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MINDHUNTER – TEMPORADA 1


Netflix | 2017
Suspense, drama | 10 ep. de 34-60 min.
Productores ejecutivos: Joe Penhall, David Fincher, Charlize Theron, Jennifer Erwin, Ceán Chaffin.
Intérpretes: Jonathan Groff, Holt McCallany, Anna Torv, Hannah Gross, Cotter Smith, Joe Tuttle, Alex Morf, Sonny Valicenti.
Valoración:

Alerta de spoilers: Sólo presento trama y personajes. —

Tras casi cincuenta años en manos del ultraconservador J. Edgar Hoover, el FBI encara los años setenta muy alejado de una sociedad que a través de los agitados movimientos contraculturales (los hippies, la conciencia racial, rompedoras tendencias artísticas, etc.) ha cambiado y se ha modernizado mucho. John E. Douglas, un agente experto es negociación con rehenes y con varios títulos de psicología y sociología, será un pilar fundamental en la actualización del cuerpo aportando una serie de estudios y libros que alterarán la forma de entender y perseguir a los criminales. Esta figura es tan relevante que sirvió de inspiración al novelista Thomas Harris, pues basó en él su agente Jack Crawford, que además lo hemos visto en las distintas versiones cinematográficas y en la serie Hannibal (ahí encarnado por Laurence Fishburne).

El punto de inflexión que poco a poco promovió un giro en la mentalidad del cuerpo fue probablemente la tremenda conmoción que provocó la matanza de Charles Manson y sus acólitos. Entonces se puso más atención a los asesinatos excepcionales (por violencia y metodología) y los múltiples, creándose el departamento “Unidad de ciencias del comportamiento”. El término “asesino en serie” se dice que lo acuñó el agente Robert K. Ressler cuando se unió a Douglas y a finales de la década pusieron en marcha un estudio de la personalidad de estos peculiares homicidas, lo que permitió después hacer perfiles de potenciales delincuentes y sospechosos de nuevos casos, abriendo una nueva época en tanto el FBI como en las investigaciones criminales en general y también en el tratamiento psicológico de estos individuos. De hecho, durante el proceso contaron con la colaboración de la psicóloga Ann Wolbert Burgess, sobre todo en casos de índole sexual. Los tres han publicado numerosos ensayos y libros sobre la materia, aunque del que parte la serie, Mindhunter: Inside the FBI’s Elite Serial Crime Unit (Cazador de mentes: Dentro de la “Unidad de élite de asesinos en serie” del FBI), lo realizó Douglas con la colaboración del escritor Mark Olshaker.

El creador de la serie es Joe Penhall, un inglés criado en Australia con un currículo de cine y televisión bastante corto, donde solo cabría destacar el fantástico guion adaptado de La carretera de Cormac McCarthy; eso sí, en teatro ha ido cosechando bastante reconocimiento y premios. Hay muchos productores implicados (incluyendo a Charlize Theron), pero la mano derecha creativa ha sido el gran David Fincher, que no debería necesitar presentación, pero por si acaso, cabe decir que fue el autor de una de las mejores películas de la historia, Seven (1995), muy relacionada en temática con esta serie, más otros tantos títulos notables y de gran influencia. En esta adaptación han cambiado un tanto a los protagonistas principales (empezando por el nombre), dejando de lado el relato biográfico en la parte dramática y centrándose en su estudio, el retrato de la época, y los cambios que fueron trayendo. La representación de los criminales sí está muy cuidada y las entrevistas son fiel reflejo de las originales.

Un agente joven y ambicioso, Holden Ford (inspirado en Robert Ressler), ve que en el FBI se quedan atrás, tanto en la educación de los nuevos miembros, donde el sistema está obsoleto incluso en el vocabulario, que censura palabras malsonantes comunes entre la población, como en las técnicas de investigación. El veterano Bill Tench (basado en John E. Douglas) siente lo mismo cuando ejerce como asesor de otros cuerpos de la ley. Con estas inquietudes acaban juntos en la “Unidad de ciencias del comportamiento”, donde a finales de los setenta y principios de los ochenta, con la puntual colaboración de la psicóloga Wendy Carr (la versión de Ann Wolbert Burgess), ponen en marcha un proyecto de entrevistas a presos condenados por asesinatos múltiples especialmente violentos, esperando conocer la educación y problemas que tuvieron como para torcerse tanto, porque los tres tienen una visión más moderna que la de “el criminal nace así”. Con el posterior análisis psicológico y forense pretenden crear un manual de interpretación de sus personalidades y formas de cometer crímenes, pero para llegar a algo tienen que luchar contra la burocracia de un cuerpo de la ley muy conservador, contra todos los baches y problemas que surgen de unas propuestas tan novedosas, y por supuesto, contra sus propios conflictos personales.

