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LA CONJURA CONTRA AMÉRICA – MINISERIE


The Plot Against America
HBO | 2020
Drama | 6 ep. de 58-70 min.
Productores ejecutivos: David Simon, Ed Burns.
Intérpretes: Morgan Spector, Zoe Kazan, Winona Ryder, Anthony Boyle, Azhy Robertson, Caleb Malis, John Turturro, Michael Krostoff, David Krumholtz, Ben Cole, Jacob Laval, Steven Maier, Caroline Kaplan.
Valoración:

El escritor David Simon (en la siguiente foto) y su colaborador puntual Ed Burns no deberían necesitar una presentación a estas alturas, pero por si acaso, os remito a la que les hice al hablar de The Wire (Bajo escucha, 2002). Esa serie, considerada por cualquier seriéfilo como una de las mejores de la historia, si no la mejor, muestra muy bien el talento y el talante de ambos, su gran habilidad para volcar experiencias propias en vívidos retratos de épocas y sociedades concretas y hacer que emerja de ellos una crítica muy inteligente de los problemas que las han asolado. Simon siguió por el mismo camino en otra obra monumental, Treme (2010), centrada en New Orleans tras el huracán Katrina y en cómo en vez de levantar la ciudad aprendiendo de los fallos todo siguió igual, y otra con un potencial algo desaprovechado, Show Me a Hero (2015) y su retrato de las revueltas sociales de Yonkers.

El novelista Philip Roth, comprometido también con la idea de mostrar los males de Estados Unidos por si llega a servir de algo, tiene algunos libros bastante conocidos, como Pastoral americana (1997), que le valió un premio Pulitzer. En 2004, viendo la deriva del país y del mundo tras los atentados del 11 de septiembre, publicó La conjura contra América, una distopía a modo de historia paralela donde ante la llegada de la Segunda Guerra Mundial EE.UU. se vuelca hacia la ola de fascismo generada por Hitler.

Volviendo al mundo real, las crisis económicas y sociales que nos han azotado en este milenio, en vez de hacernos aprender han azuzado de nuevo el fantasma del fascismo de forma inquietante. Estados Unidos, otrora adalid de las libertades, ha caído de lleno en las primeras fases de su implantación con la llegada de presidente Donal Trump, de quien nos reíamos en la campaña electoral por su estilo estrafalario y sus paridas y ahora nos tiene acojonados.

Que Simon y Burns abordaran la adaptación de esta novela justo en estos momentos no parece una coincidencia. Todo parecía apuntar a que dos autores otrora elegantes y comedidos en el aspecto crítico iban a ir a por todas a la hora de señalar desde la ficción los problemas actuales. Pero el estreno de la miniserie ha dejado muy frío a todo el mundo. A sus seguidores, acosumbrados a un nivel de excelencia al alcance de muy pocos, a los medios e intelectuales, que podrían haberla aprovechado para avivar sus críticas, e incluso a grupos políticos de tendencias oscuras: me sorprende que no agitara el avispero de fanáticos políticos y conspiranoicos, pues tenían a tiro decir que es una producción de propaganda sionista o una campaña de difamación contra Trump. Que no alterara a colectivos tan irascibles muestra muy bien el poco calado y capacidad de provocar que han logrado.

Da la impresión de que han ido con prisas para llegar a tiempo en plena ola Trump, que no han meditado sobre el proyecto y trabajado en su desarrollo como es debido. Es la obra de Simon más aburrida desde el coñazo que resultó Generation Kill (en la que participó Burns también), apenas queda un poco por encima en interés por temática y personajes. Hasta Show Me a Hero, que no emocionaba mucho como serie dramática, tenía al menos algo que le permitió dejar una tenue huella, un retrato social y una visión crítica bastante efectivos. Incluso su obra más reciente, The Deuce, Las crónicas de Time Square (2017), donde no pretendía un retrato exhaustivo de los condicionantes políticos que mueven los tiempos retratados, ha acabado teniendo una perspectiva mucho más compleja. La conjura contra América es muy parca en contenido y sentimientos tanto en la odisea de sus personajes, como en el drama social, como sobre todo en la visión política tan prometedora en principio.

