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HOMELAND – TEMPORADA 4

Showtime | 2014
Suspense, drama, acción | 12 ep. de 45-53 min.
Productores ejecutivos: Alex Gansa, Howard Gordon, Avi Nir.
Intérpretes: Claire Danes, Mandy Patinkin, Rupert Friend, Laila Robins, Nazanin Boniadi, Tracy Letts, Raza Jaffrey, Maury Sterling, Numan Acar, Nimrat Kaur, Raza Jaffrey, Mark Moses.
Valoración:

Alerta de spoilers: Destripo la temporada a fondo.–

Homeland ha sido una serie muy arriesgada desde el principio, no solo en temática (terrorismo tratado con inteligencia y buena crítica política y social), sino también en su forma de hacer avanzar la trama: cada poco tiempo (media o una temporada) un gran giro cambia el terreno de juego hasta tal punto de que puede cambiar el género. Empezó en el drama, con el retorno de Brody y su adaptación a la familia y la sociedad. A muchos espectadores les encantó este tramo, pero a mí me pareció algo falto de ritmo y fuerza, y estos se bajaron cuando saltó a primer plano la trama oculta: Brody estaba convertido en un terrorista. Tras un final de infarto nos lanzamos a la segunda y magistral temporada, donde Brody además era descubierto y vuelto a cambiar de bando. Emergió entonces un enorme thriller político, lleno de tensión y personajes magníficos llevados al límite. El aumento de la complejidad y trascendencia no fue bienvenido por todos, y otros tantos dejaron de verla. Peor fue en la tercera temporada, aún más valiente, pues los giros fueron más grandes: el destino de Brody, su vuelta a la acción, el plan y el arco final… Fue otro año impresionante, pero otros muchos se quejaron de que no era la misma serie y abandonaron.

Y esta es la maldición de Homeland: en cada nueva etapa se señala que ha saltado el tiburón, que ha dejado de ser una buena serie, sin esperar a ver cómo se desarrolla, poniendo prejuicios y gustos por encima de la objetividad. En la cuarta temporada ocurre lo mismo, porque sin Brody y con tramas nuevas pocos son los que tienen paciencia y esperan a analizar el conjunto con frialdad y criterio, el resto se lanza a las absurdas modas de odiar y criticar desde fuera. Así, indistintamente de la calidad de cada temporada, la serie arrastra un montón de críticas injustas que afean su recepción y prestigio más de la cuenta.

En esta etapa empezamos con Carrie enfrentando la monotonía de una vida normal. Como es habitual, la psicología de este enorme personaje central se expone muy bien, mostrando a una joven inteligente y capaz pero desequilibrada emocionalmente debido a su estado de bipolar. Enfrentarse al bebé y la pacífica vida familiar es demasiado estrés emocional para ella (atención a la escena de la bañera), pues ya sabemos que prefiere vivir en plena ebullición: el esfuerzo mental del trabajo y la adrenalina de ser espía le hacen sentirse viva y no pararse a pensar en sí misma. Por su parte, Saul busca qué hacer con su vida una vez relegado como director de la CIA, y Peter Quinn enfrenta el desgaste que produce este trabajo.

Pronto acaban todos en la embajada de Estados Unidos en Islamabad, Pakistán. Carrie como jefa de sección de la CIA, Peter tras ella porque su relación de dependencia mutua tira mucho, y finalmente Saul (no estoy seguro de si iba por algo concreto o sólo por ayudar en la transición). Este tramo baja el nivel después del petardazo que lo inicia (el ataque drone fallido), y si bien se puede entender que formar y lanzar nuevas tramas requería varios capítulos, también cabe pensar que se podría haber hecho con más ritmo y emoción. El romance con Aayan, el chico que podría ponerles en bandeja la captura del terrorista más buscado del momento, Haqqani, se trabaja bien desde la perspectiva de los personajes implicados, pero no desde el ritmo, pues va demasiado lento, transmitiendo la sensación de que no avanza hacia nada concreto y también de que la historia es muy sencilla para los estándares de la serie.

Los protagonistas aquí presentados son bastante interesantes, pero hasta el segmento final no terminan de destacar del todo. El citado Aayan resulta simpático, y su historia de desesperación y soledad por estar en medio del fuego es realista. La embajadora Martha Boyd tiene carácter, y las peleas políticas con el director de la CIA Andrew Lockhart y con los paquistaníes (Aasar Khan, inesperado aliado para Carrie, y la fría Tasneem) son muy atactivas, más cuando empieza todo el jaleo y se mete de por medio también su marido Dennis, que se ve atrapado entre la espada y la pared en las eternas intrigas de espías. Y Fara y Max vuelven al terreno de juego también.

El tercer segmento cobra interés, relegando esas impresiones de falta de fuerza y cambiándolas por la intriga y la desazón, porque el secuestro de Saul pone a los protagonistas en una situación extrema muy intensa. El capítulo del intercambio es acongojante de principio a fin, pero el instante que más destaca es cuando Saul pretende suicidarse y Carrie lo evita con engaños: una de las mejores escenas del año televisivo, sin duda. Y de ahí nos lanzamos al brutal arco final tras un giro tan potente e inesperado que te deja a cuadros: el plan de Haqqani de dominación total de Pakistán, con la implicación del propio gobierno del país. Aquí vemos que toda trama y personaje ha sido bien planeada por los guionistas, que las sorpresas las han ejecutado muy hábilmente; el mejor ejemplo es Dennis, quien parecía un secundario de relleno y termina siendo crucial en los eventos y fascinante en su historia personal.

El ataque a la embajada (para expulsar a Estados Unidos de ahí) es tan sorprendente como sobrecogedor, puro caos y tensión que pone a los protagonistas al borde de la muerte hasta el punto de que alguno muy querido cae: la pobre Fara. El que no palma es el patético Dennis: magistral la escena en que pide el cinturón para ahorcarse y acabar con la humillación (y traición a gran escala) en que se ha metido, pero tan cobarde es que no lo consigue.

Como capítulo final tenemos otro giro polémico. Los guionistas se arriesgan aun sabiendo las críticas que reciben, porque en vez de un cierre impactante que funcione como lanzamiento del próximo año se montan un epílogo centrado en personajes, pausado, emotivo, sin acción. Y es francamente bueno, porque saca gran partido de los protagonistas… pero al menos sí podían haberse esforzado más por mostrar un evento más trascendental como escena final, que queda un cierre muy sencillo que ha dado pie a otra tanda de espectadores quejicas diciendo que no verán más. Como hemos comprobado en todos los cambios de juego y todas las temporadas pasadas, el tiempo seguramente demostrará el error del pataleo precipitado y exagerado. Si los guionistas siguen como hasta ahora, a Homeland le queda mucha vida, y espero con ganas otra nueva historia sobre terrorismo tan arriesgada, inteligente y aguda como las que nos han ofrecido hasta ahora.

Ver también:
Temporada 1 (2011)
Temporada 2 (2012)
Temporada 3 (2013)
-> Temporada 4 (2014)
Temporada 5 (2015)
Temporada 6 (2017)
Temporada 7 (2018)
Temporada 8 y final (2020)

MASTERS OF SEX – TEMPORADA 1

Showtime | 2013
Drama | 12 ep. de 52-59 min.
Productores ejecutivos: Michelle Ashford.
Intérpretes: Michael Sheen, Lizzy Caplan, Caitlin FitzGerald, Beau Bridges, Teddy Sears, Nicholas D’Agosto, Allison Janney, Julianne Nicholson.
Valoración:

La creadora y guionista Michelle Ashford parte de la novela de Thomas Maier para abordar su propia versión sobre el trabajo realizado por los investigadores Williams Masters y Virginia Johnson, quienes desde finales de los años cincuenta revolucionaron los conocimientos sobre sexo.

Williams Masters es metódico y muy exigente en su trabajo, y también un visionario que sigue con ímpetu su obsesión por estudiar un tema tabú como es el sexo, por romper la percepción que se tiene de él en la sociedad y en la ciencia. Pero su dominio de la ciencia choca con su ingenuidad y limitaciones personales: no siente deseo por su esposa, su noción de la familia es prácticamente cumplir con lo que dicta la sociedad (la vio como esencial si quería labrarse una reputación como ginecólogo), y sus aptitudes sociales en general no son su fuerte. Inesperadamente encuentra en la secretaria que contrata un opuesto que le complementará y enseñará muy bien. Virginia Johnson es joven pero muy madura, no en vano ya ha vivido un par de matrimonios y tiene dos hijos, experiencia que le ha servido para decidirse por vivir la vida a tope: trabajar y estudiar para llegar a no depender de un marido, relacionarse con quien quiera importándole bien poco el qué dirán. Pronto su energía y valentía y facilidad para aprender la convierten en una colaboradora de la investigación.

