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STAR TREK: DISCOVERY – TEMPORADA 2


CBS All Access | 2019
Ciencia-ficción | 14 ep. de 43-60 min.
Productores ejecutivos: Alex Kurtzman, varios.
Intérpretes: Sonequa Martin-Green, Doug Jones, Anson Mount, Shazad Latif, Anthony Rapp, Mary Wiseman, Michelle Yeoh, Jayne Brook, James Frain, Ethan Peck, Mia Kirshner.
Valoración:

Alerta de spoilers: Presento bastante de las tramas del año, y aunque estas son un misterio hasta bien entrada la temporada, no creo que tengan sorpresas suficientes como para echarlas a perder por saber de qué van. —

No se sabe cuáles fueron las audiencias de la primera temporada de Star Trek: Discovery, pues las cadenas implicadas no han dado datos. Tuvo críticas aceptables de los medios, muy malas de los seguidores de Star Trek, y los no fans parece que la recibieron mejor, aunque eso sí, lejos del gran resultado que dio la reinvención en cines de la por ahora trilogía iniciada en 2009. Sin embargo, la producción fue un caos muy grande y el presupuesto se disparó a límites inconcebibles (más de ocho millones de dólares por capítulo), y sin haber tenido una recepción unánime ni gran presencia en internet cabe pensar que las audiencias fueron débiles, así que en condiciones normales todo apuntaba a cancelación.

Pero ni las audiencias ni las críticas son vitales hoy en día, y para su continuidad hay que buscar otras razones. Discovery y The Good Fight (Robert King, Michelle King, 2017) fueron las series con las que anunciaron el estreno de la plataforma de emisión por internet de CBS, CBS All Access, y cancelar una de ellas nada más empezar daría muy mala imagen. Además, la venta de derechos a Netflix para emitirla en el resto del mundo les permitió recuperar el dinero invertido de golpe; y el propio Netflix sigue en proceso de crecimiento, acaparando todo lo que puede sin importar el coste y si las audiencias no son grandes, porque el que llega para ver esa serie y no le gusta, es posible que acabe probando otra y se quede. Así que, fuera como fuera tenían que aguantar.

Con esta inesperada segunda oportunidad había esperanzas en que los productores se pondrían las pilas y tratarían de dejar atrás los gravísimos errores de concepto y ejecución que convirtieron a la primera temporada en un desastre de los que hacen época, tanto en el lío de la producción como en la calidad final. Pero pensando en frío, ya a mediados de esa etapa los directivos eligieron el camino a seguir, y nada más anunciar la segunda quedó claro que se habían aferrado a él. Echaron a Bryan Fuller y su séquito para abandonar su estilo vanguardista y la narrativa de digestión lenta (aunque es justo decir que también su ostentación visual y la lentitud en rodar, en parte culpables de exceder el presupuesto), y se quedaron con la visión más comercial de Alex Kurtzman, pues los alrededor de 400 millones que hizo con J. J. Abrams en cada una de las tres entregas de la reinvención cinematográfica de 2009 a pesar de su escasísima calidad le han dado un buen blindaje.

Así que no han arreglado nada, sino que han dado carta blanca a la escritura a lo Perdidos (aunque Kurtzman no estuvo en ella, sí es de la misma cantera de guionistas) que ya fue emergiendo a mitad del primer año: basarse en el golpe de efecto y ya veremos luego cómo apañamos el resto, no asentar nada antes de meter con calzador otra historia, y personajes alterables para encajarlos en cada cambio de rumbo. Lo único que han hecho es poner un poco de maquillaje mal dado. ¿Que la gente se quejaba del innecesario y horrendo rediseño de los klingon? Pues les añadimos pelo para que se parezcan algo más al estándar de la saga. Pero, ¿y el resto de traiciones a la serie? Y lo más importante, ¿y las carencias del guion? Ni un solo cambio.

Tenemos otra trama que abarca toda la temporada, pero si el primer intento salió mal, este ha ido incluso peor. La guerra klingon al menos prometía abordar un tema interesante, y casi se podía perdonar que en la caótica producción no saliera nada bueno y trataran de dejarlo de lado disimuladamente. Pero en esta ocasión tenían tiempo para planificar y más estabilidad en la sala de guionistas como para desarrollarla adecuadamente, y nos han traído una parida que parece elegida al azar en una loca lluvia de ideas entre los escritores. Señales en el espacio, un misterioso ángel que aparece de vez en cuando, Spock que se supone que sabe algo pero no se sabe dónde está él… Cada nuevo micro avance se basa únicamente en ofrecer un subidón final de sensacionalismo barato que muchas veces ni se acuerdan de desarrollar en el siguiente episodio, porque sólo es un cebo. Así que acabarás harto de anuncios de que hoy por fin verás a Spock, conoceremos la naturaleza del ángel, y pasará algo grave e importantísimo.

Y todo para acabar soportando un dramón familiar plomizo, con la protagonista, la comandante Burnham, echando de menos a su mamá, teniendo repetitivos flashbacks con Spock que no llevan a nada, y para que cuando este aparezca por fin no aporte absolutamente nada a la trama y los personajes, sino que sea otro macguffin que sólo suelta frases chocantes aquí y allá. Todo para que el anunciado misterio sea un villano de cómic, un arquetipo de ser destructor encarnado por una inteligencia artificial, del que también se olvidan un capítulo sí y otro no y, cuando por fin lanzan el enfrentamiento, sea con un estilo de serial ochentero, todo peleas simplonas y mal rodadas, exageraciones absurdas, mucho ruido y peligros inverosímiles. Todo ello dando vueltas sobre la vaga amenaza de la destrucción de toda la vida en el universo, porque los guionistas querían dejarte sin aliento con una historia épica, ¿y qué más épico que el final del universo?

Si ya sabemos que al final harán un truco de cienci-magia y todo se resolverá sin secuelas, ¿por qué intentas engañarme?, ¡cuéntame algo tangible, con contenido real! En la Star Trek de toda la vida podían resolverse así muchos retos, pero lo que importaba era el conflicto político, social y cultural, el cómo enfrentaban los protagonistas todos los pasos del desafío según sus personalidades. Pero aquí no hay esencia alguna de Star Trek, la mayor parte de los personajes son amalgamas sin pies ni cabeza que cambian según las necesidades del guion, y la trama son fuegos artificiales huecos.

¿Quién es Michael Burnham, qué piensa, qué la motiva para luchar con ahínco en cualquier situación? Tras dos temporadas, no lo sé. Sólo sé que dirá si a todo y se tirará de cabeza en cualquier misión para hacer lo que sea, a pesar de que es una oficial científica. Ciencia poca, todo lo resuelve a hostias y tiros. Que le den un traslado a seguridad o la despidan, pues abandona sus obligaciones cada dos por tres. De vez en cuando nos dicen que cae bien a otros personajes. ¿Por qué? La interacción que tiene son escenas de acción. Diálogos que desarrollen un acercamiento, sentimientos mutuos y camaradería no hay. El serio Saru y el capitán Pike la admiran y respetan a pesar de su desobediencia e imprudencias constantes, y los compañeros a los que arrastra en misiones suicidas también. ¿Por qué? Porque los guionistas quieren un personaje principal comodín. Vale para todo y sufre por todo para intentar que el espectador conecte. La pobre Sonequa Martin-Green, competente de sobras, se pasa otra vez todo el tiempo poniendo caras de estar a punto de llorar.

Si he aguantado otra infame temporada es porque, aparte de que a la ciencia-ficción le doy más oportunidades que a otros géneros, Pike y Saru se sobreponen lo suficiente del resto de carencias de la serie como para tener algo a lo que aferrarse en la espera de vagas mejoras que, por desgracia, tampoco han llegado este año.

Saru vuelve a ser el comandante en el que se puede confiar porque no pierde los estribos, no falta a nadie, siempre tiene una respuesta inteligente y conciliadora. Su evolución es curiosa y efectiva. En uno de los pocos capítulos que tienen algo de contenido descubrimos que su especie está dominada por otra, impidiendo su desarrollo físico y emocional completo. Vamos, que están como castrados. Saru, fuera de ese dominio, se desarrolla plenamente, lo que significa ver acrecentados sus sentidos y ser más violento para defenderse de los depredadores. El tipo antes comedido y sobrio enfrenta emociones complejas, y tiene un buen periodo de aprendizaje para luego seguir siendo en el fondo él, pero más maduro. Es decir, que no cambia abruptamente para ajustarse a una nueva trama.

Christopher Pike está sacado de la serie original, pero apareciendo en un solo capítulo (el episodio piloto que fue rechazado y se recuperó décadas más tarde) no había temor a que mancillaran personajes principales como han hecho con Spock. Y lo cierto es que recuerda a él: es el capitán carismático al que todos querrían seguir porque es competente pero cercano, se gana a la gente escuchando y dando discursos de ánimo muy efectivos. Además, el actor Anson Mount (lo conocí en Hell on Wheels) está muy bien elegido, pues tiene un magnetismo arrollador. Cierto es que está metido con calzador, y quitan de en medio el Enterprise en gran parte del año con excusas poco trabajadas, pero su presencia y la dinámica con Saru y el resto de la tripulación es lo único salvable de la temporada.

¿No podían escribir a todos los protagonistas así de bien? ¿Es que los sortean entre los numerosos guionistas? Porque a Burnham y al resto del repertorio es para borrarlos y hacer como que no han existido. La cadete Tilly, otra que está metida a fondo en toda misión y labor a pesar de su nulo rango, es el estereotipo de gorda propio de una comedia tonta, es decir, aquí no pinta nada, pero además lo llevan al extremo más rancio y penoso que he visto. ¿Intentaron un rango bajo simpático y cercano, o insultar al espectador y sobre todo a la gente obesa? Lo segundo es lo que les ha salido. En cada una de sus apariciones resulta irritante, idiota, ofensiva. La pareja de científicos homosexuales sigue el mismo camino: son la representación del estereotipo y de la corrección política en su máxima expresión, con lo que resultan muy cargantes. Cada escena que tienen, sea en la misión que sea, se reserva un interludio para declarar su homosexualidad y su amor. Que estamos preparando un proyecto científico de vital importancia, pues paramos para que las almirantes alaben lo gays que son, para que quede claro que los superiores los respetan, o metemos una peleilla sin venir a cuento, para que los compañeros digan algo que a mí me sonó a un patético “pero si sois como las personas normales, pues os queréis y peleáis como los demás”. Y así episodio tras episodio. Hace más de veinte años desde que Urgencias (John Wells, 1994) y Buffy, la Cazavampiros (Joss Whedon, 1997), entre alguna otra, empezaron a incluir personajes homosexuales con una naturalidad asombrosa, sin dejar margen para que ni el más cavernícola sacara excusas para atacar, y a estas alturas cambiamos el chip al modo panfleto reivindicativo más torpe y contraproducente que puedas imaginar.

Entre los personajes comodín, con Ash Tyler ya rizaron el rizo de manera demencial el primer año, pero aquí siguen reutilizándolo. Ahora ya no es un medio humano medio klingon, sino un operativo de una agencia secreta de la Federación. Recuperan su lado klingon de sopetón en un episodio, como para darle un cierre, pero es un sindiós y además un coñazo. Y en adelante vuelve a ser otro que está en todo sin que se sepa por qué, y además vuelven a acordarse de vez en cuando de que había una especie de romance con Burnham, así que hablan y se besan un par de veces, y luego siguen como si nada. Señores guionistas, por favor, un poco de coherencia, aunque sea una pizca. La Georgiou terrana igual, no saben qué hacer con ella, pero la incluyen en toda historia sin esforzarse lo más mínimo en darle unas motivaciones; al menos esta resulta tan indiferente que no molesta.

