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TRUE DETECTIVE – TEMPORADA 1

True Detective
HBO | 2014
Productores ejecutivos: Nic Pizzolatto, Cary Fukunaga.
Intérpretes: Woody Harrelson, Matthew McConaughey, Michelle Monaghan, Michael Potts, Tory Kittles, Kevin Dunn.
Valoración:

Alerta de spoilers: No hay datos reveladores hasta los últimos párrafos, convenientemente señalados.–

Con True Detective el escritor Nic Pizzolatto ha lanzado su carrera a lo grande. Antes de este salto era prácticamente un total desconocido. Tenía varios premios por unos pocos relatos y una novela, pero nada tan llamativo como para adquirir fama nacional, no digamos ya mundial. Su primera experiencia en televisión fue con un par de capítulos de The Killing (2011). Luego, no sé cómo, convenció a la todopoderosa HBO para que le financiaran True Detective. El director de los ocho capítulos que la componen es Cary Fukunaga, dado a conocer en Jane Eyre (2011), un melodrama bastante aburrido pero bien realizado e interpretado (Mia Wasikowska, Michael Fassbender), y está claro que de ahora en adelante será también un nombre a tener en cuenta. Esta corta temporada narra un caso concreto, de haber más serán nuevos casos con distintos protagonistas, pero supongo que manteniendo una dinámica y una atmósfera semejantes, porque si no sería mejor cambiarle el nombre y decir que es una miniserie distinta.

Marty Hart (Woody Harrelson) es un detective dedicado y efectivo, pero a costa de dejar bastante de lado a su familia. Le asignan un nuevo compañero, Rust Cohle (Matthew McConaughey), cuya minuciosidad supera de largo la de Marty hasta alcanzar la pura obsesión; además, es un tipo demasiado enigmático, filosófico y distante. Estamos en 1995 y el caso que enfrentan les marcará de por vida: una chica violada y profanada con simbología de un culto inventado por algún psicópata. En el aspecto enrevesado de la escena Rust ve las huellas de un asesino en serie y se empeña en ver dobles lecturas y mensajes ocultos en la simbología. En la comisaría hay presión, pues los políticos se agitan cuando los medios se ponen pesados, así que la cosa se pone más difícil todavía. Paralelamente vemos qué ocurre en el año 2012, donde los ya retirados detectives son preguntados por otros dos agentes que parecen estar investigando de nuevo el asesinato. ¿No quedó del todo cerrado? ¿Es el extraño Rust ahora un sospechoso?

Tanto a primera vista como sobre todo una vez analizada la temporada completa queda claro que el argumento y el estilo no son nuevos. Como dije en el artículo True Detective, quieto paraos flipaos, donde intentaba poner algo de sentido común a tanto exaltado que vio en esta serie una revolución cinematográfica sin precedentes, la realidad es bien distinta. True Detective es muy clásica en planteamiento, no especialmente novedosa en desarrollo e incluso predecible en su desenlace. Los referentes son claros: El silencio de los corderos (novela –Thomas Harris, 1988- y película – Jonathan Demme, 1991-), Seven (1995), Zodiac (2007)… y en televisión se le adelantó Hannibal (Bryan Fuller, 2013), que dicho sea de paso me resultó algo superior, más sugerente y fascinante. Sus dos autores hacen un ingente esfuerzo en aportar un contenido y envoltorio sólidos y vistosos que disimulen ese clasicismo, y sin duda lo consiguen, alcanzando incluso la excelencia, pero obviamente de ninguna manera estamos ante una serie rompedora.

El guion de Pizzolatto cuida con esmero el retrato de los dos personajes, atacando más la psicología que las acciones, es decir, es más relevante cómo les afecta el caso que el desarrollo del mismo. Y no por ello descuida la investigación, que atrapa con un desarrollo controlado al milímetro (debes agudizar los sentidos y la memoria para quedarte con los nombres de los posibles sospechosos), un aura de intriga constante, una atmósfera malsana, saltos temporales y giros que van añadiendo sorpresas y aumentando el alcance sin sabor a trampa, sino con tacto y comedimiento. De hecho, como thriller, aun siendo muy convencional, ha conseguido tener mucha pegada, tanto que los espectadores se han volcado en la serie como si se tratase de Perdidos (J. J. Abrams, Jeffrey Lieber, Damon Lindelof, 2004), buscando alegorías y pistas tanto en la trama como en las referencias filosóficas y literarias, que son numerosas.

