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EL TERROR – MINISERIE

The Terror
AMC | 2018
Drama, aventuras, suspense, histórico | 10 ep. de 42-56 min.
Productores ejecutivos: David Kajganich, Soo Hugh, varios.
Intérpretes: Jared Harris, Tobias Menzies, Ciarán Hinds, Ian Hart, Paul Ready, Adam Nagaitis, Nive Nielsen, David Walmsley, Ronan Raftery, Greta Scacchi, Alistair Petrie, Liam Garrigan.
Valoración:

LA HISTORIA

En el siglo XIX todavía había rincones del mundo por explorar, fronteras que reclamar, rutas y tesoros que descubrir para tu nación y, sobre todo, atraía el honor y la gloria de ser el primero en lograr tamañas aventuras. El Paso del Noroeste fue una deuda pendiente de Reino Unido durante décadas. Esperaban abrir una ruta comercial hacia Asia que les diera ventaja estratégica y económica, y exploradores como John Franklin querían rematar sus carreras con ese hito. Pero las frías tierras entre Groenlandia, el polo Norte y Canadá se les resistían a los intentos en barco y a pie. El mismo Franklin salió por los pelos de su intento más serio en 1819, donde acabaron comiendo el cuero de sus botas y el musgo de las rocas, y con habladurías de que hubo canibalismo entre algunos de sus hombres. Otros como James Ross y Francis Crozier también lo tantearon en varias ocasiones.

En 1945, la Marina Real puso en marcha la expedición considerada definitiva. Dos navíos veteranos en estos viajes, el HSM Erebus y el HMS Terror, fueron equipados como nunca antes para superar el hostil clima, con la proa reforzada, un motor de locomotora a carbón para mover la hélice con fuerza suficiente para romper hielo ligero, y víveres para tres años por si el año previsto se alargaba si tenían que pasar algún invierno atrapados en inhóspitos lugares. La tripulación era de 134 hombres, aunque con las primeras bajas médicas encararon el ártico 129. John Franklin estaba al mando y capitaneaba el Erebus, y otro experto de los polos, Francis Crozier, era su segundo al mando del Terror. Partieron en mayo, y en su ruta fueron avistados por última vez en agosto por un par de navíos balleneros entre las costas de Groenlandia y la isla de Baffin. No se los volvió a ver, y costó 170 años y numerosas expediciones desvelar el destino de ambos barcos y sus tripulantes.

Alerta de spoilers: Si no quieres conocer cómo se desarrolló la historia real antes de ver la serie, salta al apartado de la novela.–

EL ACIAGO DESTINO

Los primeros viajes de rescate se dieron a partir de 1848 tanto por tierra (por ríos de los Territorios del Noroeste que podrían haber tomado como refugio y camino hacia el sur) como por mar, por la rutas que se suponía iban a seguir, pero debido a las condiciones meteorológicas se quedaron lejos. Tras varios intentos, incluidos los capitaneados por James Ross, fue en 1854 cuando por fin se acercaron más y encontraron pistas e inuits (esquimales) que testificaron lo ocurrido, pero ya era tarde, tras años de agonía habían muerto todos los tripulantes. En las siguientes dos décadas hubo otros pocos viajes para buscar diarios y notas, pero no se volvió a tomar en serio hasta la era moderna, a finales de 1980, y desde entonces ha habido investigaciones cada pocos años según esta apasionante historia despertaba el interés en alguna organización o persona. Los relatos de los inuits de la época y los restos que han ido hallándose desde entonces componen una odisea espeluznante.

Al encarar el ártico, los dos navíos no pudieron adentrarse suficiente y pasaron el invierno de 1945-1946 en la isla de Beechy, consumiendo víveres y teniendo las tres primeras bajas por tuberculosis. Lo poco que avanzaron ese verano los dejó atrapados en una sólida placa de hielo cerca de la Isla del Rey Guillermo (por aquel entonces se pensaba que era una península) durante un año y medio. Viendo que un segundo verano se avecinaba sin señales de deshielo, decidieron abandonar los barcos y huir a pie hacia Canadá en abril de 1948. Entrando por el río Back hasta el primer asentamiento del hombre blanco conocido había más de mil kilómetros arrastrando botes (por si se abría el hielo), víveres y enfermos, pero la otra opción era esperar la muerte. También llevaban un montón de objetos personales inútiles, se ve que todavía tenían grandes esperanzas de sobrevivir.

Sin embargo, la decisión de huir llegó tarde, porque estaban muy debilitados por enfermedades y la pobre dieta, la caza escaseó en esos fríos años, y además no sabían atrapar animales habituales como las focas. Los que no tenían la suerte de haber muerto en ese periodo (24 tripulantes, incluyendo al capitán Franklin en junio de 1947) fueron sucumbiendo en una lenta agonía a las inclemencias del tiempo, las enfermedades comunes (escorbuto, tuberculosis, neumonía) y otras desconocidas que los tenían al borde de la muerte constantemente (pudo haber envenenamiento por plomo de las latas de conservas y los tanques de agua), y sobre todo actuó la desnutrición, hasta el punto de que recurrieron al canibalismo. Un grupo amplio, de 35-40 miembros, pudo sobrevivir quizá hasta 1950 en la boca del río Back, y otros pocos deambularon por zonas cercanas, pero los cientos de kilómetros que había hasta la civilización les minaría las últimas fuerzas, y ahí agonizaron, algunos comiéndose a otros, hasta que no quedó nadie. Hay tenues indicios que podrían apuntar a que Crozier, quizá con un acompañante, sobrevivió y llegó más al sur que nadie.

Los dos navíos fueron empujados por el hielo hasta que naufragaron. El Erebus fue hallado en 2014 y el Terror en 2016.

Para apoyar y complementar la lectura de la novela y el visionado de la serie basta un buen mapa, como este, que indica los hallazgos de las distintas expediciones, y para ampliar información creo que es suficiente con ir a la Wikipedia (mejor en inglés, como siempre más completa).

