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THE CROWN – TEMPORADA 2

Netflix | 2017
Drama, histórico | 10 ep. de 55-60 min.
Productores ejecutivos: Peter Morgan, Stephen Daldry, varios.
Intérpretes: Claire Foy, Matt Smith, Vanessa Kirby, Jeremy Northam, Anton Lesser, Victoria Hamilton, Will Keen, Pip Torrents, Harry Hadden-Patton.
Valoración:

Casi podría copiar el comentario de la primera temporada, porque la tónica y la calidad es la misma. Seguimos las andanzas del reinado de Elizabeth II, la corte, y a veces el gobierno, tratando de formar con ello una visión global de la historia reciente de Reino Unido. Pero, como en la primera etapa, parece que sus autores (Peter Morgan a la cabeza) siguieran sin un consenso claro sobre qué contar, si la historia del país o la vida personal de la reina.

Esta vez han abierto un poco más el foco, cambiando el punto de vista en algunos capítulos de la monarca a otros personajes principales (los dos primeros ministros -Eden y MacMillan-, Margaret, Philip y el duque de Windsor), pero todavía da la sensación de que no basta, de que el cuadro completo de Reino Unido sigue dejándose de lado para centrarse en historias menos trascendentales de la corte. Así, la crisis del canal de Suez parece un tanto ajena al resto de la serie, y la aproximación al matrimonio de MacMillan no digamos. La perspectiva también falla a la hora de mostrar al pueblo llano, del que no sabemos nada hasta que aparece el periodista que saca los colores a la rancia corona y los obliga a modernizarse un poco. En estos casos es como pasar de cero a cien, pues el resto se centra demasiado en los dramas personales de la reina y sus allegados y en anécdotas en principio poco prometedoras. La unión de las dos vertientes se puede hacer bien, como demuestran otros momentos donde la relación de la política nacional y mundial con las vivencias de Elizabeth se gestiona mucho mejor: la visita de los Kennedy, la siguiente crisis africana y algunos tramos de las caídas en desgracia de los ministros.

Este problema de foco se disimula un tanto porque, como en la primera temporada, todas las aventuras las narran con un cuidado extremo en la confección de escenas y diálogos, en la situación emocional de los implicados, y, sobre todo, en el aspecto visual e interpretativo, que resulta sublime. La fotografía es un portento de cuidado, los decorados y efectos especiales magníficos, y la labor de los diversos directores excelsa, conformando una serie más que hermosa arrebatadora, tanto que bordea ser empalagosa. El guion es inteligente, sutil, detallista… tanto que se acerca demasiado a un tono pretencioso, tal es el esfuerzo por dotar de relevancia a cada acontecimiento. Pero en ambos casos eluden esa sensación con elegancia, resultando un entretenimiento deslumbrante y adictivo. En algunos capítulos puedes terminar pensando en que no te han contado nada realmente importante, pero el viaje resulta la mar de emocionante. Por ejemplo, la odisea de Margaret con el fotógrafo bien podría haberse narrado en quince minutos, pero sus autores logran una película romántica notable. Sólo en los dos últimos episodios fallan, pues en ellos se atascan en clichés muy vistos (el niño inadaptado, con topicazos cargantes como el dichoso muro), sin ser capaces de darle una perspectiva más ingeniosa y atractiva como sí consiguen en el resto del año.

El notable reparto tiene algunas nuevas presencias de calidad, como Mathew Goode, pero por lo demás se mantiene en la tónica del año previo: Claire Foy está impecable como la reina, con un trabajo lleno de sutilezas y gestos contenidos realmente complicado, y Matt Smith como su marido sigue siendo el eslabón más débil, saliendo airoso sólo porque tiene cierto carisma. El resto de grandes actores, sean conocidos o no, están de nuevo impecables.

