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HOMELAND – TEMPORADA 8 Y FINAL

Showtime | 2020
Drama, suspense, acción | 12 ep. de 50-66 min.
Productores ejecutivos: Alex Gansa, Howard Gordon, Lesli Linka Glatter, Claire Danes, varios.
Intérpretes: Claire Danes, Mandy Patinkin, Linus Roache, Costa Ronin, Maury Starling, Nimrat Kaur, Sam Trammell, Cliff Chamberlain, Andrea Deck, Numan Acar, Mohammad Bakri, Hugh Dancy, Elham Ehsas, Beau Bridges, Tim Guinee, Sitara Attaie.
Valoración:

Alerta de spoilers: Sólo presento la trama principal, sin datos reveladores de ningún tipo.–

Se va a echar bastante de menos a Homeland. El thriller de espionaje serio es un género que escasea desde el año 2000 en cine y televisión. Acción y más acción es casi lo único que hay, y los pocos títulos que podamos encontrar no tienen la complejidad y calidad de esta serie. Aun contando con algunos fallos que han ido arrastrando (siempre dejaban algún fleco suelto, había momentos un tanto forzados -sobre todo en los dramas familiares-, y podían haber sacado más de los secundarios), sus autores Howard Gordon y Alex Gansa han sido muy valientes en cuanto a temática, tocando temas de espionaje y terrorismo de actualidad y con una fuerte carga crítica (sobre todo contra los desmanes bélicos y políticos de Estados Unidos), y se han mantenido muy inspirados durante ocho estupendas temporadas.

Cierto es que los tres primeros años resultaron bastante irregulares, con tramos espléndidos y bajones notorios. Algunos de los protagonistas, el soldado Nicholas Brody y su familia, fueron quemados en la espectacular segunda etapa, algo que pesó bastante en la tercera, un tanto improvisada y caótica. Pero se arriesgaron a seguir sin ellos y a buscar nuevas historias y escenarios, y la serie ganó en equilibrio y en variedad. Y también en tranquilidad, pues por razones que todavía no comprendo, enganchó a un amplio y ruidoso grupo de fanáticos que no aguantaba ninguna queja sobre las carencias en la sección familiar (cuánto dramón cansino aguantamos con la hija) y luego pusieron un grito en el cielo cuando nos libramos de esas carencias, como si fuera una traición personal en vez de un esfuerzo por mejorar. Por suerte, parece que en el cambio de la tercera a cuarta temporadas se esfumaron a molestar a alguna otra serie.

Durante ese primer arco vimos las consecuencias dentro de los propios Estados Unidos de las guerras que mantienen en Oriente Medio con fines más políticos que de atajar realmente el terrorismo islámico, donde incluso cuando intentan tratarlo fallan estrepitosamente. Las familias rotas, los soldados traumatizados, la desafección hacia la clase política, la infiltración terrorista dentro de sus fronteras…

En la cuarta etapa terminaron de exprimir el tema trasladándonos a Afganistán y Paquistán para enfrentar directamente el nacimiento del terrorismo islámico y las meteduras de pata de EE.UU. en esos países. En la quinta saltamos a otro ángulo, abordando el conflicto desde Europa. La actualidad estuvo más presente que nunca, con ecos del caso Edward Snowden, el atentado contra la revisa Charlie Hebdo, la inmigración hacia la Unión Europea… Y la parte de espionaje empezó a acercarse a Rusia y la guerra fría constante entre ese país y Europa y Estados Unidos. La llegada de Donald Trump inquietó al mundo, y con su vena crítica, los guionistas no pudieron evitar hablar del tema, desarrollando otro arco largo, que abarcó las temporadas seis y siete, donde analizan a fondo qué podría pasar si la injerencia rusa y un candidato a la presidencia un tanto extremista agitara el avispero de corrupción e intrigas ocultas en el gobierno, la CIA, el ejército, los medios… No dejaron títere con cabeza en un relato de tintes espeluznantes por su verosimilitud.

