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HOMELAND – TEMPORADA 7

Showtime | 2018
Suspense, drama | 12 ep. de 47-62 min.
Productores ejecutivos: Alex Gansa, Lesli Linka Glatter, Howard Gordon, Claire Danes, varios.
Intérpretes: Claire Danes, Mandy Patinkin, Elizabeth Marvel, Linus Roache, Maury Starling, Morgan Spector, Dylan Baker, Beau Bridges, James D’Arcy, Catherine Curtin, Sandrine Holt, Costa Ronin, Amy Hargreaves.
Valoración:

Alerta de spoilers: Describo bastante las tramas del año.–

Nos quedamos en jugoso e inquietante punto y aparte en la temporada anterior con el endurecimiento de la política de la presidenta Elizabeth Keane tras sobrevivir al intento de golpe de estado de sus propias fuerzas de seguridad. Carrie vio rápido el emergente totalitarismo de su otrora amiga y desde entonces vive con el dolor de ver su patria desgajada desde dentro. Pero sin trabajo y acogida por su hermana, todo lo que puede hacer es tragarse su resquemor. Saul sin embargo parece resignado, o pasando del tema, viendo que no hay mucho que hacer. Pero en el primer intento de limar asperezas la presidenta, presionada por su consejero David Wellington, promete empezar a liberar a presos políticos y darle a Saul el puesto asesor de la seguridad nacional. Su primera misión será dar caza al último disidente fugado, el locutor de radio Brett O’Keefe, pero la cosa no pinta nada bien, porque los paletos sureños están muy agitados y él lo exprime incitando una posible rebelión ciudadana. Otro de los principales artífices de esta situación, el general que lideró el atentado, McClendon, está entre rejas, pero Keane no tiene descanso tanto por el envite constante de O’Keefe por el lado mediático como el del senador Sam Paley por el político y legal. Y la cosa se complica cuando el general muere en extrañas circunstancias…

La intriga política empieza, como suele ser habitual en Homeland, con unos primeros capítulos más que pausados lentos, pero lo cierto es que aquí lo son bastante y cuesta perdonarlo porque las tramas ya estaban bien asentadas y venían con carrerilla, ergo no había la necesidad de pararse a exponer con detenimiento una historia nueva. Además, Carrie da bastantes tumbos en un drama muy visto: que si estoy loca, que si la hija, que si las peleas con la hermana… A estas alturas deberían haber buscado algo más original. El enérgico papel de Jake Weber como el locutor miserable que escupe bilis y conspiraciones cada día y la tensión con que los ultraconservadores amantes de las armas se alcen contra el gobierno es lo más llamativo del primer tercio del año. Sin embargo, me temo que el subidón gradual de esta sección no llega tan alto como se esperaba, porque prometía un episodio de acción espectacular de los que dejan todo patas arriba como venía siendo habitual en las temporadas previas, pero es un poco decepcionante al no ofrecer una gran batalla y dejar luego a O’Keefe muy de lado a pesar de su relevancia.

De todas formas, la lectura crítica que se expone no se puede pasar por alto, porque en estos dos últimos años de sutil tiene bien poco. Homeland siempre ha sido una producción dada a mostrar las malas artes del gobierno de Estados Unidos y que trataba de ofrecer una visión compleja y verosímil del panorama político de todo el mundo (desde el punto de vista del terrorismo y el espionaje), pero no se notaba tanto en sus dos primeros años, más centrada en la familia, lo militar y el miedo al musulmán, así que conforme fue abriendo el objetivo fue perdiendo el beneplácito aquellos que no habían se dado cuenta de que no era tan de derechas como pensaban. Porque por lo visto muchos no se enteraron de que Brody no se había convertido en islamista radical, sino que había conocido la miseria que deja su país por el mundo y quería ponerle fin acabando con sus dirigentes, pero ya en futuras etapas, cuando ponían musulmanes buenos (¡qué osadía!) y políticos corruptos e incompetentes más evidentes, se preguntaron qué hacían viendo una serie realista y volvieron a 24 (2001), la orgía fascista protagonizada por Kiefer Sutherland.