Como es esperable el estudio traerá complicaciones de todo tipo, siendo las primeras la relación entre ambos, que pasa por todo tipo de situaciones. La incapacidad de Masters para expresar sentimientos y pedir las cosas con educación lo hacen difícil de tratar, de hecho, la serie juega mucho a mostrarlo repulsivo para el espectador, pero siempre de forma que entendemos por qué y nos apiadamos de él: quieres que cambie, que trate bien a Virginia, a su mujer y a sí mismo; y a la vez esperamos que ellas se sobrepongan a los baches que él va sembrando, que no son pocos. Los problemas de financiación son los siguientes en la lista. El rector del hospital podría ceder al ser un viejo amigo, pero los ricos que aportan el dinero son otro cantar. Y Masters juega en la cuerda floja con semejante estudio.

Hay un puñado de secundarios, pero francamente, ninguno me ha llamado la atención especialmente, parecen haber puesto todo el esfuerzo en la pareja protagonista y dejado el resto un poco de lado. Así, aunque nunca llegan a desentonar, las subtramas como los amoríos de los otros dos doctores no alcanzan el mismo interés y trascendencia. Sólo salvaría la historia de la homosexualidad oculta del rector, que aporta un drama más intenso y tiene muchas buenas escenas, además de estar mucho más ligada al argumento de la serie.

Personajes tan complejos y potentes son muy jugosos para cualquier actor que busque labrarse un nombre en la televisión, y los dos elegidos son todo un acierto. Las interpretaciones de Michael Sheen y Lizzy Caplan resultan memorables, sobre todo teniendo en cuenta la dificultad de esos roles: los silencios, las miradas y las emociones contenidas son cruciales en todo momento para darles vida a ellos y sentido a la escena. Indistintamente de los premios a los que optaran (ella ni siquiera fue nominada a los Globo de Oro), estamos hablando de dos interpretaciones dignas de citar como inolvidables. Eso sí, en cuanto a mejor actriz del año la competencia fue de nivel, de hecho, yo me quedaría con Taylor Schilling en Orange is the New Black.

Pero hay más actores, y aunque los jóvenes queden muy eclipsados el veterano Beau Bridges sí destaca: está fantástico como homosexual reprimido. Pero en cambio Allison Janney como su esposa no me convence tanto, está sorprendentemente apagada, sobre todo comparada con su gran trabajo en El Ala Oeste.

En lo visual estamos ante una producción de primer nivel. No será ambiciosa en cuanto a ambientación de la época, pues no salimos del hospital y las casas de los protagonistas, pero eso no frena a sus realizadores a la hora de perseguir la línea de televisión de calidad actual, es decir, trabajarse un aspecto cinematográfico. Así, llama rápidamente la atención por su magnífica fotografía y termina de atraparte con su tempo narrativo modélico (aunque obviamente este tenga mucho que ver también con el guion).

La temporada fluye sin fisuras, altibajos o huecos, todo está colocado con precisión milimétrica para que la trama y los personajes avancen a la par con un ritmo templado pero absorbente, para que cada nuevo paso y giro de acontecimientos vaya aportando poco a poco nuevas capas. Pero la obsesión por colocar cada pieza detrás de la anterior se traduce en que resulta predecible, pues no deja espacio a la sorpresa inesperada, a que el universo crezca por su cuenta de forma más natural. No hay giro, destino y escena que no se pueda intuir de antemano, ningún evento llega de forma que nos coja desprevenidos. Y aunque se acepte que la trama esté limitada porque quieren relatar algo muy concreto y se perdone porque la construcción de personajes es exquisita, la falta de vidilla y riesgo termina perfilando una narración demasiado encorsetada. Ni siquiera en el tramo final se atreven a sorprender. Huelga decir que las obras bien escritas y bien ejecutadas tienen su valor, y más si no hay fallos notables que mencionar, pero es obvio también que para dejar huella hay que arriesgar e innovar aunque sea un poco.

Ver también:
-> Temporada 1 (2013)
Temporada 2 (2013)

LOS TUDOR – TEMPORADA 4 Y FINAL.

The Tudors
Showtime | 2010
Drama, histórico | 10 ep. de 55 min.
Productores ejecutivos: Michael Hirst, varios.
Intérpretes: Jonathan Rhys Meyers, Henry Cavill, Tamzin Merchant, Sarah Bolger, Joely Richardson, Max Bron, David O’Hara, Joss Stone, Anthony Brophy, Torrance Coombs, Joanne King, Simon Ward, Rod Hallett.
Valoración:

La cuarta y última temporada de Los Tudor se desarrolla con tres partes muy diferenciadas entre sí, estando además algo alejadas del tono habitual de los años anteriores. Las tres etapas tienen su presentación, nudo y desenlace, con lo que da la impresión de que la temporada intenta arrancar varias veces. Al no haber un nexo o trama que dirija todos los episodios hacia un destino tangible se genera la sensación de irregularidad y el ritmo se resiente. Además es obvio que Michael Hirst no tenía muy claro cómo enfrentar los últimos años de Enrique, y se traduce en algo de indefinición en el arco final.

En cuanto a personajes, se sigue notando la fuga de algunos actores. Mencionan a Cranmer como arzobispo, y debería haber estado en varias de las tramas importantes. El duque de Norfolk, ausente desde la primera temporada, formó en realidad parte de todas las intrigas palaciegas, salvándose por los pelos para continuar al lado de María cuando ella reinó. Y Sir Francis Bryan (el del parche) se esfuma como apareció, sin explicaciones. Por el otro lado los que tenemos crecen bastante y los nuevos son muy atractivos.

Edward Seymour gana protagonismo bastante bien, aunque el actor Max Brown no destaque mucho. Su oposición a la guerra y su intento de controlar a Eduardo (hijo del rey pero familiar suyo también) mantienen la intriga política correctamente, aunque ésta no alcance el nivel de las temporadas previas. Charles Brandon da lo mejor de sí, y Henry Cavill está a la altura (atención a cómo da edad al personaje con los gestos): se muestra muy bien el cambio que sufre, pasando de estar psicológicamente agotado a descubrir de nuevo el amor y la felicidad con la joven francesa. El obispo Gardiner ha llegado a primer plano casi sin darnos cuenta, permitiendo que Simon Ward deslumbre con una interpretación inquietante (su mirada de sapo rabioso ayuda mucho). Es una pena que no tuviera la esperable réplica de Cranmer, su opuesto en ideología. Así, la intriga religiosa también pierde algo de fuelle, aunque en la parte final remonta bastante cuando decide ir a por la reina. La gran incorporación del año es Henry Howard, conde de Surrey (y heredero de Norfolk), un aristócrata obsesionado con la pureza de la familia y la sangre noble y eternamente enemistado con los hombres nuevos, lo que le lleva a meterse en mil disputas, andando siempre en la cuerda floja hasta que todos se hartan de él y es ejecutado tras una pantomima de juicio. El carisma arrollador del actor David O’Hara realza muchísimo un personaje de por sí muy interesante, siendo desde mi punto de vista quien más huella deja en esta sesión.

Catalina Howard sigue siendo un torbellino de emociones, y Tamzin Merchant se adapta perfectamente al personaje. Vivaz, inmadura, caprichosa… Hace lo que le viene en gana sin pensar en las consecuencias, y así acaba. Thomas Culpepper, el criado del rey conocido por ser quien mantuviera el romance con ella, está en manos de un correcto Torrance Coombs. El chico es algo desagradable (altivo y pagado de sí mismo, con violación de una campesina incluida), pero no se le coge asco porque su descripción de niñato encaprichado es muy creíble y se mantiene bien la intriga de cuándo se descubrirá la traición. Catalina Parr es opuesta a su precursora. En ella encontramos una mujer curtida e inteligente que rechaza ser reina por miedo a cómo podría acabar, pero una vez que está ahí decide esforzarse por hacer algo para su causa. La pena es que la gran actriz Joely Richardson no tiene mucho tiempo para ser recordada a pesar de su excelente papel. Hablando de actrices destaca de nuevo la brillantez de la joven Sarah Bolger, soberbia en cada una de sus escenas; la pega es que con su rostro juvenil parece que María es siempre una adolescente, cuando acaba la serie con unos treinta años.

La primera sección del año se centra en la apasionada relación entre Enrique y la jovencísima Catalina Howard. El rey, feliz, la colma de regalos, y ella vive en un mundo de ensueño. Pero todo lo bueno llega a su fin. Mientras él realiza una gira por el norte para mantener la paz entre los recién rebelados y además se empieza a cansar de su presencia (tanto que se va a jugar a las cartas con Ana de Cleves), ella, impaciente, hiperactiva e insaciable en el sexo, empieza a aburrirse y se enamora de Culpepper. La fiel Lady Rochford es la única del séquito que pone un poco de freno a las andanzas de la reina y demás damas, pero al final cede y apoya el romance en secreto. Cuando aparece Dereham, uno que estuvo de parranda con Catalina antes de la boda real, la situación empieza a resquebrajarse en escenas de gran tensión.

