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WESTWORLD – TEMPORADA 2

HBO | 2018
Drama, suspense, ciencia-ficción | 10 ep. de 55-90 min.
Productores ejecutivos: Jonathan Nolan, Lisa Joy, J. J. Abrams.
Intérpretes: Evan Rachel Wood, Thandie Newton, Jeffrey Wright, Ed Harris, Anthony Hopkins, James Marsden, Tessa Thompson, Simon Quaterman, Shannon Woodward, Rodrigo Santoro, Ben Barnes, Peter Mullan, Jimmi Simpson, Clifton Collins, Katja Herber, Zahn McClarnon.
Valoración:

Alerta de spoilers: Solo menciono un par de cosas del argumento que no me parecen cruciales. Tras el siguiente aviso sí entro a fondo en el final.–

Lo veía venir pero ya lo tengo claro: Westworld es la nueva Perdidos (J. J. Abrams, Damon Lindelof, 2004). Tiene en vilo a medio mundo seriéfilo con humo y sensacionalismo, con promesas que llevan a nuevas promesas, con amagos y requiebros que te dejan con la miel en los labios, pero casi nada de contenido real se vislumbra por ahora, y todo apunta a que así seguirá siendo, porque hemos llegado a puntos de inflexión clave en las tramas y no se ha avanzado casi nada con ellas y con los personajes. Los malabares que hacen los guionistas Lisa Joy y Jonathan Nolan para tratar de ocultar el escaso material que han sido capaces de explorar en un argumento con mucho potencial me han resultado exasperantes, incluso ofensivos a veces.

La primera artimaña es la narrativa fragmentada en el tiempo para ralentizar el avance de los hechos y para ocultar información al espectador y así tratar de generar intriga y expectación alrededor de la pobre trama sin que, en teoría, se note demasiado. Si los saltos temporales implicaran nuevas lecturas de la situación, si lograran una atmósfera de suspense efectiva, pero pronto se ve que son desvíos de atención y un intento de dificultar la comprensión del relato para que parezca más complejo. Llega a resultar bochornoso como usan la memoria de Bernard, que va recordando según conviene a los escritores, pero por lo general ni ponen excusas, tenemos línea temporal sobre línea temporal de forma que tienes que estar toda la temporada haciendo grandes esfuerzos para ponerlo todo en orden, un esfuerzo infructuoso porque al final la serie es bien simple, la mayor parte de lo que vemos no es nada más que viajar de un lugar a otro y descubrir alguna pista.

Para alargar la duración lo lógico hubiera sido hacerlo mediante aventuras secundarias de relleno, siempre y cuando estuvieran mínimamente relacionadas con la premisa principal y los personajes no decayeran en el proceso. Y lo cierto es que lo intentan con los episodios centrados en la parte japonesa del parque y con los indios, pero dejan mucho que desear, no hacen sino mostrar las carencias de los escritores, su incapacidad para coger una idea sencilla y desarrollarla bien. El lío japonés se ahoga en estereotipos vulgares y un ritmo plomizo. Qué forma de desaprovechar el dinero (decorados, puesta en escena) y los actores tan llamativos (Rinko Kikuchi, Hiroyuki Sanada). El de los indios sale mejor parado (destacando la sólida interpretación de Zahn McClarnon), pero aun así esa torpeza limita demasiado una historia de amor que prometía ser épica y hermosa y termina siendo previsible y repetitiva. Así, el efecto conseguido es el contrario: en vez de estar entretenido en espera de que vuelva a pasar algo importante tienes la sensación de que te han estafado con un añadido estéril y tedioso.