Los otros tripulantes no tienen un dibujo concreto a pesar del tiempo que ocupan en pantalla. En The Orville (Seth MacFarlane, 2017), por hacer la comparación más obvia, tenemos un puñado de secundarios de los que rápidamente conocimos sus peculiaridades básicas, y algunos se hicieron entrañables. Aquí ponen caras de qué bien nos llevamos, pero apenas tienen un par de escenas útiles en todo el año. Y peor son esos que se acoplan de vez en cuando no se sabe por qué, como un par de almirantas. Luego intentan ponerlos en numerosos peligros, pero obviamente no funciona, salvo cuando de repente le dan más protagonismo a uno, porque aunque sabes que eso significa que morirá en breve al menos así cobra algo de interés por un rato. También hay otros momentos de vergüenza ajena, como los personajes corrompidos por la IA a los que les cambia el color de ojos o la voz para que sepamos que su lado malo los controla. No será tan inteligente la IA. O más bien los guionistas son unos cenutrios. Pero el colmo de los colmos es que en el tramo final hay un personaje que resulta crucial, la reina de un planeta… pero aparece sin más, como si llevara ahí varios capítulos. Tras mucho buscar resulta que la habían presentado en un corto promocional. ¡Con dos cojones!

Nada del sello de Star Trek encontramos otra vez, por mucho que metan personajes y naves de la serie original. Este pseudo Spock no recuerda en nada al vulcano que conocíamos, es un rarito insulso y el actor Ethan Peck anodino. ¿Qué necesidad había de meterlo aquí, y de forzar su historia conocida inventando que Burnham sea su hermana adoptiva? Sólo funciona la aventura secundaria que enlaza con el episodio La jaula (The Cage, 1966), y también está metida con calzador en las demás tramas de la serie. Como curiosidad, cabe indicar que Rebecca Romijn (X-Men) interpreta a la número uno del Enterprise que interpretó entonces Majel Barrett, y Melissa George a la mujer atrapada por los alienígenas telepáticos, papel que hizo en su momento Susan Oliver.

Ninguna trama, ningún conflicto personal, trata con seriedad temas de antropología, cultura, religión, política, ciencia… Sí, mencionan algunos de ellos, como la religión y la ciencia, pero es como si lo hicieran obligados, para decir “Veis, esto es Star Trek“, pero lo poco que abordan lo hacen superficialmente, con torpeza, sin visión alguna. Con el pueblo de los terrisanos, por ejemplo, parecía que iban a tomárselo más en serio, pero al final parece un capítulo del Equipo A (Stephen J. Cannell, Frank Lupo, 1983): una comunidad débil a la que defender, ningún conflicto complejo. La odisea del pueblo de Saru también prometía tratar temas culturales (la dominancia de una raza sobre otra ha dado muchos buenos dilemas éticos en las otras series), pero acaba a tortas sin más y metiendo el dichoso ángel, así que no llegan a profundizar en lo prometido. El choque con el mundo paralelo de las esporas parecía inclinarse por la línea de descubrimiento científico, pero termina siendo puro Discovery: caótico, forzado, aburrido.

En la perspectiva global y la trama larga tampoco hay rastros del espíritu original. La Federación parece un gobierno belicoso y lleno de traiciones y secretos, con excesos como esa oscura sección de espionaje. La investigación sobre el ángel y el conflicto con la IA no toca ningún tema interesante, todo es misterio y acción. Lo peor es cuando parece que los autores se dan cuenta de ello e incluyen una voz en off que parece improvisada a última hora para recalcar temas sobre sacrificio, deber, la ética de la Federación… cosas que luego realmente no se ven en el relato.

En los detalles, concretamente en la estética y la tecnología, estamos igual, parten de unas bases nada fieles y luego hacen chapuzas para parchear. Me sacó de quicio la gilipollez de decir que los hologramas no funcionan en el Enterprise por problemas técnicos y tienen que comunicarse a la antigua usanza. Si esto es como un universo paralelo con distinta tecnología, ve a saco con ello, no hagas lastimeros intentos de compaginar ambas series, porque entonces no me vengas desde el principio con un rediseño del Enterprise tan radical, tan en el estilo de las películas de Abrams y Kurtzman: una nave más grande y armada hasta los dientes (incluyendo como un centenar de cazas), unos interiores de paredes y mobiliario oscuros pero con luces chillonas y pantallas sobrecargadas por todos lados.

En lo visual encontramos el mismo estilo informe y sobresaturado del primer año. Da la sensación de que había algún productor metiendo baza en los rodajes: “Más ritmo”, “Pero qué hay del tempo de la escena, de mostrar el calado emocional en los personajes…”, “Ritmoo, mete ritmooo”. Un capítulo te marea con encuadres inclinados sin venir a cuento, otro abusa de los travellings, y todos te vuelven loco con un montaje frenético, reflejos, lucecitas… No sé qué hace Jonathan Frakes colaborando en este esperpento; supongo que le pagarán bien. La música tampoco destaca nada, cuando en la saga siempre ha tenido bastante prominencia y ha sido de bastante calidad.

El dinero luce un poco mejor porque tenemos algunos nuevos decorados de navíos y escenarios en planetas, pero no como para impresionar. Y los efectos digitales del espacio y las naves siguen siendo de muy, muy bajo nivel, y además parecen siempre acabados con prisas, sin planificar las batallas y movimientos: todo son borrones. Prometían un final legendario, y entre el guion estulto, las simplonas peleas a tortas y la batalla espacial tan fea, da más bien pena. Es comparar con The Orville o The Expanse (Mark Fergus, Hawk Ostby, 2015) y me pregunto cómo ha podido costar casi el doble que esas.

La primera temporada era muy floja y caótica, pero esta un galimatías alucinante. Por momentos te ríes de lo cutre que es, pero predomina el aburrimiento, el asco, e incluso el cabreo, porque llega a ser tan estúpida que parece un insulto deliberado o una broma de mal gusto. Y me inclino por lo primero, porque el penúltimo episodio es todo entero un anuncio de que van a pasar cosas en el último mientras en él no ocurre absolutamente nada, resultando un timo vergonzoso.

De nada sirve rezar para que la entierren y hagan como que no ha existido, pues siguen empeñados en tirar hacia adelante renovando esta y además aumentando el sacrilegio, pues tendremos otra serie de este estilo con Jean-Luc Picard de protagonista…

Ver también:
Temporada 1 (2017)
-> Temporada 2 (2019)

STAR TREK: DISCOVERY – TEMPORADA 1


CBS All Access | 2017
Ciencia-ficción, acción | 15 ep. de 38-50 min.
Productores ejecutivos: Bryan Fuller, Alex Kurtzman, Akiva Goldsman, varios.
Intérpretes: Sonequa Martin-Green, Doug Jones, Shazad Latif, Anthony Rapp, Mary Wiseman, Jason Isaacs, Michelle Yeoh, Jayne Brook, Mary Chieffo, James Frain.
Valoración:

Alerta de spoilers: Presento la historia y los personajes. Sin datos reveladores hasta el último apartado. —

HACÍA FALTA RENOVACIÓN… PERO BIEN HECHA

La saga Star Trek necesita desde hace bastante tiempo algo de renovación, pues Voyager (1995-2001) había estirado demasiado la temática de exploración científica y Enterprise (2001-2005) no convenció del todo a los fans en su intento de tirar más por la acción directa. El agotamiento de ideas, que ya se extendía también a las películas, pues Némesis (2002) fue bastante floja, las dejaba por debajo del ingenio de la original Star Trek (1966-1969) y de la calidad de las más aclamadas, La nueva generación (1987-1994) y Espacio profundo 9 (1993-1999). Esta última sí buscó innovar mediante historias de mayor recorrido, y logró causar muy buenas impresiones entre los seguidores. Por ello es una pena que las nuevas películas creadas por J. J. Abrams (2009, 2013 y 2016 -esta última dirigida por Justin Lin-) fueran producciones de acción de usar y tirar. La verdad, ni me sentó bien que esta mediocre reinvención, indistinguible de toda la retahíla de remakes y adaptaciones sin alma que saturan el mercado, resultara un éxito de público.

El nacimiento de Discovery dio mala espina, pues cabía pensar que seguiría la estela de esa trilogía moderna. Además, el título señalaba más exploración (aunque al final fuera todo intriga política), y el ubicarla otra vez (como Enterprise y esas películas) en un marco temporal ya superado prometía más de una falta a la línea temporal cuando no reescrituras descaradas de la misma.

Viendo los réditos económicos de la reciente versión cinematográfica, la CBS tiró la casa por la ventana con un presupuesto de entre seis y siete millones de dólares por capítulo, toda una superproducción televisiva. Pero la pareja de creadores elegida fue un tanto extraña por sus estilos opuestos, en especial en sus aportaciones previas en Star Trek.

Por un lado tenemos a Bryan Fuller, que escribió algunos episodios en Espacio profundo 9 y Voyager, aunque es más conocido por sus creaciones propias, Criando malvas (Pushing Daisies, 2007), Wonderfalls (2004), Hannibal (2013) y American Gods (2017). En ellas se ve un artista inclasificable, un vanguardista capaz de imaginar universos únicos y darles forma con una dedicación y detallismo obsesivos… hasta el punto de que se convertían en series muy difíciles de llevar a cabo y también de digerir por el público, lo que ha llevado a la cancelación prematura de varias de ellas o a su despido.

Por el otro lado encontramos a un autor de la hornada de J. J. Abrams, de esos tan temidos entre los cinéfilos y seriéfilos por ser amigos de los golpes de efectos y la improvisación por encima de la coherencia de la narrativa global. Alex Kurtzman maduró en Alias (empezó su carrera antes… en Hércules -1997- y Xena, la princesa guerrera -2000-), y aunque no pasó por la incubadora de este grupo, Perdidos (2004), y desde luego Alias (2001) fue buena serie, con un bajón acuciado conforme avanzaba pero no hasta caer al abismo como Perdidos, ahí ya se veía bastante de ese mal hacer. Luego fue el artífice de Fringe (2008), un remedo pobretón de Expediente X pero con bastantes fans, y, lo que terminó de sembrar más dudas, el guionista de dos entregas de la nueva visión de Abrams.

Conforme llegaban las noticias durante su puesta en marcha no se avivaban las esperanzas, sino más bien lo contrario. La visión de sus creadores y la de la productora (más concretamente la sección recién creada de video bajo demanda, CBS All Access) parecían estar enfrentadas, aunque como siempre se dijera que no. Finalmente se confirmó el conflicto con Bryan Fuller, que acabó despedido. Sin duda él tiene gran parte de la culpa, pues siguió en su tónica, alargando la escritura y el rodaje de forma que tuvieron que retrasar el estreno y poner más y más dinero (acabó rondando los nueve millones por episodio), pero entre líneas también se podían leer las desavenencias creativas. Da la impresión de que él quería una obra muy seriada y compleja y el canal algo más directo, más acción en la línea de las recientes películas. Kurtzman se mantuvo brevemente al frente, pero no parece que confiaran del todo en él, porque trajeron a Akiva Goldsman (quien también pasó por Fringe) para compartir el mando. Este es conocido por sus producciones de baja calidad (con basuras legendarias como Batman y Robin -1997-), y lo único decente que ha escrito es Soy leyenda (2007) y Yo, robot (2004), que no eran precisamente fieles a las obras originales.

Hay que decir que, cercano al estreno y confirmándolo con el argumento de los primeros capítulos, se levantó un poco la expectación al ver que anunciaban una historia larga muy sugerente, la guerra de la Federación contra los Klingon. Pero esas tibias promesas nunca han llegado a despegar en una temporada que no está a la altura del estándar exigible para la saga, tanto en fidelidad como en calidad, y eso que Voyager y Enterprise al parecer iban muy justas en lo último (las tengo pendientes a la hora de escribir esto). Como entretenimiento de acción tiene un pase, pero a nada que le hagas un análisis serio se cae a pedazos. Ofrece una narrativa caótica, notándose mucho el lío en la producción y la reescritura de guiones, y predominan artificios y golpes de efecto que no logran enmascarar su falta de profundidad e inteligencia. Pero está claro que el renombre de Star Trek tiene suficiente tirón para enganchar a bastante público, pues ha logrado buen seguimiento y la segunda temporada está ya confirmada. Aunque sin duda También ha ayudado que el trato con Netflix sea tan jugoso para la CBS: pagan la totalidad del presupuesto a cambio de emitirla fuera de EE.UU. y Canadá, con lo que está amortizada antes si quiera de emitirla.