Este es un tramo de pasiones, sexo y engaños centrado en unos pocos personajes, olvidando prácticamente por completo las habituales intrigas políticas donde diversas facciones mueven hilos varios para mantenerse en el poder. De esta forma el relato pierde algo de densidad, oscuridad y misterio, dando la sensación de que nos están contando poca cosa en comparación con las grandes conspiraciones anteriores. No quiere decir eso que el trío amoroso no esté muy bien narrado y sea realmente interesante, pero sí puede dar la impresión de que, en comparación con las otras temporadas, es una trama ligera y además algo estirada. Los capítulos previos a la ejecución son de hecho algo lentos. Pero cuando se descubre el lío la serie vuelve a deslumbrar. Interrogatorios, investigaciones y ejecuciones no son nuevas, pero confluyen en un episodio inolvidable: el capítulo El fondo del pozo (405) es el mejor del año. Las ejecuciones de los implicados y finalmente de Catalina resultan tan memorables como las de Ana Bolena, Tomás Moro y Thomas Cromwell.

No tarda nada el rey en encontrar una nueva reina. Catalina Parr será su sexta y última esposa. Sin embargo, comparada con las anteriores no se trabaja tanto el proceso de acercamiento y enamoramiento. No queda claro si Enrique se casa por amor o por cumplir, y por ello el inicio de la relación no es muy llamativo. Los conocidos roces entre ambos en materia religiosa funcionan mejor. En el tramo final se llega a temer por su vida, pues mientras Enrique se torna más moderado ella ataca al papado. Pronto encuentran un equilibrio y se llevan bien. Ella es incluso capaz de mantener a María cerca evitando la enemistad por sus diferencias religiosas. Hablando de María, con el paso de los años y la presión de Jane Seymour y ahora Catalina Parr, ha terminado acercándose de nuevo a Enrique, siendo su presencia en la corte habitual. Sin embargo la pobre pierde a Chapuys, el embajador imperial, quien fuera su mejor amigo todos estos años. Isabel también aparece, teniendo la presencia justa para señalar brevemente sus tendencias de cara al futuro (no casarse y continuar con la reforma religiosa). Por cierto, no sé por qué el embajador francés llega a salir en los créditos iniciales a pesar de su escasísima relevancia y Chapuys o Gardiner no lo hacen.

Tras el reciente matrimonio con Parr, Enrique, ávido de acción y deseoso de realizar alguna proeza antes de su muerte, se empeña en ir a alguna guerra. Lo consigue con los nuevos roces entre Francia y el Imperio, aliándose esta vez, para sorpresa de todos, con Carlos V, después de años de distanciamiento. Su objetivo, recuperar las tierras de Francia que pertenecieron a Inglaterra. El asedio a Bolonia es magnífico en todos los sentidos, sobre todo el visual. La recreación de la ciudad y del asedio con las murallas, los cañones, el campamento, los túneles… Todo ofrece un nivel de calidad insólito para una serie. Obviamente llega a verse alguna limitación (lo digital se nota, por ejemplo), pero hay que ponerse en situación: dinero, dificultad… El resultado es digno de alabanza: no sólo la HBO (Roma, Deadwood) se atrevía a realizar superproducciones de tal calibre. Además no se descuida nada el guion. Las tramas, tanto las personales (el romance de Brandon es muy interesante, la obsesión de Enrique también) como las políticas (el conflicto entre reinos) y la bélica (las vicisitudes del asedio se desarrollan con sumo detalle) son muy completas para los pocos capítulos que se les han dedicado. Da la sensación de que es una temporada dentro de otra, pero funciona de maravilla.

El entusiasmo del rey decae con la dificultad de la guerra, y se recluye en la corte. Pero como comentaba, este tramo final baja bastante el nivel, dejando una clara sensación de que no sabían muy bien cómo cerrar la serie. Destaca el intento del cardenal Gardiner de derribar a la reina y los roces de esta con Enrique, que no dan para mucho. Mientras, el complot por controlar a su heredero no despierta pasiones, y sólo merece recordar al conde de Surrey, con sus últimas rebeldías y el juicio.

La vejez de Enrique aburre, dando un último episodio bastante decepcionante. Del capítulo final de una serie se espera mucho, pero el de Los Tudor no ofrece nada llamativo, sólo es un recordatorio sentimentaloide de eventos pasados, con visitas de novias-fantasma a través de unas visiones horrorosas y sin sentido aparente. Además le sumamos otras escenas oníricas y queda un batiburrillo de existencialismo barato. Ni si quiera se dignan en mostrar la muerte del rey (¡y eso que el episodio se llama Muerte de un monarca!), dejando un no-final bastante frío e insípido. Por si fuera poco el aspecto de joven de Rhys Meyers termina por explotar del todo, a pesar de que su interpretación es tan esforzada y eficaz como de costumbre. El salto a rey viejo es torpe: en un capítulo se desmaya y para el siguiente parece que han pasado un montón de años, cuando no es así. La negativa del actor a ponerse un traje de obeso, sumada a su rostro infantil que no han sido capaces de ocultar con maquillaje y a su espantosa voz disimulada, alejan aún más la figura de la serie del rey real, aunque los productores se justificaron diciendo que un protagonista feo no gusta y que es ficción y entretenimiento antes que documental. Lo de la voz de hecho es mosqueante: a lo largo de toda la temporada finge en unas escenas pero se olvida de hacerlo en otras, como si no hubiera control de los productores y directores y el actor improvisara.

Como es de esperar la serie acaba sin extenderse en las historias del hijo y las hijas de Enrique VIII, pues se centraba en su figura y si se ponen a añadir no acabarían nunca. Pero sí resumen en texto sobre la pantalla los aspectos más relevantes de los reinados que vinieron tras la breve vida de Eduardo. Lady María sacó toda su ira reprimida y se dedicó a quemar gente a lo loco, y Lady Isabel, opuesta a la anterior en forma de ser y pensar, sobre todo en el aspecto religioso, se convirtió en la gran dama de país, forjando la llamada Edad Dorada. Este personaje se ha mostrado en cine varias veces, siendo ineludible citar las dos películas escritas por el propio Michael Hirst e interpretadas por Cate Blanchett.

Ver también:
Temporada 1 (2007)
Temporada 2 (2008)
Temporada 3 (2009)
-> Temporada 4 y final (2010)

LOS TUDOR – TEMPORADA 3.

The Tudors
Showtime | 2009
Drama, histórico | 8 ep. de 55 min.
Productores ejecutivos: Michael Hirst, varios.
Intérpretes: Jonathan Rhys Meyers, Henry Cavill, James Frain, Annabelle Wallis, Max Bron, Joss Stone, Anthony Brophy, Joanne King, Alan Van Sprang, Gerard McSorley, Max von Sydow.
Valoración:

En la tercera temporada tenemos otros actores desaparecidos. Aunque no he encontrado información concreta sobre por qué los intérpretes se largaron o dejaron de estar disponibles, parece indudable que se ausentaron, que no fue decisión de Michael Hirst prescindir de los personajes. Sin ir más lejos, algunas veces se nota que hace malabares para tratar las tramas que se veían afectadas por alguno de estos: mencionan a Norfolk y Cranmer en varias ocasiones, incluso como si estuvieran ahí. Así pues, no sé cómo Hirst sacó adelante Los Tudor sin desfallecer en el intento.

No tenemos más a Hans Matheson, el arzobispo luterano Thomas Cranmer. Como vimos en la segunda temporada fue importante en el ascenso de Enrique como cabeza de la Iglesia de Inglaterra, y seguiría siéndolo en otros momentos relevantes. Otro ausente es Peter O’Toole como el Papa Pablo III, quien sin duda continuaría siendo importante en la opisición del papado a Enrique, y más cuando entra en juego Reginald Pole. A cambio nos ponen a un cardenal encarnado por otro veterano de gran nivel, Max von Sydow. Otra sorpresa es que cambian a la actriz de Jane Seymour: en la segunda sesión era Anita Briem y ahora Annabelle Wallis, aunque ciertamente se parecen mucho. Tampoco he encontrado razones concretas del cambio, pero esto pone de manifiesto lo obvio: ¿por qué no buscaron otros actores para esos otros personajes indispensables? Norfolk era esencial, y Cranmer casi también. Ambos son cruciales en la presentación y caída de Catalina Howard (que además era familia del primero), y Norfolk fue uno de los principales artífices de la caída de Cromwell.

