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BETTER CALL SAUL – TEMPORADA 5


AMC | 2020
Drama, suspense | 10 ep. de 45-59 min.
Productores ejecutivos: Vince Gilligan, Peter Gould.
Intérpretes: Bob Odenkirk, Rhea Seehorn, Jonathan Banks, Michael Mando, Giancarlo Esposito, Patrick Fabian, Tony Dalton, Mark Margolis, Kerry Condon.
Valoración:

Alerta de spoilers: Sólo presento la situación inicial de cada personaje.–

Con el nacimiento de Saul Goodman desde las cenizas de Jimmy McGill y a falta de solo una temporada más para acabar, Better Call Saul debería haber pegado un subidón, haber empezado a andar con paso firme hacia adelante, dejando atrás el miedo, la timidez y otros lastres innecesarios, pero sigue atascada en los mismos problemas de las etapas anteriores. Las vueltas en círculos para ralentizar la progresión y tener otro año más y las dos secciones tan diferenciadas y mal unidas nos dejan otra vez con la miel en los labios.

Sí, sin duda Vince Gilligan, Peter Gould y colaboradores son muy inteligentes y metódicos, capaces de exprimir la psicología de los protagonistas principales, mantener bastante alto el interés con poco (el cuidado al detalle es muy destacable), y construir puntos álgidos emocionales o de acción con una paciencia y habilidad pasmosas. Pero también está claro que se equivocaron con el concepto de la serie, con algunas elecciones iniciales, y no han sabido arreglarlo conforme ha pasado el tiempo.

En la primera temporada pensaba lo contrario. Creía que la experiencia adquirida con Breaking Bad (Gilligan, 2008), una obra muy experimental, les habría permitido conocer los límites de la narrativa y aquí irían con mayor seguridad en lo que hacían, a lo que se sumaba que el destino de Jimmy McGill es conocido, con lo que tendrían el rumbo bien determinado. Es decir, la serie madre resultaba muy irregular debido a tanta improvisación, y parecía que aquí iban a manejar mejor la contención, a hallar un mayor equilibrio. Pero ya la segunda etapa empezaba a mostrar claramente una parte de acomodamiento y otra de no tener los objetivos claros, y conforme pasaba el tiempo se ha ido imponiendo el miedo a cambiar de aires, a arriesgarse a dejar la zona de confort e ir más allá.

Y en una serie que precisamente habla sobre ello, es imperdonable. La historia de Jimmy y su alter ego Saul Goodman es la de romper con el sistema, con lo establecido, con su vida, y lanzarse al mundo que el que siempre ha jugado, el del caradura, el los pequeños rodeos bordeando la ilegalidad… el del crimen. Hemos estado esperándolo cuatro años, con amagos varios y a veces también bucles cansinos, y cuando llegan, las mejoras se ven empañadas por la continuidad y la acentuación de los fallos.

La aceptación de su destino aporta al personaje y a su fantástica relación con Kim Wexler más matices y nuevas experiencias muy atractivas. La dedicación de los guionistas queda bien patente. En cada suspiro y mirada entendemos qué piensan, qué ocultan, qué pretenden. Tras cada decisión, traspiés y victoria ha habido una progresión muy cuidada. De nuevo brilla ese amor por el detalle, por cosas en apariencia mundanas que sirven como detonante de grandes avances. Por ejemplo, ha sido muy efectivo que Jimmy quiera guardar su apreciado termo del café que lo ha acompañado en su tormentoso viaje laboral… y que Kim lo encuentre por casualidad y vea el agujero de bala que destapa sus últimas mentiras. Aunque hay que señalar que también tiene algún fallo notorio en este aspecto: el helado engullido por hormigas como símil de la corrupción es irrisorio.

Para redondear estos fascinantes roles, Bob Odenkirk vuelve a estar estupendo en un personaje con muchísimos matices y cambios emocionales, y Rhea Seehorn, que ya apuntaba muy buenas maneras, tiene cada vez más espacio para deslumbrar con un torrente interpretativo admirable, capaz de pasar de lo enérgico a lo sutil en solo parpadeo.

Pero después del buen trabajo hecho con la psicología de los protagonistas, los autores desaprovechan su enorme potencial con historias muy previsibles y guiadas. Prácticamente todo se ve venir en cuanto se presenta, tanto en los problemas personales y laborales como en la entrada en el mundo del crimen. De esta forma, se echan muchísimo de menos los giros a lo Breaking Bad que hacían saltar en pedazos cualquier cosa que dieras por hecho. La relación con Lalo, lo que más instantes inesperados podría traer, se queda en lo más facilón, sabes cuándo acabarán uno en la órbita del otro, qué conflictos habrá, cuándo Jimmy sufrirá consecuencias, e incluso supuestos momentos álgidos, como presentarse en su casa, no sólo se intuyen, sino que te imaginas mucho antes cómo se desarrollarán.