NULA FIDELIDAD A LA SAGA

Nada más empezar el visionado se observa que se inclina demasiado hacia la estela de las nuevas y fallidas películas: no se ve la esencia de Star Trek por ningún lado. ¿Para qué demonios haces una entrega de la saga si no vas a respetarla? ¿Cómo esperas ganarte a sus fans si vas pisoteándolo todo? El primer golpe es duro: ¿cómo pudo ocurrírseles cambiar de arriba abajo el aspecto de los klingon? Veintiocho temporadas y diez películas después mandas todo lo establecido a la mierda sin vergüenza alguna. Tenemos unos engendros cabezones cuyas motivaciones y cultura apenas llegan a identificarse con lo que sabemos de ellos. No se ve un pueblo donde el honor y las tradiciones rigen sus vidas, sino unos animales impredecibles y traicioneros, recordando a los originales únicamente en su inherente belicismo.

Pero hay mucho más, en lo visual tanto como en lo argumental, que deja malas sensaciones, por mucho que intenten encubrirlo colando referencias en segundo plano aquí y allá.

En la estética van directamente a romper con todo, sin la más mínima consideración por la saga. Las naves eran bonitas, habitables y cómodas, no fríos zulos de metal donde sólo hay color en las sobresaturadas consolas. En la puesta en escena abusan del efectismo inmediato, con enredos visuales por doquier sin motivos claros, cuando siempre ha primado la sobriedad y la elegancia y el dejar que la historia hable por sí sola. Luego me extiendo sobre su malogrado acabado visual, destacando los pésimos efectos especiales, que se quedan muy por debajo incluso de La nueva generación, con treinta años a cuestas ya.

Y, sobre todo, el ambiente no recuerda a la serie, salvo en el inesperado capítulo de la paradoja temporal que hace repetir la misma situación, donde aportan una perspectiva bien trabajada a la premisa, aunque a cambio anda muy falto de ritmo. En la Federación que yo conozco los protagonistas no serían recelosos unos de otros constantemente ni actuarían por puro egoísmo, sino que sería gente muy entregada a sus ideales, pues han llegado a lo más alto del escalafón social: la flota estelar. En la presente han optado por seguir un modelo muy de moda, el de las series oscuras llenas de protagonistas ambiguos cuando no malvados y que pueden morir en cualquier momento, en una saga que siempre iba a su bola, adelantada a su tiempo con una idiosincrasia propia.

En ese aspecto destaca que fue un referente en cuanto a avances morales y temáticos en televisión, no sólo por romper unos pocos tabúes raciales y machistas, sino sobre todo porque tocaba muchos temas filosóficos, éticos y antropológicos con gran amplitud de miras, imaginación e inteligencia. Aquí, el repertorio de capitanas y almirantas chungas porque sí y la sobreexposición gay parece no tener justificación, no se desarrolla de forma orgánica. Acabarás harto de ver a la parejita homosexual lavándose los dientes frente al espejo y diciéndose cosas cuquis mientras esperas que pase algo trascendente. En cuanto a temática, las pocas veces que se abordan aspectos habituales, como los otrora elaborados y certeros análisis sobre la ética y el ser humano, la rigidez de las normas puestas a prueba en situaciones desconocidas, la capacidad moral de la Federación en conjunto y de sus habitantes por separado, resultan discursos flojos y repetitivos. La supuesta superioridad ética de la Federación se cita mucho pero no se ve, y salvo la inocente (hasta resultar empalagosa) Tilly son todos unos cabrones de cuidado que solo miran por sí mismos. No veo a la Federación por ninguna parte, así que no se entiende que tengan que recurrir al universo espejo, a los malvados terranos, para justificar que se dejen de lado sus supuestos límites éticos para sobrevivir a la guerra.

Si es que la parodia The Orville (2017), de Seth MacFarlane, está mucho más cerca del estilo de la serie, y el capítulo USS Callister de la cuarta temporada de Black Mirror (Charlie Brooker, 2011) también lo capta de bastante bien.

HISTORIA Y PERSONAJES CERCANOS AL DESASTRE

La falta de calado y personalidad se extiende a las tramas y protagonistas. Se mezclan las fallidas intenciones de Fuller con la apresurada llegada de Goldsman, y siempre está presente la nula capacidad de Kurtzman para dibujar personajes y tramas que tengan un mínimo de profundidad y un desarrollo atractivo. Los diálogos son simplones, poco naturales, buscando siempre una épica y trascendencia que no se transmite en ningún momento. Se acumulan situaciones predecibles, otras forzadas (la nave sellada, pero la prota paseándose por todas partes por los conductos de mantenimiento, menuda seguridad), y hay demasiados intentos de causar impresión a base de golpes de efecto y sorpresas poco meditados.

El comienzo de la temporada, con la introducción de los klingon y el origen de la guerra, se hace pesado, incapaz de ir al grano y exprimir el potencial latente. Hablan demasiado para decir poco, y encima lo hacen en klingon, un vacile innecesario, para que la anunciada batalla que provoca el conflicto bélico sea un bluff total, porque ni en lo argumental ni en lo visual está a la altura de lo que se anunciaba. En la Discovery no se consigue materializar una historia concreta, manteniendo el interés únicamente gracias al proceso de adaptación de la protagonista principal a su nuevo e inesperado destino, y no es que sea muy imaginativo.

Cuando esperas que se profundice de una vez en la guerra llega el cambio de guionistas y el despiporre: a partir de entonces parece que desarrollan la serie sacando de un bote ideas locas escritas en trozos de papel. Nada se asienta, saltamos de una trama pretendidamente grandiosa y trepidante pero poco coherente y apresurada a otra. Así que uno no sabe a qué atenerse, no puedes conectar con nada porque en cualquier momento te lo quitan y te lanzan hacia otra idea improvisada metida a la fuerza, y así hasta acabar en un final lamentable.

Los protagonistas, con un dibujo inicial bastante básico, no terminen de ofrecer nada llamativo, pues sus personalidades no evolucionan de forma gradual, sino según deban adecuarse a los virajes del guion. La figura central, Michael Burnham, tiene un montón de dudas y sufrimiento, y nos taladran con flashback varios, pero no llega a vislumbrarse una forma de ser clara, unas motivaciones y deseos que hagan tangible su determinación. Es un robot que traga con todo y sigue adelante sin pestañear… literalmente, porque la actriz Sonequa Martin-Green (The Walking Dead), que es competente de sobras, lo único que hace es poner miradas intensas, no tiene más margen.

Ash Tyler, el rescatado de la prisión klingon, está todo el día puteado hasta resultar cansino, porque no se avanza hacia ninguna parte, salvo en el predecible y tonto conato de romance con Michael, porque no puede faltar una relación en tensión. Cuando parece que va en buen camino, resulta que todo era para justificar uno de los giros más demenciales. Además, el actor Shazad Latif lo hace fatal, sacándome de muchas de sus escenas. Sylvia Tilly es la cadete que quiere encajar pero se ve frenada por su torpeza y timidez. Es tan poco original y la actriz Mary Wisemantan está tan sobreactuada que resulta cargante desde sus primeras escenas. El ingeniero Paul Stamets no se sabe muy bien de qué va, es otro con una determinación obsesiva que ni se matiza ni evoluciona, y el intérprete Anthony Rapp intenta darle un toque serio que resulta también sobreactuado. Georgiou es seca y aburrida en los dos universos, y Michelle Yeoh no convence.

Los únicos interesantes son el segundo oficial Saru y el capitán Gabriel Lorca. El gran Jason Isaacs da forma a un líder sombrío y exigente con un toque de mala baba y misterio que resulta muy atractivo. Con lo de la misión secreta de la Discovery y la guerra se puede aceptar que se salga de la tónica de la Federación, de hecho, parecía que se iba a aprovechar para tener roces éticos con Michael. Pero me temo que no llega a dar nada de sí, pronto es engullido por esos desvíos argumentales sensacionalistas y termina muy disminuido, hasta el punto de que en el segmento final acabé cabreado con la proyección de su historia y desinteresándome por completo por su porvenir. Saru es el único que no sólo mantiene el tipo sino que crece. Sus convicciones morales quedan claras, sus conflictos con Michael dan algo de juego, y conforme se tuercen las situaciones aprende y cambia su conducta. Doug Jones es capaz de lograr una buena interpretación (y peculiar, con los movimientos alienígenas que hace) a pesar de tener mucho maquillaje encima.

EL ASPECTO VISUAL TAMBIÉN FALLA

Desde las primeras escenas quedé asombrado por su escasa calidad en el aspecto visual. ¿Adónde ha ido el abultadísimo presupuesto? Se habrá desperdiciado la mitad en el aparatoso rodaje, porque lucir solo lucen el vestuario y el maquillaje, y un poco el interior de la naves, pero no como para decir que es una superproducción al nivel de Juego de tronos (David Benioff, D. B. Weiss, 2011).

El trabajo con ordenador, para los tiempos que corren y el dineral invertido, es incomprensible que tenga un nivel tan bajo, tirando a cutre. Los pocos planos del espacio y las naves son propios de una serie de bajo presupuesto de hace veinte años, no tienen mejor aspecto que los de Farscape (Rockne S. O’Bannon, 1999), y el único ser vivo digital, el “tardígrado”, es espantoso. Enterprise dejó claro que el ordenador no aguanta bien el tipo contra las maquetas, saliendo perdiendo en la comparación con La nueva generación, Espacio profundo 9 y Voyager, pero aun así tenía un nivel más que decente y soporta el paso de los años aceptablemente bien. Hasta producciones menores como Dark Matter (Joseph Mallozzi, Paul Mullie, 2015) tienen mejores efectos digitales, no digamos ya alguna con más ambición, como The Expanse (Mark Fergus, Hawk Ostby, 2015).

La decepción se agrava porque apenas salimos unas pocas veces de la nave, es decir, falta la renovación de escenarios, el factor asombro al conocer nuevos lugares y especies. El diseño de la cultura klingon no está mal, pero, como indicaba, no resulta nada fiel: el aspecto de la especie es irreconocible, y su entorno tiene demasiado brillo dorado cuando se espera un estilo más animal, con cueros, pieles, cuernos… El ambiente humano es demasiado gélido y oscuro, que aparte de fallar también en fidelidad resulta poco vistoso: la Discovery no tiene una personalidad propia, se puede cambiar por cualquier diseño estándar de interiores de la ciencia-ficción.

La banda sonora, muy destacable anteriormente, sobre todo en La nueva generación y la mayor parte de las películas, aquí resulta un relleno poco esforzado, y eso que Jeff Russo (Fargo, Legión) me parece buen compositor. Los títulos créditos tampoco me entusiasman, aunque nunca fue una saga deslumbrante en este aspecto.

No sorprende que en la puesta en escena sigan la fórmula de Abrams en las nuevas películas, que usó la técnica más habitual en el cine de acción de baja calidad de estos tiempos: mucha saturación de trucos baratos para impactar fácil y rápido sin tener que trabajarse bien la narrativa. Así, como decía, no tenemos el acabado sobrio pero elegante que se veía desde La nueva generación, cuando la saga maduró y había dinero para aspirar a algo más serio. Aquella destacó con un acabado de calidad impropio de la televisión: estupendos planos medios, gran cuidado en manejar muchos personajes en cada escena de forma que todo fluyera bien, y puntos álgidos emocionales (tenía poca acción) muy bien exprimidos. Aquí encontramos un abuso indiscriminado de reflejos, lucecitas, movimientos y ángulos estrafalarios que pretenden ofrecer dinamismo y vitalidad pero lo que consiguen es un acabado sobrecargado y agobiante pero sin sustancia. Para rematar, se busca una obra de acción pero las pocas peleas que encontramos son bastante chapuceras, sobre todo el enfrentamiento final con los terranos.

