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THE CROWN – TEMPORADA 3

Netflix | 2019
Drama, histórico | 10 ep. de 47-60 min.
Productores ejecutivos: Peter Morgan, Stephen Daldry, varios.
Intérpretes: Olivia Colman, Tobias Menzies, Helena Bonham Carter, Ben Daniels, David Rintoul, Charles Edwards, Charles Dance, Marion Bailey, Josh O’Connor, Erin Doherty, Jason Watkins.
Valoración:

La tercera temporada de The Crown vuelve a ofrecer un entretenimiento la mar de gratificante, pero lo cierto es que en vez de madurar se nota un estancamiento, no termina de explotar el potencial latente en la historia que abarca y el estilo narrativo con que lo hace. Ya hay que asumir que su autor, Peter Morgan, no pretende salirse de una fórmula que funciona bastante bien de cara al público. Y quizá tampoco lo hiciera si las cosas no fueran tan bien, pues es como ha elegido construir la serie. Aun así, sigo teniendo esperanzas en que en el futuro aproveche mejor las posibilidades que todavía guarda.

El relato del reinado de Elizabeth II (salvo que veas el doblaje español, donde hacen el ridículo castellanizando los nombres) continúa combinando el drama personal de la reina y su familia con saltos a la política, a crisis puntuales, y en general a lo que parezca interesante a Morgan. Pero de nuevo el equilibrio es imperfecto. La elegancia y brillantez de muchos tramos no cuaja del todo con el sensacionalismo o letargo en que caen otros. A veces atina al cambiar el punto de vista a una historia tangencial de gran relevancia o al menos atractivo, en otras deja de lado cosas muy importantes y pone el foco en detalles innecesarios.

El caso más grave viene por partida doble. No puede ser es que estemos con la crisis económica y política en que está sumida el país en primer plano y la solución se omita por completo para dar más presencia a líos de la corona con la prensa y la imagen pública. Ocurre en el inicio de temporada, donde giramos de la devaluación de la moneda y el gobierno apunto de caer a las aventuras de Margaret y Lord Snowdon, y en el final, donde pasamos sin disimulo de la crisis energética y las huelgas de mineros a otra etapa de esa tormentosa relación.

Pero la sensación de irregularidad en tono, alcance y calidad pesa todo el año. Se puede decir que tiene cierta ventaja, porque hay espectadores que se enganchan más a unos tramos e historias y otros se decantan por otros distintos, es decir, la serie resulta atractiva para distintos sectores del público. Pero en la valoración global y en un análisis más objetivo que emocional hay que señalar esa falta de estabilidad, los cambios forzados de foco y tono, el material desaprovechado…

El aclamado Aberfan me sacó varias veces de una historia muy potente porque tiran de sensacionalismo más de la cuenta, mientras que tanto Olding como El golpe me absorbieron por completo con unos eventos desconocidos (el espía en la corte, el plan de golpe de estado) contados con gran manejo de la tensión e incertidumbre. Los problemillas de la adolescencia del príncipe Charles me parecieron muy maniqueos, mientras que las aventuras de Margaret en Margaretología fueron más amenas y más originales, aunque fuera a costa de ningunear aspectos más trascendentales.

En lo que sí suele coincidir la mayoría es que la parte final se atasca más de la cuenta en dramas personales, sin conseguir ni el ritmo ni la profundidad necesarios. El intento de redención del Duque de Windsor (ahora encarnado por el gran Derek Jacobi), paralelo al romance de Charles con Camila Shand en El hombre en suspenso se hace pesado. En tierra de nadie quedan algunos capítulos extraños: las crisis de Phillip (con el alunizaje y el nuevo cura) se tratan con mayor elegancia e inteligencia… pero terminan haciéndose episodios muy largos, hubieran ido mejor como historias secundarias. Lo mismo se aplica a la crisis matrimonial de Margaret, un arco un tanto simplón para acabar el año que quizá hubiera ido mejor disgregado poco a poco, alternando con otras tramas. Morgan se ha atado a su idea de centrar cada episodio una cosa, pero también es justo es decir que la cronología histórica limita bastante el movimiento.