A pesar de su ligera irregularidad, tanto en objetivos como en calidad, The Crown es la mejor muestra actual, sea cine o serie (también es otro caso donde esta frontera se difumina casi por completo), de que se puede contar más o menos lo mismo de siempre y salir no sólo airoso, sino logrando una obra de gran nivel. Una vez sumergida en ella es fácil olvidarse de sus carencias y enamorarse de su factura impecable, sus personajes deliciosos, los certeros diálogos, la épica que son capaces de conferir a historias a veces mundanas, pero otras también bastante jugosas. Además, van cogiéndole el punto a la crítica ligera y al humor, que da pie a algunos momentos irónicos bien conseguidos, en plan “sí, sabemos que la corona y todo lo que le rodea son costumbres anticuadas, algunas un tanto ridículas, y sin duda muchos de la corte también lo sabían”. En el tramo final de hecho esta última noción pasa a primer plano: la reina aceptaría que Philip haya tenido aventuras, porque su matrimonio es imagen política. Con ello la serie sigue mitigando la impresión inicial de que era un tanto conservadora. Ahora falta que se centren un poco más en el rango de historias elegidas, porque sigue habiendo latente una obra de sobresaliente.

En próximas temporadas, para adaptarse a la edad de los personajes, habrá cambio de reparto. Olivia Coleman (Broadchurch, El infiltrado) encarnará a la reina (con lentillas para aclarar sus ojos, supongo), y, conociéndola, me parece una buena elección. Más llamativos resultan Helena Bonham Carter (Harry Potter, El club de la lucha) como Margaret y Paul Bettany (Master and Commander) el duque de Edimburgo, sobre todo este último, un actor muy intrautilizado. El resto del reparto está pendiente a la hora de escribir esto.

Ver también:
Temporada 1.

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THE CROWN – TEMPORADA 1


Netflix | 2016
Drama, histórico | 10 ep. de 55-60 min.
Productores ejecutivos: Peter Morgan, Stephen Daldry, varios.
Intérpretes: Claire Foy, Matt Smith, Vanessa Kirby, John Lithgow, Jared Harris, Pip Torrens, Ben Miles, Jeremy Northam, Victoria Hamilton, Alex Jennings.
Valoración:

Antes de entrar en materia, lo primero que quiero hacer es desmentir la frase con la que casi todos empiezan al hablar de The Crown: ¡basta ya con el rumor de que es la serie más cara de la historia! No sé de dónde ha salido, y es vergonzoso que los medios lo repitan sin informarse. El propio creador y algunos de los directores han expresado en algunas entrevistas (1 y 2 por ejemplo) su asombro ante esas cifras absurdas. Según ellos habría costado unos cien millones de dólares por dos temporadas (igual que House of Cards), cincuenta cada una, cinco por capítulo, que ya es bastante, y lo luce muy bien. Hasta ciento cincuenta por la primera temporada indican algunos… y aun así no sería el presupuesto más grande conocido, porque en algunos años Urgencias rondaba trece por episodio, casi trescientos millones por temporada.

The Crown no es una serie que de primeras me llamara mucho. ¿Otra producción inglesa sobres las clases nobles? ¿Qué pueden aportar después de infinidad de películas, series y miniseries sobre diversos reinados y clases nobles? Sin ir más lejos, tenemos muy reciente la exitosa representación de las familias de la alta sociedad en Downton Abbey. ¿De verdad no hay más que contar en la historia del país que los líos de sus monarcas y nobles? Los dos primeros capítulos me echaron bastante para atrás, pues son bastante básicos: tramas lineales y predecibles, personajes acartonados y estereotipados (más sirvientes estirados), y sobre todo una adulación obsesiva de la corona. La agilidad e inteligencia con la que en Downton Abbey unían decenas de protagonistas y aventuras logrando un mosaico cautivador no parecía asomar aquí por ninguna parte. Además, la perspectiva inicial me pareció un tanto conservadora, con demasiada adulación a la corte y una visión muy cerrada sobre la misma, es decir, vemos la burbuja en que viven y ya está; a Downton Abbey se le notaba también la nostalgia por la alta sociedad, pero trataban bien los cambios que llegaban con los nuevos tiempos a la sociedad.