AHONDANDO EN DETALLES Y EN EL FINAL

Alerta de spoilers: En adelante destripo los giros más importantes y el desenlace.–

Entre los peores momentos que no podía citar antes para no revelar demasiado entraría la disparatada trayectoria de Tyler. Inicialmente me parecía sugerente el tratamiento de preso fugado que tiene secuelas del cautiverio y la tortura, pero tras demasiadas escenas repetitivas adornadas con el dichoso romance se fue disipando el interés en él, para acabar por tierra con esa situación donde, estando claramente no apto para el trabajo, lo ponen a hacer algo esencial en una lanzadera, con la de tripulantes que hay disponibles. Y lo poco que queda lo terminan de hundir con lo de que se ha convertido, pero no mediante la tortura, sino con una transformación biológica: ¡ahora resulta ser un klingon con fachada física humana! Por supuesto, la poca intriga supuestamente renovada con esta parida se diluye rápido, porque pronto se ve que lo hecho con ciencimagia mediante ciencimagia lo resolverán en un tris. Después de tanto enredo absurdo (ahora es klingon ahora no… ¡decidíos!) no hay secuelas reales, más allá de la muerte nada impactante de un secundario (que incluso se agradece, porque el médico era de los molestos) y de extender de mala manera el manido romance.

Entre los apuntes innecesarios y que faltan a la línea temporal sin venir a cuento destaca la sandez de que Michael Burnham sea hermana adoptiva de Spock. Aparte de justificar apariciones esporádicas de Sarek que luego no aportan nada, no sirve para ahondar en la protagonista, para definir sus motivaciones y acciones, y el intento de darle un toque exótico por su educación vulcana se olvida por completo a los pocos episodios.

La idea de las esporas y sus saltos instantáneos a cualquier parte también me parece enredar innecesariamente con la continuidad. Cada vez que toma protagonismo, y lo hace en cada capítulo, no podía dejar de pensar en que no pueden sustentar toda la serie con ello, porque supone una ventaja descomunal para la Federación que no existe en el resto de la línea temporal conocida, así que tarde o temprano tendrán que currarse una forma creíble de deshacerse de esta tecnología sin dejar rastro. Sin ir más lejos, en el tramo final, cuando más falta hace, por supuesto el sistema falla hasta que los guionistas quieren.

En cuanto a tramas globales, dejar de lado la guerra klingon sin llegar a profundizar nada en ella para irse a enredos en el universo paralelo me parece una cagada monumental, tanto por abandonar bruscamente la historia presentada como porque la nueva premisa ofrece una línea de acción aparatosa pero poco llamativa. Me dan igual los terranos, son unos enemigos desechables; todo el sufrimiento de la tripulación y sus misiones suicidas parecen demasiado teatrales y por extensión poco verosímiles y emocionantes; y los encuentros entre dobles son demasiado predecibles y forzados. Atención también a la exagerada nave de la emperatriz y su destrucción digna de un poco imaginativo videojuego. El final de Lorca es lamentable, tanto como prometía y acaba convertido en un villano del montón. La emperatriz es otro enemigo de manual, y al final todo acaba como se veía venir, incluso su paso a nuestro universo.

Para rematar la floja temporada, en el tramo final recuperan la guerra klingon de mala manera, metiendo con calzador un salto temporal que nos pone ante otra dificultad artificial, pues ahora repentinamente los klingon están a punto de ganar. Nos hemos perdido todo lo que se anunciaba, el desarrollo de una guerra muy relevante en la saga, para pasar al desenlace… y este es ridículo en proporciones grotescas.

La voz en off de Burnham trata de poner énfasis en sentimientos que el episodio final no es capaz de despertar, porque todo resulta apresurado, anticlimático e inverosímil. Qué conveniente el renacimiento instantáneo de las esporas, qué poco creíble que llegen al planeta klingon, incluso se teletrasporten, sin ser detectados, y que la nave tenga ahora capacidad atmosférica; qué anodina la misión de buscar información, qué poco empeño parecen ponerle; y sobre todo, qué lastimero el final de la guerra, con la klingon sosteniendo en alto un mando y todos postrándose ante ella sin que haya explicado qué es. Y aunque lo explicara, la idea es absurda y difícilmente sostenible: resulta ridículo lo fácil que es invadir y destruir un planeta, y muy poco creíble que pueda mantener así el liderazgo, pues más que obtener sumisión sin rechistar lo lógico es que todos se pongan en su contra.

En todo este lío la conexión con los personajes es nula, no han conseguido ganarme a lo largo de la temporada, así que ahora no me importa nada el nuevo peligro exagerado en que los sumergen. Termina Burnham con otro discursito, intuyo que para tratar de mostrar algún cambio o madurez en la tripulación y la Federación que en realidad no hemos visto, así que queda artificial y relamido pero insustancial.

Por si el interés del espectador andaba ya por los suelos, nos tratan de ganar para el próximo año con el típico gancho tramposo a lo Perdidos, con el Enterprise clásico (NCC-1701) apareciendo repentinamente. Pero, para terminar de joder a los fans, ¡nos clavan el rediseño moderno de Abrams! Eso sí, está capitaneado por Pike, pero es de suponer que Spock anda por ahí, así que vuelven a jugar a la reescritura de la continuidad peligrosamente.

Por lo que veo por la red, con esta última falta de respeto los trekkies que aguantaron hasta el final por inercia y curiosidad morbosa (entre los que me incluyo) han tirado la toalla. Pero también parece haber enganchado a bastante espectadores nuevos, amigos de los seriales de acción de baratillo. En un mundo más objetivo la temporada ni habría llegado al final, pero lo mismo dura unos cuantos años.

TRUE DETECTIVE – TEMPORADA 2

HBO | 2015
Suspense, policíaco, drama | 8 ep. de 55-86 min.
Productores ejecutivos: Nic Pizzolatto, varios.
Intérpretes: Vince Vaughn, Colin Farrell, Rachel McAdams, Taylor Kitsch, Kelly Reilly, Ritchie Coster, David Morse, Christopher James Baker, W. Earl Brown, James Frain, Michael Hyatt.
Valoración:

Que fascinara la primera temporada y decepcione la segunda es perfectamente entendible. Pero de ahí a perder la cabeza como la han perdido millones de espectadores y críticos hay un trecho muy largo. Las modas llevan a la sobreexplotación, y esta a desequilibrar la balanza alejándola de la realidad, de la objetividad. La primera sufrió el efecto positivo: se recibió con un entusiasmo contagioso, hasta el punto de que llegó a considerarse la última revolución en el séptimo arte. El escrutinio que soportó fue también a su favor: se le sacaban teorías, referencias y detalles a puñados, y no importaba si al final no daban el blanco alguno, tal era el fanatismo que arrastraba. Una visión objetiva rebaja bastante esas valoraciones, y el paso del tiempo la va poniendo en su lugar.

La segunda ha sufrido el efecto negativo, fruto en gran parte de otro efecto, el del rebote: si a la primera la ponían muy por encima de su calidad real, difícilmente nuevas entregas pudieran llegar a ese listón de expectativas imposibles. Ahora todo lo que se analiza es para sacarle algún fallo, y en cada nuevo fallo hay que recordar que es un fracaso de serie, casi la peor del año. La decepción ha llevado a muchos a tirarse de los pelos y a escupir bilis incansablemente, se ha convertido en una desgracia e incluso en una traición de sus autores. Pero de nuevo, un análisis frío y objetivo pone las cosas en su lugar. Dista muchísimo de ser una producción mediocre, y si no te obsesionas con sus fallos puedes encontrar una serie con muchos buenos valores.

Empiezo por sus aciertos, si bien, como comentaré luego, algunos terminan limitados por los fallos. Lo primero que salta a la vista es la diferencia en argumento y en menor medida de estilo respecto a la anterior etapa, para muchos una traición a la seña de identidad de la serie… para mí el primer atractivo de la misma. Las obras que abusan de la fórmula, del esquema, generalmente están abocadas a repetirse y perder interés… aunque eso no impide que el público facilón se resienta, no hay más que ver lo que aguantan producciones como House… Pero aquí estamos hablando de la primera división de las series, así que, “que se joda el espectador medio”, esto es para gente exigente. Con las libertades creativas que tenemos hoy día en el rico panorama televisivo, ¿vamos a pedir el retorno a la vieja televisión? No, yo quiero riesgo, valentía y originalidad. True Detective nació como miniserie, si la iban a extender, qué menos que ofrecer una nueva historia, nuevas perspectivas, nuevos personajes… y todo a ser posible sin perder las características y la atmósfera general. Y sus realizadores lo consiguen muy bien. Cambia el subgénero, dejando atrás el thriller de asesinos en serie estrafalarios a lo Seven para inclinarse por el cine negro. Los personajes son muy diferentes pero en una onda semejante: lúgubres, con muchos pesares y secretos. El subtexto filosófico difiere también, inclinándose un poco más por los asuntos paterno filiales que por la metafísica rebuscada, pero sin alejarse del existencialismo, los problemas que tienen todos para encontrar su identidad y su lugar en el mundo; en otras palabras, resulta más terrenal y verosímil. Estas diferencias partiendo desde un mismo concepto llegan incluso al caso del año. Su desarrollo y el viaje de los personajes no se parece prácticamente en nada (quizá solo en que rematan la investigación desde fuera de la ley), pero el contenido tiene nexos en común muy claros: versa sobre gente con poder que se cree superior a los demás e intocable, y tenemos detectives de dudosa moral intentando desentrañar el tinglado mientras tiran con sus penosas vidas.

La atmósfera lograda es magnífica. El tono sombrío y sórdido transmite la decadencia moral de una sociedad maltrecha y sucia, de gentes sin rumbo en sus vidas ni un futuro claro. Esto se logra tanto desde el guion como mediante la puesta en escena (dirección, fotogafía, música). Son cruciales esas fantásticas panorámicas de autovías enormes e infinitas que, combinadas con la oscura historia y los afligidos personajes, señalan la fealdad de la urbe, la soledad y miserias de la población, y por su puesto la corrupción. Así, la narrativa, en lo visual, está otra vez en un nivel excelente: tempo pausado pero intrigante, gran dirección de actores (era esencial saber qué sacar de ellos en las largas conversaciones) y buenas dosis de espectacularidad en las escasas secuencias de acción, que llegan a resultar impresionantes (el tiroteo, la orgía). Y por todo ello es gracioso ver que bastante gente le echa la culpa de los errores de la serie a la ausencia de un director único, cuando son problemas de guion. La realidad es que no hay desequilibrio formal ni cualitativo entre un capítulo u otro, como ocurre en cualquier buena serie los directores siguen el estilo marcado por sus ideólogos; vamos, que estos listillos, si no fuera porque lo pone en los créditos, no se hubieran dado cuenta de que hay varias personas tras las cámaras.

Este ambiente sirve para edificar un relato noir con sabor a clásico. La trama enrevesada, los personajes ambiguos dando tumbos desentrañando el caso lentamente, mil y un secretos y tragedias saliendo a la luz poco a poco… Los protagonistas se presentan muy prometedores, en especial porque los actores ofrecen papeles magníficos. De hecho el primer capítulo me ha parecido el mejor, pues logra una introducción de personajes modélica y te sumerge muy bien en la atmósfera lóbrega y llena de suspense.

El detective Ray Velcoro (Colin Farrell) arrastra la sospecha de la corrupción, y no en vano vemos que tiene tratos con un mafiosillo local, Frank Semyon. Además lidia con la ruptura de su matrimonio, y su temperamento hostil podría alejarlo de su hijo. El oficial Paul Woodrugh (Taylor Kitsch) sufre estrés postraumático de su último destino como militar, lo que se suma a que no es capaz de aceptar otro aspecto esencial de su personalidad: su homosexualidad reprimida. La detective Ani Bezzerides (Rachel McAdams) también tiene sus líos familiares (fue criada en una comuna hippie) y demonios internos que la inducen a llevar una vida un tanto descentrada. Los tres son puestos al frente de la investigación de un asesinato que precisamente toca los tejemanejes de Semyon (Vince Vaughn). Este intenta que su imperio no se derrumbe justo cuando abrazaba su salida a lo grande del peligroso mundo del crimen, y estas tensiones las sufre también su esposa Jordan (Kelly Reilly). El entramado de corrupción alrededor del que todos giran salpica a figuras políticas y de la ley relevantes, y deben andar con pies de plomo.