Parecía que esta gran historia de vuelta en casa serviría para finalizar la serie por todo lo alto, pero la renovaron por una octava temporada. Habiendo pasado por todas las perspectivas posibles, no cabía imaginarse qué podrían abordar para el tramo final, pero era difícil no pensar en que lo habitual en estos casos es intentar causar impresión forzando tramas y giros sensacionalistas. El retraso en la escritura y el rodaje nos dejó un año sin serie, teniendo que esperar al siguiente, lo que aumentó los nervios, al pensar que no tenían claro qué hacían y estaban improvisando, y la expectación por verla de una vez.

El estreno ha terminado con las dudas y temores. No se la juegan con algo nuevo en plan ricemos el rizo, pero tampoco tiran de lo mismo de siempre. Es una mezcla de todo lo anterior, es decir, combinando la historia política y personal previa y la experiencia adquirida por los escritores tenemos una historia más global que nunca. El polvorín que es Paquistán vuelve a agitarse con la política local, la intromisión de Estados Unidos, la pugna entre los que miran hacia adelante y buscan puntos en común y los sectores más conservadores que quieren imponer su visión; y para aderezarlo todo, los intereses rusos añaden más problemas. En todo ello Carrie Mathison y Saul Berenson y en menor medida Max Piotrowski enfrentan nuevos y difíciles dilemas, incluyendo la lealtad hacia agencias y gobiernos tan corruptos.

Tenemos como siempre una trama muy compleja desgranada con paciencia, de forma que los primeros capítulos parecen lentos y dispersos, pero cuando todo cuaja se presenta un panorama fascinante. Además, esta vez empezamos con un extra de suspense al quedar en entredicho la posición de Carrie tras las vivencias recientes con los rusos.

El plan de paz de Saul es polémico pero prometedor, sobre todo porque parece llegar en buenas circunstancias. El terrorista más buscado del mundo, Hassain Haqqani (Numan Acar), parece harto de la guerra, y entre Saul, el decidido presidente de EE.UU., Warner (Beau Bridges), su fiel consejero David Wellington (Linus Roache), y la tregua de Haqqani podrían empujar a Paquistán y EE.UU. y por extensión al mundo hacia el buen camino. Incluso la directora del ISI (la agencia de inteligencia paquistaní), Tasneem Qureishi (Nimrat Kaur), parece estar dispuesta a oír las condiciones de gente de la que tan poco se fía.

Pero la nueva sangre no muestra tanta experiencia y madurez y se aferra a lo único que conoce, la guerra y el miedo como medios para gobernar y sobresalir. El hijo de Haqqani (Elham Ehsas) y los vicepresidentes de ambos países, Haynes (Sam Trammell) y G’ulom (Mohammad Bakri), y sus asesores (destacando a un inmenso Hugh Dancy), siguen empeñados en el conflicto bélico como única solución posible. Y en tierra de nadie queda Yevgeny Gromov (Costa Ronin), el contacto ruso de Carrie cuya afiliación y planes son un misterio.

Como es habitual también, una vez asentado todo, los guionistas lo hacen saltar por los aires llegando al cuarto y quinto episodios, y nos embarcamos entonces en una intriga de política, espionaje y terrorismo impredecible y fascinante, llena de bandos, intereses e intenciones ocultas y problemas de todo tipo. Resulta la temporada más volátil y difícil de ver venir desde la segunda, cada pocos capítulos la situación cambia de formas inesperadas a peor y se pone cada vez más al límite a los protagonistas, llegando estos a estar ante dilemas laborales y personales que te mantienen en un nivel de tensión que te hará sudar y apretar los dientes.