El drama familiar es lo que mejor parado sale, pero no como para enganchar con fuerza y hacer olvidar las carencias generales. Los Levin son unos judíos que viven felices en su barrio de Newark (New Jersey), lleno de compatriotas, sobre todo porque la situación económica va mejorando tras el crack del 29 en EE.UU. y los coletazos de la Gran Guerra en Europa, de forma que aspiran a mejores trabajos, empiezan a buscar una casa más grande… Pero la nueva situación los zarandea, los pone en el foco de la tormenta, hace mella en las relaciones personales, deja su futuro en vilo. Sin embargo, a pesar de narrar eventos tan jugosos, a la hora de la verdad no llegamos a encontrar un gran drama. Tenemos las vivencias justas para interesarnos por su día a día y esperar qué les deparará el futuro, pero nunca llega a alcanzar un buen nivel de incertidumbre y desasosiego, ni en los momentos más grave se sufre con ellos.

Herman, el cabeza de familia, está todo el día cabreado, pero poco hace; al acercarse el desenlace por fin se implica algo más… pero no camina en ninguna dirección llamativa ni llega a un final recordable. Eso sí, Phil Spector está estupendo y levanta mucho el interés. Parece que Simon quería a Oscar Isaac, protagonista de Show Me a Hero; o eso deduzco de esta entrevista, undécima pregunta, donde habla de dinero y actores. Pero con el caché de cine que tiene se salía de presupuesto y optaron por un rostro menos conocido. Yo me alegro, así se dan oportunidades a actores desaprovechados. La esposa, Elizabeth, representa a la ama de casa que empieza pareciendo poca cosa y va endureciéndose, pero también es un arco facilón y previsible. Zoe Kazan ha mostrado en La balada de Buster Scruggs (2018) y The Deuce ser un valor seguro, y también ensalza bastante un personaje que no termina de deslumbrar.

Alvin, el hermano acoplado, viene a representar el tipo que parecía perdido y sin futuro pero encuentra nueva determinación en tiempos duros. Sin embargo, acaba resultando un comodín para mostrar otros aspectos de aquellos tiempos (los problemas laborales, la breve parte bélica) sin terminar de encajar en nada; la escueta aventura bélica parece incluso un engaño, no vemos nada útil y llamativo después de anunciar tanto. Anthony Boyle apenas está empezando su carrera y tiene bastante potencial. Evelyn (Winona Ryder) es la hermana de la esposa, quien ve que pasa el tiempo y no encuentra marido. Se acaba enamorando del rabino Lionel Bengelsdorf (John Turturro)… y de su mundo deslumbrante lleno de poder y fiestas. Estos representan al típico sector que se alía con sus opresores, obsesionados por mantener su posición aun a costa de negar la realidad. Pero si esperabas que su historia terminara de apuntalar las tragedias latentes, tampoco da mucho de sí, un par de peleas con la familia y la consabida lección que les estalla en la cara al final.

Los Levin tienen dos hijos. El joven Philip (Azhy Robertson) absorbe todo el estrés sin que los adultos lo noten, y parece que podría acabar mal parado… pero los guionistas se empeñan en resaltar demasiado su drama (cuántas miradas de sufrimiento forzado) para en conjunto tampoco llegar a conformar una evolución emotiva y recordable. El adolescente Sandy (Caleb Malis) sale mejor parado, aunque tampoco sorprenda. Su incipiente rebeldía choca con el proteccionismo de sus padres, lo cual es la historia de siempre, pero tiene naturalidad suficiente para funcionar bien, y aquí logran lo contrario que con el otro, ser más sutiles: la mirada de entendimiento cuando padre e hijo se perdonan y aceptan por fin es el desenlace más concreto y efectivo.

A través de ellos los autores pretenden mostrar cambios sociales muy complejos, y no llegan. Para empezar, salta a la vista que falta una representación más amplia de ciudadanos y políticos. Del gobierno sólo tenemos un par de aportaciones de la primera dama, porque el presidente sólo aparece brevemente en los noticieros, y la vida a pie de calle se limita a la experiencia de la familia y a unos pocos secundarios poco trascendentales (un par de amigos de Herman y Alvin). El foco tan centrado en un grupo reducido no tendría por qué impedir mayor versatilidad en historias, que los eventos se mostraran con una progresión más elaborada y mayor capacidad de impacto, pero apenas salimos salen de limitada burbuja familiar, donde además mucha información es adquirida a través de la radio, lo que será realista, pero contraproducente a la hora de dar emoción y ritmo. Las manifestaciones de problemas sociales (los mítines saboteados, el viaje a tierras sureñas dominadas por el Ku Klux Klan) llegan tarde y no impresionan mucho.