Pero ahora, estando Homeland tan bien asentada a estas alturas, su artífices principales, Howard Gordon y Alex Gansa, no tienen miedo de poner en la mira a la población civil también. El primer objetivo me parece muy acertado, de hecho logran que resulte perturbador: describen y machacan a lo grande a los O’Keefe del mundo, esos ultraconservadores con poder (mediático principalmente) cuando no fachas que viven en una burbuja inventada por ellos mismos sin conocer los problemas reales de la gente (sobre todo de las clases bajas) y se alimentan de soltar mierda y conspiraciones contra enemigos imaginarios, o sea, contra todo el que no comulgue con su paranoia; la principal referencia de esta figura parece ser el locutor y productor de documentales conspiranoicos Alex Jones; en España su equivalente serían Jiménez Losantos o Eduardo Inda (ni los voy dignificar poniéndolos en negritas). También van a saco a por el clásico “obrero de derechas”, en EE.UU. conocidos como “rednecks”, poniéndolos de ignorantes que no entienden el mundo y violentos contra todo lo que no piense como ellos. Pero en esto último deberían haber mostrado más perspectivas, creo yo que había tiempo para dibujar un cuadro más completo que abarcara distintas visiones del conflicto, o al menos haberlo hecho con más elegancia para que no pareciera una simplona generalización del estereotipo. Es decir, aquí sí habría razones para señalar un torpe giro hacia una torpe izquierda, pero por suerte no parecen quedar espectadores reaccionarios viéndola y pasa como lo que es, un fallo menor en un loable intento de mostrar cosas complejas.

Después de este punto de inflexión nos vamos a otra historia que puede parecer un poco metida de golpe inicialmente, pero no tarda en coger carrerilla y enganchar. Cabe destacar que el escenario planteado resulta tan plausible que Homeland de nuevo acierta de lleno prediciendo historias reales de la política mundial. La injerencia rusa (en concreto en EE.UU.), tanto mediante espías como sobre todo a través de las redes sociales, es un tanto turbadora como espejo de la realidad, pues la campaña de Hillary y Trump y la presidencia de este se han visto salpicadas de escándalos parecidos. En principio los productores tenían pensado otro arco distinto para las temporadas siete y ocho, pero la inesperada llegada de Trump al poder les pareció más relevante y lo tuvieron en cuenta en la presente.

Como trama de espionaje e intrigas políticas recuperamos pronto un nivel más acorde al estándar en la serie, con numerosos giros imprevisibles e infinidad de retos para Carrie, Saul y Keane. Tras volver Carrie al juego con una escena estupenda, esa en que vence a un hacker pervertido y vuelve a sentirse viva, recuperamos a la gran espía y todo parece unirse de nuevo y encaminarse a explotar a fondo la trama global. Pero me temo que vuelven a llevar a la protagonista hacia un dramón de cuidado, otra disputa por la dichosa niña y la cansina enfermedad. Sí, está bien escrito y como drama funciona, pero hay que ponerse en situación: a estas alturas está bastante agotado, tenían que haberlo cerrado hace tiempo. Por suerte, parece que todo apunta a ello en un tramo final bien trabajado y bastante emotivo, aunque entenderé que a alguno se le haga largo esperando el colofón de la historia principal.

Otra mejora posible es que se echa de menos algún agente secundario con más peso, pues sólo cabría mencionar a Thomas Anson (James D’Arcy), y está muy lejos de llegar al nivel de Peter Quinn. Tampoco termina de entusiasmar el nuevo amigo/amante de Carrie, Dante Allen (Morgan Spector), cuyas acciones requerían unas motivaciones más contundentes para resultar creíbles. También cabe decir que Max sigue resultando muy interesante, pero tras tanto tiempo no han ahondando casi nada en él; al menos está bien acompañado por otros secundarios nuevos interesantes, la analista y el joven hacker. Por el lado de la presidenta el resultado es mejor: David Wellington y el senador Paley tienen mucho peso en la trama y son unos personajes estupendos muy bien interpretados por Linus Roache (visto en Vikingos) y Dylan Baker (secundario en incontables series, como The Good Wife). De hecho, sus problemas y los conflictos políticos entre ellos acaban siendo más interesantes que el esperado desenlace…