Con el excelente nivel de producción la serie sigue manteniendo un aspecto superior a primera vista y engañando bastante los sentidos a sus carencias durante el visionado. Decorados rematados con un correcto trabajo digital cuando es indispensable (aunque alguna pantalla de fondo canta, por ejemplo en los desembarques de varios aviones), vestuario fastuoso y bellas localizaciones exteriores son captadas por una fotografía magistral y unas labores de dirección muy notables. La música ha cambiado. No sé por qué ficharon a Lorne Balfe, de la factoría Hans Zimmer, para una serie tan inglesa: sus sintetizadores creaban atmósferas efectivas pero sin complejidad musical alguna, mientras que el actual compositor, Martin Phipps, aunque obligado a mantener las bases sintetizadas, aporta instrumentación tradicional (aun sin grandes despliegues orquestales) y ofrece un trabajo más versátil y refinado.

En cuanto a interpretaciones, creo que desde el principio tenían pensado cambiar de actores para cada etapa histórica, lo cual estaba claro que iba a garantizar bastantes comentarios y alguna polémica.

Para la década de 1964 a 1974 contamos con otros cuantos talentos más o menos conocidos en televisión. La reina, encarnada entonces por Claire Foy, está ahora en manos de Olivia Colman, quien causó sensación con Broadchurch (2013) y La favorita (2018), y está espléndida. A pesar de que no aguantó las lentillas y los efectos por ordenador no convencieron a los productores y la dejaron con su color de ojos oscuros en vez de los claros de la figura real, desde el principio se ve al mismo personaje. Tobias Menzies, de Roma (2005) y Juego de tronos (2011), también está impecable como como Phillip. Cabe destacar que inicialmente eligieron a Paul Bettany (Los Vengadores -2012-, Master and Commander -2003-), pero se cayó por problemas de agenda. Margaret choca un poco más, pues de la atlética y elegante Vanessa Kirby hemos pasado de golpe a una bajita y rechoncha Helena Bonham Carter (no necesita presentación), aunque desde luego lo hace bien. En cambio, Ben Daniels (La reina virgen -2006-, Rogue One -2016-) como Lord Snowdon mantiene el porte carismático de Matthew Goode de maravilla.

Pero en los secundarios entra juego el problema de que tienes que haberte quedado bien con el nombre y posición de cada uno para no perderte con el nuevo rostro. Yo me hice un buen lío con los mayordomos Michael Adeane (de Will Keen a David Rintoul) y Martin Charteris (de Harry Hadden-Paton a Charles Edwards), donde podían haber dejado a los mismos actores y ponerles canas, pues a fin de cuentas a partir de cierta edad el físico no cambia tanto y sería verosímil, y también me despistó un poco al principio la reina madre (de Victoria Hamilton a Marion Bailey). Al Lord Mountbatten inicial, Greg Wise, ni lo recordaba ni lo haré, porque Charles Dance (Juego de tronos, entre otras muchas) está inmenso y se hace con el personaje para él solo.

Los nuevos son todo un acierto. Josh Connor (Peaky Blinders -2013-, Ripper Street -2012-) se mimetiza de lleno en el príncipe Charles; es increíble cómo han encontrado a alguien tan parecido en el físico y que sea buen actor. Erin Doherty (en su primer papel destacable) como la princesa Anne es capaz de dejar huella desde la primera aparición en un plano secundario, y luego aprovecha de maravilla el protagonismo creciente.

Entre los mejores papeles, tras Dance y Colman me quedaría con Jason Watkins (Taboo -2017-, Being Human -2008-) como el primer ministro Harold Wilson, pues resulta un maestro de las miradas y los silencios contenidos que lo dicen todo. Sus encuentros con la reina ofrecen algunas de las mejores escenas del año.