En ocasiones, la excelente puesta en escena, con el pulso templado de la dirección y la deslumbrante fotografía, salvan muy bien los trastes, como en la espectacular odisea por el desierto. Otras veces, no hay manera de levantar el poco contenido: los dos últimos capítulos son insípidos y decepcionantes, no hay incertidumbre ni tensión alguna.

A ello hay que sumar que Saul y Kim forman parte de una serie, y por el otro lado tenemos otra muy distinta: las aburridas e intrascendentes disputas entre los líderes de los cárteles.

La obsesión por depender tanto de Breaking Bad ha sido otro error del que siguen sin ser conscientes. Había tanto que contar en los juegos con la ilegalidad de Jimmy, que volver la vista atrás para contar nimiedades de una historia ya cerrada en aquella serie es a todas luces una decisión fallida, agravada notablemente por la falta de novedades y valentía. Lalo Salamanca puede ser carismático gracias al papel de Tony Dalton, pero su historia está tan vista, es tan previsible, que acaba siendo una verdadera molestia. En cada aparición esperaba que fuera la última y pasáramos a otra cosa. Pero al final daría igual también, porque el resto es ver a Gus Fring serio, críptico e inquietante hacer cosas que ya conocemos de sobras.

Porque no hay más. Sólo ellos y otro par de capos representan el entramado de los cárteles, restándoles bastante credibilidad. Ya Breaking Bad metió bastante la pata cuando se embarcó en este camino de poner jefazos cada vez más poderosos, cual videojuego, dejando de bastante lado la credibilidad. ¿Dónde están los capitanes y tenientes, los mensajeros, los asesinos? Lalo, Fring y los Salamanca siempre están sólos sobre un entramado criminal fantasma, y resuelven todo con llamadas: aparece un contacto, un equipo de matones o de mercenarios bien equipados o lo que sea, y les soluciona el trabajo o no según requiera la trama, mientras ellos no hacen mucho más allá de poner caras de villano de dibujos animados. Conflictos internos momentáneos como la estúpida escena de las freidoras sucias llegan tarde y mal. Si no hay novedades, al menos que hubiera solidez y verosimilitud.

El único consuelo era que Nacho Varga y Mike Ehrmantraut iban aportando un poco más de emoción y variedad, una historia más humana y tangible. Pero también ha ido quedando claro a lo largo de estos cinco años que son relleno, que no tienen para ellos una historia bien planificada, y que la unión con Saul es anecdótica, como para recordar que estamos en el mismo universo. Ha habido tramos bien hilados que daban más interés a su presencia, como la construcción del laboratorio de droga, pero una vez superadas sus secuelas, en esta etapa no encontramos nada llamativo.

Mike está completamente estacando, con capítulos que hubieran tenido algo de sentido en el primer o segundo año, pero ahora parecen pura morralla. Los recesos en que queda en pausa total para hacer tiempo hasta que puedan volver a acercarlo a Saul son vergonzosos: la historia de la herida curada en aislamiento y el drama recordando a su hijo son ideas tan trilladas y llenas de clichés que parecen escritas por otros guionistas y empalmadas por la fuerza.

Nacho va peor encaminado. Al menos con Mike tenemos una personalidad bien definida, unos intereses personales y laborales claros. Nacho está metido en todo sin que sepamos todavía, a estas alturas de serie, qué lo mueve, qué quiere del mundo. El drama con el padre también está demasiado visto, la impostada tensión al quedar entre Lalo y Fring no va a ninguna parte, la rivalidad entre estos se acrecienta u olvida como si fuera una riña entre niños.

No olvidemos tampoco la obsesión por incluir tanto referencias veladas como homenajes claros a Breaking Bad, tiempo perdido para quienes esperamos que vaya al grano y siga su propio camino pero que parece hacer las delicias de los fanáticos que dan más valor a encontrar un guiño oculto a su obra endiosada que una buena historia propia. En este año tenemos la aparición estelar de Hank y su compañero, otro enlace tan gratuito y forzado que rompe el ritmo de mala manera. Y Lydia pasaba por aquí para decir “Holiiiii” y ya está.

Para colmo, el arco de Saul y Kim acaba en el octavo episodio. Apenas tocan un poco las consecuencias y el inicio de la nueva etapa en los dos siguientes con micro escenas que diluyen negligentemente su impacto dramático. Resulta que los autores estiman oportuno dejarlos en segundo plano y darle relevancia a una artificial subtrama de intriga y acción con los cárteles. Por mucho tiroteo que metan, no pueden disimilar la falta de interés que despierta esa sección y lo mal que le sienta a la temporada acabar con una distracción tan descarada.

Así, la tímida mejora en equilibrio y sensación de dirección del cuarto año se vuelve a disipar, y pesa más que nunca porque es un paso atrás justo cuando parecía mirar hacia adelante por fin.

PD: Robert Forster falleció en octubre, con lo que no llegó a ver sus escenas en El Camino y el primer episodio de esta temporada.