Pero la puesta en escena no me importó que fuera conservadora, porque lo es en sentido cinematográfico. El vestuario y los decorados son impecables, y la trabajada fotografía consigue una belleza casi abrumadora. La dirección mantiene un tempo sobrio embelesador, y el trabajo actoral es excelente. Así que le di una oportunidad para ver si su tono pomposo, afectado (la premisa simplona y previsible tratada como si estuvieras ante algo único), su ritmo plomizo y su excesivo patriotismo no le impedían crecer y lograba navegar hacia algo más llamativo. Tantas alabanzas y tantos premios, digo yo que algo tendría. Y lo cierto es que mejora bastante a partir del tercer capítulo. No tanto como para hablar de la mejor serie del año, pues los Globos de Oro han hecho el ridículo otra vez, teniendo temporadas claramente superiores, como la cuarta de Orange is the New Black, pero desde luego es acaba siendo en conjunto una obra muy a tener en cuenta a pesar de sus irregularidades y su flojo y desalentador comienzo.

Poco a poco le cogen el punto a su argumento sencillo y consiguen exprimirlo al máximo en un guion que sorprendentemente llega a mostrar más inteligencia, sutilezas y novedades de las prometidas. Mediante la exposición metódica de situaciones, apoyándose con sabiduría en los sentimientos de los personajes y el cuidado del detalle más en que en tratar de formar tramas complejas, y con una dedicación exhaustiva en la puesta en escena para obtener la mayor elegancia y emoción posible de cada plano, sus autores son capaces de lograr un relato muy atractivo e incluso a ratos conmovedor. Lo mejor es que salimos del aparente inmovilismo inicial, tanto en temática como en estilo, pero también en el rango ideológico.

Cada capítulo toma una historia relevante del reinado de Elizabeth II y lo trata con un estilo distinto, como si fueran películas conectadas por una temática global. Uno está centrado casi exclusivamente en la elección del mayordomo de la reina, otro en un par de detalles del protocolo de coronación, y aun así te absorben por completo, resultan muy entretenidos a pesar de su sobriedad y su aparente simpleza. Y otros abren el horizonte, abarcando al gobierno y mostrando así algunos problemas del país; el del smog (las nieblas mortales de Londres: el clima estancado y el humo de los hogares asfixiando a la población) es muy movidito. También crece a ojos vista la profundidad del relato, así como un tono irreverente que va borrando la apariencia conservadora y otorgándole más cercanía y naturalidad, con inesperados toques de ironía, como el duque diciéndole a la reina que le toca a ella arrodillarse, o sea, que quiere una mamada.

El mejor ejemplo del crecimiento de la serie es el duelo intelectual entre Churchill y su pintor, que nos regala algunas de las escenas más profundas y hermosas del año: el primer ministro enfrenta el dilema de la dimisión desde su sofá, mientras el pintor trabaja, lo que nos ofrece una acertadísima perspectiva íntima y velada (el estanque…). Pero basta coger cualquier escena suelta en que la reina media con alguien para sorprenderse de lo que exprimen la premisa sencilla y los tópicos. Los diálogos, en conjunción con la mirada del intérprete o su postura, dicen más de lo que se ve en la superficie, y todo ello es captado de forma hipnótica por la cámara, logrando infinidad de momentos muy potentes. En otras palabras, los personajes no siempre dicen que lo que sienten (menos Margaret y Edward, que lo van anunciando a los cuatro vientos), así que tienes que deducir su estado de ánimo, sus pensamientos y objetivos, con lo que la narración capta tus sentidos y esconde bien su falta de ambición en cuanto a argumentos. El proceso de aprendizaje de la reina, con tropiezos variados, los problemas que surgen tanto en política, tradiciones e ideología (cuidado con mosquear a la iglesia) como en otros aspectos (el acoso de la prensa), no ofrecen historias sorprendentes, pero las narran con un entusiasmo contagioso.