Ver también:
Temporada 1 (2016)
Temporada 2 (2017)
-> Temporada 3 (2019)

RIPPER STREET – TEMPORADA 3

Amazon Prime Video | 2014
Suspense, policíaco, histórico, drama | 8 ep. de 63-75 min.
Productores ejecutivos: Richard Warlow, Simon Vaughan, Will Gould.
Intérpretes: Matthew Macfadyen, Jerome Flynn, Adam Rothenberg, MyAnna Buring, Charlene McKenna, David Wilmot, Clive Russell, Josh O’Connor, Louise Brealey.
Valoración:

Tras dos temporadas la BBC America canceló Ripper Street, pero sorprendentemente Amazon la compró y resucitó, emitiéndola primero en internet pero más tarde también en BBC y BBC America. Pero mejor se hubiera quedado muerta, porque esta temporada no aporta nada…

En la segunda etapa señalaba el principal fallo de la pérdida de calidad respecto a la primera: los guionistas dejaban de lado la regla básica de “muéstralo, no lo cuentes”. Los personajes hablaban más que hacían, frenando el ritmo y desaprovechando la superior capacidad de impactar que tiene lo visual sobre lo contado. Y en este año se lleva más allá, resultando una narración innecesariamente densa, lenta y aburrida, lo que se empeora porque que termina fallando en otra fórmula esencial del arte cinematográfico: ve al grano sin rodeos. No sé por qué se empeñan en estirarlo todo mediante conversaciones en el fondo banales pero llenas de frases rebuscadas en la superficie, hasta el punto de los actores tienen que coger aliento varias veces para terminarlas y el espectador debe hacer un esfuerzo por reconstruir tal monólogo y sacarle un significado.

Con esta combinación casi todas las escenas carecen de una acción clara en movimiento, tanto en la trama como en los personajes. Las historias se desarrollan con una pasividad y una falta de profundidad alarmantes. Y lo peor, a la hora de avanzar (en la investigación del día y en los dramas personales) se hace repentinamente, y muchas veces sin un esfuerzo real después de tanto metraje mareando la perdiz. Sólo se ven algunos momentos en que los personajes trabajan, sea interrogando o realizando autopsias. Pero seguir pistas por la calle, hacer seguimiento de sospechosos (básicamente hay un interrogatorio por capítulo), reunir datos, darles nuevas perspectivas… en definitiva, las correctas y entretenidas investigaciones que teníamos en la primera temporada se ven bien poco, sólo el caso de los barriles muestra esos esfuerzos, el resto de revelaciones y pistas les llegan por arte de magia o por factores externos. El joven agente es enviado a recopilar pruebas y testimonios, pero no vemos nada: vuelve, suelta el cuento, y se ponen a darle vueltas hasta que hilan alguna idea, tras lo cual miran un libro, ficha o periódico, y tacháaan, caso resuelto tras una hora de hablar y hablar y hablar en la sala de autopsias o el despacho de Reid. Si los diálogos fueran ágiles, si la trama tuviera calidad, si el caso fuera complejo y dejara algún poso (¿qué fue de aquel tono deprimente que mostraba lo peor de la época?), pues podría valer. Pero no estamos ante los clásicos de Humphrey Bogart (El halcón maltés, El sueño eterno). Aquí tenemos palabrería, peroratas y discursos eternos en los que sólo tiene valor una sentencia de cada veinte, el resto es puro humo, adorno pretencioso fallido.