Los dos cambian a ojos vista, todo lo que van viviendo los afecta de una manera u otra. Los pensamientos, los conflictos internos, las ideas que calan, el aprendizaje y la maduración se desarrollan con una fluidez y naturalidad asombrosas. Holden empieza como un joven entusiasta que lidera una lucha en apariencia fútil contra el sistema, pero sus primeras victorias lo envalentonan llevándolo hacia un peligroso camino: la arrogancia y las prisas. Bill es un veterano que encuentra en su nuevo puesto junto a Ford alicientes para seguir con un trabajo absorbente y duro, pero el fuego de aquel y los casos cada vez más truculentos empiezan a quemar sus reservas.

Estos dos tienen una presencia muy prominente, pero no por ello se descuidan los secundarios que orbitan a su alrededor, de forma que nunca parecen puestos al servicio de sus historias. El jefe no se queda en el tópico de figura conservadora repelente, y el nuevo agente que les encasquetan hacia el final no se limita a ser el enchufado y empanado, entendemos en todo momento sus dudas y conflictos, de hecho, más de una vez queremos que el superior le dé una bofetada a Ford para encarrilarlo. La psicóloga que termina colaborando con ellos tiene una personalidad arrolladora y es esencial para la investigación. Debbie Mitford, la joven hippie que se echa Ford de novia, es un encanto, y muy relevante en su maduración; esta también hace las veces de conexión con el pueblo llano, pues aunque esté estudiando en la universidad las mismas ciencias implicadas en el proyecto, sirve para mostrar la distancia entre el encorsetado FBI y la sociedad. Y los asesinos en serie son retratos muy delicados de las figuras reales, resultando inquietantes y fascinantes a partes iguales, en especial Edmund Kemper, quien podría ser un amigo cualquiera tuyo.

La narrativa es metódica, sutil y profunda como ella sola. A más de un espectador se le atragantará tanta conversación larguísima y tan poca exposición visual. Cualquier otro autor se montaría unos flashbacks llenos de enredos visuales para exponer los homicidios mientras los reos los relatan a nuestros protagonistas, pero Penhall y Fincher huyen de artificios superficiales para centrarse en ahondar en la psique de los personajes, incluyendo los delincuentes. Así, tienes que estar siempre atento a cualquier frase, que puede transmitir más que las simples palabras, y a su respuesta visual, pues una mirada, un silencio o un suspiro puede definir las intenciones o el estado de ánimo.

También habrá a quien le cueste asimilar todo el subtexto que se va desgranando en el relato. Porque no estamos exactamente ante un policíaco, ni un thriller de asesinos en serie, ni un drama clásico. Aunque hay algunas investigaciones (intentos de poner en práctica sus teorías), no esperes ver lo típico, agentes del FBI persiguiendo sospechosos y resolviendo casos en cada episodio, es un drama documental que, como The Wire (David Simon, 2002) hizo en otros ámbitos relacionados, expone un todo muy complejo con una visión realista y reflexiva. Partimos del nacimiento de la ciencia criminal moderna, pero vamos mucho más allá, adentrándonos en un metódico y complejo ensayo sobre el ser humano. Se habla de la formación como personas, de la influencia materna y paterna, de las carencias en las relaciones sociales, del ego, de la pérdida de la brújula moral, de la conciencia de los actos y sus consecuencias… En definitiva, de los condicionantes que nos van formando como personas aptas para la sociedad o no.

Los capítulos no cuentan como unidades independientes, porque hay distintos arcos que abarcan varios de ellos. Primero tenemos los intentos de poner en marcha el sueño de cambio. Luego los pasos iniciales en el estudio, con salidas laterales hacia el asesoramiento de agentes de otros cuerpos de la ley (a pesar de todo, el FBI era el más moderno y capacitado). Seguimos con los primeros tímidos resultados (incluso ayudando en algún caso) y también algunas meteduras de pata. Y finalmente, aunque todavía no llegamos a conclusiones, pues se dejan para el futuro, también tenemos las primeras secuelas.