La visión política es desde luego valiente, una temática que pocos se atreverían a abordar, pero ni esta es tan provocadora como se esperaba ni la combinación con el drama social ofrece una perspectiva realista y crítica compleja y con calado.

El aviador Charles Lindberg se considera, ya desde cuando vivía, un héroe nacional a pesar de sus declaraciones con un escalofriante tono fascista. El tomar una figura tan endiosada y convertirla en el villano de la función no resulta muy adecuado ni respetuoso. ¿Por qué coger una persona real, y más una tan reciente, y jugar con su vida como te da la gana, en vez de partir de un personaje inventado? Pero esto no parece haber generado polémica, de lo desapercibido que ha pasado la serie.

La evidente comparación de la trama con la deriva política de Trump tampoco ha generado muchas conversaciones y controversias. El fascismo, la xenofobia, los desmanes de los poderosos amparados por el control de los medios, el daño social, sobre todo en las minorías… El material es potente, pero la narración sigue un camino demasiado sencillo y predecible que no permite generar una historia sobrecogedora y que empuje a la reflexión. Al ser una obra tan limitada, da la sensación de que te lo han contado muchas veces (en V, los visitantesKenneth Johnson, 1983-, ya lo hicieron mucho mejor) y no te lleva a pensar y comparar con sucesos de actualidad. Además, sabiendo que Simon y la HBO apuntan a un público más culto e implicado, el que se pusieran el listón tan bajo sorprende y decepciona.

Por el lado contrario, en acabado visual tenemos una obra algo más ambiciosa que de costumbre en Simon, quien siempre ha preferido una profesionalidad disimulada en vez de una ostentación descarada. La dirección de los seis episodios se la reparten uno de los grandes de la televisión, Thomas Schlamme (artífice del aspecto visual revolucionario de El Ala Oeste -1999-) y una de las mejores directoras emergentes, Minkie Spiro. Estos buscan una puesta en escena más elaborada, con una fotografía e iluminación versátil que saca buen partido de la notable recreación de la época. Y esta ambientación tiende a ser incluso a veces más lujosa de lo que el sencillo relato requería: hay exteriores espectaculares, con calles atestadas de coches y gente, que a la hora de la verdad no parecen necesarios. Quizá la HBO tenía más confianza en un posible éxito y soltó más dinero, pero está claro que la miniserie no ha funcionado para nadie como se esperaba.

Es inevitable comparar con otra distopía reciente que sí ha resultado tan inquietante como el género permite. El cuento de la criada (Bruce Miller, 2017) destaca en todo en lo que La conjura contra América se queda corta: es espeluznante en la visión política y social, muy sensible en el drama, e hipnótica en el acabado visual.

STRANGER THINGS – TEMPORADA 1

Netflix | 2016
Suspense, Ciencia-ficción | 8 ep. de 55 min.
Productores ejecutivos: Matt Duffer, Ross Duffer, varios.
Intérpretes: Winona Ryder, David Harbour, Finn Wolfhard, Millie Bobby Brown, Gaten Matarazzo, Caleb McLaughlin, Natalia Dyer, Charlie Heaton, Cara Buono, Matthew Modine.
Valoración:

Es impresionante el revuelo que ha armado Stranger Things. A los pocos días de que Netflix liberara (porque lo de emitir semanalmente ya empieza a quedarse obsoleto) los ocho capítulos de esta primera temporada ya se podía empezar a ver el entusiasmo por las redes. En un par de semanas se ha convertido en la serie más popular del verano, y aunque también es cierto que no ha habido mucha competencia, ni el pelotazo de Mr. Robot el año pasado movió a tanto espectador.

A mí me ha parecido excesiva su buena recepción. El factor nostalgia, el intento de llevar a los treinta y cuarentañeros de vuelta a su infancia, no creo que deba serlo todo, la calidad también debe contar. Y me temo que los guionistas se obsesionan con el primer punto, dando la impresión de que no ponen esfuerzo en intentar que la tormenta de referencias no convierta a la serie en un mero escaparate de productos ochenteros en vez de en una obra con personalidad propia, resultando enormemente predecible y con personajes ahogados en estereotipos. Los Goonies, E.T., Stephen King y la fantasía épica (El Señor de los Anillos, los juegos de rol) son sus principales pilares, pero hay infinidad de obras citadas de forma más o menos descarada, tanto en lo visual, como en la trama, como en los diálogos, como en la banda sonora. Hay ya unos cuantos artículos analizándola a fondo en este aspecto (este por ejemplo), así que me voy a centrar en la crítica. En vez de introducirnos con elegancia y sutileza en una atmósfera de estética añeja y con homenajes puestos en su justo momento, cada parte de la trama y cada escena, cada diálogo y cada personaje están construidos a base de piezas sacadas de la época retratada.