El segundo ardid son las falsas promesas y el sensacionalismo. El esqueleto de la trama es lo ya conocido, el despertar de los robots y la rebelión contra el hombre, pero en vez de ahondar en la temática y darle un recorrido más trabajado a los protagonistas los autores están empeñados en basarse únicamente en el artificio superficial, y terminan abusando demasiado de recursos que ya de por sí serían bastante cuestionables en pequeñas dosis. Todo forma parte del gran plan de Ford, pero como en Battlestar Galactica (Ronald D. Moore, 2004), no hay otro plan que la improvisación de los guionistas. Da igual lo que ocurra, lo que se enmarañen las cosas (como digo, no mucho en el fondo, sólo en la narrativa), todo se justifica y explica como parte del imposible plan de Ford, quien muestra una anticipación a los eventos que ni Hari Seldon (el de La Fundación de Asimov). Pero hay más, mucho más…

Acabarás harto de menciones al Valle del Más Allá, la Cuna, la Forja, la clave en la mente de Abernathy padre… todo ello rodeado siempre de un halo de “va a pasar algo grande que te va a dejar flipado”, para luego ser lo que se veía venir, cosas mundanas muy exageradas: un servidor de datos, una clave de acceso, otra entrada y habitación secreta de las miles que parece haber por el parque. Esto ejemplifica el agotamiento de las pocas ideas que hay, pero por ahora parece que los espectadores siguen cayendo en estas burdas ilusiones. El dichoso Valle ya lo teníamos en la primera etapa en la forma del Laberinto, que no es sino una excusa para mover a la gente, porque si los dejan quietos se ve con mayor claridad que no está pasando nada; cada dos por tres sacan un nuevo enclave secreto con secretos de Ford que no son sino una extensión de lo mismo (¡el PLAN!); y ya he citado la memoria selectiva de Bernard y las idas y venidas en el tiempo que repiten lo mismo en pequeñas dosis (al final parece que ha habido como quince ataques al complejo de oficinas desde donde se dirige el parque).

Las vaguedades de la historia se contagian también al contenido de índole intelectual. Al empezar la serie todo parecía apuntar a que estábamos ante una obra trascendental e inteligente donde se abordarían cuestiones de diversa índole, pero todo se queda en cuatro flojos apuntes que están lejos de cumplir con las expectativas. El parque donde el ser humano puede dar rienda suelta a sus vicios ocultos o encontrarse a sí mismo daba para adentrarse en la psique humana, pero no encontramos ni una sola reflexión relacionada. Los apuntes sobre la conciencia y el libre albedrío, lo más relacionado con la premisa, se quedan en prácticamente nada, unos pocos diálogos pobretones. Las implicaciones éticas de la tecnología de los anfitriones tienen algo más de recorrido, sobre todo con pasajes como el centrado en Delos, pero teniendo infinidad de robots despertando daba para exponer distintas perspectivas, y en cambio los protagonistas están atascados en un bucle sin salida donde no se llega a contar nada con enjundia.

Ese el otro gran problema que se veía venir desde sus inicios y termina por explotar en esta etapa: los personajes tenían un potencial que no llegaron a aprovechar del todo, y aquí empeora la cosa, pues van perdiendo profundidad hasta quedarse en un esbozo inane. En los inicios de la serie al menos Dolores y Maeve resultaban bastante sugerentes, la temporada se sostenía e invitaba a seguir casi exclusivamente por ver su despertar, su lucha por tomar las riendas de sus vidas, pero una vez toman consciencia se ahogan en historias repetitivas que no permiten seguir explorando sus personalidades, y me temo que los poquísimos cambios que llegamos a ver resultan incluso incongruentes.