El primer acto es el mejor. Los capítulos iniciales son sublimes y el entusiasmo de Ford se contagia instantáneamente. Es imposible ver un episodio suelto, te dejan con enormes ganas de más. A pesar de la aparente lentitud, nunca hay sensación de que se estira o se rellena, pues hay tanta información y sensación de avance que no encontramos un minuto de descanso, tienes que estar, como indicaba, con los sentidos alerta en todo momento, y la recompensa es grata, pues hay capas y capas de contenido que desgranar y disfrutar.

Los otros dos actos son embriagadores también, pero hay que decir que no llegan a ser tan perfectos, pues caen en un par de pequeños bajones. El receso con Wendy y su lado privado (conocer a su pareja y su vida en casa) queda un poco anticlimático y descolgado, no está tan bien conectado con las distintas tramas como la trayectoria de los dos personajes principales. El otro fallo es que en el desenlace los autores olvidan las virtudes de la narrativa sosegada y con visión a largo plazo para intentar un clímax con un giro y un subidón que impacte y te deje en vilo, pero me temo que no consigue lo pretendido sino más bien pecar de rebuscado y forzado. Da la impresión de que conocer las primeras secuelas y problemas serios del proyecto y acabar con todo en suspenso en espera de ver cómo remontan era un buen punto y aparte dado el tono de la serie y no hacía falta tanto enredo.

El trabajo de los actores es notable. El joven Jonathan Groff (dado a conocer en la soberbia Boss -2011-) y el veterano Holt McCallany (secundario en muchas películas y series) aportan infinidad de matices a unos personajes sin rasgos especialmente marcados, pues son muy humanos. Anna Torv y Hannah Gross y demás secundarios cumplen de sobras. Pero si hay que destacar a alguien es a Cameron Britton como Edmund Kemper, el asesino más colaborador, sobre el que compone un ser inquietante y a la vez frágil que resulta simpático y repulsivo a partes iguales.

La puesta en escena es cien por cien Fincher, no en vano dirige varios episodios. Están todas sus virtudes, esa combinación de técnicas de fotografía y escenificación tan reconocibles. En todas sus obras consigue una impronta hipnótica gracias a su esfuerzo porque la cámara siga a los personajes en una estudiada coreografía que atrapa la mirada y nos introduce en la escena como si estuviéramos allí. Por supuesto, eso no es todo: la iluminación, el montaje, la música y la ambientación de la época son magníficos también.

Cabe destacar una cosa curiosa: muchas imágenes tienen un importante tratamiento digital. En algunos casos es para pulir el detalle, como por ejemplo quitar elementos fuera de época de las calles, pero en otros parece bastante innecesario, como los casos en que añaden unos pocos árboles que no cambian en ningún sentido el cuadro. En otras muchas ocasiones es para ahorrar dinero, y lo hacen tan bien que no se nota: las escenas de viajes suelen tener mucha composición en postproducción para mostrar distintas ciudades y aeropuertos sin tener que tirar un dineral rodando en localizaciones. Esto es algo que lleva aplicando mucho Fincher desde Zodiac (2007), con la que la presente guarda también un obvio paralelismo en temática y estilo.

Mindhunter ha sido la serie tapada del año: pese a que cautiva a todo el que la ve, no la ha visto mucha gente. Extrañamente, no ha logrado aprovechar el tirón del renombre de David Fincher y su extraordinaria calidad, que la pone, junto la cuarta temporada de Black Sails (Robert Levine, Jonathan E. Steinberg, 2014), en la cima de esta etapa televisiva. Como extensión, al no copar portadas en los medios no ha llegado a los certámenes de premios habituales, pues los Emmy, Globos de oro y otros premian más la popularidad y las modas que la calidad. Pero a estas alturas no vamos a esperar que estos cambien, y centrémonos en propagar con nuestra palabra esta barbaridad de serie que, salvo batacazo o cancelación prematura en próximas temporadas, va camino de ser una de las grandes de estos años.

PD: Los títulos de crédito son un coñazo, para saltárselos siempre.

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