Tenemos la clásica pandilla de chavales marginales (clonada de Los Goonies, obviamente) que se ven envueltos en un misterio, el cual se empeñan en resolver ellos mismos sin recurrir a nadie a pesar de que hay desaparecidos y muertos. Esta premisa resulta poco verosímil, así que hay que hacer un buen salto de fe para entrar en el juego. Pero sobre todo, resulta limitada. Una vez presentados los personajes no hay mucho más que rascar. La posición de cada chaval, adolescente y adulto se aferra demasiado los tópicos de rigor, impidiendo que resulten naturales, y en muchos casos incluso se convierten en cargantes en muy poco tiempo. La parte de la adolescente que se quiere ligar al chulito (el único que madura al final, pero repentinamente y porque hay que cumplir con el cliché) es realmente cansina, pero no menos vueltas sobre sí mismos dan la madre que enloquece, el sheriff abrumado por fantasmas del pasado (vergüenza ajena me dieron los flashbacks finales), el villano sacado de E.T. y sin personalidad concreta, y los chicos con sus roles tan marcados. Por suerte, estos últimos mantienen lo justo de simpatía como para poder conectar por lo menos con una de las secciones de la historia, y eso a pesar de mantener una dinámica que en todos capítulos ofrece casi lo mismo, avanzando con cuentagotas entre un sinfín de situaciones repetitivas. Además, el casting ha dado en la campana tanto con los adultos (Winona Ryder y David Harbour están estupendos) como sobre todo hallando unos actores jovencísimos pero que parecen profesionales veteranos: qué espontaneidad y amplio registro muestran todos los críos. Eso sí, me tiré un par de capítulos creyendo que el niño que parece el líder de la banda era niña y que la niña de pelo corto era niño.

La trama se atasca igualmente en un mínimo demasiado básico y poco sustancioso: una empresa misteriosa y un monstruo que se les ha escapado. Y también la verosimilitud hace aguas: experimentos tan delicados al lado de un pueblo en vez de en zonas aisladas como el Área 51, un bicho fugado y no parecen poner mucho interés en buscarlo… Gracias a la sólida puesta en escena (la fotografía nocturna es estupenda) se logra una atmósfera sombría y un tono de seriedad y calidad que el libreto no llega a conseguir, pero no es suficiente, y conforme avanzan los episodios se va diluyendo porque el guion no da más de sí. El monstruo ataca cuando los escritores quieren, relegando de mala manera la persecución del chaval desaparecido y la movida en su hogar a lo Poltergeist hasta el último capítulo, mientras que en los demás nos sueltan dosis ínfimas de datos la mar de previsibles. Sumado a los personajes estancados en una mecánica repetitiva, no hay sensación de avance, y cuando este llega, ocurre exactamente como se venía venir: no hay cambio, giro, supuesta sorpresa o resolución que no se intuya muy de antemano… pero sí encontramos numerosos agujeros, sean momentos mal resueltos o poco creíbles:
-Un par de personajes hallan la guarida del monstruo que tanto buscan, salen por con vida por los pelos… y se van a casa a ducharse y a dormir. ¿Informar a alguien, pedir ayuda para buscar a los desaparecidos, decirle a la madre que definitivamente no está loca? Nooo, que hay quejarlo para otro capítulo, ahora toca otro pasito minúsculo en el romance juvenil.
-En una persecución (a lo E.T. sin disimulo alguno) bloquean una calle con un vehículo… pero parece que los persecutores no ven que hay amplios jardines sin acera por donde pasar. La escena es verdaderamente ridícula.
-Las radios (walkie-talkies) mágicamente se convierte en móviles, sin tener que cortar para que el otro hable ni pulsar el botón. No puedes basarte en un momento tecnológico concreto y luego saltarte las reglas cuando te da la gana.
-Y finalmente hasta la puesta en escena falla un poco en los momentos de acción, con unas peleas cuerpo a cuerpo y unos tiroteos bastante mal montados (qué poco creíble resulta cómo el sheriff vence a distintos individuos de seguridad, tanto en la base secreta como en el vertedero de vehículos donde se esconden los críos).

