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VIKINGOS – TEMPORADA 4, PARTE 2

Vikings
History | 2016
Drama, aventuras, histórico | 10 ep. de 44-55 min.
Productores ejecutivos: Michael Hirst, Sheila Hockin, James Flynn, Sherry Marsh…
Intérpretes: Travis Fimmel, Katheryn Winnick, Gustaf Skarsgard, Alexander Ludwig, Alex Høgh, Marco Ilsø, David Lindström, Jordan Patrick Smith, Linus Roache, Moe Dunford, Maude Hirst, Jennie Jacques, Peter Franzén, Jasper Pääkkönen, Clive Standen, Alyssa Sutherland.
Valoración:

Alerta de spoilers: Destripo bastante, muerte de algún personaje principal incluido.–

Los dos primeros años de Vikingos resultaron muy atractivos y guardaban gran potencial, pero para decepción de sus seguidores, en vez de afianzar la serie, de cogerle el tono, su único guionista, Michael Hirst, ha ido perdiendo inspiración. Las dos siguientes etapas han dejado ver la pobreza de ideas que va ahogando a personajes y tramas, defecto que las partes de acción, las más interesantes gracias a una puesta en escena capaz de recrear batallas impresionantes, apenas conseguía disimular. Pero ahora también se ha visto sobrepasado por su éxito, pues los mandamases que ponen el dinero exigen más capítulos y más rápido: la cuarta temporada llega con el doble de longitud y menos tiempo para escribir y rodar bien. La primera parte ya anda floja, y en esta segunda la caída de interés continúa aumentando. Los personajes están casi todos gastadísimos, prácticamente ninguna sección navega hacia algo tangible y que resulte emocionante, y la combinación de todas deja una sensación de estancamiento enorme. Pero además hay que sumar un gran bajón de ritmo: apenas hay una escaramuza al final que no es suficiente para levantar el nivel.

Ragnar reaparece, pero es como si no estuviera. ¿Qué es lo que pretende? No sabemos absolutamente nada de sus pensamientos e intenciones. El empeño en regresar a Northumbria no se explica, el proceso no relata nada llamativo (intrascendentes peleas con los hijos que no llegan a formar una relación clara, previsible rechazo de la población porque es un viejo acabado), y cuando llega allí tenemos el peor tramo de toda la serie. Hirst se obsesiona con tratar de darle un gran adiós, un final melancólico, pero el guion hace aguas por todas partes y no ofrece nada a lo que agarrarse, ni en lo narrativo ni en lo emocional. En vez de apenarnos por su caída en desgracia e inquietarnos por su cada vez más evidente destino, surge un distanciamiento con las imágenes y también muchas preguntas. ¿Qué narices pretende hacer en la corte de Ecbert y por qué todo se muestra con tanta parsimonia y drama barato? Cabe pensar que espera que los hijos quieran vengarlo, y así los empuja a madurar y a tomar represalias por lo del campamento arrasado, pero no tiene mucho sentido, son vikingos, van a saquear aquí y allá tarde o temprano, y la semilla de la venganza por sus compatriotas ya estaba sembrada. La subtrama absurda del falso hijo no sé a qué viene, y no parece que Ragnar vaya allí por él, sino en plan suicida. Pero un vikingo de verdad muere en combate, no entregándose porque está cansado. La relación con Ecbert es más delirante aún: ¿pero por qué se supone que ahora son grandes amigos y aliados? Sois contrincantes que habéis pactado en alguna ocasión, pero ahora no hay razones para renovar alianzas, y más cuando el rey rompió el último trato y arrasó con el asentamiento vikingo. Así que, ¿qué esperaba Hirst conseguir con las largas y tediosas conversaciones entre Ragnar y Ecbert? Su muerte, cuando por fin llega, no me transmitió la conmoción y pena exigibles, primero, porque llevaba varios capítulos sin narrar nada, segundo, porque la atmósfera es contraproducente, forzada pero fría. ¿Qué costaba poner a Ragnar derrotado por Aelle y cumplir así con la muerte que le da la tradición? Tampoco entiendo el favoritismo que muestra por Ecbert sobre Aelle, en vez de tratarlos con una relevancia y objetividad más equilibradas. El capítulo La hora incierta antes de la mañana (414) no hay por dónde cogerlo y resulta soporífero, pero Todos sus ángeles (415) es verdaderamente insoportable.

Paralela a la aburrida despedida del protagonista principal tenemos el crecimiento de su relevo, los hijos. Esto se lleva otro puñado de historias simplonas, sin tirón ni rumbo claro. Todas sus apariciones se limitan a mostrar rencillas, peleas y reconciliaciones tontorronas, y lo único que sacamos en claro es que Ivar es un resentido violento. ¿La personalidad de Hvitserk, Sigurd y Ubbe? No llega ni a vislumbrarse. Floki se mantiene en el periplo caótico por donde lo estaba llevando, sin definir tampoco un carácter y una dirección clara. Cuando va al Mediterráneo con Bjorn, a él y a su mujer (Helga) los sumerge en otro viaje emocional caótico, ininteligible: de repente siente respeto por una cultura/religión ajena, y parece que duda sobre algo… aunque nunca se nos dice el qué; y Helga se encapricha de una esclava y la toma como hija. El culebrón resultante es bastante tonto y cansino, menos mal que nos libramos de ellas al final. Pero Floki, un rol desecho desde la tercera temporada, sigue ahí.

La sección de Lagertha está más movidita, pero como viene siendo habitual, tampoco se exponen bien los motivos de sus acciones. El repentino romance lésbico está claro que es para atraer audiencia, pero con la censura que se lleva la serie en su emisión en History Channel vamos apañados: sangre la que quieran, pero el sexo se recorta por completo. Eso sí, me he dado cuenta de que en bluray recuperan todo lo eliminado (la mayor parte son conversaciones subidas de tono, pero también algún desnudo… de Katheryn Winnick no, me temo), pero la serie no me llama como para esperar a que salgan a la venta o recuperar las temporadas pasadas; eso sí, esta tanda ha estado emitiéndola Amazon sin censura en algunos países. Volviendo a Lagertha, se embarca en otra aventura de conquistar pueblos vecinos, apuntando esta vez a Kattegat. Sí, los vikingos eran muy dados a las guerras constantes entre ellos, pero se hacía para medrar en fama y poder, para ganar adeptos para nuevas incursiones en el extranjero con las que enriquecerse, y en menor medida por tierras. Cuando ha logrado la conquista se decide a defender la ciudad porque es muy golosa (ha crecido mucho y tiene mercado y dinero en cantidad), pero el ataque no parece haber sido para ganar poder, no se la muestra nunca ambiciosa o con planes expansionistas concretos, y se supone que ya había luchado por tener un hogar propio; el escritor se inventa una torpe rivalidad con Aslaug, pero no me parece suficiente; lo único bueno que sale de todo esto que es la cansina de Aslaug muere por fin. Más adelante, el ataque que recibe, instigado por Harald y Halfdan, es bastante entretenido, pero tampoco ofrece nada consistente. Igual de ambiguos son los planes de estos dos: parecen tener celos del poder de Ragnar y Lagertha, pero deambulan de aquí para allá sin que se decidan por nada. La subtrama de la mujer por la que estaba encaprichado uno de ellos tampoco aporta nada a sus personalidades, es puro relleno para ir tirando mientras parece que esperan a que sus objetivos se mueran solos.

Bjorn es el único rol interesante que queda. Nunca me ha gustado mucho, pero es que en comparación con el resto muestra algo de carisma y sabes qué lo empuja, es un vikingo de pura cepa, no las amalgamas en que Hirst ha convertido a los demás. Su proyecto de ir al Mediterráneo ofrece por fin una historia más centrada y atrayente. La parte en que pacta con Rollo y el ataque a Algeciras son emocionantes y prometedores, y además cabe destacar que vemos la Hispania árabe, algo que en cine y series parece no existir por culpa del sesgo occidental. Lástima que dure tan poco y que ande por ahí Floki dando tumbos. Esperemos que en el futuro potencien estas aventuras, que funcionan mucho mejor que las intrigas políticas.

Para el tramo final se anunciaba algo grande: la invasión de Northumbria por el “Gran ejército pagano” dirigido por los hijos de Ragnar. Esto entra ya más en la historia real, porque hay muchas crónicas que relatan todo el conflicto con bastante detalle, al contrario que ocurre con la vida de Ragnar, con quien los historiadores concuerdan en que no hay forma de saber qué es real y de hecho le dan menos credibilidad que a otros muchos vikingos notables de la época. Aquí cabe señalar que en principio no creo que a nadie le importara mucho, ni al más fan de la Historia, que eligieran un personaje misterioso para contar con él cómo era la época vikinga sin tener un rango de acción tan restringido. Pero claro, no es que la fidelidad pareciera importarles a los productores desde un principio: el vestuario moderno (botas de motero, cuero negro, trajes y armaduras muy elaborados, peinados imposibles…) y las invenciones descaradas (las mujeres acompañaban a veces en los saqueos –más bien en los viajes destinados a colonizar- pero no hay pruebas de que lucharan, y menos liderando) siempre han dejado claras las intenciones comerciales, y si con las figuras mejor documentadas (Aelle, Ecbert, Rollo) Hirst juega como quiere, no parece que vaya a ser muy fiel ahora.