Ver también:
Temporada 1 (2015)
Temporada 2 (2016)
Temporada 3 (2017)
Temporada 4 (2018)
-> Temporada 5 (2020)

ROMA – TEMPORADA 2 Y FINAL

Rome
HBO | 2007
Drama, histórico |10 ep de 50-65 min.
Productores ejecutivos: William J. MacDonald, John Milius, Bruno Heller, Anne Thomopoulos.
Intérpretes: Kevin McKidd, Ray Stevenson, Polly Walker, Simon Woods, James Purefoy, Lyndsey Marshal, Kerry Condon, Lindsay Duncan, Tobias Menzies, David Bamber, Max Pirkis, Chiara Mastalli, Lee Boardman, Coral Amiga, Nicholas Woodeson, Alex Wyndham, Allen Leech.
Valoración:

La segunda temporada de Roma supone un bajón considerable de calidad e interés en su tramo inicial, aunque por suerte a partir de su ecuador remonta hasta conseguir que el año deje un gran recuerdo. Pero sí, da la sensación de que la inspiración de los guionistas tarda en llegar, y de hecho mi impresión es que fue la cancelación la que salvó la temporada, pues obligó a resumir y centrarse en lo más relevante, dejando de lado las historias estiradas y las que no daban la talla. Por no decir que evitó que la serie tomara un camino que no parece muy factible…

Resulta que mientras estaban escribiendo la temporada, la HBO les comunicó que sería la última, porque veían que el dinero invertido no podían recuperarlo. Bruno Heller y demás guionistas tenían planeado un arco argumental de al menos cinco temporadas: la segunda trataría de la venganza de Octavio sobre los asesinos de César (acabando con la muerte de Bruto en la batalla de Filipos), en la tercera y cuarta estaríamos saltando entre Roma y Egipto hasta la muerte Antonio y Cleopatra y el alzamiento de Octavio como Emperador, pero en la quinta nos iríamos más al Este, al jaleo judeocristiano y, atención, al parecer querían llegar a Jesucristo (aquí un ejemplo de sus declaraciones). No se sabe nada concreto de sus planes, pero desde luego parece un tanto absurdo, porque implicaría pegar un gran salto temporal, pues acabamos en el año -27 y Jesucristo muere en el +30, lo que obligaría a un cambio total en la serie: de escenario, de época y de personajes (por edad no quedaría ni uno vivo; Octavio Augusto fallece en el +14). Y bueno, luego está el tema oscuro de la realidad histórica de Jesucristo; miedo da que guionistas de EE.UU. aborden este asunto, me imagino otro peplum que toma la Biblia como literal, con milagros, resurrecciones… Tampoco veo claro cómo querían tener dos temporadas en Egipto cuando la guerra civil de César y Pompeyo les ocupó tan poco en comparación.

Ya en el inicio de esta temporada se puede observar que el alargamiento de tramas y la inclusión de la sección de los judíos no le hacen ningún bien. El ritmo e interés caen bastante, hasta el aburrimiento incluso, en los cuatro primeros episodios de los diez que consta. La fórmula parece gastada, los personajes agotados, la fascinante historia de Roma algo desaprovechada.

Las aventuras de Voreno y Pullo con el colegio (la asociación de matones del barrio) son poco llamativas, probablemente porque ocupan mucho tiempo para ofrecer una intriga muy básica y que apenas difiere de lo visto en el año previo. En aquel entonces, de un capítulo a otro teníamos nuevas historias bien enlazadas y muy atractivas, mientras que aquí las pretendían reducir y estirar. Además el drama personal sigue inclinándose más de la cuenta hacia el culebrón: qué sensacionalista y cansina resulta la historia de los hijos de Voreno, qué forzado el final de Eirene y algunos giros entre Pullo y Voreno (la predecible confrontación, tan breve como insulsa).

Mientras, la intriga de los nobles también está un poco estancada, ha perdido fuelle. Atia y Servilia están muy exprimidas y ya no sorprenden. La tortura de la primera a la segunda es excesiva se mire por donde se mire; y el final de Servilia, tras tanto sufrimiento y giros rebuscados, no me causó desazón alguna, fue más bien una liberación. Los iniciales tiras y aflojas entre Octavio y Antonio (con Cicerón de nuevo danzando entre medio sin ofrecer una personalidad concreta) y la huida de Bruto no terminan de coger rumbo y ritmo. Por suerte una parte más intensa levanta bien esta sección: los líos amorosos están mucho mejor trabajados, sin giros exagerados. La atracción de Atia hacia Antonio, que nace de necesidad política pero en la que luego también aparece el afecto, y el romance de Octavia y Agripa que deben mantener en secreto por culpa de las tradiciones, están bien llevados y ganan cuando la política se mete en medio: las bodas por conveniencia y las separaciones forzadas ofrecen un buen drama.