Pero la rápida maduración no deja atrás del todo esos problemas iniciales, aunque los va ocultando bastante bien a veces saltan otra vez a primer plano, dejando cierta sensación de irregularidad, de que a pesar del gran nivel alcanzado en su conjunto, sin duda podrían haber llegado más lejos. El aspecto más notable es su tono algo pretencioso, con mucho adorno sobre unas tramas algo limitadas. Por muy bien hecha que esté deja la impresión de que quizá el esfuerzo que han puesto no haya estado dirigido en la mejor dirección. Anunciaban una gran serie sobre la corona y la política inglesa en la segunda mitad del siglo XX (seis temporadas pretenden hacer), y a la hora de la verdad han contado en muy pocas cosas, la mayoría casi intrascendentes, cuando había sin duda mucho más que abordar. El capítulo de la crisis del smog es un gran ejemplo de que hay muchas cosas fascinantes que mostrar, y también es el único momento en que vemos realmente al pueblo, con la secretaria y su compañera de piso y otros ciudadanos a pie de calle. Pero en el resto se obsesionan con la reina y apenas salimos de palacio a pesar de tener al gobierno como supuestos coprotagonistas.

Por ejemplo, mientras la reina tiene alguna duda poco significativa, el pueblo sufre los racionamientos post guerra. ¿No deberían estar contándonos que está haciendo el gobierno, si había dilemas éticos entre los nobles o, si no los hubiera, mostrar su distanciamiento o su falta de escrúpulos? Pues resulta que se quitan de encima este asunto en un diálogo secundario, y se empeñan en darnos cincuenta minutos de la reina decidiendo algún aspecto trivial de sus quehaceres diarios. Así durante toda la temporada, con algunos casos que hay que lamentar bastante: mientras la reina se entretiene viendo animalitos en África o tiene algún tropiezo con el amarillismo de los medios en su primera gran gira, no nos introducen lo más mínimo en el tema del colonialismo y los cambios que se están dando en la política del país desde las guerras mundiales. Cuando parece que por fin van a hacerlo, con el conflicto del nuevo primer ministro (Eden) con Egipto, lo cuelan como una trama secundaria de relleno y no se entiende nada (me he enterado de que era el inicio de la crisis del canal de Suez al verlo comentado por internet), mientras en la línea principal le dan mil vueltas al matrimonio de la hermana de la reina, Margaret, aunque esto cupiera en mucho menos metraje y sea obvio cómo se va a desarrollar.

También puedo señalar que casi no hay continuidad entre episodios, que lo del tono de películas sueltas se lleva demasiado al extremo. En uno la reina se preocupa porque no ha estudiado nada útil y se empeña en buscarse un profesor, pero en adelante no sabemos si sigue con sus clases, si se saca alguna titulación de educación básica, si vuelve a sentirse acomplejada entre las grandes figuras de la política mundial; en los últimos capítulos resulta que tiene un gran amigo, el que cuida sus caballos, pero aparece de la nada: alguien tan importante en su vida debería haber tenido una presentación adecuada; obligan a Margaret a esperar dos años antes de casarse, y en ese momento sufre mucho, pero el resto de la temporada no parece acordarse de ello hasta que lo traen a primer plano de nuevo, y no queda bien, porque forma parte del personaje y debería reflejarlo en todo momento. Hasta las fechas no cuadran. Del capítulo octavo al noveno han pasado tres meses, lo que dura la gira de la reina, pero Eden dice que cuando estuvo enfermo fue hace dos meses, aunque está claro que fue bastante antes de dicho tour.

En cuanto a fidelidad, los autores dicen ser muy fieles y la vez afirman que la expresividad narrativa va antes que la realidad, así que, como suele ser habitual, harán lo que más les plazca. Sin ser ducho en estas historias, sólo hay que navegar un poco por la wikipedia o buscar artículos por internet para ver los cambios más evidentes. Por ejemplo, la vida del hermano de George VI, Edward, se muestra demasiado idílica para lo tumultuosa que fue… y las sospechas de simpatías nazis se eluden por completo.

El reparto es magnífico, uno de los mejores del año. Como buena serie inglesa, tiene secundarios de lujo en cantidad, incluyendo una breve pero excelente aparición del enorme Stephen Dillane (Juego de tronos, aunque yo lo conocí en John Adams). En cuanto a los principales, a Matt Smith (Doctor Who) le falta algo de pegada, pero el resto están impresionantes. Claire Foy como la reina me ha impactado bastante con una logradísima interpretación llena de silencios y gestos contenidos, porque el primer papel que le vi, en Crossbones, dejaba mucho que desear. Ahí se nota lo que un buen personaje y buenos directores pueden frenarte o potenciarte. Pero a pesar de su gran papel casi queda eclipsada por un fantástico Jared Harris como George VI, la asombrosa transformación de John Lithgow (3rd Rock from the Sun) en Winston Churchill, que sin duda será recordada, e incluso la entusiasta labor de Vanessa Kirby como la princesa Margaret (curiosamente, la actriz tiene un rostro muy de la época). Lo único que puedo reprochar es que Jeremy Northam como el político Anthony Eden aparece poquísimo a pesar de su prominencia en los créditos, con lo que no podemos disfrutar como esperaba de este excepcional y desaprovechado actor (su presencia en Los Tudor quitaba la respiración en un reparto ya de por sí colosal).