Por desgracia esta resulta ser otra trama difusa, irregular, con más fallos que aciertos. El primer problema es que no consigue lanzarla con el interés alto. El capítulo que por fin pone las cosas en movimiento (Venganza, 418) es desastroso, otro a olvidar en un año ya flojo de por sí; lo peor es la sensación de engaño: todo el rato anunciándote una batalla que luego omite abruptamente. ¿No había tiempo o dinero? Pues entonces nárralo de forma que la elipsis no resulte tramposa, molesta. El siguiente episodio por fin levanta cabeza, mostrando acciones más consistentes y llamativas: las distintas estrategias que quieren seguir los hijos y la correcta ejecución de la elegida no está nada mal, aunque ni sumando el conflicto en casa, en Kattegat, llegamos al nivel de épica acostumbrado. La batalla decisiva no llega hasta la finale, y es bastante espectacular, pero también muy básica y breve, y el resto del capítulo deshace las buenas impresiones ofreciendo un desenlace donde de nuevo Hirst elige mal lo que es importante y la atmósfera adecuada y todo sale torcido. El intento de dar una muerte emotiva a Ecbert es incomprensible, es un rol secundario, un enemigo, con lo que el tiempo dedicado a él resulta excesivo e impostado, aburriendo bastante. En cuanto a su vástago, Aethelwulf, sigue siendo insípido, y los líos de la corte con la mujer igual. Mientras, “la tropa Ragnar” no ha tenido ninguna escena destacable más allá de la estrategia de Ivar para la lucha contra los ingleses, y la reunión a la mesa con la exposición de sus planes es un vago posicionamiento para el próximo año.

Así pues, la temporada se despide sin un final de altos vuelos que, como el asalto a París en la tercera, disimule un poco su falta de pegada. Pero en realidad es más grave, porque no hablamos sólo de poca garra, sino de un guion tirando a desastroso, de una serie cada vez más diluida y mediocre.

PD1: Pese a su relevancia, el pueblo que hace las veces de corte de Ecbert (no recuerdo si le dan nombre) nunca se muestra al completo, sólo vemos la entrada por los establos una y otra vez, como si fuera una serie cutre, sin presupuesto. Teniendo en cuenta las recreaciones tan notables de París o Kattegat, resulta extraño.
PD2: Fallida también la presentación de Jonathan Rhys Meyers (Los Tudor) como el obispo Heamund, enfocando a su espada y mostrándolo como si fuera alguien que conoces y debe impresionarte, cuando es una figura histórica tan desconocida que en google da más resultados su breve referencia en la serie que páginas sobre su vida.
PD3: Ni siquiera la música (Trevor Morris más algunos temas tradicionales de grupos como Wardruna) ha funcionado bien este año, con poca presencia y algunos enredos electrónicos discordantes.

Ver también:
Temporada 4, Parte 1.
Temporada 3.
Temporada 2.
Temporada 1.

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VIKINGOS – TEMPORADA 4, PARTE 1

Vikings
History | 2016
Drama, aventuras, histórico | 10 cap. de 45 min.
Productores ejecutivos: Michael Hirst, Sheila Hockin, James Flynn, Sherry Marsh…
Intérpretes: Travis Fimmel, Katheryn Winnick, Clive Standen, Jessalyn Gilsig, Gustaf Skarsgard, Alexander Ludwig, Linus Roache, Amy Bailey, Moe Dunford, Lothaire Bluteau¸ Morgane Polanski, Owen Roe, Jennie Jacques, Alyssa Sutherland, Peter Franzén, Jasper Pääkkönen, Edvin Endre.
Valoración:

Alerta de spoilers: Describo bastante de las historias principales, aunque sin ahondar en detalles concretos. El final lo comento bien señalado.–

La cuarta temporada de Vikingos se anunciaba como de veinte capítulos, el doble de lo habitual, pero llega con un largo parón en medio, al estilo The Walking Dead. Por lo demás, la narrativa mantiene el estilo y nivel de las etapas previas. Es decir, sigue siendo una serie muy irregular, donde los tramos más pausados o de transición no logran despertar mucho interés y es por sus colosales batalles por las que termina resultando un visionado llamativo. Y como el anterior, este año acusa demasiada irregularidad, teniendo capítulos bastante aburridos. Michael Hirst no termina de encontrar el tono, y a estas alturas no parece que vaya a superar el listón, así que esto es lo que hay.

En los primeros episodios tenemos los habituales conflictos políticos invernales, donde caen condes y se alzan nuevos, tanto en las tierras vikingas como inglesas, aunque ahora se añade también Frankia, o más concretamente París. Northumbria (Inglaterra) comienza con fuerza gracias a una buena batalla, pero en adelante se va diluyendo en los mismos líos de corte que hemos venido viendo: Ecbert ladino y ambicioso se hace poco a poco con más poder, el hijo (Aethelwulf) siendo un petardo que no aporta mucho, la esposa de este, Judith, aprendiendo a sobrevivir entre alimañas, la loca de Kwenthrith metiéndose en complots varios que termina explotando el inteligente Ecbert… Pero a pesar de haber bastante movimiento Hirst no imprime el tono absorbente y atractivo que ofrecía en Los Tudor, sino que aquí todo va con desgana, sin savia. La sección de París sigue el mismo camino, aunque entre la novedad y al tener a Rollo (más cercano a los vikingos) lo hace más atractivo. Pero me temo que a la larga acabamos peor, porque con Ecbert sabemos qué esperar, pero las motivaciones de Rollo para traicionar a su pueblo y masacrarlo no se explican lo más mínimo: la rivalidad con Ragnar no justifica el paso a desprenderse de su cultura y asesinar a los suyos. Igual están las decisiones del rey francés de cargarse a media corte: carece de trasfondo, de una lógica consistente. Más o menos estos eventos siguen a la Historia, pero si no hay datos suficientes para ahondar en los personajes invéntatelo, porque si no tenemos agujeros de guion muy grandes.

Con los vikingos tampoco tenemos algo deslumbrante. Parecía que por fin iba a lanzar el negligentemente postergado enfrentamiento entre Floki y Ragnar, pero termina siendo un largo amago: cual serial mediocre, pronto empieza a oler a cortina de humo para hacer un reset… Y así ocurre. A los pocos capítulos volvemos a que si están peleados y que si no, y Floki haciendo barcos como si nada hubiera pasado. La parte de Lagertha con sus riñas políticas es de nuevo monótona y confusa: sus planes no se explican, sus acciones no parecen justificadas por alguna razón concreta y además algunas no parecen verosímiles (lo de cargarse a un conde y que nadie se cuestione nada). Vaya forma de desaprovechar a un personaje con gran carisma, aunque sean en gran parte por el porte y estilo de la actriz.

En el ecuador de esta tanda nos vamos a un receso: el escritor estira o incluso aparca las tramas principales para no agotarlas, y entramos en un bucle de tres capítulos (del tercero al quinto) donde el aburrimiento hace bastante mella. Ragnar se encapricha de una esclava china y sus drogas, y aislándose en una cabaña las usa para evadirse de sus penurias. Pero es poco creíble que esta mente capaz de orquestar planes complejos y a largo plazo, que ha sufrido de todo en su lucha por el poder, se hunda de tal manera por traiciones que ya ha sobrellevado otras veces. Y desde luego el proceso es insípido y cargante. Bjorn también es puesto en la nevera, casi literalmente, porque se va a otra cabaña, una perdida en los bosques helados, a no se sabe qué. Nos lo ponen estudiando un mapa de Europa, con lo que vi con entusiasmo su partida para explorar nuevas tierra, pero luego resulta que va a buscar su yo interno, porque otra cosa no hace. El caso es que tampoco funciona, este personaje está bien maduro como para necesitar ese viaje. Y no sé si para rellenar, nos ponen una rivalidad incomprensible con algunos del pueblo de Lagertha, que están empeñados en matarlo; esta confusa y cargante trama dura casi toda la temporada, con momentos ridículos como esa visión en que Bjorn muere, una especie de burdo intento de forzar la intriga.

Mientras, a través de la reina Aslaug Hirst mete algunas pequeñas historias con los hijos de Ragnar. Por algo que ocurre en el final de temporada se entiende el intento de dotarlos de personalidad, pero es que no consigue hacerlo, de hecho cuesta distinguirlos y seguir su trayectoria; el único que destaca es Ivar, por resultar más llamativo por las piernas deformes y porque empieza a mostrar su conocida crueldad.

Pasado este suplicio por fin se van sentando las bases de la nueva incursión. Llegan nuevos líderes aliados pero sospechosos de convertirse en rivales en cualquier momento (Halfdan y Harald), Rollo ultima defensas de impresión, y todo se mueve un poco más, aunque no todas las secciones sean perfectas. La parte inglesa no parece llevar un rumbo claro y de hecho termina en el aire, siendo simplemente un previo de lo que esté por venir. En París tenemos partes buenas, como Rollo ganándose su sitio y a su esposa, y malas, como lo citado del rey matando sin venir a cuento a todo quisque. Hasta los vikingos tienen su lastre: la parte de Aslaug con el errante Harbard es un coñazo que tampoco parece apuntar a nada concreto.

Por lo demás, la incursión es de muy buen nivel. Como es habitual todo el proceso se narra con sumo detalle: los planes y esfuerzos de cada bando, los miedos y la tensión de cada personaje, las diversas estrategias, los fallos, los nuevos intentos… Las batallas son de nuevo distintas a todas las anteriores, y aunque la épica no llega al nivel del primer asedio a París sí resulta espectacular y manejan bien el factor sorpresa. El único pequeño pero es que cabría preguntarse si no resultan un poco forzados los fallos en la estrategia de Ragnar, porque oye, que hay como cinco condes más que no los han visto: no explorar la zona que pretendes asaltar (la charca del castillo, menuda cagada) y dejar sin vigilancia y tropas de reserva el campamento son cosas imperdonables, deberían ir de serie en cualquier misión.