En resumen, Stranger Things sólo te enganchará si conectas con la idea de revivir el pasado. Y parece que el truco ha funcionado, porque la mayoría de espectadores ha acabado muy contentos, sin llegar a ver sus notables carencias internas. Yo espero algo más, no puedo emocionarme y vibrar con una mezcla desganada de cosas demasiado conocidas, necesito una historia que intente existir por sí misma, no viviendo de trozos de otras obras con la excusa de la añoranza; como se imponga la moda del remake también en televisión me dará algo. Si no fuera por su profesional acabado visual y por la gracia del grupito de niños, creo que estaría dándole un suspenso. Aun así, el ritmo es moroso, aletargado, hasta resultarme un poco pesada a pesar de su sencillez y brevedad. Y desde luego me ha parecido intrascendente, a olvidar en poco tiempo.

PD: ¿Pretendían una serie exclusivamente para adultos? Porque si bien en muchos tramos es muy infantil, hay unos cuantos momentos terroríficos, violentos y sangrientos. Si se trataba de recuperar el tono ochentero, ¿por qué no mantener también el estilo juvenil apto para todos los públicos, para así enganchar a nuevas generaciones?

SHOW ME A HERO – MINISERIE

Drama, histórico | 6 ep. de 60 min.
HBO | 2015
Productores ejecutivos: David Simon, William F. Zorzi, Nina Kostroff-Noble, Paul Haggis.
Intérpretes: Oscar Isaac, Natalie Paul, Carla Quevedo, Alfred Molina, Ilfenesh Hadera, LaTanya Richardson Jackson, Catherine Keener, Winona Ryder, James Belushi, Bob Balaban.
Valoración:

David Simon vuelve a escribir una serie. Las expectativas por las nubes. La recepción… relativamente buena en la crítica, pero lo cierto es que si medimos el éxito por las audiencias, desde luego no se puede considerar que haya tenido el esperado. Es curioso, mucho hablar de Simon, de cómo revolucionó la televisión con la obra maestra The Wire (2002) y su sublime análisis de las sociedades del primer mundo, y a la hora de la verdad casi nadie ve sus nuevas producciones. De hecho, la decepción por las bajas audiencias de Treme (2010) casi lo lleva a abandonar este medio. Pero sus series empujan a escribir infinidad de artículos sobre su alcance, porque siguen trascendiendo más allá de la simple emisión en televisión o venta en dvd. Es decir, el público generalista no las ve, pero los pocos intelectuales que sí lo hacen les sacan gran partido, y con sus comentarios terminan esparciendo poco a poco su influencia por el mundo. Show Me a Hero es la que mejor ejemplifica ese valor extra que tienen sus trabajos, porque como serie tiene bastante menos calidad de la que se espera y tampoco la ha visto mucha gente, pero aun así deja un poso enorme, una buena cantidad de enseñanzas e ideas sobre las que pensar.

David Simon y el periodista William F. Zorzi adaptan el libro escrito por la también periodista Lisa Belkin, que relata los hechos ocurridos en la ciudad de Yonkers, colindante con New York, donde desde 1987 hasta 1994 tanto el ayuntamiento como gran parte de la población estuvieron en ebullición constante por una resolución judicial insólita. Resulta que un juez dictaminó que la ciudad debía construir viviendas sociales en los barrios de la clase media para trasladar allí a familias segregadas en guetos raciales, donde estaban abocadas a vivir en la miseria. Esta orden puso a la mayoría blanca de clase media en pie de guerra, con años de disputas entre políticos agobiados entre las obligaciones de la ley y las demandas de los manifestantes que no querían negros en sus barrios. La ciudad estuvo a punto de quebrar y de acabar con revueltas.