Aparte, tengo un apunte personal: no entiendo la manía que hay (aunque no sé si es exclusivo de España u ocurre en latinoamérica también) de traducir y adaptar los nombres de personajes históricos. Si se llama Elizabeth Alexandra Mary no me pongas su versión castellanizada, que cada vez que dicen su nombre en el doblaje o sale en los subtítulos queda absurdo y anacrónico, porque no es española. Y si nos vamos a épocas más antiguas ni te digo lo molesto que me resulta que pongan innecesarias adaptaciones modernas. Pero me temo que es algo que está muy asentado, incluso en los ramos académicos. Y siguiendo con este tema, ¿por qué no han traducido el título?

Recapitulando, The Crown requiere paciencia, tanto porque tarda en arrancar como por su tono tranquilo y centrado en historias que sus autores estiran y engrandecen quizá más de la cuenta. Pero lo hacen con destreza y la temporada crece rápidamente, logrando que esas sensaciones queden bastante olvidadas cuando acabas cautivado por la fuerza que desprende el relato, más contenido y sutil de lo esperado incuso en los tramos más artificiales, y con un aspecto visual arrebatador.

PD: Una buena introducción a la serie sería la estupenda película El discurso del rey, que narra los primeros años de George VI.

WOLF HALL – TEMPORADA 1

BBC | 2015
Drama, Histórico | 6 ep. de 59-90 min.
Director: Peter Kosminsky.
Escritor: Peter Straughan.
Intérpretes: Mark Rylance, Damian Lewis, Claire Foy, Thomas Brodie-Sangster, Mark Gatiss, Anton Lesser, Jonathan Pryce.
Valoración:

Enésima producción basada en la corte del rey Enrique VIII de Inglaterra, seguramente el monarca más representado en el arte, sea literatura, teatro, cine o televisión. De hecho, estamos ante una adaptación de una trilogía de novelas en las que la autora Hilary Mantel, para tratar de diferenciarse un poco de tantas versiones, opta por mostrar los eventos desde la perspectiva de Thomas Cromwell, siendo Enrique un secundario. Pero esto tampoco es realmente original, porque en 1966 Fred Zinnemann dirigió el filme Un hombre para la eternidad (A Man for All Seasons) con Thomas More (o Tomás Moro) como protagonista.

En las novelas no sé qué tal funciona la idea, pero en la serie se quedan cortos a la hora de construir un relato con la suficiente intensidad e interés como para resultar recordable. El principal problema es su falta de savia, y esto proviene en parte de su esquema narrativo y en parte del superficial dibujo de los personajes que confecciona el guionista Peter Straughan (El topo, La deuda). Para acercarnos al ascenso de Cromwell (la caída queda pendiente para una posible segunda temporada) en tan pocos capítulos opta por saltar de momento importante en momento importante, pero lo hace sin darle a cada uno de estos instantes cruciales la relevancia y garra suficiente como para que resulten algo más que anécdotas. Es decir, parece un resumen, no una historia completa. Hay ocasiones en que se pierde por completo en este estilo: muchas cosas ni siquiera llegan a verse, las cuentan los personajes cuando mejor le parece al escritor; también recurre a texto en pantalla antes de cada capítulo para rellenar los huecos. ¿Pero cómo esperas que me interese por los sucesos o incluso que pueda seguirlos sin perderme si los narras por encima, sin dotarlos de la trascendencia y calado necesarios?