Y esta vez el final no se ve venir, suponiendo un giro notable en la trayectoria de todos los personajes…

Alerta de spoilers: Revelo el final con detalle.–

Tras la derrota de Ragnar tenemos un salto temporal que nos lleva a la madurez de sus hijos, así que veremos cuánto de relevo generacional hay, qué le depara el futuro a Ragnar, Lagertha y demás figuras relevantes cuando los jóvenes quieran dejar huella… y la dejarán, a tenor de los hechos históricos. Ahora bien, tener a casi todos los protagonistas heridos tras la batalla y no mostrar el destino de ninguno excepto los Ragnar y Loki (y después del lapso), pues menuda cagada. El que más negro lo tiene es el propio Ragnar, primero porque el fracaso y la huída lo dejaron en muy mala posición, segundo porque la cosa empeora al descubrirse que sabía que el asentamiento de Northumbria fue masacrado, pero también que un hijo suyo nació en la corte inglesa. Esto última suena a drama y misterio barato, esperemos que dé algo de sí.

Ver también:
Temporada 1 (2013)
Temporada 2 (2014)
Temporada 3 (2015)
-> Temporada 4, parte 1 (2016)
Temporada 4, parte 2 (2016)

VIKINGOS – TEMPORADA 3

Vikings
History Channel | 2015
Aventuras, histórico | 10 ep. de 44 min.
Productores ejecutivos: Michael Hirst, Sheila Hockin, James Flynn, Sherry Marsh…
Intérpretes: Travis Fimmel, Katheryn Winnick, Clive Standen, Jessalyn Gilsig, Gustaf Skarsgard, George Blagden, Alexander Ludwig, Linus Roache, Amy Bailey, Moe Dunford, Gaia Weiss, Lothaire Bluteau¸ Morgane Polanski, Owen Roe.
Valoración:

Alerta de spoilers: Ligeros spoilers sobre la trama hasta el penúltimo párrafo (convenientemente señalado), donde destripo el capítulo final a fondo.–

La tercera temporada de Vikings arrastra todavía una serie de limitaciones, altibajos e irregularidades que desaprovechan un potencial latente muy atractivo. La combinación de secciones que tienen una narrativa muy distinta entre sí sigue siendo bastante ineficaz, afectando al ritmo e interés. El guionista Michael Hirst, quien tan inspirado estuvo en Los Tudor, continúa sin encontrar su camino, sin lograr una serie con el equilibrio e inteligencia necesarios para evitar esos problemas.

Ni siquiera mezclando las diferentes líneas se consigue levantar el interés. En el tramo inicial de la temporada las secciones principales avanzan a la par: el plan de Ragnar para establecerse en Inglaterra implica meterse de lleno en las intrigas de Ecbert como aliado suyo contra las intrigas de la princesa Kwenthrith. De esta forma no tenemos las atractivas incursiones y batallas separadas de la farragosa trama de la corte inglesa. Pero aun así, Ecbert no me termina de convencer. Su dibujo es muy clásico y no tiene un estilo o carisma que lo realce y aleje de los rancios clichés de villano ambicioso, ladino y traicionero. La princesa es más simple, y llega a resultar inverosímil: envenena a contrincantes en plena corte y nadie se plantea pararle los pies allí mismo, porque lo lógico es pensar que el siguiente envenenado o asesinado de otras formas serás tú. El hijo de Ecbert es un cero absoluto en interés, y su mujer igual a pesar del romance con Athelstan.

Y la pena es que mirando el desarrollo de acontecimientos en su conjunto se puede observar que los planes de Ecbert son ingeniosos y traen buenas sorpresas: el destino del asentamiento de los vikingos, cómo maneja a todos a su antojo, su gradual domino total de Inglaterra. Pero por desgracia los personajes no tienen fuerza y los diálogos y escenas que les ponen son muy básicos, con lo que se diluye bastante el nivel que se podría haberse alcanzado. Curiosamente, cuando saltamos a París, los nobles de ahí me resultaron más atractivos. Quizá es porque aportan frescura, pero su descripción, que también tira de cosas sencillas, me parece más certera. Eso sí, el ramalazo sadomasoquista del conde es una parida sin nombre. Pero dejo París para luego…

Esta parte en Inglaterra es salvada por los propios vikingos. El carisma de Ragnar sigue siendo arrollador; me encanta cómo vemos que analiza toda situación, aprende y actúa en consecuencia, y siempre lo hace de forma sutil y velada a los demás. La fuerza de Lagertha, decidida a enfrentar nuevos retos sin miedo, también llena la pantalla. Floki y Rollo están mejor desarrollados que antaño, el primero con sus locuras y dudas, el segundo con su esfuerzo por salir de la sombra de su hermano Ragnar. Bjorn y su novia tienen de nuevo una historia simplona, pero ya no me parecen repelentes. Por el lado contrario Athelstan con sus vaivenes religiosos ha llegado a su máximo y se estanca; bien hacen en quitárselo de encima.

Paralelamente al jaleo en Inglaterra hemos tenido las dos tramas menos logradas de toda la serie, dos recesos que distraen de lo importante para llevarnos a la confusión e incluso el aburrimiento. Los líos de Siggy y Aslaug con el mago-vagabundo no hay quien los entienda, y avanzan con una parsimonia desesperante para lo poco que hay que contar. Y los trepas que quieren quitarle el poder a Lagertha en su pueblo resultan muy liosos: los personajes no se presentan ni describen bien, no se sabe quiénes son la mitad de las veces, no despiertan interés alguno, y su intriga es anodina. En París todavía están ahí dando el coñazo, y continúa sin saberse qué pretenden y qué ha pasado en esa pugna por el poder.

Pero en el arco final del año nos prometen la incursión a París, y cuando llega, la serie pega un subidón tan marcado que cuesta catalogar. Cuando llega, porque a Hirst le cuesta un montón lanzarse. Supongo que las limitaciones presupuestarias y el número de capítulos con el que hay cumplir obligan a concentrar ese esfuerzo, pero como he señalado varias veces, en Los Tudor no tenía problemas para manejar con maestría todas las secciones y personajes. Hasta el asalto a las murallas hay un montón de vueltas en círculos sobre los mismos vicios: la incipiente rivalidad entre Ragnar y Floki se matiza demasiado, como si estuviera dirigida para un público tontorrón; Inglaterra sigue estirándose torpemente; y cuando llegamos a París, se nota mucho que el guion marea la perdiz en el campamento a sus puertas para reservar lo bueno. Al menos hacen una más que correcta presentación de la corte de la ciudad, eso sí. El rey y sus dudas, la princesa que conoce bien suposición pero no se deja usar, el conde ambicioso… Todos resultan interesantes a pesar de no ofrecer una descripción compleja.

Y por fin llegamos a los episodios 308 (To the Gates!) y 309 (Breaking Point), tan sobrecogedores que el resto de la temporada parece indigna e inadecuada a su lado. Estamos ante una superproducción que nada tiene que envidiar a muchas películas para cine, y en televisión es de lo más grande que se ha visto jamás en cuestión de batallas. Difícil elegir entre Juego de tronos y esta, y eso que se nota que el presupuesto es inferior (la recreación digital o pintada de París va muy justita, la torre de vigilancia canta a cartón-piedra). Si ponemos Aguasnegras (209) o Los Guardianes del Muro (409) en competición directa con estos dos de Vikings, la verdad es que no sé con cual quedarme, son un hito sin parangón cada uno en un estilo diferente.

El asedio es completísimo desde el guion a la tremendamente complicada puesta en escena. Hirst cuida todos los detalles de la batalla: las estrategias, las armas y herramientas, la situación de cada personaje, la tensión y miedos que sufren… De esta forma el conflicto además de fascinante como espectáculo es narrativamente impecable: fluye con nitidez a distintos niveles, sin descuidar la intriga creciente en pos de ese detallismo, mostrando muy bien el desarrollo, los problemas y los cambios de situación. Y a la hora de darle vida los directores Kelly Makin (308) y Ken Girotti (309) están espléndidos. Tienen bastante experiencia en series, pero en obras menores y de escasa complejidad, ningún título remarcable que denotara habilidad para manejar una superproducción de este calibre; al menos Girotti lleva a cuestas varios capítulos de esta serie, pero Makin llegaba nuevo. Y ambos cumplen con creces, regalando una batalla antológica. Cabe destacar también la eficaz banda sonora de Trevor Morris y la acertada inclusión de temas del grupo Wardruna.

Momentos para rescatar en estos dos sublimes episodios hay muchos. Mi favorito es uno cruelmente divertido, el del vikingo que va a ser decapitado y se la juega al parisino que lo sujeta, acabando el pobre sin manos. Pero los que quitan la respiración son obviamente los momentos cruciales del conflicto: las torres de asedio, el fuego, las ballestas fijas, y sobre todo el rodillo del puente.