LA NOVELA

La lectura de El Terror (2007) de Dan Simmons (al que ya conocía por la obra maestra de Los cantos de Hyperion -1989-) me apasionó como pocas novelas lo han hecho. Hizo una reconstrucción histórica minuciosa para retratar con verosimilitud una época, un ambiente extremo, y una aventura cuyo misterio tenía por entonces todavía muchas incógnitas. Son ochocientas páginas de puro sufrimiento, así que no es apto para todos los lectores. El frío te cala los huesos y pasarás hambre, las miserias que sufre cada protagonista se hace muy tangibles. Ahora bien, le falta algo para la obra maestra que podía haber conseguido. Le sobran al menos cien o doscientas páginas de saltos hacia Inglaterra (menciones a las esposas de los capitanes y a las siguientes expediciones), que rompen el ritmo sin necesidad, y sobre todo, le sobra un monstruo que mete de por medio y lastra sobre todo el tramo final. Con tanta vivencia real como había para contar, no hacía falta un giro hacia el terror fantástico.

LA MINISERIE

Cuando se anunció una adaptación de tan fascinante odisea me entusiasmó la idea. Es un relato muy cinematográfico, y bien hecho puede ser espectacular. El temor a que no tuvieran medios suficientes, no fueran fieles o intentaran algo demasiado comercial se desvaneció en su estreno. Han conseguido una miniserie muy fiel a la novela y a los hechos, muy bien escrita y rodada con talento. El esfuerzo se ha saldado con un notable éxito, hasta el punto de que han anunciado nuevas temporadas en plan antología, esto es, nuevos personajes e historias. La segunda será en un campo de prisioneros japonés, con otro ente maligno acosando a los ya de por sí desesperados presos.

Se gestó entre la cadena AMC y la productora de Ridley Scott, con David Kajganich y Soo Hugh al mando, aunque hay otros pocos guionistas y productores. El primero sólo tenía un par de dramas menores en su currículo, y el segundo ha participado en Invisibles (2015) y La cúpula (2013), entre otras series. En los directores, el más conocido es Sergio Mimica-Gezzan, de Battlestar Galactica (2003), Los pilares de la Tierra (2010) y otras.

Lo primero que saltó a la vista fue la elección de un reparto de estrellas y veteranos de la televisión británica. Ciarán Hinds (Roma -2005-) encarna a Franklin, Jared Harris (Mad Men -2007-, The Expanse -2015-) a Crozier, Tobias Menzies (Roma también) es James Fitzjames, tercero en rango, Paul Ready (Utopia -2013-) es el cirujano Henry Goodsir, Ian Hart (El último reino -2015-) es el experto en hielo Thomas Blanky. Y tenemos un sinfín de secundarios muy competentes, destacando a Adam Nagaitis (Happy Valley -2014-) como Cornelius Hickey y Alistair Petrie (El infiltrado -2016-) como el doctor Stanley.

Tenemos el acabado visual que necesitaba esta propuesta. Con una sólida direccción y una estupenda fotografía que exprime el magnífico diseño artístico, el ártico resulta gélido y hostil, tan bello como terrorífico, y la vida en los barcos resulta tremendamente realista. La recreación de los navíos es brutal, a escala real y cuidando hasta el más mínimo detalle, algo que extendieron al vestuario, basado en los restos hallados, es decir, los personajes llevan ropas y objetos como los que llevaron los tripulantes. El rodaje tuvo lugar en decorados en Hungría, con los barcos y escenarios que emulan el hielo sobre pantallas verdes para recrear el ártico, y en la isla Pag de Croacia para las partes en la Isla del Rey Guillermo, cuyo parecido es impresionante. Lo único que se queda corto es la criatura hecha por ordenador y una banda sonora correcta pero no impactante.

La narración lleva muy buen ritmo, los autores no se amilanan ante la dificultad de tener tantos personajes y pasar muchos capítulos atascados en el hielo y otros tantos en una isla yerma. Hay tantas historias cruzadas que te llama para revisionarla de vez en cuando y sacarle más partido, aunque por el otro lado, también he encontrado espectadores que se agobian con tanto nombre y personaje secundario y no conectan con ella.

Tenemos los roces entre un capitán (Franklin) pagado de sí mismo y uno que carece de autoestima (Crozier). Sus personalidades quedan muy bien definidas en el primer capítulo, pero sus motivaciones y demonios internos se matizan con flashbacks a Inglaterra. Estos destacan porque retratan muy bien la época: la escalera social, con la fama y los matrimonios como eje, dirige sus vidas. Los oficiales también tienen su propia forma de ser y su momento de valía o bajeza: Fitzjames, Little, Irving… Los marineros tienen vivencias de todo tipo, manteniendo ese realismo histórico: la ignorancia y los miedos de la época, los problemas laborales, los motines… En esto último destaca el insidioso y ladino Hickey, un individuo al que cogerás un asco tremendo, pues es uno de los personajes más repelentes de los últimos años. Por el otro lado, los que se llevarán sin duda el agrado de cualquier espectador son Crozier, con su gradual despertar y dedicación contra viento y marea, contra motines y traiciones, y Goodsir, el científico moderno y de inquebrantable moral.

Estamos ante un relato clásico del hombre enfrentado a la naturaleza y a la muerte, empujado así a sacar lo peor y lo mejor de sí mismo, como poca veces hemos visto en el cine o televisión recientemente. No en vano los referentes más mencionados son Master and Commander (Peter Weir, 2003) y La cosa de John Carpenter (1982). La crudeza del clima, la lucha constante por salir adelante en tierras yermas, los problemas logísticos de todo tipo se mezclan con los conflictos personales, sean dilemas internos, riñas laborales, o la locura y violencia que emergen en las situaciones supervivencia extrema.

Cambios respecto al libro hay pocos. La relación de la inuit era con Crozier, no con Goodsir, pero es un acierto, porque el primero tiene líos de sobras con el mando y así el segundo gana protagonismo en partes donde de otra forma tendrían que haberse inventado otra cosa. En el sentido contrario, me alegro de que incluyan tramas muy secundarias que podrían haber sacrificado, como la relación del marinero anciano y culto, Bridgens, con el joven Peglar, que lo admira y ama, o un capítulo bastante complicado, el loco carnaval, que está muy bien ejecutado. También hay que señalar que los saltos a Inglaterra están mucho mejor aprovechados, pues en el libro resultaban más bien tediosos e irrelevantes.

Sólo se le pueden poner un par pegas que arrastra de la novela: el monstruo no parece necesario y el final es un tanto anticlimático. Había desventuras de sobra con la historia real, añadir un elemento externo tan artificial resulta un tanto forzado. Aunque es innegable que la criatura tiene muchos buenos momentos (el aguardo, Blanky, la irrupción en el campamento entre la niebla), no se libra de la sensación de que por lo general entra y sale en el relato según los guionistas quieran matar gente. El clímax final no me convence del todo, tanto por el monstruo como porque Hickey pasa de superviviente cruel a iluminado; me hubiera gustado que se centraran más en el conflicto humano. Y el epílogo con los esquimales se hace un poco largo y falto de garra.

