano que parecía tan importante en las historias de Diane, hasta el punto de que lo citan en algunos roces ideológicos, pero que nunca vuelve a aparecer. Y aquí voy a mencionar que, como en las etapas anteriores, no aprovechan bien a la fauna de personajes recurrentes que construyeron en los primeros años, a pesar del tiempo a rellenar que había. Aparte de Canning apenas aparece Elsbeth Tascioni y un par de abogados y jueces.

Con Eli Gold también estamos estancados. El actor Alan Cumming tiene una presencia arrolladora capaz de levantar casi cualquier situación, y la hija (Marissa) es la mar de simpática, pero leches, repetir durante todos los capítulos el chiste del despacho enano, el momento de rencilla con la directora de campaña de Peter y las manías del personaje (ser ladino y manipulador), termina agotando. Sólo se recupera cuando se sincera con Alicia por haberle ocultado una llamada de Will Gardner hace unos años, un giro bien aprovechado ahora aunque en aquel entonces fuera el enésimo truco para poner en frío de nuevo la relación en tensión.

Este tramo logra entretener y ofrece algunos buenos momentos (destacando la dinámica con Lucca y que la religiosidad de la hija de Alicia se ha descartado inesperadamente y tiene algunos aportes interesantes, como su trabajillo como secretaria), pero la poco disimulada repetición del esquema narrativo se hace evidente demasiado pronto y afecta demasiado a los personajes secundarios, atascados en un bucle que roza la vergüenza ajena. Así pues, en esta reformulación de la premisa no parece haber suficiente para justificar el retroceso en el estado laboral y personal de Alicia, y como inicio de la temporada final deja más bien una sensación de agotamiento de ideas, de decepción, y más teniendo en cuenta todo lo que abarca, diez capítulos, casi la mitad de la temporada.

Con Eli y la directora de campaña Ruth Eastman, para la que ficharon a un peso pesado como Margo Martindale, iban manteniendo en segundo plano la carrera para la vicepresidencia de Peter. No ha ofrecido nada especialmente llamativo, más que nada porque se atasca con la dinámica repetitiva de Eli y Ruth, y cuando por fin cobra protagonismo no es que aporte algo extraordinario. Sí, es uno de esos tramos donde nos apartamos de la dinámica habitual de abogados y nos ofrecen una perspectiva muy realista de cómo funciona la política en Estados Unidos, pero ya hemos visto varias veces que, por mucho fuego artificial que lancen, al final harán un reset. Y vaya si lo hacen, con todo descaro. Pero, como en la serie en general, mantiene un nivel más que decente porque los personajes son bastante buenos y sus vivencias y sentimientos están bien exprimidos. Alicia está harta de todo y empieza a romper con todo sin miedos ni remordimientos. Va con Peter porque es bueno para la carrera de ambos, pero no parece sentir nada por él. Aguanta a Eli igual, y también parece que si lo llega a perdonar es por seguir adelante.

Así pues, aunque no ha sido espectacular, este tramo ha dado vidilla cuando la temporada no parecía dirigirse hacia ninguna parte, y dura poco, pues en seguida nos lanzamos al arco final, donde el procedimental de abogados ofrece lo mejor de sí y la trama creciente del nuevo juicio contra Peter salpica con un poco de intriga. El ritmo y el interés crecen con casos más llamativos, con personajes que se mueven más, y en general con una sensación de dirección, de que los productores sí se están trabajando el final de la serie.

Para empezar, inesperadamente terminan echándole huevos y llevando por fin a Alicia a una aventura auténtica con Jason, rompiendo el eterno triángulo amoroso con ella decidida a follar sin mirar atrás, a vivir la vida de una vez por todas. Por cierto, es graciosísimo ver que le cambian la peluca desde entonces por una más clara y medio despeinada, señalando actitud juvenil y desenfrenada. Los tejemanejes en el bufete dan lo mejor de sí después de un receso tan largo. Diane recupera su merecido protagonismo, Alicia y Quinn luchan por hacerse un hueco, los roces clásicos con Lee mantienen el tipo, hay unos pocos casos muy interesantes, como el del trasunto de Snowden, el de las armas, el la seguridad versus intimidad (el de los drones), y todo termina explotando con el acoso a Peter, donde Eli vuelve a estar en su salsa. La apoteosis llega en el capítulo de la fiesta en casa de Alicia (720, Party), el mejor del año.