El entorno también se expone magistralmente. La vida en las zonas rústicas de Nueva Orleans (tierra natal del guionista) parece estancarse, la miseria y pobreza van de la mano y muestran una sociedad deprimente. Tanto en la captura del ambiente como en la narrativa en general es crucial la fantástica puesta en escena de Fukunaga, de hecho, estamos en uno de esos casos donde claramente la dirección destaca algo por encima del guion (Breaking Bad sería otro gran ejemplo). True Detective es puro cine: planos medios para los personajes, cuidadísima escenificación (deslumbrante en el cuarto episodio, y no solo por el plano secuencia), virtuosa fotografía que captura unos paisajes espectaculares, una banda sonora sutil acompañada de una selección musical muy atinada, unos títulos de crédito que es imposible saltárselos y finalmente un reparto poco numeroso pero colosal. Desde las primeras imágenes uno sabe que va a estar ante un producto no de primera, sino extraordinario.

Nos sumergimos en este sombrío e intrigante marco junto a los dos protagonistas, dos individuos que siguen el patrón actual donde se rehúye de héroes impolutos y de ética incorruptible: son grises, falibles, llenos de defectos, y su lado malo está casi en la superficie, se pueden descarrillar en cualquier momento y la podrida sociedad no ayuda a que su situación mejore. Una frase de Rust define muy bien su posicionamiento moral: “El mundo necesita hombres malos. Mantenemos a los otros hombres malos a raya”; y otra señala lo cerca que está del lado oscuro: “Claro que soy peligroso, soy policía. Podría hacer cosas terribles a la gente con total impunidad”.

Estos dos caracteres cautivan desde sus primeros diálogos y roces, logrando que se olvide rápidamente que la pareja de poli terrenal y poli místico no es sorprendente. La presentación de ambos juega con el misterio: sabemos poco de ellos pero lo que vamos viendo invita a esperar con ansia más información. Poco a poco conocemos la tumultuosa vida amorosa de Marty, con los predecibles pero eficaces amoríos y las consecuentes peleas con la mujer. Y con cuentagotas vislumbramos el trágico pasado de Rust, el porqué de su desapego hacia la sociedad. Saltando entre líneas temporales observamos cómo se adapta uno a la dinámica del otro, cómo les afecta el caso y dónde acaban tras tanto tiempo. La proyección de los protagonistas, a la par que la trama, mantiene un nivel altísimo, pero hay un patinazo destacable: la pretenciosa verborrea existencialista de Rust. En ese aspecto el esfuerzo por distanciarse de lo visto se acopla a un innecesario esfuerzo por ofrecer una serie más inteligente, culta y enrevesada que la media, y se va de madre en ocasiones. Casi todas las chácharas de pretenciosos delirios filosóficos no hay quien las digiera, y el contenido que se logra entrever sin duda se podía haber expuesto con más claridad y credibilidad.

Matthew McConaughey y Woody Harrelson están pletóricos, completamente entregados a unos personajes atormentados y acosados por fantasmas internos que ambos exponen de forma magistral en todo momento. El estilo que imprime McConaughey a su colgado y críptico álter ego sin duda marcará una época, y el capítulo en que se infiltra supone un hito interpretativo incomparable. Una eficaz Michelle Monaghan da vida a la esposa de Marty, un rol no crucial en la trama pero sí en el desarrollo del marido. Es el único personaje con peso más allá de la pareja, porque los jefes, los otros detectives y los sospechosos no son tratados a fondo. Hay quien se ha señalado esto como un fallo, pero yo no lo entiendo así: la serie versa sobre Marty y Rust, lo vemos todo a través de los ojos de ambos. Pero sí es cierto que se nota que el guionista a veces hace malabares para mantener el drama familiar lo justo y necesario sin romper el ritmo.

Los ocho capítulos te engullen por completo, te mantienen tenso, agobiado y expectante constantemente. El cuarto episodio lleva la intensidad creciente a un pico asombroso: la infiltración de Rust en un grupo de moteros criminales desata un clímax sensacional, sobrecogedor, que acaba con el ya famoso plano secuencia de seis minutos. Pero después de tal subidón de adrenalina el receso posterior parece demasiado largo: el relanzamiento del caso y la obligada exposición de la evolución de la familia rebajan bastante la tensión, aunque nunca hasta el punto de hablar de un gran problema. Sin embargo le sumamos que el desenlace opta por una resolución sencilla, algo convencional, y se produce la sensación de que el esfuerzo puesto en ese cuarto capítulo parece un artificio, eficaz y espectacular pero un artificio, y es imposible no pensar en que dicho esfuerzo debería haberse reservado para el capítulo final.