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THE EXPANSE – TEMPORADA 2


Syfy | 2017
Ciencia-ficción, drama, suspense | 13 ep. de 44 min.
Productores ejecutivos: Mark Fergus, Hawk Ostby, Naren Shankar, varios.
Intérpretes: Thomas Jane, Steven Strait, Cas Anvar, Dominique Tipper, Wes Catham, Shohreh Aghdashloo, Chad L. Coleman, Frankie Adams, Florence Faivre, Jared Harris, Shawn Doyle, Terry Chen, Nick E. Tarabay.
Valoración:

Alerta de spoilers: Creo que no hay nada que pueda considerarse revelador.–

Llegué a la segunda temporada de esta prometedora serie de ciencia-ficción con muchas expectativas y ganas. Dada su notable presentación esperaba que siguiera creciendo, como se espera de cualquier serie, y más en este caso al tener tanto potencial al apoyarse en una fuente bien asentada, una saga de novelas que ya va por siete entregas (planeadas nueve por ahora), más algunas novelas cortas y relatos como anexo. Era de suponer que el repertorio de estupendos personajes se vería ampliado, las historias sobre la vida en el sistema solar ganarían en complejidad, y la intrigante trama iría aumentando el nivel. Pero aunque inicialmente va manteniendo el tipo, eso sí, sin crecer tanto como hubiera sido deseable, a partir de su ecuador va perdiendo fuelle, anquilosándose poco a poco en todo elemento donde antes brillaba: los personajes conocidos se enganchan en un bucle, los nuevos carecen de interés, la historia conjunta del sistema solar se frena y pierde globalidad en pos de unas aventuras personales cada vez más sencillas… En el ambiente huele la sensación de decepción, de que los guionistas han llegado a su tope y han empezado a ir con la inercia, siguiendo malamente los libros y sobreviviendo porque las bases sentadas en ese primer año son muy sólidas.

Tenemos más capítulos, hasta trece contra los diez anteriores, pero a pesar de la cantidad de material que habrá en las novelas parece que les han sobrado varios. En la primera mitad se centran en cerrar la trama actual, la que nos ha llevado a Eros pero sobre todo ha servido para presentar la vida en el sistema solar, las distintas facciones, los problemas entre ellas, el turbio asunto de la protomolécula, y cómo todo salpica a unos pocos personajes que sin comerlo ni beberlo han acabado en el ojo de la tormenta. Pero no puedo dejar de pensar que el clímax principal, sin ser malogrado, es lo más endeble, y que si el conjunto se sustenta es por la calidad de los personajes y sus historias del día a día. Ocurre igual que en el primer libro (El despertar del leviatán, 2001), que es el que abarca este arco argumental: el asunto de Eros se cierra inclinándose demasiado por una ciencia-ficción muy fantástica (situaciones exageradas sin explicación detrás) y una solución dramática un tanto cursi (Miller, Julie Mao). Si no fuera por la trama política, el conflicto entre el grupo de Holden, las aspiraciones de Fred, la Tierra y Marte, que se desarrolla con infinidad de situaciones, habría sido muy insustancial; tanto misterio con la protomolécula y sus creadores, y al final los reducen a un mero macguffin con un par de deus ex machina demenciales. Y luego resulta que hay más promolécula por ahí… No sé cómo lo llevarán en los libros, que sólo he leído el primero, pero no puedo dejar de pensar en lo de siempre: en el aire queda la impresión de que cada vez que quieran ampliar la historia saldrá un nuevo caso de protomolécula, una nueva forma o una nueva conspiracón.

Como indicaba, más que el destino, la resolución de la trama, es la dinámica global, las variadas aventuras que van ocurriendo hasta llegar ahí, lo que mantiene el nivel. Cada elección y movimiento de los protagonistas se ve influido por la situación conjunta: las acciones de otros, cada cual con sus intereses personales e ideológicos, los problemas logísticos, mecánicos y demás, y sobre todo sus creencias, experiencias y esperanzas. El carácter de Holden, un capitán joven pero con determinación, la entereza de Naomi, las disputas sobre moral entre ambos, la fiereza y fidelidad de Amos, el matón mejor conseguido que he visto desde Jayne de Firefly (Joss Whedon, 2002), la simpatía del piloto Alex, y el variado viaje del carismático detective Miller garantizan un núcleo de protagonistas muy sólido donde hay gran margen para jugar con sus esfuerzos y emociones: todo lo que les cae encima los va afectando y agregando nuevas capas. Y la sección política, sea la independentista o casi terrorista del cinturón, con el fascinante Fred Johnson, el inquietante Anderson Dawes y demás fauna (el simpático Diogo, la llamativa segunda de Fred), o la más espesa de la Tierra, con Avasarala y Errinwright, mantiene muy bien el tipo, exponiendo con bastante tacto un universo ficticio muy complejo, detallista, y todavía muy prometedor. De hecho, es muy de agradecer que no se vea la improvisación habitual que suele lastrar el género, donde lo habitual es que los guionistas vayan reinventando la estructura sociopolítica y las peculiaridades diversas (tecnologías, lugares, etc.) conforme ven qué gusta o no al público; hasta grandes series, como Farscape (Rockne S. O’Bannon, 1999), siguieron esta fórmula a pesar de las enseñanzas de Babylon 5 (Joe Michael Straczynski, 1994); y más recientemente, la última exitosa del género, Battlestar Galactica (Ronald D. Moore, 2004), acabó pronto engullida por ese mal hacer; en estos momentos la otra destacable de ciencia-ficción espacial es Dark Matter (Joseph Mallozzi, Paul Mullie, 2015), que sigue a rajatabla esta forma de escribir, aunque por ahora lo haga bastante bien.