Después de tanto prometer, los guionistas han fallado un poco también en los clímax principales; nada desastroso, pero Homeland nos tenía acostumbrados a un gran nivel y la cosa va algo justa. La ansiada visita Rusia resulta poco aprovechada y las escenas de tensión y acción son más artificiales que efectivas. El asalto a la casa segura donde se esconde la espía, los duelos entre embajadores y asesores de seguridad y el lío en la embajada (atención a los mediocres efectos especiales de la subida por la fachada) están lejos de alcanzar el listón de otros años. Y me temo que como epílogo tenemos dos giros forzados malogrados, uno con la presidenta, que no tiene razón de ser, y otro con Carrie donde se desanda lo andado con sus crisis emocionales y no promete nada bueno.

No sé qué deparará la octava y última temporada, porque casi todo está muy cerrado y será una historia nueva. Lo que sí deseo, viendo la irregularidad de esta etapa, es que se pongan las pilas y nos regalen un gran cierre.

Ver también:
Temporada 1 (2011)
Temporada 2 (2012)
Temporada 3 (2013)
Temporada 4 (2014)
Temporada 5 (2015)
Temporada 6 (2017)
-> Temporada 7 (2018)
Temporada 8 y final (2020)

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MASTERS OF SEX – TEMPORADA 2

Showtime | 2014
Drama | 12 ep. de 55-60 min.
Productores ejecutivos: Michelle Ashford, Amy Lippman.
Intérpretes: Michael Sheen, Lizzy Caplan, Caitlin FitzGerald, Teddy Sears, Annaleigh Ashford, Kevin Christy, Betsy Brandt, Julianne Nicholson, Beau Bridges, Allison Janney.
Valoración:

Qué decepción, qué desastre la segunda temporada de Masters of Sex. En la primera señalaba que la narrativa, aunque algo predecible, era muy sólida, se veía que los guionistas (con Michelle Ashford a la cabeza) trabajaban con esmero e inteligencia para sacar el máximo partido de la historia y los personajes, dando como resultado un drama modélico. Así que cabía esperar que tras esta básica pero notable presentación la serie madurara, creciera por caminos menos trillados… pero lo que hace es patinar a lo grande en una caída de calidad que recuerda a lo ocurrido con The Americans. Para algunos se ha estrellado, para otros sólo ha bajado el ritmo. Yo estoy entre los primeros. Me ha costado bastante acabar la temporada, tiene tramos muy aburridos y un capítulo que resulta infame: Fight, ese en que no salen de la habitación de hotel (y como ocurrió con la mosca de Breaking Bad, algunos lo pretenden encumbrar como el mejor del año, para dárselas de alternativos). La historia se les ha escapado completamente de las manos, los personajes principales están estancados y hacen alguna cosa rara, y los secundarios son un caos enorme. Es un año que en cada fase, cambio y nueva trama me ha transmitido la sensación de que los escritores no tenían planificado ningún arco general e iban improvisando. Sólo se recupera algo en la parte final, pero no como para recordar las buenas virtudes vistas en la primera etapa.

Parte del problema surge de una estampida de actores secundarios. Así funciona el mundo de las series: los contratos estipulan que si encuentran un papel mejor pueden abandonar el actual. Es lógico, no puedes obligar a nadie a trabajar donde no quiere. Pero es una putada enorme para los realizadores, sobre todo si, como aquí, sufren varios casos de golpe. Pero un buen guionista habría salido del bache, habría traspasado el objetivo de las tramas de estos personajes a otros, y me temo que aquí no muestran esa habilidad. Tardan mucho en conseguir nuevos secundarios relevantes, y mientras, rellenan con otros que resultan cargantes. Lo más triste es que los cuatro intérpretes que se largaron dejaron esta serie trascendental y bastante aclamada para fichar en comedias tontorronas…