Pero lo peor es que la trama judía resulta un verdadero coñazo. El matón de Atia, Timon, cobra protagonismo, llega su hermano, vemos a su familia y conocemos un poco de sus asuntos culturales y religiosos, donde el ascenso del rey Herodes al poder (auspiciado por Roma) va a agitar mucho las cosas los próximos años. Pero ni estos personajes tienen el tirón de los demás ni la trama consigue ser llamativa, y además queda muy descolgada del resto.

Los saltos temporales y encuentros se cuidan aún menos que en la temporada anterior, simplemente los guionistas quieren separar y reunir a determinados personajes y lo hacen. El lapso en el que Pullo se va con Eirene y regresa es un tanto cutre, sobre todo tras el diálogo explicativo tan facilón. El tropiezo de Lyde con Pullo es vergonzoso: ¿de verdad ella no conoce el camino a su barrio de toda la vida? El viaje de Pullo tras Voreno y luego el de estos dos tras las niñas tampoco está muy bien expuesto. El crecimiento de Octavio no sabían dónde meterlo y lo cuelan al azar en un momento en que no parece haber pasado mucho tiempo (tres meses creo que dicen); de todas formas, con este cambio estaban bastante atados, y el nuevo de actor es acertadísimo.

Pero con la sombra de la cancelación deciden reescribir gran parte del año, y aceleran y concentran todo lo bueno mientras apartan lo malo. Quizá hubiera sido mejor que rehicieran la temporada entera, eliminando completamente a los judíos y demás tramas poco sustanciosas para empezar con más fuerza con las intrigas políticas, pero se ve que no quisieron desechar el trabajo realizado o no les daba tiempo porque el calendario de rodaje se les echaba encima y posponerlo o alargarlo supone un dineral. Pero menos es nada, y el nuevo rumbo que toma mejora sustancialmente.

A partir del quinto capítulo (Heroes of the Republic), cuando Octavio se siente con la confianza, poder y bazas como para empezar a jugar a lo grande, la remontada es espectacular. Desaparecen los cansinos judíos, de golpe y para siempre, y no se los echa de menos. Los colegios se limitan a un mínimo aceptable y tienen más relevancia en el conjunto con el jaleo de la escasez de grano. Pero sobre todo, gana importancia el conflicto político y vemos que lo hace incluso solventando una de sus carencias en la primera temporada: Octavio y Antonio son personajes mejor trabajados que César y Pompeyo. La guerra de intrigas que se traen los dos hombres más poderosos de Roma es más compleja y detallada, pero si gana es principalmente porque se le da más profundidad al dibujo de los dos líderes. Conocemos al detalle cuáles son sus intenciones, qué temen y desean, las emociones que los embargan en cada momento… No quedan relegados a secundarios como César, Pompeyo y Catón, sino que somos partícipes de sus vidas con mucha cercanía. De hecho adquieren tal protagonismo que casi dejan a Pullo y Voreno como secundarios, cosa que se agradece porque se reducen los giros de folletín con ellos.

Estamos de nuevo ante una intriga política multinivel donde hay muchos protagonistas que van moldeando los acontecimientos, todos ellos accionando y reaccionando a su manera. Así, para cada decisión ha habido detrás movimiento de varios hilos que la han condicionado, y a esta le siguen numerosas consecuencias. Tiras y aflojas, pactos, engaños, jugadas sutiles (sobre todo por parte del inteligente y frío Octavio), matrimonios estratégicos… Hay un montón de grandes instantes, y conforme avanza la temporada aumentan en número y calidad. La boda de Antonio con Octavia como estrategia de Octavio para manejar a Antonio y su imagen pública, el Triunvirato (con Lépido metido con calzador, pero bueno), la caída de Antonio bajo el embrujo de Cleopatra, cómo Octavio consigue poner a Roma en contra de Antonio para reforzar su propia imagen y evitar llamar al conflicto otra guerra civil, la fascinante Livia Drusilla, tan bien conseguida en tan poco espacio de tiempo (atención a la rivalidad con Atia, que le da nueva vida a esta última)… Y los mejores instantes se guardan para el desenlace: el encuentro entre Octavio y Cleopatra (leyéndose el uno al otro) y los suicidios de Antonio y Cleopatra son escenas magistrales. Tan solo hay algún desliz menor, como la forma absurda en que cae Bruto: un romano noble que ve llegar su fin muere con honor clavándose la espada él mismo, no lanzándose a que lo trinchen las tropas enemigas. Por el otro lado, la muerte de Cicerón es muy emotiva.

Todo ello se narra además con bastante fidelidad histórica, sin huecos o cambios forzados a pesar de que condensan bastante los eventos. Los saltos temporales y las escenas difíciles evitadas con elipsis (la gran batalla naval de Actium/Accio) fluyen muy bien, haciendo olvidar los tropiezos del inicio de temporada. Mientras, la parte más ficcionada, la de Pullo y Voreno, como decía parece ganar dándole menos protagonismo. Los personajes son los mismos y su evolución está bien expuesta, pero nos libramos de los giros exagerados. La pena es que su encuentro en Egipto, interesante en principio, desemboca en un desenlace un tanto forzado: Voreno va herido de Egipto a Roma, un auténtico suicidio cuando lo lógico es parar a curarse en el primer lugar medio seguro que encuentren, y Pullo comete la temeridad de meter a Cesarión en plena ciudad, cuando es el heredero más buscado del mundo y además será difícil quitarle su educación como soberano.