Si tengo que elegir un personaje como favorito sería Semyon, pero no a mucha distancia del resto. En parte es por la fantástica interpretación de Vaughn, sobre el que nadie daba un duro por venir de comedias chorras pero quien clava magistralmente un rol en tensión constante y con un estilo de expresarse peculiar. Velcoro sería mi siguiente elección, tanto por mi predilección por Farrell, un gran actor bastante infravalorado (glorioso papelón el de Escondidos en Brujas, por ejemplo) en un personaje muy clásico pero que transmite verosimilitud: se entiende perfectamente su forma de ser, sus limitaciones y fallos. Kitsch también está muy eficaz y es otro al que le cuesta quitarse de encima sus flojos papeles iniciales. La tormenta de emociones y el sufrimiento interno se reflejan en su mirada, en su gesto compungido. McAdams es la única que solamente está correcta, sin deslumbrar. Su expresión de tipa dura es siempre la misma, no consigue sacar mucho más a un personaje que precisamente es desde el guion quizá el más velado e inteligente en cuanto a evolución. Respecto a los secundarios, hay muchos buenos actores (James Frain -uno de mis intérpretes favoritos-, Ritchie Coster, David Morse…), pero son todos personajes de apoyo, ninguno resulta especialmente llamativo, un aspecto que se podía señalar en la etapa previa y que aquí se nota más.

Pero las principales limitaciones y también excesos que sufre la temporada son importantes, y frenan considerablemente el gran potencial que guarda. El ritmo supongo que pretendía ser contenido e intrigante como en el primer año, pero resulta lento, incluso aburrido en algunos tramos, y el tono pretencioso se intenta mantener por la fuerza, perjudicando a la trama y los personajes.

Los protagonistas son el mejor ejemplo de los excesos. El guionista Nic Pizzolato se empeña en recalcar su drama personal, con lo que pasan de roles oscuros y afligidos muy prometedores a figuras híper caracterizadas, casi de culebrón: sufren a todas horas, se arrastran como almas en pena, nos atosiga con largas escenas de exposición de problemas que indudablemente no hacía falta señalar tanto. El más perjudicado es Velcoro, pues el lío de separación y la custodia del hijo es algo muy normal y muy tratado, con lo que además de sensacionalista resulta previsible y finalmente cansino. Y aunque los demás salgan mejor parados (el pasado de Bezzerides se expone sutilmente y con cuentagotas, la personalidad e historia de Semyon se deducen por sus diálogos), la suma de todos sufriendo tantísimo en todo momento termina resultando casi agotadora. El año pasado teníamos un acertado contraste entre los dos protagonistas, y Marty Hart ofrecía una vida más normal, evitando que la serie pareciera tan melodramática o incluso artificial. Aquí, meter tanto dramón da la sensación de forzar mucho las cosas y de poca originalidad a la hora de elegir protagonistas.

De la historia muchos se han quejado por lo complicado que resulta seguir tanto nombre. Se podría decir que el noir es así de opaco, pues lo importante suele ser la situación de incomprensión que viven los protagonistas y cómo van resolviendo el caso, más que el propio caso en sí. Pero es cierto que también el guionista se pasa un tanto de rosca. Hay muchos personajes relevantes en la investigación que sólo se presentan fugazmente, y como no te quedes con su nombre vas apañado. Y claro, con el ritmo lento y los rellenos, cabe preguntarse si no podrían haber expuesto mejor el quién es quién en el tablero de juego, que una cosa es una trama compleja y otra pasar de trabajar su exposición.

Y finalmente tenemos el tono pretencioso tan salido de madre. No hay conversación o escena que no esté inflada y saturada, sea de diálogos largos y densos o de un estilo afectado. Esas canciones melancólicas, esas miradas intensas, esas conversaciones rebuscadas impropias de detectives y gángsteres brutos… Y todo para que al final realmente digan muy poca cosa, de hecho muchas escenas repiten lo mismo una y otra vez con distintas palabras. Es decir, Pizzolato se obsesiona con pretender que cada secuencia sea la más profunda, intensa y trascendental, pero además de pasarse de largo se olvida de cuidar el ritmo global, no consigue que la narración vaya en línea recta y con intensidad. Por no decir que cuando llegan los puntos álgidos, después de tanta verborrea, casi parecen fuera de onda. El tiroteo, por magnífico y espectacular que sea, es puro humo. ¿Te acuerdas de cómo y por qué se produce? La falsa muerte de un protagonista al final de un capítulo es un giro muy poco trabajado, con lo que sabe a trampa. El capítulo final acusa mucho esos altibajos, pero lo comento luego en spoilers, así como otros giros poco satisfactorios.

Algunas voces han señalado que, viniendo Pizzolato de la literatura, quizá su ritmo de trabajo no ha conseguido adaptarse a la obligación de preparar los guiones a toda prisa para rodar y estrenar a tiempo. Pero me temo que es pura especulación, no podemos saber, salvo que indique algo en alguna entrevista, si las prisas le impidieron redondear la escritura o es que le faltó inspiración.

Entre el tono pretencioso fallido, el fondo de policial clásico enrevesado de mala manera, los excesos con los personajes (no hacía falta realzar el drama tanto) y otros patinazos varios, queda muy lejos de la primera temporada. Ahora bien, dista de ser la serie mediocre o incluso horrible que se empeñan en ver sus detractores. La ambientación es exquisita, en especial gracias a la magnífica puesta en escena, los personajes aunque se atascan resultan bastante atractivos y las estupendas interpretaciones consiguen que no pierdan demasiada fuerza, y el caso es algo farragoso pero su estilo sórdido y denso resulta sugestivo y consigue mantener cierta intriga e interés a pesar del mejorable ritmo. Poniendo los pros y contras en la balanza, por muy marcados que sean estos, a mí me sale una serie más que aceptable, bastante atractiva si te va el género y congenias con su marcado estilo. Sí, tienes que hacer la vista gorda a algunos errores y quitar paja para encontrar unas cuantas buenas virtudes, pero es algo que ocurre en cualquier serie alejada de notas altas, como es obvio. Su mayor problema han sido las expectativas. Si fuera una producción cualquiera no habría armado tanto revuelo, no tendría tanta presión y miradas críticas encima, y seguramente los que se hayan atragantado con sus baches, o incluso simplemente en su estilo, se habrían ido a ver otra serie sin armar tanto jaleo, que muchos espectadores se comportan como si les hubieran lanzado un insulto personal.

Por cierto, en cuanto a los títulos de crédito, yo soy de los que no tragan esta versión, pues a pesar del fantástico trabajo artístico, la canción de Leonard Cohen, Nevermind, me resulta soporífera y sin garra, todo lo contrario a la escuchada el año anterior, Singing Bones de The Handsome Family.

Alerta de spoilers: Comento spoilers, incluyendo el final, con todo detalle. No se te ocurra leer si piensas verla. —

Enumero algunos ejemplos de aspectos criticables o fallos que no podía incluir arriba por ser muy reveladores:
-Que Bezzerides vomite en la fiesta no sirve para quitase el colocón, primero, porque no ha ingerido nada, segundo, porque es evidente que ya está en su sangre. Una serie que pretende tener cierta categoría debería cuidar mejor estos detalles, digo yo.
-El séptimo episodio parecía lanzarse por fin a la acción, las conclusiones y los giros finales, pero se cierra con una trampa enorme: la muerte de Woodrugh a manos del personaje de James Frain, uno de los policías corruptos, es completamente inverosímil. ¿Cómo sabía por cuál de las decenas de salidas iba a aparecer? ¿Por qué asume que el encuentro iba a ir mal?
-En la primera temporada las críticas sobre machismo me parecieron muy retorcidas. Es que está de moda buscar machismo en todas partes, joder. Pero en esta se pueden señalar un par de apuntes mosqueantes con Bezzerides. Primero, está el tópico de que fue violada y por ello se convierte en una dura policía, para no ser más una víctima, amén de que sus relaciones con los hombres carecen de afecto. Segundo, a pesar de su protagonismo, de la fuerza e independencia del personaje, al final es convertida en secundaria florero de mala manera: los hombres cuidan de las mujeres y ellas se esconden y huyen.

En cuanto al último capítulo, casi parece que iba a librarse de todos los problemas y ofrecernos un desenlace de alto nivel: va al grano dejando atrás el tono pretencioso (salvo por la cansina despedida entre Semyon y su chica, menuda espiral repitiendo lo mismo durante diez minutos), alcanza buenas cotas de suspense cuando parece que los protagonistas están al límite y no tienen salida, el ritmo se torna vibrante a pesar de los clichés (la reunión final con grabadora)… Pero el hechizo se desvanece en el desenlace, porque termina tropezando en los mismos tics, es decir, no difiere del resto de la temporada:

De verdad que es rebuscada la muerte de Semyon, con un giro salido de la nada que parece puesto ahí solamente para matarlo… Pero no contentos con eso les da por montar una agonía onírica híper cansina. Con Velcoro tiran por otro cierre sensacionalista, partiendo además de un agujero de guion enorme: pero tío, quita el localizador, o coge otro coche, y no te salgas de la vía pública hasta estar seguro de estar solo. Y anda que poner un dispositivo de rastreo con una pedazo de luz, para que entre a un parking a oscuras y lo vea, algo que es muy probable… Este absurdo cliché nunca había sido tan absurdo. Así pues, menuda forma de colar una escena supuestamente espectacular en el bosque y una muerte trágica (ooh, sin cobertura en el momento justo) que era fácilmente evitable. Y eso que el momento a lo Robert de Niro en Heat, es decir, buscar a un ser amado cuando tenía la salida al alcance de la mano, me estaba gustando bastante. Con Bezzerides ya he dicho que de repente parece desaparecer de la ecuación, algo que tampoco queda bien. Y el epílogo de ella y Jordan Semyon en Venezuela no me transmite mucho. Por cierto, ¿a la idea de meter al final bosque, desierto y mar le veis algún sentido concreto? Es que parecen remarcarlo mucho. O quizá era sólo por buscar algo de poesía. El caso que me parece un poco forzado también.

Ver también:
Temporada 1.

LOS TUDOR – TEMPORADA 3

The Tudors
Showtime | 2009
Drama, histórico | 8 ep. de 55 min.
Productores ejecutivos: Michael Hirst, varios.
Intérpretes: Jonathan Rhys Meyers, Henry Cavill, James Frain, Annabelle Wallis, Max Bron, Joss Stone, Anthony Brophy, Joanne King, Alan Van Sprang, Gerard McSorley, Max von Sydow.
Valoración:

En la tercera temporada tenemos otros actores desaparecidos. Aunque no he encontrado información concreta sobre por qué los intérpretes se largaron o dejaron de estar disponibles, parece indudable que se ausentaron, que no fue decisión de Michael Hirst prescindir de los personajes. Sin ir más lejos, algunas veces se nota que hace malabares para tratar las tramas que se veían afectadas por alguno de estos: mencionan a Norfolk y Cranmer en varias ocasiones, incluso como si estuvieran ahí. Así pues, no sé cómo Hirst sacó adelante Los Tudor sin desfallecer en el intento.

No tenemos más a Hans Matheson, el arzobispo luterano Thomas Cranmer. Como vimos en la segunda temporada fue importante en el ascenso de Enrique como cabeza de la Iglesia de Inglaterra, y seguiría siéndolo en otros momentos relevantes. Otro ausente es Peter O’Toole como el Papa Pablo III, quien sin duda continuaría siendo importante en la opisición del papado a Enrique, y más cuando entra en juego Reginald Pole. A cambio nos ponen a un cardenal encarnado por otro veterano de gran nivel, Max von Sydow. Otra sorpresa es que cambian a la actriz de Jane Seymour: en la segunda sesión era Anita Briem y ahora Annabelle Wallis, aunque ciertamente se parecen mucho. Tampoco he encontrado razones concretas del cambio, pero esto pone de manifiesto lo obvio: ¿por qué no buscaron otros actores para esos otros personajes indispensables? Norfolk era esencial, y Cranmer casi también. Ambos son cruciales en la presentación y caída de Catalina Howard (que además era familia del primero), y Norfolk fue uno de los principales artífices de la caída de Cromwell.

Con este panorama da la sensación de que en cada temporada perdemos personajes muy atractivos que son sustituidos por otros con algo menos de sustancia. No causa esto un bajón notable porque las tramas principales mantienen un nivel excepcional, pero obviamente se echan de menos esos protagonistas que quitaban la respiración en cada escena, como Wolsey, Moro, los Bolena o Norfolk. Los hermanos Syemour no resultan tan fascinantes como esos, y la incoporación de Sir Francis Bryan (el del parche) no se hace bien: aparece en la corte sin más, sin que se explique quién es y por qué todo el mundo le trata como si llevara toda la vida ahí. Además éste prácticamente sólo sirve para algunas tramas secundarias: los amoríos aburren, pero la odisea tras Pole por suerte es más interesante; y para colmo desaparece en la próxima temporada, pero era tan poco llamativo que ni te das cuenta.