Sin embargo el esfuerzo parece haberse ido en recrear la batalla. A la hora de cerrar la temporada en el capítulo final Hirst está más descentrado que nunca. El desastre es notable y lamentable. Son tantas las cagadas, las ideas mal planteadas y peor ejecutadas, que las enumero por separado en vez de desarrollar un largo y farragoso texto:

Alerta de spoilers: Spoilers gordos del capítulo final, salta al último párrafo si no quieres destriparte todo.–

-La falsa muerte de Ragnar es una vergüenza. Lo medio justifican con que el hijo lo sabía, pero es ridículo no exponer el plan al resto de tus capitanes para que actúen como deben. Vaya engaño chusquero hacia el espectador. Por no decir que la estrategia es tan improbable que no cuela. ¿Ningún amigo quiere ver el cuerpo o besarlo como despedida, ningún parisino comprueba el contenido del ataúd? Y si nadie lo sabía (salvo obviamente los que iban con el ataúd), ¿qué hacen todos esperando en la puerta con las armas listas?
-Ganas el acceso a la cuidad, saqueas una parte… y te vas sin importarte que cierren las puertas otra vez, pero piensas en volver el año que viene. ¿No te cabía todo en los barcos? ¿No podían destrozar las puertas y defensas para poder volver a por más cosas y llevarlas al campamento, donde no parecen querar atacar los parisinos? Supongo que se puede pensar que, si les da tiempo a los parisinos a organizar la defensa dentro de la ciudad, pueden superar a los vikingos, pero no sé, no se explica nada.
-Que se quedan unos cuantos para preparar el próximo asalto el año que viene… Pero qué memez: en vez de reservar el factor sorpresa dices a las claras que seguirás ahí, y para colmo, con una guarnición reducida para que París arme a todos sus hombres o lleguen refuerzos y vayan a por ti.
-El matrimonio con Rollo y la princesa… ¿Tiene alguna base histórica? Porque parece bastante absurdo también tal y como lo exponen. Por cierto, la actriz horriiible.
-Frase final en plan golpe de efecto: “séeee que mataste a Athelstaaaan”. Pufff, cuánto tiempo llevan amagando con enfrentar a Ragnar y Loki.
-Nada más digno de mención en todo el episodio, que es puro relleno alrededor del burdo engaño.

Fin de spoilers

Ya podemos señalar To the Gates! como uno de los diez mejores capítulos del año, que no se puede ocultar lo evidente: la temporada es la más irregular de la serie, en vez de madurar se van haciendo más patentes sus limitaciones. Y para colmo, el final es un despropósito. A mí me apena mucho, porque sólo con Ragnar y Lagertha me tienen ganado, y con las batallas que se montan me dejan flipado. Pero el conjunto me temo que no da la talla.

Ver también:
Temporada 1 (2013)
Temporada 2 (2014)
-> Temporada 3 (2015)
Temporada 4, parte 1 (2016)
Temporada 4, parte 2 (2016)

LOS TUDOR – TEMPORADA 4 Y FINAL.

The Tudors
Showtime | 2010
Drama, histórico | 10 ep. de 55 min.
Productores ejecutivos: Michael Hirst, varios.
Intérpretes: Jonathan Rhys Meyers, Henry Cavill, Tamzin Merchant, Sarah Bolger, Joely Richardson, Max Bron, David O’Hara, Joss Stone, Anthony Brophy, Torrance Coombs, Joanne King, Simon Ward, Rod Hallett.
Valoración:

La cuarta y última temporada de Los Tudor se desarrolla con tres partes muy diferenciadas entre sí, estando además algo alejadas del tono habitual de los años anteriores. Las tres etapas tienen su presentación, nudo y desenlace, con lo que da la impresión de que la temporada intenta arrancar varias veces. Al no haber un nexo o trama que dirija todos los episodios hacia un destino tangible se genera la sensación de irregularidad y el ritmo se resiente. Además es obvio que Michael Hirst no tenía muy claro cómo enfrentar los últimos años de Enrique, y se traduce en algo de indefinición en el arco final.

En cuanto a personajes, se sigue notando la fuga de algunos actores. Mencionan a Cranmer como arzobispo, y debería haber estado en varias de las tramas importantes. El duque de Norfolk, ausente desde la primera temporada, formó en realidad parte de todas las intrigas palaciegas, salvándose por los pelos para continuar al lado de María cuando ella reinó. Y Sir Francis Bryan (el del parche) se esfuma como apareció, sin explicaciones. Por el otro lado los que tenemos crecen bastante y los nuevos son muy atractivos.

Edward Seymour gana protagonismo bastante bien, aunque el actor Max Brown no destaque mucho. Su oposición a la guerra y su intento de controlar a Eduardo (hijo del rey pero familiar suyo también) mantienen la intriga política correctamente, aunque ésta no alcance el nivel de las temporadas previas. Charles Brandon da lo mejor de sí, y Henry Cavill está a la altura (atención a cómo da edad al personaje con los gestos): se muestra muy bien el cambio que sufre, pasando de estar psicológicamente agotado a descubrir de nuevo el amor y la felicidad con la joven francesa. El obispo Gardiner ha llegado a primer plano casi sin darnos cuenta, permitiendo que Simon Ward deslumbre con una interpretación inquietante (su mirada de sapo rabioso ayuda mucho). Es una pena que no tuviera la esperable réplica de Cranmer, su opuesto en ideología. Así, la intriga religiosa también pierde algo de fuelle, aunque en la parte final remonta bastante cuando decide ir a por la reina. La gran incorporación del año es Henry Howard, conde de Surrey (y heredero de Norfolk), un aristócrata obsesionado con la pureza de la familia y la sangre noble y eternamente enemistado con los hombres nuevos, lo que le lleva a meterse en mil disputas, andando siempre en la cuerda floja hasta que todos se hartan de él y es ejecutado tras una pantomima de juicio. El carisma arrollador del actor David O’Hara realza muchísimo un personaje de por sí muy interesante, siendo desde mi punto de vista quien más huella deja en esta sesión.

Catalina Howard sigue siendo un torbellino de emociones, y Tamzin Merchant se adapta perfectamente al personaje. Vivaz, inmadura, caprichosa… Hace lo que le viene en gana sin pensar en las consecuencias, y así acaba. Thomas Culpepper, el criado del rey conocido por ser quien mantuviera el romance con ella, está en manos de un correcto Torrance Coombs. El chico es algo desagradable (altivo y pagado de sí mismo, con violación de una campesina incluida), pero no se le coge asco porque su descripción de niñato encaprichado es muy creíble y se mantiene bien la intriga de cuándo se descubrirá la traición. Catalina Parr es opuesta a su precursora. En ella encontramos una mujer curtida e inteligente que rechaza ser reina por miedo a cómo podría acabar, pero una vez que está ahí decide esforzarse por hacer algo para su causa. La pena es que la gran actriz Joely Richardson no tiene mucho tiempo para ser recordada a pesar de su excelente papel. Hablando de actrices destaca de nuevo la brillantez de la joven Sarah Bolger, soberbia en cada una de sus escenas; la pega es que con su rostro juvenil parece que María es siempre una adolescente, cuando acaba la serie con unos treinta años.

La primera sección del año se centra en la apasionada relación entre Enrique y la jovencísima Catalina Howard. El rey, feliz, la colma de regalos, y ella vive en un mundo de ensueño. Pero todo lo bueno llega a su fin. Mientras él realiza una gira por el norte para mantener la paz entre los recién rebelados y además se empieza a cansar de su presencia (tanto que se va a jugar a las cartas con Ana de Cleves), ella, impaciente, hiperactiva e insaciable en el sexo, empieza a aburrirse y se enamora de Culpepper. La fiel Lady Rochford es la única del séquito que pone un poco de freno a las andanzas de la reina y demás damas, pero al final cede y apoya el romance en secreto. Cuando aparece Dereham, uno que estuvo de parranda con Catalina antes de la boda real, la situación empieza a resquebrajarse en escenas de gran tensión.

Este es un tramo de pasiones, sexo y engaños centrado en unos pocos personajes, olvidando prácticamente por completo las habituales intrigas políticas donde diversas facciones mueven hilos varios para mantenerse en el poder. De esta forma el relato pierde algo de densidad, oscuridad y misterio, dando la sensación de que nos están contando poca cosa en comparación con las grandes conspiraciones anteriores. No quiere decir eso que el trío amoroso no esté muy bien narrado y sea realmente interesante, pero sí puede dar la impresión de que, en comparación con las otras temporadas, es una trama ligera y además algo estirada. Los capítulos previos a la ejecución son de hecho algo lentos. Pero cuando se descubre el lío la serie vuelve a deslumbrar. Interrogatorios, investigaciones y ejecuciones no son nuevas, pero confluyen en un episodio inolvidable: el capítulo El fondo del pozo (405) es el mejor del año. Las ejecuciones de los implicados y finalmente de Catalina resultan tan memorables como las de Ana Bolena, Tomás Moro y Thomas Cromwell.

No tarda nada el rey en encontrar una nueva reina. Catalina Parr será su sexta y última esposa. Sin embargo, comparada con las anteriores no se trabaja tanto el proceso de acercamiento y enamoramiento. No queda claro si Enrique se casa por amor o por cumplir, y por ello el inicio de la relación no es muy llamativo. Los conocidos roces entre ambos en materia religiosa funcionan mejor. En el tramo final se llega a temer por su vida, pues mientras Enrique se torna más moderado ella ataca al papado. Pronto encuentran un equilibrio y se llevan bien. Ella es incluso capaz de mantener a María cerca evitando la enemistad por sus diferencias religiosas. Hablando de María, con el paso de los años y la presión de Jane Seymour y ahora Catalina Parr, ha terminado acercándose de nuevo a Enrique, siendo su presencia en la corte habitual. Sin embargo la pobre pierde a Chapuys, el embajador imperial, quien fuera su mejor amigo todos estos años. Isabel también aparece, teniendo la presencia justa para señalar brevemente sus tendencias de cara al futuro (no casarse y continuar con la reforma religiosa). Por cierto, no sé por qué el embajador francés llega a salir en los créditos iniciales a pesar de su escasísima relevancia y Chapuys o Gardiner no lo hacen.