Pero en este mismo tramo empieza también a verse algo de desgaste, más concretamente en la poco efectiva presentación de los nuevos personajes. Para empezar, son poquísimos, implicando que el esperado aumento de protagonistas y la expansión del universo no llega a explotar del todo. No conocemos a los marcianos como suponía que iba a ocurrir, como pedía el argumento, y en la Tierra no llegamos a ver ninguna perspectiva nueva tampoco. Sólo tenemos algún embajador de los primeros y algún general en los segundos, todos secundarios sin especial atractivo y que no sirven para ampliar la descripción de cada pueblo. Sólo uno adquiere relevancia, la soldado Roberta Draper, alias Bobbie, que trabaja en una nave de guerra marciana. Pero me temo que esta no da mucho de sí. Su presentación, tirando de clichés de compañerismo y xenofobia, resulta poco satisfactoria, más bien cargante, y aunque la intención de mostrar a una soldado raso estrecha de miras y con el cerebro lavado por sus superiores podría haber sido un interesante punto de partida para tener un rol que evolucione poco a poco, lo cierto que es que su viaje es poco o nada sustancioso y sí muy predecible, con lo que no llega a causar mucha impresión. Pero lo peor es que el casting, siempre acertado anteriormente, estuvo muy errado con la elección de la intérprete: Frankie Adams lo hace fatal.

Los problemas serios explotan a partir del ecuador de la temporada. Una vez resuelto el conflicto alrededor de Eros la serie entra en un estancamiento evidente. No estoy hablando de algo especialmente grave, pero sí lo suficiente como para fastidiar las expectativas, pues en vez de explorar todas las posibilidades latentes de este rico universo nos retrotraen hacia una narrativa bastante más básica. Lo único rescatable que se me ocurre es el lío de los inmigrantes, que aporta un poco de profundidad al verosímil entramado social y sirve también de reflejo y crítica del mundo real. Pero aunque hay algunos amagos, sobre todo con Naomi, los protagonistas no terminan de entrar del todo en la nueva situación. La escalada en la crisis del sistema solar es previsible a estas alturas y no tiene giros que aporten novedades y sorpresas, de hecho, acaba centrándose demasiado en personajes concretos, olvidando la complejidad global en post de un punto de inflexión muy simplón: ese tiroteo tonto en la nave de Jules-Pierre Mao corta bastante el rollo, la falsa despedida de un personaje con su hijo para luego meter un giro sorpresa bastante forzado no me ha gustado nada. El drama personal también acota más de la cuenta sus ambiciones, acabando todos, absolutamente todos los personajes, dando vueltas en círculos durante esta segunda mitad del año. Queda lo suficiente de ellos como para tener roles reconocibles y carismáticos, pero hemos dejado de andar hacia adelante, todos se atascan en su característica más reconocible: Holden obstinado, Naomi dudando, Amos bruto…

En cuanto a los nuevos, los generales y políticos finalmente no dan nada de sí, resultan simples objetos de la trama. Pero conocemos otros dos secundarios que aportan algo más de enjundia, aunque ninguno deslumbre. El hombre para todo de Avasarala cae bien, pero no se sabe si es un administrativo, un matón, un agente secreto o un delegado político, hace de todo y todo lo hace bien, eso sí, todo fuera de pantalla, así que lo único que deja son las divertidas conversaciones con ella. A los chicos de la Rocinante se une un refugiado de Ganímedes, un botánico que busca a su hija; pero su drama está muy trillado y como miembro del grupo no entusiasma lo más mínimo.

En estas condiciones no sorprende que, en lo que queda de temporada, lo poco que hay se va dilatando malamente hasta un tramo final de tres o cuatro capítulos ahogados en un bucle, llenos de escenas estiradas hasta la extenuación, que claramente se deberían haber resumido en un solo episodio para en el resto avanzar en la trama o empezar una nueva, para así levantar el interés. Pero como no lo han hecho y los momentos álgidos son bastante pobres, llegamos cansados a un desenlace bastante aburrido y decepcionante. No hay más que comparar el intrascendente clímax final, echar de la Roci a un intruso, lo que se expone con escenas alargadas cosa mala a pesar de la poca chicha que tienen (y además aquel llegó ahí en las mismas condiciones: todo un episodio buscándolo entre los restos, ¡qué interesante!), con el clímax del primer acto, asaltar una instalación secreta, que nos regaló una batalla espacial espectacular y un combate a tiros muy efectivo, todo ello a la vez que los personajes estaban sumergidos en dilemas y problemas varios y el desarrollo de la propia situación influye en el conjunto de acontecimientos del sistema solar. Si es que hasta se deja de lado la seriedad de la física espacial: pasamos de esa realista pero memorable batalla al ridículo viaje entre lunas de Alex, con todos los satélites juntitos y la nave llegando en segundos de uno a otro.

Desde mi punto de vista, la serie iba siendo mejor que la primera novela (la única en castellano hasta la fecha), de hecho, había pensado no leer más libros para disfrutar más de la serie. El lenguaje de Daniel Abraham y Ty Franck (aunque firman como James S. A. Corey) es algo pobre, el ritmo mejorable, y el tramo final pierde bastante fuerza, mientras que la adaptación encabezada por Mark Fergus venía mostrando un guion muy certero, más complejo (un acierto incluir a Avasarala desde el principio, Fred y Dawes están mejor explotados) y a la vez fluido, y la puesta en escena es muy buena, más teniendo en cuenta las limitaciones y dificultades del género (requiere mucho dinero y mucha visión). Pero a la hora de saltar al siguiente libro (o libros, no sé cuánto abarcan a partir de la mitad de esta temporada) la serie ha patinado bastante, y si va a continuar flojeando lo mismo vuelven a cambiarse las tornas a favor de los libros. Esperemos que este bajón sea un bache y no la tendencia a seguir, porque toda una temporada con el nivel de estos últimos episodios seguramente acabaría con una serie que va muy justa en audiencias y cuesta bastante rodar.

PD: El flashback al tipo que inventó los motores actuales (Epstein) es innecesario (muy anticlimático) y roza la vergüenza ajena (no sé cómo será en los libros). Cómo esperan que me crea que llega un tipo, improvisa un arreglo en un motor cuyos límites físicos están bien determinados, y sin darse cuenta consigue una evolución tecnológica que cambia el futuro de la humanidad. Sería como conseguir que un avión de pasajeros estándar superara varias veces la barrera del sonido: no, sus motores no pueden dar una potencia para la que no están preparados, la estructura del avión no soportaría esa aceleración, y mil imposibilidades más. Por no decir que el núcleo dramático de su historia es que va muy rápido y no puede pulsar el botón de frenado…

Ver también:
Temporada 1 (2016)

THE CROWN – TEMPORADA 1.