Enrique se casa con Jane Seymour (o Juana según algunos) y si bien la convivencia tiene sus baches (la espera porque se quede embarazada pone nerviosa a media corte), la reina es muy inteligente y hábil y queda claro que podría sobrevivir a cualquier cosa. Su ambición no ciega su precaución: es dulce y amable, aguanta todo lo que le echa el rey encima, incluso las amantes, cosa que de hecho fomenta para mantenerlo contento. Y no reniega del catolicismo pero tampoco lo airea. Con sus buenas maneras se hace amiga de todos y cae bien a todo el mundo, incluso al espectador, pues el personaje está muy conseguido y resulta adorable. Pero va y se muere de parto. Eso sí, deja al heredero, Eduardo VI, que reinaría tras Enrique. El rey desespera, cae en una depresión que le cuesta horrores superar. Todo un capítulo lo dedican a ello, con su aislamiento con el bufón. De ahí salió (al menos según la serie) la ida del olla del palacio de Nonsuch (algo así como “El que no existe”), una barbaridad que sólo se pudo pagar porque Cromwell había llenado las arcas del Estado a costa de saquear templos e iglesias. La pena es que de este fastuoso castillo no queda nada, sólo algunos bocetos y piedras.

Mientras, hemos visto también el alzamiento del Norte. Los abusos de Cromwell tenían que explotar en algún momento. Unos pocos nobles llevan las reivindicaciones del pueblo, y si no son escuchados habrá guerra. Enrique hace aquí gala de su autoritarismo de forma bastante rastrera: mediante engaños descabeza la rebelión. Charles Brandon es quien se hace cargo del proceso, y además debe dar ejemplo ejecutando a cientos de plebeyos. Desde este evento el Duque de Suffolk no será el mismo, acosado por el dolor y la vergüenza. El actor Henry Cavil mejora mucho respecto a las primeras temporadas, mostrando muy bien cómo el personaje se oscurece y se ve perseguido por esos fantasmas.

Para animar al rey le buscan un nuevo matrimonio. Las pesquisas dan bastante de sí, exponiendo en poco tiempo todos los pasos y trámites de la época. Finalmente la elegida es Ana de Cleves, pero el entusiasmo del rey se viene abajo cuando la conoce y no le gusta nada. Aquí hay que hacer un acto de fe, porque otra vez los productores (o quizá el propio Hirst) se empeñan en poner una persona atractiva en un personaje que no debe serlo. La Ana de Joss Stone es prácticamente tan guapa y dulce como lo fue Jane. ¿Por qué el rey dice que es fea como un caballo? Porque Ana de Cleves lo era, al parecer, y además tendría cicatrices de la viruela. Por suerte este matrimonio también se narra muy bien. Centrando mucho el punto de vista en la dulce y tímida chica consiguen un capítulo muy sentimental y trágico; las escenas donde el Rey la rechaza y ella no aguanta el olor de la úlcera de la pierna son demoledoras. Sorprendentemente, para suerte de Ana, Enrique no vio agravio en la situación y a pesar de su desagrado procedió a anular el matrimonio sin buscar excusas para cargársela. Luego además la trató como a una amiga o hermana.

No nos olvidamos de Lady María, quien no tiene una trama importante pero está siempre por ahí pululando y sufriendo por todo y todos, porque como buena fanática todo lo que no se ajustaba a sus normas resulta diabólico. Sarah Bolger es de nuevo, a pesar de su edad, una de las grandes intérpretes de la temporada. Y Lady Rochford (Joanne King), quien fuera la esposa florero de Thomas Bolena, sigue ganando protagonismo como dama del séquito de las reinas.

Tras el cuarto matrimonio de Enrique vendría el quinto. Los Seymour proponen a una chica cercana a su familia (y también a la de los Norfolk, como decía), Catalina Howard (o Katherine si no lo traducimos). Aparece solamente al final, pero con unas pocas escenas te gana por completo, pues Tamzin Merchant deslumbra con su erotismo y jovialidad: sus ruiditos y risitas son encantadores. Con la joven alocada llena de vida y sensualidad Enrique ve colmado sus deseos sexuales y afectivos, pues la chica es muy fácil de complacer en los segundos e insaciable en los primeros. Aquí de nuevo tenemos el problema con Rhys-Meyers: al final de la temporada Enrique tiene 48 años, pero aparenta menos de treinta, con lo que el contraste con la adolescente de Catalina casi no existe. Por lo demás, su interpretación sigue siendo muy buena, mostrando correctamente los numerosos altibajos del rey.

Entre la rebelión y el fallido enlace con Ana los nobles se posicionan en contra de Cromwell. Es demasiado extremista y tiene demasiado poder, así que se lo quitan de en medio con un complot. James Frain arrasa en los últimos capítulos, mostrando con enorme intensidad el final de otro de los grandes personajes de la serie. Pero aquí hay una pega. Aunque el equilibrio de poder de Cromwell está inestable desde principios de la temporada (genial cómo se aferra al matrimonio con Ana para mantenerse cerca del rey), el complot da la sensación de ir muy rápido y me pareció que no quedaba claro cómo consiguen que alguien tan poderoso caiga tan fácilmente. Sea como sea, su ejecución es memorable. Los Tudor es capaz de mostrar cuatro finales de personajes importantes con decapitaciones (contando la próxima de Catalina) y no dejar la sensación de que se repite un esquema o recurso o que pierde fuerza.

La realización sigue siendo exquisita, con una dedicación espectacular en la ambientación donde destaca el insuperable vestuario y la excelente iluminación en tonos naturales, pero este año también se ha puesto mayor empeño en mostrar exteriores (los castillos digitales han mejorado mucho), destacando los grandes paisajes y despliegues de extras en la rebelión del norte. En otras palabras, el presupuesto cada vez luce más y se aprovecha muy bien a la hora de rodar.

Aunque es indudable que arrastra algunos pequeños problemas (el complot contra Cromwell, el casting de Ana y las ausencias forzadas de personajes relevantes), la temporada no llega a resentirse. En el primer capítulo se presentan y empiezan a desarrollar todas las tramas del año, y de ahí al final (esta vez ocho episodios en vez de diez) no hay un momento de respiro en una vorágine de acontecimientos expuesta con enorme fuerza y calidad.

Ver también:
Temporada 1 (2007)
Temporada 2 (2008)
-> Temporada 3 (2009)
Temporada 4 y final (2010)

LOS TUDOR – TEMPORADA 2

The Tudors
Showtime | 2008
Drama, histórico | 10 ep. de 55 min.
Productores ejecutivos: Michael Hirst.
Intérpretes: Jonathan Rhys Meyers, Henry Cavil, Natalie Dormer, Nick Dunning, James Frain, Maria Doyle Kennedy, Jeremy Northam, David Alpay, Peter O’Toole, Jamie Thomas King, Hans Matheson, Sarah Bolger, Anita Brien, Max Brown, Anthony Brophy, Padraic Delaney.
Valoración:

La segunda temporada de Los Tudor llega con una mala noticia: la inesperada desaparición de tres actores, y por obvia extensión de tres personajes. Uno fue Henry Czerny, el duque de Norfolk, conspirador aliado de los Bolena. El intérprete no estaba de acuerdo en cómo manejaban su personaje (no se sabe por qué concretamente) y se largó, dejando jugosas tramas en el aire: terminaría poniéndose en contra de los Bolena (para salvar su pellejo), incluso dirigiendo el juicio contra ellos, y luego atacaría a Cromwell y jugaría un papel crucial en la realización del matrimonio de Enrique con Catalina Howard. Vamos, que jodió media serie. Muy profesional el tipo, sí señor. Dada su importancia me pregunto si no hubiera sido mejor buscar un actor que lo sustituyera. Otro fue Joe Van Moyland, que encarnaba al músico Thomas Tallis. Los rumores decían que se fue para centrarse en su banda musical (algo bastante irónico). Los rumores también daban vueltas a un pensamiento interesante: que viendo el protagonismo que Hirst le daba probablemente Tallis asumiría el rol del bardo Smeaton, y quizá por suerte su ausencia obligó a no dejar de lado a dicho personaje, crucial en la caída de Ana Bolena. El tercer fugado no es tan importante, pues el noble Anthony Knivert (Callum Blue) no terminaba de ganar protagonismo y de hecho ni lo tenía, porque era un rol inventado.

A este vacío hemos de sumar la muerte de un protagonista principal que copaba muchos minutos y resultaba una presencia imponente: Wolsey. Por ello da la sensación de que a la serie le faltan personajes en los primeros capítulos de esta temporada. Sobre todo se siente el vacío que Norfolk deja: Thomas Bolena está muy solo en sus maquinaciones, y pierde algo de fuerza. Por suerte pronto cambia el panorama. Llega el obispo Cranmer a dar guerra, aunque no sea ni la mitad de interesante que Wolsey, y nos olvidamos definitivamente de la falta de nobles relevantes cuando la trama se centra en la caída en desgracia de Tomás Moro y los Bolena, esta última con el protagonismo creciente de otros personajes, como los músicos Smeaton y Wyatt.

La temporada se inicia enlazando directamente con la anterior, sin cambio de rumbo ni salto temporal porque seguimos inmersos en momentos clave. Enrique presiona a la Iglesia local para que le concedan su divorcio. A pesar de la reticencia de los cardenales y obispos y las amenazas del Papa desde Italia (Peter O’Toole en unas pocas pero intensas apariciones) se rodea de fieles en el consejo, encabezados por Thomas Cromwell como Secretario del reino y el recién llegado obispo luterano Thomas Cranmer (otro Thomas más, la hostia), y no sin esfuerzo consigue convertirse en la cabeza de la Iglesia de Inglaterra. La anulación del matrimonio con Catalina no se hace esperar, y enseguida se casa con Ana y la felicidad embarga la vida del rey y de los Bolena durante un tiempo.

La reforma de la Iglesia avanza con paso firme en manos de Cromwell (un de nuevo magistral James Frain). Los monasterios avariciosos son eliminados, los nobles deben firmar un juramento en favor de Enrique y de la descendencia que tenga con Ana, empezando por su hija Isabel, lo que deja a María la hija de Catalina sin nada. Pero Tomás Moro es un quebradero de cabeza. Su firmeza en no dejar entrever qué piensa, su negación a firmar parte del tratado pero sin negar lo más importante (aunque reniegue de ello por dentro), pone a Enrique en un brete: no puede ejecutar a su mentor y amigo. El conflicto interno de Moro es complejo y difícil de interpretar, porque piensa una cosa y dice otra, lo cual Jeremy Northam refleja con el gesto y la mirada de forma totalmente verosímil. Sumando la intensidad abrumadora que imprime al apesadumbrado Moro, logra la interpretación de la temporada y una de las grandes del año televisivo, a pesar del nulo reconomiento a la serie. Con el toque final de la manipulación de Ana, la situación termina con Moro decapitado. Se llega a sentir pena por el hombre, pues por muy fanático que fuera los otros no lo eran menos.

Llegados a este punto el autoritarismo de Enrique se ha convertido en un círculo vicioso que se expone muy bien en la corte, en la política internacional y en su lucha interna, pues se halla cada vez más afligido porque por mucho que se imponga nada le sale como quiere. Los reyes europeos le dan largas en todo intento de pacto y matrimonio, porque no se fían de que pueda darle la vuelta a todo en un arrebato. Paralelamente Ana es incapaz de darle un hijo varón, y la paciencia de Enrique se agota. La caída de Moro termina por romper la barrera de distanciamiento con la realidad: se da cuenta de que ha ido demasiado lejos y se lamenta profundamente. Ve en Ana la culpa de todo, esa bruja manipuladora.