Pero esto sigue siendo Homeland, y se mantienen los problemas de siempre también. Los personajes secundarios son irregulares, con algunos nuevos que apenas logran despertar el interés y otros veteranos desaprovechados. Max tiene sus momentos, pero está metido un poco por la fuerza en todo. Me sigue cayendo muy bien, pero no logra dejar huella este año. El jefe de la delegación de la CIA en Paquistán, Mike Dunne (Cliff Chamberlain), resulta demasiado tontito para ese cargo, y da la impresión de que deja su trabajo para incordiar a Carrie más veces de la cuenta. La agente novata Jenna Bragg (Andrea Deck) prometía más, tanto en su adaptación al trabajo como en la relación con Carrie, y si bien es bastante simpática, no llega ofrecer una trayectoria que atrape y sorprenda. Peor parada sale Samira (Sitara Attaie), la mujer paquistaní que perdió un marido y piensan que puede ayudar: en cada aparición esperas que aporte algo, pero no lleva a nada; no sé si con el drama que enfrenta querían mostrar la vida en la zona, pero es algo muy previsible y no llegar a tener relevancia, se olvida y no vuelve a mencionarse.

Otro de los fallos recurrentes es que los guionistas se esmeran en que la amplia visión global resulte verosímil pero a veces descuidan el detalle, de forma que algunas soluciones de escenas secundarias o de transición no resultan creíbles, dejando unos cuantos instantes desperdigados aquí y allá que te hacen torcer un poco el gesto; por poner el ejemplo más destacable, que Carrie se presente con un camión conducido por un árabe en plena base militar estadounidense y se pasee por los hangares sin que haya pasado por ningún control es de un ridículo asombroso.

Tras ocho temporadas de serie, con historias tan apasionantes y llenas de sorpresas memorables, era bien complicado conservar el nivel en el final, cerrar todo adecuadamente y mantener la capacidad de sorprender sin parecer que tiran de artificios para tratar de complacer con facilidad las ansias del espectador. Y lo consiguen, unen cada línea con dedicación, sin miedo a pararse a asentar nuevos ángulos esenciales en los últimos capítulos. Pero además lo rematan todo con un epílogo fantástico que te deja con una grata sonrisa de satisfacción.

Ver también:
Temporada 1 (2011)
Temporada 2 (2012)
Temporada 3 (2013)
Temporada 4 (2014)
Temporada 5 (2015)
Temporada 6 (2017)
Temporada 7 (2018)
-> Temporada 8 y final (2020)

HOMELAND – TEMPORADA 7

Showtime | 2018
Suspense, drama | 12 ep. de 47-62 min.
Productores ejecutivos: Alex Gansa, Lesli Linka Glatter, Howard Gordon, Claire Danes, varios.
Intérpretes: Claire Danes, Mandy Patinkin, Elizabeth Marvel, Linus Roache, Maury Starling, Morgan Spector, Dylan Baker, Beau Bridges, James D’Arcy, Catherine Curtin, Sandrine Holt, Costa Ronin, Amy Hargreaves.
Valoración:

Alerta de spoilers: Describo bastante las tramas del año.–

Nos quedamos en jugoso e inquietante punto y aparte en la temporada anterior con el endurecimiento de la política de la presidenta Elizabeth Keane tras sobrevivir al intento de golpe de estado de sus propias fuerzas de seguridad. Carrie vio rápido el emergente totalitarismo de su otrora amiga y desde entonces vive con el dolor de ver su patria desgajada desde dentro. Pero sin trabajo y acogida por su hermana, todo lo que puede hacer es tragarse su resquemor. Saul sin embargo parece resignado, o pasando del tema, viendo que no hay mucho que hacer. Pero en el primer intento de limar asperezas la presidenta, presionada por su consejero David Wellington, promete empezar a liberar a presos políticos y darle a Saul el puesto asesor de la seguridad nacional. Su primera misión será dar caza al último disidente fugado, el locutor de radio Brett O’Keefe, pero la cosa no pinta nada bien, porque los paletos sureños están muy agitados y él lo exprime incitando una posible rebelión ciudadana. Otro de los principales artífices de esta situación, el general que lideró el atentado, McClendon, está entre rejas, pero Keane no tiene descanso tanto por el envite constante de O’Keefe por el lado mediático como el del senador Sam Paley por el político y legal. Y la cosa se complica cuando el general muere en extrañas circunstancias…