Netflix | 2016
Drama, histórico | 10 ep. de 55-60 min.
Productores ejecutivos: Peter Morgan, Stephen Daldry, varios.
Intérpretes: Claire Foy, Matt Smith, Vanessa Kirby, John Lithgow, Jared Harris, Pip Torrens, Ben Miles, Jeremy Northam, Victoria Hamilton, Alex Jennings.
Valoración:

Antes de entrar en materia, lo primero que quiero hacer es desmentir la frase con la que casi todos empiezan al hablar de The Crown: ¡basta ya con el rumor de que es la serie más cara de la historia! No sé de dónde ha salido, y es vergonzoso que los medios lo repitan sin informarse. El propio creador y algunos de los directores han expresado en algunas entrevistas (1 y 2 por ejemplo) su asombro ante esas cifras absurdas. Según ellos habría costado unos cien millones de dólares por dos temporadas (igual que House of Cards), cincuenta cada una, cinco por capítulo, que ya es bastante, y lo luce muy bien. Hasta ciento cincuenta por la primera temporada indican algunos… y aun así no sería el presupuesto más grande conocido, porque en algunos años Urgencias rondaba trece por episodio, casi trescientos millones por temporada.

The Crown no es una serie que de primeras me llamara mucho. ¿Otra producción inglesa sobres las clases nobles? ¿Qué pueden aportar después de infinidad de películas, series y miniseries sobre diversos reinados y clases nobles? Sin ir más lejos, tenemos muy reciente la exitosa representación de las familias de la alta sociedad en Downton Abbey. ¿De verdad no hay más que contar en la historia del país que los líos de sus monarcas y nobles? Los dos primeros capítulos me echaron bastante para atrás, pues son bastante básicos: tramas lineales y predecibles, personajes acartonados y estereotipados (más sirvientes estirados), y sobre todo una adulación obsesiva de la corona. La agilidad e inteligencia con la que en Downton Abbey unían decenas de protagonistas y aventuras logrando un mosaico cautivador no parecía asomar aquí por ninguna parte. Además, la perspectiva inicial me pareció un tanto conservadora, con demasiada adulación a la corte y una visión muy cerrada sobre la misma, es decir, vemos la burbuja en que viven y ya está; a Downton Abbey se le notaba también la nostalgia por la alta sociedad, pero trataban bien los cambios que llegaban con los nuevos tiempos a la sociedad.

Pero la puesta en escena no me importó que fuera conservadora, porque lo es en sentido cinematográfico. El vestuario y los decorados son impecables, y la trabajada fotografía consigue una belleza casi abrumadora. La dirección mantiene un tempo sobrio embelesador, y el trabajo actoral es excelente. Así que le di una oportunidad para ver si su tono pomposo, afectado (la premisa simplona y previsible tratada como si estuvieras ante algo único), su ritmo plomizo y su excesivo patriotismo no le impedían crecer y lograba navegar hacia algo más llamativo. Tantas alabanzas y tantos premios, digo yo que algo tendría. Y lo cierto es que mejora bastante a partir del tercer capítulo. No tanto como para hablar de la mejor serie del año, pues los Globos de Oro han hecho el ridículo otra vez, teniendo temporadas claramente superiores, como la cuarta de Orange is the New Black, pero desde luego es acaba siendo en conjunto una obra muy a tener en cuenta a pesar de sus irregularidades y su flojo y desalentador comienzo.

Poco a poco le cogen el punto a su argumento sencillo y consiguen exprimirlo al máximo en un guion que sorprendentemente llega a mostrar más inteligencia, sutilezas y novedades de las prometidas. Mediante la exposición metódica de situaciones, apoyándose con sabiduría en los sentimientos de los personajes y el cuidado del detalle más en que en tratar de formar tramas complejas, y con una dedicación exhaustiva en la puesta en escena para obtener la mayor elegancia y emoción posible de cada plano, sus autores son capaces de lograr un relato muy atractivo e incluso a ratos conmovedor. Lo mejor es que salimos del aparente inmovilismo inicial, tanto en temática como en estilo, pero también en el rango ideológico.

Cada capítulo toma una historia relevante del reinado de Elizabeth II y lo trata con un estilo distinto, como si fueran películas conectadas por una temática global. Uno está centrado casi exclusivamente en la elección del mayordomo de la reina, otro en un par de detalles del protocolo de coronación, y aun así te absorben por completo, resultan muy entretenidos a pesar de su sobriedad y su aparente simpleza. Y otros abren el horizonte, abarcando al gobierno y mostrando así algunos problemas del país; el del smog (las nieblas mortales de Londres: el clima estancado y el humo de los hogares asfixiando a la población) es muy movidito. También crece a ojos vista la profundidad del relato, así como un tono irreverente que va borrando la apariencia conservadora y otorgándole más cercanía y naturalidad, con inesperados toques de ironía, como el duque diciéndole a la reina que le toca a ella arrodillarse, o sea, que quiere una mamada.

El mejor ejemplo del crecimiento de la serie es el duelo intelectual entre Churchill y su pintor, que nos regala algunas de las escenas más profundas y hermosas del año: el primer ministro enfrenta el dilema de la dimisión desde su sofá, mientras el pintor trabaja, lo que nos ofrece una acertadísima perspectiva íntima y velada (el estanque…). Pero basta coger cualquier escena suelta en que la reina media con alguien para sorprenderse de lo que exprimen la premisa sencilla y los tópicos. Los diálogos, en conjunción con la mirada del intérprete o su postura, dicen más de lo que se ve en la superficie, y todo ello es captado de forma hipnótica por la cámara, logrando infinidad de momentos muy potentes. En otras palabras, los personajes no siempre dicen que lo que sienten (menos Margaret y Edward, que lo van anunciando a los cuatro vientos), así que tienes que deducir su estado de ánimo, sus pensamientos y objetivos, con lo que la narración capta tus sentidos y esconde bien su falta de ambición en cuanto a argumentos. El proceso de aprendizaje de la reina, con tropiezos variados, los problemas que surgen tanto en política, tradiciones e ideología (cuidado con mosquear a la iglesia) como en otros aspectos (el acoso de la prensa), no ofrecen historias sorprendentes, pero las narran con un entusiasmo contagioso.