Sabiamente Michael Hirst siembra a lo largo del año las pistas o más bien excusas que se usarán para enjuiciar a los Bolena, detalles aquí y allá como las miradas de sorpresa y rechazo de las damas de Ana ante sus confianzas con Smeaton. Y el juicio es espeluznante, con las acusaciones salidas de madre como el incesto con su hermano. La interpretación de Natalie Dormer llega a su cumbre: la conocíamos vivaz y manipuladora, y ahora muestra con gran intensidad miedo, paranoia y desesperanza ante un futuro cada vez más negro. Nick Dunning impresiona también: cuando acosa a Ana da miedo, y en la caída de la familia cambia de registro de forma increíble. ¿Cómo un actor de este calibre no es mundialmente famoso? La decapitación de anda y el exilio de su padre se toman su tiempo, mostrándonos cada paso con parsimonia. La entrada de Ana en la Torre de Londres es un plano secuencia fantástico, la estancia en la celda se hace eterna, con momento duros como cuando ha aceptado su destino y está preparada para morir pero la ejecución se retrasa por la falta de verdugo.

Apenas se ha librado de Ana y ya está Enrique encaprichado de una nueva chica, Jane Seymour. La ausencia de los Bolena recupera algo de la amistad del Duque de Suffolk, Charles Brandon, quien no veía bien el intransigente rechazo del rey hacia Catalina y María, lo que puso otra vez algo de distancia entre ambos. Catalina se sumerge en una depresión enorme, sin fuerzas para luchar. Termina muriendo con el corazón podrido, aunque hoy sabemos que era seguramente cáncer lo que le dio ese último golpe, y no la falta de ganas de vivir. María, enclaustrada también, aparece poco pero ya no es un extra, sino un personaje más, y la intérprete es todo un hallazgo. La joven Sarah Bolger logra que nos encariñemos rápido con María, aunque a veces da un poco de repelús: sus expresivos ojos y la facilidad con que muestra la aflicción hacen de ella una pequeña Catalina, es decir, una pobre desgraciada que conmueve, pero con tanto maltrato de rebote sale como fanática católica de cuidado. Lo malo es que le pasa lo mismo que a Jonathan Rhys Meyers: con su rostro juvenil parece que el personaje no envejece nunca. A este respecto el aspecto de Enrique siguen sin captarlo bien. El peinado que parece engominado y la perilla pretendían darle edad pero resultan un tanto anacrónicos.

Algunas consideraciones menores que me parecen relevantes citar son las siguientes. No me queda claro por qué Brereton cambia de idea: primero es firme partidario de asesinar a Ana, luego la sigue fielmente. También me pregunto por qué Cranmer sale en los créditos si aparece muy poco. Alguna trama secundaria, como el hermano Bolena de parranda homosexual mientras se casa para disimular, no son esenciales pero aportan vidilla al conjunto, y es un puntazo ver la frustración de la esposa.

La temporada resulta tan magnífica como la anterior. Narra varios años con gran velocidad pero sin dejar huecos: en un par de capítulos Ana tiene dos embarazos y abortos, y no da sensación de ir a saltos, sino que fluye consistentemente. La excelente conjunción de intereses personales, con cada protagonista tirando de los hilos a su manera, mueve los acontecimientos manteniendo el interés y la expectación altos, jugando con la intriga muy bien, de forma que no importa que sepamos cómo va a acabar todo, pues el relato resulta absorbente y el destino de cada protagonista se vive con muchísima intensidad.

Ver también:
Temporada 1 (2007)
-> Temporada 2 (2008)
Temporada 3 (2009)
Temporada 4 y final (2010)

LOS TUDOR – TEMPORADA 1

The Tudors
Showtime | 2007
Drama, histórico | 10 ep. de 55 min.
Productores ejecutivos: Michael Hirst, varios.
Intérpretes: Jonathan Rhys Meyers, Sam Neill, Maria Doyle Kennedy, Natalie Dormer, Henry Cavill, Nick Dunning, Jeremy Northam, James Frain, Henry Czerny, Anthony Brophy.
Valoración:

Aunque sorprenda, Los Tudor no es una producción de la BBC, sino de una cadena estadounidense, Showtime, en coproducción con Canadá. Eso sí, se rodó en Irlanda, primero porque en el reparto querían actores ingleses, segundo por abaratar costes, y tercero por aprovechar localizaciones (campos y castillos). Su creador y guionista de absolutamente todos los episodios es Michael Hirst, que va camino de convertirse en toda una autoridad y referente en la historia adaptada al cine y televisión: empezó fuerte con Elizabeth (en la que Cate Blanchett se dio a conocer), pero donde deslumbró fue con esta Los Tudor, hasta ahora su mejor obra y también donde más empeño echó, porque a partir de entonces su implicación en la escritura de proyectos donde colabora es menor. En la fallida Camelot por desgracia sólo fue productor, y así salieron los guiones. En Los Borgia tampoco escribió, y Neil Jordan, sin fallar, no llegó a los niveles que Hirst ha demostrado poder alcanzar. Vikings es su última incursión como guionista además de productor, y si bien el primer año es irregular tiene muchos buenos momentos y enorme potencial.

Emitida entre 2007 y 2010, Los Tudor consta de cuatro temporadas de diez capítulos (con la excepción de los ocho de la tercera). Su título es un poco engañoso, no sé cómo le dieron el visto bueno, pues la narración se centra exclusivamente en Enrique VIII a pesar de que la dinastía Tudor es amplia y tuvo varios monarcas. Enrique con sus seis esposas es probablemente el monarca, no solo de Inglaterra sino del mundo entero, del que más libros y películas se han realizado, pero por si alguien anda un poco perdido en historia pongo en situación. Estamos en las primeras décadas del siglo XVI, entrando en lo que ahora llamamos el Renacimiento. Colón ha descubierto América y nuevos horizontes se abren para Europa. Desde Italia nacen nuevas corrientes de pensamiento que comienzan a cambiar la forma de entender al mundo, al hombre, a las ciencias y al arte. Y en cuanto a la religión, en Alemania Lutero inicia el movimiento protestante, que cuestiona la autoridad de la Iglesia.

Creo que nunca se citan años concretos en la serie, pero el reinado de Enrique va de 1509 a 1547, y por los hechos narrados en esta temporada se deduce que empezamos alrededor de 1530 (acercamiento a Ana Bolena y caída de Wolsey). En el panorama internacional el Imperio de Carlos V (o Carlos I de España) y la Francia de Francisco I danzan con Inglaterra, guerreando unos con otros según cambia el viento. Enrique consigue sembrar buenas relaciones gracias a que aprende rápido y tiene buenos asesores, con lo que no se llega a un gran conflicto que desestabilice gravemente el equilibrio de poder.

En la corte, el rey, casado con Catalina de Aragón desde hace más de veinte años, empieza a sentir la presión de no tener un hijo varón. Catalina solo le ha dado una hija sana, María, y un puñado de abortos y bebés que duraron pocos meses. Así, Enrique empieza a distanciarse de ella, tomando amantes cada dos por tres. La familia Bolena y algunos amigos de ésta son unos escaladores sociales natos, y el cabeza de familia, Tomás, no duda en a usar a sus propias hijas María y Ana para tentar al rey para se encapriche de alguna de ellas y así ganarse su favor. Enrique despacha a María pero se enamora perdidamente de Ana, y la llega a tratar casi de reina a pesar de las críticas de los partidarios de Catalina y de la Iglesia, que ven el pecado en su relación. Pronto Enrique decide pedir el divorcio al Papa, porque en esa época sólo los reyes con buen enchufe conseguían una bula o dispensa de la Iglesia que daba el matrimonio como nulo y les permitía casarse de nuevo. Pero no se lleva bien con la jerarquía católica actual, y no están por seguirle el juego, más cuando Catalina es una reina muy querida por el pueblo.

El más fiel servidor del rey, el Cardenal Wolsey, es también su Canciller, encargado principal de la gestión del reino. Pero su ambición es enorme, pues sueña con llegar a Papa, y pronto sus deseos chocan los del rey. Se ve en medio de una lucha de poderes entre la Iglesia y Enrique, y pierde fuerza en ambos frentes. Mientras los Bolena llegan a lo más alto, Wolsey se hunde en la ignominia. La temporada acaba con la caída de Wolsey y los primeros pasos de Enrique hacia parte del ideario protestante (que daría pie a la Iglesia Anglicana), pues éste le permite ganar poder contra la Iglesia.

Los Tudor es todo conspiración política en la corte. Reyes, nobles y religiosos están diariamente absortos en mantener y aumentar su poder. Y en ese proceso las mujeres suelen ser meras piezas de cambio, aunque algunas no dudan en luchar con lo poco que tienen (sus encantos y conexiones masculinas, claro), como Catalina y Ana. Apenas salimos de los palacios e iglesias, casi toda la narración es en interiores, con los personajes formando alianzas, midiendo rivalidades, aplastando a quien se ponga en su contra aunque hace nada fuera un fiel amigo.

Los diez episodios se hacen realmente cortos, pues la narrativa es veloz e intensa como si fuera una serie de acción, atrapando con gran fuerza en la vorágine de intrigas personales. La exposición de personajes es magistral y la evolución de estos no defrauda. Capítulo a capítulo van adquiriendo nuevas capas, moviéndose hacia un lado u otro pero siempre en órbita respecto a los demás habitantes de la corte. Y el reparto, el excelso, impresionante e inolvidable repertorio de actores, termina de conseguir que Los Tudor sea una serie enorme. Lástima que pasara tan desapercibido porque no fue una producción de moda y por tanto resultó bastante ignorada por medios y premios en favor de otras muy inferiores o al menos con repartos no tan llamativos. Rhys Meyeres logró arañar un par de nominaciones a los Globos de Oro, pero el resto de prodigiosos intérpretes fueron tremendamente infravalorados.

Enrique es una tempestad. Afable cuando las cosas van bien, de frío a impetuoso cuando se tuercen. Al principio nos muestran a un rey comedido, influido por la corriente humanista y culta de Tomás Moro, divertido y sociable en las fiestas de nobles, precavido y dado a reflexionar en las relaciones internacionales. Pero su reinado también se conoció por ser bastante autócrata, y eso se va viendo reflejado poco a poco: el enamoramiento con Ana y los impedimentos que le pone casi todo el mundo van sacando su parte más autoritaria. El actor Jonathan Rhys Meyers muestra con entusiasmo los cambios de humor, está estupendo en la pose de rey (declamando muy bien) y en la de enamorado, y la transformación hacia su lado sombrío es estupenda (aunque habrá que esperar a la segunda temporada para apreciarla en todo su esplendor). El único problema es que su físico de guaperas, joven y atlético no convence del todo en el personaje. Debe representar varias décadas de vida del monarca, y en las temporadas finales el ser tan joven no da el pego de ninguna manera para un Enrique que además de anciano era obeso.

Wolsey se dedica por completo a su ambición: solo desea ascender, y para ello qué mejor lugar que en la corte al lado del rey, donde puede conspirar a lo grande. Pero también es una posición donde un desliz le puede hacer caer desde todo lo alto, con lo que la tensión sobre sus hombros es notable. Sam Neill está colosal en el papel, obteniendo una de las interpretaciones más memorables de la historia de la televisión. Impresionante su tono de falsa fidelidad y como enmascara el miedo a perder el favor del rey, inconmensurable la desesperación en su caída.

Catalina es la reina rechazada, abandonada en sus habitaciones con la única compañía de las damas de honor y las visitas de los embajadores del Emperador. Casi sin amigos, se hunde en la depresión. Maria Doyle Kennedy es la representación máxima de este estado anímico. Logra transmitir una pena y tormento infinitos. La pega es que el español que habla en ocasiones es dictado de memoria y queda ridículo. De todas formas aprovecho para decir que es sacrilegio ver a estos actorazos en versión doblada. Ana Bolena es prácticamente lo opuesto a Calatina: vitalidad, sensualidad, entusiasmo… El casting halló en Natalie Dormer una joya en bruto: ¡qué torrente de emociones transmite con sus característicos gestos, miradas y esos deliciosos labios en posiciones imposibles!