Dolores sólo quiere vengarse de los humanos por su cautiverio, para lo cual va reuniendo un ejército de anfitriones. Pero su objetivo no podía ser más vago, tanto que al mínimo análisis se cae a pedazos. Busca con ahínco el Valle del Más Allá, esa débil promesa de libertad y respuestas que ni se para a investigar cuando asalta las oficinas, donde sí tenía de información en cantidad al alcance de la mano… y también la salida al mundo real, con la estación de tren. Y para rematar lo que queda de personaje, a mitad del camino se carga a todos los anfitriones y sigue sola, e incluso altera los parámetros de personalidad de su amado Teddy para controlarlo mejor. ¿Por que? No se explica, simplemente se ha vuelto chunga porque sí. Maeve lo único que quiere es encontrar a su antigua hija. La idea de por sí es bastante ridícula: la anfitriona más despierta y capaz no se entera de que las vidas pasadas son constructos del hombre, guiones, y arriesga su vida y libertad y la de todos los que la rodean por sueños absurdos, cuando, de nuevo, lo lógico es ir al centro de mando y estudiar y arreglar la situación desde ahí. Además, tanta penuria con la niña resulta un drama cansino y otro objetivo que nunca parece llegar, porque siempre ofrece un giro que lo aleja un poco más en el último momento. Bernard, que fue el tapado de la primera temporada, cobrando protagonismo poco a poco, es engullido por el mal desarrollo de las tramas: toda su historia se limita a intentar recomponer sus recuerdos, pero ningún avance aporta algo tangible a su forma de ser, a sus motivaciones para seguir adonde quiera que vaya, porque pasa por todos los escenarios pero no como personaje, sino como objeto dosificador de la intriga. Supongo que por presencia se podría citar a Charlotte Hale como personaje principal también, pero esta es incluso peor, sólo sirve para canalizar la lucha de la empresa contra la rebelión, no tiene una forma de ser concreta con la que conectar, su existencia es otro macguffin de baratillo: “¡atención, atento, que trama algo!”. Después de unos pocos capítulos forzando ese misterio acabas deseando que deje de aparecer.

Como extensión de estos problemas los actores ven limitadas sus posibilidades. Tanto repetir las mismas situaciones en cada capítulo (paseo por el desierto, tiroteo de Dolores, llanto de Maeve, confusión de Bernard, soy mala y oculto algo de Charlotte) significa también una interpretación encorsetada: todo el rato con las mismas caras. El gran talento que mostraron en la primera temporada, sobre todo Thandie Newton y Evan Rachel Wood, se ha desperdiciado por completo, ahora incluso empiezan a resultar cargantes.

En un segundo plano tenemos al hombre de negro, o William de anciano, la esperada aparición de Delos (Peter Mullan), y las crípticas intervenciones de Ford. Estos aportan algo de información sobre el nacimiento del parque y su propósito, pero también terminan sobre utilizados como expositores de las tramas y artificios, perdiendo entereza como personajes y acercándose demasiado a convertirse en objetos inanimados. La aparición de la hija de William, Emily, intenta humanizarlo un poco, pero también resulta muy forzada: los encuentros imposibles, el drama familiar remarcadamente lacrimógeno… Sólo el buen hacer de Katja Herbers (ManhattanSam Shaw, 2014-) y Ed Harris les da algo de vida.

Ninguno de los secundarios se trabaja lo suficiente como para interesarte por sus vivencias y destinos. Hay bastantes con nombre (la banda de forajidos y los técnicos que llevan como rehenes), pero me importan un bledo sus desventuras, son entes que van andando por el desierto sin añadir nada claro a las historias o a los demás personajes. ¿Para qué incluir tantos roles si no tienen nada que aportar con ellos? Apenas logran despertar algo de simpatía con Hector, Elsie y Lee, pero porque sus intérpretes Rodrigo Santoro, Shannon Woodward y Simon Quarterman respectivamente están muy bien. El resto podrían desaparecer, que ni te darías cuenta, y con algunos de hecho acabarás deseándolo, como el cansino de Teddy y el no menos insufrible mejicano que se encuentra William cada dos por tres.

Ya la primera temporada era lenta y cabía en la mitad de capítulos, pero esta está completamente estancada, había material para dos o tres episodios como mucho. Terminamos dando apenas un tímido paso desde el final de aquella, porque en vez de avanzar hemos estado dando vueltas en círculos desde entonces. Unos anfitriones salen del parque hacia el mundo real, otros mueren en el intento, y en el proceso tanto estos como los humanos que los controlaban descubren cosas sobre sí mimos y el mundo que antes no conocían.