Pero la rápida maduración no deja atrás del todo esos problemas iniciales, aunque los va ocultando bastante bien a veces saltan otra vez a primer plano, dejando cierta sensación de irregularidad, de que a pesar del gran nivel alcanzado en su conjunto, sin duda podrían haber llegado más lejos. El aspecto más notable es su tono algo pretencioso, con mucho adorno sobre unas tramas algo limitadas. Por muy bien hecha que esté deja la impresión de que quizá el esfuerzo que han puesto no haya estado dirigido en la mejor dirección. Anunciaban una gran serie sobre la corona y la política inglesa en la segunda mitad del siglo XX (seis temporadas pretenden hacer), y a la hora de la verdad han contado en muy pocas cosas, la mayoría casi intrascendentes, cuando había sin duda mucho más que abordar. El capítulo de la crisis del smog es un gran ejemplo de que hay muchas cosas fascinantes que mostrar, y también es el único momento en que vemos realmente al pueblo, con la secretaria y su compañera de piso y otros ciudadanos a pie de calle. Pero en el resto se obsesionan con la reina y apenas salimos de palacio a pesar de tener al gobierno como supuestos coprotagonistas.

Por ejemplo, mientras la reina tiene alguna duda poco significativa, el pueblo sufre los racionamientos post guerra. ¿No deberían estar contándonos que está haciendo el gobierno, si había dilemas éticos entre los nobles o, si no los hubiera, mostrar su distanciamiento o su falta de escrúpulos? Pues resulta que se quitan de encima este asunto en un diálogo secundario, y se empeñan en darnos cincuenta minutos de la reina decidiendo algún aspecto trivial de sus quehaceres diarios. Así durante toda la temporada, con algunos casos que hay que lamentar bastante: mientras la reina se entretiene viendo animalitos en África o tiene algún tropiezo con el amarillismo de los medios en su primera gran gira, no nos introducen lo más mínimo en el tema del colonialismo y los cambios que se están dando en la política del país desde las guerras mundiales. Cuando parece que por fin van a hacerlo, con el conflicto del nuevo primer ministro (Eden) con Egipto, lo cuelan como una trama secundaria de relleno y no se entiende nada (me he enterado de que era el inicio de la crisis del canal de Suez al verlo comentado por internet), mientras en la línea principal le dan mil vueltas al matrimonio de la hermana de la reina, Margaret, aunque esto cupiera en mucho menos metraje y sea obvio cómo se va a desarrollar.

También puedo señalar que casi no hay continuidad entre episodios, que lo del tono de películas sueltas se lleva demasiado al extremo. En uno la reina se preocupa porque no ha estudiado nada útil y se empeña en buscarse un profesor, pero en adelante no sabemos si sigue con sus clases, si se saca alguna titulación de educación básica, si vuelve a sentirse acomplejada entre las grandes figuras de la política mundial; en los últimos capítulos resulta que tiene un gran amigo, el que cuida sus caballos, pero aparece de la nada: alguien tan importante en su vida debería haber tenido una presentación adecuada; obligan a Margaret a esperar dos años antes de casarse, y en ese momento sufre mucho, pero el resto de la temporada no parece acordarse de ello hasta que lo traen a primer plano de nuevo, y no queda bien, porque forma parte del personaje y debería reflejarlo en todo momento. Hasta las fechas no cuadran. Del capítulo octavo al noveno han pasado tres meses, lo que dura la gira de la reina, pero Eden dice que cuando estuvo enfermo fue hace dos meses, aunque está claro que fue bastante antes de dicho tour.

En cuanto a fidelidad, los autores dicen ser muy fieles y la vez afirman que la expresividad narrativa va antes que la realidad, así que, como suele ser habitual, harán lo que más les plazca. Sin ser ducho en estas historias, sólo hay que navegar un poco por la wikipedia o buscar artículos por internet para ver los cambios más evidentes. Por ejemplo, la vida del hermano de George VI, Edward, se muestra demasiado idílica para lo tumultuosa que fue… y las sospechas de simpatías nazis se eluden por completo.

El reparto es magnífico, uno de los mejores del año. Como buena serie inglesa, tiene secundarios de lujo en cantidad, incluyendo una breve pero excelente aparición del enorme Stephen Dillane (Juego de tronos, aunque yo lo conocí en John Adams). En cuanto a los principales, a Matt Smith (Doctor Who) le falta algo de pegada, pero el resto están impresionantes. Claire Foy como la reina me ha impactado bastante con una logradísima interpretación llena de silencios y gestos contenidos, porque el primer papel que le vi, en Crossbones, dejaba mucho que desear. Ahí se nota lo que un buen personaje y buenos directores pueden frenarte o potenciarte. Pero a pesar de su gran papel casi queda eclipsada por un fantástico Jared Harris como George VI, la asombrosa transformación de John Lithgow (3rd Rock from the Sun) en Winston Churchill, que sin duda será recordada, e incluso la entusiasta labor de Vanessa Kirby como la princesa Margaret (curiosamente, la actriz tiene un rostro muy de la época). Lo único que puedo reprochar es que Jeremy Northam como el político Anthony Eden aparece poquísimo a pesar de su prominencia en los créditos, con lo que no podemos disfrutar como esperaba de este excepcional y desaprovechado actor (su presencia en Los Tudor quitaba la respiración en un reparto ya de por sí colosal).

Aparte, tengo un apunte personal: no entiendo la manía que hay (aunque no sé si es exclusivo de España u ocurre en latinoamérica también) de traducir y adaptar los nombres de personajes históricos. Si se llama Elizabeth Alexandra Mary no me pongas su versión castellanizada, que cada vez que dicen su nombre en el doblaje o sale en los subtítulos queda absurdo y anacrónico, porque no es española. Y si nos vamos a épocas más antiguas ni te digo lo molesto que me resulta que pongan innecesarias adaptaciones modernas. Pero me temo que es algo que está muy asentado, incluso en los ramos académicos. Y siguiendo con este tema, ¿por qué no han traducido el título?

Recapitulando, The Crown requiere paciencia, tanto porque tarda en arrancar como por su tono tranquilo y centrado en historias que sus autores estiran y engrandecen quizá más de la cuenta. Pero lo hacen con destreza y la temporada crece rápidamente, logrando que esas sensaciones queden bastante olvidadas cuando acabas cautivado por la fuerza que desprende el relato, más contenido y sutil de lo esperado incuso en los tramos más artificiales, y con un aspecto visual arrebatador.

PD: Una buena introducción a la serie sería la estupenda película El discurso del rey, que narra los primeros años de George VI.