Con este panorama da la sensación de que en cada temporada perdemos personajes muy atractivos que son sustituidos por otros con algo menos de sustancia. No causa esto un bajón notable porque las tramas principales mantienen un nivel excepcional, pero obviamente se echan de menos esos protagonistas que quitaban la respiración en cada escena, como Wolsey, Moro, los Bolena o Norfolk. Los hermanos Syemour no resultan tan fascinantes como esos, y la incoporación de Sir Francis Bryan (el del parche) no se hace bien: aparece en la corte sin más, sin que se explique quién es y por qué todo el mundo le trata como si llevara toda la vida ahí. Además éste prácticamente sólo sirve para algunas tramas secundarias: los amoríos aburren, pero la odisea tras Pole por suerte es más interesante; y para colmo desaparece en la próxima temporada, pero era tan poco llamativo que ni te das cuenta.

Enrique se casa con Jane Seymour (o Juana según algunos) y si bien la convivencia tiene sus baches (la espera porque se quede embarazada pone nerviosa a media corte), la reina es muy inteligente y hábil y queda claro que podría sobrevivir a cualquier cosa. Su ambición no ciega su precaución: es dulce y amable, aguanta todo lo que le echa el rey encima, incluso las amantes, cosa que de hecho fomenta para mantenerlo contento. Y no reniega del catolicismo pero tampoco lo airea. Con sus buenas maneras se hace amiga de todos y cae bien a todo el mundo, incluso al espectador, pues el personaje está muy conseguido y resulta adorable. Pero va y se muere de parto. Eso sí, deja al heredero, Eduardo VI, que reinaría tras Enrique. El rey desespera, cae en una depresión que le cuesta horrores superar. Todo un capítulo lo dedican a ello, con su aislamiento con el bufón. De ahí salió (al menos según la serie) la ida del olla del palacio de Nonsuch (algo así como “El que no existe”), una barbaridad que sólo se pudo pagar porque Cromwell había llenado las arcas del Estado a costa de saquear templos e iglesias. La pena es que de este fastuoso castillo no queda nada, sólo algunos bocetos y piedras.

Mientras, hemos visto también el alzamiento del Norte. Los abusos de Cromwell tenían que explotar en algún momento. Unos pocos nobles llevan las reivindicaciones del pueblo, y si no son escuchados habrá guerra. Enrique hace aquí gala de su autoritarismo de forma bastante rastrera: mediante engaños descabeza la rebelión. Charles Brandon es quien se hace cargo del proceso, y además debe dar ejemplo ejecutando a cientos de plebeyos. Desde este evento el Duque de Suffolk no será el mismo, acosado por el dolor y la vergüenza. El actor Henry Cavil mejora mucho respecto a las primeras temporadas, mostrando muy bien cómo el personaje se oscurece y se ve perseguido por esos fantasmas.

Para animar al rey le buscan un nuevo matrimonio. Las pesquisas dan bastante de sí, exponiendo en poco tiempo todos los pasos y trámites de la época. Finalmente la elegida es Ana de Cleves, pero el entusiasmo del rey se viene abajo cuando la conoce y no le gusta nada. Aquí hay que hacer un acto de fe, porque otra vez los productores (o quizá el propio Hirst) se empeñan en poner una persona atractiva en un personaje que no debe serlo. La Ana de Joss Stone es prácticamente tan guapa y dulce como lo fue Jane. ¿Por qué el rey dice que es fea como un caballo? Porque Ana de Cleves lo era, al parecer, y además tendría cicatrices de la viruela. Por suerte este matrimonio también se narra muy bien. Centrando mucho el punto de vista en la dulce y tímida chica consiguen un capítulo muy sentimental y trágico; las escenas donde el Rey la rechaza y ella no aguanta el olor de la úlcera de la pierna son demoledoras. Sorprendentemente, para suerte de Ana, Enrique no vio agravio en la situación y a pesar de su desagrado procedió a anular el matrimonio sin buscar excusas para cargársela. Luego además la trató como a una amiga o hermana.

No nos olvidamos de Lady María, quien no tiene una trama importante pero está siempre por ahí pululando y sufriendo por todo y todos, porque como buena fanática todo lo que no se ajustaba a sus normas resulta diabólico. Sarah Bolger es de nuevo, a pesar de su edad, una de las grandes intérpretes de la temporada. Y Lady Rochford (Joanne King), quien fuera la esposa florero de Thomas Bolena, sigue ganando protagonismo como dama del séquito de las reinas.

Tras el cuarto matrimonio de Enrique vendría el quinto. Los Seymour proponen a una chica cercana a su familia (y también a la de los Norfolk, como decía), Catalina Howard (o Katherine si no lo traducimos). Aparece solamente al final, pero con unas pocas escenas te gana por completo, pues Tamzin Merchant deslumbra con su erotismo y jovialidad: sus ruiditos y risitas son encantadores. Con la joven alocada llena de vida y sensualidad Enrique ve colmado sus deseos sexuales y afectivos, pues la chica es muy fácil de complacer en los segundos e insaciable en los primeros. Aquí de nuevo tenemos el problema con Rhys-Meyers: al final de la temporada Enrique tiene 48 años, pero aparenta menos de treinta, con lo que el contraste con la adolescente de Catalina casi no existe. Por lo demás, su interpretación sigue siendo muy buena, mostrando correctamente los numerosos altibajos del rey.

Entre la rebelión y el fallido enlace con Ana los nobles se posicionan en contra de Cromwell. Es demasiado extremista y tiene demasiado poder, así que se lo quitan de en medio con un complot. James Frain arrasa en los últimos capítulos, mostrando con enorme intensidad el final de otro de los grandes personajes de la serie. Pero aquí hay una pega. Aunque el equilibrio de poder de Cromwell está inestable desde principios de la temporada (genial cómo se aferra al matrimonio con Ana para mantenerse cerca del rey), el complot da la sensación de ir muy rápido y me pareció que no quedaba claro cómo consiguen que alguien tan poderoso caiga tan fácilmente. Sea como sea, su ejecución es memorable. Los Tudor es capaz de mostrar cuatro finales de personajes importantes con decapitaciones (contando la próxima de Catalina) y no dejar la sensación de que se repite un esquema o recurso o que pierde fuerza.

La realización sigue siendo exquisita, con una dedicación espectacular en la ambientación donde destaca el insuperable vestuario y la excelente iluminación en tonos naturales, pero este año también se ha puesto mayor empeño en mostrar exteriores (los castillos digitales han mejorado mucho), destacando los grandes paisajes y despliegues de extras en la rebelión del norte. En otras palabras, el presupuesto cada vez luce más y se aprovecha muy bien a la hora de rodar.

Aunque es indudable que arrastra algunos pequeños problemas (el complot contra Cromwell, el casting de Ana y las ausencias forzadas de personajes relevantes), la temporada no llega a resentirse. En el primer capítulo se presentan y empiezan a desarrollar todas las tramas del año, y de ahí al final (esta vez ocho episodios en vez de diez) no hay un momento de respiro en una vorágine de acontecimientos expuesta con enorme fuerza y calidad.

Ver también:
Temporada 1 (2007)
Temporada 2 (2008)
-> Temporada 3 (2009)
Temporada 4 y final (2010)

LOS TUDOR – TEMPORADA 2.

The Tudors
Showtime | 2008
Drama, histórico | 10 ep. de 55 min.
Productores ejecutivos: Michael Hirst.
Intérpretes: Jonathan Rhys Meyers, Henry Cavil, Natalie Dormer, Nick Dunning, James Frain, Maria Doyle Kennedy, Jeremy Northam, David Alpay, Peter O’Toole, Jamie Thomas King, Hans Matheson, Sarah Bolger, Anita Brien, Max Brown, Anthony Brophy, Padraic Delaney.
Valoración:

La segunda temporada de Los Tudor llega con una mala noticia: la inesperada desaparición de tres actores, y por obvia extensión de tres personajes. Uno fue Henry Czerny, el duque de Norfolk, conspirador aliado de los Bolena. El intérprete no estaba de acuerdo en cómo manejaban su personaje (no se sabe por qué concretamente) y se largó, dejando jugosas tramas en el aire: terminaría poniéndose en contra de los Bolena (para salvar su pellejo), incluso dirigiendo el juicio contra ellos, y luego atacaría a Cromwell y jugaría un papel crucial en la realización del matrimonio de Enrique con Catalina Howard. Vamos, que jodió media serie. Muy profesional el tipo, sí señor. Dada su importancia me pregunto si no hubiera sido mejor buscar un actor que lo sustituyera. Otro fue Joe Van Moyland, que encarnaba al músico Thomas Tallis. Los rumores decían que se fue para centrarse en su banda musical (algo bastante irónico). Los rumores también daban vueltas a un pensamiento interesante: que viendo el protagonismo que Hirst le daba probablemente Tallis asumiría el rol del bardo Smeaton, y quizá por suerte su ausencia obligó a no dejar de lado a dicho personaje, crucial en la caída de Ana Bolena. El tercer fugado no es tan importante, pues el noble Anthony Knivert (Callum Blue) no terminaba de ganar protagonismo y de hecho ni lo tenía, porque era un rol inventado.