Tras el reciente matrimonio con Parr, Enrique, ávido de acción y deseoso de realizar alguna proeza antes de su muerte, se empeña en ir a alguna guerra. Lo consigue con los nuevos roces entre Francia y el Imperio, aliándose esta vez, para sorpresa de todos, con Carlos V, después de años de distanciamiento. Su objetivo, recuperar las tierras de Francia que pertenecieron a Inglaterra. El asedio a Bolonia es magnífico en todos los sentidos, sobre todo el visual. La recreación de la ciudad y del asedio con las murallas, los cañones, el campamento, los túneles… Todo ofrece un nivel de calidad insólito para una serie. Obviamente llega a verse alguna limitación (lo digital se nota, por ejemplo), pero hay que ponerse en situación: dinero, dificultad… El resultado es digno de alabanza: no sólo la HBO (Roma, Deadwood) se atrevía a realizar superproducciones de tal calibre. Además no se descuida nada el guion. Las tramas, tanto las personales (el romance de Brandon es muy interesante, la obsesión de Enrique también) como las políticas (el conflicto entre reinos) y la bélica (las vicisitudes del asedio se desarrollan con sumo detalle) son muy completas para los pocos capítulos que se les han dedicado. Da la sensación de que es una temporada dentro de otra, pero funciona de maravilla.

El entusiasmo del rey decae con la dificultad de la guerra, y se recluye en la corte. Pero como comentaba, este tramo final baja bastante el nivel, dejando una clara sensación de que no sabían muy bien cómo cerrar la serie. Destaca el intento del cardenal Gardiner de derribar a la reina y los roces de esta con Enrique, que no dan para mucho. Mientras, el complot por controlar a su heredero no despierta pasiones, y sólo merece recordar al conde de Surrey, con sus últimas rebeldías y el juicio.

La vejez de Enrique aburre, dando un último episodio bastante decepcionante. Del capítulo final de una serie se espera mucho, pero el de Los Tudor no ofrece nada llamativo, sólo es un recordatorio sentimentaloide de eventos pasados, con visitas de novias-fantasma a través de unas visiones horrorosas y sin sentido aparente. Además le sumamos otras escenas oníricas y queda un batiburrillo de existencialismo barato. Ni si quiera se dignan en mostrar la muerte del rey (¡y eso que el episodio se llama Muerte de un monarca!), dejando un no-final bastante frío e insípido. Por si fuera poco el aspecto de joven de Rhys Meyers termina por explotar del todo, a pesar de que su interpretación es tan esforzada y eficaz como de costumbre. El salto a rey viejo es torpe: en un capítulo se desmaya y para el siguiente parece que han pasado un montón de años, cuando no es así. La negativa del actor a ponerse un traje de obeso, sumada a su rostro infantil que no han sido capaces de ocultar con maquillaje y a su espantosa voz disimulada, alejan aún más la figura de la serie del rey real, aunque los productores se justificaron diciendo que un protagonista feo no gusta y que es ficción y entretenimiento antes que documental. Lo de la voz de hecho es mosqueante: a lo largo de toda la temporada finge en unas escenas pero se olvida de hacerlo en otras, como si no hubiera control de los productores y directores y el actor improvisara.

Como es de esperar la serie acaba sin extenderse en las historias del hijo y las hijas de Enrique VIII, pues se centraba en su figura y si se ponen a añadir no acabarían nunca. Pero sí resumen en texto sobre la pantalla los aspectos más relevantes de los reinados que vinieron tras la breve vida de Eduardo. Lady María sacó toda su ira reprimida y se dedicó a quemar gente a lo loco, y Lady Isabel, opuesta a la anterior en forma de ser y pensar, sobre todo en el aspecto religioso, se convirtió en la gran dama de país, forjando la llamada Edad Dorada. Este personaje se ha mostrado en cine varias veces, siendo ineludible citar las dos películas escritas por el propio Michael Hirst e interpretadas por Cate Blanchett.

Ver también:
Temporada 1 (2007)
Temporada 2 (2008)
Temporada 3 (2009)
-> Temporada 4 y final (2010)

LOS TUDOR – TEMPORADA 3.

The Tudors
Showtime | 2009
Drama, histórico | 8 ep. de 55 min.
Productores ejecutivos: Michael Hirst, varios.
Intérpretes: Jonathan Rhys Meyers, Henry Cavill, James Frain, Annabelle Wallis, Max Bron, Joss Stone, Anthony Brophy, Joanne King, Alan Van Sprang, Gerard McSorley, Max von Sydow.
Valoración:

En la tercera temporada tenemos otros actores desaparecidos. Aunque no he encontrado información concreta sobre por qué los intérpretes se largaron o dejaron de estar disponibles, parece indudable que se ausentaron, que no fue decisión de Michael Hirst prescindir de los personajes. Sin ir más lejos, algunas veces se nota que hace malabares para tratar las tramas que se veían afectadas por alguno de estos: mencionan a Norfolk y Cranmer en varias ocasiones, incluso como si estuvieran ahí. Así pues, no sé cómo Hirst sacó adelante Los Tudor sin desfallecer en el intento.

No tenemos más a Hans Matheson, el arzobispo luterano Thomas Cranmer. Como vimos en la segunda temporada fue importante en el ascenso de Enrique como cabeza de la Iglesia de Inglaterra, y seguiría siéndolo en otros momentos relevantes. Otro ausente es Peter O’Toole como el Papa Pablo III, quien sin duda continuaría siendo importante en la opisición del papado a Enrique, y más cuando entra en juego Reginald Pole. A cambio nos ponen a un cardenal encarnado por otro veterano de gran nivel, Max von Sydow. Otra sorpresa es que cambian a la actriz de Jane Seymour: en la segunda sesión era Anita Briem y ahora Annabelle Wallis, aunque ciertamente se parecen mucho. Tampoco he encontrado razones concretas del cambio, pero esto pone de manifiesto lo obvio: ¿por qué no buscaron otros actores para esos otros personajes indispensables? Norfolk era esencial, y Cranmer casi también. Ambos son cruciales en la presentación y caída de Catalina Howard (que además era familia del primero), y Norfolk fue uno de los principales artífices de la caída de Cromwell.

Con este panorama da la sensación de que en cada temporada perdemos personajes muy atractivos que son sustituidos por otros con algo menos de sustancia. No causa esto un bajón notable porque las tramas principales mantienen un nivel excepcional, pero obviamente se echan de menos esos protagonistas que quitaban la respiración en cada escena, como Wolsey, Moro, los Bolena o Norfolk. Los hermanos Syemour no resultan tan fascinantes como esos, y la incoporación de Sir Francis Bryan (el del parche) no se hace bien: aparece en la corte sin más, sin que se explique quién es y por qué todo el mundo le trata como si llevara toda la vida ahí. Además éste prácticamente sólo sirve para algunas tramas secundarias: los amoríos aburren, pero la odisea tras Pole por suerte es más interesante; y para colmo desaparece en la próxima temporada, pero era tan poco llamativo que ni te das cuenta.

Enrique se casa con Jane Seymour (o Juana según algunos) y si bien la convivencia tiene sus baches (la espera porque se quede embarazada pone nerviosa a media corte), la reina es muy inteligente y hábil y queda claro que podría sobrevivir a cualquier cosa. Su ambición no ciega su precaución: es dulce y amable, aguanta todo lo que le echa el rey encima, incluso las amantes, cosa que de hecho fomenta para mantenerlo contento. Y no reniega del catolicismo pero tampoco lo airea. Con sus buenas maneras se hace amiga de todos y cae bien a todo el mundo, incluso al espectador, pues el personaje está muy conseguido y resulta adorable. Pero va y se muere de parto. Eso sí, deja al heredero, Eduardo VI, que reinaría tras Enrique. El rey desespera, cae en una depresión que le cuesta horrores superar. Todo un capítulo lo dedican a ello, con su aislamiento con el bufón. De ahí salió (al menos según la serie) la ida del olla del palacio de Nonsuch (algo así como “El que no existe”), una barbaridad que sólo se pudo pagar porque Cromwell había llenado las arcas del Estado a costa de saquear templos e iglesias. La pena es que de este fastuoso castillo no queda nada, sólo algunos bocetos y piedras.

Mientras, hemos visto también el alzamiento del Norte. Los abusos de Cromwell tenían que explotar en algún momento. Unos pocos nobles llevan las reivindicaciones del pueblo, y si no son escuchados habrá guerra. Enrique hace aquí gala de su autoritarismo de forma bastante rastrera: mediante engaños descabeza la rebelión. Charles Brandon es quien se hace cargo del proceso, y además debe dar ejemplo ejecutando a cientos de plebeyos. Desde este evento el Duque de Suffolk no será el mismo, acosado por el dolor y la vergüenza. El actor Henry Cavil mejora mucho respecto a las primeras temporadas, mostrando muy bien cómo el personaje se oscurece y se ve perseguido por esos fantasmas.

Para animar al rey le buscan un nuevo matrimonio. Las pesquisas dan bastante de sí, exponiendo en poco tiempo todos los pasos y trámites de la época. Finalmente la elegida es Ana de Cleves, pero el entusiasmo del rey se viene abajo cuando la conoce y no le gusta nada. Aquí hay que hacer un acto de fe, porque otra vez los productores (o quizá el propio Hirst) se empeñan en poner una persona atractiva en un personaje que no debe serlo. La Ana de Joss Stone es prácticamente tan guapa y dulce como lo fue Jane. ¿Por qué el rey dice que es fea como un caballo? Porque Ana de Cleves lo era, al parecer, y además tendría cicatrices de la viruela. Por suerte este matrimonio también se narra muy bien. Centrando mucho el punto de vista en la dulce y tímida chica consiguen un capítulo muy sentimental y trágico; las escenas donde el Rey la rechaza y ella no aguanta el olor de la úlcera de la pierna son demoledoras. Sorprendentemente, para suerte de Ana, Enrique no vio agravio en la situación y a pesar de su desagrado procedió a anular el matrimonio sin buscar excusas para cargársela. Luego además la trató como a una amiga o hermana.