Como en aquella ocasión, tenemos un episodio final de hora y media que al contrario que los demás sí consigue ser bastante entretenido gracias a una buena dirección y una música efectiva que le confieren un ritmo bastante enérgico, pero claro, no es suficiente para esquivar la mala sensación de que estamos donde teníamos que estar hace diez horas, y para rematar, en el contenido los guionistas se quedan cortos después de tanto anunciar algo grandioso, porque siguen tirando de sensacionalismo más que en centrarse en ejecutar bien los pocos frentes abiertos. Es que ni si quiera se trabajan la coherencia: algunos personajes se han tirado estos diez capítulos viajando al valle para que ahora en el último momento otros se recorran el parque de lado a lado varias veces en minutos.

Alerta de spoilers: Salta al siguiente párrafo si no quieres destriparte el final.–

El dichoso valle no es más que otra ilusión virtual, el proyecto secreto de almacenar la personalidad de los visitantes se queda en el limbo para próximas temporadas, los que salen del parque no hacen nada concreto todavía, Williams al final no se sabe qué busca pero sigue buscándolo, el maldito plan de Ford sigue siendo una entelequia, etc., etc. Y los embustes cantan a distancia. Para qué tanta muerte con planos lentos para forzar el drama si sabemos que nadie está realmente muerto, que todos pueden ser resucitados, que cualquier humano puede ser un robot o convertirse en uno. Sin ir más lejos, la resurrección de Dolores no podía ser más tramposa, tras tanto dramón con Maeve pronto apuntan a su retorno también, y el epílogo con Williams en un futuro ya me diréis para que sirve salvo para sacar un “oh” al espectador facilón y permitir que los blogs que viven del clicbait ganen visitas anunciando explicaciones para quien no haya sido capaz de entender un giro tan efectista e innecesario; ojo también a la trampa de Dolores con la bala usada, que evidentemente no cabe de ninguna manera en el tambor del revólver, de hecho, no pueden mostrarnos cómo lo hace así que no lo vemos, así de manipuladores son… pero hay más, porque resulta que es tan estúpida que no la pone la primera, sino tres balas más allá, sencillamente porque los escritores necesitan extender el clímax.

Una vez unidos todos los grupos y personajes no hay una catarsis, una revelación, una suma que dé algo más grande, sino que cada uno sigue su camino por separado y ninguna de estas direcciones sorprende, la mayor parte sabe a poco o decepciona bastante. No puedes crear tanta expectación si no tienes nada que contar, el esfuerzo debería ir en contarlo bien. Así que no queda otra conclusión: Westworld es la nueva Perdidos, la nueva Battlestar Galactica… bueno, en realidad es peor, porque ni siquiera tiene un ritmo adictivo, un aspecto visual deslumbrante (más allá de alguna buena panorámica del desierto, sigo preguntándome cómo pudo costar tanto) y unos personajes que enganchen con los que pueda entender la admiración que despierta.

Ver también:
Temporada 1 (2016)

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WESTWORLD – TEMPORADA 1

HBO | 2016
Drama, ciencia-ficción | 10 ep. de 55-90 min.
Productores ejecutivos: Jonathan Nolan, Lisa Joy, J. J. Abrams, Bryan Burk.
Intérpretes: Evan Rachel Wood, Thandie Newton, Jeffrey Wright, Ed Harris, Anthony Hopkins, Jimmi Simpson, Ben Barnes, Angela Sarafyan, Sidse Babett Knudsen, Luke Hemsworth, Shannon Woodward, Rodrigo Santoro, Leonardo Nam, Ptolemy Slocum.
Valoración:

Alerta de spoilers: Apenas presento la premisa y algunos personajes, no desvelo nada.–

Michael Crichton, aparte de un novelista bastante prolífico y del que se han adaptado al cine cantidad de trabajos, también ha dedicado parte de su carrera a la televisión, sea escribiendo capítulos sueltos o creando series (la mítica Urgencias salió en parte de su pluma), e incluso al cine, donde además de firmar varios guiones también se ha atrevido a dirigir unas pocas películas, como El primer gran asalto al tren (1978) o la que nos importa aquí, Westworld (1973, conocida en España también como Almas de metal). En ella se narra cómo un parque temático del lejano oeste con robots de aspecto humano acaba patas arriba cuando estos se vuelven contra los hombres. Sin embargo, a pesar de ser una cinta de culto, lo cierto es que no me pareció gran cosa. Tras una buena presentación echa todo por tierra con un arco final que se dedica a aburridos tiroteos, sin sacar nada del potencial latente de la temática sobre inteligencias artificiales y consciencia y la ética subyacente. Su relativo éxito propició una secuela que no llamó mucho la atención (Mundo FuturoFutureworld– en 1976) y una serie que duró medio asalto (1980).