A este vacío hemos de sumar la muerte de un protagonista principal que copaba muchos minutos y resultaba una presencia imponente: Wolsey. Por ello da la sensación de que a la serie le faltan personajes en los primeros capítulos de esta temporada. Sobre todo se siente el vacío que Norfolk deja: Thomas Bolena está muy solo en sus maquinaciones, y pierde algo de fuerza. Por suerte pronto cambia el panorama. Llega el obispo Cranmer a dar guerra, aunque no sea ni la mitad de interesante que Wolsey, y nos olvidamos definitivamente de la falta de nobles relevantes cuando la trama se centra en la caída en desgracia de Tomás Moro y los Bolena, esta última con el protagonismo creciente de otros personajes, como los músicos Smeaton y Wyatt.

La temporada se inicia enlazando directamente con la anterior, sin cambio de rumbo ni salto temporal porque seguimos inmersos en momentos clave. Enrique presiona a la Iglesia local para que le concedan su divorcio. A pesar de la reticencia de los cardenales y obispos y las amenazas del Papa desde Italia (Peter O’Toole en unas pocas pero intensas apariciones) se rodea de fieles en el consejo, encabezados por Thomas Cromwell como Secretario del reino y el recién llegado obispo luterano Thomas Cranmer (otro Thomas más, la hostia), y no sin esfuerzo consigue convertirse en la cabeza de la Iglesia de Inglaterra. La anulación del matrimonio con Catalina no se hace esperar, y enseguida se casa con Ana y la felicidad embarga la vida del rey y de los Bolena durante un tiempo.

La reforma de la Iglesia avanza con paso firme en manos de Cromwell (un de nuevo magistral James Frain). Los monasterios avariciosos son eliminados, los nobles deben firmar un juramento en favor de Enrique y de la descendencia que tenga con Ana, empezando por su hija Isabel, lo que deja a María la hija de Catalina sin nada. Pero Tomás Moro es un quebradero de cabeza. Su firmeza en no dejar entrever qué piensa, su negación a firmar parte del tratado pero sin negar lo más importante (aunque reniegue de ello por dentro), pone a Enrique en un brete: no puede ejecutar a su mentor y amigo. El conflicto interno de Moro es complejo y difícil de interpretar, porque piensa una cosa y dice otra, lo cual Jeremy Northam refleja con el gesto y la mirada de forma totalmente verosímil. Sumando la intensidad abrumadora que imprime al apesadumbrado Moro, logra la interpretación de la temporada y una de las grandes del año televisivo, a pesar del nulo reconomiento a la serie. Con el toque final de la manipulación de Ana, la situación termina con Moro decapitado. Se llega a sentir pena por el hombre, pues por muy fanático que fuera los otros no lo eran menos.

Llegados a este punto el autoritarismo de Enrique se ha convertido en un círculo vicioso que se expone muy bien en la corte, en la política internacional y en su lucha interna, pues se halla cada vez más afligido porque por mucho que se imponga nada le sale como quiere. Los reyes europeos le dan largas en todo intento de pacto y matrimonio, porque no se fían de que pueda darle la vuelta a todo en un arrebato. Paralelamente Ana es incapaz de darle un hijo varón, y la paciencia de Enrique se agota. La caída de Moro termina por romper la barrera de distanciamiento con la realidad: se da cuenta de que ha ido demasiado lejos y se lamenta profundamente. Ve en Ana la culpa de todo, esa bruja manipuladora.

Sabiamente Michael Hirst siembra a lo largo del año las pistas o más bien excusas que se usarán para enjuiciar a los Bolena, detalles aquí y allá como las miradas de sorpresa y rechazo de las damas de Ana ante sus confianzas con Smeaton. Y el juicio es espeluznante, con las acusaciones salidas de madre como el incesto con su hermano. La interpretación de Natalie Dormer llega a su cumbre: la conocíamos vivaz y manipuladora, y ahora muestra con gran intensidad miedo, paranoia y desesperanza ante un futuro cada vez más negro. Nick Dunning impresiona también: cuando acosa a Ana da miedo, y en la caída de la familia cambia de registro de forma increíble. ¿Cómo un actor de este calibre no es mundialmente famoso? La decapitación de anda y el exilio de su padre se toman su tiempo, mostrándonos cada paso con parsimonia. La entrada de Ana en la Torre de Londres es un plano secuencia fantástico, la estancia en la celda se hace eterna, con momento duros como cuando ha aceptado su destino y está preparada para morir pero la ejecución se retrasa por la falta de verdugo.

Apenas se ha librado de Ana y ya está Enrique encaprichado de una nueva chica, Jane Seymour. La ausencia de los Bolena recupera algo de la amistad del Duque de Suffolk, Charles Brandon, quien no veía bien el intransigente rechazo del rey hacia Catalina y María, lo que puso otra vez algo de distancia entre ambos. Catalina se sumerge en una depresión enorme, sin fuerzas para luchar. Termina muriendo con el corazón podrido, aunque hoy sabemos que era seguramente cáncer lo que le dio ese último golpe, y no la falta de ganas de vivir. María, enclaustrada también, aparece poco pero ya no es un extra, sino un personaje más, y la intérprete es todo un hallazgo. La joven Sarah Bolger logra que nos encariñemos rápido con María, aunque a veces da un poco de repelús: sus expresivos ojos y la facilidad con que muestra la aflicción hacen de ella una pequeña Catalina, es decir, una pobre desgraciada que conmueve, pero con tanto maltrato de rebote sale como fanática católica de cuidado. Lo malo es que le pasa lo mismo que a Jonathan Rhys Meyers: con su rostro juvenil parece que el personaje no envejece nunca. A este respecto el aspecto de Enrique siguen sin captarlo bien. El peinado que parece engominado y la perilla pretendían darle edad pero resultan un tanto anacrónicos.

Algunas consideraciones menores que me parecen relevantes citar son las siguientes. No me queda claro por qué Brereton cambia de idea: primero es firme partidario de asesinar a Ana, luego la sigue fielmente. También me pregunto por qué Cranmer sale en los créditos si aparece muy poco. Alguna trama secundaria, como el hermano Bolena de parranda homosexual mientras se casa para disimular, no son esenciales pero aportan vidilla al conjunto, y es un puntazo ver la frustración de la esposa.

La temporada resulta tan magnífica como la anterior. Narra varios años con gran velocidad pero sin dejar huecos: en un par de capítulos Ana tiene dos embarazos y abortos, y no da sensación de ir a saltos, sino que fluye consistentemente. La excelente conjunción de intereses personales, con cada protagonista tirando de los hilos a su manera, mueve los acontecimientos manteniendo el interés y la expectación altos, jugando con la intriga muy bien, de forma que no importa que sepamos cómo va a acabar todo, pues el relato resulta absorbente y el destino de cada protagonista se vive con muchísima intensidad.

Ver también:
Temporada 1 (2007)
-> Temporada 2 (2008)
Temporada 3 (2009)
Temporada 4 y final (2010)

LOS TUDOR – TEMPORADA 1.

The Tudors
Showtime | 2007
Drama, histórico | 10 ep. de 55 min.
Productores ejecutivos: Michael Hirst, varios.
Intérpretes: Jonathan Rhys Meyers, Sam Neill, Maria Doyle Kennedy, Natalie Dormer, Henry Cavill, Nick Dunning, Jeremy Northam, James Frain, Henry Czerny, Anthony Brophy.
Valoración:

Aunque sorprenda, Los Tudor no es una producción de la BBC, sino de una cadena estadounidense, Showtime, en coproducción con Canadá. Eso sí, se rodó en Irlanda, primero porque en el reparto querían actores ingleses, segundo por abaratar costes, y tercero por aprovechar localizaciones (campos y castillos). Su creador y guionista de absolutamente todos los episodios es Michael Hirst, que va camino de convertirse en toda una autoridad y referente en la historia adaptada al cine y televisión: empezó fuerte con Elizabeth (en la que Cate Blanchett se dio a conocer), pero donde deslumbró fue con esta Los Tudor, hasta ahora su mejor obra y también donde más empeño echó, porque a partir de entonces su implicación en la escritura de proyectos donde colabora es menor. En la fallida Camelot por desgracia sólo fue productor, y así salieron los guiones. En Los Borgia tampoco escribió, y Neil Jordan, sin fallar, no llegó a los niveles que Hirst ha demostrado poder alcanzar. Vikings es su última incursión como guionista además de productor, y si bien el primer año es irregular tiene muchos buenos momentos y enorme potencial.