En cuanto a personajes secundarios, algunos funcionan muy bien pero otros no terminan de despuntar. Octavia resulta muy atractiva gracias a que le ponen problemas más realistas de las mujeres romanas y menos culebrón retorcido. El ya de por sí simpático Posca mejora al tener un viaje más variado. Agripa es un encanto, aunque por desgracia no hay tiempo para mostrar su valía como general. En cambio Mecenas queda más desdibujado, y Longino sigue siendo un relleno para cumplir con la Historia, como lo es luego también Lépido.

Los actores Kevin McKidd (Voreno), Ray Stevenson (Pullo) y Polly Walker (Atia), siguen estando soberbios, pero quienes destacan este año son James Purefoy como Antonio, Lyndsey Marshal como Cleopatra y el nuevo actor para Octavio, Simon Woods (que clava la forma de actuar del anterior), siendo estos dos últimos intérpretes nada conocidos, y de hecho no han vuelto a tener papeles que les den visibilidad. Por cierto, soy yo o Lépido (Ronan Vibert) se parece un montón a César (Ciarán Hinds), produciendo una sensación de déjà vu en sus apariciones.

En cuanto a la puesta en escena, las labores de dirección (y fotografía y música) siguen en la misma línea, manteniendo formas clásicas muy efectivas, pero en cuanto a grandilocuencia reducen un poco el nivel para ahorrar dinero. La única secuencia de gran complejidad es la esperada batalla que Filipos. El resultado es francamente bueno para una serie, más teniendo en cuenta que es la primera vez que se intenta algo así, pero lo cierto es que no impacta tanto como creo que podría: pienso que podrían haber sacado más partido al potencial que tenían a mano con tal despliegue de dinero y recursos. Tampoco deja huella el único escenario nuevo relevante, el cruce del colegio donde están Pullo y Voreno, que es de buen tamaño pero no impacta como las escenas del foro y otras calles y villas vistas desde la primera temporada. Y lo que me parece más importante es que se echa de menos una ampliación más notable de Alejandría y el palacio de Cleopatra, pero supongo que viendo que les cancelaban no la hicieron.

Siendo mucho más irregular que la primera temporada, me ha costado más aún darle nota. El tramo inicial es decepcionante, pero la remontada a partir de su ecuador impresionante y ofrece de nuevo una serie de grandes cualidades. Por su deslumbrante aspecto visual, la notable recreación de la época* y la fuerza arrolladora de algunos de sus protagonistas creo que merece un notable, aunque no evita la sensación de cierto desencanto y de que, después de todo, la cancelación quizá hizo más bien que mal, aunque en su momento los seguidores la lloramos bastante. Esto me lleva a señalar que también me parece que no es una serie que envejezca bien. Con sus destacables virtudes nos cegó ante unas limitaciones en el guion que se hacen más patentes cuanto más tiempo pasa y la comparas con otras series de la cadena que resultaron sublimes en ese aspecto y por ello el paso de los años no parece afectarlas: The Wire, Los Soprano, A dos metros bajo tierra, Carnivàle… Yo la pongo al nivel de Deadwood: fascinante e imprescindible, pero no llega a conseguirse la obra maestra latente en ella.

Como decía en la presentación, se planeó realizar una película (no sé si para cine o para tv) recuperando a Pullo y Voreno (después de todo realmente no se lo ve morir), pero finalmente no se concretó nada.

* No encuentro un artículo de calidad que hable del tema, pero mi impresión es que el vestuario romano de esta temporada se excede en diseños y costuras enrevesados para aquellos tiempos y en adornos recargados. Concretamente estos últimos no eran usados por los hombres, salvo el anillo de rigor con sus siglas, pero aquí se aferran a la manía de Hollywood de ponerles brazaletes de todo tipo. Todo queda muy bonito y vistoso, pero no es del todo fiel a la Historia. Lo que sí es una cagada monumental es tener a reyes extranjeros (Cleopatra, Herodes) paseándose por el foro, es decir, dentro del recinto sagrado de la ciudad; es una transgresión absurda si pretendían ser fieles.