Simon aprovecha este caso local y antiguo pero fácilmente extrapolable a muchas ciudades y países para recordar que las diferencias raciales y económicas siguen generando problemas diversos que los políticos no saben o no quieren arreglar sencillamente porque los votantes no tienen visión alguna, un círculo vicioso del que no somos capaces de salir. Como lección de historia y ensayo socio-político funciona bastante bien, pues resume los acontecimientos de varios años de forma que se entiende qué fue ocurriendo y realiza una correcta exposición de las personas y bandos implicados, todo ello con su aparente neutralidad… Y digo aparente porque, si bien mantiene el estilo de The Wire de ofrecer un punto de vista objetivo, es decir, mostrar todas las caras de la situación sin dejar entrever una ideología concreta, el simple hecho de elegir esta historia y narrar con detalle todos sus ángulos ya supone “elegir un bando”: el de la crítica directa y completa al sistema, pero también a las limitaciones y responsabilidades de cada ciudadano. Cada personaje, es decir, cada persona real, tiene sus virtudes y defectos, sus razones para defender tal y cual cosa según su visión del mundo, sus conocimientos, la presión social, etc. Desde la ambición del alcalde veterano a la poca fuerza vital de la pobre chica negra que acaba drogándose, hay todo un rango de individuos más o menos falibles y cuyas decisiones afectan en mayor o menor medida a los demás. El título reza “enséñame un héroe”. No hay ninguno. Hasta la figura más relevante, el joven alcalde Nick Wasicsko (Oscar Isaac), se movía seguramente más por cumplir la orden, no por ética social. Aquí sólo hay víctimas.

Pero mientras funciona muy bien como ensayo, como serie dramática se queda algo corta. Son sólo seis capítulos y se hace pesada y larga. No pausada pero densa y adictiva como The Wire y Treme, sino algo aburrida como Generation Kill (2008). Simon no logra un repertorio de protagonistas tan fascinante como los de esas dos grandes obras. Del amplio registro que muestra sólo unos pocos consiguen resultar relevantes y atractivos: Wasicsko y su lucha incansable, Mary Dorman (Catherine Keener) como el mejor ejemplo de los blancos de clase media, con su gradual evolución, y las dos mujeres que exponen con mayor intensidad el futuro negado por el aislamiento socio-económico, la dominicana Carmen Febles (Ilfenesh Hadera) y lo que sufre para salir adelante con sus hijos, y la afroamericana Doreen Henderson (Natalie Paul) con su caída al abismo de las drogas. El resto pasa entre sin pena ni gloria o directamente sin dejar huella, unos porque sus historias no consiguen llamar la atención (el viaje de la adolescente -ligoteos, embarazo, novio inmaduro- no logra alejarse de lo ñoño y previsible) y otros muchos porque son meros elementos de la trama que a veces cuesta distinguir o ubicar, algo que en The Wire no pasaba a pesar de la infinidad de personajes que había en juego. Pero es que ni el que más tiempo ocupa, Wasicsko, logra cautivar, porque apenas se rasca la superficie. No conocemos a fondo sus motivaciones, si actúa por deseo de cambiar el mundo o simplemente porque ese es el único trabajo que sabe hacer. Y su final no impacta lo más mínimo, pues no se sabe por qué lo hace. Aunque es cierto que aquí Simon estaba atado, pues parece que realmente no se sabe qué lo llevó a tomar esa decisión.

En la puesta en escena tenemos un llamativo nombre en la dirección, Paul Haggis (del peliculón Crash, 2004), pero como es habitual Simon opta por huir de efectismos audiovisuales, por dejar que la vida diaria de los habitantes del relato sea la que lleve la narración. Haggis maneja bien los escenarios cerrados con numerosos actores interactuando, pero en general la falta de estilo visual termina acrecentando la sensación de que, por mucho trasfondo que tenga, resulta una producción poco llamativa. Así, como he ido señalando, Show Me a Hero termina siendo más un ensayo periodístico puesto en imágenes que una serie, con lo que su visionado vale para aprender y reflexionar, pero como entretenimiento va justo y como drama le falta capacidad para conectar con el espectador, algo que The Wire, Treme e incluso The Corner (2000) conseguían muy bien.

PD1: William F. Zorzi es colaborador de Simon desde el Baltimore Sun, y pasó por The Wire echando una mano a los guiones e incluso como actor, pues aparecía en el periódico de la quinta temporada de haciendo casi de sí mismo.
PD2: Obviamente la serie es un pilla caras constante de la tropa de Simon, pero también de otras muchas producciones. Por ejemplo, ¡qué mal ha envejecido Terry Kinney, el mítico Tim McManus de Oz (1997)!
PD3: Jon Bernthal (The Walking Dead -2010-) es el único actor que chirría: madre mía qué penoso papel hace… como es habitual en él; ¿por qué lo siguen contratando?