No nos olvidamos de Lady María, quien no tiene una trama importante pero está siempre por ahí pululando y sufriendo por todo y todos, porque como buena fanática todo lo que no se ajustaba a sus normas resulta diabólico. Sarah Bolger es de nuevo, a pesar de su edad, una de las grandes intérpretes de la temporada. Y Lady Rochford (Joanne King), quien fuera la esposa florero de Thomas Bolena, sigue ganando protagonismo como dama del séquito de las reinas.

Tras el cuarto matrimonio de Enrique vendría el quinto. Los Seymour proponen a una chica cercana a su familia (y también a la de los Norfolk, como decía), Catalina Howard (o Katherine si no lo traducimos). Aparece solamente al final, pero con unas pocas escenas te gana por completo, pues Tamzin Merchant deslumbra con su erotismo y jovialidad: sus ruiditos y risitas son encantadores. Con la joven alocada llena de vida y sensualidad Enrique ve colmado sus deseos sexuales y afectivos, pues la chica es muy fácil de complacer en los segundos e insaciable en los primeros. Aquí de nuevo tenemos el problema con Rhys-Meyers: al final de la temporada Enrique tiene 48 años, pero aparenta menos de treinta, con lo que el contraste con la adolescente de Catalina casi no existe. Por lo demás, su interpretación sigue siendo muy buena, mostrando correctamente los numerosos altibajos del rey.

Entre la rebelión y el fallido enlace con Ana los nobles se posicionan en contra de Cromwell. Es demasiado extremista y tiene demasiado poder, así que se lo quitan de en medio con un complot. James Frain arrasa en los últimos capítulos, mostrando con enorme intensidad el final de otro de los grandes personajes de la serie. Pero aquí hay una pega. Aunque el equilibrio de poder de Cromwell está inestable desde principios de la temporada (genial cómo se aferra al matrimonio con Ana para mantenerse cerca del rey), el complot da la sensación de ir muy rápido y me pareció que no quedaba claro cómo consiguen que alguien tan poderoso caiga tan fácilmente. Sea como sea, su ejecución es memorable. Los Tudor es capaz de mostrar cuatro finales de personajes importantes con decapitaciones (contando la próxima de Catalina) y no dejar la sensación de que se repite un esquema o recurso o que pierde fuerza.

La realización sigue siendo exquisita, con una dedicación espectacular en la ambientación donde destaca el insuperable vestuario y la excelente iluminación en tonos naturales, pero este año también se ha puesto mayor empeño en mostrar exteriores (los castillos digitales han mejorado mucho), destacando los grandes paisajes y despliegues de extras en la rebelión del norte. En otras palabras, el presupuesto cada vez luce más y se aprovecha muy bien a la hora de rodar.

Aunque es indudable que arrastra algunos pequeños problemas (el complot contra Cromwell, el casting de Ana y las ausencias forzadas de personajes relevantes), la temporada no llega a resentirse. En el primer capítulo se presentan y empiezan a desarrollar todas las tramas del año, y de ahí al final (esta vez ocho episodios en vez de diez) no hay un momento de respiro en una vorágine de acontecimientos expuesta con enorme fuerza y calidad.

Ver también:
Temporada 1 (2007)
Temporada 2 (2008)
-> Temporada 3 (2009)
Temporada 4 y final (2010)

LOS TUDOR – TEMPORADA 2.

The Tudors
Showtime | 2008
Drama, histórico | 10 ep. de 55 min.
Productores ejecutivos: Michael Hirst.
Intérpretes: Jonathan Rhys Meyers, Henry Cavil, Natalie Dormer, Nick Dunning, James Frain, Maria Doyle Kennedy, Jeremy Northam, David Alpay, Peter O’Toole, Jamie Thomas King, Hans Matheson, Sarah Bolger, Anita Brien, Max Brown, Anthony Brophy, Padraic Delaney.
Valoración:

La segunda temporada de Los Tudor llega con una mala noticia: la inesperada desaparición de tres actores, y por obvia extensión de tres personajes. Uno fue Henry Czerny, el duque de Norfolk, conspirador aliado de los Bolena. El intérprete no estaba de acuerdo en cómo manejaban su personaje (no se sabe por qué concretamente) y se largó, dejando jugosas tramas en el aire: terminaría poniéndose en contra de los Bolena (para salvar su pellejo), incluso dirigiendo el juicio contra ellos, y luego atacaría a Cromwell y jugaría un papel crucial en la realización del matrimonio de Enrique con Catalina Howard. Vamos, que jodió media serie. Muy profesional el tipo, sí señor. Dada su importancia me pregunto si no hubiera sido mejor buscar un actor que lo sustituyera. Otro fue Joe Van Moyland, que encarnaba al músico Thomas Tallis. Los rumores decían que se fue para centrarse en su banda musical (algo bastante irónico). Los rumores también daban vueltas a un pensamiento interesante: que viendo el protagonismo que Hirst le daba probablemente Tallis asumiría el rol del bardo Smeaton, y quizá por suerte su ausencia obligó a no dejar de lado a dicho personaje, crucial en la caída de Ana Bolena. El tercer fugado no es tan importante, pues el noble Anthony Knivert (Callum Blue) no terminaba de ganar protagonismo y de hecho ni lo tenía, porque era un rol inventado.

A este vacío hemos de sumar la muerte de un protagonista principal que copaba muchos minutos y resultaba una presencia imponente: Wolsey. Por ello da la sensación de que a la serie le faltan personajes en los primeros capítulos de esta temporada. Sobre todo se siente el vacío que Norfolk deja: Thomas Bolena está muy solo en sus maquinaciones, y pierde algo de fuerza. Por suerte pronto cambia el panorama. Llega el obispo Cranmer a dar guerra, aunque no sea ni la mitad de interesante que Wolsey, y nos olvidamos definitivamente de la falta de nobles relevantes cuando la trama se centra en la caída en desgracia de Tomás Moro y los Bolena, esta última con el protagonismo creciente de otros personajes, como los músicos Smeaton y Wyatt.

La temporada se inicia enlazando directamente con la anterior, sin cambio de rumbo ni salto temporal porque seguimos inmersos en momentos clave. Enrique presiona a la Iglesia local para que le concedan su divorcio. A pesar de la reticencia de los cardenales y obispos y las amenazas del Papa desde Italia (Peter O’Toole en unas pocas pero intensas apariciones) se rodea de fieles en el consejo, encabezados por Thomas Cromwell como Secretario del reino y el recién llegado obispo luterano Thomas Cranmer (otro Thomas más, la hostia), y no sin esfuerzo consigue convertirse en la cabeza de la Iglesia de Inglaterra. La anulación del matrimonio con Catalina no se hace esperar, y enseguida se casa con Ana y la felicidad embarga la vida del rey y de los Bolena durante un tiempo.

La reforma de la Iglesia avanza con paso firme en manos de Cromwell (un de nuevo magistral James Frain). Los monasterios avariciosos son eliminados, los nobles deben firmar un juramento en favor de Enrique y de la descendencia que tenga con Ana, empezando por su hija Isabel, lo que deja a María la hija de Catalina sin nada. Pero Tomás Moro es un quebradero de cabeza. Su firmeza en no dejar entrever qué piensa, su negación a firmar parte del tratado pero sin negar lo más importante (aunque reniegue de ello por dentro), pone a Enrique en un brete: no puede ejecutar a su mentor y amigo. El conflicto interno de Moro es complejo y difícil de interpretar, porque piensa una cosa y dice otra, lo cual Jeremy Northam refleja con el gesto y la mirada de forma totalmente verosímil. Sumando la intensidad abrumadora que imprime al apesadumbrado Moro, logra la interpretación de la temporada y una de las grandes del año televisivo, a pesar del nulo reconomiento a la serie. Con el toque final de la manipulación de Ana, la situación termina con Moro decapitado. Se llega a sentir pena por el hombre, pues por muy fanático que fuera los otros no lo eran menos.

Llegados a este punto el autoritarismo de Enrique se ha convertido en un círculo vicioso que se expone muy bien en la corte, en la política internacional y en su lucha interna, pues se halla cada vez más afligido porque por mucho que se imponga nada le sale como quiere. Los reyes europeos le dan largas en todo intento de pacto y matrimonio, porque no se fían de que pueda darle la vuelta a todo en un arrebato. Paralelamente Ana es incapaz de darle un hijo varón, y la paciencia de Enrique se agota. La caída de Moro termina por romper la barrera de distanciamiento con la realidad: se da cuenta de que ha ido demasiado lejos y se lamenta profundamente. Ve en Ana la culpa de todo, esa bruja manipuladora.

Sabiamente Michael Hirst siembra a lo largo del año las pistas o más bien excusas que se usarán para enjuiciar a los Bolena, detalles aquí y allá como las miradas de sorpresa y rechazo de las damas de Ana ante sus confianzas con Smeaton. Y el juicio es espeluznante, con las acusaciones salidas de madre como el incesto con su hermano. La interpretación de Natalie Dormer llega a su cumbre: la conocíamos vivaz y manipuladora, y ahora muestra con gran intensidad miedo, paranoia y desesperanza ante un futuro cada vez más negro. Nick Dunning impresiona también: cuando acosa a Ana da miedo, y en la caída de la familia cambia de registro de forma increíble. ¿Cómo un actor de este calibre no es mundialmente famoso? La decapitación de anda y el exilio de su padre se toman su tiempo, mostrándonos cada paso con parsimonia. La entrada de Ana en la Torre de Londres es un plano secuencia fantástico, la estancia en la celda se hace eterna, con momento duros como cuando ha aceptado su destino y está preparada para morir pero la ejecución se retrasa por la falta de verdugo.