Y para empeorar la cosa tenemos unos protagonistas de escasa complejidad. ¿Cómo Cromwell, un personaje que copa todas las escenas, tiene un dibujo tan limitado y superficial? Su descripción es tan somera que nunca sabemos qué piensa, qué espera, cuánto sufre, qué lo motiva… ¿Quiere ascender o le cae todo encima y sigue adelante sin más idea que tener un trabajo y sobrevivir? ¿Es luterano o papista? ¿Y si es luterano por qué es tan suave con Moro? Así pues, el individuo avanza por la serie como la propia trama: sin rumbo claro, sin la consistencia necesaria para llegar al espectador y dejar un recuerdo. Por no decir que conta tanta indefinición el Cromwell resultante queda descrito como demasiado bueno y calmado, cuando se supone que era un arribista bastante desalmado. Su expolio de los templos cristianos y su feroz lucha para vencer (y ejecutar si podía lograrlo) a sus enemigos es buena prueba de ello. Parece ser que la serie se ha llevado alguna crítica por ello.

El actor Mark Rylance, que proviene de una larga carrera en teatro, es bueno, se nota en la intensidad de su mirada… pero con semejante rol poco registro puede mostrar, y lo único que hace es recitar sus líneas y echar un par de miradas contenidas que realmente no sabemos qué dicen, porque el guion no lo explica y el director no parece haber tenido libertad para ir más allá, para imponer algo más de visión a un libreto algo limitado. Es comparar con el Cromwell que vimos en Los Tudor, que aprovechó magistralmente James Frain, y me da lástima ver la oportunidad perdida.

Como es esperable en esta situación, los personajes secundarios acusan más aún la falta de calidad. Básicamente tenemos al rey Enrique, a Tomás Moro y a Ana Bolena, porque el cardenal Wolsey dura poco. El resto son indistinguibles entre sí, la mayoría son sólo un nombre para cumplir con la Historia: las familias Suffolk, Bolena y demás figuras relevantes de la corte (Lady Rochford, Cranmer, etc.) pasan sin pena ni gloria a pesar de tener a algunos actores británicos de gran expereciencia, como Mark Gatiss, Jonathan Pryce, Bernard Hill

He llegado a leer que es más fiel que Los Tudor… En cierta manera se puede decir que sí: muestra eventos clave sin inventarse o cambiar nada. Pero es que no hace nada más, sólo cita esos sucesos, no desarrolla lo más mínimo. En Los Tudor narraban numerosos años de Historia a través de gran número de personajes y tramas, es difícil ser fiel en todo momento cuando tienes entre manos algo tan complejo, y más cuando su guionista sufrió una espantada de actores que dejó roles cruciales sin intérprete. En lo que sí ponen más esmero es en el vestuario. Con los torsos y mangas hinchados y los grandes abrigos para dar sensación de magnificencia (en especial en Enrique) son mucho más fieles a la Historia, pues en Los Tudor pusieron un vestuario más relajado e incluso anacrónico a veces. Eso sí, al final también terminan acobardándose con el calzado: en vez de los zapatitos sencillos también se empeñan en colarnos botas de cuero que parecen de motero, seguramente para disimular las mallas y el calzado simple. Quizá pensaron que resultaría extraño hoy en día, pero entonces cabe preguntarse por qué no aplican el mismo baremo al resto de la estrafalaria vestimenta. No puede ser que vayas de serio y de repente metas esta broma de mal gusto. Así pues, otra serie que se queda corta cuando tenía en su mano ser realmente fiel.

La puesta en escena apuesta por una cámara en mano suave que sigue a los protagonistas por los pasillos y amplias salas de las buenas localizaciones de interiores elegidas. El ritmo que imprime el director es contemplativo, de dejar que la escena hable a través de los personajes… y obviamente esto no puede funcionar, con lo que resulta una narrativa más que pausada lenta, con tramos incluso aburridos. La fotografía es buena, en especial en la estupenda iluminación, y la música es sutil y muy efectiva.

Debo decir que Wolf Hall no llega a meter la pata en ningún momento, simplemente se queda corta y en la superficie de un relato con muchísimo más potencial. Se puede ver si te va el género, pero no esperes algo impactante. Me parece mejor realizar un revisionado de Los Tudor, la verdad.