Por supuesto, esta sección también tiene su lado malo, pues le sigue pesando la sensación que no han meditado bien algunas cosas. Resulta bastante cogido por los pelos (aunque a la vez se veía venir) que Alicia acabe otra vez en el bufete, y aunque iba predispuesto a perdonarlo porque así los teníamos a todos juntos, resulta que esto no es del todo así. Primero, la relación entre Alicia y Diane está un poco fría, no terminan de entrar en una dinámica llamativa de o guerra o recuperar la amistad profesional y personal. De hecho, tenemos una subtrama extraña: el intento de formar un bufete sólo de mujeres da vueltas sin concretar nada, y al final se esfuma en el aire. Y lo grave es que no queda claro qué quería Alicia, si estaba dispuesta a volver luchar por ascender o, como parecía, estaba más feliz siendo abogada de más bajo nivel. Pero el problema más claro es que parece que no sabían qué hacer con Cary, y lo van relegando y relegando hasta que deben quitárselo de encima. ¿Tanto se enamoraron los escritores de Lucca Quinn o de su intérprete que Cary ya no les encajaba? Es una lástima, era otro personaje principal notable y el joven Matt Czuchry ha estado espléndido todos estos años. También me pregunto por qué, cuando temen por el futuro de Peter, Eli pretende que sus donantes pasen a Alicia: ¿no estaba ella vetada en el partido?

El final trae polémica, una polémica que no he entendido muy bien, porque no veo salidas de tono de dudosa justificación o lo contrario, cobardía excesiva, como para ponerlo a parir. Hay varios frentes abiertos, y los principales, aunque difíciles, los cierran bien. Sólo con algún aspecto secundario tendría pegas. La bofetada de Diane a Alicia me parece otro momento de esos de forzar enemistades; lo mismo si tenemos dos capítulos más acaban juntas otra vez, que ya me conozco la jugada. Y la salida de Cary no me gustó, no tiene un final digno.

Lo más relevante es Alicia, pues de nuevo copa un protagonismo excesivo. El caso contra Peter se desarrolla bastante bien, con infinidad de baches y giros que mantienen un buen nivel de expectación. El trío amoroso se estira como siempre, pero sacan mucho partido de los sentimientos de Alicia, de su lucha interna por decidir si seguir con su familia, aunque ya no sienta nada por su marido, para mantener a sus hijos y su trabajo en un nivel de estabilidad y respetabilidad como exige la sociedad, o si sería mejor arriesgarse a perseguir una felicidad más idílica yéndose con Jason, un inmaduro lleno de promesas vagas pero atractivas. ¿Y por qué se decantan al final los autores? Por un término medio que me parece muy acertado. Alicia, que creía haber madurado, ofreciendo una cara muy dura al exterior, con cinismo incluso, trabajando duramente, incluso si era necesario doblegando la justicia y la ética, para salir adelante y sacar adelante su familia, en el momento clave demuestra no haber madurado del todo, sobre todo en cuanto a relaciones amorosas. Su indecisión, su lentitud a la hora de enfrentar sus sentimientos y contrastarlos con los deberes como cabeza de familia, le explotan en la cara, dejándola en un limbo: Jason huye, con Peter se ha vuelto a distanciar.

Supongo que muchos espectadores esperaban lo fácil, que se fuera con Crouse siguiendo la fantasía. Quizá otros pensaban que el acercamiento a Peter, aunque fuera desde el respeto y la responsabilidad más que desde el amor, auguraba que se quedaría con su familia. Pues yo me alegro de que los guionistas por una vez hayan optado por un movimiento valiente, y también un tanto cruel, melancólico: la vida sigue adelante, dándote bofetadas si no actúas con determinación. Prefiero un final abierto, que deje margen a la imaginación y a la reflexión, que uno que te lo dé todo mascadito, donde el único riesgo está en elegir entre dos opciones demasiado previsibles y que con toda probabilidad implican una recepción más dispar, dividida precisamente en dos. Por ello, remarco que no entiendo qué es lo que no ha gustado. Creo que, dada la serie que era y dada la trama final, no había mejor desenlace sin llegar a abandonar su espíritu.

PD: Ahora que me fijo, me sorprende la falsa publicidad de los pósteres de cada temporada, con Alicia vestida de rojo o en posturas eróticas, todo lo contrario a su estilo habitual.

Ver también:
Temporada 1 (2009)
Temporada 2 (2010)
Temporada 3 (2011)
Temporada 4 (2012)
Temporada 5 (2013)
Temporada 6 (2014)
-> Temporada 7 y final (2015)