Apenas se ha librado de Ana y ya está Enrique encaprichado de una nueva chica, Jane Seymour. La ausencia de los Bolena recupera algo de la amistad del Duque de Suffolk, Charles Brandon, quien no veía bien el intransigente rechazo del rey hacia Catalina y María, lo que puso otra vez algo de distancia entre ambos. Catalina se sumerge en una depresión enorme, sin fuerzas para luchar. Termina muriendo con el corazón podrido, aunque hoy sabemos que era seguramente cáncer lo que le dio ese último golpe, y no la falta de ganas de vivir. María, enclaustrada también, aparece poco pero ya no es un extra, sino un personaje más, y la intérprete es todo un hallazgo. La joven Sarah Bolger logra que nos encariñemos rápido con María, aunque a veces da un poco de repelús: sus expresivos ojos y la facilidad con que muestra la aflicción hacen de ella una pequeña Catalina, es decir, una pobre desgraciada que conmueve, pero con tanto maltrato de rebote sale como fanática católica de cuidado. Lo malo es que le pasa lo mismo que a Jonathan Rhys Meyers: con su rostro juvenil parece que el personaje no envejece nunca. A este respecto el aspecto de Enrique siguen sin captarlo bien. El peinado que parece engominado y la perilla pretendían darle edad pero resultan un tanto anacrónicos.

Algunas consideraciones menores que me parecen relevantes citar son las siguientes. No me queda claro por qué Brereton cambia de idea: primero es firme partidario de asesinar a Ana, luego la sigue fielmente. También me pregunto por qué Cranmer sale en los créditos si aparece muy poco. Alguna trama secundaria, como el hermano Bolena de parranda homosexual mientras se casa para disimular, no son esenciales pero aportan vidilla al conjunto, y es un puntazo ver la frustración de la esposa.

La temporada resulta tan magnífica como la anterior. Narra varios años con gran velocidad pero sin dejar huecos: en un par de capítulos Ana tiene dos embarazos y abortos, y no da sensación de ir a saltos, sino que fluye consistentemente. La excelente conjunción de intereses personales, con cada protagonista tirando de los hilos a su manera, mueve los acontecimientos manteniendo el interés y la expectación altos, jugando con la intriga muy bien, de forma que no importa que sepamos cómo va a acabar todo, pues el relato resulta absorbente y el destino de cada protagonista se vive con muchísima intensidad.

Ver también:
Temporada 1 (2007)
-> Temporada 2 (2008)
Temporada 3 (2009)
Temporada 4 y final (2010)

LOS TUDOR – TEMPORADA 1.

The Tudors
Showtime | 2007
Drama, histórico | 10 ep. de 55 min.
Productores ejecutivos: Michael Hirst, varios.
Intérpretes: Jonathan Rhys Meyers, Sam Neill, Maria Doyle Kennedy, Natalie Dormer, Henry Cavill, Nick Dunning, Jeremy Northam, James Frain, Henry Czerny, Anthony Brophy.
Valoración:

Aunque sorprenda, Los Tudor no es una producción de la BBC, sino de una cadena estadounidense, Showtime, en coproducción con Canadá. Eso sí, se rodó en Irlanda, primero porque en el reparto querían actores ingleses, segundo por abaratar costes, y tercero por aprovechar localizaciones (campos y castillos). Su creador y guionista de absolutamente todos los episodios es Michael Hirst, que va camino de convertirse en toda una autoridad y referente en la historia adaptada al cine y televisión: empezó fuerte con Elizabeth (en la que Cate Blanchett se dio a conocer), pero donde deslumbró fue con esta Los Tudor, hasta ahora su mejor obra y también donde más empeño echó, porque a partir de entonces su implicación en la escritura de proyectos donde colabora es menor. En la fallida Camelot por desgracia sólo fue productor, y así salieron los guiones. En Los Borgia tampoco escribió, y Neil Jordan, sin fallar, no llegó a los niveles que Hirst ha demostrado poder alcanzar. Vikings es su última incursión como guionista además de productor, y si bien el primer año es irregular tiene muchos buenos momentos y enorme potencial.

Emitida entre 2007 y 2010, Los Tudor consta de cuatro temporadas de diez capítulos (con la excepción de los ocho de la tercera). Su título es un poco engañoso, no sé cómo le dieron el visto bueno, pues la narración se centra exclusivamente en Enrique VIII a pesar de que la dinastía Tudor es amplia y tuvo varios monarcas. Enrique con sus seis esposas es probablemente el monarca, no solo de Inglaterra sino del mundo entero, del que más libros y películas se han realizado, pero por si alguien anda un poco perdido en historia pongo en situación. Estamos en las primeras décadas del siglo XVI, entrando en lo que ahora llamamos el Renacimiento. Colón ha descubierto América y nuevos horizontes se abren para Europa. Desde Italia nacen nuevas corrientes de pensamiento que comienzan a cambiar la forma de entender al mundo, al hombre, a las ciencias y al arte. Y en cuanto a la religión, en Alemania Lutero inicia el movimiento protestante, que cuestiona la autoridad de la Iglesia.

Creo que nunca se citan años concretos en la serie, pero el reinado de Enrique va de 1509 a 1547, y por los hechos narrados en esta temporada se deduce que empezamos alrededor de 1530 (acercamiento a Ana Bolena y caída de Wolsey). En el panorama internacional el Imperio de Carlos V (o Carlos I de España) y la Francia de Francisco I danzan con Inglaterra, guerreando unos con otros según cambia el viento. Enrique consigue sembrar buenas relaciones gracias a que aprende rápido y tiene buenos asesores, con lo que no se llega a un gran conflicto que desestabilice gravemente el equilibrio de poder.

En la corte, el rey, casado con Catalina de Aragón desde hace más de veinte años, empieza a sentir la presión de no tener un hijo varón. Catalina solo le ha dado una hija sana, María, y un puñado de abortos y bebés que duraron pocos meses. Así, Enrique empieza a distanciarse de ella, tomando amantes cada dos por tres. La familia Bolena y algunos amigos de ésta son unos escaladores sociales natos, y el cabeza de familia, Tomás, no duda en a usar a sus propias hijas María y Ana para tentar al rey para se encapriche de alguna de ellas y así ganarse su favor. Enrique despacha a María pero se enamora perdidamente de Ana, y la llega a tratar casi de reina a pesar de las críticas de los partidarios de Catalina y de la Iglesia, que ven el pecado en su relación. Pronto Enrique decide pedir el divorcio al Papa, porque en esa época sólo los reyes con buen enchufe conseguían una bula o dispensa de la Iglesia que daba el matrimonio como nulo y les permitía casarse de nuevo. Pero no se lleva bien con la jerarquía católica actual, y no están por seguirle el juego, más cuando Catalina es una reina muy querida por el pueblo.

El más fiel servidor del rey, el Cardenal Wolsey, es también su Canciller, encargado principal de la gestión del reino. Pero su ambición es enorme, pues sueña con llegar a Papa, y pronto sus deseos chocan los del rey. Se ve en medio de una lucha de poderes entre la Iglesia y Enrique, y pierde fuerza en ambos frentes. Mientras los Bolena llegan a lo más alto, Wolsey se hunde en la ignominia. La temporada acaba con la caída de Wolsey y los primeros pasos de Enrique hacia parte del ideario protestante (que daría pie a la Iglesia Anglicana), pues éste le permite ganar poder contra la Iglesia.

Los Tudor es todo conspiración política en la corte. Reyes, nobles y religiosos están diariamente absortos en mantener y aumentar su poder. Y en ese proceso las mujeres suelen ser meras piezas de cambio, aunque algunas no dudan en luchar con lo poco que tienen (sus encantos y conexiones masculinas, claro), como Catalina y Ana. Apenas salimos de los palacios e iglesias, casi toda la narración es en interiores, con los personajes formando alianzas, midiendo rivalidades, aplastando a quien se ponga en su contra aunque hace nada fuera un fiel amigo.

Los diez episodios se hacen realmente cortos, pues la narrativa es veloz e intensa como si fuera una serie de acción, atrapando con gran fuerza en la vorágine de intrigas personales. La exposición de personajes es magistral y la evolución de estos no defrauda. Capítulo a capítulo van adquiriendo nuevas capas, moviéndose hacia un lado u otro pero siempre en órbita respecto a los demás habitantes de la corte. Y el reparto, el excelso, impresionante e inolvidable repertorio de actores, termina de conseguir que Los Tudor sea una serie enorme. Lástima que pasara tan desapercibido porque no fue una producción de moda y por tanto resultó bastante ignorada por medios y premios en favor de otras muy inferiores o al menos con repartos no tan llamativos. Rhys Meyeres logró arañar un par de nominaciones a los Globos de Oro, pero el resto de prodigiosos intérpretes fueron tremendamente infravalorados.

Enrique es una tempestad. Afable cuando las cosas van bien, de frío a impetuoso cuando se tuercen. Al principio nos muestran a un rey comedido, influido por la corriente humanista y culta de Tomás Moro, divertido y sociable en las fiestas de nobles, precavido y dado a reflexionar en las relaciones internacionales. Pero su reinado también se conoció por ser bastante autócrata, y eso se va viendo reflejado poco a poco: el enamoramiento con Ana y los impedimentos que le pone casi todo el mundo van sacando su parte más autoritaria. El actor Jonathan Rhys Meyers muestra con entusiasmo los cambios de humor, está estupendo en la pose de rey (declamando muy bien) y en la de enamorado, y la transformación hacia su lado sombrío es estupenda (aunque habrá que esperar a la segunda temporada para apreciarla en todo su esplendor). El único problema es que su físico de guaperas, joven y atlético no convence del todo en el personaje. Debe representar varias décadas de vida del monarca, y en las temporadas finales el ser tan joven no da el pego de ninguna manera para un Enrique que además de anciano era obeso.