Este cierre de temporada está muy bien ejecutado, pero aquí destaca aún más la puesta en escena por encima del guion. Pizzolatto no fue capaz de ofrecer algo más original, o pensó que no había manera ni necesidad de ir más allá sin forzar giros o trampas que resultaran contraproducentes para la calidad y credibilidad (de hecho, dice que descartó un tono sobrenatural, por suerte). Así pues, resulta un tanto predecible, aunque el trabajo de ambientación es excelente (vaya escenario) y la tensión se mantiene alta en todo momento. En cuanto a las puntadas finales en la historia personal de los dos detectives, tampoco es perfecto. Aquí se pasa de nuevo con la metafísica enrevesada, alargando demasiado unas conclusiones en el fondo interesantes pero que podrían haber sido mucho más claras, directas y por tanto efectivas. En resumidas cuentas, el final es quizá demasiado sobrio en el thriller y algo pedante en lo relativo a los personajes, pero no llega a decaer tanto como para que True Detective pierda los calificativos de cautivadora y extraordinaria. No ha llegado a ser la obra maestra que algunos vaticinaban, pero será con toda seguridad una de las grandes series del año.

Alerta de spoilers: De aquí en adelante spoilers gordos sobre el final.–

La presentación del jardinero como el hombre de las cicatrices no me convenció, pues el plano con él levantado y su frasecita de libro me pareció demasiado artificial, además de que tuve que repetir la escena porque no estaba seguro de ver las cicatrices aunque la escena dijera a gritos que era él, porque ciertamente no es que fueran muy marcadas después de tanto hablar sobre ellas. Pero lo que resultó más decepcionante es que el villano final fuera este paleto sureño de toda la vida (un redneck) en plan monstruoso y retrasado, y que su hogar también tirara demasiado de tópicos a lo Seven: llena de muñecos, simbología inquietante y basura. Prometía más el entramado de religión y política, pero el dichoso Tuttle es borrado del mapa fuera de pantalla. Aquí no sé muy bien qué pretendía Pizzolatto: es cierto que un desenlace con el clásico pez gordo también podría haber sido predecible, pero al menos era más terrenal y serio que el loco y deforme. Además, los detectives pasan por completo de buscar más miembros del culto (justificándose en que son inalcanzables y ya han hecho bastante), y sabiendo que la próxima temporada no seguirá con este caso y estos protagonistas, se acrecienta la sensación de que queda un cierre inferior y más abierto de lo esperado.

Por suerte, como decía, la labor de Fukunaga es excepcional. La carrera tras el asesino es inquietante, el duelo en Carcosa pone los pelos de punta y los protagonistas heridos te hacen pensar en su inminente muerte, pues una serie tan oscura tiene todas las de acabar mal. Pero el guionista prefiere ofrecer un poco de esperanza: vemos que después de todo el tormento han conseguido unirse y madurar más allá de lo que esperaban, que han encontrado algo de luz en la oscuridad. Es un cierre para los detectives que me gusta mucho, pero como también indicaba, de nuevo el diálogo pretencioso frena la verosimilitud y fuerza del momento. No hacía falta tanta palabrería para mostrar algo tan obvio, y el epílogo se alarga más de lo necesario.

En cuanto a las muchas lecturas y misterios que se ha empeñado en señalar la gente, solo veo uno digno de mención, el resto son bastante rebuscados (como la teoría de que Marty forma parte del culto, es decir, es uno de los culpables, algo realmente ridículo incluso antes de ver el final). La escena en el almacén de Rust, donde muestra a Marty las pruebas recopiladas, parece indicar que la chica del video es la hija de este último. Las pistas a lo largo de la temporada son claras: un posible desorden sexual mostrado cuando era niña (con los dibujos obscenos y las posiciones de sus muñecos en plan violación en grupo) y luego de adolescente (con el sexo desenfrenado en un trío). De hecho, Marty enseguida va a ver a su ex y las niñas… pero de esa escena en adelante el tema se olvida por completo: Marty simplemente se despide porque va a meterse en un caso muy feo, no se ve que arrastre ninguna preocupación o ansias de venganza por la hija. Es decir, parece que finalmente es una sucia jugada del despiste digna de Perdidos. A los fans, entre los que me incluyo, no nos ha sentado nada bien.

TRUE DETECTIVE… QUIETOS PARAOS, FLIPAOS

La red se ha vuelto loca con True Detective, la nueva gran serie de la HBO cuya temporada inicial, escrita por Nic Pizzolatto y dirigida por Cary Fukunaga, está interpretada por actores de relativo éxito en el cine como Matthew McConaughey, Woody Harrelson y Michelle Monaghan. Con una atmósfera a lo David Fincher (Seven -1995-, Zodiac -2007-) seguimos la evolución en dos épocas distintas de un extraño caso de asesinato.

El ritmo absorbente, los personajes intrigantes que enganchan, la puesta en escena de primer nivel… Sí, tiene un montón de virtudes… Pero para hablar de obra maestra o no habrá que esperar a que la temporada esté completa. La gente en cambio prefiere dejarse llevar por un entusiasmo considerablemente infantil, a pesar de ser una producción exclusiva para adultos exigentes. Los calificativos que le están otorgando son desproporcionados: que si es la serie que rompe la barrera entre el cine y la televisión, que si es una película de diez horas… Los argumentos que algunos esgrimen para defender esto se ven erróneos a distancia: que si el plano secuencia es un hito único de la historia de la televisión, que si el tener un solo guionista y un solo director para todos los capítulos también. A la cabeza de esta locura están artículos como este de Forbes, citado y repetido sin pensar en numerosos blogs.