Cuando se anunció una nueva serie le apliqué un sesgo influido por la película, pues pensé que no había material de donde conseguir una historia larga, y también me pareció que era un remake innecesario en una época donde lo que destaca es la búsqueda de nuevas ideas. Además, la presencia de productores de Perdidos (J. J. Abrams, Bryan Burk) me predispuso más en su contra, por mucho que también estuviera entre sus principales artífices Jonathan Nolan (coguionista de El Caballero Oscuro, El truco final, Interstellar). Si la vi fue en parte por el sello HBO y en parte porque mucha gente la estaba siguiendo y no quería quedarme sin temas de conversación.

El episodio piloto me ganó enseguida. Su elegancia y sutileza resultan cautivadoras y te introducen en un mundo muy prometedor donde se intuyen tramas ocultas a desarrollar poco a poco detrás de la presentación de los jugosos temas principales. Se habla sobre cómo la gente usa el parque, unos por diversión, otros para encontrarse a sí mismos, y otros para descargar sus vicios más íntimos, porque ahí se permite matar y violar robots sin repercusiones de ningún tipo. Así, se plantean no pocos dilemas morales y se habla de la condición humana. Pero la cosa se complica porque el realismo de los androides es asombroso en lo físico pero sobre todo en el campo psicológico y emocional. ¿Y si en el fondo se dan cuenta de que son esclavos en una prisión? ¿Y si despertaran? ¿Cuáles son los límites de la consciencia? ¿Debemos ponernos restricciones en la creación de inteligencias artificiales sintientes y cómo las trataríamos?

Pero la propuesta se desinfla muy rápido, se atasca en una dinámica donde los guionistas pierden el foco. Les han sobrado la mitad de los capítulos (y mira que diez son pocos), no han sabido canalizar cada historia personal y la relación creciente entre todas. Las líneas narrativas del parque (diarias o semanales), las intrigas de cada invididuo, los problemas del presente y los flashbacks al pasado se mezclan caóticamente en episodios lentos, mal hilvanados, cada vez más aburridos. Da la sensación de que se pisan unas secciones a otras, de que no cuadran las cosas. Un robot parece morir todos los días, siendo reparado y devuelto al juego… cuando en este hay varias tramas largas desarrollándose en las que ya no puede encajar, y aun así está por ahí pululando. Y en cada capítulo esta situación se va montando sobre sí misma una y otra vez, hasta que no sabes dónde está cada personaje, en qué historia, lugar y época. Una cosa es jugar con que Dolores y Maeve mezclan recuerdos, otra ir contando todo a mogollón sin preocuparse por hallar un correcto equilibrio en coherencia y ritmo.

Como resultado, se repiten demasiado algunas situaciones e incluso tramas completas. He acabado harto de ver los mismos tiroteos, de los personajes, sean huéspedes (ciudadanos participando en el parque) o anfitriones (androides) dando vueltas en círculos sin avanzar hasta que se acerca el fin de temporada. La odisea de William y Logan se me ha hecho eterna. La de los pistoleros encabezados por Hector incomprensible. El viaje del tipo enigmático (Ed Harris en un rol más complejo que el de Yul Brynner) ha tenido demasiados achaques, pasos en falso e incógnitas forzadas. Y marean la perdiz cosa mala con Teddy, que pasa por todas las líneas narrativas sin quedar clara su posición.