Emitida entre 2007 y 2010, Los Tudor consta de cuatro temporadas de diez capítulos (con la excepción de los ocho de la tercera). Su título es un poco engañoso, no sé cómo le dieron el visto bueno, pues la narración se centra exclusivamente en Enrique VIII a pesar de que la dinastía Tudor es amplia y tuvo varios monarcas. Enrique con sus seis esposas es probablemente el monarca, no solo de Inglaterra sino del mundo entero, del que más libros y películas se han realizado, pero por si alguien anda un poco perdido en historia pongo en situación. Estamos en las primeras décadas del siglo XVI, entrando en lo que ahora llamamos el Renacimiento. Colón ha descubierto América y nuevos horizontes se abren para Europa. Desde Italia nacen nuevas corrientes de pensamiento que comienzan a cambiar la forma de entender al mundo, al hombre, a las ciencias y al arte. Y en cuanto a la religión, en Alemania Lutero inicia el movimiento protestante, que cuestiona la autoridad de la Iglesia.

Creo que nunca se citan años concretos en la serie, pero el reinado de Enrique va de 1509 a 1547, y por los hechos narrados en esta temporada se deduce que empezamos alrededor de 1530 (acercamiento a Ana Bolena y caída de Wolsey). En el panorama internacional el Imperio de Carlos V (o Carlos I de España) y la Francia de Francisco I danzan con Inglaterra, guerreando unos con otros según cambia el viento. Enrique consigue sembrar buenas relaciones gracias a que aprende rápido y tiene buenos asesores, con lo que no se llega a un gran conflicto que desestabilice gravemente el equilibrio de poder.

En la corte, el rey, casado con Catalina de Aragón desde hace más de veinte años, empieza a sentir la presión de no tener un hijo varón. Catalina solo le ha dado una hija sana, María, y un puñado de abortos y bebés que duraron pocos meses. Así, Enrique empieza a distanciarse de ella, tomando amantes cada dos por tres. La familia Bolena y algunos amigos de ésta son unos escaladores sociales natos, y el cabeza de familia, Tomás, no duda en a usar a sus propias hijas María y Ana para tentar al rey para se encapriche de alguna de ellas y así ganarse su favor. Enrique despacha a María pero se enamora perdidamente de Ana, y la llega a tratar casi de reina a pesar de las críticas de los partidarios de Catalina y de la Iglesia, que ven el pecado en su relación. Pronto Enrique decide pedir el divorcio al Papa, porque en esa época sólo los reyes con buen enchufe conseguían una bula o dispensa de la Iglesia que daba el matrimonio como nulo y les permitía casarse de nuevo. Pero no se lleva bien con la jerarquía católica actual, y no están por seguirle el juego, más cuando Catalina es una reina muy querida por el pueblo.

El más fiel servidor del rey, el Cardenal Wolsey, es también su Canciller, encargado principal de la gestión del reino. Pero su ambición es enorme, pues sueña con llegar a Papa, y pronto sus deseos chocan los del rey. Se ve en medio de una lucha de poderes entre la Iglesia y Enrique, y pierde fuerza en ambos frentes. Mientras los Bolena llegan a lo más alto, Wolsey se hunde en la ignominia. La temporada acaba con la caída de Wolsey y los primeros pasos de Enrique hacia parte del ideario protestante (que daría pie a la Iglesia Anglicana), pues éste le permite ganar poder contra la Iglesia.

Los Tudor es todo conspiración política en la corte. Reyes, nobles y religiosos están diariamente absortos en mantener y aumentar su poder. Y en ese proceso las mujeres suelen ser meras piezas de cambio, aunque algunas no dudan en luchar con lo poco que tienen (sus encantos y conexiones masculinas, claro), como Catalina y Ana. Apenas salimos de los palacios e iglesias, casi toda la narración es en interiores, con los personajes formando alianzas, midiendo rivalidades, aplastando a quien se ponga en su contra aunque hace nada fuera un fiel amigo.

Los diez episodios se hacen realmente cortos, pues la narrativa es veloz e intensa como si fuera una serie de acción, atrapando con gran fuerza en la vorágine de intrigas personales. La exposición de personajes es magistral y la evolución de estos no defrauda. Capítulo a capítulo van adquiriendo nuevas capas, moviéndose hacia un lado u otro pero siempre en órbita respecto a los demás habitantes de la corte. Y el reparto, el excelso, impresionante e inolvidable repertorio de actores, termina de conseguir que Los Tudor sea una serie enorme. Lástima que pasara tan desapercibido porque no fue una producción de moda y por tanto resultó bastante ignorada por medios y premios en favor de otras muy inferiores o al menos con repartos no tan llamativos. Rhys Meyeres logró arañar un par de nominaciones a los Globos de Oro, pero el resto de prodigiosos intérpretes fueron tremendamente infravalorados.

Enrique es una tempestad. Afable cuando las cosas van bien, de frío a impetuoso cuando se tuercen. Al principio nos muestran a un rey comedido, influido por la corriente humanista y culta de Tomás Moro, divertido y sociable en las fiestas de nobles, precavido y dado a reflexionar en las relaciones internacionales. Pero su reinado también se conoció por ser bastante autócrata, y eso se va viendo reflejado poco a poco: el enamoramiento con Ana y los impedimentos que le pone casi todo el mundo van sacando su parte más autoritaria. El actor Jonathan Rhys Meyers muestra con entusiasmo los cambios de humor, está estupendo en la pose de rey (declamando muy bien) y en la de enamorado, y la transformación hacia su lado sombrío es estupenda (aunque habrá que esperar a la segunda temporada para apreciarla en todo su esplendor). El único problema es que su físico de guaperas, joven y atlético no convence del todo en el personaje. Debe representar varias décadas de vida del monarca, y en las temporadas finales el ser tan joven no da el pego de ninguna manera para un Enrique que además de anciano era obeso.

Wolsey se dedica por completo a su ambición: solo desea ascender, y para ello qué mejor lugar que en la corte al lado del rey, donde puede conspirar a lo grande. Pero también es una posición donde un desliz le puede hacer caer desde todo lo alto, con lo que la tensión sobre sus hombros es notable. Sam Neill está colosal en el papel, obteniendo una de las interpretaciones más memorables de la historia de la televisión. Impresionante su tono de falsa fidelidad y como enmascara el miedo a perder el favor del rey, inconmensurable la desesperación en su caída.

Catalina es la reina rechazada, abandonada en sus habitaciones con la única compañía de las damas de honor y las visitas de los embajadores del Emperador. Casi sin amigos, se hunde en la depresión. Maria Doyle Kennedy es la representación máxima de este estado anímico. Logra transmitir una pena y tormento infinitos. La pega es que el español que habla en ocasiones es dictado de memoria y queda ridículo. De todas formas aprovecho para decir que es sacrilegio ver a estos actorazos en versión doblada. Ana Bolena es prácticamente lo opuesto a Calatina: vitalidad, sensualidad, entusiasmo… El casting halló en Natalie Dormer una joya en bruto: ¡qué torrente de emociones transmite con sus característicos gestos, miradas y esos deliciosos labios en posiciones imposibles!

Nick Dunning es el padre de Ana, Thomas (o Tomás si lo traducimos… en esta serie el lío de traducir figuras importantes y no hacerlo con otras menos conocidas genera un caos de nombres que debería poner de manifiesto esta absurda manía de adaptar nombres históricos). Es otro actor inmenso de miradas inquietantes y feroces que muestran muy bien su ambición y determinación por aplastar sin remordimiento a todo el que haga falta para trepar en la sociedad. Henry Czerny nos deleita con otra interpretación de ese nivel: es Norfolk, otro noble de alto rango y fiel a la causa Bolena. Cuantas fantásticas conspiraciones en susurros se marcan estos dos. Charles Brandon es un joven sin las aspiraciones de los demás, solo quiere una buena vida. La amistad con Enrique pasa por muchos altibajos, pero sobrevive siempre. Henry Cavill no está a la altura del resto, pero eso no quiere decir que lo haga mal.

Tomás Moro es la guía moral de Enrique, su mentor. Humanista, teólogo y escritor, fue una de las grandes mentes de la época, pero su férrea lealtad a la Iglesia en tiempos de revolución le pondrá al borde del abismo continuamente, sobre todo cuando el rey empiece a distanciarse del papado. Jeremy Northam es otro que arrasa en cada aparición, siendo para mí el segundo gran papelón de la serie. Sus miradas de aflicción contenida y su asombrosa capacidad para mostrar cómo el personaje bulle por dentro lleno de ideas, temores y emociones que intenta no reflejar al exterior son indescriptibles. La figura opuesta de este rol es James Cromwell, que aparece sobre el ecuador de la temporada. Se mantiene en la sombra, trepando hasta llegar a ser segundo de Wolsey a pesar de en secreto oponerse al catolicismo, esperando su momento para dar a conocer sus ideas, para sembrar en la corte la semilla del luteranismo, algo que los Bolena todavía no se atreven a hacer abiertamente. James Frain es otro genio de las interpretaciones contenidas que muestran muchísimo casi sin gesticular, con miradas serias y tenebrosas.