Ver también:
Presentación
Temporada 1 (2005)
Temporada 2 (2007)

ROMA – TEMPORADA 1

Rome
HBO | 2005
Drama, histórico | 12 ep. de 44-55 min.
Productores ejecutivos: William J. MacDonald, John Milius, Bruno Heller.
Intérpretes: Kevin McKidd, Ray Stevenson, Polly Walker, Kerry Condon, James Purefoy, Lindsay Duncan, Tobias Menzies, Indira Varma, Ciarán Hinds, Kenneth Cranham, David Bamber, Max Pirkis, Karl Johnson, Chiara Mastalli, Lee Boardman, Lyndsey Marshal, Coral Amiga.
Valoración:

La legión romana combatiendo, el espectacular campamento del ejército de César, la imponente visión del foro de Roma (el travelling que lo muestra es un vacile descarado), las villas de los nobles, el Subura o barrio de las clases bajas, el rico vestuario y atrezo… La serie más que llamar la atención te cautiva instantáneamente por la grandeza y a la vez detallismo sin igual con los que recrean esta remota civilización. Los directores no desaprovechan el material, logrando una labor de dirección muy sólida que conjuga muy bien las largas conversaciones con las escenas amplias y complejas en grandes decorados. Y no escatiman en esas secuencias de enormes proporciones: además de los citados tenemos otros momentos sobrecogedores, como el triunfo de César o la pelea de Pullo en la arena. No me olvido de destacar también la banda sonora de Jeff Beal (Carnivàle), rica y perfectamente adaptada a las imágenes, ni de los originales y elaborados títulos de crédito.

En el guion también se pone mucho esmero a la hora de describir la época. Los personajes y sus aventuras se sumergen en un contexto histórico al que se sigue con mucha fidelidad en los detalles de la vida cotidiana (religión, cultura, trabajo, estratos sociales, etc.) y bastante en el desarrollo de los acontecimientos más relevantes. Se siente el ambiente y las gentes romanas con gran credibilidad, se ve el día a día de aquellos tiempos como algo real, tangible. También hay guiños para los más cultos: se mencionan a personajes como Sila y Mario, entre otros.

Como serie coral, presenta muchos protagonistas que van moldeando los acontecimientos con sus intrigas, pero es cierto que se pueden tomar dos como referentes principales, porque el relato se narra casi como si lo viéramos a través de sus vivencias: Tito Pullo y Lucio Voreno. Esta simpática y ya memorable pareja sin duda fue el factor principal a la hora de conseguir que una serie HBO (elitista, exigente) llegara bastante bien al gran público. Su arrollador carisma y su logradísima evolución atrapan al espectador, que desea seguir sus historias más que la densa política de las clases altas. Sin duda fue un acierto incluir personajes del pueblo llano para tener una visión más completa de la vida en Roma, y además una más cercana al espectador medio.

Pullo es un soldado impetuoso y corto de inteligencia que sin el control de alguien más centrado se pierde en su salvajismo. Este mentor lo encuentra en la figura de Voreno, un centurión más cabezón que buenazo, porque su obsesión con el bien, las normas y la lealtad lo alejan de la realidad algunas veces. La combinación es explosiva, juntos entran en una dinámica compleja que resulta fascinante, aunque también llegan a tener algunos achaques dignos de mención, pues se fuerza demasiado su presencia en los eventos históricos y caen demasiadas veces el uno en la órbita del otro. Pero aun con esos fallos tenemos dos personajes muy humanos, y la progresión de ambos es magistral. Viven infinidad de aventuras, de un capítulo a otro puede haber cambiado su statu quo completamente, con lo que sus formas de ser están en continuo crecimiento, saliendo a relucir virtudes y defectos según son capaces de sobreponerse o no a la situación. Hay que recalcar que este logro es digno de elogio: pocas series (ahora más que en aquel entonces, eso sí) se lanzan a mover tanto a los personajes, sin miedo a los giros constantes, sabiéndolos controlar para que nunca dejen en esencia de ser ellos mismos.

La familia Voreno es interesante, y aunque funciona más como complemento de la pareja y recreación de la vida de la época, da buenas historias personales, mezclando bien giros casi de culebrón (el hijo secreto) con relatos más realistas (muy emotivos los primeros pasos en la relación tras años separados por la campaña). Sólo me chirria un poco la forma en que la sirvienta Eirene acaba siguiendo a Pullo tras tanta violencia.

La siguiente gran pareja la forman Atia y Servilia, dos patricias ambiciosas enfrascadas en una lucha personal que se sustenta tanto en la supervivencia (mantener la posición social, sobre todo ante la guerra civil) como en el odio mutuo. Atia es la más feroz luchadora del juego de tronos, incansable hasta rozar la obsesión: no tiene otro objetivo en la vida que sobreponerse a los demás, a ser posible aplastándolos con humillación. Servilia no era tan dura, pero el empuje de su contrincante la lleva a forzar sus límites. Eso sí, en el rigor histórico estas figuras son muy ficticias, pues se apartan bastante de lo poco que se sabe de las romanas en que se basan y tienen demasiada influencia en una sociedad que en realidad era muy machista; Atia parece inspirarse más bien en la famosa Fulvia, incluyendo la relación con Marco Antonio. Como es de esperar, en esta confrontación los hijos sufren las consecuencias. Octavia danza de un lado a otro como un títere, Bruto se ve sumergido en una conspiración que le viene grande.