THE EXPANSE – TEMPORADA 1

Syfy | 2015
Ciencia-ficción, drama, suspense | 10 ep. de 44 min.
Productores ejecutivos: Mark Fergus, Hawk Ostby, Naren Shankar, varios.
Intérpretes: Thomas Jane, Steven Strait, Cas Anvar, Dominique Tipper, Wes Catham, Shohreh Aghdashloo, Chad L. Coleman, Athena Karkanis, Paulo Costanzo, Jay Hernandez, Florence Faivre, Jared Harris, Lola Glaudini, Shawn Doyle, Kevin Hanchard.
Valoración:

The Expanse (la expansión) es una serie de novelas escritas por Daniel Abraham y Ty Franck bajo el pseudónimo compartido de James S. A. Corey. La primera entrega, Leviathan Wakes, se publicó en 2011, y apuntan en principio hasta un total de nueve. En España está prevista su llegada a finales de 2016. La adaptación nace en el canal Syfy a manos de Mark Fergus y Hawk Ostby, autores de guiones del calibre de Iron Man (2008) e Hijos de los hombres (, 2006). Pero también cuentan con la experiencia de un veterano como Naren Shankar, que empezó en Star Trek: La nueva generación (1987) y ha pasado por varias del género (Farscape -1999-, Más allá del límite -1995-) además de por C.S.I. Las Vegas (2000).

Desde el primer capítulo se notan los orígenes literarios en la complejidad y detallismo del universo presentado y la valentía de tener varios frentes muy distantes en espacio y tiempo (está claro que tardarán bastante en unirse), pero también en estilo. Cada sección es prácticamente un género y una historia por separado donde se describen distintos aspectos fundamentales del trasfondo en que se está gestando la trama global, una conspiración que amenaza con alterar el precario equilibrio político y social de todo el Sistema Solar.

En Ceres (el asteroide más grande del cinturón, denominado ahora como planeta enano) tenemos una intriga de detectives que aborda temas sobre diferencia de clases, lucha obrera y terrorismo. La vida se retrata en profundidad: los cinturianos tienen su propio lenguaje y gestos, sus problemas (escasez de agua, deformaciones por la baja gravedad), sus tipos de ciudades, ambientes y trabajos. Cabe destacar que la miseria y el odio creciente contra la Tierra y Marte por explotarlos sin miramientos son el caldo de cultivo para que la aceptación de una banda terrorista esté aumentando entre la población. Pero en todo ese embrollo no se olvidan de la esencia del cine negro, con un detective, Joe Miller, por lo general sombrío y a veces abrumado por los hechos, pero también capaz y resistente hasta la desesperación de sus enemigos y superiores. Y no le falta el sombrero y cierto cinismo, en la onda del gran Humphrey Bogart de El halcón maltés (John Huston, 1941) y El sueño eterno (Howard Hawks, 1946). El carisma nato de un actor tan desaprovechado como Thomas Jane (La niebla -2007-, Hung -2009-) termina de perfilar este protagonista clásico pero de gran magnetismo, y el caso, seguirle la pista a una joven rica descarriada, avanza con su intriga combinada muy bien con esa elaborada descripción del lugar y la acertada exposición de su particular grupo de personajes secundarios.

A bordo de un carguero de hielo que vuelve de Saturno empezamos a conocer a su tripulación, aunque quienes se alzarán como protagonistas no serán quienes esperas de primeras, en uno de los giros donde más se nota el origen literario: los realizadores no tienen miedo a la hora de presentar a los protagonistas con tranquilidad y denotando una prometedora planificación futura. Nos encontramos con que, tras discutir sobre si realizar un salvamento (por eso de que podrían ser piratas), una nave desconocida destruye el carguero. Se salvan de milagro los pocos que fueron en la lanzadera de rescate, unos voluntarios, otros obligados. Y esta es la otra gran sección de la temporada: la aventura de supervivencia de unos desgraciados que sin comerlo ni beberlo se han topado con parte de un extraño complot. Porque no sólo deberán sobrevivir en el implacable espacio, sino que serán rifados por cada bando político, siendo acusados por unos y buscados por otros para ver qué saben de la misteriosa nave causante del lío y que parece querer provocar una guerra.

Su odisea va dibujando cada rol y afianzando la dinámica del grupo, aprendiendo cada uno las habilidades y limitaciones de los demás, teniendo sus momentos de confianza y desconfianza. Jim Holden (Steven Strait -visto en Magic City, 2012-) es el más inteligente y moralista: se para a analizar toda situación, pensando en las implicaciones a corto y largo plazo de las acciones que proponen seguir. Esto desespera a Amos Burton (Wes ChathamThe Unit, 2006, Los juegos del hambre: Sinsajo, 2014-), el bruto cabeza hueca, que saltándose el rango de aquel se alía con Naomi Nagata (Dominique Tipper en su primer papel relevante), una superviviente nata que actúa con más determinación. Alex Kamal (Cas Anvar -infinidad de papeles secundarios-) queda un poco en tierra de nadie, pero su gran valía como piloto impide que sea ninguneado. Todos tienen un pasado con secretos que se irá desvelando poco a poco, terminando de definir sus formas de ser.

Este viaje sirve también para profundizar en el espectro político: vemos cómo funciona la maquinaria bélica (impresionante la parte de la nave de guerra marciana), se matizan los roces entre estados y nos presentan otros bandos menores. En sus numerosos cambios de escenario buscando respuestas y salidas destaca la estación Tycho, donde conoceremos a Fred Johnson (Chad L. ColemanThe Wire, 2002, The Walking Dead, 2010-), otro jugador importante del tablero que actúa de forma independiente. Y de refilón vemos a los mormones y su nave gigante de colonización, que parece más bien una hégira. ¿Qué relevancia tendrán en el conjunto de acontecimientos?

En la Tierra terminamos de adentrarnos de lleno en la política al seguir las andanzas de la secretaria de estado Chrisjen Avasarala (Shohreh Aghdashloo24, 2001, Grimm, 2011-), cuya posición en las altas esferas pero no demasiado arriba le permite estar metida en todos los berenjenales sin exponerse demasiado. Es una veterana de los juegos a dos bandas, de los secretos y las intrigas, y acaba hasta el cuello con ellas en el lío al que los gobiernos de la Tierra, Marte y el cinturón están siendo empujados. ¿Quién está agitando el avispero y con qué intenciones? ¿De quién es esa nave hostil que son incapaces de identificar y encontrar? ¿En quién puede confiar?