La intriga política empieza, como suele ser habitual en Homeland, con unos primeros capítulos más que pausados lentos, pero lo cierto es que aquí lo son bastante y cuesta perdonarlo porque las tramas ya estaban bien asentadas y venían con carrerilla, ergo no había la necesidad de pararse a exponer con detenimiento una historia nueva. Además, Carrie da bastantes tumbos en un drama muy visto: que si estoy loca, que si la hija, que si las peleas con la hermana… A estas alturas deberían haber buscado algo más original. El enérgico papel de Jake Weber como el locutor miserable que escupe bilis y conspiraciones cada día y la tensión con que los ultraconservadores amantes de las armas se alcen contra el gobierno es lo más llamativo del primer tercio del año. Sin embargo, me temo que el subidón gradual de esta sección no llega tan alto como se esperaba, porque prometía un episodio de acción espectacular de los que dejan todo patas arriba como venía siendo habitual en las temporadas previas, pero es un poco decepcionante al no ofrecer una gran batalla y dejar luego a O’Keefe muy de lado a pesar de su relevancia.

De todas formas, la lectura crítica que se expone no se puede pasar por alto, porque en estos dos últimos años de sutil tiene bien poco. Homeland siempre ha sido una producción dada a mostrar las malas artes del gobierno de Estados Unidos y que trataba de ofrecer una visión compleja y verosímil del panorama político de todo el mundo (desde el punto de vista del terrorismo y el espionaje), pero no se notaba tanto en sus dos primeros años, más centrada en la familia, lo militar y el miedo al musulmán, así que conforme fue abriendo el objetivo fue perdiendo el beneplácito aquellos que no habían se dado cuenta de que no era tan de derechas como pensaban. Porque por lo visto muchos no se enteraron de que Brody no se había convertido en islamista radical, sino que había conocido la miseria que deja su país por el mundo y quería ponerle fin acabando con sus dirigentes, pero ya en futuras etapas, cuando ponían musulmanes buenos (¡qué osadía!) y políticos corruptos e incompetentes más evidentes, se preguntaron qué hacían viendo una serie realista y volvieron a 24 (2001), la orgía fascista protagonizada por Kiefer Sutherland.

Pero ahora, estando Homeland tan bien asentada a estas alturas, su artífices principales, Howard Gordon y Alex Gansa, no tienen miedo de poner en la mira a la población civil también. El primer objetivo me parece muy acertado, de hecho logran que resulte perturbador: describen y machacan a lo grande a los O’Keefe del mundo, esos ultraconservadores con poder (mediático principalmente) cuando no fachas que viven en una burbuja inventada por ellos mismos sin conocer los problemas reales de la gente (sobre todo de las clases bajas) y se alimentan de soltar mierda y conspiraciones contra enemigos imaginarios, o sea, contra todo el que no comulgue con su paranoia; la principal referencia de esta figura parece ser el locutor y productor de documentales conspiranoicos Alex Jones; en España su equivalente serían Jiménez Losantos o Eduardo Inda (ni los voy dignificar poniéndolos en negritas). También van a saco a por el clásico “obrero de derechas”, en EE.UU. conocidos como “rednecks”, poniéndolos de ignorantes que no entienden el mundo y violentos contra todo lo que no piense como ellos. Pero en esto último deberían haber mostrado más perspectivas, creo yo que había tiempo para dibujar un cuadro más completo que abarcara distintas visiones del conflicto, o al menos haberlo hecho con más elegancia para que no pareciera una simplona generalización del estereotipo. Es decir, aquí sí habría razones para señalar un torpe giro hacia una torpe izquierda, pero por suerte no parecen quedar espectadores reaccionarios viéndola y pasa como lo que es, un fallo menor en un loable intento de mostrar cosas complejas.