También le pesa una impostada aura de inteligencia y trascendencia. Las conversaciones son demasiado rebuscadas, pedantes en muchos momentos, como si la falta de contenido se tratara de disimular con artificios. Esto se magnifica con el estilo Perdidos: mucho secreto, mucho humo. Cada dos por tres te están diciendo que hay un misterio enorme aquí y otro allá. Y después de todo resulta que cuando llegan a avanzar en ellos hay varios donde lo hacen recalcando de forma demasiado evidente el giro o la respuesta, como si pensaran que el espectador es tonto. No hacía falta un efecto sonoro para señalar el momento “¿Qué puerta?”, era obvio y efectivo sin él. ¿De verdad tienen que enlazar el pasado y presente de un personaje con un plano descarado intercambiando los rostros de las distintas edades… y luego para colmo repetir su nombre por si no te has enterado? ¡Que la situación se veía venir en todo el capítulo y estaba quedando genial! El contraste con el sutil episodio piloto es muy grande, y entristecedor. Igualmente, hay personajes demasiado crípticos (Ford, el invisible Arnold y el hombre de negro a la cabeza), con lo que parece que están escondiendo de mala manera sus planes y motivaciones para generar intriga.

La débil credibilidad del mundo planteado tampoco ayuda. En vez de tanta conversación pseudoprofunda podrían haber expuesto mejor el funcionamiento del parque. No resulta creíble que haya cientos y cientos de anfitriones para los tres o cuatro huéspedes que parecen llegar cada semana. ¿Cómo ganan dinero? ¿Cuántos empleados hay recogiendo y arreglando robots? ¿Ningún cliente se tropieza con ellos, es que de noche hay toque de queda? ¿Nadie se pregunta por qué el tipo que mató ayer está ahí de nuevo? ¿Todos los animales son falsos, cómo sobrevive el ecosistema? Hay que hacer saltos de fe muy grandes para entrar en este particular universo. Y cuanto más importantes se vuelven estos interrogantes menos esfuerzo parecen poner en que tengan sentido. Esos jefes de departamento que de repente dejan todo y se van a buscar un androide descarriado sin llevar a ningún currito o herramienta para trabajar con ellos si están muy dañados, o los técnicos que se ponen a follar o a alterar robots (esto último sin razones claras) en plenas oficinas a pesar de que nos dicen cada dos por tres que hay mucha seguridad. Estas vaguedades se usan demasiado para mover algunos personajes y misterios.

Hasta los dos capítulos finales, que avanzan por fin con todas las secciones, hemos estado atascados en una repetición de lo que se cuenta en los dos primeros. Podrían haber sorteado mejor el largo interludio con aventuras secundarias, pero parece que en esta época está feo meter rellenos e interesa más estirar como puedas la trama para decir “es una historia seriada”. Así, Westworld en su primer año ya acusa un bajón de ritmo que hace palidecer a los de Juego de tronos. Este tramo central se ha sustentado por el atractivo de unos pocos personajes, aunque a todos los limite mucho estar en letargo. Los tejemanejes en las oficinas, con la guerra entre jefes, las ambiciones personales, los deseos sobre el parque y los planes secretos, han mantenido cierta expectación. No ha sido espectacular, pero sí suficiente para ir tirando con la inercia, esperando que todo llegara a alguna parte. No me ha ocurrido así con la dinámica del parque, donde sólo se me han hecho digeribles dos de sus numerosos habitantes por el potencial latente en sus destinos: Dolores y Maeve. Su inminente despertar casi se convierte en eterno despertar, pero, en plan Perdidos, me aferraba a que tendríamos respuestas tarde o temprano. Y, sobre todo, el reparto realza muchísimo los personajes, dotándolos de interés incluso cuando sus andanzas estaban completamente estancadas. Jeffrey Wright, Ed Harris, Anthony Hopkins y Sidse Babett Knudsen (deslumbró en el panorama internacional con Borgen) están estupendos, pero Evan Rachel Wood y Thandie Newton se marcan unos papeles espléndidos. Sin ellas dos estoy bastante seguro de que la parte del parque se habría venido abajo por completo.

Pero en el arco final vuelven a sorprenderme para bien. El desenlace recupera el nivel prometido en el episodio piloto, disipa algunas dudas (la reminiscencia de Perdidos: que nunca habría soluciones sino nuevos interrogantes), casi hace desaparecer muchas quejas y en general deja sensaciones bastante buenas que eclipsan un poco el mal trago que me estaba dando la temporada.