Tenemos también otros tantos nobles y clérigos con menor presencia pero muy importantes en el entramado. Incansables luchadores de la causa de Catalina son el obispo Fisher y el embajador español Chapuys (aunque inicialmente hay otro enviado que no vuelve a salir). Entre los nobles destacan William Compton y Anthony Knivert (este último inexistente en la realidad), jóvenes con prometedor futuro. Como bardos y músicos de la corte hallamos a Thomas Wyatt y Thomas Tallis (sí, aquí todo el mundo se llama Thomas), otras dos figuras relativamente importantes de la época. El primero hasta la segunda temporada no cobra importancia. El segundo no se sabe muy bien qué pinta aquí: sus tramas son ajenas al resto y bastante aburridas, sobre todo la tontería de la chica que ve a la hermana muerta.

En cuanto a la puesta en escena, Los Tudor tiene una acabado excelente aunque a veces se noten limitaciones obvias de presupuesto. El vestuario, de complejo y rico, se llevaba gran parte del dinero, y luce de forma espectacular. En los decorados de interiores también se pone mucho empeño, con muebles y demás elementos cuidados al detalle. El problema es que no había forma de representar algunos palacios ya inexistentes (con lo que parece que estamos siempre en los mismos sitios), ni partes complicadas (nunca vemos calles de la ciudad) y panorámicas exteriores sin gastarse un dinero que no se podría recuperar. Vemos que intentan alguna recreación digital del exterior de algunos lugares (el palacio Whitehall principalmente), pero la pobreza del acabado no tiene la calidad exigible en una serie de primera división, con lo que hubiera sido preferible que usaran los clásicos fondos pintados (mate painting) que tan buenos resultados han dado durante décadas. Como suele ocurrir, en cada nueva temporada la cosa mejora poco a poco, de hecho llegaremos a ver grandes escenas en exteriores (incluido un asedio).

Pero como digo, lo que tenemos se aprovecha bien: la escenificación en interiores es magnífica, nunca parece encorsetada o limitada por espacio ni por dificultad (muchos personajes en cada momento), la secuencia siempre fluye con un tempo perfecto. La iluminación natural está muy lograda, otorgando un aspecto realista a la ambientación, y junto al vestuario y atrezo nos traslada muy bien a la época. La música aparece en pocos momentos cruciales y resulta tremendamente efectiva, aunque también debo citar el fallido tema popero exigido para los feos títulos de créditos. Hablando de estos, nadie sabe qué significa la frase que incluyen, “para conocer la historia debes ir el comienzo”… ¿y al comienzo de qué vamos, si la serie abarca lo que le da la gana a Hirst? En la segunda temporada la eliminan.

Los peros son escasos y no muy llamativos. De hecho el primer pero que voy a poner sale de un gran acierto. Narrar la historia es difícil, porque abarca muchos años y los momentos cruciales pueden estar muy separados, lo que complica muchísimo una progresión fluida en la trama y en los personajes. Esto significa que hay saltos temporales grandes de los que no siempre somos conscientes, aunque a veces se pueden ver aplicando la lógica (por ejemplo Cromwell es enviado por toda Europa, con lo que es evidente que pasan meses). Por lo general Hirst solventa esta dificultad con gran habilidad, sin altibajos o huecos en la narrativa ni en la evolución de los protagonistas, pero en unas pocas ocasiones se resumen tanto los acontecimientos que puede generar confusión: la política internacional cambia bruscamente, y puede costar seguir qué países son ahora amigos y cuáles están causando roces.

El otro aspecto criticable son algunos detalles un tanto raros y algunas desviaciones respecto a la historia real difíciles de entender. Entre los detalles cabe destacar: el rey no vivía en Whitehall sino en Wetsminster (luego convertido en el Parlamento), ni este palacio se llamaba así, de hecho se lo arrebata a Wolsey en su caída, así que aquí le quita otro palacio; el músico Thomas Tallis no estaba en la corte en esta época, a pesar del empeño en darle protagonismo (y como señalaba, su sección es la única un poco endeble). En los cambios notables tenemos los siguientes: las dos hermanas de Enrique, María y Margarita, se fusionan en una (Margarita) de manera extraña, con ese matrimonio inventado con el rey de Portugal y el fugaz casamiento con Charles Brandon, quien en realidad estuvo con María varios años y tuvieron varios hijos; además, es María la que muere durante esta época, mientras que Margarita estaba casada con el rey de Escocia; el hijo bastardo de Enrique con su amante Bessie Blount muere aquí de niño, aunque en realidad llegó a la adolescencia, un cambio que quizá responde a la idea de forzar en Enrique la desesperación por no tener descendencia masculina; hasta que asientan el personaje de Pablo III (Peter O’Toole) en la segunda temporada, los papas que citan este primer año son inventados; y Wolsey, que aquí es encerrado y termina suicidándose, en realidad tuvo una muerte menos espectacular, falleciendo al enfermar en el viaje hacia su juicio.

Y para los más puristas, decía que el nivel de calidad del vestuario es impresionante, sobre todo tratándose de una serie y donde cada pocos capítulos tenemos trajes nuevos para cada noble. Pero la fidelidad es otra cosa. En líneas generales se mantiene el aspecto de la época, pero en algunos elementos parece que Hirst decidió dar un aire más moderno, como si pensara que lo pintoresco de aquellos tiempos fuera difícil de digerir. Los nobles llevan botas de cuero (hasta la rodilla incluso) y pantalón en vez de los zapatitos y mallas habituales, y las mujeres lucen complicados peinados cuando lo normal era llevar la cabeza muy tapada; los escotes no eran extraños, pero algunas iban con ropa hasta la barbilla, y aquí nunca vemos algo así. Todo esto no desluce la enorme calidad de la serie, pero sí cabe preguntarse que, si pones empeño en hacer una producción histórica, ¿por qué dejas descaradamente de lado la fidelidad en algunos momentos?

Ver también:
-> Temporada 1 (2007)
Temporada 2 (2008)
Temporada 3 (2009)
Temporada 4 y final (2010)

HOMELAND – TEMPORADA 3

Showtime | 2013
Suspense, drama, acción | 12 ep. de 46-63 min.
Productores ejecutivos: Michael Cuesta, Alex Gansa, Howard Gordon.
Intérpretes: Claire Danes, Damian Lewis, Mandy Patinkin, Morena Baccarin, Morgan Saylor, Rupert Friend, Sarita Choudhury, F. Murray Abraham, Nazanin Boniadi.
Valoración:

Alerta de spoilers: Describo y destripo la temporada al completo.–

La segunda temporada de Homeland, magistral de arriba a abajo y con momentos sublimes, acabó con un golpe de efecto que ponía todo patas arriba y nos dejaba sin idea alguna de cómo podía continuar la historia. La CIA atacada en su sede, Carrie en un limbo laboral y emocional, y sobre todo Brody visto como culpable y a la huida. El tercer año empieza fuerte, sin la trampa de olvidar el golpe de efecto o dejarlo de lado para seguir como si nada, táctica infame que detesto. Los guionistas abrazan con determinación la situación en que se han metido y la llevan hacia adelante, mostrando todas sus consecuencias con habilidad y con conocimiento claro de hacia dónde van. Además, con otro giro sorprendente a mitad de sesión las cosas cambian de nuevo bruscamente. No todo es perfecto, pero sí lo suficiente espectacular como para hablar de otro gran año. Y sumando también la incomprensible polémica que se han empeñado en levantar sobre la nada muchos espectadores, tenemos una temporada que da para escribir muchísimo.

Las implicaciones y ramificaciones que causa el atentado y el descabezamiento de la CIA se tratan con gran realismo, ofreciendo una perspectiva compleja y detallada del asunto, manteniendo muy bien una trama política y de espionaje que ya venía con mucha fuerza del año previo. Saul es el personaje que se come todo este marrón, y lo aguanta de forma fenomenal: se ha convertido prácticamente en el protagonista de la serie. Su lucha por sacar adelante su maltrecho equipo, los envites del senador que pretende ser director de la organización, la presión de los medios, los líos familiares acosándole por detrás y el problema de Carrie mantienen a Saul en constante alerta, estresado, dando el máximo de sí mismo.