Barton y Margaret (dos actorazos como Beau Bridges y Allison Janney) eran los secundarios más interesantes, porque los líos con otros médicos no terminaban de llegar a nada. La homosexualidad secreta de él y la tardía iniciación en el sexo de ella eran muy llamativos, sobre todo porque formaban parte intrínseca de la historia general de la serie: el sexo, los tabúes, la ciencia, la inminente revolución. Pero él se fue a The Millers y ella a Mom. Y sin ellos, claro está, el personaje de la hija ya no pinta mucho… pero no tienen tiempo de plantearse darle un nuevo lugar, porque la actriz Rose McIver se largó a iZombie. En seguida los sustituyen por los cansinos Betty y Gene (Annaleigh Ashford y Greg Grunberg), que quedan como receso cómico totalmente malogrado e insufrible, y cuya relación con la trama es bastante tangencial, pues el tema de la falsa esterilidad no aporta ninguna perspectiva interesante a las historias sobre la revolución sexual. Seguramente los escritores veían que este dúo no funcionaba, y más tarde de lo deseable se quitan la relación de encima, manteniendo únicamente a Betty como secretaria en la nueva clínica. No es un papel importante, pero algo le sacan al personaje y a la actriz, que es un encanto cuando no la meten en tramas de comedia de enredos. Ethan Haas ni siquiera llega a aparecer, su despedida es por teléfono. A Nicholas D’Agosto no le salió bien la jugada, porque Cómo conocí a vuestro padre ni siquiera llegó a ver la luz. Por suerte para él parece que en Gotham ha encontrado su sitio. Su hueco no se nota demasiado, porque aparte de un lío de amores con Virginia no daba mucho de sí.

Los secundarios que continúan por desgracia no eran los más logrados. El tonto ligón de Austin (Teddy Sears) lo mantienen pero a la fuerza, sin saber qué hacer con él. Sólo cobra algo de interés (pero muy poco) cuando la gorda del programa de adelgazamiento lo utiliza como juguete sexual. Lillian DePaul (Julianne Nicholson) no sé muy bien qué ha aportado a la serie, sólo servía como punto de conflicto para sacar algo de Virginia cuando no estaba con Bill, porque este tiene a su esposa Libby. La subtrama de su enfermedad no consigue causar impresión alguna a pesar de que fuerzan un tanto el drama, y su supuesta muerte me descolocó un montón, porque el gesto de Virginia era de que su amiga seguía viva (de hecho parecía respirar), pero en cambio no vuelve a aparecer pero tampoco no hay entierro ni duelo.

Libby (Caitlin FitzGerald) es un personaje muy atractivo pero al que también les cuesta mantener en el juego. Cuando se dan cuenta de que tenerla como esposa florero no permitía ampliar mucho su drama la lanzan hacia el grupo de negros, dándole motivos por los que vivir, emocionarse y sentir algo, hasta el punto de que se ve venir el romance con uno de ellos. Pero tardan mucho en llegar a materializar una historia que es bastante previsible, de hecho toda la parte con la niñera es bastante insustancial. Por suerte, la actriz borda el papel y el guion a pesar de los baches logra un personaje entre dulce y tristón que ejemplifica bastante bien los problemas de las mujeres de la época.

A partir del ecuador emergen por fin nuevos personajes atractivos e importantes en la trama, el friki del cine Lester (Kevin Christy) y una secretaria que pasó poco tiempo con Bill, Barbara (un gran papel de Betsy Brant, quien se dio a conocer en Breaking Bad). Ambos van creciendo poco a poco y hábilmente los embarcan en la nueva historia sobre el sexo, los problemas de impotencia. La pareja que forman es encantadora y como receso sencillo son personajes muy acertados: tienen entidad propia y su destino interesa, no como el matrimonio absurdo de Betty y Gene.

En cuanto a la pareja protagonista, también acusa una pérdida de tirón. El capítulo inicial es caótico, no parece que los realizadores tuvieran muy claro cómo lanzar un romance de largo recorrido, amén de que hacen malabares para encajar la falta de personajes/actores. Más adelante justifican la aventura improvisando que Bill y Virginia fingen seguir con el estudio como excusa para follar sin parar, pero de creíble no tiene nada. En seguida aparece otra sensación: que el estudio ni los personajes avanzan. El horrendo Fight deja el interés por los suelos. Los líos de Bill por encontrar hospital repiten el mismo patrón todo el rato: que el estudio es una bomba que nadie quiere es obvio, podían haber ido más rápido mostrando esos problemas.