En lo visual también muestra una ambición que no se veía en Syfy (el único canal que a veces apunta hacia el espacio) desde Battlestar Galactica (Ronald D. Moore, 2004). Muchos escenarios con decorados de todo tipo, incluyendo varios interiores de navíos, bastante efecto digital de calidad y una buena labor de vestuario reconstruyen los distintos lugares y ambientes con bastante realismo. Destaca la recreación de Nueva York, protegida por diques para no acabar bajo el agua, el diseño verosímil de las naves, el contraste entre zonas ricas y pobres… Y supongo que en próximas temporadas veremos más localizaciones (¿conoceremos Marte al fin?). Eso sí, en comparación no veo que supere a Galactica. No hay cifras confirmadas, pero los rumores dicen que aquella costaba unos dos millones de dólares por capítulo y que The Expanse estaría por encima de los cuatro, con lo que cabe pensar que podría lucir mejor. Ahora bien, como digo el acabado es impresionante y carencias tiene pocas. Solo una podría citar, y precisamente por todo este estupendo trabajo me mosquea bastante: ¿por qué pusieron tan poco esfuerzo en diseñar los puentes de mando? Hasta el acorazado marciano se maneja con una mísera tableta que vale para todo (por no decir que el puente es un cubículo puesto en medio de lo que parece un almacén). ¡Quiero pantallas, botones y gente currando!

El mimo que ponen los realizadores también se aplica a la autenticidad de la física espacial. La gravedad sólo funciona cuando una nave está en aceleración, y por ello estas tienen forma de cohetes y no de barcos y aviones como acostumbra el género. Las batallas son hiperrealistas en movimiento, distancias (las naves no se ponen a cien metros para dispararse, pues pueden hacerlo desde miles de kilómetros, y sólo se acercan para el abordaje) y efectos varios (las explosiones, descompresiones e ingravidez dan para un sinfín de escenas emocionantes). Eso sí, hay molones efectos de sonido, y a mí me parece estupendo.

Aun así, la dificultad de rodar tanta escena compleja termina mostrando algunos fallos: estanterías que claramente no sujetan bien los objetos, mesas con cosas puestas que saldrían flotando en cuanto dejen de acelerar, y alguna situación que no parece tener lógica. Resulta que, en una pequeña lanzadera con un habitáculo no más grande que una habitación, la exclusa falla y se abre, y se tiran un rato arreglándola, cuando está claro que el aire habría salido por completo en segundos. Y la más llamativa, cuando están reparando algo en el casco una herramienta de repente sale despedida a toda velocidad como si la nave estuviera en una aceleración que no afecta a los trabajadores, que se sientan en el casco como si no se encontraran en perpendicular respecto a la supuesta fuerza ejercida, ni a otros escombros que flotan alrededor. Aparte, hay un fallo de edición llamativo: en los capítulos 102 y 107 vemos una escena breve repetida, la de Miller yendo al puerto de Ceres y tropezando con un transeúnte (minutos 10:14 y 33:56 respectivamente, por si te da la curiosidad).

Pero salvo por esas minucias la puesta en escena no está nada mal. No tiene una labor de dirección que deje huella, pero cumple de sobras y la fotografía es bastante buena, destacando que los juegos de filtros e iluminación varían según donde estemos. Sólo he echado de menos una banda sonora con más personalidad. En cuanto a los títulos de crédito, se han currado unos bastante majos que resumen la colonización del sistema solar de forma artística, pero los episodios van tan ajustados de duración que sólo aparecen en dos o tres y en el resto sólo vemos el logo de rigor. Y finalmente, aunque también sin deslumbrar, el reparto convence a la primera, todos se hacen rápido a sus roles y muestran con veracidad las penurias constantes a las que se enfrentan.

Viendo esta presentación de The Expanse está claro que estamos ante una serie de ciencia-ficción con una complejidad muy de agradecer en un género, por desgracia para los fans, poco explotado en este sentido. Babylon 5 (Joe Michael Straczynski, 1994) y para de contar, porque Battlestar Galactica fue puro humo, desde la primera temporada se vio que todo estaba improvisado de mala manera, y Farscape (Rockne S. O’Bannon, 1999) y Firefly (Joss Whedon, 2002) eran más de aventuras, sin un universo elaborado ni grandes tramas políticas. Con la atractiva exposición gradual de este futuro ficticio, la jugosa intriga global que alcanza a tantos bandos e individuos, la certera descripción de estos y sus atractivas y variadas aventuras, The Expanse resulta imprescindible para el fan de la ciencia-ficción, pero también es muy recomendable para el que busque un buen thriller político. Su calidad es bastante alta y su potencial enorme, aunque en esta primera etapa no llega a explotarlo del todo debido a algunas limitaciones. Nada grave, pero da la sensación de que se queda a las puertas de lograr una temporada monumental.

El principal lastre es el ritmo inestable, que corre unas veces más de la cuenta y otras se frena demasiado. El proceso en que Miller acaba encaprichado de la chica misteriosa que persigue me parece un tanto forzado, así como su decisión final de buscarse nuevos aires. La dinámica de la tripulación en formación parece condensar demasiados eventos sin permitir que estos calen del todo en los personajes; donde más se nota es cuando llegan por fin a un sitio donde pueden decir lo que saben y esconderse para que no los molesten, pero de repente, sin una transición adecuada, los vemos meterse por voluntad propia aún más en todo el jaleo. Y sobre todo, la política en la Tierra es más pesada de la cuenta: tiene escenas que dan muchas vueltas para llegar a cosas obvias, de hecho hay algún momento que peca de rebuscado, como la visita a la madre de un protagonista (esa que vive en una casa en la nieve). En otras palabras, Avasarala habla demasiado, ocupando un tiempo que podría haberse empleado en describir mejor a los secundarios de esta sección así como el funcionamiento y las maquinaciones del gobierno.

Eso sí, no veo bajones acusados, más grave me parece la velocidad excesiva de algunos acontecimientos. Creo que le habría venido muy bien más capítulos para tratarlo todo con mayor tranquilidad, dejando que se asienten mejor los personajes y las historias, para lo que podrían haber incluido alguna trama secundaria, que espacio para moverse por este vasto universo tienen de sobra. Por otro lado, esa velocidad, esa lluvia de información, permite ver la temporada varias veces sin que acuse desgaste.