Se desvelan los planes ocultos de los amos de títeres, o dioses, Ford y Arnold, así como la esquiva identidad de este último. En ambos casos los giros están muy bien planteados y ejecutados, ofreciendo sorpresas muy efectivas: unas porque están construidas con cuidado y se pueden intuir, otras por estar hábilmente veladas y llegan de improviso. Incluso el etéreo e inquietante (en el sentido de que olía a timo) “centro del laberinto” tiene su exposición final inesperadamente inteligente, tanto que algunos no han pillado de qué se habla, que no es sino de qué habla la propia serie. Como extensión de eso, se da sentido al fantasmagórico hombre de negro en un giro magnífico, de los que cambian el sentido de muchas cosas previas (aunque como indicaba más atrás, la conexión se recalca demasiado). Se avanza, aunque aún les cueste ir al grano, en la determinación de Maeve y Dolores por encontrar un sentido a lo que viven y recuerdan, una lógica al mundo.

Todo ello se materializa en dos capítulos (sobre todo el último, de hora y media además) muy bien desarrollados, sobre todo a nivel de puesta en escena. La combinación de dirección, montaje, música (sencilla pero efectiva partitura de Ramin Djawadi) e interpretaciones exprime al máximo un guion al que todavía le cuesta sacar todo el partido del material: es obvio que al desenlace le sobra esa media hora extra, que hay demasiado paseo por las oficinas, que se estira más de la cuenta todavía el llegar a las conclusiones justo cuando había que ir más con más vigor. Pero sí, gracias a la puesta en escena enérgica la finale ofrece una atmósfera intensa, casi subyugante, donde el repertorio de revelaciones y emociones (los personajes en puntos álgidos de sus vidas, los actores transmitiéndolo con mucha energía) te mantienen entre la tensión por el porvenir de todos y el asombro por cómo va saliendo la cosa.

Ahora bien, mientras que la labor de dirección es buena por lo general y soberbia en el primer y el último capítulos, la de fotografía se ha quedado bastante corta, resulta un tanto convencional a pesar de lo fácil que lo tenían con los bellos paisajes. Entre eso y que los decorados de las oficinas son muy parcos, nada llamativos si no fuera por los planos de creación de robots, Westworld queda lejos de la impronta visual de obras como Deadwood, Boardwalk Empire o Carnivàle. Por no decir que ha costado unos cien millones de dólares, algo que Juego de tronos no alcanzó hasta la sexta temporada, y está muy lejos de lucir a ese nivel. Lo mismo le pasó a Vinyl, por ejemplo. ¿A dónde ha ido el dinero? Porque Anthony Hopkins y Ed Harris no han cobrado más que Lena Heady y Sean Bean.

Volviendo a ese notable final, cabe presuntarse si está ahí por fin la gran serie que nos prometían. Pero como es lógico todavía queda por ver el resto de temporadas. Si superan los importantes errores narrativos de esta primera bien podría ser. Eso sí, en próximos años la dificultad aumenta por la notable expectación despertada: ha sido la temporada más vista en la historia de la HBO hasta el momento y en internet todo el mundo estaba medio loco con ella. Y me temo que es una obra que debe lidiar mucho con la frustración, lo que se magnifica en esta era de internet. Los fans hacen teorías, leen a fondo cada capítulo y deducen cosas antes de que ocurran, lo que puede decepcionar, sea porque si aciertan les resulta predecible o porque si no aciertan no les encaja o satisface. Pero además el género es muy abierto, ofrece muchas posibles ramificaciones: que los robots salgan y conquisten el mundo o que se queden dentro buscándose a sí mismos son dos caras muy opuestas pero con un rango amplísimo entre ellas. Por ejemplo, entendería que la no salida del parque de uno de los androides en el último momento eche para atrás a muchos espectadores que esperaban ampliar fronteras. En resumen, mientras que el éxito ha lanzado esta primera temporada mucho más allá de donde su calidad debería haberla llevado, la segunda etapa lo tendrá difícil para sobrevivir a tantas expectativas.