Pero parece que los guionistas se dan cuenta de la falta de rumbo y empaque de la trama y cuelan un salto temporal de varios años que pretende avanzar de golpe lo que no han conseguido desarrollar poco a poco. Bill monta una clínica para seguir con su trabajo, se enfrenta a los líos burocráticos que conlleva, el romance ha parado, tiene otro hijo (para contentar a Libby, básicamente), Virginia sigue siendo una incansable trabajadora… Pero cuando logras recolocarte tras el repentino y confuso cambio de tiempo y escenario, no tardas en comprobar que realmente no hemos avanzado nada, es todo humo, los personajes siguen igual y el estudio no muestra nada nuevo, es decir, no hay ninguna historia sobre revolución sexual llamativa. También parece que se dan cuenta de ello, y en otro cambio repentino de rumbo pasamos a una nueva fase de investigación: los problemas sexuales, con la impotencia a la cabeza. ¿Y cómo se les ocurre dar protagonismo a esta línea narrativa? Pues haciendo que Bill de repente sea impotente. Así sin más. Para colmo en este tramo aparece su hermano, porque ahora resulta que tiene un hermano. Un giro de culebrón que desvía toda trama para abordar líos pasados de alcoholismo y problemas familiares que no aportan nada excepto dramón innecesario. Y todo para acabar de golpe, siguiendo como si no hubiera existido esta trama familiar sensacionalista. Otro giro fallido es el que se obligan a meter en el final de temporada para poner un golpe de efecto sobre los protagonistas: no hay quien se crea el movimiento de Virginia con sus hijos, lo que retuercen los guionistas la situación para que haya un poco de intriga y drama que no viene a cuento.

Así que me temo que en el conjunto de la temporada hay poco material que sacar de Bill y Virginia, dos caracteres otrora fascinantes que ahora dan vueltas sobre sí mismos sin un rumbo concreto. Hasta el tramo final no hay algo de movimiento tangible. Aunque lo de la impotencia fuera un truco rebuscado, casi se agradece que le den algo a Bill con lo que podamos recuperar ese personaje afligido y huraño al que cuesta acercarse, con el que sufrimos y esperamos que sea capaz de sobreponerse. Además la trama se apoya muy bien en Lester y Barbara, con lo que por fin volvemos al drama serio y realista que conocíamos. Y como extensión de todo ello Virginia vuelve a coger energía también, vuelve a ser la mujer decidida y valiente que empuja a los demás a salir adelante. El conflicto con la competencia y la idea de rodar un documental para publicitarse da vida a la historia general, el estudio sobre el sexo, su alcance, los tabúes con los que hay que luchar… También encontramos algún apunte interesante sobre cómo enfrentamos demonios internos, cómo tragamos con los sufrimientos secretos, lo que nos cuesta a veces pedir ayuda (la parte de Virginia en el psiquiatra está muy bien), los matrimonios fingidos y los fracasados, los romances, las dificultades añadidas de la mojigatería de la época… Pero todo está en una línea bastante disminuida respecto a las grandes cualidades que vimos en la primera temporada, donde todo se trataba y desarrolla con gran dedicación e inteligencia, con una evolución gradual de los protagonistas que resultaba absorbente, llena de sutilezas, gestos, detalles… Los actores Michael Sheen y Lizzy Caplan están estupendos de nuevo, pero con menos carga emocional en sus personajes no logran deslumbrar como antes.

En el acabado visual no puedo ponerle pegas, siguen manteniendo un aspecto formal muy cuidado, casi hipnótico. Pero con la escasa fuerza de los guiones el tempo narrativo hace aguas. Así que la temporada se va como empezó, siendo un quiero y no puedo con más inclinación hacia el no puedo.

Ver también:
Temporada 1.