Octavio es para echar de comer aparte, tanto en la Historia como en la serie. Es un pequeño genio que aprende y madura a ojos vista, regalando unas cuantas escenas fantásticas, en especial cuando está con Pullo. Otro secundario enormemente carismático es el pendenciero Marco Antonio, aunque hay que señalar que destaca sobre todo por la arrolladora interpretación de James Purefoy. No olvido a Cleopatra, que por una vez es bastante fiel a la Historia: nada de una mujer guapa y voluptuosa, era normalita y menuda; y el color de piel también correcto, qué obsesión tienen unos porque sea súper blanca (la de Elizabeth Taylor a la cabeza) y otros porque sea negra.

Un sinfín de secundarios terminan por confirmar el buen hacer de los guionistas y directores a la hora de conseguir personajes atractivos incluso cuando algunos tienen escasos diálogos. Por ejemplo, las sirvientas de Atia y Servilia siempre están en la sombra, pero se ven como personas reales, no como extras. Destacan el fiel Posca, el bruto Timon, la dulce Eirene… hasta el lector de noticias del foro es capaz de llamar la atención al espectador. El trabajo actoral es de primer orden, ofreciendo varios recitales interpretativos de los que hacen época. Los entonces desconocidos Kevin McKidd (Voreno) y Ray Stevenson (Pullo) logran transmitir un carisma nato, pero también hacen gala de un registro dramático de impresión. Polly Walker como la arpía Atia es una delicia, qué miradas de odio consigue. A James Purefoy ya lo he citado, y en la segunda temporada se les saca mejor partido al personaje y al actor. El joven Max Pirkis está estupendo como Octavio. Indira Varma captó muy bien a Niobe en sus altibajos matrimoniales. Y dos veteranos ingleses de escasa fama pero gran talento, Ciarán Hinds (César) y Kenneth Cranham (Pompeyo), realzan unos personajes más desaprovechados de lo que cabría esperar, y concretamente el segundo está fabuloso cuando Pompeyo pasa a la desesperación en sus últimos días.

La compleja trama gira alrededor de estos numerosos individuos y facciones, pero todo está muy bien estructurado, de forma que cada plan y acción tiene una respuesta y consecuencia: los hilos que mueven unos afectan al resto, y todos responden conforme a sus personalidades. La serie avanza a gran velocidad y de forma inteligible a pesar de sus muchos niveles y jugadores, ofreciendo una densa intriga que pisa varios géneros (historia, aventura, drama personal sumergido en política de altos vuelos) y resulta adictiva y emocionante, lo que se ve realzado por la férrea conexión que se consigue a través de los enormes personajes de Pullo y Voreno.

Pero a pesar de estas muchas virtudes también hay algunos fallos, pues otros pocos personajes quedan deslucidos y algunas intrigas acusan algo de desequilibrio. Resulta que con esta fauna tan llamativa de protagonistas e historias entrelazadas, y más aún con los come escenas de Pullo y Voreno, César y Pompeyo quedan algo eclipsados. Son figuras imponentes, pues se trabaja bien su aura de magnificencia, pero su dibujo no es tan profundo como el de los demás personajes, hasta el punto de que a veces me parece que son parte de la trama, no protagonistas: todo gira alrededor de ellos, pero sus acciones y consecuencias sólo las vemos en los demás, de sus pensamientos y motivaciones no sabemos demasiado a pesar del tiempo que ocupan en pantalla. Entiendo que quisieran tenerlos como secundarios para no repetirse, que hay mucha obra centrada en los últimos años de César, pero con el buen trabajo que hacen con otros roles mucho menos relevantes es una pena que estas figuras tan atractivas queden algo por debajo del resto. El mismo problema tenemos con Cicerón y Catón. ¿Quién es cada uno, cuáles son sus personalidades? Aparte de ser unos amargados no se expone mucho de sus vidas e ideas. No se hace referencia a la fama de Cicerón como abogado ni a la fuerza de Catón como político, prácticamente quedan como una oposición resentida y luchadora pero sin grandes habilidades intelectuales. Por no decir que no entiendo por qué ponen a Catón como a un viejo casi muerto cuando era más joven que César, y por qué lleva una túnica negra de luto.

También resulta evidente que se ensalza demasiado la rivalidad entre Atia y Servilia. Con Atia llegan a pasarse de largo en su cruzada por joder a los demás: a veces termina siendo cargante y algo repetitiva. Y para equilibrar parece que con Servilia también les da por llevar las cosas más allá: esa relación lésbica con Octavia llega a resultar ridícula, igual que el polvo entre esta última y su hermano, burdos intentos de montarse una serie atrevida y polémica. Pero no queda ahí la cosa, porque hay demasiadas acciones importantes movidas por peleas con mujeres: César va tras Pompeyo porque debe separarse de Servilia, y Antonio porque se cabrea con Atia; Servilia pasa a la contra de César (¡hasta el punto de planear matarlo!) porque él rompió la relación; y tenemos también demasiado lío amoroso entre Pullo y Voreno y sus hembras, de hecho incluso la caída de César se lleva a cabo usando los líos matrimoniales de este último (vaya tela que ese cotilleo llegue a los patricios).