Carrie recorre un camino duro y fascinante también. De nuevo vuelve a verse en medio de unos acontecimientos que casi la superan, pero si recae esta vez es por la persecución en la que parece estar envuelta por parte de la CIA y Saul. Nos sumergimos de lleno en sus problemas, cada nuevo paso en su lucha resulta intenso y absorbente… y justo cuando empiezas a preguntarse si saldrá de una vez del hospital, cuando parece que se están excediendo en sus penurias, resulta que es un montaje en el que es colaboradora. El giro no se ve venir, de lo bien que se esconde, y te estampa en la cara la genialidad de los guionistas: todo es parte de un plan de Saul para ponerla en la mira de los enemigos, para intentar sacar a la CIA del hoyo en que se encuentra dando un golpe maestro a la inteligencia iraní.

En cuanto a los secundarios, estos son pocos pero muy interesantes, figuras misteriosas de las que siempre quiero ver más pero aparecen lo justo para complementar a los escasos principales, dejándote con la miel en los labios. Peter Quinn tiene sus propios fantasmas internos que lo llevan a dudar de su lugar en el mundo del espionaje, pero como digo no terminan de darle todo el protagonismo que merece. Dar Adal es aún más frío: sí, se nota una buena dinámica y compañerismo con Saul (y no faltan las breves dudas de lealtad, clásicas del género), pero no sabemos nada de él y no evoluciona hacia nada llamativo. Y este año conocemos a la joven Fara Sherazi, cuya introducción, apareciendo en plena CIA con el pañuelo en la cabeza, es memorable. La chica se hace querer rápidamente, pero siempre queda algo descolgada, y además su labor a veces se exagera: ¿es que nadie más trabaja en la CIA aparte de los personajes con nombre? Por desgracia también pierde mucho protagonismo en el tramo final. El senador, un político conservador estrecho de miras, define bien esa figura habitual del panorama político estadounidense, y resulta odioso pero creíble.

Mientras, no nos olvidamos de que la serie es también un drama, y también de corte realista. La familia de Brody, después de todo lo que ha pasado con el retorno de aquél y la campaña política que puso demasiada atención sobre ellos, da un lógico vuelco con la caída en desgracia del héroe. Ahora se enfrentan al rechazo social más grave imaginable: tu familia albergó al enemigo número uno del país. No me gustó la elipsis del intento de suicidio de Dana (vamos directos a su salida del psiquiátrico), pero luego la acepté, porque lanza con rapidez y eficacia el arco de este año relativo a la chica y por extensión de la familia (aunque es cierto que pasan totalmente de mostrar cómo lleva la situación el hermano). Como es esperable, la familia está destrozada, y Dana en concreto ha llegado a su límite emocional. La única forma de recuperarse es dejar todo eso atrás. Para Jessica seguramente será volver con Mike Faber (no se expone directamente, pero se intuye), quien le dará seguridad como hizo durante la primera ausencia de Brody.

Para Dana el cambio debe ser mayor, porque el simple hecho de estar en esa casa le recuerda la tragedia. Así pues, su intento de huida, que no es más que una ruptura con lo establecido, aunque muy criticado por los espectadores impacientes y que se quedan en la superficie de lo que ven, es imprescindible en la maduración del personaje. Ahí ve que debe independizarse. De ahí a la despedida final con Brody no vuelve a salir mucho, pero tampoco hace falta, han dedicado el tiempo justo y necesario para relatar su trayectoria. Se podría decir que se echa de menos ver las reacciones de la familia ante el retorno de Brody (cuando aparece en televisión desde Teherán), pero sería reincidir en el hecho ya de sobras constatado de que lo odian y rechazan, y viendo que no hay redención de Brody (qué jodidamente cruel es la serie) queda claro que el papel de la familia ha terminado en esta historia.

El nivelazo de los capítulos iniciales, más concretamente los tres primeros, es abrumador, alcanzando el listón de los mejores momentos de la segunda temporada. Te mantienes pegado al asiento constantemente, esperando que en cualquier momento todo se venga abajo, sudando con los personajes y temiendo de lo lindo por Brody, protagonista principal desaparecido durante varios capítulos enteros. Su reaparición en un episodio exclusivo para él es fantástica. Se resume su viaje a través de su estado mental más que con hechos, y su nuevo cautiverio remata las pocas esperanzas que tuviéramos con verlo remontar el vuelo.

Una vez llegamos al ecuador y con el plan de Saul en marcha, como decía la dinámica cambia bastante, demostrando de nuevo la valentía y habilidad de los guionistas. En el primer año dije que el argumento de Homeland tenía enorme potencial pero no pareciera que fueran a salirse de unas líneas muy clásicas, pero el subidón de la segunda sesión me abrió los ojos por completo, y esta etapa confirma que es la serie más arriesgada de estos años tras Breaking Bad.

La forma de llevar a Carrie hacia el enemigo para traer el enemigo hacia nuestro bando está muy lograda. Se exponen con maestría las dificultades del proyecto, lo lejano y complicado que resulta tal objetivo y lo beneficioso que sería lograrlo (geniales las luchas de Saul con el senador). La captura de Majid Javadi y el chantaje para usarlo como topo mantienen el nivel esperado. Los datos sobre que Brody no sería culpable te dan en toda la cara, devolviéndote la esperanza de verlo redimido, pero su retorno es difícil también, pues su lugar en el plan de Saul resulta otra enorme sorpresa. Su recuperación y entrenamiento se sintetiza muy bien en poco tiempo, y los soldados resultan personajes interesantes a pesar de su poca relevancia. Finalmente se despide de Dana y casi de Carrie (porque es una misión casi suicida) y despegamos hacia el desenlace…

Sin embargo, aquí el riesgo y la valentía no van de la mano con una ejecución perfecta. Sí, el gran giro abre nuevas perspectivas que caminan con paso firme durante varios episodios, pero lo cierto es que una vez el plan coge forma y se dirige hacia sus momentos finales, la temporada pierde mucha intensidad, se torna previsible y se cierra de forma bastante convencional. Los tres últimos capítulos, a pesar de tener bastante acción, no se acercan a la fuerza inicial del año ni a lo bien que funciona el segmento central, dejando la sensación de que no se ha rematado como se esperaba algo preparado con tanto esmero.

Las tribulaciones de Brody y Carrie en el curso a Teherán se ven venir de lejos, las dificultades allí sufridas son bastante predecibles, y finalmente casi todo se resuelve como cabría esperar. No hay gran sensación de peligro, porque la narración fluye demasiado lineal, y cuando todo acaba, aunque agradeces que Saul vea llegar a buen término su plan y que Brody parezca librarse de tantas penurias, no se produce en el espectador un gran suspiro de tensión liberada. Ni la muerte de Brody provoca una gran catarsis, pues se ve como un paso muy lógico.

A todas estas historias les falta un envoltorio que genere la atmósfera necesaria, una del estilo del finalazo de la primera sesión o del glorioso episodio Q&A de la segunda. Ojo, no resulta excesivamente grave… pero sí lo suficiente para afear un año que iba camino de ser magnífico también. Es evidente que la estancia en Teherán necesitaba el doble de episodios, dándole más profundidad y alcance. Es como si hubieran cancelado prematuramente la serie y hubieran tenido que resumir las cosas, algo que evidentemente no ha ocurrido. Simplemente los guionistas, en el momento cumbre de la temporada, han estado algo faltos de inspiración, perdiendo un poco el tono habitual de la serie.

Por lo menos el cierre de las tramas personales de Carrie y Saul se lleva su tiempo, aunque también deja un regusto amargo: todo parece tan finalizado y a la vez abierto que no se espera nada concreto para la próxima etapa, pues puede ir sobre cualquier cosa pero será una historia nueva, con lo que empezará con el interés algo mermado.

En cuanto a la polémica, me ha resultado tan sorprendente como molesta, por absurda, incomprensible y, viendo algunos comentarios, casi fanática. Resulta que muchos espectadores rechazan el primer tramo de la temporada y aprecian el final… Justo al revés de lo que la lógica dicta, justo al revés de lo que la temporada es. Esta errónea perspectiva surge de algo que resulta evidente desde el inicio de la serie: la gente espera una de acción plana y sensacionalista, tipo 24, y al tercer año se han cansado de esperar y han empezado a soltar bilis de forma espectacular por la red. Homeland tiene sus virtudes y fallos, o puede gustar más o menos por género y estilo, pero no puedes machacarla por ser diferente a lo que sueñas, es de un ridículo e inmadurez que espanta. Así, las críticas que se suelen ver están llenas de memeces impresionantes, porque es difícil defender la exigencia de que dejaran de lado toda la trama de política y espionaje y el drama para pasar a los tiros. Si te sobra todo lo que la serie es, qué demonios haces soportándola. Lo único bueno de todo esto es que finalmente dicen (más bien lloriquean y exclaman a los cuatro vientos, como si fuera un gran paso) que dejarán de verla, pero lo malo es que se van haciendo mucho ruido y dañando su imagen inmerecidamente.

Ver también:
Temporada 1 (2011)
Temporada 2 (2012)
-> Temporada 3 (2013)
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Temporada 5 (2015)
Temporada 6 (2017)
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