Un rotundo no a todo. Un no objetivo e imparcial, porque el sentido común y los datos existentes lo tumban todo rápidamente. No hace falta exagerar para indicar que es una serie excepcional, y menos dejarse llevar de tal forma que se cometen faltas que rondan la mentira descarada, aunque esta sea fruto de la ignorancia.

¿La primera serie en romper la barrera entre el cine y la televisión? ¿Pero en qué mundo viven estos supuestos seriéfilos? ¿Dónde estaban cuando se estrenó Twin Peaks ( Mark Frost, David Lynch, 1990), cuando Urgencias (John Wells, 1994) deslumbró con una puesta en escena de cine, cuando El Ala Oeste (Aaron Sorkin, 1999) la llevó más allá, cuando la conocida como Edad de Oro encabezada por la cadena HBO rompió por completo todo límite conocido en la narrativa cinematográfica con producciones como Oz (Tom Fontana, 1997), Los Soprano (David Chase, 1999) y Hermanos de sangre (Steven Spielberg, 2001), por citar unas pocas entre una decena de obras maestras)?

También se han cegado con un dato extremadamente fácil de comprobar… qué digo, un dato que cualquiera que haya visto un poco de televisión debería conocer sin mirar la IMDB.com: que las labores de dirección y guion están en manos de una única persona en cada campo. ¡Insólito! ¡Algo único en la historia! Pues no, cojones, no. Hay numerosas series escritas en su totalidad por su creador, y también alguna (cortas como en este caso) donde las labores de dirección se limitan a una sola persona. Como ejemplos puedo poner las que me vienen a la mente mientras escribo esto, pero hay muchas más. El Dowton Abbey de Julian Fellowes lo escribe él solito, por ejemplo. O Los Tudor de Michael Hirst. O el Babylon 5 de Straczynski, que resulta el mejor ejemplo de todos, dada la complejidad y longitud de la obra: dos temporadas enteras se las comió él solo, y las otras con breves aportaciones de otras manos… ¡eso son más de cien episodios!

Además esto ni siquiera es relevante, porque todo el que curre en una serie lo hará bajo la dirección del o los creadores y productores ejecutivos principales. ¿Qué más da cuántos autores tenga si lo que importa es el resultado? Muchas producciones son de “autoría única” aunque contaran con un montón de asistentes en el guion y la puesta en escena, empezando por El Ala Oeste, donde Sorkin controlaba hasta la última coma. Que un autor delegue por falta de tiempo y recursos es normal y no le quita méritos. Si en True Detective solo dos personas han cargado con el trabajo principal es porque han querido y han podido permitírselo; y no es nada revolucionario, ya se ha visto en otras ocasiones, por ejemplo en la maravillosa La sombra del poder, en manos de David Yates y Paul Abbott, y en la propia HBO tenemos que los siete episodios de John Adams los dirigió Tom Hooper.

Ni siquiera tener una historia cerrada y con distintos personajes por temporada es nuevo, sin ir más lejos en antena tenemos American Horror Story. Por no mencionar la tontería de que tener solo ocho capítulos la acerca más al cine, como si no hubiera series de diez, ocho o incluso dos o tres capítulos por año (la exitosa Black Mirror, por ejemplo).

Y el dichoso plano secuencia… Pues tampoco es el primero. Por favor, que la mitad de episodios de Urgencias y El Ala Oeste tenían excelentes planos largos. Y ha habido muchos más, como los que recopila esta lista del sitio avclub.com. Más largos pero menos complejos, más cortos pero más intensos… True Detective no ha inventado el plano secuencia, y es muy discutible que sea el mejor. El plano en sí, en la técnica, no es nada extraordinario. La mitad del tiempo enfoca al careto del protagonista mientras hay griterío alrededor, y los momentos difíciles (de planificación y coordinación) no requieren un gran despliegue de medios y personas. Si destaca es por la atmósfera conseguida en todo el capítulo, rematada con un clímax final espectacular, no porque supuestamente hayan roto esquemas en una sola escena con una narrativa novedosa. Y como digo, puestos a elegir señalaría unos cuantos de Urgencias como mucho más impactantes y rompedores.

El entusiasmo desmedido que obstruye la razón implica alejarse de la objetividad. No mirar al pasado en busca de méritos ya superados provoca el mismo efecto. Y ambas cosas son imperdonables en quien pretende ir de crítico. En reumen, True Detective no supone ningún cambio o revolución, ni en el panorama televisivo ni en el cinematográfico en general. Y no por eso deja de ser una serie magnífica sobre la que se pueden verter mil halagos.