Después de este punto de inflexión nos vamos a otra historia que puede parecer un poco metida de golpe inicialmente, pero no tarda en coger carrerilla y enganchar. Cabe destacar que el escenario planteado resulta tan plausible que Homeland de nuevo acierta de lleno prediciendo historias reales de la política mundial. La injerencia rusa (en concreto en EE.UU.), tanto mediante espías como sobre todo a través de las redes sociales, es un tanto turbadora como espejo de la realidad, pues la campaña de Hillary y Trump y la presidencia de este se han visto salpicadas de escándalos parecidos. En principio los productores tenían pensado otro arco distinto para las temporadas siete y ocho, pero la inesperada llegada de Trump al poder les pareció más relevante y lo tuvieron en cuenta en la presente.

Como trama de espionaje e intrigas políticas recuperamos pronto un nivel más acorde al estándar en la serie, con numerosos giros imprevisibles e infinidad de retos para Carrie, Saul y Keane. Tras volver Carrie al juego con una escena estupenda, esa en que vence a un hacker pervertido y vuelve a sentirse viva, recuperamos a la gran espía y todo parece unirse de nuevo y encaminarse a explotar a fondo la trama global. Pero me temo que vuelven a llevar a la protagonista hacia un dramón de cuidado, otra disputa por la dichosa niña y la cansina enfermedad. Sí, está bien escrito y como drama funciona, pero hay que ponerse en situación: a estas alturas está bastante agotado, tenían que haberlo cerrado hace tiempo. Por suerte, parece que todo apunta a ello en un tramo final bien trabajado y bastante emotivo, aunque entenderé que a alguno se le haga largo esperando el colofón de la historia principal.

Otra mejora posible es que se echa de menos algún agente secundario con más peso, pues sólo cabría mencionar a Thomas Anson (James D’Arcy), y está muy lejos de llegar al nivel de Peter Quinn. Tampoco termina de entusiasmar el nuevo amigo/amante de Carrie, Dante Allen (Morgan Spector), cuyas acciones requerían unas motivaciones más contundentes para resultar creíbles. También cabe decir que Max sigue resultando muy interesante, pero tras tanto tiempo no han ahondando casi nada en él; al menos está bien acompañado por otros secundarios nuevos interesantes, la analista y el joven hacker. Por el lado de la presidenta el resultado es mejor: David Wellington y el senador Paley tienen mucho peso en la trama y son unos personajes estupendos muy bien interpretados por Linus Roache (visto en Vikingos) y Dylan Baker (secundario en incontables series, como The Good Wife). De hecho, sus problemas y los conflictos políticos entre ellos acaban siendo más interesantes que el esperado desenlace…

Después de tanto prometer, los guionistas han fallado un poco también en los clímax principales; nada desastroso, pero Homeland nos tenía acostumbrados a un gran nivel y la cosa va algo justa. La ansiada visita Rusia resulta poco aprovechada y las escenas de tensión y acción son más artificiales que efectivas. El asalto a la casa segura donde se esconde la espía, los duelos entre embajadores y asesores de seguridad y el lío en la embajada (atención a los mediocres efectos especiales de la subida por la fachada) están lejos de alcanzar el listón de otros años. Y me temo que como epílogo tenemos dos giros forzados malogrados, uno con la presidenta, que no tiene razón de ser, y otro con Carrie donde se desanda lo andado con sus crisis emocionales y no promete nada bueno.

No sé qué deparará la octava y última temporada, porque casi todo está muy cerrado y será una historia nueva. Lo que sí deseo, viendo la irregularidad de esta etapa, es que se pongan las pilas y nos regalen un gran cierre.

Ver también:
Temporada 1 (2011)
Temporada 2 (2012)
Temporada 3 (2013)
Temporada 4 (2014)
Temporada 5 (2015)
Temporada 6 (2017)
-> Temporada 7 (2018)
Temporada 8 y final (2020)