Wolsey se dedica por completo a su ambición: solo desea ascender, y para ello qué mejor lugar que en la corte al lado del rey, donde puede conspirar a lo grande. Pero también es una posición donde un desliz le puede hacer caer desde todo lo alto, con lo que la tensión sobre sus hombros es notable. Sam Neill está colosal en el papel, obteniendo una de las interpretaciones más memorables de la historia de la televisión. Impresionante su tono de falsa fidelidad y como enmascara el miedo a perder el favor del rey, inconmensurable la desesperación en su caída.

Catalina es la reina rechazada, abandonada en sus habitaciones con la única compañía de las damas de honor y las visitas de los embajadores del Emperador. Casi sin amigos, se hunde en la depresión. Maria Doyle Kennedy es la representación máxima de este estado anímico. Logra transmitir una pena y tormento infinitos. La pega es que el español que habla en ocasiones es dictado de memoria y queda ridículo. De todas formas aprovecho para decir que es sacrilegio ver a estos actorazos en versión doblada. Ana Bolena es prácticamente lo opuesto a Calatina: vitalidad, sensualidad, entusiasmo… El casting halló en Natalie Dormer una joya en bruto: ¡qué torrente de emociones transmite con sus característicos gestos, miradas y esos deliciosos labios en posiciones imposibles!

Nick Dunning es el padre de Ana, Thomas (o Tomás si lo traducimos… en esta serie el lío de traducir figuras importantes y no hacerlo con otras menos conocidas genera un caos de nombres que debería poner de manifiesto esta absurda manía de adaptar nombres históricos). Es otro actor inmenso de miradas inquietantes y feroces que muestran muy bien su ambición y determinación por aplastar sin remordimiento a todo el que haga falta para trepar en la sociedad. Henry Czerny nos deleita con otra interpretación de ese nivel: es Norfolk, otro noble de alto rango y fiel a la causa Bolena. Cuantas fantásticas conspiraciones en susurros se marcan estos dos. Charles Brandon es un joven sin las aspiraciones de los demás, solo quiere una buena vida. La amistad con Enrique pasa por muchos altibajos, pero sobrevive siempre. Henry Cavill no está a la altura del resto, pero eso no quiere decir que lo haga mal.

Tomás Moro es la guía moral de Enrique, su mentor. Humanista, teólogo y escritor, fue una de las grandes mentes de la época, pero su férrea lealtad a la Iglesia en tiempos de revolución le pondrá al borde del abismo continuamente, sobre todo cuando el rey empiece a distanciarse del papado. Jeremy Northam es otro que arrasa en cada aparición, siendo para mí el segundo gran papelón de la serie. Sus miradas de aflicción contenida y su asombrosa capacidad para mostrar cómo el personaje bulle por dentro lleno de ideas, temores y emociones que intenta no reflejar al exterior son indescriptibles. La figura opuesta de este rol es James Cromwell, que aparece sobre el ecuador de la temporada. Se mantiene en la sombra, trepando hasta llegar a ser segundo de Wolsey a pesar de en secreto oponerse al catolicismo, esperando su momento para dar a conocer sus ideas, para sembrar en la corte la semilla del luteranismo, algo que los Bolena todavía no se atreven a hacer abiertamente. James Frain es otro genio de las interpretaciones contenidas que muestran muchísimo casi sin gesticular, con miradas serias y tenebrosas.

Tenemos también otros tantos nobles y clérigos con menor presencia pero muy importantes en el entramado. Incansables luchadores de la causa de Catalina son el obispo Fisher y el embajador español Chapuys (aunque inicialmente hay otro enviado que no vuelve a salir). Entre los nobles destacan William Compton y Anthony Knivert (este último inexistente en la realidad), jóvenes con prometedor futuro. Como bardos y músicos de la corte hallamos a Thomas Wyatt y Thomas Tallis (sí, aquí todo el mundo se llama Thomas), otras dos figuras relativamente importantes de la época. El primero hasta la segunda temporada no cobra importancia. El segundo no se sabe muy bien qué pinta aquí: sus tramas son ajenas al resto y bastante aburridas, sobre todo la tontería de la chica que ve a la hermana muerta.

En cuanto a la puesta en escena, Los Tudor tiene una acabado excelente aunque a veces se noten limitaciones obvias de presupuesto. El vestuario, de complejo y rico, se llevaba gran parte del dinero, y luce de forma espectacular. En los decorados de interiores también se pone mucho empeño, con muebles y demás elementos cuidados al detalle. El problema es que no había forma de representar algunos palacios ya inexistentes (con lo que parece que estamos siempre en los mismos sitios), ni partes complicadas (nunca vemos calles de la ciudad) y panorámicas exteriores sin gastarse un dinero que no se podría recuperar. Vemos que intentan alguna recreación digital del exterior de algunos lugares (el palacio Whitehall principalmente), pero la pobreza del acabado no tiene la calidad exigible en una serie de primera división, con lo que hubiera sido preferible que usaran los clásicos fondos pintados (mate painting) que tan buenos resultados han dado durante décadas. Como suele ocurrir, en cada nueva temporada la cosa mejora poco a poco, de hecho llegaremos a ver grandes escenas en exteriores (incluido un asedio).

Pero como digo, lo que tenemos se aprovecha bien: la escenificación en interiores es magnífica, nunca parece encorsetada o limitada por espacio ni por dificultad (muchos personajes en cada momento), la secuencia siempre fluye con un tempo perfecto. La iluminación natural está muy lograda, otorgando un aspecto realista a la ambientación, y junto al vestuario y atrezo nos traslada muy bien a la época. La música aparece en pocos momentos cruciales y resulta tremendamente efectiva, aunque también debo citar el fallido tema popero exigido para los feos títulos de créditos. Hablando de estos, nadie sabe qué significa la frase que incluyen, “para conocer la historia debes ir el comienzo”… ¿y al comienzo de qué vamos, si la serie abarca lo que le da la gana a Hirst? En la segunda temporada la eliminan.

Los peros son escasos y no muy llamativos. De hecho el primer pero que voy a poner sale de un gran acierto. Narrar la historia es difícil, porque abarca muchos años y los momentos cruciales pueden estar muy separados, lo que complica muchísimo una progresión fluida en la trama y en los personajes. Esto significa que hay saltos temporales grandes de los que no siempre somos conscientes, aunque a veces se pueden ver aplicando la lógica (por ejemplo Cromwell es enviado por toda Europa, con lo que es evidente que pasan meses). Por lo general Hirst solventa esta dificultad con gran habilidad, sin altibajos o huecos en la narrativa ni en la evolución de los protagonistas, pero en unas pocas ocasiones se resumen tanto los acontecimientos que puede generar confusión: la política internacional cambia bruscamente, y puede costar seguir qué países son ahora amigos y cuáles están causando roces.

El otro aspecto criticable son algunos detalles un tanto raros y algunas desviaciones respecto a la historia real difíciles de entender. Entre los detalles cabe destacar: el rey no vivía en Whitehall sino en Wetsminster (luego convertido en el Parlamento), ni este palacio se llamaba así, de hecho se lo arrebata a Wolsey en su caída, así que aquí le quita otro palacio; el músico Thomas Tallis no estaba en la corte en esta época, a pesar del empeño en darle protagonismo (y como señalaba, su sección es la única un poco endeble). En los cambios notables tenemos los siguientes: las dos hermanas de Enrique, María y Margarita, se fusionan en una (Margarita) de manera extraña, con ese matrimonio inventado con el rey de Portugal y el fugaz casamiento con Charles Brandon, quien en realidad estuvo con María varios años y tuvieron varios hijos; además, es María la que muere durante esta época, mientras que Margarita estaba casada con el rey de Escocia; el hijo bastardo de Enrique con su amante Bessie Blount muere aquí de niño, aunque en realidad llegó a la adolescencia, un cambio que quizá responde a la idea de forzar en Enrique la desesperación por no tener descendencia masculina; hasta que asientan el personaje de Pablo III (Peter O’Toole) en la segunda temporada, los papas que citan este primer año son inventados; y Wolsey, que aquí es encerrado y termina suicidándose, en realidad tuvo una muerte menos espectacular, falleciendo al enfermar en el viaje hacia su juicio.

Y para los más puristas, decía que el nivel de calidad del vestuario es impresionante, sobre todo tratándose de una serie y donde cada pocos capítulos tenemos trajes nuevos para cada noble. Pero la fidelidad es otra cosa. En líneas generales se mantiene el aspecto de la época, pero en algunos elementos parece que Hirst decidió dar un aire más moderno, como si pensara que lo pintoresco de aquellos tiempos fuera difícil de digerir. Los nobles llevan botas de cuero (hasta la rodilla incluso) y pantalón en vez de los zapatitos y mallas habituales, y las mujeres lucen complicados peinados cuando lo normal era llevar la cabeza muy tapada; los escotes no eran extraños, pero algunas iban con ropa hasta la barbilla, y aquí nunca vemos algo así. Todo esto no desluce la enorme calidad de la serie, pero sí cabe preguntarse que, si pones empeño en hacer una producción histórica, ¿por qué dejas descaradamente de lado la fidelidad en algunos momentos?

Ver también:
-> Temporada 1 (2007)
Temporada 2 (2008)
Temporada 3 (2009)
Temporada 4 y final (2010)