Nick Dunning es el padre de Ana, Thomas (o Tomás si lo traducimos… en esta serie el lío de traducir figuras importantes y no hacerlo con otras menos conocidas genera un caos de nombres que debería poner de manifiesto esta absurda manía de adaptar nombres históricos). Es otro actor inmenso de miradas inquietantes y feroces que muestran muy bien su ambición y determinación por aplastar sin remordimiento a todo el que haga falta para trepar en la sociedad. Henry Czerny nos deleita con otra interpretación de ese nivel: es Norfolk, otro noble de alto rango y fiel a la causa Bolena. Cuantas fantásticas conspiraciones en susurros se marcan estos dos. Charles Brandon es un joven sin las aspiraciones de los demás, solo quiere una buena vida. La amistad con Enrique pasa por muchos altibajos, pero sobrevive siempre. Henry Cavill no está a la altura del resto, pero eso no quiere decir que lo haga mal.

Tomás Moro es la guía moral de Enrique, su mentor. Humanista, teólogo y escritor, fue una de las grandes mentes de la época, pero su férrea lealtad a la Iglesia en tiempos de revolución le pondrá al borde del abismo continuamente, sobre todo cuando el rey empiece a distanciarse del papado. Jeremy Northam es otro que arrasa en cada aparición, siendo para mí el segundo gran papelón de la serie. Sus miradas de aflicción contenida y su asombrosa capacidad para mostrar cómo el personaje bulle por dentro lleno de ideas, temores y emociones que intenta no reflejar al exterior son indescriptibles. La figura opuesta de este rol es James Cromwell, que aparece sobre el ecuador de la temporada. Se mantiene en la sombra, trepando hasta llegar a ser segundo de Wolsey a pesar de en secreto oponerse al catolicismo, esperando su momento para dar a conocer sus ideas, para sembrar en la corte la semilla del luteranismo, algo que los Bolena todavía no se atreven a hacer abiertamente. James Frain es otro genio de las interpretaciones contenidas que muestran muchísimo casi sin gesticular, con miradas serias y tenebrosas.

Tenemos también otros tantos nobles y clérigos con menor presencia pero muy importantes en el entramado. Incansables luchadores de la causa de Catalina son el obispo Fisher y el embajador español Chapuys (aunque inicialmente hay otro enviado que no vuelve a salir). Entre los nobles destacan William Compton y Anthony Knivert (este último inexistente en la realidad), jóvenes con prometedor futuro. Como bardos y músicos de la corte hallamos a Thomas Wyatt y Thomas Tallis (sí, aquí todo el mundo se llama Thomas), otras dos figuras relativamente importantes de la época. El primero hasta la segunda temporada no cobra importancia. El segundo no se sabe muy bien qué pinta aquí: sus tramas son ajenas al resto y bastante aburridas, sobre todo la tontería de la chica que ve a la hermana muerta.

En cuanto a la puesta en escena, Los Tudor tiene una acabado excelente aunque a veces se noten limitaciones obvias de presupuesto. El vestuario, de complejo y rico, se llevaba gran parte del dinero, y luce de forma espectacular. En los decorados de interiores también se pone mucho empeño, con muebles y demás elementos cuidados al detalle. El problema es que no había forma de representar algunos palacios ya inexistentes (con lo que parece que estamos siempre en los mismos sitios), ni partes complicadas (nunca vemos calles de la ciudad) y panorámicas exteriores sin gastarse un dinero que no se podría recuperar. Vemos que intentan alguna recreación digital del exterior de algunos lugares (el palacio Whitehall principalmente), pero la pobreza del acabado no tiene la calidad exigible en una serie de primera división, con lo que hubiera sido preferible que usaran los clásicos fondos pintados (mate painting) que tan buenos resultados han dado durante décadas. Como suele ocurrir, en cada nueva temporada la cosa mejora poco a poco, de hecho llegaremos a ver grandes escenas en exteriores (incluido un asedio).

Pero como digo, lo que tenemos se aprovecha bien: la escenificación en interiores es magnífica, nunca parece encorsetada o limitada por espacio ni por dificultad (muchos personajes en cada momento), la secuencia siempre fluye con un tempo perfecto. La iluminación natural está muy lograda, otorgando un aspecto realista a la ambientación, y junto al vestuario y atrezo nos traslada muy bien a la época. La música aparece en pocos momentos cruciales y resulta tremendamente efectiva, aunque también debo citar el fallido tema popero exigido para los feos títulos de créditos. Hablando de estos, nadie sabe qué significa la frase que incluyen, “para conocer la historia debes ir el comienzo”… ¿y al comienzo de qué vamos, si la serie abarca lo que le da la gana a Hirst? En la segunda temporada la eliminan.

Los peros son escasos y no muy llamativos. De hecho el primer pero que voy a poner sale de un gran acierto. Narrar la historia es difícil, porque abarca muchos años y los momentos cruciales pueden estar muy separados, lo que complica muchísimo una progresión fluida en la trama y en los personajes. Esto significa que hay saltos temporales grandes de los que no siempre somos conscientes, aunque a veces se pueden ver aplicando la lógica (por ejemplo Cromwell es enviado por toda Europa, con lo que es evidente que pasan meses). Por lo general Hirst solventa esta dificultad con gran habilidad, sin altibajos o huecos en la narrativa ni en la evolución de los protagonistas, pero en unas pocas ocasiones se resumen tanto los acontecimientos que puede generar confusión: la política internacional cambia bruscamente, y puede costar seguir qué países son ahora amigos y cuáles están causando roces.

El otro aspecto criticable son algunos detalles un tanto raros y algunas desviaciones respecto a la historia real difíciles de entender. Entre los detalles cabe destacar: el rey no vivía en Whitehall sino en Wetsminster (luego convertido en el Parlamento), ni este palacio se llamaba así, de hecho se lo arrebata a Wolsey en su caída, así que aquí le quita otro palacio; el músico Thomas Tallis no estaba en la corte en esta época, a pesar del empeño en darle protagonismo (y como señalaba, su sección es la única un poco endeble). En los cambios notables tenemos los siguientes: las dos hermanas de Enrique, María y Margarita, se fusionan en una (Margarita) de manera extraña, con ese matrimonio inventado con el rey de Portugal y el fugaz casamiento con Charles Brandon, quien en realidad estuvo con María varios años y tuvieron varios hijos; además, es María la que muere durante esta época, mientras que Margarita estaba casada con el rey de Escocia; el hijo bastardo de Enrique con su amante Bessie Blount muere aquí de niño, aunque en realidad llegó a la adolescencia, un cambio que quizá responde a la idea de forzar en Enrique la desesperación por no tener descendencia masculina; hasta que asientan el personaje de Pablo III (Peter O’Toole) en la segunda temporada, los papas que citan este primer año son inventados; y Wolsey, que aquí es encerrado y termina suicidándose, en realidad tuvo una muerte menos espectacular, falleciendo al enfermar en el viaje hacia su juicio.

Y para los más puristas, decía que el nivel de calidad del vestuario es impresionante, sobre todo tratándose de una serie y donde cada pocos capítulos tenemos trajes nuevos para cada noble. Pero la fidelidad es otra cosa. En líneas generales se mantiene el aspecto de la época, pero en algunos elementos parece que Hirst decidió dar un aire más moderno, como si pensara que lo pintoresco de aquellos tiempos fuera difícil de digerir. Los nobles llevan botas de cuero (hasta la rodilla incluso) y pantalón en vez de los zapatitos y mallas habituales, y las mujeres lucen complicados peinados cuando lo normal era llevar la cabeza muy tapada; los escotes no eran extraños, pero algunas iban con ropa hasta la barbilla, y aquí nunca vemos algo así. Todo esto no desluce la enorme calidad de la serie, pero sí cabe preguntarse que, si pones empeño en hacer una producción histórica, ¿por qué dejas descaradamente de lado la fidelidad en algunos momentos?

Ver también:
-> Temporada 1 (2007)
Temporada 2 (2008)
Temporada 3 (2009)
Temporada 4 y final (2010)

TRUE BLOOD – TEMPORADA 3

HBO | 2010
Drama, comedia, suspense | 12 ep. de 47-59 min.
Productores ejecutivos: Alan Ball, Greg Fiender.
Intérpretes: Anna Paquin, Stephen Moyer, Sam Trammell, Ryan Kwanten, Rutina Wesley, Alexander Skarsgard, Denis O’Hare, Kevin Alejandro, Marshall Allman, Chris Bauer, Nelsan Ellis, Kristin Bauer, Todd Lowe, Carrie Preston, Deborah Ann Woll, Evan Rachel Wood, Joe Manganiello, James Frain.
Valoración:

El tercer año de True Blood se ha lanzado tras una segunda temporada que bajó el nivel hasta rozar el tedio en algunos tramos, aunque luego tuviera un cierre estupendo. El ritmo ha mejorado considerablemente, las tramas han ganado en interés, los personajes principales andan más centrados y los secundarios menos necesarios (o dicho de otra forma, los más cargantes) en general han aportado más (Tara) o se han relegado un poco más a segundo plano (Jessica).

La aparición del Rey de los vampiros abre una trama apasionante y de mayor calado y densidad que las cansinas orgías de Maryann. Intrigas políticas, riñas territoriales, conflictos entre razas (vampiros, hombres lobo, humanos), el pasado de Eric … Todo se presenta apasionante, y más si tenemos en cuenta que la presencia de Russell Edgington como Rey de los vampiros es fascinante y la interpretación de Denis O’Hare antológica. La relación entre Sookie y Bill, con Eric de por medio en general y en algunos tramos con la bien utilizada aparición de Alcide (el hombre lobo), se desarrolla con rumbos correctamente definidos y algunos giros muy acertados que ponen las cosas siempre tensas (la revelación de qué es Sookie y la de por qué Bill llegó al pueblo y a ella son las más llamativas). La parte de la simpática pero poco relevante Jessica con el plasta de Hoyt se ha reducido y queda como un complemento correcto. La sección de Jason y el sheriff Bellefleur, con los rednecks cambia formas, las drogas y la nueva manía del hermano tonto de Sookie no es especialmente épica, pero sigue funcionando muy bien como la parte más cómica del conjunto. Pero lo que más me ha satisfecho y sorprendido es que Tara, el personaje al que casi todos los espectadores querrían eliminar y borrar de la serie, ha tenido unas desventuras bastante más interesantes, aunque principalmente sea tanto por brevedad (no ha consumido tanto tiempo para decir nada, como ocurría antes) como por la imponente presencia de un actor tan grande como James Fraim. Lástima que a éste ya no lo volveremos a ver.

Pero no todo son aciertos, pues hay caracteres que han perdido fuelle. Cabe preguntarse por qué se centran tanto en la trama de Sam, totalmente desligada del resto, para que luego ofrezca tan poco en el fin de temporada; y Lafayette con su novio el enfermero marean la perdiz también sin llegar a ninguna parte. Supongo que son historias que se desarrollarán mejor más adelante, pero al dedicarles tanto tiempo en este año han terminado siendo más un lastre que un aporte consistente. Pero son minucias en un repertorio de personajes excéntricos y delirantes que como en las dos temporadas anteriores despiertan tantas pasiones como odios. De hecho hay espectadores que tragan tan poco con algunos caracteres y se tropiezan a veces con el tono de cachondeo irreverente que otorga Allan Ball a la serie que equivocadamente se empeñan en decir que es mala. No, la serie es muy buena, quizá no antológica pero si un entretenimiento de factura impecable y con un tono tan original y gamberro (cuánta sangre, sexo y escenas surrealistas) que resulta deliciosamente divertida.

Y hablando de calidad, no hace ni falta recalcar de nuevo que la realización es sublime en todos sus aspectos (dirección, localizaciones, fotografía, atmósfera en general), el reparto es de lo mejorcito de la televisión actual (Anna Paquin, Ryan Kwanten, Denis O’Hare, James Frain y Alexander Skarsgarg ofrecen interpretaciones memorables) y hay muchísimos momentos en los que no sé si aplaudir por asombro y admiración o partirme de risa, destacando sobre todo el ya mítico “y ahora Tiffany, el tiempo”.

Ver también:
Episodio piloto (versión pre-emisión) (2008)
Temporada 1 (2008)
Temporada 2 (2009)
-> Temporada 3 (2010)
Temporada 4 (2011)
Temporada 5 (2012)
Temporada 6 (2013)
Temporada 7 y final (2014)