Como resultado, no hay ningún caso aislado que recordar, y la trama global, el accidente de tren, va con cuenta gotas y también sin causar impresión alguna. Y todo ello a pesar de tener sólo ocho capítulos. ¿Con una serie tan corta no había manera de encontrar historias más jugosas y completas y narrarlas con más agilidad e intensidad? Qué harán estos guionistas ante una temporada de veintidós episodios. Por lo menos se pueden recortar veinte minutos de cada uno. Es incomprensible cómo todos pasan de los sesenta, más de una hora, cuando lo normal en las series de cable está en los cincuenta o cincuenta y cinco minutos y que sólo superen esa franja si es estrictamente necesario; uno incluso llega a los setenta y cinco, resultando obviamente cansino. Con menos longitud y más agilidad probablemente hubiera salido una serie bastante entretenida: aunque no sean historias de altos vuelos, analizadas desde fuera no parecen malas, el problema es lo infladas que están y la lentitud con que se exponen. Ahí tenemos como ejemplo el primer año, mucho más ágil y emocionante.

Volviendo a la trama principal, esta parecía interesante en principio por su potencial impacto en la zona y los personajes y por estar causada por uno de ellos, es decir, por el viaje al lado oscuro de Susan. Pero una vez pasada la presentación se aparca para sólo recuperarse de vez en cuando tímidamente y sin darle la relevancia esperada. Para colmo, cuando el capitán encuentra la pista definitiva (la huella dactilar), se guarda para el episodio final. Para eso no la reveles tan pronto, leches. El desenlace… pues insustancial. El padre de aquella se presenta como un villano, pero causó tan poca sensación en pasadas apariciones que no recordaba nada de él, y aquí no pasa de ser un “soy malo porque sí”. La redención de Susan va muy deprisa después de ir todo tan despacio y disperso, y el conflicto que genera en los tres protagonistas va igual, todo de sopetón después de haber ido a paso de tortuga, para no terminar ofreciendo un final llamativo.

Cabría pensar que dedicando tan poco tiempo a las tramas, los personajes saldrían ganando. Pero siguen la tónica de mucho hablar pero sin movimiento o maduración tangibles. Estamos ante la panda de seres atormentados que nos presentaron en la primera temporada, pero el atractivo ha desaparecido, porque ya en la segunda su evolución se frenó mucho, y aquí se para y muere. Llegan a cambiar en ocasiones su posición y rumbo (el capitán se echa una novia, Bennet parece querer volver con Rose, Reid pasa por varias etapas), pero todo cambio ocurre como con los casos, a trompicones repentinos sin una explicación clara, sin fluidez, sin exponer motivaciones y transiciones adecuadas. Y en algunos giros no se entiende nada: ¿qué ha sido de Emily Reid, y qué aporta la concejala si el romance con Edmund se dejó totalmente de lado? Para colmo, el misterio con la hija desaparecida se resuelve, pero con el mismo estilo fallido: aparece porque sí, sin que haya detrás la esperada investigación retomada por alguna nueva pista. Y claro, los guionistas tienen que estirar el golpe de efecto, así que se inventan una chorrada para que Susan la retenga un par de capítulos, y en otro cuelan otro malabar absurdo que convierte a Reid momentáneamente en malo. Y vaya fallo de casting el de la chiquilla, tanto en lo interpretativo como en el físico.

Resumiendo, al final de la temporada los personajes están en una situación más o menos diferente, pero no ha habido detrás ninguna historia llamativa, ninguna evolución visible y atractiva con la que pudiéramos interesarnos. En cambio sí hay toneladas de aburrimiento y malas sensaciones. De bueno sólo puedo decir que la puesta en escena ha mejorado un poco en cuanto a dirección y fotografía, conteniendo la floja e innecesaria cámara en mano y el montaje frenético que no parecían adecuados para una obra de corte histórico. Ahora manejan mejor las escenas de interiores, algo esencial porque son mayoría, resultando en lo visual una producción bastante correcta.

Amazon ha renovado por dos temporadas más. Espero que sus guionistas se hayan dado cuenta del bajón y se pongan las pilas, porque después de todo, la serie tiene todavía cierto encanto y muchas posibilidades.

Ver también:
Temporada 2.
Temporada 1.