Y la gran pareja de Pullo y Voreno se lleva la palma a la hora de situaciones forzadas, algunas incluso bastante salidas de madre. Todo el panorama político y social cambia por acciones casuales de ambos, llegando a límites de comedia tontorrona que desentonan bastante en la seriedad del conjunto. El tesoro encontrado por pura suerte, la pelea en el foro (Pullo y un borracho) que prácticamente termina de lanzar la guerra civil, el naufragio que los lleva a Pompeyo, van a por Cleopatra, Pullo la preña de Cesarión… ¿Y cuántas veces los van a perdonar? Cada falta conlleva un ascenso. Por suerte tienen un nivel tan alto de calidad y carisma que estos patinazos, a pesar de ser bastante graves, están lejos de destruir a los personajes.

Ver la serie de nuevo tras haberme leído la magnífica e incomparable saga Dueños de Roma de Colleen McCullough sin duda me aporta un extra de conocimientos que podría volverme exigente… pero creo que no lo soy, he visto muchas series como para conocer cuánto se puede contar en una temporada de forma que sea inteligible, fluida y entretenida, y aquí estoy hablando más del aspecto narrativo que de la fidelidad histórica. Matizo esto porque a partir de la citada indefinición de los nobles que dirigen la contienda surgen algunos agujeros de guion o cosas algo difusas que me parecen claramente fallos narrativos más que de adaptación de la Historia:

¿Se expone bien por qué luchan los dos bandos políticos, cuáles son las ambiciones de César, por qué termina alzándose en armas, qué teme de él el grupo de Catón? Porque la verdad es que mi impresión es que no se definen bien estos aspectos esenciales. No se menciona ningún posible cambio drástico en las costumbres y leyes si se alza uno u otro como para que tengan que llegar a una guerra civil. Siguiendo esta tónica hay otras situaciones que parecían relevantes tratadas con igual desgana. Pompeyo empieza con desventaja al no tener dinero (famoso lo de olvidarse el tesoro), pero de repente esto se omite y parece que va ganando otra vez. César dice quedarse en Egipto porque si hay guerra civil ahí podría peligrar la venta de grano a Roma… ¿Todo el grano lo adquieren de ahí?… Resulta una floja excusa argumental para mantener la trama de Egipto. Y atención a la barrabasada de meter galos en el Senado, con sus pintas tribales entre senadores togados; cuando por fin parece que van a explicar los cambios que trae César (las intenciones de dar oportunidades a distintas clases sociales, como el ascenso de Voreno por ejemplo), lo llevan al absurdo de incluir en la política a extranjeros de tribus conquistadas. Otro agujero destacable es la batalla de Útica que pone fin a la guerra… ¿Qué sucede ahí y quiénes luchan? De ver a Catón lamentarse por la derrota pasamos a ver a César en Roma reunido con aristócratas como si nada… ¿Entonces él no ha combatido? ¿Quién lo ha hecho pues? Y finalmente también pueden citarse un par de detalles sobre fidelidad histórica: César no fue asesinado en el Foro, sino en un anexo del Teatro de Pompeyo (bajo una estatua del mismo, ironías de la vida) preparado para reuniones del Senado, pues este se congregaba en distintos sitios según circunstancias; y canta mucho la constante presencia de soldados armados (parece que como policía y vigilantes) en la ciudad, cuando no estaba permitido portar armas dentro de las murallas (más concretamente, dentro del límite sagrado llamado pomerium).

Resumiendo, Roma fue una producción enormemente ambiciosa pero ejecutada con gran habilidad, de forma que el dinero y el esfuerzo lucen de maravilla en la mejor recreación de la época vista no sólo hasta su estreno, sino que sigue imbatible diez años después. Los personajes que pueblan el relato son tan carismáticos y deliciosos que los sigues con interés los sumerjan en la aventura que los sumerjan, y estas cuentan con un ritmo vertiginoso repleto de buenas historias tanto en la intriga política como en los dramas personales. Estas virtudes son tan destacables que logran ocultar bastante bien el gran contraste con algunas lagunas dignas de mención, es decir, esos momentos en los que se abusa de los giros de folletín, de algunos líos amorosos algo forzados y de varios ramalazos sorprendente inmaduros (las implicaciones de Pullo y Voreno en la Historia) comparados con el resto de sobrias e inteligentes historias.

Así, aunque haya algunos momentos que chirrían bastante, pienso que la fuerza arrolladora del conjunto justifica la nota de sobras, por no decir que se puede considerar como un hito, tanto por su impacto popular (que la sobrevaloró algo más de la cuenta) como porque supuso un punto y aparte en la forma de hacer superproducciones para televisión.

Ver también:
Presentación
-> Temporada 1 (2005)
Temporada 2 y final (2007)